concubinato

En una situación de concubinato ¿no hay ninguna posibilidad de recibir la comunión?

Pregunta:

Hace 5 años que estoy casada sólo civilmente. Tengo un hijo de 3 años de este matrimonio y otro hijo de 10 años de mi primer matrimonio (que hice por la Iglesia). Mi esposo y yo somos creyentes, fomentamos la fe en Dios en la familia, vamos cada domingo a Misa y a los principales acontecimientos católicos.

Al inicio de nuestra unión trate de invalidar mi primer matrimonio, pero fue rechazada la solicitud.  Sé que Dios ama la familia, sé que debe permanecer unida, sé que me equivoqué al casarme por vez primera y quizá aún más separándome. Pero ahora tengo un nuevo compromiso con mi actual familia, ya que existe un hijo de ambos, y mi otro hijo mayor tiene ahora estabilidad en el seno de esta nueva familia… Hacia atrás no puedo volver, no estoy sola en esta decisión tengo hijos y veo armonía en mi situación actual; inclusive me he acercado a Dios por mi actual esposo.

Mi pregunta es: ¿no existe ninguna posibilidad para nosotros de recibir el sagrado sacramento de la comunión?, ¿acaso para recibirlo debemos separarnos, desintegrando esta familia? ¿o podemos salvar nuestra alma sin comulgar nunca más? Gracias por su respuesta.

Respuesta:

Estimada Señora:

Comprendo la dificultad de su situación y veo que es Usted muy instruida como para conocer la doctrina no sólo del Magisterio de la Iglesia sino del mismo Evangelio.

Aún entendiendo su dolorosa situación, no puedo engañarla y darle una falsa enseñanza sobre el matrimonio: el matrimonio válidamente celebrado y consumado es indisoluble y quien está unido por un vínculo anterior no puede volver a casarse mientras viva su consorte. Esto Usted ya lo sabe; disculpe que se lo repita.

Respecto a la pregunta concreta que me hace, debo decirle que si bien Usted por el momento no puede recibir la comunión, puede sin embargo rezar y hacer una comunión espiritual. Hay situaciones en que personas como Usted no pueden separarse (a veces porque hay hijos de por medio, otras porque se necesitan para mantenerse, y otras porque no tienen la fuerza de voluntad para dar un paso necesario pero penoso); en tales casos pueden recibir los sacramentos (confesión y comunión, al menos en privado si no puede ser en público) si viven bajo el mismo techo, pero como hermanos y no como esposos. Ha escrito el Papa Juan Pablo II hablando de los divorciados vueltos a casar: “La reconciliación en el sacramento de la penitencia –que les abriría el camino al sacramento eucarístico– puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, –como, por ejemplo, la educación de los hijos– no pueden cumplir la obligación de la separación, asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos”[1].

Tal vez Usted no se sienta capaz de ello por el momento, o no pueda decidirlo sola. Pero tampoco se apresure a decir que en el futuro no podrá ser así; la vida tiene muchos giros; hay muchas situaciones en la vida que obligan incluso a los esposos legítimos a vivir de esta forma. Mientras no pueda actuar así, siga uniéndose a Nuestro Señor por medio de la oración; allí encontrará consuelo en sus penas y fortaleza en sus dificultades. No deje de ir a Misa; aunque Usted no pueda comulgar, igualmente allí delante suyo Jesucristo se inmola en la cruz, ¡también por Usted y por su familia!

Récele mucho a la Virgen Santísima.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Juan Pablo II, Exhortación Familiaris consortio, 84.

biomagnetismo

¿Es pecado someterse a una sesiòn de biomagnetismo?

Pregunta:

¿Es pecado someterse a una sesiòn de biomagnetismo?

Respuesta:

Estimada Jimena:

En este tipo de cuestiones se especializa la página Infories: http://info-ries.blogspot.com.ar. Le transcribo debajo dos artículos aparecidos allí.

  1. Biomagnetismo o magnetoterapia, el regreso de un viejo fraude (Infories, 181, año 2010)

FUENTE: Nueva Era vs. Buena Nueva

Reproducimos a continuación un reciente artículo publicado en el blog Nueva Era vs. Buena Nueva, administrado por el experto mexicano Jaime Duarte Mtz., y que a su vez es un extracto de su obra Nueva Era vs. Buena Nueva, en las pp. 271-272 y 355-356. El autor ha sido investigador, analista y asesor socio-político en diversas instituciones públicas (Cámara de Diputados Edomex., Senado de la República) y organizaciones privadas (COPARMEX, Consejo Coordinador Empresarial, Centro de Estudios Políticos y Sociales). Es licenciado en Relaciones Internacionales (ENEP-UNAM). Maestro en Ingeniería en Imagen Pública por el Colegio de Consultores en Imagen Pública (CCIP). Profesor de Opinión Pública (CCIP), Consultor en Imagen Pública de SIGNUMS y hoy Presidente de la Asociación Mexicana de Consultores en Imagen Pública (AMCIP). Miembro del Regnum Christi, predicador católico y Misionero de la Sangre del Cordero, es también miembro del Consejo de Analistas Católicos de México (CACM).

También llamado magnetismo en el mundo de la medicina alternativa, es, explican, “el tratamiento de enfermedades mediante el uso de campos magnéticos. Estos campos magnéticos pueden ser producidos por imanes permanentes o electroimanes, los cuales pueden tener un campo magnético variable. El término magnetos e imanes se usa de forma indistinta”. La técnica consiste en pasar imanes por todo el cuerpo, por uno de los miembros, o bien, colocarlos temporalmente a modo de muñequeras, rodilleras, cinturones o cintas para la cabeza.

Su origen data del siglo XVIII cuando el médico alemán Franz Anton Mesmer empezó a difundir su doctrina del “magnetismo animal”. Creía que existía una energía general y común a todos los seres vivos. Según él, “el hombre está unido al universo mediante un flujo que actúa como lo hace el magnetismo entre dos masas metálicas. Las enfermedades serían resultado de una mala repartición o del debilitamiento de dicho fluido.

De la misma manera que puede imantarse un cuerpo metálico frotándolo con un imán, Mesmer pensó que era posible ‘energetizar’ al individuo sumergiéndolo en un baño energético universal. Al principio recurrió a imanes que pasaba sobre el cuerpo del paciente para su ‘reenergetización’, efectuando así pases doblemente mágicos. Pero se dio cuenta de que los imanes no desempeñaban más que un papel ilusorio”. Luego, “magnetizó” el agua de un estanque y, después, lo sustituyó por una cubeta. La Facultad de Medicina investigó la técnica y la prohibió. Posteriormente, el electricista Kirlian (1950) y el profesor Rocard (1960), continuaron por separado con esa tesis de Mesmer; este último admitió –como buen científico– que no era posible sacar una conclusión definitiva sobre el uso de los imanes en medicina.

Según la definición de Littré, “es un procedimiento mediante el cual se puede llegar a provocar en el cuerpo humano una serie de manifestaciones equiparables a las que tiene un imán”. El magnetismo es base esencial de varias terapias alternativas, inspiradas igualmente en la noción de la “energía” del hinduismo. Entre éstas: magnoterapia, masoterapia, biomagnetismo, terapia pránica, digitopuntura, etc.

Fue Friederich (Franz) Anton Mesmer (1733-1815), médico alemán, el creador de la teoría ocultista del “magnetismo animal” (pronunciada dos siglos atrás por Paracelso). “Sostuvo que en todo cuerpo viviente existe un ‘fluido magnético’ en el cual circula una fuerza especial animando al mundo orgánico como al inorgánico”; se trataba de un “campo de energía magnética invisible que rodea a la persona”. Creía que las personas dotadas de un poderoso espíritu vital (“magnetismo animal”) podían ayudar a los necesitados utilizando la imposición de manos a fin de que las ondas emanaran de sus dedos. Asimismo, “trató de relacionar la astrología con la medicina y practicó el hipnotismo como medida terapéutica. Parece documentado que mantenía con cierta regularidad reuniones espiritistas”. Su tesis es similar a la de Reich, sobre la “energía orgón”.

Pero los análisis científicos de sus tesis realizados por la Academia francesa de Medicina resultaron muy negativos, forzándolo a retirarse de la vida pública (incluso fue desterrado del país). Formó discípulos en Francia que fundaron la Sociedad de la Armonía Universal en 1872.

El 4 de agosto de 1956, la Sagrada Congregación del Santo Oficio (hoy Doctrina de la Fe), dirigió una carta a todos los obispos sobre la licitud o ilicitud del magnetismo. En ésta, les encargaba la vigilancia acerca de los abusos en las prácticas del mismo y de las supersticiones mezcladas frecuentemente con ellas, muchas de las cuales, especialmente la pretendida evocación de los espíritus, son las mismas en las que incurren los espiritistas.

Por tanto, descarte la pretendida curación con imanes y manos de chamanes o terapeutas; no funciona, y si ocurriese, ¡cuidado!, porque no viene de Dios sino del Maligno que simula efectuar milagros fugaces para extender su obra. Ahora bien, Dios Uno y Trino, en su infinita bondad y misericordia, puede usarnos como instrumentos para sanaciones de enfermos mediante la “imposición de manos”, pero es algo que debe hacerse poniendo a Cristo primero, con fe en su bondad y poder, y estar apoyado con oraciones de intercesión. Pidamos que siempre sea Él quien cure y se haga su santísima Voluntad en el enfermo (“Señor, si quieres, puedes curarme”; Marcos 1, 40-45). Nosotros, por sí, no tenemos ese poder para hacerlo, ni mucho menos las piedras (litoterapia, gemoterapia) e imanes, ¡recuérdelo!

  1. Médicos alertan del riesgo de usar terapias como el biomagnetismo (Infories, n. 436; año 2016)

FUENTE: La Vanguardia

Miembros de la Unidad Celiaca del Hospital Universitario Arnau de Vilanova de Lleida han alertado el pasado 13 de junio de que en los últimos meses han detectado un aumento del número de pacientes con la enfermedad celiaca que han experimentado un empeoramiento clínico. Según los médicos, estaría relacionado con la utilización de terapias alternativas, como podría ser el biomagnetismo, que es una terapia con imanes. El boca oreja habría hecho circular el rumor falso que con este tratamiento un celiaco se puede curar y quienes lo prueban vuelven a comer con gluten. Por eso, se insiste que el único que puede combatir la enfermedad es una dieta sin gluten.

Según leemos en La Vanguardia, los médicos de Arnau de Vilanova empezaron a detectar casos de personas con la enfermedad celiaca que estaban teniendo problemas raíz de esta terapia alternativa a partir de mediados de febrero, cuando ya hacía tres o cuatro meses que la gente preguntaba sobre ésta. La pediatra y gastroenteróloga de la Unidad de Celiaquía, Neus Pociello, ha explicado que el “boca oreja” ha extendido erróneamente que este tratamiento con imanes, conocido como biomagnetismo, permitiría a los enfermos volver a comer alimentos con gluten.

Según Pociello, la terapia en si no provoca ningún mal al organismo, pero sí que es nocivo el hecho de volver a comer con gluten. En este sentido, ha alertado que quien se hace el tratamiento no siempre se empieza a encontrar mal después de volver a ingerir gluten, sino que los efectos se pueden empezar a notar transcurrido un tiempo.

Los médicos han puesto al corriente de esta situación tanto a la Administración, como la dirección del centro hospitalario, para que adopten las medidas que crean oportunas para frenar esta mala praxis. De momento, tienen controlados unos diez casos de pacientes menores de 12 años, del área de pediatría, pero también hay varios de adultos, uno de los que requirió, incluso, ingreso hospitalario. Todos los casos han sido relacionados con el Arnau de Vilanova y se desconoce si la práctica está extendida en toda Cataluña. Se desconoce quién lleva a cabo esta terapia y si hay un centro específico que se dedica, pero desde la unidad han remarcado sobre todo que se los consulte antes de tomar ninguna decisión, ya que el único tratamiento comprobado y con evidencia científica para la enfermedad celiaca es la dieta sin gluten. Los síntomas de la enfermedad celíaca son muy variados, desde digestivos, como diarrea, estreñimiento, vómitos, distensión abdominal y pérdida de peso, hasta anemia, irritabilidad, cansancio u osteoporosis.

Con mi bendición.

En Cristo y María

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

espíritu santo

¿Cómo hago para escuchar la voz del Espíritu Santo?

Pregunta:

Querido Padre: Vengo de una familia muy religiosa, y mis padres siempre me han dicho que debo escuchar la voz del Espíritu Santo antes de tomar decisiones importantes. Estoy, en estos momentos, en circunstancias difíciles en que muchas cosas se me tambalean en la vida; me han venido a la memoria aquellas palabras de mis padres, pero también cierta duda de cómo debo entenderlas. ¡Yo quiero escuchar al Espíritu Santo, pero no estoy segura de qué quiere decir esto! ¿Me puede ayudar?

Repuesta:

Estimada:

El Espíritu Santo habla en el interior del corazón humano. San Bernardo decía que para el Espíritu no hay puerta cerrada, ni estorbo que pueda impedir su entrada, ya que es el dueño y señor absoluto de nuestro espíritu.

Y cuando habita dentro, el efecto que se sigue es que se escucha su voz. Nosotros identificamos a las personas que nos hablan por el timbre de la voz. También el Espíritu Santo tiene su timbre propio; y por el timbre lo conocemos. Ese timbre son sus efectos interiores.

El Espíritu cuando obra en el alma produce: óptimo consuelo, dulce refrigerio, descanso en los trabajos, frescura en el estío, bálsamo en el dolor; Él lava y purifica la inmundicia, riega nuestra sequedad, fecunda la aridez, sana y cura las heridas, flexibiliza lo que se ha endurecido, templa lo que se ha enfriado, endereza lo que se ha torcido. Estos son los efectos que la liturgia de la Iglesia le atribuye en uno de sus más bellos himnos, el Veni, Sancte Spiritus.

En pocas palabras, produce frutos:

1º de penitencia por el pecado propio,

2º de misericordia hacia los defectos ajenos,

3º de alegría y consuelo por los bienes del prójimo,

4º deseos de santidad. Cuando nos sentimos inclinados, pues, a fructificar de este modo, estamos oyendo su voz en el interior del alma.

En cambio el mal espíritu, ya sea el demonio como nuestra misma naturaleza herida por el pecado, obra lo contrario:

1º empuja a la desesperación y a la impenitencia por los pecados propios,

2º nos endurece ante las miserias ajenas;

3º nos entristece y llena de envidia ante los bienes del prójimo,

4º nos hace tibios frente a la santidad. Cuando nos sentimos, entonces, arrastrados a estas cosas, no es la voz de Dios la que resuena en nuestro corazón sino la de nuestro enemigo espiritual.

De ahí que debamos siempre pedir oír la voz del Espíritu, pero también reconocerla una vez oída, y seguirla prontamente y solícitamente cuando se la ha reconocido; de lo contrario, cuando desoímos su voz ésta deja de sonar en nuestro corazón.

Puede ver como bibliografía las Reglas de discernimiento de espíritus que trae San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales (nn. 313-336).

gracia

¿Qué significa “gracia propia del matrimonio”?

Pregunta:

Estimado Padre: He leído en el Catecismo de la Iglesia que el matrimonio da la gracia; y también que esa gracia es una “gracia propia del matrimonio”. ¿Cómo debo entender esto? ¿Qué es esa gracia propia?; ¿no es la misma gracia de Cristo?

Respuesta:

Estimada:

Quiere decir que el matrimonio cristiano, al ser un sacramento, confiere de suyo la gracia a quienes lo reciben dignamente (o sea, sin poner el obstáculo del pecado; si alguien lo recibe en pecado el matrimonio es válido y produce el efecto del vínculo indisoluble, pero no da la gracia santificante). Esta doctrina está afirmada de modo constante por el Magisterio de la Iglesia[1].

Cuando se habla de “gracia propia de un sacramento” nos referimos a un aspecto particular de la multiforme gracia divina, que cada sacramento da de modo diverso (según la naturaleza de ese sacramento). En el caso de la gracia que da el matrimonio sacramental, hay que decir que éste otorga de modo inmediato a los contrayentes una gracia inicial que comprende: 1º el aumento de la gracia santificante y de las virtudes y dones que la acompañan; 2º una gracia sacramental habitual, que es, por lo menos según la sentencia tomista, una cualidad estable de la gracia santificante, que orienta sus energías hacia los fines del matrimonio; 3º gracias actuales abundantes.

Además de esta gracia inicial (o sea desde el momento en que se realiza el matrimonio sin que los cónyuges estén en pecado), el sacramento del matrimonio da derecho a recibir en el futuro, a su debido tiempo, aquellas gracias actuales especiales que necesitan los esposos cristianos para cumplir los deberes de su estado. Estos auxilios sobrenaturales particulares les ayudarán a amarse mutuamente, a educar a sus hijos, a superar las dificultades que presenta la castidad conyugal, etc. Esto es así porque a lo largo de su vida matrimonial tendrán que hacer frente a tareas muy altas, sobrenaturales, que exigen, por ende, fuerzas sobrenaturales; por otra parte, no les faltarán tentaciones y peligros espirituales que piden remedios específicos[2].  La condición para que reciban la gracia los que contraen matrimonio, es que no pongan impedimento substancial a la gracia del sacramento, como sería el pecado mortal. De todos modos, el sacramento del matrimonio es susceptible de reviviscencia, una vez quitado el óbice; esto quiere decir que, si han contraído matrimonio en pecado mortal, pueden recibir la gracia al reconciliarse con Dios por medio de la confesión (al menos, así opinan muchos teólogos).

Al no conferir “por sí mismo” más que un aumento de la gracia santificante (a diferencia del bautismo y de la confesión o reconciliación), el matrimonio no es un sacramento de muertos (o sea no es para las personas que están espiritualmente muertas por el pecado, haciéndolos resucitar a la vida de la gracia) sino sacramento de vivos (para personas que están en gracia). De todos modos, al menos de un modo “accidental” (per accidens) podría producir la gracia santificante, como ocurre en el caso de ser recibido por un pecador de buena fe (o sea, sin saber que primero debería confesarse) y que tiene además suficiente dolor de sus pecados.  Aclaremos que es doctrina de fe definida que el sacramento del matrimonio confiere la gracia (en general)[3]; en cambio, sólo es doctrina común y cierta el decir que confiere un particular aumento de la gracia santificante y da derecho a gracias actuales proporcionadas a los deberes conyugales y familiares que se les presentarán a los esposos.

Gracias a esta gracia propia, como dice Schmaus, “aunque los esposos no piensen conscientemente en ello, su amor recíproco está configurado por el amor de Cristo; de Él sale y a Él vuelve. Toda relación de amor, respeto, sacrificio, dulzura y paciencia entre los esposos es aceptada, perfeccionada y sellada por Cristo, de modo que lleve los rasgos de su amor a la Iglesia. En el amor recíproco de los esposos es Cristo quien ama, aunque ellos no se den cuenta; su amor es una voz del amor de Cristo a la Iglesia y en definitiva el eco del amor con que el Padre envió a su hijo al mundo y con el que el Padre y el Hijo engendran y envían al Espíritu Santo”[4].

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía: la citada en el caso anterior. Además: Michael Schmaus, Teología dogmática. VI. Sacramentos, Rialp, Madrid 1963,  nn. 285-292, pp. 700-759.

[1]  Cf. DS 1801; Arcanum divinae sapientiae, de León XIII (DS 3142-3144), Casti Connubii, de Pío XI (DS 3713-3715).

[2] “Ligados a la Iglesia, es decir, al hontanar de la gracia, los esposos están en disposición de recibir las gracias de su función particular, las cuales los harán dignos miembros del cuerpo místico como esposos y como padres. Gracias que los santificarán por los deberes de su vida familiar, y para esos deberes: gracias de tolerancia mutua, de ayuda y edificación mutua, gracias de fuerza, de perspicacia y adaptación para la educación de los hijos, gracias que los santificarán en sus horas de dicha, y también en las cargas y tribulaciones que no faltarán. Conviene no olvidar, en efecto, que la gracia que constituye el esplendor de su estado y la belleza de su amor, fue merecida por la pasión de Cristo y que las inserta como casados en una redención dolorosa. Es lo que expresa el concilio de Trento (DS 1799)” (E. Mersch, La théologie du Corps mystique, t. 2, p. 310-311).

[3]  DS 1801

[4] Michael Schmaus, Teología dogmática. VI. Sacramentos, Rialp, Madrid 1963, n. 291, p. 743.

confesion

¿Por qué pretenden confesar los pecados los sacerdotes si ellos son simples hombres?

Pregunta:

Mi inquietud es ¿por qué debemos confesar nuestros pecados a un sacerdote, en vez de hacerlo directamente con Dios? No hay referencia bíblica que asevere que debemos confesarnos como lo vengo haciendo. ¿En qué se fundamentó la Iglesia? Disculpe mi ignorancia, pero me encuentro en esta disyuntiva; esto viene a raíz de que he estado hablando con una persona cristiana protestante; ellos dicen que uno debe pedirle perdón a la persona que uno ofendió directamente, y me preguntó sobre qué se basó la Iglesia para este Sacramento.

Respuesta:

La objeción es frecuente, y no sólo viene de protestantes, sino en algunos casos, también de católicos reacios a la confesión. Escribía un convertido, hablando de su vida pasada cuando era protestante: “La creencia católica en el sacramento de la confesión y su práctica de confesar los pecados a un sacerdote, siempre me fastidiaron. Desafiándolos, yo les decía: ‘Sólo Dios puede perdonar los pecados. Nadie tiene que ir a un hombre pecador para ser perdonado. ¡Nos dirigimos directamente a Dios!”[1].

Es cierto, y los protestantes serios no dudan de ello, de que Jesucristo tiene el poder de perdonar los pecados y de hecho, en los Evangelios lo hace en repetidas ocasiones, como al perdonar a la adúltera (Jn 8), al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados (Mc 2,5), a la pecadora en casa de Simón el fariseo: Sus pecados, sus numerosos pecados le quedan perdonados, por el mucho amor que mostró (Lc 7,47), al buen ladrón: En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso (Lc 23,43). Y no sólo eso, sino que Jesucristo reivindica el derecho de hacerlo: El Hijo del Hombre tiene poder de perdonar los pecados en la tierra (Mc 2,10).

Pero la misma Biblia testimonia que este poder de perdonar los pecados es comunicado a sus apóstoles, y se trata en este caso de un acto absolutorio de los pecados en nombre del mismo Dios. Esto hay que tenerlo en cuenta. El mandato de perdonarnos unos a otros las ofensas es universal (Mt 6,14-15: si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas; Col 3,13: Como el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros). Pero en este mandato se nos manda que nosotros perdonemos las ofensas hechas contra nosotros mismos; este perdón no implica que el ofensor sea perdonado también por Dios; esto es otra cosa que debe arreglarse entre el pecador y Dios. Precisamente, este asunto Jesucristo lo encarga a sus apóstoles.

La promesa de este poder la encontramos en el texto de Mt 16, dirigida a Pedro bajo la metáfora de las llaves y de “atar-desatar”: A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16,19). Ya hemos explicado el significado de la parábola más arriba, al hablar del primado de Pedro. Pero la entrega efectiva de ese poder, tiene lugar después de la Resurrección de Cristo y va dirigida a todos los apóstoles (a diferencia del primado, que sólo se dirige a Pedro, tanto en Mt 16 como en Jn 21): Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán perdonados y a quienes se los retengáis, les quedarán retenidos (Jn 20,22-23). Los apóstoles fueron concientes de este poder, como señala San Pablo en la segunda carta a los Corintios: Todo eso es la obra de Dios, que nos reconcilió con Él en Cristo, y que a mí me encargó la obra de la reconciliación (2Co 5,18).

Los apóstoles, por su parte, al asegurar la continuidad de su ministerio por medio de la ordenación de sus sucesores (obispos y sacerdotes), les confiaron el poder recibido del mismo Cristo, como le hace notar san Pablo a Timoteo: Te recomiendo que avives el fuego de Dios que está en ti por la imposición de mis manos (2Tim 1,6). De esta manera, se cumple la promesa del Señor hecha a los apóstoles de que “estaría con ellos hasta el fin del mundo” (cf. Mt 28,20); evidentemente se refería a sus sucesores, puesto que los apóstoles murieron y ellos no están ya en el mundo; por tanto, la promesa de Cristo se refería al ministerio desarrollado por los apóstoles.

No impide, este poder, que el mismo sacerdote sea pecador, porque su poder no está condicionado a su santidad. Él puede perdonar los pecados por el poder recibido en su ordenación, pero al mismo tiempo él necesita del perdón de sus pecados, y por eso debe confesarse con otro sacerdote; y esta necesidad afecta a todo hombre, sea sacerdote, obispo o el mismo Papa.

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

Bibliografía sobre sacerdocio en general:

Antonio Royo Marín, El sacramento del orden, en: Teología moral para seglares, BAC, Madrid 1984, tomo II, pp. 521-559;

Pablo VI, Enc. Sacerdotalis coelibatus (1967);

Michael Schmaus, Teología dogmática, tomo VI (Los sacramentos), Rialp, Madrid 1963, pp. 658-699.

Sobre la confesión:

Antonio Royo Marín, La penitencia, en: Teología moral para seglares, BAC, Madrid 1984, tomo II, pp. 254-502;

P. Adnès, La penitencia, BAC, Madrid 1981;

J. Ramos Regidor, El sacramento de la penitencia, Salamanca 1975;

Juan Pablo II, Exh. Reconciliatio et paenitentia;

Miguel Ángel Fuentes, Revestíos de entrañas de misericordia. Manual de preparación para el sacramento de la penitencia, Ed. Verbo Encarnado, San Rafael 1999;

Id., A quienes perdonéis, Ed. Verbo Encarnado, San Rafael 2002;

B. Häring, Shalom: paz. El sacramento de la reconciliación, Herder, Barcelona 1970;

M. Nicolau, La reconciliación con Dios y con la Iglesia, Madrid 1977;

de orden más histórico es el artículo de Hubert Jedin, La necessité de la confession privée selón le Concile de Trente, en: “La Maison-Dieu” 104 (1970), p. 115.

[1] Cf. Tim Staples, La Biblia me convenció, en: Patrick Madrid, Asombrado por la verdad, p. 255-256.