¿Impide el derecho canónico la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar?

Destacado

Pregunta:

¿Impide el código la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar?

 

Respuesta:

El Código de Derecho Canónico establece que: ‘No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o de la declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave’ (can. 915). En los últimos años algunos autores han sostenido, sobre la base de diversas argumentaciones, que este canon no sería aplicable a los fieles divorciados que se han vuelto a casar.

Reconocen que la Exhortación Apostólica ‘Familiaris consortio’, de 1981, en su n. 84 había confirmado, en términos inequívocos, tal prohibición, y que ésta ha sido reafirmada de modo expreso en otras ocasiones, especialmente en 1992 por el ‘Catecismo de la Iglesia Católica’, n. 1650, y en 1994 por la Carta ‘Annus internationalis Familiae’ de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero, pese a todo ello, dichos autores ofrecen diversas interpretaciones del citado canon que concuerdan en excluir del mismo, en la práctica, la situación de los divorciados que se han vuelto a casar. Por ejemplo, puesto que el texto habla de ‘pecado grave’, serían necesarias todas las condiciones, incluidas las subjetivas, que se requieren para la existencia de un pecado mortal, por lo que el ministro de la Comunión no podría hacer ‘ab externo’ un juicio de ese género; además, para que se hablase de perseverar ‘obstinadamente’ en ese pecado, sería necesario descubrir en el fiel una actitud desafiante después de haber sido legítimamente amonestado por el Pastor.

Ante ese pretendido contraste entre la disciplina del Código de 1983 y las enseñanzas constantes de la Iglesia sobre la materia, este Consejo Pontificio, de acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe y con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, declara cuanto sigue:

1. La prohibición establecida en ese canon, por su propia naturaleza, deriva de la ley divina y trasciende el ámbito de las leyes eclesiásticas positivas: éstas no pueden introducir cambios legislativos que se opongan a la doctrina de la Iglesia. El texto de la Escritura en que se apoya siempre la tradición eclesial es éste de San Pablo: Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz: pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (1 Cor 11, 27-29).

Este texto concierne ante todo al mismo fiel y a su conciencia moral, lo cual se formula en el Código en el sucesivo can. 916. Pero el ser indigno porque se está en estado de pecado crea también un grave problema jurídico en la Iglesia: precisamente el término ‘indigno’ está recogido en el canon del ‘Código de los Cánones de las Iglesias Orientales’ que es paralelo al can. 915 latino: ‘Deben ser alejados de la recepción de la Divina Eucaristía los públicamente indignos’ (can. 712). En efecto, recibir el cuerpo de Cristo siendo públicamente indigno constituye un daño objetivo a la comunión eclesial; es un comportamiento que atenta contra los derechos de la Iglesia y de todos los fieles a vivir en coherencia con las exigencias de esa comunión. En el caso concreto de la admisión a la sagrada Comunión de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, el escándalo, entendido como acción que mueve a los otros hacia el mal, atañe a un tiempo al sacramento de la Eucaristía y a la indisolubilidad del matrimonio. Tal escándalo sigue existiendo aún cuando ese comportamiento, desgraciadamente, ya no cause sorpresa: más aún, precisamente es ante la deformación de las conciencias cuando resulta más necesaria la acción de los Pastores, tan paciente como firme, en custodia de la santidad de los sacramentos, en defensa de la moralidad cristiana, y para la recta formación de los fieles.

2. Toda interpretación del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las palabras de la ley (cf. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.

La fórmula ‘y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave’ es clara, y se debe entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las tres condiciones que deben darse son: a) el pecado grave, entendido objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la imputabilidad subjetiva; b) la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial; c) el carácter manifiesto de la situación de pecado grave habitual.

Sin embargo, no se encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones -como, por ejemplo, la educación de los hijos- ‘satisfacer la obligación de la separación, asumen el empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges’ (‘Familiaris consortio’, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven ‘more uxorio’ es de por sí oculto, mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística ‘remoto scandalo’.

3. Naturalmente la prudencia pastoral aconseja vivamente que se evite el tener que llegar a casos de pública denegación de la sagrada Comunión. Los Pastores deben cuidar de explicar a los fieles interesados el verdadero sentido eclesial de la norma, de modo que puedan comprenderla o al menos respetarla. Pero cuando se presenten situaciones en las que esas precauciones no hayan tenido efecto o no hayan sido posibles, el ministro de la distribución de la Comunión debe negarse a darla a quien sea públicamente indigno. Lo hará con extrema caridad, y tratará de explicar en el momento oportuno las razones que le han obligado a ello. Pero debe hacerlo también con firmeza, sabedor del valor que semejantes signos de fortaleza tienen para el bien de la Iglesia y de las almas.

El discernimiento de los casos de exclusión de la Comunión eucarística de los fieles que se encuentren en la situación descrita concierne al Sacerdote responsable de la comunidad. Éste dará precisas instrucciones al diácono o al eventual ministro extraordinario acerca del modo de comportarse en las situaciones concretas.

4. Teniendo en cuenta la naturaleza de la antedicha norma (cf. n. 1), ninguna autoridad eclesiástica puede dispensar en caso alguno de esta obligación del ministro de la sagrada Comunión, ni dar directivas que la contradigan.

5. La Iglesia reafirma su solicitud materna por los fieles que se encuentran en esta situación o en otras análogas, que impiden su admisión a la mesa eucarística. Cuanto se ha expuesto en esta Declaración no está en contradicción con el gran deseo de favorecer la participación de esos hijos a la vida eclesial, que se puede ya expresar de muchas formas compatibles con su situación. Es más, el deber de reafirmar esa imposibilidad de admitir a la Eucaristía es condición de una verdadera pastoralidad, de una auténtica preocupación por el bien de estos fieles y de toda la Iglesia, porque señala las condiciones necesarias para la plenitud de aquella conversión a la cual todos están siempre invitados por el Señor, de manera especial durante este Año Santo del Gran Jubileo.

Del Vaticano, 24 de junio de 2000,

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.

Julián Herranz, Arzobispo tit. de Vertara, Presidente

Bruno Bertagna, Obispo tit. de Drivasto, Secretario

P. Miguel A. Fuentes, IVE

La ideología de género y la enseñanza en colegios católicos

Consulta:

Hola Padre, mi nombre es A.B. Soy de Buenos Aires. Le cuento que empecé a hacer una suplencia en un colegio regenteado por religiosos (no menciono por prudencia la Congregación). Allí una profesora le está enseñando a los alumnos la ideología de género y ha llevado, para eso, miembros de la LGTT (lesbianas, gays, travestis y transexuales), enseñando a sus alumnos que lo sexual es cuestión de construcción y elección. Al hablar con las autoridades, planteándoles la incompatibilidad de estas doctrinas con la confesión católica del Colegio, me respondieron que dentro de la Iglesia hay otras posturas y no solo la que yo planteo, y que en la misma Iglesia conviven y compatibilizan esta postura de la de identidad como construcción con otras más tradicionales. Por esto, me gustaría que me dijera si esto es así, lo cual creo que no, pero también me gustaría tener fuentes como para demostrarlo en la misma Institución. Muchas gracias.

Estimada A. B.:

De ninguna manera hay en la Iglesia diversas posturas sobre este tema. Lo que puede ser es que haya personas, incluso pastores, que sostengan errores. Esto es inevitable, y es lo que explica todas las herejías que ha habido a lo largo de la historia de la Iglesia.

El Papa Francisco se ha referido a este tema en la Exhortación “Amoris laetitia” n. 56, donde puedes leer lo siguiente:

“Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que «niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer. La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo» [Relación final del Sinodo 2015, 8]. Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños. No hay que ignorar que «el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar» [ibid, 58]. Por otra parte, «la revolución biotecnológica en el campo de la procreación humana ha introducido la posibilidad de manipular el acto generativo, convirtiéndolo en independiente de la relación sexual entre hombre y mujer. De este modo, la vida humana, así como la paternidad y la maternidad, se han convertido en realidades componibles y descomponibles, sujetas principalmente a los deseos de los individuos o de las parejas» [ibid. 33]. Una cosa es comprender la fragilidad humana o la complejidad de la vida, y otra cosa es aceptar ideologías que pretenden partir en dos los aspectos inseparables de la realidad. No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada”.

También te transcribo un párrafo de la conferencia del año 2009 del Cardenal Ennio Antonelli, presidente (en ese momento) del Consejo Pontificio para la Familia, dada a los nuevos obispos (los nombrados por el Papa, el año anterior a esta conferencia) sobre “El obispo y la pastoral familiar”. Dice así en el párrafo dedicado al tema de “La teoría de género”:

«El desafío más peligroso viene de la ideología de género, nacida en los ambientes feministas y homosexuales anglosajones y ya difusa ampliamente en el mundo. Según dicha teoría, el sexo biológico no tiene ninguna importancia; no tiene mayor significado que el color de cabello. Lo que cuenta es el género, o sea la orientación sexual que cada uno elige libremente y construye según los propios impulsos, tendencias, deseos y preferencias. Se ha hecho célebre la frase de Simone de Beauvoir: “On ne naît pas femme; on le devient” (No se nace mujer se hace). Frase acuñada sobre el vestigio de una afirmación de Erasmo di Rotterdam a propósito de la educación de los niños “Homines non nascuntur, sed effinguntur”. El ser humano es, pues, no una realidad natural, sino cultural (constructivismo).

El valor supremo a tutelar es la libertad de elección. Cada uno debe tener la posibilidad de construir la orientación sexual propia y eventualmente cambiarla durante su vida. Mientras los sexos biológicos son dos solamente, las categorías de comportamiento sexual son numerosas: heterosexual masculina, heterosexual femenina, homosexual, lésbico, bisexual, transexual, travesti, voyeurismo, otras formas indiferenciadas y flexibles. Todas las prácticas son respetables y de legitimidad social. En el pasado la diferencia natural de los dos sexos servía para afirmar y mantener la supremacía y el dominio masculino en muchos ambientes: economía, instrucción, arte, filosofía, religión, política, convivencia civil. Según la concepción naturalista (véase por ejemplo Aristóteles) el hombre nace para ser activo en la producción, para trabajar fuera de casa, para operar en la sociedad, para dirigir; en cambio la mujer nace para ser pasiva en la producción, acoger la vida y cuidarla, educar a los hijos, trabajar en casa, obedecer. El naturalismo debe ser sustituido por el constructivismo, el valor falso del sexo por el valor del gender. Se necesita renovar la mentalidad y el modo de vivir, cambiando las normas sociales que rigen la sexualidad.

En nombre de la libertad de elección, de la igualdad y de la lucha contra la discriminación vienen reivindicados los llamados “nuevos derechos humanos” y en particular los “derechos sexuales y reproductivos”. Vuelven en esta categoría: la legitimación jurídica de las varias formas de convivencia, la familia en todas sus formas, el derecho al ejercicio estéril de la sexualidad (solución a la explosión demográfica), el matrimonio gay, la anticoncepción, la libertad de abortar, la libertad para todos de adoptar niños, la libertad de procrear artificialmente, la represión de la homofobia, la promoción de la libertad sexual de los adolescentes aún en contra de la voluntad de sus padres.

A las instancias políticas de los varios niveles se les pide de gobernar según la perspectiva de género. Desgraciadamente estas peticiones encuentran una escucha creciente: ONG, Agencias de la ONU para la población, salud y educación, conferencias del Cairo (1994) y de Pekín (1995), Parlamento Europeo de Estrasburgo. Hasta ONG de inspiración cristiana y asociaciones caritativas católicas se dejan tentar de palabras sacrosantas como dignidad, misericordia, respeto a la libertad, lucha contra la discriminación y la marginación».

El texto completo lo puedes encontrar en la página del Vaticano.

La doctrina católica sobre cada una de estas problemáticas (homosexualidad, lesbianismo, transexualidad….) es la que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. nn. 2357-2359) y en los demás documentos magisteriales. Si alguien enseña lo contrario, simplemente enseña contra la Doctrina Católica, aunque se proclame católico, lo cual pasa a ser pura palabrería, sin ningún valor efectivo, porque lo que hace que alguien sea católico es que comparta la fe de la Iglesia, además de estar válidamente bautizado en ella; no el mero autoproclamarse.

En Cristo y María.

Con mi bendición.

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

¿Hay una libertad verdadera y otra falsa?

Consulta:

Escuché a un sacerdote en un sermón decir que algunos creen que son libres pero no lo son; en realidad serían esclavos. ¿Cómo es eso? ¿Puede alguien ser esclavo sin saberlo o pensar que es libre y en realidad no ser libre?

Estimado:

Creo que el sacerdote a quien usted oyó dijo una gran verdad, y por cierto “evangélica”, pues es Jesús quien dijo: Si el Hijo os diere libertad, seréis realmente libres (Jn 8,36). El texto griego de San Juan usa el adverbio óntôs, trasladado al latín por vere: “verdaderamente libres”; y el Lexicon Graecum del Nuevo Testamento lo define: “por este vocablo se opone tácitamente una cosa verdadera a otra ficticia, falsa, aparente – una cosa absolutamente cierta a otra dudosa”[1]. Por tanto se afirma –implícitamente al menos– la existencia de una libertad que no es real.

De hecho por “libertad” podemos referirnos a cosas diversas.

Hay (primeramente) una libertad “perversa”: aquella en que uno abusa de su libertad para pecar; se trata, si podemos decirlo así, de “estar liberados –o alejados– de la santidad”.

Hay (en segundo lugar) otra libertad que debe ser llamada “vana” o “ilusoria”; es la libertad de los carnales; los que se creen libres porque no llevan pesadas cadenas de hierro; pero nada dice de las cadenas interiores y morales; es vana porque los hombres creen ser libres porque no ven barrotes o rejas en las ventanas de su habitación, olvidando los cepos y grilletes que esclavizan el corazón con el vicio y el pecado: quien obra el pecado es esclavo del pecado (Jn 8,34).

Finalmente existe una libertad espiritual y verdadera. Es la libertad que da la gracia por la que se carece de los negreros lazos del pecado. Y aún ésta conoce grados:

Puede encontrarse en un estado imperfecto; y tal es la que podemos alcanzar en esta vida; porque aquí, aun viviendo en gracia, la carne lucha contra el espíritu, sin permitirnos realizar todo el bien que queremos: Pues la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; como que estas cosas son contrarias entre sí; de manera que no hagáis lo que queréis (Gal 5,17).

Pero puede alcanzarse un estado pleno y perfecto: en la Gloria celestial. Allí se dará lo que dice San Pablo: La misma creación será liberada de la servidumbre (Ro 8,21). Porque allí no habrá ningún mal, nada que incline al mal, nada que oprima. Será la total libertad de la culpa y de la pena; libertad de todo miedo y preocupación.

Esta libertad solo el Hijo la puede dar, porque Él se rebajó anonadándose hasta tomar forma de esclavo (Fil 2,7). Es su esclavitud la que nos ha liberado.

P. Miguel A Fuentes, IVE

[1] Cf. Franciscus Zorell, Lexicon Graecum Novi Testamenti, Ed. Pontificio Istituto Biblico, Roma 1990, col. 920.

¿Es todo relativo y no hay verdad?

Pregunta:

¿Podemos conocer la verdad? ¿O todo es relativo y en definitiva cada uno tiene su verdad?

Respuesta:

Probablemente una de las primeras cosas que haga tambalear tu edificio intelectual o tu fe sea el relativismo, es decir, la concepción que no admite principios absolutos en el campo del conocer y del actuar. Normalmente un joven llega a sus estudios con una serie de principios o verdades que él admite como absolutas, ya sean convicciones de orden natural o sobrenatural (las verdades de fe) o verdades de certeza popular; un mal centro educativo comenzará a bombardear precisamente el valor de tales verdades. La primera verdad que te robarán es la convicción de que hay verdad, y que puedes conocer la verdad.

         Para el relativismo cada uno tiene su verdad, cada uno alcanza las cosas con una visión propia y personal basada en sus gustos, su educación o sus intereses. No solamente se hace difícil, para quienes así piensan, lograr comprender adecuadamente lo que piensan los demás sino que es imposible lograr un acuerdo, puesto que no habría propiamente hablando una verdad objetiva válida y obligatoria para todos. Así se empiezan a demoler los principios religiosos, los criterios morales por los que nos regimos, y la víctima de este aplastante ataque se sumerge en una auténtica “depresión intelectual”.

         El relativismo es el cáncer fatal que carcome la cultura contemporánea. Y sin embargo es también la falacia más grande que puede pasar por la mente humana y no puede hacerse aceptar a menos de engañarnos por medio de sutiles sofismas. El relativismo, en el ámbito del conocimiento, niega la posibilidad de alcanzar verdades universales y objetivas. En el ámbito moral es la negación de poder llegar a conocer los valores y bienes objetivos y actuar en consecuencia (o sea niega que pueda afirmarse que un comportamiento es malo para todos o que otro es siempre bueno). En la vida cotidiana caen en este error todos los que no aceptan verdades absolutas; los que sostienen que “cada uno tiene su verdad”, los que tachan de “fundamentalismo” a todos aquellos que mantienen con firmeza la verdad de la fe. Una de sus consecuencias más notables en nuestro tiempo es que ha abierto el camino para la New Age, la religión del relativismo: “El terreno [para la aceptación de la New Age] ha sido preparado por el desarrollo y la difusión del relativismo”[1].

         El relativismo adopta varias formas[2]:

         1) El relativismo individualista es el que enseña que lo que determina la verdad de alguna afirmación es cada individuo, por tanto, habrá (o podría haber) tantas verdades cuantos hombres. Algo puede ser verdadero para Juan y no para José, y ambos tienen razón: “su razón”. En un importante periódico argentino leí (mayo de 2004) la siguiente afirmación comentando un partido de futbol: “el partido terminó con un justo empate; aunque también habría sido justo que ganara o uno o el otro”. ¡Tres casos de justicia en tres situaciones contradictorias! Sin embargo no fue el periodista del poco afortunado artículo quien inventó la barrabasada que se le ocurrió escribir, sino Protágoras de quien es la tesis de que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Platón lo describe: “como decía Protágoras al afirmar que el hombre es la medida de todas las cosas; así, en consecuencia, como a mí me parece que son las cosas, tales son para mí; y, como a ti te parecen, tales son para ti”[3]. De aquí se sigue que no hay una verdad sino infinitas, es decir: tantas cuantas personas distintas. Es fácil darse cuenta de que esto está muy divulgado en nuestra sociedad; nosotros lo escuchamos bajo el título de “punto de vista”: cada uno tiene sus “puntos” de vista. Y así tiene más valor la opinión que la verdad. Y no solamente cada uno tiene su verdad, sino que cada uno tiene derecho a formarse su verdad aunque se trate de temas que desconoce en su casi totalidad; por eso a un deportista se le pregunta su opinión no solamente sobre su deporte sino sobre cuestiones de moral, sobre el Papa, la filosofía y la historia; de todos modos el valor de lo que diga es relativo, sólo valdrá para él. Desde este punto de vista (el más divulgado tal vez) el relativismo es el principio de aislamiento más grande entre los seres humanos: el ostracismo de las inteligencias que quedan desterradas a los límites de su dueño. Con la aceptación de la filosofía relativista no puede haber maestros, hay tan solo orientadores de opinión, o mejor todavía, cada uno ofrece su opinión por si a alguien le gustaría hacerla suya. Curiosamente esto vale para todo… menos para los que enseñan el relativismo, pues su enseñanza de que todo es relativo y de que no hay verdades objetivas, ¡es lo más objetivo y universal que pueda afirmarse!, y ¡cuidado con quien la ponga en duda o sugiera tímidamente lo contrario u opine que tal vez haya algo que sea absoluto! Inmediatamente se lo destruye como al más peligroso fanático: el fanático que piensa que hay una verdad y que se puede morir por ella. “No hay ninguna verdad objetiva”, ¡esa es la más objetiva de las verdades!, dice el relativista. A pesar del absurdo que estarás percibiendo al leer estos renglones, más habrá de sorprenderte el saber que esto lo afirmó  no un honesto pero rústico panadero sino un filósofo incensado como padre del relativismo, Augusto Comte, quien ya a los 19 años escribía: “todo es relativo, he aquí el único principio absoluto”. ¡Pobre Comte, de viejo decía las mismas tonterías!

         2) El relativismo cultural es el que hace depender la verdad de la cultura histórica. Fue defendido por Oswald Spengler en su conocida obra La decadencia de Occidente. Cada cultura –china, hindú, egipcia, babilónica, greco-romana, árabe, americana, occidental– realiza su propia valoración de lo real, tiene su modo de comprender el cosmos, distinta de las demás culturas e irreductible a cualquiera de ellas. Ninguna cultura puede aspirar a que su valoración sea absoluta, universalmente válida. No cambia mucho del relativismo individual solo que es menos radical y en lugar del individuo coloca como fuente de la verdad-opinión a cada cultura o pueblo.

         3) El relativismo sociológico fue creado y defendido por Émile Durkheim y hace depender lo que condiciona la verdad del juicio en los grupos sociales. “El grupo social presiona, según Durkheim, de modo irresistible e inconsciente sobre sus miembros, imponiéndoles normas de conducta y criterios de valoración. Esta coacción no se siente cuando el individuo acepta y cumple con las normas sociales y, por ello, cae en la ilusión de creer que es él mismo el que, espontánea y voluntariamente, se las impone. La fuerza de la presión social únicamente se pone de manifiesto al infringirse dichas normas… El individuo recibiría de la sociedad todo su mundo mental; el mundo ideológico del individuo sería el reflejo de la sociedad en que vive; lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, toda la gama axiológica, serían determinados en cuanto tales por el grupo social, y el individuo se limitaría a recibirlos pasivamente; se considera la sociedad como anterior al hombre y a la persona”[4]. Nuevamente el trasfondo es el mismo, cambia el factor que determina cuál es la verdad.

         4) El relativismo racista hace depender las verdades de la raza. Esta forma de relativismo fue defendida por el nazismo en general y de un modo particular por su teórico Alfred Rosenberg. “Toda manifestación cultural estaría determinada por la raza, que no hay que confundir con el grupo social, ya que una misma sociedad puede de hecho estar integrada por diversas razas. La filosofía, la ciencia, la moral, la religión, el arte serían la expresión de la raza, que en ellas plasma su fuerza vital. La raza sería el principio creador y el elemento condicionante de toda producción cultural, a la que habrá que valorar positivamente, si se trata de una raza superior, o negativamente, en los casos de las razas inferiores. Así, no habría nunca una verdad única, igual que no hay una raza única; habría sólo una verdad aria, otra eslava, otra judía, etc.”[5].

         5) El relativismo político es hoy en día una de las formas más extendidas en nuestra sociedad; este relativismo, como su nombre lo indica, hace depender la verdad de los compromisos políticos, ya sea de los votos de la mayoría o de los pactos entre los partidos políticos o de otros modos de lograr el común acuerdo (consenso). Así si todos estamos de acuerdo en que el aborto sea legal, el aborto será realmente legal y por tanto bueno; si todos estamos de acuerdo en permitir la prostitución, ésta ya no será ni delito ni siquiera pecado; si la mayoría ha votado que se enseñe un error, eso dejará de ser un error para ser una verdad. Este relativismo, metido hasta los huesos en nuestra cultura, produce gravísimos daños empezando por el descalabro de la misma libertad humana. Sobre él ha escrito Juan Pablo II: “Con esta concepción de la libertad, la convivencia social se deteriora profundamente. Si la promoción del propio yo se entiende en términos de autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del otro, considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los intereses análogos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida. Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente político o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una parte –aunque sea mayoritaria– de la población. Es el resultado nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible: el ‘derecho’ deja de ser tal porque no está ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental. El Estado deja de ser la ‘casa común’ donde todos pueden vivir según los principios de igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que presume de poder disponer de la vida de los más débiles e indefensos, desde el niño aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad pública que no es otra cosa, en realidad, que el interés de algunos”[6].

         ¿Cuál es la crítica fundamental al relativismo? O mejor, para formularlo con lo que más puede interesarnos: ¿es verdad que no hay verdad? Y no lo estoy formulando mal, puesto que no hace falta preguntarnos si hay “verdad objetiva” puesto que verdad y verdad objetiva son conceptos realmente equivalentes; la verdad es la adecuación de nuestra mente con las cosas, por tanto o hay verdad objetiva (adecuada con la realidad) y por tanto válida para todos los seres inteligentes, o simplemente no hay verdad sino opiniones, que son apreciaciones diversas sobre las cosas. ¿Hay pues una verdad objetiva? Ya hemos dicho que “la crítica más esencial que se puede formular al relativismo, además de otras de carácter extrínseco como sería la demostración de la existencia de una verdad absoluta, de evidencias universales, está en que todo relativismo implica una contradicción intrínseca. Al mantenerse que ningún juicio goza de la propiedad de ser verdadero en sentido absoluto y que toda verdad es relativa surge, como consecuencia ineludible, que el juicio “toda verdad es relativa” tampoco puede tener carácter de validez absoluta, lo que destruye, con sus propias armas, al relativismo Si, dado un cierto factor condicionante, se admite como verdad que toda verdad es relativa, puesto otro factor distinto habrá que admitir como verdadero que toda verdad es absoluta, lo que es una contradicción con la tesis fundamental del relativismo. Aparte de esta inconsistencia general del relativismo, la crítica del relativismo sería parecida a la del escepticismo y subjetivismo”[7].

         Más aún, la existencia de la verdad (de la verdad como algo objetivo y universal, invariable y superior a cualquier opinión humana) es una certeza de sentido común; tan de sentido común que basándonos en que hay verdades objetivas nos casamos, sembramos, nos subimos a un barco o a un avión, compramos y vendemos y nos dejamos matar defendiendo la patria o las personas que amamos. Porque no nos caben dudas que hay verdades objetivas repetimos refranes a modo de verdades objetivas cultivadas por la filosofía popular: “quien adelante no mira, atrás se queda”; “el que con lo ajeno se viste, en la calle los desvisten”; “las apariencias engañan”; “Dios le da pan al que no tiene dientes”; “una cosa es cacarear y otra poner huevos”; etc. ¿No supone esto que creemos en el valor objetivo de las cosas y de las verdades que las expresan? ¿Quien se casaría si aceptase que una cosa será la fidelidad para mí y otra para ti? ¿Quién se embarcaría si no estuviese seguro de principio por el cual un cuerpo sólido puede flotar en definidas condiciones o quien subiría a un avión basándose sólo en que el piloto opina que su avión es capaz de mantenerse en el aire?

         Pero no sólo tenemos una certeza popular de la existencia y valor objetivo de la verdad sino una certeza científica de la misma. La verdad existe y que no puede ser negada, pues, como dice entre otros Tomás de Aquino, “quien niega la existencia de la verdad afirma implícitamente que la verdad existe, pues si la verdad no existiese, sería verdad que ella no existiría; y si algo es verdadero, es necesario que exista la verdad”[8]. Parece un trabalenguas, pero es un silogismo… perfecto. Nuestra inteligencia es capaz de razonar y de alcanzar el ser de las cosas, la realidad. Conocemos el ser de las cosas, como nos enseña una sana filosofía y como reconocemos en la práctica, a pesar de que profesemos la más terca de las filosofías subjetivistas, pues el más craso negador de que podamos conocer la verdad absoluta de las cosas, es capaz de mover cielo y tierra para que le paguen su sueldo (¿cómo sabe que es suyo? ¿y si el patrón opina que no le tiene que pagar?), y cuidado con que le toquen su esposa o sus bienes, y en esto no valen opiniones ni el que cada uno tenga su verdad (también el ladrón dice tener su verdad, y esta es que le gusta más mi auto que el suyo y por eso decide apropiarse de él; ¿qué le responderé yo, miserable relativista? “Señor, si usted lo ve así, aquí tiene las llaves; disculpe si pensé mal de usted”.

         Un relativista puede enseñar el relativismo durante toda su vida con plena convicción (lo que sería contrario al relativismo); pero si llegase a ir a un restaurante “relativista” y pidiendo liebre le trajesen gato porque el dueño del restaurante desde su punto de vista sostiene que el gato es igual que la liebre, no sólo puede ver derrumbarse su sistema en pocos segundos sino pasar el resto “relativo” de su vida en prisión por intento de homicidio de un propietario de restaurante. Todo relativista es, necesariamente, inconsecuente en la vida real.

         Aún así a un relativista es difícil hacerle entender su error (no el demostrarle su error, sino conseguir que lo acepte) porque el relativismo es una forma de necedad, y la necedad suele ser no sólo un pecado sino el castigo en el que caen los que no tienen amor por la verdad. Se los puede, sin embargo, escarmentar del único modo que pueden entender: pidiéndoles que nos devuelvan nuestro dinero, pues para decirme que lo que me enseña sólo tiene valor para él y que es muy probable que yo tenga otra opinión, la cual él no piensa compartir pero tampoco refutar… mejor me devuelve mi dinero y me voy a casa, pues ¡eso lo puedo aprender solo!

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Publicado por el autor en Las verdades robadas, EDVE, San Rafael 2005.

Bibliografía para ampliar

–Jaime Balmes, El criterio, (hay numerosas ediciones), en: Obras completas, BAC, Madrid.

–J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

–A. Aliotta, Relativismo, en: Enciclopedia filosofica, V, 2 ed. Florencia, col. 638-648.

–R. Garrigou-Lagrange, El sentido común, Palabra, Madrid 1980.

–Antonio Orozco-Delclós, La libertad en el pensamiento, Ed. Rialp, Madrid 1977.

–Pieper, Josef, El ocio y la vida intelectual, Rialp, Madrid 1983.

__________, El descubrimiento de la realidad, Rialp, Madrid 1974.

__________, Defensa de la filosofía, Herder, Barcelona 1982.

–Jacques Maritain, Introducción a la filosofía, Club de lectores, Bs. As. 1950.

–Velazco, Miguel Angel, Los derechos de la verdad, MC, Madrid 1994.

–G. K. Chesterton, Ortodoxia, en: Obras completas, Plaza & Janés, Barcelona 1967 (hay ediciones con mejores traducciones).

[1] Pontificios de la Cultura y para el Diálogo Interreligioso, informe Jesucristo, portador del agua viva. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, 1.3.; cf. 2.3.1.

[2] Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

[3] Platón, Cratilo, 3850.

[4] Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

[5] Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

[6] Juan Pablo II, Evangelium vitae, 20.

[7] Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

[8] Entre otros lugares lo enseña en la Suma Teológica, I, 2, 1 ad 3.

¿Por qué leer la Biblia y cómo hacerlo?

Pregunta: 

Yo quiero saber por qué tengo que leer la Biblia (tengo una amiga que está todo el tiempo insistiéndome en esto). Y además, no sé cómo leerla, porque hay muchas cosas que no entiendo. Esta amiga estuvo participando en una iglesia evangélica y tiene miles de dudas, que después me las pasa a mí; quiero ayudarla pero sólo acepta que hablemos de la Biblia y de lo que está en ella.

Respuesta:

Esta pregunta resulta muy útil para plantear una cuestión de mucha importancia: hay que leer la Biblia, ciertamente, pero no de cualquier manera.

La Biblia es la Palabra de Dios; en esto están de acuerdo todos los cristianos. Y las palabras del Señor son palabras de vida eterna (Jn 6,68).

La Biblia o Sagrada Escritura ilumina nuestra inteligencia porque enseña la verdad. El mismo Cristo dijo: Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas (Jn 12,46). Por este motivo, no debemos silenciar la Palabra de Dios, lo cual sucede cuando vivimos con la cabeza y el corazón en las cosas del mundo; como dice el Señor: El que recibe la Palabra entre espinas, es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan y no pueden dar fruto. (Mt 13,22). Del mismo modo, la Palabra de Dios no debe traficarse, dice San Pablo: Pero nosotros no somos como muchos que trafican con la Palabra de Dios, sino que hablamos con sinceridad en nombre de Cristo, como enviados de Dios y en presencia del mismo Dios (2Co 2,17), ni falsificarse: …y nunca hemos callado nada por vergüenza, no hemos procedido con astucia o falsificación de la Palabra de Dios… (2Co 4,2).

La Palabra revelada por Dios, engendra la vida de Dios en el alma como semilla incorruptible: Las palabras que os he dicho son Espíritu y Vida (Jn 6,83). Nos alimenta, como dice Jesucristo: No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). Nos hace espiritualmente fecundos (Isaías dice: Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos, y no vuelven allá sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí vacía, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a lo que la envié: Is 55,10- 11). Y nos deleita: La Palabra de Dios es más dulce que la miel (Sal 19,11). Lo cual se puede ver en la experiencia que tuvieron los discípulos de Emaús, a quienes les ardía el corazón, luego que Cristo les abrió las Escrituras (Lc 24,32).

También se dice que la Palabra de Dios es capaz de conmover las piedras: ¿No es así mi palabra, como el Fuego, como un martillo golpea la peña? (Jr 23,29); de defendernos, pues es como escudo de acero, como espada filosa (Ef 6,16-19).

De ahí que rechazar la Palabra de Dios sea señal de muerte espiritual (como se deduce de lo que dice Jesús en Jn 5,24).

Las Sagradas Escrituras son el tesoro donde se hallan todos los bienes. De esta Palabra se han alimentado todos los santos, ya sean misioneros, doctores de la Iglesia, etc. La hierba se seca, la flor se marchita, mas la Palabra de nuestro Dios permanece por siempre (Is 40,8).

Pero al mismo tiempo, para que produzca esos frutos, la Biblia o Palabra de Dios debe ser leída como corresponde.

Cuando el diácono Felipe, como nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 8,26ss), encuentra al servidor de la reina de Candaces, el cual no era ningún ignorante (sino un hombre culto que sabía leer y ocupaba un puesto administrativo en la corte), con el libro del Profeta Isaías abierto y sin comprender, le pregunta: ¿Entiendes lo que lees? Y el ministro de la reina le responde: ¿Cómo voy a entender si nadie me lo explica? Felipe inmediatamente se pone a “abrirle” el sentido oculto de los pasajes que venía recitando en voz alta aquel pagano, y termina por bautizarlo.

¿Cómo debe ser nuestra lectura de la Biblia? Como ha sido para los grandes santos de la cristiandad. Señalemos algunas características:

a) Debe ser una lectura SOBRENATURAL: Su autor principal es el Espíritu Santo, por tanto debe el Espíritu Santo ayudarnos a comprenderla. Él nos ayuda en la medida en que nos acercamos a la Biblia como lo que es: Palabra de Dios; y por tanto, cuando lo hacemos con espíritu de oración, de respeto.

Debemos leerla a la luz del principio de la analogía de la fe, el cual es un principio que tiene dos aspectos. Uno negativo: ningún texto de la Biblia puede contradecir realmente otro texto de la Biblia. Por eso decía san Justino: “Si alguna vez se me objeta alguna Escritura que parezca contradictoria con otra y que pudiera dar pretexto a pensarlo, convencido estoy que ninguna puede ser contraria a otra; por mi parte, antes confesaré que no las entiendo”[1]. Otro positivo: Legere Bibliam biblice, es decir, confrontar los diversos pasajes para alcanzar una mejor comprensión: lo que se dice en un lugar oscuramente, en otros pasajes puede aparecer más claro.

Asimismo, la Biblia se explica por la vida de la Iglesia. Nada más extraño al sentido dado al principio apenas expuesto, que entenderlo como una especie de “sola Scriptura”; san Agustín explicaba ya en el siglo IV, que el sentido de la Sagrada Escritura se entiende a partir de los actos de los santos, es decir, en el modo de encarnar la Palabra de Dios en sus vidas; porque el mismo Espíritu por el cual han sido escritas las Sagradas Escrituras, induce a los santos a obrar[2].

Debe ser una lectura atenta a las enseñanzas del Magisterio. Es el mismo Jesucristo, como hemos visto en su lugar, el que ha confiado a los apóstoles y sus sucesores la custodia del depósito de la fe, es decir, la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición. La función del Magisterio no limita o restringe nuestra iniciativa; la guía para que no se extravíe. El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo mismo.

b) La lectura de la Biblia debe ser también INTEGRAL: Esto significa captar todos los sentidos que tiene un texto revelado, que pueden ser muchos. Además del sentido histórico y literal, hay sentidos espirituales, pues muchas de las verdades allí contenidas tienen aplicaciones (proféticas, morales y espirituales) para la vida de la Iglesia y de cada cristiano, que no se agotan en el sentido material de las palabras. Esto lo ha entendido muy bien la Tradición -con algunos casos de abuso de los sentidos espirituales o místicos, como ocurrió con los alegoristas-.

c) Debe ser una lectura VIVA: Es decir, debe tender a hacerse vida, a encarnarse en cada cristiano. Si no se transforma en la vida del cristiano queda como letra muerta. La verdadera lectura y meditación de la Biblia debe encender la caridad y santidad en cada corazón. Si no nos lleva a la práctica de las virtudes, la misma lectura de la Biblia nos condena, porque obramos contra la voluntad divina conociéndola claramente.

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

[1] San Justino, Diálogo con el Judío Trifón, 65,2-3.

[2] Citado por Tomás de Aquino, en Comentario a los Romanos, I, V, Edición de Marietti n° 8o.

¿El sábado o el domingo?

 Algunas de las consultas al respecto:

El motivo de que le escriba es porque últimamente he estado leyendo la Biblia con una amiga y su familia, pero ellos pertenecen a la (religión) Adventista. Yo me he confundido, pues ellos dicen es la religión verdadera porque siguen los mandamientos de Dios, de los cuales mencionaré uno: Guardan sábados, pues en la misma Biblia dice que el sábado fue santificado y bendecido por Dios; y no sé por qué la católica guarda los domingos

Otro:

Agradeceré si me pueden responder ante una duda que no logro canalizar por los carriles adecuados: En el Éxodo 20,8-10 dice: “Acuérdate del día sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas; pero el séptimo día de descanso en honor del Señor, tu Dios, en él no harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo Pregunto: ¿por qué el catolicismo modificó este día (del sábado al domingo)? ¿En qué época fue? ¿Quién/quiénes lo llevaron a cabo? Agradeceré alguna explicación o algún texto específico sobre este tema.

Respuesta:

El tema de la observancia “dominical” (descanso del día domingo) entre los católicos (y muchos cristianos no católicos), ha sido objeto de críticas y ataques por parte de algunas sectas, en particular los Adventistas del Séptimo Día, quienes hacen fuerza en la observancia del descanso sabático.

Al respecto también he recibido otro tipo de consultas, de las que quiero destacar sólo una por el sofisma que encierra; en efecto, me escribía un lector: “¿Puede usted decirme, sin usar patrística, dónde aparece en las Sagradas Escrituras la palabra ‘día de la Resurrección’ o (domingo)? Si usted lo hace, bíblicamente, vuelvo a la Iglesia de Roma”. Esta persona jamás podrá volver a la Iglesia católica por esta vía; si opone la Tradición (patrística, en sus palabras, aunque no se reduce en realidad a los escritos de los Padres de la Iglesia) a la Sagrada Escritura, ni siquiera tiene sentido probar bíblicamente cualquier verdad cristiana, salvo por curiosidad histórica, puesto que del hecho de que algo esté contenido en la Biblia no se sigue que sea revelado por Dios; para probar esto hace falta el paso fundamental: probar que la Biblia es Palabra de Dios y para este paso ¡hace falta la garantía de la Iglesia con su tradición y magisterio (como ya hemos explicado hasta el cansancio desde el primer capítulo)! Y si la Tradición puede probar que la Biblia es Palabra de Dios, al mismo tiempo demuestra su autoridad para determinar la interpretación de determinadas afirmaciones bíblicas o usos bíblicos y sus cambios litúrgicos posteriores. Perdonen los lectores (si este escrito tiene alguno) la reiteración de estos conceptos, pero son claves para no dejarnos engañar.

Para responder a esta cuestión del descanso sabático hebreo y la posterior práctica cristiana del descanso dominical, quiero dejar sentado una verdad de constatación muy simple, pero que es dejada de lado por los acérrimos defensores del estricto descanso sabático (y por el mismo motivo de que esto es dejado de lado, siendo tan notorio, me animo a pensar con un poco de malicia, que la defensa del sábado no es sino una excusa para atacar a la Iglesia católica golpeando una de sus prácticas religiosas): se trata del hecho de que son muchos más que el sábado los mandatos de Dios del Antiguo Testamento que no practicaron los primeros cristianos y que fueron reemplazados por otros ritos. Por ejemplo, la circuncisión (del latín circumcido, “corto alrededor”; en hebreo müláh; es la ablación total o parcial del prepucio en los varones, y el corte del clítoris en las mujeres) prescrita por Dios a Abraham y a toda su descendencia masculina -entre los hebreos es desconocida la circuncisión femenina, practicada en cambio en otros pueblos- como puede leerse en Gn 17,10-14: Ésta es mi alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros y también tu posteridad: Todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la alianza entre yo y vosotros. Este rito tuvo una importancia fundamental para el pueblo judío, al punto tal que “el sábado y la circuncisión fueron los dos principales distintivos del judaísmo durante la cautividad de Babilonia y la época helénico-romana, cuando la circuncisión se convirtió en argumento de escarnio por parte de los paganos”[1]. Si tomamos las palabras de Dios en este texto, el precepto no parecería destinado a prescribir y fue practicada en el mismo Juan Bautista y en Jesús (cf. Lc 1,58 ss; 2,21 ss), y sin embargo el Concilio de Jerusalén fue terminante en no obligar a los convertidos de la gentilidad (cf. Hch 15,1 y ss), y San Pablo en varias ocasiones demostró la inutilidad del rito después de la muerte redentora de Cristo (cf. Gal 5,2; 6,12; Col 2,11). A partir de entonces, se entiende la circuncisión verdadera como la circuncisión espiritual, la liberación del pecado y la sumisión a Dios (cf. Ro 2,28; Col 2,11). Hay que señalar que, a pesar de estos testimonios apostólicos, los judeocristianos siguieron practicándola y para no desairarlos los apóstoles en algunas ocasiones se conformaron con este uso (cf. Hch 16,3). Lo mismo se diga de las prácticas religiosas judías (fiestas religiosas como la Pascua Judía, los Tabernáculos, sacrificios de animales, oblaciones, etc.). Por tanto, el cambio del descanso sabático no es un hecho aislado o único en los cambios introducidos por los primeros cristianos.

Es muy importante señalar que los apóstoles, en la discusión sobre la circuncisión de los gentiles (cf. Hch 15,1 y ss), no hablan de una nueva revelación de Dios sino que deducen la no obligatoriedad de la intención profunda de Dios en la vocación de los gentiles; igualmente San Pablo en sus cartas, no aduce una nueva revelación de Dios sino que él ve cumplido en la Redención obrada por Cristo lo que aquél rito significaba, por eso lo ve transportado espiritualmente a otros símbolos, como el bautismo y la fe. Es cierto que de estos ejemplos que estoy dando, la misma Escritura da testimonio (es decir, de la caducidad de este rito concreto) y alguno podrá decir que esto sí está revelado por Dios en la Biblia. Pero en esto la Biblia no hace más que darnos el ejemplo de la actitud que tomaron los apóstoles para “entender” el designio divino. Y cuidado con extremar este argumento, pues deberían concluir que a sus conversos provenientes del judaísmo deberían circuncidarlos, pues la Biblia dice que Pablo hizo esto con Timoteo para evitar discusiones con los demás judíos (cf. Hch 16,3).

Históricamente hablando, los primeros cristianos siguieron en un principio observando el sábado y aprovechaban las reuniones sabáticas para anunciar el Evangelio en el ambiente judío (cf. Hch 13,14). Sin embargo, al poco tiempo, en la primitiva Iglesia se empezó a usar como día de culto el primer día de la semana (nuestro Domingo). Y tenemos testimonio de esto en los mismos escritos bíblicos (¡esto va para el que me pedía un testimonio bíblico!): El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para partir el pan… (Hch 20,7). Entre los primeros cristianos no era llamado “domingo” todavía. El “Partir el pan” del que habla aquí Lucas, designaba entre los primeros cristianos la celebración de la Eucaristía. Es, entonces, muy claro que los primeros cristianos tenían su reunión litúrgica -la Santa Misa- en el día Domingo, tal como se hace hoy. En 1Co 16,2 recomienda Pablo a los corintios que depositen “el día primero de la semana” su contribución a la colecta para Jerusalén; el pasaje parece atribuir a este día una importancia especial en la vida litúrgica de la ciudad. La primera vez que aparece la expresión “día del Señor” es por obra de Juan, en el libro Apocalipsis: Sucedió que, un día del Señor, quedé bajo el poder del Espíritu Santo (Ap 1,10). Recordemos que de esta expresión “día del Señor” (no necesariamente de este texto joánico) viene nuestro término “domingo”: día del Señor, dies-domini o dominica dies. El primero que usa el término “domingo” es Justino[2]; pero hay otros escritos antiquísimos que señalan la costumbre que se tomó en los primeros tiempos, aún en vida de los apóstoles. Así, por ejemplo, la Didajé o Doctrina de los Doce Apóstoles afirma: “Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro” (este escrito, descubierto íntegro en 1875 en Constantinopla, pues se conocían antes sólo citas fragmentarias en obras de otros autores como Clemente y Orígenes, Eusebio de Cesarea, etc., es el escrito cristiano más antiguo no canónico, es decir, el más antiguo de los libros que no son aceptados por la Iglesia como inspirados por Dios y por tanto pertenecientes al canon bíblico pero de indudable ortodoxia; es anterior al año 140, pues ya es citado en esta fecha por Hermas en su Pastor?[3]). Y más explícitamente, San Ignacio de Antioquia, en su carta a los Magnesios (anterior al 107, fecha de su martirio) escribía de los conversos al cristianismo, que vivían en “la novedad de la esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el domingo, día en que también amaneció nuestra vida por gracia del Señor y mérito de su muerte”[4].

El argumento fundamental que determinó la consagración del “primer día de la semana” como “día del Señor” (domingo), fue la resurrección de Cristo. Los cuatro evangelistas concuerdan en que la resurrección de Cristo tuvo lugar en “el primer día de la semana”, que corresponde al día que ahora llamamos Domingo. (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1 y 19). El hecho de la resurrección de Cristo en el día Domingo, para los discípulos era altamente significativo y será desde entonces el centro de la fe cristiana. El domingo, los católicos nos reunimos para celebrar el memorial de la muerte y resurrección del Señor.

Los Adventistas del Séptimo Día y otras sectas que defienden la celebración del sábado en lugar del domingo, interpretan la Biblia no en forma literal (no hay que concederles esta expresión como muchas veces quieren, pues no son verdaderamente literales sino cuando les conviene) sino parcial, y olvidan que Jesús completó y perfeccionó el Antiguo Testamento e instituyó una Nueva Alianza. No se puede estudiar la Biblia en base a textos aislados, ya que en algunos temas, la Revelación Divina sigue en la Sagrada Escritura una evolución progresiva; y, sin seguir esa evolución en los diversos libros inspirados, es prácticamente imposible comprender el verdadero sentido de una enseñanza bíblica. Tampoco se puede entender la Escritura (¡ya lo hemos dicho tantas veces que pedimos disculpas!) sin la tradición que nace de los apóstoles[5].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Budde, The Sabbath and the Week, “The Journal of Theological Studies” 30 (1928), pp. 1-15;

North. The Derivation of Sabbath, “Bíblica” 36 (1955), pp. 182-201;

Celada, Dos importantes investigaciones acerca de la semana y el sábado, “Sefarad” 12 (1952), PP- 31-58.

Pueden verse también los artículos “Sábado” en los distintos Diccionarios de la Biblia.

[1] Se puede ver al respecto la voz Circuncisión en el Diccionario de Spadafora, ya citado (pp. 113-115).

[2] Justino, Apología, I, 67.

[3] Se puede ver un buen estudio sobre la Didajé en: Daniel Ruíz Bueno, Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1965, pp. 3-75.

[4] El texto está en Carta a los Magnesios, IX, 1; Se puede leer esta carta en: Padres Apostólicos, op. cit., pp. 460-467.

[5] Para quien interese, transcribo las palabras con las que Juan Pablo II explica el sentido teológico profundo de este cambio del sábado al domingo (cf. Carta Apostólica “Dies Domini”, n. 18): “Dado que el tercer mandamiento depende esencialmente del recuerdo de las obras salvíficas de Dios, los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento, aunque la realización definitiva se descubrirá sólo en la parusía con su venida gloriosa. En él se realiza plenamente el sentido “espiritual” del sábado, como subraya san Gregorio Magno: “Nosotros consideramos como verdadero sábado la persona de nuestro Redentor, Nuestro Señor Jesucristo”. Por esto, el gozo con el que Dios contempla la creación, hecha de la nada en el primer sábado de la humanidad, está ya expresado por el gozo con el que Cristo, el domingo de Pascua, se apareció a los suyos llevándoles el don de la paz y del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). En efecto, en el misterio pascual la condición humana y con ella toda la creación, “que gime y sufre hasta hoy los dolores de parto” (Rm 8,22), ha conocido su nuevo “éxodo” hacia la libertad de los hijos de Dios que pueden exclamar, con Cristo, “¡Ábbá, Padre!” (Rm 8,15; Ga 4,6). A la luz de este misterio, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado (cf. 2C0 4,6). Del “sábado” se pasa al “primer día después del sábado”; del séptimo día al primer día: el dies Domini se convierte en el dies Christi!”