Eucaristía

¿Hay «derecho» a recibir la Eucaristía?

Pregunta:

        Sé perfectamente que cuando una pareja no se casa por la Iglesia sino sólo ante las leyes civiles, no puede acercarse a la comunión. Ahora, las variables son muchas, pero en todo caso: ¿no cree que si una de las partes siente la necesidad imperiosa de recibir a Jesús Sacramentado, no tiene ésta el derecho de recibirlo (hablo del derecho de ser también partícipe de la Salvación y del Jubileo de estar en Dios aunque no sea por el sacramento del matrimonio)?

         ¿Podría aclararme por qué los no casados por la Iglesia, pierden esa oportunidad de acercarse a la comunión? ¿se dan cuenta de que esa es una de las tantas maneras para que el que cree en la Santísima Trinidad se retire de la Iglesia y lo que es peor pueda unirse a una secta religiosa?

         No digo que hay que faltar el respeto al sacramento como tal, pero en el caso que uno de los dos crea en Dios o sienta la necesidad de recibirlo a través de la comunión, la Iglesia debería darle esa oportunidad. Al fin de cuentas Jesús vino para los que necesitaban de Dios.

         Les ruego despejar esta duda y espero que me sepan disculpar cualquier imprudencia.

 

Respuesta:

Estimado amigo:

         Comprendo su inquietud. Le recuerdo que en el año 1984, la Congregación para la doctrina de la Fe publicó una Carta sobre la recepción de la comunión por parte de los divorciados vueltos a casar. En este documento se recuerda que «merecen una especial atención las dificultades y los sufrimientos de aquellos fieles que se encuentran en situaciones matrimoniales irregulares»[1]. Y se menciona la caridad y misericordia con que deben ser tratados. Sin embargo, al mismo tiempo se nos recuerda que hay que ser «conscientes… de que la auténtica comprensión y la genuina misericordia no se encuentran separadas de la verdad», y por eso, «los pastores tienen el deber de recordar a estos fieles la doctrina de la Iglesia acerca de la celebración de los sacramentos y especialmente de la recepción de la Eucaristía»[2]. He tocado este tema en otras consultas[3].

         El problema que se plantea aquí es la situación objetiva: «se encuentran en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios y por consiguiente no pueden acceder a la Comunión eucarística mientras persista esa situación. Esta norma de ninguna manera tiene un carácter punitivo o en cualquier modo discriminatorio hacia los divorciados vueltos a casar, sino que expresa más bien una situación objetiva que de por sí hace imposible el acceso a la Comunión eucarística»[4].

         Hay, pues, un obstáculo por el que la Eucaristía no puede ser recibida. Ese obstáculo es el pecado mortal. Una de las condiciones necesarias para recibir la Sagrada Eucaristía es el estado de gracia. Dice Santo Tomás: «Quien está en pecado mortal, si recibe este sacramento, recibe su condenación»[5]; y el Concilio de Trento exige formalmente el estado de gracia para poder comulgar: «cuanto más notoria es a las personas cristianas la santidad y divinidad de este celeste Sacramento, con tanta mayor diligencia por cierto deben procurar presentarse a recibirle con grande respeto y santidad; principalmente constándonos aquellas tan terribles palabras del Apóstol san Pablo: Quien come y bebe indignamente, come y bebe su condenación; pues no hace diferencia entre el cuerpo del Señor y otros manjares… Ninguno sabedor de que está en pecado mortal, se acerque, por muy contrito que le parezca hallarse, a recibir la sagrada Eucaristía, sin disponerse antes con la confesión sacramental»[6].

         Por esto, a ningún cristiano debidamente preparado se le niega la Comunión eucarística: puede recibirla con la condición de prepararse debidamente sabiendo a Quien va a recibir y confesándose previamente si está en pecado mortal, cortando toda situación de pecado (sin lo cual la misma confesión es inválida pues falta el propósito de enmienda).

         Lo mismo vale para los casos que Usted me plantea. Dice la Carta arriba mencionada: «Para los fieles que permanecen en esa situación matrimonial, el acceso a la Comunión eucarística sólo se abre por medio de la absolución sacramental, que puede ser concedida únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio»[7].

         Como puede ver, las personas que están en este estado pueden abrir el camino hacia la Comunión eucarística «mediante» la confesión y conversión que los dispone adecuadamente para ello.

         Respondiendo a lo que Usted me dice, una persona que está viviendo en pecado mortal no se aleja de la Salvación por el hecho de no poder comulgar sino por no confesarse y no cambiar de vida. De hecho una persona puede salvarse sin comulgar, pero no puede salvarse sin arrepentirse sinceramente de sus pecados (con el implícito propósito de enmendarse).

         Vuelvo a insistir: la Iglesia no los aleja de la Eucaristía, sino que el mismo fiel pone un obstáculo para recibirla por su estado irregular.

         Por último, estrictamente hablando no hay «derecho» a la Eucaristía. La Eucaristía es el don supremo de Jesucristo; y es Él quien exige el estado de gracia para recibirla: Jesús le respondió: Si no te lavo, no tienes parte conmigo (Jn 13,8); Quien come y bebe indignamente, come y bebe su condenación; pues no hace diferencia entre el cuerpo del Señor y otros manjares (1Co 11,29).

         Usted dice que un fiel viviendo en estado de pecado puede «sentir necesidad de la Eucaristía». Esto es muy cierto; pero debe darse cuenta que en esta «necesidad» está experimentando principalmente «necesidad de reconciliarse con Dios» para poder así acceder a la Eucaristía. La Eucaristía es el centro de todos los sacramentos los cuales se ordenan a Ella como a su fin[8]. En este sentido hay que tender a la Eucaristía como fin de la vida cristiana, yendo por los medios: el bautismo ante todo, y luego el sacramento de la penitencia si se hubiese cometido pecado grave después del bautismo.

 P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía para profundizar:

            Sauras, Emilio, Teología y espiritualidad del Sacrificio de la Misa, Palabra, Madrid 1981.

            San Pedro Julián Eymard, Obras eucarísticas, Madrid 1963.

            Bernadot, V., De la Eucaristía a la Trinidad, Barcelona 1940.

[1] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta sobre la recepción de la comunión por parte de los divorciados vueltos a casar, n. 2.

[2] Ibid., n. 3.

[3] Cf. El Teólogo Responde, Volumen 1, op. cit., pp. 267-270.

[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta…, n. 4.

[5] Santo Tomás, Suma Teológica, III, 80, 4.

[6] Denzinger-Hünermann, nn. 1646, 1661.

[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta…, n. 4.

[8] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1324; Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis, n. 5.

milagros

¿Por qué algunos teólogos niegan los milagros?

Pregunta:

Ciertos grupos de teólogos y algunos «profesores» de Religión, ya sea por torpeza o por ser «el enemigo en casa», dedican sus esfuerzos a vaciar el Evangelio de milagros calificándolos de «postpascuales», o examinándolos sobre la base de afirmaciones gratuitas o unas definiciones de milagro que ellos mismos se fabrican, o considerando a la primera comunidad de cristianos poco menos que una partida de embaucadores. Todo ello presentado bajo un aspecto seudocentífico y «progresista».

 Estos teólogos y profesores van sembrando la duda y la ambigüedad sobre la doctrina de la Iglesia en las universidades y los colegios, de tal modo que los que son instruidos en Religión por ellos salen de sus clases peor de lo que entraron.

 Y uno se pregunta: si se dicen católicos y niegan (de hecho; porque si se les preguntara directamente, se cuidarían de pronunciarse con claridad) los milagros de Jesús, ¿cómo pueden creer en la Eucaristía? ¿Acaso no es un milagro?

 Respuesta:

Estimado:

         Estoy totalmente de acuerdo con Usted. Hay que llegar a la simple conclusión de que estamos ante tres posibilidades:

         1º Si creen en la presencia de Jesucristo en la Eucaristía, son inconsecuentes con su doctrina, en la que no hay lugar, en definitiva, para ningún milagro. En este caso, lo suyo es un absurdo: creen algo que, por los propios principios que profesan, no es posible.

         2º La segunda posibilidad es que saquen las consecuencias de cuanto enseñan y no crean en la presencia Eucarística. De hecho hay algunos que mantienen sólo el lenguaje católico pero no la doctrina. Para estos la presencia eucarística es sólo una cuestión simbólica.

         3º La tercera posibilidad es que se trate (en algunos casos es así) de los tontos que nunca faltan; son aquellos que se deslumbran por los malabarismos pseudocientíficos que algunos teólogos hacen con palabras difíciles. Estos defienden y divulgan teorías erróneas sin llegar ellos mismos a entender todo su sentido y alcance. Probablemente no las aceptarían si supieran que con esas teorías en definitiva están negando todo aquello que tenga carácter sobrenatural en la Iglesia.

         De las tres, esta última es la menos mala. Pero en definitiva mala también.

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Unción

¿Hay que dar la Unción a los enfermos moribundos?

Pregunta:

Hace unos días llamamos a un sacerdote para que atendiera a un pariente que se encontraba en estado grave. El sacerdote llegó cuando ya el enfermo había perdido la conciencia; me sorprendió que igualmente le diera la «unción de los enfermos». ¿Hizo bien? ¿No tendría que haber esperado a ver si recobraba la conciencia? ¿Qué valor tuvo el sacramento si el que lo recibió no fue consciente de ello?

Respuesta:

Estimado:

El sujeto de la unción de los enfermos es el bautizado que ha llegado al uso de razón. No es necesario que tenga perfecto uso de razón, ni que se haya confesado alguna vez ni que haya hecho su primera comunión; basta con que tenga el suficiente conocimiento para distinguir el bien y el mal y que pueda padecer tentaciones del demonio. En todo caso, el sacramento confortará su ánimo contra las molestias de la enfermedad. Tampoco se requiere el uso actual de razón; por eso pueden y deben ungirse los enfermos destituidos ya del uso de los sentidos. Tampoco se requiere el pecado actual, con tal de que el sujeto pueda pecar o ser confortado contra las tentaciones; por eso puede y debe ungirse al pagano adulto gravemente enfermo inmediatamente después de su bautismo (así lo declaró la Congregación de Propaganda Fide el 26 de setiembre de 1821)[1].

         El Papa Pío XII afirmó la exigencia y la validez de la unción –extremaunción en este caso– cuando la inutilidad de los tratamientos permiten retirar los aparatos respiratorios: «Si no se le ha administrado la extremaunción, se debe prolongar la respiración hasta que se pueda llevar a cabo. En cuanto a saber si la extremaunción es válida en el momento de la paralización definitiva de la circulación o aun después de esto, es imposible responder con un ‘sí’ o un ‘no’. Si esta paralización definitiva significa, según el parecer de los médicos, la separación cierta del alma y del cuerpo, aun cuando determinados órganos particulares continúen funcionando, la extremaunción será, ciertamente inválida, ya que el que la recibe ha dejado de ser un hombre, pues ésta es una condición indispensable para la recepción de los sacramentos. Si por el contrario, los médicos estiman que la separación del cuerpo y el alma es dudosa y que la duda no se puede resolver, la validez de la extremaunción es dudosa también. Pero aplicando sus reglas habituales: ‘Los sacramentos son para los hombres’ y ‘En caso de extrema necesidad se intentarán las medidas extremas’, la Iglesia permite administrar el sacramento, bajo condición siempre, por respeto al signo sacramental»[2].

         Por estas razones no pueden recibir la unción de los enfermos:

         –quienes aún no han sido bautizados;

         –los que no han llegado al uso de razón;

         –los locos de nacimiento.

         Sí, en cambio, los dementes perpetuos que durante su vida han tenido momentos de lucidez; en caso de duda se debe administrar bajo condición.

         Algunos principios que deben tenerse en cuenta[3]:

1º No puede reiterarse este sacramento durante la misma enfermedad, a no ser que el enfermo haya convalecido después de la unción y haya recaído en otro peligro de muerte[4]; la razón es que la eficacia se extiende a todo el tiempo en que persiste el peligro. Cuando se duda si se trata de una recaída, de un agravamiento o de la misma enfermedad, se puede reiterar.

2º Cuando se duda si el enfermo ha llegado ya al uso de razón, o si está realmente en peligro de muerte, o si ha muerto ya, debe administrársele[5]. En cambio, si al sacerdote le consta que ya ha muerto, «rece por él y pida a Dios que lo absuelva de sus pecados y lo admita misericordiosamente en su reino; pero no le administre la unción»[6].

3º A los enfermos que, cuando estaban en el uso de su razón, lo pidieron al menos implícitamente o verosímilmente lo habrían pedido, debe administrárseles en absoluto, aunque después hayan quedado privados de los sentidos o del uso de su razón[7].

         Es importante tener en cuenta que «aunque de por sí este sacramento no es necesario con necesidad de medio para la salvación, en circunstancias especiales puede ser el único medio de salvar el alma del enfermo. Tal ocurriría si, destituido ya del uso de los sentidos, no pudiera hacer ninguna manifestación externa del dolor de sus pecados ni la hubiera hecho antes de la pérdida de la razón. En este caso, la absolución sacramental es inválida (por falta de materia próxima, que son los actos del penitente rechazando sus pecados) y solamente puede ayudársele con la extremaunción, que no requiere aquella manifestación externa y puede producir accidentalmente la gracia (aunque se trata de un sacramento de vivos) al pecador que tenga, de hecho, atrición de sus pecados, aunque no pueda manifestarla externamente. Por eso, en los que están destituidos del uso de sus sentidos es siempre más seguro el efecto de la extremaunción que el de la absolución sacramental, si bien se les deben administrar siempre ambas cosas (sub conditione), comenzando por la absolución»[8].

 

Bibliografía para profundizar:

            Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1499-1532.

[1] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, op. cit., II, n. 400.

[2] Pío XII, A los miembros del Instituto Italiano de Genética Gregorio Mendel, 24/11/1957, en: Pío XII…, p. 311.

[3] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, op. cit., II, n. 400.

[4] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1004.

[5] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1005.

[6] Ordo unctionis infirmorum, n. 15.

[7] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1006.

[8] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, op. cit., II, n. 400.

Tentaciones

¿Por qué tengo que soportar tentaciones?

Pregunta:

Padre, creo estar perdiendo por completo la fe; después de tratar de vivir entregada a las cosas de Dios y de la Iglesia, he empezado a tener terribles tentaciones contra la castidad, y a veces incluso contra la fe. Las he tratado de combatir con razonamientos y con oraciones; es algo que me molesta y me quita la alegría. A veces creo que ya terminó, pero al poco tiempo la tentación vuelve  a presentarse. No entiendo por qué, si yo quiero dedicarme a Dios, tengo que sufrir este castigo. Si me puede dar algún consejo mejor.

 

Respuesta:

Estimada:

Muchas almas sufren y se quejan interiormente porque son tentadas. Esto sucede porque no conocen plenamente el sentido y la finalidad de las tentaciones en los designios de Dios. Tal vez olvidan –o nunca han leído– lo que dice el Eclesiástico: Hijo mío, si te das al servicio de Dios, prepara tu alma a la tentación (Eclo 2,1). La tentación es, ciertamente, una instigación al pecado; proviene del enemigo de nuestra naturaleza –el diablo– para destruir la obra de Dios. Pero tiene una importantísima misión en los planes de Dios, quien siempre da vuelta los planes del diablo, usando sus insidias para nuestro bien.

Para su tranquilidad, le recordaré los principios fundamentales de este misterio de la “tentación” en la vida del cristiano.

Dios no tienta a nadie

 La primera verdad que hay que sostener con fuerza es que Dios no tienta a nadie. Nadie diga en la tentación –dice Santiago–: Soy tentado por Dios. Porque Dios ni puede ser tentado al mal ni tentar a nadie (St 1,13). Pero si bien Dios no es autor de la tentación, puede, en cambio, permitirla por los frutos que de ella se siguen. Así la permitió en Cristo y en los santos. Por eso no es extraño que a veces se diga que Dios tienta; pero debe entenderse en el sentido de que Dios permite las tentaciones.

La tentación, como todas las demás cosas, es una “creatura”, en el sentido que le da San Ignacio. Y por eso vale también para ella, aquello del principio y fundamento: “Y todas las cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es criado”. Por eso es que Dios las permite para que alcancemos nuestro fin que es Dios mismo. De ahí que la Escritura llame bienaventurados a los que son tentados: Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados por diversas tentaciones (St 1,2); y también: Bienaventurado el varón que soporta la tentación (St 1,12).

Los santos, iluminados con el don de sabiduría, ven cuán preciosa es la tentación, porque al asaltarnos ésta, Dios está junto a nosotros con sus gracias especiales, ya que durante las tentaciones Dios cuida de nosotros con especial amor y solicitud. Por eso los santos miran las tentaciones como especiales signos de la predilección divina.

Dios no abandona en la tentación

La segunda verdad es que Dios está en las tentaciones más cerca de nosotros de cuanto lo está en los momentos de consuelo. Siempre junto a la tentación está la gracia. Como dice San Pablo: Fiel es Dios que no permite que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas (1Co 10,13). El demonio, dice Santo Tomás, tienta en la medida que Dios le permite. Dios conoce las tentaciones y nuestras fuerzas. Por eso regula su violencia, calcula sus efectos y las permite en proporción de nuestras fuerzas. Cuanto más fuerte es la tentación mayor es el auxilio de Dios. Y no es infrecuente que un período de tentaciones extraordinarias lo sea también de gracias especiales.

El provecho de la tentación

            De aquí que las tentaciones bien llevadas nos reporten muchos bienes. Es más, podemos decir que con mucha frecuencia las tentaciones son uno de los caminos de perfección por donde Dios lleva a sus elegidos. ¿Qué bienes se sacan de ellas?

(1) Ante todo, nos prueban, por tanto, nos ayudan a conocernos. San Doroteo de Gaza citaba a un padre del desierto que decía: “el verdadero monje se da a conocer en las tentaciones”. Nos hacen conocernos porque nos hacen pulsar nuestra propia debilidad y miseria; nos hacen tomar el pulso a nuestros límites; y también nos hacen tantear la gracia divina. En las tentaciones, especialmente las muy fuertes, somos conscientes de que Dios actúa, porque de lo contrario ¿cómo seríamos capaces de vencer tales obstáculos?

(2) Son también útiles para inspirarnos tedio del mundo.

(3) Nos ayudan a expiar nuestras culpas, pues son indudablemente un sufrimiento y todo sufrimiento nos viene bien para purgar los pecados cometidos en nuestra vida.

(4) Además, acrecientan nuestros méritos, por lo que pueden ser consideradas, sin temor a equivocarnos, como la materia prima de la que se fabricará nuestra gloria futura en el cielo.

(5) Nos enseñan a ser humildes (así como los consuelos, mal llevados, pueden llevarnos a engreírnos).

(6) Arraigan más hondamente las virtudes que tenemos, porque en medio de las tentaciones los actos de las virtudes que nos vemos obligados a repetir una y otra vez se enraízan en el alma  e incluso toman un tinte heroico.

(7) Nos hacen ser más vigilantes porque la tentación no siempre avisa cuando va a venir, ni la fuerza que tendrá cuando arrecie.

(8) Nos ayudan a ser compasivos con los tentados. Dice San Juan de Ávila: “el que no es tentado no se puede doler ni compadecer del tentado… De aquí viene que, cuando alguno tentado va a ti, te espantas y le riñes y te muestras áspero, porque no sabes qué cosa es ser tentado, y el que lo es consuela y anima y esfuerza al que va a él, porque se duele y conoce la necesidad que de su consuelo tiene”[1].

Nuestra actitud ante la tentación

            Pero para que las tentaciones sean de provecho y no se vuelvan contra nosotros, no solamente no debemos consentir (eso es más que evidente) sino que debemos saber afrontarlas. En esto hay un texto muy hermoso de San Doroteo de Gaza: “Frecuentemente nos hacemos la siguiente pregunta: si en las adversidades el sufrimiento nos conduce a pecar, ¿cómo podremos decir que son para nuestro bien? Pues pecamos, en ese caso, cuando nos falta resignación y no queremos soportar lo más mínimo ni sufrir nada que nos contraríe. Porque en efecto, Dios no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, tal como dice el Apóstol: Dios es fiel y no permite que seáis tentados más allá de lo que podáis soportar (1Co 10,13). Somos nosotros los que no tenemos paciencia, y no queremos sufrir un poco ni soportar lo que se nos manda con humildad. De esta manera las tentaciones nos quebrantan y cuanto más nos esforzamos por escapar de ellas, más nos abaten, nos descorazonan, sin por eso poder librarnos de las mismas.

            Los que nadan en el mar y conocen el arte de la natación, se sumergen cuando les llega la ola, y la pasan por debajo, hasta que se aleja. Después siguen nadando sin dificultad. Si quisieran enfrentar la ola, los chocaría y los llevaría a buena distancia. Al volver a nadar les viene otra ola y si se resisten nuevamente, otra vez serán llevados lejos y sólo lograrán fatigarse sin avanzar. En cambio si se sumergen bajo la ola, si se agachan por debajo de ella, la ola pasar sin arrastrarlos; podrán seguir nadando cuanto quieran y lograr la meta que quieren alcanzar. Lo mismo sucede con las tentaciones. Soportadas con humildad y paciencia, pasan sin hacer daño. Pero si insistimos en afligirnos, en alterarnos, en acusar a todo el mundo, sufrimos nosotros mismos, la tentación se transforma en insoportable, y finalmente no sólo no nos resulta de provecho, sino que nos hace daño.

            Las tentaciones son muy provechosas para quien las soporta sin atormentarse. Incluso si es una pasión la que nos aflige, no debemos perturbarnos por ello. Si nos perturbamos se debe a nuestra ignorancia y a nuestro orgullo, lo cual es debido al desconocimiento del estado de nuestra alma, y al querer huir del sufrimiento”[2].

San Juan de Ávila escribía a una monja estas admirables palabras: “¿Has visto a los alfareros encender algún horno? ¿Has visto aquel humo tan áspero y tan negro, aquel ardor de fuego y aquella semejanza de infierno que allí pasa? ¿Quién creyera que los vasos que allí dentro están no habían de salir hechos ceniza del fuego o, a lo menos, negros como noche del humo? Y pasada aquella furia, apagado el fuego, al tiempo que deshornan, verás sacar los vasos blancos de barro duros como piedra; y los que primero estaban negros, salen más blancos que la nieve y tan hermosos que se pueden poner en la mesa del rey. Vasos de barro nos llama San Pablo… Cocinarnos quiere, hermana; tenga paciencia; metida está en el horno de la tribulación… Procure no salir quebrada… Solamente se quiebran los que en el horno de la tribulación pierden la paciencia. No desmaye, por más que atice el demonio; confíe en Dios”[3].


[1] San Juan de Ávila, Sermón del Dom. I de Cuaresma.

[2] San Doroteo de Gaza, Conferencias, XIII Conferencia.

[3] San Juan de Ávila, Epístola 21.

agua bendita

¿Qué es el agua bendita y para qué sirve?

Pregunta:

¿Me puede usted informar algo sobre el agua bendita y su empleo?

Respuesta:

Estimada:

El empleo del agua bendita es antiquísimo, y hay testimonios de la costumbre de usarla ya entre los primeros cristianos. “La Iglesia recomienda su uso aun fuera de la liturgia como medio para alejar las insidias del diablo, para conjurar los peligros, para atraer las bendiciones celestiales sobre las casas, el campo, el trabajo, las personas. El deseo de los fieles de usar frecuentemente este sacramental hizo nacer la costumbre generalizada más tarde de poner a la entrada de la iglesia la llamada ‘pila del agua bendita’. En los siglos VIII a IX el agua bendita adquiere el largo empleo que todavía conserva en toda clase de bendiciones”[1].

            Santa Teresa de Jesús era particularmente devota y la usaba cuando tenía tentaciones y desconsuelos; dice ella: “Debe ser grande la virtud del agua bendita. Para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando la tomo”[2]. Una de las compañeras de la Santa, Ana de Jesús, cuenta en el proceso de beatificación: “Nunca quería que caminásemos sin ella (sin agua bendita). Y por la pena que le daba si alguna vez se nos olvidaba, llevábamos calabacillas de ella colgadas a la cinta, y siempre quería la pusiéramos una en la suya, diciéndonos: ‘no saben ellas el refrigerio que se siente teniendo agua bendita; que es un gran bien gozar tan fácilmente de la sangre de Cristo’. Y cuantas veces comenzábamos por el camino a rezar el Oficio Divino, nos la hacía tomar”[3].

            Y en una de sus cartas escribe a una persona que sentía mucho temor: “Este temor que dice, entiendo cierto debe ser que el espíritu entiende siente el mal espíritu, y aunque con los ojos corporales no lo vea, débele de ver el alma, o sentir. Tenga agua bendita junto a sí, que no hay cosa con que más huya. Esto me ha aprovechado muchas veces a mí. Algunas no paraba en solo miedo, que me atormentaba mucho; esto para sí solo. Mas, si no le acierta a dar el agua bendita, no huye, y así es menester echarla alrededor”[4].

[1] Cf. Cardenal Francesco Roberti, Diccionario de Teología Moral, Ed. Litúrgica Española, 1960, voz “agua”.

[2] Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, cap. 31.

[3] BMC, 18, p. 465.

[4] Santa Teresa, Cartas, 9.