Métodos naturales

Los métodos naturales ¿sirven sólo para las mujeres regulares?

Pregunta:

Por serios motivos los médicos me aconsejan no volver a quedar embarazada. Por mi irregularidad en los periodos, los medios naturales no me funcionan; además de que mi médico me ha dicho que su efectividad es muy baja incluso en las mujeres regulares. En estos casos, me pregunto si la Iglesia acepta algún otro medio para regular la fertilidad. Gracias anticipadas.

Respuesta:

Estimada: Respecto de lo que Usted me consulta debo decirle que:

1º No todos los métodos naturales se basan en los ritmos biológicos femeninos. De hecho los métodos basados en la ovulación o en otros factores de observación son totalmente independientes de los ritmos regulares o irregulares. Así el método de la ovulación (o Billings), el sintotérmico, etc.

2º En cuanto a la efectividad de los métodos naturales, hay que afirmar que es realmente muy alta. Así, comparando los dos métodos naturales más seguros, los índices de efectividad son bastante parejos[1]:

  1. a) el índice para el Método de la Ovulación o Billings es del 96.6%[2].
  2. b) el índice para el Método Sintotérmico es del 97.7% 58.
  3. c) el índice para el Método Sintotérmico en matrimonios altamente motivados para evitar el embarazo es del 97.2%59. Estos son índices muy altos y ciertamente no sólo alcanzan sino que superan a muchos de los métodos artificiales más eficaces.

3º La Iglesia no puede aceptar ningún método que implique la destrucción (artificial) de la capacidad procreativa, siendo ésta uno de los elementos fundamentales del acto conyugal. Esto no por una cuestión de capricho sino porque los métodos anticonceptivos implican una visión antropológica contraria a la dignidad de la persona humana y, por tanto, contraria a la voluntad divina.

4º En la mayoría de los casos en que los métodos naturales fallan, las fallas se deben a un incorrecto aprendizaje o a falta de motivación en los esposos para practicarlos con toda la exigencia que requieren.

Bibliografía para profundizar:

BILLINGS, JOHN, El método de la ovulación, Paulinas, Buenos Aires 1984.

BILLINGS, JOHN, Fundamento del método de la ovulación, Paulinas, Buenos Aires 1989.

JUAN PABLO II, La procreación responsable exige el diálogo entre ciencia, ética y teología. Discurso al Congreso Internacional sobre regulación de la fertilidad, L’OR, 2/12/84, 9.

[1] Cf. Dra. Zelmira Bottini de Rey, Dra. Marina Curriá, Instituto de Ética Biomédica, Curso de Planificación familiar natural, Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, abril de 1999.

[2] Cf. American Journal of Obstretics and Gynecology, 1991. 58 Ibid. 59 Cf. Guía para la prestación de servicios de PFN, OMS. Ginebra, 1989.

 

embrión congelado

¿Podemos adoptar un embrión congelado?

Pregunta:

Somos un matrimonio cristiano; no hemos podido tener hijos, por lo cual decidimos adoptar un niño; lo hicimos y somos muy felices, pero queremos tener más hijos y vamos a iniciar una segunda adopción; ahora bien, hace poco nos enteramos de la posibilidad de adoptar un embrión ya que es otra vida, un nuevo ser humano (y que sus padres naturales no quieren), pero no sabemos qué dice la Iglesia católica sobre este tema, si es correcto o no. Para nosotros es muy importante saberlo. Gracias por su atención.

Respuesta:

Estimados:

Esta es una pregunta muy difícil sobre la cual no están de acuerdo todos los moralistas, pues las dos alternativas (implantarlos o dejarlos congelados hasta que mueran) tienen sus inconvenientes morales. Esta encrucijada sin salida es un signo más de la inmoralidad de la fecundación in vitro y del posterior congelamiento embrional (= crioconservación).

Algunos autores están en contra del llamado “rescate” de embriones congelados, como Mons. William Smith y Mary Geach. Smith se basa en textos de la Instrucción Donum vitae (donde se condena la “maternidad sustitutiva” o “útero de alquiler”, y porque el documento dice expresamente que estos embriones “están expuestos a una suerte absurda, sin que sea posible ofrecerles vías de supervivencia seguras y lícitamente perseguibles”[1])- Geach considera que la implantación de un embrión en una mujer equivale a un acto contra la castidad[2].

Otros aceptan la licitud, como Grisez, Surtees y Watt[3] y May[4]. Estos critican a Smith que saca de contexto el pasaje de Donum vitae y que la “maternidad sustitutiva” del documento no incluye la “adopción”; y contra Geach distinguen entre pervertir el acto conyugal y la decisión de rescatar un ser humano ya concebido. En el fondo sostienen que hay que distinguir entre: (a) separar los dos significados del acto conyugal en un acto de procreación (como la fecundación artificial in vitro) y (b) separarlos en un acto no procreativo sino de aceptación de una prole ya existente. Algunos, como Grisez y May, aceptan incluso la posibilidad de que pueda darse lícitamente el “rescate” de embriones por parte de mujeres no casadas (mientras puedan garantizarles la futura educación moral y afectiva; por tanto, no en el caso de las lesbianas o mujeres de mala vida, etc.).

Otros aceptan la implantación del embrión congelado como “extrema ratio”; por ejemplo Maurizio Faggioni[5]. Transcribo parte de su solución: “Las actividades de manipulación de embriones y las aberrantes disposiciones legislativas que las consienten se inscriben en la mentalidad distorsionada que preside muchas prácticas de reproducción artificial. En particular, la fertilización in vitro, violando la inseparable conexión entre los gestos del amor encarnado de los esposos y la transmisión de la vida, oscurece el significado profundo del generar humano. No es, por tanto, lícito producir embriones in vitro y mucho menos producirlos voluntariamente en número excesivo, de modo que sea necesaria la crio-conservación. Ésta parece ser la única respuesta razonable a la cuestión de la congelación embrional y en tal sentido el Santo Padre ha interpelado a los hombres de ciencia. Sin embargo, el modo antinatural en que estos embriones han sido concebidos y las antinaturales condiciones en que se encuentran, no pueden hacernos olvidar que se trata de criaturas humanas, dones vivientes de la Bondad divina, creados a imagen del mismo Hijo de Dios. Se nos pide entonces cómo intervenir para salvar a estas criaturas, resolviendo de modo éticamente aceptable el desagradable dilema.

Una vez que los embriones son concebidos in vitro, existe por cierto la obligación de transferirlos a la madre y solamente ante la imposibilidad de una transferencia inmediata se podrían congelar, siempre con la intención de transferirlos apenas se hayan presentado las condiciones. En efecto, el seno materno es el único lugar digno de la persona, donde el embrión puede tener alguna esperanza de sobrevivir, reanudando espontáneamente los procesos evolutivos artificialmente interrumpidos. También aquellos que —en contraste con la moral católica— considerasen justo recurrir a métodos extra-corpóreos no podrían eximirse de respetar ese mínimo ético que está constituido por la tutela de la vida inocente. Ni siquiera en caso de divorcio el marido podría oponerse a la petición de la esposa de recibir los embriones ya concebidos pues, una vez que la vida humana ha comenzado, el progenitor no tiene ningún derecho de oponerse a su existencia y desarrollo. El embrión, de hecho, no obtiene su derecho a existir de la común acogida de sus progenitores, de la aceptación de la madre o de una determinación legal, sino de su condición de ser humano. Hay que poner de relieve, por otra parte, que en un embarazo diferido, el significado de la procreación, en su compleja dinámica antropológica, es ulteriormente turbado y trastornado: la escisión artificiosa entre unión sexual (cuando ha tenido lugar) y concepción, ya drástica e inaceptable en las técnicas extra-corpóreas, se hace máxima en el caso de la implantación de un embrión crio- conservado.

Si no se puede encontrar a la madre, o ésta rechaza la transfer, algunos autores, incluso católicos, han considerado la posibilidad de transferir los embriones a otra mujer. Se trataría de una adopción prenatal diferente de la maternidad sucedánea y de la fecundación heteróloga con donación de ovocitos: aquí no se daría una lesión de la unidad matrimonial ni un desequilibrio de las relaciones de parentesco pues el embrión se encontraría, desde el punto de vista genético, en una misma relación con ambos padres adoptivos. Los vínculos más intensos y profundos establecidos entre quien es adoptado antes de nacer y los padres adoptivos, tendrían que atenuar algunos problemas psicológicos que se observan en las adopciones tradicionales, mientras se exaltaría el sentido de la adopción como expresión de la fecundidad del amor conyugal y fruto de una generosa apertura a la vida, que lleva a la acogida en el seno de una familia de hijos privados de padres o abandonados, y sobre todo de los abandonados a causa de minusvalía o enfermedad.

La solución, sugerida como extrema ratio para salvar los embriones abandonados a una muerte segura, tiene el mérito de tomar en serio el valor de la vida, si bien frágil, de los embriones y de aceptar con valentía el desafío de la crio-conservación buscando limitar los nefastos efectos de una situación desordenada. Sin embargo, el desorden dentro del cual discurre la razón ética marca profundamente las tentativas mismas de solución. En efecto, no se pueden silenciar los graves interrogantes que provoca esta solución y, de modo particular, el temor a que esta singular adopción no logre substraerse a los criterios eficientistas y deshumanizantes que regulan la técnica de la reproducción artificial: ¿será posible excluir toda forma de selección, o evitar que se produzcan embriones en vista de la adopción? ¿Es imaginable una relación transparente entre los Centros que producen ilícitamente embriones y los Centros donde éstos serían lícitamente transferidos a madres adoptivas? ¿No se corre el riesgo de legitimar e incluso promover, inconsciente y paradójicamente, una nueva forma de cosificación y manipulación del embrión y, más en general, de la persona humana?

En el caso de los embriones congelados tenemos un ejemplo impresionante de los inextricables laberintos en los que se aprisiona una ciencia cuando se pone la servicio de intereses particulares y no del bien auténtico del hombre, únicamente al servicio del deseo y no de la razón. Por ello, frente al alcance de las cuestiones en juego —cuestiones de vida o de muerte— el pueblo cristiano siente con más fuerza que nunca la misión, que el Señor le confió, de anunciar el evangelio de la vida y se compromete, junto con todos los hombres de buena voluntad, a responder a las problemáticas emergentes con soluciones incluso audaces, pero siempre respetuosas de los valores de las personas y de sus derechos nativos, sobre todo cuando se trata de los derechos de los débiles y de los últimos”.

William Smith, Rescue the Frozen?,Homiletic and Pastoral Review, 96.1 (Oct. 1995), 72-74;

Cf. Germain Grisez, The Way of the Lord Jesus, vol. 3, Difficult Moral Questions, Franciscan Press, 1997, p. 242;

Geoffrey Surtees, Adoption of a Frozen Embryo, Homiletic and Pastoral Review 96, August- September 1996, 8-9;

William May, Catholic Bioethics and the gift of Human Life, Our Sunday Visitor Publishing División, Huntington, 2000;

Maurizio Faggioni, o.f.m., La cuestión de los embriones congelados, “L’Osservatore Romano”, edición española del 30 de agosto de 1996, p. 9 y 11;

María Valent, Más sobre la cuestión de los embriones congelados (http://www.bioeticaweb.com/)

Natalia López Moratalla, Congelación de Embriones (http://www.bioeticaweb.com/).

[1] DV, II, 3; y I, 5. Cf. William Smith, Rescue the Frozen?, “Homiletic and Pastoral Review, 96.1 (Oct. 1995), 72-74.

[2] Mary Geach: Are there any circumstances in which it would be morally admirable for a woman to seek to have an orphan embryo implanted in her womb?, en: Issues for a Catholic Bioethic Proceedings of the International Conference to Celebrate the Twentieth Anniversary of the Foundation of The Linacre Centre 28-31 July 1997, London 1999, pp. 341- 346.

[3] Cf. Germain Grisez, The Way of the Lord Jesus, vol. 3, Difficult Moral Questions, Franciscan Press, 1997, p. 242; Geoffrey Surtees, Adoption of a Frozen Embryo, Homiletic and Pastoral Review 96, August-September 1996, 8-9; Hellen Watt, Issues for a Catholic Bioethic, pp. 349-350.

[4] Cf. William May, Catholic Bioethics and the gift of Human Life, Our Sunday Visitor Publishing Division, Huntington, 2000, pp. 94 ss.

[5] Cf. Maurizio Faggioni, o.f.m., La cuestión de los embriones congelados, “L’Osservatore Romano”, edición española del 30 de agosto de 1996, p. 9 y 11.

métodos naturales

Información sobre métodos naturales para regular los nacimientos

Pregunta:

Soy una mujer de 41 años. Mi nombre es Alicia; vivo en Austin, Tx, Estados Unidos. Me gustaría recibir información sobre el método que la Iglesia permite para cuidarse para no tener hijos. Quiero la mayor información para compartirla con mi esposo, porque quiero hacer las cosas como Dios manda. Yo padezco de hipertiroidismo y por lo tanto estoy tomando medicamentos. Por favor agradecería de su ayuda

Respuesta:

Estimada Alicia:

Encontrará la parte moral y espiritual de la información que usted busca mi libro “Matrimonio cristiano, natalidad y anticoncepción”, que puede descargar aquí.

En cuanto a la información más propiamente técnica le aconsejo visitar la página dirigida por médicos católicos: http://www.procef.cl/

También le sugiero ver el siguiente video:

Y visite las páginas: http://www.billingsargentina.org/

http://www.billingsmethod.org/index_es.html

Si usted habla o lee inglés, puede ver con fruto la página del Instituto Pablo VI, especializado en Naprotecnología (técnicas basadas en los métodos naturales)

http://www.popepaulvi.com/

http://www.naprotechnology.com/

Con mi bendición.

Miguel Ángel Fuentes, IVE

droga

¿Por qué es pecado la drogadicción?

Pregunta:

Tengo varios amigos que usan drogas; ellos dicen que no usan drogas pesadas sino suaves y que no les hace nada y además dicen que algunas drogas también se usan como medicina y ahí nadie dice nada. Yo tengo mis dudas… y tentaciones. Por eso mi pregunta: el uso de las drogas ¿siempre es pecado?

Respuesta:

Querido joven:

Es verdad que el término “droga” se aplica tanto a los narcóticos o estupefacientes (sustancias que producen en el hombre un estado físico o psíquico que subjetivamente resulta placentero y que lleva progresivamente a la habituación y a la subsiguiente necesidad de suministración en dosis cada vez más altas) cuanto a todos los medicamentos que ejercitan unos efectos sobre las facultades sensitivas e intelectuales del hombre. Por tanto puede hablarse de distintos “usos” de las drogas, unos lícitos y otros gravemente ilícitos.

1- El empleo terapéutico de algunas drogas

Algunas drogas pueden tener un efecto mitigador del dolor; de ahí que sea lícito el emplearlas cuando tienden a aliviar sufrimientos que hacen muy difícil, y a veces insoportable, el sobrellevar algunas enfermedades. Tal es el caso de los medicamentos analgésicos, los anestésicos, los usados para la cura del sueño, las drogas psicotropas, etc.. De todos modos conviene distinguir los problemas morales según las diversas clases de drogas:

  • Hay drogas que son meramente analgésicas (aquellas que no tienen más efecto que la supresión del dolor, sin interferir con el uso de la conciencia psicológica y sin producir efectos psíquicos concomitantes). Estas no suelen presentar dificultades morales, porque sus características farmacológicas no las hacen susceptibles de abusos, y únicamente cabría plantear la cuestión de la dosis que, si es excesiva, puede buscarse con fines suicidas.
  • Hay drogas que, teniendo o no un efecto analgésico, poseen al mismo tiempo efectos euforizantes: el opio y sus derivados naturales y sintéticos, la coca y la cocaína, etc.; alucinatorios (mescalina, LSD, marijuana y derivados de la Cannabis Indica, etc.); embriagantes (alcohol, éter, cloroformo, protóxido de nitrógeno, etc.); hipnóticos (barbitúricos). Todas estas son drogas que pueden presentar serias implicaciones morales, porque es fácil que del uso terapéutico se pase al abuso, sobre todo por lo que se refiere a los llamados de un modo más concreto estupefacientes, como ocurre con la mayoría de las drogas euforizantes y alucinatorias. De aquí la responsabilidad del médico, que debe recurrir a estas drogas (especialmente en lo que respecta a la morfina, que es la dotada de mayor poder analgésico) solamente en casos de urgencia (cólicos agudos, por ejemplo), y sólo si ya han fallado los demás analgésicos. Es prudente incluso que sea administrada sin que el enfermo sepa de qué medicamento se trata, y únicamente en enfermedades incurables y muy dolorosas se podrá suministrar con más amplitud. Siempre se ha de llevar un control estricto de las recetas, para cortar de raíz cualquier intento de tráfico ilícito con fines no terapéuticos[1].

2- El uso de drogas con fines no terapéuticos

Las drogas pueden tener también otros usos: forenses, estimulantes, placenteros, etc.; en estos casos debemos distinguir.

  • El posible uso forense. Algunas drogas (principalmente los barbitúricos) son capaces de producir un estado “crepuscular”, llevan a la desinhibición del yo y a la abolición de la censura moral. Por este motivo se las denomina vulgarmente como “suero de la verdad” (nombre, en realidad, impreciso). ¿Qué decir de esto? ¿Pueden usarse estas drogas para obtener información de parte de presuntos delincuentes? Estos procedimientos son inmorales y deben rechazarse en la seria práctica forense; de suyo violan los derechos naturales y adquiridos del reo (derecho a la libertad de la confesión, derecho a no autoacusarse, derecho a la reputación, aunque fuera sólo aparente o falsa, etc.); además llevan fácilmente a una dejación de deberes por parte de los peritos y de los magistrados, son un medio inadecuado para obtener una confesión objetiva y que responda a la verdad (porque algunas personas pueden disimular la realidad aun bajo los efectos de esas drogas), y otras veces se puede llegar a manifestar como hechos consumados cosas que en realidad son deseos reprimidos o sueños fantásticos. Aclaro que algunos moralistas admiten ese uso forense de la droga si se cuenta con el consentimiento del sujeto; para otros no sería lícito ni siquiera en esas condiciones.
  • El uso estimulante. A veces pueden usarse con fines estimulantes (para aumentar la capacidad de trabajo, el rendimiento físico, etc.). El problema en este caso es delicado, por las diversas circunstancias que pueden influir en la moralidad. Así, por ejemplo, ordinariamente se admite por todos el uso de drogas ligeras, que no ofrecen peligro de instaurar una verdadera toxicomanía, y que han entrado en las costumbres de casi todos los pueblos: tal es el caso del café, el té, el tabaco, el alcohol en moderada cantidad, etc. Únicamente el abuso de estos productos presenta inconvenientes morales. El uso estimulante de drogas más activas ofrece, sin embargo, serias reservas, porque supone o puede suponer pecados graves de templanza, prudencia y justicia. En algunos casos, como sucede con el uso de drogas en actividades deportivas, entra también en juego la lealtad, no solamente con relación a los competidores, de que deben abstenerse de drogas, sino porque contraviene a los reglamentos deportivos que actualmente incluyen de ordinario una prohibición expresa de usar drogas.
  • El uso experimental o por curiosidad. Por lo que se refiere al uso de drogas por curiosidad, espíritu de aventura, afán de originalidad, etc., aunque sea de modo completamente esporádico, ha de tenerse en cuenta la posibilidad de contraer una toxicomanía, y por consiguiente el grave y no proporcionado peligro al que se expone quien hiciera uso de drogas con esos fines superficiales, o para salir de una depresión, brillar en sociedad, etc. Ordinariamente hay también riesgo de incurrir en pecados de lujuria, no sólo por el efecto afrodisíaco de algunas drogas, sino por la obnubilación de conciencia que producen.

3- El abuso y las toxicomanías

Generalmente se da el nombre de toxicomanía al estado de intoxicación periódica o crónica, nociva al individuo y a la sociedad, que ha sido engendrado por el consumo repetido de una droga natural o sintética. Si se tiene presente que sus características son un deseo invencible de continuar el consumo de la droga y de procurársela con cualquier medio, una tendencia a aumentar la dosis, y una esclavitud de orden psicológico y a veces físico con relación a los efectos de la droga, se comprenderán las gravísimas repercusiones morales de estas situaciones: aparte del serio daño que suponen para la salud física, puede achacarse a la toxicomanía cualquier tipo de pecado, pues el toxicómano no duda en cometerlo si le puede facilitar la obtención de la droga. A esto hay que añadir los perjuicios morales que causa a la familia y a la sociedad.

Por otra parte sus características hacen muy difícil la ayuda espiritual, si no se instaura paralela y fielmente una cura médica y psicológica de desintoxicación.

Por estas razones, en este campo, como dice el dicho popular: es más fácil prevenir que curar. Prevenir ya sea mediante el consejo espiritual que recuerde a médicos, farmacéuticos, etc., sus deberes respecto a la administración, control y venta de estupefacientes, ya sea en general a los posibles candidatos a la toxicomanía: por lo común hombres y mujeres descentrados, de vida irregular y superficial, o de enfermos que han sido sometidos a un tratamiento continuado con drogas estupefacientes, o de jóvenes que frecuentan malos ambientes y malas amistades.

La drogadicción suele ser un terrible callejón sin salida.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Miguel Ángel Fuentes, La cultura de la droga, en: “Droga vs. Vida. No renuncies a tu libertad” (Folleto preparado por Miguel Ángel Fuentes para el “1° Congreso Nacional de Jóvenes sobre Drogadicción”, Secretaría de Gobierno de la Municipalidad de San Rafael, EVE, San Rafael 1998);

J.L. Soria Saiz, Drogas, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid 1989, t. VIII;

Alonso Fernández, Toxicomanías, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid 1989, t. XXII.

Pontificio Consejo para la Familia, Droga: de la desesperación a la esperanza, 5 de agosto de 1982.

[1] Respecto al uso de estas drogas en enfermos desahuciados, no hay nada que objetar cuando se trata de ayudar a morir sin dolor, con tal que no se busque directamente acortar la vida y aunque el uso de estos analgésicos pueda eventualmente acelerar la muerte, por los efectos tóxicos concomitantes a su administración. Son precisas, sin embargo, dos condiciones: 1° que no se pretenda suprimir por principio el dolor, y a toda costa, sino simplemente atenuarlo o quitarlo de un modo razonable; 2° que los sedantes no imposibiliten para prepararse a la muerte con lucidez de espíritu, y para cumplir los deberes con Dios, con la familia y con la sociedad.

homosexualidad

¿Cómo debemos considerar el problema de la homosexualidad: como enfermedad sexual o como pecado?

Pregunta:

¿Cómo debemos considerar el problema de la homosexualidad: como enfermedad sexual o como pecado? Y ¿cuál es la manera correcta y cristiana de tratar a las personas homosexuales?

Respuesta:

1. Delimitación del tema.

La homosexualidad se ubica entre las llamadas ‘desviaciones sexuales’, para distinguirlas de otros ‘disturbios sexuales’, como son las perversiones y las disfunciones sexuales. De modo concreto, entre las perversiones sexuales se enumeran: la masturbación, el narcisismo, el exhibicionismo, el fetichismo, el sadismo, el masoquismo, la necrofilia, la incestuosidad, el bestialismo, la pedofilia, la efebofilia, la patofilia, la gerontofilia, etc.; entre las disfunciones: los disturbios del deseo (ausencia o de deseo e hipererotismo), o en la excitación (impotencia y coitofobia), o en el orgasmo (frigidez), etc. Finalmente, entre las desviaciones sexuales se colocan el transexualismo, el travestismo, la bisexualidad y la homosexualidad. La respuesta la debemos limitar esta última.

2. Definición y naturaleza del fenómeno.

Una definición más o menos adecuada de la homosexualidad es la que da Sgreccia: una anomalía que consiste en la desviación de la atracción afectivo-sexual, por la cual el sujeto prueba atracción, e incluso puede mantener relaciones, con personas de su mismo sexo.

Esta desviación puede responder a causas puramente morales (perversión moral) o causas morales y psicológicas. Los orígenes del fenómeno en las personas que se descubren ‘constitucionalmente’ homosexuales, no son del todo claros; hay varias hipótesis. La más plausible indica que si bien puede haber predisposiciones orgánicas y funcionales, el origen se remonta generalmente a una intrincada red de relaciones afectivas y sociales. Han sido estudiados los eventuales factores hereditarios, sociológicos, e incluso hormonales; pero de todos, parece ser el más influyente el clima educativo familiar, especialmente en el período que va de los 6 a los 12 años. El dinamismo original de la desviación homosexual parecería consistir en una fracasada identificación afectiva del niño o de la niña.

Hay que distinguir los homosexuales en:

Esenciales (también llamados primitivos, constitucionales, primarios); estos están sujetos a la compulsividad del instinto. A su vez se distinguen en: totales y exclusivos(aborrecen el sexo opuesto totalmente, y sienten impulso casi irresistible hacia el propio sexo) y los otros que pueden sentir también la atracción heterosexual (bisexuales).

Ocasionales (también llamados veleitarios, secundarios): buscan el propio sexo por motivaciones más superficiales como aventura, dinero o falta de pareja de otro sexo, pero conservan las tendencias heterosexuales.

En todos hay que distinguir la tendencia hacia el propio sexo, y el acto homosexual (ya sea el deseo o pensamiento consentidos, o el acto externo sexual).

3. Valoración moral.

Hay que hacer un juicio diverso sobre la tendencia y sobre el acto.

1) El acto homosexual. Por acto homosexual entendemos no sólo los actos sexuales externamente consumados sino también los actos de deseo y pensamiento plenamente consentidos. Estos son intrínsecamente desordenados, es decir, malos ‘ex obiecto’. Lo enseña la Sagrada Escritura, el Magisterio y la razón:

a) Sagrada Escritura. Numerosos son los textos. Basta algunos:
-Lev 18,22: «No te acostarás con varón como con mujer; es abominación».
-Lev 20,13: «Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos».
-Rom 1,27: «Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío».
-1 Cor 6,9-10: «¡No os engañéis! Ni los impuros… ni los afeminados, ni los homosexuales…heredarán el Reino de Dios».

b) Magisterio. Hay varios documentos que tienen especial importancia:

-La Declaración Persona humana «Según el orden moral ob­jetivo, las relaciones homosexuales son actos priva­dos de su regla esencial e indispensable. En la Sa­grada Escritura están condenados como graves de­pravaciones e incluso presentados como la triste con­secuencia de una repulsa de Dios (cf. Rom 1,24-27). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsa­bles, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínse­camente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso»[1].

-Catecismo de la Iglesia Católica: ‘La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso’[2].

-Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales: repite el texto de la declaración Persona humana[3].

-Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado[4].

-También tienen mucha importancia las intervenciones del Magisterio ante los errores sobre este punto de algunos moralistas. Así, por ejemplo, ante los errores de J.J, McNeill[5], Charles Curran[6], André Guindon[7].

c) La razón. La razón, tanto filosófica, como teológica muestra la ilicitud de estos actos, en cuanto:

-Están absolutamente desposeídos de la finalidad procreativa que es propia del acto sexual humano (y la cual no puede ser excluida voluntariamente[8].

-Niegan la complementariedad entre el varón y la mujer, la cual está inscrita en la misma naturaleza: no sólo porque el varón y la mujer son complementarios genitalmente sino porque lo son también germinalmente (sus células sexuales son complementarias: óvulo y espermatozoo) y psicológicamente.

-Niega la sabiduría creadora de Dios: pues al negar lo único que está explícitamente escrito en la naturaleza del hombre (la complementariedad entre el varón y la mujer), niega el plan de Dios en la creación.

-Niegan la autodonación que la razón última que legitima el uso del sexo. Ya que el acto homosexual es más una búsqueda de autocomplacencia que una autodonación.

-Es un acto antisocial: porque no contribuye con la generación de nuevos hijos a la sociedad. El sexo se ordena a la perpetuación de la especie. Si la práctica homosexual fuera lícita y todos la practicasen equivaldría al suicido social.

2) La tendencia homosexual. Sobre la tendencia homosexual, cuando responde a factores no voluntarios, se suele verificar muchos equívocos. Fundamentalmente hay que decir que mientras no sea consentida no constituye pecado alguno, pero al mismo tiempo, también hay que afirmar que ella misma, por tender como fin a un acto desordenado, es un desorden.

a) Puede no constituir pecado: ‘Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba’[9].

b) Pero es objetivamente desordenada: ‘La particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada’[10].

c) Consecuentemente, estas personas están llamadas a vivir la castidad de modo total y unir el sufrimiento causado por su tendencia a la cruz de Cristo: ‘Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición. Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana[11].

Algunos, para sostener la inculpabilidad de estos actos en las personas homosexuales cuya tendencia no es voluntaria, han afirmado que no son libres. Como afirma la Carta a los Obispos, esto es una injuria a esas personas, porque afirmar que no son libres es despojarlos de su auténtica libertad: ‘Se debe evitar la presunción infundada y humillante de que el comportamiento homosexual de las personas homosexuales esté siempre y totalmente sujeto a coacción y por consiguiente sin culpa. En realidad también en las personas con tendencia homosexual se debe reconocer aquella libertad fundamental que caracteriza a la persona humana y le confiere su particular dignidad’[12].

4. Consecuencias sociales: las actitudes sociales con las personas homosexuales[13].

Uno de los puntos más controvertidos es el de las actitudes sociales que se pueden y que se deben tomar respecto de estas personas.

¿Discriminación sexual? Derechos y límites. Ante todo, a estas personas no se las debe discriminar pastoralmente: hay que tratar de convertir a las que practican la homosexualidad, y hay que asistir a quienes no la practican pero tienen tendencias homosexuales. Es un pecado la violencia contra unas y otras.

Estas personas, como toda persona humana, son sujetos de derechos fundamentales: derecho al trabajo, a la casa, etc. Con todo, esos derechos no son absolutos; pueden ser limitados legítimamente por la Autoridad a causa de comportamientos externos objetivamente desordenados que atenten contra el bien común o contra los más débiles (física o moralmente).

Esta reducción de los derechos no absolutos se practica en muchos casos: en determinadas enfermedades contagiosas, enfermos mentales, individuos socialmente peligrosos, etc. De este modo, existe una discriminación justa: ‘Existen ámbitos en los que no se da discriminación injusta cuando se tiene en cuenta la tendencia sexual: por ejemplo, en la adopción o custodia de niños, en la contratación de profesores o instructores de atletismo, y en el servicio militar’[14].

Además, la discriminación verdadera, es decir, la que afectaría a una persona con tendencias homosexuales que quiere vivir castamente, es casi nula, porque ‘por regla general, la mayoría de las personas con tendencia homosexual, que procura llevar una vida casta, no da a conocer públicamente su tendencia homosexual. En consecuencia el problema de la discriminación en términos de empleo, casa, etc., normalmente no se plantea’[15].

Por el contrario, ‘los homosexuales que declaran su homosexualidad son, casi siempre, personas que consideran su comportamiento o su estilo de vida homosexual como ‘indiferente o, sin más, bueno’, y por eso digno de aprobación pública[16]. Por tanto, con estas personas la pretendida ‘discriminación’ es, en realidad, una defensa social de los más débiles (los inocentes que pueden ser inducidos a tales comportamientos).

Estos normalmente usan el slogan de la ‘discriminación sexual’ como un arma política para manipular la sociedad y la misma Iglesia[17]. Y el objetivo último no apunta a encontrar un lugar en la sociedad, viviendo castamente, sino explícitamente a lograr la aprobación de sus comportamientos homosexuales como es el caso del reconocimiento jurídico-social y la equiparación de la cohabitación homosexual con el matrimonio heterosexual, e incluso la implantación de un ‘derecho’ a contraer ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo. A este respecto hay que decir con Juan Pablo II: ‘Lo que no es moralmente admisible es la aprobación jurídica de la práctica homosexual. Ser comprensivos con respecto a quien peca, a quien no es capaz de liberarse de esta tendencia, no equivale a disminuir las exigencias de la norma moral (VS,95). Cristo perdonó a la mujer adúltera, salvándola de la lapidación (Jn 8,1-11), pero, al mismo tiempo, le dijo: Ve y de ahora en adelante ya no peques más‘. Y refiriéndose a la resolución del Parlamento Europeo sobre este tema, añade: ‘El Parlamento ha conferido indebidamente un valor institucional a comportamientos desviados, no conformes al plan de Dios: existen las debilidades -lo sabemos-, pero el Parlamente al hacer esto ha secundado las debilidades del hombre[18].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 


[1] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Persona humana, nº 8.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2357.
[3] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, nº 3.
[4] Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, Roma, 8 de diciembre de 1995, nº 104.
[5] Sobre McNeill: cf. Congregación para los religiosos y los institutos seculares, Roma, 2 gennaio 1987, Enchiridion Vaticanum, t. X, nº 1129ss.
[6] Sobre Charles Curran: cf. Sagrada Congregación para la doctrina de la fe, Curran sospeso dallinsegnamento della teologia, Roma 25 lulio 1986, Enchiridion Vaticanum, t. X, nº 724ss.
[7] Sobre Guindon, L’Osservatore Romano, 7 de febrero de 1992, p. 10.
[8] Cf. Humanae vitae, 14.
[9] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2358.
[10] Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, nº 3.
[11] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2358-2359.
[12] Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, nº 11.
[13] Cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986;Algunas consideraciones acerca de la respuesta a ciertas propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, L’Osservatore Romano, 31 de julio de 1992, p. 7; Juan Pablo II, Ángelus del 20 de febrero de 1994.
[14] Algunas consideraciones acerca de la respuesta a ciertas propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, L’Osservatore Romano, 31 de julio de 1992, p. 7, nº 11.
[15] Ibid., nº 14.
[16] Ibid., nº 14.
[17] Cf. Carta a los Obispos…, nº 9.
[18] Juan Pablo II, Ángelus del 20 de febrero de 1994.