El lado oscuro y el lado luminoso

Benedict Groeschel (Del libro: The Courage to be Chaste – El coraje de ser casto, cap. 6)

ÍNDICE DEL CAPÍTULO
Las imaginaciones
La tentación
La ansiedad
Las caídas
Contrición y culpa
Sueños
Enfrentando el éxito

En cierto sentido el capítulo anterior fue el más fácil de escribir y éste el más difícil, porque trata de cosas que son aparentemente irracionales y no se entienden fácilmente. Sin embargo, éste es quizá el capítulo más importante para entender el celibato casto y para vivir triunfantemente la castidad. Las fantasías, sueños, tentaciones y pecados forman el lado oscuro del cuadro; son a menudo fenómenos misteriosos y causan intenso sufrimiento a la persona. El lado luminoso o brillante es práctica triunfante de la castidad, ya sea en una tentación singular o a lo largo de un lapso de tiempo o durante toda la vida. Debemos mirar cuidadosa e inteligentemente tanto al lado obscuro como al lado luminoso.

Las imaginaciones

Todos los aspectos de la vida de algún modo se reflejan en la conciencia. Todos nos damos cuenta, aunque débilmente, de las funciones biológicas de nuestro cuerpo, pero éstas son tan persistentes que puede suceder que no las advirtamos conscientemente hasta que se detienen o se vuelven perjudiciales. Solemos darnos cuenta de que hay un reloj sólo cuando ha dejado de hacer tic-tac. A menudo nos damos cuenta de nuestras necesidades insatisfechas, al recordar satisfacciones pasadas o cuando surgen deseos o imaginaciones en el presente. Algunos que han pasado por situaciones de intensa hambre más tarde recuerdan haber tenido en esos momentos imaginaciones o fantasías de comidas que en la mayoría de los casos eran recuerdos de buenos tiempos anteriores. Las fantasías sexuales reflejan no solamente nuestros impulsos biológicos, sino necesidades profundamente sentidas, como la expresión sexual de nuestro propio ser y la necesidad de ternura, de apoyo, de intimidad y de amor espiritual.

La fantasía puede ser o puede no ser algo voluntario. Usualmente comienza siendo involuntario, ya que fluye del conjunto del organismo y nace de la necesidad de colocar toda experiencia dentro de un marco experimental único o gestalt. Se hace voluntaria al ser aceptada o fomentada por el deseo. Esto ocurre cuando una persona está escribiendo una novela e inventando una historia.

Las fantasías sexuales siempre son involuntarias al comienzo, reflejando simplemente los varios niveles de necesidad de un individuo. Si se aceptan y aumentan, se vuelven más o menos voluntarias. El mandato de evitar los malos deseos que Cristo da en el Sermón de la Montaña (cf. Mt 5,28-29) nos exige no aceptar voluntaria y conscientemente los deseos sexuales prohibidos. Tales deseos pueden ser resultado de la fantasía sexual voluntariamente aceptada. La calificación moral no viene, en este caso, de la fantasía misma, sino del deseo de la persona y de las circunstancias. Por ejemplo, para un casado no es moralmente malo imaginar sus relaciones sexuales con su propia esposa cuando ella está ausente.

Con frecuencia las personas solteras tienen fantasías sexuales muy activas y les preocupa el que puedan ser pecaminosas. Hay que hacer al respecto una cuidadosa distinción. Nadie tiene suficiente control sobre la fuerza de la imaginación porque, como hemos dicho más arriba, representa necesidades e impulsos que brotan de la mente (psique) y del cuerpo del individuo. No se pueden detener las mareas, aunque se las puede controlar.

En caso de las imaginaciones sexuales fuertes, parece irrealista negar un mínimo de aceptación voluntaria por parte de la mente consciente. Pero debe determinarse, sin embargo, si ha habido tal aceptación voluntaria de la imaginación; y en caso de ser así, el hecho sería culpable. Para que tal aceptación sea culpable o pecaminosa debe ser reflexiva y voluntaria. La persona debe tener la capacidad suficiente como para afirmar conscientemente. “esto está mal, pero de todos modos voy a pensar en ello”. Si la persona ha estado luchando contra movimientos e imaginaciones sexuales durante cierto tiempo (en el que la compulsión sexual parece intensificarse y menguar), también podría ocurrir que la referida afirmación haya sido realizada en un momento de distracción y sin plena responsabilidad.

¿Hay alguna regla que nos permita determinar fácilmente si ha habido consentimiento moral a las fantasías sexuales y a los deseo ilícitos? Me parece que el mejor examen práctico es responder a las siguientes cuestiones:

¿He aumentado voluntariamente la imaginación?

¿He respondido físicamente a ella, ya sea por medio de estímulos sexuales voluntarios o con actos para aumentar la fantasía, por ejemplo mirando a objetos provocadores?

Al darme cuenta de lo que estaba haciendo ¿rehusé dirigir mi atención a una cosa distinta?

Si la respuesta a todas estas cuestiones (especialmente la última) es clara e inequívocamente sí, entonces pienso que la persona es culpable. Pero incluso esta plena culpabilidad puede estar disminuida por otros factores relacionados con la persona o con la situación. Sin una respuesta afirmativa a estas cuestiones, yo presumiría que no se hizo nada moralmente malo. Una buena regla es recordar que no se puede cometer pecado mortal de modo accidental. Un pecado mortal, psicológicamente, es una temible situación en la vida de un cristiano luchador.

En otras épocas estas cuestiones y conclusiones habrían parecido laxas y sin fundamento. Sin embargo, los principios con los que juzgamos estas cosas deben fundarse en una sólida comprensión de la conducta humana. La realidad es que la gente no tiene demasiado control sobre su fantasía. Usted se habrá dado cuenta de ello si alguna vez ha tratado de leer una obra aburrida o si ha intentado rezar en medio de distracciones.

Supongamos que una persona ha adquirido habilidad para controlar la imaginación, en especial la imaginación sexual. Esto no necesariamente es la mejor disposición, ya que tal control puede provenir de la represión, esto es, de un mecanismo de defensa que entierra inconscientemente los impulsos, las necesidades y los deseos espontáneos, y que dispara el comienzo de la fantasía en el inconsciente. Es probable que así se vaya almacenando una reserva de material sexual reprimido, que podría empujar en el futuro a acciones descontroladas. Las páginas de la historia están salpicadas de trágicos casos producidos como efecto de la represión y de la pérdida de control. Muchos estudiosos del comportamiento aceptan como un hecho que la represión es algo incompleto e inadecuado. La persona reprimida está condenada a perder control en el futuro y a padecer serios efectos en el presente.

El control consciente es algo completamente diferente de la represión. Por definición, la persona tiene conciencia de rechazar, o al menos de no aumentar una imaginación o deseo. No está tratando de detener la marea, sino simplemente de controlarla para que no lo arrastre. Cuando más adelante discutamos el tema de la ansiedad, veremos su estrecha relación con la fantasía y cómo altos niveles de ansiedad pueden precipitar una conducta que lleva al pecado.

Tentación

Al hablar de fantasía estamos usamos lenguaje psicológico. En cambio, tentación es un término teológico y que puede definirse como la invitación a hacer algo malo o algo que es en sí mismo bueno pero no en alguna circunstancia concreta. Para que una tentación sea real debe provocar deseo en la persona tentada. Hay muchas cosas que están prohibidas, como robar un banco, pero pocos de nosotros se sienten tentados de hacerlo.

He notado que cuando las personas dicen haber pedido la gracia de la castidad, con frecuencia lo que han pedido es la gracia de ser ángeles, la cual no recibirán. No es que no quieran pecar; lo que en realidad quieren es no tener tentaciones.

La tentación se origina tanto en la mente, con los deseos o necesidades que ya hemos mencionado, como en el cuerpo, en sus sistemas que buscan escape o deleite. Las personas con ideales religiosos incluirán, a menudo, entre las fuentes de la tentación al Príncipe de las tinieblas, y lejos de mí negar la posibilidad. Sin embargo, hay que reconocer que tenemos suficientes provisiones –psicológicas y biológicas– como para explicar la mayoría de nuestras tentaciones. Sospecho que cuando una persona discretamente madura, que trata con seriedad de ser un buen cristiano, sufre tentaciones sexuales muy fuertes o dominantes, o bien vive en un medio ambiente descontrolado que lo lleva a una extrema ansiedad, o bien tiene un conflicto interior sin resolver que se expresa sexualmente.

¿Exceptúa esto al individuo de luchar contra la tentación o lo absuelve de toda responsabilidad? No faltan libros religiosos de divulgación que darían impresión de responder afirmativamente; pero yo estoy en total desacuerdo. Y mi discrepancia se basa en el conocimiento de la teología moral católica y de los escritos de los grandes maestros espirituales. Además, lo he corroborado en mis muchas entrevistas con personas que han seguido el camino fácil sugerido por los escritores populares terminando por encontrarse a sí mismos atrapados por vicios sexuales, que ellos sabían por experiencia que eran moralmente malos y dañinos para su crecimiento personal y espiritual. En efecto, tentaciones fuertes pueden reducir la responsabilidad, y el reconocimiento de esta realidad puede permitir que persona se perdone más fácilmente a sí mismo y continúe su camino. Pero tales tentaciones, sin embargo, no nos dan permiso para pecar o, lo que es peor, para pretender que el pecado no sea pecado.

La tentación es parte de la vida y una manifestación clara y consistente del pecado original. El deseo de no tener tentaciones es parte de la falta de realismo que muchos terapeutas han identificado como una raíz de los problemas sexuales. La tentación puede ser un excelente maestro; puede actuar como el entrenador de un boxeador. A lo largo de la Sagrada Escritura y de la historia religiosa todos los que han buscado a Dios han luchado contra las tentaciones, y un cierto número de ellos con frecuencia ha caído y se ha arrepentido. Más importante aún es el hecho de que la tentación nos enseña que no podemos salvarnos a nosotros mismos, que debemos apoyarnos en el poder de Dios y en la gracia salvadora de su Hijo, o de lo contrario pereceremos. Apartarnos de Él es perecer; volvernos hacia Él equivale a salvarnos.

Si usted ha seguido todas las sugerencias de este libro dirigiendo su vida de un modo sano, trabajando en la vida espiritual y siendo fiel a la oración y a los sacramentos, llegará un día en que será tentado más allá de lo que usted ha esperado o ha pensado que podía soportar. En ese momento comprenderá la acción de los dones del Espíritu Santo, que después de esa hora ferozmente penosa lo elevará con alas de águila. Sólo entonces verá claramente lo que significa ser salvado. La hora de la tribulación puede presentarse muchas veces. Usted puede llegar a caer o triunfar, y volverá una y otra vez. Si usted triunfa, crecerá, y al crecer se convertirá en una bendición para otras personas de un modo que nunca podría prever en la hora obscura de la tentación.

La tentación de la tentación

Prepararse para la hora de la prueba es el mejor medio para vencer las tentaciones menos virulentas. Cada tentación que se vence fortalece a la persona, incluso si hay posteriores fracasos. La tentación más peligrosa para quienes tratan de ser castos es lo que yo llamo la “tentación de la tentación”.

La mente de la persona tentada se halla en estado de conflicto. Es un momento penoso en que la persona es tironeada en distintas direcciones. No tiene paz interior –o tiene poca; está ansioso sobre su futuro inmediato, está preocupado por el peligro espiritual y enojado y frustrado por tal conflicto. Es entonces que aparece la tentación de la tentación: “¡Oh, terminemos con esto! ¿Qué cambia una caída vez más? Al menos después quedaré en paz y podré rezar con arrepentimiento. Incluso Dios me parecerá cercano así como ahora parece estar tan lejos”.

Si hay algún aspecto de la tentación sexual en el que me inclino a reconocer los efectos diabólicos es en esta sugestión aparentemente piadosa. El antídoto para esta tentación es recordar que toda tentación que se resiste es un gran acto de adoración a Dios. El soportar la tentación sin buscar la salida fácil es un poderoso reconocimiento de la soberanía de Dios y de Cristo, nuestro Legislador y Rey. Resistir la tentación significa buscar primero el reino de Dios. Incluso si más tarde uno cae, ya cumplió un acto de obediente adoración que no le será quitado.

La ansiedad

La ansiedad, que comienza en el cuerpo y en la mente del individuo, genera una percepción de peligro y destrucción. Puede llegar a distorsionar la fuerza vital que nos mantiene vivos. Para vivir y crecer debemos luchar para superar nuestros miedos y aparentes limitaciones. Cuando el impulso de lucha y movimiento es bloqueado por el miedo y la aprehensión, tenemos como resultado es una ansiedad neurótica. Necesitamos un nivel normal y manejable de ansiedad para concentrar nuestras acciones y evitar las distracciones. Samuel Johnson observó una vez que nada ayuda tanto a estar atento como el saber que uno será ahorcado el próximo martes. La gente seria, como los que leen libros sobre la castidad, con frecuencia tienen excesiva ansiedad. Encontramos un ejemplo en la diaria preocupación que San Pablo tenía por todas las iglesias. A pesar de las advertencias frecuentes de Nuestro Salvador de que no nos preocupemos, nos gusta preocuparnos, y cuando nos preocupamos, usamos las profundas reservas de ansiedad que llevamos dentro. Si ser discípulo lo pone ansioso, no le eche la culpa al Maestro en este caso.

Ahora bien, no se sienta mal. Si usted ha decidido arrojar todo por la borda y volverse pecador, continuará tan ansioso como ahora, añadiendo, además, la ansiedad de alejarse de Dios. He notado que los cristianos que bajan los brazos de su fe y toman el camino corto de los pecados carnales son invariablemente un fracaso como pecadores. En vez de gozar hasta el límite los breves placeres mundanos, pierden mucho tiempo en tratar impetuosamente de inducir a otros a que los sigan. Al estilo de Don Quijote, terminan peleando contra las torres de las iglesias en lugar de hacerlo contra molinos de viento. Los ex-cristianos hacen un mal papel de pecadores, como podemos ver en la turbada vida de James Joyce o de Aubrey Beardley, el artista de lo obsceno que angustiosamente volvió a Dios a tiempo de recibir los últimos sacramentos de la Iglesia.

La ansiedad no nace por ser creyente o por tratar de ser discípulo, pero se entromete en la tentación del creyente de resistir la voluntad divina. Las sugerencias siguientes tratan de ayudar a quien está en estado de ansiosa tentación. Estos consejos proceden de algunas personas que he conocido a lo largo de los años, las que se han convertido en expertos en vencer tentaciones:

1. Cálmese y reconozca conscientemente (repítalo usted mismo) que usted está siendo tentado seriamente y que debería tomar medidas apropiadas. Una caminata, un rato de serenidad tranquilizándose en la iglesia o en su habitación le hará un gran bien.

2. Pregúntese cuáles son las fuentes de esta tentación particular. Las consideraciones que hemos hecho en los capítulos anteriores le pueden dar algunas claves. ¿Hay razones concretas para estar ansioso, deprimido, solitario, etc.? ¿Ha tratado de remediarlas? ¿Qué cree que debería hacer ahora?

3. Pida a Dios con tranquilidad algo de paz interior y haga un acto de confianza en Él.

4. Haga algo más. La tentación no actúa cuando uno está ocupado; por tanto corte con firmeza la situación en la que ahora se encuentra. Llame a un amigo, vaya al cine, preocúpese por los problemas de otra persona. Llamar a la policía o arrojarle una torta a alguna persona puede que sea demasiado, pero tiene que hacer algo que rompa el molde de esa situación. Es sorprendente cuán poca gente tiene tentaciones de pecar cuando está sonando la alarma de incendio.

Las caídas

Si una persona es todavía débil espiritualmente o no tiene bien ordenada su vida, o está intentando vencer alguna compulsión, es probable que tenga alguna caída. Para reducir sustancialmente la fuerza de un hábito se requiere más o menos unos tres meses. Cuando se intenta vencer una compulsión sexual, cualquier clase de conducta sexual ilícita realizada voluntariamente, incluyendo el autoerotismo, tiende a reforzar la compulsión original. Cuando decimos tres meses nos referimos, pues, a tres meses de castidad.

Una caída o la posibilidad de caer, es parte del combate de quienes tratan de llevar una vida casta. Uno de los grandes dones de Cristo a sus hijos es hacerles saber que el perdón está a la distancia de una oración o una buena determinación. El sacramento de la reconciliación, con su valiosísima y terapéutica experiencia de la confesión vocal, es uno de los signos más poderosos del perdón de Cristo. El acto de contrición perfecta, o sea, de dolor por amor de Dios unido al propósito de no pecar más, también es un instrumento muy efectivo en la vida espiritual. Deberíamos rezar a menudo esta oración, culminando con la recepción del sacramento. Demorar el acto de perfecta contrición es peligroso e imprudente.

Paradójicamente quienes tratan de ser castos pueden, por un lado, estar arrepentidos pero continuar de hecho realizando el acto pecaminoso. Piden a Dios que esto no les suceda. Esta confusión es un signo claro de compulsión. Una vez que la persona que cae recupera su equilibrio, el paso siguiente es la oración. Mientras más confiada y amorosa sea ésta, de modo más efectivo calmará al individuo. En este sentido, las palabras que Jesús dirige a San Pedro pueden ser muy gráficas: Satanás ha pedido cribarte como el trigo, pero Yo he rezado por ti, Simón, para que tu fe no desfallezca, y una vez convertido, tú a su vez fortalece a tus hermanos (Lc 22,32-33).

Las caídas contribuyen al arrepentimiento, y éste produce un mayor amor de Dios. Si uno enfrenta las tentaciones y cae (por más trágico que sea) puede convertir sus caídas, con oración y confesión, en una poderosa fuente de arrepentimiento.

Contrición y culpa

Para que las caídas sirvan a la castidad es muy importante que la contrición no sea simplemente expresión de una culpa neurótica. La siguiente cita del Maestro Eckhart, el místico alemán del siglo XIII, muestra una buena dosis de perspicacia psicológica sobre la diferencia entre la conducta neurótica y una verdadera contrición.

Hay dos clases de arrepentimiento; uno temporal y del sentido, otro divino y sobrenatural. El arrepentimiento temporal se inclina siempre en dolor mayor y sumerge al hombre en la tristeza como si tuviese que desesperar; este arrepentimiento permanece como dolor, sin permitirle progresar; de nada aprovecha.

En cambio, el arrepentimiento divino es muy diferente. Tan pronto como el hombre alcanza el aborrecimiento de sí mismo, inmediatamente se alza hacia Dios y se afirma en rechazo eterno de todo pecado y en una inamovible voluntad; y se encumbra a mucha confianza en Dios alcanzando gran seguridad. De aquí proviene un gozo espiritual que eleva el alma por encima de toda tristeza y llanto volviéndola segura en Dios. Por más débil que se reconozca un hombre, y por muchas que hayan sido sus malas acciones, con más razón debe entregarse a Dios con un amor indiviso en el que no hay pecado ni debilidad. Así el mejor camino por el que alguien se eleva a Dios cuando quiere ir a Él con devoción es el estar sin pecado, fortalecido por una divina contrición.

Y mientras más graves sean sus pecados, más dispuesto está Dios a perdonarlos y a venir al alma para sacarlos de allí. Todo hombre hace lo posible por librarse de lo que más le fastidia. Por más numerosos que sean los pecados, más complacido y pronto es Dios para perdonarlos porque ellos le fastidian a Él. Así, como la divina contrición lo eleva hacia Dios, los pecados se desvanecen en el abismo de Dios, si el arrepentimiento es completo, más velozmente de cuanto me toma a mí cerrar mis ojos, volviéndose completamente nada, como si no hubiesen existido[1].

Sueños

Entender y usar los sueños puede ser muy importante para llevar una vida casta. Los sueños son experiencias que permiten al inconsciente salir a la superficie de la mente; permiten también ciertas expresiones involuntarias de naturaleza sexual durante el descanso. Es probable que el primer encuentro que la mayoría de las personas tenga con la sexualidad ocurra en algún sueño anterior a la pubertad. Para quien ha decidido a temprana edad llevar una vida casta, los sueños presentan una oportunidad importante para madurar psicológicamente. Esto nace del hecho de que la experiencia del sueño puede conducir simbólicamente a la mente de la persona y a niveles de desarrollo de la memoria, que de otro modo habrían permanecido desconocidos. Tal vez no haya otro grupo de gente para quien los sueños sean más importantes que los célibes en vías de maduración.

En las teorías psicológicas contemporáneas de la conciencia se piensa que los sueños se originan en huellas de la memoria, modelos y engramas (unidades de memoria) entretejidas de experiencias –durante el sueño o en estado de somnolencia–semejantes a las percepciones. (Decimos semejantes a las percepciones porque los sueños no son percepciones reales). Bajo este aspecto los sueños se asemejan a las alucinaciones. La mente tiene la tendencia a tejer las hebras del pensamiento y de la memoria en un único campo coherente, o gestalt. Cuando esto ocurre un sueño tendrá una secuencia y partes coherentes a pesar de que no estar controlado por la razón o por nuestro conocimiento de la realidad objetiva, sino por impulsos inconscientes[2]. Por esta razón los sueños a menudo pueden presentar de modo simbólico no sólo temas conscientes y recuerdos, sino también deseos y necesidades profundamente reprimidas (e inconscientes).

Cuando una persona, estando despierta, se ha contenido de expresarse sexualmente o de ahondar sus necesidades sexuales para evitar la excitación sexual, es lógico que tal excitación y las necesidades y deseos que la causan se expresen durante los sueños. Puesto que la mayoría de los sueños parecen ocurrir durante el sueño ligero (somnolencia) se los puede recordar vivamente. Mientras más complejo es un sueño, más parece representar necesidades, intereses e incluso conflictos experimentados por la persona en la vida conciente. Durante la somnolencia puede ocurrir una alucinación hipnogógica –o sea, una experiencia que se parece mucho al sueño en el sentido de que no está bajo el control voluntario del individuo. A diferencias de otras alucinaciones, ésta no se relaciona con ninguna enfermedad mental ni con el uso de drogas alucinógenas.

Tengo la impresión de que quienes tienen un sueño sexual o una imaginación sexual , o incluso una alucinación vívida no psicótica, en estado de somnolencia pueden sentirse culpables. La experiencia es tan intensa que les parece haber sido responsables. Quisiera hacer todo lo posible para despejar esta ilusión que considero causante de desanimo y culpa neurótica en muchos buenos cristianos. La culpa, a su vez, puede terminar produciendo una conducta consciente prohibida. Ya Pascal advertía a los espirituales que si trataban de ser ángeles podían convertirse en bestias

Puesto que los sueños y los estados de somnolencia no tienen connotaciones morales pueden aliviar muchas tensiones sexuales, y tal vez reducir los impulsos biológicos posteriores al sueño; por eso creo que debería entenderse cuidadosamente los sueños. Esto vale especialmente para los que intentan llevar una vida de celibato casto. Casi podría decirse, con cierta ironía, que los sueños sexuales se derivan de la castidad, en el sentido de que tal vez ellos no existirían si la actividad sexual fuese parte de la vida consciente de esa persona.

En el pasado, cuando no se entendían los sueños, las personas piadosas a menudo hacían grandes esfuerzos para tratar de evitar los sueños sexuales: llegarían a dormir sobre tablas o en lugares estrechos, o se sumergirían en arroyos helados y rociarían su cama con agua bendita antes de acostarse. Esto puede haber sido contraproducente.

Los terapeutas han descubierto que si una persona concientemente se propone soñar, lo hará más frecuentemente y recordará mejor sus sueños. Así nosotros podemos proponernos soñar y, si el sueño nos despierta, volvernos a dormir. Podemos proponernos levantarnos a una hora particular o cuando se escuche algún sonido especial. Esto, con frecuencia, funciona sin que sea necesario que suene la alarma del reloj. También podemos proponernos apropiadamente no despertarnos si sabemos que alguna persona saldrá de la casa temprano.

Recomiendo que los que prevén la posibilidad de tener sueños sexuales a causa de haber pasado un día con persistentes tentaciones o fantasías, que se propongan a sí mismos continuar durmiendo o volver a dormirse en caso de que la excitación o la liberación sexual tenga lugar. Obrar de modo diverso, sería más bien una rebelión puritana contra las leyes de la naturaleza en nombre del angelismo. Ya hemos dicho que Dios aparentemente no se ha mostrado muy colaborador con quienes han intentado convertirse en ángeles. Pero por otro lado, una actitud excesivamente permisiva con los sueños podría estar disfrazando la aprobación de excitaciones sexuales voluntarias. En estos casos, se hace necesario el consejo de un confesor sabio.

El contenido de los sueños a menudo puede darnos buenas oportunidades para conocer nuestra vida interior. El secreto está en buscar el significado escondido bajo del simbolismo del sueño. Por ejemplo, los sueños sexuales por lo general indican un fuerte deseo de amar y de ser amado a cambio. Una persona puede asustarse del simbolismo sexual pero puede enfrentar muy bien la idea de que lo que en realidad desea es ser amado. La presencia de fuertes deseos sexuales en los sueños indica también que tal vez se esté haciendo mucha represión. Si bien el análisis de los sueños es un estudio complejo y exige un gran entrenamiento, la persona prudente puede arrojar mucha luz sobre el subconsciente. Pero para lograr esto es esencial trascender el simbolismo del sueño que es dado usualmente por el recuerdo de la fantasías conscientes que tienen lugar mientras estamos despiertos.

Enfrentando el éxito

El célibe casto no solo debe enfrentarse a los fracasos sino también al éxito. Algunos pueden haber mantenido la castidad exitosamente durante muchos años o incluso toda la vida. Otros habrán perseverado sólo un cierto tiempo. El gran peligro del éxito en vivir cualquier virtud es el orgullo –la creencia de que es uno mismo quien lo ha logrado o al menos “con poca ayuda de arriba”. Si bien una actitud así tal vez no lleve a un pecado sexual, ciertamente no manifiesta una buena inteligencia de la realidad espiritual de la salvación.

Asimismo los triunfos pueden volver a una persona menos cauta. Esto de dos modos. Si alguien está inclinado al puritanismo, el triunfo puede empujar a ideas puritanas más rígidas ya que éstas parecen funcionar tan bien. Si la persona se ha descuidado en adquirir un sano estilo de vida, en adelante podría descuidarse más todavía. Por otro lado, si uno ha sido más bien laxo en las expresiones de afecto formando amistades peligrosas, tal vez continúe en el mismo camino hasta que termine por caer gravemente. El éxito, con facilidad, puede convertirse en un peligro.

A pesar de esta prudente advertencia, tan obvia como sutil, nos hemos propuesto como objeto de este libro el llevar una vida casta de modo exitoso. Con ayuda de la gracia y una buena voluntad, este objetivo se alcanza tarde o temprano. Invariablemente la victoria trae consigo un profundo sentido de humildad y la conciencia de que llevamos nuestro tesoro en vasijas de barro. La conquista de la castidad (conseguirla o mantenerla) sin recurrir a la represión casi siempre se acompaña de una creciente compresión y compasión hacia quienes han tenido grandes dificultades con su vida sexual.

Cuando una persona se esfuerza continuamente en ser casta sucede algo muy hermoso –algo que para poder apreciarse debe ser experimentado. No solamente se alcanza un sentido de cumplimiento sino que también crece la conciencia de la presencia de Cristo y de la intimidad con Él en el alma. Como se dice en el himno de San Bernardo Iesu dulcis memoria, sólo puede entenderlo quien lo ha experimentado.

Nuevamente recurro a San Agustín para hallar una digna expresión de esta experiencia de Cristo. Su oración de acción de gracias tras su conversión rebosa un cautivante sentido de la presencia espiritual de Cristo.

¡Oh Señor!, siervo tuyo soy e hijo de tu sierva. Rompiste mis ataduras; yo te sacrificaré una hostia de ala­banza (Sal 115,16-17). Te alabe mi corazón y mi lengua y que todos mis huesos digan: Señor, ¿ quién semejante a ti? Díganlo, y que tú respondas y digas a mi alma: Yo soy tu salud (Sal 34,10).

¿Quién fui yo y qué tal fui? ¡Qué no hubo de malo en mis obras, o si no en mis obras, en mis palabras, o si no en mis palabras, en mis deseos! Mas tú, Señor, te mostraste bueno y misericordioso, poniendo los ojos en la profundidad de mi muerte y agotando con tu diestra el abismo de corrupción del fondo de mi alma. Todo ello consistía en no querer lo que yo quería y en querer lo que tú querías. Pero ¿dónde estaba durante aquellos años mi libre albe­drío y de qué bajo y profundo arcano no fue en un momento evocado para que yo sujetase la cerviz a tu yugo suave y el hombro a tu carga ligera (Mt 11,30), ¡oh Cristo Jesús!, ayudador mío y redentor mío? (Sal 18,15).

¡Oh, qué dulce fue para mí carecer de repente de las dulzuras de aquellas bagatelas, las cuales cuanto temía en­tonces perderlas, tanto gustaba ahora de dejarlas! Porque tú las arrojabas de mí, ¡oh verdadera y suma dulzura!, tú las arrojabas, y en su lugar entrabas tú, más dulce que todo deleite, aunque no a la carne y a la sangre; más claro que toda luz, pero al mismo tiempo más interior que todo secre­to; más sublime que todos los honores, aunque no para los que se subliman sobre sí.

Libre estaba ya mi alma de los devoradores cuidados del ambicionar, adquirir y revolcarse en el cieno de los place­res y rascarse la sarna de sus apetitos carnales, y hablaba mucho ante ti, ¡oh Dios y Señor mío!, claridad mía, riqueza mía y salud mía”[3].

[1] Meister Eckhart, trans. Edmund Colledge. O.S.A. and Bernard McGinn. New York: Paulist Press, 1982 (Classics of Western Spirituality), pp. 262-63.

[2] L. J. West, “A General Theory of Hallucinations and Dreams”, in Hallucinations, ed. L. J. West. New York: Grume & Stratton, 1962. Para una discusión más popular sobre sueños y su relación con la vida espiritual, cf. Morton Kelsey, God, Dreams and Revelation. Minneapolis: Augsburg Publishing House, 1974 (orginalmente publicado como Dreams the Dark Speech of the Spirit. Garden City: Doubleday, 1968), capítulo 9.

[3] San Agustín, Confesiones, IX, I.

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