bajó a los infiernos

¿Qué quiere decir: «Jesús bajó a los infiernos»?

Pregunta:

Lo saludo y le formulo la siguiente consulta: cuando rezamos en el Credo que Jesús descendió a los infiernos, ¿cuál es el sentido de esta expresión? Gracias.

Respuesta:

Estimado: Ya desde las formulaciones de la fe más antiguas se contiene la expresión «bajó a los infiernos». Primero la fórmula se difundió entre los credos «semiarrianos»; pero ya desde el siglo IV aparece en los símbolos ortodoxos (por vez primera en el símbolo de Tyranius Rufinus)[1].

La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios.

¿Cuál es la base bíblica para sostener esta verdad? Dice el Catecismo: «Las frecuentes afirmaciones del Nuevo Testamento según las cuales Jesús resucitó de entre los muertos (Hch 3,15; Rm 8,11; 1Co 15,20) presuponen que, antes de la resurrección, permaneció en la morada de los muertos. Es el primer sentido que dio la predicación apostólica al descenso de Jesús a los infiernos; Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que estaban allí detenidos»[2].

También san Pedro enseña: Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva… (1 Pe 4,6).

Los efectos que produjo el descenso de Nuestro Señor a los infiernos fueron, según santo Tomás: en el infierno de los condenados éstos se convencieron de su incredulidad y malicia; en el purgatorio llevó a quienes allí estaban esperanza de alcanzar la gloria; en el limbo de los patriarcas infundió gloria eterna a los justos que estaban allí retenidos por el solo pecado original.

Explica el Catecismo: «Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos… Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido»[3].

Sin embargo, esto no quiere decir que haya descendido a todos estos lugares con su propia presencia real; de éste modo sólo descendió al limbo de los patriarcas, y desde allí extendió a los demás infiernos su influencia.

¿Qué sentido tiene este hecho en el plan de salvación? El descenso a los infiernos es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última fase de la misión mesiánica de Jesús, fase condensada en el tiempo, pero inmensamente amplia en su significado real de extensión de la obra redentora a todos los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares porque todos los que se salvan se hacen partícipes de la Redención.

«Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte para que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan. Jesús, el Príncipe de la vida (Hch 3,15), aniquiló mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud (Hb 2,14‐15). En adelante, Cristo resucitado tiene las llaves de la muerte y del Hades (Ap 1,18) y al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos (Flp 2,10)»[4].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Cf. Denzinger‐Hünermann, n. 16 (ver también la introducción al texto).

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 632.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 635.

virgen

¿La biblia dice que María no siempre fue virgen?

Pregunta:

Andrea en Mateo 1:25 dice que José no conoció a María hasta que nació Jesús, aun el ángel le dijo que no temiera de tomarla como su esposa, en síntesis la biblia te explica que María no siempre fue virgen. Saludos

Respuesta:

Estimado Juan:

No entiendo por qué usted atribuye a “Andrea” las palabras del mismo evangelista Mateo. Pero ciertamente desconoce usted el sentido del adverbio griego ἕως, que vierte la expresión hebrea “‘ad-ki”.

Respecto de la misma explica Severiano del Páramo: “El texto griego… ‘heos hou’, y su traducción (latina) ‘donec’, dieron ocasión a los antiguos herejes Joviniano, Elvidio y otros, y la dan hoy día a muchos autores acatólicos, para negar la virginidad de María después del parto.

Se ha probado hasta la saciedad que semejante partícula en la Escritura sólo dice referencia al pasado, sin que incluya afirmación o negación alguna sobre el porvenir”. Por esta razón este exegeta traduce el versículo 25 según su verdadero sentido: “sin que tuviera con ella trato conyugal, dio a luz…” [Padres de la Compañía de Jesús, La Sagrada Escritura. Texto y Comentarios, BAC, Madrid 1964, tomo I, pp. 24-25].

Añade Manuel de Tuya: “Es de sobra conocido el hebraísmo ‘hasta que’ (‘ad-ki), traducido materialmente en este pasaje: ‘hasta que’. Con esta forma sólo se significa la relación que se establece en un momento determinado, pero prescindiéndose de lo que después de él suceda. Es el modo ordinario de decir en hebreo. Así Micol, mujer de David, ‘no tuvo más hijos (‘ad-ki) hasta el día de su muerte’ (2 Sam 6,23)” [Biblia Comentada, BAC, Madrid, 1964, tomo II, p. 31].

Por tanto, si bien esta expresión puede indicar un momento a partir del cual la situación cambie (por ejemplo, que después de comenzar a vivir juntos, un matrimonio tenga trato carnal), no puede esto deducirse de este término sino que debe ser indicado por medio de otra expresión, pues esta dicción sirve para indicar tanto un momento a partir del cual la situación cambia como uno a partir del cual la situación no cambia.

Volviendo al ejemplo dado por Tuya, si la traducción del giro semita traducido literalmente al griego y al latín (y luego a nuestras lenguas modernas) fuera el que le damos hoy en día, deberíamos decir, con lógica consecuencia que Micol, mujer de David, tuvo más hijos después de morir.

La misma expresión “hasta que” es usada en otros lugares de la Escritura sin que admita el sentido de que una vez llegado o pasado el momento la situación posterior cambie; por ejemplo, Gn 3,19 (versión de los LXX): comerás el pan con el sudor de tu frente “hasta que” vuelvas al polvo de la tierra… (indica el término final, pero ningún cambio posterior; no es que después Adán cambie en cuanto a su vida terrena sino que luego ya no tendrá vida en este mundo). Lo mismo el Salmo 110,1: Oráculo de Yahveh a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que (heos ‘an) yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies (¿significará esto que una vez que Dios haya puesto a todos los enemigos a los pies del Mesías –es éste un Salmo mesiánico por excelencia– ya éste no seguirá sentándose a la derecha de Dios?). Lo mismo vale para Mt 22,44, donde se citan estas mismas palabras del Salmo, aplicándoselas Jesús a sí mismo (Díceles [Jesús]: Pues ¿cómo David, movido por el Espíritu, le llama Señor, cuando dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies?); y lo mismo Mc 12,36; Lc 20,43; Hech 2,34-35. San Pablo en 1Co 15,25, usa el mismo Salmo cambiando el término “sentarse a la derecha” por “reinar”: Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies; el último enemigo en ser destruido será la Muerte; no se usa allí “heos” sino el sinónimo “ajri” que también se traduce por “hasta que”, y nuevamente vemos que no tiene sentido exclusivo, o sea, que después del momento indicado la situación cambie, sino que sigue igualmente; ¿o tal vez se piense que Cristo dejará de reinar cuando haya vencido a todos sus enemigos? Lo mismo se diga de Hb 1,13.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Hijo del hombre

El “Hijo del hombre”

Pregunta:

Querido hermano en Cristo, soy un asiduo lector de la Biblia, pero reconozco que en ella encuentro cosas que no puedo explicar. Una de ésas es la expresión “El Hijo del Hombre”. Jesús dice que él es el Hijo del Hombre. ¿Quiere decir eso que es hombre nada más y que su padre fue un hombre? ¿Está negando su divinidad? Me tiene confundido.

Respuesta:

El título “Hijo del hombre” procede del Antiguo Testamento, en concreto del libro del Profeta Daniel, de la visión que tuvo el Profeta: Seguía yo mirando en la visión nocturna, y vi venir sobre las nubes del cielo a uno como hijo de hombre, que se llegó al anciano de muchos días y fue presentado ante éste. Le fue dado el señorío, la gloria y el imperio, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron, y su dominio es dominio eterno que no acabará, y su imperio, imperio que nunca desaparecerá (Dan 7,13-14).  Cuando el Profeta pide la explicación de esta visión, obtiene la siguiente respuesta: Después recibirán el reino los santos del Altísimo y lo poseerán por siglos, por los siglos de los siglos… Entonces le darán el reino, el dominio y la majestad de todos los reinos de debajo del cielo al pueblo de los santos del Altísimo (Dan 7, 18. 27). El texto de Daniel, contempla a una persona individual y al pueblo. Señalemos que lo que se refiere a la persona del Hijo del hombre, se vuelve a encontrar en las palabras del Ángel en la anunciación a María: Reinará… por los siglos y su reino no tendrá fin (Lc 1,33).

Por eso, cuando Jesús utiliza el título “Hijo del hombre” para hablar de Sí mismo, recurre a una expresión proveniente de la tradición canónica del Antiguo Testamento, presente también en los libros apócrifos del judaísmo. Pero conviene notar, sin embargo, que la expresión “hijo de hombre” (ben-adam) se había convertido, en el arameo de la época de Jesús, en una expresión que indicaba simplemente “hombre” (bar enas). Por eso, al referirse a Sí mismo como “Hijo del hombre”, Jesús logró casi esconder, tras el velo del significado común, el significado mesiánico que tenía la palabra en la enseñanza profética.  Por tanto, Jesús usa este término para referirse a Sí como Mesías, aunque sus oyentes pensaban que sólo decía que era verdaderamente “hombre”. Jesús decía, pues, algo más de lo que algunos de ellos creían entender, aunque estaba al alcance de los letrados que debían identificarlo como Mesías, a quienes principalmente iba dirigida su enseñanza.

Jesucristo

¿Cómo sé yo que Jesucristo va a venir nuevamente?

Pregunta:

Unos vecinos protestantes siempre me sacan el tema de que Jesús está por venir. Yo no lo niego, pero tampoco sé cómo tomar esto. Nosotros los católicos ¿tenemos algún elemento para juzgar esto? ¿Cómo sabemos cuándo va a volver Jesús?

Respuesta:

Por supuesto que Jesucristo va a volver; ésta es una verdad de nuestra fe. La decimos en el Credo: “vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos”. Ésa será la segunda (o tercera según se cuente) venida: vino en la Encarnación; viene a cada alma por la gracia y la cruz (la Sagrada Escritura llama a esto “visitación”) y vendrá al final de los tiempos. Éste es un dogma de los más importantes y muy negado hoy, lamentablemente. Esta verdad está revelada hasta el cansancio: lo dicen los ángeles a los Apóstoles durante la Ascensión de Cristo: Éste que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo (Hch 1,11); San Pablo habla a los Tesalonicenses de la necesidad de… esperar así a su Hijo Jesús que ha de venir de los cielos (1Tes 1,10); y también habla de la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos (3,13). Y Jesús, en el momento solemnísimo de su juicio ante el Sanedrín, lo dice a los Sumos Sacerdotes con palabras muy graves: Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo (Mt 26,64; Mc 14,62; Lc 22,69). Este dogma es fundamental para nuestra fe; y tan importante como el de su Primera Venida, es decir, la Encarnación. San Policarpo de Esmirna, escribía a los Filipenses estas terribles palabras: “Quien no reconoce que Jesucristo ha venido en la carne, es un anticristo; y quien rechaza el testimonio de la cruz, viene del diablo; y quien pervierte las palabras del Señor adaptándolas a sus malvados deseos, y niega la resurrección y el juicio, éste es el primogénito de Satanás”[1]. Lo que este dogma quiere decir, es que el mundo no continuará desenvolviéndose indefinidamente, ni acabará por azar, sino por una intervención directa de su Creador. Hoy muchos lo han olvidado pareciéndose a las vírgenes necias del Evangelio, que porque el Novio se hacía esperar pensaron “no viene más” y se durmieron. Vino igual y ellas quedaron fuera de la fiesta. Al olvidarse uno de esta verdad, deja de entender la historia (que para él pierde sentido), puede terminar perdiendo la fe (afirmando que Jesús no vuelve) y paganizándose.

Jesucristo dio signos de la llegada de este juicio, aunque sobre el día preciso no nos dijo nada; y deliberadamente lo ocultó: ni los ángeles del cielo lo saben. ¿Para qué? Para que estemos preparados en todo tiempo. Esos indicios los podemos resumir en tres grupos:

(a) Antes de la Parusía: han de ser evangelizadas la plenitud de las naciones; se dará una apostasía universal (se enfriará la caridad de muchos); y con esto la venida del Anticristo (cf. 2Tes 2,3); será soltado Satanás por un tiempo para que seduzca a las naciones (cf. Ap 20,7); aquí se dará la conversión de los judíos, (cf. Ro 11,25); se dará una gran tribulación como nunca fue vista (cf. Mt 24,21)

(b) Durante la Parusía (cf. Mt 24 y 25): habrá signos en la tierra y en el cielo: oscurecimiento, terremotos, etc.; aparecerá el estandarte de Jesucristo en los cielos; se lamentarán las tribus de la tierra; verán venir al hijo del hombre: Jesucristo; los ángeles reunirán a los elegidos; separará Jesús a los elegidos de los réprobos, o sea, el Juicio Final.

(c) Después de la Parusía: pasarán con estrépito estos cielos y esta tierra (cf. 2Pe 3,10.12); aparecerá un cielo nuevo y una tierra nueva (cf. 2Pe 3; Ap 21,1); reunirá a los suyos para el gran banquete final (cf. Lc 22,30).

¿Y se cumplen? Según se los mire, algunos dicen que ya se cumplieron casi todos; otros dicen que faltan algunos. ¿Y entonces? Entonces eso quiere decir que hay que estar preparados siempre… Como si fuera a venir hoy mismo. Por eso el Apocalipsis llama a Jesús no “el que viene”, sino concretamente “El Viniente”; está viniendo; ya empezó el viaje… Él mismo se comparó con un ladrón que viene en la hora menos esperada…

Ante esto, nuestra actitud ha de ser esperanza, deseo y preparación. Porque la Parusía es un misterio con dos caras: terrible y gozosísimo. Terrible para los que no estén preparados, los injustos, los pecadores, los obradores de iniquidad; gozosísimo para los que son de Cristo. Lo dice resumidamente la Didajé, el escrito cristiano más antiguo no-escriturístico: “Venga la gracia y pase este mundo… El que sea santo que se acerque. El que no lo sea, que haga penitencia. Maranhatá. Amén”[2]. Y de modo mucho más hermoso todavía, lo dice San Juan en el Apocalipsis: El Espíritu y la Novia dicen: “¡Ven!”. Y el que oiga, diga: “¡Ven!”. Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida… Dice el que da testimonio de todo esto: “Sí, vengo pronto”. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús! (Ap 22).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

 Leonardo Castellani, El Apokalypsis de San Juan, Ed. Vórtice, Buenos Aires 1990.

 Leonardo Castellani, Los papeles de Benjamín Benavidez, Dictio, Buenos Aires.

Leonardo Castellani, Jesucristo, ¿vuelve o no vuelve?, Buenos Aires, Dictio 1976.

[1] San Policarpo, Ad Phil., 7,1  304.

[2] Didajé, 10,6.

Anselm Grün

Sentidos bíblicos: La acomodación psicologista de Anselm Grün

SENTIDOS BÍBLICOS

La acomodación psicologista de Anselm Grün

Una lectora del Blog Toma y Lee, Edit, me pidió, en un comentario, que le aclarara más lo del “sentido acomodado” o “traslaticio” y sentido literal, porque desea entender mejor los abusos interpretativos que practica Anselm Grün – que no está solo, dicho sea de paso, en este extendido vicio – cuando presenta como equivalentes las interpretaciones eclesiásticas tradicionales por un lado y los sentidos acomodados y traslaticios como si fueran sentidos bíblicos auténticos, por el otro.

Anselm Grün y Eugen Drewermann

Para entender el método que practica Anselm Grün conviene tener en cuenta que, en los primeros años de la década de 1990, el sacerdote alemán Eugen Drewermann había sido suspendido de su cátedra en Paderborn y, más tarde, también suspendido en el ministerio sacerdotal. El motivo fue que Drewermann sostenía una interpretación psicologista del mensaje bíblico y evangélico, descalificando las interpretaciones católicas tradicionales como erróneas. Sus tesis eran una plasmación de la doctrina modernista de la revelación de Dios inmanente al alma en forma de fenómenos psicológicos, en la línea de las doctrinas de Sigmund Freud y Carl Jung.

Anselm Grün, naturalmente, ya no hace lo mismo. Sería suicida. De haberlo hecho se hubiera expuesto a correr la misma suerte que Drewermann, si se hubiera topado, como éste, con un pastor celoso como lo fue el Arzobispo de Paderborn, Mons. Johannes Joachim Degenhardt. El arzobispo Degenhardt soportó a pie firme la tormenta desatada en los medios en su contra por su intervención en el caso Drewermann. Juan Pablo II reconoció el mérito del coraje del Arzobispo y lo promovió al cardenalato.

Anselm Grün, aunque manifiesta sus simpatías por los enfoques de Drewermann citándolo en su bibliografía, se guarda de imitar la brutal sinceridad de su maestro.

Lo que hace Anselm Grün no es negar de plano, como Drewermann, la interpretación tradicional del Evangelio y proponer sustituirla por una interpretación psicologista de corte entre analítico y junguiano. Su método apunta a una sustitución pragmática sin entrar en una refutación teórica.

El evangelio como libro de autoayuda

Anselm Grün presenta las interpretaciones bíblicas correctas, de autores reconocidos, como por ejemplo Pesch, pero las yuxtapone, a sus interpretaciones psicologistas presentándolas como son equivalentes: “o también”. Grün baraja sentidos bíblicos reinterpretados en sentido acomodado o traslaticio. El confiado lector se encuentra con el relato evangélico y su sentido literario tradicional que le es familiar, pero también se le sirve, en el mismo plato, la acomodación psicológica, como si fuera igualmente válida. Pero en la acomodación psicológica, una resurrección puede convertirse simplemente en una curación y ser tratada como tal. Y una posesión demoníaca puede convertirse en un estado de exasperación emocional y psicológica. No se niega la resurrección, pero se presenta como alternativa válida una interpretación que la explica como curación. No se niega la acción demoníaca por posesión, obsesión o tentación, pero se habla de “las propias sombras”.

Jesús camino hacia la libertad…

Para mostrar en qué consiste este procedimiento, tomo aquí un ejemplo del comentario de Anselm Grün al Evangelio de Marcos titulado: Jesús, camino hacia la libertad. El evangelio de Marcos[1].

Ya desde el título de la obra Anselm Grün ensaya uno de sus pases de magia hermenéuticos. Jesús es camino hacia libertad. La afirmación la suscribirá cualquier creyente.

Pero ¿hacia qué libertad?…

La libertad de que habla Anselm Grün no es la misma de la que habló Jesús y se lee en Marcos. Según lo presenta Anselm Grün, Jesús ya no es el camino hacia la libertad porque sea el camino que nos conduzca al Padre, y porque nos convierta en hijos y nos de la libertad de los hijos.

La libertad de que habla este monje, se ha soltado, sin negarlo explícitamente pero en el modo de tratar la materia, de su relación a la meta real del camino de Jesús.

La libertad de la que habló Jesús, – la de los hijos de Dios por vivir según la voluntad del Padre y dentro de la vinculación filial -,  ha quedado sometida y reducida a un concepto pre-cristiano o preter-cristiano de libertad. La misión de Jesús ha quedado reducida a una función de liberador terapéutico por vía de un agudo conocimiento psicológico y una praxis que, en el fondo, es puramente natural, intramundana y psicológica.

La libertad es, en el contexto de las demás obras de Anselm Grün la integración de los contrarios, la integración de la sombra junguiana, que es inaceptable para la espiritualidad cristiana, porque implica aceptar el pecado y hasta lo demoníaco, para integrarlos en la unificación del yo.

La resurrección de la hija de Jairo según san Marcos (5, 21-43)

Para advertir mejor los malabarismos retóricos de Anselm Grün, partamos primero del sentido literal en san Marcos. El evangelista Marcos, antes de llegar a este relato de resurrección de un muerto, ha venido mostrando el poder de Jesucristo primero sobre el viento y el mar, luego sobre los demonios, y ahora sobre la vida en su origen (el seno de la hemorroísa) y en su final (el lecho de muerte de la hija de Jairo).

Marcos quiere decirnos que en Jesús se encuentran todos los poderes que la Sagrada Escritura reconoce como exclusivos de Dios: Jesús es Señor de los elementos de la naturaleza, Señor tiene poder sobre los demonios y es Señor de la vida y de la muerte. La intención de Marcos es pues decirnos quién es Jesús y reconocerle poderes divinos.

Veamos ahora lo que interpreta Anselm Grün de espaldas a este sentido literal y en realidad sustituyéndolo.

La “curación” [no la resurrección] de la hija de la hija de Jairo según Anselm Grün

Anselm Grün proyecta en el texto evangélico una interpretación psicológica, de consejería familiar, totalmente ajena a la intención de Marcos y por lo tanto al sentido literal del pasaje.

En primer lugar hay que notar que Grün evita hablar de resurrección de la niña. Él habla de “curación”[2]. Y nos explica, con pericia de psicólogo, que su enfermedad habría sido causada por un mal vínculo con su padre.

El texto evangélico trataría, según Grün, de: “cómo se desarrolla una chica que pasa inadvertida para su padre… con tantas responsabilidades como él tiene, él ignora a su hija, y ella se pone enferma, incluso muere. Ella no puede vivir. El padre ve que no puede ayudar a su hija, a pesar de toda su piedad y de su alta posición. Y entonces se produce el primer paso de la terapia[3] él va a otro[4], se arrodilla ante Jesús y le pide ayuda. Él reconoce su impotencia. Se trata de un paso muy importante para la curación[5] de su hija. Si el padre suelta su poder, con el que cree dominar todo, entonces podrá liberar también a su hija del asidero estrangulador de su mano”[6].

¡Otro padre torpe más! ¡Cuidado con Dios Padre!

Nótese que en esta interpretación acomodaticia, no se nos dice palabra ni de la fe del padre ni de su oración, ni de que acuda a Jesús y no a un psicólogo.

Anselm Grün tiene una visión del padre que es más bien tributaria de la depreciación cultural y de la demolición de la autoridad paterna, y al final, de toda autoridad. Jesús es un camino hacia la libertad de toda autoridad, sobre todo de la autoridad del Padre.

La autoridad del Padre tiene un efecto estrangulador[7] sobre la niña.

¿Y la del Padre celestial sobre nosotros? ¿Acaso viene Jesús, como afirmaba Freud, a liberarnos de Dios Padre, en vez de hacernos libres precisamente al hacernos hijos?

Un poco más adelante, Anselm Grün sigue su explicación, olvidado de la resurrección, del poder de Jesús y de la intención de Marcos: “Jesús siente que la relación del padre con su hija está determinada por el miedo. Los padres quieren tenerlo todo controlado. Les resulta difícil soltar a su hija y confiarla al poder curativo de Dios” […] “El miedo del padre le lleva a controlar a su hija o bien a fijarlo todo para que ella corresponda a sus ilusiones. El padre cuida a la hijo no porque confía en ella, sino porque é mismo quiere moldearla en lugar de rendirse al modelo que Dios le ha introducido”[8].

Anselm Grün nos informa acerca de Jairo como si lo hubiera conocido ¿Por qué se calló Marcos todos estos detalles que nos hubieran explicado todo mucho mejor, sin necesidad de resurrección, de milagro y hasta sin Jesús?

Pero además Anselm Grün desvía la atención del lector del evangelio de la verdadera intención del autor inspirado y del texto, – que es decirnos quién es Jesús -, hacia recetas de consejería familiar, que no son malas en sí, pero que aquí están fuera de lugar y tergiversan el sentido del texto bíblico.

La parábola del Sembrador naturalizada psicologizada

¿El sembrador o las semillas? Anselm Grün: Interpretación psicologista.

Anselm Grün interpreta la parábola del sembrador y muchos otros pasajes evangélicos en una clave psicologista, que no es un sentido propiamente bíblico sino un sentido acomodado o traslaticio.

El Sentido bíblico es el que intentó el escritor sagrado.

El sentido acomodado o traslaticio, es un sentido ajeno al sentido bíblico, que le atribuye arbitrariamente un lector y no es el inspirado por Dios  al autor del texto de la Escritura.

Al explicar la parábola del sembrador, clave de interpretación de todas las parábolas, Grün cree encontrar en ella sus propias teorías sobre cuatro tipos de hombre. Y si bien Anselm Grün habla de Jesús, de la Palabra de Dios, de la apertura a la palabra del Evangelio y de los frutos que dará en su vida el recibirla, una lectura atenta demuestra que su interpretación no es propiamente bíblica, sino que va en un sentido predominantemente acomodado o translaticio, que no puede llamarse propiamente sentido bíblico, y que pone al lector en una pista por lo menos distractiva, de naturaleza psicológica más que religiosa.

“Anselm Grün – me comentó certeramente un obispo amigo – lee el Evangelio como un libro de autoayuda”.

Para Anselm Grün, Jesús habla, en la parábola, de “cuatro tipos de hombre que escuchan la Palabra de Dios”. “Jesús quiere advertirnos para que no tomemos la Palabra de Dios superficialmente”.

Pero es lo que hace el mismo Anselm Grün al pasar de largo sobre el sentido literal que es el que el autor sagrado dijo y quiso decir.

Los daños que Anselm Grün considera que se siguen de no recibir la semilla en buena tierra son de orden psicológico y no religioso.

Da la impresión de que la interpretación de Anselm Grün no servirá al lector para entrar en el misterio del Reino, sino que lo dejará oyendo sin entender, viendo sin ver, y en último término sin convertirse para obtener el perdón al entrar en la comunión de fe y amor con Cristo y con el Padre.

En conclusión:

¡Es abusivo leer el evangelio como un libro de autoayuda y/o de consejería familiar! Más vale no mezclar los géneros literarios. El Evangelio sea Evangelio. Y para autoayuda y consejería familiar, no echar mano de comentarios bíblicos. Es confundirlo todo.

Publicado por P. Horacio Bojorge, SJ. en su blog.

Escolio al Artículo Tercero

El sentido acomodado no es sentido bíblico es decir inspirado por Dios

A pedido de Edita prosigo explicando mejor en qué consiste el sentido acomodado que hemos señalado a propósito de los comentarios bíblicos de Anselm Grün.

El sentido acomodado es un sentido que atribuye al texto un lector, pero que es ajeno al sentido que quiso darle – y de hecho le dio -al texto, el autor sagrado, inspirado por Dios.

Podría llamarse también sentido “atribuido” por un lector. Por lo cual, este “sentido” no es Palabra de Dios, sino que es, simplemente, palabra de hombre.

En efecto: “para que el intérprete [que es un lector] de la Sagrada Escritura comprenda lo que Dios quiso comunicarnos, debe investigar con atención qué pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos” [Constitución Dei Verbum Nº 12].

El sentido acomodado es, por lo tanto, un sentido ajeno al sentido literal, que como se ha dicho, es el único inspirado por Dios y digno de prestarle fe. Es, por eso mismo, el único válido para argumentar en teología.

El sentido literal, ya lo dijimos antes, es el que pretendió dar a sus palabras el autor sagrado.

El sentido acomodado es el que le atribuye al texto un lector, no su autor.

La acomodación se presta por lo tanto a cometer una verdadera usurpación de la Palabra de Dios, su tergiversación ingenua o maliciosa, (lo mismo da). Se presta a cobijar bajo la autoridad divina, las propias ideas, ideologías y pensamientos. Puede prestarse a veces a cometer una verdadera estafa del sentido literal auténtico del texto sagrado, escamoteándolo y sustituyéndolo por un sentido puramente humano pero disfrazado de Palabra de Dios. Realmente: una falsa profecía.

En cuanto que el sentido acomodado es una atribución: la atribución puede quedar implícita [atribución mental] o afirmarse explícitamente como sentido literal [atribución argumental]. Puede ser ingenua por simple error, o puede ser advertida, pretendida e intencional. A su vez, esta atribución intencional puede ser simplemente decorativa o bien puede ser esgrimida argumentalmente, utilizada con fines humanos, como es el caso de las acomodaciones psicológicas y de consejería en los escritos bíblicos de Anselm Grün.

Los que pretenden que le es lícito al lector atribuirle sentidos diversos a los textos de la Sagrada Escritura, pierden de vista la doctrina católica de la inspiración y – con ella – la diferencia que existe entre autor y lector, desde el punto de vista de Dios y de la acción del Espíritu Santo en el uno o en el otro.

El autor tiene el carisma de la inspiración. El lector o intérprete no.

Éste debe atenerse al sentido literal y prestarle fe; debe argumentar partiendo de él y fundándose en él. Le es lícito sacar consecuencias del sentido literal (sentido consecuente) pero no atribuirle sentidos que eran ajenos a la intención del autor.

“Se entiende por sentido acomodado – dicen Tuya-Salguero – el uso [!!!] de los textos bíblicos, aplicados a otro propósito del que fue intentado por el hagiógrafo”.

Obsérvese bien: El que acomoda la Escritura, ¡la usa!, o sea se apropia de ella y la instrumentaliza para sus propios fines, que pueden ser ajenos y aún contrarios a la intención de Dios y del autor Sagrado. Es un uso que se hace de los textos bíblicos. Usar e instrumentalizar supone un adueñarse de la palabra para los propios fines. El creyente en cambio, no es dueño del sentido de la escritura, sino su servidor y oyente, que obedece a la Palabra de Dios.

“El fundamento de la acomodación – prosiguen Tuya y Salguero – es cierta analogía que puede haber entre un texto en cuestión y el propósito distinto al que quiere traérsele [aducirlo]”

“Este fundamento analógico del texto puede ser doble: si está basado en el contenido del mismo, entonces hay la “acomodación real”, o “por extensión” [sentido consecuente] si está basado sólo en la semejanza o asonancia material de las palabras, hay la “acomodación verbal”, o “por alusión” [al texto bíblico].

Cuidado con la irreverencia

Cuando la acomodación se hace sin suficiente fundamento espiritual y religioso, hay que aplicar la advertencia de Tuya y Salguero:

“se ha de tener muy presente que no se han de “acomodar” con violencia, pues sería traer esos pasajes a contrapelo, y no quedaría exento su uso de irreverencia para con la palabra de Dios. Y, en consecuencia, que no se puede sacar argumento dogmático tomado de esta palabra de Dios, ya que se la toma sólo por “analogía”.

Hay una irreverencia muy difundida en ambientes religiosos que usa palabras de la Sagrada Escritura en situaciones o para fines profanos. Por ejemplo: se produce un apagón en un convento y alguien exclama jocosamente “¡Hágase la luz!”. Todo un Señor Presidente, termina un discurso invitando a su país con la frase de Cristo: “¡Levántate y anda!”.

Si el segundo mandamiento prescribe no tomar el Santo Nombre del Señor en vano, cae bajo la misma prohibición no tomar sus santas palabras en vano ni para la broma o sin necesidad. Hacerlo es faltar al segundo mandamiento.

[Fuente: Manuel de Tuya – José Salguero, Introducción a la Biblia, BAC, Madrid 1967]

[1] Editorial Verbo Divino, Estella (Navarra) 2006

[2]  Ver páginas. 60-61

[3] ¿Terapia de una muerta? Tácita tergiversación del dato textual e implícita negación del hecho milagroso de la resurrección de un muerto.

[4] ¿A un cualquier otro? parecería que en este caso se hubiese dado la casualidad de que ese otro fuese Jesús. Lo que se da a entender es que hay que debió acudir a un terapeuta.

[5] Anselm Grün evita: “resurrección”. La inerpretación psicologista no respeta el hecho revelado. Al contrario, da la excusa para despojarlo de su dimensión revelatoria.

[6] Ver páginas. 60-62

[7] Nótese la elección de un vocabulario terrorista. Ese padre, que por su fe alcanza un milagro de Dios, se convierte en la interpretación de Anselm Grün en un villano, un padre prepotente y arbitrario.

[8] O.c. p. 61