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¿Qué pensar de las personas que dicen recibir mensajes celestiales (de la Virgen o de Jesús)?

Pregunta:

Hemos conocido a una mujer que parece muy buena y muy católica, la cual supuestamente recibe mensajes de la Virgen. En el grupo de oración al que pertenecemos con mi esposa, la persona encargada le permite a esta mujer que nos dirija una pequeña ‘plática’ sobre los temas de sus mensajes personales. Con mi esposa no sabemos qué actitud tomar. Le agradezco su opinión.

Respuesta:

Estimado:

No es malo tener una desconfianza espontanea por todo cuanto suene a ‘apariciones’ y ‘mensajes’, mientras la Iglesia no se pronuncie al respecto.

Por lo general los que andan corriendo detrás de apariciones y mensajes celestiales, tarde o temprano, son engañados por el demonio. Hay que saber gustar el Evangelio y contentarse con él. Allí está revelado todo lo que es necesario para nuestra salvación personal. Las revelaciones privadas no añaden nada sustancial. Por eso el afán por conocerlas y divulgarlas suele ser indicio de superficialidad o al menos del vicio de la ‘curiosidad’ (salvo el caso de aquellas que la Iglesia avala de modo explícito, particularmente al canonizar a los videntes, como es el caso de Lourdes y Fátima, o el Sagrado Corazón y la Divina Misericordia).

En esto me parece que el criterio ha de ser el consejo de San Juan de la Cruz, es decir, no buscarlas sino, por el contrario, huir de ellas. Decía este santo: ‘¿Cuánto más necesario será no admitir ni dar crédito a las demás revelaciones que son de cosas diferentes, en las cuales ordinariamente mete el demonio la mano tanto, que tengo por imposible que deje de ser engañado en muchas de ellas el que no procurase desecharlas, según la apariencia de verdad y asiento que el demonio mete en ellas? Porque junta tantas apariencias y conveniencias para que se crean, y las asienta tan fijamente en el sentido y la imaginación, que le parece a la persona que sin duda acaecerá así. Y de tal manera hace asentar y aferrar en ello al alma, que si ella no tiene humildad, apenas la sacarán de ello y la harán creer lo contrario. Por tanto, el alma pura, cauta, y sencilla y humilde, con tanta fuerza y cuidado ha de resistir (y desechar) las revelaciones y otras visiones, como las muy peligrosas tentaciones; porque no hay necesidad de quererlas, sino de no quererlas para ir a la unión de amor. Que eso es lo que quiso decir Salomón (Ecli 7,1) cuando dijo: ¿Qué necesidad tiene el hombre de querer y buscar las cosas que son sobre su capacidad natural?. Como si dijéramos: Ninguna necesidad tiene para ser perfecto de querer cosas sobrenaturales por vía sobrenatural, que es sobre su capacidad’ (Subida al Monte Carmelo, 27,6). Y en otro lugar: ‘De esta y de otras maneras pueden ser las palabras y visiones de Dios verdaderas y ciertas, y nosotros engañarnos en ellas, por no las saber entender alta y principalmente y a los propósitos y sentidos que Dios en ellas lleva. Y así, es lo más acertado y seguro hacer que las almas huyan con prudencia de las tales cosas sobrenaturales, acostumbrándolas, como habemos dicho, a la pureza de espíritu en fe oscura, que es el medio de la unión’ (Subida, 19,14).

De modo magnífico decía San Juan de Avila: ‘Os encomiendo mucho escarmentéis, como dicen, en ajena cabeza; y que tengáis mucho aviso de no consentir en vos, poco ni mucho, el deseo de aquestas cosas singulares y sobrenaturales, porque es señal de soberbia y de curiosidad peligrosa… San Buenaventura dice que muchos han caído en muchas locuras y errores, en castigo de haber deseado las cosas ya dichas. Y dice que antes deben ser temidas que deseadas. Y si os vinieren sin quererlas vos, temed, y no les deis crédito, mas recorred luego a nuestro Señor, suplicándole no sea servido de llevaros por este camino, sino que os deje ‘obrar vuestra salud en su santo temor’ (cf. Fil 2,12), y camino ordinario y llano de los que le sirven’ (Audi, filia, c. 51).

Llama poderosamente la atención el que la presunta vidente ‘hable de sus visiones’. Es mal signo. Por lo general los falsos místicos y falsos videntes quieren atraer la atención sobre sí mismas. En cambio, es signo de autenticidad el juzgarse indigno de tales gracias, el rechazarlas con pudor, el manifestarlas con el mayor secreto sólo a quien puede aconsejarlo para no engañarse. Tal fue el modo de proceder de los verdaderos místicos; se cuenta, por ejemplo, en la vida de los Padres del desierto el caso de uno que, ante una visión de Cristo, dijo con temor y humildad: ‘No quiero ver a Cristo en la tierra, me contentaré con verlo en el Cielo’ (PL 73,965). También dice San Juan de Avila: ‘Y no temáis que, por esta resistencia humilde, se enojará Dios o se ausentará si el negocio es suyo; mas antes se acercará y lo aclarará. Pues quien da su gracia a los humildes (Sant 4,6) no la quitará por hacer acto de humildad. Y si no es de Dios, huirá el demonio, herido con la piedra de la humildad, que es golpe que le quiebra la cabeza como a Goliat (cf. 1 Re 17,49)’ (Audi, filia, c. 51).

Por tanto, hasta que la Iglesia no dictamine sobre el asunto, le recomiendo desconfiar de todo ‘mensaje celestial’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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