jugador compulsivo

¿Cómo ayudar a un jugador compulsivo?

Pregunta:

Conozco un hombre profesional, casado y con hijos, muy inteligente, con un problema muy serio desde hace más de 15 años: es un jugador empedernido. Está muy afligido por su problema. El ir a jugar lo ve como un deseo compulsivo irresistible. Se lo ve con buena disposición para salir de esa situación. El reconoce que es un vicio y pide ayuda para salir de él, porque si sigue así se va a destruir a sí mismo y a su familia. ¿Qué se le puede decir para ayudarlo?

Respuesta:

Estimado:

Le doy una respuesta rápida que no pretende ser de ninguna manera exhaustiva.  Inicialmente lo que hay que ver es si se trata de un jugador “compulsivo” y si esto tiene ya raíces psicológicas. De ser así toda terapia espiritual deberá ser acompañada de un apoyo psiquiátrico.  Desde el punto de vista espiritual y moral hay que tratar de formar en él la virtud de la templanza a través de todos sus resortes:

1º Ante todo, tratando de que se convenza de la malicia del juego, del peligro en que pone a su familia, de las consecuencias funestas para su alma y para el bienestar de su familia. Tiene que meditar y darle peso a esto, pues debe hacerse una verdad evidente para él no sólo desde el punto de vista intelectual sino práctico.

2º Junto a esto debe evitar como la peste las ocasiones de juego, que pueden ser: lugares, amigos, circunstancias.

3º Es muy útil que añada a lo anterior el imponerse penitencias puntuales no sólo en caso de caer sino también en caso de haberse expuesto al peligro (aunque no haya caído).

4º De modo positivo hay que enseñarle a hacer examen de conciencia particular. Éste es el gran secreto de todo adelanto espiritual. Deberá examinar todas las noches su conciencia sobre los puntos anteriores.

5º Será muy útil para él aprender a ejercitar el dominio de la voluntad (virtud de la templanza) en todo el campo de la sensualidad (aunque no se trate del terreno del juego) pues esto robustece su voluntad para todo tipo de tentaciones.

6º Finalmente habrá de trabajar en la confianza en Dios y en amor a la pobreza, pues a menudo el jugador es una persona que desconfía de la Providencia y pone su esperanza en el azar.

Como ya dije, si su problema tiene raíces psicológicas, no bastará el trabajo espiritual sin una buena terapia. Pero tampoco le será suficiente una buena terapia sin el trabajo espiritual que acabo de indicar.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

¿Existen Iglesias católicas no romanas?

Pregunta:

¿Existen Iglesias católicas no romanas?

Respuesta:

La reciente aparición en algunos medios de comunicación españoles de una mujer gallega que afirma ser “presbítera” de la Iglesia católica y la natural respuesta oficial del arzobispado que le corresponde, el de Santiago de Compostela, ha vuelto a poner sobre la mesa no sólo la cuestión del sacerdocio femenino –algo definitivamente zanjado en el catolicismo, como explica con claridad dicho arzobispado–, sino también la existencia de una variedad de grupos que dicen ser “católicos no romanos”.

Reproducimos a continuación el artículo que ha escrito Luis Santamaría, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES) en el portal Aleteia.

Se trata de una realidad que, si bien no abarca un número grande de fieles, sí acapara la atención, en ocasiones como ésta, por lo llamativo de sus planteamientos y, muchas veces, por lo estrafalario de sus acciones. Asumiendo el riesgo que tiene simplificar un fenómeno tan complejo, presentaremos los datos principales sobre estas corrientes cismáticas.

Su denominación es muy plural, según los autores o las perspectivas de los diversos estudios. Se habla de pequeñas iglesias, iglesias episcopales independientes, iglesias irregulares o no canónicas… Para simplificar, podemos hablar de “iglesias católicas no romanas”, formadas por creyentes que se confiesan católicos pero que rechazan de forma grupal la autoridad jerárquica del obispo de Roma.

Los veterocatólicos

El conjunto más significativo es el de los “viejos católicos” o veterocatólicos. Su origen más actual está en el cisma que tuvo lugar en 1870 cuando rechazaron el dogma de la infalibilidad papal, definido por el Concilio Vaticano I, afirmando que estaba “en contradicción con la fe de la Iglesia antigua”. Ya de paso, se rebelaron contra el dogma de la Inmaculada Concepción de María y contra el Concilio de Trento. Fue un movimiento que tuvo su importancia en algunos países europeos –sobre todo Alemania, Francia y Suiza– y que cristalizó en la llamada “Unión de Utrecht”, a partir de la redacción del manifiesto conocido como Declaración de Utrecht, del año 1889. Se trata, pues, del último de los grandes cismas o escisiones del cristianismo.

Cuando se produjo el cisma de 1870, a los teólogos, sacerdotes y fieles principalmente alemanes que se separaron de Roma, se adhirió después para conformar esa Unión de Utrecht un grupo de jansenistas holandeses que en el siglo XVIII se habían separado de la Iglesia formando una estructura eclesial paralela bajo la autoridad del arzobispo de Utrecht. También se unieron algunos grupos de origen eslavo.

Entre otros elementos peculiares, destaca la aceptación de las mujeres al ministerio ordenado en su triple configuración (obispos-presbíteros-diáconos) desde 1996, decisión que motivó la salida de la Iglesia Nacional Polaca de los Estados Unidos de América y Canadá, que pertenecía hasta entonces a la Unión. Actualmente, 6 agrupaciones veterocatólicas forman parte del Consejo Mundial de Iglesias.

Obispos “independientes” por todo el mundo

Después de este grupo más destacado, podemos encontrar diversas agrupaciones que, como afirma Manuel Guerra en su Diccionario enciclopédico de las sectas, “son las iglesias de los ordenados válida, pero ilícitamente; en algunos casos se han separado de la Iglesia católica romana después de haber sido ordenados válida y lícitamente”. Aquí se encontraría, en primer lugar por su importancia, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por el arzobispo Marcel Lefèbvre, que actualmente parece cada vez más cerca de volver a la comunión católica.

Lo más habitual es encontrarnos con grupos que dependen de obispos (ya que hay movimientos que proponen su propio “Papa”, pero que merecen un estudio aparte). Como acabamos de ver, todos ellos habrían sido ordenados válidamente, pero en cuanto a la licitud de su consagración episcopal, habría diferencias. Respecto a su situación canónica, desde el punto de vista católico deberíamos hablar de episcopi vagantes, prelados sin sede ni nombramiento, al estar fuera de la comunión con el obispo de Roma.

En la mayor parte de los casos podemos trazar una clara “genealogía episcopal”, ya que la cuestión de la sucesión apostólica es fundamental en este tema, y ver unas fuentes comunes de las que brotarían los diversos grupos cismáticos. En primer lugar, las ordenaciones realizadas por obispos veterocatólicos, que mantienen la sucesión apostólica. Se ha hecho muy común “invitar” a un prelado viejo católico para “legitimar” ordenaciones muy dudosas.

Otro modo de obtener una mitra es conseguir la ordenación de manos de un obispo oriental u ortodoxo, cuyo ministerio también es reconocido por la Iglesia católica. Así sucedió, por ejemplo, con el francés Joseph René Vilatte (1854-1929), que consiguió el presbiterado de los veterocatólicos y después logró la consagración episcopal de unos obispos de rito siro-jacobita. A su vez, ordenó a muchos obispos en todo el mundo, incluidos algunos de “Iglesias gnósticas”.

Una tercera fuente de “iglesias” cismáticas es la ordenación realizada por obispos católicos en situación irregular o, al menos, especial. Un paradigma fue el vietnamita Ngô-dinh Thuc (1897-1984), conocido, entre otras cosas, por ordenar sacerdotes y después obispos a los iniciadores de la secta española del Palmar de Troya (Carmelitas de la Santa Faz). Se calcula en un centenar el número de personas ordenadas por monseñor Thuc en todo el mundo. Y no ha sido el único que ha operado de esta manera. Hay otros obispos a considerar en este apartado, como el peruano Cornejo Radavero (nacido en 1927).

Entre el tradicionalismo y el progresismo

La seriedad de todo este panorama es diversa según los grupos de los que hablemos. No es lo mismo pensar en movimientos más asentados como los veterocatólicos o el lefebvrismo, por ejemplo, que pensar en realidades en las que se pueden sospechar motivaciones más o menos explícitas de buscar llamar la atención, alimentar el narcisismo o la egolatría de sus dirigentes o trasladar una protesta contra la Iglesia católica.

Lo que sí está claro, en la mayor parte de los casos, es que nos encontramos con grupos que se sitúan por lo general en los dos extremos de un movimiento pendular. Unos consideran que la Iglesia católica “Romana” se ha plegado al modernismo y ha perdido su esencia, y defienden posturas tradicionalistas tanto en las formas como en el fondo, aunque a veces se trata de un simple sentimiento nostálgico de formas estéticas y litúrgicas antiguas.

Otros, situándose en el extremo contrario, miran a una Iglesia anclada en el pasado con desdén y se creen con el derecho de hacer avanzar el catolicismo tanto en cuestiones de exégesis bíblica y dogmática como en aspectos más eclesiásticos y disciplinarios, y renovando ya de paso lo tan manido de la moral sexual. Aquí se situaría la corriente a la que supuestamente pertenece la española que ahora dice ser “presbítera”.

Si bien en España no se trata de una realidad significativa, en Iberoamérica sí hay gran profusión de grupos que aparentan ser católicos y se aprovechan de esta confusión para llegar a la gente. Ya sean de tipo tradicionalista, ya progresista. En torno al año 2000, en el curso de formación que impartía la Fundación SPES en Argentina, se señalaba como “el comienzo del verdadero derrotero de disidencias” la excomunión del obispo Carlos Duarte, sucedido en Brasil en 1945.

Según explicaba en este curso Alberto M. Dib, monseñor Duarte fundó la Iglesia Católica Apostólica Brasileña, y de ahí nacieron la Congregación Cristiana Católica Apostólica – Sacerdotes Obreros para la Argentina, la Iglesia Católica Apostólica Argentina, la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa Americana, la Iglesia Misionera de Evangelización – Católica Apostólica Nacional – Orden del Espíritu Santo… que, a su vez, comenzaron a relacionarse con la Santa Iglesia Católica Apostólica Mexicana y otros grupos cismáticos de todo el continente.

La Iglesia católica pide cautela

En 2012, el boletín informativo sobre sectas de la diócesis católica de Dijon (Francia) ofrecía una reflexión sobre este tema. Reconocía en primer lugar la seriedad de dos agrupaciones presentes en su país –la “Pequeña Iglesia” y los veterocatólicos–, con diálogo ecuménico en vigor con la Iglesia católica. Pero alertaba sobre numerosos grupos que utilizan, como adjetivos, los de católica, apostólica, galicana, tradicional, autocéfala, liberal… y que ni son reconocidas como interlocutoras en el diálogo por la Iglesia católica, ni tienen el reconocimiento de la Unión de Utrecht, que validaría la autenticidad de su sucesión apostólica.

Además, muchas veces responden a una demanda de sacramentos, ritos y fórmulas que algunas personas piden con una conciencia claramente supersticiosa y mágica, sin fe cristiana ni sentido eclesial. En esta línea tenemos que entender los avisos que han hecho algunos obispos católicos sobre la realidad de los grupos “católicos no romanos” en sus respectivas diócesis, incluso aunque se trate de grupos serios, por el peligro de confusión para los fieles que pueden ser engañados cuando no hay claridad por parte de los que usan nombres, títulos y ritos católicos.

Por poner un ejemplo reciente, en 2013 tres obispos argentinos avisaron de la presencia de veterocatólicos y “católicos disidentes” en su territorio, con un comunicado en el que “se pide a los fieles de nuestras diócesis que se abstengan de participar en las celebraciones que realizan los ministros de dicha iglesia en casas de familias, a fin de que permanezcamos unidos en la fe que nos transmitieron nuestros padres”.

Nada serio, por tanto, pero sí una llamada de atención a la Iglesia católica y a sus pastores a preocuparse por estas personas –no por sus fantasiosas pseudo-iglesias– y ofrecerles la puerta abierta, que ellos un día aprovecharon para salir –y normalmente provocando un escándalo–, también para el regreso a casa, en la comunión con los obispos presididos por el de Roma.

virgen

¿La biblia dice que María no siempre fue virgen?

Pregunta:

Andrea en Mateo 1:25 dice que José no conoció a María hasta que nació Jesús, aun el ángel le dijo que no temiera de tomarla como su esposa, en síntesis la biblia te explica que María no siempre fue virgen. Saludos

Respuesta:

Estimado Juan:

No entiendo por qué usted atribuye a “Andrea” las palabras del mismo evangelista Mateo. Pero ciertamente desconoce usted el sentido del adverbio griego ἕως, que vierte la expresión hebrea “‘ad-ki”.

Respecto de la misma explica Severiano del Páramo: “El texto griego… ‘heos hou’, y su traducción (latina) ‘donec’, dieron ocasión a los antiguos herejes Joviniano, Elvidio y otros, y la dan hoy día a muchos autores acatólicos, para negar la virginidad de María después del parto.

Se ha probado hasta la saciedad que semejante partícula en la Escritura sólo dice referencia al pasado, sin que incluya afirmación o negación alguna sobre el porvenir”. Por esta razón este exegeta traduce el versículo 25 según su verdadero sentido: “sin que tuviera con ella trato conyugal, dio a luz…” [Padres de la Compañía de Jesús, La Sagrada Escritura. Texto y Comentarios, BAC, Madrid 1964, tomo I, pp. 24-25].

Añade Manuel de Tuya: “Es de sobra conocido el hebraísmo ‘hasta que’ (‘ad-ki), traducido materialmente en este pasaje: ‘hasta que’. Con esta forma sólo se significa la relación que se establece en un momento determinado, pero prescindiéndose de lo que después de él suceda. Es el modo ordinario de decir en hebreo. Así Micol, mujer de David, ‘no tuvo más hijos (‘ad-ki) hasta el día de su muerte’ (2 Sam 6,23)” [Biblia Comentada, BAC, Madrid, 1964, tomo II, p. 31].

Por tanto, si bien esta expresión puede indicar un momento a partir del cual la situación cambie (por ejemplo, que después de comenzar a vivir juntos, un matrimonio tenga trato carnal), no puede esto deducirse de este término sino que debe ser indicado por medio de otra expresión, pues esta dicción sirve para indicar tanto un momento a partir del cual la situación cambia como uno a partir del cual la situación no cambia.

Volviendo al ejemplo dado por Tuya, si la traducción del giro semita traducido literalmente al griego y al latín (y luego a nuestras lenguas modernas) fuera el que le damos hoy en día, deberíamos decir, con lógica consecuencia que Micol, mujer de David, tuvo más hijos después de morir.

La misma expresión “hasta que” es usada en otros lugares de la Escritura sin que admita el sentido de que una vez llegado o pasado el momento la situación posterior cambie; por ejemplo, Gn 3,19 (versión de los LXX): comerás el pan con el sudor de tu frente “hasta que” vuelvas al polvo de la tierra… (indica el término final, pero ningún cambio posterior; no es que después Adán cambie en cuanto a su vida terrena sino que luego ya no tendrá vida en este mundo). Lo mismo el Salmo 110,1: Oráculo de Yahveh a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que (heos ‘an) yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies (¿significará esto que una vez que Dios haya puesto a todos los enemigos a los pies del Mesías –es éste un Salmo mesiánico por excelencia– ya éste no seguirá sentándose a la derecha de Dios?). Lo mismo vale para Mt 22,44, donde se citan estas mismas palabras del Salmo, aplicándoselas Jesús a sí mismo (Díceles [Jesús]: Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?); y lo mismo Mc 12,36; Lc 20,43; Hech 2,34-35. San Pablo en 1Co 15,25, usa el mismo Salmo cambiando el término “sentarse a la derecha” por “reinar”: Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies; el último enemigo en ser destruido será la Muerte; no se usa allí “heos” sino el sinónimo “ajri” que también se traduce por “hasta que”, y nuevamente vemos que no tiene sentido exclusivo, o sea, que después del momento indicado la situación cambie, sino que sigue igualmente; ¿o tal vez se piense que Cristo dejará de reinar cuando haya vencido a todos sus enemigos? Lo mismo se diga de Hb 1,13.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

acto matrimonial

¿Qué es lícito hacer a los esposos para preparar el acto matrimonial?

Pregunta:

Estimados Señores: ¿es lícito todo lo que hagan los esposos, cuando se usa sólo cómo una medida de preparación para el acto conyugal? Gracias de antemano por su respuesta

Respuesta:

Estimado:

 Le contesto con cuanto dice el P. Antonio Royo Marín, en su Teología Moral para Seglares[1]:

“Además del acto matrimonial propiamente dicho, se les permiten a los cónyuges las cosas más o menos relacionadas con él, pero con determinadas condiciones. En general, pueden establecerse los siguientes principios fundamentales:

1º Es lícito todo cuanto se haga en orden al debido fin del acto conyugal (la generación de los hijos) y que sea necesario o conveniente para facilitar ese acto.

2º No pasa de pecado venial lo que se haga fuera de ese fin, pero no contra él…

3º Es pecado mortal cualquier cosa que se haga contra ese fin, ya sea solitariamente, ya con la complicidad del otro cónyuge. Se reducen prácticamente a tres cosas: el onanismo, la sodomía y la polución voluntaria (o lo que pone en peligro próximo de ella sin causa que lo justifique).

Teniendo en cuenta estos principios, es fácil deducir las aplicaciones prácticas: …Son lícitos los actos preparatorios o complementarios del acto conyugal (tactos, ósculos, abrazos, miradas, conversaciones…), con tal que no envuelvan peligro próximo de polución y se hagan con la intención de realizar el acto principal o de fomentar el amor conyugal. La razón es porque, siendo lícito el fin, también lo son los medios que se ordenan naturalmente a su mejor consecución. Pero fácilmente puede haber en esas cosas algún pecado venial, sobre todo si se realizan con desenfreno o se trata de cosas enormemente obscenas…”.

[1] Antonio Royo Marín, Teología Moral para Seglares,  BAC, Madrid 1964, tomo II, n. 621.

confesión

¿La confesión ha sido inventada por la Iglesia?

Pregunta:

¿Cómo puedo responder a los que me dicen que la confesión ha sido inventada por la Iglesia y por los curas?

Respuesta:

Estimado: Resumo mi respuesta en tres puntos.

I. El sacramento de la penitencia fue instituido por el mismo Cristo

1º Así lo enseña la Iglesia al condenar a todo el que dijere «que la penitencia en la Iglesia católica no es verdadero y propiamente sacramento instituido por Cristo Señor»[1]. En la Sagrada Escritura consta que Nuestro Señor Jesucristo no sólo perdonó los pecados a muchos de los que se acercaron a Él (Zaqueo, la mujer adúltera, la pecadora de la que expulsó siete demonios, etc.[2]) sino que confirió a la Iglesia el poder de perdonar los pecados. En San Mateo dice a sus apóstoles: En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra, será atado en el cielo y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo (Mt 18,18). En el Evangelio de San Juan: Recibid el Espíritu Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados, a quien se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20,22‐23).

La Sagrada Escritura nos testimonia también que los apóstoles y sus discípulos ejercieron este ministerio. Así, por ejemplo, dice San Pablo: Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el misterio de la reconciliación (2 Co 5,18). Por otra parte, en varios lugares de los Hechos de los Apóstoles y de las Epístolas de San Pablo aparecen los apóstoles ejerciendo la potestad de atar y desatar (cf. 1 Co 5,3‐5; 2 Co 2,6‐11; etc.).

La razón de esta institución es fácil de comprender: nosotros somos pobres pecadores, y en cuanto tales necesitamos un sacramento por el que se nos perdonen los pecados cometidos después del bautismo.

2º Por otra parte, no puede ser una creación de los hombres. Esto lo podemos ver por varias razones de sentido común:

  • Por la dificultad que entraña el extender a todo el mundo, y durante tantos siglos una práctica que tanto repugna al amor propio. Si fuera obra humana, no habría prosperado.
  • Por la oposición decidida que hubiesen hecho los primeros cristianos si alguien hubiese querido introducir como necesaria la confesión, de no ser ésta instituida por Cristo mismo.
  • Además, ¿qué provecho material hubiesen podido obtener los inventores de la confesión? Ninguno. Solamente trabajo pesado e ingrato.
  • Por otra parte, si los sacerdotes hubiesen inventado la confesión, se habrían declarado a sí mismos exentos de tal práctica (el que impone los tributos no los paga), y sin embargo, son los primeros obligados a la práctica de confesar sus pecados.

II. La confesión de los pecados (el decir los pecados al sacerdote) tampoco es un invento de los sacerdotes

Alguien podría suponer que Jesucristo sólo instituyó que los apóstoles y sus sucesores «perdonasen» los pecados, pero no que para esto «tuviesen que escuchar en confesión los pecados de los penitentes». Por eso debemos añadir que la «confesión de los pecados», es decir, «la acusación del penitente de sus propios pecados ante el sacerdote legítimo», también es de derecho divino, si bien su práctica se difundió con el correr de los siglos[3].

Ante todo, la Iglesia insiste repetidamente sobre tal necesidad; y la impone obligatoriamente a todos los hombres dotados de uso de razón, es decir, a los posibles pecadores, al menos una vez al año[4].

«La confesión de los pecados hecha al sacerdote constituye una parte esencial del sacramento de la penitencia», dice el Catecismo[5]. El motivo es que la confesión es un juicio formal, aunque sin fiscal ni testigos. Pero para que el juez dictamine es necesario que conozca la causa con toda precisión; y sólo después de eso ha de absolverle el juez, no sin antes imponerle la pena. Pero para proceder con rectitud a modo de juicio, el juez necesita conocer la causa sobre la que va a dictar sentencia, y ello no de una manera confusa y global, sino con todo detalle y precisión. Y como en este juicio sacramental no hay fiscal ni acusador, no cabe otra solución que la confesión explícita y directa del propio reo. Por tanto, la confesión de los pecados es una consecuencia inevitable que brota de la institución del sacramento por Jesucristo a modo de juicio. Es decir, está implícito en el mismo mandato de atar y desatar los pecados dado por Cristo a los Apóstoles (cf. Jn 20,22‐23). ¿De qué otro modo podrían «atar» los pecados de uno (¡y con consecuencias para la vida eterna!) y «desatar» los de otro? ¡Evidentemente no puede quedar librado al capricho del sacerdote! Para poder ejercer este oficio, el sacerdote debe saber qué pecados son, qué arrepentimiento hay y qué propósito de enmienda tiene el penitente. ¿De qué otra manera puede cumplir esta orden de Jesucristo sino es por propia confesión del penitente?

III. Algunas dudas que suelen plantearse acerca de la confesión

Finalmente no viene mal enumerar las principales dudas u objeciones que, sobre este tema, suelen poner personas de otras religiones a los católicos[6]:

¿En qué se basan los católicos para decir que los sacerdotes pueden perdonar los pecados?

La Iglesia Católica lee con atención toda la Biblia y acepta la autoridad divina que Jesús dejó en manos de los Doce apóstoles y sus legítimos sucesores. Esto ya lo expusimos más arriba. Ahora bien, los apóstoles murieron y, como Cristo quería que ese don llegara a todas las personas de todos los tiempos, se deduce que el poder que les dio debía ser transmisible, es decir, que de ellos pudiera pasar a sus sucesores. Y así los sucesores de los apóstoles, los obispos, lo delegaron a «presbíteros», o sea, a los sacerdotes. Estos tienen hoy el poder que Jesús dio a sus apóstoles.

¿Para qué decir los pecados a un sacerdote, si Jesús simplemente los perdonaba?

Es verdad que Jesús perdonaba los pecados sin escuchar una confesión. Pero el Maestro divino leía claramente en los corazones de la gente, y sabía perfectamente quiénes estaban dispuestos a recibir el perdón y quiénes no. Jesús no necesitaba la confesión de los pecados por su ciencia singular por la cual sabía lo que hay dentro del hombre (Jn 2,25). Ahora bien, como el pecado toca a Dios, a la comunidad y a toda la Iglesia de Cristo, por eso Jesús quería que el camino de la reconciliación pasara por la Iglesia que está representada por sus obispos y sacerdotes. Y como los obispos y sacerdotes no leen en los corazones de los pecadores, es lógico que el pecador tiene que manifestar los pecados. No basta una oración a Dios en el silencio de nuestra intimidad.

«Pero el sacerdote es pecador como nosotros», dicen algunos.

También los Doce apóstoles eran pecadores y sin embargo Jesús les dio poder para perdonar pecados. El sacerdote es humano y dice todos los días: «Yo pecador» y la Escritura dice: Si alguien dice que no ha pecado, es un mentiroso (1Jn 1,8). El sacerdote perdona los pecados por una sola razón: porque recibió de Jesucristo el poder de hacerlo; no porque él sea una persona extraordinaria o porque él mismo no tenga pecados. Además, el sacerdote concede el perdón en el nombre de Dios Uno y Trino, y no en el propio.

¿Qué otras diferencias hay entre católicos y protestantes acerca de la confesión?

El protestante comete pecados, ora a Dios, pide perdón, y dice que Dios lo perdona. Pero ¿cómo sabe que, efectivamente, Dios le ha perdonado? Muy difícilmente queda seguro de haber sido perdonado. En cambio el católico, después de una confesión bien hecha, cuando el sacerdote levanta su mano consagrada y le dice: «Yo te absuelvo en el nombre del Padre…», queda con plena certeza de haber sido perdonado. Por eso decía un nocatólico: «Yo envidio a los católicos. Yo cuando peco, pido perdón a Dios, pero no estoy muy seguro de si he sido perdonado o no. En cambio el católico queda tan seguro del perdón que esa paz no la he visto en ninguna otra religión». En verdad, la confesión es el mejor remedio para obtener la paz del alma.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía para profundizar:

JUAN PABLO II, Exhortación Reconciliatio et poenitentia.

BAUR, BENEDIKT, La confesión frecuente, Herder, Barcelona 1974.

[1] Denzinger‐Hünermann, n. 1701.

[2] Cf. Mt 2,5; Lc 7,47; Jn 8,1 ss., etc.

[3] Una breve historia de la práctica de la penitencia sacramental se puede leer en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1447.

[4] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1457; Código de Derecho Canónico, c. 989.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1456.

[6] Tomo este punto de PP. Paulo Dierckx y Miguel Jordá, Para dar razón de nuestra esperanza sepa defender su fe, Apostolado del libro, P. Miguel Jordá F. 8571492.