hostia

La fracción del pan no es una acción teatral

Pregunta:

Mi pregunta esta relacionada a la actitud de los sacerdotes que inmediatamente antes de la consagración, en las palabras «tomó el pan, lo partió…», quiebran la hostia por la mitad y la separan. En mi modesto entender e información recibida en un seminario, se nos dijo que eso no era válido y que se le debe decir al sacerdote. Padre ¿podría responderme sobre el tema? Elisabet.

Respuesta:

La fracción del pan antes de la consagración constituye uno de los abusos litúrgicos que figuran como tales en la Instrucción de la SCCDS, Redemptionis Sacramentum (25/03/2004):

«55. En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia».

¿Cuáles son los motivos que fundamentan esta disposición?

En primer lugar, porque el rito manda que se haga la fractio después, luego del saludo de la paz y mientras se canta el Cordero de Dios (Cf. OGMR, n. 83). La fidelidad a las rúbricas ya sería motivo suficiente para no cometer este abuso. En la Ordenación General del Misal Romano se recuerda al sacerdote celebrante que «él se halla al servicio de la sagrada Liturgia y no le es lícito añadir, quitar ni cambiar nada según su propio gusto en la celebración de la Misa (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sobre la Sagrada Liturgia,Sacrosanctum Concilium, 22) (OGMR, n. 24).

Pero hay razones más teológicas, que así lo piden, y que tienen que ver con la estructura de la Misa, según los cuatro verbos que figuran en la narración de la institución de la Eucaristía: «tomó», «bendijo», «partió», y «dio», que se corresponden, respectivamente, con el ofertorio, la consagración, la fracción y la comunión. En la Misa no se hace una simple memoria de lo acontecido en la Última Cena, por eso cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, no lo hace como quien narra algo que hizo Jesús, sino como quien lo está haciendo (actualizando) en ese momento, por virtud de las palabras de Cristo, en cuya Persona actúa (se dice, in Persona Christi). Es decir, el sacerdote actualiza lo mismo que hizo Nuestro Señor en el Cenáculo, es decir, transubstancia el pan en Su Cuerpo y el vino en Su Sangre (con la diferencia que Jesús anticipó su Sacrificio redentor, y el sacerdote lo perpetúa). Por eso, ninguna liturgia antigua y actual ha pretendido repetir materialmente los gestos de Cristo en la Última Cena sino su contenido y esto, no en una celebración hebrea sino cristiana.

Al respecto, dice la OGMR, 72:
«72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y el banquete pascuales. Por estos misterios el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia, cuando el sacerdote, representando a Cristo Señor, realiza lo mismo que el Señor hizo y encomendó a sus discípulos que hicieran en memoria de Él. [Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 47; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núms. 3 a. b: A.A.S. 59 (1967) págs. 540-541] .

Cristo, pues, tomó el pan y el cáliz, dio gracias, partió el pan, y los dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. Por eso, la Iglesia ha ordenado toda la celebración de la Liturgia Eucarística con estas partes que responden a las palabras y a las acciones de Cristo, a saber:

1) En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con agua, es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.
2) En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del mismo Cristo».

Por lo tanto, al hacerse este gesto cuando se pronuncian las palabras «lo partió», se estaría trastocando el orden de las acciones de la Última Cena. «Partir la hostia durante la Plegaria Eucarística, al decir “lo partió y lo dio a sus discípulos” es comprimir en una dos acciones distintas de la Liturgia de la Eucaristía, y tratar de convertir la memoria litúrgica en representación dramática. Por otra parte, tal práctica ni siquiera es una adecuada representación dramática, puesto que, según toda teología, el pan no está realmente “bendecido” (es decir, consagrado) hasta después del momento en que algunos celebrantes lo parten (es decir, hasta que no pronuncian las palabras de la consagración –agregamos, para que quede claro-). Esta práctica, por tanto, en lugar de seguir más fielmente la Escritura, altera el orden que en ella se describe (es decir, bendecir-partir, se cambian en partir-bendecir» (D. C. SMOLARSKI, SJ, «Cómo no decir la Santa Misa», Dossiers CPL 41, Barcelona 21990, 58).
Además, si fuéramos consecuentes con una mera dramatización de la Última Cena, entonces, no sólo habría que tomar el pan y partirlo, sino también bendecirlo en ese momento y darlo, todo esto antes de la consagración. Pero la Misa no es una mera repetición de la Santa Cena, sino que es una actualización ritual y sacramental del mismo Sacrificio de la Cruz, y, por ende, de lo mismo que mandó hacer Nuestro Señor en la Última Cena, en la que se instituyó este Santísimo Sacramento.

El Dr. Ralph Keifer, lo dice mejor: «Partir la hostia durante el relato de la Institución es un abuso porque el relato es principalmente una proclamación de por qué celebramos la Eucaristía (…); no es una demostración de lo que hacemos nosotros en la Eucaristía. Si el relato fuera una demostración de lo que nosotros hacemos, lo propio sería no sólo partir el pan sino también compartirlo en ese momento y, una vez dichas las palabras sobre el cáliz, darlo también en ese momento. El relato de la Institución no está concebido como un relato litúrgico dramatizado. Está concebido para proclamar que celebramos la Eucaristía porque es el memorial del Señor» (citado por D. C. SMOLARSKI, Idem, 59).

Podría objetarse también que al realizar la fracción en ese momento, habría en la Misa dos fracciones (porque luego se hace la fracción y la inmixtión antes de la Comunión), con lo que se iría contra uno de los principios de la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II, a saber, la simplificación de los ritos, y la eliminación de toda duplicación innecesaria (Cf. Sacrosanctum Concilium, 21 y 34). Además, se elevaría la hostia consagrada para la adoración de los fieles, ya partida, lo cual corresponde hacer después, cuando se eleva la hostia antes de la Comunión (aunque muchos de los que parten la hostia antes de tiempo, la «reconstruyen» indebidamente para la ostensión antes de la Comunión, privando de sentido pleno a la misma fractio, que, entre otras cosas, representa al Cordero inmolado).

Cabría preguntarse, dado que no se trata de una dramatización o historización de la Cena del Señor, ¿por qué el sacerdote toma la hostia para consagrar?¿Por qué eleva los ojos al decir «elevando los ojos al cielo»? Y, en la Forma Extraordinaria del Rito Romano –según el Misal Romano de 1962-, ¿por qué el sacerdote bendice el pan con la señal de la cruz al decir «lo bendijo»? E incluso, entre los sirios occidentales y coptos se imita también elfregit, o sea, la fracción, partiendo la forma pero sin romperla (Cf. J. A. JUNGMANN, El sacrifico de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, 871). ¿No es esto una teatralización del relato de la Institución de la Eucaristía? ¿No parece contradecir todo lo que venimos diciendo?

La Iglesia tiene sus motivos para decidir cuáles gestos adoptar en el rito, de entre los observados por el Señor (conforme la tradición y los Evangelios), y cuáles descartar o preferir en otro momento de la celebración, como es el caso de la fractio.

Ciertamente, no es necesario que el sacerdote tome el pan con sus manos, siendo suficiente que tenga la intención de consagrarlo, como, de hecho, hacen los concelebrantes o, el mismo celebrante que preside con las demás formas que consagra. Ya hemos dicho que el «tomar» corresponde más bien al ofertorio, en el que se separa y prepara la materia para el sacrificio. Sin embargo, dado que las palabras de la consagración se aplican a la materia ya separada (tienen un orden con respecto a la materia presente), el hecho de tomar la hostia en ese momento hace más patente este concepto, desde el punto de vista del signo (ya que al decir: «esto es mi Cuerpo», el «esto» se refiere a lo que está cerca del que está hablando); pero, además, porque a la consagración sigue el rito de la ostensión de la Hostia, lo cual no podría hacerse, como es obvio, si no se tomara la misma).

Por su parte, el elevar los ojos al cielo y el dirigirse al Padre, no es cosa teatral, sino una acción cultual, e indica la idea del ofrecimiento de la materia que se va a sacrificar, y refuerza que toda la consagración y el relato de la institución forma parte de la oración que se dirige al Padre.

Para concluir, como principio, digamos que en el rito del relato de la Institución y la consagración, no se adoptan aquellas ceremonias y gestos que realizó nuestro Señor, y que no pueden imitarse manteniendo la actualidad de lo que se está haciendo. Esto sucede con el gesto de «partir» y el de «dar». Cristo dio su Cuerpo como comida, y no pan. ¿Qué orden observó Jesús en la Última Cena? ¿Qué es lo que nos mandó hacer en memoria suya? Según Santo Tomás de Aquino, «el orden tiene que haber sido así: Tomó el pan, lo bendijo diciendo: “Esto es mi Cuerpo”; después lo partió y lo dio a sus discípulos. Pero Santo Tomás aclara que “esto mismo vienen a indicar las palabras del Evangelio sin cambiarlas ya que el gerundio “diciendo” (en latín se utiliza el participio “dicens”), indica cierta concomitancia de las palabras que se pronuncian con las que anteceden. No obstante, no se debe entender sólo la concomitancia con las últimas palabras dichas, como si Cristo hubiera dicho estas palabras en el momento de dar el pan a sus discípulos, sino que deben entenderse con respecto a todo lo que precede, y el sentido sería éste: “Al bendecirlo, partirlo y darlo a sus discípulos dijo estas palabras:Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Lo mismo vale para el “diciendo” de la consagración del sanguis» (C. M. BUELA, Nuestra Misa, EDIVE, Washington-Arequipa-Dushambé-San Rafael-Segni 2002, 301-302).

Para poder observar el mismo orden de lo que hizo Jesús, en el rito de la Misa necesitamos anticipar algunas acciones (como el tomar) y posponer otras (como el partir y el dar). De paso, queda claro que la narratio institutionis o relato de la Institución se encuadra en el momento de la Misa que corresponde al «bendecir», esto es, a la consagración de las especies del pan y del vino, el momento culminante de toda la Misa, en el que el sacerdote no actúa como quien relata un hecho pasado, sino, como en realidad sucede, actualizando la transubstanciación.

P. Jon M. de Arza, IVE

velas en el altar

Sentido de las velas en el altar

Pregunta:

¿Por qué siempre hay que encender velas en el altar? ¿Qué significado tienen? Arístides.

Respuesta:

La Ordenación General del Misal Romano establece:

«117. Cúbrase el altar al menos con un mantel de color blanco. Sobre el altar, o cerca de él, colóquese en todas las celebraciones por lo menos dos candeleros, o también cuatro o seis, especialmente si se trata de una Misa dominical o festiva de precepto y, si celebra el Obispo diocesano, siete, con sus velas encendidas. Igualmente sobre el altar, o cerca del mismo, debe haber una cruz adornada con la efigie de Cristo crucificado. Los candeleros y la cruz adornada con la efigie de Cristo crucificado pueden llevarse en la procesión de entrada. Sobre el mismo altar puede ponerse el Evangeliario, libro diverso al de las otras lecturas, a no serque se lleve en la procesión de entrada».

En el Caeremoniale Episcoporum también se pide que entre las cosas a tener listas en elsecretarium (especie de aula o salón, distinto de la sacristía, desde donde se sale para la procesión de ingreso) para la Misa con el obispo, se tengan siete (o al menos dos) candeleros con los cirios encendidos (CE, n. 125). El número siete, que indica perfección, tal vez destaque la plenitud del sacerdocio de la que participa el obispo.De hecho, el origen de este uso viene de la época de la liturgia estacional, en que el Papa, obispo de Roma, era acompañado de su séquito,turnándose para ello las siete divisiones o regiones de la Urbe romana. Quienes portaban los cirios encendidos eran los acólitos.

La costumbre de los dos cirios, proviene también de la procesión en que se acompañaba al Emperador o a algún personaje importante con todos los honores, lo que luego se aplicó al Santo Padre. Más tarde,se dejaron los cirios para alumbrar el altar, porque el altar es Cristo.

Tal vez en un comienzo los cirios tenían una función más bien práctica, porque la Misa se celebraba cuando todavía no había amanecido, o bien por las vigilias, o porque se celebraba en las catacumbas.Pero este no es el motivo principal, como escribe San Jerónimo a propósito de los cirios que se encendían para leer el Evangelio: «En todas las iglesias de Oriente se encienden cirios de día cuando se lee el Evangelio, no para ver claro, sino como señal de alegría y como símbolo de la luz divina de la cual se lee en el Salmo: vuestra palabra es la luz que ilumina mis pasos».

Por su parte, el n. 307 de la misma OGMR nos da el sentido de los cirios: «Los candeleros, que en cada acción litúrgica se requieren como expresión de veneración o de celebración festiva (cf. n. 117), colóquense en la forma más conveniente, o sobre el altar o alrededor de él o cerca del mismo…».

Hoy es frecuente ver que se coloquen los cirios de un solo lado del altar, lo cual empobrece mucho su sentido. El poner los cirios a ambos lados del altar tiene una simbología importante, sacrificial, dado que evoca el sacrificio que Dios mandó realizar a Moisés y a su pueblo entre dos luces (Ex 12, 6), o también lo del profeta Malaquías, desde donde sale el sol hasta el ocaso (como rezamos en la Plegaria Eucarística III), y también el Sal 113, 3: ¡De la salida del sol hasta su ocaso, sea loado el nombre de Yahveh! 

Hermosísimas son las palabras de Romano Guardini evocando el sentido espiritual del cirio:

«Helo aquí sobre el candelero. Amplio y seguro se sienta su pie sobre el altar; el tronco se yergue robusto, macizo. El cirio estrechado en su vaina de bronce y sostenido en el disco colocado de plano se lanza hacia lo alto. Poco a poco su figura parece que rejuveneciera. Modelado con exquisita delicadeza, es no obstante macizo. Helo ahí siempre recto en el espacio, esbelto, en su pureza intacta: sin renunciar a sus colores de tonos pálidos. Por su inmaculada blancura y su forma esbelta, el cirio se distingue de todas las cosas que lo rodean. En lo más alto se cierne la llama. Y en ella el cirio transforma su carne purísima en luz cálida y luminosa. ¿No es verdad que su vista evoca en tu espíritu una idea de nobleza? ¡Mira!… Cómo se mantiene inmóvil, arrogantemente en su sitio sin titubear, todo purísimo. Todo en él nos dice: “¡Estoy dispuesto, estoy alerta!”. Y el cirio está, día y noche, allí donde debe estar: ante Dios. Nada de cuanto compone su ser escapa a su misión; nada frustra su fin: el cirio se entrega sin reserva. Está para eso: para consumirse. Y se consume cumpliendo su destino de ser luz y calor. “Pero, ¿qué sabe de todo eso el cirio -me dirás- si no tiene alma…?” Es verdad. Entonces tú debes darle una. ¡Haz del cirio el símbolo de tu propia alma!» (de Los signos sagrados).

P. Jon M. de Arza, IVE

Secuencia Pascual

La secuencia de pascua: sentados o de pie

Pregunta:

Quisiera saber si la Secuencia de Pascua se debe cantar permaneciendo sentados o de pie. Felices Pascuas y que Dios los siga bendiciendo. Alejandro.

 

Respuesta:

La respuesta a su consulta es doble, por un lado está lo que hace al origen y naturaleza de las secuencias; por otro lado, lo que prescribe la normativa vigente. Vamos por pasos.

En cuanto a lo primero, la Sequentia nace de la vocalización que se hacía sobre la última sílaba del Alleluia y que se denominaba en griego «akoluthía» o «sequentia», es decir, lo que sigue, porque «veluti sequela et appendix cantici alleluia» (como algo que sigue y un apéndice del aleluya). De este jubilus se pasó a un nuevo texto melódico, la sequentia cum prosa, que solía separarse en versos pero desiguales y sin forma rítmica, y se cantaban alternativamente por dos coros, uno de voces blancas y otro de hombres (lo cual explica que haya partes muy agudas de muy difícil ejecución para nosotros, como por ej., la parte del «mors et vita duello» de la Secuencia de Pascua, Victimae Paschali).

En el siglo XI se da lugar a una forma más independiente del Alleluia y ya como poesía rítmica. Son las secuencias que conocemos hoy, de las cuales, la más conocida es el Victimae Paschali, atribuida a Wipo de Burugundia (+ d.1048). Llegaron a componerse, hasta el s. XVI, cerca de 5000 secuencias, las cuales gozaban del favor popular, por su forma simple, silábica (es decir una nota por sílaba -distinto de los interminables jubilus melismáticos, de más difícil ejecución-) y que se prestaba al canto colectivo dentro y fuera de la iglesia (se cantaban incluso antes o después de la Misa).

Por este motivo, las Secuencias dieron un gran impulso a lo que hoy llamamos canto religioso popular, es decir los cantos populares de Misa (uno de los tres géneros de la música litúrgica, junto con la polifonía sacra y el gregoriano,que ocupa el primer lugar).

El Papa San Pío V (1570), con buen criterio, dejó solamente cuatro: Victimae Paschali (Pascua), Veni Sancte Spiritus (Pentecostés), Lauda Sion (Corpus Christi) y Dies Irae(Difuntos)agregándose tiempo más tarde, con la Memoria de Nuestra Señora de los Dolores (1727), el Stabat Mater (Benedicto XIII). Actualmente, se suprimió también elDies Irae, quedando como obligatorias sólo la de Pascua y la de Pentecostés, y las otras dos ad libitum.

Ahora bien, si la Secuencia es lo que sigue al canto del Alleluia, y éste se canta de pìe, lógicamente, también la secuencia debería cantarse de pie, aunque en la Forma Extraordinaria del Rito Romano, se canta sentados, porque el mismo Alleluia se canta en dicha postura.

Pero, ¿qué nos dicen las normas?

La Institutio Generalis Missalis Romani (Ex editione typica tertia, 2000), decía en el n. 64: «Sequentia, quae praeter quam diebus Paschae et Pentecostes, est ad libitum, cantatur post Alleluia». Cuando se editó el Misal, dos añosmás tarde, entre las variaciones que se introdujeron, se cambió el «post Alleluia» por un «ante Alleluia», de manera que ahora se canta la secuencia ‘ante Alleluia‘. El problema está en que antes era claro que alAlleluia todos debían estar de pie, con lo que la secuencia se cantaba también en esa postura, pero actualmente la IGMR no aclara nada, por lo que pareciera que se debería cantar estando sentados: «43. Los fieles están de pie desde el principio del canto de entrada, o bien, desde cuando el sacerdote se dirige al altar, hasta la colecta inclusive; al canto del Aleluya antes del Evangelio…». ¿Se trata de una laguna normativa? Tal vez; otros prefieren que, en realidad, la Secuencia es de carácter meditativo, una recreación de tipo dramático del misterio que se celebra, y como tal, debe cantarse sentados.

En conclusión, si vamos al espíritu, deberían cantarse las secuencias de pie; si estamos a las normas actuales, habría que cantarlas sentados.

P. Jon M. de Arza, IVE.

in albis

Dominica in albis

Pregunta:

¿De dónde viene el nombre de «Dominica in albis» para el segundo Domingo de Pascua? Muchas gracias y Felices Pascuas. Daniel.

 

Respuesta:
El Segundo Domingo de Pascua recibe varios nombres: de «Santo Tomás», porque se proclama el Evangelio de la incredulidad y posterior confesión del Apóstol (Jn 20, 19-31); también Domingo «de la Octava», pues en él culmina la Octava de Pascua, que es como un gran Domingo. La misma perícopa del Evangelio hace mención a la Octava, cuando dice que Jesús se volvió a aparecer a sus discípulos en el Cenáculo ocho días después del primer día de la semana (Jn 20, 26).

Se conoce también como Domingo «de la Divina Misericordia», que es el último nombre que ha recibido, al instituir el Papa Juan Pablo II la Fiesta de la Divina Misericordia, de acuerdo a las revelaciones de Nuestro Señor a la santa polaca Faustina Kowalska (1905-1938). En efecto, Jesús le pedía que se consagrase el Iº Domingo después de Pascua a la devoción de la Divina Misericordia, que actualmente (luego de la reforma litúrgica impulsada por el ConcilioVaticano II) coincide con el IIº domingo de Pascua.

El nombre de «Dominica in albis» es uno de los más antiguos. En realidad es «in albis vestibus depositis», es decir, cuando los neófitos (los que habían sido bautizados en la Vigilia Pascual), asistían dicho Domingo a la celebración de la Santa Misa, habiendo ya depuesto (en las vísperas del sábado de la Octava) sus albas o vestiduras blancas, recibidas aquella noche en que renacieron a la vida eterna y que habían vestido durante toda la Octava.

Es hermoso, como la santa Iglesia se muestra con todas las delicadezas de una Madre, pues, en la Vigilia Pascual y durante toda la Octava de Pascua, nos hace pedir en las Misas por sus nuevos hijos. Así, en la conmemoración por los vivos en la Plegaria Eucarística, el sacerdote reza: «Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus servidores y de toda tu familia santa, que hoy te ofrecemos especialmente por N. y N.(aquellos) que has hecho renacer del agua y del Espíritu Santo, perdonándoles todos sus pecados, para incorporarlos a Cristo Jesús, Señor nuestro, e inscribe sus nombres en el libro de la vida» (Plegaria Eucarística I). O también, en la Plegaria II: «Acuérdate también de nuestros hermanos (N. y N.) que hoy, por medio del Bautismo (y de la Confirmación), han entrado a formar parte de tu familia; ayúdales a seguir a Cristo, tu Hijo, con ánimo generoso y ferviente».

En fin, el IIº Domingo de Pascua, es también Domingo «de Quasimodo», ya que, como otros domingos importantes del Año Litúrgico (por ejemplo, Domingo «de Laetare» – IVº de Cuaresma), toma el nombre de las primeras palabras de la antífona del Introito (o canto de entrada). En este caso, la antífona es un texto de la 1 Pe 2, 2: Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura: Quasimodo geniti infantes, alleluia: rationabiles, sino dolo lac concupiscite, alleluia,alleluia, alleluia.

Se puede escuchar una versión aquí: http://www.youtube.com/watch?v=ZDH4SYGN6Gg

P. Jon M. de Arza, IVE.

Datación de la Pascua

Pregunta:

Me gustaría saber: ¿por qué cambia todos los años la fecha de la Pascua? ¿Cómo se sabe con anticipación? Dios lo bendiga. Sergio.

 

Respuesta:

             Parece contradictorio, como señala el P. Raniero Cantalamessa[1], -y es un hecho lamentable-que, este tema de la fijación de la fecha de la Pascua, haya sido motivo de una de las primeras controversias que amenazaron la unidad de los cristianos.

             Las iglesias del Asia Menor, celebraban la Pascua el 14 del mes de Nisán (mes perteneciente al calendario lunar babilónico, y que se extiende, más o menos, entre el 15 de marzo y el 15 de abril[2]), de aquí que se las denominara «Quartodecimantes». Esta tradición, que se remonta al mismo apóstol San Juan, guarda continuidad con el Antiguo Testamento o Pascua judía (pues el 14 de Nisán, los judíos debían inmolar los corderos[3]), y está en correspondencia histórica con la Muerte de Cristo, presenciada por el mismo Apóstol, que veía en la Pasión y en la Cruz de Jesús, una victoria, una glorificación, un «paso» de Jesús de  este mundo al Padre: Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna (Jn 3, 14-15)«Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy» (Jn 8, 28); «Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32).

             Las otras iglesias, en cambio, seguían la práctica romana, que entronca con los Apóstoles Pedro y Pablo, celebrando la Pascua el domingo siguiente al 14 de Nisán, en correspondencia histórica con la Resurrección de Cristo, de la cual estos Apóstoles fueron testigos privilegiados. Esta tradición se presentaba como una novedad, como una ruptura con respecto al Antiguo Testamento, y, sin oponerse teológicamente con la tradición joánica, subraya más el punto de llegada de la Pascua de Cristo, en su «paso» de la muerte a la vida.

            En su Historia Eclesiástica,  San Eusebio de Cesarea (autor del s. IV), da cuenta de la controversia que se suscitó hacia fines del s. II, entre los sostenedores de ambas tradiciones. De la parte romana, el Papa Víctor I (193-203) amenazó con excomulgar a los «quartodecimantes», cuyo vocero principal era el obispo de Éfeso Polícrates.

             En defensa de estos últimos, -aunque practicando la tradición romana- se alzó el obispo de Lyon, San Ireneo (130-202), que procedía del Asia Menor, habiendo sido discípulo del obispo San Policarpo de Esmirna (70-155), que, a su vez se remonta a San Juan Apóstol. San Ireneo recordó al Pontífice que unos cuarenta años antes, Policarpo había acordado con el Papa Aniceto (155-166), que cada uno celebraría la Pascua según su propia tradición, ya que ambas son de matriz apostólica. Felizmente, al parecer, el Papa Víctor no hizo efectivas las excomuniones, al menos no constan en ningún documento, ni las menciona Eusebio.

             Dado que parecía más conveniente que en toda la Iglesia se celebrase «a una voz» el misterio más importante de nuestra salvación, la cuestión fue saldada por elConcilio de Nicea (325), aunque según parece, en la época del Concilio, las aguas ya se habían apaciguado, y la práctica «quartodecimana» había prácticamente desaparecido.

             El Decreto Pascual del Concilio de Nicea estableció que la Pascua habría de celebrarse el domingo siguiente al primer plenilunio del equinoccio de primavera(en el hemisferio norte), lo cual no siempre acontece el 14 de Nisán, que es un día fijo en el mes, sino que puede oscilar entre el 22 de marzo y el 25 de abril. El equinoccio es el instante en el que el Sol, moviéndose sobre la eclíptica coincide exactamente con la línea del Ecuador[4].

            Sin embargo, debemos agregar a esto el problema de los calendarios. La tradición occidental se regirá por el nuevo y más preciso calendario llamado «gregoriano». En tiempos del Papa Gregorio XIII (1582) el cómputo juliano había producido ya un desajuste de 10 días entre el calendario y el tiempo real. Para solucionarlo, el Papa mandó eliminar esos días y pasar del 4 al 15 de octubre de 1582 (memoria de Santa Teresa de Jesús) y determinó que los años del comienzo de siglo no fuesen bisiestos, a no ser que fuesen múltiplo de cuatro. El Patriarca Jeremías II de Constantinopla no aceptó dicho calendario, por lo que los ortodoxos (y los católicos de ritos orientales) continuaron regulándose por el antiguo calendario«juliano».

            El problema, más allá de los calendarios, era cómo calcular el equinoccio de primavera. En este oficio, la iglesia de Alejandría, por sus conocimiento astronómicos, pronto aventajó a las otras, incluida Roma, que terminó guiándose por los cálculos alejandrinos, haciéndose célebre –hacia fines del s. III, sobre todo con San Atanasio- el género epistolar de las Lettere Festali mediante las cuales, el obispo de Alejandría anunciaba cada año a la Sede Romana las próximas fiestas de Pascua, y ésta hacía extensivo dicho anuncio a todo el orbe cristiano.

             Normalmente, esto tenía lugar en la Solemnidad de la Epifanía del Señor (6 de enero), después de cantado el Evangelio, con una melodía sustancialmente idéntica a la del Pregón Pascual (Esxultet)[5], como se canta hasta nuestros días. En efecto, en dicha fiesta, se realiza cada año, el solemne anuncio de la Pascua y de las fiestas movibles que de ella dependen. Así, por ejemplo, el próximo año 2011, se indicará que la Pascua ha de celebrarse el día 24 de abril, y en el año 2039, si Dios quiere, el domingo siguiente al primer plenilunio del equinoccio de primavera, caerá el 10 de abril.

P. Jon M. de Arza, IVE.

 

[1] Para este tema se puede consultar: R. CANTALAMESSA, La Pasqua della nostra salvezza. Le tradizioni pasquali della Bibbia e della Chiesa primitiva, Marietti 1820, Genova-Milano 22007, 116-137. También puede verse, T. J. TALLEY, The origins of the Liturgical Year, Pueblo, Collegeville, Minnesota 1991, 18-26.

[2] Cf. M. DE TUYA – J. SALGUERO, Introducción a la Biblia, II, BAC, Madrid 1967, 515.

[3] Ex 12, 6: 6 Lo guardaréis hasta el día catorce de este mes; y toda la asamblea de la comunidad de los israelitas lo inmolará  entre dos luces.

[4] La palabra equinoccio proviene del latín aequinoctĭum y significa “noche igual”. El equinoccio es el momento del año en que los días tienen una duración igual a las noches en todos los lugares de la Tierra, lo cual ocurre dos veces por año, cuando los dos polos de la Tierra se encuentran a igual distancia del sol, cayendo la luz solar por igual en ambos hemisferios.

[5] Cf. M. RIGHETTI, Storia Liturgica, II, ed. Anastatica, Àncora, Milano 2005, 109-111.