Métodos naturales

Los métodos naturales ¿sirven sólo para las mujeres regulares?

Pregunta:

Por serios motivos los médicos me aconsejan no volver a quedar embarazada. Por mi irregularidad en los periodos, los medios naturales no me funcionan; además de que mi médico me ha dicho que su efectividad es muy baja incluso en las mujeres regulares. En estos casos, me pregunto si la Iglesia acepta algún otro medio para regular la fertilidad. Gracias anticipadas.

Respuesta:

Estimada: Respecto de lo que Usted me consulta debo decirle que:

1º No todos los métodos naturales se basan en los ritmos biológicos femeninos. De hecho los métodos basados en la ovulación o en otros factores de observación son totalmente independientes de los ritmos regulares o irregulares. Así el método de la ovulación (o Billings), el sintotérmico, etc.

2º En cuanto a la efectividad de los métodos naturales, hay que afirmar que es realmente muy alta. Así, comparando los dos métodos naturales más seguros, los índices de efectividad son bastante parejos[1]:

  1. a) el índice para el Método de la Ovulación o Billings es del 96.6%[2].
  2. b) el índice para el Método Sintotérmico es del 97.7% 58.
  3. c) el índice para el Método Sintotérmico en matrimonios altamente motivados para evitar el embarazo es del 97.2%59. Estos son índices muy altos y ciertamente no sólo alcanzan sino que superan a muchos de los métodos artificiales más eficaces.

3º La Iglesia no puede aceptar ningún método que implique la destrucción (artificial) de la capacidad procreativa, siendo ésta uno de los elementos fundamentales del acto conyugal. Esto no por una cuestión de capricho sino porque los métodos anticonceptivos implican una visión antropológica contraria a la dignidad de la persona humana y, por tanto, contraria a la voluntad divina.

4º En la mayoría de los casos en que los métodos naturales fallan, las fallas se deben a un incorrecto aprendizaje o a falta de motivación en los esposos para practicarlos con toda la exigencia que requieren.

Bibliografía para profundizar:

BILLINGS, JOHN, El método de la ovulación, Paulinas, Buenos Aires 1984.

BILLINGS, JOHN, Fundamento del método de la ovulación, Paulinas, Buenos Aires 1989.

JUAN PABLO II, La procreación responsable exige el diálogo entre ciencia, ética y teología. Discurso al Congreso Internacional sobre regulación de la fertilidad, L’OR, 2/12/84, 9.

[1] Cf. Dra. Zelmira Bottini de Rey, Dra. Marina Curriá, Instituto de Ética Biomédica, Curso de Planificación familiar natural, Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires, abril de 1999.

[2] Cf. American Journal of Obstretics and Gynecology, 1991. 58 Ibid. 59 Cf. Guía para la prestación de servicios de PFN, OMS. Ginebra, 1989.

 

métodos naturales

Información sobre métodos naturales para regular los nacimientos

Pregunta:

Soy una mujer de 41 años. Mi nombre es Alicia; vivo en Austin, Tx, Estados Unidos. Me gustaría recibir información sobre el método que la Iglesia permite para cuidarse para no tener hijos. Quiero la mayor información para compartirla con mi esposo, porque quiero hacer las cosas como Dios manda. Yo padezco de hipertiroidismo y por lo tanto estoy tomando medicamentos. Por favor agradecería de su ayuda

Respuesta:

Estimada Alicia:

Encontrará la parte moral y espiritual de la información que usted busca mi libro “Matrimonio cristiano, natalidad y anticoncepción”, que puede descargar aquí.

En cuanto a la información más propiamente técnica le aconsejo visitar la página dirigida por médicos católicos: http://www.procef.cl/

También le sugiero ver el siguiente video:

Y visite las páginas: http://www.billingsargentina.org/

http://www.billingsmethod.org/index_es.html

Si usted habla o lee inglés, puede ver con fruto la página del Instituto Pablo VI, especializado en Naprotecnología (técnicas basadas en los métodos naturales)

http://www.popepaulvi.com/

http://www.naprotechnology.com/

Con mi bendición.

Miguel Ángel Fuentes, IVE

alcohol

¿Tomamos conciencia del drama del alcoholismo?

Pregunta:

Estimado Padre: Trabajo en un centro de recuperación de alcohólicos, y a veces me pregunto si tomamos conciencia del drama del alcoholismo en nuestro tiempo. Quisiera, pues, consultarle: ¿puedo decir a los que vienen a buscar información a este Centro que el uso del alcohol (o sea, de las bebidas alcohólicas) siempre es pecado?

 

RESPUESTA

Estimado:

Tiene usted mucha razón al decir que el alcoholismo -me refiero a la enfermedad de la ebriedad crónica- es uno de los grandes males de nuestro tiempo; por ejemplo, en algunos países -al menos en los datos correspondientes a la década del ’8o del siglo XX-, el número de muertos que producía el abuso del alcohol era 500 (quinientas) veces más alto que el debido a la heroína[1]. Esto se debe en parte a la total incapacidad del enfermo para auto-dominarse ante el alcohol, incluso cuando ya le hace daño y no le provoca ningún placer ni aparente “solución” a sus problemas; en parte también, porque, al contrario de otras drogas, el alcohólico se embriaga con cantidades cada vez más pequeñas[2].

Para que no se malentienda lo que diremos, nos basaremos, pues, en la definición de la persona alcohólica dada por la Organización Mundial de la Salud: “aquel bebedor descontrolado cuya dependencia del alcohol ha llegado al grado de poner en evidencia disturbios mentales o bien a incidir sobre su salud física y psíquica, sobre sus relaciones interpersonales y sobre su actividad normal social y económica; o bien aquél en quien se hacen evidentes los pasos de una evolución hacia tal estado”.

  1. El uso del alcohol

Al hablar del alcohol en general debemos distinguir tres situaciones: (a) el uso adecuado y bien tolerado; (b) el uso inadecuado de alcohol sin llegar al conjunto de síntomas (síndrome) que caracterizan al alcohólico; y (c) el uso inadecuado con aparición de síntomas de dependencia- abstinencia. Por tanto, partimos de que respecto del alcohol (se trata del alcohol etílico, obtenido por fermentación de azúcares contenidos en algunos frutos como la uva -vino-, la manzana -sidra- y la cebada -cerveza) existe la posibilidad de un uso moderado que no crea formas de dependencia, ni síndrome de abstinencia, ni problemas a la salud, e incluso puede tener efectos benéficos sobre la digestión. Consecuentemente no ofrece problemas morales. El problema del alcohol, por tanto, es un problema de uso desmedido y prolongado que ocasiona el conjunto del síndrome.

El problema causado por la ingestión de alcohol consiste en la elevación de la tasa de alcoholemia o etanolemia, es decir, la tasa alcohólica ya presente en la sangre[3]. La elevación de esta tasa[4] produce una acción depresiva sobre los centros de control del Sistema Nervioso Central y la consecuente modificación del comportamiento; esta turbación dura hasta que la tasa de alcoholemia desciende por la eliminación del alcohol por obra del organismo; la duración de estos efectos oscila entre las 24 y las 48 horas. Esta eliminación es debida al metabolismo y realizada principalmente por el hígado; cuando este órgano empieza a quedar comprometido precisamente por el exceso de alcoholemia, se va haciendo cada vez más difícil el metabolismo y se va requiriendo una cantidad siempre menor de alcohol para determinar la elevación de la tasa de alcoholemia.

  1. Estados de alcoholismo

Debido a este compromiso progresivo del organismo se distinguen tres estados fundamentales de alcoholismo:

1° El primero es un estado de toxicidad aguda. Éste engloba tres momentos del proceso: (a) una etapa de excitación (disminución de las funciones sensitivas y sensoriales, falta de coordinación motora, disminución de la capacidad intelectiva, cambios comportamentales); (b) una etapa de ebriedad (comienzan problemas motores -como no poder caminar-, incoherencia ideativa y eclipses de memoria); y c) una etapa de borrachera (disturbios cuantitativos y cualitativos de la conciencia, anestesia cutánea con problemas de termorregulación y alteración de las funciones cardíacas y respiratorias).

2° El segundo es un estado intermedio de toxicidad enmascarada o incubación: es un período más o menos largo en el cual el exceso habitual de alcohol en la sangre viene afrontado más o menos bien por las estructuras del organismo.

3° El tercero es un estado de toxicidad crónica: es propiamente el alcoholismo crónico, caracterizado por el daño somático y/o psíquico provocado directamente por la ingestión de etanol luego de un período de excesivo uso y abuso, con presencia constante en el organismo. En este estado aparecen un conjunto de síntomas conocidos como “síndrome de privación o abstinencia”. Estos síntomas se presentan en tres grados sucesivos y progresivos en el tiempo:

  • El síndrome de privación leve que aparece entre 3 yi2 horas después del consumo de alcohol y puede durar de dos a cinco días (angustias, intranquilidad motriz, inquietud, temblor fino de manos, sudoración fría y sed de alcohol).

  • El síndrome de privación moderado que aparece de 12 a 48 horas después de consumir alcohol y dura de dos a cinco días (náuseas, vómitos, diarrea, sudoración abundante, temblor aumentado, insomnio y sueño irregular y poco reparador).

  • El síndrome de privación grave que aparece de 48 a 72 horas después del consumo de alcohol (cuadros psiquiátricos graves: psicosis alcohólica y convulsión epileptiforme). La psicosis alcohólica puede ser de tres tipos: el episodio deliroso (alucinaciones visuales nocturnas de contenido terrorífico como zoopsias: animales en actitud amenazante; durante el día el enfermo vive asustado pero sin alucinaciones); la alucinosis alcohólica (alucinaciones auditivas de contenido acusatorio y de persecución que se dan durante el día sin influir en la inteligencia, la capacidad de trabajo y las relaciones sociales); y el delirium tremens que necesita la hospitalización urgente por tener alta mortalidad (alucinaciones visuales, auditivas y táctiles: ve y siente animales que lo atacan, andan por el cuerpo; estado confusional: no relaciona fechas o personas, etc.; las convulsiones epileptiformes se producen durante los primeros diez días de suspendida la ingestión del alcohol).

  1. Las consecuencias

Entre las consecuencias más notorias del alcoholismo se señalan generalmente daños a la salud de la persona dependiente (patologías gastroenterológicas como daños del hígado y páncreas, en la cavidad oral y en el esófago, estómago, intestino; alteraciones hematológicas; daños neuropsiquíatricos como el llamado delirium tremens, demencia alcohólica, síndrome o psicosis de Korsakoff; daños en el equilibrio neuroendócrino; e incluso la misma muerte del individuo) y daños sociales (en los hijos: fetopatía alcohólica[5]; en la familia y el matrimonio: miserias familiares, problemas graves en la relación conyugal; y criminalidad).

  1. Las causas del alcoholismo crónico

Pueden indicarse muchos factores, que sumados, ayudan a entender el problema: a veces es causado por problemas hereditarios (lo que, si bien no explica una enfermedad, al menos revela cierta inclinación hacia ella); problemas psicológicos (que son, en realidad, problemas potenciales, es decir, no son determinantes); problemas culturales y ambientales (los ejemplos vividos dentro de la propia la familia, la falsa publicidad, las depresiones causadas por problemas de trabajo, frustraciones afectivas; también hay que indicar en muchos casos las tendencias culturales, etc.); pero en realidad el alcoholismo es un problema de raíces múltiples que exige un tratamiento muy radical y urgente.

Uno de los dramas más graves de nuestro tiempo es la difusión del alcoholismo entre los adolescentes (14-17 años) y es allí donde principalmente se deben enfocar los esfuerzos sociales y religiosos. Informes de los últimos años dan datos alarmantes de este problema: desde 1981 hasta fines del siglo (menos de 20 años) se quintuplicó el consumo de algunas bebidas (como la cerveza) entre los jóvenes, y bajó la edad en que empiezan a beber a ¡11 años de edad![6]; y esto afecta también a las jóvenes, las cuales se inician en la bebida entre los 12 y los 13 años, creciendo en los últimos años el consumo entre las adolescentes argentinas un 150%[7].

Generalmente para muchos jóvenes el alcohol es la puerta para ingresar al mundo de las droga-dependencias.

  1. Soluciones

La solución a todo este problema implica un cambio cultural y en muchos casos una profunda conversión de las sociedades y de los individuos.

Es claro que el gran trabajo en este campo es la prevención; si no se quiere llegar a un problema de adicción, el alcohol debe ser usado con moderación, regulado por las virtudes de la prudencia y de la templanza, lo cual implica un parámetro desigual, según las personas. Con esto quiero decir que cada uno sabe donde le aprieta el zapato y cuáles son sus límites; hay personas que no toleran ni siquiera bajas cantidades de cualquier bebida alcohólica, y otros pueden ser más resistentes. Algunos por tanto, deberán privarse totalmente de tales bebidas, mientras que otros deberán ser simplemente moderados en el beber. Pero en esto hay que evitar el más peligroso engaño del alcohol: el espejismo de la “tolerancia”; hay personas que piensan que el consumo de alcohol no les hace nada, porque tal vez efectivamente no notan consecuencias inmediatas en su organismo ni en su comportamiento; esto no debe ser tomado como “mayor capacidad” para beber. Creo que debe haber, en las personas que consumen alcohol (y me refiero al uso común como el vino, la cerveza, etc.) dos parámetros: uno objetivo y otro subjetivo:

  • El subjetivo es muy claro: cuando una persona nota que el consumo del alcohol produce un detrimento en su salud, en el uso de sus facultades mentales o volitivas, o en su comportamiento social (trabajo, familia, etc.) es señal de que no debe tomar en esa cantidad; aunque esto represente dejarlo totalmente (como sería el caso de quien ve estos efectos por el sólo consumo de medio vaso de vino). En esto hay que ser realistas y enérgicos; si uno nota que busca la bebida, aún en poca cantidad, para sentirse seguro en sus actuaciones públicas, porque está solo o triste, o bien siente dificultades para pensar con claridad o para conducir un vehículo, o se siente triste o malhumorado o violento después de beber, etc., debería o disminuir o dejar de tomar, aunque el efecto haya sido causado por poca cantidad.

  • El criterio objetivo es también claro aunque no sea tan fácil marcar pautas generales; debe ser aplicado cuando uno tiene conciencia de que tolera psicológica y físicamente bien (y sin repercusión alguna en su vida ordinaria) cantidades considerables de bebidas alcohólicas; en este caso, no puede guiarse por su “capacidad de tolerancia” puesto que el acostumbramiento puede esconder también un período de incubación de la adicción al alcohol. Debe, pues, moderarse “objetivamente”. Puede ayudarse para esto del dictamen de cualquier médico prudente que le diga lo que objetivamente es prudente tomar por día, o por comidas, etc.

Entre las prevenciones de la adicción al alcohol una de las más importantes son las “ocasiones” de pecado (parece mentira que se deban repetir verdades tan ligadas a la instrucción catequética). La mayoría de los problemas de alcoholismo (especialmente entre jóvenes pero no sólo entre ellos) son producidos por las ocasiones de beber, que pueden reducirse a: las malas amistades que obligan a beber, los malos ambientes donde es común el abuso de alcohol (bailes, espectáculos públicos), las pésimas costumbres sociales de algunos países en que beber es equivalente a emborracharse (si se bebe, se bebe hasta la ebriedad), la deformada idea de la amistad, o del compadraje (que obliga a tomar cuando se le invita y obliga a su vez a invitar al primero, y así hasta el vicio), los ambientes donde se confunde virilidad o madurez con borrachera (como ocurre entre muchos jóvenes hoy en día). Lamentablemente todos estos son callejones sin salida y caídas sin retorno; al menos ordinariamente.

Cuando el uso del alcohol se ha vuelto ya adictivo, en cambio, no queda otra vía que: (a) el control estricto del beber a través de la abstinencia y (b) el reemplazo total de los modelos adictivos con comportamientos satisfactorios para pasar el tiempo que puedan llenar el vacío que se crea cuando se ha dejado de beber. Algunos estudios han informado que personas que habían sido dependientes del alcohol, con el tiempo pueden aprender a controlar su beber tan bien como los que permanecen abstinentes. Alcohólicos Anónimos y otros grupos para el tratamiento alcohólico cuya meta es la abstinencia estricta están preocupados enormemente por la publicidad alrededor de estos estudios, ya que muchas personas con alcoholismo están ansiosos de encontrar una excusa para comenzar a beber nuevamente. En este momento, la abstinencia es la única ruta segura.

Alcohólicos Anónimos, fundado en 1935, es tal vez el ejemplo más conocido y seguro de psicoterapia de grupo para ayudar a las personas con alcoholismo. Ofrece una red de apoyo muy fuerte que emplea las reuniones en grupo disponibles los siete días de la semana en ubicaciones a través del mundo. Un sistema de amigos, una comprensión del grupo sobre el alcoholismo y el perdón de las recaídas son los métodos estándar de Alcohólicos Anónimos para aumentar la autoestima y aliviar un sentido de aislamiento. El sistema de los “Doce Pasos” de Alcohólicos Anónimos hacia la recuperación incluye un componente espiritual que puede disuadir a las personas que carecen de convicciones religiosas[8]. El rezo y la meditación, sin embargo, han sabido ser de gran valor en el proceso de curar muchas enfermedades, aún en las personas sin creencias religiosas específicas. Hay programas que ofrecen ayuda para los miembros de familia y los amigos porque muchas veces el tratamiento empieza por ellos, o bien están también ellos englobados en el problema (lo que se denomina co-dependencia).

Estas son algunas ideas generales sobre este problema, que debería enfrentarse con más determinación por toda la sociedad. Por todo esto, respondiendo a la consulta hecha, debo decir que: (a) no se puede decir que el consumo de alcohol sea siempre pecado (eso lo enseñan algunas sectas abstencionistas); (b) pero sí debe advertirse de los gravísimos peligros que encierra en sí mismo (potencial fuerza adictiva) y con relación a otras adicciones (a muchos los encamina al consumo de otras drogas); y (c) que desconfíen de sí mismos los que se sienten seguros de no caer en esta dependencia y traten de beber -moderadamente- sólo en ambientes seguros como la familia y los amigos serios; y huyan de beber incluso moderadamente en ambientes donde otros suelen embriagarse.

Bibliografía:

Sgreccia, E, Manuale di bioética, Vita e Pensiero, Milano 1991, II, pp. 210 y ss.

Ciccone, L., Salute e malattia, Ares, Milano 1986, pp. 437 y ss.

También se puede consultar alguna de las páginas de Alcohólicos Anónimos, como por ejemplo: http://www.aa.org; http://www.alcoholics-anonymous.org

P. Miguel A. Fuentes, IVE

[1] Tal es el caso de Italia; se puede ver sobre esto: G. Bonfiglio-E. Caffarelli-B. Barigelli, Alcolismo. La droga che uccide dipiu, en: II delfino, 5 (1980), n. 3, pp. 13-20.

[2] Cf. Sgreccia, E, Manuale di bioetica, Vita e Pensiero, Milano 1991, II, pp. 210 y ss.; Ciccone, L., Salute e malattia, Ares, Milano 1986, pp. 437 y ss.

[3] Se calcula en 20-30 mg/litro en un individuo sano.

[4] Por ejemplo, una botella de 3/4 de litro, de 10-12 grados, bebida en ayunas, eleva esa tasa a 500-800 mg/litro.

[5] Desde 1973 el alcohol se configura como una de las sustancias teratógenas capaces de producir malformaciones en el feto, aumentando el número de los niños malformados; entre los efectos que produce en el feto se señala el retardo del crecimiento pre y post natal, las disfunciones en el sistema nervioso central -retardo mental, depresión-, anomalías cráneo faciales, otros problemas como anomalías en los ojos, orejas, boca, problemas cardíacos, etc.

[6] Se pueden ver estos datos en “Los chicos empiezan a tomar a los 11 años”: La Nación, 17/11/2003.

[7] Ver los datos en “Las chicas toman cada vez más alcohol”, en: La Nación Line, 8/02/2003.

[8] Los llamados “Doce Pasos” son los principios básicos que guían a las personas que realizan este proceso de recuperación. Son principios sencillos pero de una sabiduría patente, y se han mostrado de gran eficacia práctica.

¿Es lícita la castración en caso de violación?

Pregunta:

¿Es lícita la castración en caso de violación, al menos, la castración ‘química’ y para los violadores psicológicamente irrecuperables? ¿Y como defensa de los psicópatas sexualmente agresivos?

 

Respuesta:

Estimado:

            El debate se ha abierto en la actualidad a raíz de un estudio realizado en Francia por un grupo de expertos. Según ‘La Nación'[1], un grupo de 16 expertos conducidos por el psiquiatra Claude Balier, ha examinado el problema de los agresores sexuales recidivos. En sus condiciones ordinarias, la calle es para ellos una fuente de tentaciones. ¿Qué se debe hacer con ellos? ¿Mantenerlos en prisión indefinidamente, o someterlos a tratamiento de modo tal que puedan ser puestos en libertad sin que constituyan un peligro para la sociedad? No son los únicos casos que exigen una respuesta ética[2]

            El problema urge en muchos países, pues se habla en los últimos años de un ‘dispararse’ de la agresión sexual, especialmente infantil. Según el mismo artículo de la Nación los agresores sexuales pasaron de representar en 1973 sólo el 5% de la población carcelaria, al 12,5% en 1994.

            El informe elaborado por el grupo no está de acuerdo con la creación de institutos especializados donde puedan recluirse este tipo de personajes, como existe, por ejemplo el Instituto Pinel, de Montreal. Propone, en cambio, instaurar la obligación, una vez terminado de expiar la pena, para estas personas de presentarse periódicamente ante determinadas autoridades, incluso si no vuelve a reincidir en su delito. El motivo es continuar indefinidamente el tratamiento, es decir, de someterlos a un tratamiento de antiandrógenos, lo que es llamado ‘castración química’. Esto bloquea la libido aunque no de modo irreversible.

            Francia ya ha dado, si no de derecho al menos en los hechos, autoridad a sus tribunales para ejercer este tipo de imposición. De hecho, en junio de 1996 el tribunal correccional de Toulouse condenó a un culpable de pedofilia a 4 años de prisión, y una vez puesto en libertad, a la obligación de ‘asistencia’, lo cual, sin otra precisión, equivale al tratamiento médico mencionado.

            ¿Qué criterios morales hay para el caso?

            Entre los moralistas y teólogos el tema ha sido discutido desde hace siglos. Hay que distinguir dos planos: el de summo iure (o sea, el derecho absoluto) y el plano prudencial de la conveniencia de recurrir o prescindir de algunos derechos. A su vez yo distinguiría también tres posibles finalidades en la castración: punitiva, preventiva y terapeética.

1. Castración estrictamente punitiva.

            1) Aspecto teórico

            La mayoría de los teólogos y moralistas de casi todos los tiempos han reconocido la legitimidad teórica de usar la castración (así como otro tipo de mutilación) como castigo de determinados delitos. Establecían para legitimarla una analogía con el derecho a imponer la pena de muerte al culpable. Entre otros, por ejemplo, Santo Tomás[3]; también el Magisterio la reconoce como recurso lícito para el culpable[4].

            La condición es que se trate de un sujeto ciertamente culpable y que la pena determinada cumpla las condiciones para ser justa, es decir, que además de no haber otra pena más adecuada, reúna las condiciones de ser vindicativa (que tienda a la compensación), medicinal (que sirva de correctivo para el mismo criminal) y ejemplar(que sirva para que los demás se aparten de tales crímenes).

            No veo, en cambio, mucho sentido en encuadrar la mutilación ‘química’ como algo punitivo, pero si se encontrara alguna razón, podría entrar en los mismos argumentos.

            2) Razones de conveniencia prudencial

            Hoy en día, entre los moralistas, aún aceptando la legitimidad de summo iure, casi ninguno justifica su aplicación. En general, repugna al sentido humanitario, como afirma, por ejemplo Peinador[5]. Estos autores sostienen que en cuanto vindicativa hay otras penas más adecuadas (como la cárcel, multas económicas, etc.); como medicinal o terapéutica en los casos de los delincuentes patológicos (maníacos sexuales) la pone en duda H. Bless, teniendo en cuenta muchos casos en los que ha sido ocasión para mayores desenfrenos. Lo mismo se diga respecto de su ejemplaridad. Habría que agregar el agravante de nuestra sociedad puramente utilitarista que, sin dudas, recurriría a esto como menos ‘costoso’ que otro tipo de castigo (como la prisión).

            Tal vez menos dificultoso sería admitir la práctica punitiva de la ‘castración química’. Pero, ¿tiene sentido punitivo? El disminuir el incentivo de la libido ¿es un castigo? Sólo en el caso del agresor sexual que no sea un psicópata sino una persona normal, como ocurre, por ejemplo en las violaciones realizadas en tiempo de guerra y otros casos más. Pero, en tales casos (de delincuentes normales) ¿no hay otros castigos más adecuados?

2. Como preventivo social

            La sociedad no tiene sólo el derecho de castigar al culpable sino -con más razón- de defenderse legítimamente. Es evidente que la ‘prevención’ sólo podrá realizarla respecto de quien puede temerse razonablemente un potencial ataque -en este caso sexual- es decir, del psicópata sexual agresivo. Con aquellos que no pueden controlar sus instintos sexuales y agresivos, y en quienes esto ha sido constatado, ¿puede emplear (es decir, imponer) algún medio de defensa preventiva? Evidentemente que sí, pero ¿cuál?

            La mutilación orgánica no creo que pueda considerarse ni siquiera como último remedio extremo, porque tales personas son enfermos; no se trata aquí de punición; y si hay responsabilidad, como ocurre en muchos casos, ésta tiene sus atenuantes en los disturbios psíquicos. Entonces, ¿puede seguirse hablando de castigo proporcionado a la culpabilidad? Además, la mutilación orgánica normalmente sólo quita al sujeto la capacidad de procrear, pero no la de agredir ni realizar sus actos sexuales. Muchas veces esto sólo se presta a ulteriores y mayores desenfrenos. Por eso Bless se muestra contrario a admitir el derecho del Estado en esta materia, aún conociendo la opinión favorables de muchos otros autores[6].

            En cambio, parece más fácilmente justificable -al menos en algunas circunstancias- el uso de psicofármacos; aunque con sus condiciones. Escribe, por ejemplo Sgreccia: ‘El enfermo agresivo, que puede ocasionar molestias a los familiares y vecinos puede ser tratado con psicofármacos, en nombre del principio de legítima defensa, pero habrá que considerar: 1. los riesgos para su propia vida; 2. la existencia de otros remedios eventuales más inocuos; 3. la temporalidad limitada, es decir, que tenga el carácter de ‘farmaco-tapón’. En esta categoría entran también los sujetos sexualmente agresivos hasta el límite de lo patológico. No es mi tarea precisar cuales sean los efectos colaterales a breve o larga distancia y sobre el hecho que de muchos piscofármacos tal vez no se conocen bien sus efectos, por lo cual el uso debe ser regulado con más rigor y con el criterio de lo estrictamente necesario'[7].

3. Como terapia personal

            Finalmente puede considerarse la castración como medio de terapia para ciertos enfermos mentales, es decir, no sólo como defensa de terceros inocentes (que pueden ser potencialmente agredidos) sino como terapia para el mismo enfermo. La psiquiatría reconoce el problema de ciertas enfermedades mentales que presentan como síntomas la perversión de los instintos sexuales, la imposibilidad de dominio racional sobre los mismos; normalmente es causado por disfunsiones hormonales. En algunos de estos casos la castración orgánica era justificada apelando al principio de doble efecto. Bless nos ofrece los criterios principales en su ‘Pastoral psiquiatrica’:

            -Es lícita como ‘ultimum refugium’

            -Se encuadraría en el principio de doble efecto (porque se estaría actuando sobre algo enfermo cual es la libido exacerbada por problemas hormonales; hay proporción entre los beneficios para el paciente y los daños que sufre, etc.).

            -No debe aplicarse más que a los psicópatas sexuales que sufren seriamente con su necesidad morbosa y no pueden resistir con su sola voluntad.

            -Debe obrarse con consentimiento del enfermo (porque aquí no estamos ante algo punitivo ni para defensa de terceros).

            Lo dicho vale con mayor razón para el recurso a medios químicos, SIEMPRE Y CUANDO se conozcan sus posibles efectos colaterales y éstos -en caso de darse- no desequilibren los efectos buenos que se buscan con el tratamiento.

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] LA NACIÓN, 9 de agosto de 1996, p. 7.

[2] En DIARIO UNO (8 de abril de 1996) apareció la noticia de un Pederasta (Larry Don McQuay) quien a punto de salir de la prisión en Texas pedía ser ‘castrado’. Había confesado haber abusado de niños en más de 240 oportunidades. Si bien salía por buena conducta, no quería se libre ‘tal como es’, ‘para no volver a sentir la necesidad de perseguir niños’. El debate ético en los EEUU giraba en torno a si las autoridades públicas pueden o no acceder a sus deseos.

[3] ‘… Como todo hombre se ordena, como a su fin, a la sociedad entera, de la que es parte, … puede suceder que la mutilación de un miembro, aunque redunde en detrimento de todo el cuerpo, sirva, sin embargo, al bien de la sociedad, en cuanto se impone a alguno como castigo para escarmiento de los pecadores. Por consiguiente, así como el poder público puede lícitamente privar a uno totalmente de la vida por ciertas culpas mayores, así también puede privarle de un miembro por algunas culpas menores’ (Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, 65, 1).

[4] Por ejemplo, Pío XI en la Casti Connubii la declara ilícita ‘cuando no existe culpa ni causa alguna de pena cruenta’.

[5] Peinador, Moral Profesional, BAC, Madrid 1962, nº 636.

[6] Cf. H. Bless, Pastoral Psiquiatrica, Ed. Razón y Fe, Madrid 1966, p. 282.

[7] E. Sgreccia, Manuale di Bioetica, Ed. Vita e Pensiero, Milano 1991, T. II, p. 73.

¿Puede separarse quirúrgicamente a dos mellizos siameses que comparten un mismo corazón y parte del hígado?

Pregunta:

¿Puede separarse quirúrgicamente a dos mellizos siameses que comparten un mismo corazón y parte del hígado?

 

Respuesta:

El caso en cuestión se plantea por las mellizas Amy y Angela Lakeberg, nacidos el 29 de junio de 1993 en el Centro Médico de la Universidad Loyola, cerca de Chicago. Fue analizado brevemente por Wm.B. Smith, en ‘Homiletic & Pastoral Review’, March 1994, pp. 68-69).

            Unidos desde el pecho hasta el ombligo, compartían un corazón malformado de seis cámaras. En tal estado tenían una esperanza de vida de 6 a 7 semanas. Los médicos del Hospital de Niños de Philadelphia ofrecieron operarlas: se trataba de separarlas teniendo por resultado la muerte de una de las mellizas y una posibilidad de sobrevida de la otra inferior al 1%.

            Se consultó a varios teólogos. Muchos de ellos afirmaron que se trataba de un caso extraordinario de principio de doble efecto. Lo que parecía, de todos modos, no justificar el recurso a este principio eran los gastos excesivos (más de 1 millón de dólares).

            ¿Qué decir?

            1) En el mejor de los casos, si se tratara de un caso de doble efecto, estaríamos: en un caso no obligatorio, entre otras cosas por los enormes gastos.

            2) Pero, todavía hipotizando que caiga bajo tal principio, se presenta la dificultad del mínimo éxito: la muerte segura de una de las niñas y la posibilidad de sobrevida del 1% de la otra. Con tal tipo de resultado ¿se trata de terapia o de experimentación?

            3) Pero, ¿estamos ante un caso de doble efecto? Esto parece ser lo más dudoso:

            a) Intención: no hay dificultad puesto que se trata de salvar alguna de las mellizas.

            b) Proporcionalidad: parece haber proporción entre el efecto bueno y el malo, puesto que se permite la muerte de uno buscando la vida de otro; o sea no es para alcanzar un bien económico sino una vida (sería semejante a cuando uno da la vida por otra persona: se justifica porque vale la pena dar la vida para que otro no la pierda).

            c) El problema parece ser el objeto moral del acto que se ha de poner. Éste no parece ser ni bueno ni tampoco neutral, porque se trata de asignar el corazón y los vasos conectores al que tiene más chance de sobrevivir; esto priva del derecho que tiene la otra niña al único corazón que comparten, por lo que el mismo acto produce la muerte. Esta muerte no será querida como un fin, pero es prevista e intentada como una condición necesaria para la esperanza de éxito de dar la otra vida.

            d) Por esta misma razón, habría que dudar si no hay un cierto nexo de causalidad entre los dos efectos, o sea, que la vida de una sea producida matando a la otra. Algunos consideran que esta condición (la de que no haya nexo de causalidad entre el efecto malo y el bueno, o sea que el bueno no sea causado por el malo) aquí no es el problema (por ejemplo Smith, el autor del artículo).

            La solución más razonable (si no es la única moralmente admisible) es, pues, la que expuso el dominico Albert Moraczweski: ‘moralmente es mejor, aún si no lo es desde el punto de vista sentimental, que ambas mellizas mueran por muerte natural, en este caso por el defectuoso corazón, que es inadecuado para soportar ambas vidas, y no que privar a una de la vida para dársela a la otra’ (Cf. ‘Ethics & Medics’, v.18, 11 [November 1993], p.2).

P. Miguel A. Fuentes, IVE