ayuno comunión

¿Por qué tenemos que hacer una hora de ayuno antes de comulgar?

Pregunta:

Le escribo para saber por qué tenemos que hacer una hora de ayuno antes de comulgar. ¿Dónde está fundamentado esto?

 

Respuesta:

Desde los comienzos, la Iglesia consideró conveniente separar el ágape de la Eucaristía. El que nacieran juntos se debe a que el Señor instituyó la Eucaristía en el marco del ágape de la Pascua judía en la Última Cena, para señalar el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, por lo que para realizar mejor el mandato de perpetuar el memorial del Sacrificio de Cristo, pronto se produjo la separación, dándose lugar al “ayuno eucarístico” (Cf. PÍO XII, Constitución Apostólica Christus Dominus, del 6 de enero de 1953).

El primer testimonio de esta práctica lo tenemos en Tertuliano, que pregunta a la esposa cristiana de un pagano, en relación a la Eucaristía: «¿No sabrá tu marido de qué te alimentas secretamente, antes de comer cualquier otro alimento?» (Ad Uxorem, II, 5, 2); y la Traditio Apostolica (atribuida a Hipólito de Roma, 215), sentencia: «Cada fiel antes de tomar alimento se apresure a recibir la Eucaristía» (n. 36). Algunos interpretan este texto en el sentido de que la Eucaristía se tomaba como una protección contra veneno, como una especie de praegustatio. De hecho, dice el sacerdote secretamente, antes de comulgar, que la comunión le «aproveche para defensa de alma y cuerpo…» (Cf. J. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, 1074, nota 34).

En el año 393 el Concilio de Hipona decretó (y cuatro años más tarde, confirmó el III Concilio de Cartago): «El Sacramento del Altar no sea celebrado sino por personas que estén en ayunas», de manera que San Agustín pudo afirmar hacia el 400: «La Santísima Eucaristía es recibida siempre por personas en ayunas, y tal uso es universal» (Ep. 54 ad Ian., 6, CSEL 34, 166s).

El Motu Proprio Sacram Communionem (19/03/1957), durante el Pontificado de Pío XII, extendió la reducción del ayuno (prescrita ya por la Christus Dominus para las misas vespertinas), a tres horas para los alimentos sólidos y una hora para las bebidas no alcohólicas para cualquier horario de misas, aunque alentó a que se continuara con la antigua práctica del ayuno desde la medianoche.

Actualmente, la disposición sobre el ayuno está prescrita en el Código de Derecho Canónico, Can. 919:

«§ 1. Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas.

§ 2. El sacerdote que celebra la santísima Eucaristía dos o tres veces el mismo día, puede tomar algo antes de la segunda o tercera Misa, aunque no medie el tiempo de una hora.

§ 3. Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior».

Por su parte, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1387: «Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia. Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped».

En cuanto a las razones del ayuno eucarístico, Santo Tomás de Aquino afirma en la Suma Teológica (III Parte, cuestión 80, art. 8):

« La Iglesia prohíbe recibir este sacramento después de haber comido o bebido por tres razones.

Primera, por respeto a este sacramento, según dice San Agustín, para que entre en la boca del hombre antes que ésta se contamine con la comida o la bebida.

Segunda, por su significado, dando a entender que Cristo, que es la realidad contenida en este sacramento, y su caridad deben fundamentarse en primer lugar en nuestros corazones, según aquello de Mt 6, 33: Buscad ante todo el reino de Dios.

Tercera, para evitar el peligro del vómito y de la embriaguez, cosas que a veces suceden por no comer los hombres con moderación, según la observación del Apóstol en 1 Cor 11, 21: Mientras que uno pasa hambre, el otro se emborracha.

Quedan exceptuados, sin embargo, de esta regla general los enfermos, a los que se ha de dar la comunión seguidamente, incluso después de la comida, cuando su vida corre peligro, para que no mueran sin la comunión, porque la necesidad no tiene leyes. De ahí que se diga en De Consecr. dist.II: Que el presbítero dé la comunión seguidamente al enfermo, para que no muera sin comulgar».

La Comunión, en efecto, es el sacramento de los moribundos, de los que parten de este mundo (exeuntes) a la Patria celestial; es el viático que los fortalecerá y custodiará hasta entrar en la vida eterna.

P. Jon M. de Arza, IVE

elevar las manos

¿Pueden los fieles elevar las manos en el momento de la consagración?

Pregunta:

Vemos con desconcierto, que nos sentimos como obligados a realizar actos o gestos que nos han enseñado, que son propios de los sacerdotes, por ej: elevar las manos en el momento de la consagración acompañando en las mismas palabras, diciéndonos que nosotros también somos bautizados y podemos hacerlo, ¿eso es correcto? porque sí entiendo el ejercicio del sacerdocio real pero creo que son dos cosas diferentes o ¿aprendí mal?

Respuesta:

La Institutio Generalis Missalis Romani dice que la naturaleza del sacerdocio ministerial se destaca por el lugar preeminente que ocupa el sacerdote (presbiterio, sede) y por la misma forma del rito, en la que entran, ciertamente, los gestos (cf. IGMR, 4). El que los fieles eleven las manos como el sacerdote durante la plegaria eucarística es una suerte de «clericalización» contra la que se pronuncia la Instrucción Redemptionis Sacramentum (n. 45). Además, se dice expresamente:

«52. La proclamación de la Plegaria Eucarística, que por su misma naturaleza es como la cumbre de toda la celebración, es propia del sacerdote, en virtud de su misma ordenación. Por tanto, es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística, por lo tanto, debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote». Es cierto que aquí, la misma Instrucción se refiere al pronunciamiento del texto, pero el gesto de elevar las manos al orar le es indisoluble. En este momento de la Misa, el sacerdote eleva las manos y las extiende como Cristo en la cruz.

Los fieles participan en el modo que les es prescrito:

«54. Sin embargo, el pueblo participa siempre activamente y nunca de forma puramente pasiva: “se asocia al sacerdote en la fe y con el silencio, también con las intervenciones indicadas en el curso de la Plegaria Eucarística, que son: las respuestas en el diálogo del Prefacio, el Santo, la aclamación después de la consagración y la aclamación «Amén», después de la doxología final, así como otras aclamaciones aprobadas por la Conferencia de Obispos y confirmadas por la Santa Sede”». Como se ve, en ninguna parte se dice que eleven las manos juntamente con el sacerdote.

Hay que decir que la pretensión de que todos realicen el mismo gesto junto con el sacerdote, tiene un fundamento en la historia del culto cristiano. Antiguamente, rezaban así los cristianos, siguiendo la práctica judía y la “pietas” de los paganos, cuya  gala hacen profusamente los antiguos frescos y sarcófagos con la figura del «Orante», que luego fue tomado por el arte paleocristiano. Es famoso el «Orante» de la Catacumba de San Calixto (finales del s. II) en Roma.

El Caeremoniale Episcoporum, por su parte, recoge esta tradición para atribuirla al obispo y a los presbíteros:

«104. Es costumbre en la Iglesia que el Obispo o el presbítero dirija a Dios las oraciones estando de pie y teniendo las manos un poco alzadas y extendidas. Este uso en la oración está ya atestiguado en la tradición del Antiguo (Cf. Es 9, 29; Sal 27, 2; 62, 5; 133, 2; Is 1, 15.) y ha sido recibido por los cristianos en recuerdo de la Pasión del Señor. “Pero nosotros, no solamente alzamos las manos, sino también las extendemos y, según la regla de la pasión del Señor, también con la oración hacemos nuestra profesión a Cristo” (Tertuliano, De oratione, 14: CCL 1, 265; PL 1, 1273)».

Otro tanto decía San Máximo de Turín (+465): «El hombre no tiene más que alzar las manos para hacer de su cuerpo la figura de la Cruz; he aquí por qué se nos enseña extender los brazos cuando oramos, para proclamar con este gesto la Pasión del Señor» (Hom. II de Cruce Domini, PL 57, 342).

Además, se sabe que cuando el sacerdote invitaba a los fieles a levantar el corazón («¡sursum corda!»), éstos se ponían de pie, miraban hacia lo alto del ábside y alzaban también las manos como signo de la dirección de su oración hacia oriente y hacia lo alto (Cf. U. M. LANG, Volverse hacia el Señor, Ed. Cristiandad, Madrid 2007, 87).

Con el tiempo, se vio que convenía dejar este gesto para el sacerdote, para las oraciones estrictamente sacerdotales. Así, llega a decir Mons. Righetti: «La posición erguida e la oración, si para los fieles era una práctica vivamente inculcada, para el sacerdote fue siempre considerada como una regla precisa cuando cumple los actos de culto, es decir, en las funciones de mediador entre Dios y los hombres» (M. RIGHETTI, Storia Liturgica, I, Ancora, Milano 2005, 2ª ed. Anastática, 375).

Este principio se aplica sin excepción para la Plegaria Eucarística. Distinto es el caso delPater Noster. En efecto, en la segunda edición del Misal italiano (1983) se dice expresamente de todos los fieles: “durante el canto o la recitación del Padrenuestro, se pueden tener los brazos extendidos; este gesto, oportunamente explicado, se haga con dignidad en clima fraterno de oración”. El Caeremoniale Episcoporum (1984), sin embargo, ratifica la exclusividad de este gesto para el sacerdote, al establecer que:

«159. Terminada la doxología de la plegaria eucarística, el obispo, con las manos juntas, dice la monición antes del Padre nuestro, que después todos cantan o dicen; el obispo y los concelebrantes tienen las manos extendidas». La distinción entre el sacerdocio ministerial y el bautismal aparece más clara. Así, pues, el sentido es que el sacerdote alza las manos, como Cristo en la Cruz, y el pueblo fiel participa de pie, como la Virgen María, al pie de la Cruz.

P. Jon M. de Arza, IVE

comulgar

¿Cuál debe ser la postura de los fieles luego de comulgar?

Pregunta:

Luego de comulgar, ¿qué es lo correcto, sentarse, quedarse parado o comulgar y sentarse porque ya se ha recibido a Jesús Eucaristía? Agradezco su tiempo y muchas gracias, lo saludo en el amor de Jesús y María.

Respuesta:

Sobre la postura de los fieles después de la Comunión, hay que decir que, según la IGMR, los fieles «estarán sentados (…) también, según la oportunidad, a lo largo del sagrado silencio que se observa después de la Comunión» (n. 43).

Se dice “después de la Comunión”, no durante la misma. ¿Cuándo termina la Comunión? Con el último que comulga, no con « mi » comunión. La Comunión puede recibirse de rodillas o de pie (haciendo antes la reverencia profunda, cf. IGMR, 160), y se permanece de pie siguiendo el mismo criterio que para la procesión de ofertorio, y, su respectivo canto (“el canto se prolonga mientras se administra el Sacramento a los fieles”, cf. IGMR, 86). Hay que tener en cuenta que hay una procesión de Comunión (y la misma procesión es un “gesto litúrgico”, cf. IGMR, 44 y es importante mantener la unidad de los fieles en este gesto), la cual se prolonga hasta tanto no termine de comulgar el último fiel. Se supone que durante ese lapso de tiempo, yo debo cantar el canto de Comunión, y no ponerme a rezar individualmente y de rodillas. Por eso, normalmente se está de pie hasta que se reserve el Santísimo Sacramento, dado el caso, luego de lo cual, o nos sentamos o nos arrodillamos para adorar a Cristo en el silencio de nuestro corazón. Y sería de desear que dicho silencio no fuera entorpecido con algún canto inoportuno.

¿Por qué “según la oportunidad”? La Conferencia Episcopal Italiana, por ejemplo, dice que se puede estar de rodillas o sentado después de hecha la Comunión hasta la oración después de la Comunión, y que se debe estar de pie hasta la Comunión inclusive. Entonces, luego de la misma, « pro opportunitate » (si cabe), los fieles se pueden sentar (si no prefieren estar arrodillados, o si no hay asientos, etc). Es lo que de hecho, realiza el sacerdote, que luego de distribuir la Comunión y de purificar los vasos sagrados, se sienta.

P. Jon M. de Arza, IVE

¿Qué importancia tienen las banderas y estandartes en las procesiones?

Pregunta:

En mi diócesis, en el último tiempo, se ha tomado la modalidad de que en las procesiones, los estandartes vayan juntos al principio de la procesión.  Yo me cuestiono un poco, porque según mi devoción, creo que sería más conveniente que cada estandarte fuera con su asociación, pues es representación de cada una.  Pero en fin, la cosa es que me gustaría, si es posible, me cuenten un poco de la Importancia de llevar Estandartes y Banderas en las Procesiones. Muchas gracias.

 

Respuesta:

No podemos dejar de ver la íntima relación que existe entre la cruz y los estandartes y banderas de las procesiones. De hecho, el estandarte de Cristo es la Cruz. Muchos cuadros y obras de arte representan al Señor que surge victorioso del sepulcro, con la bandera o trofeo de la Cruz en la mano. Precedido de la Cruz vendrá con poder y gloria, acompañado de los ángeles del Cielo (cf. Mt 24, 30-31).

El mismo emperador Constantino enarboló la cruz en su estandarte cuando derrotó a Majencio en el Puente Milvio en el año 312, habiendo visto en lo alto la inscripción que aseguraba su victoria: «in hoc signo vinces». Y el hermoso himno Vexilla Regis (Venancio Fortunato, 568), que se canta aún hoy el día de la Exaltación de la Cruz, lo confirma:

«Las banderas reales se adelantan
y la cruz misteriosa en ellas brilla:
la cruz en que la vida sufrió muerte
y en que, sufriendo muerte, nos dio vida».

 “Vexilla” es el plural de vexillum-i, sustantivo neutro, diminutivo de velum, que se traduce como estandarte, o bandera de color rojo que se colocaba en la tienda del general para dar la señal de batalla.

«En occidente, la Cruz como enseña litúrgica, entra primero en el fastuoso ceremonial de las procesiones estacionales (letanías). En Roma, cada región, cada instituto tenía la propia; también el Papa era precedido de la suya» (M. RIGHETTI, Storia Liturgica, I, 535). Esta cruz procesional, sacada del asta, era luego colocada como cruz del altar.

La liturgia estacional alcanzó su apogeo con San Gregorio Magno (principios del s. VII). Cuando el Papa, desde su habitual residencia del Laterano, se dirigía directamente a la basílica estacional donde se tendría la Misa (es decir, que no había letanías o procesión de todos desde una determinada statio o punto de reunión hacia dicha basílica) era solemnemente acompañado por su Corte. Al punto de arribo, llegaban previamente el Clero Romano (obispos suburbicarios y sacerdotes de las iglesias titulares) que ya se ubicaba en el ábside en espera del Pontífice, como así también los clérigos (subdiáconos y niños de la Schola Cantorum), los defensores o acólitos, y numerosos monjes de los monasterios romanos. «El pueblo que llenaba las naves no iba a la Misa de manera desordenada, sino reagrupada en siete filas distintas, cuantas son las regiones en que se subdivide la Urbe; precedida cada una de los propios estandartes y de la propia cruz estacional…» (M. RIGHETTI, Idem, III, 160).

Divididos en tribus marchaban también los israelitas. Los israelitas hicieron todo tal como Yahveh había mandado a Moisés: así acampaban bajo sus banderas y así emprendían la marcha, cada uno entre los demás de su clan y con su familia (Num 2, 34). Se supone, pues, que en las procesiones se marcha por grupos encabezados por los respectivos estandartes. Esto pareciera lo más conveniente, porque se marcha de manera más organizada y vistosa, pero nada obsta a que todos sigan al único estandarte de la Cruz.

P. Jon M. de Arza, IVE

sagrario

¿Desde cuándo se reserva el Santísimo Sacramento en el Sagrario?

Pregunta:

Hola,  quiero preguntar desde qué momento la Iglesia tiene la costumbre de mantener la presencia eucarística en el sagrario.

 

Respuesta:

Para responder a su consulta, me baso fundamentalmente en RIGHETTI, M., Storia Liturgica, I, Ed. Ancora, Milano, 2 da. edizione anastatica, 2005.

El canon 13 del I Concilio de Nicea (325), con el cual se establecía que los penitentes próximos a morir no debían, según una antigua y canónica disciplina, ser privados del viático eucarístico, nos permite concluir que el uso de conservar la Eucaristía en las iglesias debía remontarse a una edad bastante remota, sino apostólica. Esto se deduce de cuanto dice San Justino (I Apología, 67), que después de la celebración de la misa dominical, los diáconos estaban encargados de llevar el Pan consagrado a los ausentes, y de análogos testimonios de la época.

Los mismos fieles gozaban de la facultad de tener la Eucaristía en sus casas. Existen testimonios de Tertuliano y San Cipriano para África, y de San Hipólito para Roma, el cual advierte a un fiel de estar bien en guardia ut non infidelis gustet eucharistia, aut ne sorix aut animal aliud, aut ne quid cadat et pereat de ea. (Traditio Apostolica, c. 37, ed. Botte, 1964, 84). Tertuliano, advertía entre los inconvenientes del matrimonio de un fiel con un pagano, la dificultad para el cónyuge cristiano de comulgar en casa. (De uxore).

Sabemos, pues, que las especies eucarísticas se conservaban, pero, ¿dónde? Las primeras noticias son de las llamadas Constitutiones Apostolicas, las cuales amonestan a los diáconos a llevar el sobrante de las especies consagradas (ambas especies) durante la Misa, a un local a propósito, llamado Pastoforio (de “pastos” = tálamo, es decir, el tálamo o lecho nupcial preparado para el Esposo Jesucristo, como explica San Jerónimo), que en Oriente se ubicaba al costado sur del altar. En Occidente se denominó secretarium osacrarium, y tenían sus llaves los diáconos, a los que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, competía la administración de la Eucaristía. En dichos locales, la Eucaristía, envuelta en un cofrecito o pequeña arca, o también en un blanco lino, estaba dentro de un armario (conditorium) y este fue el primer tabernáculo o sagrario, y por el local en donde se ubicaba dio origen al nombre de la «sacristía». De este modo lo reservaban también los fieles en sus casas.

Después del año 1000, se distinguen varios sistemas de custodia del Santísimo Sacramento:

a) La sacristia, a la que nos hemos referido.

b) El propitiatorium o cofrecito sobre la parte posterior del altar, y que contenía la píxide eucarística (precursor de los modernos sagrarios) cerrado con llave y bien seguro, que se impuso sobre todo en Milán, en tiempos de San Carlos Borromeo (s. XVI).

c) La paloma eucarística, que ya se usaba en los Bautisterios para guardar el Santo Crisma, pasó a utilizarse para la reserva del Santísimo. La paloma, apoyada en un plato mayor, colgaba de unas cadenillas sobre el altar. (Está en uso, aún hoy, en la catedral de Amiens).

d) El tabernáculo mural, es el más difundido, a partir del S. XIII, sobre todo en Italia y Alemania, por ser el más práctico y seguro. Se colocaba al lado del altar (cornu Evangeliio lado norte). Muchos de estos tabernáculos se han usado posteriormente para custodiar los óleos santos.

e) Las edícolas del Sacramento, o construcciones altas cercanas al altar, iluminadas, en las que se reservaba el Santísimo en un vaso transparente, resguardado por una reja metálica, y que respondía al deseo de los fieles de contemplar la Hostia, por lo que llegaron a ser una especie de exposición permanente del Santísimo Sacramento para la adoración de los fieles.

f) El tabernáculo altar, última fase antes del Concilio Vaticano II. A instancias del Obispo de Verona, Matteo Giberti (+1543) comenzó a colocarse el tabernáculo directamente sobre el altar.

Actualmente, se dispone que el Sagrario o tabernáculo se coloque en una parte de la iglesia que sea digna, insigne, bien visible, decorosamente adornada y apta para la oración (Cf. OGMR, 314). Dicho lugar, podría ser el presbiterio, aunque, en razón del signo, es más conveniente que no esté colocado sobre el mismo altar mayor, o bien, en una capilla apta para la adoración y oración privada de los fieles, siempre unida estructuralmente a la iglesia y bien visible (Cf. OGMR, 315).

Resumiendo, podríamos decir que siempre se tuvo la costumbre de reservar el Santísimo Sacramento, durante el primer milenio, más por motivo de distribuir la comunión a los enfermos. Durante el segundo milenio, en cambio, se desarrolló más la idea del tabernáculo como tienda sagrada, como lugar de la presencia permanente de Cristo en la Hostia consagrada, y por tanto, a la comunión de los enfermos, se agregó el motivo de la adoración.

«Que nadie diga ahora: la Eucaristía está para comerla y no para adorarla. No es, en absoluto, un «pan corriente», como destacan, una y otra vez, las tradiciones más antiguas. Comerla es-lo acabamos de decir- un proceso espiritual que abarca toda la realidad humana. «Comerlo» significa adorarle. «Comerlo» significa dejar que entre en mí de modo que mi yo sea transformado y se abra al gran nosotros, de manera que lleguemos a ser «uno sólo» con Él (Gal 3, 17). De esta forma, la adoración no se opone a la comunión, ni se sitúa paralelamente a ella: la comunión alcanza su profundidad sólo si es sostenida y comprendida por la adoración» (J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia. Una introducción, Ed. Cristiandad, Madrid 32001, 112).

P. Jon M. de Arza, IVE