¿Es posible hacer que una persona ya no sea más padrino de bautismo?

Pregunta:

Estimado Padre: Quisiera preguntarle si la Iglesia puede autorizar la desvinculación de un padrino/madrina de bautismo por conductas contrarias a sus responsabilidades como tal. 

 

Respuesta:

Estimado:

El Can. 872, del Código de Derecho Canónico, dice: «En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo». Si el padrino no cumple dichas obligaciones, no puede ser desvinculado.

Antiguamente, en el Código de 1917 el ser padrino o madrina de una persona era un impedimento para contraer matrimonio con la misma, dado que el padrinazgo-madrinazgo crea un parentesco religioso. Los padrinos hacen las veces de los padres, ayudan a la formación (iniciación) cristiana del ahijado, y lo presentan juntamente con los padres para su nacimiento espiritual por el sacramento.

Este es el motivo por el que no se puede desvincular del ahijado, una vez que contrajo su compromiso en el Bautismo. No cabe aquí, la analogía (y en sentido muy amplio) con la quita de la patria potestad que tipifica el derecho civil para los casos extremos en que los padres no cumplen adecuadamente con sus obligaciones de paternidad.

Por eso es tan importante la elección del padrino, sobre todo en función de sus cualidades morales y su compromiso de vida según la fe católica. Muchas veces sucede que, aún eligiendo bien, las personas cambian, pero esto no está en nuestras manos. Lo que siempre debemos hacer es rezar por nuestros padrinos, porque Dios también tiene dispuesto que por los ahijados, cambien de vida los padrinos, así como por los hijos, los padres descarriados.

P. Jon M. de Arza, IVE

guitarra

¿Hay algún documento sobre el uso de guitarras y aplausos en la Misa?

Pregunta:

Me gustaría saber si hay un documento que haga mención al uso de la guitarra dentro de la Misa y también sobre los aplausos.

Respuesta:

Para entrar en el tema del uso de los instrumentos en la liturgia, y en particular de la guitarra, no estaría de más recordar, como enseña el Card. Ratzinger, que «la liturgia cristiana se define por su relación con el Logos» (seguimos libremente, J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia. Una introducción, ed. Cristiandad, Madrid 2001, 171-179). Esto, en un triple sentido:

  1. En la música litúrgica, basada en la fe bíblica, hay una «clara primacía de la palabra». De aquí se sigue «el predominio del canto sobre la música instrumental (que de ningún modo ha de ser excluida)».
  2. El canto logra superar las palabras, que muchas veces no alcanzan para expresar la inefabilidad del misterio, pero no supera la Palabra (el Logos), por lo que se hace necesaria la música. Ahora bien, «la liturgia cristiana no está abierta a cualquier tipo de música». Una música que «arrastra al hombre a la ebriedad de los sentidos, pisotea la racionalidad y somete el espíritu a los sentidos», no eleva al hombre. Por eso la música litúrgica debe ser tal que, superando la sensualidad, eleve el corazón (sursum corda, “levantemos el corazón”).
  3. «La música humana es tanto más bella cuanto más se adapte a las leyes musicales del universo». La liturgia debe ser cósmica, es decir, abierta al canto de los ángeles «que rodean a Dios e iluminan el universo». «Nosotros, al celebrar la Santa Misa, nos incorporamos a esta liturgia que siempre nos precede. Nuestro canto es participación del canto y la oración de la gran liturgia que abarca toda la creación». Por tanto, en la liturgia, los cantos deberían ser tales que se puedan cantar en presencia de los ángeles. Los instrumentos son el coro de las criaturas que acompañan la voz del hombre en la alabanza divina.

Pues bien, sobre estos principios, reformulamos la pregunta: ¿puede utilizarse la guitarra en la liturgia? Creemos que no puede excluirse de plano, sino que su aceptación dependerá del tipo de música que se sirva de ella, y de su modo de ejecución.

En la música litúrgica judía, se utilizaban instrumentos de cuerda para «acompañar» (y subrayamos este verbo, «acompañar») el canto de los salmos. De hecho, «psalterio», viene del griego, «psallein» (traducción del hebreo «zamir», que significa «pulsar» (una cuerda) o «puntear», y salmodiar es cantar con acompañamiento de una cítara o un arpa, o un instrumento afín. De aquí se puede colegir la exclusión de la guitarra «rasgueada», que privilegia el ritmo, y se pone sobre la palabra y al nivel de los sentidos. En efecto, la guitarra así tocada, resuena en el corazón, pero no lo eleva.

Los Papas siempre se han preocupado de corregir los abusos en materia de música litúrgica, sobre todo para que la liturgia no se confunda con una teatralización de tipo operístico. Así, por ejemplo, Benedicto XIV, en la Encíclica Annus Qui, de 1749, delimitó el uso de los instrumentos musicales, admitiendo: «…el órgano, también violones, violoncelos, fagotes, violas y violines» y excluyendo «los timbales, los coros de caza, las trompetas, los oboes, las flautas, los flautines, los salterios modernos, las mandolinas e instrumentos similares, que sólo sirven para hacer la música más teatral». Aquí se circunscriben las guitarras. Sin embargo, la preocupación estaba dirigida no tanto a ciertos instrumentos sino a aquellos que representaban este tipo de música. «De forma semejante, Pío X intentó, entonces, alejar la música operística de la liturgia, declarando el canto gregoriano y la gran polifonía de la época de la renovación católica (con Palestrina como figura simbólica destacada) como criterio de la música litúrgica. Así, la música litúrgica se ha de distinguir claramente de la música religiosa en general…» (J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia…, 169).

Si tenemos en cuenta el uso actual de la guitarra, esto es, para el folclore o canto popular, el canto melódico, incluso, el rock (con la guitarra eléctrica), no parece que sea un instrumento adecuado para la liturgia, pero si se toca con arte y punteando, de manera que sirva de acompañamiento, creemos que podría usarse, como pueden usarse la cítara y el arpa. El problema, de todos modos, estaría en ¿para qué tipo de música que sea apta para la liturgia, puede ser utilizada la guitarra como instrumento de acompañamiento? ¿Y a qué textos velará con su sonido?

Tal vez su uso litúrgico, pues, se vea reducido al acompañamiento de los salmos en la liturgia de las horas, a modo de cítara o arpa. Esto no obsta a que se use este hermoso instrumento para otro tipo de cantos religiosos, pero extra-litúrgicos, así como por ejemplo, en algún tipo de reuniones y jornadas.

La Constitución sobre la Liturgia, Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II, establece: «Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales.

En el culto divino se pueden admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, a tenor del artículo 22, Par. 2, 37 y 40, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (n. 120).

En cuanto a los aplausos en la liturgia, digamos, ante todo, que se oponen al decoro y la belleza propios de la liturgia. Se trata del culto de la Esposa de Cristo, en el que deben resplandecer el orden, la mesura, y las manifestaciones contenidas.

Hay manifestaciones artísticas que se introducen en la liturgia para hacerla más atractiva, como por ejemplo la inclusión de una danza antes del Evangelio, que generalmente terminan en aplausos espontáneos por parte de los fieles, «lo cual está justificado, -dice el Card. Ratzinger, si se tiene en cuenta, propiamente hablando, su talento artístico». Pero, -concluye el actual Pontífice-, «cuando se aplaude por la obra humana dentro de la liturgia, nos encontramos ante un signo claro de que se ha perdido totalmente la esencia de la liturgia…» (El espíritu de la liturgia. Una introducción, ed. Cristiandad, Madrid 2001, 223).

Cuando se aplaude, ¿a quién se aplaude? Si se aplaude a una persona por un discurso, o porque ha hecho sus votos religiosos, o se ha casado, o porque ha cantado muy bien, etc, estamos ante una desnaturalización de la liturgia, que es el culto que se tributa a Dios y no al hombre, aunque sea porque se quiera alabar en el hombre, las “maravillas” de Dios.
Por el contrario, si es a Dios a quien se aplaude, entonces hay que decir que la liturgia tiene sus modos de alabar a Dios y de expresar el júbilo, y es mediante las aclamaciones, esto es, el canto del Aleluya, del Amen, del Deo gratias, etc. Los aplausos están muy ligados al uso profano. Pongamos un ejemplo. Así como en la liturgia hay modos propios de saludar y no cabe un cotidiano y vulgar “¡Buenos días!”, sino un bíblico (aunque no menos sencillo), “¡El Señor esté con vosotros!”, acompañado de un extender y juntar los brazos por parte del que saluda (como un modo estilizado y litúrgico del abrazo humano), así tampoco caben los aplausos en señal de aprobación o confirmación, o bien como expresión de júbilo, pues estos sentimientos del alma tienen su modo estilizado en las aclamaciones.

P. Jon M. de Arza, IVE

ayuno comunión

¿Por qué tenemos que hacer una hora de ayuno antes de comulgar?

Pregunta:

Le escribo para saber por qué tenemos que hacer una hora de ayuno antes de comulgar. ¿Dónde está fundamentado esto?

 

Respuesta:

Desde los comienzos, la Iglesia consideró conveniente separar el ágape de la Eucaristía. El que nacieran juntos se debe a que el Señor instituyó la Eucaristía en el marco del ágape de la Pascua judía en la Última Cena, para señalar el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, por lo que para realizar mejor el mandato de perpetuar el memorial del Sacrificio de Cristo, pronto se produjo la separación, dándose lugar al “ayuno eucarístico” (Cf. PÍO XII, Constitución Apostólica Christus Dominus, del 6 de enero de 1953).

El primer testimonio de esta práctica lo tenemos en Tertuliano, que pregunta a la esposa cristiana de un pagano, en relación a la Eucaristía: «¿No sabrá tu marido de qué te alimentas secretamente, antes de comer cualquier otro alimento?» (Ad Uxorem, II, 5, 2); y la Traditio Apostolica (atribuida a Hipólito de Roma, 215), sentencia: «Cada fiel antes de tomar alimento se apresure a recibir la Eucaristía» (n. 36). Algunos interpretan este texto en el sentido de que la Eucaristía se tomaba como una protección contra veneno, como una especie de praegustatio. De hecho, dice el sacerdote secretamente, antes de comulgar, que la comunión le «aproveche para defensa de alma y cuerpo…» (Cf. J. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, 1074, nota 34).

En el año 393 el Concilio de Hipona decretó (y cuatro años más tarde, confirmó el III Concilio de Cartago): «El Sacramento del Altar no sea celebrado sino por personas que estén en ayunas», de manera que San Agustín pudo afirmar hacia el 400: «La Santísima Eucaristía es recibida siempre por personas en ayunas, y tal uso es universal» (Ep. 54 ad Ian., 6, CSEL 34, 166s).

El Motu Proprio Sacram Communionem (19/03/1957), durante el Pontificado de Pío XII, extendió la reducción del ayuno (prescrita ya por la Christus Dominus para las misas vespertinas), a tres horas para los alimentos sólidos y una hora para las bebidas no alcohólicas para cualquier horario de misas, aunque alentó a que se continuara con la antigua práctica del ayuno desde la medianoche.

Actualmente, la disposición sobre el ayuno está prescrita en el Código de Derecho Canónico, Can. 919:

«§ 1. Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas.

§ 2. El sacerdote que celebra la santísima Eucaristía dos o tres veces el mismo día, puede tomar algo antes de la segunda o tercera Misa, aunque no medie el tiempo de una hora.

§ 3. Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior».

Por su parte, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1387: «Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia. Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped».

En cuanto a las razones del ayuno eucarístico, Santo Tomás de Aquino afirma en la Suma Teológica (III Parte, cuestión 80, art. 8):

« La Iglesia prohíbe recibir este sacramento después de haber comido o bebido por tres razones.

Primera, por respeto a este sacramento, según dice San Agustín, para que entre en la boca del hombre antes que ésta se contamine con la comida o la bebida.

Segunda, por su significado, dando a entender que Cristo, que es la realidad contenida en este sacramento, y su caridad deben fundamentarse en primer lugar en nuestros corazones, según aquello de Mt 6, 33: Buscad ante todo el reino de Dios.

Tercera, para evitar el peligro del vómito y de la embriaguez, cosas que a veces suceden por no comer los hombres con moderación, según la observación del Apóstol en 1 Cor 11, 21: Mientras que uno pasa hambre, el otro se emborracha.

Quedan exceptuados, sin embargo, de esta regla general los enfermos, a los que se ha de dar la comunión seguidamente, incluso después de la comida, cuando su vida corre peligro, para que no mueran sin la comunión, porque la necesidad no tiene leyes. De ahí que se diga en De Consecr. dist.II: Que el presbítero dé la comunión seguidamente al enfermo, para que no muera sin comulgar».

La Comunión, en efecto, es el sacramento de los moribundos, de los que parten de este mundo (exeuntes) a la Patria celestial; es el viático que los fortalecerá y custodiará hasta entrar en la vida eterna.

P. Jon M. de Arza, IVE

elevar las manos

¿Pueden los fieles elevar las manos en el momento de la consagración?

Pregunta:

Vemos con desconcierto, que nos sentimos como obligados a realizar actos o gestos que nos han enseñado, que son propios de los sacerdotes, por ej: elevar las manos en el momento de la consagración acompañando en las mismas palabras, diciéndonos que nosotros también somos bautizados y podemos hacerlo, ¿eso es correcto? porque sí entiendo el ejercicio del sacerdocio real pero creo que son dos cosas diferentes o ¿aprendí mal?

Respuesta:

La Institutio Generalis Missalis Romani dice que la naturaleza del sacerdocio ministerial se destaca por el lugar preeminente que ocupa el sacerdote (presbiterio, sede) y por la misma forma del rito, en la que entran, ciertamente, los gestos (cf. IGMR, 4). El que los fieles eleven las manos como el sacerdote durante la plegaria eucarística es una suerte de «clericalización» contra la que se pronuncia la Instrucción Redemptionis Sacramentum (n. 45). Además, se dice expresamente:

«52. La proclamación de la Plegaria Eucarística, que por su misma naturaleza es como la cumbre de toda la celebración, es propia del sacerdote, en virtud de su misma ordenación. Por tanto, es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística, por lo tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote». Es cierto que aquí, la misma Instrucción se refiere al pronunciamiento del texto, pero el gesto de elevar las manos al orar le es indisoluble. En este momento de la Misa, el sacerdote eleva las manos y las extiende como Cristo en la cruz.

Los fieles participan en el modo que les es prescrito:

«54. Sin embargo, el pueblo participa siempre activamente y nunca de forma puramente pasiva: “se asocia al sacerdote en la fe y con el silencio, también con las intervenciones indicadas en el curso de la Plegaria Eucarística, que son: las respuestas en el diálogo del Prefacio, el Santo, la aclamación después de la consagración y la aclamación «Amén», después de la doxología final, así como otras aclamaciones aprobadas por la Conferencia de Obispos y confirmadas por la Santa Sede”». Como se ve, en ninguna parte se dice que eleven las manos juntamente con el sacerdote.

Hay que decir que la pretensión de que todos realicen el mismo gesto junto con el sacerdote, tiene un fundamento en la historia del culto cristiano. Antiguamente, rezaban así los cristianos, siguiendo la práctica judía y la “pietas” de los paganos, cuya  gala hacen profusamente los antiguos frescos y sarcófagos con la figura del «Orante», que luego fue tomado por el arte paleocristiano. Es famoso el «Orante» de la Catacumba de San Calixto (finales del s. II) en Roma.

El Caeremoniale Episcoporum, por su parte, recoge esta tradición para atribuirla al obispo y a los presbíteros:

«104. Es costumbre en la Iglesia que el Obispo o el presbítero dirija a Dios las oraciones estando de pie y teniendo las manos un poco alzadas y extendidas. Este uso en la oración está ya atestiguado en la tradición del Antiguo (Cf. Es 9, 29; Sal 27, 2; 62, 5; 133, 2; Is 1, 15.) y ha sido recibido por los cristianos en recuerdo de la Pasión del Señor. “Pero nosotros, no solamente alzamos las manos, sino también las extendemos y, según la regla de la pasión del Señor, también con la oración hacemos nuestra profesión a Cristo” (Tertuliano, De oratione, 14: CCL 1, 265; PL 1, 1273)».

Otro tanto decía San Máximo de Turín (+465): «El hombre no tiene más que alzar las manos para hacer de su cuerpo la figura de la Cruz; he aquí por qué se nos enseña extender los brazos cuando oramos, para proclamar con este gesto la Pasión del Señor» (Hom. II de Cruce Domini, PL 57, 342).

Además, se sabe que cuando el sacerdote invitaba a los fieles a levantar el corazón («¡sursum corda!»), éstos se ponían de pie, miraban hacia lo alto del ábside y alzaban también las manos como signo de la dirección de su oración hacia oriente y hacia lo alto (Cf. U. M. LANG, Volverse hacia el Señor, Ed. Cristiandad, Madrid 2007, 87).

Con el tiempo, se vio que convenía dejar este gesto para el sacerdote, para las oraciones estrictamente sacerdotales. Así, llega a decir Mons. Righetti: «La posición erguida e la oración, si para los fieles era una práctica vivamente inculcada, para el sacerdote fue siempre considerada como una regla precisa cuando cumple los actos de culto, es decir, en las funciones de mediador entre Dios y los hombres» (M. RIGHETTI, Storia Liturgica, I, Ancora, Milano 2005, 2ª ed. Anastática, 375).

Este principio se aplica sin excepción para la Plegaria Eucarística. Distinto es el caso delPater Noster. En efecto, en la segunda edición del Misal italiano (1983) se dice expresamente de todos los fieles: “durante el canto o la recitación del Padrenuestro, se pueden tener los brazos extendidos; este gesto, oportunamente explicado, se haga con dignidad en clima fraterno de oración”. El Caeremoniale Episcoporum (1984), sin embargo, ratifica la exclusividad de este gesto para el sacerdote, al establecer que:

«159. Terminada la doxología de la plegaria eucarística, el obispo, con las manos juntas, dice la monición antes del Padre nuestro, que después todos cantan o dicen; el obispo y los concelebrantes tienen las manos extendidas». La distinción entre el sacerdocio ministerial y el bautismal aparece más clara. Así, pues, el sentido es que el sacerdote alza las manos, como Cristo en la Cruz, y el pueblo fiel participa de pie, como la Virgen María, al pie de la Cruz.

P. Jon M. de Arza, IVE

comulgar

¿Cuál debe ser la postura de los fieles luego de comulgar?

Pregunta:

Luego de comulgar, ¿qué es lo correcto, sentarse, quedarse parado o comulgar y sentarse porque ya se ha recibido a Jesús Eucaristía? Agradezco su tiempo y muchas gracias, lo saludo en el amor de Jesús y María.

Respuesta:

Sobre la postura de los fieles después de la Comunión, hay que decir que, según la IGMR, los fieles «estarán sentados (…) también, según la oportunidad, a lo largo del sagrado silencio que se observa después de la Comunión» (n. 43).

Se dice “después de la Comunión”, no durante la misma. ¿Cuándo termina la Comunión? Con el último que comulga, no con « mi » comunión. La Comunión puede recibirse de rodillas o de pie (haciendo antes la reverencia profunda, cf. IGMR, 160), y se permanece de pie siguiendo el mismo criterio que para la procesión de ofertorio, y, su respectivo canto (“el canto se prolonga mientras se administra el Sacramento a los fieles”, cf. IGMR, 86). Hay que tener en cuenta que hay una procesión de Comunión (y la misma procesión es un “gesto litúrgico”, cf. IGMR, 44 y es importante mantener la unidad de los fieles en este gesto), la cual se prolonga hasta tanto no termine de comulgar el último fiel. Se supone que durante ese lapso de tiempo, yo debo cantar el canto de Comunión, y no ponerme a rezar individualmente y de rodillas. Por eso, normalmente se está de pie hasta que se reserve el Santísimo Sacramento, dado el caso, luego de lo cual, o nos sentamos o nos arrodillamos para adorar a Cristo en el silencio de nuestro corazón. Y sería de desear que dicho silencio no fuera entorpecido con algún canto inoportuno.

¿Por qué “según la oportunidad”? La Conferencia Episcopal Italiana, por ejemplo, dice que se puede estar de rodillas o sentado después de hecha la Comunión hasta la oración después de la Comunión, y que se debe estar de pie hasta la Comunión inclusive. Entonces, luego de la misma, « pro opportunitate » (si cabe), los fieles se pueden sentar (si no prefieren estar arrodillados, o si no hay asientos, etc). Es lo que de hecho, realiza el sacerdote, que luego de distribuir la Comunión y de purificar los vasos sagrados, se sienta.

P. Jon M. de Arza, IVE