Harry Potter

¿Qué piensa usted de «Harry Potter»?

Pregunta:

Soy una profesora de escuela secundaria. Mis colegas están muy entusiasmadas con los libros de Harry Potter, y los dan a leer a sus alumnos de modo habitual. Yo tengo algunas dudas, pero no sé expresar bien en qué se basa mi desconfianza. ¿Qué me puede decir Usted?

Respuesta:

Estimada Profesora:

         Nadie puede negar hoy en día que los libros de Harry Potter, escritos por Joan Rowlin, se han convertido en un avasallador fenómeno literario; y no sólo en el mundo de habla inglesa sino progresivamente en muchas otras lenguas.

         Algunos profesores han quedado encandilados con el fenómeno, tal vez no desde el punto de vista literario pero sí por el hecho de que estos escritos parecen solucionar el drama de la «abulia» intelectual y el desgano por la lectura que parece caracterizar a los niños y jóvenes de las últimas generaciones.

         De todos modos hay que tener en cuenta que el llamado «fenómeno Harry Potter» ha ya traspasado los límites literarios: se han formado en torno al personaje clubes, sitios de discusión en internet, hay proyectos de filmes, etc. Hay también detrás de esto una gran empresa comercial.

         No puedo afirmar ni negar los méritos literarios de la obra, en cuanto no es mi competencia. En cambio, algunos aspectos de ella, que nada tienen que ver con la literatura, ponen serios interrogantes sobre el contenido de estas no tan inocentes novelas de aventuras.

         El gran tema de fondo es la lucha entre el bien y el mal. El problema de fondo también se relaciona con esta lucha y más concretamente con los límites del bien y del mal dudosamente delineados por Rowlin. No es la lucha cristiana entre el bien y el mal sino la gnóstica (la misma que palpita en el maniqueísmo, en el esoterismo moderno y en general en todos los dualismos cósmicos).

         La autora de Harry Potter presenta una moral rodeada de componentes misteriosos e iniciáticos; es decir, una moral propia de la New Age. La brujería y la magia son presentadas de manera positiva cuyo efecto menos nocivo es inducir una visión «tolerante» hacia estos peligrosos fenómenos; la más peligrosa es, evidentemente, inducir a los jóvenes a la positiva práctica del ocultismo.

         Esto nadie lo puede negar; el personaje Harry Potter se mueve en un mundo mágico, en el que la magia domina y mueve la humanidad. Los «buenos» son brujos, hechiceros, magos, adivinos, y toda la caterva de variedades de la especie. Hay monstruos, fantasmas, zombies, hombres lobos, vampiros humanos, brujas que se transforman en gatos, etc. además de toda suerte de seres de la mitología clásica. Todos conviven entre los seres humanos con absoluta «preternaturalidad». Todos los que no son «muggles» (o sea, nosotros, especie inferior y desdeñable) tienen sus escobas para trasladarse, se comunican por medio de lechuzas-correos y obedecen a un Ministro de Magia, cuya función consiste en hacer que los «muggles» no adviertan la existencia de este mundo que coexiste entre ellos. Es más, algunos «muggles» pueden ser iniciados en la brujería, de la que adquirirán poderes diversos, fama, éxito y fortuna. Pasan a ser seres superiores. Por tanto, el aprendizaje de la magia es la formación más importante. Las aventuras de Harry Potter son precisamente los riesgos que acepta correr alguien que quiere ejercer la magia «para el bien». Pero ¿hay una magia buena y una mala? ¿Hay brujos buenos y brujos malos? Introducir estas nociones entre adultos y adolescentes es una perniciosa corrupción.

         Evidentemente se trata de una creación literaria (o «subcreación», como dicen algunos). Pero, la esfera literaria ¿es absolutamente independiente de la moral real? Un escritor puede fantasear e inventar universos alegóricos e irreales, pero ¿sin límite alguno? Creo que el límite lo imponen precisamente los «valores morales» algunos de los cuales son necesariamente «absolutos». Este «puente» con la realidad no puede ser nunca cortado porque lo «bello» (la creación artística) no puede contradecir a lo «bueno». De lo contrario la belleza artística sería «inocente» aun cuando se haga vehículo del mal moral. Dicho clásicamente: el arte y la técnica son virtudes que para ser perfectas (y perfectivas del ser humano) deben estar guiadas por la prudencia (virtud propiamente moral).

         Los efectos han sido lógicos: la Federación de Paganos del Reino Unido anunció que ha nombrado a un nuevo funcionario juvenil para atender a las miles de llamadas de jóvenes que han leído la secuencia de libros de Harry Potter, y desean averiguar más sobre magia y hechicería. Los libros de Harry Potter han desatado una corriente de interés por el paganismo entre los jóvenes. El mismo fenómeno se ha verificado en Alemania.

         Andy Norfolk (vocero de la Federación inglesa de Paganos) reveló que la mayoría de llamadas provienen fundamentalmente de jóvenes mujeres, aunque el número de varones también es significativo, y señaló que «los padres no deberían alarmarse por el interés de sus hijos en el paganismo y la magia, ya que el paganismo está reconocido como una religión».

         «El interés de los jóvenes en la brujería es también porque quieren resolver sus problemas de una manera rápida y sencilla, mediante sortilegios como los de (Harry) Potter», agregó el vocero; quien informó también que «nosotros no aceptamos a miembros menores de 18 años».

         Según Norfolk, mediante la magia y la hechicería promovida por Potter, «los jóvenes descubrirán que el paganismo es una religión espiritual basada en la naturaleza, de la que los padres no deberían preocuparse».

         Un fenómeno nada desdeñable ligado con Harry Potter, particularmente en los EE.UU., es el renacimiento, de un modo desembozado, de la literatura mágica: hechizar es algo «cool» para los adolescentes. De ahí la edición de libros como «Hechizos para Brujos Adolescentes», descripto por su autor como «un libro de autoayuda para adolescentes». Ha salido también a la venta una obra escrita por un dirigente de la «Federación Pagana» llamado «Manual del Joven Hechicero». Los títulos son elocuentes.

         Retomando su pregunta: ¿qué puedo decir de estos libros? Evidentemente no más de cuanto expresó con destacada elocuencia el profeta Isaías: ¡Malditos aquellos que llaman al mal bien y al bien mal, los que ponen la tiniebla como si fuera la luz y la luz como si fuera la tiniebla; los que dan amargo por dulce y dulce por amargo (Is 5,20).

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

Bibliografía para profundizar:

Climati, Carlo, I giovani e l’esoterismo, Paoline, Milano 2001.

O’Brien, Michael D., Harry Potter and the Paganization of Children’s Culture, The Catholic World Report, April 2001, 52-61.

celos

¿Qué son los celos y cómo se pueden curar?

Preguntas:

Estimado Padre:

Unas pocas líneas para pedirle luz y aclaración respecto del tema de los celos, modo para curarlos, métodos eficaces, remedios, y a qué causas se deben, y en definitiva si pueden ser «curados». Desde ya, muchas gracias.

 

Respuesta:

Estimada:

En general se llama «celoso» al que quiere ser solo y único en la posesión y disfrute de un bien que es lícito también poseer a otros. Hay, pues, una gran diferencia entre el celoso y el envidioso: el celoso lo es del bien propio, el envidioso del ajeno; a veces, sin embargo se confunden los celos con la envidia.

Los celos, entendidos en sentido estricto, son efecto del egoísmo y de un apego excesivo a las cosas creadas y están en contradicción con las exigencias de la caridad para con el prójimo: el grado de culpabilidad depende de la entidad de aquello en cuya posesión se quiere ser solo y también del daño que uno hace o está dispuesto a hacer para impedir que los demás gocen del bien poseído por él.

Esto puede aplicarse también a los celos entre los esposos. La defensa de la exclusividad del vínculo conyugal es cosa buena y de obligación, pero no ha de llegar al punto de convertirse en opresión para con el otro cónyuge, ni pretender prohibirle las relaciones de convivencia común a los afectos honestos que en nada tocan a la fidelidad conyugal.

Los celos pueden llegar a tomar formas anormales. Las principales son:

a) celos melancólicos, que se observan en sujetos deprimidos, orientados hostilmente contra el propio ambiente (melancolía);

b) celos paranoicos, en individuos de este tipo;

c) celos obsesivos, síntoma de la diátesis (predisposición orgánica) obsesiva;

d) celos en el delirio alcohólico, propio del alcoholismo crónico;

e) celos de los morfinómanos, similar al anterior;

f) celos seniles que se presentan en la senectud o presenectud.

En cuanto a sus remedios, hay que tener en cuenta que los celos nacen de muchos males: sospechas infundadas, preocupaciones superfluas, profundas depresiones, envidias y otras faltas de caridad y hasta de justicia. El remedio en tales casos es un generoso amor de Dios y del prójimo, y el desprendimiento de las cosas creadas. Cuando los celos se dan entre los esposos, el remedio preventivo es acostumbrarse a emitir juicios sólo por razones ciertas y evidentes, evitando el espíritu suspicaz.

 Cuando tienen base médica, también la cura ha de venir por el lado médico.

 

bautismo

¿Puede un sacerdote negar el Bautismo?

Pregunta:

Hay gente que ni está bautizada ni ha recibido los sacramentos de la iniciación cristiana, y que al traer a sus hijos a bautizar se niega a recibir una catequesis. Si nadie garantiza la educación cristiana de un niño, ¿hago bien en negar el bautismo? Algún amigo sacerdote me dice que hay que bautizar porque el sacramento del bautismo obra ex opere operato y que, al darlo, ponemos en el niño una semilla de futura vida cristiana… Pero esto me parece absurdo. ¿Estoy en lo cierto? Según él todo niño tiene derecho a recibir el bautismo, y no se le puede negar. Un caso semejante se me plantea cuando piden el bautismo de un niño, padres divorciados y vueltos a juntar; ¿cuál es su opinión?

 

Respuesta:

Estimado Padre:

         En el caso por Usted descrito no se puede negar el bautismo. Dice explícitamente el Código de Derecho Canónico: «Los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos»[1]. Los «bien dispuestos» a quienes se refiere aquí son las personas que deben recibir el sacramento, y no sus padres o padrinos.

         Si bien es cierto que en otra parte también se dice que es condición, para la licitud la administración del bautismo (no para la validez), el que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica[2], en ese mismo lugar se dice que en todo caso se difiera el bautismo –no que se niegue– si falta por completo esa esperanza. Pastoralmente el párroco debería procurar suplir esa falta.

         Respecto del bautismo de niños de padres divorciados y vueltos a casar le transcribo cuanto dice Antonio Mostaza: «Si ambos padres, o al menos uno de ellos, solicitan el bautismo para sus niños y garantizan una verdadera educación cristiana para los mismos, no existe razón alguna para negarles ni aplazarles la administración del bautismo.

         Incluso podrán ser admitidos al bautismo, aunque tales padres no estuviesen en condiciones de garantizarles dicha educación, si consienten en que tal empeño pueda ser asumido por los padrinos o por un pariente próximo y éstos se comprometen a cumplir esa misión, habiendo esperanza fundada de su realización.

         Si la demanda del bautismo la hacen los padres casados por lo civil, a quienes nada impide regularizar su situación casándose canónicamente, deberá el párroco hacerles ver la contradicción entre la petición del bautismo para sus hijos y su propio estado, que rechaza el amor conyugal de los bautizados.

         En esta cuestión creemos que han de evitarse dos actitudes extremas: por un lado, la rígida severidad contraria al mandato evangélico, que nos prohibe apagar la mecha que todavía humea y, en consecuencia, rechazar de plano el bautismo de los niños, hijos de padres no practicantes o no creyentes, y por otro, la excesiva debilidad o complacencia de admitir tales niños al bautismo sin que exista la menor esperanza de que van a ser educados cristianamente, pues en este caso se entrega la fe al perjurio y la Iglesia a la descristianización, ya que, como se ha dicho certeramente, una sacramentalización sin evangelización previa contribuye a descristianizar»[3].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

Bibliografía para profundizar:

Manzanares-Mostaza-Santos, Nuevo Derecho Parroquial, BAC, Madrid 1990.

[1] Código de Derecho Canónico, c. 843, 1.

[2] Código de Derecho Canónico, c. 868, 2.

[3] Manzanares-Mostaza-Santos, Nuevo Derecho Parroquial, BAC, Madrid 1990, pp. 137-138.

enfermos

¿Es lícito experimentar nuevas drogas en un enfermo?

Pregunta:

Tengo un amigo enfermo de Sida. Los médicos que lo atienden le ofrecieron probar un tratamiento del cual todavía no se tienen muchas seguridades y no se conocen todos los efectos secundarios. ¿Es lícito que él se preste a esto? Gracias por su orientación.

 

Respuesta:

Estimado:

         Para responder a su consulta debemos recordar los principios generales sobre el delicado tema de la experimentación sobre seres humanos.

  1. ¿Qué es experimentación clínica?

         Por experimentación clínica se entiende el conjunto de aquellos actos que se realizan sobre el hombre para verificar la validez de cada nuevo acto médico, ya sea con la finalidad preventiva, de diagnóstico o curativa, ya sea con el fin de adquirir conocimientos fisiopatológicos. Por tanto, se pueden distinguir dos especies fundamentales: la experimentación terapéutica y la de investigación científica. ¿Qué podría justificar este tipo de investigación?[1]

         Ante todo, se invoca el interés de la ciencia médica. Intentar aumentar la ciencia no es problema moral mientras no lesione el derecho de otro y no viole ninguna regla moral de valor absoluto (en caso contrario, aunque se intente y se persiga con razón el aumento de los conocimientos, este método no sería moralmente admisible).

         Se aduce también el interés del paciente en que descubran nuevos métodos para curar su enfermedad. También esto tiene sus límites ya que el paciente no es dueño absoluto de sí mismo, ni de su cuerpo, ni de su espíritu. No puede, por tanto, disponer libremente de sí mismo como a él le plazca. El posee el derecho del ‘uso’, limitado por la finalidad natural de las facultades y de las fuerzas de su naturaleza humana. El paciente no tiene, por lo tanto, derecho a comprometer su integridad física y psíquica en experiencias o investigaciones médicas cuando estas intervenciones entrañen en sí, o como consecuencia de ellas, destrucciones, mutilaciones, heridas o peligros serios. Además, debe observar la jerarquía de los valores, en tanto en cuanto las reglas de la moral lo exijan (así, por ejemplo, el hombre no puede permitir actos médicos que, sin duda, suprimen pesadas taras o enfermedades físicas o psíquicas, pero suponen al mismo tiempo una abolición permanente o una disminución considerable y duradera de la libertad).

         Finalmente se invoca el interés de la comunidad. Pero también esto tiene sus límites: «El hombre, dice Pío XII, en su ser personal, no está subordinado, en fin de cuentas, a la utilidad de la sociedad, sino, por el contrario, la comunidad es para el hombre».

  1. Condiciones para la licita experimentación

         Teniendo en cuenta estos límites pueden establecerse ciertas condiciones para la licitud de la experimentación clínica, es decir, sobre el hombre[2]:

1º Ante todo, se exige seriedad: la investigación y la experimentación deben tener objetivos serios. Se debe excluir, por tanto, la experimentación motivada por la simple curiosidad, sin perspectivas de aplicación terapéutica. Es claro que exponer a daños o riesgos la vida o la salud por motivos inconsistentes no puede consentirse.

Luego, la experimentación sobre el hombre debe ser precedida por la experimentación en los seres inferiores al hombre, salvo que esto resulte imposible. Pío XII decía: «es una ley evidente que la aplicación de nuevos métodos al hombre vivo deben estar precedidos de la investigación sobre el cadáver o el modelo de estudio o de experimentación sobre animal», siempre que este procedimiento no resulte imposible, insuficiente o prácticamente irrealizable.

3º Se debe contar con el consentimiento del paciente: porque el médico no tiene más derecho que el que le da el paciente. Hay que distinguir distintos casos de pacientes[3]:

a) Experimentación sobre enfermos. Cuando se trata de experimentación con finalidad terapéutica (con un fármaco que ha recibido las garantías de inocuidad en la experimentación de laboratorio, obteniendo la licencia para emplearlo sobre el hombre, aunque todavía no ha sido convalidado definitivamente su uso sobre el hombre mismo) el médico puede emplearlo incluso sin ulteriores consentimientos específicos, basándose en el consentimiento dado en el momento en que el paciente se ha confiado a ese hospital o a ese médico concreto.

Con finalidad de investigación. Si en cambio no viene aplicado principalmente por el bien del paciente sino para convalidar el fármaco en sí o en beneficio del investigador, entonces debe ser precedido por investigaciones de inocuidad, licencias para emplearlo sobre el hombre, y con el consentimiento informado del paciente.

En cambio, cuando el empleo de un fármaco o de un método todavía no convalidado (definitivamente experimentado) representa la última chance para un extremo intento por salvar la vida de un paciente, el carácter experimental coincide con el terapéutico porque tal fármaco representa la única terapia posible. El consentimiento puede suponerse implícito y tácitamente concedido en la voluntad general del paciente y de los parientes cuando quieren que se haga todo lo posible para salvar la vida del paciente. Así, por ejemplo, hizo Pasteur al emplear la vacuna contra la rabia en un niño no recuperable.

b) Personas incapaces de consentimiento (como los discapacitados, enfermos mentales, moribundos y también los niños y menores de edad): la inviolabilidad de la vida y la no-disponibilidad de sus vidas y cuerpos no cambia. No pueden ser objeto de investigaciones y experimentaciones que requieran el consentimiento informado. Para ellos sólo es lícita la experimentación terapéutica, tal como la hemos señalado en el punto anterior.

c) Personas voluntarias y sanas. Sería válido aplicando el principio de solidaridad social, pero con precisas condiciones: 1º con el consentimiento libre, informado y explícito del voluntario; 2º el riesgo a que se expone el voluntario no puede y no debe superar la barrera de la vida y de la integridad sustancial; 3º respetando la ley de proporcionalidad entre los riesgos y las ventajas (quedan excluidas las experimentaciones por simple curiosidad); 4º el experto debe mantenerse en condiciones de interrumpir la experimentación en cualquier momento, ya sea si el voluntario retira el consentimiento o si se presentasen riesgos imprevistos; 5º debe quedar excluida cualquier circunstancia degradante o inmoral y toda intención deshonesta, con o sin consentimiento del sujeto sobre el que hace la experimentación.

d) Sobre el mismo investigador. Valen los mismos principios que para la experimentación sobre voluntarios sanos. Debe añadirse como condición que se prevea la presencia de otra persona para atender a cualquier riesgo imprevisto.

e) Sobre detenidos. Siguen en pie los límites de la vida y de la integridad sustancial. Puede ofrecerse, a cambio del voluntariado en la experimentación, gratificaciones sobre las condenas, pero siempre y cuando sea bien informado y sin ningún tipo de engaño.

f) Sobre embriones y fetos humanos: «La investigación y la experimentación en embriones y fetos humanos están sujetas a las normas éticas válidas para el niño ya nacido y para cada sujeto humano. En particular la investigación, o sea, la observación de un determinado fenómeno durante el embarazo, puede ser permitida sólo cuando haya certeza moral de no causar daño ni a la vida ni a la integridad del niño que va a nacer, ni a la de la madre; y con la condición de que los padres hayan acordado su consentimiento.

La experimentación, en cambio, es aprobada sólo si los objetivos son claramente terapéuticos por carencia de otros tratamientos posibles. Ninguna finalidad, aunque noble en sí misma (como la previsión de una utilidad para la ciencia, para otros seres humanos o para la sociedad) puede en algún modo justificar la experimentación en embriones o fetos humanos vivos, viables o no, en el seno materno o fuera de él. El consentimiento informado, normalmente requerido para la experimentación clínica en el adulto, no puede ser concedido por los padres, los cuales no tienen el poder de disponer ni de la integridad física ni de la vida del niño que va a nacer. Por otra parte, la experimentación en embriones o fetos comporta siempre el riesgo (y la mayoría de las veces la previsión cierta) de un daño a su integridad física o directamente de su muerte. Usar el embrión humano, o el feto, como objeto o instrumento de experimentación, representa un delito contra su dignidad de seres humanos»[4].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

Bibliografía para profundizar:

Pío XII, Discurso al Primer Congreso Internacional de Histopatología del sistema nervioso (14/09/1952); en: Pío XII y las ciencias médicas, op. cit., 125 ss.

 Ciccone, Lino, Salute e malattia, Ares, Milano 1986, 270-319.

[1] Pío XII, Discurso a 1º Congreso Internacional de Histopatología del sistema nervioso, en: Pío XII…, pp. 125 ss.

[2] Cf. Ciccone, Salute e malattia, op. cit., pp. 298ss.

[3] Cf. Sgreccia, Manuale di Bioetica, Vita e Pensiero, Milano 1991, op. cit., I, p. 415ss.

[4] Pontificio Consejo para los Agentes de la Salud, Carta a los Agentes de Salud, n. 82; cf. Donum vitae; Evangelium vitae, n. 63.

amenaza a la esperanza

Las amenazas a la esperanza

Pregunta:

La cuestión que deseo plantearle puede parecer un poco singular, pero se trata sobre la virtud de la esperanza y es: ¿en qué actitudes o cosas podemos conside­rar que se está amenazando —en nuestro tiempo— la esperanza del cristiano?

Respuesta:

Estimado amigo:

Al hablarme usted de «esperanza del cristiano» debo entender que se refiere a la esperanza teologal, no a las esperanzas humanas; por lo que respondo teniendo en cuenta esta perspectiva particular[1].

Pues bien, creo que se pueden identificar en nuestros días, al menos cinco grandes amenazas o retos teológicos contra la esperanza cristiana.

  1. Primera amenaza: los cristianos que viven una fe esquizofrénica

Me refiero a los que «creen» en Dios pero no esperan la vida eterna.

A pesar de la extensión que diversas formas de indiferencia religiosa han ido adquiriendo en los últimos tiempos, nuestros pueblos (por ejem­plo en Hispanoamérica) siguen siendo, gracias a Dios, mayoritariamente religiosos y cristianos (cuando no católicos). Sin embargo, llama la aten­ción que no pocos de los que se declaran cristianos y católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman no esperar que la vida tenga continui­dad más allá de la muerte.

¿Qué Dios es ése en el que dicen creer quienes piensan que no ha vencido a la muerte y que, como consecuencia, es esta quien tiene la últi­ma palabra sobre la vida del hombre? No puede tratarse, ciertamente, del Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios vivo y verdadero. No puede ser el Dios personal y cercano a sus criaturas, en especial a los seres humanos, a quienes ha creado a su imagen para establecer con ellos una relación mu­cho más fiel que la que nosotros anudamos con nuestros seres queridos.

La desconexión entre la fe en Dios y la esperanza en la vida eterna no sólo pone de manifiesto una cierta crisis de esta esperanza, sino también de la fe en Dios. La fe en la resurrección y en la vida eterna está íntimamente unida a la verdadera fe en Dios. Hoy en día se hace necesario, por eso, proclamar de nuevo nuestra fe pascual (la fe en la vida eterna basada en el misterio pascual de Cristo, es decir, en que «si morimos con Él, viviremos con Él»: 2Tim 2,11); en que nuestras vidas, junto con la creación entera, «libre ya del pecado y de la muerte», como dice la Plegaria eucarística IV, serán definitivamente asumidas en la vida de Dios.

  1. Segunda amenaza: la acobardada predicación de la esperan­za de la vida eterna

Es difícil escuchar en la predicación, en la catequesis y en la enseñanza de la religión católica, una clara presentación de la esperanza cristiana en la vida eterna.

Tal vez sea cierto que en el pasado se han predicado de manera poco seria o poco teológica algunas verdades de la vida eterna —aunque no hay que hacer mucho caso de esta dialécticas que hacen tanto hincapié en «an­tes se exageraba…»—; pero esto no justifica que se silencie o el que se defor­me la fe de la Iglesia en la vida eterna. El Credo concluye solemnemente con esta proclamación de esperanza, tan unida a la fe en Dios: «creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna». Si no se habla de estos temas, o si se habla de modo inapropiado, el corazón mismo de la fe en Jesucristo queda negativamente afectado.

Además, el descuidar las verdades de la muerte, de la gloria y de la posible condenación eterna tendría, entre otras, la grave consecuencia de que los fieles, carentes del alimento sólido de la fe, que viene a saciar con creces el hambre de amor perenne que experimenta la naturaleza humana, se sientan tentados de dar oídos a supersticiones o ideologías incompati­bles con la dignidad de quienes son hijos de Dios en Cristo. Dicho de otro modo, si no se predican estas verdades, tales como las enseña la fe católica, se entrega la mente de los fieles al pasto de las supersticiones.

  1. Tercera amenaza: la desesperanza que nace del fracaso de la ideología del progreso

El final del siglo XX y el comienzo del XXI han mostrado al hom­bre el estruendoso fracaso de las ideologías que trataron de hacernos creer que el hombre es el constructor prometeico de su futuro, de un porvenir siempre mejor; la enseñanza, en fin, de todos los humanismos laicos y ateos que elaboraron un modelo de esperanza secularista (los socialismos, el nazismo, el marxismo, etc.).

Es indudable que todavía muchos siguen ilusionados con esta quimé­rica visión del progreso histórico (que sigue prometiendo la felicidad en la tierra, como hace la ciencia con sus investigaciones sobre la clonación y otras quimeras biológicas); pero también son cada vez más los que, alec­cionados por el derrumbamiento de las grandes utopías y alarmados por las consecuencias indeseables del «progreso» (en términos ecológicos o de justicia social), han empezado a dudar de que el futuro (por esta senda, al menos) vaya a poder traer todo bueno. Esta es la razón por la que, en las últimas décadas, se haya puesto de moda hablar del «fin de la historia», no en un sentido apocalíptico, sino como un cambio de civilización[2]. El hecho es que según señalan los estudiosos, uno de los resultados de esta «crisis de la modernidad» es la difusión de una cierta desesperanza. Desesperanza que se manifiesta en que ahora se trata de orientar todos los deseos del hombre al modesto horizonte de lo cotidiano: vivir una vida serena, sin preocupaciones, sin hacernos tantas ilusiones sobre el progreso y el futu­ro… aprovechar el tiempo que tenemos sobre este mundo… lo que, en el fondo, no es más que una forma de desesperanza disfrazada: sólo tenemos esta vida, aprovechémosla para vivir tranquilos.

No es mala una esperanza humilde y hasta escondida en lo cotidiano[3]; pero es preocupante que vaya tomando cierta carta de naturaleza la pura y simple desesperanza.

  1. Cuarta amenaza: el retorno de formas ancestrales de esperanza

Como el hombre «necesita» tener esperanza, si la fe cristiana no se la da (por falta de predicación y de auténtica catequesis), aquel la buscará en otra cosa que le «prometa» algo futuro. De aquí el fenómeno del retorno de formas primitivas o ancestrales de esperanza, «recauchutadas». El ser humano necesita el futuro, no puede vivir sin proyectarse hacia el porve­nir. Por esta razón, nuestra descreída cultura echa mano, con frecuencia, de creencias ancestrales o de supersticiones para tratar de responder a la i­nevitable demanda de esperanza. De este modo, paradójicamente, junto a la ciencia y la técnica más avanzadas, florecen en el seno de nuestra socie­dad (y, por cierto, con gran vigor), la astrología, los horóscopos, la quiro­mancia, y todas las formas de adivinación del futuro. También se recupe­ran, más o menos adaptadas, diversas formas de antiguas creencias sobre la supervivencia del hombre, como, por ejemplo, la reencarnación. Y quienes creen en esto no son solo personas sencillas y sin estudios, sino, a menudo, profesionales, políticos, literatos, educadores y científicos.

  1. Quinta amenaza: el egoísmo

Aunque parezca mentira hay que señalar como una forma de deses­peranza el fenómeno del culto más o menos cínico al propio provecho, como única meta de la vida. Es decir, el hecho, cada vez más extendido, de personas que sólo les interesa su propio interés, ya tome este forma de ex­plotación de los demás, de avaricia desenfrenada, de lujuria, de corrupción, etc. Me refiero a la actitud de aquellos que sólo buscan su propio bien, «aunque revienten los otros»; actitud extendidísima. Esta es la sustancia del «capitalismo salvaje», es decir, del egoísmo exacerbado que caracteriza la «postmodernidad». ¿No es esto una forma de desesperanza, que encara la vida como algo de lo que hay que sacar todo el jugo posible (exprimién­dolo de los demás) porque se piensa que no hay un más allá donde recibirá premio o castigo de sus actos?

Aunque se podrían señalar también otras amenazas para la esperanza, estas cinco ya nos dan bastante que pensar.

(P. Miguel A. Fuentes, IVE. Publicado en la Revista Diálogo 63, 2013, 149-153)

[1] Y voy a aprovecharme, para hacerlo, de una parte de un valioso documento de la Comisión Episcopal Española para la Doctrina de la Fe, del año 1995, Esperamos la resurrección y la vida eterna, (26 de noviembre de 1995).

[2] Después de ¿El Fin de la Historia? (1989), Francis Fukuyama volvió a la carga con este tema con The End of History and the Last Man (1992).

[3] Cf Pablo VI, Exhort. Apost. Gaudete in Domino, 6-8.