LA CONQUISTA DE LA VOLUNTAD (cap. XII-XIV)

Enrique Rojas

¿Cómo conseguir lo que te has propuesto?

ÍNDICE DE ESTE ARCHIVO

XII. TRASTORNOS DE LA VOLUNTAD

Las enfermedades psíquicas y la voluntad
El síndrome apático-abúlico-asténico
La persona caprichosa

XIII. LA BELLEZA INTERIOR

Itinerario: del asombro a la contemplación
La belleza apolínea y dionisíaca
La voluntad de mejorar nuestra vida
XIV. DECÁLOGO DE LA VOLUNTAD

Rousseau y Freud: dos visiones confusas
Diez reglas de oro para educar la voluntad

 

CAPÍTULO XII
TRASTORNOS DE LA VOLUNTAD

LAS ENFERMEDADES PSÍQUICAS Y LA VOLUNTAD

Llegamos a un apartado propio de un tratado de psiquiatría: las alteraciones psicológicas que se pueden producir en la voluntad. Pero quiero hacer una observación previa: la voluntad es uno de los temas olvidados por la psicopatología y la psiquiatría, ya que aparece como algo marginal, periférico y escasamente estudiado. La razón es la siguiente: se la ha hecho depender de la afectividad, la inteligencia, los impulsos, etc.

La voluntad es aquella facultad capaz de impulsar la conducta y dirigirla hacia un objetivo determinado, contando con dos ingredientes básicos: la motivación y la ilusión, como ya he mencionado en páginas anteriores.

Rafael Alvira[56] retoma el tema de la voluntad, bastante descuidado por la tradición filosófica, para situarlo en las coordenadas del pensamiento actual, considerando que la inteligencia y la voluntad, conocer y querer, son dos modalidades distintas, pero convergentes, del pensamiento moderno. Es la voluntad la que nos eleva de lo pasajero a lo temporal.

Polaino Lorente[57] subraya que la voluntad está implicada tanto en el autocontrol como en la autoposesión: «Gracias a ella el hombre aprende a flexibilizar y a retrasar su conducta impulsiva y adquiere el hábito de decir que no.» Se ha venido manteniendo la idea de que memoria, entendimiento y voluntad eran las tres potencias del alma. La voluntad es el capitán del barco, la memoria es el cuaderno de bitácora y el entendimiento es el mapa, el plano sobre el que diseñar la travesía.

En toda enfermedad psíquica existe un menoscabo, una disminución de la voluntad Cito las más representativas y frecuentes: los trastornos depresivos mayores, en los que la falta de voluntad se manifiesta de forma considerable y especialmente en las fases agudas; la ansiedad: desde los ataques de pánico hasta los estados de ansiedad generalizada, cuya intensidad va a depender de la fisonomía del cuadro clínico y de los factores externos. Y, en menor medida, los trastornos de la personalidad: aunque no es lo mismo ser histérico que tener una personalidad por evitación o esquizotímica.

No olvidemos que la voluntad tiende a la organización adecuada de las decisiones y de la conducta, y que está estructurada de acuerdo con dos factores principales, sus verdaderos resortes o puntos de apoyo: la motivación y la ilusión.

La motivación, el motus, que arrastra, mueve, estimula y conduce a la actuación, comporta una cierta representación de la meta o de aquello que se persigue como fin concreto. La motivación es una cualidad específica del hombre, en la que éste se retrata: hay una elección personal previa.

Frente a ella están lo que yo llamaría las apetencias, que brotan del deseo, y que no surgen de uno mismo, sino de la atracción del entorno exterior, y se relacionan más con el mundo de las sensaciones. Los motivos configuran más el proyecto y, de alguna manera, aspiran á la mejora personal; mientras que las apetencias responden a algo momentáneo, que puede incluso frenar el proyecto o comprometer la libertad personal… aunque eso sea difícil de ver al principio. De ahí que sea tan fácil torcer una vida.

El comportamiento se mueve en una dialéctica estímulo-respuesta, medios-fines. El fin o la meta es el estímulo para ponerse a funcionar. Si la motivación es elevada, engrandece a la persona y sirve como punto de referencia para continuar, para ser constante. Entonces, la voluntad se desliza por unas coordenadas que aun siendo costosas en los comienzos, se vencen a medida que se aprende con pequeños vencimientos.

EL SINDROME APÁTICO-ABÚLICO-ASTÉNICO

Hay una enfermedad psicológica que cobija en su seno tres notas parecidas, pero diferentes cuando las analizamos pormenorizadamente, y que constituyen una sintomatología que origina el síndrome mencionado en el epígrafe de este apartado.

Apatía significa etimológicamente falta de afectividad o lo que es lo mismo, una resonancia sentimental casi nula, como si alguien careciera de sentimientos[58].

La apatía se define como una indiferencia absoluta y que paraliza todo el campo de la afectivida. Está caracterizada por la desidia, el abandono, la pasividad, la frialdad; en una palabra, la insensibilidad para captar todo lo humano… Todo se mueve hacia la inercia, el aburrimiento y la ambigüedad.

La abulia es esencialmente un estado vinculado al campo de la voluntad y que puede definirse así: falta o disminución muy acusada de la voluntad, aunque la disminución de la misma es más correcta llamarla hipobulia. La actividad no se dirige a ningún punto, no hay meta que alcanzar, porque se está supeditado a una situación en la que lo más importante es la desmotivación.

Es decir, no estar motivado es un estado psicológico comparable a estar deprimido, ya que conduce a un desinterés envolvente, que va a encaminarse hacia el abandonó del proyecto personal en sus distintos apartados.

La desmotivación es una actitud gélida que conduce la falta de acción; es la indefinición por excelencia de las acciones que se encaminan hacia algún punto. La voluntad tiene siempre una referencia prospectiva. Es anticipación y elección a la vez. Pues bien, en la abulia todos estos rasgos aparecen quebrados y sin resortes.

Por último, la astenia, que puede ser definida como un cansancio anterior al esfuerzo. El cansancio tiene dos aspectos: uno físico, que se produce tras una laboriosidad excesiva, y otro psicológico, que es sobre todo subjetivo y que no depende de las tareas llevadas a cabo, ni de estar fatigado por dicho afán. Cuando hablamos de una persona asténica, nos referimos a alguien que se levanta sin energía, sin vigor, que está extenuada.

Los tres estados definidos en el síndrome apático-abúlico-asténico pueden tener dos orígenes: factores físicos y psicológicos. En el primer caso pueden ser muchas las enfermedades que den lugar a ello: bien de estirpe neurológica, o bien referidas a la medicina general. Aquí alinearíamos a muy distintos cuadros clínicos, desde problemas metabólicos a infecciones, pasando por enfermedades degenerativas, hasta aquellas otras más comunes que frenan el nivel de actividad.

Siempre, a la hora de estudiar a una persona que muestra alguna de estas características -apatía, abulia o astenia- hay que ver la posibilidad de descartar la existencia de una base clínica. Cuando esto no se confirma, entonces hay que pensar en una etiología psicológica, en la que entran distintos rasgos que deben ser considerados detalladamente.

Veamos la siguiente historia clínica.

Se trata de una chica de Madrid, de 19 años, la segunda de cuatro hermanos. Viene a la consulta a regañadientes; la traen sus padres porque no estudia, no hace nada y desde siempre ha sido una chica de poca voluntad, lo que se ha manifestado en una escolaridad deficiente.

Inteligencia. Su capacidad intelectual general, tanto en el sentido del razonamiento práctico como en la comprensión verbal, están dentro de los límites normales. Su exposición verbales escasa y su razonamiento abstracto tiene poca entidad, dada la poca afición que ha tenido a la lectura (su padre es un buen profesional liberal, pero muy poco culto; la madre es ama de casa y su bagaje cultural está centrado en dos temas: leer revistas del corazón y ver la televisión).

Personalidad. Inmadura. Soñadora, poco realista con lo que ha hecho hasta ahora y con su futuro. Tendencia a la pasividad, al abandono y a la desidia. Sólo hace lo que le gusta o le apetece. No tiene casi inquietudes culturales: ha leído tres o cuatro libros en su vida. Su base en este campo es muy poco sólida. Está acostumbrada a no esforzarse, pues sus padres le han dado todo, nunca le ha faltado de nada… hasta ha tenido estudios fuera para aprender francés e inglés… aunque habla estos idiomas mínimamente: mantiene pequeñas conversaciones no demasiado complejas.

Es bastante sociable, aunque siempre dentro de una marcada superficialidad. Inestable: cambia mucho de estado de ánimo y pasa de estar más o menos bien a venirse abajo. Insegura, acomplejada, caprichosa, con un fondo bueno en su conducta… Este humor fluctuante es su rasgo esencial. Sus padres lo destacan con insistencia: se deprime, se vuelve irritable, tiene reacciones eufóricas y está dotada de una susceptibilidad enorme…

Es desordenada, inconstante, poco sólida a la hora de hacer algo. Va y viene en sus metas y también en sus criterios. Simpática, abierta, comunicativa, coqueta.

Ahora las relaciones en su casa han empeorado y se muestra agresiva con sus padres, llega de madrugada y no explica dónde ha estado. Ha empezado muchas cosas, pero las abandona enseguida. Se derrumba ante las dificultades.

Los padres han elaborado un informe previo a la primera visita, a petición nuestra, en el que nos preguntan si esto «es una enfermedad psicológica que se cura con pastillas». Están muy preocupados. Ella, la consultante, se encuentra prácticamente ajena a la preocupación de sus padres… y piensa que se exagera con todo lo suyo.

Estamos ante una persona sin voluntad. Tras realizar un estudio psicobiográfico y escuchar la información de los padres, observamos que éstos han cometido un frecuente error: a su hija le han dado de todo en exceso, nunca le ha faltado de nada. «Nosotros hemos querido lo mejor para ella y lo que no tuvimos nosotros en nuestra juventud, se lo hemos querido dar a ella.» Aquí arranca parte del problema.

Ella, «la consultante a la fuerza», nunca ha tenido que luchar demasiado para conseguir algo, pues siempre ha obtenido todo lo que ha querido o necesitado sin tener que esforzarse. Es decir, no ha entrenado la voluntad, no la ha puesto en acción, y esto ha ido llevando, con el paso del tiempo, a tener una voluntad virgen, puesto que no ha habido necesidad de luchar y de sembrar con tesón y constancia.

Esa falta de entrenamiento ha sido a largo plazo definitiva para su personalidad, hasta conducirla a una inmadurez grave, que hace presagiar males mayores[59] . Aquí estamos claramente ante una abulia psicológica.

En algunos de estos casos, la psicoterapia no es fácil, pues elevar el nivel de propuestas de conducta choca con la filosofía del «me apetece», que consiste en haber hecho casi siempre sólo lo que le ha gustado, lo que ha resultado más fácil y menos exigencia haya supuesto. Así se traza un estado psicológico que será difícil de modificar hacia otro más positivo.

LA PERSONA CAPRICHOSA

Es más aconsejable ejercitarse a través del esfuerzo y las dificultades, que hacerlo en un peligroso dolce far niente interminable, que irá conduciendo a tener una personalidad sin argumentos, débil y con la que no se llegará demasiado lejos. La persona caprichosa es incapaz de mantener ninguna propuesta seria de cara al futuro.

¿Cuáles son sus principales características?, ¿qué elementos la definen?, ¿cuál es su perfil psicológico? Lo primero que hay que puntualizar es que alguien se vuelve caprichoso poco a poco, no de forma momentánea, de hoy para mañana.

Una persona acumula muchos factores: errores en la educación por parte de los padres, sobre todo si ha existido una protección excesiva; el consentimiento de absolutamente todo cuando se es pequeño; la falta de motivación para tener pequeños objetivos de lucha… y muchas veces, el mal ejemplo de los padres, que actúa como un potente deseducador; por otra parte, también influyen los fallos personales que ya se inician al final de la infancia y que van a ir escorando la conducta hacia posturas bastante negativas: una comodidad excesiva, seguir la ley del mínimo esfuerzo para las tareas escolares, la falta de generosidad en el día a día en la familia, la inapetencia, la pereza, la indolencia para tener orden en las cosas que se utilizan habitualmente… y un largo etcétera.

En definitiva, son muchas las cosas que se han descuidado hasta ir alcanzando esa actitud que forma al ser caprichoso. Su perfil es el siguiente: no está dispuesto a renunciar a los deseos inmediatos, no tiene hábito para los esfuerzos concretos y frecuentes, lo quiere todo en el momento… No sabe negarse nada.

Ya hice una atenta alusión a la diferencia entre desear y querer [60], actitudes en que los deseos no están basados en causas razonables, sino sujetos a una permanente variación: ahora apetece esto y luego aquello otro, y más tarde se pretende aquella cosa que acaba de aparecer ante los ojos… hay una mudanza constante. ¿Por qué? Por dos motivos: uno, porque no se sabe bien lo que se quiere, y otro, porque no se está educado en el valor de la renuncia, ya que demasiadas veces se ha dicho que sí a todo lo que pide paso y apetece.

Este ceder permanente produce un cierto horror a lo que supone una cierta exigencia. El resultado va a ser el siguiente: ese rumor tantas veces escuchado interiormente del «No puedo», «Para qué tanta lucha», «La gente no se complica tanto la vida», «Espera a mañana para empezar tus esfuerzos»… Ese rumor, al agigantarse, se va convirtiendo en un tirano que obliga a llevar a cabo lo que le viene en gana, la inclinación del instante, sin saber esperar y sin saber continuar.

El sujeto caprichoso es inmaduro, débil y posee una base deficitaria para cualquier trabajo serio que signifique fortaleza para poder vencer la resistencia de su desidia, apatía y dejadez. Esta persona no sabe que todo lo que tiene valor cuesta conseguirlo. Todo lo grande que el hombre alcanza es fruto de una tenacidad valiente.

La empresa de ascender y llegar hasta la mejor cima personal está centrada en esa regla de oro de la educación: repetir actos positivos, para acostumbrarnos a aspirar a lo más valioso, aunque cueste. La fuerza de voluntad se consigue a base de un conjunto de hábitos buenos, que una y otra vez se han ido abriendo camino, para llevar a cabo lo deseado, aquello que antes o después será más favorable.

La gana es la forma vulgar del deseo, una veleta que gira según la dirección. del viento del momento: hoy va hacia allá y después, hacia acá, y más tarde, se detiene. El que tiene la voluntad férrea es capaz de hacer lo que se propone hoy o mañana.

Quien tiene una voluntad frágil no decide por sí mismo, sino que hay algo o alguien que decide por él. Y esto tiene traducciones concretas a lo largo de la vida cotidiana: una persona se ha acostumbrado a comer sin restricciones y raramente prescinde de algo, porque le cuesta, e incluso le produce tristeza cuando no sucede como quiere; el estudiante poco avezado en hacer planes de estudio no acaba de sentarse en la mesa de trabajo delante de los libros, hace cualquier cosa, menos eso; a quien tiene mal carácter y quiere llevar siempre la razón, le cuesta mucho que le corrijan y no admite la menor injerencia en su conducta. Estos ejemplos son botones de muestra de lo que irá siendo poco a poco una persona caprichosa.

A fuerza de decir a todo que sí y de permitírselo todo, una personase va transformando en alguien sin sujeción a las normas o reglas; es alguien arbitrario, inconstante en sus objetivos, sin propósitos claros ni firmes. Vive a su antojo, con un ansia de cosas cambiantes y rotatorias, presididas por una curiosidad sin fundamento.

Una locura de la conducta que va a resultar ridícula cuando se analice con objetividad, pues camina hacia la constitución de una personalidad muy sui generis: frívola, superficial, variable en sus gustos y orientaciones, que se parece al niño mimado, consentido, malcriado, voluble, echado a perder para cualquier empresa humana de cierta envergadura. Una persona realmente de poco valor, que casi todo lo que emprenda irá mal, sí no es capaz de corregirse y aprender con sus fracasos.

Todas estas incorrecciones se manifestarán en los cuatro aspectos fundamentales del proyecto vital: en el personal tendrá una personalidad pueril y arbitraria; en el afectivo será incapaz de construir una pareja estable, en el profesional no doblará el estrecho de Magallanes de sus verdaderas posibilidades; y en el cultural, se caracterizará por una mediocridad donde la televisión y la ley del mínimo esfuerzo lo llenen todo.

Este es el retrato del caprichoso. Los psiquiatras sabemos que corregir a una persona así puede llegar a ser casi imposible, salvo que se produzca un fracaso monumental, de gran envergadura, que despierte del letargo e ilumine el desastre de sus planteamientos. No es fácil salir de ese estado y, al final, se pagan todos los errores juntos, hilvanados por el mismo hilo: el deseo vehemente de haber hecho siempre lo que apetecía, perdiendo la cabeza por seguir la ruleta de los estímulos inmediatos.

El caprichoso debe iniciar el réquiem por vencerse en lo pequeño, por dominarse en las cosas de cada día; si no cambia, no hará en la vida nada que merezca la pena, pues irá tirando, que es la peor manera de funcionar.

Volvemos a la otra cara de la moneda. La voluntad templada en la lucha es una disposición activa para sobreponerse y alcanzar triunfos concretos y no muy costosos. Es necesario el entrenamiento; como en toda ascensión, lo válido es ir dando pasos por el camino trazado y recomenzar siempre que sea necesario, volviendo sobre la motivación y la ilusión, que siempre están en la base de la meta.

Repito: avanzar poco a poco, atravesando baches y dificultades, aunque momentáneamente esté lejos la meta o la cumbre. Quien se lance en esta dirección verá que se trata de una experiencia fantástica, irá descubriendo muchas dimensiones ignoradas de su vida y se dará cuenta de sus verdaderas posibilidades. Si persiste, estará muy cerca de la felicidad.

CAPÍTULO XIII
LA BELLEZA INTERIOR

ITINERARIO: DEL ASOMBRO A LA CONTEMPLACIÓN

La belleza interior es lo que hace diferente a un hombre de otro; es decir, la esencia de la mujer y del hombre íntegros. Es algo que se capta desde el exterior y que nos deja fascinados, gratamente sorprendidos y con ganas de conocerla. Tiene una tonalidad difusa, vaga, indefinida, de contornos desdibujados, que empuja a investigar qué hay detrás de esa primera impresión.

El concepto de intimidad (del latín intimus) se refiere al espacio interior, recóndito, donde circulan las vivencias: significa zona espiritual reservada de la persona. Es el núcleo más propio y personal de cada uno. Ya Platón en sus Diálogos dice que la naturaleza de lo bello va desde lo sensible exterior a lo subjetivo, hasta ascender al mismo nivel lo bello y lo bueno. En el pensamiento platónico, la ética y la estética están íntimamente relacionadas y de ahí brota el verdadero amor, como deseo del bien y de la belleza.

Aristóteles distingue tres formas de conocimiento: teórico, práctico y retórico (poesía). La belleza pertenece al plano teórico. Lo bello es ordenado, tiene proporción, hay una buena relación entre el todo y las partes. En el análisis de cualquier realidad hay dos vertientes: la realidad y la apariencia, lo externo y lo interno, lo que se ve y lo que permanece escondido.

En la Ilustración, cuando la razón desplaza al mundo sentimental, la belleza es la apreciación intelectual de algo que produce una emoción de gozo, por su grandeza, singularidad o hermosura. El idealismo alemán ponía lo verdadero, lo bueno y lo bello en un mismo nivel de importancia, constituyendo la trilogía del hombre superior.

Para el pensamiento romántico, que recorre gran parte del siglo xix, la belleza es la manifestación de lo verdadero. Dicho en otros términos: la felicidad como máxima aspiración de la condición humana no se da en el superhombre de Nietzsche, sino en el hombre verdadero: aquel que se esfuerza por ser coherente.

La belleza interior no puede ser definida con facilidad, ya que se distingue por impresiones subjetivas agradables, en las que se aprecian la armonía y cierto equilibrio entre los distintos componentes que forman al ser humano. Desde fuera, se nota que hay algo sugerente por descubrir en esa persona; dan ganas de adentrarse en sus inciertos paisajes interiores, para obtener la clave del cómo es su dueño.

Los psiquiatras somos los que examinamos y analizamos las superficies humanas; nos interesa descubrir lo que hay bajo las apariencias: bajamos, como el geólogo, a las profundidades de la intimidad ajena, para explorar territorios intransitables desde el exterior.

El hombre es el único ser vivo capaz de albergar dos tipos de belleza. En los animales, sin embargo, podemos admirar la riqueza de su funcionamiento fisiológico -desde el aparato digestivo al reproductor, pasando por el sistema nervioso o el mecanismo de defensa tan sofisticado que poseen-, pero no la belleza interior, muy distinta a la nuestra. Esta belleza, nosotros debemos perseguirla a través de la coherencia de vida, mezclada con paz interior, equilibrio psicológico, espiritualidad, sencillez, distinción, espontaneidad, y una trayectoria biográfica sugestiva y ejemplar. Todo eso conduce a hacer de una persona alguien atractivo, con grandeza interior.

Esa persona nos deja fascinados, seducidos; pero no se trata de esa seducción prefabricada del asesor de imagen y de conductas externas, que pretende que su cliente se presente ante sus electores ofreciendo una panorámica personal buena, mediatizada, pensando en quedar bien y ser votado. Aquí se trata de algo muy distinto. Hablamos de una persona de categoría, una especie de libro positivo abierto, que nos arrastra a imitarle y a elevar su consideración ante nosotros.

No nos deja indiferentes, al contrario, se torna interesante y queremos saber qué hace con su vida, cómo la interpreta, cuáles son sus puntos de referencia y qué piensa sobre las grandes cuestiones de la existencia: el sufrimiento, el fracaso, la decepción, el amor, la alegría, etc. En una palabra, qué respuestas da al sentido de la vida. Las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. A la belleza física se une el atractivo psicológico y el espiritual.

El mejor aliado que puede presentar el hombre debe estar constituido por esas tres notas, del mismo modo que el hombre del Renacimiento se guiaba por la razón, la norma y la trascendencia. Estas cualidades se remontaban a unas raíces importantes, como la tradición griega, el mundo romano y el pensamiento cristiano.

Su descripción fenomenológica está hecha con los siguientes materiales: armonía consigo mismo, integridad, coherencia, orden interior, amplitud de perspectivas, capacidad para anticiparse a los hechos, humanidad, preocupación por el hombre como persona, autenticidad y esfuerzo por dominar la parcela animal que hay en todos nosotros.

Como dice el Talmud judío en un célebre proverbio, hay tres grandes tipos humanos: el hombre sabio, que domina sus pasiones; el hombre prudente, que aprende de todos con amor; y el hombre honrado, que trata a todos con dignidad.

LA BELLEZA APOLÌNEA Y DIONISIACA

La belleza exterior es fácil de descubrir; en cambio, la interior, necesita una cierta capacidad psicológica, además de la posibilidad de pensar en ella. La primera es apolínea y física, la segunda dionisíaca y metafísica.

La hermosura externa constituye el primer estímulo para acercarse a alguien, sobre todo si se trata de una persona de sexo contrario; la interna va a ser la raíz que dará solidez y constancia para poder mantenerse enamorado. Porque no olvidemos que es bastante fácil enamorarse, pero difícil y complejo mantenerse enamorado, con un amor profundo, buscando cualidades duraderas, que le den una elegancia tejida de distinción y finura.

Hay que aspirar a algo grande, permanente, que no decaiga con el paso del tiempo. Una persona enamorada mantiene la frescura y la lozanía del que tiene argumentos para crecerse en la dificultad y en el espíritu de superación para vencer los fracasos y remontar de nuevo el vuelo.

De ahí que esta persona llegue a ser como una ciudad amurallada: fuerte, sólida, resistente, que no se desalienta ante los reveses, ni se hace soberbio con el éxito. Porque siempre hay buen viento para el que sabe a dónde va.

Muchos hombres se enamoran de las bellezas externas y lo mismo ocurre con ciertos galanes, que sin conocer a fondo a la otra persona se lanzan al vacío, lo cual trae después consecuencias muy negativas. La belleza de una mujer perdió a muchos hombres; ante ella, uno es turista, buscador de exteriores y poco más.

Actualmente las revistas del corazón son las que más nos propagan este tipo de belleza externa de las mujeres. Nos las presentan como mágicas, a través de sus más diversas andanzas, generalmente centradas en una vida sentimental rota. Estas noticias promueven un estilo de vida que se extiende con rapidez, como medio de evasión, algo para pasar el rato y nada más, pero que en la actualidad tienen una influencia cada vez más creciente. Las consecuencias de todo ello las tenemos hoy bien a la vista.

Una persona bella por dentro tiene ideales; aspira siempre, a pesar de la corriente, a lo mejor; sabe a qué atenerse, tiene criterio y pilota su vida como una verdadera brújula y no como una veleta; no tolera que se la manipule y se resiste a ser manejada por los tópicos que existen a su alrededor y que muchos aceptan sin pensar.

En una palabra: uno quiere ser persona, alguien singular y no algo movido por los vientos exteriores; ha sabido dar a su vida soluciones satisfactorias, sacando lo mejor de sí mismo, luchando a pulso con la realidad. Ha sabido ponerse en claro consigo mismo.

Nos sumergimos así en el conocimiento de un personaje que merece la pena conocer en tiempos de bonanza o en momentos de peligro. Su balance existencial, en cualquier etapa de su vida, es siempre positivo. Ha visto pasar ante él un sinfín de situaciones, que han ido perfilando su estado interior; pero a través de esa variedad la existencia personal sigue mereciendo la pena, al haberse depositado en su fondo una lectura coherente y esforzada, en donde permanece aún la ilusión de llegar a la mejor cima posible.

Si a una cara hermosa y a un cuerpo esbelto se une una valiosa psicología y espiritualidad, estamos ante un ser humano superior: posee una buena integración entre los distintos segmentos que tiene la vida. Emerge así, una persona fecunda, que se conoce a sí misma y en quien el orden, la constancia, la voluntad, la alegría y, por encima de todo, el amor, laten en su seno de forma bien articulada. La belleza interior es el castillo que guarda el tesoro de la armonía y la serenidad.

LA VOLUNTAD DE MEJORAR NUESTRA VIDA

He comentado en las páginas anteriores el carácter de insatisfacción que posee la mejor de las vidas: siempre es incompleta y provisional, pero, asimismo, puede llegar a ser más positiva, mejorando alguno de sus ingredientes para darle más plenitud. Además de por los descontentos y las dificultades, el hombre debe luchar con la voluntad para mejorar y cambiar lo que no va bien y estimular lo que comienza.

El hombre auténtico es la persona verdadera que procura ser coherente y que, a su vez, cultiva y selecciona lo más valioso para aplicarlo en su vida. Así se hace fuerte, rico, armónico… casi eterno o con valores vitales perdurables. Para ello se necesita claridad de ideas, una mente despejada y conocerse uno a sí mismo, para saber lo que se debe quitar y lo que sería bueno añadir para alcanzar cimas personales, retos concretos.

No olvidemos que casi siempre se desea lo que no se tiene; la realidad de cada uno es ésa y debemos tener cuidado con esto. Pero lo que está claro es que si exploramos nuestras posibilidades a la luz de la voluntad, sabiendo que una vez entrenada estará bien dispuesta para ponerse a trabajar, todo resultará más sencillo. Se deben saber las metas y las pretensiones que deseamos.

El estudiante, por ejemplo, tiene como deber aprender a aprovechar el tiempo, y esto comporta planificarse correctamente, estudiar con orden, luchar por vencer las distracciones, sacarle más partido a las clases que recibe o hacer esquemas y resúmenes que le sinteticen parte de las asignaturas. Así mejorará en su proyecto personal.

En el joven profesional que está empezando en el mundo del trabajo, quizás todo dependa de que vaya recibiendo una formación en su disciplina cada vez más fuerte, para que los cimientos de su tarea tengan consistencia: leer libros de actualidad, procurar estar al día, hacer cursos que amplíen sus conocimientos, etc.

En cualquier persona hay siempre campos de atención más o menos permanentes. Pensemos en la vida afectiva, hoy tan denostada, falsificada, cosificada. Cuando uno es capaz de revisar esta dimensión, a nivel personal, como exploración íntima, con seguridad encontrará elementos para pulir o mejorar sus cualidades. Puede ser que se trate del trato afectivo diario: ahí entra de lleno intentar vencer el propio carácter, procurar hacer algo más por las personas que están cerca, conocerlas mejor para establecer unas relaciones más humanas y cordiales.

Estas luchas del día a día son extrapolables a las relaciones conyugales, donde las posibilidades son muy amplias. El aprendizaje para adquirir una mejor comunicación de pareja consiste en: saber superar los momentos tensos, tener el don de la oportunidad, vencerla susceptibilidad propia o tener detalles pequeños positivos, olvidándose uno de sí mismo.

Pueden parecer cosas fútiles, nimiedades, pero la vida conyugal se mantiene gracias alas pequeñeces que la fortalecen y protegen, siempre que exista un acuerdo común de fondo en los grandes temas. Cuando alguien se ríe de esto y descuida las cosas insignificantes en apariencia, comete un serio error, que a la larga pagara.

Demasiadas veces nos quedamos en la puerta, no entramos. La belleza exterior sin la interior, a la larga, es algo hueco, vacío, cansino, aburrido. No es extraño que muchas personas, tras las separaciones conyugales de las llamadas «bellezas oficiales», después escojan a otra, en la que la importancia de la estética -el tipo y la cara- estén en segundo plano.

La belleza exterior deslumbra unos instantes, pero no ilumina más adelante. Los cínicos aborrecían la belleza del cuerpo[61]. Los griegos utilizaban dos palabras: soma, cuerpo, y sema, tumba o cárcel del alma. Para la filosofía griega, la belleza del cuerpo implicaba también la del alma. Actualmente sabemos que esto hay que ponerlo en tela de juicio, pues con mucha frecuencia entre ambas formas de belleza hay una escisión.

La obra más completa del hombre, su objetivo más importante, es su propia realización personal. Pero el hombre contemporáneo está muy roto, sólo es positivo en alguno de sus fragmentos.

A diario vemos situaciones como las siguientes: un gran abogado está separado de su mujer y las relaciones con sus hijos no son buenas; una mujer casada, afectuosa, equilibrada y buena madre de familia, que ha tenido medios suficientes, se ha abandonado culturalmente y toda su riqueza intelectual son las revistas del corazón y algunos programas de televisión pseudoculturales.

El hombre completo es una vieja aspiración que sirve de puente hacia la belleza interior. Aquí debemos hablar de alguien que merece la pena analizar, porque es ejemplar, atractivo y se nos presenta -sin él pretenderlo- como una roca firme, un faro que ilumina y que obliga a repensar nuestros criterios.

La belleza interior parece que nos elude, que juega con nosotros al escondite: aparece y desaparece, pero tenemos una mezcla de intuición y / o certeza de que la captamos a través de algunas manifestaciones exteriores que nos ponen sobre su pista. Cuando la voluntad llega a constituir una segunda naturaleza, que actúa en las áreas más diversas de la conducta, transforma a la persona y la engalana con sus actitudes. Estamos a las puertas de una belleza que va echando sus raíces hacia el interior.

CAPÍTULO XIV
DECALOGO DE LA VOLUNTAD

ROUSSEAU Y FREUD: DOS VISIONES CONFUSAS

Voy llegando al final de este recorrido analítico sobre qué es y en qué consiste la voluntad y cómo se puede conseguir que ésta sea mayor y se afiance. Nadie está vacunado para poder decir que ya tiene suficiente o que ésta ha prendido bastante en los mecanismos de su psicología. La vida da muchas vueltas. La confusión de ideas que en la actualidad existe es un producto de la época que anuncia el foral de una civilización, cuya expresión definitoria es la ausencia de voluntad.

El hombre actual queda fascinado por la comodidad, que ha llegado a ser un nuevo ideal. De hecho, en Estados Unidos, los denominados libros de autoayuda psicológica tienen bastante gancho: cómo hablar en público, cómo triunfar en los negocios, cómo hacer amigos, como aprender inglés en quince días, cómo superar las frustraciones de la vida sin traumas… la lista podría hacerse interminable.

Rousseau, en dos célebres libros suyos, Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres y Emilio o de la educación, afirma que la civilización ha envilecido al hombre y que hay que permitir casi todos sus comportamientos, salvo aquellos que vayan claramente contra las normas sociales vigentes o sean contrarios al hombre.

El problema está en delimitar con exactitud cuáles son esos comportamientos que desvían al hombre actual. Sus pretensiones pedagógicas se dirigen hacia una permisividad que comienza en el siglo XVIII y que, más tarde, ha ido adquiriendo una amplitud que hace desequilibrarse a este hombre. La voluntad -dice Rousseau- está cautiva cuando se la sujeta, se debe hacer lo que uno quiera…

En una palabra, su discurso se decanta en la línea de no mostrar preferencia por nada de forma definitiva, con lo que se cae en el relativismo. Es decir, que permisividad y relativismo forman un dúo muy negativo para fomentar hábitos que afirmen la voluntad.

Casi todo está envuelto en un clima de neutralidad, que conduce a la indiferencia y que está muy próxima a la apatía, uno de los trastornos de la voluntad que ya hemos mencionado.

Freud, en distintas obras suyas y a lo largo del desarrollo del psicoanálisis, menciona la represión como un mecanismo de defensa neurótico, contraponiéndolo a otro, la sublimación, esto es, la capacidad de renunciar por algo más excelente que se consigue a largo plazo. Cuando todo camina hacia la realización del deseo, quebrar la voluntad es algo que puede repercutir negativamente en la salud psicológica de quien lo practica.

En su libro La interpretación de los sueños, Freud dice: «Los sueños son la realización de los deseos ocultos y éstos tienen en el sexo su máximo exponente». Ahora, con la aparición del sexo mercantilizado, el ser humano queda reducido a un animal de consumo sexual, pero esto no ha conducido a una mayor libertad entendida en su acepción más completa, ni ha hecho más feliz al hombre. Igualmente, en su libro Tres ensayos sobre la teoría sexual, considera que el sexo es el factor causal y motivacional subyacente de toda neurosis. Más tarde, ampliaría estas ideas, buscando el papel de la vida sexual en la psicología.

Ambos, Rousseau y Freud, han ayudado a que el tema de la voluntad adquiera mala prensa, aunque otras corrientes psicológicas posteriores a Freud han seguido en la misma línea. No obstante, el llamado funcionalismo de la escuela de Harvard[62]’ ha seguido una orientación diferente. Hoy el tema tiene una óptica más amplia a través de otros movimientos psicológicos[63] .

DIEZ REGLAS DE ORO PARA EDUCAR LA VOLUNTAD

Es difícil, tras estudiar el tema de la voluntad desde perspectivas tan diversas, intentar concretar para ofrecer unas pautas específicas que no sean simples recetas de cocina, pues al atravesar la frontera entre la teoría y la práctica, entre las ideas y su aplicación, hay un trecho difícil de salvar. No obstante, voy a tratar de esquematizarlas.

1. La voluntad necesita un aprendizaje gradual, que se consigue con la repetición de actos en donde uno se vence, lucha y cae, y vuelve a empezar. A esto se llama en psicología hábito.

Dicho en otros términos: hay que adquirir hábitos positivos mediante la repetición de conductas, deforma deportiva y alegre, que van inclinando la balanza hacia comportamientos mejores, más maduros y que, a la larga, se agradecerán, pero que, en las primeras etapas, cuestan mucho trabajo, puesto que la voluntad está aún en estado primario, sin dominar.

2. Para tener voluntad hay que empezar por negarse o vencerse en los gustos, los estímulos y las inclinaciones inmediatas. Esto es lo realmente difícil. Es más fácil explicar los mecanismos por donde hay que dirigir la voluntad, que ponerse uno a funcionar, aplicando las teorías y los argumentos. Esto es: toda educación de la voluntad tiene un trasfondo ascético, sobre todo cuando se empieza.

La labor de los padres en esta tarea es decisiva: deben -con mucha sabiduría- hacer atractiva la responsabilidad, el deber y las exigencias concretas. De otra parte, están los educadores: deben guiar al alumno hacia la verdad y la libertad, ligadas estrechamente[64]. Hay un puente que va de la primera a la segunda. La voluntad es liberadora. ¿En qué consiste ser libre? ¿Qué es liberarse? Significa poder moverse sin coacciones, haciendo lo que uno quiere, eximiéndose de obstáculos y dependencias que distraigan del mejor trayecto personal.

La voluntad libera e inicia el vuelo hacia la realización del proyecto personal y de la felicidad. Ahora bien, hay que hacer la siguiente pregunta: ¿Cuál es el nivel del proyecto y a qué cosas nos referimos cuando hablamos de felicidad? La respuesta no es otra que indagar en los argumentos de nuestra existencia, ya que éstos constituyen el alma de nuestra vida como anticipación y programa de la misma. La vida humana es una tarea que se mueve entre dos polos: adecuar los deseos a la realidad. Por eso la felicidad no consiste en vivir bien y tener un excelente nivel de vida, sino en saber vivir.

Es frecuente captar esto cuando la vida se acaba. Es una lástima darse cuenta de ello cuando se está a punto de amarrar la propia barca en la otra ribera.

Liberación no es hacer lo que uno quiere o seguir los dictados inmediatos de lo que deseamos, sino vencerse en pequeñas luchas titánicas para alcanzar las mejores cimas del propio desarrollo. La supresión de obligaciones y de constricciones exteriores, el abandono de los grandes ideales y retos, dejarse llevar por los estímulos del momento… puede proporcionar cierta tranquilidad en un corto plazo, sobre la marcha, pero muy pronto deja al descubierto las carencias de esa personalidad.

Pensemos en la liberación sexual[65], que ha pretendido borrar todas las inhibiciones, situando al hombre rumbo ala utopía de los paraísos perdidos y los sueños roussonianos. Se anunciaba así un mundo futuro abierto, liberal, pluralista, de más ricos horizontes. Pero los resultados que tenemos a la vista son unos modelos de comportamiento aberrantes en los que la sexualidad, degradada, se ha convertido en bien de consumo, instrumentalizando al otro en el sexo.

La liberación que trae la voluntad consiste en apartar obstáculos, allanar el camino para hacer lo que se había programado, ir consiguiendo que los sueños se hagan realidad poco a poco. Es evidente que todo depende del fin, del punto de mira, de aquello hacia lo que apuntemos.

Esto se resume en la célebre frase de Nietzsche: «No te pregunto de qué eres libre, te pregunto para qué eres libre.»

O como consta en aquel libro de Bernanos: « La libertad: ¿para hacer qué?»

3. Cualquier aprendizaje se adquiere con más facilidad a medida que la motivación es mayor. Estar motivado implica estar preparado para apuntar hacia el mejor blanco. El ejercicio de luchar por nuestros objetivos se estira más gracias a la fuerza de los contenidos que los mueven. Lo expresaré de otra forma: el que no sabe lo que quiere, el que no tiene la ilusión de alcanzar algo, difícilmente tendrá la voluntad preparada para la lucha.

Esta regla sugiere muchas cosas a la vez. Por una parte, el viejo tema del modelo de identidad, esa lección abierta que otro nos da y nos invita a imitarlo. Tenerlo presente es empezar a andar de forma correcta y correr tras la verdadera libertad.

Como dice Daniel Inenarity[66] : «Libertad como pasión significa superar el reduccionismo de una libertad sólo centrada en aspectos formales, comprada al precio de una perpetua indecisión […] Una libertad profunda es aquella que se realiza, se hace vida, decide y compromete […] conservando la propia superioridad moral.»

Es decir, que todo progreso humano que se hace de espaldas a unas normas morales acaba mal. El hombre superior es el hombre espiritual que ve a los demás como personas, no como peldaños[67].

Por otra parte, hay que saber descubrir lo que yo llamaría en la actualidad valores de recambio, que de algún modo se circunscriben alrededor de los grandes motivos del hombre. Son nuevos motores que iluminan con su fuerza el proyecto personal: la democracia, los valores de la Ilustración, el pluralismo bien entendido, la solidaridad, así como una visión supranacional de los problemas actuales.

4. Tener objetivos claros, precisos, bien delimitados y estables. Cuando esto es así y se ponen todas las fuerzas en ir hacia delante, los resultados positivos están a la vuelta de la esquina, y no tiene cabida la dispersión de objetivos, ni tampoco querer abarcar más de lo que uno puede.

Por eso produce mucha paz aplicarse en esos propósitos, siendo capaz de apartar todo lo que pueda distraernos o alejarnos de las metas. Querer es pretender algo concreto y renunciar a todo lo que distraiga y desvíe de los objetivos trazados[68] .
5. Toda educación de la voluntad tiene un fondo ascético, especialmente en sus comienzos. Hay que saber conducir las ansias juveniles hacia una meta que merezca realmente la pena. Ahí es donde resulta decisiva la tarea del educador por un lado, y la de los padres, por otro.

Hay una observación complementaria que quiero hacer, una vez llegados a este punto: las grandes ambiciones, las mejores aventuras, brotan de algo pequeño, que crece y se hace caudaloso a medida que la lucha personal no cede, no baja la guardia, insistiendo una y otra vez.

En el alpinismo, por ejemplo -tarea que se parece mucho al fortalecimiento de la voluntad-, lo importante es dar pequeños pasos hacia arriba, ir ascendiendo en la montaña no gracias a las grandes escaladas, sino merced a pequeños avances, al principio costosos y, después, ya más fáciles, una vez que se vislumbra el paisaje desde la cima.

6. A medida que se tiene más voluntad, uno se gobierna mejor a sí mismo, no dejándose llevar por el estímulo inmediato. El dominio personal es uno de los más extraordinarios retos, que nos elevan por encima de las circunstancias. Se consigue así una segunda naturaleza. Uno no hace lo que le apetece, ni escoge lo más fácil y llevadero, sino que se dirige hacia lo que es mejor.

Cuando la voluntad es más sólida, esa persona ya ni se plantea el cansancio que ha supuesto o sus apetencias, sino lo que sabe será más positivo para ella de cara a los objetivos diseñados.

7. Una persona con voluntad alcanza las metas que se había propuesto con constancia. He comentado en las páginas que preceden lo importante que es tener presentes las piezas instrumentales de la voluntad: el orden, la tenacidad, la disciplina, la alegría constante y la mirada puesta en el futuro, en la meta. Existe hoy la tendencia a la exaltación del modelo del ganador, que deja en la estacada, groggy, a muchos perdedores en el ring social. Por eso, compararse con otros, fijarnos demasiado en las vidas ajenas, puede ofrecer una cara negativa, suficiente como para no disfrutar con lo que se tiene y desear lo que no poseemos[69].

8. Es importante llegar a una buena proporción entre los objetivos y los instrumentos que utilicemos para obtenerlos; es decir, buscar la armonía entre fines y medios. Hay que intentar una ecuación adecuada entre aptitudes y limitaciones, pretender sacar lo mejor que hay en uno mismo, poniendo en marcha la motivación, configurada gracias a las ilusiones, así como el orden, la constancia, la alegría y la autoridad sobre nosotros mismos, para no ceder ni un ápice en lo propuesto.

9. Una buena y suficiente educación de la voluntad es un indicador de madurez de la personalidad. No hay que olvidar que cualquier avance de la voluntad se acrecienta con su uso y se hace más eficaz a medida que se incorpora con firmeza en el patrimonio psicológico de cada uno de nosotros. Una persona madura y con equilibrio psicológico ofrece un mosaico de elementos armónicamente integrados, en donde la voluntad brilla con luz propia.

10. La educación de la voluntad no tiene fin. Esto significa que el hombre es una sinfonía siempre incompleta, y que, haber alcanzado un buen nivel no quiere decir que se esté siempre abonado al mismo, ya que las circunstancias de la vida pueden conducir a posiciones insólitas, inesperadas, difíciles o que obligan a reorganizar parte de la estructura del proyecto personal.

También hay que citar la falta de orientación de la sociedad actual, tan permisiva y con tan pocos valores de referencia, que impide ver ejemplos positivos que sirvan como modelos de identidad. La sociedad, tal y como está ahora, no favorece en casi nada la potenciación de la voluntad. Y mucho más difícil resulta esta potenciación con la influencia de la televisión, frente a la no cabe tener más que un moderado pesimismo.

[56] Véase su libro Reivindicación de la voluntad, Eunsa, Pamplona, 1988.

[57] Cfr. dos libros suyos: Psicología patológica, UNED, Madrid, 1992; y Las depresiones infantiles, Alhambra, Madrid, 1989. Para él los trastornos de la voluntad deben inscribirse en la patología de la decisión humana.

[58] Como ya he comentado en el capítulo VIII, «Educación sentimental», las cuatro experiencias afectivas más importantes son: los sentimientos, las emociones, las pasiones y las motivaciones. La forma habitual como cursa esta educación es; por los carriles que le trazan los sentimientos. Pero el motor es; siempre la motivación. Entre ellos hay relaciones recíprocas muy sutiles.
[59] Siendo siempre frío y cartesiano en el análisis, esta falta de voluntad que ahora se presenta como ausencia de proyecto y poca capacidad para tener metas y conseguirlas, tendrá a la larga unos resultados negativos en su trabajo profesional -aún por determinar- y en la vida conyugal. En el primero, no doblará el cabo de sus propias posibilidades, instalándose en una posición sin pretensiones. En la segunda, será una candidata a la separación conyugal, pues no hay que perder de vista que la convivencia de la pareja es el tema en donde es más importante poner en acción la voluntad.
En resumen, con los datos que tenemos, si no cambia con la ayuda de la psicoterapia que se va a iniciar y toma conciencia de sus carencias, su experiencia será zigzagueante y fracasará en los tres o cuatro aspectos más determinantes que impone la vida a todo ser humano. Vuelvo al argumento que ha sido un ritornello a lo largo de todo este libro: Una voluntad educada lo puede casi todo.
Igual que la soberbia suele nacer de una imagen falsa de uno mismo, la falta de voluntad se ha ido alimentando a base de no creer en las propias posibilidades y abandonarse ante el primer revés. Quien aprende a conocerse y sabe sus aptitudes y limitaciones, pero se arriesga con retos personales concretos, que desafían su fragilidad, llegará a lo que se proponga. El que empieza, tiene la mitad conseguida
[60] Véase el capítulo VI, «Voluntad y proyecto personal», pág. 101 y ss. Los deseos brotan de !as apetencias, pero no nacen de una determinación personal, que mejora y de alguna manera hace progresar el proyecto, sino que lo que se busca es algo que apetece de entrada, aunque no sea positivo, ni valioso.
El querer arranca de la motivación, de algo atractivo que empuja hacia delante y que conducirá a una mejora personal. Esa es la gran empresa de la educación: enseñar a distinguir una de otra. Porque la raíz de la conducta motivada está en saber elegir, lo cual debe estar dirigido hacia la elaboración y cultivo de los valores.
El deseo se relaciona con lo inmediato y su búsqueda es rotativa y cambiante, agotándose pronto y necesitando un continuo reviva!, una reactivación incesante. El querer aspira a valores mediatos (lejanos), no busca tantas sensaciones vertiginosas, sino que está centrado en ir logrando peldaños del proyecto personal. Mientras el querer atrae, el deseo distrae; uno hace madurar, el otro es un pasatiempo que entretiene, pero hace perder forma y tensión para la lucha, porque produce dispersión.
Dice el texto clásico: «Animo imperavit sapiens, stultus serviet» (El hombre sensato gobernará sus pasiones, el necio será esclavo de ellas). Hoy, al jugar con las palabras, éstas quedan a merced de las modas, y muchas veces a la libertad personal le llamamos liberación y al no ser dueño de uno mismo, emancipación.
En el libro XIII de los Anales, de Confucio, se cuenta que Tzu-Lu, le hizo al gran maestro la siguiente pregunta: «Si el Señor de Wei le llamara para que se hiciera cargo de la administración de su reino, ¿cuál sería la primera medida? “La reforma del lenguaje”, le repondió.» La manipulación de los términos es hoy un ingrediente importante en esta ceremonia de la confusión. Hay que recuperar el auténtico sentido de las grandes palabras, como amor, libertad, alegría, placer, etc.
[61] La fábula nos cuenta cómo la zorra envidia la belleza corporal de la pantera, pues la suya es espiritual. En el pensamiento antiguo, la belleza se unía a la divinidad. Y fue el cristianismo el que puso de relieve cómo, a través de las criaturas bellas, ascendemos a la belleza suprema de Dios
[62] Algunos de los psicólogos más importantes de esta escuela son Skinner y Allport. Skinner, que con su teoría de la conducta operante retoma el tema de la importancia de la voluntad, mediante lo que él llamó «la educación programada». Su concepto de refuerzo es la base de cómo fomentar la voluntad: aquel estímulo que eleva la probabilidad o frecuencia de una conducta. Allport diseñó unos «modelos de crecimiento de la personalidad» basados en la motivación.

[63] La Escuela de Columbia tiene en Catell, Thorndike, Woodworth y Murphy sus máximos exponentes. Sus principales teorías o fundamentos son: la psicología cognitiva inspirada en el modelo del ordenador, el estructuralismo inspirado en los trabajos de Titchener y ia psicología japonesa experimental de Fujitani, Motora y Matsumoto, que culmina con una inspiración zen en Monta y Koji Sato

[64] El concepto de verdad se quiebra en distintas laderas: la verdad de las cosas, de las circunstancias que nos rodean y la verdad como hipótesis de trabajo (verdad prospectiva).
Tres lenguas han influido decisivamente en la formación del pensamiento europeo: el griego, el latín y el hebreo, y en cada una de ellas encontramos tres palabras sobre este concepto: aletheia, véritas y emunah, respectivamente.
Vivir en la verdad personal es tener criterios y obrar consecuentemente. Dicho en otras palabras: el hombre incoherente, que conoce esas reglas de conducta, pero, por los motivos que sean, no las sigue, no es consecuente con ellas.
Es cierto que cuando hay voluntad se está más dispuesto para luchar y vencerse, puesto que voluntad es disposición activa para hacer algo adelantando resultados.

[64] Este tema cabalga entre diversas corrientes, desde las ideas ya superadas del psicoanalista Wilhelm Reich, a la llamada «civilización del eros» de Marcase, o a la «permisividad» de Van Ussel, pasando por las ideas más positivas de Allport o Maslow sobre el amor personal, hasta llegar a la psicoterapia humanista de Rogers o al misterio de la sexualidad con serio enfoque antropológico de Gustave Thivon, Jean Guitton, Joseph Pieper o García Hoz.
La vida sexual es una pieza que integra o desintegra al hombre, según la manera de vivirla. En ella se alberga una trilogía integrada por los aspectos corporal, psicológico y espiritual.

[66] Véase Libertad como pasión, Eunsa, Pamplona, 1992.

[67] Dice el Talmud: «El hombre sabio es el que trata a todos con dignidad.» Estamos atravesando una época de represión espiritual: en muchos ambientes todo lo que suene a espiritualidad, está mal visto, no se lleva, no engancha… Pero es un bastión decisivo del ser humano.
Vivimos en la apoteosis de lo fugaz, la exaltación del instante, la idolatría del sexo y como resultado de ello: la indiferencia por saturación de contradicciones, y, a su vez, la fascinación caleidoscópica del querer estar en todas partes, no decir que no a nada y pretender jugar a todas las bandas y posiciones… es el relativismo de la levedad y la dispersión. Un ser humano superdébil, a quien hay que seguir para poder certificar su triste final.
En tales casos sólo hay voluntad para alcanzar dinero, sexo, poder, éxito a cualquier precio o las versiones actuales de mejorar permanentemente el nivel de vida, el bienestar, la seguridad… La felicidad no consiste sólo en eso, pues hay muchas personas que viven así y no son felices. La felicidad es estar haciendo algo grande con la vida, algo que la llene y que vaya más allá de los propios intereses.

[68] Véase Polaino Lorente, Dimensiones motivacionales y cognltivas de la voluntad, Dossat, Madrid, 1988. Subraya la importancia del aprendizaje, sin el cual no se pueden adquirir conocimientos. «No hay educación sin aprendizaje. La educación añade algo más al mero aprendizaje, me estoy refiriendo a la educación de la voluntad. Los aprendizajes que realiza la voluntad son siempre motivados e intelectualizados… la motivación y el “conocimiento del fin” tienen aquí especial importancia.» Hace una clara referencia al modelo conductista del aprendizaje. cuanto mayor sea la recompensa, mayor será el efecto del aprendizaje, o dicho de otra manera, de la eficacia del castigo o de la recompensa, de su buena y adecuada administración, saldrá la clave para todo este proceso. «La administración de recompensas suele ser más eficaz que la de castigos, salvo cuando se busca un cambio en la emisión de la respuesta.»

[69] Un autor que ha trabajado a fondo en estos temas, García Hoz, publicó en 1962 un libro que fue emblemático para aquella época: Pedagogía de la lucha ascética. Allí exponía los elementos básicos para el esfuerzo en los temas morales, inspirado en autores españoles del Siglo de Oro (parte del XVI y XVII).
Después han seguido muchas investigaciones, hasta llegar a La práctica de la educación personalizada, tratado donde se describen y analizan los fundamentos y las técnicas para alcanzar la obra bien hecha, que es la meta que propone su autor.

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