bajó a los infiernos

¿Qué quiere decir: «Jesús bajó a los infiernos»?

Pregunta:

Lo saludo y le formulo la siguiente consulta: cuando rezamos en el Credo que Jesús descendió a los infiernos, ¿cuál es el sentido de esta expresión? Gracias.

Respuesta:

Estimado: Ya desde las formulaciones de la fe más antiguas se contiene la expresión «bajó a los infiernos». Primero la fórmula se difundió entre los credos «semiarrianos»; pero ya desde el siglo IV aparece en los símbolos ortodoxos (por vez primera en el símbolo de Tyranius Rufinus)[1].

La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.

¿Cuál es la base bíblica para sostener esta verdad? Dice el Catecismo: «Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús resucitó de entre los muertos (Hch 3,15; Rm 8,11; 1Co 15,20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos. Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos»[2].

También san Pedro enseña: Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva… (1 Pe 4,6).

Los efectos que produjo el descenso de Nuestro Señor a los infiernos fueron, según santo Tomás: en el infierno de los condenados éstos se convencieron de su incredulidad y malicia; en el purgatorio llevó a quienes allí estaban esperanza de alcanzar la gloria; en el limbo de los patriarcas infundió gloria eterna a los justos que estaban allí retenidos por el solo pecado original.

Explica el Catecismo: «Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos… Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido»[3].

Sin embargo, esto no quiere decir que haya descendido a todos estos lugares con su propia presencia real; de éste modo sólo descendió al limbo de los patriarcas, y desde allí extendió a los demás infiernos su influencia.

¿Qué sentido tiene este hecho en el plan de salvación? El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo, pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención.

«Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte para que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan. Jesús, el Príncipe de la vida (Hch 3,15), aniquiló mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud (Hb 2,14‐15). En adelante, Cristo resucitado tiene las llaves de la muerte y del Hades (Ap 1,18) y al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos (Flp 2,10)»[4].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Cf. Denzinger‐Hünermann, n. 16 (ver también la introducción al texto).

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 632.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 635.

judas

¿Judas estaba predestinado a ser traidor?

Pregunta:

Padre: Lo saludo y le consulto lo siguiente: Dios nos dio el libre albedrío. ¿Cómo se compagina eso con el papel de Judas? Es decir; teóricamente Judas antes del comienzo del tiempo ¿estaba ya predeterminado como traidor? Gracias.

Respuesta:

Estimado: El caso de Judas es como el de cualquier otro pecador. No hay que confundir la «presciencia» divina, por la cual Dios conoce todos los actos futuros y futuribles, con «predestinación», la cual consiste en la ordenación del hombre al fin sobrenatural, que será conseguido mediante auxilios sobrenaturales.

La predestinación tiene por objeto los elegidos para la vida eterna.

Respecto de los que se condenan no existe una «reprobación positiva antecedente», es decir, un decreto por el cual Dios destinaría positivamente a algunos a la condenación sin atender a los pecados del hombre. Esto es incompatible con la bondad divina. Se trata de un error teológico defendido por algunos herejes desde los primeros siglos. Uno de sus primeros defensores fue un presbítero de nombre Lucidio, quien amparándose erróneamente en la doctrina de San Agustín, afirmaba que algunos eran predestinados por Dios al bien y a la gloria, mientras que otros eran destinados al mal y a la pena eterna. El Concilio de Arlés condenó estas ideas[1]. Luego fueron defendidas por algunos monjes como Fausto de Rietz. La reprobó fuertemente San Fulgencio de Ruspe y la condenó el papa Hormisdas en el año 520, con el calificativo de «acatólica». Fue definitivamente condenada en el Concilio de Orange, en el año 529[2]. En el siglo IX surgió de nuevo defendida por el monje Gottesschalk y fue condenada en los concilio de Maguncia (año 848), Quierzy (año 849 y 853) y Valence (año 855). Muchos escritores de la época entre los que sobresalen Remigio[3] e Hincmaro de Reims[4] lucharon contra esas teorías. Entre los reformadores la adoptaron Juan Wiclef, Lutero, Zwinglio y Calvino. Esta actitud protestante fue reprobada en el Concilio de Trento[5].

El Concilio de Valence resumió la doctrina católica, diciendo: «Confiadamente confesamos la predestinación de los elegidos para la vida, y la predestinación de los impíos para la muerte [Nota: aquí usa el término como «predestinación consecuente» y no como «predestinación antecedente»]; sin embargo, en la elección de los que han de salvarse, la misericordia de Dios precede al buen merecimiento; en la condenación, empero, de los que han de perecer, el merecimiento malo precede al justo juicio de Dios. ‘Mas por la predestinación, Dios sólo estableció lo que Él mismo había de hacer o por gratuita misericordia o por justo juicio’, según la Escritura que dice: El que hizo cuanto había de ser (Is 45,11); en los malos, empero, supo de antemano su malicia, porque de ellos viene, pero no la predestinó, porque no viene de Él… Que hayan sido algunos predestinados al mal por el poder divino, es decir, como si no pudieran ser otra cosa, no sólo no lo creemos, sino que si hay algunos que quieran creer tamaño mal, contra ellos, como el Sínodo de Orange, decimos anatema con toda detestación»[6].

El Concilio de Trento decretó por tanto: «Si alguno dijere, que no está en poder del hombre dirigir mal su vida, sino que Dios hace tanto las malas obras, como las buenas, no sólo permitiéndolas, sino ejecutándolas con toda propiedad, y por sí mismo; de suerte que no es menos propia obra suya la traición de Judas, que la vocación de san Pablo; sea excomulgado» (canon 6). Y también: «Si alguno dijere, que no participan de la gracia de la justificación sino los predestinados a la vida eterna; y que todos los demás que son llamados, lo son en efecto, pero no reciben gracia, pues están predestinados al mal por el poder divino; sea excomulgado» (canon 17).

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía para profundizar:

SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, I, q. 23.

[1]Cf. Denzinger‐Hünermann, nn. 333 y 335.

[2] Cf. Ibid., nn. 397 y 596.

[3] Cf. Libellus de tenenda inmobiliter Scripturae veritate: PL 121,1083ss.

[4] Cf. De praedestinatione: PL 125, 62 ss.

[5] Cf. Denzinger‐Hünermann, n. 1567.

[6] Cf. Ibid., n. 628.

angel de la guarda

¿Qué misión tiene el Ángel de la Guarda sobre cada hombre?

Pregunta:

Cuando uno muere y su alma esta en el purgatorio ¿allí también lo acompaña su ángel de la guarda o éste sólo está presente mientras está vivo? ¿Qué opinión tiene la doctrina católica al respecto?

Respuesta:

Estimado:

La existencia de los ángeles “es una verdad de nuestra fe; el testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición”[1].  Como sabemos el término ángel designa, como dice San Agustín, “no la naturaleza de estos seres, sino su oficio. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel”[2]. “Ángel”, proviene del latín angelus, y este del griego a,ggeloj, que significa “mensajero”.  En los textos inspirados repetidas veces se insinúa o se supone que esta “misión” de los ángeles protectores está vinculada a personas particulares, con carácter permanente y personal; lo cual equivale a insinuar la “custodia angélica” sobre los hombres. Algunos teólogos defendieron incluso que es de fe la existencia de los “ángeles custodios” (por ejemplo, Catarino); pero la opinión más común en teología es que es de fe la existencia de los ángeles en general, y la de los ángeles guardianes sólo es enseñanza “católica”, aunque claramente insinuada en la Revelación.

Así pueden entenderse algunos textos del Antiguo Testamento, como los de Gén 48,16; Ex 23,23 (Yo mandaré a un ángel ante ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto. Obedécele y escucha su voz, no le resistas…); Baruc 2,2; Sal 98,11, etc.  También se encuentra en el Nuevo Testamento, sobre todo en la afirmación de Nuestro Señor refiriéndose a los niños: Sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre (Mt 18,10). Incluso hay textos que parecen indicar “ángeles custodios” de las colectividades o personas morales, como reinos, ejércitos, comunidades, iglesias y naciones; así, por ejemplo, los capítulos 1 y 2 del Apocalipsis hablan de los siete ángeles que custodian las siete iglesias, como si cada uno estuviese destinado a guardar una de ellas.

Como principales efectos de la guarda de nuestros ángeles custodios se enumeran los siguientes:

1º Los ángeles custodios libran constantemente a sus protegidos de innumerables males y peligros, así del alma como del cuerpo: Que el ángel que me ha librado de todo mal –dijo Israel a su hijo José– bendiga a éstos niños (Gn 48,16).

2º Sujetan a los demonios para que no nos hagan todo el mal que ellos desearían hacernos: recuérdese la historia de Tobías. Excitan de continuo en nuestras almas pensamientos santos y consejos saludables (por ej., Gén 16 y 18; Act 5.8.10).

3º Llevan ante Dios nuestras oraciones, no porque Dios, omnisciente, necesite de esto para conocerlas, sino para que las oiga benignamente, e imploran por sí mismos los auxilios divinos de que nos ven necesitados, cuando a lo mejor nosotros ni siquiera percibimos que los necesitamos (cf. Tob 3 y 12; Act 10).

4º Iluminan nuestros entendimientos, proporcionándonos las verdades de modo más fácil de comprender mediante el influjo que pueden ejercer directamente en nuestros sentidos interiores y exteriores.

5º Nos asisten particularmente en la hora de la muerte, cuando más los necesitamos.

6º Es opinión piadosa de muchos teólogos que los ángeles custodios respectivos acompañan las almas de sus protegidos o custodiados al purgatorio o al cielo después que éstos mueren, como acompañaban las de los antiguos patriarcas al seno de Abraham; efectivamente, en la recomendación del alma después de la muerte de los fieles cantaba la Iglesia: “Salid a su encuentro, ángeles del Señor, recibiendo su alma, poniéndola en presencia del Altísimo…; Que los ángeles te lleven al seno de Abraham”.

7º Créese también piadosamente que los ángeles custodios atienden las oraciones suplicatorias dirigidas por los fieles a las almas de sus custodiados cuando éstas se encuentran todavía en el purgatorio “en estado  no de socorrer, sino de ser socorridas”[3]; de hecho, las súplicas hechas a las almas del purgatorio se dice que son de las más efectivas.

8º Por último, acompañarán eternamente en el cielo a sus custodiados que consigan la salvación “no para protegerlos, sino para reinar con ellos”[4] y “para ejercer sobre ellos algunos ministerios de iluminación”[5].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 328.

[2] San Agustín, Enarratio in Psalmos, 103, 1, 15; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 329.

[3] Santo Tomás, Suma Teológica, 2-2 q.83, a.11 ad.3.

[4] Santo Tomás, Suma Teológica, 1 q.113 a.

[5] Santo Tomás, Suma Teológica, 1 q.108 a.7 ad.3.

jugador compulsivo

¿Cómo ayudar a un jugador compulsivo?

Pregunta:

Conozco un hombre profesional, casado y con hijos, muy inteligente, con un problema muy serio desde hace más de 15 años: es un jugador empedernido. Está muy afligido por su problema. El ir a jugar lo ve como un deseo compulsivo irresistible. Se lo ve con buena disposición para salir de esa situación. El reconoce que es un vicio y pide ayuda para salir de él, porque si sigue así se va a destruir a sí mismo y a su familia. ¿Qué se le puede decir para ayudarlo?

Respuesta:

Estimado:

Le doy una respuesta rápida que no pretende ser de ninguna manera exhaustiva.  Inicialmente lo que hay que ver es si se trata de un jugador “compulsivo” y si esto tiene ya raíces psicológicas. De ser así toda terapia espiritual deberá ser acompañada de un apoyo psiquiátrico.  Desde el punto de vista espiritual y moral hay que tratar de formar en él la virtud de la templanza a través de todos sus resortes:

1º Ante todo, tratando de que se convenza de la malicia del juego, del peligro en que pone a su familia, de las consecuencias funestas para su alma y para el bienestar de su familia. Tiene que meditar y darle peso a esto, pues debe hacerse una verdad evidente para él no sólo desde el punto de vista intelectual sino práctico.

2º Junto a esto debe evitar como la peste las ocasiones de juego, que pueden ser: lugares, amigos, circunstancias.

3º Es muy útil que añada a lo anterior el imponerse penitencias puntuales no sólo en caso de caer sino también en caso de haberse expuesto al peligro (aunque no haya caído).

4º De modo positivo hay que enseñarle a hacer examen de conciencia particular. Éste es el gran secreto de todo adelanto espiritual. Deberá examinar todas las noches su conciencia sobre los puntos anteriores.

5º Será muy útil para él aprender a ejercitar el dominio de la voluntad (virtud de la templanza) en todo el campo de la sensualidad (aunque no se trate del terreno del juego) pues esto robustece su voluntad para todo tipo de tentaciones.

6º Finalmente habrá de trabajar en la confianza en Dios y en amor a la pobreza, pues a menudo el jugador es una persona que desconfía de la Providencia y pone su esperanza en el azar.

Como ya dije, si su problema tiene raíces psicológicas, no bastará el trabajo espiritual sin una buena terapia. Pero tampoco le será suficiente una buena terapia sin el trabajo espiritual que acabo de indicar.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

¿Existen Iglesias católicas no romanas?

Pregunta:

¿Existen Iglesias católicas no romanas?

Respuesta:

La reciente aparición en algunos medios de comunicación españoles de una mujer gallega que afirma ser “presbítera” de la Iglesia católica y la natural respuesta oficial del arzobispado que le corresponde, el de Santiago de Compostela, ha vuelto a poner sobre la mesa no sólo la cuestión del sacerdocio femenino –algo definitivamente zanjado en el catolicismo, como explica con claridad dicho arzobispado–, sino también la existencia de una variedad de grupos que dicen ser “católicos no romanos”.

Reproducimos a continuación el artículo que ha escrito Luis Santamaría, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES) en el portal Aleteia.

Se trata de una realidad que, si bien no abarca un número grande de fieles, sí acapara la atención, en ocasiones como ésta, por lo llamativo de sus planteamientos y, muchas veces, por lo estrafalario de sus acciones. Asumiendo el riesgo que tiene simplificar un fenómeno tan complejo, presentaremos los datos principales sobre estas corrientes cismáticas.

Su denominación es muy plural, según los autores o las perspectivas de los diversos estudios. Se habla de pequeñas iglesias, iglesias episcopales independientes, iglesias irregulares o no canónicas… Para simplificar, podemos hablar de “iglesias católicas no romanas”, formadas por creyentes que se confiesan católicos pero que rechazan de forma grupal la autoridad jerárquica del obispo de Roma.

Los veterocatólicos

El conjunto más significativo es el de los “viejos católicos” o veterocatólicos. Su origen más actual está en el cisma que tuvo lugar en 1870 cuando rechazaron el dogma de la infalibilidad papal, definido por el Concilio Vaticano I, afirmando que estaba “en contradicción con la fe de la Iglesia antigua”. Ya de paso, se rebelaron contra el dogma de la Inmaculada Concepción de María y contra el Concilio de Trento. Fue un movimiento que tuvo su importancia en algunos países europeos –sobre todo Alemania, Francia y Suiza– y que cristalizó en la llamada “Unión de Utrecht”, a partir de la redacción del manifiesto conocido como Declaración de Utrecht, del año 1889. Se trata, pues, del último de los grandes cismas o escisiones del cristianismo.

Cuando se produjo el cisma de 1870, a los teólogos, sacerdotes y fieles principalmente alemanes que se separaron de Roma, se adhirió después para conformar esa Unión de Utrecht un grupo de jansenistas holandeses que en el siglo XVIII se habían separado de la Iglesia formando una estructura eclesial paralela bajo la autoridad del arzobispo de Utrecht. También se unieron algunos grupos de origen eslavo.

Entre otros elementos peculiares, destaca la aceptación de las mujeres al ministerio ordenado en su triple configuración (obispos-presbíteros-diáconos) desde 1996, decisión que motivó la salida de la Iglesia Nacional Polaca de los Estados Unidos de América y Canadá, que pertenecía hasta entonces a la Unión. Actualmente, 6 agrupaciones veterocatólicas forman parte del Consejo Mundial de Iglesias.

Obispos “independientes” por todo el mundo

Después de este grupo más destacado, podemos encontrar diversas agrupaciones que, como afirma Manuel Guerra en su Diccionario enciclopédico de las sectas, “son las iglesias de los ordenados válida, pero ilícitamente; en algunos casos se han separado de la Iglesia católica romana después de haber sido ordenados válida y lícitamente”. Aquí se encontraría, en primer lugar por su importancia, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por el arzobispo Marcel Lefèbvre, que actualmente parece cada vez más cerca de volver a la comunión católica.

Lo más habitual es encontrarnos con grupos que dependen de obispos (ya que hay movimientos que proponen su propio “Papa”, pero que merecen un estudio aparte). Como acabamos de ver, todos ellos habrían sido ordenados válidamente, pero en cuanto a la licitud de su consagración episcopal, habría diferencias. Respecto a su situación canónica, desde el punto de vista católico deberíamos hablar de episcopi vagantes, prelados sin sede ni nombramiento, al estar fuera de la comunión con el obispo de Roma.

En la mayor parte de los casos podemos trazar una clara “genealogía episcopal”, ya que la cuestión de la sucesión apostólica es fundamental en este tema, y ver unas fuentes comunes de las que brotarían los diversos grupos cismáticos. En primer lugar, las ordenaciones realizadas por obispos veterocatólicos, que mantienen la sucesión apostólica. Se ha hecho muy común “invitar” a un prelado viejo católico para “legitimar” ordenaciones muy dudosas.

Otro modo de obtener una mitra es conseguir la ordenación de manos de un obispo oriental u ortodoxo, cuyo ministerio también es reconocido por la Iglesia católica. Así sucedió, por ejemplo, con el francés Joseph René Vilatte (1854-1929), que consiguió el presbiterado de los veterocatólicos y después logró la consagración episcopal de unos obispos de rito siro-jacobita. A su vez, ordenó a muchos obispos en todo el mundo, incluidos algunos de “Iglesias gnósticas”.

Una tercera fuente de “iglesias” cismáticas es la ordenación realizada por obispos católicos en situación irregular o, al menos, especial. Un paradigma fue el vietnamita Ngô-dinh Thuc (1897-1984), conocido, entre otras cosas, por ordenar sacerdotes y después obispos a los iniciadores de la secta española del Palmar de Troya (Carmelitas de la Santa Faz). Se calcula en un centenar el número de personas ordenadas por monseñor Thuc en todo el mundo. Y no ha sido el único que ha operado de esta manera. Hay otros obispos a considerar en este apartado, como el peruano Cornejo Radavero (nacido en 1927).

Entre el tradicionalismo y el progresismo

La seriedad de todo este panorama es diversa según los grupos de los que hablemos. No es lo mismo pensar en movimientos más asentados como los veterocatólicos o el lefebvrismo, por ejemplo, que pensar en realidades en las que se pueden sospechar motivaciones más o menos explícitas de buscar llamar la atención, alimentar el narcisismo o la egolatría de sus dirigentes o trasladar una protesta contra la Iglesia católica.

Lo que sí está claro, en la mayor parte de los casos, es que nos encontramos con grupos que se sitúan por lo general en los dos extremos de un movimiento pendular. Unos consideran que la Iglesia católica “Romana” se ha plegado al modernismo y ha perdido su esencia, y defienden posturas tradicionalistas tanto en las formas como en el fondo, aunque a veces se trata de un simple sentimiento nostálgico de formas estéticas y litúrgicas antiguas.

Otros, situándose en el extremo contrario, miran a una Iglesia anclada en el pasado con desdén y se creen con el derecho de hacer avanzar el catolicismo tanto en cuestiones de exégesis bíblica y dogmática como en aspectos más eclesiásticos y disciplinarios, y renovando ya de paso lo tan manido de la moral sexual. Aquí se situaría la corriente a la que supuestamente pertenece la española que ahora dice ser “presbítera”.

Si bien en España no se trata de una realidad significativa, en Iberoamérica sí hay gran profusión de grupos que aparentan ser católicos y se aprovechan de esta confusión para llegar a la gente. Ya sean de tipo tradicionalista, ya progresista. En torno al año 2000, en el curso de formación que impartía la Fundación SPES en Argentina, se señalaba como “el comienzo del verdadero derrotero de disidencias” la excomunión del obispo Carlos Duarte, sucedido en Brasil en 1945.

Según explicaba en este curso Alberto M. Dib, monseñor Duarte fundó la Iglesia Católica Apostólica Brasileña, y de ahí nacieron la Congregación Cristiana Católica Apostólica – Sacerdotes Obreros para la Argentina, la Iglesia Católica Apostólica Argentina, la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa Americana, la Iglesia Misionera de Evangelización – Católica Apostólica Nacional – Orden del Espíritu Santo… que, a su vez, comenzaron a relacionarse con la Santa Iglesia Católica Apostólica Mexicana y otros grupos cismáticos de todo el continente.

La Iglesia católica pide cautela

En 2012, el boletín informativo sobre sectas de la diócesis católica de Dijon (Francia) ofrecía una reflexión sobre este tema. Reconocía en primer lugar la seriedad de dos agrupaciones presentes en su país –la “Pequeña Iglesia” y los veterocatólicos–, con diálogo ecuménico en vigor con la Iglesia católica. Pero alertaba sobre numerosos grupos que utilizan, como adjetivos, los de católica, apostólica, galicana, tradicional, autocéfala, liberal… y que ni son reconocidas como interlocutoras en el diálogo por la Iglesia católica, ni tienen el reconocimiento de la Unión de Utrecht, que validaría la autenticidad de su sucesión apostólica.

Además, muchas veces responden a una demanda de sacramentos, ritos y fórmulas que algunas personas piden con una conciencia claramente supersticiosa y mágica, sin fe cristiana ni sentido eclesial. En esta línea tenemos que entender los avisos que han hecho algunos obispos católicos sobre la realidad de los grupos “católicos no romanos” en sus respectivas diócesis, incluso aunque se trate de grupos serios, por el peligro de confusión para los fieles que pueden ser engañados cuando no hay claridad por parte de los que usan nombres, títulos y ritos católicos.

Por poner un ejemplo reciente, en 2013 tres obispos argentinos avisaron de la presencia de veterocatólicos y “católicos disidentes” en su territorio, con un comunicado en el que “se pide a los fieles de nuestras diócesis que se abstengan de participar en las celebraciones que realizan los ministros de dicha iglesia en casas de familias, a fin de que permanezcamos unidos en la fe que nos transmitieron nuestros padres”.

Nada serio, por tanto, pero sí una llamada de atención a la Iglesia católica y a sus pastores a preocuparse por estas personas –no por sus fantasiosas pseudo-iglesias– y ofrecerles la puerta abierta, que ellos un día aprovecharon para salir –y normalmente provocando un escándalo–, también para el regreso a casa, en la comunión con los obispos presididos por el de Roma.