aromaterapia

¿Puede un católico someterse a tratamientos de ‘aromaterapia’?

Pregunta:

Estimado señor:
La  inquietud que me lleva a consultarle es la siguiente : Debido a mis enfermedades, por los cuales he pasado por diferentes especialistas médicos, se me ofrece la ocasión de ser tratada por un orientador que me ofrece un tratamiento de aromaterapia.
Mi consulta es si puedo, como católica respetuosa de la ley de Dios, someterme a este tratamiento.
Quedaré muy agradecida de su respuesta, atentamente. ME

Respuesta:

Estimada: Yo no soy especialista en este tema, pero le reproduzco a continuación el artículo que ha publicado recientemente la asociación Farmaciencia en su blog, con el fin de la divulgación científica frente al auge de las pseudoterapias. Está firmado por Roi Cal Seijas, licenciado en Farmacia. El mismo aparece también publicado en el Boletín Monográfico de InfoRIES nº 534, dedicado a PSEUDOTERAPIAS Y PSEUDOCIENCIAS.

Entendemos por aromaterapia la disciplina que usa los aceites esenciales extraídos de ciertas especies vegetales para mejorar el bienestar físico o mental y que se fundamenta en los efectos producidos por los aromas en el organismo. Esta terapia (o pseudoterapia, ya veremos…) tiene su origen en 1935 de mano del químico francés René-Maurice Gattefosé, aunque el uso de los aceites esenciales y de los aromas para tratar enfermedades es muy anterior.

En aromaterapia el aceite esencial es administrado por vía inhalatoria, bien de forma directa con difusores/evaporadores o bien en forma de masaje aromaterapéutico, baños aromáticos, cataplasmas, etc. Los olores están compuestos por moléculas volátiles que pueden interaccionar con los receptores de las células olfativas y generar una respuesta. Un aceite esencial o aceite volátil es una mezcla de diversas sustancias químicas (hidrocarburos, alcoholes, ácidos, ésteres, aldehídos, cetonas, enoles y compuestos sulfurados o nitrogenados), extraídas de una fuente vegetal mediante destilación en vapor de agua. Cada aceite esencial es característico de una especie vegetal (o animal, en caso del almizcle) y posee una composición única que le otorga su olor y sabor característico. El uso de aceites esenciales está muy extendido en la elaboración de productos cosméticos por su agradable olor, aunque también se emplean en industria alimentaria para mejorar el sabor.

Algunos aceites esenciales que empleamos de forma habitual no pueden ser considerados aromaterapia: el popular bálsamo Vicks Vaporub combina diferentes esencias (menta, eucalipto, trementina…) con una acción balsámica-expectorante útil en resfriados, el aceite de árbol del té aplicado de forma tópica tienen acción bactericida/antifúngica, las esencias con mentol o alcanfor añaden a pomadas antiinflamatorias por su acción rubefaciente, etc.

Evidencia científica en aromaterapia

A pesar de que el uso de la aromaterapia está bastante extendido no encontraremos evidencia científica sólida que respalde ninguna de las indicaciones en las que se está empleando. Ciertamente hay mucha literatura y estudio publicados, sin embargo las revisiones más rigurosas siempre concluyen igual: “Baja calidad, tamaño de muestra insuficiente, no se pueden sacar conclusiones, se necesitan más estudios…”. Veamos algunos ejemplos:

1.- Aromaterapia para el tratamiento del dolor durante el trabajo de parto.

2.- Aromaterapia y masaje para el alivio de síntomas en pacientes con cáncer.

3.- Aromaterapia para la promoción de la relajación y el sueño, el alivio del dolor y la reducción de los síntomas depresivos en pacientes con demencia.

4.- Aromaterapia para el tratamiento de las náuseas y los vómitos posoperatorios.

Uno de los estudios más numerosos fue publicado en el año 2000, en él se incluyeron seis estudios en los que se evaluaba la utilidad de la aromaterapia en el tratamiento o prevención de la ansiedad, aplicada mediante masaje aromaterapeútico. Si bien en un principio estos estudios parecían indicar que el masaje de aromaterapia poseía un ligero y breve efecto ansiolítico, los autores concluyeron que la investigación realizada no fuera lo suficientemente rigurosa como para probar la eficacia de la aromaterapia en el tratamiento de la ansiedad.

La dificultad principal en el estudio de la aromaterapia por inhalación es el diseño de un ensayo clínico doble ciego controlado con placebo. Para que los resultados sean confiables se debe ocultar la verdad tanto a los participantes como a los investigadores, algo complicado porque ambos son conscientes del aroma que perciben. Por otra parte, es imposible distinguir si el efecto relajante o la disminución de la ansiedad se debe a la presencia de alguna molécula concreta en la esencia que interacciona con nuestro organismo o al simple hecho de percibir un aroma agradable.

Sí existe una evidencia científica convincente para algunos compuestos presentes en los aceites esenciales cuando éstos se administran por otras vías como la oral, tópica o pulmonar. Algunos aceites esenciales ricos en terpenos son beneficiosos cuando se emplean por vía oral en catarros, bronquitis agudas o sinusitis. El aceite del árbol de té, de la planta Melaleuca alternifolia, posee propiedades antibacterianas y antimicóticas. Sin embargo, insistimos que no todo uso de aceites esenciales debe ser considerado aromaterapia.

Productos basados en la aromaterapia

Uno de los principales fabricantes de aromaterapia en nuestro país en Pranarom, famosos por acuñar el término “aromaterapia científica”. Si revisamos su vademécum de aromaterapia nos encontraremos con productos e indicaciones como éstas:

Abeto negro (Picea mariana): cansancio que se manifiesta a primeras horas de la mañana. Mandarina (Citrus reticulata): para un momento de relajación. Mandravasarotra (Cinnamosma fragrans): para reforzar las defensas inmunitarias. Canela de China (Cinnamomum cassia): afrodisíaco. Naranjo amargo (Citrus aurantium ssp): para una vuelta al trabajo sin estrés ni angustia. Yuzu (Citrus junos): obtendrás un gran momento de calma, paz y serenidad en este mundo tan estresante. Pachuli (Pogostemon cablin): mejora de la circulación linfática y venosa.

No se ha encontrado una evidencia científica sólida que respalde estos productos para estas indicaciones concretas. El término aromaterapia científica está completamente injustificado y parece corresponder más a un concepto de marketing o publicitario que a una realidad. Estos productos a base de diversos aceites esenciales y las propiedades que les atribuyen se sustentan más en un uso tradicional que en evidencias científicas.

Los efectos secundarios de la aromaterapia administrada por vía inhalatoria son escasos y leves, principalmente consisten en nauseas, mareos o dolor de cabeza. Por vía oral los aceites esenciales han de manejarse con cuidado ya que algunos poseen una toxicidad importante. Especial precaución debería tenerse en niños y embarazadas, en la que esta vía está desaconsejada. Como cualquier otro producto de fitoterapia habrá que tener en cuenta dosis, interacciones, precauciones y contraindicaciones. Por vía tópica también pueden causar irritación y problemas cutáneos especialmente en personas susceptibles (psoriasis, atopía…).

Conclusiones

La aromaterapia, entendida como la utilización de aceites esenciales por vía olfativa para provocar una respuesta en el organismo a través de la interacción con receptores olfativos, es claramente una pseudoterapia que carece de aval científico. Los profesionales sanitarios (médicos, farmacéuticos, enfermeros…) deberían abstenerse de recomendar este tipo de productos. Los colegios profesionales deberían abstenerse de acoger cursos sobre aromaterapia por razones deontológicas.

Algunos aceites esenciales contienen moléculas biológicamente activas que pueden resultar eficaces y poseer utilidad terapéutica en ciertas indicaciones. Para que un aceite esencial sea eficaz debe emplearse una vía de administración convencional como para el resto de fármacos (oral, pulmonar, tópica…). La recomendación de un aceite esencial debe hacerse en base a pruebas científicas y no apoyándose en el uso tradicional. Deberá prestarse mucha atención a la toxicidad y a las contraindicaciones y advertir a los pacientes que “natural” no es sinónimo de inocuo.

Anthony de Mello

¿Cuál es el problema de los libros de Anthony de Mello?

Pregunta:

Estimado Padre, yo he sido un asiduo lector de los libros del Padre Anthony de Mello. Por esta razón me ha sorprendido leer en algunos medios que estos han sido censurados por el Vaticano. Quisiera saber si esto es verdad y el motivo de esta prohibición. Gracias por su respuesta.

Respuesta:

Estimado amigo:

            Debo decir que efectivamente, el 24 de junio de 1998, la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó una “Notificación”, acompañada de “Nota ilustrativa… sobre los escritos del Padre Anthony de Mello”[1]. El documento referido declara que las obras del jesuita indio (ya fallecido) Anthony de Mello son “incompatibles con la fe católica”. Según señala el documento, en sus obras, el P. de Mello “sustituye la revelación acontecida en Cristo con una intuición de Dios sin forma ni imágenes, hasta llegar a hablar de Dios como de un vacío puro”. “Para ver a Dios hacía solamente falta mirar directamente el mundo. Nada podía decirse sobre Dios; lo único que podemos saber de El es que es incognoscible. Ponerse el problema de su existencia sería ya un sinsentido”.

            La notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe, viene acompañada con un documento explicativo de seis páginas en las que detalladamente se citan las obras más famosas del P. de Mello y se las contrasta con las enseñanzas de la Iglesia, dejando así en evidencia su incompatibilidad. Entre los principales errores del sacerdote indio, autor de obras como El Canto de la Rana, El Canto de los Pájaros y muchas otras distribuidas masivamente por algunas editoriales católicas, que se señalan en la Nota ilustrativa, hay que destacar:

            1) Su teoría de la contemplación como autoconciencia es, por lo menos, ambigua.

            2) Equipara la noción de la revelación cristiana y la de Lao-Tse, con una cierta preferencia por este último.

            3) Tiene afirmaciones sobre Dios que ignoran, si no niegan explícitamente, su carácter personal y lo reducen a una vaga realidad cósmica omnipresente. Se proclama un Dios impersonal.

            4) Ironiza y critica con frecuencia todo intento de lenguaje acerca de Dios.

            5) Afirma que la Biblia no nos da a conocer a Dios.

            6) Diluye la filiación divina de Jesús en la filiación divina de los hombres. Jesús es un maestro entre tantos.

            7) Reduce la presencia de Jesús en la Eucaristía a un mero símbolo.

            8) Parece afirmar que el ser del hombre está llamado a la disolución, como la de la sal en el agua.

            9) Enseña que el mal no es más que ignorancia y falta de iluminación. Es más llega a afirmar que “no hay nada bueno ni malo, sino que el pensamiento lo hace tal”.

            Y se podrían seguir señalando errores.

            Por estos motivos el Magisterio ha considerado un deber declarar que estas enseñanzas no sólo son incompatibles con la fe católica sino que  pueden causar grave daño a quienes las leen o usan para meditar.

            Es sabido que muchas obras de De Mello se han convertido en best sellers, incluso fuera del ambiente católico. Su mensaje, según sus críticos proporciona un conjunto de aforismos atractivos aunque no coherentes entre sí, que responden más bien a una espiritualidad sin Dios más correspondiente con el movimiento de la New Age que con la doctrina de la Iglesia. Hay que señalar que de Mello jamás apoyó o suscribió explícitamente la corriente New Age. Pero sí ha ocurrido que numerosas librerías y sitios Internet New Age ofrecen las obras, pasajes o conferencias del sacerdote como cosas propias de este pensamiento.

            Como puede verse, estamos muy lejos de la fe cristiana. Se entiende que esta notificación imponga como un deber moral y una consecuencia lógica que las obras del Padre de Mello sean retiradas por las editoriales y librerías católicas. No se pide con esto ninguna cosa extraordinaria sino sólo un importante acto de coherencia.

[1] Esta notificación lleva fecha del 14 de junio de 1998. Se puede encontrar en L’Osservatore Romano, 28 de agosto de 1998, p. 5-6.

miedo

Jesucristo ¿sintió miedo y tristeza?

Pregunta:

Padre: Siempre me he preguntado si Jesús (siendo Dios), sintió tristeza y miedo. En caso de responder que sí, ¿cómo se explica esto?

Respuesta:

Estimado:

Jesucristo no sólo es verdadero Dios sino también verdadero Hombre. En cuanto Hombre su cuerpo tuvo verdadera pasi­bilidad, por lo cual no podían faltarle las pasiones; el mismo Evangelio lo atestigua: Con gran deseo he de­seado comer esta Pascua con vosotros (Lc 22, 15); Mi alma está triste hasta la muerte (Mt 26, 38), y muchos otros pasajes.

Sin embargo, las pa­siones de Cristo, a diferencia de las del resto de los hombres, estuvieron exentas de todo desorden y subordinadas a la razón, porque en Él no había pecado original, ni siquiera posibilidad de pecar (o sea, impecabilidad). Por eso los teólogos designan a las pasiones de Cristo con un término particular: propasiones, queriendo significar con esto que son irreprensibles. Santo Tomás precisa que las pasiones de Cristo difieren de las nuestras porque nunca pudieron incitar al mal, ni influir negativamente en manera alguna sobre la razón y sobre la voluntad­.

Por tanto, “propasiones” son las pasiones sensitivas de la Humanidad de Cristo (como el amor, el deseo, la esperanza, el temor, la tristeza, etc.), que son, por sí mismas, parte integrante de la naturaleza humana (funciones propias del apetito sensitivo concupiscible e irascible).

Para entender esta peculiaridad recordemos que las pasiones sometidas a la razón son fuerzas vivas que nos inclinan al bien de nuestra naturaleza; debido al pecado original las pasiones de todo descendiente de Adán se alzan en rebeldía hasta el punto de ofuscar la razón y debilitar la libre voluntad; sin embargo, esta rebelión no quita la libertad y la responsabilidad de los actos propios, como pretendía Lutero (por eso, contra él, el Concilio de Trento definió que la concupiscencia proviene del pecado y excita al pecado pero no es pecado por sí misma ni puede dañar a quien resiste con la gracia de Dios)[1].

Como ya hemos dicho, Jesucristo estuvo exento del aspecto desordenado de las pasiones en razón de que no tuvo ni la más mínima sombra del pecado.

Explicaba este adorable misterio el Beato Dom Columba Marmion, en uno de sus más célebres escritos: “El Hijo de Dios se hizo carne; continuó siendo lo que era, pero se unió a una Naturaleza humana, completa como la nuestra, íntegra en su esencia, con todas sus propiedades naturales; Cristo nació, como todos nosotros, de una mujer (Gál 4,4), pertenece auténticamente a nuestra raza. Con frecuencia se llama en el Evangelio El Hijo del Hombre; Ojos de carne le vieron, y manos humanas le tocaron (1Jn 1,1). Y aun el día siguiente de su resurrección gloriosa, hace experimentar al apóstol incrédulo la realidad de su naturaleza humana: Palpad y ved, porque los espíritus no tienen carne ni huesos como veis que yo tengo (Lc 24,39). Tiene, como nosotros, un alma creada directamente por Dios; un cuerpo formado en las entrañas de la Virgen; una inteligencia que conoce, una voluntad que ama y elige; todas las facultades que nosotros tenemos: la memoria, la imaginación; tiene pasiones, en el sentido filosófico, elevado y noble de la palabra, en un sentido que excluye todo desorden y toda flaqueza; pero estas pasiones se hallan en Él enteramente sometidas a la razón, sin que puedan ponerse en movimiento sin un acto de su voluntad [La Teología las llama propasiones, a fin de indicar con este término especial su carácter de trascendencia y de pureza.]. Su naturaleza humana es, pues, del todo semejante a la nuestra, a la de sus hermanos, dice San Pablo: Era preciso que se asemejase en todo a sus hermanos (Hb 2,17), excepto en el pecado (ib. 4,15), Jesús no conoció ni el pecado ni nada de lo que es fuente o consecuencia del pecado: la ignorancia, el error, la enfermedad, cosas todas indignas de su perfección, de su sabiduría, de su dignidad y de su divinidad.

Pero nuestro Divino Salvador quiso padecer durante su vida mortal nuestras flaquezas; todas las que eran compatibles con su santidad. El Evangelio nos lo muestra claramente, nada hay en la naturaleza del hombre que Jesús no haya santificado. Nuestros trabajos, nuestros padecimientos, nuestras lágrimas, todo lo ha hecho suyo. Miradle en Nazaret: durante treinta años pasa su vida en un trabajo oscuro de artesano, hasta el punto de que cuando comienza a predicar, sus compatriotas se admiran porque nunca le han conocido más que como hijo del carpintero: ¿De dónde le vienen a éste todas estas cosas? ¿Acaso no es hijo de un carpintero? (Mt 13,55-56). Nuestro Señor quiso sentir el hambre como nosotros, después de haber ayunado en el desierto, tuvo hambre (ib. 4,2). Padeció también la sed: ¿Acaso no pidió de beber a la samaritana? (Jn 4,7), ¿acaso no exclamó en la cruz: Tengo sed (Jn 19,28)? Experimentó como nosotros la fatiga; los largos viajes a través de Palestina fatigaban sus miembros, cuando junto al pozo de Jacob pidió agua para calmar su sed, San Juan nos dice que estaba fatigado. Era la hora de mediodía, después de haber caminado largo tiempo, se sienta rendido al margen del pozo (ib. 4,6). Así, pues, según lo hace notar San Agustín en el admirable comentario que nos dejó de esta escena evangélica: ‘El que es la fuerza misma de Dios se halla abrumado de cansancio’. El sueño cerró sus párpados; dormía en la nave cuando se levantó la tempestad: Él en cambio dormía (Mt 8,24), y dormía verdaderamente, de tal manera que sus discípulos, temiendo que los tragasen las olas furiosas, tuvieron necesidad de despertarlo. Lloró sobre Jerusalén su patria a la que amaba a pesar de su ingratitud; el pensamiento de los desastres que después de su muerte habían de venir sobre ella le arranca lágrimas amargas y frases llenas de aflicción: ¡Si tú conocieses por lo menos en este día lo que puede atraerte la paz! (Lc 19,41 y ss.). Lloró a la muerte de su amigo Lázaro como nosotros lloramos por aquellos a quienes amamos, hasta el punto de que los judíos testigos de este espectáculo se decían: Ved cómo le amaba (Jn 11,36). Cristo derramaba lágrimas, no sólo porque convenía, sino porque tenía conmovido el corazón; lloraba a su amigo, y sus lágrimas brotaban del fondo de su alma. Varias veces se dice también en el Evangelio que su corazón estaba conmovido por la compasión (Lc 7,13; Mc 8,2; Mt 15,32). ¿Qué más? Experimentó también sentimientos de tristeza, de tedio, de temor (Mc 14,33; Mt 26,37).

En su agonía cuando estaba en el Huerto de los Olivos su alma quedó abrumada por la tristeza (Mt 26,38) y la angustia penetró en ella hasta el punto de hacerle lanzar grandes gritos (Hb 5,7). Todas las injurias, todos los golpes, todos los salivazos, todas las afrentas que llovieron sobre Él durante su Pasión, le hicieron padecer inmensamente; las burlas, los insultos, no le dejaban insensible, por el contrario, cuanto más perfecta era su naturaleza, más delicada y más grande era su sensibilidad. Vióse abismada en el dolor. En fin, después de haber tomado sobre sí todas nuestras debilidades, después de haberse mostrado verdaderamente hombre y semejante a nosotros en todas las cosas, quiso padecer la muerte como los demás hijos de Adán: E inclinada la cabeza entregó su espíritu (Jn 19,30).

Vemos, pues, que Jesucristo es nuestro modelo como Hijo de Dios y como Hijo del hombre al mismo tiempo. Pero lo es sobre todo como Hijo de Dios: esta condición de hijo de Dios es lo que en Él hay de radical y fundamental; en eso ante todo debemos parecernos a Él”[2].

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

Bibliografía:

Dom Columba Marmion, Jesucristo, vida del alma, Ed. Gratis Date (esp. cap. “Jesucristo, modelo único de toda perfección. Causa exemplaris”);

Pietro Parente “Propasiones”, en: “Diccionario de Teología Dogmática”, Editorial Litúrgica Española, Barcelona 1963, p. 320.

[1] DS 1515.

[2] Dom Columba Marmion, Jesucristo, vida del alma, cap. 2.

Eutanasia

¿No hay lugar para la eutanasia ni siquiera en los casos límites?

Pregunta:

Soy una persona que está de acuerdo en que la eutanasia es un pecado grave. Pero también reconozco que no tengo buenos argumentos para sostenerlo en una discusión, especialmente cuando me plantean algunos casos límite presentados con una gran carga afectiva. ¿Puede Usted fundamentarme la doctrina de la Iglesia?

Respuesta:

Estimado amigo:

         «Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor»[1].

         «De ella debe distinguirse la decisión de renunciar al llamado ‘ensañamiento terapéutico’, o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situación real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían esperar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia. En estas situaciones, cuando la muerte se prevé inminente e inevitable, se puede en conciencia ‘renunciar a unos tratamientos que procurarían únicamente una prolongación precaria y penosa de la existencia, sin interrumpir sin embargo las curas normales debidas al enfermo en casos similares’. Ciertamente existe la obligación moral de curarse y hacerse curar, pero esta obligación se debe valorar según las situaciones concretas; es decir, hay que examinar si los medios terapéuticos a disposición son objetivamente proporcionados a las perspectivas de mejoría. La renuncia a medios extraordinarios o desproporcionados no equivale al suicidio o a la eutanasia; expresa más bien la aceptación de la condición humana ante al muerte»[2].

  1. Algunas denominaciones de la eutanasia

         Respecto de la eutanasia se ha elaborado una terminología bastante amplia que, a veces, se utiliza para hablar del tema en forma confusa y presentar una cosa por otra. Conviene entender las principales acepciones.

         1) Eutanasia eugénica: es la eutanasia practicada por razones de higiene racial o por razones sociales, económicas, etc. Pretende liberar a la sociedad de enfermos crónicos, discapacitados, minusválidos que consumen lo que no producen, y que son una carga. Sus propulsores se basan en teorías eugénicas de Galton, Garófalo, Lombroso, Sanger, Nietzsche, Rosember, etc. Tuvo su paradigma en el nazismo: el régimen obligó a esterilizar, abortar y a eutanasiar a todos los considerados no productivos, sin valor o disidentes. Juzga en base a factores demográficos, económicos, políticos, utilitarios, hedonísticos.

         2) Eutanasia piadosa (mercy killing): se practica con el fin de aliviar los dolores y sufrimientos del enfermo. Parten sus apologistas de que en la vida no tiene sentido el dolor, y de que no hay trascendencia. La sostuvieron Thompson, Pauling, Modod, Barnard, Platón, Voltaire, Sartre, etc.

         3) Eutanasia positiva: es el homicidio, cometido por fines eugénicos o piadosos, en el que el agente de manera directa o positiva o activa actúa sobre la persona enferma provocándole la muerte (ahogándola, haciéndole inhalar gases venenosos, inyecciones tóxicas, etc.). Pertenecen a esta modalidad el suicidio y el suicidio asistido, y la eutanasia prenatal o aborto eugénico.

         4) Eutanasia negativa: es la muerte del paciente por medios indirectos, pasivos o negativos. El agente deja de hacer algo que permite proseguir la vida, omite practicar o seguir practicando un tratamiento activo. Tiene dos modalidades importantes:

  1. a) La ortotanasia: es la interrupción u omisión de medios médicos proporcionados, ordinarios y normales.
  2. b) La distanasia: es la interrupción u omisión de medios médicos desproporcionados y extraordinarios, de gran envergadura. Técnicamente no es eutanasia.

         5) Eutanasia directa: es la eutanasia en la que la intención del agente es la de provocar la muerte, ya sea por homicidio o por suicidio asistido. No importa los fines o los medios.

         6) Eutanasia indirecta o lenitiva: técnicamente no es eutanasia. Consiste en realizar determinados actos (administración de sedantes, ciertas drogas) con un fin bueno (el disminuir el dolor del paciente), el cual tiene por efecto secundario el abreviar la vida del paciente.

         7) Eutanasia voluntaria: solicitada por el paciente, ya sea por medios positivos o negativos.

         8) Eutanasia involuntaria: es la que se aplica a los pacientes sin su consentimiento.

  1. Valoración moral

         La eutanasia (salvas las excepciones de la distanasia y la eutanasia lenitiva, que no son propiamente eutanasias) está comprendida en la calificación moral del homicidio y del suicidio directos. Concretamente, según las diversas modalidades, puede ser: sólo suicidio, sólo homicidio, o suicidio y homicidio al mismo tiempo (suicidio asistido u homicidio consentido).

         1) Cuando es sólo suicidio pueden darse casos de moralidad subjetivamente atenuada por la desesperación y por perturbaciones psicológicas producidas por ciertas enfermedades terminales. Evidentemente, esto ocurre siempre que se den alguno de los impedimentos del acto humano (ignorancia de la malicia del acto, enfermedad psicológica, etc.).

         2) Cuando se trata de suicidio asistido, aun mediando «razones de piedad», se añade a veces el agravante de los lazos de parentela de quien asiste positivamente o consiente al suicidio del moribundo, o las obligaciones de justicia y deontología de quienes lo practican (médicos, enfermeros, etc.): «La eutanasia… debe considerarse como una falsa piedad, más aún, como una preocupante ‘perversión’ de la misma. En efecto, la verdadera ‘compasión’ hace solidarios con el dolor de los demás, y no elimina a la persona cuyo sufrimiento no se puede soportar. El gesto de la eutanasia aparece aún más perverso si es realizado por quienes –como los familiares– deberían asistir con paciencia y amor a su allegado, o por cuantos –como los médicos–, por su profesión específica, deberían cuidar al enfermo incluso en las condiciones terminales más penosas»[3].

         3) Cuando se trata sólo de homicidio, la eutanasia presenta características particularmente agravantes y repugnantes: el cinismo de desembarazarse de los seres juzgados «sin valor», la negativa de prestar servicio al que sufre, el pecado contra la justicia propio de todo homicidio, la calidad de indefenso del enfermo. Dice la Evangelium vitae: «La opción de la eutanasia es más grave cuando se configura como un homicidio que otros practican en una persona que no la pidió de ningún modo y que nunca dio su consentimiento. Se llega además al colmo del arbitrio y de la injusticia cuando algunos, médicos o legisladores, se arrogan el poder de decidir sobre quién debe vivir o morir. Así, se presenta de nuevo la tentación del Edén: ser como Dios, conocedores del bien y del mal (Gn 3, 5). Sin embargo, sólo Dios tiene el poder sobre el morir y el vivir: Yo doy la muerte y doy la vida (Dt 32, 39; Cf. 2 R 5, 7; 1 S 2, 6). El ejerce su poder siempre y sólo según su designio de sabiduría y de amor. Cuando el hombre usurpa este poder, dominado por una lógica de necedad y de egoísmo, lo usa fatalmente para la injusticia y la muerte. De este modo, la vida del más débil queda en manos del más fuerte; se pierde el sentido de la justicia en la sociedad y se mina en su misma raíz la confianza recíproca, fundamento de toda relación auténtica entre las personas»[4].

         Por todo esto, hay que decir que la eutanasia es un pecado:

         1º Contra la sacralidad de la vida y contra el señorío divino. Con la eutanasia, el hombre se proclama señor de la vida y de la muerte de sus semejantes: «Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo (Jn 8, 34)»[5].

         2º Contra el sentido del dolor y de la muerte.

         3º Contra la tarea esencial de la medicina: «para un médico, el único éxito profesional es curar».

         4º Contra la absoluta indisponibilidad de la vida humana.

         Dice Juan Pablo II en la Evangelium vitae: «Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. Semejante práctica conlleva, según las circunstancias, la malicia propia del suicidio o del homicidio»[6].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía para profundizar:

            Ravaioli, Luis Aldo, Valoración ética de la eutanasia, Serviam, Buenos Aires 1994.

            Monge, Fernando, ¿Eutanasia?, MC, Madrid 1989.

            Basso, Domingo, Nacer y morir con dignidad, Consorcio de Médicos Católicos, Buenos Aires 1989, 405-464.

            Conferencia Episcopal Española, La eutanasia. 100 cuestiones y respuestas, MC, Madrid 1993.

[1] Evangelium vitae, n. 65.

[2] Ibid.

[3] Evangelium vitae, n. 66.

[4] Ibid.

[5] Evangelium vitae, n. 20.

[6] Evangelium vitae, n. 65.

secta

Tengo un hijo en una secta ¿cómo puedo ayudarlo?

Pregunta:

Somos una familia católica, con hijos ya grandes. Una de mis hijas se ha puesto de novia con un joven extraño. Ella, desde hace un tiempo ha dejado de ir a Misa, y no nos acompaña cuando rezamos. Ya no es la misma con nosotros. Pensamos que su novio la está llevando a alguna secta o algo parecido. ¿Qué nos aconseja hacer?

 

Respuesta:

Estimada Señora:

         Sin ser un especialista en estos temas, le señalo algunas pautas[1].

         Ante todo, existen una serie de signos para reconocer si un familiar o amigo está siendo captado por un grupo fanático. Por ejemplo: la inestabilidad emocional; el cambio de conducta injustificado; la incapacidad para sostener sus afectos, distanciándose de los más cercanos; pérdida de la libertad; falsa mejora de la autoestima y la seguridad frente a la familia, pero claramente dependiente del reconocimiento de su nuevo grupo donde se siente inseguro.

         En segundo lugar, es diverso lo que puede hacerse cuando sólo está merodeando un grupo sectario y lo que puede hacerse cuando ya ha entrado en él.

  1. Con los que están siendo atraídos

         Cuando todavía no ha entrado en el grupo hay que intentar hablar con esta persona para reflexionar sobre sus nuevas amistades, sus cambios de conducta, las consecuencias de las decisiones que toma, etc. Pero generalmente esa conversación puede acabar en discusión o en silencio recíproco. Eso no debe ocurrir: sus captadores, lo primero que le profetizan al candidato a adepto es que tendrá que afrontar la incomprensión y el rechazo de sus familiares y amigos.

         Por este motivo, hay que mantener los lazos afectivos tan estrechos y activos como sea posible. Este es el camino de salida siempre abierto para cuando decida abandonar el grupo, lo cual no significa mentir sobre la opinión que nos merece el grupo o su doctrina, pero supone un respeto por sus opciones personales. Esto nos da derecho a pedir de él/ella la misma actitud y subrayar que lo que nos une es el afecto por encima de las ideas del grupo.

         La mejor manera de ayudar una persona en esta situación es mantener el contacto con ella, ser conscientes de que está siendo manipulada y que su capacidad de razonamiento y de percepción de la realidad están reducidas, buscar el consejo de personas expertas, tener mucha paciencia y no ceder a los impulsos, presiones o chantajes del grupo pero sin oponerse frontalmente. En general los grupos destructivos suelen aliviar su presión sobre quien, pasado un año, no se compromete de manera estable.

         Es importante no entregarle dinero porque casi seguro que irá a parar, por una vía u otra, al grupo. También es bueno no dejarse atemorizar por el presunto «poder» del grupo. Juegan muy bien el juego del engaño y la intimidación pero es preciso ser prudentes y actuar con decisión. Sin manifestar aprobación, es conveniente mostrar una actitud de curiosidad que permita mantenerse al tanto de lo que acontece dentro del mismo. En esta línea, toda información, publicación, libro, etc. que podamos obtener es valioso, pero no conviene acudir a alguna reunión o presentación (a menos que uno esté muy bien preparado) pues los métodos de persuasión son funestos y todos podemos sucumbir a la fascinación o al miedo.

  1. Con los que ya han entrado en una secta

Cuando ya han sido captados por un grupo hay que tratar de mantener un contacto frecuente por cualquier medio, aún cuando tengamos muy poca respuesta; expresar insistentemente nuestro afecto en toda forma y oportunidad; recordarle siempre que lo queremos, más allá de sus opciones personales; mantener la calma aún ante comentarios agresivos o despectivos. Buscar información y ayuda profesional sobre el problema en general, y sobre el grupo en particular. Muchas Conferencias Episcopales tienen oficinas especializadas en el problema de las sectas y en la ayuda que necesitan las personas captadas por ellas.

[1] Tomo los datos de un artículo aparecido en Zenit 7/05/2000.