secta

Tengo un hijo en una secta ¿cómo puedo ayudarlo?

Pregunta:

Somos una familia católica, con hijos ya grandes. Una de mis hijas se ha puesto de novia con un joven extraño. Ella, desde hace un tiempo ha dejado de ir a Misa, y no nos acompaña cuando rezamos. Ya no es la misma con nosotros. Pensamos que su novio la está llevando a alguna secta o algo parecido. ¿Qué nos aconseja hacer?

 

Respuesta:

Estimada Señora:

 Sin ser un especialista en estos temas, le señalo algunas pautas[1].

 Ante todo, existen una serie de signos para reconocer si un familiar o amigo está siendo captado por un grupo fanático. Por ejemplo: la inestabilidad emocional; el cambio de conducta injustificado; la incapacidad para sostener sus afectos, distanciándose de los más cercanos; pérdida de la libertad; falsa mejora de la autoestima y la seguridad frente a la familia, pero claramente dependiente del reconocimiento de su nuevo grupo donde se siente inseguro.

 En segundo lugar, es diverso lo que puede hacerse cuando sólo está merodeando un grupo sectario y lo que puede hacerse cuando ya ha entrado en él.

  1. Con los que están siendo atraídos

 Cuando todavía no ha entrado en el grupo hay que intentar hablar con esta persona para reflexionar sobre sus nuevas amistades, sus cambios de conducta, las consecuencias de las decisiones que toma, etc. Pero generalmente esa conversación puede acabar en discusión o en silencio recíproco. Eso no debe ocurrir: sus captadores, lo primero que le profetizan al candidato a adepto es que tendrá que afrontar la incomprensión y el rechazo de sus familiares y amigos.

 Por este motivo, hay que mantener los lazos afectivos tan estrechos y activos como sea posible. Este es el camino de salida siempre abierto para cuando decida abandonar el grupo, lo cual no significa mentir sobre la opinión que nos merece el grupo o su doctrina, pero supone un respeto por sus opciones personales. Esto nos da derecho a pedir de él/ella la misma actitud y subrayar que lo que nos une es el afecto por encima de las ideas del grupo.

 La mejor manera de ayudar una persona en esta situación es mantener el contacto con ella, ser conscientes de que está siendo manipulada y que su capacidad de razonamiento y de percepción de la realidad están reducidas, buscar el consejo de personas expertas, tener mucha paciencia y no ceder a los impulsos, presiones o chantajes del grupo pero sin oponerse frontalmente. En general los grupos destructivos suelen aliviar su presión sobre quien, pasado un año, no se compromete de manera estable.

 Es importante no entregarle dinero porque casi seguro que irá a parar, por una vía u otra, al grupo. También es bueno no dejarse atemorizar por el presunto «poder» del grupo. Juegan muy bien el juego del engaño y la intimidación pero es preciso ser prudentes y actuar con decisión. Sin manifestar aprobación, es conveniente mostrar una actitud de curiosidad que permita mantenerse al tanto de lo que acontece dentro del mismo. En esta línea, toda información, publicación, libro, etc. que podamos obtener es valioso, pero no conviene acudir a alguna reunión o presentación (a menos que uno esté muy bien preparado) pues los métodos de persuasión son funestos y todos podemos sucumbir a la fascinación o al miedo.

  1. Con los que ya han entrado en una secta

Cuando ya han sido captados por un grupo hay que tratar de mantener un contacto frecuente por cualquier medio, aún cuando tengamos muy poca respuesta; expresar insistentemente nuestro afecto en toda forma y oportunidad; recordarle siempre que lo queremos, más allá de sus opciones personales; mantener la calma aún ante comentarios agresivos o despectivos. Buscar información y ayuda profesional sobre el problema en general, y sobre el grupo en particular. Muchas Conferencias Episcopales tienen oficinas especializadas en el problema de las sectas y en la ayuda que necesitan las personas captadas por ellas.

[1] Tomo los datos de un artículo aparecido en Zenit 7/05/2000.

videojuegos

¿Qué consecuencias tienen los videojuegos y los juegos por internet?

Pregunta:

 ¿Causan los videojuegos, especialmente, los que ofrecen la gama de internet, algún tipo de problemas en sus consumidores habituales?

 

Respuesta:

Estimado:

 Volvemos, con su consulta, a tratar una vez más del problema que presenta la técnica; ésta debe ser dirigida por la prudencia, que es virtud moral, de lo contrario deshumaniza al hombre.

 Los videojuegos y otros fenómenos semejantes pueden ser bien aprovechados; pero también puede ser usados de modo deformante. En este sentido, este fenómeno tiene el agravante de que ejerce un influjo extremadamente cautivante (hasta la obsesión). ¿A qué se debe esto? El profesor Tonino Cantelmi, presidente de la Asociación Italiana de Psicólogos y Psiquiatras, ha respondido explicando: «El problema está en que la alta tecnología puede provocar emociones profundas y arcaicas. Es algo que podría sorprendernos, como sorprende el hecho de que en los chats de Internet la gente discute furiosamente. Algo, que parecería estar mediado por la tecnología, en realidad, desarrolla emociones extraordinariamente comprometedoras»[1].

 Los videojuegos seducen a niños y muchachos, pero también a los adultos, ¿por qué? «Seducen sobre todo a los adolescentes, responde Cantelmi, pues atraviesan problemas de identidad. Sin embargo, hoy día, estos problemas también los experimentan los adultos. Este es el motivo del enorme interés que suscitan los videojuegos en los jóvenes y adultos. En Internet, por ejemplo, hemos constatado una gran cantidad de adultos dependientes de juegos planetarios».

 Y ante otra cuestión de suma importancia, cual es la contribución a la convivencia, dice el mismo catedrático: «Por una parte sí (la desarrollan), pero, por otra, expresan también el problema de nuestra época: la fobia patológica al encuentro. Hoy es difícil encontrarse, controlar las propias emociones y saberlas vivir. Ahora bien, la tecnología nos ofrece la posibilidad de estar con los demás, aunque no de una manera relacional. De este modo se prefiere vivir este tipo de relaciones, rechazando la relación interpersonal».

 Podemos también preguntarnos cuáles son entonces los límites y las consecuencias de este fenómeno. A esto respondía Cantelmi: «Por una parte, Internet y toda la tecnología nos permite descubrir cosas muy interesantes en nosotros mismos, nuevos papeles y nuevas realidades; por otra, es indudable que nos aísla. Hemos definido este fenómeno en nuestros estudios como autismo tecnológico». Y también: «Las dificultades surgen cuando el sujeto no se encuentra bien, cuando la realidad virtual es más bella, más fascinante, más intrigante que la real. Lo importante es que, al navegar en Internet o utilizar los instrumentos tecnológicos, se tenga un objetivo muy claro. Sólo entonces podemos sentirnos libres a la hora de utilizar este instrumento».

 Además de estas observaciones psicológicas debemos tener en cuenta el problema de los «contenidos» que canalizan muchos videojuegos. A veces no se trata de inocentes juegos sino de auténticos adiestramientos mentales que crean en los jóvenes convicciones moralmente muy graves. «Hoy, escribe Carlo Climati, los principales mensajes transmitidos por los videojuegos son la violencia y el esoterismo»[2].

 En internet se ha encontrado hace tiempo incluso juegos destinados a blasfemar: «juego de la blasfemia», invita a utilizar la propia creatividad en modo blasfemo; tiene o tenía páginas dedicadas a blasfemias contra Dios, la Virgen, Jesús, el Papa, etc.

 Muchos juegos son también vehículos canalizadores de contenidos esotéricos, de brujería, de satanismo; y sobre todo de violencia extrema.

 Como escribe un autor: «ciertos videojuegos parecen contribuir a un proceso de acostumbramiento al mal por parte de los jóvenes». Esto sumado al aislamiento que representan los videojuegos (que ha reemplazado a la antigua cultura de las plazas y los juegos entre amigos) es un peligroso cocktel para la salud mental y moral de las nuevas generaciones.

 No se puede negar que hay juegos totalmente inofensivos; éstos, usados con moderación, pueden ser un legítimo pasatiempo. Pero que se mantengan en los límites prudenciales es una grave responsabilidad de los padres y educadores.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

[1] Aparecido en ZENIT, 14 de marzo de 2000. Las citas del profesor Cantelmi las tomo de esta nota.

[2] Climati, Carlo, I giovani e l’esoterismo, op. cit., p. 182.

celos

¿Qué son los celos y cómo se pueden curar?

Preguntas:

Estimado Padre:

Unas pocas líneas para pedirle luz y aclaración respecto del tema de los celos, modo para curarlos, métodos eficaces, remedios, y a qué causas se deben, y en definitiva si pueden ser «curados». Desde ya, muchas gracias.

 

Respuesta:

Estimada:

En general se llama «celoso» al que quiere ser solo y único en la posesión y disfrute de un bien que es lícito también poseer a otros. Hay, pues, una gran diferencia entre el celoso y el envidioso: el celoso lo es del bien propio, el envidioso del ajeno; a veces, sin embargo se confunden los celos con la envidia.

Los celos, entendidos en sentido estricto, son efecto del egoísmo y de un apego excesivo a las cosas creadas y están en contradicción con las exigencias de la caridad para con el prójimo: el grado de culpabilidad depende de la entidad de aquello en cuya posesión se quiere ser solo y también del daño que uno hace o está dispuesto a hacer para impedir que los demás gocen del bien poseído por él.

Esto puede aplicarse también a los celos entre los esposos. La defensa de la exclusividad del vínculo conyugal es cosa buena y de obligación, pero no ha de llegar al punto de convertirse en opresión para con el otro cónyuge, ni pretender prohibirle las relaciones de convivencia común a los afectos honestos que en nada tocan a la fidelidad conyugal.

Los celos pueden llegar a tomar formas anormales. Las principales son:

a) celos melancólicos, que se observan en sujetos deprimidos, orientados hostilmente contra el propio ambiente (melancolía);

b) celos paranoicos, en individuos de este tipo;

c) celos obsesivos, síntoma de la diátesis (predisposición orgánica) obsesiva;

d) celos en el delirio alcohólico, propio del alcoholismo crónico;

e) celos de los morfinómanos, similar al anterior;

f) celos seniles que se presentan en la senectud o presenectud.

En cuanto a sus remedios, hay que tener en cuenta que los celos nacen de muchos males: sospechas infundadas, preocupaciones superfluas, profundas depresiones, envidias y otras faltas de caridad y hasta de justicia. El remedio en tales casos es un generoso amor de Dios y del prójimo, y el desprendimiento de las cosas creadas. Cuando los celos se dan entre los esposos, el remedio preventivo es acostumbrarse a emitir juicios sólo por razones ciertas y evidentes, evitando el espíritu suspicaz.

 Cuando tienen base médica, también la cura ha de venir por el lado médico.

 

pudor

¿Cómo educo el pudor de mis hijos?

Pregunta:

Estimados amigos: les pido que me orienten sobre el modo en que puedo educar el pudor en mis hijos. Tengo hijos pequeños y también algunos que ya han entrado en la adolescencia. Espero que me puedan ayudar.

Respuesta:

Estimado:

El pudor es la tendencia a esconder algo para defender la intimidad de las intromisiones ajenas. Es una “cualidad, en parte instintiva y en parte fruto de la educación deliberada, que protege la castidad. Se realiza lo mismo en la esfera sensitivo-instintiva que en la consciente-intelectual, como freno psíquico frente a la rebeldía de la sexualidad”[1]. Santo Tomás dice de él que es un sano sentimiento por el que las pasiones relacionadas con la sexualidad, después del pecado original, producen un sentimiento de disgusto, de vergüenza, de malestar en el hombre, hasta tal punto que instintivamente se quiere ocultar todo lo relativo al cuerpo, a la intimidad y a la sexualidad, de las miradas indiscretas[2].

En el plano puramente instintivo el pudor consiste en una resistencia inconsciente a todo lo que revelaría en nosotros el desorden de la concupiscencia de la carne. El pudor, al ingresar en la esfera consciente entra en la categoría de virtud y se denomina pudicicia[3]. La pudicicia o pudor-virtud “se relaciona íntimamente con la castidad, ya que es expresión y defensa de la misma. Es, por consiguiente, el hábito que pone sobre aviso ante los peligros para la pureza, los incentivos de los sentidos que pueden resolverse en afecto o en emoción sexual, y las amenazas contra el recto gobierno del instinto sexual, tanto cuando estos peligros proceden del exterior, como cuando vienen de la vida personal íntima, que también pide reserva o sustracción a los ojos de los demás y cautela ante los propios sentidos. De esta suerte el pudor actúa como moderador del apetito sexual y sirve a la persona para desenvolverse en su totalidad, sin reducirse al ámbito sexual. No se confunde con la castidad, ya que tiene como objeto no la regulación de los actos sexuales conforme a la razón, sino la preservación de lo que normalmente se relaciona estrechamente con aquellos actos. Viene a ser una defensa providencial de la castidad, en razón de la constitución psicofísica del género humano, perturbada por el pecado original”[4].

La falsificación del pudor se denomina “pudibundez”: es el pudor desequilibrado o excesivo, causado en general por una falsa educación. La pudibundez no hace a las personas castas sino caricaturas de castidad. “La pudibundez es enemiga nata del pudor, como la beatería es enemiga de la religiosidad verdadera y consciente. El espíritu del adolescente se rebela y le molestan las ideas mezquinas y ruines”[5].

La auténtica educación del pudor. La educación del pudor debe ser indirecta, porque una educación directa implicaría necesariamente la orientación de la atención sobre los objetos que justamente el pudor debe atenuar en su atrac­tivo. No obstante, aunque indirecta, debe ser positiva, es decir, debe preparar aquella atmósfera espiritual que además de impedir la degradación en el campo de la sexualidad animal, hará más fáciles las revelaciones graduales necesarias en su tiempo oportuno. La educación del pudor implica:

  • La educación del sentimiento: no puede darse una educación moral eficaz sin un prudente apoyo sobre el sentimiento, es decir, hacer surgir una actitud personal de “sensibilidad” por el bien, por el orden, por la honestidad moral, por la perfección, por la vida vivida como valor humano y moral. La educación de la pureza es, en gran parte, educación del corazón, es decir, de la afectividad. Para educar el corazón, todo se resume en conseguir que el educando se enamore de la virtud y corregir toda desviación anormal del amor sensible que pueda aparecer en él.
  • La educación de la voluntad: el problema educativo consiste en enseñar a querer lo que después se enseñará que es preciso hacer. Es necesario formar la voluntad con la conciencia de los valores trascendentes y absolutos. Ayuda mucho para la gimnasia de la voluntad hacer conocer, sobre todo al adolescente, los motivos y valores de la pureza, y sugerir ideas fuerza que puedan ayudar en toda circunstancia.
  • La educación de la religiosidad: la formación religiosa es fundamental para la pedagogía sexual; para la vida casta, la educación religiosa “es el coeficiente primero y más poderoso, porque los demás coeficientes humanos tienen valor solamente temporal, es decir, mientras perduran los intereses correspondientes en el espíritu del niño. Sólo la religión posee una eficacia que sobrepasa los límites de tiempo, de lugar, de espacio, de ambiente, de circunstancias, con tal que sea sentida, consciente y activa La religión ha constituido siempre para la pedagogía sexual una potencia única. La religión valoriza la pureza y la presenta al joven como una de las virtudes más altas y más hermosas, a la vez que indica los medios para conservarla y defenderla con esmero, con reserva, con la disciplina interior de las imaginaciones y de los deseos, y con la disciplina exterior de los sentidos”[6]. De esto puede concluirse el grave y pernicioso sofisma de quienes piensan que no deben dar ninguna formación cristiana a sus hijos, con el pretexto de no coaccionar su libertad, sino dejar que ellos libremente elijan sus opciones religiosas cuando sean mayores.

En realidad quienes así actúan, optan en lugar de sus hijos: eligen para ellos el paganismo o el ateísmo. Religiosidad, pero no una religiosidad cualquiera; el educador debe convencerse de que no es la piedad formalista la que salva al niño y al adolescente de la seducción de las tentaciones y le ayuda a mantenerse puro, sino la gracia divina recibida, apreciada, vivida con adhesión íntima. Es importante, por eso, tener en cuenta algunos elementos de la religiosidad que más favorecen la vida de pureza en el niño y en el adolescente:

  1. Hay que educar a los niños, adolescentes y jóvenes para que sientan y vivan la amistad con Jesús. Hay que hacerle comprender al niño que Jesús lo ama individualmente y que ese amor debe ser correspondido; que Jesús quiere servirse de él para el apostolado, y, por tanto, debe hacerse digno de esa colaboración apostólica mediante una intensa vida de gracia; que la pureza es un compromiso de amistad y de fidelidad a Cristo, una condición para vivir en sí mismo la vida de Cristo; que la lucha es para él una gloria; que saldrá victorioso si está con Cristo, etc.
  2. Hay que hacerlo apreciar la vida sobrenatural que se nos comunica con la gracia santificante y que se pierde por el pecado mortal; así encontrará la fuerza para renunciar a los placeres ilícitos y para evitar todo lo que, aún remotamente, podría hacerle perder la dignidad y la alegría de ser hijo de Dios.
  3. Hay que ayudarlo a usar provechosamente de los sacramentos. Si se recogen pocos frutos de las confesiones y de las comuniones frecuentes es porque no se ayuda de modo suficiente a sacar provecho de este contacto habitual con la gracia.
  4. Hay que fomentar en él la devoción a María Santísima. Esta devoción no se agota en un montón de invocaciones y prácticas, sino en la confianza plena, en el recuerdo filial y en la imitación constante.
  5. Hay que enseñar al niño a respetar el propio cuerpo como cosa sagrada, como propiedad divina, como miembro del cuerpo místico. Se convence fácilmente de que, si hay que tratar con veneración las cosas sagradas, se deberá tener un respeto aún mayor por el propio cuerpo, que está consagrado por la presencia de Dios y por la comunión eucarística. De la idea de la inhabitación divina será fácil pasar a la de la presencia de Dios: si Dios está dentro, siempre te ve.
  6. Finalmente, hay que convencer al adolescente de que la pureza es alegría. Esto no es muy difícil, pues corresponde a una realidad actual, incluso para los niños, los cuales saben por experiencia que el pecado impuro no trae alegría, sino insatisfacción y tristeza.

También puede leer esta otra entrada.

Bibliografía:

Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana: Verdad y Significado, Orientaciones educativas en familia, 1995.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] M. Zalba Erro, Pudor, en Gran Enciclopedia Rialp, tomo 19, Rialp, Madrid 1989, 455-456; cf. Rocco Barbariga, Castidad y vocación, Ed. Herder, Barcelona 1963, pp. 178-209.

[2] Cf. Suma Teológica, II-II, 151, 4

[3] C. Scarpellini, Pudore e pudicicia, en Enciclopedia Cattolica, Roma 1953, vol. X, col.296.

[4] Zalba Erro, loc. cit.

[5] Paganuzzi, Purezza e puberta, Brescia 1953, p.222. Cf. A. Stocker, La cura morale dei nervosi, Milán 1951, p. 155 ss.

[6] Paganuzzi, op. cit., p. 249.

corregir

¿Cómo hacer para corregir a nuestros hijos sin herirlos y sin enojarse?

Pregunta:

Estimado sacerdote, le quiero hacer la siguiente consulta: ¿Cómo hacer para corregir a nuestros hijos sin herirlos y sin enojarse?, Además: Tengo el problema de que hay momentos en que me siento tan susceptible a lo que me digan los demás que no puedo estar en paz. ¿qué hacer cuando siento que alguien me está ofendiendo: dejarlo pasar o enojarme y contestarle?

 

Respuesta:

Estimado:

Le recomiendo la lectura de este artículo al respecto:

APRENDER A CORREGIR

Por Alfonso Aguiló

Es natural que los jóvenes y los mayores vean las cosas de distinto modo. Lo que sería extraño es que un adolescente y una persona madura pensaran de idéntica manera.

La educación no es empeñarse en que nuestros hijos sean como Einstein, o como ese genio de las finanzas, o como aquella princesa que sale en las revistas. Tampoco es el destino de los chicos llegar a ser lo que nosotros fuimos incapaces de alcanzar, ni hacer esa espléndida carrera que tanto nos gusta… a nosotros. No. Son ellos mismos.

Una labor de artesanía

Tener un proyecto educativo no significa meter a los hijos en un molde a presión. La verdadera labor del educador es mucho más creativa: es como descubrir una fina escultura dentro de un bloque de mármol, quitando lo que sobra, limando asperezas y mejorando detalles.

Se trata de ir ayudándoles a quitar sus defectos para desvelar la riqueza de su forma de ser y de entender las cosas.

Hay que buscar par los hijos ideales de equilibrio, de nobleza, de responsabilidad. No de supremacía en todo, porque eso acaba por crear absurdos estados de angustia. Lo que importa es fijarse unos retos que le hagan ser él mismo, pero cada día un poco mejor; que le hagan conocer las satisfacción de fijarse unas metas y cumplirlas.

La tarea de educar en la libertad es tan delicada y difícil como importante, porque hay padres que, por afanes de libertad mal entendida, no educan; y otros que, por afanes pedagógicos desmedidos, no respetan la libertad. Y no sabría decir qué extremo es más negativo.

Las cuatro reglas

Educar no es una tarea fácil. El adolescente tiende por naturaleza a enjuiciarlo todo, posee una considerable visión crítica de lo que le rodea. Eso no tiene por qué ser forzosamente malo. Por el contrario, puede ser muy bueno. Pero habría que establecer unas reglas del juego para que la crítica en la familia sea positiva.

Primera: Para que alguien tenga derecho a corregir tiene primero que ser persona que esté capacitada para reconocer lo bueno de los demás y que sea capaz también de decirlo: que no corrija quien no sepa elogiar de vez en cuando.

Porque si un padre no reconoce nunca lo que su hijo o su mujer hacen bien, ¿con qué derecho podrá luego corregirles cuando fallen? En este sentido no debemos olvidar que, el que nada positivo encuentra en los demás tiene que replantear su vida desde los cimientos: algo en él no va bien, tiene una ceguera que le inhabilita para corregir.

Con mucho cariño

Segunda: Ha de corregirse por cariño: tiene que ser la crítica del amigo, no la del enemigo. Y para eso tiene que ser serena y ponderada, sin precipitaciones y sin apasionamiento: tiene que ser cuidadosa, con el mismo primor con que se cura una herida, sin ironías ni sarcasmos, con esperanza de verdadera mejoría.

Tercera: Tampoco debe darse la corrección sin antes hacer examen sobre la propia culpabilidad en lo que se va a corregir. Cuando algo marcha mal en la familia, casi nunca nadie puede decir que está libre de toda culpa.

Además, cuando uno se siente corresponsable de un error, corrige de forma distinta. Porque corrige desde dentro, comenzando por la confesión de la propia culpa. De este modo, el corregido entenderá mucho mejor porque empezamos por compartir su error con el nuestro, y no lo verá como una agresión desde fuera sino como una ayuda desde dentro.

La crítica destructiva es tan fácil como difícil es la constructiva.

Resulta muy eficaz que en la familia haya fluidez en la corrección, que se puedan decir unos a otros las cosas con normalidad. Que los agravios o los enfados no se queden dentro de los corazones, porque ahí se pudren.

Poco a poco

Cuarta: Regla múltiple sobre la forma de llevar a cabo la corrección. Ésta ha de ser cara a cara, pues no hay nada más sucio que la murmuración o la denuncia anónima del que tira la piedra y esconde la mano; a la persona interesada y en privado; y siempre sin comparar con otras personas: nada de ‘aprende de tu primo, que saca tan buenas notas, o del vecino de arriba que es tan educado…’

Con mucha prudencia antes de juzgar las intenciones y no hablar de lo que no se ha comprobado bien, pues corregir sobre rumores, suposiciones o sospechas, supone hacer méritos para ser injusto.

La corrección deber ser específica y concreta, no generalizadora ; sabiendo centrarse en el tema, sin exageraciones, sin superlativos, sin abusar de palabras como siempre, nunca… Conviene hablar de una o dos cosas cada vez, porque si acumulásemos una lista parecería una enmienda a la totalidad más que otra cosa; y sin reiterarlas demasiado: hay que darles tiempo para mejorar. Además, la excesiva machaconería se vuelve también contraproducente.

El mejor momento

Por último, hay que saber elegir el momento para corregir o aconsejar, que ha de ser cuanto antes, pero siempre esperando a estar los dos tranquilos para hablar y tranquilos para escuchar: si uno está aún nervioso o afectado por un enfado, quizá sea mejor esperar un poco más, porque de los contrario probablemente se estropeen más las cosas en vez de arreglarse. Corregir sí, pero siempre poniéndose antes en un lugar, haciéndose cargo de sus circunstancias, procurando, como dice el refrán, calzar un mes sus zapatos antes de juzgar.

Actuando así, se corrige de modo distinto. Incluso veremos que muchas veces es mejor callarnos: hay quien dijo que si pudiéramos leer la historia secreta de nuestros enemigos, hallaríamos en sus vidas penas y sufrimientos suficientes como para desarmar nuestra hostilidad.

Un buen ambiente familiar

La amistad entre padres e hijos se puede armonizar perfectamente con la autoridad que requiere la educación.

Es preciso crear un clima de gran confianza y de libertad, aun a riesgo de que alguna vez sean engañados. Más vale que luego ellos se avergüencen de haber abusado de esa confianza y se corrijan.

En cambio, cuando falta un mínimo de libertad, la familia se puede convertir en una auténtica escuela de la simulación.

A los adolescentes les cuesta mucho obedecer pero tienen que entender que, guste o no, todos obedecemos. En cualquier colectivo, las relaciones humanas implican vínculos y dependencias, y eso es inevitable. No pueden engañarse con ensueños de rebeldía infantil.

En definitiva, obedecer es a veces incómodo, es verdad. Pero tienen que descubrir que no siempre lo más cómodo es lo mejor. Deben darse cuenta de que el mejor camino para ser libre es lograr ser dueños de uno mismo. Han de comprender que sólo una persona bien curtida en la obediencia juvenil será libre en la edad adulta.

Para pensar

o Procura fijarte más en los valores positivos de los demás. Y al observar sus defectos, o lo que te parece a ti que son defectos, piensa si no los hay -esos mimos- también en tu vida.

o No debes olvidar que -no se sabe en virtud de qué misteriosa tendencia- todos solemos proyectar en los demás nuestros propios defectos.

o No pierdas la paciencia. Cuando pienses cosas como ‘le he dicho a esta criatura por lo menos cuarenta veces que… y no hay manera’, no dejes de preguntarte si quizá también tú te has propuesto cuarenta veces muchas cosas que luego no has logrado hacer.

o Esto no quiere decir que no debamos exigir y corregir porque nosotros no seamos perfectos. Pero cuando alguien es consciente de sus propios defectos, la tarea de educar se percibe casi como una tarea de compañerismo: se celebra el triunfo del otro y se sabe disculpar y disimular la derrota, porque se confía en que le llegarán también tiempos de victoria.

o Sé prudente antes de juzgar o corregir: recuerda aquello de que el bien debe ser supuesto, el mal debe ser probado; y eso otro de oír la otra campana, y saber quién es el campanero…

o Para que la corrección sea eficaz, es preciso lograr previamente un clima de confianza. A veces somos rígidos y distantes porque estamos inseguros, porque no nos lanzamos a educar es la confianza, y no debe olvidarse que la confianza es un gran valor en la educación.

… y actuar

Plantea en una tertulia familiar cómo podríais lograr una mayor fluidez en la corrección, de manera que os podáis decir unos a otros con cierta normalidad las cosas que os molestan. No dejes de explicar que los agravios o los enfados no deben quedarse dentro del corazón, porque ahí se pudren; y que es preciso saber perdonar y dar un voto de confianza a todos: el verdadero perdón es siempre generoso en conceder oportunidades de enmendarse.

Tomado de ‘Hacer Familia’