amenaza a la esperanza

Las amenazas a la esperanza

Pregunta:

La cuestión que deseo plantearle puede parecer un poco singular, pero se trata sobre la virtud de la esperanza y es: ¿en qué actitudes o cosas podemos conside­rar que se está amenazando —en nuestro tiempo— la esperanza del cristiano?

Respuesta:

Estimado amigo:

Al hablarme usted de «esperanza del cristiano» debo entender que se refiere a la esperanza teologal, no a las esperanzas humanas; por lo que respondo teniendo en cuenta esta perspectiva particular[1].

Pues bien, creo que se pueden identificar en nuestros días, al menos cinco grandes amenazas o retos teológicos contra la esperanza cristiana.

  1. Primera amenaza: los cristianos que viven una fe esquizofrénica

Me refiero a los que «creen» en Dios pero no esperan la vida eterna.

A pesar de la extensión que diversas formas de indiferencia religiosa han ido adquiriendo en los últimos tiempos, nuestros pueblos (por ejem­plo en Hispanoamérica) siguen siendo, gracias a Dios, mayoritariamente religiosos y cristianos (cuando no católicos). Sin embargo, llama la aten­ción que no pocos de los que se declaran cristianos y católicos, al tiempo que confiesan creer en Dios, afirman no esperar que la vida tenga continui­dad más allá de la muerte.

¿Qué Dios es ése en el que dicen creer quienes piensan que no ha vencido a la muerte y que, como consecuencia, es esta quien tiene la últi­ma palabra sobre la vida del hombre? No puede tratarse, ciertamente, del Padre de nuestro Señor Jesucristo, el Dios vivo y verdadero. No puede ser el Dios personal y cercano a sus criaturas, en especial a los seres humanos, a quienes ha creado a su imagen para establecer con ellos una relación mu­cho más fiel que la que nosotros anudamos con nuestros seres queridos.

La desconexión entre la fe en Dios y la esperanza en la vida eterna no sólo pone de manifiesto una cierta crisis de esta esperanza, sino también de la fe en Dios. La fe en la resurrección y en la vida eterna está íntimamente unida a la verdadera fe en Dios. Hoy en día se hace necesario, por eso, proclamar de nuevo nuestra fe pascual (la fe en la vida eterna basada en el misterio pascual de Cristo, es decir, en que «si morimos con Él, viviremos con Él»: 2Tim 2,11); en que nuestras vidas, junto con la creación entera, «libre ya del pecado y de la muerte», como dice la Plegaria eucarística IV, serán definitivamente asumidas en la vida de Dios.

  1. Segunda amenaza: la acobardada predicación de la esperan­za de la vida eterna

Es difícil escuchar en la predicación, en la catequesis y en la enseñanza de la religión católica, una clara presentación de la esperanza cristiana en la vida eterna.

Tal vez sea cierto que en el pasado se han predicado de manera poco seria o poco teológica algunas verdades de la vida eterna —aunque no hay que hacer mucho caso de esta dialécticas que hacen tanto hincapié en «an­tes se exageraba…»—; pero esto no justifica que se silencie o el que se defor­me la fe de la Iglesia en la vida eterna. El Credo concluye solemnemente con esta proclamación de esperanza, tan unida a la fe en Dios: «creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna». Si no se habla de estos temas, o si se habla de modo inapropiado, el corazón mismo de la fe en Jesucristo queda negativamente afectado.

Además, el descuidar las verdades de la muerte, de la gloria y de la posible condenación eterna tendría, entre otras, la grave consecuencia de que los fieles, carentes del alimento sólido de la fe, que viene a saciar con creces el hambre de amor perenne que experimenta la naturaleza humana, se sientan tentados de dar oídos a supersticiones o ideologías incompati­bles con la dignidad de quienes son hijos de Dios en Cristo. Dicho de otro modo, si no se predican estas verdades, tales como las enseña la fe católica, se entrega la mente de los fieles al pasto de las supersticiones.

  1. Tercera amenaza: la desesperanza que nace del fracaso de la ideología del progreso

El final del siglo XX y el comienzo del XXI han mostrado al hom­bre el estruendoso fracaso de las ideologías que trataron de hacernos creer que el hombre es el constructor prometeico de su futuro, de un porvenir siempre mejor; la enseñanza, en fin, de todos los humanismos laicos y ateos que elaboraron un modelo de esperanza secularista (los socialismos, el nazismo, el marxismo, etc.).

Es indudable que todavía muchos siguen ilusionados con esta quimé­rica visión del progreso histórico (que sigue prometiendo la felicidad en la tierra, como hace la ciencia con sus investigaciones sobre la clonación y otras quimeras biológicas); pero también son cada vez más los que, alec­cionados por el derrumbamiento de las grandes utopías y alarmados por las consecuencias indeseables del «progreso» (en términos ecológicos o de justicia social), han empezado a dudar de que el futuro (por esta senda, al menos) vaya a poder traer todo bueno. Esta es la razón por la que, en las últimas décadas, se haya puesto de moda hablar del «fin de la historia», no en un sentido apocalíptico, sino como un cambio de civilización[2]. El hecho es que según señalan los estudiosos, uno de los resultados de esta «crisis de la modernidad» es la difusión de una cierta desesperanza. Desesperanza que se manifiesta en que ahora se trata de orientar todos los deseos del hombre al modesto horizonte de lo cotidiano: vivir una vida serena, sin preocupaciones, sin hacernos tantas ilusiones sobre el progreso y el futu­ro… aprovechar el tiempo que tenemos sobre este mundo… lo que, en el fondo, no es más que una forma de desesperanza disfrazada: sólo tenemos esta vida, aprovechémosla para vivir tranquilos.

No es mala una esperanza humilde y hasta escondida en lo cotidiano[3]; pero es preocupante que vaya tomando cierta carta de naturaleza la pura y simple desesperanza.

  1. Cuarta amenaza: el retorno de formas ancestrales de esperanza

Como el hombre «necesita» tener esperanza, si la fe cristiana no se la da (por falta de predicación y de auténtica catequesis), aquel la buscará en otra cosa que le «prometa» algo futuro. De aquí el fenómeno del retorno de formas primitivas o ancestrales de esperanza, «recauchutadas». El ser humano necesita el futuro, no puede vivir sin proyectarse hacia el porve­nir. Por esta razón, nuestra descreída cultura echa mano, con frecuencia, de creencias ancestrales o de supersticiones para tratar de responder a la i­nevitable demanda de esperanza. De este modo, paradójicamente, junto a la ciencia y la técnica más avanzadas, florecen en el seno de nuestra socie­dad (y, por cierto, con gran vigor), la astrología, los horóscopos, la quiro­mancia, y todas las formas de adivinación del futuro. También se recupe­ran, más o menos adaptadas, diversas formas de antiguas creencias sobre la supervivencia del hombre, como, por ejemplo, la reencarnación. Y quienes creen en esto no son solo personas sencillas y sin estudios, sino, a menudo, profesionales, políticos, literatos, educadores y científicos.

  1. Quinta amenaza: el egoísmo

Aunque parezca mentira hay que señalar como una forma de deses­peranza el fenómeno del culto más o menos cínico al propio provecho, como única meta de la vida. Es decir, el hecho, cada vez más extendido, de personas que sólo les interesa su propio interés, ya tome este forma de ex­plotación de los demás, de avaricia desenfrenada, de lujuria, de corrupción, etc. Me refiero a la actitud de aquellos que sólo buscan su propio bien, «aunque revienten los otros»; actitud extendidísima. Esta es la sustancia del «capitalismo salvaje», es decir, del egoísmo exacerbado que caracteriza la «postmodernidad». ¿No es esto una forma de desesperanza, que encara la vida como algo de lo que hay que sacar todo el jugo posible (exprimién­dolo de los demás) porque se piensa que no hay un más allá donde recibirá premio o castigo de sus actos?

Aunque se podrían señalar también otras amenazas para la esperanza, estas cinco ya nos dan bastante que pensar.

(P. Miguel A. Fuentes, IVE. Publicado en la Revista Diálogo 63, 2013, 149-153)

[1] Y voy a aprovecharme, para hacerlo, de una parte de un valioso documento de la Comisión Episcopal Española para la Doctrina de la Fe, del año 1995, Esperamos la resurrección y la vida eterna, (26 de noviembre de 1995).

[2] Después de ¿El Fin de la Historia? (1989), Francis Fukuyama volvió a la carga con este tema con The End of History and the Last Man (1992).

[3] Cf Pablo VI, Exhort. Apost. Gaudete in Domino, 6-8.

respeto por la mujer

¿Dónde está el verdadero respeto por la mujer?

Pregunta:

Estimados señores: Yo opino que existen muchas leyes que no son aplicables a la vida de hoy y que deben ser actualizadas por los jerarcas de la Iglesia. Me inquieta muchísimo lo referente a la anticoncepción. En mi condición de mujer casada, creo que tengo el derecho de decidir mi vida; no creo que ataque a ninguna ley evitar un embarazo, ¿debería entonces embarazarme cada año, hasta que mi cuerpo no aguante, y me muera en un parto, o tener todas las complicaciones que un embarazo tiene, tener niños que no pueda criar? ¿no poder estudiar?, ¿llevar una vida dedicada a criar niños y no poder ejercer ningún cargo?, ¿ser discriminada por la sociedad y no ser empleada por mi estado? Yo tengo un concepto muy alto de la mujer y no me gusta escuchar que la mujer es una especie de objeto de pecado, una mancha, una cosa o un objeto malo. Me gustaría recibir de ustedes una respuesta a mis dudas o una opinión de lo que expresé. Por su atención muchas gracias.

Respuesta: 

Estimada Señora:

La Iglesia tiene la más alta estima por la mujer, como podría Usted comprobar leyendo los documentos pontificios que hablan sobre ello (como, por ejemplo, la Carta Mulieris dignitatem, sobre la dignidad de la mujer, del Papa Juan Pablo II). Es más, tiene un concepto de la mujer (y del hombre) más alto que el que tienen muchos que piden libertades para la mujer que en el fondo no la liberan sino que la esclavizan.

Es parte esencial de la dignidad de la mujer el saber respetarse y hacerse respetar. Respetarse es conocer su propia verdad, saber qué es ella en el plan divino y respetar el plan de Dios sobre ella. Ese plan está admirablemente grabado en sus íntimas estructuras, en su psicología, en su espiritualidad y en su biología. Respetando el plan de Dios sobre la mujer, ésta se respeta a sí misma y puede llevarse a la más alta dignidad.

La anticoncepción disgrega dos elementos que Dios ha querido juntos en el ejercicio de la sexualidad humana: la unión de los cónyuges (siempre actual) y la paternidad/maternidad (no siempre actual sino que muchas veces no es más que potencial, según lo prevé la misma naturaleza). Separando ambas dimensiones se desvirtúa la sexualidad. Así como es una aberración querer la maternidad sin amor (como ocurre en el acto sexual ejercido con violencia, o con desprecio, o por fines de lucro o de placer, pero sin amor), igualmente es una aberración querer el ejercicio de la sexualidad sin la donación total a la otra persona (donación que es total cuando incluye también la potencialidad procreadora, tal como la naturaleza la prevea para el momento en que ejercen la sexualidad).

Éste es el motivo por el que la Iglesia, por respeto a la ley natural y por tanto, por respeto al hombre y a la mujer, condena la anticoncepción.

Además, la anticoncepción se inserta en una lógica antivida; de hecho ella es madre del aborto y del rechazo a la vida. Y hacer de una persona una mentalidad antivida es el peor abajamiento al que puede sometérsela.

Esto no implica esclavizar a la mujer a una maternidad constante, quedando embarazada una vez tras otra. El conocimiento de sus ritmos biológicos (y por tanto, de los sabios planes de Dios) le permite reconocer e identificar los momentos en que ella es fértil y los momentos en que no lo es; ya sea para decidir ejercer la sexualidad conyugal en los momentos de fertilidad (buscando ser madre) como para restringirse por motivos serios a los momentos de infertilidad distanciando los embarazos. Tal es el núcleo de los métodos naturales.

Tenga por cierto que nunca será más mujer que cuando respete el plan de Dios que fue quien hizo a la Mujer.

jugador compulsivo

¿Cómo ayudar a un jugador compulsivo?

Pregunta:

Conozco un hombre profesional, casado y con hijos, muy inteligente, con un problema muy serio desde hace más de 15 años: es un jugador empedernido. Está muy afligido por su problema. El ir a jugar lo ve como un deseo compulsivo irresistible. Se lo ve con buena disposición para salir de esa situación. El reconoce que es un vicio y pide ayuda para salir de él, porque si sigue así se va a destruir a sí mismo y a su familia. ¿Qué se le puede decir para ayudarlo?

Respuesta:

Estimado:

Le doy una respuesta rápida que no pretende ser de ninguna manera exhaustiva.  Inicialmente lo que hay que ver es si se trata de un jugador “compulsivo” y si esto tiene ya raíces psicológicas. De ser así toda terapia espiritual deberá ser acompañada de un apoyo psiquiátrico.  Desde el punto de vista espiritual y moral hay que tratar de formar en él la virtud de la templanza a través de todos sus resortes:

1º Ante todo, tratando de que se convenza de la malicia del juego, del peligro en que pone a su familia, de las consecuencias funestas para su alma y para el bienestar de su familia. Tiene que meditar y darle peso a esto, pues debe hacerse una verdad evidente para él no sólo desde el punto de vista intelectual sino práctico.

2º Junto a esto debe evitar como la peste las ocasiones de juego, que pueden ser: lugares, amigos, circunstancias.

3º Es muy útil que añada a lo anterior el imponerse penitencias puntuales no sólo en caso de caer sino también en caso de haberse expuesto al peligro (aunque no haya caído).

4º De modo positivo hay que enseñarle a hacer examen de conciencia particular. Éste es el gran secreto de todo adelanto espiritual. Deberá examinar todas las noches su conciencia sobre los puntos anteriores.

5º Será muy útil para él aprender a ejercitar el dominio de la voluntad (virtud de la templanza) en todo el campo de la sensualidad (aunque no se trate del terreno del juego) pues esto robustece su voluntad para todo tipo de tentaciones.

6º Finalmente habrá de trabajar en la confianza en Dios y en amor a la pobreza, pues a menudo el jugador es una persona que desconfía de la Providencia y pone su esperanza en el azar.

Como ya dije, si su problema tiene raíces psicológicas, no bastará el trabajo espiritual sin una buena terapia. Pero tampoco le será suficiente una buena terapia sin el trabajo espiritual que acabo de indicar.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

DIVORCIO

¿Por qué el divorcio está mal?

Pregunta

Estimado Padre: He leído alguno de sus artículos y todavía sigo sin comprender por qué el divorcio está mal. Quisiera que Usted me diera los argumentos más puntuales. Gracias por su amabilidad.

Respuesta:

Estimado:

El divorcio se opone a la indisolubilidad del matrimonio, que es una propiedad de la institución matrimonial ya en el mismo plano natural elevada sobrenaturalmente por el vínculo sacramental[1]. De aquí que debamos decir que el matrimonio es indisoluble por derecho natural. Se trata ésta de una tesis fundamental de la ética cristiana y de una enseñanza expresa del Magisterio. De hecho Pío IX condenó fuertemente la enseñanza liberal que sostenía que el vínculo matrimonial no es indisoluble por derecho natural y que, por tanto, podría ser disuelto de modo perfecto por una autoridad civil[2]. Igualmente Pío XI en la Casti conubii hablando de las palabras de Cristo (cf. Mt 19,6 y Lc 16,18)[3] dice claramente que “se aplican a cualquier matrimonio, aun al solamente natural y legítimo; porque es propiedad de todo verdadero matrimonio la indisolubilidad, en virtud de la cual la disolución del vínculo está en absoluto sustraída al capricho de las partes y a toda potestad secular”[4].

¿Cuáles son las razones para sostener tal afirmación que a los mismos apóstoles resultó dura? Podemos indicar cuatro motivos principales.

  1. La indisolubilidad es necesaria por parte del fin matrimonial de la procreación y educación de la prole[5]

Se diga lo que se diga no es posible procrear y educar a los hijos de modo conveniente sin la perpetuidad del matrimonio, razón por la cual la unión del hombre y la mujer no sólo se ordena por ley natural a la simple generación, como en los demás animales, sino también a la educación de la prole, y no solamente por un tiempo determinado, sino durante toda la vida. De hecho la educación afectiva de los hijos no se logra en unos pocos años. Los hijos necesitan el punto de referencia de sus padres durante toda la vida (y punto de referencia a la “relación indisoluble” que tienen los padres entre sí; ésta es fuente de serenidad en medio de sus incertidumbres, aliento para perseverar en sus propias pruebas, etc.)

Además es claro que ordinariamente la mujer no se basta por sí sola para mantener y educar la prole; se impone la necesidad de la colaboración paterna, su inteligencia para instruir y su energía para corregir (no se puede poner como objeción el caso de las mujeres u hombres abandonados por su cónyuge o los cónyuges viudos, porque no se debe hacer norma con lo que es excepcional y, además, porque en estos casos, si los hijos han sido educados convenientemente –lo cual no ocurre siempre a pesar de los esfuerzos de la madre o del padre solitario– ha sido a costa de sacrificios muy elevados por parte del padre o madre educador). La vida humana requiere muchas cosas que no están al alcance de una sola persona ni se adquieren en poco tiempo.

Por otra parte la vida natural de los padres se proyecta naturalmente en el hijo; por eso éste debe ser heredero de sus padres, sucediéndole en la posesión de las cosas tanto a su padre como a su madre; y este orden se perturbaría si el matrimonio legítimo pudiera disolverse, porque los bienes de alguno de los dos no llegarían a sus naturales destinatarios.

Finalmente, existe en el hombre una solicitud natural de tener certeza de su prole, o sea, el saber si tal hijo es o no es efectivamente hijo suyo; por eso todo lo que impide tal certeza va contra el instinto natural de la especie humana. Si, pues, el hombre pudiera abandonar a la mujer, o ésta al varón, para unirse con otros u otras, la prole podría ser incierta si, habiendo tenido relaciones sexuales con uno, la tuviera luego con otros. Por eso la separación matrimonial va contra el instinto natural de la especie humana.

Esto se esclarece aún más observando las consecuencias del divorcio en los hijos. Del divorcio se sigue para muchos hijos[6]: (a) El escándalo moral de la desunión de sus padres; el criarse en un clima de violencia, dialécticas, envidias, celos y competencias (de hecho compiten por su afecto, porque les den la razón de que el culpable de la ruptura familiar ha sido el otro cónyuge, etc.). (b) El sufrimiento de verse obligados a tomar parte por uno o por otro de sus padres; originando, en muchos casos, problemas psicológicos graves. (c) También para muchos hijos significa el caer en la pobreza o en la miseria y en el drama de la niñez abandonada. (d) Aumenta la delincuencia precoz[7]. (e) Causa problemas de conducta. Algunos estudios señalan que los hijos de padres divorciados presentan regularmente cuatro conductas negativas típicas: mienten excesivamente, tienen un bajo nivel de aprendizaje, falta de asunción de responsabilidad del propio comportamiento y dificultad de concentración[8].

  1. La indisolubilidad la exige el fin del matrimonio que es el amor conyugal

El amor conyugal exige “definitividad” para ser verdadero. Decía Lacordaire: “¿Qué ser hay bastante infame, cuando ama, para calcular el momento en que no amará?”[9]. Otro autor ha escrito acertadamente: “Una alianza contra cuya ruptura la parte más débil jamás podrá tener seguridad completa, en manera alguna producirá alegría y solidez, y esto sin añadir que es una tentación constante de infidelidad. Para la parte más fuerte, es una falta imperdonable de carácter si ofrece únicamente su promesa para los días felices, e introduce en ella, como condición, la facultad de retirarla tan pronto como se presenten los sacrificios”[10].

  1. La indisolubilidad es exigida por los fines secundarios del matrimonio (la mutua ayuda de los esposos)

El matrimonio también se ordena a la mutua ayuda entre el hombre y la mujer. Y por eso es indudable que el divorcio muchas veces impone enormes injusticias a uno u otro de los cónyuges. Como decía ya Santo Tomás: “si alguno que ha tomado a una mujer en el tiempo de su juventud, cuando era bella y fecunda, pudiera repudiarla en edad avanzada, le infligiría un daño contra la misma justicia natural. El mismo inconveniente existe si la mujer pudiera hacer lo mismo… Se unen no sólo en el acto carnal, sino también para el mutuo auxilio de toda la vida. Por eso es gran inconveniente que el matrimonio sea disoluble”[11].

No hay que esconder el rostro de esta gran miseria. Si bien es cierto que algunos matrimonios recurren al divorcio de común acuerdo y con voluntad positiva de ambos cónyuges, también es cierto que en muchos casos el divorcio es pedido por una de las partes abandonando al otro cónyuge por enfermedad, falta de atractivo, etc., dejándolo en la miseria, en la soledad, a veces con la carga de la educación y mantenimiento de los hijos, etc[12].

  1. La indisolubilidad la exige el bien común de la sociedad

Finalmente (sólo lo menciono sin desarrollarlo) cuando se argumenta contra la indisolubilidad del matrimonio se usan argumentos de conveniencia individual, olvidando que el bien individual está subordinado al bien común, tanto de la familia como de la sociedad. Para la estabilidad de la sociedad es necesaria la estabilidad de la familia, pues es su célula básica. Por eso ha dicho muy bien –y repetidas veces– Juan Pablo II que el futuro de la humanidad pasa por el futuro de la familia.

Bibliografía:

Héctor Hernández, Familia-Sociedad-Divorcio, Ed. Gladius 1986;

Scala, Jorge (director), Doce años de divorcio en Argentina, Educa, Buenos Aires 1999;

Miguel Fuentes, Los hizo varón y mujer, EVE, San Rafael 1998.

[1] Cf. Domingo Basso, Indisolubilidad del matrimonio, en: AA.VV., Criterios cristianos para la acción política, Ed. Claretiana, Buenos Aires 1983, pp. 85-92.

[2] Recuérdese la condenación del Syllabus, DS 2967.

[3] Mt 19,6: De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre; Lc 16,18: Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio; y el que se casa con una repudiada por su marido, comete adulterio.

[4] DS 3724.

[5] Cf. Santo Tomás, Suma Contra Gentiles, III, c. 123.

[6] Cf. Héctor Hernández, Familia-Sociedad-Divorcio, Ed. Gladius 1986, pp. 90-106. Cf. también: Scala, Jorge (director), Doce años de divorcio en Argentina, Educa, Buenos Aires 1999.

[7] El 90% de los delincuentes juveniles provienen de hogares con graves perturbaciones familiares; en la década de 1920, una encuesta en California mostraba que el 80% de los criminales adolescentes de Estado eran hijos de divorciados; otra encuesta mostró que en Estados Unidos, de 200.000 delincuentes menores, 175.000 eran hijos de divorciados (cf. Miguel Fuentes, Los hizo varón y mujer, EVE, San Rafael 1998, 141-142).

[8] Cf. Washington Times, 20 febrero 2001, indicaba que un millón de niños y jóvenes en Estados Unidos se convierten en hijos de divorciados cada año, según el Centro Nacional de Estadísticas de la Salud. El diario citaba al doctor Michael Katz, psicólogo clínico en Southfield, Michigan, que ha trabajado con hijos de divorciados durante 30 años. Katz comentaba que estos niños presentan regularmente cuatro conductas negativas típicas: mienten excesivamente, tienen un bajo nivel de aprendizaje, falta de asunción de responsabilidad del propio comportamiento y dificultad de concentración. Mientras que muchos chicos, independientemente de su preparación anterior, pueden presentar estas conductas, el doctor Katz dijo que los hijos de divorciados se resisten a muchas formas tradicionales de terapia y disciplina familiar.

[9] Lacordaire, Conferencias de Notre Dame, cit., por Basso, loc. cit., p. 88.

[10] Weiss, P., Apología del Cristianismo, t.7, conf. 17: “Matrimonio y familia”, n. 8; cit. Basso, loc. cit., p. 88.

[11] Santo Tomás, Suma Contra Gentiles, III, c. 125.

[12] Un caso emblemático ocurrió hace poco en Milán, Italia, en que un tribunal condenó a una multa a un hombre por “daños morales” causados a su esposa por divorciarse de ella, entre estos: el haberla precipitado en un estado de falta de serenidad, inquietud, sentido de abandono (Diario La Republica, 5 de junio de 2002).

adornos

¿Son lícitos los “sperlings”?

Pregunta:

¿Cuál es la moralidad de los aretes, pendientes, ganchos, etc. (se los denomina “sperlings”) que algunos usan para adornar su cuerpo (orejas, nariz, boca, ombligo y hasta órganos genitales) muy de moda hoy entre la juventud?

Respuesta:

Estimado:

Me parece útil englobar su consulta dentro del tema más amplio de los “adornos y vestidos corporales”. Esto ya fue abordado en la Edad Media ubicando el problema dentro de la virtud de la modestia y del ornato exterior[1]. Los principios que se podrían establecer, con las adaptaciones debidas al tiempo presente, son los siguientes:

(1) Es justo y recto el uso de vestidos preciosos, joyas, adornos y objetos semejantes cuando la dignidad de la persona lo exige y las costumbres lo recomiendan.

(2) Es justo y recto el uso de adornos corporales que no excedan las posibilidades y estado de la persona que los use.

(3) Es incorrecto e inmoral el uso de adornos del cuerpo que tengan por finalidad la provocación de otros al pecado.

(4) No es lícito adornar el cuerpo de forma que llegue a producir verdadero engaño en los demás.

(5) A la mujer le es lícito gastar en cosméticos, etc., para agradar a su marido, si lo tiene, o para procurar adquirirlo, si no lo tiene. Pero en el uso de estas cosas hay que guardar moderación y equilibrio.

(6) No es lícito a la mujer que no aspire al matrimonio cubrirse de adornos que puedan dar ocasión para que otros pequen o la deseen.

(7) La gravedad del uso indebido de adornos, etc., se debe medir por la mayor o menor provocación al pecado, por la intención de la persona que así procede y por el uso corriente que en la sociedad se haga de tales cosas. Así es pecado usarlos por seducción o vanidad (aunque muchas veces no sea más que pecado venial).

(8) También pueden ser pecado por producir efectos desordenados: escándalo, uso desordenado del dinero, abuso del tiempo que se dedica a preparar el cuerpo para estas cosas, etc.

(9) El uso “mágico” de algunos de estos objetos los hace ilícitos y pecado de superstición: “llevar amuletos es también reprensible”[2].

En lo concreto, lo que debemos tratar de inculcar a las almas es que estimen su propia delicadeza y decoro y que sobrepongan los valores espirituales a la pobre belleza corporal. Esta no es más que una sombra si se compara con la belleza del alma y de la gracia y nunca puede pasar a primer plano.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía: Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II,169.

[1] Santo Tomás le dedicó una cuestión de la Suma Teológica, II-II,169.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2117.