Tentaciones

¿Por qué tengo que soportar tentaciones?

Pregunta:

Padre, creo estar perdiendo por completo la fe; después de tratar de vivir entregada a las cosas de Dios y de la Iglesia, he empezado a tener terribles tentaciones contra la castidad, y a veces incluso contra la fe. Las he tratado de combatir con razonamientos y con oraciones; es algo que me molesta y me quita la alegría. A veces creo que ya terminó, pero al poco tiempo la tentación vuelve  a presentarse. No entiendo por qué, si yo quiero dedicarme a Dios, tengo que sufrir este castigo. Si me puede dar algún consejo mejor.

 

Respuesta:

Estimada:

Muchas almas sufren y se quejan interiormente porque son tentadas. Esto sucede porque no conocen plenamente el sentido y la finalidad de las tentaciones en los designios de Dios. Tal vez olvidan –o nunca han leído– lo que dice el Eclesiástico: Hijo mío, si te das al servicio de Dios, prepara tu alma a la tentación (Eclo 2,1). La tentación es, ciertamente, una instigación al pecado; proviene del enemigo de nuestra naturaleza –el diablo– para destruir la obra de Dios. Pero tiene una importantísima misión en los planes de Dios, quien siempre da vuelta los planes del diablo, usando sus insidias para nuestro bien.

Para su tranquilidad, le recordaré los principios fundamentales de este misterio de la “tentación” en la vida del cristiano.

Dios no tienta a nadie

 La primera verdad que hay que sostener con fuerza es que Dios no tienta a nadie. Nadie diga en la tentación –dice Santiago–: Soy tentado por Dios. Porque Dios ni puede ser tentado al mal ni tentar a nadie (St 1,13). Pero si bien Dios no es autor de la tentación, puede, en cambio, permitirla por los frutos que de ella se siguen. Así la permitió en Cristo y en los santos. Por eso no es extraño que a veces se diga que Dios tienta; pero debe entenderse en el sentido de que Dios permite las tentaciones.

La tentación, como todas las demás cosas, es una “creatura”, en el sentido que le da San Ignacio. Y por eso vale también para ella, aquello del principio y fundamento: “Y todas las cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es criado”. Por eso es que Dios las permite para que alcancemos nuestro fin que es Dios mismo. De ahí que la Escritura llame bienaventurados a los que son tentados: Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados por diversas tentaciones (St 1,2); y también: Bienaventurado el varón que soporta la tentación (St 1,12).

Los santos, iluminados con el don de sabiduría, ven cuán preciosa es la tentación, porque al asaltarnos ésta, Dios está junto a nosotros con sus gracias especiales, ya que durante las tentaciones Dios cuida de nosotros con especial amor y solicitud. Por eso los santos miran las tentaciones como especiales signos de la predilección divina.

Dios no abandona en la tentación

La segunda verdad es que Dios está en las tentaciones más cerca de nosotros de cuanto lo está en los momentos de consuelo. Siempre junto a la tentación está la gracia. Como dice San Pablo: Fiel es Dios que no permite que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas (1Co 10,13). El demonio, dice Santo Tomás, tienta en la medida que Dios le permite. Dios conoce las tentaciones y nuestras fuerzas. Por eso regula su violencia, calcula sus efectos y las permite en proporción de nuestras fuerzas. Cuanto más fuerte es la tentación mayor es el auxilio de Dios. Y no es infrecuente que un período de tentaciones extraordinarias lo sea también de gracias especiales.

El provecho de la tentación

            De aquí que las tentaciones bien llevadas nos reporten muchos bienes. Es más, podemos decir que con mucha frecuencia las tentaciones son uno de los caminos de perfección por donde Dios lleva a sus elegidos. ¿Qué bienes se sacan de ellas?

(1) Ante todo, nos prueban, por tanto, nos ayudan a conocernos. San Doroteo de Gaza citaba a un padre del desierto que decía: “el verdadero monje se da a conocer en las tentaciones”. Nos hacen conocernos porque nos hacen pulsar nuestra propia debilidad y miseria; nos hacen tomar el pulso a nuestros límites; y también nos hacen tantear la gracia divina. En las tentaciones, especialmente las muy fuertes, somos conscientes de que Dios actúa, porque de lo contrario ¿cómo seríamos capaces de vencer tales obstáculos?

(2) Son también útiles para inspirarnos tedio del mundo.

(3) Nos ayudan a expiar nuestras culpas, pues son indudablemente un sufrimiento y todo sufrimiento nos viene bien para purgar los pecados cometidos en nuestra vida.

(4) Además, acrecientan nuestros méritos, por lo que pueden ser consideradas, sin temor a equivocarnos, como la materia prima de la que se fabricará nuestra gloria futura en el cielo.

(5) Nos enseñan a ser humildes (así como los consuelos, mal llevados, pueden llevarnos a engreírnos).

(6) Arraigan más hondamente las virtudes que tenemos, porque en medio de las tentaciones los actos de las virtudes que nos vemos obligados a repetir una y otra vez se enraízan en el alma  e incluso toman un tinte heroico.

(7) Nos hacen ser más vigilantes porque la tentación no siempre avisa cuando va a venir, ni la fuerza que tendrá cuando arrecie.

(8) Nos ayudan a ser compasivos con los tentados. Dice San Juan de Ávila: “el que no es tentado no se puede doler ni compadecer del tentado… De aquí viene que, cuando alguno tentado va a ti, te espantas y le riñes y te muestras áspero, porque no sabes qué cosa es ser tentado, y el que lo es consuela y anima y esfuerza al que va a él, porque se duele y conoce la necesidad que de su consuelo tiene”[1].

Nuestra actitud ante la tentación

            Pero para que las tentaciones sean de provecho y no se vuelvan contra nosotros, no solamente no debemos consentir (eso es más que evidente) sino que debemos saber afrontarlas. En esto hay un texto muy hermoso de San Doroteo de Gaza: “Frecuentemente nos hacemos la siguiente pregunta: si en las adversidades el sufrimiento nos conduce a pecar, ¿cómo podremos decir que son para nuestro bien? Pues pecamos, en ese caso, cuando nos falta resignación y no queremos soportar lo más mínimo ni sufrir nada que nos contraríe. Porque en efecto, Dios no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, tal como dice el Apóstol: Dios es fiel y no permite que seáis tentados más allá de lo que podáis soportar (1Co 10,13). Somos nosotros los que no tenemos paciencia, y no queremos sufrir un poco ni soportar lo que se nos manda con humildad. De esta manera las tentaciones nos quebrantan y cuanto más nos esforzamos por escapar de ellas, más nos abaten, nos descorazonan, sin por eso poder librarnos de las mismas.

            Los que nadan en el mar y conocen el arte de la natación, se sumergen cuando les llega la ola, y la pasan por debajo, hasta que se aleja. Después siguen nadando sin dificultad. Si quisieran enfrentar la ola, los chocaría y los llevaría a buena distancia. Al volver a nadar les viene otra ola y si se resisten nuevamente, otra vez serán llevados lejos y sólo lograrán fatigarse sin avanzar. En cambio si se sumergen bajo la ola, si se agachan por debajo de ella, la ola pasar sin arrastrarlos; podrán seguir nadando cuanto quieran y lograr la meta que quieren alcanzar. Lo mismo sucede con las tentaciones. Soportadas con humildad y paciencia, pasan sin hacer daño. Pero si insistimos en afligirnos, en alterarnos, en acusar a todo el mundo, sufrimos nosotros mismos, la tentación se transforma en insoportable, y finalmente no sólo no nos resulta de provecho, sino que nos hace daño.

            Las tentaciones son muy provechosas para quien las soporta sin atormentarse. Incluso si es una pasión la que nos aflige, no debemos perturbarnos por ello. Si nos perturbamos se debe a nuestra ignorancia y a nuestro orgullo, lo cual es debido al desconocimiento del estado de nuestra alma, y al querer huir del sufrimiento”[2].

San Juan de Ávila escribía a una monja estas admirables palabras: “¿Has visto a los alfareros encender algún horno? ¿Has visto aquel humo tan áspero y tan negro, aquel ardor de fuego y aquella semejanza de infierno que allí pasa? ¿Quién creyera que los vasos que allí dentro están no habían de salir hechos ceniza del fuego o, a lo menos, negros como noche del humo? Y pasada aquella furia, apagado el fuego, al tiempo que deshornan, verás sacar los vasos blancos de barro duros como piedra; y los que primero estaban negros, salen más blancos que la nieve y tan hermosos que se pueden poner en la mesa del rey. Vasos de barro nos llama San Pablo… Cocinarnos quiere, hermana; tenga paciencia; metida está en el horno de la tribulación… Procure no salir quebrada… Solamente se quiebran los que en el horno de la tribulación pierden la paciencia. No desmaye, por más que atice el demonio; confíe en Dios”[3].


[1] San Juan de Ávila, Sermón del Dom. I de Cuaresma.

[2] San Doroteo de Gaza, Conferencias, XIII Conferencia.

[3] San Juan de Ávila, Epístola 21.

agua bendita

¿Qué es el agua bendita y para qué sirve?

Pregunta:

¿Me puede usted informar algo sobre el agua bendita y su empleo?

Respuesta:

Estimada:

El empleo del agua bendita es antiquísimo, y hay testimonios de la costumbre de usarla ya entre los primeros cristianos. “La Iglesia recomienda su uso aun fuera de la liturgia como medio para alejar las insidias del diablo, para conjurar los peligros, para atraer las bendiciones celestiales sobre las casas, el campo, el trabajo, las personas. El deseo de los fieles de usar frecuentemente este sacramental hizo nacer la costumbre generalizada más tarde de poner a la entrada de la iglesia la llamada ‘pila del agua bendita’. En los siglos VIII a IX el agua bendita adquiere el largo empleo que todavía conserva en toda clase de bendiciones”[1].

            Santa Teresa de Jesús era particularmente devota y la usaba cuando tenía tentaciones y desconsuelos; dice ella: “Debe ser grande la virtud del agua bendita. Para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando la tomo”[2]. Una de las compañeras de la Santa, Ana de Jesús, cuenta en el proceso de beatificación: “Nunca quería que caminásemos sin ella (sin agua bendita). Y por la pena que le daba si alguna vez se nos olvidaba, llevábamos calabacillas de ella colgadas a la cinta, y siempre quería la pusiéramos una en la suya, diciéndonos: ‘no saben ellas el refrigerio que se siente teniendo agua bendita; que es un gran bien gozar tan fácilmente de la sangre de Cristo’. Y cuantas veces comenzábamos por el camino a rezar el Oficio Divino, nos la hacía tomar”[3].

            Y en una de sus cartas escribe a una persona que sentía mucho temor: “Este temor que dice, entiendo cierto debe ser que el espíritu entiende siente el mal espíritu, y aunque con los ojos corporales no lo vea, débele de ver el alma, o sentir. Tenga agua bendita junto a sí, que no hay cosa con que más huya. Esto me ha aprovechado muchas veces a mí. Algunas no paraba en solo miedo, que me atormentaba mucho; esto para sí solo. Mas, si no le acierta a dar el agua bendita, no huye, y así es menester echarla alrededor”[4].

[1] Cf. Cardenal Francesco Roberti, Diccionario de Teología Moral, Ed. Litúrgica Española, 1960, voz “agua”.

[2] Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, cap. 31.

[3] BMC, 18, p. 465.

[4] Santa Teresa, Cartas, 9.

destino

¿Hay que creer en el “destino”?

Pregunta:

Padre: ¿Qué es el destino? ¿Es verdad que todos lo tenemos ya fijado y que Dios conoce de antemano todo lo que va a sucedernos? ¿No podemos, entonces, cambiar nuestro destino?

Respuesta:

Estimado:

Creer en el “destino” consiste en afirmar que el futuro humano está determinado, decidido o fijado desde toda la eternidad. En el mundo homérico se afirmaba la existencia de un poder que actuaba sobre hombres y dioses, personificado en la Moira[1]. Hoy en día se usa el término “destino” con dos sentidos diversos: algunos se refieren a él en un sentido amplio, metafórico, como sinónimo del aspecto misterioso de los acontecimientos humanos; es una forma de afirmar entre el vulgo que se nos escapa la explicación última de los acontecimientos terrenos. Pero muchos otros lo usan en sentido propio, semejante al que le daban las antiguas mitologías, negando la libertad humana y la Providencia divina. La noción de destino o de fatalidad desempeña también un importante papel en las supersticiones populares como cuentos de hadas, magia, adivinación, astrología, e incluso en la vida cotidiana.

El cristianismo enseña que la afirmación de un destino prefijado de antemano para cada uno de nuestros actos equivale a la negación de la libertad humana. Enseña asimismo que no hay contraposición entre el conocimiento que Dios tiene de todas las acciones de los hombres y la libertad de la creatura humana.

La Epístola a los Hebreos dice, en efecto: Todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta (Hb 4,13); y el Concilio Vaticano I, citando este texto, añade: “también aquellas acciones libres y futuras de las creaturas”[2]

La Sagrada Escritura da testimonio clarísimo de esta verdad: Tú de lejos te das cuenta de todos mis pensamientos… conoces todos mis caminos (Sal 138,3); ¡Dios eterno, conocedor de todo lo oculto, que ves las cosas todas antes de que sucedan! (Dan 13,42); Sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle (Jn 6,65).

Pero al mismo tiempo el dogma de la certeza infalible con que Dios prevé las acciones libres futuras no pone en menoscabo el dogma de la libertad humana[3]. Los santos Padres ya afirmaban que la Presciencia divina no coarta en absoluto las acciones futuras, del mismo modo que tampoco los recuerdos humanos coartan las acciones libres pretéritas. San Agustín decía: “Así como tú con tu recuerdo no fuerzas a ser las cosas que ya fueron, de igual modo tampoco Dios con su presciencia fuerza a que sean las cosas que serán en el futuro”[4]

La teología distingue entre la “necesidad antecedente” que precede a la acción y suprime la libertad, y la “necesidad consiguiente”, que sigue a la acción y, por lo tanto, no perjudica la libertad. Las acciones libres futuras previstas por Dios tienen lugar infalible o necesariamente, mas no por necesidad antecedente, sino consiguiente. Santo Tomás escribe en el mismo sentido: si Dios, con su conocer no sujeto al tiempo, ve algo como presente, entonces indefectiblemente sucederá en la realidad[5], pero es un error pensar que Dios lo predetermina con su presciencia.

 

P. Miguel A. fuentes, IVE

Bibliografía:

Michel Dubuisson, Destino, en: Diccionario de las Religiones, dirigido por Paul Poupard, Herder, Barcelona 1987, p. 443-445.


[1] La moira (término que en griego significa “dar a cada uno su parte, el lote o la dote que le corresponde”), en las antiguas teogonías, es la ley suprema a la que están sometidos no sólo los hombres sino los mismos dioses; lo que diferencia a los dioses y a los hombres es que los dioses son inmortales y conocen los designios de la moira aunque no pueden ir contra ellos; los hombres, en cambio, son mortales y desconocen esos designios. Pero tanto unos como otros están “atados” a esta ley.

[2] DS 3003; cf. 3890.

[3] Cf. DS 1555.

[4] San Agustín, De libero arbitrio Tr. 4, II.

[5] Cf. Suma Contra Gentiles, I, 67; De veritate 24, 1 ad 13.

Harry Potter

¿Qué piensa usted de «Harry Potter»?

Pregunta:

Soy una profesora de escuela secundaria. Mis colegas están muy entusiasmadas con los libros de Harry Potter, y los dan a leer a sus alumnos de modo habitual. Yo tengo algunas dudas, pero no sé expresar bien en qué se basa mi desconfianza. ¿Qué me puede decir Usted?

Respuesta:

Estimada Profesora:

         Nadie puede negar hoy en día que los libros de Harry Potter, escritos por Joan Rowlin, se han convertido en un avasallador fenómeno literario; y no sólo en el mundo de habla inglesa sino progresivamente en muchas otras lenguas.

         Algunos profesores han quedado encandilados con el fenómeno, tal vez no desde el punto de vista literario pero sí por el hecho de que estos escritos parecen solucionar el drama de la «abulia» intelectual y el desgano por la lectura que parece caracterizar a los niños y jóvenes de las últimas generaciones.

         De todos modos hay que tener en cuenta que el llamado «fenómeno Harry Potter» ha ya traspasado los límites literarios: se han formado en torno al personaje clubes, sitios de discusión en internet, hay proyectos de filmes, etc. Hay también detrás de esto una gran empresa comercial.

         No puedo afirmar ni negar los méritos literarios de la obra, en cuanto no es mi competencia. En cambio, algunos aspectos de ella, que nada tienen que ver con la literatura, ponen serios interrogantes sobre el contenido de estas no tan inocentes novelas de aventuras.

         El gran tema de fondo es la lucha entre el bien y el mal. El problema de fondo también se relaciona con esta lucha y más concretamente con los límites del bien y del mal dudosamente delineados por Rowlin. No es la lucha cristiana entre el bien y el mal sino la gnóstica (la misma que palpita en el maniqueísmo, en el esoterismo moderno y en general en todos los dualismos cósmicos).

         La autora de Harry Potter presenta una moral rodeada de componentes misteriosos e iniciáticos; es decir, una moral propia de la New Age. La brujería y la magia son presentadas de manera positiva cuyo efecto menos nocivo es inducir una visión «tolerante» hacia estos peligrosos fenómenos; la más peligrosa es, evidentemente, inducir a los jóvenes a la positiva práctica del ocultismo.

         Esto nadie lo puede negar; el personaje Harry Potter se mueve en un mundo mágico, en el que la magia domina y mueve la humanidad. Los «buenos» son brujos, hechiceros, magos, adivinos, y toda la caterva de variedades de la especie. Hay monstruos, fantasmas, zombies, hombres lobos, vampiros humanos, brujas que se transforman en gatos, etc. además de toda suerte de seres de la mitología clásica. Todos conviven entre los seres humanos con absoluta «preternaturalidad». Todos los que no son «muggles» (o sea, nosotros, especie inferior y desdeñable) tienen sus escobas para trasladarse, se comunican por medio de lechuzas-correos y obedecen a un Ministro de Magia, cuya función consiste en hacer que los «muggles» no adviertan la existencia de este mundo que coexiste entre ellos. Es más, algunos «muggles» pueden ser iniciados en la brujería, de la que adquirirán poderes diversos, fama, éxito y fortuna. Pasan a ser seres superiores. Por tanto, el aprendizaje de la magia es la formación más importante. Las aventuras de Harry Potter son precisamente los riesgos que acepta correr alguien que quiere ejercer la magia «para el bien». Pero ¿hay una magia buena y una mala? ¿Hay brujos buenos y brujos malos? Introducir estas nociones entre adultos y adolescentes es una perniciosa corrupción.

         Evidentemente se trata de una creación literaria (o «subcreación», como dicen algunos). Pero, la esfera literaria ¿es absolutamente independiente de la moral real? Un escritor puede fantasear e inventar universos alegóricos e irreales, pero ¿sin límite alguno? Creo que el límite lo imponen precisamente los «valores morales» algunos de los cuales son necesariamente «absolutos». Este «puente» con la realidad no puede ser nunca cortado porque lo «bello» (la creación artística) no puede contradecir a lo «bueno». De lo contrario la belleza artística sería «inocente» aun cuando se haga vehículo del mal moral. Dicho clásicamente: el arte y la técnica son virtudes que para ser perfectas (y perfectivas del ser humano) deben estar guiadas por la prudencia (virtud propiamente moral).

         Los efectos han sido lógicos: la Federación de Paganos del Reino Unido anunció que ha nombrado a un nuevo funcionario juvenil para atender a las miles de llamadas de jóvenes que han leído la secuencia de libros de Harry Potter, y desean averiguar más sobre magia y hechicería. Los libros de Harry Potter han desatado una corriente de interés por el paganismo entre los jóvenes. El mismo fenómeno se ha verificado en Alemania.

         Andy Norfolk (vocero de la Federación inglesa de Paganos) reveló que la mayoría de llamadas provienen fundamentalmente de jóvenes mujeres, aunque el número de varones también es significativo, y señaló que «los padres no deberían alarmarse por el interés de sus hijos en el paganismo y la magia, ya que el paganismo está reconocido como una religión».

         «El interés de los jóvenes en la brujería es también porque quieren resolver sus problemas de una manera rápida y sencilla, mediante sortilegios como los de (Harry) Potter», agregó el vocero; quien informó también que «nosotros no aceptamos a miembros menores de 18 años».

         Según Norfolk, mediante la magia y la hechicería promovida por Potter, «los jóvenes descubrirán que el paganismo es una religión espiritual basada en la naturaleza, de la que los padres no deberían preocuparse».

         Un fenómeno nada desdeñable ligado con Harry Potter, particularmente en los EE.UU., es el renacimiento, de un modo desembozado, de la literatura mágica: hechizar es algo «cool» para los adolescentes. De ahí la edición de libros como «Hechizos para Brujos Adolescentes», descripto por su autor como «un libro de autoayuda para adolescentes». Ha salido también a la venta una obra escrita por un dirigente de la «Federación Pagana» llamado «Manual del Joven Hechicero». Los títulos son elocuentes.

         Retomando su pregunta: ¿qué puedo decir de estos libros? Evidentemente no más de cuanto expresó con destacada elocuencia el profeta Isaías: ¡Malditos aquellos que llaman al mal bien y al bien mal, los que ponen la tiniebla como si fuera la luz y la luz como si fuera la tiniebla; los que dan amargo por dulce y dulce por amargo (Is 5,20).

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

Bibliografía para profundizar:

Climati, Carlo, I giovani e l’esoterismo, Paoline, Milano 2001.

O’Brien, Michael D., Harry Potter and the Paganization of Children’s Culture, The Catholic World Report, April 2001, 52-61.

celos

¿Qué son los celos y cómo se pueden curar?

Preguntas:

Estimado Padre:

Unas pocas líneas para pedirle luz y aclaración respecto del tema de los celos, modo para curarlos, métodos eficaces, remedios, y a qué causas se deben, y en definitiva si pueden ser «curados». Desde ya, muchas gracias.

 

Respuesta:

Estimada:

En general se llama «celoso» al que quiere ser solo y único en la posesión y disfrute de un bien que es lícito también poseer a otros. Hay, pues, una gran diferencia entre el celoso y el envidioso: el celoso lo es del bien propio, el envidioso del ajeno; a veces, sin embargo se confunden los celos con la envidia.

Los celos, entendidos en sentido estricto, son efecto del egoísmo y de un apego excesivo a las cosas creadas y están en contradicción con las exigencias de la caridad para con el prójimo: el grado de culpabilidad depende de la entidad de aquello en cuya posesión se quiere ser solo y también del daño que uno hace o está dispuesto a hacer para impedir que los demás gocen del bien poseído por él.

Esto puede aplicarse también a los celos entre los esposos. La defensa de la exclusividad del vínculo conyugal es cosa buena y de obligación, pero no ha de llegar al punto de convertirse en opresión para con el otro cónyuge, ni pretender prohibirle las relaciones de convivencia común a los afectos honestos que en nada tocan a la fidelidad conyugal.

Los celos pueden llegar a tomar formas anormales. Las principales son:

a) celos melancólicos, que se observan en sujetos deprimidos, orientados hostilmente contra el propio ambiente (melancolía);

b) celos paranoicos, en individuos de este tipo;

c) celos obsesivos, síntoma de la diátesis (predisposición orgánica) obsesiva;

d) celos en el delirio alcohólico, propio del alcoholismo crónico;

e) celos de los morfinómanos, similar al anterior;

f) celos seniles que se presentan en la senectud o presenectud.

En cuanto a sus remedios, hay que tener en cuenta que los celos nacen de muchos males: sospechas infundadas, preocupaciones superfluas, profundas depresiones, envidias y otras faltas de caridad y hasta de justicia. El remedio en tales casos es un generoso amor de Dios y del prójimo, y el desprendimiento de las cosas creadas. Cuando los celos se dan entre los esposos, el remedio preventivo es acostumbrarse a emitir juicios sólo por razones ciertas y evidentes, evitando el espíritu suspicaz.

 Cuando tienen base médica, también la cura ha de venir por el lado médico.