MEDITACIONES PARA RECTIFICAR LA IDEA QUE TENEMOS DE NOSOTROS MISMOS

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

1. Quién soy, qué soy.

  • ·       ¿Cuál es mi origen? “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gn 1,27). El hombre ocupa un lugar único en la creación: “está hecho a imagen de Dios”.
  • ·       ¿Cuál es el motivo de mi creación? El amor. De todas las criaturas visibles sólo el hombre es “capaz de conocer y amar a su Creador” (GS, 12); es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS, 24). “¿Qué cosa, o quién, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno” [Santa Catalina de Siena].
  • ·       ¿Cuál es mi fin? Dios: “el hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios”. Catecismo de la Iglesia Católica (358): “Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación: “¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta El y se sentara a su derecha” [San Juan Crisóstomo].
  • ·       ¿En qué condición he sido creado? Catecismo, 374: “El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino también constituido en la amistad con su creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a él; amistad y armonía tales que no serán superadas más que por la gloria de la nueva creación en Cristo”. Además, dotado en una situación privilegiada: “La Iglesia, interpretando de manera auténtica el simbolismo del lenguaje bíblico a la luz del Nuevo Testamento y de la Tradición, enseña que nuestros primeros padres Adán y Eva fueron constituidos en un estado de santidad y de justicia original. Esta gracia de la santidad original era una participación de la vida divina” (Catecismo 375). “Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas. Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no debía ni morir ni sufrir. La armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer, y, por último, la armonía entre la primera pareja y toda la creación constituía el estado llamado justicia original” (Catecismo 376). “El hombre estaba íntegro y ordenado en todo su ser por estar libre de la triple concupiscencia, que lo somete a los placeres de los sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de sí contra los imperativos de la razón” (Catecismo, 377). “Signo de la familiaridad con Dios es el hecho de que Dios lo coloca en el jardín. Vive allí para cultivar la tierra y guardarla (Gn 2,15): el trabajo no le es penoso, sino que es la colaboración del hombre y de la mujer con Dios en el perfeccionamiento de la creación visible” (Catecismo 378).
  • ·       Sólo Dios puede colmar el corazón que nos ha dado: “[El] deseo natural de felicidad (…) es de origen divino: Dios lo ha puesto en el corazón del hombre a fin de atraerlo hacia El, el único que lo puede satisfacer: ‘Ciertamente todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada’ [San Agustín]. ‘¿Cómo es, Señor, que yo te busco? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz, haz que te busque para que viva mi alma, porque mi cuerpo vive de mi alma y mi alma vive de ti’ [San Agustín]. ‘Sólo Dios sacia’ [Santo Tomás de Aquino]” (Catecismo, 1718).
  • ·       Preguntas: ¿Qué creo que es el hombre? ¿Qué pienso realmente de mí? ¿Entiendo el acto de amor divino del que soy fruto? ¿Entiendo mi relación con Dios? ¿Acepto mi fin, mi destino? ¿Influye en mi vida el pensamiento del amor que está en mi origen y en mi fin?

2. Lo que soy: hecho a imagen de Dios

  • ·       Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó (Gn 1, 27). El hombre ocupa un lugar único en la creación: está hecho a imagen de Dios. «A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirviéndote sólo a ti, su Creador, dominara todo lo creado» (Misal Romano, Plegaria eucarística IV).
  • ·       La imagen de Dios consiste en «ser capaz de conocer y amar a su Creador”» el hombre es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma y el único llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad: «¿Qué cosa, o quién, fue el motivo de que establecieras al hombre en semejante dignidad? Ciertamente, nada que no fuera el amor inextinguible con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella. Por amor lo creaste, por amor le diste un ser capaz de gustar tu Bien eterno» (Santa Catalina de Siena, Diálogo).
  • ·       Dios creó todo para el hombre, pero el hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la creación: «¿Cuál es, pues, el ser que va a venir a la existencia rodeado de semejante consideración? Es el hombre, grande y admirable figura viviente, más precioso a los ojos de Dios que la creación entera; es el hombre, para él existen el cielo y la tierra y el mar y la totalidad de la creación, y Dios ha dado tanta importancia a su salvación que no ha perdonado a su Hijo único por él. Porque Dios no ha cesado de hacer todo lo posible para que el hombre subiera hasta Él y se sentara a su derecha» (San Juan Crisóstomo).
  • ·       Y por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.

Responde:

¿Entiendo mi profunda dignidad como imagen de Dios? ¿Comprendo que no soy menos que los demás por el hecho de ser distinto o tener menos capacidades en algunos aspectos? ¿Vivo comparándome con los otros (fuente de toda intranquilidad, de envidias y de orgullo)?


3. En quién y en qué me he convertido. “He pecado”.

  • ·       “‘El hombre, persuadido por el Maligno, abusó de su libertad, desde el comienzo de la historia’ (GS, 13). Sucumbió a la tentación y cometió el mal. Conserva el deseo del bien, pero su naturaleza lleva la herida del pecado original. Ha quedado inclinado al mal y sujeto al error. ‘De ahí que el hombre esté dividido en su interior. Por esto, toda vida humana, singular o colectiva, aparece como una lucha, ciertamente dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” [GS 13,2]” (Catecismo, 1707).
  • ·       Sin entender el misterio del pecado, no puedo entender mi realidad actual ni la del hombre en general: “La doctrina sobre el pecado original —vinculada a la de la Redención de Cristo— proporciona una mirada de discernimiento lúcido sobre la situación del hombre y de su obrar en el mundo. Por el pecado de los primeros padres, el diablo adquirió un cierto dominio sobre el hombre, aunque éste permanezca libre. El pecado original entraña ‘la servidumbre bajo el poder del que poseía el imperio de la muerte, es decir, del diablo’ (Concilio de Trento). Ignorar que el hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, da lugar a graves errores en el dominio de la educación, de la política, de la acción social y de las costumbres” (Catecismo, 407).
  • ·       Con mi pecado he herido mi naturaleza, he faltado a la razón, he ofendido a Dios y al prójimo: “El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana” (Catecismo, 1849).
  • ·       Con mi pecado me he transformado en un ofensor de Dios: “El pecado es una ofensa a Dios: Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí (Sal 51,6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de El nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse ‘como dioses’, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3,5). El pecado es así ‘amor de sí hasta el desprecio de Dios’ (San Agustín). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación” (Catecismo, 1850).
  • ·       Pero Dios no me ha abandonado en mi pecado: “Por su pasión, Cristo nos libró de Satán y del pecado. Nos mereció la vida nueva en el Espíritu Santo. Su gracia restaura en nosotros lo que el pecado había deteriorado” (Catecismo, 1708).
  • ·       Al descubrirnos y enfrentarnos a nuestros pecados, Jesús nos hace una extraordinaria gracia: “Como afirma san Pablo,donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5,20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor (Rm 5,20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado: La conversión exige el reconocimiento del pecado (Juan Pablo II)” (Catecismo, 1848).

4. Mi realidad personal pecadora

(Propongo esta meditación con los puntos que San Ignacio da para meditar sobre los pecados personales de cada uno, en el libro de los Ejercicios).

  • ·       Quiero obtener en esta meditación un crecido e intenso dolor y lágrimas de mis pecados.
  • ·       Considerar, primero, el proceso de los pecados, es a saber, traer a la memoria todos los pecados de la vida, mirando de año en año o de tiempo en tiempo; para lo cual aprovechan tres cosas: la primera, mirar el lugar y la casa adonde he habitado; la segunda, la conversación que he tenido con otros; la tercera, el oficio en que he vivido.
  • ·       En segundo lugar: ponderar (es decir, tomar el peso; ver la gravedad) los pecados, mirando la fealdad y la malicia que cada pecado mortal cometido tiene en sí, dado que no fuese vedado.
  • ·       En tercer lugar, mirar quién soy yo, el que peca; tomar conciencia de mi pequeñez viendo quién soy en comparación de todos los hombres que existen han existido y existirán (¡uno entre miles y miles de millones!); 2º considerar qué cosa son todos los hombres juntos (los que existen, han existido y existirán) en comparación de todos los ángeles y santos del paraíso; 3º considerar qué cosa es todo lo creado (el universo entero) en comparación de Dios; pues yo solo ¿qué puedo ser?; 4º, mirar toda mi corrupción y fealdad corpórea; 5º, mirarme como una llaga y postema, de donde han salido tantos pecados y tantas maldades y ponzoña tan torpísima.
  • ·       En cuarto lugar: considerar quién es Dios, contra quien he pecado, según sus atributos, comparándolos a sus contrarios en mí: su sabiduría a mi ignorancia, su omnipotencia a mi flaqueza, su justicia a mi iniquidad, su bondad a mi malicia. Él es Creador, Padre, Salvador, Sabiduría, Omnipotencia, Verdad, etc.
  • ·       En quinto lugar: admirarme con crecido afecto, discurriendo por todas las criaturas, cómo éstas me han soportado viéndome pecar, cómo me han dejado en vida y conservado en ella; los ángeles, ejecutores de la justicia divina, cómo me han soportado y guardado y rogado por mí; los santos cómo han sido en interceder y rogar por mí; y los cielos, sol, luna, estrellas, y elementos, frutos, aves, peces, y animales; y la tierra cómo no se a abierto para sorberme, criando nuevos infiernos para siempre penar en ellos.
  • ·       Acabar con un coloquio de misericordia, razonando y dando gracias a Dios nuestro Señor porque me a dado vida hasta ahora, proponiendo enmienda con su gracia para adelante.


5. Soy un ser caído…

  • ·       Sal 109,22: Porque soy pobre y desdichado y tengo dentro herido el corazón. Lc 5,8: Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Lc 18,13: ¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!
  • ·       En el Paraíso el hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre. Todo pecado, también cada uno de lo míos, son una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.
  • ·       En el primer pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios: hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto, contra su propio bien. El hombre, constituido en estado de santidad, estaba destinado a ser plenamente «divinizado» por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso ser como Dios (Gn 3,15), pero «sin Dios,  antes que Dios y no según Dios» (San Máximo el Confesor). Cada uno de mis pecados ha reiterado ese deseo de ser dios sin Dios.
  • ·       La Sagrada Escritura nos muestra las consecuencias dramáticas de esta primera desobediencia:

–          Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original (Rom 3,23).

–          Tienen miedo de Dios (Gn 3,9-10).

–          Se forman una falsa imagen de Dios: la de un Dios celoso de sus prerrogativas (Gn 3,5).

–          Se destruye la armonía en la que se encontraban gracias a la justicia original, y el dominio de las facultades espirituales del alma sobre el cuerpo se quiebra (Gn 3,7);

–          Comienzan las tensiones entre el hombre y la mujer (Gn 3,11-13);

–          La armonía con la creación se rompe; la creación visible se hace para el hombre extraña y hostil (Gn 3,17.19). A causa del hombre, la creación es sometida a la servidumbre de la corrupción (Rm 8, 20).

–          Entra la muerte en la historia de los hombres (Rom 5,12). El hombre volverá al polvo del que fue formado (Gn 3,19).

  • ·       Todas esas consecuencias, de una manera o de otra, se han revivido en mí, en cada uno de mis pecados. También yo: he perdido la santidad, me he formado una imagen falsa de Dios, tengo miedo de Dios (a quien de Padre yo convertí en Juez), he perdido mi armonía interior, estoy tensionado en mi interior y con mis semejantes, estoy esclavizado a mis pasiones, estoy caminando hacia el polvo de la muerte.

Responde:

¿Entiendo la gravedad del pecado y los daños que produce en mi alma? ¿Me comprendo responsable y asociado en el pecado de Adán? ¿Veo sus consecuencias en mí? ¿Entiendo de qué manera mis pecados reviven la actitud de nuestros primeros padres y me hacen responsable del mal en el mundo?


6. …Pero no soy un ser abandonado

  • ·       Dios no abandonó al hombre tras la caída ni lo abandona cada vez que vuelve a caer. Como después de la primera caída, Dios lo llama (Gn 3,9) y le anuncia de modo misterioso la victoria sobre el mal y el levantamiento de su caída (Gn 3,15).
  • ·       Aún cuando yo me olvido de mí mismo; Dios no se olvida. Sal 40,18: Y yo, pobre soy y desdichado, pero el Señor piensa en mí; tú, mi socorro y mi libertador, oh Dios mío, no tardes.
  • ·       Dios promete así un “nuevo Adán” (1Co 15,21-22.45) que, por su obediencia hasta la muerte en la Cruz (Flp 2, 8), reparará con sobreabundancia la desobediencia de Adán (Rom 5,19-20).
  • ·       También queda así prometida una nueva Eva, María la madre de Cristo. Ella iba a ser la primera (y de una manera única) en beneficiarse de la victoria sobre el pecado alcanzada por Cristo: fue preservada de toda mancha de pecado original y, durante toda su vida terrena, por una gracia especial de Dios, no cometió ninguna clase de pecado.
  • ·       ¿Por qué Dios no impidió que el primer hombre pecara? San León Magno responde: «La gracia inefable de Cristo nos ha dado bienes mejores que los que nos quitó la envidia del demonio». Y santo Tomás de Aquino: «Nada se opone a que la naturaleza humana haya sido destinada a un fin más alto después del pecado. Dios, en efecto, permite que los males se hagan para sacar de ellos un mayor bien. De ahí las palabras de san Pablo: Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20). Y el canto del Exultet (Pregón pascual): ¡Oh feliz culpa que mereció tal y tan grande Redentor!».
  • ·       Dios no sólo no abandona al hombre sino que éste no puede huir de Dios: «Adonde quiera que huyan los hombres está Dios. El amor de Dios brilla en el hecho de que Él mismo, no otro, quiere perseguir a los que huyen, pues Él, por ser más veloz, puede estar siempre cerca del hombre fugitivo. Él ni siquiera los persigue, se les adelante. Llegan, y ya está allí Dios, procedente de cualquier parte. Son ellos quienes le siguen» (Max Picard). Sal 138: ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha.

Responde:

¿Soy consciente de que Dios no abandona al hombre y de que es capaz de sacar bienes de los males más grandes? ¿Soy consciente de que Dios me busca con una amor que es más fuerte que mi pecado? ¿Entiendo que mi capacidad de huir de Dios es infinitamente más débil que su deseo de conquistarme y darme la felicidad?


7. Los dones que he recibido: el fondo luminoso del alma

  • ·       Nunca debemos dejar de mirar las dos verdades de nuestro ser: nuestra grandeza y nuestra miseria. Decía Pascal: “es peligroso hacerle ver al hombre su miseria sin mostrarle su grandeza, y es igualmente peligroso hacerle ver su grandeza sin mostrarle su grandeza; y más peligroso todavía dejarlo en la ignorancia de una y otra”. De ahí la importancia de conocernos.
  • ·       En lo más profundo del corazón no hay tinieblas sino luz: “Explorad los más escondidos recovecos de los oscuros laberintos que rodean las luminosas profundidades de vuestro corazón” (Macario de Optina). Para Freud y muchos de sus seguidores, el fondo de la persona es un caos de instintos negativos que llevan el signo de la inversión, la destrucción y la muerte; para la fe cristiana, aún debajo de las deformaciones que el pecado impone al alma, queda siempre esa brasa de luz que es la imagen de Dios que ni el pecado borra. Los “oscuros laberintos” no son el fondo del corazón sino que rodean la luminosidad que nada puede apagar.
  • ·       Por eso, aunque haya que bajar y penetrar por las capas y capas de distorsión afectiva (como ocurre en los enfermos del corazón y en los pecadores más empedernidos) siempre guardamos la esperanza de poder llegar a una tierra firme y sana, capaz de Dios (al menos en potencia) y liberar (por la gracia) esas energías dormidas para ser santos.
  • ·       Aún el pecado que oscurece el corazón no llega a borrar esta imagen profunda de Dios que está en cada hombre y que escada hombre: “Es de considerar aquí que la fuente y aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma no pierde su resplandor y hermosura que siempre está dentro de ella, y cosa no puede quitar su hermosura. Mas si sobre un cristal que está al sol se pusiese un paño muy negro, claro está que, aunque el sol dé en él, no hará su claridad operación en el cristal” (Santa Teresa, Moradas Primeras).
  • ·       “Lo más íntimo del alma es lo más espiritual en ella” (Santa Edith Stein).
  • ·       No debemos ser ciegos ante esta verdadera grandeza del hombre, de todo hombre, de mí mismo.

Responde:

¿Cuál es mi idea de mí mismo? ¿Es oscura y caótica? ¿Reconozco el fondo de grandeza que ni el pecado puede borrar? ¿Soy consciente de la grandeza que se encierra en todo ser humano?


8. No soy un extraño para Dios

  • ·       Sólo Dios me conoce a fondo; más que yo mismo. Salmo 138, 1-6: Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya, Señor, te la sabes toda. Me estrechas detrás y delante, me cubres con tu palma. Tanto saber me sobrepasa, es sublime, y no lo abarco.
  • ·       Dios me conoce desde el principio de mi creación. Salmo 138, 13-16: Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma, no desconocías mis huesos. Cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mis acciones, se escribían todas en tu libro; calculados estaban mis días antes que llegase el primero.
  • ·       Tus manos me formaron, me plasmaron (…). Recuerda que me hiciste como se amasa el barro (…). ¿No me vertiste como leche y me cuajaste como queso? De piel y de carne me vestiste y me tejiste de huesos y de nervios (Jb 10,8-11).
  • ·       «Tanto saber me sobrepasa; es sublime y no lo abarco», Teodoreto explica el pasaje dirigiéndose a la interioridad de su conciencia y de su experiencia personal y afirma: «Volviéndome hacia mí mismo, entrando hasta lo más íntimo de mí mismo y alejándome de los ruidos exteriores, quise sumergirme en la contemplación de mi naturaleza… Reflexionando sobre estas cosas y pensando en la armonía entre la naturaleza mortal y la inmortal, quedé asombrado ante tan gran prodigio y, dado que no logré comprender este misterio, reconozco mi derrota; más aún, mientras proclamo la victoria de la sabiduría del Creador y le canto himnos de alabanza, grito: Tanto saber me sobrepasa; es sublime y no lo abarco» (Teodoreto de Ciro, IV Discurso sobre la Providencia divina).

Responde:

¿Me siento conocido por Jesús? ¿Tengo miedo de conocerlo más o que El me conozca más? ¿Qué sentimientos despierta en mí el saberme conocido por Dios a fondo? ¿Seguridad, paz, alegría, tristeza?


9. Lo que “no” soy

  • ·       Es preciso reconocer humildemente y en forma realista que somos pobres criaturas, con ideas confusas, tentadas por el mal, frágiles y débiles, con necesidad continua de fuerza interior y de consuelo. Yo soy un hombre pobre y ruin (1Sam 18,23).
  • ·       No somos infinitos, no somos capaces de darnos la felicidad a nosotros mismos. Por nuestra propia fuerza nada podemos. El hombre que busca la felicidad en sí mismo (y no en Dios) es como aquel que persigue su propia sombra; es como el que busca calmar su sed con arena.
  • ·       No somos nuestro propio fin. Si nos buscamos a nosotros mismos, buscamos el vacío. Si nos hacemos el centro de nuestra existencia y atención, nos extraviamos.
  • ·       Somos seres heridos en la inteligencia por la debilidad y la ignorancia; heridos en la voluntad por la soberbia, la apatía, la fragilidad y la desesperanza; en nuestra afectividad por la flojera, el desaliento, concupiscencia, la codicia, y el capricho.
  • ·       No podemos encontrar un sentido para nuestra vida fuera de Dios. Cuando alguien quiere construir sin Dios, queda sin fundamento. Tarde o temprano lo alcanza la angustia, la desazón, la tristeza, el miedo e incertidumbre del más allá y el descontento de esta propia vida terrena. Francis Thompson: “Todo te deja, porque me dejaste”; “Nada te hospedará sí no me hospedas”; “Nada podrá llegar a contentarte mientras no me contentes”; “Todo te huye, porque tú me huyes”.
  • ·       Soy pobre, y además tan ciego que no veo mi misma pobreza: Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de  compasión, pobre, ciego y desnudo (Ap 3,17).
  • ·       Ante Dios, tengo las manos vacías, y esto me alejo del mandato de Dios: No te presentes ante el Señor con las manos vacías (Ecclo 35,4).

Responde:

¿Soy humilde? ¿Entiendo mis límites? ¿Reconozco que no puedo hacer todo por mí mismo? ¿Soy capaz de descubrir esas heridas del pecado en mí mismo? ¿Pongo el fin de mis actos en mí mismo?


10. Incluso el más débil es un tesoro a los ojos de Dios

  • ·       Ningún hombre es despreciable a los ojos de Dios. Todos son capaces de Dios y por ese motivo son valiosos a sus ojos.
  • ·       También los débiles en la fe y en la vida cristiana forman parte de la arquitectura de la Iglesia: «Es verdad que son imperfectos y pequeños, pero, en la medida en que logran comprender, aman a Dios y al prójimo, y no dejan de realizar el bien que pueden. A pesar de que aún no llegan a los dones espirituales hasta el punto de abrir el alma a la acción perfecta y a la ardiente contemplación, no se apartan del amor a Dios y al prójimo, en la medida en que son capaces de comprenderlo. Por eso, sucede que también ellos, aunque estén situados en un lugar menos importante, contribuyen a la edificación de la Iglesia, pues, si bien son inferiores por doctrina, profecía, gracia de milagros y completo desprecio del mundo, se apoyan en el fundamento del temor y del amor, en el que encuentran su solidez» (San Gregorio Magno). Esta reflexión de san Gregorio es un gran consuelo para nosotros que a menudo avanzamos con dificultad por el camino de la vida espiritual y eclesial. El Señor nos conoce y nos envuelve con su amor.
  • ·       Doña Magdalena de Ulloa (madre adoptiva de Don Juan de Austria) le enseñaba a éste el valor de todo hombre comparándolo con un crucifijo: «Jamás deja un crucifijo de ser el símbolo de la redención, y aunque manos aleves le profanen y arrojen en un muladar, siempre será susceptible de limpieza y pulimento, y siempre merecerá la misma veneración. Pues de la misma manera, jamás deja de ser ningún hombre el redimido por Cristo; y por mucho que le deslustre la infamia y le manche el crimen, será siempre susceptible de arrepentimiento y perdón, y siempre merecerá el respeto de lo que ha costado la sangre de todo un Dios» (lo transcribe Luis Coloma en su obra «Jeromín»).

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