embrión congelado

¿Podemos adoptar un embrión congelado?

Pregunta:

Somos un matrimonio cristiano; no hemos podido tener hijos, por lo cual decidimos adoptar un niño; lo hicimos y somos muy felices, pero queremos tener más hijos y vamos a iniciar una segunda adopción; ahora bien, hace poco nos enteramos de la posibilidad de adoptar un embrión ya que es otra vida, un nuevo ser humano (y que sus padres naturales no quieren), pero no sabemos qué dice la Iglesia católica sobre este tema, si es correcto o no. Para nosotros es muy importante saberlo. Gracias por su atención.

Respuesta:

Estimados:

Esta es una pregunta muy difícil sobre la cual no están de acuerdo todos los moralistas, pues las dos alternativas (implantarlos o dejarlos congelados hasta que mueran) tienen sus inconvenientes morales. Esta encrucijada sin salida es un signo más de la inmoralidad de la fecundación in vitro y del posterior congelamiento embrional (= crioconservación).

Algunos autores están en contra del llamado “rescate” de embriones congelados, como Mons. William Smith y Mary Geach. Smith se basa en textos de la Instrucción Donum vitae (donde se condena la “maternidad sustitutiva” o “útero de alquiler”, y porque el documento dice expresamente que estos embriones “están expuestos a una suerte absurda, sin que sea posible ofrecerles vías de supervivencia seguras y lícitamente perseguibles”[1])- Geach considera que la implantación de un embrión en una mujer equivale a un acto contra la castidad[2].

Otros aceptan la licitud, como Grisez, Surtees y Watt[3] y May[4]. Estos critican a Smith que saca de contexto el pasaje de Donum vitae y que la “maternidad sustitutiva” del documento no incluye la “adopción”; y contra Geach distinguen entre pervertir el acto conyugal y la decisión de rescatar un ser humano ya concebido. En el fondo sostienen que hay que distinguir entre: (a) separar los dos significados del acto conyugal en un acto de procreación (como la fecundación artificial in vitro) y (b) separarlos en un acto no procreativo sino de aceptación de una prole ya existente. Algunos, como Grisez y May, aceptan incluso la posibilidad de que pueda darse lícitamente el “rescate” de embriones por parte de mujeres no casadas (mientras puedan garantizarles la futura educación moral y afectiva; por tanto, no en el caso de las lesbianas o mujeres de mala vida, etc.).

Otros aceptan la implantación del embrión congelado como “extrema ratio”; por ejemplo Maurizio Faggioni[5]. Transcribo parte de su solución: “Las actividades de manipulación de embriones y las aberrantes disposiciones legislativas que las consienten se inscriben en la mentalidad distorsionada que preside muchas prácticas de reproducción artificial. En particular, la fertilización in vitro, violando la inseparable conexión entre los gestos del amor encarnado de los esposos y la transmisión de la vida, oscurece el significado profundo del generar humano. No es, por tanto, lícito producir embriones in vitro y mucho menos producirlos voluntariamente en número excesivo, de modo que sea necesaria la crio-conservación. Ésta parece ser la única respuesta razonable a la cuestión de la congelación embrional y en tal sentido el Santo Padre ha interpelado a los hombres de ciencia. Sin embargo, el modo antinatural en que estos embriones han sido concebidos y las antinaturales condiciones en que se encuentran, no pueden hacernos olvidar que se trata de criaturas humanas, dones vivientes de la Bondad divina, creados a imagen del mismo Hijo de Dios. Se nos pide entonces cómo intervenir para salvar a estas criaturas, resolviendo de modo éticamente aceptable el desagradable dilema.

Una vez que los embriones son concebidos in vitro, existe por cierto la obligación de transferirlos a la madre y solamente ante la imposibilidad de una transferencia inmediata se podrían congelar, siempre con la intención de transferirlos apenas se hayan presentado las condiciones. En efecto, el seno materno es el único lugar digno de la persona, donde el embrión puede tener alguna esperanza de sobrevivir, reanudando espontáneamente los procesos evolutivos artificialmente interrumpidos. También aquellos que —en contraste con la moral católica— considerasen justo recurrir a métodos extra-corpóreos no podrían eximirse de respetar ese mínimo ético que está constituido por la tutela de la vida inocente. Ni siquiera en caso de divorcio el marido podría oponerse a la petición de la esposa de recibir los embriones ya concebidos pues, una vez que la vida humana ha comenzado, el progenitor no tiene ningún derecho de oponerse a su existencia y desarrollo. El embrión, de hecho, no obtiene su derecho a existir de la común acogida de sus progenitores, de la aceptación de la madre o de una determinación legal, sino de su condición de ser humano. Hay que poner de relieve, por otra parte, que en un embarazo diferido, el significado de la procreación, en su compleja dinámica antropológica, es ulteriormente turbado y trastornado: la escisión artificiosa entre unión sexual (cuando ha tenido lugar) y concepción, ya drástica e inaceptable en las técnicas extra-corpóreas, se hace máxima en el caso de la implantación de un embrión crio- conservado.

Si no se puede encontrar a la madre, o ésta rechaza la transfer, algunos autores, incluso católicos, han considerado la posibilidad de transferir los embriones a otra mujer. Se trataría de una adopción prenatal diferente de la maternidad sucedánea y de la fecundación heteróloga con donación de ovocitos: aquí no se daría una lesión de la unidad matrimonial ni un desequilibrio de las relaciones de parentesco pues el embrión se encontraría, desde el punto de vista genético, en una misma relación con ambos padres adoptivos. Los vínculos más intensos y profundos establecidos entre quien es adoptado antes de nacer y los padres adoptivos, tendrían que atenuar algunos problemas psicológicos que se observan en las adopciones tradicionales, mientras se exaltaría el sentido de la adopción como expresión de la fecundidad del amor conyugal y fruto de una generosa apertura a la vida, que lleva a la acogida en el seno de una familia de hijos privados de padres o abandonados, y sobre todo de los abandonados a causa de minusvalía o enfermedad.

La solución, sugerida como extrema ratio para salvar los embriones abandonados a una muerte segura, tiene el mérito de tomar en serio el valor de la vida, si bien frágil, de los embriones y de aceptar con valentía el desafío de la crio-conservación buscando limitar los nefastos efectos de una situación desordenada. Sin embargo, el desorden dentro del cual discurre la razón ética marca profundamente las tentativas mismas de solución. En efecto, no se pueden silenciar los graves interrogantes que provoca esta solución y, de modo particular, el temor a que esta singular adopción no logre substraerse a los criterios eficientistas y deshumanizantes que regulan la técnica de la reproducción artificial: ¿será posible excluir toda forma de selección, o evitar que se produzcan embriones en vista de la adopción? ¿Es imaginable una relación transparente entre los Centros que producen ilícitamente embriones y los Centros donde éstos serían lícitamente transferidos a madres adoptivas? ¿No se corre el riesgo de legitimar e incluso promover, inconsciente y paradójicamente, una nueva forma de cosificación y manipulación del embrión y, más en general, de la persona humana?

En el caso de los embriones congelados tenemos un ejemplo impresionante de los inextricables laberintos en los que se aprisiona una ciencia cuando se pone la servicio de intereses particulares y no del bien auténtico del hombre, únicamente al servicio del deseo y no de la razón. Por ello, frente al alcance de las cuestiones en juego —cuestiones de vida o de muerte— el pueblo cristiano siente con más fuerza que nunca la misión, que el Señor le confió, de anunciar el evangelio de la vida y se compromete, junto con todos los hombres de buena voluntad, a responder a las problemáticas emergentes con soluciones incluso audaces, pero siempre respetuosas de los valores de las personas y de sus derechos nativos, sobre todo cuando se trata de los derechos de los débiles y de los últimos”.

William Smith, Rescue the Frozen?,Homiletic and Pastoral Review, 96.1 (Oct. 1995), 72-74;

Cf. Germain Grisez, The Way of the Lord Jesus, vol. 3, Difficult Moral Questions, Franciscan Press, 1997, p. 242;

Geoffrey Surtees, Adoption of a Frozen Embryo, Homiletic and Pastoral Review 96, August- September 1996, 8-9;

William May, Catholic Bioethics and the gift of Human Life, Our Sunday Visitor Publishing División, Huntington, 2000;

Maurizio Faggioni, o.f.m., La cuestión de los embriones congelados, “L’Osservatore Romano”, edición española del 30 de agosto de 1996, p. 9 y 11;

María Valent, Más sobre la cuestión de los embriones congelados (http://www.bioeticaweb.com/)

Natalia López Moratalla, Congelación de Embriones (http://www.bioeticaweb.com/).

[1] DV, II, 3; y I, 5. Cf. William Smith, Rescue the Frozen?, “Homiletic and Pastoral Review, 96.1 (Oct. 1995), 72-74.

[2] Mary Geach: Are there any circumstances in which it would be morally admirable for a woman to seek to have an orphan embryo implanted in her womb?, en: Issues for a Catholic Bioethic Proceedings of the International Conference to Celebrate the Twentieth Anniversary of the Foundation of The Linacre Centre 28-31 July 1997, London 1999, pp. 341- 346.

[3] Cf. Germain Grisez, The Way of the Lord Jesus, vol. 3, Difficult Moral Questions, Franciscan Press, 1997, p. 242; Geoffrey Surtees, Adoption of a Frozen Embryo, Homiletic and Pastoral Review 96, August-September 1996, 8-9; Hellen Watt, Issues for a Catholic Bioethic, pp. 349-350.

[4] Cf. William May, Catholic Bioethics and the gift of Human Life, Our Sunday Visitor Publishing Division, Huntington, 2000, pp. 94 ss.

[5] Cf. Maurizio Faggioni, o.f.m., La cuestión de los embriones congelados, “L’Osservatore Romano”, edición española del 30 de agosto de 1996, p. 9 y 11.

2 comentarios en “¿Podemos adoptar un embrión congelado?

    1. Estimada Marta:
      1) La respuesta dada muestra que las opiniones más seguras (o sea, las que intentan salvaguardar los principios morales y la doctrina magisterial) no están de acuerdo entre sí. Hay quienes dicen que sí, y quienes dicen que no. Ninguna respuesta deja de tener aristas problemáticas. Por tanto, no se puede decir de modo general ni que la respuesta sea “sí” o que sea “no”.
      2) En casos así (es decir, cuando hay respuestas de moralistas serios que discrepan entre sí, y no hay ninguna sentencia definitiva de parte del magisterio) la actitud de quien se encuentra en esta coyuntura es: a) examinar atentamente cada una de las posiciones; b) ver si alguna realmente lo convence en conciencia (o sea: lo “convence” racionalmente por sus argumentos, que no es lo mismo que si le gusta o le conviene), y sólo si es así, puede seguirla; c) no puede seguir aquella posición que le guste o le convenga, pero que no lo haya convencido racionalmente.
      3) Este es un ejemplo claro de que pueden existir situaciones problemáticas creadas por la malicia o la imprudencia humana, pero que, una vez creadas, no admiten soluciones moralmente lícitas o al menos seguras; y de ser así, simplemente no se puede hacer nada, sino dejar las cosas como están.
      Con mi bendición; me encomiendo a sus oraciones. P. MF

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