La conquista de la Voluntad (cap. I y II)

Enrique Rojas

¿Cómo conseguir lo que te has propuesto?

Índice

   PRÓLOGO

 I. DEFINICIÓN Y CLASES DE VOLUNTAD

Definición

Elegir es anunciar y renunciar 

La motivación  

Clases de voluntad   

II. EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD 

¿Qué es educar?  

Educar a una persona es entusiasmarla con los valores  

La educación de la voluntad está compuesta de pequeños vencimientos            

El hombre con voluntad llega en la vida más lejos que el inteligente. 

El hombre con poca voluntad está siempre amenazado 

El hombre que lucha está siempre contento 

 

PRÓLOGO

Por fin he podido hacer realidad un viejo sueño: escribir un libro sobre la voluntad; un tema bastante olvidado por la psicología moderna.

Para mí la voluntad es casi tan importante como la inteligencia. Cuando ésta ha adquirido fuerza y vigor, nos ayuda en el empeño de conseguir los ideales de la juventud y, también, los de la madurez; a continuar hacia adelante cuando surgen dificultades y los vientos son contrarios a nuestros deseos.

Marañón, en sus Ensayos liberales, decía que el modo más humano de la conducta juvenil es la inadaptación y a eso se le llama rebeldía. Cuando la voluntad está educada, el hombre de cualquier edad se vuelve joven, lozano y con mucho heroísmo en su comportamiento. Es la aspiración de llegar a ser un hombre superior.

La voluntad es el cauce por donde se afirman los objetivos, los propósitos y las mejores esperanzas, y sus dos ingredientes más importantes para ponerla en marcha son la motivación y la ilusión. La primera arrastra con su fuerza hacia el porvenir; la segunda es la alegría de llevar los argumentos de la existencia hasta el final.

Entre la motivación y la ilusión radica la razón de proponerse mejorar en cuestiones pequeñas: es decir, hago lo que debo, aunque me cueste, aunque no lo entienda en ese momento. Debemos aprender a desatender esas voces interiores que nos quieren llevar sólo a lo que nos apetece o nos gusta, o hacia lo que nos pide el cuerpo, alejándonos del trayecto adecuado.

Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, por eso está estructurada a base de esfuerzos no muy grandes, pero tenaces y pacientes, que se van sumando un día tras otro. No sólo se consigue tener voluntad superando los problemas momentáneos, sino que la clave está en la constancia, en no abandonarse.

Primero dar un primer paso y luego otro, y más tarde hacer un esfuerzo suplementario. De ahí surgen y allí es donde se forjan los hombres de una pieza; los que saben saltar por encima del cansancio, la dificultad, la frustración, la desgana y los mil y un avatares que la vida trae consigo.

El que lucha está siempre alegre, porque ha aprendido a dominarse, por eso se mantiene joven. Todo lo que es válido cuesta lograrlo. Pero merece la pena vencer la resistencia y perder el miedo al esfuerzo. Hay que aprender a subir poco a poco, aunque sean unos metros y no nos encontremos en las mejores condiciones.

La voluntad recia, consistente y pétrea es la clave del éxito de muchas vidas y uno de los mejores adornos de la personalidad; hace al hombre valioso y lo transporta al mundo donde los sueños se hacen realidad.

CAPÍTULO I
DEFINICIÓN Y CLASES DE VOLUNTAD

DEFINICIÓN

El estudio de la psicología nos obliga a hacer hincapié y adentrarnos en uno de los pilares de la condición humana: la voluntad. En nuestro patrimonio psicológico hay muchos elementos que configuran una diversidad de contenidos, pero unidos y entrelazados por un mismo motivo: hacer del hombre un ser superior. Para ello son necesarios los requisitos de libertad, afectividad, conocimiento… y, por supuesto, la voluntad.

Etimológicamente, voluntad procede del latín voluntas-atis, que significa querer. El origen de este término se remonta al siglo X; después, en el XV, aparece la expresión voluntario (del latín voluntarius); y también conviene señalar la acepción procedente del latín escolástico, volitio-onis.

Tras esta descripción etimológica de la palabra voluntad, hay que decir que ésta implica tres cosas: la potencia de querer, el acto de querer y lo querido o pretendido en sí mismo. Desde un punto de vista académico, se pueden establecer dos distinciones:

a)      la simplex voluntas, que se refiere al fin que nos proponemos;

b)      voluntas consiliativa, que menciona los medios utilizados para conseguir aquel objetivo o fin.

Estas dos clases de voluntad fueron consideradas respectivamente como thélesis y boulesis en el pensamiento posescolástico.

En el siglo XIX aparecen dos palabras: noluntad y nolición, formadas a partir del concepto latinonolle: no querer. De toda esta explicación podemos extraer una primera aproximación para definir la voluntad: aquella facultad del hombre para querer algo, lo cual implica admitir o rechazar.

Hay un primer paso: la apetencia. Incluso hoy, en el lenguaje coloquial de los jóvenes, se emplea con mucha frecuencia: «Me apetece»  «No me apetece».

La voluntad consiste, ante todo, en un acto intencional, de inclinarse o dirigirse hacia algo, y en él interviene un factor importante: la decisión. La voluntad, como resolución, significa saber lo que uno quiere o hacia dónde va; y en ella hay tres ingredientes asociados que la configuran en un todo:

1. Tendencia. Anhelo, aspiración, preferencia por algo. Su origen etimológico proviene de tendere, inclinarse, dirigirse, poner tirante, acción de atender. Constituye una primera fase, que puede verse interrumpida por circunstancias del entorno.

2. Determinación. Aquí hay ya distinción, análisis, evaluación de la meta pretendida, aclaración y esclarecimiento de lo que uno quiere.

3. Acción. Es la más definitiva y comporta una puesta en marcha de uno mismo en busca de aquello que se quiere.

La tendencia, descubre; la determinación concreta, y mediante la acción aquello se hace operativo. Por eso, la voluntad consiste en preferir; lo esencial radica en escoger una posibilidad entre varias.

Antes de continuar hay que hacer una distinción muy importante entre las palabras querer y desear.

Desear es pretender algo, desde el punto de vista afectivo, sentimental, aquello que se manifiesta en la vertiente cordial de uno, como una especie de meteorito, pero que no deja huella, pues pronto decrece la ilusión que ha provocado en nosotros[1]

 

Querer es aspirar a una casa anteponiendo la voluntad, siendo capaces de concretar y sistematizar esas espigas que aparecen de pronto y piden paso.

El deseo se manifiesta en el plano emocional y el querer en el de la voluntad; el primero se da en el adolescente con mucha frecuencia y no se traduce ni conduce a nada o a casi nada; el segundo se produce, sobre todo, en el hombre maduro y se materializa; tiene capacidad de conducir a la meta mediante ejercicios específicos que se proyectan en esa dirección. Voluntad es determinación.

ELEGIR ES ANUNCIAR Y RENUNCIAR

El acto de la voluntad es bifronte, es decir, consiste en un acto de amor y de decisión. Max Scheler, en su libro Esencia y formas de la simpatía[2] dice que la ley fundamental de la elección afectiva consiste en sentir lo mismo que el otro, y cuando se trata de algo y no de alguien, la respuesta es el amor.

El propio Stendhal[3] dice que cuando una persona se enamora de otra, la elige para sí, partiendo de la admiración, la esperanza y el estudio de las perfecciones de esa otra persona… Así nace el amor y emerge la primera cristalización; pero, como bien subraya este autor, con frecuencia, en ese análisis sentimental se exagera una propiedad del otro, lo cual acabará más adelante por echar a perder ese amor, es decir, la objetividad de los hechos ponen de manifiesto que esa persona se había enamorado del amor o, dicho de otra manera, había idealizado en exceso los puntos positivos del otro.

Se pueden describir varios tipos de amor.

1. El amor pasión; por ejemplo, el caso de Eloísa y Abelardo, en el que todo se desarrolla mediante un afecto vibrante, exaltado, vehemente. El entusiasmo preside la relación, intercalada de fervor, ímpetu y cierta enajenación. Desde el punto de vista psicológico, una de sus principales características es que de alguna manera nubla o incluso anula la razón.

2. El amor placer, que tanta importancia tuvo en el mundo y en la literatura francesa del siglo XVIII. Hoy, en bastante medida, está vigente. Es el amor que aparece mediatizado por la sexualidad e, inevitablemente, en él una persona utiliza como medio de placer a la otra. En sentido estricto tiene poco de amor auténtico, ya que no busca el bien del otro, sino sumergirse y zambullirse en la experiencia de la voluptuosidad sexual; digamos que podríamos denominarlo amor físico.

3. El amor vanidad. Surge con frecuencia cuando ya han pasado los años juveniles; una persona se pone a prueba, pensando que, a pesar de sus años, aún es capaz de seducir a otra. Tiene mucho de reto personal y del manejo de las artes de la conquista.

4. El amor sentimental. Es el mejor de todos, está elaborado desde sentimientos profundos y de pensamientos como: «No puedo prescindir de esa persona a mi lado». No se concibe la vida sin esa persona, no tiene cabida en el escenario mental propio. Ahí cuadra perfectamente aquella expresión popular: «No entiendo la vida sin ti» o también aquella otra: «Eres mi vida.» Por eso, donde más se retrata el ser humano es en la elección amorosa.

LA MOTIVACIÓN

Pero volvamos a nuestro tema: la voluntad. La esencia de la mejor elección es la satisfacción. Se vive como gozo el haber escogido, hay alegría tras haber tomado aquella dirección y no otra. Se practica el acto de ser querido, el cual conduce a poseerse, a ser plenamente uno mismo, y por lo que uno siente que se inclina hacia lo mejor.

Para que todo lo anterior quede más claro explicaremos las fases de la elección:

1. Saber el objetivo que pretendemos. Cuando queremos algo, hay que ser capaz de perfilar muy bien aquello a lo que aspiramos. El adolescente, que aún no está acostumbrado a renunciar -no sabe decir no-, quiere abarcar demasiadas cosas y se dispersa, y la dispersión es la mejor manera de no avanzar, por pérdida de energías.

En cambio, cuando ya hay cierta madurez, uno es capaz de coger papel y lápiz para concretar de forma clara lo que pretende. Sobra decir que no es lo mismo hacer un plan de estudios, en una época relativamente cercana a los exámenes, que modificar la irritabilidad del carácter o intentar ser más ordenado.

2. La motivación. Constituye el gran dilema de la voluntad. La voluntad mejor dispuesta es la más motivada, la que se ve empujada hacia algo atractivo, sugerente, que incita a luchar por perseguir esa meta lejana, pero alcanzable.

El hombre no puede vivir sin ilusiones. Ahora bien, ¿qué temas, qué cuestiones pueden motivar al ser humano? KB. Madsen, en un libro clásico de psicología, Teorías de la motivación, distingue cuatro tipos de teorías:

a) Las teorías biológicas y materialistas. Son motivaciones biológicas la sexualidad y lo que de ella se deriva: los placeres de la comida, la bebida, el bienestar por sí mismo.

b) Las teorías psicológicas. Centradas en el conductismo, en la llamada psicología cognitiva y el psicoanálisis.

c) Otras, menos relevantes, las teorías sociales.

d) Las teorías culturales, en las cuales quedarían incluidas las vertientes de los valores y todo lo espiritual.

Para Freud motivación era la liberación de los instintos y la superación de la represión sexual. Para Paul T. Young, el psicólogo norteamericano[4], la motivación estaba basada en la regulación adecuada entre los estímulos externos y los internos, con relación a las demandas o los apetitos del sujeto.

Para Tolman todo se mueve entre un juego que se establece entre:

a)      las variables independientes, que son las que inician el comportamiento;

b)      las variables intervinientes, determinantes para la conducta: la capacidad de cada uno, la forma de pensar, las preferencias y las adaptaciones al medio ambiente.

En Allport la conducta es estudiada en unidades específicas de comportamiento, por eso los motivos se adquieren con la adaptación a la realidad. Por último, mencionaremos a uno de los padres de la psicología moderna, Skinner, quien dice que toda la motivación se establece en una relación de ida y vuelta entre premios y castigos; se trata, por tanto, de una teoría radicalmente empírica, apoyada en la observación de la conducta diaria.

Pero no hay que olvidar que la línea entre lo que se manifiesta y lo que se oculta no está clara, sino borrosa, desdibujada. Los psiquiatras tratamos de descubrir el porqué de la trayectoria, tanto de fuera como de dentro; es decir, amplificamos la conducta y la estudiamos.

Los agentes motivadores son los que ponen en marcha la voluntad y la hacen realidad, fácil, bien dispuesta, capaz de superar las dificultades, frenos y cansancios propios de ese esfuerzo. Motivación, por tanto, es ver la meta como algo grande y positivo que podemos conseguir; pero desde la indiferencia no se puede cultivar la voluntad.

Quizás el problema resida en que muchas metas grandes para el ser humano son excesivamente costosas y con comienzos muy duros. Ahí entra de lleno el tema de los ideales o valores, cuya posesión nos alegra a todos; pero hasta llegar a poseerlos hay que recorrer un camino muy empinado.

La paciencia o el autodominio no se consiguen sólo pensando en ellos, sino después de una batalla dura con uno mismo, a base de pequeños ejercicios repetidos una y otra vez.

Estar motivado significa tener una representación anticipada de la meta, lo cual arrastra a la acción. De ahí emerge buena parte del proyecto personal que cada uno debemos tener.

3. La deliberación. Es el análisis minucioso de los medios y los fines. ¿Compensa hacer esto?, ¿vale la pena desgastarse para conseguir esa empresa, ese proyecto, esa mejora en la personalidad, y en el plano de los estudios o a nivel profesional?

Lo ideal es que la motivación vaya acompañada de una lección de alguien que sea portador de ese algo que motiva; o sea, debemos tener un modelo de identidad, una persona a quien imitar, porque nos resulta atrayente, sugestiva, con fuerza y nos llama la atención por ese algo, punto de partida hacia nuestro cambio.

4. Por último, está la decisión. Decidirse es querer. Estas dos últimas etapas son esencialmente racionales, ya que comportan una tarea intelectual de valoración. Sopesar, aquilatar, ver despacio el tema, distinguir los diferentes componentes e incluirnos en ese esquema.

En definitiva, juzgar, calificando lo que pretendemos. Todo ser humano se mide y se aprecia por sus determinaciones. Se marcan éstas y después se lucha por cumplirlas. El hombre maduro sabe trazarse objetivos concretos en su vida, pocos pero bien configurados, y más tarde, pone todo el empeño en alcanzarlos.

CLASES DE VOLUNTAD

La voluntad, aunque aparezca como un todo, antes ha obedecido a unas intenciones o concepciones; y dependiendo de éstas se puede hablar de seis tipos: según la forma, según el contenido, según la actitud del sujeto, según la meta, según la génesis y según su fenomenología.

1. Según la forma. Nos encontramos con los siguientes subtipos:

a)      La voluntad inicial, que es aquella capaz de romper la inercia y poner en marcha la dinámica del individuo hacia el objetivo que aparece ante él; si no hay constancia, vale de muy poco.

b)      La voluntad perseverante. Por medio de ésta ya podemos embarcarnos en empresas más arriesgadas. En ella intervienen elementos como el tesón, el empeño y la firmeza, y se va robusteciendo a medida que esos esfuerzos se repiten

Con una voluntad así se puede llegar a cualquier propósito. Al principio cuesta, pero después, con el hábito de su repetición, produce sabrosos frutos, uno de los cuales es la alegría de vencerse, de insistir, de continuar lo iniciado. Comenzar supone mucho, pero perseverar es todo.

c)      La voluntad capaz de superar las frustraciones. La frustración es necesaria para la maduración de la personalidad, ya que el hombre fuerte se crece en las dificultades, que son superadas a base de volver a empezar. No hay que darse por vencido, sino tener capacidad de reacción; de ahí surgen los hombres superiores.

Los psiquiatras sabemos mucho de heridas psicológicas, traumas y desengaños, y la vida está repleta de unos y otros. Pero eso son los retos: desafíos con uno mismo, a través de los cuales nos probamos y vemos que somos capaces de alcanzar ciertas cimas, si nos lo proponemos seriamente.

d) La voluntad para terminar bien la tarea comenzada. El amor por el trabajo bien hecho se compone de pequeños detalles que culminan en una tarea hecha de forma correcta y adecuada. Eso requiere paciencia y laboriosidad, pero entre ellas hay un puente que las une: la voluntad ejemplar.

2.  Según el contenido. Hay mucha materia para este apartado, pero intentaré resumirlo a continuación. Ahora nos interesa el móvil de la voluntad, que puede ser:

a)      Físico. Pensemos en las dietas modernas de adelgazamiento, que llevan consigo un enorme sacrificio en la comida; el deporte en tantas facetas… o todo lo referente a la estética corporal y facial.

b)      Somático. Las privaciones necesarias que hay que seguir en ciertas enfermedades para recuperar la salud corporal.

c)      Psicológico. Una de las tareas más importantes de la psiquiatría es la psicoterapia: el medio por el que el psiquiatra cambia y modifica los mecanismos negativos de la personalidad de un individuo para hacerla más equilibrada y madura, pues encontrarse a sí mismo es la puerta de la felicidad.

      En otras palabras, hay que tener una personalidad armónica     para sentirse bien interiormente. El psiquiatra debe motivar a su paciente para que éste cambie, modifique, corrija, gire en su conducta y se dirija hacia posiciones menos neuróticas.

      El campo de trabajo tiene muchas posibilidades: hacer superar complejos de inferioridad, la inestabilidad emocional, una susceptibilidad a flor de piel, o eliminar la tendencia a instalarse en el pasado negativo y no ser capaz de salir de él. Todos estos factores, en un nivel normal, constituyen una base importante y traerán a los paisajes interiores una serenidad muy positiva.

d)      Social. Por medio de este móvil se pueden conseguir habilidades en la comunicación interpersonal, vencer la timidez o la dificultad de expresarse en público. Hoy, en las grandes ciudades, existe el grave problema de la soledad, el aislamiento, la incomunicación.

      Todo ello se va haciendo crónico, conduce a tener una vida depresiva, muy parecida a la que hay con la depresión clínica, pero que no se cura con medicación, sino con medidas socioterapéuticas.

e)      Cultural. La cultura hace al hombre más libre y con más criterio. Max Scheler decía que la cultura es humanización, un «proceso mediante el cual nos hacemos hombres en medio del pasado histórico y del presente fugaz».

      Ortega, en El espectador, apostilla: «La cultura es un movimiento natatorio, un bracear del hombre en el mar de su existencia.»

Ser culto es ser rico por dentro, tener más claves para interpretar de forma correcta la vida humana. Si cualquier filosofía significa meditación sobre la vida, la cultura es el texto eterno que habita en el interior del ser humano. Por ello, todos los esfuerzos de la voluntad -aunque hoy ésta escasea por avanzar en esa dirección son pocos. Para muchos, casi toda la cultura que hay en sus vidas es la televisión, y ésta en el momento actual carece de calidad suficiente[5].

La cultura es como una segunda naturaleza; eleva por encima de lo inmediato, ayuda a madurar, contribuye al progreso personal. Si no tuviera estos fines, sería una lección intrascendente, divertida, que no despierta, sino que adormece, que no alumbra, sino que deslumbra.

 El hombre no puede desarrollarse y desplegarse de forma completa, si no es a través del conocimiento de sí mismo y del mundo que le rodea en toda su amplitud. El individuo pegado a la televisión liquida su aspiración cultural con sucedáneos epidérmicos que, a la larga, le dejan vacío. No sucede lo mismo que con el ideal platónico, para el que la primera aspiración de la cultura era la conquista de uno mismo[6].

La cultura es para el hombre el asidero donde ir una y otra vez a refugiarse, a buscar alimento para su conducta, para saber a qué atenerse. Su fin consiste en ayudarle para que su vida sea más humana, tenga más relieve y le revele sus verdaderas posibilidades. Pero para educar la voluntad hacia la cultura es menester estimular la inquietud por sus distintas fuentes: la literatura, el arte, la música, etc., y todo ello al servicio del ser humano, para hacerlo más maduro, completo y con un mejor desarrollo en su totalidad.

Sin cultura está uno perdido, sin el equilibrio suficiente. La cultura, como superestructura, se forma de acuerdo con una determinada concepción del hombre, que puede ser variable. De ahí que surjan diversos tipos de cultura: la hedonista, la marxista, la permisiva, la psicoanalítica, la relativista, etc. Ahora bien, la mejor, la más completa, es aquella que se inspira en las mejores raíces de Europa.

Antes de continuar con el tema, quiero subrayar de modo sintético esas bases culturales: el mundo griega, de él procede todo el pensamiento filosófico; el mundo romano, que nos legó el Derecho y las leyes; el pensamiento hebreo, con su amor a las tradiciones, el nuevo concepto de familia y todas las ideas del Talmud y del Zoar, libro que recoge la sabiduría de muchos célebres rabinos.

El cristianismo, que aportó un nuevo concepto del hombre basado en el amor y en el sentido trascendente; hasta llegar al Renacimiento, de una influencia decisiva con el Quattrocento italiano y Dante, Boccaccio y Petrarca como figuras más representativas, y el invento de la imprenta por Guttemberg en el siglo xv .

Por tanto, conducir la voluntad hacia la cultura, hacia los valores, es una tarea que hay que saber ofrecer, como camino hacia la libertad personal y al crecimiento interior. Este debe ser el móvil, el tirón para acercarnos a todo lo que esté relacionado con lo cultural, no para el lucimiento personal de cara a la galería, sino para ser más dueño de uno mismo. Es más, para mí no hay felicidad sin amor, trabajo y cultura[7].

Kant, en su Antropología, decía:

« Niégate la satisfacción de la diversión, pero no en el sentido estoico de querer prescindir por completo de ella, sino en el fina mente epicúreo de tener en proyecto un goce todavía mayor […] que a la larga te hará más rico, aun cuando al final de tu existencia hayas tenido que renunciar en gran parte a tu satisfacción inmediata.>

f)       Y, por último, la voluntad espiritual, aquella que busca los valores naturales y sobrenaturales. Trascendencia significa atravesar subiendo, y todo lo que sube converge. Esta voluntad es en la actualidad más necesaria que nunca.

El hombre sin valores vive huérfano de humanismo y de espiritualidad: es el hombre light, al que sólo le interesa el sexo, el dinero, el poder, el éxito, el pasarlo bien sin restricciones y la permisividad ilimitada. Por ese camino se suele llegar a una saturación de contradicciones que desembocan en el vacío.

 Es el culto a la tolerancia total, la permisividad como religión, cuyo credo es una enorme curiosidad por todo, donde lo importante son las sensaciones dispersas, que desembocan en una indiferencia por saturación de incoherencias.

3. Según la actitud del sujeto. En este apartado hay que mencionar            fundamentalmente tres tipos de voluntad, entre las cuales podrían      situarse otras, en sentido cuantitativo.

a)                  La voluntad poco motivada, que ya surge con un rasgo negativo, pues tiene una raíz endeble y no florece la planta.

b)                   La voluntad motivada y la muy motivada, según sea el grado e intensidad de la ilusión que se tenga para lanzarse hacia el objetivo propuesto. La motivación hace que el proyecto personal sea argumental, que tenga un carácter programático, elaborado por una sucesión de pequeñas superaciones, sobre las que la voluntad se va fortaleciendo, acrisolándose, haciéndose madura. El individuo con este tipo de voluntad sabe lo que quiere y pone de su parte lo necesario para ir poco a poco consiguiéndolo.

4. Según la meta. Existen tres tipos de voluntad en este sentido:

  • la voluntad inmediata (a corto plazo, de miras cercanas, de resoluciones rápidas),
  • otra mediata (a medio plazo) y
  • una a largo plazo (muy relacionada con nuestro proyecto).

La felicidad consiste en tener un proyecto de vida coherente y realista, que nos impulsa con ilusión hacia el futuro. La meta produce ilusión anticipada, de ahí su fuerza. Cada uno tiene estas tres voluntades en su hoy y ahora. Unas cuestiones requieren de mí un esfuerzo inmediato, de hoy para mañana o para las próximas semanas; y otras requieren más tiempo y debemos apostar por ellas. La voluntad más lejana sólo se da en el hombre singular, con madurez, que ha aprendido a esperar y a sembrar. Ese llegará a la meta propuesta si se apoya en la constancia.

5. Según la génesis. En tal sentido mencionamos:

a)                          la voluntad centrífuga, que va de dentro hacia fuera y que está muy relacionada con el temperamento;

b)                          la voluntad centrípeta, que va de fuera hacia dentro; en esta última, entra de lleno la educación de cada uno desde la infancia, la adolescencia, el ambiente familiar, así como el modelo de identidad en el que se ha inspirado para ir afianzando la personalidad.

El modelo es la imagen con la que uño se va identificando y a la que le gustaría    parecerse. Está constituido por distintos elementos: aspecto externo, tipo de            personalidad, actitudes, creencias, valores y contenido interior de esa         existencia. Todo esto forma un conjunto, una forma atractiva, que invita a             seguir en esa línea. La identificación es uno de los aspectos más importantes        del desarrollo de la personalidad.

Los niños y los adolescentes, que están en pleno proceso de construcción y          formación de sí mismos, imitan y quieren parecerse a esas personas que       admiran. La raíz es la admiración. Tras la admiración hay un proceso de      aprendizaje que va a tener matices y vertientes complejas. Más adelante me        ocuparé de ello.

6. Según su fenomenología nos encontramos con los siguientes tipos:

a)      Voluntad intencional: que es aquella que quiere, que está determinada, a diferencia de aquella otra que está movida sólo por estímulos superficiales externos, que no nacen o se inspiran en el proyecto personal; se dirige hacia aquello que motiva y produce ilusión.

b)      Voluntad de aprobación: que reconoce algo como valioso y decisivo y lo aprueba para sí. Le da una nota positiva. Aquí entra de lleno lo que ocurre en el enamoramiento. Es decir, entre las personas que conozco, o que he conocido me quedo con la que más me llena.

c)      Voluntad reflexiva: ésta se vuelve sobre sí misma, siendo capaz de meditar en las propias experiencias. Esta tarea intelectual es clave y cuando se sabe hacer, el hombre tiene capacidad para aprender mediante dos elaboraciones sucesivas: análisis primero y síntesis, después.

d)       Voluntad de interesarse: se da cuando hay curiosidad por la realidad. Procede del latín ínter, entre, y esse, seleccionar. Se escoge entre varias cosas la que más destaca ante uno por alguna cualidad especial.

CAPÍTULO II
EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD

¿QUÉ ES EDUCAR?

La palabra educar cobija bajo su seno multitud de significados. Muchos de ellos son incluso imprecisos, si nos atenemos estrictamente a lo que queremos referirnos en este libro. Su etimología nos pone frente a sus referencias más concretas. Deriva del latín educare, ir conduciendo de un lugar a otro; y también de educere, extraer, sacar fuera.

El primer significado subraya un proceso que debe llevarse a cabo paso a paso y que tiene un sentido dinámico, algo que se produce en plena movilidad; el segundo se reitere más a los resultados, pero contando con la habilidad del educador, que debe saber sacar el máximo provecho de esa persona, todo lo bueno y positivo que lleva dentro.

Educar es ayudar a alguien para que se desarrolle de la mejor manera posible en los diversos aspectos que tiene la naturaleza humana. Las educaciones particulares especifican el sector de que se trata. No es lo mismo la educación sentimental, que la sexual, que la que se reitere a la esgrima, al inglés, al dominio de la voluntad o toda la concerniente al campo cívico.

 Educar significa comunicar conocimientos y promover actitudes. Conocimiento quiere decir que hay una transmisión de información inicial que nos sitúa frente al tema concreto. Eso es mucho y a la vez poco. Pensemos en la educación sexual: uno no aprende a gobernar y a ser dueño de su sexualidad por el único hecho de conocer la anatomía, la fisiología y los demás mecanismos endocrinológicos de su organismo. Necesita, además, que esa información se acompañe de una orientación.

Esa es la formación: dar pautas de conducta adecuadas que nos digan y expliquen con claridad, por ejemplo, para qué sirve la sexualidad, qué se debe hacer con ella… y si es bueno decir que sí a cualquier estímulo sexual que aparezca ante nosotros.

Información y formación constituyen un binomio clave en toda educación. La primera abre la puerta, y la segunda nos instala en el proceso educativo. Son dos etapas sucesivas y complementarias. No hay educación completa si falta alguna de ellas. Recibir información es acumular una serie de datos, observaciones y manifestaciones específicas.

La formación va más allá: ofrece unos criterios para regir el comportamiento, de acuerdo con una cierta orientación; pretende sacar el mejor partido posible de los conocimientos recibidos, favoreciendo la construcción de un hombre más maduro, más sólido y firme, más humano y más espiritual, más dueño de sí mismo. Se puede decir, incluso, que educar es hacer que alguien aprenda a vivir con alegría.

Los resortes principales que permiten alcanzar los objetivos propuestos se inspiran, por un lado, en la motivación, y por otro, en el esfuerzo. El uno mueve, y el otro hace que a través de pequeñas luchas concretas, repetidas una y otra vez, se llegue a un entrenamiento en el autodominio, el control de la propia conducta y en el ir sabiendo posponer lo inmediato. Por ahí se descubre la senda que nos hace ver lo mejor de nosotros mismos.

Toda educación tendrá los siguientes apartados y derivaciones:

1.       Educar es mostrar una cierta doctrina. Eso es dirigir, encauzar, llevar hacia una región determinada. No es lo mismo la educación en Psiquiatría que en Derecho Civil, en Informática o en Bioquímica, pero en todas ellas late una meta similar: llegar a dominar una serie de conocimientos más o menos básicos que posibiliten moverse en ese campo con rigor.

2.   Educar es perfeccionar ciertas facultades, mediante motivaciones, ejercicios específicos, ejemplos, etc. Se aprenden unas reglas que ayudan a desarrollarse con soltura en esas tareas.

3. Toda educación conduce a la formación de un ser humano más completo, coherente y maduro. Completo, porque ha sido capaz de integrar vertientes diversas adecuadamente; coherente, porque busca que entre la teoría y la práctica, las ideas y la conducta, se dé una relación armónica; y maduro, porque de ese modo alcanzará un buen equilibrio personal entre los distintos componentes de su patrimonio psicológico (sensopercepción, memoria, pensamiento, inteligencia, conciencia, afectividad, etc.), físico y social. En cualquiera de los idiomas tiene el mismo significado y aplicación.

4. La mejor educación debe ayudar a la mejor formulación y desarrollo de nuestro proyecto personal. Hay en ella dos ideas: concluir, que no es otra cosa que señalar una dirección, guiar, llevar el timón.

En los ejércitos profesionales que funcionan bien, el capitán, cuando avanzan en combate, no dice, « ¡Adelante! », sino « ¡Seguidme! », con lo que da a entender que él va delante, abriendo camino. Esa es la principal tarea del educador; la obra consiste en promover, dirigir hacia unas metas determinadas, atractivas, que lleven a cierto nivel de perfeccionamiento.

5.      Es esencial la tarea del educador. Se educa más por lo que se es, que por lo que se dice. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. Es decir, el alumno suele fijarse en el profesor, buscando algo. La exposición atractiva de otra vida incita a imitarla de alguna manera. El poder del educador depende menos de sus palabras que de su presencia silenciosa y auténtica.

Puede haber muchos profesores y educadores que enseñen distintas materias y asignaturas, pero hay pocos que sean maestros. En el proceso del modelo de identidad, la figura del profesor es decisiva, ya que quizá signifique el descubrimiento de una persona ejemplar a la que admirar, con la que poderse identificar uno y que sirve como punto de referencia firme en que apoyarse.

EDUCAR A UNA PERSONA ES ENTUSIASMARLA CON LOS VALORES

Generalmente se han descrito tres posiciones respecto a la forma de educar.

  • La primera se centra en la espontaneidad: el niño y el adolescente van creciendo con muy pocas normas, moviéndose con soltura y dictando ellos mismos sus patrones de conducta.
  • La segunda enfatiza el voluntarismo: desde muy pequeño el niño aprende a dominar su voluntad, dirigiéndola no a lo que le apetece, sino a lo que a la larga resulta mejor para él; ésta es mi postura, aunque sin excesos.
  • Y, por último, la tercera aboga por una vía intermedia: el niño se educa según el complejo juego que se establece entre espontaneidad y disciplina, libertad y autoridad.

Cada persona es un misterio y un tesoro, algo que hay que ir resolviendo y desvelando; un ser valioso que conviene poner en ruta hacia lo mejor de su destino. Descifrar a cada individuo y cuidarlo para que dé lo mejor de sí mismo es la tarea del educador.

En otros términos, educar es convertir a alguien en una persona más libre e independiente. Toda educación humaniza y llena de amor. Si no es así, el trabajo llevado a cabo, por mucho que se llame educativo, no es tal; si esclaviza, aprisiona y no libera de verdad, a la larga tendrá un valor negativo.

Educar es instruir, formar, pulir y limar a una persona para que se vuelva más armónica y sea capaz de gobernarse a sí misma. La mejor educación pretende construir la felicidad, pero sin olvidar que no hay felicidad sin sacrificio y renuncias. Un ser humano enriquecido: ésa es la pretensión.

Si todos somos perfectibles y defectibles, la educación nos aportará nuevos ideales y lo necesario para comportarnos de acuerdo con nuestra naturaleza. Como decía Sócrates a su amigo Hipócrates: «Un sabio es un comerciante que vende géneros de los que se nutre el alma».

Existen dos máximas muy válidas cuando se habla de la educación:

«No hay voluntad si no hay conocimiento de la meta» (Nihil volitum nisi     praecognitum),

 y aquella otra, algo distinta, pero con el mismo fondo:

 «No se puede amar lo que no se conoce».

Toda educación es una labor de orfebrería: se debe labrar a golpe de martillo y de cincel hasta conseguir la obra bien acabada. Pero no hay que olvidar que la vida es un ensayo y, por eso, el hombre se convierte en un animal descontento, siempre incompleto y siempre haciéndose a sí mismo: es el eternoritornello que comporta todo lo humano.

Se trata de una operación progresiva y lenta que necesita tiempo para ir asimilando lo que le llega; un proceso gradual y ascendente, integral y unitario, que abarca todo lo que puede conducir a la realización más completa de la persona, según sean sus facultades (físicas, intelectuales, afectivas y de la voluntad) y circunstancias individuales (familiares, de residencia, etc.).

Si la tarea del educador va más allá de la explicación de ciertos conocimientos, es porque tiene que saber estimular. El aprendizaje de una materia concreta pueden lograrlo muchas personas, pero el maestro debe también enseñar a vivir, ayudar a conocer la realidad personal y circunstancial en su riqueza y profundidad. De este modo emergen los valores.

Tan importante como el contenido es la personalidad de quien educa. Si ésta es singular, positiva y coherente, dará clase con su sola presencia; si es amorfa, incoherente y poco atractiva, aunque exponga los temas con claridad, siempre faltará algo en sus enseñanzas. La actitud del educador, al igual que sus modales, ha de ser propositiva. Así, sus silencios resultarán elocuentes y su palabra modelará y arropará al que la escucha.

LA EDUCACIÓN DE LA VOLUNTAD ESTÁ COMPUESTA DE PEQUEÑOS VENCIMIENTOS

El tema de la voluntad nos afecta a todos de forma directa. Mientras escribo estas líneas, pasan por mi mente muchas imágenes referentes a mí mismo en este territorio. La vida, con sus exámenes, va dando cuenta de nuestra existencia, y lo hace mostrándonos -aunque no queramos- si hemos sabido o no educar la voluntad para arribar a los puertos que nos habíamos planteado.

La voluntad es capacidad para hacer algo anticipando consecuencias; una disposición interior para anunciar o renunciar; algo propio del hombre, tanto como la inteligencia y la afectividad.

La razón nos hace distinguir lo accesorio de lo fundamental, nos enseña lo que es tener espíritu de síntesis y nos ayuda a ensayar una solución concreta en un momento determinado[8]. La vida afectiva se expresa a través de los sentimientos, las emociones, las pasiones y las motivaciones, de las que ya hemos hablado.

La vía habitual es el sentimiento, que se define como un estado subjetivo, positivo o negativo, que suele tener un tinte difuso, etéreo, pero que nos permite tomarle el pulso a los impactos que nos rodean. Casi al mismo nivel sitúo yo la voluntad, algo que no se tiene porque sí, algo que no se recibe de forma hereditaria, como el color de los ojos, la estatura o el tipo morfológico.

La voluntad es una aspiración que exige una serie de pequeños ensayos y esfuerzos, hasta que, una vez educada, se afianza y produce sus frutos.

Para el niño y el adolescente, educar la voluntad significa en primer lugar huir del culto al instante (del latín instaras-antis: lo que está ahí), según el cual lo más importante es vivir lo inmediato.

Goethe escribía: «Detente, instante, eres tan bello». Todos los poetas han cantado a esos  «momentos privilegiados», a esas experiencias puntuales tan relevantes y fecundas, sobre todo para las personas dedicadas a las tareas creativas. Sin embargo, un síntoma frecuente de escasa voluntad es buscar sólo la exaltación instantánea de lo más próximo.

Lo primero que necesitamos para ir domando la voluntad es ser capaces de renunciar a la satisfacción que nos produce lo urgente, lo que pide paso sin más. Lo inmediato puede superarse y rebasarse cuando existen otros planes, a los que nos hemos adherido y que han sido incluidos dentro de nuestro proyecto de vida, el cual no se improvisa, sino que se diseña. Esta concepción, lógicamente, supone muchas renuncias.

La existencia es vectorial: va desde el presente hacia el futuro, pero en ella todo[9]  tiene sentido, porque forma parte de un concepto general que tenemos de nuestra vida. Lo que empuja es el futuro, lo que está por llegar, y precisamente nos ilusiona porque nos conduce a la autorrealización. La alquimia de los estímulos se transforma merced a esa alegría de alcanzar algún día las metas propuestas.

La voluntad es determinación, firmeza en los propósitos, solidez en los objetivos y ánimo frente a las dificultades. Todo lo grande del hombre es hijo de la abnegación; así, por ejemplo, la entereza de volver a empezar, cueste lo que cueste, privándose uno de cosas buenas, pero que en ese momento exigen un recorte para después dirigirse hacia objetivos de mayor densidad.

Quien tiene educada la voluntad es más libre y puede llevar su vida hacia donde quiera. El hombre de nuestros días, convulsionado y un tanto perdido, deambula de un sitio a otro, muchas veces sin unos referentes claros. Cuando la voluntad se ha ido formando a base de ejercicios continuos, está dispuesta a vencerse, a ceder, a dominarse, a buscar lo mejor. En este sentido, podemos llegar a afirmar que no se es más libre cuando se hace lo que apetece, sino cuando se tiene capacidad de elegir aquello que hace más persona, cuando se aspira a lo mejor; y para ello, hay que tener una cierta visión de futuro.

 La aspiración final de la voluntad es perfeccionar, aunque teniendo en cuenta que somos perfectibles y defectibles. Si hay lucha y esfuerzo, se puede ir hacia lo mejor; si hay dejadez, desidia, abandono y poco espíritu de combate, todo se va deslizando hacia una versión pobre, carente de aspiraciones, de forma que surge lo peor de uno mismo.

EL HOMBRE CON VOLUNTAD LLEGA EN LA VIDA MÁS LEJOS QUE EL INTELIGENTE

 

 

            Esta afirmación requiere ser explicada. Los dos  ingredientes más importantes de nuestra psicología son la inteligencia y la afectividad, de donde nacen dos tipos humanos contrapuestos: el eminentemente racional y el afectivo. Pero entre ambos modelos existen otros tipos intermedios de personalidad, en los que junto al predominio de una u otra característica citada se manifiestan otros elementos psicológicos: sensibilidad, creatividad, memoria, pensamiento, etc. Pero en esencia son dos los cultivos básicos.

Cuando Flaubert escribió La educación sentimental, nunca pudo pensar que estaba diseñando un modelo afectivo para esa segunda mitad del siglo XIX ni las repercusiones que éste tendría[10]. Después, con la llegada de Freud y las distintas psicologías, el tema se ha hipertrofiado.

Pues bien, si el amor y la razón son dos grandes argumentos en la vida del hombre, la voluntad es el puente entre ellos, de tal modo que les da firmeza con su entrenamiento. Una persona muy inteligente, pero que no ha ido poniendo la voluntad en los objetivos previstos, antes o después, se dirige hacia una travesía irregular, zigzageante, hasta salirse de las líneas trazadas.

En cambio, una persona con una inteligencia media, pero con una voluntad férrea, ordenada y constante, con disciplina y autoexigencia, llega al destino trazado, aunque sea con poca brillantez. Un ejemplo de lo que hemos expuesto lo vemos en el estudiante. Hace unos años, dos psicólogos americanos, Harry Clemes y Bear, publicaron un libro que alcanzó una gran resonancia: How to discipline children without feeling guilty, sobre cómo inculcar disciplina a los niños.

 El texto es sencillo, pero está repleto de sentido común y de observaciones que surgen en la vida cotidiana: los niños con frecuencia suelen convertirse en problemáticos, generalmente por el mal funcionamiento del ambiente familiar en el que viven; los castigos son buenos siempre que tengan un fondo estimulante y se apliquen con suavidad, ya que son útiles para cambiar el comportamiento inadecuado. Los padres dan seguridad y confianza a un niño cuando saben educarlo con psicología; la coherencia que éstos le aporten es el mejor indicador de que la educación es correcta.

Skinner, uno de los padres de la psicología conductista, decía que del buen manejo del binomio premios y castigos dependía que los niños tuvieran una buena o mala educación.

Hay que empezar siempre por tareas pequeñas e insistir una y otra vez en ellas, sin desalentarse. Enseñar una disciplina conlleva una mezcla de autoridad y cariño, porque la severidad por sí misma no es estimulante, al contrario, produce unos efectos de impotencia ante la tarea que se tenga delante. La educación de la voluntad debe estar educada sobre la alegría, que nos conducirá poco a poco a ser mejores, pero que no hay que confundir con hacer grandes gestas, cosas increíbles, ni renuncias extraordinarias.

Para fortalecer la voluntad lo mejor es seguir una política de pequeños vencimientos: hacer las cosas sin gana, pero sabiendo que ésa es nuestra obligación; después, llevar a cabo otras tareas que cuestan, porque sabemos que es bueno para nosotros; y, más tarde, abordar aquello otro, aunque no apetezca, porque ésa será la manera de irnos haciendo hombres íntegros; finalmente, negarnos aquel pequeño capricho, para entrenarnos en el arte de ser más dueños de nosotros mismos.

Así consigue una persona subirse en el jumbo de los propósitos y las pequeñas resoluciones, a base de lo menudo. Ahí debemos buscar el campo de adiestramiento, que nunca se debe desestimar porque parezca superfluo: cuidar el horario, ser ordenado en las cosas que uno maneja, planificar las cosas que se deben hacer, cuidar los detalles en la convivencia con los demás, saber aprovechar bien el tiempo, aceptar las contrariedades[11]  en el devenir de cada día.

Un hombre capaz de obrar así, va adquiriendo una especie de fortaleza amurallada: se hace un hombre firme, recio, sólido, pétreo, compacto, muy difícil de derrumbar. En esas cualidades inician su vuelo las personas de categoría, que con el tiempo llegarán a ser dueños de sí mismos y lograrán las cimas con las que habían soñado. Alguien con voluntad, si persevera, puede conseguir que sus sueños se hagan realidad.

Ovidio decía en una célebre sentencia: «Vídeo meliora proboque sed deteriora sequor» («Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor»). Se necesitan factores de corrección. ¿Por qué? Porque una cosa es tener claro lo que uno debe hacer, lo más conveniente, y otra, muy distinta, aplicarnos en esa vertiente. Ahí entra de lleno la debilidad humana. La voluntad significa capacidad para hacer, para aplicarse, para trabajar en algo que previamente se ha elegido como bueno porque sus resultados serán positivos.

La voluntad nos hace operar sobre la realidad para sacarle el mejor partido; no hay que buscar el éxito resonante e inmediato, sino la victoria en las pequeñas batallas, en escaramuzas, que cada vez nos fortalecen más en la lucha. Estar educado para recibir el placer inmediato es la mejor manera de sentirse uno traído, llevado y tiranizado por el instante más cercano y que más apetece.

Por ese camino, uno no llega a vencerse; al contrario, está desentrenado, porque se siente constantemente derrotado, cuando no satisface lo que le pide el momento inmediato, con esa urgencia tan típica de los que no saben decir no con alguna frecuencia, pues están acostumbrados a entrar siempre por el camino más fácil: el de la complacencia en lo cercano.

La voluntad conduce al más alto grado de progreso personal, cuando se ha obtenido el hábito de hacer, no lo que sugiere el deseo, sino lo que es mejor, lo más conveniente, aunque, de entrada, sea costoso. Toda la publicidad se apoya en lo contrario: estimular el deseo y crear necesidades inmediatas al telespectador, al ciudadano.

EL HOMBRE CON  POCA VOLUNTAD ESTA SIEMPRE AMENAZADO

Se puede afirmar, sin caer en la exageración, que el proyecto personal tiene siempre un fondo inagotable. Nuestro desarrollo es interminable, por lo que debemos estar llenos de argumentos y motivaciones para aumentarlo y al mismo tiempo contar con una voluntad adiestrada en pequeños ejercicios.

El hombre con poca voluntad está amenazado, porque, poco a poco, se vuelve más frágil y cualquier cosa, por pequeña que sea, le hace desviarse de lo trazado. Se escabulle de la obligación para escoger lo que le apetece, lo que más le gusta en ese momento concreto, porque lo contrario le cuesta mucho: exige querer otra cosa de uno mismo, pretender un mejor autodominio.

Hacerse uno a sí mismo, poseerse, no es fácil ni sencillo a corto plazo, pero después de unos primeros períodos de ir contracorriente, la personalidad está ya más domada y tiene capacidad para dejar de atender a lo fácil e inclinarse hacia lo mejor, aunque sea costoso. Son momentos de lucha consigo mismo.

            Los perdedores y los triunfadores no se hacen de un día para otro. Los primeros lo consiguen tras muchos años de dejadez, abandono, desidia; los segundos, por el contrario, después de una lucha consigo mismos repleta de empuje, desvelos y repetidas obstinaciones. El que tiene voluntad dispone de sí mismo, porque ha sabido vencerse con el tiempo, superarse.

Dicho en otros términos: es capaz de posponer la satisfacción ante lo inmediato y tiene cierta visión del futuro. La voluntad debe ser educada desde la niñez. De ahí que los psiquiatras armemos lo importante que ésta es durante los primeros diez años de la vida de un niño, etapa en la que si no se ha dado una disciplina educativa de la voluntad, después todo será mucho más difícil.

Cuenta Martin Edem en su biografía sobre Jack London, cómo éste, cuando aún era joven, iba a trabajar a una lavandería. Mientras alguno de sus compañeros dedicaba su tiempo libre a beber y a emborracharse, él tenía la ilusión de llegar a ser escritor algún día. Este era su reto, y, con esa meta en la cabeza, se dedicó a leer y a escribir hasta esperar su momento, que llegó gracias a su tenacidad.

Es decir, que la vida diaria sigue siendo la gran cuestión. Ahí vienen a parar los argumentos, estrellándose con la sucesión de los días, sacándoles partido. La vida cotidiana se inspira y toma su razón de ser a través de la motivación; con los ojos puestos en lo que podría ser de cada uno, si somos capaces de no rendirnos, de no darnos por vencidos en esa contienda con el día a día. Hay escondido en ese torneo interior una verdadera arqueología de lo cotidiano.

La vida cotidiana es el campo donde debemos luchar: las semanas, los meses, el tiempo que pasa, van dejando una estela de lo que trabajamos la voluntad, y ésta, junto a la motivación, forman un maridaje estrechísimo. Lo cotidiano nunca es banal, ni insignificante, ni algo gratuito, sino que en ello se encuentran las claves de muchas vidas ejemplares. Pero sin agobios ni ansiedades, sino con determinación y coraje.

            El momento en que más feliz se siente una persona es cuando hace lo que debe, lo oportuno y adecuado, aunque sea con esfuerzos. Entonces brotan la satisfacción y el contento consigo mismo por haberse vencido. Estos pequeños y continuos triunfos hacen fuerte al hombre y afianzan su voluntad[12]. Por eso, no hay que abdicar de lo pequeño.

Si analizamos con detenimiento una persona vulnerable, probablemente nos encontremos con que, al no tener educada la voluntad, se viene abajo ante las dificultades y hace sólo aquello que le resulta fácil y le gusta. No está capacitado para imponerse a sí mismo. Por esos derroteros se llega a la imagen del niño mimado, que tanta pena produce al que lo observa. Al no estar educado en la voluntad se convierte en un muñeco de las circunstancias, traído, llevado y tiranizado por lo que el cuerpo le pide en cada instante.

 Esto le lleva de acá para allá, no tiene rumbo fijo, ni planes realmente serios; no tiene intención de esforzarse para vencerse. Alguien así está perdido: consentido, mal educado para cualquier tarea, estropeado, es decir, estamos ante la entronización de lo que antes he denominado la filosofa del «me apetece».

Por ese derrotero llegamos a la creación de una persona caprichosa, blanda, apática, inconstante, veleta, que se mueve según el viento que pasa cerca de ella, incapaz de ponerse metas y objetivos concretos; o sea, el fiel retrato de una personalidad débil. Justo lo contrario del hombre sólido.

Con el paso del tiempo, esa voluntad escasamente formada dejará su rastro en los cuatro argumentos principales de la vida humana, que son los siguientes:

1. La propia personalidad, que irá estando mal diseñada, con poca armonía y escaso equilibrio.

2. El amor conyugal, con el que no llegará muy lejos, ya que no sabe lo que es ceder, ni está acostumbrado a pensar en los demás, ni a posponer las preferencias personales en favor del otro, ni a valorar la importancia del sacrificio pequeño, gustoso y escondido.

3. La vida profesional se verá igualmente afectada; si la persona no se corrige, no doblará el cabo de las propias posibilidades y, por tanto, se instalará en la mediocridad.

4. Por último, la cultura. Si ésta se propone la libertad, irá viviendo de espaldas a cualquier curiosidad intelectual.

El que tiene poca voluntad alimenta con este frágil bagaje esa tetralogía que anida en el proyecto personal: su propia forma de ser, su afectividad, su trabajo y el plano de la cultura y las ideas.

La vida, con el paso del tiempo, nos pasa examen a todos; nos obliga a hacer recuento. Todo se detiene y vemos cómo vamos circulando. Pero en la persona con muy poca voluntad, estos análisis son escamoteados, pues la dureza negativa de su resultado está a la vuelta de la esquina; estos individuos prefieren pasar de largo y seguir tirando, pero sin someterse a un constante análisis interior.

EL HOMBRE QUE LUCHA ESTA SIEMPRE CONTENTO

Quien llega a tener una voluntad fuerte es porque la ha conseguido después de una brega pertinaz consigo mismo. Cualquier esfuerzo que se haga para sacar lo mejor de uno mismo viene acompañado de alegría, que alienta la ruta y mueve a obrar en consecuencia. El resultado de todo esto es un hombre recio, sólido, firme y consistente, que no se desalienta fácilmente.

Una persona así consigue lo que se propone. Por eso está contenta. Experimenta satisfacción consigo misma, no porque no le falte nada o se encuentre bien físicamente, sino porque se siente feliz por estar haciendo algo que merece la pena con su propia vida. Luchar implica esforzarse, pelear consigo mismo, oponerse a llevar a cabo sólo lo que apetece sin más, ejercitarse en conseguir los pequeños objetivos marcados y vencer todo tipo de adversidades hasta lograrlo.

            El aprendizaje en relación a este tema es otra de las grandes cuestiones de la psicología moderna. Los aprendizajes complejos han nacido de otros más sencillos, pero a través de superposiciones y crecimientos, de donde surge precisamente el autocontrol: ese poder ser capaz una persona de gobernarse a sí misma, ser más dueña de sí y de sus planes.

Aprender a vivir significa tener capacidad de superar las adversidades que la vida impone a su paso. Pero, ¿cuál es la clave para lograrlo?: el estímulo y el aliento para lograr la meta. Ese es el momento para encontrarse con lo mejor de uno mismo, esquivando todo lo malo que venga y que nos impida avanzar, es la hora de no desanimarse. Quien logra soportar esas pruebas sin derrumbarse e insistiendo alcanzará un grado máximo de madurez: una mezcla de coherencia y espíritu de lucha en lograr vencer día a día lo menudo: el hacerse a uno mismo.

De ahí que la lucha sea un elemento esencial para la formación de la personalidad; es un trabajo ascético, presidido por privaciones y ejercicios de autodominio. Igual que sucede con el hierro, que para moldearlo debe ponerse al rojo vivo, el educador debe alentar al educando con amor y afecto, tras haber comprendido sus dificultades; igual que hace con el grumete el viejo navegante, curtido en muchas tempestades, cuando en las primeras tormentas se cierra el mar y hay momentos muy difíciles.

Lo mejor es dar pasos cortos, pero continuos. El hábito implica la incesante repetición de actos, en este caso voluntarios, que, con su frecuencia, van echando raíces. El camino más adecuado para hacerlo es acostumbrarse a hacer siempre lo más conveniente, lo que a largo plazo será lo mejor; pero partiendo siempre de objetivos o unidades de vencimiento simples, sencillas, aparentemente poco significativas.

Cuando el educador conoce su oficio, sabe manejar bien el arte de la exigencia personal, que conlleva una relación de sugerencias a modo de avisos para superar los imprevistos y fracasos, que nunca faltan.

Pero la ascética y todo lo que ella implica no están de moda, como tampoco la voluntad. Vamos contracorriente. Hoy vivimos una época de permisividad, en la que todo vale, cualquier comportamiento se puede dar por bueno, con tal de que a uno le parezca bien o le apetezca.

Por ejemplo, pensemos en la omnipresente invitación a la sexualidad a través del cine y de la televisión. Y no por eso el hombre de este último tramo del siglo XX es más feliz. De ahí que sea necesario el autodominio, porque protege contra la autodestrucción por el placer, siempre que éste instrumentalice a otro ser humano. Es decir, lo convierta en objeto propio de gozo. Por ese camino se desvirtúa la relación humana, hasta irse degradando si no se evita esa rampa deslizante.

La palabra virtud, del latín vir-i ha caído en desuso; sobre todo en los últimos años, suena a retrógrada. Santo Tomás de Aquino la definía como ultimum potentiae: lo más alto a lo que uno puede llegar. Esta sentencia lacónica no se presta a equívocos; el hombre está siempre haciéndose, no es un sujeto modelado, estático, que al cabo de unos años alcanza ya su plenitud.

Si fuera así, todo sería mucho más fácil; pero no, la vida es abierta, dinámica, siempre en movimiento, de ahí su carácter dramático. Los actos humanos fundados en la decisión de llegar a una determinada meta, coherente y realista, atractiva y sugerente, tienen un arco tensador: la del esfuerzo. Pero lo que deben aportar las virtudes o los valores actualmente son medios que ayuden a una mejor realización de nuestro proyecto.

Por eso, querer sacar adelante el programa personal es amarlo, lo que significa consentir y ser consciente de que es bueno, positivo para el propio progreso. La alegría llega después; es siempre la consecuencia de algo que aparece subordinado a un estímulo o fundamento.

«Estoy contento con mi vida -a pesar de los pesares- y por eso estoy contento, me siento alegre.» «Voy haciendo lo que más me gusta con mi vida, la dirijo hacia lo mejor, intento ir ganando terreno y avanzar en mi proyecto personal, tejido de amor, trabajo y cultura.» Todo esto enlazado y vertebrado por una voluntad fuerte y templada en una lucha perseverante y alegre.

La educación, en la lucha por fortalecer la voluntad, debe ser integral; es decir, que abarque aspectos físicos, psicológicos, afectivos, intelectuales, sociales, espirituales y culturales. La lucha no es sino la base de cualquier buena pedagogía y la conquista del dominio de uno mismo es la meta. Con respecto a este tema, en otra parte de este libro he hablado de la importancia del modelo de identidad. La emulación es necesaria, porque empuja a seguir a personas ejemplares, completas, llenas de categoría. La tendencia a la imitación es universal.



[1] En cierto sentido el psicoanálisis  nació como consecuencia del colapso de la voluntad con los tres amos o elementos principales de Freud: el ello (los instintos), el super Yo (las normas morales y sociales), y la realidad  (el mundo exterior). De ahí que la voluntad esté dominada y dirigida por esas tres instancias de la geometría del Yo.

[2] Losada, Buenos Aires, 1950. Véase el apartado «Las leyes fundamentales del amor», pág. 130 y ss., que apuntan a la unificación afectiva

[3] Del amor, Alianza Editorial, Madrid, 1973. Es especialmente sugerente el capítulo dedicado al flechazo (pág. 134 y ss.), en el que se pone de manifiesto el impacto que produce otra persona, lo que va a originar una cierta revolución interior, mezcla de sorpresa y arrebato.

 

[4] No confundirlo con C. G. Jung, discípulo de Freud, que más tarde se separó de él.

[5]Últimamente se ha puesto de moda, con acierto, la expresión televisión basura, que contiene en su seno, masivamente, pornografía, sexo fácil, violencia, concursos absurdos y los llamados reality shows. Estos últimos merecen un apartado aparte. Estos dramas de la vida real sirven de ganchos de audiencia, convirtiéndose en géneros de moda en las cadenas de todo el mundo. Este recurso morboso se aliña a base de un hecho breve, visualizable, lleno de dramatismo, sufrimiento, violencia…

¿Por qué se utiliza?  Porque el morbo vende, y su lenguaje nos bombardea con sensaciones más que con ideas. Aquí se cumple otro principio: la tendencia de la televisión a procurar entretener y hacer pasar el rato a costa de lo que sea. De ahí que ese caleidoscopio de horrores, ese desfile de situaciones trágicas, no sea otra cosa que cultivar una curiosidad malsana.

Interesa la vida ajena convertida en dolor. El telespectador llena su vacío sumergiéndose en escenas patéticas, con lo que uno se queda relativamente tranquilo con su vida, al compararla con lo que está viendo. ¡Qué lejos está todo esto de la cultura! Con esa mediocridad el hombre no llegará muy lejos, pues queda indefenso intelectualmente, siendo fácil presa de la manipulación de cualquier mensaje.

 

[6] El ideal clásico dé la cultura empezó siendo aristocrático, para hacerse después contemplativo. Durante la Edad Media se creía que las artes liberales -Trivium- eran las que hacían más libre al hombre: la gramática, la retórica y la dialéctica. A la filosofía se la consideraba como algo instrumental de la cultura. El Renacimiento es una vuelta al mundo grecorromano, transitando de una etapa teocéntrica a otra antropocéntrica (pasamos de la idea de Dios es todo a otra en la que el hombre es todo). La sabiduría deja de ser contemplativa para hacerse activa.

 

[7]  En el Renacimiento se fragua lo que será el concepto del hombre europeo, con varias ideas básicas: aparición de la burguesía, el amor a la libertad y el culto a la estética. El gran personaje del siglo XVI es Tomás Moro. Junto a él hay que mencionara Erasmo de Rotterdam, Pico della Mirándola y Lorenzo Valla.

Dos españoles brillan con luz propia: Luis Vives, que explicó en las universidades de Lovaina, Oxford y París temas pedagógicos, morales y filosóficos; y por otra parte, Antonio de Nebrija, que residió en Italia, enseñó gramática en Salamanca y paso más tarde a la Universidad de Alcalá de Henares, donde colaboró en la elaboración de la Biblia políglota complutense y realizó su obra más célebre: la Gramática de la lengua castellana.

 

[8]Según la psicología cognitiva, rama de la psicología moderna que se inspira en el modelo informático, la inteligencia es la facultad para recibir información, procesarla de forma adecuada y reaccionar con respuestas correctas. Nos ayuda a poner orden en nuestros conocimientos, con el fin de producir la mejor conducta posible, dentro de lo que es la condición humana. Pues bien, tan importante como la inteligencia es para mi  la voluntad, ya que el hombre con voluntad puede llegar en la vida más lejos que el hombre inteligente.

 

[9] Por todo entiendo aquí los más diversos avatares que puedan sucederle al hombre. Si hay un proyecto coherente y bien edificado, el dolor, el sufrimiento, la decepción, la humillación, el fracaso… tienen sentido. ¿Por qué?, ¿de qué manera? El sufrimiento, en sus diversas formas, cura al hombre de su profunda soberbia y lo va volviendo más amoroso con los demás. A la corta, lo frena; pero, a la larga, lo hace más humano, más comprensivo y tolerante. Cuando estos impactos negativos no son recibidos así, el hombre se neurotiza y se torna agrio, amargado, resentido, echado a perder…

El mismo sufrimiento que hace madurar a unos conduce a otros a uno de los peores capítulos de la psiquiatría: la personalidad enferma. La diferencia está en el modo de aceptarlo en el contexto del proyecto personal.

 

[10]  Para un psiquiatra, hablar de educación sentimental sigue siendo un tema prioritario. En torno a ella se organiza uno de los núcleos más importantes de la vida. Aborda uno de los estratos más profundos y esenciales, alrededor del cual se concentran muchos estratos psicológicos.

Hoy estamos en una época confusa, y la falta de claridad en este aspecto está trayendo unas consecuencias muy negativas. Pensemos sólo en dos: la confusión entre amor y sexo, y por otra parte, no saber que el amor auténtico implica gozos y renuncias, alegrías y sacrificios. Estos dos errores complican la vida del hombre en nuestros días y ofrecen la enorme paradoja de una persona con un gran éxito profesional, pero cuya vida privada está rota, descompuesta, sin ejes de sujeción firmes.

Para obtener información más completa véase mi libro Remedios para el desamor, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1990.

 

[11] En psicología denominamos a esto tener una buena tolerancia de las frustraciones, por medio de un aprendizaje progresivo.

 

[12] La televisión, por ejemplo, tiende a matar la voluntad, la aniquila, la arrasa. ¿Por qué? No exige ningún esfuerzo, sólo hay que apretar un botón y dejarse llevar sin más. Su influencia excesiva es nefasta, ya que fabrica jóvenes pasivos, que se entregan en brazos de la imagen, sin necesidad del más mínimo espíritu de lucha. Y esto sin entrar en la banalidad de !a mayoría de sus temas ni en la violencia, la pornografía o la difusión de modelos de comportamiento aberrantes, sin brújula, que emite.

Y hay algo más: llega un momento en que si el telespectador no tiene unos criterios claros y bien definidos es incapaz de distinguir entre el bien y el mal, lo positivo y lo negativo, lo válido de lo que no lo es. La importancia de los padres es en estos casos decisiva, si quieren educar a sus hijos en el dominio de la voluntad. Y también los padres deben educarse a sí mismos, porque hacer un uso adecuado de ella es uno de los retos diarios que debemos superar. No en balde la televisión es el nuevo y moderno deseducador.

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