¿Qué importancia tienen las banderas y estandartes en las procesiones?

Pregunta:

En mi diócesis, en el último tiempo, se ha tomado la modalidad de que en las procesiones, los estandartes vayan juntos al principio de la procesión.  Yo me cuestiono un poco, porque según mi devoción, creo que sería más conveniente que cada estandarte fuera con su asociación, pues es representación de cada una.  Pero en fin, la cosa es que me gustaría, si es posible, me cuenten un poco de la Importancia de llevar Estandartes y Banderas en las Procesiones. Muchas gracias.

 

Respuesta:

No podemos dejar de ver la íntima relación que existe entre la cruz y los estandartes y banderas de las procesiones. De hecho, el estandarte de Cristo es la Cruz. Muchos cuadros y obras de arte representan al Señor que surge victorioso del sepulcro, con la bandera o trofeo de la Cruz en la mano. Precedido de la Cruz vendrá con poder y gloria, acompañado de los ángeles del Cielo (cf. Mt 24, 30-31).

El mismo emperador Constantino enarboló la cruz en su estandarte cuando derrotó a Majencio en el Puente Milvio en el año 312, habiendo visto en lo alto la inscripción que aseguraba su victoria: «in hoc signo vinces». Y el hermoso himno Vexilla Regis (Venancio Fortunato, 568), que se canta aún hoy el día de la Exaltación de la Cruz, lo confirma:

«Las banderas reales se adelantan
y la cruz misteriosa en ellas brilla:
la cruz en que la vida sufrió muerte
y en que, sufriendo muerte, nos dio vida».

 “Vexilla” es el plural de vexillum-i, sustantivo neutro, diminutivo de velum, que se traduce como estandarte, o bandera de color rojo que se colocaba en la tienda del general para dar la señal de batalla.

«En occidente, la Cruz como enseña litúrgica, entra primero en el fastuoso ceremonial de las procesiones estacionales (letanías). En Roma, cada región, cada instituto tenía la propia; también el Papa era precedido de la suya» (M. RIGHETTI, Storia Liturgica, I, 535). Esta cruz procesional, sacada del asta, era luego colocada como cruz del altar.

La liturgia estacional alcanzó su apogeo con San Gregorio Magno (principios del s. VII). Cuando el Papa, desde su habitual residencia del Laterano, se dirigía directamente a la basílica estacional donde se tendría la Misa (es decir, que no había letanías o procesión de todos desde una determinada statio o punto de reunión hacia dicha basílica) era solemnemente acompañado por su Corte. Al punto de arribo, llegaban previamente el Clero Romano (obispos suburbicarios y sacerdotes de las iglesias titulares) que ya se ubicaba en el ábside en espera del Pontífice, como así también los clérigos (subdiáconos y niños de la Schola Cantorum), los defensores o acólitos, y numerosos monjes de los monasterios romanos. «El pueblo que llenaba las naves no iba a la Misa de manera desordenada, sino reagrupada en siete filas distintas, cuantas son las regiones en que se subdivide la Urbe; precedida cada una de los propios estandartes y de la propia cruz estacional…» (M. RIGHETTI, Idem, III, 160).

Divididos en tribus marchaban también los israelitas. Los israelitas hicieron todo tal como Yahveh había mandado a Moisés: así acampaban bajo sus banderas y así emprendían la marcha, cada uno entre los demás de su clan y con su familia (Num 2, 34). Se supone, pues, que en las procesiones se marcha por grupos encabezados por los respectivos estandartes. Esto pareciera lo más conveniente, porque se marcha de manera más organizada y vistosa, pero nada obsta a que todos sigan al único estandarte de la Cruz.

P. Jon M. de Arza, IVE

sagrario

¿Desde cuándo se reserva el Santísimo Sacramento en el Sagrario?

Pregunta:

Hola,  quiero preguntar desde qué momento la Iglesia tiene la costumbre de mantener la presencia eucarística en el sagrario.

 

Respuesta:

Para responder a su consulta, me baso fundamentalmente en RIGHETTI, M., Storia Liturgica, I, Ed. Ancora, Milano, 2 da. edizione anastatica, 2005.

El canon 13 del I Concilio de Nicea (325), con el cual se establecía que los penitentes próximos a morir no debían, según una antigua y canónica disciplina, ser privados del viático eucarístico, nos permite concluir que el uso de conservar la Eucaristía en las iglesias debía remontarse a una edad bastante remota, sino apostólica. Esto se deduce de cuanto dice San Justino (I Apología, 67), que después de la celebración de la misa dominical, los diáconos estaban encargados de llevar el Pan consagrado a los ausentes, y de análogos testimonios de la época.

Los mismos fieles gozaban de la facultad de tener la Eucaristía en sus casas. Existen testimonios de Tertuliano y San Cipriano para África, y de San Hipólito para Roma, el cual advierte a un fiel de estar bien en guardia ut non infidelis gustet eucharistia, aut ne sorix aut animal aliud, aut ne quid cadat et pereat de ea. (Traditio Apostolica, c. 37, ed. Botte, 1964, 84). Tertuliano, advertía entre los inconvenientes del matrimonio de un fiel con un pagano, la dificultad para el cónyuge cristiano de comulgar en casa. (De uxore).

Sabemos, pues, que las especies eucarísticas se conservaban, pero, ¿dónde? Las primeras noticias son de las llamadas Constitutiones Apostolicas, las cuales amonestan a los diáconos a llevar el sobrante de las especies consagradas (ambas especies) durante la Misa, a un local a propósito, llamado Pastoforio (de “pastos” = tálamo, es decir, el tálamo o lecho nupcial preparado para el Esposo Jesucristo, como explica San Jerónimo), que en Oriente se ubicaba al costado sur del altar. En Occidente se denominó secretarium osacrarium, y tenían sus llaves los diáconos, a los que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, competía la administración de la Eucaristía. En dichos locales, la Eucaristía, envuelta en un cofrecito o pequeña arca, o también en un blanco lino, estaba dentro de un armario (conditorium) y este fue el primer tabernáculo o sagrario, y por el local en donde se ubicaba dio origen al nombre de la «sacristía». De este modo lo reservaban también los fieles en sus casas.

Después del año 1000, se distinguen varios sistemas de custodia del Santísimo Sacramento:

a) La sacristia, a la que nos hemos referido.

b) El propitiatorium o cofrecito sobre la parte posterior del altar, y que contenía la píxide eucarística (precursor de los modernos sagrarios) cerrado con llave y bien seguro, que se impuso sobre todo en Milán, en tiempos de San Carlos Borromeo (s. XVI).

c) La paloma eucarística, que ya se usaba en los Bautisterios para guardar el Santo Crisma, pasó a utilizarse para la reserva del Santísimo. La paloma, apoyada en un plato mayor, colgaba de unas cadenillas sobre el altar. (Está en uso, aún hoy, en la catedral de Amiens).

d) El tabernáculo mural, es el más difundido, a partir del S. XIII, sobre todo en Italia y Alemania, por ser el más práctico y seguro. Se colocaba al lado del altar (cornu Evangeliio lado norte). Muchos de estos tabernáculos se han usado posteriormente para custodiar los óleos santos.

e) Las edícolas del Sacramento, o construcciones altas cercanas al altar, iluminadas, en las que se reservaba el Santísimo en un vaso transparente, resguardado por una reja metálica, y que respondía al deseo de los fieles de contemplar la Hostia, por lo que llegaron a ser una especie de exposición permanente del Santísimo Sacramento para la adoración de los fieles.

f) El tabernáculo altar, última fase antes del Concilio Vaticano II. A instancias del Obispo de Verona, Matteo Giberti (+1543) comenzó a colocarse el tabernáculo directamente sobre el altar.

Actualmente, se dispone que el Sagrario o tabernáculo se coloque en una parte de la iglesia que sea digna, insigne, bien visible, decorosamente adornada y apta para la oración (Cf. OGMR, 314). Dicho lugar, podría ser el presbiterio, aunque, en razón del signo, es más conveniente que no esté colocado sobre el mismo altar mayor, o bien, en una capilla apta para la adoración y oración privada de los fieles, siempre unida estructuralmente a la iglesia y bien visible (Cf. OGMR, 315).

Resumiendo, podríamos decir que siempre se tuvo la costumbre de reservar el Santísimo Sacramento, durante el primer milenio, más por motivo de distribuir la comunión a los enfermos. Durante el segundo milenio, en cambio, se desarrolló más la idea del tabernáculo como tienda sagrada, como lugar de la presencia permanente de Cristo en la Hostia consagrada, y por tanto, a la comunión de los enfermos, se agregó el motivo de la adoración.

«Que nadie diga ahora: la Eucaristía está para comerla y no para adorarla. No es, en absoluto, un «pan corriente», como destacan, una y otra vez, las tradiciones más antiguas. Comerla es-lo acabamos de decir- un proceso espiritual que abarca toda la realidad humana. «Comerlo» significa adorarle. «Comerlo» significa dejar que entre en mí de modo que mi yo sea transformado y se abra al gran nosotros, de manera que lleguemos a ser «uno sólo» con Él (Gal 3, 17). De esta forma, la adoración no se opone a la comunión, ni se sitúa paralelamente a ella: la comunión alcanza su profundidad sólo si es sostenida y comprendida por la adoración» (J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia. Una introducción, Ed. Cristiandad, Madrid 32001, 112).

P. Jon M. de Arza, IVE

Misa es fiesta

¿Por qué la «Eucaristía» es una fiesta según los católicos?

Pregunta:

Me llamo Sara y soy ‘librepensadora’ es decir, no tengo una religión en específico, me gustaría saber, porque me llamó la atención, ¿por qué ustedes dicen que la misa o ‘eucaristía’ es una fiesta? Cuando yo fui a una misa no me pareció. Gracias.

Respuesta:

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica enseña que: «La Eucaristía es el sacrificio del mismo Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna» (n. 271).

La Eucaristía es, pues, una fiesta, pero una fiesta del todo particular. En primer lugar, porque Jesús la instituyó en el marco de las fiestas pascuales de los judíos, por las que hacían memoria (celebraban) la liberación de la esclavitud de Egipto. Lo que se festeja son las hazañas de Dios en su Pueblo, las magnalia Dei. La Pascua se festejaba mediante el sacrificio del Cordero Pascual y una Cena, que es comunión o participación de dicho sacrificio. En la Santa Misa están también estos dos aspectos, el de Sacrificio (el mismo de Cristo en la Cruz por el que nos liberó de la esclavitud del pecado) y el de Banquete, por eso comemos el Cuerpo de Cristo ofrecido en el altar. De manera que el altar es al mismo tiempo, ara del sacrificio, y mesa de la Cena Pascual católica. Seguramente a Usted no le habrá parecido fiesta, precisamente por el carácter de sacrificio, que perpetúa la muerte de Cristo, y esto es un muy buen signo de la adecuada celebración de la Santa Misa, del respeto de su esencia. La liturgia de la Misa (ya desde los inicios del cristianismo) no se redujo a una imitación crasa de la Cena del Señor –y, por tanto, a un banquete-, sino que mantuvo la forma de una comida, pero estilizada de tal modo, que ya no puede hablarse de una «comida normal», sino sólo «simbólica» (al modo sacramental), permaneciendo así abierta a un significado más profundo, que es el del mismo Sacrificio de la Cruz. Esto se pone de manifiesto en la postura de los fieles, que de estar sentados para la liturgia de la Palabra, se ponen de pie cuando comienza la liturgia de la Eucaristía, «lo cual ciertamente no puede significar el pasaje a una comida normal» (J. RATZINGER, La festa della fede, Jaca Book, Milano 2199046). La estilización hace que el pan pueda llamarse «hostia», la mesa transformarse en altar, el dueño de casa (que en las fiestas judías presidía el rito) ahora sea un sacerdote (puesto que se trata de un verdadero y propio sacrificio), los saludos se realicen con fórmulas solemnes, etc.

Sin embargo, al mismo tiempo celebramos la victoria de Cristo, es decir, su resurrección y su paso (que eso significa ‘pascua’) al Padre. Por eso, para los cristianos, el Domingo, Día del Señor, día en que resucitó Cristo, es «la fiesta primordial», y de este Misterio (el misterio pascual) deben nacer entre nosotros las fiestas, ya que la auténtica fiesta debe nacer del culto, es decir, en la alabanza tributada al Creador por la bondad de la existencia, ya que el séptimo día ‘Dios vio que todo era bueno….y descansó (Gn 1,31; 2, 2-3). San Agustín enseña que el culto tiene lugar mediante ‘el ofrecimiento de alabanza y acción de gracias’ (‘Eucaristía’ quiere decir eso, acción de gracias, o buena gracia), y siendo el acto principal de culto el sacrificio, se constituye así en el alma de la fiesta. Los cristianos nos adentramos mediante la Misa en la fiesta eterna, con la esperanza de ir, como decía San Atanasio, «de fiesta en fiesta hacia la Fiesta», esto es, de domingo a domingo, primer día de la semana, día de la Creación de la Luz, día de la nueva creación -resurrección- de Cristo, Luz del mundo, hacia el Domingo eterno, el octavo día, el día que no conoce ocaso.

De la resurrección del Señor y del Domingo, toma también participación toda otra fiesta, ya que el motivo de la fiesta es la alegría: «Fiesta es alegría y nada más», decía San Juan Crisóstomo. Pero la alegría supone un fundamento, algo de qué alegrarse: es la respuesta de un amante a quien ha caído en suerte aquello que ama. Alguien se alegra porque posee el bien que le es conveniente, o realmente, o en esperanza, o al menos en la memoria. Y sólo se alegra verdaderamente el que se alegra en el amor: «Donde se alegra la caridad, allí hay festividad», decía el mismo Crisóstomo. Por eso no hay motivo mayor de alegría que la Resurrección del Señor, porque su triunfo es nuestro triunfo, su victoria es nuestra victoria. Este es el fundamento objetivo por el que la liturgia cristiana es una fiesta, y se diferencia de todo otro culto, y de los «party» mundanos. «La fiesta presupone un autorización a la alegría; esta autorización es válida sólo si está en grado de hacer frente a la respuesta sobre la muerte (…); la resurrección de Cristo da la autorización a la alegría buscada en toda la historia y que ninguno estaba en grado de conferir. Por eso, la liturgia cristiana –Eucaristía- es, por naturaleza, fiesta de la resurrección, Mysterium Paschae» (J. RATZINGER, op. cit., 62-63).

En la Misa se muestran los matices de sacrificio (inmolación, muerte, ofrecimiento) y Resurrección (fiesta, alegría). Son matices; a veces se resalta más un aspecto, a veces otro, a veces hay un equilibrio. Pero de todos modos, hay que tener en cuenta que se trata de una fiesta sagrada, y por tanto no es como una fiesta de cumpleaños o un aniversario, sino que es una fiesta en la que el festejado es Dios, por la Creación y porque envió a su Hijo Único para salvarnos (re-creación), y el modo de entrar en unión con Él es a través de los misterios, es un modo sacramental. Por lo tanto, habrá fiesta y alegría, pero mesurada, contenida, o, mejor, sublimada en el espíritu; no habrá una fiesta en la que se produzca un éxtasis o exacerbación de los sentidos, al modo dionisíaco, o en el que hay una alienación del hombre (que busca evadirse en su desesperación por no poder dar respuesta a la realidad de la muerte), sino que el modo de festejar es «en espíritu y en verdad», lo que no quita que festejemos también con nuestra sensibilidad, más aún, el corazón y todos nuestros afectos, y todo nuestro cuerpo, se espiritualiza y se eleva a Dios, como se dice en la Misa: «sursum corda», «levantemos el corazón».

A quien le interese profundizar en el tema, le recomiendo la lectura de dos libros del Card. Ratzinger, actual Benedicto XVI: Un canto nuevo para el Señor. La fe en Jesucristo y la liturgia hoy, y, sobre todo el arriba citado, La fiesta de la fe. Se puede leer también con mucho provecho el libro de Joseph Pieper, Sobre una teoría de la fiesta; de Romano Guardini, Preparación para la celebración de la Santa Misa, y la estupenda Carta Apostólica de Juan Pablo II, Dies Domini, sobre la santificación del día domingo.

P. Jon M. de Arza, IVE

¿Es posible hoy hacer el bautismo por inmersión en el rito latino?

Pregunta:

¿Es posible hoy hacer el bautismo por inmersión en el rito latino? ¿En qué casos? ¿Se requiere de licencia especial?

 

Respuesta:

Antiguamente era más común la forma de la inmersión, que ha dado nombre al mismo Bautismo. En efecto, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa “sumergir”, “introducir dentro del agua”; la “inmersión” en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El como “nueva criatura” (2 Co 5,17; Ga 6,15)»(n. 1214).Y, más adelante:«…El Bautismo es realizado de la manera más significativa mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser también conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato» (n.1239).

En El Código de Derecho Canónico, por su parte, se norma: «El bautismo se administra según el ritual prescrito en los libros litúrgicos aprobados…» (Can. 850). Y también: «El bautismo se ha de administrar por inmersión o por infusión, de acuerdo con las normas de la Conferencia Episcopal. Por tanto, hay que estar a lo que prescribe el Ritual de los Sacramentos, y las normas específicas de cada Conferencia Episcopal» (can. 854).

El Ritual de los Sacramentos, dice para el Bautismo de niños, en las Notas Preliminares: «2) Sigue la ablución de agua que puede hacerse por inmersión o infusión según las costumbras del lugar, e invocación de la Santísima Trinidad» (n. 18). Y las rúbricas del Ritual, dicen: «derrama agua sobre la cabeza del niño o lo sumerge por primera vez…» (n. 57), y, más abajo: «Si el Bautismo se celebra por inmersión, el niño es sacado de la fuente bautismal por las personas mencionadas»(es decir, los padres o los padrinos).

El OICA (Ordo initiationis christianae adultorum), por su parte, en los Praenotanda, establece: «La ablución significa la participación mística en la Muerte y Resurrección de Cristo, por la cual, los que creen en su nombre mueren al pecado y resucitan para la vida eterna. Por tanto, debe darse a este rito toda su importancia en la celebración del Bautismo, eligiéndose el rito de inmersión o de infusión, de manera que, conforme a las diversas tradiciones y circunstancias, se comprenda mejor que no es meramente un rito de purificación, sino un sacramento de unión con Cristo» (n. 32). El Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, por su parte, prescribe en la rúbrica: «Si el bautismo se hace por inmersión, ya sea de todo el cuerpo, ya sea de la cabeza solamente, se tendrán en cuenta las exigencias del pudor y del recato. El padrino o la madrina, o ambos, tocan al ahijado. El celebrante, tocando al electo, lo sumerge totalmente o sólo la cabeza, por tres veces, invocando una sola vez a la Santísima Trinidad» (n. 220 y n. 261 -rito simplificado-).

Debemos concluir, pues, que es posible -según el nuevo Ritual- el bautismo por inmersión en el rito latino, pero hay que tener en cuenta que la costumbre es la ablución por infusión, que era más bien reservada a los casos de enfermos, pero que se ha impuesto en el rito romano desde el siglo XI, y ha sido prescrita por el Ordo Baptismi del Ritual Romano del Concilio de Trento. La inmersión parece significar mejor la inserción en la Muerte y resurrección de Cristo, pero por otra parte, requiere de una fuente bautismal apta y el respeto de las normas de pudor y recato. No creo que haya que pedir una licencia especial, salvo disposición expresa de la Conferencia Episcopal del país. Esto es algo que sabrá decirle mejor su párroco, o el párroco del lugar en donde quiera hacer el bautismo.

P. Jon M. de Arza, IVE

bendición

La bendición, ¿con qué mano?

Pregunta:

¿Existe alguna norma o reglamento católico o tipo de instrumento bíblico que obligue a los sacerdotes a realizar las bendiciones con la mano derecha, o es indistinto realizarlas con cualquiera de las dos manos? ¿el significado es el mismo? (Guido)

 

Respuesta:

La mano, que entre los miembros del cuerpo expresa la actividad, el obrar, y que después del rostro es la parte que más manifiesta el alma, fue siempre tenida en el lenguaje religioso como signo de la potencia y de la fuerza. De aquí las expresiones bíblicas manus Dei o dextera Domini. Es decir, la «diestra del Señor» es símbolo del poder divino.

En la Biblia tenemos algunos elementos que pueden orientarnos. Así, en el Antiguo Testamento, por ejemplo, la bendición de Jacob a su hijo José y a los hijos de éste, nos manifiesta que la bendición podía hacerse tanto con la derecha como con la izquierda, pero era más importante la que se realizaba con la derecha: José los tomó a los dos, a Efraím con la derecha, a la izquierda de Israel, y a Manasés con la izquierda, a la derecha de Israel, y los acercó a éste. Israel extendió su diestra y la puso sobre la cabeza de Efraím, aunque era el menor, y su izquierda sobre la cabeza de Manasés: es decir que cruzó las manos, puesto que Manasés era el primogénito; y bendijo a José diciendo: «El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac(…)». Al ver José que su padre tenía la diestra puesta sobre la cabeza de Efraím, le pareció mal, y asió la mano de su padre para retirarla de sobre la cabeza de Efraím a la de Manasés. Y dijo José a su padre: «Así no, padre mío, que éste es el primogénito; pon tu diestra sobre su cabeza. Pero rehusó su padre, y dijo: «Lo sé, hijo mío, lo sé; también él será grande. Sin embargo, su hermano será más grande que él, y su descendencia se hará una muchedumbre de gentes (Gn 48, 13-19). Mons. Straubinger, comenta este pasaje en la Biblia traducida por él: “se consideraba la mano derecha como la que transmitía más las bendiciones del padre”.

Si bien se obra con ambas manos, se da la primacía a la mano derecha, por eso dijo Jesús: cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha (Mt, 6, 3). En el Nuevo Testamento, tenemos un ejemplo, entre muchos, de bendición mediante la imposición de las manos, que se usa aún hoy para la bendición de los fieles al finalizar la Santa Misa. Nuestro Señor, bendijo a los discípulos cuando iba a ascender a los cielos: Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo (Lc 24, 50). El libro del Apocalipsis tiene algunas referencias al uso de la mano derecha extendida. Por ejemplo, cuando el Hijo de Hombre (Cristo) posa su mano derecha sobre a Juan: Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. El puso su mano derecha sobre mí diciendo: «No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo… (Ap 1, 17).

Para impartir las bendiciones, santiguarse o persignarse, no existe en el Misal Romano (2002), una indicación precisa, pero se supone por la tradición litúrgica y bíblica (incluso por los testimonios del arte sacro), que las bendiciones se hacen con la mano derecha, o con ambas manos (imposición de manos, o manos extendidas hacia adelante).

El Missale Romanum (1962) lo manda expresamente en el Ordo Missae para el caso de la signación del Evangelio antes de su proclamación: «pollice dexterae manum signat librum…» (indicación que omite el MR 2002, pero que se incluye en el actual Caeremoniale Episcoporum, n. 141). Asimismo, en el respectivo Ritus Servandus in celebratione Missae(1962), se prescribe que las bendiciones se realizan con la mano derecha, teniendo la mano izquierda en el pecho o apoyada sobre el altar, según el caso:«…producens manu dextera a fronte ad pectus signum crucis…» (RS, 4) y, más adelante, la rúbrica establece: «Seipsum benedicens, vertit se palmam manus dexterae (…) Si vero alios, vel rem aliquas benedicit (…) ac benedicendo totam manum dexteram extendit» (RS, 5). Por otra parte, en el antebrazo izquierdo se viste el manipulum, que cae hacia abajo, lo cual entorpecería una bendición a las ofrendas, por ejemplo, con dicha mano. Esta norma sobre la posición de la mano derecha y la izquierda durante la bendición, ha sido recogida por elCaeremoniale Episcoporum (n. 108).

El actual Bendicional del Ritual Romano, menciona el signo de la cruz (y también la imposición de manos) como expresivo de las bendiciones, pero no da más detalles sobre con qué mano deben realizarse (Cf. De Benedictionibus, Praenotanda, 26, b).

El Ordo Paenitentiae, prescribe al sacerdote al impartir la absolución de los pecados, imponer ambas manos o bien la mano derecha sobre el penitente.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos emitió un Decreto sobre la señal de la cruz en las bendiciones (publicado en Acta Apostolicae Sedis 94 (2002) 684), en el que se dice: «Habiendo estado siempre en vigor la costumbre, nacida del uso habitual, de que en los ritos de la bendición se empleara la señal de la cruz, trazándola el celebrante con la mano derecha sobre las personas o las cosas por las que se impetra la misericordia…».

En principio, debería, pues, darse la bendición con la mano derecha, a no ser que medie algún impedimento. En ese caso nada obsta que se realice con la mano izquierda. De todos modos, el significado preciso de la señal de la cruz no tiene que ver con la mano con que se realice, sino más bien con la oración o rito al que acompaña. La mayoría de las veces será para bendecir, o para invocar a la Santísima Trinidad, pero también puede realizarse en una fórmula imprecativa de exorcismo.

P. Jon M. de Arza, IVE