EN LAS FUENTES DE LA ALEGRÍA

(Recopilación y engarce de textos por el canónigo F.Vidal)

(cap. 7-8)

DOCTRINA DE SAN FRANCISCO DE SALES
7. LA PAZ INTERIOR (primera parte)
Hay que vivir con paz siempre y en todo
La paz nace de la humildad
El desprecio de las críticas y de las calumnias
La abnegación de la propia voluntad y la mortificación de lo
Amistades buenas y amistades malas
El desprendimiento de los bienes de este mundo

8. LA PAZ INTERIOR (segunda parte)
Las tentaciones
Escrúpulos, cavilaciones sobre sí mismo, miedo al futuro
La excesiva solicitud natural

7. LA PAZ INTERIOR (primera parte)

Hay que vivir con paz siempre y en todo

«Nuestro Señor nos dará su paz cuando nos sometamos a vivir con mansedumbre en la guerra».

San Francisco de Sales escribía en 1605 a la abadesa de Puits d’Orbe:

«Hay que vivir con paz siempre y en todo. Si tenemos una pena interior o exterior, debemos recibirla con paz. Si nos llega una gran alegría, hay que recibirla con paz, sin estremecernos por ello. Si hay que huir de un mal, que sea con paz, sin turbarnos; de no hacerlo así, podríamos caernos al huir, dando facilidad al enemigo para matarnos. Si hay que hacer el bien, hagámoslo con paz, pues si nos apresuramos, cometeremos muchas faltas. Hasta la penitencia hay que hacerla con paz; decía un penitente: mi amargura se me volvió paz».

En esa misma carta el obispo indicaba a la abadesa el medio de mantenerse continuamente en paz:

«Hagamos tres cosas, mi queridísima hija, y tendremos paz: tengamos la recta intención de querer en todo el honor de Dios y su gloria, hagamos de nuestra parte, con este fin, lo poco que podamos, según el consejo de nuestro padre espiritual, y dejemos que Dios cuide de lo demás. Quien tiene a Dios por objeto de sus intenciones y hace lo que puede, no tiene por qué atormentarse, ni turbarse, ni temer. ¡No, no! Dios no es tan terrible para con los que ama. Se contenta con poco porque sabe bien que no tenemos mucho. Sabed, mi querida hija, que en la Escritura se llama a nuestro Señor Príncipe de la Paz, y, por tanto,.allí donde Él es el dueño absoluto, todo está en paz. Pero también es cierto que antes de traer la paz a un lugar, trae la guerra, separando al corazón y al alma de sus más queridos, cercanos y ordinarios afectos, como son el desmesurado amor de sí mismo, la confianza en sí mismo, la complacencia en sí mismo y otros afectos semejantes.

Cuando nuestro Señor nos separa de estas pasiones tan queridas y acariciadas, parece que nos desuella el corazón en vivo, por lo que sentimos mucha amargura y casi no se puede impedir que se resista uno con toda el alma, porque esa separación es dolorosa. Sin embargo, esa resistencia del espíritu es con paz, y, aunque agobiados por la pena, nuestra voluntad sigue resignada ante la de nuestro Señor y la tenemos allí, clavada a su divino beneplácito y sin dejar nuestra tarea y nuestros trabajos, sino haciéndolos con mucho ánimo».

Esa página contiene en resumen todo un tratado sobre la paz interior. Nos señala su fuente, que es Cristo, y nos hace entender claramente que la renuncia, tan indispensable a la pureza de intención que no busca sino el honor y la gloria de Dios, es una condición imprescindible para esa paz interior.

Pidamos al obispo de Ginebra que nos amplíe estas líneas tan sustanciales y sigamos el plan que ellas nos trazan. Lo que atormenta y turba al alma que tiene a Dios como único objetivo son las inclinaciones depravadas de su naturaleza caída: el orgullo, la sensualidad, el amor a la comodidad, la avaricia y el apego a los bienes del mundo, consecuencias todas del amor desordenado de sí mismo, del cual exige Dios que apartemos nuestro corazón y nuestra alma, por ser tentaciones del demonio; ciertos defectos que nos repliegan sobre nosotros mismos: escrúpulos, pensar demasiado en sí, vanos temores respecto al futuro, una malsana «complacencia en sí mismo» que hace desaparecer la confianza en Dios e impide abandonarse a Él. Y a todo esto añadamos el fruto sutil de la «confianza en sí mismo» que es el apresuramiento natural, al cual san Francisco de Sales mira como «la peste de la devoción» y el obstáculo más corriente contra la paz interior.

La paz nace de la humildad

Las tendencias depravadas que llevamos dentro: orgullo, sensualidad, apego a los bienes de la tierra…, constituyen poderosos obstáculos para la paz interior, si no estamos vigilantes para mortificarlas.

¿Cómo podría tener paz el orgulloso, si tiene el alma agitada sin cesar por movimientos de ambición, envidia, susceptibilidades, celos?

«La paz nace de la humildad», escribía san Francisco de Sales a una de sus hijas espirituales, a la que declaraba sin rodeos:

«Hay que suavizar y quebrantar ese corazón, mi queridísima hija, y cambiar nuestro orgullo por humildad y resignación» para tener paz.

El alma generosa que no retrocede ante esta difícil tarea, verá sus esfuerzos generosamente re-compensados por la paz que disfrutará:

«Tenéis que trabajar por conquistar la santa humildad que el mundo no conoce, como no conoce la paz que ella da» .

Quizá penséis que no conocéis el orgullo, -el orgullo que se complace pensando en la propia excelencia y que no tiene más que dureza y desprecio para los demás-. Pero, ¿sois verdaderamente humildes? No lo sois pues no aceptáis la miseria de vuestra condición humana; os turbáis por las críticas malintencionadas y las calumnias; no estáis desprendidos de toda voluntad propia y de todo deseo personal.

Creéis pertenecer a una especie superior a la de la humanidad pecadora, puesto que os sorprende y apena la vista de vuestras imperfecciones y faltas. Qué acertadas reflexiones las que san Francisco de Sales hace en una carta a la Sra. Bourgeois, abadesa de Puits d’Orbe, que le había consultado acerca de «la paz y la humildad»:

«Lo que nos turba es el amor propio y la estima que tenemos por nosotros mismos. ¿Qué significa que nos turbemos, nos asustemos y nos impacientemos cuando caemos en alguna imperfección o pecado? Significa que creíamos ser algo bueno, seguro y firme; por eso, al constatar que no es así y que hemos caído de bruces, nos sentimos engañados y, por ello, turbados, ofendidos e inquietos. Si hubiéramos sabido lo que somos, en lugar de quedarnos estupefactos por vernos en tierra, nos asombraríamos de haber podido mantenernos en pie».¡Qué venda nos pone en los ojos el gran aprecio que hacemos de nuestra excelencia personal! «El amor por nosotros mismos nos ofusca a menudo: hace falta tener los ojos bien cerrados para no decepcionarnos al ver lo que somos».

El Santo tenía en singular estima a la la Fléchére, de la que había dicho: «Aunque no tuviera más que esta perfecta oveja en mi redil, me compensaría ser Pastor de esta desolada diócesis. Después de la Chantal creo que no he encontrado un alma más fuerte en un cuerpo femenino, más inteligente y con una humildad más sincera».A esta oveja perfecta le decía:

«No está bien que sintáis inquietud y pena al conocer vuestra nada, pues, aunque la causa es buena, sus efectos no lo son. No, hija mía, el conocimiento de esa nada no os debe turbar, sino suavizar, humillar y rebajar; el amor propio es el que nos hace impacientarnos al vernos viles y abyectos. Os suplico, por nuestro común amor, que es Jesucristo, que viváis consolada y tranquila en medio de vuestras debilidades. Yo me glorío de mis debilidades, dice el gran san Pablo, a fin de que la fuerza de mi Salvador habite en mí. Sí, porque nuestra miseria sirve de trono para que la bondad soberana de nuestro Señor sea reconocida».

A otra de sus dirigidas escribía:

«No nos aflijamos si nos oprime el peso de nuestras malas inclinaciones; amemos la abyección que de ello nos viene. No sabéis la fuerza que tiene la humildad: cambia en oro el plomo de nuestras debilidades; la humildad es la que opera esta santa metamorfosis. Procurad que ese saludable bálsamo reine siempre en vuestra alma».

Permaneceremos, pues, en paz en medio de nuestras debilidades aceptando humildemente nuestra miseria natural. Sabemos muy bien que el amor propio que llevamos dentro y que nos hace preferirnos orgullosamente a los demás, puede ser mortificado pero jamás arrancado de nuestros corazones; contentémonos con vigilar sus movimientos y poder, alguna vez, rechazarlos.

«El amor propio puede ser mortificado en nosotros; pero no muere jamás. Por eso, de vez en cuando, echa retoños que prueban que, aunque lo hayamos cortado por el tronco, las raíces siguen allí. Esa es la causa de que no nos consuele como debería consolarnos el ver que otros obran bien. Lo que nosotros no tenemos, no nos gusta; en cambio, lo que vemos en nosotros nos parece hermoso, porque nos amamos tierna y amorosamente. Si tuviéramos la verdadera caridad, que nos hace tener un solo corazón y una sola alma con el prójimo, nos consolaría mucho verle hacer el bien…No nos asombremos de encontrar en nosotros el amor propio, pues está ahí, agazapado. Algunas veces, duerme como un zorro y de repente se lanza sobre las gallinas. Por eso hay que vigilarlo constante y pacientemente, y defenderse de él con suavidad. Y si alguna vez nos hiere, la manera de curarnos será desdecirnos de lo que él nos ha hecho decir y reparar lo que nos ha hecho hacer».

Como sus raíces penetran hasta las fibras más íntimas de nuestro ser, nunca podremos dominar completamente esos primeros movimientos que produce en nosotros. Pero podemos tratar de moderar su vehemencia y disminuir su frecuencia mediante una vigilancia activa, solícita por nuestro progreso en la virtud e inspirada en el amor de Dios.

«El amor propio, la estima de nosotros mismos, la falsa libertad de espíritu, son raíces que no pueden ser fácilmente arrancadas del corazón humano, pero se puede impedir que den sus frutos, que son los pecados. Porque sus instigaciones, sus arrebatos, sus brotes, es decir, sus primeros ímpetus o primeros movimientos, nunca se pueden impedir del todo mientras estemos en esta vida mortal, aunque sí se pueden moderar y hacerlos disminuir en número y ardor mediante la práctica de las virtudes contrarias, y, sobre todo, del amor de Dios. Por tanto, hay que tener paciencia, y poco a poco ir enmendando y arran-cando nuestros malos hábitos, domando nuestras aversiones y venciendo nuestras inclinaciones y nuestro temperamento según los casos; pues, muy querida hija mía, esta vida es una continua guerra».

Y en esta continua guerra contra los extravíos de nuestra naturaleza, tenemos que conservar la serenidad de espíritu, sin que nos asombren sus miserias. A lo mejor un simple rechazo es preferible a una lucha a viva fuerza.

«No permitáis que vuestro espíritu se detenga a considerar esas miserias; dejad hacer a Dios, que de ahí sacará sin duda algo bueno. No reflexionéis sobre lo que de vuestra naturaleza se mezcla en vuestros actos. No penséis en vuestros brotes de amor propio; con rechazarlos dos o tres veces al día, basta. Y no los rechacéis a viva fuerza; un pequeño `no’es suficiente».

No nos inquietemos tampoco por esos accesos de cólera que nos asaltan con fuerza, ni por la amargura que queda cuando hemos sufrido violentos ataques. Nos basta con procurar tranquilizar nuestro espíritu.

«He visto, queridísima hija, vuestro arrebato de cólera y repugnancia frente a los que os tratan con aspereza. Tenéis que serenar vuestro espíritu, pues eso es algo que sabemos de memoria: sabemos que nuestra naturaleza hierve con acritud de mil maneras cuando somos atacados, y nuestro amor propio nos sugiere muchos sentimientos malos contra los que nos atacan. Pero, gracias a Dios, al fin resistimos, y no nos dejamos llevar del mal; nos tambaleamos, pero al menos no caemos del todo. Es una buena ocasión para humillarnos, para confundirnos un poco y para practicar la aceptación de nosotros mismos. Per-maneced, pues, en santa paz».

Una vez que nos hemos dado a Dios, la paz y la alegría que la acompaña no disminuyen jamás por las imperfecciones que se nos escapan y que tanto sentimos:

«Mantened el ánimo levantado, os lo suplico, queridísima hija, por la confianza que debéis tener en nuestro Señor, que tanto os ha amado al daros tantos humildes atractivos a su servicio, y os ama porque continúa dándooslos, y os amará al daros la santa perseverancia. De verdad que no entiendo cómo las almas que se han entregado a la divina bondad no están siempre alegres. Porque, ¿hay mayor dicha que ésa? Ni las imperfecciones nos deben turbar, porque no queremos tenerlas ni poner en ellas jamás nuestro afecto. Por tanto, quedaos en paz, con dulzura y humildad de corazón».

Ni siquiera los pecados deben alterar la paz de nuestra alma, porque «todo se convierte en bien para aquéllos que aman a Dios». No se cansa uno de leer esa página en la que se siente el soplo poderoso de una fe que nos alza del abismo de nuestra miseria para echarnos, llenos de confianza, en la misericordia del Dios de toda bondad.

«Todo se convierte en bien para aquellos que aman a Dios. Y, en verdad, si Dios puede y sabe sacar bien del mal, ¿cómo no lo va a hacer con aquellos que sin reserva se han dado a Él? Sí, incluso los pecados -Dios nos libre de ellos- se convierten, por la divina Providencia, en un bien para los suyos. Nunca hubiera llegado David a una humildad tan grande si no hubiera pecado; ni la Magdalena hubiera alcanzado ese gran amor a su Salvador si Él no le hubiera perdonado tantos pecados; y nunca se le hubieran perdonado si no los hubiera cometido.

Ya veis, querida hija, qué gran artífice de la misericordia es Dios: quiere convertir nuestras miserias en gracia y convierte en antídoto para nuestras almas a la misma víbora de nuestras iniquidades. Por eso, decidme, ¿qué no hará con nuestras penas, con nuestros trabajos, con las persecuciones de que somos objeto? Cuando os llegue un disgusto, sea cual sea, decid a vuestra alma que si ella ama mucho a Dios, todo se le convertirá en bien. Y, aunque no veáis cómo os puede llegar ese bien, seguid segura de que lle-gará. Si Dios os echa el barro de la ignominia en los ojos es para daros una vista mejor y para que contempléis un espectáculo maravilloso. Si Dios os derriba, como a san Pablo, al que hizo caer por tierra, es para levantaros a mayor gloria».”

El desprecio de las críticas y de las calumnias

También procede del orgullo la turbación que nos causan las críticas y calumnias.

¿Las críticas? Cuando con prudencia hemos decidido llevar a cabo un proyecto que ya habíamos confiado a Dios, no nos dejemos influir por los juicios más o menos benévolos que se hagan de nosotros.

«Nada se hace en este mundo sin que protesten los espíritus estrechos y malévolos; y de todo, aun de las mejores cosas, sacan inconvenientes cuando quieren murmurar».

«El mundo hablará, ¿y qué dirá? Nada que merezca la pena para los que no lo miran sino para despreciarlo, y que no consideran el tiempo sino como un medio de lograr la eternidad».

En cuanto a las calumnias, no nos preocupemos de sus mordeduras. El mejor remedio para este mal es el silencio. «En esas circunstancias, el silencio cura más en una hora que el resentimiento en un año». Y aún es mejor el desprecio. Sobre todo, no se os ocurra nunca entablar un proceso para reparar el mal que ha sufrido vuestra reputación. «Que esa buena señora me crea y que no se le ocurra entablar un pleito por esas historias, ya que sería multiplicar el mal en lugar de sofocarlo. Una mujer que tiene bien fundamentado su honor, no lo pierde nunca; nadie cree esas malignas difamaciones, ni a esos chismosos: se los tiene por unos maliciosos. El mejor medio para reparar las ruinas que ocasionan es despreciar sus lenguas, que son los instrumentos de que se valieron, dando como respuesta una santa modestia y compasión».«Tengo una experiencia reciente de la inutilidad o, mejor dicho, del daño que traen consigo los pleitos en estos casos, en una de las más virtuosas señoras del Máconnais, que quedó muy mal por no haber seguido mi consejo y escuchar la impetuosidad de la pasión de sus padres. Creedme, mi querida hija, el honor de las personas de bien está en las manos de Dios, que algunas veces permite sea atacado para ejercitarnos en la paciencia, pero nunca lo deja caído en tierra sino que lo levanta enseguida».

San Francisco de Sales siente «una aversión profunda… por los pleitos, las contiendas y las disputas.» Llega hasta aprobar que se entregue a quien la reclama injustamente, una suma de dinero que no le corresponde, pues piensa que nunca se compra demasiado caro el bien de la paz.

«Puesto que el R. Padre y vos misma -escribe a la Sra. de Chantal- veis bien dar la cantidad

que me decís, también yo lo apruebo porque es más conforme a la dulzura que nuestro Señor quiere para sus hijos… La paz es tan santa mercancía que merece ser comprada muy cara».

Si se pensara en las molestias y daños que causa un proceso, se vería claramente que es preferible siempre «despreciar el desprecio».

«En resumen, querida hija, mi deseo al querer disuadiros de que prosigáis ese mal pleito no se basaba en desconfiar de vuestro derecho, sino en la aversión y mala opinión que tengo de todos los procesos y litigios. Verdaderamente, muy buenos tienen que ser los resultados para que compensen los gastos, las amarguras, las preocupaciones, la disipación del corazón, los comentarios que despiertan y multitud de otras cosas desagradables que suelen aportar. Sobre todo, considero molestos e inútiles, por no decir per-judiciales, los procesos por injurias o incumplimiento de promesas, si no existe un interés real en ellos; porque los pleitos, en lugar de acallar las injurias, las publican, las propagan y las prolongan; y en lugar de conseguir el cumplimiento de tales promesas, logran exactamente lo contrario. Como veis, queridísima hija, yo creo que el desprecio y la muestra de generosidad que se dan al desdeñar la debilidad y la inconstancia de quienes no cumplen la palabra dada, es el mejor remedio de todos. La mayoría de las ofensas se rechazan mejor por el desprecio que por ningún otro medio; la vergüenza es entonces para el ofensor, no para el ofendido»

Y ¿cómo conservar la paz del alma transgrediendo las máximas del Evangelio? La Sra. des Gouffiers era una antigua religiosa del Paraclet, muy adicta a la Visitación. Esta señora «de muy buen natural… pero muy aficionada a las grandezas y dignidades» y con un carácter que «apenas encontraba una persona a su gusto… muy pronta para sacar faltas y muy sensible cuando le decían las suyas», siempre estaba pleiteando con sus parientes. Como tenía «enorme dificultad a toda sumisión», san Francisco de Sales no conseguía calmarla en su afición a los pleitos. Y acerca de ella escribe así a la Sra. de Chantal:

«Hablamos mucho de ser hijos evangélicos, pero apenas se encuentra alguien que tenga para con las máximas del Evangelio la estima debida. Tenemos demasiadas pretensiones y proyectos, queremos demasiadas cosas: queremos tener los méritos del Calvario y las consolaciones del Tabor al mismo tiempo, los favores de Dios y los favores del mundo.

¡Pleitear! No, de ninguna manera. Al que te quiera quitar la túnica dale también el manto. ¿Qué piensa ella? Cuatro vidas suyas no bastarían para solucionar su caso por medio de la justicia. Que muera de hambre y sed de justicia, así será bienaventurada. ¿Es posible que sus hermanas no le quieran

dar nada? Y si es así, ¿cómo pueden los hijos de Dios querer tener todo lo que les corresponde cuando su Padre Jesucristo no quiso nada de un mundo que le pertenecía? ¡Dios mío!, le deseo todo bien pero sobre todo la dulzura y la paz del Espíritu Santo; que esté segura de mis sentimientos para con ella, ya que puedo decir que sé que son según Dios. ¿Qué necesidad hay de tanto trajín por una vida tan pasajera y de poner marcos dorados a una imagen de papel? Le digo paternalmente mi opinión porque la quiero, en ver-dad, extraordinariamente; y lo digo delante de nuestro Señor, que sabe que no miento».

Él mismo, cuando llega el caso, perdona de todo corazón, disimula y desprecia la ofensa: «En cuanto a mí, yo no me querellé y perdoné de corazón la insolencia que, sin duda, fue premeditada y sin que yo hubiera ofendido ni a los amos ni a los criados; pero sé a ciencia cierta que hay que disimular mucho y olvidar todas las ofensas; es la manera de mantener la paz y de ganar los corazones más desconsiderados».

La abnegación de la propia voluntad y la mortificación de los deseos

Si fuéramos verdaderamente humildes, no nos empeñaríamos en apegarnos a nuestra propia voluntad, sino que gustosamente nos plegaríamos a los puntos de vista del prójimo y viviríamos abandonados en Dios, mortificando incluso nuestros deseos. ¡Y qué paz tendríamos!

¿Cómo pueden aspirar a la perfección las religiosas que no consienten en abandonar sus preferencias personales? No es posible la paz para quien no quiere obedecer. Bien lo sabe el demonio; por eso nos empuja a la austeridad de vida y nos hace despreciar la renuncia de la voluntad propia y la mortificación del corazón.

«Al maligno no le preocupa que nos desgarremos el cuerpo, con tal de que hagamos nuestra propia voluntad; lo que él teme no es la austeridad, sino la obediencia. Y ¿qué mayor austeridad que tener la voluntad continuamente sujeta y obediente? Permaneced en paz. Sois muy amante de esas penitencias voluntarias, si es que se puede llamar penitencia a lo que es obra del amor propio. Cuando tomasteis el hábito, después de muchas oraciones y consideraciones, pareció bueno que entraseis en la escuela de la obediencia y de la renuncia de vuestra voluntad, y no que permanecieseis abandonada a vuestro propio juicio y a vos misma. No vaciléis, permaneced donde nuestro Señor os ha puesto. Es cierto que ahí tenéis muchas mortificaciones de corazón al veros tan imperfecta y tan digna de ser corregida y reprendida continuamente. Pero ¿no es la mortificación del corazón y el conocimiento de vuestra propia pequeñez lo que debéis buscar? Me decís que no podéis hacer cierta penitencia que quisierais. Pero decidme, mi queridísima hija, ¿qué mejor penitencia puede hacer quien comete muchas faltas que la de sufrir una continua cruz y la abnegación de su amor propio?».

La Madre Favre tenía razón al ser intransigente en este punto:

«Hacéis bien, querida hija, en no permitir cortapisas ni condiciones; porque si se admitiera a personas de esta clase, pronto la Congregación se llenaría del más sutil y por tanto más peligroso amor propio que puede haber. Una pondría como condición comulgar todos los días; otra, oír tres misas; otra, hacer cuatro horas de oración, y otra, servir siempre a los enfermos, y así, cada una seguiría su capricho o su presunción en vez de seguir a nuestro Señor crucificado. Las que entran deben saber que la Congregación está solamente para servir de escuela y de guía hacia la perfección y que a ella encaminará a todas las jó-venes por los medios más convénientes, que serán los que no escojan. `El que se gobierna a sí mismo, dice san Bernardo, tiene a un loco por gobernante’… Que esa joven viva en paz poniéndose en brazos de su Madre, que la ayudará y la conducirá por el buen camino».

¡Qué difícil y qué poco frecuente es mantenerse en el perfecto desprendimiento!

«Me asombran esas Hermanas que se apegan tanto a sus cargos; ¡qué pena, mi queridísima hija! Quien únicamente está apegado al Maestro le sirve siempre alegre y siempre igual en cualquier cargo… Y me asombra aún más esa otra Hermana que no está contenta donde está. Los que están sanos, no tienen dificultad con el clima, pero hay quien no puede vivir sino cambiando siempre de aires. ¿Cuándo llegará el momento en que sólo busquemos a Dios?».

«Siento mucho que nuestra Hermana Juana María tenga el capricho de cambiar de Casa. ¿Cuándo llegará el día en que nada queramos sino que dejemos el cuidado de todo lo que necesitemos a quien corresponde? Pero no hay remedio: la propia voluntad está frenada por la obediencia, y sin embargo no se le puede impedir que proteste y que tenga caprichos; hay que soportar esa debilidad. Pasará mucho tiempo antes de que nos despojemos completamente de nosotros mismos y de nuestro pretendido derecho a juzgar lo que nos conviene y a desearlo. ¡Cuánto admiro al Niñito de Belén, que sabía tanto, que podía tanto y sin decir palabra se dejaba manejar, fajar, sujetar y envolver como querían!».3

En lo que a él respecta, vivía en paz. Veamos cómo acoge la recomendación que le hace la Sra. de Chantal de mantenerse en la humildad:

«¡Oh, mi querida hija! Qué alegría me disteis el día que me recomendasteis la santa humildad. Sabed que cuando el viento se encierra en nuestros valles, entre nuestras montañas, marchita las florecillas y arranca los árboles; así que yo, que estoy colocado en sitio muy elevado por mi cargo de obispo, estoy expuesto a muchas más molestias. ¡Oh Señor, salvadnos! Mandad a los vientos de la vanidad que se apacigüen y vendrá una gran calma».

Nunca se aferraba a su modo de ver y con gusto posponía sus sentimientos para seguir los del otro.«No creo saber tanto que no me sea muy fácil o, incluso extremadamente fácil, renunciar a mis ideas y seguir las de aquéllos que tienen motivos para saber mucho más que yo. Y no me estoy refiriendo solamente a esa buena Madre” sino también a otra menos importante».

La paz va inundando su alma en la medida de su abnegación. Leed la carta que escribe a la Madre Favre, superiora del monasterio de la Visitación de Lyon, informándola de qué está conforme y con una humildad sin igual, con el parecer de Monseñor de Marquemont, y que acepta que la Visitación, que él hubiera deseado se quedase en simple Congregación, modesta y sin clausura, se convierta en una Religión formal, o sea, una Orden religiosa aureolada por el venerable resplandor que confieren la clausura y los votos solemnes.

«Lo importante es que he aceptado todo esto con una dulzura, una tranquilidad y una suavidad

sin igual. Y no sólo mi voluntad, sino mi juicio ha aceptado con facilidad someterse y rendir el homenaje debido a ese digno prelado, porque ¿qué pretendo yo con todo esto sino que Dios sea glorificado y que su santo amor se difunda más abundantemente en los corazones de esas personas que se sienten felices de haberse entregado enteramente a Él? Las Congregaciones y las órdenes no son diferentes ante su divina Majestad y para el Señor los votos de unas tienen tanta fuerza como los de las otras. El nombre de Congregación, al no ser tan importante ni tan honorífico, me gustaba más. Pero con gusto (ya veis, hija mía, que lo digo humildemente) acepto que sea una Orden religiosa, con tal de que sus Constituciones sean lo suficientemente flexibles como para poder recibir en ella a personas débiles, para que las viudas encuentren allí un lugar de retiro y las mujeres del mundo un refugio para avanzar en el servicio de Dios».

Si San Francisco de Sales goza así de la dulzura de la paz es porque jamás ha buscado otra cosa que la gloria de Dios; y ésa es también la meta a la que quiere que todos tendamos. En ese sentido, escribe así:

«En suma, no hay que querer las cosas malas, hay que querer poco las buenas y querer sin límites el único bien divino, que es Dios mismo».

Y por supuesto, sin aferrarnos a los que solamente son medios para servirle.

«Ciertamente, no hay que querer más que a Dios, absoluta, invariable e inviolablemente; pero los medios de servirle no debemos quererlos demasiado porque si se nos impidiese emplearlos, no nos crearían demasiados problemas. Hay que querer poco todo lo que no es Dios».”

Censura a una religiosa que tiene todas sus delicias en la oración, y teme no poder contentarse con media hora al día, si se le mandara.

«Cuánta previsión demuestra al decir que quizá por poco tiempo resistiría con solamente media hora de oración, pero que no podría acostumbrarse a ello si fuera para siempre. La verdadera sierva de Dios no se preocupa del mañana: hace fielmente lo que Él le pide hoy; mañana hará lo que le pida y lo mismo pasado mañana, sin decir esto ni lo otro. Así es como hay que unir la voluntad, no a los medios de servir a Dios, sino a su servicio y a su beneplácito. No os preocupéis del mañana ni digáis: ¿qué comeremos, con qué nos vestiremos, de qué viviremos? Vuestro Padre celestial sabe que necesitáis todo eso. Buscad únicamente el Reino de Dios y se os dará todo lo demás. Y esto se aplica tanto a lo espiritual como a lo temporal. Por tanto, que esa joven adopte un corazón de niño, una voluntad de cera y un espíritu desnudo y despojado de toda afición, menos la de amar a Dios; y los medios para amarle le deben ser indiferentes».

Además de la propia voluntad, también se oponen a la paz interior los deseos inconsiderados que surgen en nosotros. Sobre todo en los comienzos de una fervorosa vida espiritual es cuando el alma apasionada por la perfección, se ve invadida y como agobiada por una multitud de deseos. Deberá disciplinarlos, regularlos y tratar de llevar a cabo los que estén a su alcance y sean aptos para conducirla a la práctica de las virtudes necesarias a su estado de vida.

«Cuando el alma ha dejado las concupiscencias y se ha purificado de sus inclinaciones malas y mundanas, como una persona hambrienta, al encontrar objetos espirituales y santos, se llena de tantos deseos y con tal avidez que acaba agotada… Si no ponéis en práctica algunos de esos deseos, se os irán multiplicando cada vez más, enredarán vuestro espíritu y no sabréis cómo libraros de ellos. Hay, pues, que hacerlos efectivos. ¿Pero en qué orden? Primero, los más visibles y externos, que están más en nuestras manos: por ejemplo, nadie dice que no debéis tener deseo de servir a los enfermos por amor de nuestro Señor, de hacer servicios bajos y sencillos en la casa, por humildad; esos son deseos básicos, sin los cuales los otros deben ser tenidos por sospechosos y despreciables. Pues bien, ejercitaos en la puesta en práctica de esos deseos, que la ocasión no os faltará. Es algo que está en vuestro poder y debéis hacerlo, ya que vano sería proyectar cosas que no están a vuestro alcance o que son muy remotas dejando de hacer las más fáciles. Así que ejecutad fielmente los deseos bajos y serviles de la caridad, los de la humildad y otras virtudes y veréis qué bien os va. Magdalena tiene que empezar por lavar los pies del Se-ñor, besarlos y enjugarlos, luego tendrá íntimos diálogos con Él en el secreto de la meditación, y tendrá que derramar el ungüento sobre el cuerpo de Jesús antes de derramar el bálsamo de su contemplación sobre su divinidad. Es buena cosa desear mucho, pero hay que poner orden en los deseos y después llevarlos a cabo, cada uno en su momento oportuno y según vuestras posibilidades».

Por lo demás, no debemos inquietarnos por no realizar todos nuestros deseos; aspiremos siempre a mayor perfección, sin jamás estar satisfechos de nosotros mismos.

«Ningún siervo de Dios puede dejar de tener este deseo: ¡Oh, cómo quisiera servir mejor a Dios! ¡Ay!, ¿cuándo le serviré según mis deseos? Y como siempre podemos mejorar, parece que la puesta en práctica de tales deseos no encuentra otro impedimento que nuestra falta de resolución; pero eso no es así, porque también es gran obstáculo la condición de esta vida mortal en la que siempre nos es más fácil desear que hacer. Por eso los deseos son buenos y nos hacen mejores, inflamando nuestro corazón y animándolo a avanzar».Porque encienden el corazón y lo animan a avanzar es por lo que san Francisco de Sales con-tinuamente expresa mil deseos, como se lo escribe a la Sra. de Chantal:

«Me parece que me porto muy bien y cumplo cuidadosamente vuestros consejos respecto a mi salud. En cambio, no hago gran cosa por mi santidad, que es lo que más os interesa; solamente mil continuos deseos y algunas oraciones particulares a fin de que al Señor le plazca que sean útiles y fructíferos para nuestro corazón, y casi ordinariamente me encuentro lleno de una dulce confianza en que su divina bondad nos escuchará. Y como de verdad lo deseamos, de verdad lo obtendremos. Porque este gran Amigo de nuestro corazón no lo llena de deseos sino para colmarlo de amor, lo mismo que no llena de flores los árboles sino para luego colmarlos de frutos. ¡Oh Salvador de nuestra alma!, ¿cuándo seremos tan ardientes en vuestro amor como lo somos en desearlo?».

Del mismo modo que su voluntad, regula sus deseos únicamente para la gloria de Dios.

«Mi mayor deseo será lo que redunde en mayor gloria de Dios»

Y la paz de Dios, que sobrepasa a todo sentimiento, y la alegría que es inseparable de ella, exultan en su corazón:

«¡Dios mío, qué buena cosa es no vivir sino en Dios, no trabajar más que en Dios, no gozarse más que en Dios!»’.

Y es que ama a Dios sobre todas las cosas: «Si tuviéramos una sola fibra de nuestro corazón que no fuera para Él y de Él, la arrancaríamos enseguida». Y aún más enérgicamente: «Si yo sospechara que en mi corazón había un solo movimiento de amor que no tendiese a Dios o que estuviese consagrado a otro amor que no fuera el divino, haría todo lo posible por arrancar incluso con mis entrañas ese sentimiento infiel e ilegítimo de mi corazón; y no lo toleraría ni un solo instante».

Por eso puede escribir a la Sra. de Chantal: «Querida hija, tenemos que construir nuestra morada o tabernáculo en el santo amor, porque no hay nada bueno para nosotros sino amar sin medida al Amor eterno»'”.

Amistades buenas y amistades malas

Tanto el orgullo del espíritu corno la concupiscencia de la carne, si no son enérgicamente reprimidas, impiden la paz interior. Las amistades sensuales y el amor a nuestra comodidad son, a este respecto, el doble peligro que nos señala san Francisco de Sales.

«La amistad que se basa en la comunicación de placeres sensuales es grosera y no merece el

nombre de amistad, lo mismo que la que se funda en cualidades frívolas y vanas, que también dependen de los sentidos».

Si queremos mantener la paz de nuestra alma, no tengamos más que amistades verdaderas y puras.

«Así como la miel que se extrae de las flores más delicadas es la mejor, así el amor que brota de una exquisita comunicación es el más excelente. Hay en Heraclea del Ponto una miel venenosa que produce locura en quienes la comen porque procede del acónito, que abunda en esa región; del mismo modo, la amistad fundada en el intercambio de bienes falsos y viciosos, es falsa y perjudicial».

Por tanto, ¡cuánto importa discernir entre las verdaderas y las falsas amistades!

«Se puede distinguir la amistad mundana de la que es santa y virtuosa como se distingue la miel de Heraclea de la otra: aquélla es más dulce al paladar que la corriente porque el acónito le da mayor dulzura. También las amistades mundanas están cargadas de palabras melosas, zalamerías lisonjeras y apasionadas alabanzas sobre la belleza, la gracia y otras cualidades sensuales; por el contrario, la amistad sagrada emplea un lenguaje sencillo y franco y no puede alabar más que la virtud y la gracia de Dios, que es el único fundamento en el que se apoya.

La miel de Heraclea trastorna al que la come; la falsa amistad trastorna el espíritu, hace que las personas vacilen en la castidad y en la devoción. Y todo esto las conduce a miradas afectadas, melindrosas, coquetas e inmoderadas, a caricias sensuales, a suspiros desordenados, a ridículas quejas de no ser amado, a pequeños pero atrayentes modales rebuscados, galanterías, besos y otras familiaridades y favores totalmente incorrectos, todo ello presagio seguro, indudable, de inminente peligro para la honestidad. En cambio, los ojos de la amistad santa son sencillos y castos, sus caricias son puras y francas y no suspira sino por el cielo, ni tiene familiaridades más que para el espíritu, y solamente se queja cuando Dios no es amado, señal infalible de su pureza.

La miel de Heraclea enturbia la vista, y la amistad mundana enturbia la razón, de modo que los que están atacados por ella creen obrar bien cuando están obrando mal y piensan que sus excusas, pretextos y palabras son verdaderas razones. Temen la claridad y aman las tinieblas; en cambio, la amistad santa tiene ojos limpios y, lejos de esconderse, se muestra con gusto ante las gentes de bien.

En fin, la miel de Heraclea deja mucho amargor en la boca, y las falsas amistades acaban por quedarse en sólo palabras carnales y hediondas; o si son rechazadas, en injurias, calumnias, imposturas, tristeza, confusión y celos, que acaban en el embrutecimiento y en el furor. En cambio, la amistad casta siempre es pura, educada y amable y es cada vez más, una perfecta unión de espíritus, imagen viva de la bienaventurada amistad que existe en el cielo».”

En una carta a la Sra. Chantal, san Francisco de Sales evocaba así la pureza, la fecundidad espiritual, la paz de «las amistades cimentadas en la sangre del Cordero»:

«Ciertamente, el amor puro enlaza los corazones sin tocar los cuerpos. Así, san Gregorio Nacianceno y san Basilio se amaban mutuamente con ese amor que, como un río caudaloso de agua clara, va regando los campos por distintos cauces, sin ruido, sin estragos, sin oleaje; discurre mansamente, no se desborda, va regando sin inundar, y no hace ruido. De igual modo, quien posee el perfecto amor al prójimo querido por Dios, lo manifiesta de distintas maneras: le ayuda de palabra, de obra y con el buen ejemplo; está atento a proveerle de cuanto necesite; se alegra de su dicha y felicidad temporales, pero mucho más de su progreso espiritual; le procura bienes temporales en tanto en cuanto puedan servirle para su felicidad eterna; le desea los principales bienes de la gracia, las virtudes que según Dios, le pueden perfeccionar; y ello por todos los medios lícitos y con mucho afecto, pero con gran serenidad de espíritu, sin alteración alguna, con purísima caridad, sin pasión de tristeza o indignación por los sucesos adversos.

Y así como el coral mientras está bajo el agua es un arbusto lleno de musgo verdoso y sin belleza y en el momento en que se saca se vuelve rojo y brillante, así la amistad sumergida en los objetos de los sentidos, no tiene ni belleza ni bondad, pero cuando se siente atraída hacia Dios en espíritu y en caridad, encuentra en Él su perfección» .

Si hubiéramos tenido la desgracia de probar la miel emponzoñada de Heraclea, «¿qué remedio contra este género y hormigueo de necios amores, locuras e impurezas?»:«En cuanto notéis los primeros síntomas, cortad por lo sano dándoles la espalda y, con absoluta detestación de esta vanidad, corred a la Cruz del Salvador, tomad su corona de espinas, rodead con ella vuestro corazón para que esas inmundas larvas no se le puedan acercar. Guardaos de llegar al menor acuerdo con ese enemigo. Y no digáis: lo voy a escuchar, pero no haré nada de lo que él me diga; le prestaré e1 oído, pero no le daré el corazón. Filotea, tenéis que ser severa en tales ocasiones: el corazón y los oídos están muy relacionados entre sí, y lo mismo que es imposible detener un torrente que se precipita montaña abajo, tampoco es fácil que el amor que ha entrado por los oídos no penetre enseguida en el corazón».

«…Porque si habéis caído ya en las redes de esos amores locos, ¡oh Dios mío, qué difícil os va a ser desprenderos de ellas! Poneos ante su divina Majestad, reconoced en su presencia la enormidad de vuestra miseria, vuestra debilidad y vuestra vanidad. Y luego, con toda la fuerza de vuestro corazón, detestad esos amoríos recién comenzados, abjurad de la vana profesión que habéis hecho de ellos, renunciad a todas las promesas que ellos os hicieron, y con gran fuerza de voluntad, detened vuestro corazón y resolved no volver a entrar jamás en esos juegos y charlas amorosas».

«…Con toda fuerza grito a quien haya caído en esas trampas de amoríos: cortad, rasgad, romped; sin deteneros a descoser esas locas amistades, tenéis que rasgarlas. No hay que deshacer los nudos sino romperlos o cortarlos, porque los cordones o cintas no valen nada; no hay que malgastar el tiempo en un amor tan contrario al amor de Dios».

Es el precio que hay que pagar para conquistar la paz.

«Si lográis detestar vuestro mal como merece, no tendréis ya otro sentimiento sino el de un extremado horror a ese infame amor y a todo lo que con él se relacione; y hacia lo que habéis abandonado ya no tendréis otro afecto, sino una pura caridad en Dios. Pero si vuestro arrepentimiento hubiera sido imperfecto y os quedasen aún malas inclinaciones, procurad la soledad interior de vuestra mente, entrad en ese silencio de vuestra alma lo más que podáis y con mil ímpetus, impulsos reiterados, renunciad a todas vuestras inclinaciones, renegad de ellas con toda el alma; leed más que de ordinario libros santos, confesaos más a menudo y comulgad. Tratad con humildad y sencillez de todas esas sugestiones y tentaciones con vuestro director si es posible, o al menos con alguien muy fiel y prudente; y no dudéis de que Dios os librará de esas pasiones si perseveráis en estos ejercicios» .

Era muy necesario subrayar el peligro de las falsas amistades, que son la ruina de la paz interior. Para establecer bien esa paz en nuestra alma, es necesario dominar esos fondos de sensualidad que nos hacen aprehender y probar todo aquello que enturbia la quietud de nuestra vida: agitaciones, preocupaciones, contrariedades, cruces, agobios. Conservemos la paz en las tormentas:

«Que vuestro corazón esté tan firme y elevado que sepa conservar su paz y su tranquilidad en toda clase de tormentas»”. Porque «la tranquilidad que no se ejercita en las tempestades es vana y engañosa ».

Por eso, «en todos los acontecimientos hay que mantenerse en paz en la voluntad de Dios, de la que debe depender la nuestra».

Conservemos la paz en medio de las dificultades. Es cierto, sin embargo, que basta poca cosa para inquietarnos. El Santo lo confiesa con amena sencillez:

«¿Querréis creer mi buena hija que esta misma noche me he inquietado por un asunto que ni merecía la pena que hubiese pensado en él? Y eso me ha hecho perder dos horas de sueño, cosa que no suele sucederme. Pero aún más: yo mismo me burlaba de mi debilidad porque veía tan claro como el día que todo eran preocupaciones de niño; pero no había medio de salir de ello».

La paz, que es un bien precioso, se fortalece en las dificultades.

«No os asombréis de tener dificultades porque, hija mía, ¿hay algo que valga la pena y que no cueste trabajo y esfuerzo? Lo que hace falta es firmeza en seguir aspirando a la perfección del santo amor, para que el amor sea perfecto, pues todo amor que no aspira a la perfección ya no es perfecto».

El amor de Dios es el que nos hará afrontar valientemente todas las penas y la paz nos vendrá cuando triunfemos de los obstáculos que pretenden hundir nuestro valor:

«No es verdadera paz la que rehúye los trabajos que son para la gloria de Dios».

«Os alegráis de que al fin se haya ido esa molesta joven. Es preciso que el soldado haya luchado mucho en la guerra para disfrutar luego de la paz. Nunca tendremos la verdadera dulzura y caridad, si no las hemos ejercitado entre repugnancias, hastío y desgana. La verdadera paz no consiste en no luchar, sino en vencer: los vencidos ya no luchan y, sin embargo, no tienen la verdadera paz. ¡Ánimo, pues! Deberemos humillarnos mucho por ser todavía tan poco dueños de nosotros mismos y por amar tanto la comodidad y el descanso».

Guardemos la paz en las contrariedades.

San Francisco de Sales está convencido de que «uno de los medios ordinarios de que se sirve la divina Providencia con aquellos que destina a su gloria, es hacer que nazcan las espinas antes que las rosas».

La Madre Favre se espantaba sólo de pensar en ir a fundar en Turín una casa de la Visitación, y el obispo la animaba a descansar en la confianza en Dios y en procurar su gloria:

«Veis claramente, queridísima hija, que Dios os llama a muchos trabajos, a la propia abnegación y a cosas difíciles para que, sin distinción de lugares, naciones y personas, cooperéis a la extensión de su gloria pura y simplemente, sin otro interés que el de complacerle. Y eso os debe servir de descanso, queridísima hija, de modo que cada día se vaya ensanchando vuestro corazón y vuestro valor aumente al confiar totalmente en el socorro del cielo, porque la divina Providencia nunca emplea a nadie en cosas grandes y difíciles sin asistirle al mismo tiempo en la medida necesaria».

¡Y qué cosecha de bendiciones podemos recoger en tiempo de contradicciones!

«¡Animaos! Vivid en paz, sufrid en paz, esperad en paz; y Dios, que es el Dios de la paz, hará triunfar su gloria en medio de esta guerra humana. Cosechad cuando es el momento, recoged las bendiciones que vienen de las contradicciones y así aprovecharéis más en un día que si trabajáis diez en otra estación».

También hemos de permanecer en paz cuando algo nos aflige, tenga o no remedio.

«En los acontecimientos que afligen el corazón hay que tratar de buscar el remedio y comportarse dulce y apaciblemente; los que no tienen remedio debéis soportarlos como una mortificación que os envía nuestro Señor para probaros y haceros enteramente suya, manteniendo siempre vuestro corazón lleno de paz y dulzura. Pongamos nuestra dicha en Jesucristo Crucificado y caminemos con paz y paciencia por estos espinosos caminos que nos llevan al puerto».

Y en esos espinosos caminos en los que se ve abiertamente contrariada, está la paz que debe conservar la Hna. Paula Jerónima:

«Me escribía la Hna. Paula Jerónima que algunas Hermanas, buenas siervas de Dios, la contrarían abiertamente; le he mandado una nota diciendo que conserve la paz. Siempre tendré presente, con la ayuda de Dios, esta máxima: que no hay que vivir según la prudencia humana, sino según la fe del Evangelio. No os defendáis, queridos hermanos, dice san Pablo. Tenemos que combatir el mal con el bien, la acritud con la dulzura y permanecer en paz; y no cometer jamás la falta de despreciar la santidad de una Orden o de una persona cuando han caído en un error por celo inmoderado».

También hay que soportar con paciencia al prójimo. ¡Soportar al prójimo! Es ésa una virtud difícil, pero es necesario, con toda justicia, practicarla.

«¡Oh Dios mío!, ¿cuándo arraigará en nuestros corazones la tolerancia con el prójimo? Es la última y más excelente lección de la doctrina de los santos; feliz el que la aprende. Nos gusta que toleren nuestras miserias, que siempre parecen muy dignas de ser toleradas; y las del prójimo nos parecen cada vez más pesadas y difíciles».

Y esa tolerancia nos trae la paz, si sabemos practicarla con espíritu de fe y si es preciso, incluso con el heroísmo de una perfecta abnegación.

«Cuando nos resulte muy pesada la carga de una persona que nos molesta en grado sumo, in-mediatamente debemos ofrecer a Dios esa cruz y aceptarla de todo corazón, dispuestos a llevarla toda la vida si a Él le place; después, seguir con suave contento en ese sufrimiento y mirar a esa persona con honor y respeto, como puesta por Dios para que nos ejercitemos en todas las virtudes y considerando la gracia que nos hace Dios de que podamos sacar provecho de las faltas de los otros. Y si esa persona algún día mejorara, deberíamos ser doblemente dulces para con ella sin jamás hablarle del pasado. Aunque estuviera en nuestra mano librarnos de esa cruz, no lo deberíamos hacer».

Lejos de turbar su paz, las contradicciones la aumentaban.

«Estoy rodeado de pequeños contratiempos y secretas contradicciones, que me llenan de la más dulce y suave tranquilidad, y me presagian, a mi parecer, el pronto establecimiento de mi alma en su Dios, lo cual creo que es, no solamente la mayor, sino la única ambición y pasión de mi corazón».

La suavidad y la paz divina que embargan su alma se trasparentan en la respuesta que da a una carta en la que los RR. PP. Barnabitas se niegan a cederle un terreno que, sin perjudicar en nada a su colegio, le hubiera venido muy bien al monasterio de la Visitación de Annecy:

Respecto al jardín, querido Padre, no he vuelto a pensar en él. Sigo creyendo que lo que proponíamos no suponía ningún inconveniente para el colegio, sino que, por el contrario, os convenía, pues lo hubiéramos pagado bien; pero, gracias a Dios, no soy amigo de discusiones ni de herir a nadie con mis palabras.

Nuestras Hijas de la Visitación tendrán que contentarse con menos comodidad en el edificio que construyen, pero se conformarán de buena gana y creo que puedo decir que hasta muy contentas, ya que no se puede hacer otra cosa mejor. Además, ellas saben muy bien que no es nada extraño que las fieles esposas de Aquél que no tuvo ni dónde reclinar su cabeza en este mundo, carezcan de comodidades.

Como sabéis, querido Padre, la Madre que dirige este nuevo rebaño está tan acostumbrada a vivir en el monte Calvario que cualquier otra morada terrestre le parece siempre demasiado buena. Por tanto, ella no se siente molesta porque sabe que las peregrinas que vivirán en ese monasterio sólo pasarán en él la noche de esta vida tan corta y, con la ayuda de Dios, estarán tan atentas a prepararse un lugar en la hermosa ciudad permanente que todo lo demás les importará poco.

En fin, querido Padre, somos hijos de la Providencia, y Dios tendrá cuidado de sus siervas según su beneplácito. Hay que tener paciencia: Qui seminant in lacrimis, in exultatione metent’. Los

rosales dan primero espinas y luego vienen las rosas».

Lo mismo sucede en la vida espiritual. Por eso permaneceremos en paz en medio de las pruebas interiores, como son las sequedades.

«Permaneced en paz en medio de vuestras sequedades y esperad pacientemente el rocío de los consuelos celestiales… Tratad de propagar el buen olor en medio de los prójimos allí donde os encontréis, para dar ocasión a que alaben al Perfumista” celestial, en cuya tienda o boutique’1 vivís».

En ese estado, tan penoso para la naturaleza, la generosa fidelidad en los ejercicios de piedad aumenta la fuerza y el vigor del alma.

«Tengo el consuelo de leer en vuestra carta, mi querida hija, que, a pesar de vuestra desgana y tristeza, habéis perseverado en vuestros ejercicios sin apenas descuidarlos; ya que con tal de que lo que se haga sea por amor de Dios, aunque sin sentimiento ni gusto, el alma no deja de fortificarse y vigorizarse en su parte superior y espiritual».

Además, «el grado más elevado de la santa resignación es contentarse con estos actos desnudos, secos e insensibles, ejecutados por la sola voluntad superior, como sería el supremo grado de abstinencia contentarse con no comer jamás sino con disgusto, de mala gana, y no sólo sin gusto ni sabor».’

Haríamos mal, por eso, si nos turbáramos. «No os turbéis al veros en sequedad y esterilidad… ¡Qué dicha servir a Dios en el desierto, sin maná, sin agua, sin más consuelo que el de ser guiados por Él y el de sufrir por Él!»

No nos preguntemos por la causa de nuestras sequedades; es cosa que no debe inquietarnos nunca.

«No perdamos el tiempo buscando el motivo de nuestras sequedades y esterilidades, pues nunca lo podríamos adivinar; nos basta con humillarnos de veras y aceptar ese sufrimiento, ya sea que nuestro Señor nos lo haya enviado en castigo por alguna falta o para probarnos y hacernos más enteramente suyos».

«Hacéis demasiadas consideraciones y exámenes para saber de dónde proceden las sequedades que sentís. Ni siquiera cuando son causadas por vuestras faltas tenéis que inquietaros, sino rechazarlas con sencilla y dulce humildad y luego poneros en las manos de nuestro Señor para que os ayude a llevar esa pena o para que os la perdone, como Él quiera. No hay que ser tan curiosa y querer saber la procedencia de tan di-versos estados por los que pasamos en esta vida; hay que someterse a todo lo que Dios dispone y detenerse ahí». Tanto más, que la falta de consuelos no es indicio de menor amor de Dios.

«Decís bien, queridísima hija, que esas tentaciones os vienen porque no sentís ternura hacia Dios en vuestro corazón, pues es verdad que si tuvieseis esa ternura, ya tendríais consolación y, si tuvierais consolación, ya no sufriríais. Pero, hija mía, el amor de Dios no consiste en consuelos ni ternuras; de no ser así, nuestro Señor no hubiera amado a su Padre cuando estaba triste hasta la muerte y exclamaba: ¡Padre mío, Padre mío!, ¿por qué me has abandonado? Y precisamente entonces estaba haciendo el mayor acto de amor que es posible imaginar».

También nosotros debemos mantenernos en paz cuando nuestro cuerpo se siente desasosegado por su debilidad y hace languidecer al espíritu; es una buena ocasión para progresar en el amor divino.

«No hay que asombrarse si vuestro cuerpo, desasosegado por su debilidad, influye en el espíritu y lo hace languidecer en su parte inferior. Basta con que vuestra voluntad se mantenga firme y decidida a ser siempre fiel. Somos de Dios, y Él nos protegerá y nos hará progresar cada vez más y más en su santo amor y en el verdadero desprecio de nosotros mismos».

«Señora, como estáis encinta, me imagino que la melancolía de vuestro carácter se valdrá de esto para entristeceros esta temporada y al veros triste, os preocuparéis. Os ruego que no lo hagáis. Si os veis poco ágil, si todo os parece negro, no perdáis en ningún momento la paz; y aunque os parezca que todo cuanto hacéis está hecho sin gusto, sin sentimiento, sin fuerzas, seguid abrazada a Jesús crucificado, entregándole vuestro corazón, consagrándole vuestra alma con todos sus sentimientos tales como son, por muy débiles que os parezcan.La bienaventurada Ángela de Foligno decía que nuestro Señor le había revelado que nada le agradaba tanto como lo que se le ofrecía a la fuerza; es decir, lo que da una voluntad decidida, luchando contra la debilidad de la carne, a pesar de las resistencias de la parte inferior, en medio de sequedades, tristezas y vacío interiores. ¡Dios mío!, querida hija, qué feliz os sentiréis si sois fiel en vuestras resoluciones, en medio de las cruces que se os presenten, a Quien tan fielmente os amó hasta la muerte y muerte de Cruz».

Sequedades, tristezas, vacío interior, noche del espíritu, nada de todo eso turbará nuestra paz, porque esos estados, si bien nos privan de ver a Cristo, no nos privan de su presencia.

«Al morir nuestro dulce Jesús, toda la tierra se cubrió de tinieblas. Pienso que la Magdalena, que estaba con vuestra Madre Abadesa», sufriría mucho porque no podía ver a su amado Señor pura y totalmente, sino que solamente podía entreverlo allá en la cruz, y, alzándose, fijaba ardientemente sus ojos en Él, pero no lograba ver más que cierto resplandor pálido y confuso; y, sin embargo, estaba tan cerca de Él como antes. No os preocupéis, todo va muy bien. Habrá tantas tinieblas como queráis, pero sin embargo estamos cerca de la luz, tantos momentos de impotencia como os plazca, pero estamos a los pies del To-dopoderoso. ¡Viva Jesús! No nos separemos jamás de Él, ni en las tinieblas ni en la luz».

Efectivamente, tenemos que ejercitarnos con humildad en permanecer junto a Cristo, siguiéndole fielmente en tinieblas o en luz.

«Hace poco vi a una viuda que seguía al Santísimo, y, mientras las otras personas llevaban hermosos hachones de cera blanca, ella portaba una candelita que quizá había fabricado ella misma; el viento se la apagó. Eso ni la acercó ni la alejó del Santísimo, y no dejó de llegar al mismo tiempo que los otros a la Iglesia».

Conservemos la paz en medio de las cruces. La Cruz nos colmará de bendiciones si la amamos.

«Llevad dulce y amorosamente vuestra cruz, que, según creo, es lo suficientemente grande como para colmaros de bendiciones, si la amáis». Sabemos con seguridad que ella nunca sobrepasará nuestras fuerzas y que nuestro Señor nos ayudará a llevarla.

«En fin, quizá nuestro Señor quiera llevarnos en adelante entre espinas… Tened ánimo, porque con tal que nuestro corazón le sea fiel, no nos cargará con más de lo que podemos y llevará la carga con nosotros cuando vea que con toda buena voluntad ofrecemos nuestros hombros».

¿Y cuáles son las mejores cruces? Aquellas en las que ha habido menos elección por nuestra parte y que nos son más molestas, porque nos obligan a una mayor generosidad en nuestro amor al Crucificado.

«Nunca se ha sabido con seguridad de qué madera estaba hecha la Cruz de nuestro Señor; y yo creo que es para que amemos igualmente todas las cruces que Él nos envía, sean de una madera o de otra, y que no digamos: esta cruz no es grata porque no es de tal madera o de tal otra. Las mejores son las más pesadas, y las más pesadas son las que más le cuesta llevar a la parte inferior de nuestro corazón. Las que nos encontramos por la calle son excelentes, pero aún son mejores las de nuestra casa en la medida que son más molestas, son mejores que los cilicios, las disciplinas, ayunos y todo lo que la austeridad ha in-ventado. En ellas es donde se ve la generosidad de los hijos de la Cruz y de los que moran en el sagrado monte Calvario. Las cruces que nosotros nos hacemos o inventamos suelen ser algo blandas, puesto que en ellas hay mucho nuestro y, por tanto, son menos crucificantes. Humillaos, pues, y recibid con gozo las que os son impuestas a pesar vuestro. La longitud de la cruz es la que le da su valor, ya que no hay más dura pena que la que dura. Sed fiel hasta la muerte y recibiréis la corona de gloria. Amáis al Crucificado: ¿qué habéis de querer entonces, sino estar crucificada, puesto que el amor iguala a los amantes?».¡Qué buena acogida daríamos a las cruces si tuviéramos el olfato espiritual más fino!

«Tengo para mí que, si tuviéramos el olfato un poco más fino, podríamos percibir que todas las aflicciones vienen embalsamadas y perfumadas de mil buenos olores; pues, aunque de por sí tengan olor desagradable, al venir salidas de las manos, o mejor, del seno y del corazón del Esposo, que no es otra cosa que perfume y bálsamo Él mismo, nos llegan repletas de toda suavidad».

Así es como amaremos de verdad a Cristo crucificado.

«Un corazón que estima y ama mucho a Jesús crucificado, ama igualmente su muerte, sus penas, sus tormentos, sus salivazos, sus vituperios, su pobreza, su sed, su hambre, sus ignominias y cuando le llega alguna pequeña participación, se goza y la abraza amorosamente. Todos los días deberíais considerar, no en la oración sino en otro momento, por ejemplo al pasear, a nuestro Señor y los trabajos que pasó por nuestra Redención, pensando en la dicha que sería para vos participar en ella. Viendo en qué momento puede llegaros ese bien, o sea, todo lo que os pueda ocurrir que vaya en contra de vuestros deseos, especialmente de aquellos que os parezcan más justos y legítimos. Y luego, con un gran amor a la Cruz y pasión de nuestro Señor, debéis exclamar con san Andrés: ¡Oh Cruz buena, tan amada por mi Salvador!, ¿cuándo me recibiréis en vuestros brazos?»

¡Qué paz tendríamos en nuestros corazones! ¡Cómo se suavizarían nuestros sufrimientos! «Solamente con mirar a nuestro querido Jesús crucificado se pueden suavizar en un momento todos nuestros dolores, que no son sino flores en comparación de sus espinas»

Animémonos, al menos, pensando que el amor de Dios crece en las tribulaciones mucho más que en medio de los gozos y veamos la corona de espinas que hiere nuestra frente como la prenda de la corona de gloria que la aureolará en el cielo.

«Me da mucho consuelo veros recibir con tanta dulzura las pruebas que hago en servicio de vuestra alma, y, al ver en ella las señales de muchas gracias celestiales, no puedo sino amarla tierna y firmemente. Y por ello le deseo cada vez más que avance mucho en el santo amor de Dios, que es la bendición de las bendiciones. Sabéis, hija mía, que el fuego que Moisés vio en la montaña representaba este santo amor; y lo mismo que aquellas llamas crecían entre espinas, así el ejercicio del sagrado amor se mantiene mucho más con las tribulaciones que con los gozos. Por tanto, es buena ocasión para que conozcáis que nuestro Señor desea que crezcáis en su amor, ya que os da una salud deficiente y muchas otras dificultades.

¡Dios mío!, queridísima hija, ¡qué dulce es ver a nuestro Señor coronado de espinas en la Cruz y coronado de gloria en el cielo! Eso nos anima a recibir las contradicciones con amor, sabiendo que por la corona de espinas llegaremos a la corona de felicidad. Vivid siempre muy cerca y unida a nuestro Señor, y no tendréis ningún mal que no se convierta en bien».

El desprendimiento de los bienes de este mundo

También impide la paz interior el apego a las riquezas y a los bienes de este mundo.

Por eso, san Francisco de Sales aconseja a su Filotea mantenerse desprendida de toda afición a los bienes terrenales y su corazón abierto al cielo, como el nido del martín pescador.

«El martín pescador hace su nido como una bola, que tiene una pequeña abertura por arriba;

lo pone a la orilla del mar, y es tan resistente e impermeable que, aunque le lleguen las olas, nunca puede penetrar el agua; como siempre tiene la abertura hacia arriba, permanece en el mar, sobre el mar y señor del mar. Así tiene que estar vuestro corazón, querida Filotea, abierto únicamente hacia el cielo e impenetrable a las riquezas y cosas caducas; si las poseéis, no tengáis el corazón puesto en ellas; que esté por encima de todo eso y que en medio de las riquezas esté sin ellas y las domine. No, no pongáis vuestro espíritu, que es del cielo, en los bienes de la tierra; que siempre sea superior a ellos, que esté por encima de ellos y no en ellos».’

Indudablemente, debemos cuidar los bienes que nos pertenecen, con una solicitud a la vez diligente y serena.

«Los bienes que poseemos no son nuestros: Dios nos los ha dado para que los cultivemos y quiere que los hagamos fructíferos y útiles; por eso le agrada que nos ocupemos de ello. Pero nuestro cuidado ha de ser mayor y más exquisito que el que los mundanos tienen de sus riquezas, pues ellos se afanan sólo por amor de sí mismos, mientras que nosotros tenemos que trabajar por amor a Dios. Y como el amor de sí mismo es violento, turbulento y agitado, lo que se hace por él está lleno de turbación, disgustos e inquietud; como el amor a Dios es dulce, apacible y tranquilo, todo lo que se hace por él, incluso el cuidado de

los bienes del mundo, es amable, dulce y agradable».

Y ¿cómo saber que nuestro corazón no está apegado a las riquezas? Por el modo de aceptar el vernos privados de ellas.

«Si os veis empobrecida, mucho o poco, por alguna adversidad como, por ejemplo, a causa de tormentas, fuego, inundaciones, sequías, robos, pleitos, ¡oh!, entonces es el momento de practicar la pobreza, recibiendo con dulzura la disminución de recursos, adaptándose con paciencia y constancia a ese empobrecimiento.Esaú se presentó a su padre con las manos cubiertas de vello y Jacoh hizo lo mismo; pero como el vello de las manos de Jacoh no estaba en su piel sino en los guantes, se lo podía quitar sin dañarla ni despellejarla. Al contrario, el de las manos de Esaú estaba en su piel, que era velluda por naturaleza, y, si se lo hubieran querido arrancar, le habrían hecho mucho daño; hubiera gritado y se habría defendido.

Cuando tenemos mucho amor a nuestros bienes y la tempestad, los ladrones o los abogados quisquillosos nos despojan de algunos, ¡qué quejas, qué turbaciones, qué impaciencias! Pero si nuestros bienes los cuidamos del modo que Dios quiere y no los llevamos en el corazón, al quedarnos sin ellos no perderemos el juicio ni la tranquilidad. Así pasa con la ropa del hombre y la de los animales; éstos la llevan pegada a su carne, mientras que el hombre la lleva encima, de modo

que puede ponérsela o quitársela cuando quiere».

El obispo de Ginebra soportaba con mucha paciencia este género de empobrecimiento. Daremos solamente un ejemplo:

«La princesa Cristina de Francia le había regalado un anillo que tenía un brillante de gran precio. En sus visitas a caballo por las montañas de los Alpes, al quitarse el guante, se le salió la joya de su dedo. Hasta la primera parada no se dio cuenta de que no tenía el anillo. En lugar de inquietarse, bendijo a Dios por dos razones: «la primera, para evitar el peligro de complacerse en una joya tan hermosa; la segunda, porque quizá la Providencia haría que la encontrara alguna persona muy necesitada, que así podría pasar holgadamente el resto de sus días, con lo cual estaría mucho mejor empleada que en él».

Siempre se había preocupado por conservar su corazón despegado de las riquezas. Las rentas de su obispado estaban lejos de ser copiosas; y así se lo escribía a la Madre de Chantal el 28 de febrero 1620:

«Confieso con toda verdad que no estoy muy sobrado de bienes; pero no tengo necesidades, ni tampoco ocasión ni inclinación alguna por hacer algo indigno de mi condición y profesión para procurármelos. Examino mi corazón muchas veces por miedo de que la vejez me vaya volviendo avaro; pero veo que, muy al contrario, la edad me va liberando de preocupaciones y aleja de mí toda tacañería, toda previsión mundana y desconfianza de tener lo necesario».Con tal desprendimiento, ¿cómo no iba a saborear el santo obispo la dulzura de la paz?

8. LA PAZ INTERIOR (segunda parte)

Las tentaciones

«Todo lo referente a vos, dejádselo a la Providencia; que ella gobierne y disponga de vuestro cuerpo, espíritu, vida, alma y de todo, según su santísima voluntad, sin pensar, querer, discernir, ni temer cosa alguna. Vivid día a día y dejad el resto a nuestro Señor.Desechad las tentaciones, tensiones, conjeturas de futuro y cosas semejantes, burlándoos de ellas. Caminad en paz».

A veces las tentaciones turban profundamente a las almas delicadas y resueltas a ser enteramente de Dios. Esta fue una de las pruebas de la baronesa de Chantal. El 14 de octubre de 1604, es decir, en cuanto hubo aceptado ser el director espiritual de esta alma generosa, san Francisco de Sales le escribe:

«Me pedís un remedio para las fatigas que os causan las tentaciones que el maligno os pone contra la fe y la Iglesia… En estas tentaciones hay que adoptar la misma postura que con las de la carne: no discutir ni mucho ni poco, sino hacer lo que hacían los hijos de Israel con los huesos del cordero pascual, que no intentaban romperlos, sino que los echaban al fuego. Nunca contestar al enemigo, ni darse por entendido; ya puede chillar lo que quiera a la puerta, ni siquiera hay que preguntar quién es.

Está bien, me diréis, pero es muy molesto, y el ruido que hace no deja que los que están dentro se entiendan unos a otros. No importa, paciencia, es necesario hablarse por señas; hay que prosternarse ante Dios y quedarse allí a sus pies; Él comprenderá bien, por esta humilde postura, que sois suya y que le estáis pidiendo socorro, aunque no podáis hablar. Y sobre todo, permaneced dentro con mucha firmeza y no abráis la puerta de ninguna manera, ni para ver quién es, ni para echar al importuno; ya se cansará de chillar y os dejará en paz. A lo que me contestaréis: ya es hora de que se vaya» .

Pero es que el importuno no se cansó tan pronto de gritar, y, unos días después, el obispo escribía así a la baronesa:«Tened mucho valor y mucho ánimo; que el estrépito no os lo haga perder, especialmente ni en las tentaciones contra la fe. Nuestro enemigo es un gran alborotador, pero no os preocupéis porque no os podrá dañar, yo lo sé muy bien. Burlaos de él y dejadle hacer; no le contestéis, sino hacedle muecas, pues todo esto no es nada. También gritaba a los santos y les armaba buenos alborotos. Y, ¿qué sacó con ello? Ahí los tenéis, ocupando el lugar que el miserable perdió».]

El obispo insiste:

«Teméis mucho la tentación. Eso está mal. Estad segura de que todas las tentaciones del infierno no lograrían manchar a un alma que no las quiere: dejadlas correr. El apóstol san Pablo las tuvo terribles, y Dios no quiso quitárselas, y eso, por amor. ¡Ánimo, hija mía, ánimo!; que vuestro corazón sea todo de su Jesús, y dejad que ese mastín ladre a la puerta lo que quiera».

Y como ella no conseguía suficiente dominio para burlarse del enemigo y escupirle a la cara, Francisco de Sales la tranquiliza desvelándole la táctica del infame alborotador, a la que, con la confianza puesta en la Virgen, tiene que oponer la firmeza de su resolución, la calma y la paciencia.

«No, no os asombréis de nada, burlaos de los asaltos de vuestro enemigo… No tenemos que asustarnos de sus estruendos: como no nos puede hacer ningún mal, quiere al menos darnos miedo y que con el miedo venga la inquietud y con ella el cansancio; y una vez cansados, que nos rindamos. Pero sigamos tranquilos porque, como los pollitos, nos hemos cobijado bajo las alas de nuestra querida Madre. No tengamos más temor que el de Dios, y éste, amorosamente. Que nuestras puertas estén bien cerradas, cuidemos de que no destruyan la muralla de nuestras resoluciones y vivamos en paz. Dejemos al enemigo que merodee, dando vueltas y revueltas, que rabie de furia; otra cosa no puede hacer. Creedme, hija mía, no os atormentéis por las sugestiones que os hace el enemigo. Se necesita un poco de paciencia para aguantar su estruendo y su algarabía, que resuena en los oídos del corazón; más que eso no nos puede dañar».

Y el obispo se divierte contándole que él piensa dormir muy bien por la noche a pesar del croar de las ranas.

«¿Sabéis, hija mía, lo que se me ocurre? Os lo digo ahora porque me divierte mucho. Estoy en Viu, que es territorio que pertenece a mi obispado. Aquí, antiguamente, estaban obligados, por ley, a hacer callar a las ranas de las lagunas y de los alrededores mientras el obispo dormía. Opino que era una ley muy dura, y no pienso exigirles que la cumplan. Que croen cuanto quieran;con tal de que no me muerdan los sapos, si tengo sueño no dejaré de dormir por culpa de ellas. No, hija mía, y aunque estuvierais vos aquí, tam-poco haría yo nada por hacer callar a las ranas; os diría que era preciso no temerlas ni inquietarse, ni pensar en su ruido. Hacía falta que os contara esto para deciros que me dan ganas de reír».

Por fin la Chantal logró despreciar las tentaciones lo suficiente para no enfrentarse con ellas. Pero seguía temiéndolas; era demasiado sensible a sus ataques.

«Han vuelto vuestras tentaciones, le escribe san Francisco de Sales, y aunque no les replicáis ni una palabra, os siguen presionando. No les replicáis, y eso está muy bien, hija mía, pero pensáis demasiado en ellas, las teméis demasiado, os asustan demasiado; de no ser por esto, no os harían ningún daño. Sois demasiado sensible a las tentaciones. Amáis la fe y no quisierais tener un solo pensamiento contra ella; por eso, en cuanto os roza uno, os entristecéis y os turbáis. Tenéis demasiado celo por la pureza de vuestra fe y os parece que cualquier cosa la puede oscurecer. ¡No, no, hija mía!, dejad que el viento corra y no confundáis el susurro de las hojas con el estruendo de las armas».

Pasa con las tentaciones como con las abejas, que si por miedo las queremos espantar, es cuando nos pican.

«Hace poco estuve cerca de un panal de abejas y algunas se me posaron en la cara. Me iba a llevar la mano para espantarlas, pero un aldeano me dijo: no tengáis miedo ni las espantéis, que no os harán nada. Si las tocáis, os picarán. Le creí, y ni una sola me picó. Creedme, no temáis a las tentaciones, ni las toquéis, y no os harán daño; seguid vuestro camino sin entreteneros con ellas».

El consejo es fácil, pero la práctica no; y el obispo cambia el modo de recomendar la serenidad y la paz a la Sra. de Chantal:

«Hija mía, cómo me gustaría que tuvierais la piel del corazón un poco más dura para que las pulgas no os impidiesen dormir». «Tenéis una manera de ser tan sensible y tan celosa respecto a lo que habéis decidido, que todo lo que roce por el lado contrario os hace sufrir mucho».«Sois admirable, hija mía, pues no os contentáis con que vuestro árbol esté plantado muy hondo, sino que quisierais que no se moviera ni una sola hoja».

En este mismo sentido escribía a la abadesa de Puits d’Orbe, en un estilo cuyo ritmo de calma apacible se opone a los esfuerzos repetidos y rabiosos del enemigo que asaltan al alma:

«No os turbéis, hija mía muy querida; no hay que dejarse llevar ni por la corriente ni por la tempestad. Que el enemigo rabie en buena hora a la puerta, que la aporree y la empuje, que grite, que aúlle y haga todo lo malo que quiera. Estamos seguros de que no podrá entrar en nuestra alma más que por la puerta de nuestro consentimiento. Mantengámosla bien cerrada, comprobando a menudo si lo está, y no nos preocupemos de lo demás, pues nada hay que temer».

Es la pura verdad. Si tenemos cerrada con llave la puerta de nuestro consentimiento, no tenemos nada que temer de la furia del demonio ni de la violencia de las tentaciones.

«Aun cuando la tentación de algún pecado, sea el que fuere, durara toda nuestra vida, no dejaríamos de ser agradables a la divina Majestad con tal de que nos desagrade y no consintamos en ella», escribe san Francisco de Sales en su Introducción a la vida devota, y cita el ejemplo de santa Catalina de Siena, que un día estuvo varias horas sufriendo tentaciones impuras; parecía que el infierno se había desatado contra ella. Y, una vez apaciguada la tempestad y recuperada la calma, se le apareció Jesús y le dijo: «Catalina, hija mía». «¡Mi bueno y dulce Jesús! -exclamó ella-, ¿dónde estabas mientras mi alma sufría estos tor-mentos?». «Estaba en tu corazón; no sentías mi presencia, pero estaba allí con mi gracia».

Ciertamente, se necesita valor para resistir, porque la tentación puede llegar a ser muy seductora, obsesionante. Y es imposible no sentir, y a veces muy vivamente, su atractivo malsano, Pero sentir no es consentir.

«Así que es necesario ser muy valiente, Filotea, en medio de las tentaciones, y no darse nunca por vencido mientras nos desagraden, teniendo muy en cuenta la diferencia que hay entre sentir y consentir, pues se pueden sentir aunque nos disgusten, pero no se pueden consentir sin que nos agraden, porque el placer ordinariamente es como un escalón para llegar al consentimiento».

Pero, ¿cómo explicar el placer-la delectación, que dice san Francisco de Sales- que nos causa la tentación y la enojosa complicidad que encuentra en nosotros hasta en el mismo momento en que nos esforzamos en resistirla?

«En cuanto al deleite que puede seguir a la tentación, es debido a que hay dos partes en nuestra alma, la inferior y la superior, y la inferior no siempre sigue a la superior, sino que va a su aire; sucede a veces que la parte inferior se complace en la tentación, sin el consentimiento de la superior, y hasta en contra suya. Es el combate y la guerra que describe el apóstol san Pablo, cuando dice que su carne lucha contra su espíritu, y que existe una ley de los miembros y una ley del espíritu; y otras cosas semejantes».

Tampoco eso nos debe turbar. Las tentaciones más violentas, las que más nos excitan, por importunas que sean, nunca llegan a apagar en nuestra alma el fuego de la caridad divina si nuestra voluntad permanece fija en Dios.

«¿Habéis visto alguna vez, Filotea, un gran brasero cubierto de ceniza? Si al cabo de diez o doce horas, se va a buscar fuego, apenas si se encuentra un poco en el centro; y eso con mucho trabajo. Sin embargo, allí había fuego, puesto que se lo encuentra, y con ese poquito que queda se pueden reavivar los carbones ya apagados. Igual le sucede a la caridad, que es la vida de nuestra alma, cuando vienen las tentaciones grandes y violentas: la tentación lanza su delectación a la parte inferior que, al parecer, cubre toda el alma de cenizas y reduce el amor de Dios al mínimo, pues ya no se le encuentra sino en lo más hondo del corazón, en lo más íntimo del alma; de tal forma que parece que ni allí lo hay, y cuesta mucho trabajo encontrarlo. Sin embargo, realmente está, ya que, aunque todo sea confusión en nuestra alma y en nuestro cuerpo, tenemos la resolución de no consentir al pecado ni a la tentación, y la delectación agrada al hombre exterior, pero desagrada al interior, y aunque ronde por todas partes a nuestra voluntad, no está dentro de ella: por eso se ve que tal delectación es involuntaria, y siendo así, no puede ser pecado». `

¿Qué hacer, pues, cuando nos asaltan las tentaciones? ¿Qué actitud tomar? ¿Qué táctica adoptar? Ya lo sabemos bien. La actitud es la paz en el dominio de sí; la táctica es el desprecio que desdeña combatir a la tentación o disputar con ella, y la aleja mediante actos de amor de Dios.

«No os esforcéis nunca por vencer las tentaciones, pues ese esfuerzo las fortificaría. Despreciadlas, no les hagáis caso. Imaginad a Jesucristo crucificado entre vuestros brazos y sobre vuestro pecho, y decidle cien veces besándole en el costado: aquí está mi esperanza; ésta es la fuente viva de mi felicidad. ¿Qué buscáis en la tierra sino a Dios? Y ya lo tenéis. Seguid firme en vuestras resoluciones. Sin reflexionar sobre vuestro mal ni replicarle, caminad resueltamente. No, Dios no podrá perderos mientras, para no perderle, viváis en vuestras resoluciones. Que se hunda el mundo, que todo esté en tinieblas, humo y confusión. Dios está con nosotros. San Francisco de Sales habla aquí especialmente de las grandes tentaciones. Para las que son insignificantes, simplemente aconseja burlarse de ellas.

«Os ruego que os burléis de todas esas tonterías de vanagloria que os salen al paso cuando hacéis una obra buena; son solamente moscas, que lo único que pueden hacer es molestaros. No os detengáis a examinar si habéis consentido o no; simplemente seguid con lo que estabais haciendo como si no se refiriera a vos».

Esa misma enseñanza la encontramos en la Introducción a la vida devota, en el capítulo en que el obispo nos indica «cómo hay que resistir las pequeñas tentaciones que continuamente nos importunan»:

«En cuanto a esas pequeñas tentaciones de vanidad, de sospecha, de pena, de envidias, de celos, de amoríos y trampas semejantes que, cual moscas y mosquitos, se nos ponen ante los ojos y tan pronto nos pican en la mejilla como en la nariz, como no hay medio de librarse de ellos, lo mejor es no prestarles atención; no pueden dañarnos, aunque sí molestarnos, si estamos decididos a querer servir a Dios.

Despreciad, pues, esos pequeños ataques, y no os dignéis ni siquiera pensar en lo que os quieren decir; dejadles zumbar y revolotear alrededor vuestro como moscas, y aun cuando vengan a picaros y los veáis a veces detenerse en vuestro corazón, no hagáis más que espantarlos, pero sin luchar contra ellos ni replicarles, sino haciendo cualesquiera actos contrarios, sobre todo de amor de Dios».

Y San Francisco de Sales se complace en subrayar el bien que nos hacen estos actos de amor, que nos apaciguan a nosotros y descorazonan al enemigo:

«Este es el mejor medio de vencer al enemigo, tanto en las pequeñas como en las grandes tentaciones; porque el amor de Dios al contener en sí las perfecciones de todas las virtudes, y más excelentemente que las virtudes mismas, es también el mejor remedio contra los vicios. Y si nos acostumbramos a recurrir a ese amor en las tentaciones, ya no nos veremos obligados a mirar ni examinar las tentaciones que haya, sino que, al sentirnos tentados, nuestra alma se sosegará con ese remedio, que es tan espantoso para el espíritu maligno que, cuando ve que sus tentaciones nos llevan al amor de Dios, inmediatamente cesa de tentarnos» .

Además, las tentaciones nos son muy provechosas, pues nos ponen a prueba y fortifican nuestra virtud.

«He visto vuestra tentación. Queridísima hija, es necesario tener tentaciones; a veces turban al corazón, pero nunca logran derribarlo si está en guardia y es decidido. Humillaos mucho, sin asombraros. Los lirios que crecen entre espinos son más blancos y las rosas que se crían junto a los ajos son más olorosas. Quien no ha sido tentado, ¿qué puede saber?» .Y también nos enseñan la humilde desconfianza en nosotros mismos y la necesidad de la oración y de una constante vigilancia.

«Ya veis, querida hermana, que muchas veces, a los enemigos que creíamos ya vencidos, los vemos aparecer por el lado que menos esperábamos. Recordemos a Salomón, el hombre más sabio del mundo, que había hecho tantas maravillas en su juventud, estaba tan seguro de su virtud y tan confiado en su vida pasada, que cuando menos lo esperaba, le sorprendió el enemigo, como suele ocurrir a menudo. Esto nos enseña dos lecciones: una, que debemos desconfiar de nosotros mismos, sin perder el santo temor, y re-curriendo al socorro del cielo continuamente; la otra: que el enemigo puede ser vencido, pero no muerto; y, si a veces nos deja en paz, es para atacar luego con más fuerza».

Lejos de descorazonarnos, tenemos que ponernos a curar suavemente las heridas que nos ha causado, sin asombrarnos de ser víctimas de sus ataques, y pidiendo ayuda a nuestro Salvador con mucha fe.

«No os desaniméis por eso, querida hermana, sino que, sin dejar la atenta vigilancia, dedicaos cuidadosamente y sin prisas a sanar vuestra alma del mal que os hayan podido ocasionar esos ataques, humillándoos profundamente ante nuestro Señor, sin asombraros nada de vuestra miseria. Ciertamente, sería digno de asombro que no estuviéramos expuestos a esos ataques y miserias. Estas pequeñas sacudidas, mi querida hermana, nos hacen volver sobre nosotros mismos, considerar nuestra fragilidad y pedir ayuda a nuestro Protector. San Pedro caminaba seguro sobre el agua; se levantó viento y las olas parecían tragárselo; entonces exclamó: ¡Señor, sálvame!, y nuestro Señor, cogiéndole la mano, le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”. En medio de las turbulencias de nuestras pasiones, entre los vientos y tormentas de las tentaciones,es cuando acudimos al Salvador, que permite que seamos tentados solamente para movernos a recurrir a Él invocándole con más ardor».

Conservemos, pues, siempre nuestra confianza en Dios y con tanta más firmeza cuanto más vivamente sintamos nuestra miseria. Estemos seguros de que nos hará vencer las tentaciones con tal que queramos serle fieles, desconfiando de nuestras fuerzas e implorando su ayuda en los momentos de peligro. Así se lo decía san Francisco de Sales a un caballero:

«Señor, nunca debemos dudar de apoyarnos en Dios cuando sintamos dificultades para librar nos del pecado, o cuando en las ocasiones y tentaciones desconfiemos de poder resistirlas. Oh, no, señor, la desconfianza en las propias fuerzas no es falta de resolución, sino un verdadero reconocimiento de nuestra miseria. Es un sentimiento mejor desconfiar de poder resistir las tentaciones que el creerse seguro y suficientemente fuerte, con tal de que lo que no se puede esperar de sus propias fuerzas se espere de la gracia de Dios…Os suplico, señor, que acalléis todas las oposiciones que os suscite vuestro espíritu; no hace falta más respuesta sino que deseáis ser siempre fiel y esperáis que Dios os lo conceda sin necesidad de probaros para ver si lo sois, porque esas pruebas son engañosas; ya que muchos son valientes cuando no ven al enemigo, pero no lo son en su presencia. Y, al contrario, hay muchos que temen el ataque, pero, llegado el momento, tienen valor. No debemos temer al temor».

Escrúpulos, cavilaciones sobre sí mismo, miedo al futuro

La paz interior también se puede perturbar por ciertos defectos de nuestro carácter, como son los escrúpulos, la manía de mirarse a sí mismo, el temor al futuro, que encogen y angustian el alma; o el apresuramiento, que impide la serena posesión de sí mismo.

El primer director espiritual de la baronesa de Chantal, un religioso que, cuanto menos, era algo extraño, la había obligado a hacer cuatro votos: «primero, que le obedecería; segundo, que no cambiaría nunca de director; tercero, que guardaría en absoluto secreto todo lo que él le dijera, y cuarto, que no trataría de su intimidad sino con él».Es fácil adivinar la angustia que debieron causar estos absurdos lazos a la baronesa, hasta el momento en que los rompió Francisco de Sales, al que había conocido en Dijon durante la cuaresma de 1604 y al que con frecuencia había visto en casa de su hermano, Monseñor Frémyot, arzobispo de Bourges.Esto sucedió en la peregrinación a san Claudio, donde habían concertado encontrarse, el 24 de agosto de 1604. Al día siguiente de su llegada, el obispo dijo a la baronesa: «Me he estado ocupando de vuestro asunto toda la noche. Esos cuatro votos sólo sirven para destruir la paz de una conciencia. Es ciertamente la voluntad de Dios que yo me encargue de dirigiros espiritualmente y que vos sigáis mis consejos». Y le entregó el reglamento de vida que había escrito para ella.

Desde sus primeras cartas, se esforzó el obispo por establecerla en la paz, liberándola de todo escrúpulo.

«Si os dan mucha devoción las oraciones que hasta ahora habéis hecho, no las cambiéis, os lo ruego; y si alguna vez dejáis algo de lo que yo os mando, que no os entren escrúpulos, porque a continuación os pongo con letras destacadas la regla general de lo que ha de ser nuestra obediencia: Hay que hacer todo por amor, nada por fuerza; hay que amar más la obediencia que temer la desobediencia.Os dejo el espíritu de libertad. No el que excluye la obediencia, porque ésa es una libertad de la carne, sino el que excluye la angustia, los escrúpulos y los apresuramientos. Puesto que amáis mucho la obediencia y la sumisión, quiero que si por razones justas y caritativas dejáis en alguna ocasión de hacer vuestros ejercicios, lo toméis como una especie de obediencia y supláis con amor el ejercicio omitido».

Era, sin duda, una dirección muy tranquilizadora, que trataba siempre de dilatar a la Sra. de Chantal en la paz, desechando toda exigencia injustificada en la búsqueda de la perfección.

«También apruebo… que sigáis con vuestras labores manuales, como hilar y cosas así, en los momentos en que no tengáis nada más importante que hacer; y que vuestros trabajos estén destinados a las iglesias o a los pobres; pero no lo digo de manera tan rigurosa que os creáis en obligación de dar el equivalente en dinero a los pobres si hacéis algo para vos o los vuestros. Porque siempre han de reinar la santa libertad y la naturalidad, sin otra ley ni cortapisa que la del amor. Y cuando éste nos inspire hacer algo a favor de los nuestros, no se debe creer que es algo mal hecho, ni es necesario pagar una multa, como sería vuestro deseo. Lo que el amor nos dicte, sea para un pobre o para un rico, siempre estará bien y será agradable a nuestro Señor. Creo que si me entendéis correctamente, veréis que digo la verdad y que combato por una buena causa cuando defiendo la santa y caritativa libertad de espíritu que, ya sabéis, honro singularmente, con tal que sea verdadera, y se aparte de la disolución y el libertinaje, que no son sino una máscara de la libertad».3′

En ese mismo sentido escribía a una persona inclinada a un rigor excesivo:

«Creo que no debemos atraer amarguras a nuestros corazones como hizo nuestro Señor, ya que no podemos controlarlos como Él. Basta con que las suframos pacientemente. Por ello, no debemos ir siempre en contra de nuestras inclinaciones cuando no son malas, y habiéndolas examinado hemos visto que son buenas».

Sin cesar pide la sencillez en el ejercicio de las virtudes:

«Deseo leáis el Camino de Perfección de la bienaventurada santa Teresa, porque os ayudará a comprender lo que yo tantas veces os he repetido: que no hay que ser demasiado puntilloso en el ejercicio de las virtudes, sino ir directamente, sinceramente, sencillamente, al viejo estilo francés, con libertad, de buena fe, grosso modo. Porque me dan mucho miedo la angustia y la melancolía. No, hija mía, deseo que tengáis un corazón ancho y dilatado para ir por el camino de nuestro Señor, pero a la vez humilde, dulce y sin inquietud».

Como los escrúpulos dificultan los movimientos del alma, impiden la libertad y la alegría en el servicio de Dios y destruyen la paz. Ved lo que pide a una de sus dirigidas, a la cual quiere ver progresar por el camino de la perfección: «Servid a Dios con alegría y en libertad de espíritu».

Pero para esto, tenemos que prohibirnos esas vueltas sobre nosotros mismos que turban inútilmente nuestra conciencia. San Francisco de Sales es muy preciso a este respecto.A una persona que estaba muy inquieta por sus confesiones pasadas, él la tranquiliza, explicándole que ha declarado suficientemente sus faltas:

«Por lo demás, mi querida hija, ese gran temor que hasta ahora os ha angustiado tan cruelmente, desde hoy tiene que terminar, ya que tenéis toda la seguridad que se puede tener en este mundo, de haber expiado vuestros pecados por el sacramento de la penitencia. No, no hay que poner en duda que las circunstancias de vuestras faltas hayan sido suficientemente expresadas; porque todos los teólogos están de acuerdo en que no es necesario decir todos los pequeños detalles relacionados y derivados de los pecados: el que dice: he matado a un hombre, no necesita precisar que antes sacó la espada, ni que dio muchos disgustos a sus parientes, ni que escandalizó a quienes lo vieron, ni el desorden que produjo en la calle donde le mató; pues todo eso se comprende sin necesidad de decirlo; basta con decir que mató a un hombre por estar encolerizado, o haciéndole caer en una emboscada por venganza, si era seglar o eclesiástico, y luego dejar el juicio a quien os escucha. Quien dice que ha prendido fuego a una casa, no necesita decir detalladamente todo lo que había dentro, hasta con que diga si había gente o no.

¡Oh, queridísima hija, quedaos en paz. Vuestras confesiones han sido buenas a más no poder. Desde ahora preocupaos por vuestro progreso en la virtud, sin pensar en los pecados pasados sino para humillaros dulcemente ante Dios y bendecir su misericordia, que os los ha perdonado mediante los divinos sacramentos».

Otra, incapaz de discernir si ha cumplido con su deber, se atormenta con la duda de haber ofendido a Dios. El obispo para en seco esas penosas incertidumbres, dándole una regla de conducta muy precisa:

«Cuando estemos en duda de si hemos cumplido con nuestro deber en alguna circunstancia y, por tanto, de si hemos ofendido a Dios, tenemos que humillarnos, rogar a Dios que nos perdone y que nos dé más luz en otra ocasión, tenemos que olvidar totalmente lo sucedido, y seguir nuestra vida; porque andar indagando con curiosidad e intranquilidad sobre si hemos actuado bien, es ciertamente obra del amor propio, que nos hace desear saber si somos buenos allí donde el puro amor de Dios nos dice: por falso o cobarde que hayas sido, humíllate, apóyate en la misericordia de Dios, pídele perdón y, con una nueva promesa de fidelidad, sigue adelante en el camino hacia tu progreso espiritual».

Una tercera persona considera por menudo todo lo que ha hecho por amor al Señor. El obispo no quiere semejantes exámenes:

«¡Qué felices somos por querer amar a nuestro Señor! Amémosle, pues, hija mía; no nos metamos a considerar demasiado por menudo lo que hacemos por su amor, con tal de que estemos seguros de no querer hacer nunca nada sino por su amor».

Otra, en fin, anda siempre con temor de no obrar suficientemente bien; para conservar la paz, le basta con obrar con amorosa fidelidad.«Vivid siempre en esta confianza, con una amorosa fidelidad para con el amado Salvador y sin temor de no haber obrado suficientemente bien. No, hija mía, confesando vuestra bajeza e impotencia, dejad vuestro cuidado espiritual a la bondad divina, que acepta nuestras pequeñas y pobres luchas cuando las hacemos con humildad, confianza y fidelidad amorosa. Y llamo amorosa a la fidelidad por la cual no quisiéramos omitir, a sabiendas, nada de lo que creemos ser más agradable al Esposo, porque nos preocupamos más de agradarle que de temer sus castigos».

Los temores del futuro nos quitan la paz tanto como las cavilaciones sobre nosotros mismos. San Francisco de Sales nos muestra la vanidad de esos temores.

«Querida hermana, no hay que crearse temores inútiles. Es suficiente con recibir los males que de cuando en cuando nos vienen, sin preverlos con la imaginación».Nos pide que superemos esos temores inútiles mediante la confianza en Dios, fuente única de paz. ¿Es que Dios no es nuestro Padre?

«Siendo hija de tal Padre, ¿qué teméis? Sin su Providencia no se caerá un solo cabello de vuestra cabeza. Es curioso que, con un Padre así, tengamos otras preocupaciones que no sean las de amarle mucho y servirle. Preocupaos de vuestra persona y de vuestra familia en la medida que Él quiere, y no más, y así veréis cómo Él cuida de vos. A santa Catalina de Siena le dijo: “Piensa en Mí y Yo pensaré en ti”».

«Que vuestro corazón esté lleno de valor y vuestro valor lleno de confianza en Dios; porque quien os ha dado los primeros atractivos de su sagrado amor, nunca os abandonará si vos no le abandonáis jamás».

«Espero que Dios os fortalecerá cada vez más; y a ese pensamiento o tentación de tristeza por temer que vuestro fervor y solicitud actual va a durar poco, respondedle de una vez por todas que los que confían en Dios jamás serán confundidos y que, tanto lo espiritual como lo corporal y material, se lo habéis dejado al Señor y Él se cuidará de alimentaros. Sirvamos bien a Dios en el día de hoy; mañana, Dios proveerá. A cada día le basta su trabajo; no os preocupéis del mañana, porque Dios, que reina hoy, también reinará mañana» .

San Francisco de Sales nos asegura, además, que «la medida de la Providencia divina para con nosotros es la confianza que en ella tenemos».¿Por qué hemos, pues, de inquietarnos cuando nos imponen una tarea difícil?

«Queridísima hija, con la ayuda de Dios haremos mucho; pero necesitamos una humildad valiente para rechazar las tentaciones de desconfianza en la santísima confianza que tenemos en Dios. Debéis estar segura de que como el cargo os lo han impuesto aquéllos a quienes debéis obedecer, lo llevará el Señor junto con vos, colocándose a vuestra diestra».«Junto a nuestra Madre vos seréis la primera en mis oraciones y en mis preocupaciones; preocupaciones, sin embargo, muy dulces, porque confío mucho en el cuidado de la divina Providencia para con vuestra alma, que será muy feliz si abandona en ese seno de amor infinito todos sus temores».6

Así pues, una superiora evitará toda inquietud, toda amargura, toda pena porque está convencida de que Dios le dará las gracias necesarias para el cumplimiento de los deberes de su cargo, y se entregará a sus hijas con la gozosa abnegación del amor maternal.

«Si hasta ahora la preocupación por vuestro gobierno y el temor del futuro cargo de superiora os ha tenido un poco inquieta haciéndoos cambiar frecuentemente de modo de pensar, ahora que sois madre de tantas hijas tenéis que permanecer tranquila, serena y siempre igual, descansando en la divina Providencia, que nunca os hubiera puesto a todas esas hijas en vuestros brazos ni en vuestro regazo sin daros al mismo tiempo un socorro, una ayuda, una gracia suficiente y abundante que os sostenga y apoye…¿Creéis que un Padre tan bueno como Dios os iba a encargar que criaseis a esas hijas sin daros leche, manteca y miel en abundancia? No hay que dudar de esto.Fijaos en estas dos o tres palabras que mi corazón va a decir al vuestro: No hay nada que agote tanto la leche del pecho materno como las penas, las aflicciones, las melancolías, las amarguras y desazones. Vivid gozosamente con vuestras hijas. Mostradles un seno espiritual hermoso y accesible, para que acudan a él alegremente… No digo, hija mía, que seáis aduladora, zalamera ni irónica, sino dulce, suave, amable, afable. En fin, amad a vuestras hijas con un amor maternal, cordial, que las nutra y las guíe, y lo haréis todo siendo toda para todas: la madre de todas, comprensiva con todas. Ésa es la única condición que se basta por sí sola y sin ella ninguna es suficiente».

¿Por qué hemos de temer las cruces, adversidades y accidentes de esta vida? «Mantengámonos bien firmes en nuestra confianza para con la divina Providencia porque si os depara cruces también dará fortaleza a vuestros hombros para que carguéis con ellas».«¿Qué os ha faltado? Mirad, querida hija, nues-tro señor envió a los Apóstoles a todas partes sin dinero, sin bastón, sin sandalias, sin alforjas, con una sola túnica, y al volver les preguntó: Cuando os envié así, ¿os faltó algo? Y ellos contestaron que no. Hija mía, cuando aún no teníais tanta confianza en Dios y os llegaron las penas, no os derribaron, ¿verdad? Me diréis que no. ¿Y por qué no vais a tener valor para superar las otras adversidades? Dios hasta ahora no os ha abandonado, ¿cómo os va a abandonar precisamente ahora cuando más que nunca queréis ser suya?

No temáis al mal que os pueda llegar del mundo, pues quizá no os venga; y en todo caso, si os viniera, Dios os fortalecería. Él mandó a san Pedro andar sobre las aguas, y san Pedro, al ver el viento y la tormenta, tuvo miedo y el miedo le hizo hundirse y pidió socorro a su Maestro, que le dijo: hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Y, tendiéndole la mano, le sacó a flote. Si Dios os hace caminar por las olas de la adversidad, no dudéis, hija mía, no temáis. Dios está con vos; tened ánimo y os librará».

«No queráis prevenir de antemano los accidentes de esta vida por el temor; hacedlo con una total esperanza de que, a medida que se vayan presentando, pues sois de Dios, Él os librará. Os ha protegido hasta ahora; seguid bien cogida a la mano de su Providencia y os ayudará en toda ocasión; y cuando no podáis caminar, os llevará en brazos.¿Qué debéis temer, querida hija, teniendo a Dios, que nos ha asegurado tanto que todo se convierte en bien para los que le aman? No penséis en lo que sucederá mañana, porque el mismo Padre eterno que os cuida hoy os cuidará mañana y siempre: Y, o bien no os enviará ningún mal, o si os lo envía, os dará un valor invencible para soportarlo.Permaneced en paz, querida hija; borrad de vuestra mente cuanto pueda turbaros y decid frecuentemente a nuestro Señor: Oh Dios, Vos sois mi Dios, confío en Vos; me ayudaréis y seréis mi refugio, y yo nada temeré, pues no sólo estáis conmigo, sino en mí y yo en Vos. ¿Qué puede temer un hijo en brazos de tal Padre? Sed como un niño, mi queridísima hija, y, como sabéis, los niños no piensan en tantos asuntos, tienen quien piense por ellos; sólo se sienten fuertes si están junto a su padre. Haced vos lo mismo, querida hija, y conservaréis la paz».

En una palabra: tenemos que vivir en esa paz que nos da la confianza en la divina Providencia, incluso cuando los acontecimientos no responden a lo que esperábamos.

«No os asombréis aunque aún no veáis avanzar ni vuestros asuntos espirituales ni los temporales… Dios mantiene escondido en el secreto de su Providencia el momento y la manera de escucharos; y quizá una manera excelente de escucharos sea no escuchar vuestros propios planes sino los suyos».

Pero, ¿no hay nada que pueda turbar la paz de un alma asentada en la santa indiferencia, enteramente abandonada al Señor y que imita con su total desprendimiento el despojo y la desnudez de su Esposo crucificado?

«No os inquietéis por los males y penas que os puedan venir, porque, una de dos, o el Señor no permitirá que os lleguen, o bien os dará la fuerza para soportarlos si os los envía. Dejad alma y cuerpo entre sus benditas manos, abandonaos a Él, perdeos en Él, amadle a Él, y que todo lo que no sea Él os resulte indiferente. Y en el cielo sabréis lo feliz que es el alma que ha vivido despojada de todo lo del mundo para rendir homenaje al despojamiento total y a la desnudez de su Esposo clavado en la cruz, y muriendo para enriquecer y engalanar a sus amadas esposas».

La excesiva solicitud natural

En fin, la mortificación de nuestra excesiva solicitud, tanto en nuestros asuntos como en la devoción, nos hará profundizar en la paz.

La Introducción a la vida devota, en uno de sus capítulos nos dice: «Hay que tratar los asuntos con diligencia, pero sin afán ni preocupación». Subrayemos algunos pensamientos:

«No os afanéis en exceso en vuestra tarea, porque la demasiada solicitud turba la razón y el juicio, e incluso nos impide hacer bien aquello que tanto nos interesa».

«Cuando nuestro Señor reprendió a santa Marta, le dijo: Marta, Marta, tú te preocupas y te turbas por muchas cosas. Ved que si no hubiera hecho más que estar solícita en el trabajo, no se hubiera turbado, pero, como estaba inquieta y preocupada, se afanaba con prisa y se inquietaba. Y por eso la reprendió el Señor».

«Un trabajo hecho con impetuosidad y apresuramiento nunca sale bien… Por tanto, recibid con paz los asuntos que os vengan y tratad de hacerlos con orden, uno después de otro».

Encontramos en la correspondencia del obispo estos mismos consejos. San Francisco de Sales nos pide que mantengamos nuestro corazón «tranquilo entre la multiplicidad de asuntos que se nos presentan». Estos trabajos no pueden salir bien, sino con la ayuda de Dios. Pongamos en ellos, pues, toda nuestra diligencia, pero con sosiego, sin atormentarnos; en la eternidad veremos que todas esas cosas no eran sino futilidades y bagatelas.Pero, ¿se puede describir mejor la vanidad de los negocios de este mundo y la locura de nuestro afán por lograr buenos resultados?

«No creáis que el éxito de vuestros negocios pueda deberse a vuestro trabajo; solamente se debe a la ayuda de Dios y, por lo tanto, descansad en su asistencia, sabiendo que hará siempre lo que es mejor para vos, con tal que por vuestra parte pongáis una moderada diligencia. Digo moderada, porque la diligencia que es violenta estropea el corazón y también los asuntos, pues no es diligencia sino apresuramiento y turbación.Por Dios, señora, pronto estaremos en la eternidad, y entonces veremos que los afanes de este mundo son poca cosa y qué poca importancia tenía que se realizasen o no; sin embargo, ahora nos preocupamos como si fuesen cosas importantes. De pequeños, ¡con qué afán juntábamos pedacitos de tejas, de madera, de barro, para hacer casas y pequeños edificios! Y si alguien nos los deshacía, nos llevábamos un gran disgusto y llorábamos; pero ahora vemos que todo aquello no éra nada. Lo mismo nos sucederá un día en el cielo, y veremos que todo lo que tanta importancia tenía para nosotros en el mundo, eran sólo niñerías.Con esto no quiero decir que se descuiden esas pequeñeces y bagatelas, pues Dios nos las confía para ejercitarnos; pero sí digo que no hay que tomarlas con demasiado calor ni ardor. Hagámonos como niños, puesto que lo somos; pero sin pasarnos al otro extremo. Y si alguien nos es-tropea nuestras casitas y nuestros planecitos, no nos agitemos por ello. Al caer la tarde en la que tendremos que ponernos bajo cubierto-hablo de la muerte-, de nada nos valdrán esas casitas; entonces tendremos que refugiarnos en la casa de nuestro Padre».

La inquietud estropea nuestros asuntos y también es muy perjudicial para nuestra piedad. «Guardaos del desasosiego, que es la peste de la devoción», afirma san Francisco de Sales. ¡Con qué realismo denuncia los males que trae esa calamidad!

«La inquietud que tenéis en la oración y que va unida a un gran desasosiego por encontrar algo que os pueda calmar y satisfacer vuestro espíritu, basta para impediros encontrar lo que buscáis. Se pasará cien veces la mano y la mirada sobre una cosa y no se verá nada si se busca con excesivo ardor.De este vano e inútil apresuramiento no podréis sacar más que cansancio de espíritu y como consecuencia, esa frialdad y ese entorpecimiento del alma. No sé qué remedios necesitaríais, pero creo que, si consiguieseis libraros del desasosiego, ganaríais mucho; porque es uno de los grandes obstáculos para la devoción y la verda-dera virtud. Nos hace creer que nos impulsa hacia el bien, pero en realidad nos desanima; que nos hace correr, pero es sólo para que tropecemos. Por eso tenemos que guardarnos de él siempre, pero sobre todo en la oración».

También hemos de poner empeño en desterrar las prisas en nuestro esfuerzo de santificación. El aborrecimiento sereno y tranquilo de nuestros defectos nos permitirá irlos atenuando: «Aborrezcamos nuestros defectos, pero serena y tranquilamente, sin despecho ni turbación; ciertamente, necesitamos ejercitar nuestra paciencia para verlos, y sacar el provecho de un santo rebajamiento de nosotros mismos. De no hacerlo así, hija mía, vuestras imperfecciones, que tan sutilmente veis, os turbarán de modo aún más sutil, con lo cual siguen ahí, pues no hay nada que más alimente nuestros defectos que la inquietud y el afán ansioso por librarnos de ellos».

Además, no conseguiremos en un día, ni mediante violentos esfuerzos, esa perfección a la que debemos aspirar.

«No veréis que las viñas se poden a fuerza de hachazos, sino lentamente, con la podadora y sarmiento tras sarmiento. Yo vi una escultura en la que el artista había trabajado durante diez años hasta dejarla perfecta, y con el cincel y el buril poco a poco le iba quitando todo lo que estorbaba a la justa proporción. Es imposible que en un día lleguéis a donde aspiráis; hoy consigo esto, mañana algo más y paso a paso nos haremos dueños de nosotros mismos, lo que no será pequeña conquista.

Os suplico que perseveréis con confianza y sinceridad en este santo empeño. De él depende vuestro consuelo a la hora de la muerte, la dulzura en esta vida presente y la seguridad de la futura. Sé que la empresa es grande, pero mayor será la recompensa».

También hemos de esforzarnos por moderar nuestros deseos. ¿Quién no ha experimentado en los comienzos de una vida de fervor el deseo inquieto y ansioso de la perfección, contra el cual san Francisco de Sales ponía en guardia a santa Juana de Chantal?

«El pájaro que está asido a una rama solamente siente su falta de libertad cuando quiere volar, y lo mismo cuando todavía no tiene alas: sólo ve su impotencia cuando intenta volar. Mi querida hija, puesto que todavía no tenéis alas y vuestra impotencia es una barrera para vuestros esfuerzos, el mejor remedio es no debatiros, no apresuraros por querer volar. Esperad con paciencia a tener alas para volar como las palomas».

El obispo, que tiene un conocimiento exacto del alma de la baronesa, le hace comprender que la razón del malestar interior que experimenta es su prisa por llegar a la perfección.

«Mucho me temo que tengáis demasiado ardor para llegar a la meta, que os apresuréis y multipliquéis los deseos con demasiada viveza. Veis la belleza de las luces, la dulzura de las resoluciones, y os parece que ya casi las tenéis; y ver el bien tan de cerca os suscita un apetito desmesurado que os empuja y os hace saltar, pero para nada. Pues el dueño os tiene atada a la rama, o bien, todavía no tenéis alas, y mientras tanto os debilitáis con ese continuo aleteo del corazón y vuestras fuerzas decrecen continuamente. Está bien que hagáis pruebas, pero moderadas, sin tanto ardor, sin tanta agitación…».

La exhorta, pues, a una espera más paciente: «Ánimo, deteneos, no os apresuréis; veréis que os encontráis mejor y que vuestras alas se van fortaleciendo más fácilmente. Ese desasosiego es un defecto… una falta de resignación. Estáis resignada, mas con un `pero’ porque quisierais esto o lo otro y os agitáis por tenerlo. Un simple deseo no es contrario a la resignación; pero el jadear del corazón, el batir las alas, la agitación de la voluntad, la multiplicidad de impulsos… todo eso es, sin duda, falta de resignación. Sabéis bien lo que tenéis que hacer. Debemos conformarnos con no volar, puesto que aún no tehemos alas».

Y concluye:

«No os inquietéis con vanos deseos, ni os inquietéis por no inquietaros… Seguid despacito vuestro camino, porque es bueno».

Sigamos ese prudente consejo que nos da el obispo, si queremos subir sin perder el aliento y con paso seguro, por el empinado sendero que conduce a la santidad.

«Para caminar bien, tenemos que poner atención en seguir bien el camino que tenemos más cerca, e ir haciendo bien cada jornada sin entretenernos en desear hacer la última, mientras que debemos hacer la primera» .

Él mismo se aplica esa doctrina y se esfuerza en controlar sus más legítimas impaciencias. Así lo confiesa a la Chantal:

«He estado diez semanas enteras sin recibir ni una sola noticia vuestra… Y lo bueno es que mi santa paciencia iba perdiendo terreno en mi corazón, y creo que la hubiera perdido del todo si no hubiese recordado que no tenía más remedio que conservarla para tener derecho a predicarla a los demás».

¡Cuánta paz se siente cuando se dominan los afectos suficientemente, para que no sigan la natural impetuosidad ni la propia voluntad, sino únicamente el impulso del Espíritu Santo!

«¡Qué dicha, querida Madre, ser todo de Él, que, para hacernos suyos, se ha hecho todo nuestro! Pero para eso tenemos que crucificar nuestros afectos, especialmente aquellos que llevamos más dentro y que más nos conmueven, cuidando siempre de frenar los actos que de ellos proceden, para no hacerlos impetuosamente ni por propia voluntad, sino por la del Espíritu Santo».

San Francisco de Sales no olvida recomendarnos la mortificación de nuestra actividad, para lograr tener paz mediante el perfecto dominio propio.

«Acostumbraos a hablar con mesura, a caminar con mesura, a hacer todo lo que hagáis con moderación y mesura. Y veréis como en tres o cuatro años habréis corregido esa súbita espontaneidad. Pero no os olvidéis de hacer todo con serenidad; y hablad suavemente en las ocasiones en las que el tiempo no os apremie y cuando no haya apariencia de temer la precipitación, por ejemplo al acostaros, al levantaros, al sentaros, al comer, cuando habléis con las Hermanas Ana, María o Isabel; es decir, siempre y en todas partes, sin permitiros olvidarlo. Estoy seguro de que mil veces al día fallaréis y que vuestro carácter tan activo os jugará malas pasadas, pero eso no importa con tal de que no sea voluntario ni deliberado y que, en cuanto os deis cuenta de esos movimientos, procuréis refrenarlos».

El realismo del obispo de Ginebra en la dirección de las almas se manifiesta en esos humildes detalles de nuestra vida diaria, hasta los cuales no duda en descender. Había conocido en Grenoble, cuando en 1617 predicó allí la cuaresma, a la esposa del segundo presidente del Tribunal de Cuentas del Delfinado, la Sra. Le Blanc de Mions . Se interesó enseguida por esta alma generosa, que a su vez, sintió por él un gran aprecio desde el primer momento.Es gracioso imaginarse al uno frente a la otra. El obispo, según su amigo Camus, obispo de Belley, «de carácter lento y pesado», yendo «con pies de plomo en todo y apresurándose con mesura, según el lema de César» y «con gran aversión por la precipitación y la impetuosidad» . Ella, por el contrario, viva y ardiente, entusiasta, impetuosa, impulsiva, y con una intuición tan rápida que llegaba al fondo de la cuestión cuando penas se la habían empezado a exponer. Retenida en el mundo por los lazos de un matrimonio que era la causa de su tormento, había conocido en Lyon a la Sra. de Chantal y la Visitición y al momento comprendió que el claustro era la patria de su alma. Había pedido y obtenido el favor de ser considerada como una hija adoptiva del monasterio y utilizar como nombre de religión: «Hna. Bárbara María».En cuanto el obispo se marchó de Grenoble, una vez terminada la predicación cuaresmal, ella recurrió a sus consejos. No tenemos la carta que le envió, pero sí la del obispo respondiendo diferentes preguntas que le hacía.

Estaba inquieta por su oración. Era incapaz de meterse a la lentitud complicada de los métodos, y de entrada, ya agotaba el tema, porque con una ojeada abarcaba todos los puntos. Y ponía tanta atención que acababa con dolor de cabeza.

Francisco de Sales la tranquiliza: que se relaje en este ejercicio, «si empezase a trabajar el cerebro y eso os produjese dolor de cabeza», que acorte su duración: «Para acomodar tan útil ejercio a la rapidez y la incomparable prontitud de vuestro carácter, será suficiente que empleéis en media hora cada día, o un cuarto de hora».

Sin embargo, tiene que esforzarse por dominar su excesiva vehemencia.

«Como tenéis un espíritu tan activo e inquieto, que no podéis parar, tengo que deciros que es imprescindible sosegarlo y lograr que sus movimientos poco a poco sean más lentos, de modo que actúe con sosiego y tranquilidad según las circunstancias. Y no creáis que el sosiego y la tranquilidad impiden la prontitud de la obra; al contrario, ayudan a que salga mejor».

Y con su amable condescendencia, el santo obispo enseña a su penitente a moderar su paso en el ritmo ordinario de la vida cotidiana.

«Podríais hacerlo así: por ejemplo, puesto que en esta miserable vida tenéis necesidad de comer, empezad por sentaros despacio y permaneced sentada a la mesa hasta que hayáis comido lo conveniente a vuestro cuerpo. Al ir a acostaros, quitaos la ropa sin prisas. Al levantaros, hacedlo sosegadamente, sin movimientos bruscos, sin gritar ni apremiar a las que os sirven. Y así iréis moderando vuestro carácter, reduciéndolo poco a poco a la santa medianía y moderación. En cambio, a quienes tienen un carácter flojo y perezoso, habría que decirles: daos prisa, que el tiempo vuela. Pero a vos os digo: no os apresuréis tanto, porque la paz, la tranquilidad, la dulzura de carácter son preciosas, y el tiempo se aprovecha más cuando se emplea sosegadamente».

Después de estas lecciones, ¿podrá ella seguir empolvándose el cabello? Claro que sí, sin duda alguna.

«No hay que enredarse el espíritu en esas telas de araña. Los ‘cabellos del espíritu’ de esta señora son aún más finos que los de su cabeza y por eso se siente incómoda. No hay que ser tan puntillosa… Decidle que siga de buena fe entre las hermosas virtudes de la sencillez y la humildad en vez de irse a los extremos y andarse con tantas sutilezas de razonamientos y consideraciones. Que puede tranquilamente empolvarse la cabeza; así hacen los hermosos faisanes, que se empolvan el penacho para que no aniden en él los piojos».

Poquísimas veces se encuentran semejantes consideraciones en los tratados de espiritualidad. Pero cuánta sabiduría supone llevar así, con mano firme, hasta el punto esencial, la paz interior a quien corría el peligro de malgastar su esfuerzo en detalles fútiles.

Vamos a ver ahora el alma más amada de san Francisco de Sales, la hija de su alma y de su corazón, a quien ha hecho Madre de la Visitación.

Le ha enseñado el valor de la moderación, que mortifica la actividad natural; y el valor de las cosas pequeñas cuando se pone en ellas amor. La ha formado en la renuncia de la propia voluntad y en la práctica de la obediencia. Y ella jamás quiso dispensarse de los humildes oficios que realizan las Hermanas, por turno, en las comunidades.

A los casi setenta años y en vísperas de dejar Annecy-adonde ya nunca regresaría-, para visitar otras casas, se ocupa en barrer. Así consta en la tabla que señala los oficios del día. Mientras realiza este trabajo, no se da cuenta de que una Hermana «la estaba esperando a la puerta para unas cartas urgentes». La observa mientras termina de recoger el polvo, «pero con tanto esmero y tiempo para hacerlo bien», que se asombra y termina por impacientarse, exclamando: «Madre mía, parece que estáis recogiendo perlas, por el cuidado con que lo hacéis». La Chantal le contesta suavemente: «Es más que eso lo que estoy recogiendo, hija mía, y si supiéramos lo que es la eternidad, valoraríamos más el recoger polvo en la casa de Dios, que perlas en el mundo».

«La Hermana se fue inmediatamente a escribir estas palabras, temiendo perder una sílaba» . ¡Cuánto se lo agradecemos! Esa actitud y esas palabras de la Santa son para nosotros una lección preciosa. Deberíamos recoger amorosamente las joyas con que el cielo adornará nuestra gloriosa corona, bajo la mirada de Dios, lejos de toda agitación, en la paz. Es la suprema exhortación del Santo: «Mantened ese corazón vuestro en el justo gozo de sentirse en paz con Dios; paz que no tiene precio en este mundo, ni tampoco recompensa, ya que ha sido comprada por los méritos de la sangre de nuestro Salvador y os merecerá el paraíso eterno si la conserváis bien. Hacedlo, pues, hija mía, y a nada temáis tanto como a lo que os la pueda quitar. Y lo haréis así, lo sé bien, porque pediréis a Dios que os siga dando la gracia, y sé que llevaréis a la práctica todo lo que yo os he aconsejado».

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