pudor

El pudor: defensa de la dignidad personal

Antonio Orozco 

El pudor es un sentimiento natural, sabiamente puesto por el Creador, para que lo convirtamos, perfeccionándolo, en virtud, es decir, en poder, fuerza que perfecciona, protege y libera todo lo noble de nuestro ser personal.

Me gustaría explicar con sencillez y profundidad lo que la experiencia enseña: el pudor no es un lujo ni una manía ni una enfermedad del pasado, sino una vigencia en todos los tiempos y latitudes. Es más, el menosprecio del pudor en una sociedad es señal clara de corrupción profunda. Hay una relación inadvertida entre el desprecio del pudor y muchos crímenes reales increíbles. Se hace urgente entonces — para nosotros, ahora — una reflexión sobre el significado del pudor como defensa de los valores más personales del ser humano y de la entera sociedad.
Es explicable que cuando el hombre se materializa y cifra toda su filosofía en el «comamos y bebamos que mañana moriremos» (negación de la espiritualidad del alma, de la existencia de un Dios personal, etcétera) es explicable, digo, que entonces pierdan interés para él, esas virtudes que se oponen a las apetencias de la carne (en el sentido bruto de la dicción). Es lo que sucede en el ambiente en que hoy nos movemos. El pudor se combate como si se tratara de una represión patológica del impulso sexual. El pudor sería algo de lo que habría que liberarse para obtener una salud psíquica normal. Las ideas de represión, tabú, liberación, etc., han hecho impopular cualquier defensa del pudor, como si fuese, sin más, una inequívoca retracción de la carne (ahora en el noble sentido de la palabra). Lo hacía notar, recientemente, el escritor Sánchez Ferlosio, que invitaba a quienes no se les cae de la boca el ya irrisorio término de represiones, a reconsiderar la cuestión, para ver qué es lo que está hoy, de verdad reprimido. Porque bien pudiera ser — añadía — que lo que ellos llaman liberación debiera denominarse con mayor propiedad represión de la represión. Bien mirado quizá resulte, en efecto, que (su) liberación sea igual a una represión al cuadrado. Me temo, más aún, estoy seguro de que, bien mirado, esta es la verdad. Siendo el pudor algo innato en buena parte, consustancial a la naturaleza humana y presente — aunque con manifestaciones hasta cierto punto diversas — en los humanos de todo tiempo y lugar, no puede en modo alguno considerarse un mero fruto de condicionamientos sociales, ni puede pensarse que sería un triunfo eliminarlo, como tampoco lo sería eliminar las ganas de comer. Comer puede resultar a veces una tarea fatigosa, pero esto es claro síntoma de enfermedad. Cierto que el hombre es el único animal que puede decidir no comer. Pero esa decisión, llevada al extremo, causaría la muerte. El hombre puede sentir deseos de tirarse por la ventana, pero reprimir ese deseo no es represión nociva sino libertad, señorío sobre las pasiones; y no reprimirlo, sería suicidio. Por razones semejantes, resulta un desatino llamar represión, en sentido negativo, al cumplimiento de las normas que dicta el pudor. La represión letal viene dada por esas campañas que lo ridiculizan, tratando de acomplejar así a quienes todavía creen en su dignidad de hombres o mujeres que están en posesión de un cuerpo personal creado al servicio de la persona entera.

ESENCIA DEL PUDOR

El pudor es un sentimiento natural, sabiamente puesto por el Creador en nuestra naturaleza, para que lo convirtamos, perfeccionándolo, en virtud, es decir, en poder, fuerza que perfecciona, protege y libera lo noble de nuestro ser. No se reduce a cosas que se refieren a la sexualidad. En sentido amplio, entendemos por pudor la reserva peculiar de lo íntimo, la tendencia natural a ocultar a la curiosidad de los extraños lo que pertenece a la intimidad de la persona o familia, para defenderlo de intromisiones inoportunas que desvirtuarían su valiosa esencia. Allí donde hay intimidad surge el pudor, pues, de por sí, la intimidad se recata, se reserva, se oculta en su propio misterio que al pasar a ser cosa de “dominio público” se desvanecería, quizá de modo irreparable.

Intimo equivale a personal. Por ello, en los ambientes íntimos es donde las personas se encuentran normalmente más a gusto, y se manifiestan libremente sin temor a perderse o a ser interpretadas como ellas no son. Hay cosas que sólo pueden manifestarse en la intimidad, precisamente porque están muy estrechamente vinculadas a lo más hondo — íntimo — de la persona, hasta el punto de identificarse de algún modo con ella. Al hacerse público, lo íntimo deja de serlo, se desvanece, se pierde como tal, y la persona si tiene consciencia de su propia dignidad, se siente violentada, como si algo precioso de sí misma se hubiera desgarrado y perdido.

La pérdida de las cosas íntimas equivale a la del dominio o señorío sobre uno mismo. El pudor es la tendencia natural a defender el dominio sobre lo más mío, es decir, no las cosas mías, que yo tengo, sino yo mismo, en ese valor que sólo tiene para mí y acaso para aquellas personas tan allegadas que podría decirse que son como una prolongación de mi yo.

Desvelar la intimidad, si no es en un ámbito precisamente íntimo, es como perderse a sí mismo. Se entiende así que, cuanto más rica es una personalidad, más intimidad posee (más amplitud y valor tiene para ella lo íntimo), y por eso, el sentido del pudor es más fuerte. En cambio, las personas frívolas, carentes de calidad interior, son más fácilmente proclives a descubrir su intimidad, justo por ser algo muy pobre, o de escaso valor a sus propios ojos. Aunque sean egoístas, no se aprecian en lo que valen y así no temen perderse ante las miradas igualmente frívolas de quienes se interesan por esas intimidades tan vacías e inconsistentes.

Ciertamente cabe una patología — una actitud enfermiza — de la intimidad, si ésta se encierra obsesivamente, y se convierte en exclusión y ceguera. Pero el pudor no es una enfermedad sino una señal de vigor espiritual. En parte es innato y en parte — como todas las cosas propiamente humanas- es fruto de una educación deliberada, que enseña el por qué del pudor y a seleccionar lo que de verdad debe reservarse, y de qué modo, y en qué circunstancias pueden comunicarse sin que la persona sufra deterioro alguno.

Pues bien, aunque el pudor es defensa natural ante cualquier violación de la intimidad, tiene peculiar importancia como defensa ante la agresividad de índole sexual a la que la persona podría verse sometida fácilmente de no adoptar ciertas medidas indispensables de seguridad, dada la condición en que se halla la naturaleza humana en este mundo. Para comprenderlo bien, me parece que es oportuno dar un pequeño rodeo. Reflexionemos un poco sobre la mirada, ante la cual despierta — o se pierde — el pudor. Quizá descubramos que con sólo el mirar, de un modo u otro y según sea lo que se mira, la persona se gana o se pierde como persona.

LA MIRADA

Ardía en sus ojos una sonrisa tal, que pensé alcanzar con los míos, el fondo de mi beatitud y de mi paraíso. Dante — nos lo dice hacia el final de su obra cumbre, La divina comedia — adivina en los ojos de Beatriz, una sonrisa. ¿Por qué en los ojos y no en los labios? ¿Son los ojos los que sonríen? En realidad son los labios, los ojos, el rostro, la persona entera la que sonríe expresándose en el cuerpo, desplegando la comisura de los labios y articulando ese movimiento con otros — de distensión o de repliegue — de la frente, de la barbilla, de cada músculo facial. Sucede, sin embargo, que es en los ojos donde se acumula la mayor densidad de pequeños músculos ultrasensibles a las menores emociones del alma. Quizá sea por ello que, si bien el cuerpo humano como totalidad goza de sorprendente poder expresivo, en los ojos — en la mirada — ese poder se acentúa en grado sumo.

Los ojos son como las ventanas del alma. Nos permiten asomarnos y contemplar el mundo que nos rodea; y nos ofrecen también la posibilidad de asomarnos al interior del alma de nuestros semejantes: ese mundo siempre lleno de tesoros sorprendentes (aun el más pobre) que es el mundo propiamente personal, el espíritu de las gentes con las que compartimos nuestras vidas, que también asoma en sus ojos, ventanas de sus almas. Se comprende que la mirada juegue un papel de singular importancia en el enamorarse y en el trato de las personas que se aman. Se ha dicho que la mirada es casi el alma hecha fluido; el ser espiritual del otro se asoma y se nos muestra en su mirar, hasta el punto que se puede leer en la Escritura: por la mirada se reconoce al hombre (y añade: por el aspecto del hombre se reconoce al pensador: Eccli 19,29).

Es significativo que J. R. R. Tolkien, cuando, en una de sus más preciosas historias de amor, dice que Beren se transforma en un “terrible licántropo”, añade “pero sus ojos eran limpios”. La mirada revela el fondo de la persona, más allá de los aspectos más aparentes.

LA EXPRESIVIDAD DEL CUERPO HUMANO

Al encarnarse en la materia, el espíritu la eleva en posibilidades hasta entonces insospechadas. No hay antagonismo entre materia y espíritu; ambos son criaturas de Dios. Y al unirse sustancialmente en el hombre, la materia — las fuerzas materiales y orgánicas — adquieren un nuevo modo de ser, tan nuevo, que no cabe hablar de continuidad entre el cuerpo del animal y el cuerpo del hombre. Las tesis evolucionistas son insuficientes al llegar a la formidable novedad que es el ser humano si se compara con el resto de criaturas más o menos semejantes por lo que al aspecto externo se refiere. Sobre todo cuando uno no se limita a ver sino que mira y reflexiona sobre lo que acontece en el hombre y lo que sucede en la vida animal, observa diferencias tan hondas que la semejanza palidece ante la desemejanza. Y la razón llega a comprender lo que la fe católica afirma: hay en el hombre algo más, algo nuevo y superior en el cuerpo del hombre; algo que sólo puede ser creación directa de Dios: el alma espiritual, que al ser infundida en una materia (la que sea), ésta queda transfigurada. En realidad quizá nunca vemos el cuerpo humano como simple cuerpo, sino siempre como una forma cargada de alusiones a una intimidad, a un mundo rigurosamente personal. En este caso, el cuerpo no es término de nuestra percepción, sino que él mismo mismo nos transporta a un profundo más allá. Sucede que el cuerpo humano es lo que es: un cuerpo; y, además, expresa lo que no es: un alma. La carne del hombre manifiesta algo latente, tiene significación, expresa un sentido.

Lo que percibimos al mirarnos en los ojos de una persona, es el alma y un complejo de sentimientos, actitudes y deseos que se asoman a los ojos que miramos. Una sonrisa no es sólo el despliegue de determinados músculos faciales. Es un acontecimiento espiritual que nosotros descubrimos sin necesidad de especiales indagaciones. Cada día resulta más claro, además, que en la unidad que es el ser humano, el espíritu es el que domina los procesos vitales vegetativos y sensitivos y que labra — hasta cierto punto — la personal fisonomía desde que asume la pequeña masa que es el óvulo fecundado.

Este hecho se explica filosóficamente porque, como se sabe, es el alma la que da el ser al cuerpo, de manera que éste participa en el ser del alma. Pero no vamos a ahondar ahora en este punto que exigiría largas y arduas consideraciones que si bien resultarían apasionantes para el filósofo, podrían fatigar a otros, a los que sin embargo interesa cuanto sigue.

El caso es que el alma consigue darse una cierta imagen de sí misma al modelar el cuerpo suyo y — como dice J. Mouroux — inscribe en él, poco a poco, su propia historia, por medio de la actitud general de sus miembros o el aspecto de su semblante… El rostro del santo y el del libertino reflejan dos mundos, y sin grandes esfuerzos de análisis sino por un sentido natural más profundo que la misma razón, adivinamos la santidad o el vicio sobre sus rostros. Entre esos dos extremos — continúa Mouroux — se sitúa ese rostro enigmático, variable, mediocre, que muchas veces es el nuestro; pues somos unos pobres hombres que no estamos hundidos en el vicio por pura misericordia de Dios, pero que — oprimidos por la debilidad humana — nos hallamos lejos de la santidad. Todo lo cual confirma el adagio: el semblante es el espejo del alma.

El cuerpo, en efecto, puede llegar a ser completamente una imagen del alma, un signo de nuestro misterio personal. Un buen amigo mío, solía decir, entre bromas y veras, que el hombre, a los treinta años, es ya responsable de su cara. Quería decir con ello, que a esa edad, ha transcurrido el tiempo suficiente para que la persona haya plasmado su personalidad en el rostro. Y yo tengo para mí que, al menos hablando en general, cuando alguien tiene lo que se dice cara de malas pulgas es que en verdad las pulgas las tiene dentro.

En nuestra figura y gestos — decía Ortega — no se deja ver toda nuestra intimidad, pero ¿es que alguien ha visto todo un cuerpo? ¿Quién ha visto, por ejemplo, entera una naranja? Desde cualquier sitio que la miremos encontraremos sólo en ella la cara que nos da a nosotros; su otro haz queda siempre fuera de nuestra visión. Lo único que podemos hacer es dar vueltas en torno al objeto corporal y sumar los aspectos que sucesivamente nos presenta; pero entero y de un golpe, con auténtica e inmediata visión, no lo vemos nunca. Conviene no olvidar esta sencilla observación, porque de ordinario creemos que el mundo material nos es por completo patente y que, en cambio, el mundo íntimo nos es por completo inasequible. En ambos sentidos se exagera. Los jóvenes, sobre todo, suponen que su persona interior, los vicios de su carácter son un profundo secreto que en sí llevan, bien defendido ante las miradas ajenas por la materia opaca de su cuerpo. No hay tal: nuestro cuerpo desnuda nuestra alma, la anuncia, la va gritando por el mundo. Nuestra carne es un medio trasparente donde da sus refracciones la intimidad que la habita. C. S. Lewis, describiendo los esfuerzos de un profesor por no manifestar lo que sentía ante una persona que le desagradaba, dice: “Dimble estaba simplemente luchando por no odiar, por no despreciar, sobre todo por no regodearse en el odio y el desprecio, y no tenía ni idea de la rígida severidad que este esfuerzo imprimía en su rostro”. La observación puede completarse con palabras de Mouroux: El cuerpo difícilmente engaña. Se puede llegar a falsearle, a obligarle a realizar el mal. Pero esta actitud no es espontánea ni normal. En todo ser sano hay una diferencia entre el gesto estudiado para engañar y la expresión natural de la cara, donde siempre se refleja la verdad. Diferencia que constituye uno de los signos de la mentira. El niño que no sabe mentir, el hombre recto que algún día llega a hacerlo por debilidad o delicadeza, lo hace tan torpemente, que se traicionan a sí mismos. Este fracaso es el signo de la nobleza y de la transparencia del alma a través del cuerpo.

EXPRESION Y SIGNIFICACION DEL CUERPO HUMANO

Esta expresividad maravillosa del cuerpo humano, como ya he sugerido, se concentra en determinadas zonas de él, aunque como totalidad, visto en su armónico conjunto, el cuerpo habla también de actitudes y sentimientos interiores.

Un arquitecto amigo mío, con el que hablaba en cierta ocasión de nuestro asunto, me hacía notar que el cuerpo humano puede entenderse no sólo como un complejo de miembros u órganos sabia y bellamente dispuestos, sino también como una pluralidad de lo que él llamaba unidades anatómicas. Me pareció una manera feliz de hablar con precisión del pudor sin quebrantar sus ineludibles leyes. Cada unidad anatómica de nuestro cuerpo posee cierta significación: dice algo, significa o expresa.

Me parece oportuno distinguir aquí entre expresión y significación.

1. Reservemos la palabra expresión para indicar lo que sucede cuando un acontecimiento material revela otros de carácter espiritual. Dar la mano a un amigo, expresa amistad.

2. La palabra significar empleémosla para referirnos a lo que nos dice una cosa sin que por ello nos sintamos situados en un ámbito propiamente espiritual. Por el humo se sabe donde está el fuego, etcétera.

Todo lo que expresa algo, también significa, pero no todo lo que significa, expresa.

Pues bien, cada una de las que hemos llamado unidades anatómicas posee una particular significación que va desde la suma expresividad hasta la mera significación (material). Cabe suponer que el cuerpo glorificado, en el Cielo, al hallarse en total armonía con el espíritu, lo expresará sumamente. En el actual estado de nuestra naturaleza caída, la expresividad del cuerpo humano ha sufrido una disminución considerable. Sin embargo, el rostro sigue siendo singularmente expresivo (la sabiduría del hombre hace brillar su rostro, Eccli 8,1). El rostro es la unidad anatómica expresiva por antonomasia: desvela el alma, su estado, su actitud. Sólo puede tornarse opaco con violencia, y en ocasiones, resulta prácticamente imposible el fingimiento. Por ello podemos decir que el rostro es lo más personal del cuerpo humano, porque normalmente desvela el alma en grado sumo. Es lo más transparente, lo que sin querer nos transporta a los mundos interiores de la persona, pues la mirada penetra fácilmente a su través de un modo natural, espontáneo e inmediato. De ahí que el rostro no plantee, normalmente, problemas a la sensualidad, a no ser que se intente; por lo tanto, tampoco los plantea al pudor. Mirar un rostro es casi siempre un acontecimiento espiritual. Al mirar a la cara percibimos una persona, con su personalidad, que trasciende al cuerpo, porque es mucho más.

Las manos son también, aunque en menor grado, expresivas y sugerentes. Un puño cerrado o una mano flácida o crispada, expresan odio, languidez espiritual o un estado anímico tenso. La mano tiene su lenguaje y, en ocasiones, expresa más de lo que suponemos lo que acontece en nuestra alma. En cambio, el pie no expresa nada, de ordinario; sólo significa: no es más que un instrumento para caminar. Si dice algo más es pasando inadvertido, como parte de una totalidad — el cuerpo entero — que contribuye a ofrecer un todo armonioso, bello.

No es cosa de ir pormenorizando, ahora; lo que interesa a nuestro asunto es el hecho de que el cuerpo humano está compuesto de unidades anatómicas dotadas de fuerza expresiva o, cuando menos, de significación.

Hay zonas que sólo significan — no expresan nada — porque no gozan de la transparencia que atribuimos, por ejemplo, al rostro; podríamos decir que son opacas y cuando en ellas se topa la mirada no va más allá, se detiene como ante un muro — una mera cosa — que no dice nada más que la función instrumental que da razón de su existencia. Son éstas las zonas — unidades anatómicas — más impersonales, pues el espíritu prácticamente no puede expresarse en ellas en modo alguno, a no ser en circunstancias muy particulares. Por lo demás, presentan, poco más o menos, el mismo aspecto en todos los individuos y, por ello, no son representativas de la persona. Así como en el rostro la persona se suele manifestar con bastante claridad, esas otras zonas de que ahora hablamos, en principio la ocultan y absorben (o rechazan) la atención en su materialidad opaca.

Sin embargo, algunas de esas zonas poco o nada expresivas, poseen un alto poder significativo, están diciendo: placer; y esto es lo único que por sí mismas dicen al hombre concreto, de carne y hueso, que anda arrastrando con mejor o peor fortuna, los desórdenes introducidos en la naturaleza humana por el pecado original. Pues, aunque muchos quieran olvidarse, es patente que todo hombre aterriza en este mundo con ese pecado a cuestas, con evidente desorden en las pasiones, con la mirada en cierto modo oscurecida, con una especie de embotamiento para las cosas del espíritu y convertido — desmesuradamente inclinado — a las materiales.

NOBLEZA DEL CUERPO Y NECESIDAD DEL PUDOR

Esta es la razón por la cual algo tan noble en sí mismo, como el cuerpo humano sin más, desnudo, de ordinario puede estar diciendo a la persona normal: placer. Puede resultar una llamada a un placer también de suyo bueno, pero que no es bueno siempre y en cualquier circunstancia, pues sólo encuentra su justificación — y santificación — en la casta relación conyugal abierta a la generación. En otro contexto, provocarlo es pecado grave: mortal, como se dice en sana teología. Y se provoca — o al menos se corre el grave riesgo de provocarlo — siempre que se desnudan ante la mirada ajena de distinto sexo, aquellas unidades anatómicas (o conjunto de unidades) impersonales que de por sí ni dicen ni sugieren más que placer.

Por supuesto, hay motivos, por ejemplo, de salud o de necesaria higiene que crean en torno al cuerpo desnudo como un velo sutil, pero real. Hay, en efecto, circunstancias en las que no es fácil “mirarlo”, por decirlo de algún modo, como “carne de placer”, porque se está pensando en otra cosa, en la que se está de hecho ocupado: curar, por ejemplo; o representar artísticamente — que hay modos de hacerlo sin faltar al pudor -, son actividades que hacen normalmente inocuo el desvelamiento, aunque nunca han de faltar cautelas peculiares.

Hay lugares donde por falta de técnicas adecuadas y por razón del clima, las personas casi no se visten, sin que por ello falten al pudor. Todos podemos comprender que no es lo mismo desnudarse que no vestirse. En esas circunstancias, siempre hay gestos, actitudes del cuerpo que se comprenden vedadas para la persona honesta; y también hay lo que para nosotros sería un simple adorno que para ellos tiene sin embargo, gran trascendencia. Nosotros no podemos perder de vista que en nuestras latitudes, el que está desnudo es porque se ha despojado del vestido, se ha desnudado, y éste es un acto muy cargado de significación y de expresividad, muy distinta a la del modo habitual de presentarse el “buen salvaje” del Amazonas, o de dondequiera que se encuentre.

Hay circunstancias, en efecto, que hacen moralmente inocuo el desnudo. Es significativo que el Papa Juan Pablo II haya hablado de la “teología del cuerpo” en la Capilla Sixtina, donde Miguel Angel pintó innumerables figuras desnudas. Los estudiantes de Bellas Artes saben que — con cautelas precisas — pueden contemplar un modelo desnudo sin ninguna preocupación sensual. Por lo demás, si se atiende bien, se observará que, cuando en una auténtica obra de arte — pintura, escultura — se presenta un bello y elegante desnudo, se encuentra libre de toda procacidad. La belleza y elegancia estriban en la idealización que ha operado el artista y constituye ya un velo de pudor, que permite la contemplación estética sin más complicaciones. Por desgracia, no siempre los artistas han tenido el suficiente genio como para descubrir esa ley y atenerse a ella. (Véase en Antonio OROZCO, Arte, moral y espectáculos, Folletos Mundo Cristiano…)

No se puede negar que los usos y las costumbres sociales cambian dentro de ciertos límites las leyes del pudor. Sin embargo no es menos cierto que siempre hay un límite real entre lo decente y lo indecente, se reconozca o no.

Una persona que se esfuerza por vivir con dignidad, distingue sin gran esfuerzo la modestia de la inmodestia, y el pudor de la desvergüenza.

También es cierto que las hay que no saben distinguir bien y miden la bondad o malicia de una situación por la reacción que sobre la marcha parece producir. Así, por ejemplo, como en las playas o piscinas concurridas no se suele percibir una reacción de lujuria notoria, a pesar de la procacidad de muchos bañadores al uso, propenden a pensar que ahí no pasa nada. No faltan quienes sostienen que en las playas de hoy, se cometen menos pecados de lujuria que en las de la belle époque.

LA HIPOTESIS DEL ACOSTUMBRAMIENTO

Es una hipótesis más que dudosa la consabida del acostumbramiento, según la cual, el hábito de contemplar el desnudo más o menos total, zanjaría la posibilidad de la reacción erótica a no ser que mediara una intención perversa. Así han surgido nuevas pedagogías que pretenden educar a las nuevas generaciones poniendo a los adolescentes en ocasiones de pecar para que se acostumbren al estímulo, se curtan y superen de este modo los peligros de la pubertad. Estos métodos — que se practican incluso en ambientes católicos — podrían calificarse de ingenuos si no fuesen prácticamente heréticos, pues, al menos en la práctica, niegan el dogma del pecado original y las consecuencias que de éste se derivan: la naturaleza humana — en el cuerpo y en el alma — in deterius commutata est, ha sido deteriorada (Dz 788), de modo que la sujeción debida de las facultades inferiores a las superiores, falla con gran facilidad, lo cual es para todos bien manifiesto.

Ya he dicho que el desnudo materialmente considerado puede ser honesto o impúdico, depende. También hay circunstancias de edad, temperamento, atracción, indiferencia o repulsa, que influyen colectiva o individualmente para una cierta relativización de lo impúdico. Sin embargo, ciertas actuaciones o representaciones, formas de vestir, etc., son procaces en un determinado ambiente, aunque se sea personalmente inmune a ellas, porque constituyen motivo de escándalo para los demás.

NO TODO ES RELATIVO EN EL PUDOR

Puede afirmarse que si bien hay ciertas manifestaciones del pudor que son relativas, cambiantes según determinadas circunstancias, no todo es relativo en el pudor. Y sobre todo, es indudable que el pudor ha de estar presente en toda situación humana y manifestarse adecuadamente a la circunstancia. La Iglesia — Madre y Maestra — enseña la existencia de unas leyes del pudor cristiano (Pío XII, Enc. Sacra virginitas). Algunas son cambiantes, relativas. Pero hay también leyes permanentes, que todo hombre adulto (se excluyen por tanto, niños y gentes muy primitivas) conoce por instinto y sabe que le obligan moralmente, aunque — como acontece con tantas otras materias — pueda haberse cauterizado la conciencia y las haya perdido de vista.

UNA CUESTION DE CENTIMETROS

Suele decirse que un centímetro más o menos de tela es cosa de poca monta, que no afecta a la moralidad del atuendo. Esto es así hasta cierto punto. Un punto que quizá no haya sido esclarecido con demasiada fortuna, pero que puede precisarse bastante bien — cada uno, cada una, puede descubrirlo con suficiente exactitud — partiendo de ciertos principios fácilmente reconocibles, que voy a tratar de exponer. Antes, sin embargo, tenemos que dar otro pequeño rodeo, volviendo al tema ya insinuado de las peculiarísimas características del cuerpo humano, que le alzan por encima de cualquier otro.

La vista es el sentido más próximo al entendimiento, el que más íntimamente se articula con éste y ambos convienen en un mismo afán de totalidad. Nos molesta entender y ver las cosas a medias. Basta conocer parte de alguna realidad, para desear conocer el todo y — a poco interés que la cosa ofrezca — procurarse los medios para lograrlo. Como el conocimiento del hombre comienza en los sentidos, cuando éstos conocen algo, el entendimiento, mediante la voluntad, los mueve a proseguir sus indagaciones, de acuerdo con sus apetencias. Los sentidos, a su vez — en la medida en que la voluntad no se ha forjado como dueña y señora de sus actos –, arrastran a las demás facultades en la dirección de sus apetencias propias, de modo que muchas veces, el hambre se junta con las ganas de comer. El hombre contempla una cara de la luna. Le parece interesante y se da cuenta que hay otra cara que permanece siempre oculta. Ya no puede evitar el afán de ver a esa desconocida. Y no para, hasta conseguirlo.

Pues bien, ver una parte de una unidad anatómica, si es bella, de hecho es una poderosa llamada a ver la unidad entera. Este fenómeno humano lógico y de experiencia, puede ilustrar la razón por la cual podemos decir sin temor a equivocarnos, que muchos bañadores al uso son provocativos y prostituyentes, porque no sólo dejan al descubierto unidades que no expresan nada, que no dicen otra cosa que placer sensual, sino que — y esto es lo peor — cubren sólo a medias esas unidades, invitando a ver más. El efecto es más nocivo que si se viera todo. Y no es cosa de ponerse a explicar de nuevo por qué no se debe descubrir el todo, menos aún, cuando se supone que estamos hablando personas que gozan, al menos, de un mínimo de sensatez. El nudismo es, en mi opinión, más que otras cosas, un pecado de evidente mal gusto. Por eso quiero subrayar la malicia de los atuendos que son de hecho, preténdase o no, insinuantes. Conviene que lo sepan las jovencitas (así como sus señoras madres, que son las que suelen pagar los bañadores de las hijas).

De manera que llega un momento en que un centímetro, más o menos, sí cobra una importancia enorme, porque un centímetro menos, uno sólo, deja al descubierto una parte de la impersonal unidad anatómica, y el atuendo, entonces, pasa a ser ya insinuante, prostituyente. Por ese minúsculo centímetro se esfuma ya la personalidad, y ante la mirada del prójimo — el próximo, como es sabido –, el cuerpo pierde transparencia, se torna opaco y, fácilmente, llena todo el campo visual, perceptivo, convirtiéndose en mero y absorbente objeto. Con ello, pierde su originalidad personal y, por consiguiente, su dignidad. Surge así aquella turbación de la que habla M. Occhiena, al tratar el tema del pudor, debida al repentino y consciente prevalecer de la animalidad sobre la personalidad, propia o ajena, causado por un estímulo objetivamente inoportuno; es un acto reflejo de la dignidad de la persona, que se siente amenazada por el despertar inoportuno y prepotente de impulsos psicofísicos particularmente fuertes, como son — y más que ningún otro — los de carácter sexual. De este sentimiento están exentos los niños pequeños, los pueblos más primitivos, los borrachos, los esquizofrénicos.

CUERPOS SUSCEPTIBLES DE SUSTITUCION

En la actualidad la hipocresía parece haberse hecho más hipócrita que nunca. Ya no se sabe dónde está, porque está en casi todas partes disfrazada de sinceridad. Así se ha ido creando ese clima en el que el pudor se tira por la ventana, en nombre de la naturalidad. No es de maravillar que el amor verdadero brille también por su ausencia. Porque el amor es siempre algo personal y personalizante: se dirige a un tú, a una persona, no a un cuerpo anónimo. El amor se dirige a un tú original e insustituible, y lo que ahora se suele exhibir no son más que cuerpos opacos, susceptibles de sustitución.

Se comprende lo que dice Don David — personaje de Cuentos para leer después del baño –: «¡Aquellos eran amores, don Camilo José! ¿Cómo quiere usted hacerme creer que los jóvenes de ahora pueden quererse con el mismo santo cariño con que se quisieron sus padres? No, imposible de todo punto. ¡Aquellos eran otros tiempos! Una mirada, una sonrisa, ¡no digamos un beso!, colmaban la felicidad del más exigente de los amantes. Hoy, ¡ya ve usted! ¿qué ilusión pueden tener esos jóvenes de ambos sexos que se pasan la mañana retozando medio en cueros por la arena de la playa?». Acostumbrados a lo impersonal, absorbidos por ello, ¿cómo van a jurarse amor eterno?, ¿cómo no van a serse infieles en el momento en que la atracción física desaparezca, o surja en otro lugar otra más estimulante aunque de idéntica índole?

Cierto, los usos sociales relativizan hasta cierto punto las leyes del pudor, pero sólo hasta cierto punto. Lo que es del todo imposible es que sea eliminado el pudor sin que las consecuencias nocivas se dejen sentir muy pronto en toda la vida de la persona y de la sociedad. Porque, aun en el supuesto de que los atuendos playeros — o de otro tipo — al uso, no provocaran de hecho numerosos pecados, ese modo desenfadado de comportarse con el propio cuerpo como si no exigiera protección alguna del pudor, crea un clima de naturalismo intrascendente que va cerrando cada día más a los valores espirituales y a Dios.

CONSECUENCIAS DEL DESPRECIO DEL PUDOR

Por otro lado, al acostumbrarse a ir con la casi totalidad del cuerpo desnudo en lugares que ciertamente la situación psicológica requiere brevedad de ropa, cuando la preocupación por el pudor es nula, difícilmente surgirá el sentido del pudor en los lugares en los que, sin lugar a sutiles disquisiciones, su ausencia desencadena irremediablemente la lujuria. Por tanto, si, por ejemplo, para practicar un deporte es necesario y conveniente abreviar el vestido, no por ello cabe despreocuparse del pudor. Porque si uno no se preocupa ahí (no hablo de obsesionarse, sino de ocuparse), poco a poco se irá despreocupando de él cualquiera que sea la situación en que se encuentre: se reprimirá cada vez más el sentido del pudor, hasta que su voz sea poco menos que imperceptible, del mismo modo que uno puede acostumbrarse al fraude, al robo y hasta al asesinato, lo cual no es precisamente un bien para la persona ni para la sociedad…

En el enorme y vivo engranaje que constituye la vida social, cada pieza debe estar bien ajustada en el lugar que le corresponde, de lo contrario todas las relaciones sociales se van desquiciando, o se resienten al menos del desajuste particular. El pudor es una pieza, que puede parecer insignificante, pero de ella depende en gran medida el control de los impulsos sexuales, los cuales, una vez desbocados, convierten a los hombres en bestias salvajes, depredadores o apresados, esclavos, porque — a pesar de lo que los ingenuos suelen creer — en la selva no hay libertad ni cosa parecida: allí impera la ley del más fuerte y esa ley no parece ser la más adecuada a la justicia de que tanto se blasona, y mucho menos a la caridad verdadera, de la que tan escasos andamos, también porque no se halla bien ajustada esa pieza al parecer insignificante que es el pudor.

Esta conexión que acabo de sugerir, entre la procacidad –pérdida del pudor y de su sentido — y salvajismo (anarquía, asesinato de inocentes, aborto voluntario, etc.) y las más importantes lacras que padece hoy nuestra sociedad; esa conexión que puede parecer ilusoria por la aparente desproporción entre causa y efecto, es muy real y convendría reflexionar sobre ello.

En efecto, si — como hemos visto — el pudor es la reserva peculiar de lo íntimo; si es requisito indispensable para que el yo, la persona, se conserve para sí en toda su riqueza, ya que de otro modo se pierde, se esfuma; si la procacidad diluye el carácter personal de las relaciones humanas, entonces cabe concluir — como Jacinto Choza en su ensayo La supresión del pudor, signo de nuestro tiempo –, la fe está perdida: Si la intimidad personal, dice Choza, está disuelta, el ateísmo es inevitable, porque el encuentro con Dios se realiza siempre en el centro mismo de la intimidad personal. ¿Cómo va a tratar a Dios — Ser personal en grado sumo — quien se halla habituado a tratar de un modo prácticamente impersonal a sus semejantes e incluso a sí mismo?

Sí, se puede frecuentar una playa donde la indumentaria general sea máximamente breve, sin cometer allí pecados actuales de lujuria. Pero, de hecho, es muy difícil y por la razón apuntada, la intimidad personal va perdiendo fuerza, vigor, estima, y en esa medida, enflaquecida la vida interior, se dificulta más y más la relación con Dios, que habría de ser cada vez más íntima y personal. Por lo demás, perdido el pudor, las sanas costumbres, la delicadeza en el trato entre unos y otras se pierde también; y la conducta — como es bien sabido –, cuando no se ajusta a la fe, la erosiona hasta el punto de poder eliminarla por completo.

En principio, pues, exceptuando las circunstancias en que la pasión queda vivificada por el espíritu (el amor limpio del matrimonio) o por el dolor (la curación de la enfermedad), o por el arte (sin subterfugios hipócritas), el desvelamiento de las unidades anatómicas aludidas, es, para el hombre o la mujer, una manera de despersonalización voluntaria, y una grave falta de respeto a la dignidad personal y a la personal dignidad de los demás. Es como bajar a un nivel infrahumano hasta reducirse al estado de cosa y objeto (mujer objeto, hombre objeto), instrumento de mero placer sensual. En fin de cuentas, prostitución, aunque no tenga lugar el consabido comercio carnal, pues hay muy diversas formas de prostituirse, y no es la menos grave la que resulta de convertirse a uno mismo en pornomanifestación, para todo el que pase por delante.

LUGARES PROSTITUYENTES

En la actualidad muchas playas, piscinas, etc., se han convertido en auténticos prostíbulos, en los que, insensatamente, sobre todo la mujer, desde su adolescencia, se prostituye al convertirse en cómplice de incontables pecados que, por lo demás, van contaminando la atmósfera espiritual que la humanidad respira. Muchas son arrastradas como juguetes por la moda, dictada tiránicamente, que se aprovecha en esos casos tanto de los bajos instintos como de la estupidez humana, por el qué dirán, por la frivolidad, la vanidad, etc., y ellas no se dan cuenta — ¿no quieren darse cuenta? — del daño que están haciéndose a sí mismas y a la sociedad.

REALISMO CRISTIANO

La Doctrina Cristiana goza de un realismo maravilloso. Llama al pan, pan y al vino, vino. Además posee la clave para conocer la razón de algunas cosas que fuera de la revelación cristiana pueden intuirse, pero no llegan a comprenderse completamente, al menos hasta su última razón de ser. Precisamente el sentido natural del pudor se explica perfectamente a la luz de lo que Dios ha revelado a la Humanidad acerca de los primeros tiempos de nuestra historia y del origen de los males que afligen a los hombres: que no está en Dios, sino en lo que se llama “pecado” (la libre desobediencia y ofensa de la criatura al Creador).

Por lo que se refiere a nuestro asunto, conviene recordar lo que dice San Pablo: hubo un tiempo en que comenzó la carne a desear contra el espíritu (Gal 5,7). Fue el momento en que nuestros primeros padres pecaron por vez primera. Las pasiones se independizaron del entendimiento; el cuerpo humano perdió aquella belleza primigenia que lo diferenciaba radicalmente del cuerpo animal.

Antes del pecado, el espíritu — entrañablemente unido al cuerpo –, se traslucía en él. La mirada del hombre (Adán y Eva) calaba sin obstáculo hasta las honduras personales de su semejante (Eva / Adán) donde la imagen de Dios — que eran cada uno de ellos — refulgía soberanamente. La pureza original del cuerpo (su participación en el ser de un espíritu puro) era contemplada por una mirada igualmente limpia, libre de cualquier concupiscencia perturbadora. Con el primer pecado, aparece la concupiscencia, que no es pecado pero al pecado inclina; el espíritu — al romper su ordenación a Dios — pierde una buena parte de su dominio y el cuerpo pierde transparencia y elegancia. Surge así la vergüenza de experimentar en la propia carne lo que la Iglesia llamaba el aliciente del pecado. El encuentro con la más bella obra de Dios en el mundo, el cuerpo humano (el masculino y el femenino), se convierte fácilmente en uno de esos alicientes. El pecado ha perturbado la razón, la sensibilidad, los sentimientos, los afectos, la persona entera. En ella se mezcla todo — aunque no del todo, ni mucho menos — con la soberbia, el egoísmo, la lujuria, y con los demás gérmenes de los pecados capitales. Ya nada es puro en el vivir humano.

Concretamente, ya no se puede evitar un sentimiento de real complicidad en un pecado común. Viendo que estaban desnudos cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores, nos dice el Génesis (3,7). Han de pedir prestado a la Naturaleza lo que de por sí no podían ya ofrecer: un aspecto humano, personal a sus cuerpos. El vestido pasa a ser, desde ese momento, el complemento necesario de un cuerpo que ha perdido su natural transparencia; que para manifestar a la persona que contiene (y su consiguiente personalidad) ha de ocultarse en buena parte, desviar de sí la atención, porque si no, la mirada del otro puede “aplastarse” sobre él y no alcanzar lo específicamente humano, lo personal, el dominio del espíritu. El vestido es lo que, después del pecado, se requiere necesariamente para tratarnos de un modo personal; no como animalillos, sino como personas. “El traje revela a la persona”, dice Hamlet. Acentúa nuestra dignidad de hijos de Dios.

LA MIRADA Y LA INTELIGENCIA

Ya hemos advertido que la vista es el sentido más cercano al entendimiento, el que le sirve mejor y con más frecuencia. “El más noble”, dirían los clásicos. Cuando no somos capaces de comprender algo, recurrimos a la expresión “no lo veo”. El intelecto impulsa a mirar más que a sentir de cualquier otro modo. Y cuando se trata de entender objetos invisibles — desde un átomo hasta al mismo Dios, puro Espíritu — nos forjamos una imagen, una idea interior “visible”, dibujada por la imaginación. El espíritu humano se nutre, sobre todo, de cosas “vistas”. Y, por otro lado, se manifiesta también visiblemente, en el hombre. Nuestro cuerpo visible revela cosas invisibles: afectos, sentimientos, actitudes, ideas… Y esta manifestación — admirable y misteriosa — del espíritu en la carne, funda y matiza todas las relaciones humanas.

Lo visto, además, es lo que suele dejar una huella más indeleble en el alma. Se conservará su imagen allá, en el archivo de los recuerdos, para emerger quizá cuando menos lo esperamos. Y, mientras tanto, agazapado, en aparente inactividad, va formando un sedimento que puede constituir un substrato rico y fecundo para el pensamiento y para la vida, o, por el contrario, un poso sórdido y envilecedor. Los ojos nos descubren la maravilla del mundo, y también su inmundicia. Ambas cosas, de algún modo penetran en el espíritu y nos afectan siempre, más o menos, en un sentido o en otro. El caso es que una mirada es importante para quien mira y también para aquel que con ella se cruza.

Dante, en virtud de la mirada — sonriente, luminosa — de Beatriz, siente que su espíritu se eleva: se encuentra transportado al paraíso en que Beatriz estaba, alcanza su altura. Vale la pena atender a este acontecimiento que también es cotidiano. Si la mirada es casi el alma hecha fluido, no es de maravillar que las personas de espíritu puro, limpio, generoso, difundan un ambiente de idénticas características, que alcance hasta lo hondo de los que se hallen en su ámbito con suficiente capacidad receptiva. Una mirada ajena, al revelarnos los misterios insondables del interior de otra persona puede enriquecer todos nuestros sentimientos. Pero también envilecerlos. Esto, claro, depende a su vez de nuestro propio espíritu. Si el mejor de los perfumes se arroja en un estercolero, se pierde irreparablemente. Podemos ganar y perder nuestra alma en sólo una mirada.

Si se quiere conservar una mirada limpia que permita ver las cosas en puridad — y guardar incontaminado nuestro espíritu –, se hace preciso seleccionar, en lo que cabe, los objetos de nuestra mirada. Debemos guardarla, reservarla para lo que enriquece el alma, guardarla bien — sin despilfarros letales –, protegerla de lo que la puede enturbiar. Si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado, dice Dios. Si tu ojo es sencillo — libre de extrañas mixturas –, si tu ojo es puro, todo tu cuerpo — todo tú, se entiende — estará lleno de luz, serás puro. ¡Grandes palabras! Palabras que nos instan a cuidar nuestra mirada y guardarla como se guarda un tesoro, como ha de guardarse el alma, que es, en rigor, la que mira, la que fluye a través de sus ventanas. ¡Que no se pierda! ¡Que no se diluya en lo sórdido! ¡Que no se embrutezca! Debe ser limpia el alma, pura, que es de Dios — sólo es de Dios –, y Dios es la Pureza. Nada suyo puede estar manchado.

Se entiende ahora lo que quieren decir los escritores espirituales, cuando nos recomiendan guardar la vista. Siempre es posible “no mirar”, aunque a veces no lo sea “no ver”. Guardar la vista es tanto como guardar el alma para nosotros mismos, para nuestros semejantes, y — lo que más importa — para Dios.

Está claro que la tarea no es fácil. En el siglo de la ecología, en el que es delito contaminar la atmósfera, el espacio exterior, los pulmones — al menos los de los demás –, resulta que ensuciar y devastar los mundos interiores — mucho más hermosos y delicados — de la persona, se presenta casi como un derecho de la economía de mercado. De modo tiránico, hipócritamente, en nombre de la democracia, se nos fuerza a una actitud de continua alerta. La ola pornográfica inunda ciudades, hogares, aulas… y no precisamente poco a poco. Si uno no está siempre “en guardia” puede perder su pureza, su mirada limpia en pocos instantes. Se hace urgente una protesta correcta pero vigorosa — con el ejemplo y con la palabra — para que el mundo redescubra la importancia del sentido del pudor y de la modestia.

PUDOR Y ELEGANCIA

Precisamente la elegancia — como ha puesto de relieve J.A. Iñiguez (en su libro Belleza y elegancia, Madrid, 1975) — es la manifestación del espíritu en la materialidad de la acción, o de la postura o del gesto, según un modo propio, personal, y una adecuación a las circunstancias. El vestido se muestra como una exigencia de la elegancia como virtud moral. Sin él, la personalidad se esfuma. Su misión es justamente velar determinadas zonas del cuerpo para embellecerlo de tal modo que al mismo tiempo que dé gusto mirarlo, la atención no quede por él absorbida y no descienda hasta un nivel infrapersonal, inhumano.

¿Quién no advierte que cuando el pudor se ausenta de la moda, ya no puede hablarse de elegancia, sino de su opuesta, la grosería? Cuando se quebrantan las leyes del pudor, el vestido no hace más que centrar la atención en lo menos original que tiene el cuerpo, lo menos personal; y, entonces, es sencillamente una estupidez hablar de elegancia o de personalidad, o de relaciones típicamente personales. En el fondo todo el mundo sabe, aunque a menudo no quiera reconocerse, que es una hipocresía hablar de la belleza o de la elegancia de una persona que se salta a la torera las leyes del pudor, mostrando en público lo que es esencialmente íntimo.

RAZON DEL PUDOR

¿Por qué el aspecto más estrictamente sexual del cuerpo pertenece a “lo más íntimo”? Por razones muy profundas, que nos llevarían muy lejos de las posibilidades de estas páginas. Resumiendo podemos vislumbrar algo de ello. Toda la moral que se refiere a la vida sexual, estriba en un punto muy olvidado y confundido en la actualidad, pero que constituye una verdad absolutamente cierta, contenida en la Revelación divina, en el Magisterio de la Iglesia y que también puede intuirse fácilmente si se atiende a las cosas como son y se muestran. Me refiero a la razón de ser y la finalidad natural del sexo: la procreación en el matrimonio legítimo. Si esto tan obvio se pierde de vista no se entiende nada de moral sexual; o, si algo se entiende, no se entiende su fundamento.

Precisamente porque la finalidad del sexo es cooperar en la creación (acto divino) de nuevas vidas humanas, que son imágenes de Dios, la sexualidad es una realidad nobilísima, dignísima, que debe tratarse con sumo respeto y máxima delicadeza. Maltratarla, usarla para propósitos ajenos a su natural finalidad, es algo siempre grave; espiritual y claramente hablando, constituye un “pecado mortal”. Hacer mal uso de la facultad de comer — la gula — puede llegar a ser pecado mortal, pero no siempre lo es. En cambio, hacer mal uso de la facultad de engendrar (imágenes de Dios, que eso somos los humanos) es siempre una monstruosidad.

Por eso, exponer el cuerpo de tal modo que fácilmente despierte deseos de utilizar el sexo al margen de su finalidad natural, es una acción moralmente grave. Por esta razón, las faltas de pudor pueden serlo. No lo son porque el sexo sea algo vergonzoso, al revés, lo son porque es una de las facultades más nobles y dignas del ser humano tal como Dios lo ha creado, hombre o mujer.

¡SI YO NO LA HE TOCADO!

Por lo demás, es preciso también recordar lo que dijo en cierta ocasión el Señor: El que mira a una mujer deseándola, ha cometido ya adulterio con ella en su corazón. En la mirada está ya el adulterio, sin que aparentemente haya pasado nada. Incluso uno puede pensar: ¡si yo no he hecho nada!¡Si ni siquiera la he tocado!¡yo no hago mal a nadie!

Pero, ¿tú — ¡tú! — no eres nadie? Tú has adulterado, tú te has corrompido al mirar de mala manera a esa mujer, es decir, al desear hacer con ella lo que es lujuria en ti e injusticia con su marido o su novio (reales o posibles) y, ante todo, con Dios. ¿O crees que los pecados lo son sólo porque Dios prohibe? No, Dios prohibe porque es pecado, y es pecado porque hace daño a la persona que eres tú, porque tú te corrompes por dentro sin darte cuenta, que es peor. ¿Y Dios, no es nadie? ¿No es una ofensa a Dios lo que El ha dicho que le ofende?

EL PUDOR ES SEÑORIO

El pudor es, pues, defensa natural ante la posible mirada sucia, furtiva, que quisiera convertir el cuerpo humano en instrumento de egoístas satisfacciones. Es también contrapeso de la concupiscencia que no requiere extraordinarios estímulos para desbordarse y anegar la pureza de alma y de cuerpo

El pudor pone sobre aviso ante los peligros para la pureza, los incentivos de los sentidos que pueden resolverse en afecto o emoción sexual extemporánea, y las amenazas contra el recto gobierno del instinto. De esta suerte, el pudor actúa como moderador del apetito sexual y sirve a la persona para desenvolverse en un clima propiamente humano, en el que el espíritu señorea sobre todo lo demás. «Bien se puede llamar (al pudor) — decía Pío XII — la prudencia de la castidad… El pudor advierte el peligro inminente, impide el exponerse a él e impone la fuga en determinadas ocasiones. El pudor no gusta de palabras torpes y vulgares, y detesta toda conducta inmodesta, aun la más leve; evita con todo cuidado la familiaridad sospechosa con personas de otro sexo, porque llena plenamente el alma de un profundo respeto hacia el cuerpo que es miembro de Cristo (cf. 1 Cor. 6,15) y templo del Espíritu Santo (Ibídem 19)» (Enc. Sacra virginitas, n.º 28).

El pudor no constituye fuerza alguna represiva, a no ser para aquellos que toman la lujuria como fuerza y no como debilidad. Para el que conoce la dignidad del ser humano, del hombre entero — alma y cuerpo — creado a imagen y semejanza de Dios y llamado a ser templo del Espíritu Santo, el pudor es entendido como un poderoso aliado para defender esa parte integrante de nuestro ser que es el cuerpo, de la agresividad de los impulsos sexuales incontrolados que quisieran convertirlo en objeto de un placer que sería traición a la finalidad que le ha impreso el Creador.

AL INTERLOCUTOR IMPERMEABLE

Pero al interlocutor impermeable, acaso le quede bailando todavía en la cabeza la vieja idea de que todo es cuestión de condicionamientos sociales, convencionalismos, costumbres, patrañas o prejuicios religiosos. Si el niño se acostumbrara a ver gentes sin más abrigo que la epidermis, la lujuria no se apoderaría de él cuando alcanzara la edad adulta, y la sociedad — continúan los naturalistas –, como sucede en los países avanzados, sería más pura; la pornografía no escandalizaría a nadie; la liberación del sexo, además, evitaría complejos innecesarios y, de la salud psíquica del individuo, se derivaría la deseada sociedad libre, paradisíaca, insensible e indiferente a lo que hoy nuestra mojigatería convierte en tentación y pecado…

Según ese punto de vista que acabo de describir, habría que felicitarse por el hecho de que la televisión, el cine, la prensa, presenten a todos los públicos esas imágenes consideradas por millones de personas inoportunos excitantes. Frente a esto ha escrito José Miguel Pero-Sanz: «Tampoco estoy muy seguro de que semejante abundancia traiga consigo una insensibilidad, una indiferencia. Cuestiones tales como la anticoncepción, los embarazos extramatrimoniales, el aborto, etc., no parecen haber desaparecido de una sociedad en la que, teóricamente, todos estaríamos curados de espanto ante cualquier provocación. Ustedes han oído como yo, mil veces la historia esa del cambio de costumbres y de la sensibilidad. Lo que, sin embargo, no he oído es que, a consecuencia de ese “acostumbramiento”, resulte hoy más fácil la virtud de la castidad».

A propósito, quizá sea bueno recordar lo que dice León Tolstoi, en La sonata a Kreutzer; al transcribir las palabras del Señor que recoge San Mateo — Yo os digo que quien mira a una mujer deseándola ha cometido ya adulterio con ella en su corazón (Mt 5, 28) –, añade de su cosecha una sentencia dura, cruda, que habría que matizar como sucede con tantas otras afirmaciones del mismo autor: «Sí — dice –, solemos enmascarar con una nube de poesía el aspecto animal del amor físico; somos cerdos y no poetas, y conviene que lo sepamos». Es un poco brutal, pero quizá conviene que lo leamos. Lo cierto es que no todo es poesía en este mundo, como no todo el monte es orégano, aunque haya orégano en el monte. Tampoco es amor todo lo que recibe este nombre sublime. La palabra ha sido tan adulterada que a los adúlteros se les llama amantes. Y así, a base de barajar y combinar palabras tales como sinceridad, naturalidad, espontaneidad, liberación, etc., muchos llegan a convencerse (?) de que todo es candor bajo el sol; parecen haber olvidado — si es que lo han sabido alguna vez — que fuimos expulsados del paraíso y que ya no estamos allí.

Recuerdo ahora aquel punto de Camino: Aunque la carne se vista de seda… –Te diré, cuando te vea vacilar ante la tentación, que oculta su impureza con pretextos de arte, de ciencia…, ¡de caridad! Te diré, con palabras de un viejo refrán español: aunque la carne se vista de seda, carne se queda (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n.º 134). ¡No digamos cuando la carne no se viste de ninguna manera!

CUIDAR DETALLES

Recordemos que también se pueden quebrantar las leyes del pudor sin mostrar siquiera un centímetro de epidermis. Basta, por ejemplo, usar una talla menor a la que corresponde; resaltar o remarcar de un modo u otro aquellas unidades anatómicas que llamábamos más impersonales e inexpresivas de lo que la persona en el fondo es; ceñir blusas, camisas, faldas, pantalones…

De otra parte, todo el mundo sabe que un levísimo gesto intencionado puede desencadenar una tempestad. Hay que estar, por tanto, en los detalles del atuendo y del gesto. El pudor, como toda virtud, estriba de ordinario en pequeñas cosas, en las que hay que estar tanto como en las grandes: quien es fiel en lo poco, también lo es en lo mucho (cf. Lc 17, 1O)

Y todo esto vale para la vida en casa, en familia, ante los hermanos, hermanas, padres, madres, primos, vecinos… Que tampoco son de piedra y, por si no bastara esta razón, merecen que nos presentemos con la dignidad propia de personas que se saben hijos de Dios.

Sobre todo cuando el sentido común se enriquece con el sentido sobrenatural, resulta fácil saber cómo adecuar el atuendo, el gesto, la postura a cada circunstancia y descubrir aquellos rasgos de la moda que no se ajustan al aspecto que debe ofrecer la persona en cada situación .

El pudor, hemos dicho, es un sentimiento natural, pero requiere una delicada educación, como acontece con tantas otras cosas. Nadie duda de que robar es transgredir una ley natural y divino positiva. Sin embargo hay que enseñar a los niños a no apoderarse de lo ajeno y, cuando esto se hace, nadie medianamente sensato piensa que se comete un atentado a la libertad del niño, ni que se le va a crear un trauma tremebundo, sino que se está ayudando a la naturaleza y a la persona a conseguir sus propias metas, a la realización de sus más altas posibilidades. Pues bien, decir que el sentido del pudor debe ser educado, y que requiere un cierto esfuerzo de atención, y en ocasiones lucha ascética, pasar más o menos calor, etcétera, no es negar su índole natural, sino más bien todo lo contrario: es afirmar que la traición a ese sentido es traición a la naturaleza, y no cabe duda de que, cuando la naturaleza se encuentra traicionada, se venga siempre y el traidor lo paga caro.

Una obra de misericordia

Tenemos pues por delante una gran obra de misericordia que hacer: vestir al/las desnudo/as. Verdaderamente la sociedad debiera ser más misericordiosa, comenzando por sus más altos dignatarios…

EL MISTERIO DE LO PERSONAL

Quisiera insistir todavía en que el pudor es la afirmación de la soberanía del espíritu, la justa exaltación de la personalidad humana. «La finura del verdadero pudor — ha escrito Giambattista Torelló — mana de altos pensamientos y fuertes pasiones, no de mentes cerradas, embotadas por prejuicios contra todo lo que sea carnal». Una de estas fuertes pasiones es la del señorío sobre uno mismo, en virtud del cual todo lo que uno es, es poseído verdaderamente por uno. Cosa que no sucede al cuerpo — que es tan personal para el hombre –, cuando se abandona a la posesión — intencional al menos — de cualquiera. Así el cuerpo — y también la persona a la que pertenece — se convierte en cosa de nadie por lo mismo que es cosa de todos. Y entonces, puede decirse con todo el rigor popular de la expresión, que esa persona, de tal guisa abandonada, es una cualquiera. Esta es la realidad.

Escribí hace bastante tiempo en algún lugar: «si la mujer pierde el pudor, rompe su propio e integral misterio: aquello precisamente que le permitía ser más que cosa, es decir, persona, algo esencialmente misterioso e inagotable y de alguna manera eterno e infinito. De este modo cierra las puertas al amor, que sólo es capaz de brotar en un acto, en un momento, en un clima de pudor. No es posible hablar de amor que no haya tenido este origen maravilloso».

El pudor mantiene también el misterio que es esencial a la mujer. No hay que olvidar que lo que no es misterioso no es capaz de ofrecer un interés duradero. Las cosas captan la atención cuando presentan al hombre algún enigma. Cuando éste se desvanece, se pasa a otra cosa y aquello se olvida. Una mujer sin pudor es una cosa agotable y quizá ya agotada, sin misterio. Pronto cesará su periférico encanto y el vacío — súbita o progresivamente — la llenará por completo; la angustia — que no es cosa de broma — morderá su alma, quién sabe si irremediablemente.

Al principio, cuando se destapa el cuerpo, parece que la poderosa esencia femenina lo inunda todo y la que tiene poco seso en la mollera piensa que ha ganado en feminidad. Pero todo el mundo advierte que aquel es un cuerpo sin alma. Algo terminado en “o” — el cuerpo — ha suplantado ese otro algo tan misterioso y necesario, terminado en “a” — el alma -. Y ¿qué es una mujer sin alma? ¿qué es una mujer des-almada? ¿Dónde está, a dónde se fue su femineidad? Ha perdido estúpidamente lo mejor de sí misma: ha vendido su alma al diablo. El aroma de su verdadera y poderosa esencia se ha desvanecido para siempre y ya no queda más que un tarro vacío, sin esencia ni nada. Lástima. Con un poco más de seso en la cabeza, esa misma mujer hubiera podido hermosearlo todo con su presencia, con su alma enriquecida por el cultivo de las virtudes humanas y las más específicamente cristianas; y las más puras características de su esencia hubieran asomado encantadoramente en sus ojos, en su sonrisa, en su gesto, en su porte. Pero un cuerpo sin alma se pudre y lo pudre todo, porque, sin alma, el cuerpo es un cadáver en trance de putrefacción y, en tales condiciones — si se me permite hablar así –, el alma incorruptible viene a ser un alma sin alma en la que nada se encuentra sino la espantosa soledad:

Tres versos: ¿para qué más?
Si con tres sílabas basta para decir el vacío
del alma que está sin alma: ¡Soledad!

Son versos de José María Pemán.

Si la mujer, en el sentido apuntado, pierde su alma ¿qué será del alma del mundo, de la humanidad toda? ¿Qué será del hombre, si la mujer deja de ser la guardiana y defensora de lo más íntimo, de eso tan íntimo y personal que es ella misma? ¿Cómo pretende dejar de ser contemplada como objeto, si ella misma se presenta como tal? ¿por qué se queja, entonces? ¿Por qué compra — y hasta lee — revistas y asiste a espectáculos en los que la mujer no es más que un cosa, un mero instrumento de lujuria, un trapo sucio y detestable cubierto — eso tal vez sí — de quincallas y oropeles? ¿Cómo es posible que consienta en ser cómplice de bastardos intereses masculinos? ¿Por qué no se valora más a sí misma de verdad, con hechos más que con palabras?

Pero estoy generalizando demasiado. Se entiende, supongo, lo que quiero decir: que, si se quiere “promocionar” a la mujer hacia todas las posiciones de las que es digna en la sociedad, lo primero que hace falta es vestirla, alargar esas faldas que no se sabe si son faldas cortas o cinturones anchos. Vestirla con sencillez y elegancia, lo cual supone atenerse, antes que nada, a las leyes fundamentales del pudor y de la modestia.

Vale la pena, porque hay algo en el aspecto y en la actitud de una mujer sensata que permite a la mirada del hombre, descubrir en ella ese más — más que cuerpo, más que objeto — que es el alma, la persona y eso que llamamos personalidad: una vida interior impalpable, pero rica y, por ello, incontenible, que se traduce al exterior en mil detalles que apenas se perciben en su individualidad, pero que crean en el ambiente un no se sabe qué que sirve de verdad, porque eleva la mirada que — lejos de aplastarse en un cuerpo opaco, sin alma — alcanza los estratos más hondos de la persona, hasta el punto donde se descubre esa imagen de Dios que es la mujer, como lo es el hombre.

Fijemos, por fin, nuestra mirada en la Mujer que compendia todo el encanto de la Creación: Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra. Invoquémosla confiadamente. Pidámosle que interceda por todos los hombres, por todas las mujeres. Para que unos y otras sepamos comportarnos siempre, cualesquiera que sean las circunstancias, de acuerdo con la dignidad de los hijos de Dios. Que este mundo nuestro descubra de nuevo la relevancia de esa humilde y poderosa virtud que ha sido tema de nuestras reflexiones; que recupere y nos ayude a todos a recuperar el respeto y veneración al misterio sagrado de lo personal.

Ne timeas, Maria! –¡No temas, María!… –Se turbó la Señora ante el Arcángel.
–¡Para que yo quiera echar por la borda esos detalles de modestia, que son salvaguarda de mi pureza! (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 511).

Antonio OROZCO

2 comentarios en “El pudor: defensa de la dignidad personal

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