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Uso del Cirio Pascual terminada la Vigilia

Pregunta:

Dice en el nuevo Misal Romano recientemente editado en Argentina, en la rúbrica n. 70 (p. 291), terminada la Vigilia pascual: «El Cirio Pascual se ha de encender en todas las celebraciones litúrgicas más solemnes del tiempo pascual». ¿Esto se aplica también a todas las vísperas solemnes de domingos, como los días de semana? Muchas gracias por su tiempo. P. Osvaldo (Chile).

 

Respuesta:

La rúbrica final de la Vigilia Pascual, a la que Ud. hace referencia, que dice: «El Cirio Pascual se ha de encender en todas las celebraciones litúrgicas más solemnes del tiempo pascual» (MR 2002, 291), sigue lo ya indicado en la Carta Circular de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Preparación y Celebración de las Fiestas Pascuales, n. 99 (16/01/1988): «El Cirio Pascual, que tiene su lugar propio junto al ambón o junto al altar, enciéndase al menos en todas las celebraciones litúrgicas de una cierta solemnidad en este tiempo, tanto en las Misas, como en Laudes y Vísperas, hasta el domingo de Pentecostés. Después ha de trasladarse al baptisterio y mantenerlo con todo honor, para encender en él el cirio de los nuevos bautizados. En las exequias, el Cirio Pascual se ha de colocar junto al féretro, para indicar que la muerte del cristiano es su propia Pascua. El Cirio Pascual, fuera del tiempo pascual, no ha de encenderse ni permanecer en el presbiterio».

 Con esto queda claro, que el Cirio Pascual debe encenderse «al menos» en las Misas y celebraciones de Laudes y Vísperas más solemnes. Ahora bien, ¿cuáles son dichas celebraciones más solemnes? A primera vista, la norma pareciera incluir solamente la Octava, los domingos de Pascua, y el Jueves de la Ascensión, sin embargo, nos parece, como es habitual, por otra parte, que deba encenderse en las misas feriales durante todo el tiempo de Pascua, dado que la Cincuentena es como un solo día de fiesta, como «un  único domingo» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam 8, 25; PL 15, 1863)  compuesto por una doble octava, esto es, siete días de semanas o siete días de siete días cada uno, más el día octavo, que los «fija» y los engloba a todos [7 x 7 = 49 + 1 = 50].

 Tal es así, que durante la Cincuentena no se ayunaba, ni se arrodillaban los fieles en la Misa, y eran restituidos el Alleluia y el beso de la paz. Y esta visión unitaria de todo el tiempo Pascual, no es sólo una nostálgica y hermosa concepción teológica de los Padres de la Iglesia, sino que ha sido «restaurada» en parte, por las reformas promovidas por el Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium, 106), y es recogida por las Normas Universales sobre el Año litúrgico y sobre el Calendario (1969, en particular, nn. 22-23): «Los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación como si se tratase de un solo y único día festivo, más aún, como «un gran domingo» (San Atanasio, Epist. festales, 1, 10; PG 26, 1366). Éstos son los días en los que principalmente se canta el Aleluya» (n. 22).

En efecto, la Cincuentena Pascual, fue la primera prolongación o desarrollo de la Pascua, tal vez por la tradición del Antiguo Testamento, que celebraba, inmediatamente después de los Ázimos o Pascua de los judíos, la fiesta de las Semanas o de la Cosecha -Cf. Ex 34, 22; Dt 16, 9-10-, en la cual se ofrecían las primicias de la recolección de los cereales, y que era conocida también como fiesta de «Pentecostés», pues duraba cincuenta días.  Los Padres asumieron la Cincuentena, de manera que «Pentecostés» no es tanto la solemnidad que se celebra al quincuagésimo día (en memoria de la Venida del Espíritu Santo sobre la Santísima Virgen y los Apóstoles), cuanto el conjunto de los cincuenta días pascuales, como su nombre lo indica. Precisamente, el Cirio encendido durante toda la Cincuentena, hace visible el que sea como un solo día de fiesta, como unlaetissimum spatium («gozosísimo espacio»), como gustaba resaltar Tertuliano, desafiando las fiestas paganas (Tertuliano, De Baptismo, 19, 2; CCL, 1, 293).

La tradición romana conoce asimismo, la bella práctica de apagar el Cirio  inmediatamente después de la proclamación del Evangelio de la Ascensión del Señor, para representar de manera más simbólica Su subida a los cielos, a los cuarenta días de la Resurrección. El Cirio vuelve a encenderse para los bautismos que se celebran en Pentecostés. La rúbrica del Misal Romano de 1962, prescribe: Dicto Evangelio exstinguitur Cereus paschalis, nec ulterius accenditur, nisi in Sabbato Pentecostes ad benedictionem Fontis. (MR 1962, In Ascensione Domini, 380; Cf. Catecismo Mayor de S. Pío X, 2091).

  Cabe destacar, finalmente, la estrecha relación entre las Vísperas y el Cirio Pascual, cuyo origen, algunos estudiosos ponen en el antiguo rito del Lucernarium (cf. RIGHETTI, M., Manuale di Storia Liturgica, II, Ed. 2ª Anastatica, Ancora, Milano 2005, 257), en el cual, durante las vísperas de los domingos se encendía un Cirio para saludar (despedir) a la luz del día en el crepúsculo y dar la bienvenida a Cristo, Luz eterna e indeficiente. Según la Traditio Apostolica (n. 25), ya caído el sol, el diácono llevaba en medio de la asamblea el Cirio y el obispo pronunciaba sobre el mismo una acción de gracias: «Te damos gracias, Oh Señor, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, por medio del cual nos has iluminado revelándonos la luz incorruptible. Hemos vivido una jornada entera y llegamos al inicio de nuestra noche…. No nos falte la luz de la noche, por tu gracia; por lo cual te alabamos y te glorificamos por medio de tu Hijo…». Es decir, se pedía que cuando el sol natural se apagase, no se extinguiera, en cambio, la luz de la gracia, la luz de Cristo en las almas de los fieles.

Otra relación entre el Cirio Pascual y la celebración de las vísperas, la encontramos en el hecho de que los neófitos o recién bautizados, durante toda la Octava de Pascua debían asistir con sus cirios encendidos a las vísperas que se celebraban cada día de la misma. De ahí que, terminado el tiempo pascual, el Cirio haya de «trasladarse al baptisterio y mantenerlo con todo honor, para encender en él el cirio de los nuevos bautizados» (Preparación y Celebración de las Fiestas Pascuales, n. 99).

Concluyamos diciendo que, al menos, durante la Octava, los domingos de Pascua, y la Ascensión, debería encenderse el Cirio Pascual para la celebración de la Santa Misa y las Vísperas (y Laudes) solemnes, pero nada obsta que se encienda incluso en los días feriales de este tiempo, pues la norma dice «al menos», sobre todo en las comunidades religiosas o cuando participan los fieles; pero, además, si tenemos en cuenta que la Cincuentena es un único día festivo, el Cirio podría encenderse durante todo el tiempo pascual, al menos para la celebración de la Santa Misa, dado que, toda Misa es Pascua (en sentido completo, que incluye la muerte y la resurrección de Cristo, su paso de este mundo al Padre):

«La Cuaresma se hace una sola vez al año. La Pascua, en cambio, se celebra tres veces a la semana, y a veces también cuatro, o más bien, cada vez  que lo queramos. La Pascua, en efecto, no consiste en el ayuno, sino en la oblación y en el sacrificio que se realiza en cada sináxis [entiéndase, celebración de la Misa]. Que esto sea así, escucha a Pablo, que dice: Nuestra pascua, Cristo, ha sido inmolada (1 Cor 5, 7), y aún: Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor (1 Cor 11, 26). Por eso, cada vez que te acerques con conciencia pura a la Eucaristía, tú celebras la Pascua. Pascua, en efecto, es anunciar la muerte del Señor» (San Juan Crisóstomo, Adv. Iudaeos, hom. III, 4; PG, 48, 867).

P. Jon M. de Arza, IVE.

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