esterilizacion

¿Se puede hablar de esterilizaciones por razones de salud?

Pregunta:

¿Cuando el útero, por ejemplo a causa de repetidos partos o cesáreas, se convierte en un peligro actual o potencial para la mujer, puede el médico extirparlo, o bien, como alternativa, anular alguna función que elimine positivamente dicho peligro?

Respuesta:

La pregunta engloba realidades diversas entre sí, a las cuales, por consecuencia, se debe responder diversamente. Podemos evidenciar tres casos planteados: 1º la extirpación del útero que presenta un peligro grave actual; 2º la extirpación del útero que presenta un peligro potencial; 3º la eliminación de una función (no un órgano, como en el caso precedente), como alternativa a la extirpación, que excluya el peligro (sería el caso de la ligadura de trompas).

  Los tres problemas han sido objeto de una consulta a la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, por lo que contestaremos comentando la respuesta de dicho dicasterio[2].

1. La extirpación del útero en caso de peligro actual

  El texto de la Sagrada Congregación dice: Cuando el útero -por ejemplo, durante un parto o una cesárea- resulta tan seriamente dañado que se hace médicamente indicada su extirpación (histeroctomía), incluso total, para evitar un grave peligro actual para la vida o la salud de la madre, ¿es lícito seguir tal procedimiento aunque ello comporte para la mujer una esterilidad permanente? RESPUESTA: Sí.

  La razón fundamental es que el objeto moral de este acto[3] es la acción terapéutica; dicho de otro modo: el médico (y la paciente que se somete voluntariamente) buscan con su acto la ‘bondad’ que ven ‘contenida’ en la acción que da la salud o al menos elimina un peligro real y actual. El objeto de este acto no es hacer a la mujer incapaz de procrear, sino amputar o suprimir un órgano reproductivo en cuanto y por cuanto éste constituye un grave peligro para la vida o la salud del sujeto.

  Para que se esté en presencia de tal acto, Pío XII señalaba, ya en 1953, tres condiciones esenciales:

  1º Que la presencia o el funcionamiento de un órgano particular en el conjunto del organismo provoque un daño serio o constituya una amenaza de daño serio para el mismo.

  2º Que este daño serio no pueda ser evitado o al menos no pueda ser notablemente disminuido sino mediante la supresión orgánica o funcional.

  3º Cuando prudentemente puede presumirse que el efecto negativo (la mutilación) será compensado por el efecto positivo (supresión o disminución del peligro o del sufrimiento)[4].

  El soporte de este juicio es el llamado principio de totalidad, expresado por el mismo Pío XII en los siguientes términos: ‘cada órgano particular está subordinado al conjunto del cuerpo y debe someterse a éste en caso de conflicto. En consecuencia, quien ha recibido el uso de todo el organismo tiene el derecho de sacrificar un órgano particular, si su conservación o su funcionamiento causan al todo un notable estorbo imposible de evitar de otra manera'[5]. La clave para que este principio se mantenga en sus justos términos radica en la recta comprensión del concepto de ‘subordinación’ o ‘funcionalidad’ empleado por Pío XII. Hay realidades que son partes de un todo, pero al mismo tiempo trascienden esa condición de ‘partes’ en cuanto tienen también un valor en sí mismas, independientemente del todo al que pertenecen: tal es el caso del ser humano y la sociedad a con la que se vincula (es parte de la sociedad pero su realidad no se agota en el ser parte -como ocurre con el engranaje de una maquinaria- sino que tiene un valor intrínseco indiscutido y un fin trascendente personal, por lo cual el principio de totalidad no se le puede aplicar -en relación con la sociedad- de modo absoluto, sino complementándolo con otros principios[6]). Otras realidades, en cambio, son partes de un todo y solamente partes: su valor está, pues, condicionado por su relación con el bien del todo al que pertenecen; tal es el caso de los órganos corporales, y en este sentido, en la medida en que pongan en peligro real el bien del todo, el hombre tiene derecho a suprimirlo en favor de la totalidad de la persona.

  Por lo dicho, se sigue que el acto del que estamos hablando es en sí mismo bueno, porque se configura como una acción estrictamente terapéutica[7].

2. La extirpación del útero en caso de peligro potencial

  He aquí el texto de la Sagrada Congregación: Cuando el útero -por ejemplo, a causa de precedentes intervenciones- se encuentra en tal estado que, aunque no constituya en sí un riesgo actual para la vida o la salud de la mujer, no está ya previsiblemente en condiciones de llevar a término un futuro embarazo sin peligro para la madre -peligro que en algunos casos puede resultar incluso grave-, ¿es lícito extirparlo (histeroctomía) a fin de prevenir tal eventual peligro futuro derivado de la gestación? RESPUESTA: No.

  La razón de esta respuesta, diametralmente opuesta a la anterior, se basa en el mismo criterio. El objeto moral de este segundo acto es aquí la acción esterilizante: el médico (y eventualmente la paciente que se somete voluntariamente y con conocimiento de lo que hace) buscan con su acto la ‘bondad’ (falsa) que ven ‘contenida’ en el acto esterilizante que consiste, en este caso, en la extirpación del útero. A esta acción hacía referencia Pío XII al decir: ‘por esterilización directa nosotros designamos la acción que se propone como fin o como medio el hacer imposible la procreación…'[8]; como fin la busca la esterilización exclusivamente anticonceptiva, que no apela a motivos de salud sino a la regulación de los nacimientos; como medio la buscaría el caso que ha sido planteado en la consulta, en cuanto se procuraría a través de la esterilización evitar un futuro embarazo que pondría en riesgo la vida de la mujer. No está de más recordar que a la doctrina de la tradición teológica y del Magisterio que acabamos de exponer se han opuesto numerosos moralistas, tales como Javier Gafo[9], Henry Peschke[10], Bernard Häring[11], L. Rossi[12], Marciano Vidal[13], y otros. El error fundamental de estos autores es el no reconocer la importancia del objeto moral en la calificación ética del acto humano, viéndose obligados a recurrir a principios consecuencialistas, teleologistas o proporcionalistas.

  Tengamos en cuenta que en este caso el útero no representa un peligro actual para la mujer. El peligro sobrevendrá en caso de una nueva gestación. Pero la gestación depende de la realización de un acto sexual libre durante los períodos fecundos. El riesgo se elimina evitando tales actos durante el tiempo de fecundidad y no extirpando el útero, el cual, mientras no se verifique una nueva gestación, no constituye un peligro para la mujer.

  Permitiéndome usar el ejemplo dado por otro moralista, podríamos decir que aconsejar la extirpación del útero en el caso planteado, es tan absurdo como indicar la amputación de las piernas a un futbolista que se ve de pronto afectado por una dolencia grave al corazón, pretendiendo de este modo que no caiga en la tentación de jugar al fútbol. Es verdad que sus piernas constituyen un peligro potencial, porque la practica del deporte comprometería seriamente su corazón enfermo, pero el peligro no viene de las piernas, sino del acto libre que consiste en usarlas deportivamente.

  Por eso explica el referido documento: En realidad, el útero, tal como es descrito en la pregunta 2ª, no constituye in se y per se ningún peligro actual para la mujer. Por tanto, los procedimientos arriba descritos no tienen carácter propiamente terapéutico sino que se ponen en práctica para hacer estériles los futuros actos sexuales, de suyo fértiles, libremente realizados. El fin de evitar los riesgos para la madre derivados de una eventual gestación es pues perseguido por medio de una esterilización directa, en sí misma siempre ilícita moralmente, mientras que quedan abiertas a la libre elección otras vías moralmente lícitas.

3. La anulación de una función para eliminar un peligro potencial: la ligadura de trompas

  El texto de la Sagrada Congregación se expresa diciendo: En la misma situación descrita en la pregunta 2ª, ¿es lícito sustituir la histeroctomía por la ligadura de las trompas, teniendo en cuenta que se obtiene el mismo fin de prevenir los riesgos de un eventual embarazo con un procedimiento mucho más simple para el médico y que, además, en algunos casos, la esterilidad provocada de este modo puede ser reversible? RESPUESTA: No.

  El caso es una variante del segundo; vale para él, por tanto, lo que ya hemos dicho para el anterior. Por otra parte, el hecho de que en tales casos la ligadura de las trompas se presente como una alternativa a la extirpación del útero, constituye una confirmación de la respuesta anteriormente dada: el útero no representa un riesgo en sí y por sí (y por eso la ligadura de trompas lo deja como está), sino que éste proviene del eventual embarazo.

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Apareció en Revista Diálogo nº 9.

[2] El texto lleva fecha del 31 de julio de 1993, firmado por el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal J. Ratzinger (cf. Rev. PALABRA, diciembre de 1993, p. 19).

[3] Sobre el objeto moral dice la Veritatis Splendor: ‘El objeto del acto del querer es uncomportamiento elegido libremente… El objeto es el fin próximo de una elección deliberada que determina el acto del querer de la persona que actúa’ (Enc. Veritatis Splendor, nº 78). ‘El elemento primario y decisivo para el juicio moral es el objeto del acto humano, el cual decide sobre su ‘ordenabilidad’ al bien y al fin último que es Dios’ (Ibid., nº 79).

[4] ‘Tres cosas condicionan la licitud moral de una intervención quirúrgica que comporta una mutilación anatómica o funcional: en primer lugar, cuando la conservación o el funcionamiento de un órgano particular en el conjunto del organismo provoca en éste un daño serio o constituye una amenaza; en segundo lugar, cuando este daño no puede ser evitado, o al menos, notablemente disminuido, más que por la mutilación en cuestión, siempre que la eficacia de ésta esté bien asegurada; finalmente, cuando se puede razonablemente dar por descontado que el efecto negativo, es decir, la mutilación y sus consecuencias, será compensado por el efecto positivo: supresión de daños para el organismo entero, mitigación de los dolores, etc…’ (Pío XII: Discurso a los participantes en el XXVIº Congreso italiano de Urología, 8 de octubre de 1953, en: López-Obiglio, Pierini, RayPío XII y las ciencias médicas, Ed. Guadalupe, Bs.As. 1961, p. 178).

[5] Ibid.

[6] Cf. la diversa aplicación del principio al ‘todo físico’ (como el cuerpo humano) y al ‘todo moral’ (como el cuerpo social) en en discurso de Pío XII Sobre la licitud del trasplante de córnea, del 13 de mayo de 1956, en Pío XII y las ciencias médicas, op. cit., p. 245.

[7] En este sentido puede comprenderse que la denominación de este acto como ‘esterilización terapéutica’ o ‘esterilización indirecta’, términos asumidos por el mismo Magisterio, contrapuestos a la esterilización directa (de la que hablaremos a continuación) no tiene otra razón que la pobreza de nuestro lenguaje que no posee un término apropiado para designar la primera. Hablando con propiedad, la llamada ‘esterilización terapéutica o indirecta’ no es esterilización, sino un acto pura y exclusivamente terapéutico que no busca la esterilidad ni como fin ni como medio; ésta se sigue del acto como consecuencia tolerada por su conexión inevitable con la acción terapéutica. En efecto, la esterilización directa y la esterilización indirecta no son dos especies de un mismo género. De ser así estaríamos afirmando: a) que la esterilización es de suyo un acto moralmente indiferente; b) que se hace bueno o malo por la intención (ya sea buscada en sí misma -directa- o como consecuencia de otro acto -indirecta). Desde el punto de vista físico puede haber semejanzas (incluso los actos físicos del médico pueden ser los mismos en ambos casos), pero el objeto moral de uno y otro acto son distintos; y desde el punto de vista moral los actos se diversifican específicamente por sus objetos morales. Se trata de dos actos esencialmente distintos y no accidentalmente distintos.

[8] Pío XII, Discurso al Congreso Internacional de Hematología, 12 de setiembre de 1958; en: Pío XII y las ciencias médicas, op. cit., p. 354; cf. Discurso a las Obstétricas Católicas, 29 de octubre de 1951, ibid., p. 109.

[9] Cf. Nuevas perspectivas en la Moral Médica, IEE, Madrid 1978, pp. 180-181.

[10] Cf. Christian Ethics, Alcester and Dublin, 1978, T. II, pp. 332-333.

[11] Cf. Libertad y fidelidad en Cristo, Herder, Barcelona 1983, T. III, p. 40-41; también:Moral y Medicina, P.S., Madrid 1977, p. 92.

[12] Cf. su artículo sobre la esterilización en el Diccionario Enciclopédico de Teología Moral, Paulinas, Madrid 1978, p. 346.

[13] Cf. Moral de actitudes, Paulinas, Madrid 1977, T. II, pp. 274-275.

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