preocupado

¿Es pecado estar muy preocupado?

Pregunta:

Estimado Padre: Últimamente noto que estoy muy preocupado por mi situación y la de mi familia. No me refiero a una preocupación normal sino que a veces se vuelve desasosiego y pesadumbre, siempre pensando en que puedo perder el trabajo y las consecuencias que eso puede traerme. No es que esté particularmente en riesgo de que me suceda, sino que se me cruza por la cabeza y no puedo ni siquiera dormir. ¿Puede ser esto un pecado?

Respuesta

Estimado:

Efectivamente, puede llegar a ser pecado (no digo que lo sea de hecho, sino que puede llegar a ser pecado). Lo que usted experimenta se llama propiamente “inquietud por las cosas temporales”. Inquietud indebida, se entiende, porque hay una inquietud que es normal, buena y necesaria: aquella por la cual ponemos los medios para buscar lo que necesitamos nosotros, o necesitan las personas que tenemos a cargo, para vivir y perfeccionarnos.

Nuestro Señor habló explícitamente contra esta actitud al decirnos: No andéis solícitos diciendo: qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos (Mt 6,31)

Esta preocupación -llamada también solicitud- implica un empeño por conseguir alguna cosa que se ha vuelto ilícita por alguno de estos tres motivos: (a) o bien porque se busca algo temporal como fin último de la vida; (b) o bien porque es buscado con demasiado interés temporal, hasta el punto de apartarnos de lo espiritual (a esto se refiere Jesús en Mt 13,22 al decir: Los cuidados del mundo ahogan la palabra [de Dios]); (c) o bien, finalmente, por estar, dicha preocupación, acompañada de un temor exagerado: cuando se teme que falte lo necesario después de haber hecho lo que debemos hacer y lo que está de nuestra parte; esta es ya la ansiedad temporal en el sentido más estricto, y la que más a menudo nos puede afectar.

El vicio que está detrás de esta ansiedad es la desconfianza de Dios. La cual es pecado, dice Santo Tomás, porque implica ceguera ante las obras de Dios, ya que Dios a cada momento nos está asegurando que cuida de nosotros:

(1°) Dándonos beneficios mayores de las cosas necesarias de cada día, a saber, el cuerpo y el alma que nos han venido sin nuestra preocupación: el cuerpo y el alma lo recibimos de arriba; ¿nos va a faltar entonces un pedazo de pan?

(2°) Mostrándonos la protección y delicadeza que tiene respecto de los animales y de las plantas, sin trabajo del hombre. Como leemos en Mt 6,26-29: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?… Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Entonces, ¿va a ser menos con el hombre? Por eso añade (6,30): Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

(3°) Finalmente, permitiéndonos que alcancemos con nuestra misma razón la existencia de la Providencia divina, verdad de orden natural, por ignorancia de la cual los paganos se preocupaban de buscar los bienes temporales por encima de todo y vivieron amargados… como paganos, precisamente.

Hay que concluir, pues, que nuestra preocupación debe dirigirse, principalmente, a los bienes espirituales, con la esperanza de que también se nos darán -si ponemos de nuestra parte los medios- las cosas temporales necesarias. Lo dice hermosamente el Señor: Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal (Mt 6,32-34). E igualmente: No os inquietéis por el mañana (Mt 20,34). A cada día le basta su propio afán.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

  • Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 55, art. 6-7;
  • Reginald Garrigou-Lagrange, La Providencia y la Confianza en Dios, Palabra, Madrid 1951;
  • De Caussade, Jean- Pierre, Tratado del Santo Abandono a la Divina Providencia, Apostolado de la Oración, Bs. As. 1983;
  • Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, Patmos, Madrid 1977;
  • Paul de Jaegher, Confianza, El mensajero del Sagrado Corazón de Jesús, Bilbao 1956.

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