vicios capitales

¿Qué son los vicios capitales?

Pregunta:

Hola, estoy en un grupo de la Iglesia y me toca exponer sobre los siete pecados capitales a jóvenes universitarios. ¿Me pueden ayudar?

Respuesta:

Estimada:

Se designa con el nombre de vicios o pecados capitales aquellos afectos desordenados que son como las fuentes de donde dimanan todos los demás pecados. No siempre los vicios capitales son más graves que sus pecados derivados. Algunos no pasan de simples pecados veniales, como ocurre la mayor parte de las veces con la vanidad, la envidia, la ira y la gula; pero siempre conservan la capitalidad en cuanto que son como la cabeza o fuente de donde proceden otros muchos pecados.

            Desde San Gregorio Magno se suelen enumerar siete vicios capitales: vanagloria, avaricia, lujuria, envidia, gula, ira y acidia o tedio de las cosas espirituales[1]. Santo Tomás de Aquino justifica este número explicando que la voluntad puede desordenarse de siete maneras principales: primero, deseando el bien desordenadamente, lo cual puede ocurrir buscando la propia alabanza (vanagloria), el placer en el comer y beber (gula), el placer venéreo (lujuria) o los bienes exteriores (avaricia); en segundo lugar, huyendo de un bien a causa de los males que le están unidos, en cuyo caso puede tratarse de las cosas espirituales por el esfuerzo que suponen (acidia o tedio espiritual), o del bien ajeno porque rebaja nuestra propia excelencia (envidia) o, finalmente, buscando la venganza desordenadamente (ira).

Veamos brevemente cada uno de estos vicios.

            La vanagloria es el apetito desordenado de la propia alabanza. Busca la propia fama sin méritos en que apoyarla o sin ordenarla a la gloria de Dios y al bien del prójimo. De ordinario no suele pasar de pecado venial, a no ser que se prefiera la propia alabanza al honor mismo de Dios o se quebrante gravemente la caridad para con el prójimo. Se derivan de este vicio otros pecados como la jactancia, al afán de novedades, la hipocresía, la pertinacia, la discordia, las disputas y la desobediencia. Los principales remedios para combatir la vanagloria son: el conocimiento íntimo y sincero de sí mismo; la consideración de la necedad del aplauso humano, y, sobre todo, el recuerdo de la humildad de Cristo.

            La avaricia es el apetito desordenado de los bienes exteriores. Cuando quebranta gravemente la justicia (llegando a robos, fraudes, etc.) es pecado mortal; pero si se opone a la generosidad, no suele pasar de pecado venial. Se derivan de este vicio: la dureza de corazón hacia los pobres; la solicitud desordenada por los bienes terrenos, la violencia, el engaño, el fraude, el perjurio y la traición. Para remediarlo es conveniente considerar la vanidad de los bienes terrenos, la vileza de este vicio y, sobre todo, los ejemplos de Cristo, pobre y desprendido.

            La lujuria es el apetito desordenado de los placeres sexuales. La lujuria es siempre pecado mortal, y solo puede darse en ella pecado venial por la imperfección del acto (falta de advertencia o consentimiento perfecto), pero no por parvedad de materia. Se derivan de este vicio: la ceguera espiritual, la precipitación, la inconsideración, la inconstancia, el amor desordenado de sí mismo, el odio a Dios, el apego a esta vida y el miedo a la futura. Se remedia con la oración frecuente y humilde, la frecuencia de sacramentos, la huida de las ocasiones y de la ociosidad, las mortificaciones voluntarias, y la devoción a la Santísima Virgen María.

            La envidia es la tristeza del bien ajeno en cuanto que rebaja nuestra gloria y excelencia. Objetivamente es pecado mortal, porque se opone directamente a la caridad para con el prójimo; pero suele ser sólo pecado venial por imperfección del acto o parvedad de materia. Son buenos remedios: la consideración de la vileza y de los males que acarrea, la práctica de la caridad fraterna y de la humildad, el recuerdo de los ejemplos de Cristo.

            La gula es el apetito desordenado de comer y beber. Puede ser pecado venial o mortal (especialmente si quebranta a sabiendas algún precepto grave de ayuno o abstinencia; si se infiere voluntariamente grave daño a la salud; si hace perder el uso de la razón –como en el caso de la embriaguez perfecta–, etc.). Produce torpeza o estupidez de entendimiento, locuacidad excesiva, chabacanería y ordinariez, lujuria, etc. Se puede remediar considerando los efectos que produce, mortificándose en el comer y beber, huyendo de las ocasiones de pecado.

            La acidia equivale a la pereza, pero haciendo referencia más bien al tedio o fastidio por las cosas espirituales por el trabajo y molestias que ocasiona. Inclina a omitir los actos de oración y piedad por desgano o falta de gusto.

            La ira es el apetito desordenado de venganza. Se derivan de ella la indignación, el rencor, el griterío, la blasfemia, la riña, etc. Para remediarlo es útil recordar la mansedumbre y dulzura de Cristo, luchar por alcanzar el dominio propio, prevenir las causas de la ira.

En cuanto al orgullo –que no aparece mencionado en esta lista– San Gregorio Magno lo consideraba como un super-vicio capital, pues de él se derivan todos los demás.

Bibliografía:

Royo Marín, Teología Moral para Seglares, BAC, Madrid 1986, tomo 1, n. 263-265;

Evagrio Póntico, Tratado de los ocho vicios capitales.

[1] La mayor parte de los moralistas, en vez de la vanagloria, señalan la soberbia como vicio capital. Pero, con mejor visión Santo Tomás de Aquino considera a la soberbia, no como simple pecado capital (uno de tantos), sino la raíz de donde proceden todos los demás vicios y pecados. En este sentido, la soberbia es más que pecado capital: es la fuente de donde brotan todos los demás vicios y pecados; incluso los capitales, ya que, en definitiva, todo pecado supone el culto idolátrico de sí mismo, anteponiendo los propios gustos y caprichos a la misma ley de Dios, lo cual es propio de la soberbia.

enamorados

¿Puede haber enamoramiento casto entre un soltero y una divorciada?

Pregunta:

Estimados hermanos: ¿Se puede uno enamorar de una persona divorciada (pero casada por el sacramento de la Iglesia)?; ¿podría ser esto auténtico amor o es sólo una ilusión sentimental? En el caso que estoy planteando se dan las siguientes condiciones: a) no hay deseo sexual hacia la otra persona; b) no existe el propósito de contraer matrimonio fuera de la Iglesia, c) los besos y caricias estarían excluidos de la relación. ¿Podrían ser amigos “íntimos” sintiendo un afecto especial el uno hacia el otro y no incurrir en pecado?

 

Respuesta:

La fidelidad matrimonial no se limita a la esfera de la sexualidad sino que comienza por la esfera sentimental o afectiva. No sólo el cuerpo del casado sino su corazón pertenece a su cónyuge y no puede ser dado a otro.

Por esta razón es evidente que una persona divorciada civilmente (y que, por tanto, sigue unida ante Dios a su cónyuge) no puede dar sus sentimientos íntimos a ninguna otra persona.

La amistad que es lícita entre personas que se encuentran en el estado que describe la persona que consulta es muy distinta del enamoramiento: para esas personas la amistad es lícita mientras no sea ocasión de “enamoramiento”. Pero precisamente una amistad y un afecto íntimo entre un hombre soltero y una mujer casada ¿puede no rozar el enamoramiento?

Por algo dice el dicho: “entre santa y santo pared de cal y canto” y también: “el hombre es fuego, la mujer estopa; viene el diablo y sopla”. Por amistades con disfraz de “santas” han comenzado muchas caídas estrepitosas. A San Agustín se atribuye el sabio adagio: “amor spiritualis generat affectuosum, affectuosus obsequiosum, obsequiosus familiarem, familiaris carnalem”, el amor espiritual engendra amor afectivo, el afectivo el obsequioso, el obsequioso el familiar y el familiar el carnal.

videojuegos

¿Qué consecuencias tienen los videojuegos y los juegos por internet?

Pregunta:

         ¿Causan los videojuegos, especialmente, los que ofrecen la gama de internet, algún tipo de problemas en sus consumidores habituales?

 

Respuesta:

Estimado:

         Volvemos, con su consulta, a tratar una vez más del problema que presenta la técnica; ésta debe ser dirigida por la prudencia, que es virtud moral, de lo contrario deshumaniza al hombre.

         Los videojuegos y otros fenómenos semejantes pueden ser bien aprovechados; pero también puede ser usados de modo deformante. En este sentido, este fenómeno tiene el agravante de que ejerce un influjo extremadamente cautivante (hasta la obsesión). ¿A qué se debe esto? El profesor Tonino Cantelmi, presidente de la Asociación Italiana de Psicólogos y Psiquiatras, ha respondido explicando: «El problema está en que la alta tecnología puede provocar emociones profundas y arcaicas. Es algo que podría sorprendernos, como sorprende el hecho de que en los chats de Internet la gente discute furiosamente. Algo, que parecería estar mediado por la tecnología, en realidad, desarrolla emociones extraordinariamente comprometedoras»[1].

         Los videojuegos seducen a niños y muchachos, pero también a los adultos, ¿por qué? «Seducen sobre todo a los adolescentes, responde Cantelmi, pues atraviesan problemas de identidad. Sin embargo, hoy día, estos problemas también los experimentan los adultos. Este es el motivo del enorme interés que suscitan los videojuegos en los jóvenes y adultos. En Internet, por ejemplo, hemos constatado una gran cantidad de adultos dependientes de juegos planetarios».

         Y ante otra cuestión de suma importancia, cual es la contribución a la convivencia, dice el mismo catedrático: «Por una parte sí (la desarrollan), pero, por otra, expresan también el problema de nuestra época: la fobia patológica al encuentro. Hoy es difícil encontrarse, controlar las propias emociones y saberlas vivir. Ahora bien, la tecnología nos ofrece la posibilidad de estar con los demás, aunque no de una manera relacional. De este modo se prefiere vivir este tipo de relaciones, rechazando la relación interpersonal».

         Podemos también preguntarnos cuáles son entonces los límites y las consecuencias de este fenómeno. A esto respondía Cantelmi: «Por una parte, Internet y toda la tecnología nos permite descubrir cosas muy interesantes en nosotros mismos, nuevos papeles y nuevas realidades; por otra, es indudable que nos aísla. Hemos definido este fenómeno en nuestros estudios como autismo tecnológico». Y también: «Las dificultades surgen cuando el sujeto no se encuentra bien, cuando la realidad virtual es más bella, más fascinante, más intrigante que la real. Lo importante es que, al navegar en Internet o utilizar los instrumentos tecnológicos, se tenga un objetivo muy claro. Sólo entonces podemos sentirnos libres a la hora de utilizar este instrumento».

         Además de estas observaciones psicológicas debemos tener en cuenta el problema de los «contenidos» que canalizan muchos videojuegos. A veces no se trata de inocentes juegos sino de auténticos adiestramientos mentales que crean en los jóvenes convicciones moralmente muy graves. «Hoy, escribe Carlo Climati, los principales mensajes transmitidos por los videojuegos son la violencia y el esoterismo»[2].

         En internet se ha encontrado hace tiempo incluso juegos destinados a blasfemar: «juego de la blasfemia», invita a utilizar la propia creatividad en modo blasfemo; tiene o tenía páginas dedicadas a blasfemias contra Dios, la Virgen, Jesús, el Papa, etc.

         Muchos juegos son también vehículos canalizadores de contenidos esotéricos, de brujería, de satanismo; y sobre todo de violencia extrema.

         Como escribe un autor: «ciertos videojuegos parecen contribuir a un proceso de acostumbramiento al mal por parte de los jóvenes». Esto sumado al aislamiento que representan los videojuegos (que ha reemplazado a la antigua cultura de las plazas y los juegos entre amigos) es un peligroso cocktel para la salud mental y moral de las nuevas generaciones.

         No se puede negar que hay juegos totalmente inofensivos; éstos, usados con moderación, pueden ser un legítimo pasatiempo. Pero que se mantengan en los límites prudenciales es una grave responsabilidad de los padres y educadores.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

[1] Aparecido en ZENIT, 14 de marzo de 2000. Las citas del profesor Cantelmi las tomo de esta nota.

[2] Climati, Carlo, I giovani e l’esoterismo, op. cit., p. 182.

destino

¿Hay que creer en el “destino”?

Pregunta:

Padre: ¿Qué es el destino? ¿Es verdad que todos lo tenemos ya fijado y que Dios conoce de antemano todo lo que va a sucedernos? ¿No podemos, entonces, cambiar nuestro destino?

Respuesta:

Estimado:

Creer en el “destino” consiste en afirmar que el futuro humano está determinado, decidido o fijado desde toda la eternidad. En el mundo homérico se afirmaba la existencia de un poder que actuaba sobre hombres y dioses, personificado en la Moira[1]. Hoy en día se usa el término “destino” con dos sentidos diversos: algunos se refieren a él en un sentido amplio, metafórico, como sinónimo del aspecto misterioso de los acontecimientos humanos; es una forma de afirmar entre el vulgo que se nos escapa la explicación última de los acontecimientos terrenos. Pero muchos otros lo usan en sentido propio, semejante al que le daban las antiguas mitologías, negando la libertad humana y la Providencia divina. La noción de destino o de fatalidad desempeña también un importante papel en las supersticiones populares como cuentos de hadas, magia, adivinación, astrología, e incluso en la vida cotidiana.

El cristianismo enseña que la afirmación de un destino prefijado de antemano para cada uno de nuestros actos equivale a la negación de la libertad humana. Enseña asimismo que no hay contraposición entre el conocimiento que Dios tiene de todas las acciones de los hombres y la libertad de la creatura humana.

La Epístola a los Hebreos dice, en efecto: Todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta (Hb 4,13); y el Concilio Vaticano I, citando este texto, añade: “también aquellas acciones libres y futuras de las creaturas”[2]

La Sagrada Escritura da testimonio clarísimo de esta verdad: Tú de lejos te das cuenta de todos mis pensamientos… conoces todos mis caminos (Sal 138,3); ¡Dios eterno, conocedor de todo lo oculto, que ves las cosas todas antes de que sucedan! (Dan 13,42); Sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle (Jn 6,65).

Pero al mismo tiempo el dogma de la certeza infalible con que Dios prevé las acciones libres futuras no pone en menoscabo el dogma de la libertad humana[3]. Los santos Padres ya afirmaban que la Presciencia divina no coarta en absoluto las acciones futuras, del mismo modo que tampoco los recuerdos humanos coartan las acciones libres pretéritas. San Agustín decía: “Así como tú con tu recuerdo no fuerzas a ser las cosas que ya fueron, de igual modo tampoco Dios con su presciencia fuerza a que sean las cosas que serán en el futuro”[4]

La teología distingue entre la “necesidad antecedente” que precede a la acción y suprime la libertad, y la “necesidad consiguiente”, que sigue a la acción y, por lo tanto, no perjudica la libertad. Las acciones libres futuras previstas por Dios tienen lugar infalible o necesariamente, mas no por necesidad antecedente, sino consiguiente. Santo Tomás escribe en el mismo sentido: si Dios, con su conocer no sujeto al tiempo, ve algo como presente, entonces indefectiblemente sucederá en la realidad[5], pero es un error pensar que Dios lo predetermina con su presciencia.

 

P. Miguel A. fuentes, IVE

Bibliografía:

Michel Dubuisson, Destino, en: Diccionario de las Religiones, dirigido por Paul Poupard, Herder, Barcelona 1987, p. 443-445.


[1] La moira (término que en griego significa “dar a cada uno su parte, el lote o la dote que le corresponde”), en las antiguas teogonías, es la ley suprema a la que están sometidos no sólo los hombres sino los mismos dioses; lo que diferencia a los dioses y a los hombres es que los dioses son inmortales y conocen los designios de la moira aunque no pueden ir contra ellos; los hombres, en cambio, son mortales y desconocen esos designios. Pero tanto unos como otros están “atados” a esta ley.

[2] DS 3003; cf. 3890.

[3] Cf. DS 1555.

[4] San Agustín, De libero arbitrio Tr. 4, II.

[5] Cf. Suma Contra Gentiles, I, 67; De veritate 24, 1 ad 13.

Harry Potter

¿Qué piensa usted de «Harry Potter»?

Pregunta:

Soy una profesora de escuela secundaria. Mis colegas están muy entusiasmadas con los libros de Harry Potter, y los dan a leer a sus alumnos de modo habitual. Yo tengo algunas dudas, pero no sé expresar bien en qué se basa mi desconfianza. ¿Qué me puede decir Usted?

Respuesta:

Estimada Profesora:

         Nadie puede negar hoy en día que los libros de Harry Potter, escritos por Joan Rowlin, se han convertido en un avasallador fenómeno literario; y no sólo en el mundo de habla inglesa sino progresivamente en muchas otras lenguas.

         Algunos profesores han quedado encandilados con el fenómeno, tal vez no desde el punto de vista literario pero sí por el hecho de que estos escritos parecen solucionar el drama de la «abulia» intelectual y el desgano por la lectura que parece caracterizar a los niños y jóvenes de las últimas generaciones.

         De todos modos hay que tener en cuenta que el llamado «fenómeno Harry Potter» ha ya traspasado los límites literarios: se han formado en torno al personaje clubes, sitios de discusión en internet, hay proyectos de filmes, etc. Hay también detrás de esto una gran empresa comercial.

         No puedo afirmar ni negar los méritos literarios de la obra, en cuanto no es mi competencia. En cambio, algunos aspectos de ella, que nada tienen que ver con la literatura, ponen serios interrogantes sobre el contenido de estas no tan inocentes novelas de aventuras.

         El gran tema de fondo es la lucha entre el bien y el mal. El problema de fondo también se relaciona con esta lucha y más concretamente con los límites del bien y del mal dudosamente delineados por Rowlin. No es la lucha cristiana entre el bien y el mal sino la gnóstica (la misma que palpita en el maniqueísmo, en el esoterismo moderno y en general en todos los dualismos cósmicos).

         La autora de Harry Potter presenta una moral rodeada de componentes misteriosos e iniciáticos; es decir, una moral propia de la New Age. La brujería y la magia son presentadas de manera positiva cuyo efecto menos nocivo es inducir una visión «tolerante» hacia estos peligrosos fenómenos; la más peligrosa es, evidentemente, inducir a los jóvenes a la positiva práctica del ocultismo.

         Esto nadie lo puede negar; el personaje Harry Potter se mueve en un mundo mágico, en el que la magia domina y mueve la humanidad. Los «buenos» son brujos, hechiceros, magos, adivinos, y toda la caterva de variedades de la especie. Hay monstruos, fantasmas, zombies, hombres lobos, vampiros humanos, brujas que se transforman en gatos, etc. además de toda suerte de seres de la mitología clásica. Todos conviven entre los seres humanos con absoluta «preternaturalidad». Todos los que no son «muggles» (o sea, nosotros, especie inferior y desdeñable) tienen sus escobas para trasladarse, se comunican por medio de lechuzas-correos y obedecen a un Ministro de Magia, cuya función consiste en hacer que los «muggles» no adviertan la existencia de este mundo que coexiste entre ellos. Es más, algunos «muggles» pueden ser iniciados en la brujería, de la que adquirirán poderes diversos, fama, éxito y fortuna. Pasan a ser seres superiores. Por tanto, el aprendizaje de la magia es la formación más importante. Las aventuras de Harry Potter son precisamente los riesgos que acepta correr alguien que quiere ejercer la magia «para el bien». Pero ¿hay una magia buena y una mala? ¿Hay brujos buenos y brujos malos? Introducir estas nociones entre adultos y adolescentes es una perniciosa corrupción.

         Evidentemente se trata de una creación literaria (o «subcreación», como dicen algunos). Pero, la esfera literaria ¿es absolutamente independiente de la moral real? Un escritor puede fantasear e inventar universos alegóricos e irreales, pero ¿sin límite alguno? Creo que el límite lo imponen precisamente los «valores morales» algunos de los cuales son necesariamente «absolutos». Este «puente» con la realidad no puede ser nunca cortado porque lo «bello» (la creación artística) no puede contradecir a lo «bueno». De lo contrario la belleza artística sería «inocente» aun cuando se haga vehículo del mal moral. Dicho clásicamente: el arte y la técnica son virtudes que para ser perfectas (y perfectivas del ser humano) deben estar guiadas por la prudencia (virtud propiamente moral).

         Los efectos han sido lógicos: la Federación de Paganos del Reino Unido anunció que ha nombrado a un nuevo funcionario juvenil para atender a las miles de llamadas de jóvenes que han leído la secuencia de libros de Harry Potter, y desean averiguar más sobre magia y hechicería. Los libros de Harry Potter han desatado una corriente de interés por el paganismo entre los jóvenes. El mismo fenómeno se ha verificado en Alemania.

         Andy Norfolk (vocero de la Federación inglesa de Paganos) reveló que la mayoría de llamadas provienen fundamentalmente de jóvenes mujeres, aunque el número de varones también es significativo, y señaló que «los padres no deberían alarmarse por el interés de sus hijos en el paganismo y la magia, ya que el paganismo está reconocido como una religión».

         «El interés de los jóvenes en la brujería es también porque quieren resolver sus problemas de una manera rápida y sencilla, mediante sortilegios como los de (Harry) Potter», agregó el vocero; quien informó también que «nosotros no aceptamos a miembros menores de 18 años».

         Según Norfolk, mediante la magia y la hechicería promovida por Potter, «los jóvenes descubrirán que el paganismo es una religión espiritual basada en la naturaleza, de la que los padres no deberían preocuparse».

         Un fenómeno nada desdeñable ligado con Harry Potter, particularmente en los EE.UU., es el renacimiento, de un modo desembozado, de la literatura mágica: hechizar es algo «cool» para los adolescentes. De ahí la edición de libros como «Hechizos para Brujos Adolescentes», descripto por su autor como «un libro de autoayuda para adolescentes». Ha salido también a la venta una obra escrita por un dirigente de la «Federación Pagana» llamado «Manual del Joven Hechicero». Los títulos son elocuentes.

         Retomando su pregunta: ¿qué puedo decir de estos libros? Evidentemente no más de cuanto expresó con destacada elocuencia el profeta Isaías: ¡Malditos aquellos que llaman al mal bien y al bien mal, los que ponen la tiniebla como si fuera la luz y la luz como si fuera la tiniebla; los que dan amargo por dulce y dulce por amargo (Is 5,20).

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

Bibliografía para profundizar:

Climati, Carlo, I giovani e l’esoterismo, Paoline, Milano 2001.

O’Brien, Michael D., Harry Potter and the Paganization of Children’s Culture, The Catholic World Report, April 2001, 52-61.