nulidad matrimonial

¿Cuáles son las causas de nulidad matrimonial?

Pregunta:

¿Cuáles son las causas de nulidad de un matrimonio?

Respuesta:

Las causas se distribuyen en tres capítulos:

1) En razón de un impedimento canónico invalidante, que no fue dispensado, o que no podía serlo: edad, impotencia, ligamen, disparidad de culto, orden, voto, rapto, crimen, consanguinidad, afinidad, pública honestidad, adopción.

2) Por causa de un vicio o defecto del consentimiento matrimonial: carencia de suficiente uso de razón, grave defecto de discreción de juicio, incapacidad para asumir obligaciones esenciales, ignorancia de la naturaleza del matrimonio, error acerca de la persona o de una cualidad, dolo o engaño, error que determina a la voluntad, consentimiento simulado, consentimiento condicionado, violencia o miedo grave, ausencia de los contrayentes, falta de exteriorización del consentimiento, incapacidad legal del procurador.

3) Por falta de forma canónica requerida para la validez del matrimonio.

Cada una de estas causas se explican en el Código de Derecho Canónico en los cánones 1073-1123.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

¿Es posible casarse con una persona divorciada?

Pregunta:

Escribo esta por el motivo que una prima desea saber acerca de un matrimonio con una persona divorciada. Gracias por esta grandísima ayuda.

Respuesta:

Su pregunta requeriría algunas precisiones para poder contestarla acertadamente. Le contesto aproximadamente:

1) Si la persona estaba casada por la Iglesia, el divorcio civil no anula o deshace dicho matrimonio por lo cual tal persona está inhabilitada para poder contraer nuevas nupcias. Se trata de un impedimento para el nuevo matrimonio. Sólo una declaración de nulidad por parte de la autoridad eclesiástica competente puede permitir un nuevo matrimonio (o sea, una declaración de que el matrimonio anterior fue nulo: no existió). Sobre esto puede leer lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica nn. 2382-2386.

2) Si la persona estaba sólo casada por el civil y se divorció civilmente, estamos ante un caso distinto. El matrimonio civil, cuando una de las dos personas es católica no es matrimonio válido (salvo cuando el Obispo ha autorizado para que la ceremonia civil supla por la eclesiástica); por tanto, no hay verdadero matrimonio. Cuando la autoridad eclesiástica juzga que no hay compromisos humanos a los que la persona divorciada debería atender en razón de justicia (hijos del anterior matrimonio; esposa abandonada injustamente, etc.) puede autorizar el matrimonio canónico de esa persona con otra soltera o en iguales condiciones.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

comunión

¿Impide el derecho canónico la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar?

Pregunta:

¿Impide el código la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar?

 

Respuesta:

El Código de Derecho Canónico establece que: ‘No deben ser admitidos a la sagrada comunión los excomulgados y los que están en entredicho después de la imposición o de la declaración de la pena, y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave’ (can. 915). En los últimos años algunos autores han sostenido, sobre la base de diversas argumentaciones, que este canon no sería aplicable a los fieles divorciados que se han vuelto a casar.

Reconocen que la Exhortación Apostólica ‘Familiaris consortio’, de 1981, en su n. 84 había confirmado, en términos inequívocos, tal prohibición, y que ésta ha sido reafirmada de modo expreso en otras ocasiones, especialmente en 1992 por el ‘Catecismo de la Iglesia Católica’, n. 1650, y en 1994 por la Carta ‘Annus internationalis Familiae’ de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero, pese a todo ello, dichos autores ofrecen diversas interpretaciones del citado canon que concuerdan en excluir del mismo, en la práctica, la situación de los divorciados que se han vuelto a casar. Por ejemplo, puesto que el texto habla de ‘pecado grave’, serían necesarias todas las condiciones, incluidas las subjetivas, que se requieren para la existencia de un pecado mortal, por lo que el ministro de la Comunión no podría hacer ‘ab externo’ un juicio de ese género; además, para que se hablase de perseverar ‘obstinadamente’ en ese pecado, sería necesario descubrir en el fiel una actitud desafiante después de haber sido legítimamente amonestado por el Pastor.

Ante ese pretendido contraste entre la disciplina del Código de 1983 y las enseñanzas constantes de la Iglesia sobre la materia, este Consejo Pontificio, de acuerdo con la Congregación para la Doctrina de la Fe y con la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, declara cuanto sigue:

1. La prohibición establecida en ese canon, por su propia naturaleza, deriva de la ley divina y trasciende el ámbito de las leyes eclesiásticas positivas: éstas no pueden introducir cambios legislativos que se opongan a la doctrina de la Iglesia. El texto de la Escritura en que se apoya siempre la tradición eclesial es éste de San Pablo: Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz: pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (1 Cor 11, 27-29).

Este texto concierne ante todo al mismo fiel y a su conciencia moral, lo cual se formula en el Código en el sucesivo can. 916. Pero el ser indigno porque se está en estado de pecado crea también un grave problema jurídico en la Iglesia: precisamente el término ‘indigno’ está recogido en el canon del ‘Código de los Cánones de las Iglesias Orientales’ que es paralelo al can. 915 latino: ‘Deben ser alejados de la recepción de la Divina Eucaristía los públicamente indignos’ (can. 712). En efecto, recibir el cuerpo de Cristo siendo públicamente indigno constituye un daño objetivo a la comunión eclesial; es un comportamiento que atenta contra los derechos de la Iglesia y de todos los fieles a vivir en coherencia con las exigencias de esa comunión. En el caso concreto de la admisión a la sagrada Comunión de los fieles divorciados que se han vuelto a casar, el escándalo, entendido como acción que mueve a los otros hacia el mal, atañe a un tiempo al sacramento de la Eucaristía y a la indisolubilidad del matrimonio. Tal escándalo sigue existiendo aún cuando ese comportamiento, desgraciadamente, ya no cause sorpresa: más aún, precisamente es ante la deformación de las conciencias cuando resulta más necesaria la acción de los Pastores, tan paciente como firme, en custodia de la santidad de los sacramentos, en defensa de la moralidad cristiana, y para la recta formación de los fieles.

2. Toda interpretación del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las palabras de la ley (cf. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.

La fórmula ‘y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave’ es clara, y se debe entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las tres condiciones que deben darse son: a) el pecado grave, entendido objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la imputabilidad subjetiva; b) la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial; c) el carácter manifiesto de la situación de pecado grave habitual.

Sin embargo, no se encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones -como, por ejemplo, la educación de los hijos- ‘satisfacer la obligación de la separación, asumen el empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges’ (‘Familiaris consortio’, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven ‘more uxorio’ es de por sí oculto, mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística ‘remoto scandalo’.

3. Naturalmente la prudencia pastoral aconseja vivamente que se evite el tener que llegar a casos de pública denegación de la sagrada Comunión. Los Pastores deben cuidar de explicar a los fieles interesados el verdadero sentido eclesial de la norma, de modo que puedan comprenderla o al menos respetarla. Pero cuando se presenten situaciones en las que esas precauciones no hayan tenido efecto o no hayan sido posibles, el ministro de la distribución de la Comunión debe negarse a darla a quien sea públicamente indigno. Lo hará con extrema caridad, y tratará de explicar en el momento oportuno las razones que le han obligado a ello. Pero debe hacerlo también con firmeza, sabedor del valor que semejantes signos de fortaleza tienen para el bien de la Iglesia y de las almas.

El discernimiento de los casos de exclusión de la Comunión eucarística de los fieles que se encuentren en la situación descrita concierne al Sacerdote responsable de la comunidad. Éste dará precisas instrucciones al diácono o al eventual ministro extraordinario acerca del modo de comportarse en las situaciones concretas.

4. Teniendo en cuenta la naturaleza de la antedicha norma (cf. n. 1), ninguna autoridad eclesiástica puede dispensar en caso alguno de esta obligación del ministro de la sagrada Comunión, ni dar directivas que la contradigan.

5. La Iglesia reafirma su solicitud materna por los fieles que se encuentran en esta situación o en otras análogas, que impiden su admisión a la mesa eucarística. Cuanto se ha expuesto en esta Declaración no está en contradicción con el gran deseo de favorecer la participación de esos hijos a la vida eclesial, que se puede ya expresar de muchas formas compatibles con su situación. Es más, el deber de reafirmar esa imposibilidad de admitir a la Eucaristía es condición de una verdadera pastoralidad, de una auténtica preocupación por el bien de estos fieles y de toda la Iglesia, porque señala las condiciones necesarias para la plenitud de aquella conversión a la cual todos están siempre invitados por el Señor, de manera especial durante este Año Santo del Gran Jubileo.

Del Vaticano, 24 de junio de 2000,

Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista.

Julián Herranz, Arzobispo tit. de Vertara, Presidente

Bruno Bertagna, Obispo tit. de Drivasto, Secretario

P. Miguel A. Fuentes, IVE

abogado

¿Puede un abogado, aceptar casos de divorcios?

Pregunta:

Me gustaría que me dijeran si la Iglesia permite, en el ejercicio de mi profesión como abogada, aceptar casos de divorcio.

Respuesta:

Estimada:

Un matrimonio legítimamente realizado es válido, y el vínculo matrimonial que surge de tal compromiso es indisoluble por su propia naturaleza. Cuando al menos uno de los dos contrayentes es católico y no ha apostatado exteriormente de su fe sólo es válido el matrimonio realizado según las leyes de la Iglesia.

Hay varios modos de intervenir sobre un matrimonio verdadero o aparente:

1º La declaración de nulidad. Es la sentencia por la cual se confirma que -por determinados impedimentos existentes en el momento de realizar el matrimonio- nunca hubo matrimonio. Evidentemente, no se trata de ningún modo de disolución. De todos modos, sólo la Iglesia tiene poder para hacer -luego del estudio correspondiente- tal declaración.

2º La disolución del vínculo propiamente dicho. Hemos dicho que el vínculo matrimonial válido es indisoluble intrínsecamente, es decir, no puede disolverse por voluntad de los propios cónyuges sino sólo por la muerte; esta afirmación se entiende de modo absoluto del matrimonio ‘rato y consumado'[1]. En algunos casos ya tipificados por el derecho puede disolverse extrínsecamente, es decir, por una autoridad superior a los mismos cónyuges que es la autoridad del Romano Pontífice como Vicario de Jesucristo. Estos casos se restringen sólo a los matrimonios ratos y no consumados y a algunos matrimonios válidos y consumados pero no sacramentales[2]. Es evidente que la disolución del vínculo propiamente dicha no cae bajo competencia de ningún poder humano fuera de la Iglesia y nadie puede pretender dictaminarla sin pecado grave.

3º La separación de lecho y techo. Es la separación de la cohabitación, por parte de un matrimonio válido e indisoluble, pero permaneciendo el vínculo; está contemplado por el mismo derecho de la Iglesia[3].

En principio un abogado o un juez no tiene que intervenir, a menos que sea necesario para la separación de bienes.

Puede ocurrir que una de las partes quiera o exija una declaración de divorcio civil (ya sea porque quiere buscar una nueva unión marital, o porque es el único medio para defender su patrimonio propio o de sus hijos). En estos casos dolorosos, se plantea lo siguiente:

a) Cuando lo demanda la parte culpable contra la inocente (el otro le pide el divorcio como condición para pasarle la legítima manutención o concederle el derecho a educar los hijos). Dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2383): ‘Si el divorcio civil representa la única manera posible de asegurar ciertos derechos legítimos, el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio, puede ser tolerado sin constituir una falta moral’.

b) Cuando lo demanda la parte inocente no en orden a contraer nuevo matrimonio sino como único medio para mantener el cuidado de los hijos o para defender su legítimo patrimonio, pienso que vale lo mismo. En este caso se aplicaría el principio de doble efecto: quiere el cuidado de los hijos o la defensa del patrimonio y tolera la declaración civil a la que no concede ningún valor real (porque sabe que su vínculo permanece).

Respecto del abogado y del juez actuantes en estos casos ¿qué hay que decir?

-El juez que declara que el vínculo matrimonial (de un matrimonio canónico o de un matrimonio natural entre dos no bautizados) es disoluble y que es lícito un segundo matrimonio, presta cooperación formal al acto malo de los divorcista o de la parte culpable.

-En algunas circunstancias puede ser lícito para el juez declarar que, conforme a las leyes, se disuelve la sociedad matrimonial en cuanto atañe a los efectos civiles del matrimonio (comunidad de bienes, etc.), aun cuando se prevea que esta declaración impulsará a no pocos para llevar una vida seudomatrimonial, evidentemente ilícita. Habría que evitar en la fórmulas empleadas el hacer cualquier alusión al vínculo.

-El abogado no puede patrocinar ningún proceso de divorcio entendido como disolución del vínculo sacramental o natural. Puede, en cambio, defender a la parte inocente a quien demanda divorcio la otra parte, en cuanto a los efectos civiles. Puede también patrocinar la petición de divorcio para la parte inocente, es decir solicitar que éste caso sea encuadrado en tal o cual ley que prevé tales efectos que su cliente puede pedir lícitamente y que no puede obtener por otros medios (la obligación de mantener a la esposa y los hijos, de respetar sus bienes, etc.); en este caso la solicitación del divorcio y la defensa del mismo no deben referirse a la disolución del vínculo con derecho a contraer nuevo matrimonio, sino a la sola separación corporal y demás efectos que la separación llevara consigo.

-Cuando al abogado le tocase por oficio (por ejemplo, si trabaja en un estudio que atiende distintas causas y está de turno cuando se solicita ésta), debería intentar sustraerse de esta obligación. Si no puede hacerlo, debe limitarse a exponer ante el tribunal los motivos legales en los que se apoya la petición de divorcio, procurando hacer constar que se opone ella a los principios católicos si es entendida como divorcio vincular.

4º La separación de un matrimonio sólo civil inválido. He dicho que cuando al menos uno de los cónyuges es católico está obligado a celebrar su matrimonio según la forma canónica ordinaria o extraordinaria o pedir dispensa. Si esto no ha sido realizado de este modo, su matrimonio fue inválido y el matrimonio es inexistente.

Lo que corresponde a los esposos es regularizar su situación si esto es posible, especialmente si hay hijos de por medio, promesas de matrimonio canónico, obligaciones económicas hacia el otro cónyuge, etc. Cuando regularizar la situación es imposible o inconveniente, correspondería la separación. En este último caso el divorcio civil es un trámite donde se desvinculan ante la ley civil de un contrato civil que no les era lícito realizar. No sólo pueden hacerlo sino que en muchos lugares es un requisito para poder contraer luego un matrimonio canónico (es decir, casarse por la Iglesia con otra persona). Si es lícito para los esposos sólo civilmente casados el divorciarse civilmente, también será lícito para el juez dictaminar el divorcio y para el abogado el promocionarlo. En todo caso, para evitar confusiones o falsos escándalos, habrá que ver la manera de hacer notar que no se rompe ningún vínculo sino que éste nunca existió.

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] C. 1141. El matrimonio rato y consumado es el matrimonio sacramental y consumado.

[2] C. 1142 ss.

[3] C. 1151-1153.

divorcio

¿Qué efectos puede dejar el divorcio en los niños?

Pregunta:

Estimado Padre, una hermana mía acaba de divorciarse y se ha marchado de su casa con sus cuatro hijos pequeños. Mis sobrinos están muy dolidos por la situación y no entienden lo que ha pasado con sus padres. Mi pregunta es: ¿puede dejar algún efecto en ellos el divorcio de sus padres?

Respuesta:

Recientes trabajos confirman los efectos adversos del divorcio en los niños. Un estudio hecho público este mes por un centro privado de Estados Unidos, el ‘National Bureau of Economic Research’ (NBER), examina la situación de los niños que crecen en Estados donde es más fácil conseguir el divorcio.

En Is Making Divorce Easier Bad for Children? The Long Run Implications of Unilateral Divorce, Jonathan Gruber observa que en la mayoría de los estados norteamericanos ahora se permite el divorcio de forma unilateral: uno de los cónyuges puede obtener el divorcio sin el consentimiento del otro, basándose únicamente en la incompatibilidad matrimonial.

En el pasado las leyes estipulaban el divorcio sólo en casos determinados, tales como la infidelidad y el maltrato físico, y cuando había mutuo acuerdo. Estas leyes antiguas a menudo eran vistas como una carga financiera y emocional para las parejas en proceso de divorcio, lo que condujo a la introducción del divorcio sin culpa a finales de los años 60 y principio de los 70.

La fundación de investigación NBER indicaba que las normativas de divorcio unilateral han incrementado significativamente el índice de adultos en proceso de divorcio, en un 11,6%, y de niños que viven con un padre divorciado. De hecho, entre los niños, la probabilidad de vivir con una madre divorciada era un 14,5% mayor que con las leyes anteriores y un 11,1% mayor de vivir con el padre divorciado.

Gruber calculó el impacto de este divorcio más fácil sobre el bienestar de los niños. Comparó las circunstancias de los adultos en el caso de niños de estados donde el divorcio unilateral era posible, respecto a niños que vivían en estados donde éste no estaba permitido. Descubrió que la situación de los niños que vivían allí donde es posible el divorcio sin culpa era peor por varios motivos. Tienen una educación inferior, con un especial aumento de la probabilidad de abandonar los estudios primarios o secundarios. Asimismo viven en familias con bajos ingresos.

Los efectos sobre el matrimonio son especialmente interesantes. Los chicos que viven en estados donde el divorcio es más fácil es más probable que se casen antes, pero estos matrimonios prematuros terminan con mayor frecuencia en separación.

Gruber concluyó que hay dos factores principales del divorcio sin culpa que afectan a los niños: un aumento de la probabilidad de que un niño viva en una familia de divorciados, y un cambio en el poder de negociación de los dos esposos, incluso en parejas que no se rompen. Liberado de la obligación de llegar a un acuerdo mutuo sobre si divorciarse o no, el progenitor que desea acabar con el matrimonio puede emprender acciones que son más beneficiosas para sí mismo y menos para el otro y para sus hijos.

Un millón de niños afectados al año

El ‘Washington Times’, en un artículo publicado esta semana (20 febrero 2001), indicaba que un millón de niños y jóvenes en Estados Unidos se convierten en hijos de divorciados cada año, según el Centro Nacional de Estadísticas de la Salud.

El diario citaba al doctor Michael Katz, psicólogo clínico en Southfield, Michigan, que ha trabajado con hijos de divorciados durante 30 años. Katz comentaba que estos niños presentan regularmente cuatro conductas negativas típicasmienten excesivamente, tienen un bajo nivel de aprendizajefalta de asunción de responsabilidad del propio comportamiento y dificultad de concentración.

Mientras que muchos chicos, independientemente de su preparación anterior, pueden presentar estas conductas, el doctor Katz dijo que los hijos de divorciados se resisten a muchas formas tradicionales de terapia y disciplina familiar.

En cualquier caso, algunos arguyen que es mejor para los chicos que sus padres se divorcien, de manera que puedan salir de un ambiente familiar lleno de tensiones y conflictos. Pero otro estudio reciente rebate este argumento.

Paul R. Amato -en un artículo titulado ‘What Children Learn From Divorce’, en ‘Population Today’ (enero), publicación del ‘Population Research Bureau’- afirmaba que aunque es bien conocido que aquellos que experimentan un divorcio de los padres corren un riesgo elevado de que sus propios matrimonios fracasen, no se ha encontrado una explicación a este comportamiento.

Con el fin de examinar el asunto, Amato y otros investigadores han realizado un estudio, iniciado en 1980, basado en una muestra de 2.034 personas casadas. Se analizaron los casos de 335 hijos ya adultos, casados por primera vez. 68 de estos hijos habían sufrido un divorcio de los padres. Otros 75 hijos adultos habían experimentado altos niveles de discordia matrimonial en su niñez, pero no habían tenido la experiencia de un divorcio de los padres. Estas personas fueron comparadas con 192 hijos adultos que no habían experimentado ni un divorcio de los padres, ni altos niveles de discordia mientras sus padres estaban casados. De los 335 hijos adultos que se habían casado, 66 se divorciaron antes de 1997.

Los resultados muestran que la intención de divorciarse entre los hijos adultos era elevada en los casos en el que los padres habían tenido un matrimonio discordante o que finalizó en divorcio. El índice de divorcio actual entre los hijos adultos, en cualquier caso, se elevaba solamente si los padres se habían divorciado.

El artículo termina observando que la investigación sugiere que es la actual finalización del matrimonio, más que las difíciles relaciones familiares que preceden a la disolución matrimonial, la que afecta a la estabilidad matrimonial posterior de los hijos, y que su transmisión se produce principalmente porque se socava la capacidad de los hijos a comprometerse a una permanencia matrimonial.

Declaración sobre el matrimonio

Ante la creciente evidencia que muestra los efectos perjudiciales del divorcio, líderes religiosos en Estados Unidos emitieron una declaración conjunta sobre el matrimonio el pasado mes de noviembre. El documento ‘A Christian Declaration on Marriage’, fue firmado por el obispo Anthony O’Connell, presidente de la Comisión de Matrimonio y Vida Familiar de la Conferencia Episcopal Católica de Estados Unidos; Richard Land, presidente de la Comisión de Ética y Libertad Religiosa de la Convención Baptista del Sur; Robert Edgar, secretario general del Consejo Nacional de las Iglesias de Cristo; y el obispo Kevin Mannoia, presidente de la Asociación Nacional de los Evangélicos.

La declaración afirma que ‘creemos que el matrimonio es la santa unión de un hombre y una mujer en la que ellos se comprometen, con la ayuda de Dios, a construir una amorosa, entregada, y fiel relación que durará toda la vida’.

También afirman que ‘parejas, iglesias y toda la sociedad tienen interés en el bienestar de los matrimonios. Cada uno, por lo tanto, tiene sus propias obligaciones en la preparación, fortalecimiento, apoyo y reanudación de los matrimonios’.

Estos líderes indicaban que las tres cuartas partes de los matrimonios en Estados Unidos son celebrados por el clero. Por lo tanto, las iglesias están en una posición privilegiada para pedir un compromiso más fuerte en la unión matrimonial, y también están en disposición de proporcionar ‘ministros que tengan experiencia y puedan influir para dar marcha atrás al curso de la cultura actual’.

Sin embargo, este esfuerzo ecuménico en la promoción del matrimonio se estropeó por el anuncio, hecho poco después de la publicación del documento, de que Robert Edgar, secretario general del Consejo Nacional de las Iglesias, retiraría su firma. Según informaba Associated Press (17 noviembre), Edgar tomó esta decisión porque pensó que el documento podría ser interpretado como un ataque a las parejas homosexuales.

Según AP, las iglesias miembros del Consejo Nacional de las Iglesias se encontraban divididas sobre el tema de los matrimonios del mismo sexo y la homosexualidad, y el consejo no tenía una postura oficial sobre ello. Pero el consejo apoya los derechos civiles para homosexuales, lesbianas, bisexuales y transexuales.

Si ni siquiera las Iglesias cristianas pueden unirse en la defensa del matrimonio, no nos puede sorprender que la sociedad secular y la cultura contemporánea sean hostiles a la familia tradicional. Es de esperar que la continuación de los estudios de los investigadores convenzan finalmente a la opinión pública del poder destructivo del divorcio y esto lleve a un cambio de las leyes actuales.

P. Miguel A. Fuentes, IVE