secreto de confesión

¿Hasta qué punto está obligado el sacerdote a guardar el secreto de confesión?

Pregunta:

Estimado Padre: Hace tiempo se publicó la noticia de que un sacerdote católico que se rehusó a identificar al hombre que lo apuñaló durante una confesión por salvaguardar el secreto de confesión. ¿Es esto así? ¿Hasta dónde obliga el secreto de la confesión?

Respuesta:

Estimado:

1. En términos generales

El Código de Derecho Canónico, canon 983,1 dice: ‘El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo’.

En el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1467: ‘Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama ‘sigilo sacramental’, porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda ‘sellado’ por el sacramento’.

El sigilo obliga a guardar secreto absoluto de todo lo acusado en orden a la absolución (in ordine ad absolutionem), aunque no se obtenga tal absolución o la confesión resulte inválida.

En cambio, no es sacramental y por tanto no impone obligación de sigilo la confesión que se hace para engañar al confesor, sacarle dinero, burlarse, o por cualquier otro motivo.

El sigilo obliga por derecho natural (en virtud del cuasi contrato establecido entre el penitente y el confesor), por derecho divino (en el juicio de la confesión, establecido por Cristo, el penitente es el reo, acusador y único testigo; lo cual supone implícitamente la obligación estricta de guardar secreto) y por derecho eclesiástico (Código de Derecho Canónico, c. 983). Así el sigilo sacramental no puede quebrantarse jamás bajo ningún pretexto, cualquiera que sea el daño privado o público que con ello se pudiera evitar o el bien que se pudiera promover; obliga incluso a soportar el martirio antes que quebrantarlo, como fue el caso de San Juan Nepomuceno. Aquí debe tenerse firme lo que afirmaba Santo Tomás: ‘lo que se sabe bajo confesión es como no sabido, porque no se sabe en cuanto hombre, sino en cuanto Dios’ (In IV Sent., 21,3,1).

¿Qué cae bajo secreto de confesión? Hay que distinguir entre objeto esencial y accidental[1]:

a) Objeto esencial primario: son todos los pecados graves, incluso genéricamente indicados, y los pecados veniales, no en general sino sobre materias concretas. A no ser que tales pecados les sean conocidos por otra vía; pero nunca hable de ellos dando a entender que también los conoce por confesión.

Objeto esencial secundario son todos los demás datos que el penitente manifestó durante la declaración de sus pecados (a no ser que sean hechos públicos) y que puedan resumirse en alguno de estos tres capítulos:

-circunstancias del pecado (fin, tiempo, lugar, etc.)

-objeto del pecado (por ejemplo, si se acusa de haber hablado mal por el escándalo que dio su vecino en tal o cual materia)

-cómplice;

Igualmente es objeto esencial secundario el hecho de haber negado la absolución a tal penitente, la penitencia que le impuso (a menos que sea la más leve que pueda darse), etc.

b) Objeto accidental: son otros datos que pueden causar alguna molestia al penitente, pero que nada tienen que ver con los pecados acusados, por ejemplo, los defectos físicos o psíquicos, etc.

2. ¿Cómo se viola el sigilo sacramental?

El sigilo puede violarse de dos maneras:

a) Directamente: cuando se revela claramente el nombre del penitente y el pecado cometido. Esto incluso si la persona no es conocida por los oyentes (Por ejemplo, si un misionero comenta ante gente que no conoce el lugar de misión de éste, que el jefe de la tribu que está misionando se confesó de un adulterio). No es necesario que diga que lo que está diciendo lo sabe por confesión; para quebrantarlo basta con que sea de hecho así. No admite parvedad de materia.

b) Indirectamente: cuando sin revelar el nombre se dice algo imprudentemente por lo cual los demás pueden conjeturar de quien se trata y qué hizo.

3. Respondiendo al caso planteado

En el caso arriba planteado: ¿cae la identidad del que agrede al confesor en la confesión bajo sigilo?

Hay que distinguir:

a) Si la confesión fue fingida, en orden a agredir al confesor, no cae bajo sigilo, como se dijo más arriba.

b) Pero si la confesión no fue fingida, entonces obliga bajo sigilo según el parecer de San Alfonso. Éste dice: ‘Tampoco creo que es lícito por lo común el manifestar los pecados cometidos por el Penitente mientras se confiesa, por ejemplo las desvergüenzas que le dice al confesor, y otros semejantes, porque entonces se manifestaría indirectamente o que se le negó la absolución, o que se le dio alguna reconvención fuerte'[2].

En cambio, la identidad de los penitentes (no la del que agrede al confesor) no es cosa que caiga bajo sigilo directamente, a menos que el penitente le hubiese prohibido que lo descubriese, o si hubiese ido secretamente a confesarse[3].

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Cf. Manzanares, Nuevo Derecho parroquial…, p. 282.

[2] San Alfonso, El hombre apostólico intruido para el Confesonario, o sea, Práctica e instrucción de confesores, Tratado XVI, cap. VIII, n. 154 (uso la edición de Librería Castellana, París 1849, p. 240).

[3] Ibid., n. 156; p. 241.

libertad

¿Existe la libertad? Y si existe, ¿qué es propiamente?

Pregunta:

¿Sería tan amable en ayudarme con estas dos preguntas?:

1. ¿Existe la libertad?

2. Si existe ¿De qué tipo es?

Respuesta:

Estimado:

Voy a tratar de responderle a su pregunta con cierta extensión, debido a la importancia del tema en nuestro tiempo, y a las malas interpretaciones que tiene.

1) Libertad y libre albedrío.

Santo Tomás ha propuesto diversas definiciones en torno a la libertad, así por ejemplo: potencia electiva de los medios, conservado el orden al fin[1]; potencia racional a cosas opuestas[2]; libre es quien es causa de sí[3]; voluntario previamente aconsejado[4].

Estas definiciones, en su diversidad, manifiestan la riqueza del concepto y la dificultad de circunscribirlo a una sola formulación. Propiamente la libertad consiste en el señorío que el hombre ejerce sobre sus propios actos en orden a su auténtico bien: estos actos son suyos porque emanan de él como de su principio eficiente y final (en el sentido de que asume un determinado fin como propio y coloca el acto que lo orienta hacia dicho fin). Santo Tomás expresa esto diciendo que ‘la elección versa sobre las cosas que están en nuestro poder'[5]. Este señorío o dominio lo distingue y separa de todos los demás seres cuya perfección está en dependencia de una forma particular inclinada por su naturaleza a un solo acto perfectivo: para éstos la perfección está dada por una inclinación espontánea, no libre, sino necesaria. También la libertad se fundamenta sobre una inclinación necesaria: la tendencia de la voluntad hacia el bien universal; y es posible porque ningún bien particular realiza esa universalidad del bien.

Por este motivo el señorío de la libertad se manifiesta de dos modos diversos: ante todo como capacidad de elegir entre diversos bienes, cuando ninguno de ellos realiza plenamente el Bien Universal; en segundo lugar como capacidad de querer y de poner el acto que nos une con la Realidad que realiza plenamente el concepto de Bien Infinito y Universal[6].

2) Posiciones respecto de la libertad.

Los negadores. En el pasado negaron la libertad las corrientes predestinacionistas, Lutero, los deterministas, el fatalismo, y en nuestros días la pone en duda la misma cultura moderna[7]. Algunas tendencias psicologistas fuertemente influen­ciadas por el determinismo materialista han contribuido a difundir la teoría de que la real o plena voluntariedad del comportamiento humano sería mucho menos frecuente de cuanto afirma una ética realis­ta y cristiana. Afirman, por tanto, que el comportamiento habitual del hombre no es sustancialmente libre; más aún, los que se precian de actuar con esa sustancial libertad, en la práctica obrarían a menudo condiciona­dos por su constitución somática, por la educación, por la cultura, por el ambiente, por los complejos psicológicos, etc.[8]. La negación de la libertad no es sólo una proposición herética desde el punto de vista dogmático, sino destructora de los mismos fundamentos antropológicos necesarios para toda reflexión moral sobre el obrar humano[9].

Los que absolutizan la libertad. En el plano opuesto se encuentran quienes exaltan la libertad al punto de hacer de ella un valor absoluto y la fuente de todos los valores: ‘en esta dirección se orientan las doctrinas que desconocen el sentido de lo trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido a la conciencia las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal'[10].

Los que deforman la libertad. Podemos mencionar las distintas teorías en torno a la naturaleza de la libertad: las que hacen de ella un acto exclusivamente intelectual (posición defendida por Prepositino de Cremona y Guillermo de Auxerre), o una tercera facultad distinta de la inteligencia y de la voluntad (Pedro de Capua, Esteban Langton, Godofredo de Poitiers), o bien un hábito (San Buenaventura, Robert Kilwardy, Alejandro de Halès), o la sola voluntad, independientemente de la inteligencia (Ockham, voluntaristas a ultranza, liberalismo).

La doctrina de la tradición magisterial y tomista. Finalmente, toda la tradición filosófica y teológica occidental, especialmente con Santo Tomás, sostuvo y sostiene que la libertad pertenece a la voluntad sustancialmente y a la inteligencia formalmente. Y esta es la doctrina que asume el Magisterio de la Iglesia en su enseñanza.

3) Existencia de la libertad.

Hay varias vías para llegar a la existencia de la libertad en el hombre:

a) Por la experiencia psicológica exterior. Cada hombre tiene experiencia de realizar actos libres, actos de elección y de preferencia sobre diversos objetos; actos en los cuales uno no es coaccionado sino que, por el contrario, el movimiento volitivo tiene origen en el sujeto y no es causado por nada ajeno a su propio querer. Se trata, por tanto, de una experiencia de dominio y señorío sobre nuestro propio obrar.

b) Por la experiencia interior de la conciencia. La conciencia demuestra también la existencia de la libertad, en cuanto nos reprende y nos alaba sobre nuestros actos. Ella nos reprende por los actos que hemos realizado porque podíamos no realizarlos y lo hicimos; nos alaba por los actos que hemos realizado pudiendo no hacerlos. Esto supone, pues, que somos la causa de tales actos.

c) Por el testimonio de la Revelación. La Sagrada Escritura atestigua explícitamente la existencia del libre albedrío en el hombre: ‘Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres’ (Jn 8,32); ‘Dios desde el principio creó al hombre y lo dejó en manos de su propio albedrío’ (Eclo 15,14); ‘Para ser libres nos libertó Cristo’ (Gál 5,1); ‘Habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne’ (Gál 5,13). El Magisterio se hace eco de estas sentencias[11]. La libertad, por tanto, es un dato de fe.

d) Por la reflexión racional. Todos los seres obran según su forma, ya que de ella se sigue la inclinación al obrar[12]. Ahora bien, a cada forma diversa se sigue un diverso modo de obrar:

-En los seres naturales ‘la forma de la cosa natural es la forma individuada por la materia; por tanto también la inclinación consiguiente está determinada a una sola cosa'[13].

-Los animales brutos se mueven por la forma aprehendida ‘por el sentido [y ésta] es individual, como lo es la forma de la cosa natural; y por tanto de ella se sigue la inclinación a un solo acto como en las cosas naturales'[14], pero ese acto al que se mueven ‘necesariamente’ está determinado por el sentido, y según éste lo presente tal será el movimiento que suscitará ‘necesariamente'[15]. El objeto es aprehendido según las diversas disposiciones del sentido, y de esto depende que haya cierta diversidad de movimientos o reacciones, pero según sea aprehendido, es decir, según como caiga bajo el sentido, así será el movimiento necesario del apetito.

-Por el contrario, los seres racionales se mueven a partir de la forma conocida, pero la forma conocida es espiritual y universal[16]. De ahí que Santo Tomás haga equivaler libertad y racionalidad: ‘quod homo sit liberi arbitrii, ex hoc ipso quod rationalis est’, que en el hombre haya libre albedrío se sigue del hecho de que es racional[17].

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Vis electiva mediorum servato ordine finis (I,83,4).

[2] Potencia rationalis ad opposita (I-II,13,6).

[3] Liber est qui est causa sui (Ad II Cor., III, III, nº 112).

[4] Voluntarium praeconsiliatum (In Eth., III, VI, nº 457).

[5] In Eth., III, 2, nº 447.

[6] El Catecismo resume la esencia de la libertad diciendo: ‘La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienventuranza’ (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1731).

[7] ‘La cultura moderna pone radicalmente en duda esta misma libertad’ (VS, nº 33).

[8] Contrariamente a esta posición, afirma Juan Pablo II: ‘El hombre puede ser condicio­nado, presionado, empujado por no pocos ni leves factores externos, como puede estar sujeto a tendencias, taras, hábitos ligados a su condición personal. En no pocos casos esos facto­res externos o internos pueden atenuar, en mayor o menor medida, su libertad y, por tanto, su responsabilidad y su culpabilidad. Pero es una verdad de fe, corroborada también por la experiencia y la razón, que la persona humana es libre. No se puede ignorar esta verdad, para descargar, sobre reali­dades externas -las estructuras, los sistemas, los demás- el pecado de los individuos singulares. Entre otras cosas, esto sería cancelar la dignidad y la libertad de la persona’ (Exhort. apost. Reconciliatio et poenitentia, 16. También VS, nº 33).

[9] Por eso escribía Santo Tomás: ‘… Esta opinión es herética pues quita la razón del mérito y del demérito en los actos humanos. Pues no parece ser meritorio ni demeritorio quien por necesidad hace lo que de todos modos no puede evitar. Por tanto, debe ser enumerada entre las opiniones extrañas de la filosofía: porque no sólo contraría la fe, sino que subvierte (subvertit) todos los principios de la filosofía moral. Pues si no hubiese algo libre en nosotros, sino que nos movemos a querer por necesidad, se destruye la deliberación, la exhortación, el precepto y el castigo, la alabanza y el vituperio, todas realidades sobre las que versa la Filosofía moral. Las opiniones que destruyen los principios de alguna parte de la Filosofía, se dicen posiciones extrañas, como el decir que nada se mueve, lo que destruye los principios de la ciencia natural. Algunos se han inclinado a poner estas opiniones, en parte por su protervia, en parte por razones sofísticas que no pudieron resolver, como se dice en el IV libro de la Metafísica’ (De malo, q.6, a.u).

[10] VS, nº 32.

[11] El Catecismo enseña: ‘Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. ‘Quiso Dios dejar al hombre en manos de su propia decisión (Si 15,14), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a El, llegue libremente a la plena y feliz perfección’ (GS 17): ‘El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos’ (San Ireneo de Lyon)’ (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1730).

[12] ‘En las cosas naturales se encuentra la forma, que es principio de acción, y la inclinación consiguiente a la forma, que se llama apetito natural, de los cuales se sigue la acción’ (De malo 6).

[13] De malo 6.

[14] De malo 6.

[15] ‘…Porque el fuego es siempre cálido, pero a veces es recibido de una forma, a veces de otra, por ejemplo, a veces en forma deleitable (la fogata en una noche fría), ahora triste (en un incendio); por eso, a veces es huído, a veces es buscado’ (De malo 6).

[16] ‘La forma entendida es universal, y bajo la misma pueden comprenderse muchas cosas; por tanto, como los actos versan sobre los singulares, en los cuales no hay nada que pueda adecuarse totalmente a la potencia universal, la inclinación de la voluntad permanece en estado de indeterminación hacia muchas cosas: como si el artífice concibiese la forma de casa en universal bajo la cual pueden comprenderse diversas figuras de casas, su voluntad podría inclinarse a hacer una casa cuadrada o redonda, o de otra forma’ (De malo 6).

[17] I,83,1.

misericordia

¡Usted no deja lugar a la misericordia ni a la compasión! (Criticas de un lector a las respuestas de ‘El Teólogo Responde’).

Pregunta:

Transcribo la página crítica de un lector que me acusa de no tener misericordia en las respuestas de ‘El Teólogo Responde’

¡Qué lástima me ha dado que usted con sus palabras haya llegado a tantas personas que buscaban cercanía, compasión, amor y no palabras condenatorias (Jesús nunca lo hizo). ¿No deja nunca una puerta a la misericordia?, ¿y a la comprensión?, ¿y a conocer a las personas?….¡qué fácil es decir sus verdades (que no las de Dios) detrás de un ordenador, detrás de una pantalla fría y sin sentimientos e historia. Así sí es fácil. Su actitud me resuena muy claramente a la de los judíos: ¡sepulcros blanqueados! Ánimo siga predicando a su Dios vengador, tirano, que no es padre, que no es madre, que no es hermano… Soy un hermano suyo pero tenga por seguro que usted no habla en nombre de Dios… Ch. L.

Respuesta:

Estimado:

Desconozco por cuál de las respuestas me acusa Usted de no dejar ninguna puerta abierta a la misericordia de Dios. No confunda el juicio moral puntual que un moralista debe dar sobre determinados comportamientos humanos con falta de misericordia (que, por otra parte, tratamos de dar fundamentándonos en la Revelación y en el Magisterio de la Iglesia).

La misericordia y la conversión no se contraponen. Jesús fue y es infinitamente misericordioso, y precisamente Él termina sus perdones -sus muchos perdones- con un ‘vete y no peques más’ (cf. Jn 5,14; 8,11). Dios, que es infinitamente misericordioso, perdona a todo el que se acerca arrepentido y está dispuesto a no volver a pecar. Pero no puede perdonar a quien no se arrepiente de su pecado; porque Dios, siendo Dios, rechaza el pecado.

La doctrina de la Iglesia no hace más que custodiar los diez mandamientos y la doctrina evangélica que repite constantemente el valor de los mandamientos divinos. Y los mandamientos tutelan los bienes fundamentales del hombre. Por eso, cuando la Iglesia propone y recuerda al hombre las exigencias divinas, le da oportunidad de ser más hombre. Lea bien el Evangelio: nunca se aprueba el pecado, aunque se manifieste una extremada misericordia con el pecador. Jesús murió por los pecadores… ¡para que dejaran de serlo, no para garantizarles la salvación viviendo en pecado!

Comprendo, pues, las reales situaciones en que escuchar la verdad divina es muy duro. Pero al mismo tiempo, yo no soy el dueño de la verdad, sino simple ministro de una verdad cuya custodia pertenece a la Cátedra de la Verdad que es la Iglesia de Cristo. A veces a uno le duele, como a Jeremías, tener que recordar determinadas verdades (Jer 19,8: He sido burla cotidiana… porque cada vez que hablo es para clamar: ¡atropello!, y para gritar: ¡expolio!); pero, como el profeta, debe bajar la cabeza y decirlas… y cumplirlas él antes que nadie: Y me dijo Yahveh:.. adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás (Jer 1,7).

Espero que me sepa comprender.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

malos pensamientos

¿Puedo Comulgar si tengo malos pensamientos?

Pregunta:

Buenas tardes Padre, espero que pueda contestarme; sabe, deseo preguntarle si uno después de haber realizado el sacramento de la confesión trata de no volver a pecar se resiste pero los malos pensamientos se tienen aunque se luchan con ellos. Las personas a veces tenemos malos pensamientos, a veces son impuros, y esa es mi duda, y por eso a veces yo no comulgo pues tengo miedo de estar cometiendo sacrilegio por estos malos pensamientos.
Betty, de Perú (Edad: 21 años)

Respuesta:

Estimada:

Lo que usted me consulta corresponde al tema de los ‘ pecados internos ‘

Pecados internos son los que se realizan con solas las potencias internas del hombre, o sea el entendimiento, la voluntad, la imaginación y la memoria. Los principales son tres: la complacencia morosa en una cosa mala propuesta como presente por la imaginación, pero sin ánimo de realizarla; el deseo de una cosa mala futura, y el gozo o aprobación de una cosa mala pasada.

1) La complacencia morosa

Es el deleite en la representación imaginaria de un acto pecaminoso como si se estuviera realizando, pero sin ánimo de realizarlo. En lenguaje vulgar suele designarse con el nombre de malos pensamientos. Si se refieren a la lujuria, se les llama, más propiamente, pensamientos impuros o malos pensamientos.

Para que la complacencia morosa sea pecado es preciso que se la advierta como pecaminosa y se la consienta deliberadamente a pesar de ello. El que piensa distraídamente una cosa mala sin advertir que es pecaminosa y la rechaza en el acto al advertirlo, no cometió pecado, aunque hubiera permanecido algún tiempo en aquel pensamiento inadvertido. En la práctica es difícil no advertir prontamente la malicia del mal pensamiento o imaginación.

De aquí hay que sacar los siguientes principios morales:

(a) La complacencia interna y voluntaria en una representación pecaminosa es siempre pecado. Porque nadie se deleitaría en estas representaciones internas si no sintiera inclinación a la obra mala que representan, aunque no tenga intención de realizarla actualmente; por lo que el consentimiento deliberado a tal delectación supone la aprobación de la cosa pecaminosa o el afecto libremente inclinado hacia ella. Por eso se nos dice en la Sagrada Escritura que ‘son abominables ante Dios los pensamientos del malo’ (Prov. 15,26).

(b) La complacencia morosa recibe su especie y gravedad del objeto malo libre y voluntariamente representado. Esto quiere decir que el pecado de complacencia interna será grave o leve según lo sea el objeto, y pertenecerá a la misma especie moral a que pertenece el objeto.

En cambio está discutido entre los moralistas si la complacencia morosa recoge también las circunstancias que cambian la especie del pecado (por ejemplo, si es distinto pecado imaginarse torpemente a una persona soltera, casada o pariente). Especulativamente parece que no, puesto que el pensamiento suele recaer sobre el objeto en cuanto apto para producir deleite, prescindiendo de las circunstancias, que nada le añaden en este sentido; y así, por ejemplo, considera a la casada o pariente, no en cuanto tal, sino en cuanto hermosa, y en ello se complace. San Alfonso María de Ligorio, sin embargo, es partidario de que-en cuanto sea posible-se expliquen en la confesión estas circunstancias que cambian la especie del pecado, porque es muy fácil que el pecador las haya tenido en cuenta o deseado, al menos con deseo ineficaz; y el deseo recoge ciertamente el objeto tal como es en sí, o sea, con todas sus circunstancias individuales.

(c) No es pecado el estudio o conocimiento especulativo de cosas peligrosas cuando hay causa justificada para ello y se tiene recta intención. Y así, por ejemplo, el sacerdote puede y debe estudiar las materias escabrosas de teología moral que se refieren a la lujuria, matrimonio, etc., para administrar rectamente el sacramento de la Penitencia; el médico puede y debe estudiar anatomía, ginecología, etc., para el competente ejercicio de su profesión, etc. Pero han de estudiar o pensar estas cosas con recta intención y rechazando la complacencia morosa que pudieran despertar.

2) El mal deseo

Es la apetencia deliberada de una cosa mala. Por consiguiente, se refiere siempre al tiempo futuro.

Se divide en: (a) EFICAZ (cuando hay intención o propósito absoluto de ejecutar una cosa mala cuando se presente el momento oportuno); (b) INEFICAZ o condicionado (cuando no se tiene intención de ejecutarlo). Es más bien una veleidad (por ejemplo, quisiera hacer tal cosa si fuera lícita o posible).

Los principios morales por los que hay que juzgar los malos deseos son:

(a) El mal deseo eficaz es siempre pecado de la misma especie y gravedad que el acto externo revestido de todas las circunstancias individuales. La razón es porque toda la bondad o malicia de los actos humanos se toma de la voluntad interior, ya que el acto externo no añade ninguna moralidad especial al interno, sino únicamente un complemento accidental. Por eso dice el Señor en el Evangelio: ‘Todo el que mira a tina mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón’ (Mt. 5,28). El mal deseo recoge toda la malicia del acto externo con todas sus circunstancias. Y así, si el mal deseo recayó sobre una determinada persona casada o pariente, no bastaría acusarse en la confesión de una manera genérica (diciendo, por ejemplo, ‘tuve deseos de pecar con persona de distinto sexo’), sino que habría de explicar la condición o estado de esa persona, pues el pecado es específicamente distinto según los casos. Otra cosa sería si el deseo no hubiera recaído sobre una persona determinada, sino de una manera general sobre cualquier persona de sexo distinto.

(b) El mal deseo ineficaz, admitido bajo condición, es siempre peligroso; pero será pecado o no según que la condición impuesta deje intacta su malicia o la suprima del todo; esto es:

(b.1) Es siempre peligroso e inútil. ¿A qué viene, por ejemplo, decir: ‘Me gustaría comer carne si no fuera día de vigilia’? Es un deseo inútil y absurdo que supone cierto descontento de la ley que prohibe realizarlo, lo cual envuelve cierto desorden moral.

(b.2) Será pecado (grave o leve según lo sea el objeto) cuando la condición impuesta no le quita su malicia; por ejemplo, ‘Cometería tal pecado si Dios no me castigara, o si no hubiera infierno, o si me fuera posible’, etc.

(b.3) De suyo no sería pecado silo condición le quitara su malicia; por ejemplo, ‘Comería carne si no fuera día de vigilia’. Pero estos deseos son inútiles y ociosos, como ya hemos dicho, y hay que procurar evitarlos.

(c) Guardando el orden de la caridad, es licito desearse a si mismo o al prójimo un mal temporal que trae consigo un bien espiritual o un bien temporal mayor. Y así sería licito, con la debida sumisión a la voluntad de Dios, desearse la muerte, o deseársela al prójimo, para librarse de los peligros de pecar, ir al cielo, etc. O también desear una enfermedad que nos impidiera pecar, o la pérdida de los bienes de fortuna que se emplean en vicios y pecados, etc.

Pero habría que rectificar muy bien la intención para desear únicamente el efecto bueno que traería consigo aquel mal temporal. El mal moral (pecado) no es licito jamás desearlo a nadie. Desear un mal mayor (por ejemplo, la muerte del prójimo) para obtener un bien menor (por ejemplo, la herencia, verse libre de malos tratos, etc.) no es licito jamás, porque invierte el recto orden de la caridad.

3) El gozo pecaminoso

Es la deliberada complacencia en una mala acción realizada por si mismo o por otros. Por contraste se equipara a él la pena o tristeza por una buena acción realizada o por no haber aprovechado la ocasión de pecar que se presentó.

Los principios morales para juzgar el gozo pecaminoso son:

(a) El gozo por un pecado cometido renueva el mismo pecado con todas sus circunstancias individuales. La razón es porque supone la aprobación de una mala acción tal como fue ejecutada, o sea, con todas sus circunstancias. Si el pecador se jactara ante otras personas del pecado cometido, habría que añadir la circunstancia de escándalo, por lo que el pecado de jactancia sería más grave que el cometido anteriormente.

(b) Alegrarse del modo ingenioso con que se cometió un pecado, pero rechazando el pecado mismo, no sería pecado, pero si peligroso e inútil. Y así, por ejemplo, no sería pecado alegrarse del modo ingenioso con que se realizó un robo, un atraco, etc., sin complacerse en el hecho delictuoso, sino sólo en el modo con que se cometió. Sin embargo, es evidente que este gozo es peligroso e inútil, sobre todo si se trata de chistes inconvenientes o narraciones escabrosas, aun rechazando su aspecto pecaminoso.

(c) No es lícito alegrarse de un acto malo por el buen efecto que nos haya acarreado; pero sí lo seria alegrarse del buen efecto rechazando la causa mala. Y así, por ejemplo, no es licito alegrarse del asesinato de una persona por la herencia que nos ha sobrevenido; pero es licito alegrarse de la herencia rechazando el asesinato.

(d) Es pecado sentir tristeza deliberada por no haber aprovechado una ocasión de pecado que se presentó. Es evidente. Esa tristeza supone afecto y complacencia hacia el pecado que dejó de cometerse, y esto es de suyo pecaminoso e inmoral.

(e) Sentir tristeza deliberada por haber realizado una buena acción obligatoria es pecado mortal; si no era obligatoria, es pecado venial, a no ser que haya justa causa para ella. Y así, por ejemplo, el que se entristece por haber restituido una importante cantidad robada, vuelve a cometer el pecado interno de injusticia. Si se entristece de algo bueno no obligatorio (por ejemplo, de haber hecho un voto), es pecado venial, a no ser que haya justa causa para ello (por ejemplo, por haberlo hecho con demasiada ligereza y resultar muy difícil su cumplimiento).

(f) Puede no ser pecado, aunque siempre es peligroso, gozarse de una acción que actualmente no es lícita, pero que lo fue o lo será al tiempo de realizarla.

Y así, por ejemplo, la viuda no pecaría recordando con gozo los actos conyugales realizados lícitamente durante el matrimonio, con tal de no consentir en los malos movimientos que ese recuerdo pueda actualmente excitarle, Pero ya se comprende que este gozo es muy peligroso e imprudente y hay que procurar evitarlo.

Dígase lo mismo de los novios con relación a los actos futuros del matrimonio. Es peligrosísimo recrearse anticipadamente en ellos, pues, aunque teóricamente se trata de una acción que será lícita cuando se realice en el matrimonio, es casi imposible que no repercuta en algún mal movimiento o deseo actual, que sería ilícito y pecaminoso.

[Todo lo anteriormente trascripto está tomado del libro del P. Antonio Royo Marín, ‘Teología Moral para Seglares’, Tomo 1, nn. 257-262].

En Cristo y María.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

oración

¿Podría recomendarme un libro que me ayude a profundizar más en mi oración?

Pregunta:

¿Podría recomendarme un libro que me ayude a profundizar más en mi oración, para así poder hacerla vida?
Patricia – De México

Respuesta:
Estimada Patricia:

Hay dos libros que la ayudarán mucho en la oración:

De San Alfonso, El gran medio de la oración ;

D e San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota .

También le recomiendo: R. Garrigou-Lagrange: ‘Las tres edades de la vida interior‘ (Ed. Palabra, Madrid), Tissot: ‘El arte de aprovechar nuestras faltas‘; Alfonso Rodríguez: ‘Ejercicio de perfección y virtudes cristianas‘.

En Cristo y María.