la masturbación en la mujer

La masturbación en la mujer

 Consulta:

Hola Padre. Antes que nada, gracias por encontrase en este foro para ayudar en las dudas que por lo regular tenemos. Mi duda es acerca de la masturbación femenina, y es que a mí me pasa que me cuesta mucho trabajo no llevar a cabo esta práctica. Soy mama soltera, pero ahora no convivo con el papá de mi hijito; pero en ocasiones siento como si mi cuerpo me lo pidiera y en un momento de confusión y alteración accedo a la autoestimulación. Cuando lo hago, al principio me relajo y tranquilizo, pero en seguida me surge una tremenda culpabilidad que me hace sentir mal. He consultado a algunos si esto está mal y es pecado, o no, pero me han dado respuestas distintas, que me han dejado confusa. Me gustaría saber su opinión y que me indique cómo poder superar este problema. Que Dios lo bendiga. Vicky.

 Respuesta:

Estimada Vicky:

 La masturbación en la mujer y en el varón tienen la misma moralidad y, en general, los mismos efectos, que explico más largamente en los artículos cuyos links le envío abajo de esta breve respuesta.

Resumiendo debo decirle:

 1) La masturbación es, objetivamente, un uso indebido de la sexualidad, que está hecha, por su misma estructura, para la unión entre el varón y la mujer, en una entrega amorosa y total (por eso jamás se realiza plenamente fuera del matrimonio, que es la única institución que garantiza esa mutua pertenencia total).

2) Por tanto, si usted realiza este acto con plena libertad, es un pecado.

3) Si usted lo realizara involuntariamente (como puede ocurrir en quien está dormido, o en estado de vigilia, es decir, sin plena conciencia de estar despierto o dormido), o por efecto de una enfermedad que la empuja compulsivamente a estos actos, etc., no sería pecado (al menos no sería pecado “grave”), porque para cualquier pecado (no solo para éste) hace falta obrar con plena libertad (que no significa alguna malicia especial, sino el modo en que realizamos nuestros actos libres de cada día).

4) Además, la masturbación, tanto por el placer, como por las circunstancias en las que muchos la realizan (por ejemplo, por una búsqueda ansiosa del placer, o para escapar de la tristeza, o como reacción ante fracasos, desesperación, etc.) tiende a arraigarse volviéndose un hábito vicioso que esclaviza a la persona. Y en algunos casos más graves (especialmente, cuando se asocia a la pornografía) puede llegar a originar una adicción, volviendo a la persona “adicta sexual”, que es una enfermedad cada vez más frecuente en nuestro tiempo.

Para completar esto que le he dicho de modo excesivamente resumido, le sugiero la lectura de los siguientes artículos que la ayudarán mucho:

1º – Miguel Fuentes – Luchar contra la masturbación

 (Aquí encontrará no sólo los aspectos morales y psicológicos sino también algunas pautas para luchar contra este hábito).

 2º  John Harvey – trad. Miguel Fuentes – El problema pastoral de la masturbación

Este estudio analiza las causas psicológicas de este problema y da pautas muy atinadas para abordarlo pastoralmente.

 3º – Miguel Fuentes, La castidad ¿posible?

 4º – Miguel Fuentes – La trampa rota (cuando el vicio se ha vuelto una adicción)

En Cristo y María

leer la biblia

¿Por qué leer la Biblia y cómo hacerlo?

Pregunta: 

Yo quiero saber por qué tengo que leer la Biblia (tengo una amiga que está todo el tiempo insistiéndome en esto). Y además, no sé cómo leerla, porque hay muchas cosas que no entiendo. Esta amiga estuvo participando en una iglesia evangélica y tiene miles de dudas, que después me las pasa a mí; quiero ayudarla pero sólo acepta que hablemos de la Biblia y de lo que está en ella.

Respuesta:

Esta pregunta resulta muy útil para plantear una cuestión de mucha importancia: hay que leer la Biblia, ciertamente, pero no de cualquier manera.

La Biblia es la Palabra de Dios; en esto están de acuerdo todos los cristianos. Y las palabras del Señor son palabras de vida eterna (Jn 6,68).

La Biblia o Sagrada Escritura ilumina nuestra inteligencia porque enseña la verdad. El mismo Cristo dijo: Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas (Jn 12,46). Por este motivo, no debemos silenciar la Palabra de Dios, lo cual sucede cuando vivimos con la cabeza y el corazón en las cosas del mundo; como dice el Señor: El que recibe la Palabra entre espinas, es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan y no pueden dar fruto. (Mt 13,22). Del mismo modo, la Palabra de Dios no debe traficarse, dice San Pablo: Pero nosotros no somos como muchos que trafican con la Palabra de Dios, sino que hablamos con sinceridad en nombre de Cristo, como enviados de Dios y en presencia del mismo Dios (2Co 2,17), ni falsificarse: …y nunca hemos callado nada por vergüenza, no hemos procedido con astucia o falsificación de la Palabra de Dios… (2Co 4,2).

La Palabra revelada por Dios, engendra la vida de Dios en el alma como semilla incorruptible: Las palabras que os he dicho son Espíritu y Vida (Jn 6,83). Nos alimenta, como dice Jesucristo: No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). Nos hace espiritualmente fecundos (Isaías dice: Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos, y no vuelven allá sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí vacía, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a lo que la envié: Is 55,10- 11). Y nos deleita: La Palabra de Dios es más dulce que la miel (Sal 19,11). Lo cual se puede ver en la experiencia que tuvieron los discípulos de Emaús, a quienes les ardía el corazón, luego que Cristo les abrió las Escrituras (Lc 24,32).

También se dice que la Palabra de Dios es capaz de conmover las piedras: ¿No es así mi palabra, como el Juego, como un martillo golpea la peña? (Jr 23,29); de defendernos, pues es como escudo de acero, como espada filosa (Ef 6,16-19).

De ahí que rechazar la Palabra de Dios sea señal de muerte espiritual (como se deduce de lo que dice Jesús en Jn 5,24).

Las Sagradas Escrituras son el tesoro donde se hallan todos los bienes. De esta Palabra se han alimentado todos los santos, ya sean misioneros, doctores de la Iglesia, etc. La hierba se seca, la flor se marchita, mas la Palabra de nuestro Dios permanece por siempre (Is 40,8).

Pero al mismo tiempo, para que produzca esos frutos, la Biblia o Palabra de Dios debe ser leída como corresponde.

Cuando el diácono Felipe, como nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 8,26ss), encuentra al servidor de la reina de Candaces, el cual no era ningún ignorante (sino un hombre culto que sabía leer y ocupaba un puesto administrativo en la corte), con el libro del Profeta Isaías abierto y sin comprender, le pregunta: ¿Entiendes lo que lees? Y el ministro de la reina le responde: ¿Cómo voy a entender si nadie me lo explica? Felipe inmediatamente se pone a “abrirle” el sentido oculto de los pasajes que venía recitando en voz alta aquel pagano, y termina por bautizarlo.

¿Cómo debe ser nuestra lectura de la Biblia? Como ha sido para los grandes santos de la cristiandad. Señalemos algunas características:

a) Debe ser una lectura Su autor principal es el Espíritu Santo, por tanto debe el Espíritu Santo ayudarnos a comprenderla. Él nos ayuda en la medida en que nos acercamos a la Biblia como lo que es: Palabra de Dios; y por tanto, cuando lo hacemos con espíritu de oración, de respeto.

Debemos leerla a la luz del principio de la analogía de la fe, el cual es un principio que tiene dos aspectos. Uno negativo: ningún texto de la Biblia puede contradecir realmente otro texto de la Biblia. Por eso decía san Justino: “Si alguna vez se me objeta alguna Escritura que parezca contradictoria con otra y que pudiera dar pretexto a pensarlo, convencido estoy que ninguna puede ser contraria a otra; por mi parte, antes confesaré que no las entiendo”[1]. Otro positivo: Legere Bibliam biblice, es decir, confrontar los diversos pasajes para alcanzar una mejor comprensión: lo que se dice en un lugar oscuramente, en otros pasajes puede aparecer más claro.

Asimismo, la Biblia se explica por la vida de la Iglesia. Nada más extraño al sentido dado al principio apenas expuesto, que entenderlo como una especie de “sola Scriptura”; san Agustín explicaba ya en el siglo IV, que el sentido de la Sagrada Escritura se entiende a partir de los actos de los santos, es decir, en el modo de encarnar la Palabra de Dios en sus vidas; porque el mismo Espíritu por el cual han sido escritas las Sagradas Escrituras, induce a los santos a obrar[2].

Debe ser una lectura atenta a las enseñanzas del Magisterio. Es el mismo Jesucristo, como hemos visto en su lugar, el que ha confiado a los apóstoles y sus sucesores la custodia del depósito de la fe, es decir, la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición. La función del Magisterio no limita o restringe nuestra iniciativa; la guía para que no se extravíe. El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo mismo.

b) La lectura de la Biblia debe ser también Esto significa captar todos los sentidos que tiene un texto revelado, que pueden ser muchos. Además del sentido histórico y literal, hay sentidos espirituales, pues muchas de las verdades allí contenidas tienen aplicaciones (proféticas, morales y espirituales) para la vida de la Iglesia y de cada cristiano, que no se agotan en el sentido material de las palabras. Esto lo ha entendido muy bien la Tradición -con algunos casos de abuso de los sentidos espirituales o místicos, como ocurrió con los alegoristas-.

c) Debe ser una lectura Es decir, debe tender a hacerse vida, a encarnarse en cada cristiano. Si no se transforma en la vida del cristiano queda como letra muerta. La verdadera lectura y meditación de la Biblia debe encender la caridad y santidad en cada corazón. Si no nos lleva a la práctica de las virtudes, la misma lectura de la Biblia nos condena, porque obramos contra la voluntad divina conociéndola claramente.

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

[1] San Justino, Diálogo con el Judío Trifón, 65,2-3.

[2] Citado por Tomás de Aquino, en Comentario a los Romanos, I, V, Edición de Marietti n° 8o.

domingo día del Señor

¿El sábado o el domingo?

 Algunas de las consultas al respecto:

El motivo de que le escriba es porque últimamente he estado leyendo la Biblia con una amiga y su familia, pero ellos pertenecen a la (religión) Adventista. Yo me he confundido, pues ellos dicen es la religión verdadera porque siguen los mandamientos de Dios, de los cuales mencionaré uno: Guardan sábados, pues en la misma Biblia dice que el sábado fue santificado y bendecido por Dios; y no sé por qué la católica guarda los domingos

Otro:

Agradeceré si me pueden responder ante una duda que no logro canalizar por los carriles adecuados: En el Éxodo 20,8-10 dice: “Acuérdate del día sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas; pero el séptimo día de descanso en honor del Señor, tu Dios, en él no harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo Pregunto: ¿por qué el catolicismo modificó este día (del sábado al domingo)? ¿En qué época fue? ¿Quién/quiénes lo llevaron a cabo? Agradeceré alguna explicación o algún texto específico sobre este tema.

Respuesta:

El tema de la observancia “dominical” (descanso del día domingo) entre los católicos (y muchos cristianos no católicos), ha sido objeto de críticas y ataques por parte de algunas sectas, en particular los Adventistas del Séptimo Día, quienes hacen fuerza en la observancia del descanso sabático.

Al respecto también he recibido otro tipo de consultas, de las que quiero destacar sólo una por el sofisma que encierra; en efecto, me escribía un lector: “¿Puede usted decirme, sin usar patrística, dónde aparece en las Sagradas Escrituras la palabra ‘día de la Resurrección’ o (domingo)? Si usted lo hace, bíblicamente, vuelvo a la Iglesia de Roma”. Esta persona jamás podrá volver a la Iglesia católica por esta vía; si opone la Tradición (patrística, en sus palabras, aunque no se reduce en realidad a los escritos de los Padres de la Iglesia) a la Sagrada Escritura, ni siquiera tiene sentido probar bíblicamente cualquier verdad cristiana, salvo por curiosidad histórica, puesto que del hecho de que algo esté contenido en la Biblia no se sigue que sea revelado por Dios; para probar esto hace falta el paso fundamental: probar que la Biblia es Palabra de Dios y para este paso ¡hace falta la garantía de la Iglesia con su tradición y magisterio (como ya hemos explicado hasta el cansancio desde el primer capítulo)! Y si la Tradición puede probar que la Biblia es Palabra de Dios, al mismo tiempo demuestra su autoridad para determinar la interpretación de determinadas afirmaciones bíblicas o usos bíblicos y sus cambios litúrgicos posteriores. Perdonen los lectores (si este escrito tiene alguno) la reiteración de estos conceptos, pero son claves para no dejarnos engañar.

Para responder a esta cuestión del descanso sabático hebreo y la posterior práctica cristiana del descanso dominical, quiero dejar sentado una verdad de constatación muy simple, pero que es dejada de lado por los acérrimos defensores del estricto descanso sabático (y por el mismo motivo de que esto es dejado de lado, siendo tan notorio, me animo a pensar con un poco de malicia, que la defensa del sábado no es sino una excusa para atacar a la Iglesia católica golpeando una de sus prácticas religiosas): se trata del hecho de que son muchos más que el sábado los mandatos de Dios del Antiguo Testamento que no practicaron los primeros cristianos y que fueron reemplazados por otros ritos. Por ejemplo, la circuncisión (del latín circumcido, “corto alrededor”; en hebreo müláh; es la ablación total o parcial del prepucio en los varones, y el corte del clítoris en las mujeres) prescrita por Dios a Abraham y a toda su descendencia masculina -entre los hebreos es desconocida la circuncisión femenina, practicada en cambio en otros pueblos- como puede leerse en Gn 17,10-14: Ésta es mi alianza que habéis de guardar entre yo y vosotros y también tu posteridad: Todos vuestros varones serán circuncidados. Os circuncidaréis la carne del prepucio, y eso será la señal de la alianza entre yo y vosotros. Este rito tuvo una importancia fundamental para el pueblo judío, al punto tal que “el sábado y la circuncisión fueron los dos principales distintivos del judaísmo durante la cautividad de Babilonia y la época helénico-romana, cuando la circuncisión se convirtió en argumento de escarnio por parte de los paganos”[1]. Si tomamos las palabras de Dios en este texto, el precepto no parecería destinado a prescribir y fue practicada en el mismo Juan Bautista y en Jesús (cf. Lc 1,58 ss; 2,21 ss), y sin embargo el Concilio de Jerusalén fue terminante en no obligar a los convertidos de la gentilidad (cf. Hch 15,1 y ss), y San Pablo en varias ocasiones demostró la inutilidad del rito después de la muerte redentora de Cristo (cf. Gal 5,2; 6,12; Col 2,11). A partir de entonces, se entiende la circuncisión verdadera como la circuncisión espiritual, la liberación del pecado y la sumisión a Dios (cf. Ro 2,28; Col 2,11). Hay que señalar que, a pesar de estos testimonios apostólicos, los judeocristianos siguieron practicándola y para no desairarlos los apóstoles en algunas ocasiones se conformaron con este uso (cf. Hch 16,3). Lo mismo se diga de las prácticas religiosas judías (fiestas religiosas como la Pascua Judía, los Tabernáculos, sacrificios de animales, oblaciones, etc.). Por tanto, el cambio del descanso sabático no es un hecho aislado o único en los cambios introducidos por los primeros cristianos.

Es muy importante señalar que los apóstoles, en la discusión sobre la circuncisión de los gentiles (cf. Hch 15,1 y ss), no hablan de una nueva revelación de Dios sino que deducen la no obligatoriedad de la intención profunda de Dios en la vocación de los gentiles; igualmente San Pablo en sus cartas, no aduce una nueva revelación de Dios sino que él ve cumplido en la Redención obrada por Cristo lo que aquél rito significaba, por eso lo ve transportado espiritualmente a otros símbolos, como el bautismo y la fe. Es cierto que de estos ejemplos que estoy dando, la misma Escritura da testimonio (es decir, de la caducidad de este rito concreto) y alguno podrá decir que esto sí está revelado por Dios en la Biblia. Pero en esto la Biblia no hace más que darnos el ejemplo de la actitud que tomaron los apóstoles para “entender” el designio divino. Y cuidado con extremar este argumento, pues deberían concluir que a sus conversos provenientes del judaísmo deberían circuncidarlos, pues la Biblia dice que Pablo hizo esto con Timoteo para evitar discusiones con los demás judíos (cf. Hch 16,3).

Históricamente hablando, los primeros cristianos siguieron en un principio observando el sábado y aprovechaban las reuniones sabáticas para anunciar el Evangelio en el ambiente judío (cf. Hch 13,14). Sin embargo, al poco tiempo, en la primitiva Iglesia se empezó a usar como día de culto el primer día de la semana (nuestro Domingo). Y tenemos testimonio de esto en los mismos escritos bíblicos (¡esto va para el que me pedía un testimonio bíblico!): El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para partir el pan… (Hch 20,7). Entre los primeros cristianos no era llamado “domingo” todavía. El “Partir el pan” del que habla aquí Lucas, designaba entre los primeros cristianos la celebración de la Eucaristía. Es, entonces, muy claro que los primeros cristianos tenían su reunión litúrgica -la Santa Misa- en el día Domingo, tal como se hace hoy. En 1Co 16,2 recomienda Pablo a los corintios que depositen “el día primero de la semana” su contribución a la colecta para Jerusalén; el pasaje parece atribuir a este día una importancia especial en la vida litúrgica de la ciudad. La primera vez que aparece la expresión “día del Señor” es por obra de Juan, en el libro Apocalipsis: Sucedió que, un día del Señor, quedé bajo el poder del Espíritu Santo (Ap 1,10). Recordemos que de esta expresión “día del Señor” (no necesariamente de este texto joánico) viene nuestro término “domingo”: día del Señor, dies-domini o dominica dies. El primero que usa el término “domingo” es Justino[2]; pero hay otros escritos antiquísimos que señalan la costumbre que se tomó en los primeros tiempos, aún en vida de los apóstoles. Así, por ejemplo, la Didajé o Doctrina de los Doce Apóstoles afirma: “Reunidos cada día del Señor, romped el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, a fin de que vuestro sacrificio sea puro” (este escrito, descubierto íntegro en 1875 en Constantinopla, pues se conocían antes sólo citas fragmentarias en obras de otros autores como Clemente y Orígenes, Eusebio de Cesarea, etc., es el escrito cristiano más antiguo no canónico, es decir, el más antiguo de los libros que no son aceptados por la Iglesia como inspirados por Dios y por tanto pertenecientes al canon bíblico pero de indudable ortodoxia; es anterior al año 140, pues ya es citado en esta fecha por Hermas en su Pastor?[3]). Y más explícitamente, San Ignacio de Antioquia, en su carta a los Magnesios (anterior al 107, fecha de su martirio) escribía de los conversos al cristianismo, que vivían en “la novedad de la esperanza, no guardando ya el sábado, sino viviendo según el domingo, día en que también amaneció nuestra vida por gracia del Señor y mérito de su muerte”[4].

El argumento fundamental que determinó la consagración del “primer día de la semana” como “día del Señor” (domingo), fue la resurrección de Cristo. Los cuatro evangelistas concuerdan en que la resurrección de Cristo tuvo lugar en “el primer día de la semana”, que corresponde al día que ahora llamamos Domingo. (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1; Jn 20,1 y 19). El hecho de la resurrección de Cristo en el día Domingo, para los discípulos era altamente significativo y será desde entonces el centro de la fe cristiana. El domingo, los católicos nos reunimos para celebrar el memorial de la muerte y resurrección del Señor.

Los Adventistas del Séptimo Día y otras sectas que defienden la celebración del sábado en lugar del domingo, interpretan la Biblia no en forma literal (no hay que concederles esta expresión como muchas veces quieren, pues no son verdaderamente literales sino cuando les conviene) sino parcial, y olvidan que Jesús completó y perfeccionó el Antiguo Testamento e instituyó una Nueva Alianza. No se puede estudiar la Biblia en base a textos aislados, ya que en algunos temas, la Revelación Divina sigue en la Sagrada Escritura una evolución progresiva; y, sin seguir esa evolución en los diversos libros inspirados, es prácticamente imposible comprender el verdadero sentido de una enseñanza bíblica. Tampoco se puede entender la Escritura (¡ya lo hemos dicho tantas veces que pedimos disculpas!) sin la tradición que nace de los apóstoles[5].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Budde, The Sabbath and the Week, “The Journal of Theological Studies” 30 (1928), pp. 1-15;

North. The Derivation of Sabbath, “Bíblica” 36 (1955), pp. 182-201;

Celada, Dos importantes investigaciones acerca de la semana y el sábado, “Sefarad” 12 (1952), PP- 31-58.

Pueden verse también los artículos “Sábado” en los distintos Diccionarios de la Biblia.

[1] Se puede ver al respecto la voz Circuncisión en el Diccionario de Spadafora, ya citado (pp. 113-115).

[2] Justino, Apología, I, 67.

[3] Se puede ver un buen estudio sobre la Didajé en: Daniel Ruíz Bueno, Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1965, pp. 3-75.

[4] El texto está en Carta a los Magnesios, IX, 1; Se puede leer esta carta en: Padres Apostólicos, op. cit., pp. 460-467.

[5] Para quien interese, transcribo las palabras con las que Juan Pablo II explica el sentido teológico profundo de este cambio del sábado al domingo (cf. Carta Apostólica “Dies Domini”, n. 18): “Dado que el tercer mandamiento depende esencialmente del recuerdo de las obras salvíficas de Dios, los cristianos, percibiendo la originalidad del tiempo nuevo y definitivo inaugurado por Cristo, han asumido como festivo el primer día después del sábado, porque en él tuvo lugar la resurrección del Señor. En efecto, el misterio pascual de Cristo es la revelación plena del misterio de los orígenes, el vértice de la historia de la salvación y la anticipación del fin escatológico del mundo. Lo que Dios obró en la creación y lo que hizo por su pueblo en el Éxodo encontró en la muerte y resurrección de Cristo su cumplimiento, aunque la realización definitiva se descubrirá sólo en la parusía con su venida gloriosa. En él se realiza plenamente el sentido “espiritual” del sábado, como subraya san Gregorio Magno: “Nosotros consideramos como verdadero sábado la persona de nuestro Redentor, Nuestro Señor Jesucristo”. Por esto, el gozo con el que Dios contempla la creación, hecha de la nada en el primer sábado de la humanidad, está ya expresado por el gozo con el que Cristo, el domingo de Pascua, se apareció a los suyos llevándoles el don de la paz y del Espíritu (cf. Jn 20,19-23). En efecto, en el misterio pascual la condición humana y con ella toda la creación, “que gime y sufre hasta hoy los dolores de parto” (Rm 8,22), ha conocido su nuevo “éxodo” hacia la libertad de los hijos de Dios que pueden exclamar, con Cristo, “¡Ábbá, Padre!” (Rm 8,15; Ga 4,6). A la luz de este misterio, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado (cf. 2C0 4,6). Del “sábado” se pasa al “primer día después del sábado”; del séptimo día al primer día: el dies Domini se convierte en el dies Christi!”

pecado original

¿Adónde dice la Biblia que María fue subida al cielo o que fue concebida sin pecado original?

Pregunta:

¿Adónde dice la Biblia que María fue subida al cielo o que fue concebida sin pecado original y los demás dogmas católicos?

Respuesta:

Ya he dicho reiteradamente, que sostenemos, los católicos, con fundamento, que las fuentes de la Revelación son dos: la Palabra de Dios escrita y oral; Biblia y Tradición. Ya lo hemos probado. Me remito a los argumentos sentados más arriba. En base a ellos, el magisterio, según las necesidades de los tiempos, (en muchos casos las diversas herejías que fueron surgiendo) y la maduración teológica, ha proclamado de modo solemne que tal o cual verdad ha sido revelada por Dios y se encuentra contenida en ciertas afirmaciones bíblicas, y han sido siempre entendidas en este sentido por la Iglesia (la tradición).

Teniendo esto en cuenta, podemos decir que el fundamento para sostener las verdades que en este punto se consideran, ha sido expuesto por los Papas en los documentos en que se han proclamado los referidos dogmas.

En cuanto a la inmunidad de pecado original (inmaculada concepción de María), existen dos puntos de apoyo en la Sagrada Escritura.

El primer texto, es el pasaje clásico de Gn 3,15, (Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: …Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar); si se entiende el pasaje de Cristo –el linaje de la mujer contra el cual se alzará el linaje de la serpiente– entonces hay que ver en la mujer de la cual procede este linaje no sólo a Eva, sino de modo inmediato a María, madre de Jesús. Si la enemistad es total, debe excluir (así lo ha entendido la tradición) toda connivencia con el pecado, puesto que “quien comete pecado es esclavo”, como dice Jesús (cf. Jn 8,34); por tanto, no sólo el linaje de la mujer sino la misma mujer que es madre de ese linaje, debe estar exenta de todo pecado. Esto no lo puede cumplir Eva, pero sí María.

En el Nuevo Testamento, el fundamento es el pasaje de la Anunciación, en la que el ángel llama a María con la palabra griega “kejaritôménê” (Lc 1,28). Esta palabra significa, como indica C. Pozo[1], que María tiene, de modo estable, la gracia que corresponde a su dignidad de Madre de Dios. La reflexión de la fe, sigue diciendo el mismo teólogo, descubrió que esa gracia es una “plenitud de gracia”. Más aun, que la única plenitud que verdaderamente corresponde a la dignidad de Madre de Dios, es aquélla que se tiene desde el primer instante de la existencia, es decir, una santidad total que abarque toda la existencia de María.

Éstos son los fundamentos; evidentemente no bastan por sí solos, ni la Iglesia pretende que así sea; está además la interpretación de toda la tradición de la Iglesia y del magisterio en particular.

Ya desde el siglo II aparecen fórmulas que indican la íntima asociación de María y Cristo, el Redentor, en la lucha contra el diablo. La idea se expresa en el paralelismo Eva-María, asociada al nuevo Adán (que ningún protestante piense que, si el paralelismo es entre Eva y María/Nueva Eva, entonces se está insinuando su pecado por cuanto Eva pecó, pues el mismo paralelismo pone en el otro término a Adán-Cristo; por tanto si Adán es figura de Cristo, pero no en cuanto a su pecado sino en cuanto a ser principio, lo mismo vale para Eva como figura de María, en cuanto madre de los vivientes “en la gracia”). Tenemos textos al respecto ya en el siglo II, de san Justino, san Ireneo, etc. En el siglo IV se cultiva más el tema de la plenitud de gracia en María, con hermosos textos de San Ambrosio, San Agustín, San Máximo de Turín (quien dice, por ejemplo, “María, habitación plenamente idónea para Cristo, no por la cualidad del cuerpo sino por la gracia original”), etc. A medida que pasan los siglos, la conciencia se va haciendo más clara al respecto. Los textos pueden verse en las obras especializadas[2]. Algo digno de consideración, es que hay testimonios de una fiesta consagrada a la Concepción de María a fines del siglo VII o comienzos del VIII.

Es muy importante la controversia entre los teólogos católicos sobre este tema, surgida en torno a los siglos XII-XIV, a raíz de teorías que consideran que la afirmación de la inmaculada concepción de María, implicaría que Nuestra Señora no habría sido redimida. Una inmaculada concepción que se oponga a la redención universal de Cristo no puede ser aceptada por la verdad católica; en razón de esto, algunos teólogos, pensando que ambas verdades eran incompatibles –a menos que el magisterio auténtico declarase el modo misterioso de esta compatibilidad– se inclinaron por negar esta verdad, diciendo que María habría sido concebida con pecado original, pero inmediatamente, en el primer instante, habría sido limpiada del mismo por el Espíritu Santo. Debemos recordar que, paralelamente a esta controversia, el pueblo sencillo, intuyendo el misterio, siguió profesando esta verdad, ajeno a las difíciles especulaciones teológicas. Desde el siglo XV en adelante, volvió a profesarse con serenidad esta verdad, incluso muchas universidades (como las de París, Colonia, Maguncia, etc.) impusieron el juramento de defender la inmaculada concepción antes de la colación de grados académicos. Destacable es también que el concilio cismático de Basiela (año 1439) definió como dogma de fe la doctrina de la Inmaculada Concepción. El Concilio de Trento manifiesta explícitamente, que su decreto admirable sobre el pecado original no intenta tocar el tema particular de María[3]. Finalmente, llega la definición dogmática por parte de Pío IX, aclarando que María es inmaculada y la primera redimida (redimida por anticipación; por aplicación anticipada de los méritos de Cristo, y que tal doctrina está revelada por Dios)[4].

En cuanto a la asunción de María, es decir, la doctrina que dice que María, después de su vida terrestre fue llevada en cuerpo y alma al cielo (sin definir si pasando por la muerte –a lo que se inclinan la mayoría de los teólogos– o por un estado de dormición), encuentra sus fundamentos bíblicos también en el texto de Gn 3,15, ya citado, pues se basa en la asociación perfectísima de María a Cristo en todos sus misterios (la encarnación, donde se pide su consentimiento; el nacimiento; su acompañamiento en la vida pública; el comienzo de sus obras en las bodas de Caná; su presencia al pie de la Cruz; su presencia en Pentecostés, etc.), que invitan a considerar su asociación al misterio de la muerte de su Hijo (para muchos teólogos, como he dicho), su posterior resurrección y ascensión a los cielos y su coronación. También suele aducirse el texto de Apocalipsis 12,1 (Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza), aunque este texto se aplica también a la Iglesia y al Israel de Dios.

Pío XII, en la Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus” procedió de modo mixto, por medio de una argumentación que apelaba a: (a) que los Padres desde el siglo II afirman una especial unión de María, la Nueva Eva, con Cristo, el Nuevo Adán, en la lucha contra el diablo; (b) en Gn 3,15 la lucha de Cristo contra el diablo había de terminar en la victoria total sobre el demonio; (c) según san Pablo (cf. Ro 5-6; 1Co 15,21-26; 54-57), la victoria de Cristo contra el diablo fue victoria sobre el pecado y la muerte; (d) por tanto, hay que afirmar una especial participación de María –que debería ser plena, si su asociación con Cristo fue plena– que termine con su propia resurrección y triunfo sobre la muerte.

Esto está corroborado con testimonios de la tradición más antigua, tanto de los Padres como de la liturgia de la Iglesia (la fiesta de la Dormición se celebra en Jerusalén desde el siglo VI y hacia el 600 en Constantinopla), etc. Véase para todos estos testimonios, los textos indicados más arriba.

Los protestantes pueden estar en desacuerdo con estas enseñanzas, pero deberán reconocer que sus negaciones sistemáticas son más recientes en el tiempo que los testimonios de la misma tradición. Por eso, los primeros apologistas los llamaron “novadores”: los innovadores o inventores de doctrinas.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Pozo, María en la obra de la salvación, BAC, Madrid 1974;

José de Aldama, María en la patrística de los siglos I y II, BAC, Madrid 1970;

Gregorio Alastruey, Tratado de la Virgen Santísima, BAC, Madrid 1947;

B. Carrol, Mariología, BAC, Madrid 1964;

Ignace de la Potterie, La anunciación del ángel a María en la narración de San Lucas, en: “Biblia y Hermenéutica”, Actas de las Jornadas Bíblicas, San Rafael 1998, Ed. Verbo Encarnado 1998, pp. 141-166.

[1] Cf. Cándido Pozo, op. cit., p. 298.

[2] Pueden verse las citadas más arriba; por ejemplo, Pozo, pp. 298 ss. Este autor trae también muchas indicaciones bibliográficas.

[3] Cf. DS 1516.

[4] Cf. DS 2803.

María en la obra de la Salvación

El lugar de María en la obra de la Salvación

He recibido varias objeciones sobre este tema que apuntan contra esta verdad; por ejemplo:

Lee el nuevo testamento, ¿dónde dice el papel de María?, ¿desde cuándo es mediadora? En una revista católica leo que “si con razón podemos decir que Jesús es camino que nos lleva al Padre, también es el camino que nos lleva a María”. Confieso que esta afirmación me ha llenado de estupor. Uno está acostumbrado a que en el seno del catolicismo se ensalce, sin fundamento bíblico, la figura de María y de los Santos. Así, pues, uno ha oído muchas veces que es Mediadora (aunque Jesús dijo “Yo soy el Camino… nadie va al Padre si no es por Mí”), Corredentora (como si la Sangre de Cristo no fuera de valor infinito, y suficiente para redimirnos). Pero uno no había leído todavía que Cristo quedara rebajado a mediador entre nosotros y la Virgen. Tantas connotaciones idolátricas en la Iglesia Católica, hacen que uno a veces empiece a no entender nada. Entre el Papa, la Virgen, los Santos, ¿queda algún lugar para Jesús? Francamente, leyendo las Escrituras, uno llega antes a Lutero que al Vaticano.

No entiendo por qué en la Iglesia Católica, se insiste en poner a María como mediadora de los hombres y mujeres con Dios, cuando Jesús mismo nos dice que él es el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre sino es por él. Este mensaje es claro.

Respuesta:

Junto al de su perpetua virginidad, el más difícil para los protestantes es el “lugar” que ocupa María en la doctrina católica de la salvación, es decir, su función mediadora o intercesora. Algo de esto hemos insinuado al hablar del “culto a los santos”. Hemos ya dejado sentado que no se trata de adoración, acto que, en caso de dirigirse a una criatura distinta de Dios, está condenado por la doctrina católica como pecado gravísimo.

Esto lo han reconocido convertidos al catolicismo: “la doctrina católica que más me costó aceptar era el papel de María en la Iglesia (…) Siempre había creído que pedirle a María que intercediera por nosotros, era contrario a la enseñanza de la Biblia de que Cristo es el ‘solo mediador entre Dios y los hombres’ (cf. 1Tim 2,5)”, dice por ejemplo Tim Staples[1].

El papel mediador de María Santísima está atestiguado por su actitud en el Evangelio, particularmente en las Bodas de Caná, como se puede leer en el evangelio de San Juan (2,1-11). Allí, y nadie puede negarlo, María intercede, es decir, pide a su Hijo Jesucristo que ayude a los novios que están en una situación muy comprometida en su fiesta de bodas. Y Jesucristo, comenzando con una misteriosa frase que pareciera insinuar una especie de resistencia inicial, hace finalmente su primer milagro a pedido de María.

En pocos otros episodios del Evangelio aparece tan magnífico el papel mediador de la Virgen junto a su relación intrínseca con Jesucristo. Ella misma dice a los sirvientes de la fiesta: haced lo que él [Jesús] os dirá. Con su mediación Ella no desplaza a Jesús, sino que lleva a los hombres a Jesús. En una oportunidad, una persona me escribió unas líneas contra esta interpretación del episodio, diciendo que “En la boda de Caná, no fue intercesión, fue una preocupación de María hacia sus amigos que se estaban casando. Y no se puede hacer doctrina de un solo pasaje Bíblico. Los hermanos separados, como usted les llama, están en lo cierto, pues la única base de la fe es la Biblia y allí es poco lo que se dice de María, ¿no es cierto? Sólo aparece en algunos pasajes, y los católicos (hermanos sin Cristo) le dan mucha importancia a María, y la Biblia no. Ustedes son mariólogos no cristianos; y creen más en la tradición que en la Biblia”. A esta persona habría que decirle unas cuantas cosas respecto de su doctrina, como por ejemplo, ¿en qué lugar de la Biblia (que es, según ella “la única base de la fe”) dice la Biblia que “no se puede hacer doctrina de un solo pasaje Bíblico”? O simplemente, ¿dónde dice que haya una distinción entre intercesión y preocupación, o que la preocupación no sea parte de la intercesión? ¡Todo esto es doctrina no-bíblica, sin fundamento bíblico! ¿Por qué tengo que creerlo, si la Biblia no lo dice? Pero, ya hemos hablado de esto. Cito la carta para que se vea la debilidad de los argumentos. Lo que esta persona llama “preocupación” no es otra cosa que intercesión; además, en el evangelio de San Juan, éste no dice que María solamente se haya preocupado, sino que dice que habló a Jesús, pidió a Jesús y mandó a los sirvientes que actuasen según las indicaciones de su Hijo. Que un solo pasaje no baste para hacer doctrina, ¿qué fundamento teológico tiene? ¿Acaso no dice en un solo lugar de toda la Escritura: Y el Verbo se hizo carne (Jn 1,14)? ¿Habría que quitar el valor a todos los textos bíblicos que no tienen paralelos? Evidentemente, la persona que me escribió eso no lo cree ni ella misma. Escribe por hacer perder el tiempo a los demás.

En la Cruz, Jesús encomendó a María el cuidado de Juan, así como encomendó el cuidado de María a Juan (cf. Jn 19). Nosotros vemos en este pasaje la “proclamación” de la maternidad espiritual de María sobre todos los hombres (no el comienzo de su maternidad espiritual sino su declaración, pues el comienzo coincide con el de su maternidad divina, ya que al comenzar a ser madre de la Cabeza del cuerpo de Cristo, como llama San Pablo a la Iglesia, empezó a ser madre de todo el cuerpo). Tal vez, muchos protestantes no acepten esta verdad, pero no podrán negar el encargo. El encargo de cuidar a Juan, de velar por él y de protegerlo… eso es lo que consideramos parte de esta intercesión. Jesús sobre la Cruz, seguía siendo Dios, y en la muerte, su divinidad no se separa ni de su cuerpo ni de su alma (sólo se separan el cuerpo y el alma entre sí). ¿Por qué este encargo? ¿Acaso no podía ya Jesús encargarse de este cuidado? La muerte ¿lo privaba de su poder? ¿Disminuyó su poder sobre los discípulos porque María comenzase a hacerse cargo de Juan (y con Juan, también de los demás apóstoles y discípulos, como vemos que dice San Lucas en los Hechos 1,14)?

El Apóstol Santiago, hablando sobre la intercesión, dice: La oración del justo tiene mucho poder (St 5,16). ¿Por qué se ha de negar este poder a la oración de María? Y si no se niega, entonces ¿por qué se niega su poder intercesor? Si no es para interceder pidiendo y obteniendo algo para sí mismo o para otros, ¿para qué tiene poder la oración? Y San Pablo, en Ef 6,18 nos manda: Orad unos por otros intercediendo por todos los santos (la traducción de Reina-Valera no altera la idea: “orando en todo tiempo con toda deprecación y súplica… por todos los santos”). Si todos podemos y debemos orar unos por otros, ¿por qué María no puede orar por nosotros? Y si San Pablo manda que recemos, es porque la oración tiene eficacia; pero si nuestra oración es eficaz ante Dios, ¿no es eso “interceder”? En 2Tes 3,1, San Pablo pide a los tesalonicenses: Finalmente, hermanos, orad por nosotros para que la Palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria, como entre vosotros, y para que nos veamos libres de los hombres perversos y malignos; si Pablo puede esperar en la oración de los hombres, para ser librado de los perversos y para que la Palabra de Dios se propague, ¿por qué no puede hacer esto la oración de María? Y si María lo hizo durante su vida terrena en este mundo, ¿por qué no puede hacerlo ahora que está en el cielo? Hay una incoherencia en la doctrina protestante, que se debe a un prejuicio doctrinal y no a un sereno estudio de los mismos textos bíblicos.

El texto más fuerte que aducen los protestantes contra la mediación de María (y de cualquier santo), es el pasaje de 1Tim 2,5: hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también. Pero el pasaje no está bien interpretado, si se lo entiende como una exclusión de otros intercesores. San Pablo dice allí que la salvación nos viene sólo por medio de Cristo: de Dios a todos los hombres –sin excepción– la salvación viene por Cristo, por su humanidad, es decir, por su encarnación, por ser verdadero hombre y verdadero Dios al mismo tiempo, Pontífice supremo. Esto significa que no hay salvación que pueda obtenerse fuera de Cristo. Pero no quiere decir que, en la obtención de esa salvación, no haya lugar para las oraciones de los justos, las penitencias que unos hacemos por otros, y en particular las oraciones de María. María no es autora de la gracia que salva sino intercesora, para que el corazón de Dios nos mire benévolamente y se apiade de nosotros.

Una sola palabra para la interlocutora que se escandalizaba de la expresión “Jesús nos lleva a María”. Nosotros, los católicos, no entendemos esto –cuando usamos esta expresión– como una subordinación de Jesús a María; significa simplemente que Él quiere que acudamos a su Mediación (la de Jesús) por medio de María. Esto no lo inventó un católico piadoso sino el mismo Cristo. Él fue quien dijo a Juan: He ahí a tu madre; ¿no es eso llevar a los hombres (al menos a Juan) a María? Todo cuanto hemos dicho, puede aplicarse también a la llamada corredención mariana y a los dogmas católicos que asocian a María en la obra de nuestra salvación.

Creo que puede ser ilustrativa la doctrina de uno de los santos más devotos de María, en una de las obras que más ha influido en la piedad mariana: San Luis María Grignion de Montfort y su Tratado de la verdadera devoción a María. Allí el santo, al mismo tiempo que defiende con energía la mediación (subordinada, entiéndase) de María y su rol en la obra de la salvación, dice con toda claridad, hablando de “la necesidad del culto a María”: “Confieso con toda la Iglesia que, siendo María una simple criatura salida de las manos del Altísimo, comparada a la infinita Majestad de Dios, es menos que un átomo, o mejor, es nada, porque sólo Él es El que es (Ex 3,14). Por consiguiente, este gran Señor, siempre independiente y suficiente a sí mismo, no tiene ni ha tenido absoluta necesidad de la Santísima Virgen para realizar su voluntad y manifestar su gloria. Le basta querer para hacerlo todo. Afirmo, sin embargo, que dadas las cosas como son, habiendo querido Dios comenzar y culminar sus mayores obras por medio de la Santísima Virgen desde que la formó, es de creer que no cambiará jamás de proceder; es Dios, y no cambia ni en sus sentimientos ni en su manera de obrar (Ml 3,6; Rm 11,29; Hb 1,12)”[2]. Más adelante, el santo llamará a esta necesidad de María: “necesidad hipotética”, es decir, fundada no en una necesidad absoluta o de naturaleza sino en los insondables designios de Dios, que así ha querido realizar su obra. ¿Se lo objetaremos nosotros a Dios? Si nosotros mismos no somos absolutamente necesarios y sin embargo existimos y Dios quiere obrar en nosotros y por nosotros, ¿osará alguien objetarle que haya elegido a María y le haya dado el lugar que le dio?

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Tim Staples, La Biblia me convenció, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, op. cit., pp. 267.

[2] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a María, nn. 14 y 39.

aborto

¿Se puede absolver a una persona que ha realizado un aborto?

Pregunta:

Aprovecho para hacerle una pregunta: después del año Jubilar, ¿cualquier sacerdote está capacitado para perdonar el pecado del aborto o sigue siendo sólo el Obispo o algún sacerdote especial? Le pido por favor que me aclare esta duda.

Respuesta:

Estimada:

Para responder la consulta que me hace debo hacer algunas aclaraciones pues está de por medio la pena canónica de excomunión. El Código de derecho canónico prevé la pena de excomunión latae sententiae (o sea, de modo “automático”) para el aborto en caso de que se reúnan las siguientes condiciones[1]: 1º mayoría de edad (18 años cumplidos para que se le aplique una pena latae sententiae, si tiene más de 16 y menos de 18 puede ser excomulgado pero con una pena ferendae sententiae); 2º conocimiento de que se trata de un pecado grave; 3º conocimiento de que existe tal pena eclesiástica; 4º que el acto se realice con la plenitud propia de un acto humano (o sea, no en estado de embriaguez involuntaria u otra causa que disminuya la voluntariedad del acto humano); 5º finalmente, cuando el aborto no sólo ha sido intentado sino que de hecho se ha producido (effectu secuto).

Al reunirse estas condiciones incurren en excomunión: 1º quienes procuran el aborto (la madre, el médico, la partera); 2º quienes cooperan induciéndolo (el esposo, el novio, los que aconsejan realizarlo); 3º los que cooperan en la intervención quirúrgica (enfermeros); 4º y todos aquellos “sin cuya obra el delito no habría sido cometido”[2] (por ejemplo, los directivos del Hospital que prestan las instalaciones para este tipo de actos).

Cuando no se reúnen estas condiciones la persona comete un pecado muy grave (de hecho es un homicidio “cualificado”, ya que se trata del asesinato de un ser humano indefenso) pero no se incurre en la pena de excomunión. De aquí los dos casos posibles en orden a la confesión sacramental.

El primero es cuando la persona que se viene a confesar ha realizado un aborto o ha ayudado en un aborto pero no ha incurrido en excomunión (porque no se verificaron las condiciones anteriormente señaladas). En tal caso cualquier sacerdote con licencias ordinarias tiene capacidad para absolver el pecado cometido dentro de una confesión sacramental.

El segundo caso es cuando viene a confesarse una persona excomulgada. Aquí debemos distinguir a su vez dos posibilidades:

1- De modo ordinario sólo puede absolver de la excomunión por pecado de aborto el Obispo y los sacerdotes delegados por él. Esto varía en cada diócesis: en algunas todos los sacerdotes tienen esta licencia, en otras sólo los párrocos, en otras sólo algunos sacerdotes determinados por el Obispo.

2- Cuando el penitente se encuentra en “situación urgente” (llamado también “caso urgente”) por el cual no puede esperar a buscar un sacerdote con licencias para que lo absuelva de esta censura, cualquier sacerdote con licencia para confesar (aunque no tenga la delegación para absolver censuras) puede absolver de esta censura de aborto en este caso concreto y sólo para este caso (debido precisamente a la urgencia del mismo), pero quedando la obligación de realizar un trámite posterior que se denomina “recurso” (lo puede hacer el mismo penitente o el sacerdote si el penitente se lo pide) quedando obligado a realizarlo –al menos a comenzarlo– dentro del mes contando desde el día de la absolución (bajo pena de reincidir en la censura si no se hace por desidia o algo análogo). El recurso se hace ante alguien que tenga de modo “ordinario” esta licencia (ya sea un confesor delegado ordinariamente, o el Obispo o la Santa Sede). Todo confesor está obligado a conocer cómo se realiza este trámite.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Miguel Ángel Fuentes, Revestíos de entrañas de misericordia. Manual de preparación para el ministerio de la penitencia, EVE, San Rafael 2007.

[1] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1398.

[2] Código de Derecho Canónico, c.1329, 2.