La conquista de la voluntad (cap. VI – VIII)

Enrique Rojas

¿Cómo conseguir lo que te has propuesto?

Índice 

VI. VOLUNTAD Y PROYECTO PERSONAL

Desear y querer
La felicidad como proyecto personal
La victoria sobre sí mismo
La felicidad es un resultado
VII. VOLUNTAD PARA LA VIDA CONYUGAL

Es fácil enamorarse y difícil mantenerse enamorado
El drama de la convivencia
La vida cotidiana está hecha e hilvanada de detalles pequeños
Los siete ingredientes del amor conyugal
El amor maduro está hecho de voluntad e inteligencia
La casuística
VIII. EDUCACIÓN SENTIMENTAL

Viaje al interior de la afectividad
Inteligencia y voluntad para pilotar los sentimientos
¿Cómo educar los sentimientos?

CAPÍTULO VI
VOLUNTAD Y PROYECTO PERSONAL

DESEAR Y QUERER

Ya he comentado que sólo la voluntad nos determina. Todo comienza por el deseo, pero para llevarse a buen término es necesario que éste se transforme en algo que se quiere. Desear y querer son dos pretensiones, una que navega pilotada por los sentimientos, mientras que la segunda es guiada por la voluntad.

Desear es apetecer algo que se ve, pero que depende de las sensaciones del exterior. Aquí lo que se pretende suele ser periférico, complementario al proyecto, y por otra parte, la conducta que pone en marcha decae con rapidez, una vez que se ha satisfecho ese anhelo.

Hay unos mecanismos que se disparan con más o menos inmediatez. Aquí podríamos exponer como un ejemplo clarificador todo el tema de los instintos o las tendencias básicas: el hambre, la sexualidad, la sed, etc.

Querer es verse motivado a hacer algo anteponiendo la voluntad, pues sabemos que eso nos da plenitud, nos mejora, eleva la conducta hacia planos superiores. Toda la conducta motivada implica elección. Voluntad es elegir, y elegir, renunciar.

Trae consigo un comportamiento más lejano, que necesita sacrificar lo cercano y apostar por aquello que ilusiona, pero que está aún en la lejanía. Este proceso complica las cosas, porque requiere ya un cierto grado de madurez. La respuesta se mantiene por el apoyo de una voluntad templada en una lucha firme y duradera.

Es el viejo dilema de los medios y los fines. Lo que mueve es algo bueno, que aparece en la razón como algo por lo que merece la pena esforzarse. La meta es un estímulo para la acción, sobre todo en los momentos difíciles, el punto de referencia por el cual se dirige la voluntad, poniendo de su parte una y otra vez, venciendo los posibles desfallecimientos que surjan de fuera y de dentro.

En la práctica, el desear y el querer aparecen mezclados; pero en la teoría es bueno separarlos, para saber en qué terreno estamos. Cuando queremos nos movemos o sentimos atraídos a preferir lo mejor. Y si la meta tiene grandeza, nos lleva poco a poco a una posición desde la cual vamos a ir siendo más dueños de nosotros mismos: pasamos de lo pasajero y lo temporal a lo imperecedero e intemporal.

Pero, ¿qué es lo que arrastra?, ¿qué hace que apuntemos hacia esa dirección? Sentirnos motivados por aquello que nos interesa. La motivación es siempre la representación anticipada de la meta, lo que nos conduce a la acción. A través de ella estamos abocados a realizar lo que hemos elegido.

A la larga, debemos actuar para alcanzar algo que nos llene realmente o también, para pretender el mejor desarrollo personal.

El gran dilema estriba en la siguiente pregunta: ¿cómo fomentarla voluntad cuando siendo la meta buena, positiva, la vemos al principio como algo bastante costoso y difícil? Ya lo he dicho antes: sabiendo hacer atractiva la exigencia y mirando siempre fijamente al horizonte de las ilusiones del porvenir.

¿Cómo?: utilizando la inteligencia, sublimando los esfuerzos, no dándose uno por vencido cuando las cosas van mal, poniendo algunos toques sobrenaturales que nos eleven por encima de las circunstancias. Los esfuerzos y las renuncias de ahora tendrán su recompensa. Sólo quien sabe esperar es capaz de utilizar la voluntad sin recoger frutos inmediatos. La mejor de las metas es una ecuación entre felicidad y proyecto personal.

LA FELICIDAD COMO PROYECTO PERSONAL

El tema de la felicidad tiene un fondo interminable. Para llegar a ser feliz es necesario que la vida tenga argumentos concretos, sólidos, firmes, que arrastran al hombre hacia lo mejor. Decía André Maurois en su libro Sentimientos y costumbres que es más fácil definir la felicidad por las carencias que el hombre tiene que por las que posee.

La felicidad es la aspiración más completa del hombre, la más alta, su vocación fundamental, su inclinación primaria, hacia la que apuntan todos sus esfuerzos. Aun en las situaciones más difíciles y complejas en las que pueda verse el hombre, ése será su objetivo.

Unas veces se presenta de forma clara y concreta; otras, lo hace de modo difuso y abstracto, pero ésa es la meta. La felicidad es el bien supremo perfecto, y su objetivo la realización plena de uno mismo.

Esto se concreta en dos segmentos claves:

1) Haberse encontrado a sí misma es decir, tener una personalidad con cierta solidez, en la que uno se encuentra a gusto.

2) Tener un proyecto de vida.

Ahora vamos a referirnos especialmente a la segunda. ¿Qué significa tener un proyecto de vida? ¿Qué quiere decir esto? ¿Cómo debe ser entendido? La felicidad consiste sobre todo en ilusión. Con ella la vida se vive como anticipación. Nos adelantamos, la vamos diseñando y cuando llega lo anticipado, lo saboreamos lentamente, paladeando lo que trae consigo.

La felicidad está basada en encontrar un programa de vida atractivo, satisfactorio, capaz de llenar y que sea el acompañante esencial de la existencia, de nuestra biografía. La vida es argumenta! y el proyecto su contenido. Veamos cuáles son sus principales características.

El proyecto debe ser personal; uno mismo lo diseña, y como protagonista del mismo, su arquitectura la elaboramos según nuestras preferencias personales. Pero es decisiva la voluntad para llevar a la práctica todo este diseño de nuestro porvenir, que responde a unas aspiraciones particulares que constituirán el texto de la vida propia, lo que le dé sentido a la trayectoria de cada uno.

Sentido implica tres rasgos complementarios: contenido o tejido sustancial del programa; dirección, que es el aspecto vectorial de la travesía personal; y, por último, unidad, una estructura en donde quedarán integrados armónicamente una serie de distintos elementos.

Para que se desarrolle de forma adecuada el proyecto personal hay que conocer bien el contexto en el que nos lo hemos propuesto. Esto se traduce en estar en las coordenadas de la realidad, en donde se desenvuelve la vida propia, lo cual comporta dos condiciones: conocer las aptitudes y las limitaciones de cada uno.

Por las primeras sabemos para lo que estamos dotados y buscamos esos parajes; por las segundas, nos damos cuenta de los márgenes que ha de tener nuestra andadura.

Sin un serio esfuerzo no puede llevarse a cabo. En él se dan cita un conjunto de elementos determinantes, sin los cuales resulta muy difícil que éste prospere. Hay que combatir dos peligros: la dispersión, o sea, querer abarcar demasiado, y además, decir que sí a otras incitaciones interesantes, lícitas pero que distraen de la tarea principal.

Las velas que ayudan a la navegación del proyecto de vida son el orden, la constancia y la voluntad. Orden es jerarquía, disciplina, saber que unas cosas anteceden a otras y que se necesita una programación; el orden es sedativo, nos produce paz y serenidad, nos facilita lo que tenemos por delante y que es prioritario. Por otra parte, está la constancia: empeño, insistencia, no ceder terreno, no darse por vencido, perseverar…, de este modo los propósitos se van haciendo férreos, firmes, sólidos, pétreos. Hay que ser obstinados con nuestro proyecto personal, es la única manera de que salga adelante.

Y en tercer lugar, está la voluntad que podemos definir como aquella capacidad psicológica que hace al hombre singular. Es decir, que la voluntad se educa a base de ejercicios repetidos de entrenamiento, a través de los cuales uno busca lo mejor, aunque le cueste; siempre hay en este trasfondo unas notas marcadamente ascéticas.

El hombre con voluntad suele tener una mayor resistencia para no desmoronarse ante la adversidad; pero no hay que olvidar que tener una voluntad firme no resulta fácil, sino que requiere aprender a negarse a lo inmediato, buscando lo que está por llegar.

El que tiene voluntad es verdaderamente libre, consigue lo que se propone.

Debo estar preparado para todo tipo de eventualidades que puedan sobrevenirle a mi proyecto. La vida tiene siempre recodos imprevisibles. Cualquier trayectoria biográfica es azarosa, está tejida de hilos que se enlazan y se entrelazan; de ahí la necesidad, antes o después, de restaurar el proyecto: cambiando, puliendo y perfilando sus aristas.

En alguna ocasión, he comentado la tetralogía de la felicidad que yo propongo: tener una personalidad que se ha encontrado a sí misma, vivir de amor, trabajar con sentido y poseer la cultura como fondo; o sea amor, trabajo y cultura. Soy feliz cuando mi vida tiene un proyecto, en el cual se van desarrollando estos tres rasgos.

Por eso, a medida que pasan los años tengo más elementos de juicio para analizar cómo va ésta. Al hacer balance existencial extraigo de él el haber y el debe. Me examino. Y cada etapa del viaje me ofrece un sabor distinto, según la haya vivido.

La alegría y la tristeza, la ilusión y la decepción, el abandono de las metas propuestas, el continuar hacia adelante empeñado en llegar a donde uno había previsto, etc. Sin olvidar, por otra parte, que todo análisis de la vida personal es siempre doloroso. A través del mismo, cada parcela del proyecto va rindiendo cuenta de su viaje.

LA VICTORIA SOBRE SI MISMO

El verdadero objetivo de la voluntad es conseguir la victoria sobre uno mismo, que abre las puertas para la conquista del autodominio, a través del cual no nos desviamos de la meta, y nos entregamos con ardor. Y a la hora de llevar a cabo algo desagradable, costoso, vienen a la mente los beneficios que se obtendrán y eso estimula la lucha.

La voluntad es la capacidad para conseguir los objetivos de la juventud y de la madurez, de acuerdo con un plan previo, argumentado y tejido de motivos y razones. Ambos empujan hacia lo querido. Hoy está de moda el estudio de la psicología animal, porque estos seres vivos están inmersos en el presente, sin capacidad para servirse del pasado, ni para atender al porvenir y preverlo.

El hombre inferior vive aferrado a lo inmediato, mientras que el hombre superior se proyecta hacia delante, sacrificando la satisfacción pronta e inminente. Hay que saber esperar, perseverar en lo iniciado, no querer conseguir frutos inmediatamente después de haber tomado la determinación de poner a funcionar la voluntad. A ella se oponen, también, la búsqueda febril de la comida y de un confort ilimitado, que aletarga y ahoga cualquier vibración de vencimiento[30] .
Toda educación empieza y termina por la voluntad, y ésta se enrecia a base de hábitos y de repetición de actos con esfuerzo, que nunca deben ser entendidos como algo maquinal, monótono o mecánico, sino como una iniciativa personal que está dispuesta para dirigirse hacia lo más conveniente, desatendiendo la voz que pregona las dificultades y sus escollos.

Esto irá permitiendo que nos enfrentemos a muchas empresas sin miedo. No hay rutina cuando se procura poner amor en lo que se hace. Educar no es sólo conducir a alguien hacia lo mejor, para sacar todo lo bueno que lleva dentro, sino hacer que esa persona ame el esfuerzo, lo quiera, lo consienta, lo vea como positivo y liberador.

Voluntad y felicidad están muy unidas y relacionadas, siempre que se tengan claros los pasos que se quieren seguir. Para la realización personal en la vida afectiva y en el trabajo debe estar presente la voluntad. No se hacen las cosas por placer, sino por llegar a donde uno se ha propuesto; ello nos sitúa a las puertas de la felicidad, que consiste en la realización más completa de uno mismo.

LA FELICIDAD ES UN RESULTADO

En el Talmud judío leemos el siguiente proverbio, que es como una invitación a la paz interior y a la serenidad, que se esconde en el fondo del hombre feliz.

«El hombre fuerte es el que domina sus instintos y sus pasiones; el hombre sabio, el que aprende de todos con amor; y el hombre honrado, el que trata a todos con dignidad.»

Según el Derecho Romano, las claves para llevar una existencia positiva eran tres: «honeste vívere, alterum non laedere et suum cuigue tribuere» es decir: vivir honestamente, no dañar a nadie y dar a cada uno lo suyo. Esta sería la felicidad del hombre apolíneo, fundamentada en el orden y el equilibrio.

En otra vertiente nos encontramos con la felicidad dionisíaca, la del hombre que busca sensaciones nuevas, movimiento, actividad, bucear en los últimos escondrijos de la realidad para ver que se encuentra allí y al mismo tiempo explorarse a sí mismo. Entre esta doble posibilidad de felicidad existen muchas concepciones y formas de entenderla.

El cauce de nuestra vida se abre paso con nuestra conducta y se cierra con las distintas etapas de su trayectoria. Necesita a la vez forma y contenido, envoltura y sustancia, superficie y profundidad. De esa simbiosis emerge cada forma de ser feliz; para serlo, la vida debe tener unidad, hay que trazar anticipadamente lo que el hombre quiere ser, lo que desea hacer con su vida de acuerdo con un programa previo. Si no hay libertad con minúscula.

Cualquier diseño que se haga puede venirse abajo por la imposición autoritaria del medio. El tono argumental de la existencia necesita un mínimo de libertad. Ahora que se abren en toda Europa tantas posibilidades nuevas después de muchos años de totalitarismo, pensar en la felicidad resulta más fácil.

El hombre busca tanto la libertad como la felicidad. Hay una tecnología entre ambas que a cada uno toca descubrir, para lo cual no debe decaer el esfuerzo por alcanzar la meta propuesta. Y que en el camino, aspiremos a los valores eternos, aquellos que no pasan con los siglos: la paz, la armonía con los demás, el encuentro profundo con el otro, la educación para la libertad y la convivencia, la búsqueda de la trascendencia… promover el amor auténtico.

Si la felicidad es un resultado, la vida es un ensayo hasta conseguir exteriorizarlo mejor, lo más humano que se lleva dentro, sin olvidar que para alcanzar esa paz interior son inevitables las contradicciones, las contrariedades y el sufrimiento en sus diversas formas.

Ahí se acrisola la personalidad hasta arribar a su homogénea fisonomía. La felicidad es la experiencia subjetiva de encontrarse uno a gusto consigo mismo, contento con su vida hasta ese momento. Las notas esenciales son la alegría, el júbilo, la satisfacción.

La felicidad se parece a una manta pequeña, que nos tapa, pero que siempre deja una parte del cuerpo al descubierto. También podemos compararla a un puzzle, en el que siempre faltan algunas piezas, porque ésta es un polinomio, producto de muchos factores[31] . Por desgracia, se ve cómo se pierden muchas vidas por falta de contenido, pues en ellas sólo hay apariencia.

La felicidad es la meta del hombre, su máxima aspiración, hacia la cual apuntan todos los vectores de la conducta. Pero hay que buscarla, no se encuentra al final de la existencia, sino en medio de su recorrido. Por eso, es más una forma de viajar, que una estación definitiva. La felicidad absoluta es una utopía. Se saborea un gozo especial cuando la vida tiene temática, sabor y proyección de futuro.

A lo largo de la vida, la felicidad juega con el hombre al escondite: se va, viene, desaparece, asoma, se esconde, nos muestra la cara y, más tarde, enseña la espalda. La felicidad consiste en una mezcla de alegrías y tristezas, de luces y sombras, pero presididas por el amor. Al adentrarnos en el entramado del corazón humano descubrimos que la coherencia interior es el puente que nos conduce al castillo de la felicidad.

CAPÍTULO VII
VOLUNTAD PARA LA VIDA CONYUGAL

ES FÁCIL ENAMORARSE Y DIFÍCIL MANTENERSE ENAMORADO

El enamoramiento es un fenómeno universal, cuyas sensaciones hacen vibrar interiormente. Ortega decía en Estudios sobre el amor, que era como una enfermedad de la atención: hasta ese instante dispersa y moviéndose de acá para allá, y que a partir de un determinado momento se dirige en un sentido determinado, con la mirada, la cabeza y el corazón.
Stendhal, en su libro Del amor, dice que la cristalización es la pieza clave del enamoramiento: la tendencia a idealizar a esa persona, poniendo en ella todo lo bueno, grande, noble y hermoso que el ser humano es capaz de concebir. En definitiva, es tal el hambre de amor que, a veces, de algo relativo hacemos un absoluto. Max Scheler, en Esencia y formas de la simpatía, menciona el entusiasmo como nota central de esta manifestación afectiva.

Erich Fromm, en El arte de amar describe el amor como la principal respuesta a la existencia humana, y llega a afirmar que cualquier teoría del amor debe comenzar con una sobre el hombre, porque amar es abandonar la prisión de la soledad.

El propio Ovidio, en el siglo I a.C., uno de los poetas líricos más admirables de su tiempo, publicó un libro, cuyo título fue también El arte de amar, en el cual se nos revelan con toda claridad y fuerza los puntos fuertes donde debe apoyarse el amor del principio para que, con el paso del tiempo, perdure.

Todo amor grande encierra una pasión por lo absoluto. Hoy, con la degradación de la vida afectiva, a cualquier relación superficial y centrada en la sexualidad, nos atrevemos a denominarla amor. Hay que tener el coraje de llamar a las cosas por su nombre.

Hace unos años se puso de moda una expresión que traspasó los umbrales del lenguaje coloquial: estar unido sentimentalmente. Para la persona avezada en estas lides, la frase dejaba bien claro su significado. La erotización de la sociedad ha hecho cambiar el panorama sentimental de una forma patente.

¿Hemos mejorado, se ha conseguido que las relaciones del corazón tengan más calidad, sean más firmes y consistentes? Pienso que no. En esta nueva situación son muchos los factores que han influido negativamente, pero dos han tenido un especial relieve: el cine y la televisión.

Hay un excelente libro de Clive S. Lewis, Los cuatro amores, que nos expone cuatro experiencias esenciales para controlar todo lo sentimental: el afecto, la amistad, el eros y la caridad. Su tesis descansa en el pensamiento cristiano:

«Los amores humanos merecen llamarse amor siempre que se parezcan a ese Amor, que es Dios.»

Incluso llega a afirmar algo que me parece importante:

«Lo más alto no puede sostenerse sin lo más bajo.»

Y en cuanto a la amistad, leemos:

«La amistad es el plato fuerte en el banquete de la vida (…] los hombres que tienen verdaderos amigos son menos manejables y menos alcanzables. La amistad es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de todos los demás.»

Maisonneuve, en su tratado Les sentiments, define al amor como un estado afectivo muy completo, interior, pasivo, agradable o desagradable[32]. Es decir, que entramos sigilosamente en otra galaxia, distinta de los objetivos, para bucear en los pasadizos de la ciudadela interior y descubrir lo más recóndito de ella.

Porque hay que subrayar con fuerza que es fácil enamorarse, quedarse deslumbrado ante alguien, pero muy difícil mantenerse enamorado, sobre todo con los valores afectivos vigentes en la actualidad. Y me remito a los datos estadísticos de los últimos años en nuestra cultura occidental.

Por eso, se ha puesto de moda una fórmula intermedia, que elude el compromiso y salva el posible fracaso en este terreno: el concepto de pareja, como unión afectiva descomprometida, transitoria, que dura mientras la relación funciona, y que si se rompe, no sucede nada. En eso se inscribe un mecanismo habitual hoy en este aspecto: la falta de dramatización en todos los órdenes. Es la mejor manera de sortear las dificultades… aunque, a la larga, la vida pierde sabor, contenido y, por supuesto, coherencia.

EL DRAMA DE LA CONVIVENCIA

Debemos pasar del enamoramiento, de esos momentos exultantes en los que se dilata la personalidad, al día a día, al plano de la realidad. Las diferencias entre ambos -realismo e idealismo- son grandes y es básico estar bien preparado. Si no existe claridad de ideas, se puede caer en la trampa de decir que uno se ha desenamorado y lo que realmente sucede es que, como en todas las parejas, la relación pone a prueba a los dos, cuando pasa el tiempo y la convivencia somos cada uno.

¡Qué tema tan importante y tan difícil el de la convivencia! Porque la vida diaria sigue siendo la gran cuestión. Todas nuestras teorías, ideas, argumentos y estilos psicológicos vienen a convocarse aquí: a la realidad de residir en el mismo sitio y habitar juntos.

Convivencia es, ante todo, compartir, participar en la vida ajena y hacer partícipe al otro de la propia. La convivencia es una prueba complicada en la que demostramos muchas cosas de nuestra personalidad.

En este tramo final del siglo XX creo que una las mayores dificultades objetivas estriba en la convivencia en la que todos nos deslizamos en una especie de desequilibrio e inestabilidad. Cuando convivimos con alguien se percibe en vivo y con gran claridad la necesidad de buscar soluciones y alternativas para hacer posible la vida ordinaria.

He comentado en alguna otra ocasión que uno de los cánceres sociales de nuestros días es la ruptura conyugal. Pues bien, también la vida familiar, en general, se ve surcada hoy por experiencias dramáticas y queda destrozada y herida cuando le vienen todo tipo de desavenencias.

Una buena convivencia no resulta fácil, pues implica un esfuerzo importante de la voluntad y una capacidad suficiente para aceptar vivir con otras personas.

Dibujaremos los aspectos más esenciales de este tema, los principios de donde debemos partir para ir alcanzando una relación positiva entre las distintas personas que conviven en el seno, no ya sólo en la vida familiar, sino de cualquier comunidad humana relativamente pequeña.

Soy de los que piensan que la primera fuente cultural es la familia, por su grandeza, su importancia y el papel decisivo que desempeña en la formación y la configuración de la personalidad de cada uno de sus integrantes.

Pues bien, estos puntos cardinales son, en mi opinión, los siguientes:

* Primero. Tener un conocimiento adecuado de uno mismo es el principio básico, es decir, saber las cualidades y las principales características de la propia psicología personal. Esto es imprescindible. Implica enfrentarse con uno mismo y procurar resolverse como problema o ecuación; ahondar, profundizar, captar, para llegar a saberse, a conocerse. Esto concluye en que debemos conocer las aptitudes y las limitaciones personales. De este modo será más fácil controlar las borrascas y las tempestades que ineludiblemente habrán de sobrevenir.

* Segundo. Esforzarse por limar, pulir y rectificar aquellos aspectos de la personalidad que dificultan, entorpecen o impiden el trato y la relación cotidiana. Se trata de luchar por desterrar lo negativo, modelando las aristas y las vertientes menos sanas del propio comportamiento. Toda esta tarea de reforma personal es ligera, pero continua; suave y sosegada, pero firme y compacta. Sin estos propósitos concretos, no debemos esperar cambios que favorezcan una mejor relación entre las personas.

Hay que evitar con los demás los denominados «prontos de carácter» en el lenguaje coloquial (reacciones impulsivas, pérdida del autocontrol ante estímulos insignificantes), la utilización de esquemas rígidos, intransigentes y herméticos, así como la susceptibilidad, los cambios bruscos de humor inmotivados o la desconsideración sistemática ante opiniones ajenas a las propias.

* Tercero. El conocimiento del contexto o de la realidad donde se desarrolla la convivencia. Este conocimiento se vertebra en dos direcciones: por una parte, el conocimiento de la realidad propiamente dicha, es decir, la situación concreta en la que tiene lugar esa relación. En definitiva, debe existirla prudencia, la sindéresis: la valoración adecuada de la realidad. Aristóteles, en su Etica a Nicómaco, la define y nombra como ordenadora del querer y del obrar.

Por otra parte, la otra dirección radica en el conocimiento ajeno. Conocer a las personas con las que se convive, para entenderlas primero y comprenderlas, después. Entender quiere decir ponerse en el lugar del otro, situarse en su espacio vital, ver el mundo desde su perspectiva. Comprender implica una operación más avanzada: significa abrazar, unirse, hacer los intereses y los problemas del otro parte de los propios.

Cuando le decimos a alguien: «Comprendo lo que te pasa», «Me hago cargo de lo que está sucediendo», estamos yendo a su encuentro para ayudarle con nuestra cabeza y nuestro corazón. Por eso comprender es aliviar.

Cuando sabemos cómo son los que conviven con nosotros codo con codo, diariamente, tenemos unos criterios objetivos para ir ensayando una forma más adecuada de convivencia. «Tengo que hacer mi vida con los demás», ése es el texto y el contexto de la convivencia, su contenido y su estructura.

Ahora bien, hay que subrayar que la convivencia, al igual que la vida, debe ser argumental. Esto significa que va más allá del mero estar juntos o próximos. Esto es la compañía: contacto externo e interno. Los argumentos afectan positivamente con su mensaje el panorama y el contexto familiar. Le dan peso y consistencia. Esta segunda se refleja en la primera.

* Cuarto. Para que la convivencia sea posible debe haber respeto y estimación recíprocos; ambos están íntimamente conectados. El respeto es atención, consideración, deferencia, tener en cuenta la dignidad de la otra persona, apreciando a cada uno según su valía.

Algo de eso encierra la palabra tolerancia. Voltaire, en su Tratado sobre la tolerancia, la define como la gran herramienta de la vida en común, mediante la cual el hombre es capaz de coexistir pacíficamente en medio de las más diversas posturas ideológicas. Locke, en su Carta sobre la tolerancia, nos explica que tolerar es no oponerse inflexiblemente a las diferencias de contrastes que trae consigo vivir en comunidad. El triunfo de la Ilustración en el siglo XVIII y del pensamiento liberal en el siglo XIX han reconocido como primordial el principio de tolerancia en la vida política y social.

Este es el camino para alcanzar una apreciación mutua, en medio de la diversidad de formas y maneras de ser y de pensar. Así se aprende a dialogar, ya que el diálogo constituye una de las facetas centrales de la convivencia. Debemos ser capaces de escuchar y, simultáneamente, de argüir, de mostrar argumentos, de expresar la propia opinión. De este modo, uno puede manifestar su acuerdo o su desacuerdo sobre un tema concreto, pero lo expresa sin ofender, sin faltar ni descalificar a esa persona que está disconforme con nuestro punto de vista.

Muchas incompatibilidades de caracteres arrancan de aquí, por no asimilar adecuadamente esto. Se trata, en el fondo, de aceptar el pluralismo. Cuando se tiene esta visión tan amplía, el horizonte se ensancha, la vida se hace más llevadera y sus leyes específicas se agrandan.

Ser pluralista no es buscar identidad de criterios, ideas y gustos, sino aceptar de buen grado la diversidad enriquecedora y recíproca.

* Quinto. La vida humana debe ser sistemática y tener un orden, unas secuencias, unas conexiones sucesivas. Cuando la vida acontece demasiado deprisa, como ocurre hoy en día, casi inevitablemente surge el desorden. El orden es como el analgésico de la inteligencia. Un sedante, un portador de serenidad y sosiego.

Pues bien, cuando se dan estas condiciones psicológicas, no fortuitamente, sino buscadas y perseguidas, a pesar del ritmo vertiginoso que la vida tiene en la actualidad, el hombre es capaz de pensar. Aquí quería llegar. Se trata de pensar en cómo mejorar la convivencia y poner los medios prácticos para llevarlo a cabo.

Se puede tratar de mejorar cualquier relación. Creo que debemos empezar por estos puntos. Así, la conducta se hace más racional y se combate el vaivén, el trajín, el ir y venir sin tiempo para nada y para nadie.

LA VIDA COTIDIANA ESTA HECHA E HILVANADA DE DETALLES PEQUEÑOS

La vida acelerada, trepidante, vertiginosa, hace muy difícil la convivencia, porque antes que nada, uno está cada vez más lejos de sí mismo, traído y llevado, y en un constante ajetreo por tantas cosas que lo distraen. En estas latitudes se inician muchas rupturas conyugales que podrían haberse evitado. ¿Qué hacer por tanto? Lo mejor es vivir el momento preciso y limitado de cada día y poner en él lo mejor que uno tiene.

No olvidemos que la vida se compone de detalles pequeños. Yo diría más aún: la vida está en los detalles. Hacer la casa habitable es llenarla de afecto y comprensión. Son muchas las cuestiones que pueden llevarse a cabo: interesarse por los afanes y las preocupaciones del otro, hacer amable la vida sabiendo disculpar, poner buena cara cuando uno se siente afectado por alto, desdramatizar los pequeños contratiempos que siempre están presentes, aprender a tener una visión positiva de las personas y de los hechos, tener la suficiente mano izquierda para sacar a relucir el sentido del humor siempre que sea necesario, etc.

La convivencia debe ser una escuela donde se ensayan, se forman y se cultivan los principales valores humanos: el espíritu de colaboración y de servicio, la generosidad, la capacidad de comprensión, la fortaleza, la paciencia, la sinceridad…

Son un sinfín de detalles en el trato que edifican una convivencia más armónica. Los psiquiatras sabemos que en las denominadas familias neuróticas o en muchos hijos de padres separados, la ausencia de estos elementos deja unos huecos muy serios, unas secuelas que luego pondrán de relieve fallos y falta de entrenamiento positivo para alcanzar unos niveles adecuados en el trato y la familiaridad de la vida diaria. Entonces es cuando se necesita la voluntad.

Hay que poner esfuerzo y voluntad en cuestiones menudas, en apariencia poco importantes, pero que hacen a la persona sutil, delicada, cuidadosa, que sabe poner amor y tolerancia en esa asignatura siempre en primer plano: la vida cotidiana por la que se desliza nuestra existencia.

La vida diaria, con sus ingredientes, sigue siendo el gran motivo. Tener esto presente y obrar en consecuencia tendrá unos frutos sabrosos, siempre y cuando seamos capaces de perseverar en ellos. La capacidad diaria para convivir es como un registrador de la altura, la anchura, la profundidad y la categoría del perfil de la personalidad de cada uno. Jean Guitton, en su libro Le démon de midi, decía que cuando el amor no es romance, necesita ampararse en otros presupuestos que le den fortaleza, como son: abrirse a los demás, pensando en ellos y en lo que más les satisface; buscar más lo que une que lo que separa; crear lazos y tejidos de vinculaciones, etc.

Y otro gran pensador francés contemporáneo, Gustave Thivon, en La crise moderne de l’ ámour, comenta que el hundimiento del concepto del amor en la actualidad gravita en la falta de armonía del ser humano: el amor se ha convertido en sexo, la fidelidad es para muchos algo antiguo, la falta de esfuerzo para la compenetración de los caracteres o la inestabilidad afectiva. En mi libro Remedios para el desamor he trazado algunas coordenadas prácticas sobre las que debe moverse la psicología de la pareja para que la vida conyugal funcione. A ellas me referiré enseguida.

LOS SIETE INGREDIENTES DEL AMOR CONYUGAL

Mi espíritu universitario, académico, me lleva a intentar explicar de forma ordenada lo que yo llamaría los siete puntos básicos del amor en la pareja. Para mí, en ellos se encierra la comprensión de este capítulo.

Se habla mucho de amores y de uniones sentimentales, pero poco de lo que debe ser el verdadero amor. Entre ambos hay diferencias abismales. El amor auténtico tiene poco que ver con esa especie de gelatina emocional o de mermelada afectiva, tan en boga a través de las revistas del corazón y de los medios de comunicación audiovisuales, cuyo contenido es un romanticismo sensual.

Un buen exponente de lo que digo son las telenovelas, cuya pobreza argumenta) se apoya sobre un tratamiento elemental del amor, del enamoramiento y de todo lo que de ambos se deriva.

Todo esto desemboca en la cultura rosa: se presentan los sentimientos para captar y cautivar a la audiencia, repletos de conflictos y de situaciones inesperadas, que aportan- muy poco a la edificación de la madurez de la personalidad. Lo importante en los programas -radio o televisión- es divertir y asombrar; su objetivo debe ser ganar audiencia, por lo que el nivel cultural y de contenidos toca fondo, es nulo. No olvidemos la cantidad de personas que siguen estos programas.

Si no se ordena el amor, si el corazón no está bien custodiado, las formas que puede adoptar la afectividad, de entrada, pueden parecer interesantes, con un tono refrescante, por lo que significa el cambio, pero, a la larga, llevan al vacío y al caos biográfico. De ese modo, cualquier liberación no será auténtica, por mucho que así la llamemos, algo que veremos a través de sus resultados.

Para que la felicidad esté bien ajustada y no sea un espejismo de momentos más o menos gratificantes, hay que ordenar los latidos de la vida afectiva, para que ésta no termine rebelándose, al comprobar con el paso del tiempo el fraude en el que se ha vivido, por haber cambiado y malinterpretado palabras y contenidos referidos al amor.

Estos componentes del amor son los siguientes: un sentimiento y una tendencia, de entrada, los cuales deben apoyarse en unas creencias comunes; después, en cuarto y quinto lugar, el amor debe ser con el paso del tiempo, no al principio, un acto de la voluntad y de la inteligencia, aunque esto no se lleve ni esté bien visto hoy; pero me parece decisivo, esencial, básico.

Y, finalmente, dos notas añadidas: el amor hay que entenderlo como compromiso y dinamismo. Esta es su alquimia. Cada uno de estos elementos y todos en su conjunto edifican un amor trabajado, sólido y esperanzador que nos conduce a vivirlo de forma plena, con las lógicas e inevitables dificultades que tiene la convivencia, pero ya con unas hechuras que lo harán fuerte.

No se puede vivir sin un gran amor en el corazón. En tiempos de crisis de valores, esto se hace más necesario, pues la fragilidad de los principios surge por cualquier lugar. Esta sociedad occidental de este último tramo del siglo XX está asistiendo a una nueva epidemia, contagiosa y dramática: las crisis y las rupturas conyugales, como consecuencia de una profunda decadencia del hombre de hoy, perdido y sin referentes.

El hombre nunca ha sabido tanto de sí mismo como ahora, y al mismo tiempo, nunca como en la actualidad ha estado tan desorientado, desequilibrado y sin saber a qué atenerse. Y esto es especialmente grave por lo que respecta al amor.

La información minuciosa que recibe el hombre actual sobre cualquier tema político, económico o social no suele ser formativa. Otra paradoja más de los tiempos que corren es la información no formativa que existe, es decir, que no hace que el ser humano se vuelva más culto, con más criterio, con más humanidad… antes, al contrario, esta cascada de datos le dejan perplejo, pensando cuántos males y desgracias están llegando continuamente a sus oídos.

Y es que parece que todo lo relacionado con las noticias es negativo; por no hablar de las revistas del corazón, los tebeos de los mayores, que sin cesar nos presentan las rupturas de los famosos, los fracasos sentimentales de parejas débiles. Todo eso crea un clima negativo, en el que se cultivan amores inconsistentes, sin fuerza, sin contenido, con una estructura deficitaria.

Todo amor ha de pasar necesariamente por etapas de situaciones tensas, difíciles, pruebas inevitables, hasta hacerse maduro. La condición humana es así. Dicho de otro modo: el amor necesita cierto aprendizaje, que encuentra en la convivencia su punto de inflexión. Ahí recae la importancia de la voluntad.

La voluntad es un rodrigón en el que se ha de apoyar el amor tras sus primeros momentos. Al principio, la voluntad participa mínimamente en este proceso afectivo, pues todo fluye de forma suave, movido por los vientos ligeros de la ilusión y la novedad. Cuando pasa el tiempo -pero también al principio- la convivencia se manifiesta con sus problemas y dificultades y es entonces cuando llega la hora de poner a funcionar esa voluntad, la cual debe estar preparada para luchar por vencerse y acomodar su carácter al de la otra persona.

EL AMOR MADURO ESTA HECHO DE VOLUNTAD E INTELIGENCIA

Hoy muchos enlaces conyugales están elaborados con materiales o bases poco consistentes. Con esos presupuestos no se puede llegar muy lejos. Como he dicho antes, el amor nace de los sentimientos y a la vez que madura se dirige hacia el mundo intelectual guiado por la voluntad. A muchos les cuesta entender esto, porque la marea social se mueve en otra dirección. Pero es así. La vida afectiva se desliza como un teorema que sigue este recorrido sentimental.

No digo que al principio esto sea así; me refiero a etapas más avanzadas del amor. En sus comienzos todo es como una eclosión de expresiones afectivas algo desligadas de lo puramente racional. Para vivir un amor en profundidad y con la pretensión de que sea duradero, éste debe estar regido por la voluntad y la inteligencia.

Inteligencia es capacidad de síntesis; saber distinguir lo importante de lo anecdótico; aprender a ensayar soluciones nuevas y situaciones difíciles, inesperadas o conflictivas. Codificar de forma correcta la información que se recibe, para ofrecer una respuesta coherente y positiva, que lleva a dar la mejor conducta posible.

Esto, traducido al lenguaje de la psicología conyugal, podemos expresarlo del siguiente modo: tener el don de la oportunidad, aprender a callar[33] siempre que sea necesario, saber aplazar un tema difícil para un momento adecuado, no sacar la lista de agravios del pasado a raíz de una situación tensa, evitar discusiones innecesarias, saber entender a la otra persona[34], tener detalles pequeños positivos hacia ella, compartir cosas juntos, aprender a desdramatizar pequeños problemas que surgen en la convivencia diaria, saber pedir perdón sin esperar a prolongados silencios que nunca tienen buen final, etc.

Son muchos puntos los que hay que cuidar, pero todos con un mismo origen o fin a la vez: la compenetración de dos personalidades en sus distintos aspectos: físico, psicológico, social, cultural y espiritual.

Este amor está en crisis porque los resortes y los puntos de apoyo del hombre moderno se han vuelto más frágiles. Pensemos en lo que yo he denominado el hombre light[35]: un ser sin valores movido sólo por el materialismo. Cuando la existencia transita a ritmo vertiginoso, pero sin saber a dónde se dirige, marcada por la superficialidad y la bandera de la frivolidad, antes o después deja al descubierto unos vacíos que harán que todo se desplome por falta de consistencia. En muchas de estas vidas no hay más que superficialidad y apariencia de cara a la galería.

No hay auténtico progreso humano si éste no se desarrolla con un fondo moral. Sin él, el hombre queda suspendido en un estado de nihilismo agazapado que le atraviesa y que lo conduce a la dejadez, la apatía, el des-compromiso de todo lo que exija una cierta renuncia, etc. Un hombre sin ideales tira por la borda su proyecto personal.

El amor necesita, también, de la voluntad. Se tratará, por lo general, de hacer ejercicios pequeños y repetidos de rectificación, adelanto y progreso en la comunicación de la pareja. No suelen ser cosas extraordinarias, ni «el más difícil todavía», sino cuestiones de escaso valor, pero que si no se lucha por ellas, la comunicación se entorpece y todo se viene abajo.

Lo que al principio pueden ser desavenencias insignificantes, al repetirse, al caer en ellas una y otra vez, inciden en la vida matrimonial y su funcionamiento; y a la larga aquello puede entrar en una situación seriamente conflictiva.

Voluntad en la vida conyugal significa luchar por las cosas pequeñas, concretas, bien delimitadas, que ponen en peligro cuando surgen la estabilidad de la pareja. Pensemos en las discusiones, que suelen originarse por naderías, pero que ponen en marcha mecanismos agresivos, descontrol verbal y la aparición de la lista de agravios, que puede arrasarlo todo con su fuerza.

Tener una voluntad bien dispuesta es algo que se consigue después de un cierto tiempo de entrenamiento: supone semanas, meses, e incluso años de lucha pertinaz contra uno mismo. Uno se vence y uno cae, pero se tienen bien claros los medios y los fines, la metodología y la meta.

El que lucha y pone la voluntad en esta lid, está siempre alegre, aunque pierda batallas. El tiempo lo hará recio, fuerte, sin desánimo. Al que tiene educada su voluntad le resultará más fácil soportar bien los conflictos, los riesgos y los tropiezos de la convivencia. Conoce sus complicaciones y no se desalienta cuando arrecian los escollos, supera los obstáculos y le da la vuelta a los contratiempos, cuando ponen en peligro su estabilidad. La repetición de actos de esfuerzo y aprendizaje prepara para la lucha deportiva.

Estos dos pilares de apoyo, la inteligencia y la voluntad, no tienen buena prensa hoy, pero son definitivos para conseguir un amor maduro. La inmadurez afectiva subraya que el amor es como un viento, que va y viene, sin límites ni control. Eso es falso, pues si así fuera, quedaría hipotecada a los vientos exteriores nada más y nada menos que una de las parcelas más importantes de la vida, la sentimental. Para que el amor se haga maduro, hay que ganárselo en una pelea positiva y estimulante, aspirando a una posición estable, armónica y proporcionada.

LA CASUÍSTICA

Los psiquiatras somos médicos que estudiamos las superficies y las profundidades psicológicas. Entramos en los pasadizos interiores buscando la respuesta a la conducta. La consulta es como un observatorio, desde donde se ve la vida ajena con minuciosidad, donde el médico aprende la diversidad de comportamientos existentes, unos sanos y otros enfermos.

Por eso, la experiencia es esencial. La vida enseña más que muchos libros. Voy a mencionar algunas historias clínicas extraídas de mi consultorio privado, que pueden ser didácticas y ejemplares de todo lo que he venido exponiendo en este capítulo.

Matrimonio en el que él tiene 59 años y ella 51. Tienen cuatro hijos. Nivel socioeconómico medio alto. Nos dice el marido: «Yo siempre he sido un luchador nato en mi trabajo. Ahora echo una mirada hacia atrás, y cuando veo lo que he hecho profesionalmente en los últimos veinte años, me asombro. Pero luego está mi vida matrimonial, que de vez en cuando aparece amenazada con momentos muy malos y situaciones en las cuales no veo otra salida que separarme.»
«Mi mujer me quiere controlar permanentemente. No tiene habilidad conmigo. Siempre se está quejando de que no le hago caso y no me ocupo de ella. Y yo no tengo conciencia de eso. Hemos venido a su consulta, porque ella me lo ha pedido… aunque la verdad es que yo creo poco en los psiquiatras.»

Nos dice la mujer: «Mi marido está todo el día trabajando y me hace poco caso. Pero hay momentos en que pienso que no estoy casada con él, pues compartimos pocas cosas. Me rebelo. De vez en cuando necesito desahogarme y decirle lo que pienso… El se cree que con el dinero que me da o la situación económica que tenemos está todo resuelto, y está muy equivocado. Me siento una mujer insatisfecha. He pensado varias veces en separarme, pero en serio. Y ha llegado el momento de arreglarlo o de que nos separemos.»

En la terapia conyugal hay un primer momento en que tras llevar a cabo la historia clínica por separado con cada uno, pedimos lo que yo llamo un rastreo psicológico, que se resume en una serie de peticiones sobre qué quitaría y qué añadiría en la conducta del cónyuge para que se consiguiera una mejor armonía conyugal. Con frecuencia esta relación de observaciones psicológicas es demasiado vaga y abstracta como para trabajar con ella, y hay que repetirla, buscando un lenguaje más conciso y operativo.

Tras estas dos etapas, iniciamos un behavior eschulde, un programa de conducta, basado en intentar reforzar[36] la conducta positiva de forma recíproca. Se trata de una terapia cognitivo-conductista, en la que se establecen claramente los objetivos psicológicos, así como su vertiente instrumental (cómo ir progresando en esa dirección).

Previamente, situé a cada uno de ellos ante el estado real y los riesgos reales de su actual momento conyugal. Sin dramatizar, pero con claridad. La mayoría de las sesiones fueron independientes. Sistematizo de forma muy resumida las peticiones de ella:

Lista de peticiones de ella

– Que trabaje menos, así es muy difícil que esto funcione, pues casi no le veo.

– Que exista más diálogo entre nosotros. Sólo hablamos cuando hay algún problema de los hijos, o de sus estudios, o de las personas con las que salen.

– Que tenga detalles conmigo: preguntarme por mis cosas, interesarse por lo que he hecho, dónde he ido, con quién he estado…

– Que alguna vez me llame por teléfono desde su trabajo… Para mí eso sería una sorpresa enorme.

– Que no se queje de lo ocupado que está.

– Un tema difícil es el de las relaciones sexuales. Aquí nos hemos entendido siempre bastante mal. Por una parte, quiero que él me prepare, lo que para mí significa ternura y, después, que cuando hayamos terminado no me deje de lado, como una cosa que se utiliza y luego se desecha.

– Que no quiera llevar siempre razón, diciéndome todo lo que él sabe, la experiencia que tiene, lo que ha estudiado… Le cuesta darme la razón; yo, en cambio, sé ceder.

– Que me pida perdón o disculpas cuando ha hecho algo mal o me ha ofendido. Esto le cuesta un trabajo enorme.

Recapitulo aquí lo más destacado. Pero en estos ocho puntos se resumen muchas cosas a la vez. Con ellos trabajamos haciendo un programa de conducta.

Lista de peticiones de él:

– Que no me saque tantas veces las cosas negativas del pasado (lista de agravios). No puede evitarlo, es superior a sus fuerzas. Es como una necesidad imperiosa.

– Que me esté pidiendo dinero siempre; a veces, pienso que sólo sirvo para eso… o al menos así lo entiendo yo.

– Que me corrija delante de mis hijos o que se ponga a discutir delante de ellos.

– Su afán polémico. Que no se empeñe en discutir una y otra vez sobre cualquier tema.

– Que tenga tacto conmigo. No sabe lo que es ser diplomática.

– Que para tener relaciones íntimas no tengan que darse unas condiciones excepcionales: todo en paz, que no haya existido una discusión en mucho tiempo.

– Que no me diga que la utilizo sexualmente. Eso me enerva.

– Que no se compare con otros matrimonios más o menos parecidos a nosotros: si salen más, si viajan, etc.

– Cuando venimos de una cena con amigos o conocidos, que no me haga una crítica de lo que dije o comenté. Cualquier frase mía es a veces analizada por ella al milímetro.

Vemos aquí un caso bastante representativo. Tras las dos primeras sesiones se diseñaron ambos programas de refuerzo. Se insistió mucho en la importancia de la motivación. Alcanzar puntos de acuerdo, limar asperezas, lograr la capacidad de perdón, y, por supuesto, centrarse cada uno en los puntos concretos recibidos en la psicoterapia.

En la quinta sesión, ya había una notable mejoría. Entonces, a la mujer se le retocaron algunos puntos. Se añadió uno que fue muy bien recibido por ella: aprender a remontar el típico día / momento malo.

Se acompañó de un lenguaje cognitivo[37] para aplicar en esas circunstancias. El marido puso en práctica el denominado día rosa[38], lo que potenció en su mujer la ilusión de seguir esforzándose en mejorar, de acuerdo con los esquemas señalados.

Es frecuente en este tipo de casos que el psiquiatra sepa neutralizar las quejas de unos y otros, valorándolas de forma fría y objetiva, haciendo ver lo habituales que son las deformaciones de la realidad: que los relatos de los acontecimientos sean claros, desapasionados, intentando verse a sí mismos «desde el patio de butacas».

Veamos otro caso también muy representativo:

Se trata de una pareja que lleva doce años casada. Tienen tres hijos. Ambos tienen carreras universitarias, posición socioeconómica alta. El es el típico número uno: muy ordenado, sistemático y gran trabajador. Ella es abierta, comunicativa, sociable, siempre con bastante éxito con los chicos. Se llevan siete años.

La convivencia entre ellos siempre ha tenido rachas difíciles y altibajos. Al principio, las dificultades vinieron por tensiones entre ambas familias políticas, lo cual se subsanó con la ayuda del psiquiatra, que dio unas pautas de conducta que despejaron el panorama. El cociente intelectual de cada uno de ellos y sus recursos psicológicos facilitaron la superación del asunto. Hoy es un tema olvidado.

Pero desde hace un par de años, la convivencia se hizo bastante difícil: fuertes discusiones, días enteros sin hablarse, quejas recíprocas, malas interpretaciones de pequeños fallos, celos por parte de ella (totalmente infundados), etc. Todo lo cual ha hecho que vuelvan a la consulta después de siete años.

Aquí, para cambiar el discurso clínico, pondré de relieve los objetivos de cada uno, en vez de la lista de correcciones que se pide o sugiere al otro.

Programa de conducta que recibe ella

Sólo señalo el índice del repertorio de objetivos psicológicos que se deben cuidar, prescindiendo de la parte instrumental:

1. Esforzarme por transmitirle serenidad a mi marido, desagobiarlo, no ir a decirle en el peor momento problemas, dificultades o temas difíciles.

2. Unificar criterios prácticos para la educación de los hijos: hora de llegada, posibles castigos, tema de estudios, etc. No ser tan suave con ellos: permitirlo todo no es educar.

3. Luchar por no sacar la lista de agravios. Cueste lo que cueste, tengo que poner de mi parte en esto, si quiero que nuestra relación mejore.

4. Respeto de palabra y de gestos: ser menos impulsiva, cuidar las caras largas, los gestos despreciativos, etc.

5. No iniciar discusiones por temas triviales, sabiendo que de ahí se pueden originar situaciones de alta tensión psicológica. Corregir mi fondo pesimista.

6. Compartir más cosas juntos. Proponer salidas, sugerir con antelación planes interesantes para el fin de semana.

7. Tengo que poner de mi parte para ser menos susceptible con «las cosas de mi marido». A veces, pequeños atranques, frases de él o descuidos, me los tomo de forma exagerada, dramática.

8. Elogiarlo con alguna frecuencia en público: de forma moderada y en cosas concretas y positivas. También en privado, que note que sé valorarlo.

9. Saber dar ciertos temas por cerrados. No querer una y otra vez volver sobre el mismo asunto. Tema analizado, cuestión zanjada.

10. Facilitar con más frecuencia las relaciones íntimas. No puedo estar siempre poniendo dificultades de distinta índole a la hora de estar juntos.

11. No estar regañando siempre a la hija más pequeña (la relación madre-hija no ha sido buena desde hace tiempo). Desde ahora voy a procurar decirle el menor número de cosas posibles. Acercarme a ella con una actitud más positiva, intentando recuperar el terreno perdido.

Programa de conducta que recibe él

1. Ser más generoso en todo lo referente al tema del dinero, evitando decirle que es una persona muy gastosa o que tira el dinero. En todo caso, hacer un inventario de gastos, para ver cómo va la administración.

2. Quiero, desde ahora, que exista más diálogo entre nosotros. Cosas diarias, comentar temas de actualidad, sacar yo temas de conversación, evitar pertrecharme detrás de los periódicos sin decir nada… Esto a ella le produce un efecto muy negativo.

3. Tener más estabilidad emocional. A veces paso de estar bien a ponerme muy irritable y nervioso por alguna contrariedad. O me quedo callado horas e incluso días. Recordar las sugerencias psicológicas de aprender a filtrar mejor los estímulos externos e internos.

4. Con los hijos, ser menos extremista: evitar la llamada ley del todo o nada.

5. Dedicarle más tiempo a mis hijos. Contar las horas dedicadas a la semana. Hacerme amigo de ellos. Ponerme a su altura.

6. Aprender a decir que no con más frecuencia en temas profesionales. Estoy muy ocupado y a veces da la impresión de que quiero sobrecargarme de más cosas. Tengo que rectificar en esto, si no quiero que mi trabajo me absorba totalmente. Concretar.

7. Ser más detallista con mi mujer. Hacer cosas pequeñas, gratificantes, en las que pueda ver que estoy pendiente de ella, aunque esté muy ocupado.

8. Irnos algún día a cenar juntos solos o al cine. Hablar con ella. Hacer con frecuencia «parones» de este tipo, previstos unas veces y, otras, sin avisar.

También la mejoría en este caso fue notable, pues eran personas capaces en cuanto a su voluntad, pues en otros ámbitos de su vida lo habían demostrado. En ocho sesiones (una vez a la semana) se pudo observar una mejoría clara. La lectura de unos cuantos libros sobre psicología conyugal facilitó las cosas.

El psiquiatra es un artesano de la conducta. Lleva a cabo una especie de tarea de orfebrería. Pone en marcha una ingeniería para deshacer conflictos y tensiones, sabiendo proponer normas de conducta más sanas y maduras. La convivencia es un buen campo de maniobras para poner en práctica la voluntad: ofrece pequeñas ocasiones y oportunidades para templarla, mediante entrenamiento, en apariencia insignificantes, pero que a la larga tienen su valor.

Esas ocasiones son oportunidades para adquirir hábitos positivos que definan la personalidad y corrijan los defectos del carácter.

CAPÍTULO VIII
EDUCACION SENTIMENTAL

VIAJE AL INTERIOR DE LA AFECTIVIDAD

La afectividad constituye uno de los capítulos más importantes de la psicología y la psiquiatría. Las dos funciones psíquicas principales en el comportamiento humano son la inteligencia y la afectividad. Según predomine la una o la otra se derivarán dos tipologías humanas: el individuo cerebral por un lado, y el hombre esencialmente afectivo por otro; y entre ambos se encuentran estilos y formas de ser intermedios.

Las demás funciones psicológicas (percepción, memoria, pensamiento, lenguaje, actividad, etc.) tienen vida propia, pero de algún modo están supeditadas a las dos citadas. Tal vez tendríamos que situar al mismo nivel que las anteriores la conciencia, que es la herramienta que hace posible percibir la realidad.

No resulta fácil definir la afectividad, pues trazar un perfil claro y bien delimitado en este campo tiene muchas complicaciones. Todos sabemos algo sobre ella, pero pocos se atreven a emitir una noción rotunda y nítida, capaz de sintetizar la grandeza de los fenómenos que se producen dentro de ella, y que pasamos a describir:

1. Se tata de un estado subjetivo, interior, en el cual el protagonista es uno, y por medio del cual todo se percibe como un cambio que recorre la intimidad y la modifica.

2. Es una experiencia personal, que conocemos por nosotros mismos y no por lo que nos cuentan o nos informan otras personas. Cada individuo es el único protagonista de su afectividad.

3. El contenido de la vivencia de la afectividad es un estado de ánimo que se manifiesta a través de las principales expresiones del individuo: emociones, sentimientos, pasiones y motivaciones.

4. Cualquier vivencia deja una huella; su impacto deja un rastro, una especie de vestigio en la personalidad; y la significación del mismo dependerá del tema, la intensidad y la duración que tenga.

Trataré de explicar con claridad qué es la afectividad. Un ejemplo extraído de la vida diaria nos ayudará a hacerlo. Tres personas vienen a verme a la consulta: un enfermo, su mujer y un amigo. El enfermo tiene una depresión: está triste, decaído, sin ganas de hacer nada, habla muy poco y cuando lo hace es para decir que lo suyo no tiene solución, que quiere morirse, que no puede vivir así.

Junto a este abatimiento general se observa un enlentecimiento muy marcado de toda su conducta. La mujer que le acompaña siente el problema como suyo, llena tanta parte de ella, que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que también es actora esencial del cuadro que presenciamos. No lo contempla, lo vive. El amigo está ya muy distante de lo que allí se vive; algo de lo que sucede le afecta -si no, no estaría allí-, pero ya le llega con otra densidad y con cualidades distintas.

Finalmente, está el médico, que asiste a la escena no por su vertiente cordial, sino por su faceta profesional. Su misión es ayudar a este hombre a que se cure, a que supere ese estado melancólico terrible. En ese asunto pone en juego su prestigio.
Este recorrido nos muestra cómo un mismo hecho se vive de muy distintas maneras. La afectividad es el modo de sentirnos afectados interiormente por las circunstancias que se producen en nuestro entorno. En cada uno de los personajes anteriores, el mismo hecho actúa de forma diferente.

La psicología y la psiquiatría clásica se dedican en gran parte al análisis de la vivencia, es decir, a captar el plano subjetivo.

Hoy esta actitud ha cambiado y se ha ampliado, y abarca tres dimensiones más:

1) La fisiología de ese estado afectivo, o sea, los síntomas y las sensaciones físicas que lo acompañan;
2) La conducta: el comportamiento que se registra a través de la observación externa;
3) Y, por último, la vertiente cognitiva: las percepciones, los contenidos de la memoria, las ideas, los pensamientos, los juicios, etc.

Todo lo afectivo consiste en un cambio interior que se produce de forma brusca en unos casos, o paulatina y sucesiva en otros. Es un estado singular de encontrarse uno consigo mismo, de darse cuenta de la realidad personal, pero partiendo de esa modificación interior.

Tratar de definir la afectividad y sus componentes es adentrarse en un campo difícil y complicado porque hay que buscar las notas principales que definan el mundo emocional de una persona. Esta es una tarea primordial del psiquiatra. Uno se desliza por dentro del corazón humano, con entusiasmo, con tesón, buceando en cada rincón del mismo. No hay que olvidar que la intimidad humana es densa y compleja; está llena de pasadizos y muchas veces hay en ella zonas no transitadas.

De ahí que tantas veces los sentimientos constituyan un enigma. Los estudiamos, los calificamos, asistimos a sus movimientos, al espectáculo a que dan lugar, pero debemos tener presente que hay muchos momentos y situaciones imprevisibles, en los que es arriesgado decir qué ruta seguirán o qué camino escogerán los sentimientos.

El sentimiento más noble que puede habitar en el ser humano es el amor. Esta palabra hoy está falsificada. El uso y el abuso, así como la manipulación y la adulteración de este término, han alcanzado su grado máximo. Sería mejor buscar otra ó precisar, a la hora de hablar de él, de qué clase de amor estamos hablando.

Hay que impedir a toda costa -aún estamos a tiempo- que éste quede disipado y cosificado. Debemos volver a describir su auténtica grandeza, su fuerza, su belleza, su placidez… pero también sus exigencias: es decir, restituir su profundidad y su misterio.

Para Aristóteles era «el gozo y el deseo de engendrar en la belleza». Los neoplatónicos lo ven como la ruta fundamental para el conocimiento. Platón decía: «El amor es como una locura […], es un dios poderoso que produce el conocimiento y lleva al conocimiento»; en El banquete se esfuerza por probar que el amor perfecto se manifiesta en el deseo del bien; el forastero de Mantinea muestra a Sócrates al final de esta obra que el amor es la contemplación pura de la belleza absoluta.

Ortega nos dice en Estudios sobre el amor que amar una cosa es estar empeñado en que exista. Joseph Pieper dice que amar es aprobar, celebrar que eso que se ama está ahí, cerca de uno.

El pensamiento clásico hablaba de distintas formas de amor. El eros, que era un amor de dominio, el agape o impulso a comunicar y a convivir y darse a aquello que se ama; de otro lado, el amor de Dios, causa de todo lo que existe. Pero hay algo especial y común en todos ellos: la tendencia y la adhesión a algo positivo que produce un estado de gozo.

INTELIGENCIA Y VOLUNTAD PARA PILOTAR LOS SENTIMIENTOS

El amor es el sentimiento más importante de todos; alrededor suyo se originan otros estados sentimentales más o menos parecidos, pero de cualidades diferentes.

La forma habitual de discurrir la afectividad es a través de los sentimientos. El término sentimiento aparece por primera vez en el siglo XII, pero ya en la segunda mitad del siglo X surge la expresión sentir (del latín sentire, percibir por los sentidos, darse cuenta, pensar, opinar).

Entre los siglos XII y XIII afloran las palabras sentimental, sentimentalismo, resentimiento. Pero es en el siglo XVII, con Descartes, cuando éste aparece por primera vez de una forma precisa y concreta: designa estados interiores pasivos, difíciles de describir, como si se tratara de impresiones fugitivas.

El pensamiento cartesiano distinguirá entre estados simples y complejos. Pascal, en sus Pensamientos, opone el sentimiento a la razón, concepción que estará vigente durante más de un siglo. Siguen esa misma línea los moralistas franceses e ingleses (La Rochefoucauld, Vauvenargues y Shaftesbury), que elaborarán el concepto moderno de emoción.

Malebranche, discípulo de Descartes, describe el sentimiento como una impresión de tonalidad confusa, con ingredientes psicofísicos; su gran mérito fue delimitar el carácter irreductible y subjetivo demostrando su importancia a nivel individual, como modificador de una trayectoria biográfica: él confiere una forma especial de conocimiento.

Más tarde, Leibniz abre una vía más intelectual de los sentimientos afirmando: «Tout sentiment est la perception confuse d’une vérité.» Para Rousseau, el sentimiento tiende a llevar al hombre hacia el bien. Y Kant hablaba de las tres facultades del alma: el conocimiento, el sentimiento y el deseo.

El Romanticismo hizo una exaltación del mundo sentimental como trampolín decisivo para la creación artística, con una doble significación: su permanencia en los vericuetos de la personalidad como expresión máxima y su capacidad para revelarnos algunos principios básicos de la condición humana.

Para un psiquiatra el análisis de los sentimientos constituye un campo frecuente de estudio[39], como puerta de entrada para conocer mejor a esa persona y transitar por su mundo afectivo, descubriendo sus cualidades y sus defectos, sus pros y sus contras. Con el auge de la psicología en el mundo actual, podemos afirmar que la sociedad se ha psicologizado. Cualquier cuestión sometida a estudio tiene un fondo psicológico que hay que descubrir.

Sucede a diario. La vida social, política, económica, familiar, profesional, etc., tiene ingredientes de esta naturaleza que hoy, más que nunca, se manifiestan constantemente.

La educación de los sentimientos forma parte de la educación general de la persona que quiere gobernar su vida afectiva de forma estable. Contra ella se levanta el hedonismo y la permisividad. Estamos ante una civilización neurótica, porque ha perdido sus objetivos, sus puntos de referencia. Me considero un hombre de mi tiempo, abierto a tantos avances y cosas positivas como han tenido lugar en los últimos decenios; pero este espíritu moderno no me impide ver los defectos de nuestro tiempo.

La permisividad que recorre la sociedad de nuestros días puede llevar a la destrucción de la familia y de la sociedad. Permitirlo prácticamente todo, dando por válida cualquier alternativa de conducta con tal de que a esa persona le parezca bien o lo acepte, conducirá a posturas existenciales neuróticas, llenas de contradicciones; una situación en la que el hombre queda ahogado por un mal uso de su libertad.

Hemos pasado de una civilización de la cultura y del amor, construida sobre tantos avances científicos y técnicos, a la civilización de la destrucción. Si añadimos el consumismo y el relativismo al hedonismo y a la permisividad, tenemos ante nosotros un hombre esclavo, aturdido, cada vez más débil, sin principios ni fundamento [40].

Con estas bases frágiles y la falta de criterios no se puede mantener la vida conyugal. Cuando se sigue la ley del mínimo esfuerzo, se avecinan cambios de pareja frecuentes que muchas veces conducen a sus componentes a la soledad, ya que cualquier relación afectiva exige entregas y renuncias, por supuesto, acompañadas de recepción de sentimientos positivos.

La inteligencia ilumina el camino de los sentimientos y la voluntad los dispone hacia su mejor ordenamiento. Un amor sin cabeza, ignorando la voluntad, se convierte en un amor inmaduro, endeble, sometido a giros y cambios según el capricho del momento y que, a la larga, conducen a la aceptación y justificación de cualquier situación por extraña que parezca.

¿CÓMO EDUCAR LOS SENTIMIENTOS?

Es necesaria una educación sentimental como la que proclamaba Flaubert. Actualmente, el hombre está invadido por el hedonismo y la permisividad, y no se preocupa de construir un entorno afectivo inspirado en los principios básicos, sino que se deja llevar según la moda del momento. Así se convierte en espectador de sus propios ríos emocionales interiores, siempre dirigidos por esos dos grandes motivos: el placer sin restricciones y el que no existan terrenos ni cotas prohibidas.

Con la palabra amor se elaboran muchas conductas falsas. La auténtica invitación a la felicidad debe apoyarse en la vuelta a unos códigos morales claros con unos puntos de referencia objetivos, que hagan al hombre más digno, más humano y abierto a los demás. El peligro del subjetivismo y del individualismo echan por tierra las mejores pretensiones y amenazan con nuevas formas de angustia, con prisiones nuevas que, en vez de liberar al hombre, lo encarcelan en un callejón sin salida.

Actualmente esto no está aceptado, lógicamente, en ciertos ambientes light. Este es un termómetro para medir cómo transcurre la afectividad. Si lo más importante es la forma y no el fondo, hacer lo que a uno le pide el cuerpo, porque eso es lo que en ese momento reclama la atención… a la larga se pierden los argumentos que conducen la vida y se acaba en la pobreza existencial, en el vacío. Sin compromisos serios no hay rumbo. A eso se le puede llamar libertad o también, liberación o realización. Desde mi punto de vista tiene una etiqueta que lo define: inmadurez de la afectividad[41].

A menudo se habla de que una persona se ha desenamorado, utilizándose esta fórmula como algo ya definitivo, irremediable. Evidentemente, lo importante para que esto no suceda es cuidar el amor. Es éste uno de los grandes argumentos de la vida. La cruza en toda su extensión.

Cuando la voluntad está educada, actúa también en este terreno: es una disposición para afrontar las dificultades. Está cimentada sobre el orden, la constancia, la disciplina, la serenidad, la generosidad, la visión de futuro para superar los momentos difíciles y la capacidad para remontar todos los problemas que existen en la convivencia amorosa. Así se construye un amor por el que vale la pena continuar luchando.

Cuando la voluntad es débil, ésta no puede luchar, ni está dispuesta para vencerse y dirigirse hacia lo mejor, aunque cueste. Ya Dante, en la Divina Comedia, nos recuerda que « l ’ amore che muove il sole e l’altre stelle» y que éste se aprende mediante lo que él denomina el intelleto d ámore, la inteligencia del amor. Ordenar el amor hacia la cabeza, pero siempre que no pierda su espontaneidad y frescura.

Otro de los grandes literatos italianos de ese siglo XIV, Petrarca, dice en sus sonetos que para que el amor no cese es necesario alimentarlo de nuevas y pequeñas ilusiones. Dante se vuelca con Beatriz y Petrarca con Laura, intentando hacer eterno lo pasajero del amor. Ahí residen dos elementos decisivos: la idealización de la mujer, propia del Quatrocento, y al mismo tiempo, el estímulo para seguir hacia delante[42].

En el Renacimiento estos presupuestos alcanzarán su cenit; pero es durante el Romanticismo, en el siglo XIX, cuando los sentimientos son expuestos en primer plano de cualquier apartado de la condición humana.

Su base es un amor sensual, pero no erótico; se nutre de fuerza en los reveses, ante lo imposible o la frustración. Sus figuras más relevantes: Lord Byron, Alfred de Musset, Victor Hugo o nuestros literatos, Espronceda y Zorrilla. La intensidad de los sentimientos matiza todo el devenir de esta etapa de la historia.

[30] Para mantener tensa y bien dispuesta la voluntad es esencial ejercitarse en pequeños vencimientos que no reporten ningún beneficio inmediato. En ellos, hay entrenamiento y aprendizaje. Hay que batirse con uno mismo, porque el enemigo habita en nuestro interior y tiene distintos nombres: pereza, apatía, cansancio para seguir luchando, búsqueda de lo más cómodo, no tener visión de futuro de uno mismo, etc.
Mediante esta metodología se coronan cimas concretas, de poco valor inicial, pero que van derrotando a esos enemigos de la voluntad. Se la va sometiendo con esta doma. En el capítulo Voluntad para estudiar son analizados con más detalle estos aspectos.
Pero repito, lo mejor es planificar la lucha sabiendo que debe ser gradual la subida de los escalones, partiendo de cosas sencillas que nos preparan para otras más complejas y difíciles.

[31] La felicidad, de entrada, descansa sobre una actitud mental positiva. Es un requisito previo esencial. En una palabra: la felicidad consiste en vivir en armonía y orden con uno mismo. Da pena ver cómo muchos pierden su vida, al tenerla vacía, sin contenido, ni ideales.
El ideal del sabio es estar de acuerdo con uno mismo. Dicho de otro modo: estar contento interiormente, porque una vida coherente conduce a la felicidad.
Aristóteles, en su Metafísica, nos dice que «todos los hombres tienden por naturaleza a la felicidad». Séneca, que era estoico, relacionaba la felicidad con la virtud. Platón, la ponía en relación a la sabiduría.
A última hora, cuando el ser humano hace cuentas sobre sí mismo, sale a relucir la verdad de lo que uno es. Al final de la vida, todo se clarifica, para nuestro bien… y para nuestra desgracia. Lo mejor es restaurar mientras vivimos el debate entre Antígona y Creonte, entre lo ideal y lo real entre lo deseable y lo posible.

[32]Descartes dijo en el siglo XVII que el término sentimental designa una realidad privada, un estado mental reactivo, que varía de concepción según la época. Y Pascal dijo en una célebre frase: «El corazón tiene razones que la razón desconoce.»
Era lo que él llamó l ésprit de finesse: estado psicológico, pasivo, ligado al cuerpo. Malebranche lo expuso así: impresión confusa, psicofisica e individual y como percepción intelectual.
[33] El que gobierna su lengua, se controla, en un 90 por ciento. Toda terapia de pareja debe arrancar, de alguna manera, de aquí. El descontrol verbal, la descalificación, el repasar una y otra vez errores del pasado, etc., son vías muertas que hay que evitar. Hay que eludir pasar por esto y traer consigo una situación grave que erosione la convivencia.

[34] El amor de la pareja necesita de un aprendizaje gradual. Es un serio error pensar que este amor es algo fácil y sencillo. Aaron Beck, catedrático de Psiquiatría de Nueva York, ha publicado un libro que ha tenido gran difusión: Con el amor no basta, Paidós, Madrid, 1990. En él todo esto es comentado.

Todo aprendizaje requiere una tarea progresiva de adquisición de recursos y estrategias. Pasará por diferentes travesías hasta estar bien y que no se desmorone ante los oleajes y tempestades que nunca faltarán.

Aprender es tomar nota de fallos y desaciertos, con el fin de mejorar la conducta. Aprender es rectificar, buscar comportamientos más adecuados para hallar vías de expresión más armónicas y equilibradas. Tiene que darse de entrada el querer conseguirlo. Hay una búsqueda, un intento de encontrar los caminos mejores.

Véase el libro de Jean Gaudemet, Le mariage en Occident, Le Cerf, París, 1987. En él se estudian las vicisitudes de la institución matrimonial a través de dos milenios. La crisis actual es gigantesca y hay que esquivarla teniendo puntos claros de apoyo sobre los que fundamentarse.

[35] Véase mi libro El hombre light, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1992. Me refiero a las cuatro cosas que anidan en él: hedonismo, consumismo, permisividad y relativismo. El vacío de ideales constituye la más amarga de las carencias.

[36] Se llama refuerzo en psicología moderna a todo cambio en los estímulos que incrementa la probabilidad de una respuesta. En el conductismo todo descansa sobre la relación estímulo-respuesta. El estímulo puede definirse como cualquier situación o suceso o hecho que puede ser observado objetivamente y que provoca una reacción o respuesta de un sujeto. La respuesta es la consecuencia.
En la terapia conyugal esto es decisivo. Se trata de corregir errores, estableciendo comportamientos más positivos, hacer que aumente la emisión de conductas más agradables, más sanas.
No hay que olvidar que las respuestas pueden ser tanto públicas como privadas, objetivas como subjetivas.
[37] Se trata de una especie de mensaje o diálogo interior que ha de repetirse sin emisión de palabras, mentalmente, para cambiar esas emociones negativas por otras neutras o incluso positivas. Lenguaje corrector que se inspira en la psicología cognitiva, y que tiene como paradigma el modelo del ordenador.

[38] Véase mi libro Remedios para el desamor, op. cit., pág. 216 y ss. Objetivo: optimizar la relación, de manera que uno de los cónyuges le dedique un día al mes haciendo todo lo posible por agradar a la otra persona. Previamente se hace un listado de cosas que uno quiere recibir en ese día. Aquí el papel del psiquiatra es decisivo.

[39] La definición que sugiero es la siguiente: Estado subjetivo difuso, vago y de peles desdibujados por lo general, que siempre tiene una tonalidad positiva o negativa. Esto quiere decir que no existen sentimientos neutros. La indiferencia y el aburrimiento son claramente negativos. Por eso, la experiencia que se vive implica siempre, de algún modo, aproximación o rechazo
[40] Estamos ante un personaje esencialmente endeble: frívolo, con unas ideas y creencias cogidas con alfileres, atento a todo y sin aprender nada que lo eleve de nivel. Vivimos en la sociedad de los titulares de prensa: impactante de entrada y sometida a una saturación de información que la conduce a un estado sin rumbo, con noticias nuevas, caleidoscópicas y cambiantes. ¿Quién hace la síntesis de esa ingente cantidad de datos?

Entramos así en el llamado pensamiento débil, preconizado por el italiano Gianni Vattimo. La civilización de la imagen es un monumento a la superficialidad; el valor de las personas no se atiene a su realidad auténtica, sino a referencias exteriores. Esto, extrapolado al mundo de los sentimientos, ha producido unas consecuencias muy negativas.

Entramos así en el llamado pensamiento débil, preconizado por el italiano Gianni Vattimo. La civilización de la imagen es un monumento a la superficialidad; el valor de las personas no se atiene a su realidad auténtica, sino a referencias exteriores. Esto, extrapolado al mundo de los sentimientos, ha producido unas consecuencias muy negativas.

[41] La definición de afectividad no es fácil. Trazar un peal nítido de ella entraña serias dificultades.

La palabra afección procede del latín affectatio -onis, impresión interior que se produce por algo, originándose una mudanza. La afectividad está constituida por un conjunto de fenómenos de naturaleza subjetiva, diferentes a lo que es el puro conocimiento, que provocan un cambio privado que se mueve entre dos polos: agrado-desagrado, inclinación-rechazo, afición-repulsa. Entre ellos se establece una gama de vivencias que abarca toda la geografía emocional.

El gran impulso de la vida debe ser el amor. La educación para el amor conduce a adquirir firmeza en sus fundamentos y un aprendizaje para alcanzar un amor maduro, estable y equilibrado. Ese tiene que ser el objetivo hacia el que se proyecte la conducta.

[42] Es la época de las conversaciones de salón, la consideración de la mujer como ideal del hombre, la valoración de la pureza, el amor y la renuncia, toda una visión del amor caballeresco.
Hoy en día nos hemos alejado de posiciones en las que el amor pueda ser visto como algo que implique renuncia, esfuerzo y no digamos ya si se utiliza la palabra sacrificio, un término tan denostado por muchos, pero tan necesario en cualquier aventura humana ante la necesidad de vencerse uno a sí mismo.

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