¿Cómo debemos considerar el SIDA desde la moral católica?

Pregunta:

¿Cómo debemos considerar el SIDA desde la moral católica?

 

Respuesta:

Transcribo a continuación una conferencia que he dado en un congreso sobre el SIDA en San Rafael (27/04/95 ) .

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Quisiera comenzar con una historia, entre fábula y parábola. Hace varios siglos atrás en uno de los tantos minúsculos reinos orientales, el monarca llamó a sus tres principales consejeros, y les puso este problema: «Desde que mis soldados volvieron de conquistar las comarcas vecinas la peste se ha encarnizado en mi reino y cada vez se extiende más, ¿qué debo hacer?». Los tres pensaron un poco y luego, cada uno a su turno dieron su consejo al Rey.

El primero le dijo: «Conviene que llames a los mejores médicos de los reinos vecinos; construye grandes tiendas para albergar a los enfermos y pregunta a nuestros ancianos cuáles son las hierbas y las medicinas más adecuadas para curarlos».

El segundo le dijo: «Encierra a todos los que están enfermos en la isla que tienes al norte del reino, para que no contagien a nadie más; y a todos los que hayan estado en contacto con ellos obsérvalos: si se enferman mándalos también allí, si no que se queden, pero vigilados».

El tercero le dijo: «Haz lo que dice el primero; no hagas lo que te dice el segundo; pero por sobre todo cambia las costumbres morales de tu ejército, de lo contrario te fatigarás en vano, y a la postre también tú y nosotros moriremos apestados».

El Rey nombró al tercero como su único consejero y a los otros dos los mandó a cuidar enfermos.

Dejemos por ahora esta historia…

* * * * *

Si pretendemos hablar del SIDA hemos de tener en cuenta que estamos tratando de una epidemia, o mejor -debido a las dimensiones que ha tomado y que tomará según los más razonables cálculos- de una pandemia . Y como ante cualquier enfermedad de tal envergadura, las preocupaciones de toda persona sensata, con un mínimo de solidaridad, son dos: 1º que no se enfermen los sanos; 2º ayudar cuanto se pueda a los que están enfermos. Lo primero se dice «prevención», lo segundo «asistencia». Como me han pedido que hable de los problemas morales relacionados con el SIDA, me referiré brevemente a las cuestiones morales o éticas implicadas en uno y otro aspecto.

1. La prevención .

Prevenir significa anticiparse a una situación. Cuando se trata de prevenir algo que no deseamos que suceda, será el realizar cuanto sea necesario y verdaderamente eficaz para que tal situación no se dé. Todo ser racional sabe que para prevenir algo desagradable debe buscar aquellos medios que sean eficaces (nadie busca curar el cáncer con té de tilo) y que respeten la dignidad e integridad de la persona (para prevenir que se me encarne una uña podría cortarme todos los dedos, pero eso no respeta mi integridad ni mi dignidad).

Estas dos cosas (la eficacia y el respeto por la dignidad) son esenciales para establecer la moralidad o inmoralidad de todo cuanto se haga para prevenir la enfermedad de la que estamos tratando. Y para conseguir esto, es decir, que los sanos no se enfermen [y eventualmente que los enfermos no se enfermen más] hay sólo dos medios u objetivos que deben procurarse: una correcta información y una recta educación.

a) Los dos objetivos.

-La correcta información. Lo primero debe dirigirse a la inteligencia y es enseñar la verdad. Como dice el Papa: sin miedos infundados, pero también sin falsas esperanzas. Muchas de las causas por las que el SIDA crece en proporciones alarmantes provienen de una información falsa o parcializada sobre el mismo, sobre sus causas, los medios para combatirlo, los medios de prevenirlo.

-La recta educación . Este segundo aspecto se dirige a la voluntad. Para que alguien sea consecuente con lo que se le informa, es decir, para que lleve a la práctica, a su vida, lo que se la dicho (y no quede, por tanto, en puras palabras) tiene que tener fuerza de voluntad, tiene que tener las virtudes que le capaciten para vivir según lo que sabe.

b) Tres enfoques informativo-educativos actuales.

Pues bien, hoy día no todos proponen ni realizan la misma información y educación para prevenir el SIDA. Podemos decir que sobre esto hay tres posturas, tres tipos de información y educación diversos, que responden a tres concepciones diversas de la vida, de la moral, del hombre:

a. Ante todo, tenemos y muy difundida una concepción que algunos llaman ‘medico-epidemiológica’ ; es puramente positivista (apunta a lo que aparentemente tenga más éxito inmediato); esta concepción razona así: allí donde no se pueda obtener la abstinencia de la droga o de las relaciones sexuales riesgosas, se debe insistir en el uso de la jeringa personal y descartable y del preservativo. En consecuencia, ‘informan’ sobre ‘el sexo y la droga seguros’. Reconocen que esto no tiene total seguridad, pero insisten en que reduce en algo los riesgos. El único criterio son los porcentajes. El uso de estos elementos reduce el porcentaje de contagios…. es por tanto, bueno. Ahora bien, suponiendo que esto tiene alguna efectividad, ¿se puede decir que el fin justifica los medios? Desde el punto de vista moral esto es una postura inaceptable. En otro orden de cosas sería la misma concepción que justificó hace medio siglo las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki para poner fin a la guerra con Japón. ¿Por qué esa masacre de inocentes nos parece aberrante, mientras que la aplicación del mismo principio en nuestro caso no nos choca? Si los principios que usamos con tranquilidad de conciencia, cuando son aplicados a otro tema conducen a aberraciones, es señal que son erróneos y que debemos abandonarlos cuanto antes. Entonces, el problema aquí subyacente no es la mayor o menor efectividad, o bien que los fines no sean laudables, sino que el acto mismo que se realiza es inmoral y no puede ser justificado bajo ningún criterio moral.

Por otra parte, aun desde el punto de vista de la efectividad esta posición se caracteriza por una falsedad fundamental, a saber, la de la pretendida eficacia, ya que no es tan efectiva como pretende [1]; si a esto se suma el problema cultural del que luego hablaremos cabe dudar incluso del valor material de esta campaña.

b. En segundo lugar, tenemos la concepción ‘ideológica’ . Es la de los que promulgan la liberación sexual (homo-hetero y bisexual) y la liberación de la droga. Sus portavoces sostienen las campañas de ‘sexo-droga libre’. En general, como se ha visto en algunos lugares (Europa, EEUU), minimizan el peligro del SIDA, afirmando que de trata de un montaje alarmista manipulado por grupos culturales nostálgicos de una moral represiva. Acusan especialmente a la moral católica. No hacen falta palabras para refutarla; lo hacen los hechos y las estadísticas.

c. Por último, está la posición que parte, ante todo, de la visión integral de la persona humana, que busca evitar la infección y el contagio no aisladamente, sino con actos y dentro de un modelo de vida que promuevan el bien integral de la persona humana, y respeten su dignidad y la ley moral que la salvaguarda.

-Ante todo, ésta enseña que no puede intentar salvarse un aspecto humano (la salud o la vida) produciendo el detrimento de otro (como la vida espiritual o la vida psíquica) [2].

-En segundo lugar, parte de la visión integral y completa de la enfermedad que trata de evitar. Esta visión integral nos lleva a considerar, no sólo los efectos, sino también las causas de la enfermedad. Todo efecto tiene una causa, y si no queremos los efectos, debemos prevenir ante todo que no se verifiquen las causas: las goteras no se solucionan poniendo baldes sino arreglando el techo.

Hay que reconocer que muchos casos de transmisión del SIDA no están ligados a ningún comportamiento deshonesto; de hecho, muchos enfermos han contraído la enfermedad por una transfusión con sangre infectada, o en el período de gestación en el seno materno, o contagiados por el cónyuge legítimo ignorante tal vez de la enfermedad que llevaba, o bien -algún caso hay- atendiendo a los enfermos. Sin embargo, estos casos, aún siendo muchos, no son sino un pequeño porcentaje entre las demás causas de la difusión del mal del SIDA. La causa principal ha sido, y sigue siendo (como lo demuestra elocuentemente el estudio de los ambientes en que se difunde), la promiscuidad sexual y la drogadicción y, por consecuencia, el ambiente cultural en que estos dos males de nuestro tiempo se cultivan y que el Papa Juan Pablo II ha denominado «la cultura de muerte».

• En efecto, en muchos casos esta enfermedad se enmarca por un lado en la cultura hedonista que propone como ideal supremo el placer y singularmente el placer del sexo; y que por eso alienta y alimenta la promiscuidad sexual, la sexualidad prematrimonial, extramatrimonial, la homosexualidad, la bisexualidad, la degeneración sexual, la destrucción del ideal del matrimonio monogámico y fiel, y la destrucción de la familia.

• Por otro lado, se cultiva en la cultura cerrada a la vida e incluso antivida . ¿Cuántas de las manifestaciones más características de nuestro tiempo (y por las que nuestra época será tristemente recordada en la historia) no suponen acaso el desprecio y la conculcación de la vida? La sexualidad cerrada a la transmisión de la vida, el aborto, la eutanasia, la manipulación y destrucción de embriones, la guerra, la violencia, el suicidio. Y lo que es peor y el punto más elocuente de la gravedad de nuestra situación, a saber, que muchas de estas cosas que son signo de muerte, nuestra sociedad (nuestros científicos, nuestros literatos, nuestros medios de comunicación, nuestras leyes) no sólo las toleran sino que las justifican. Por eso dice el Papa en su última encíclica: «… Se va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y -podría decirse- aún más inicuo…: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual» [3]. Junto a esta justificación, el otro hecho gravísimo es la insensibilidad de nuestra conciencia: «… No menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma… le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana» [4]. Por eso decía el Papa que junto a la difusión del SIDA se ha ido también difundiendo una especie de inmunodeficiencia en el plano de los valores morales [5].

Desde este ángulo es fácil darse cuenta que es muy infantil pensar que la causa de la transmisión del SIDA podría ser el descuidado uso de las jeringas por parte de los drogadictos, o la práctica del sexo sin preservativo. No es eso, es, más profundamente, el fenómeno cultural de la drogadicción, el fenómeno de una falsa sexualidad, y la mentalidad que está detrás de uno y otro hecho.

De ahí que la campaña del preservativo o de la jeringa descartable no sean sino unclamoroso acto farisaico . Las campañas higiénicas contra el SIDA creen que protegen contra la epidemia repartiendo o aconsejando el uso de preservativos para que realicen ‘sin riesgo’ y libremente los actos sexuales y lo mismo se diga de la gratuita distribución de jeringas descartables. En realidad, con esto se va creando y promoviendo la mentalidad en la cual el SIDA se alimenta y expande. Como indica el actual secretario de la Pontificia Comisión para la Familia, Mons. Sgreccia, en las personas que practican la homosexualidad, la prostitución y la promiscuidad sexual, la ilusión o falsa seguridad del preservativo podría llevar a graves consecuencias en cuanto a la difusión del contagio.

Más aún. Con tales campañas se hacen dos actos más nefastos todavía: primero confunden las inteligencias de los incautos que creen que el sexo ‘seguro’ (?) es lícito sólo con la condición de que sea ‘seguro’. Segundo: con la excusa de ‘informar’ sobre este modo de prevenir el contagio despiertan la curiosidad y la malicia, haciendo perder la inocencia, la pureza, la castidad a muchísimos jóvenes y niños. ¿Cuántas veces, la ‘información’ para prevenir el SIDA no se ha convertido en un incentivo, en una incitación, en una invitación, en un estímulo para el pecado?

Por tanto, hay que atacar las causas, cambiar la mentalidad, cambiar los corazones y, sobre todo, educar en la virtud. Hoy en día, en muchos países se va tomando conciencia de que lo único verdaderamente seguro es la vida conyugal y familiar. Ella puede preservar de la tentación de recurrir a ambientes donde circule la droga y además porque la vida sexual intraconyugal es la única vía segura para evitar los peligros que vienen por el abuso de la sexualidad.

Esto está bien, pero no basta. El vivir de acuerdo con las leyes de la sana moral no es ni debe ser una especie de ‘profiláctico social’, es decir, que sólo hay que vivir moralmente bien para ‘no contagiarse’. No es así. Hay que vivir moralmente bien porque en ello está la perfección humana espiritual y sobrenatural, porque sólo así respetamos nuestra dignidad, sólo así maduramos, sólo así cumplimos la voluntad de nuestro Creador y sólo así alcanzamos el Fin para el que hemos sido creados.

La castidad (absoluta en quien no está casado y conyugal en quien lo está) es el mejor medio, el más seguro y eficaz, para evitar el SIDA, pero no sólo para eso. Se puede ser casto por miedo al SIDA, y eso no es virtud. Y cuando no hay virtud, seguirá latente el riesgo de que en algún momento se tire todo por la borda, especialmente cuando el único móvil es el temor a la infamia, a la enfermedad o a la muerte. Porque como nuestra sociedad va inyectando gérmenes de muerte en nuestro pensamiento, para aquéllos que no encuentran sentido a la vida, la muerte se convierte en un hecho que hay que afrontar tarde o temprano.

Por tanto, la única y la mejor prevención es el educar en las virtudes. La virtud de la fortaleza, de la caridad, de la esperanza, de la castidad… Mientras no trabajemos por este lado estaremos sembrando en un salitral.

2. La asistencia.

El segundo aspecto es la asistencia a los enfermos de SIDA. El enfermo de SIDA es un enfermo más, un ser que sufre. Cómo se contagió es algo que tiene que arreglar entre él y Dios. Moralmente estamos obligados a prestarle toda nuestra ayuda, espiritual, material, psicológica y moral se trate de quien se trate.

Es más, teniendo en cuenta que la gran mayoría de los enfermos provienen o viven en esa cultura que hemos señalado anteriormente, necesitan más que cualquier otro enfermo nuestra atención.

Ellos necesitan de nosotros:

-ante todo, todos nuestros esfuerzos materiales, médicos, económicos, para ayudarlo y tratar de sanarlos si fuese posible…
-que se les explique el sentido del sufrimiento, del dolor y de la muerte
-que se les enseñe que también por ellos murió Jesucristo en la Cruz
-que se les dé consuelo; no nos damos cuenta de cuántos son los que mueren abandonados, en la miseria de la soledad, rechazados y cuántos pueden morir desesperados por causa de nuestra indiferencia o de nuestro rechazo. Jesucristo no obró así; la Iglesia nunca obró así. Nosotros no podemos obrar así.

Si la caridad ha de ser nuestro distintivo, estos enfermos son nuestra oportunidad para vivirla y para que no nos limitemos a pronunciarla con los labios. A los enfermos no los ayudamos con Congresos sino con nuestra caridad operante. Moralmente ¿qué tenemos que hacer? Jesucristo lo dijo con palabras muy sencillas: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos y a los presos.

* * * * *

Volviendo a la parábola con la que empezamos:

-el que aconsejó al rey perfeccionar sus servicios médicos, tenía buenas intenciones, pero una estrategia insuficiente e ineficaz: tal vez podría mejorar momentáneamente la situación, pero si siguen vivas las causas que lo desencadenaron, tarde o temprano lo volverán a desencadenar una vez más;

-el que aconsejó mandarlos a la isla es la figura del hombre cómodo y discriminador, el hombre sin corazón y sin misericordia;

-el tercero es el hombre prudente: curemos a los enfermos y tratemos que los sanos cambien sus costumbres para que el mal no sea sólo ‘contenido’ sino ‘vencido’.

Empecé con una parábola, termino con otra. Un hombre baja de Jerusalén a Jericó y unos ladrones le robaron lo que tenía, lo apalearon y lo dejaron desnudo, y malherido. Pasó por allí un hombre que tenía por oficio hacer misericordia y viéndole pasó de largo porque, creyéndolo enfermo, tuvo miedo de comprometerse, de contagiarse o de arriesgarse; pasó luego otro cuyo oficio era predicar sobre la amistad entre los hombres e hizo lo mismo: no tenía tiempo porque iba ocupado pensando su próximo discurso sobre el amor a los hombres. Pasó finalmente un hombre que todos consideraban enemigo y de trato indigno, pero éste viéndolo se conmovió, limpió y curó sus heridas, y cargándolo sobre su mula lo llevó a una posada y dándole todo su dinero al posadero se lo encargó diciendo: «cuida de él y no repares en gastos; cuando yo vuelva si gastaste algo de más te lo pagaré».

Jesucristo dijo que sólo este último se comportó como prójimo del desgraciado. Jesucristo se estaba describiendo a Sí mismo, y también a nosotros, puesto que poco más tarde diría «obrad según yo os he dado ejemplo».

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] El Dr. Miroli, rector del programa nacional del lucha contra el sida, afirmó a un periodista, después de su ponencia en el Congreso de bioética de Rosario que ’82 de cada 100 preservativos en circulación, no sirven ni para bombitas de agua’ (Cf. Boletín de la Liga por la Decencia, Rosario, marzo de 1993, p.3).

[2] Cf. Donum vitae, Introducción, 3.

[3] Evangelium vitae, nº 4.

[4] Ibid.

[5] Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 26/11/89, p. 6, nº 4.

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