cantos

¿Se puede cambiar la letra del Gloria, del Sanctus y del Agnus Dei?

Pregunta:

Holá Padre!
Gostaria de saber sobre as seguintes perguntas: Sobre os seguintes cantos: Glória, Santo e Cordeiro, porque devem ser identicos a oração e qual documento a igreja exorta que deve ser assim? Aguardo respostas.

Respuesta:

El tema que Usted plantea va mucho más allá del cambio de un simple texto de un canto, sino que se circunscribe en la naturaleza de la liturgia, que es el culto público de la Iglesia. La liturgia no es el culto de un grupo, o de una pequeña comunidad parroquial, sino que cuando entramos en la liturgia, entramos en la alabanza del Cielo, y de la Iglesia dos veces milenaria, junto con todos los miembros del Cuerpo Místico de todos los tiempos. No podemos, pues, modificar a nuestro arbitrio algo que no hemos hecho nosotros, ni nos pertenece exclusivamente, no podemos «falsear» de ese modo la voz de la Esposa.

Más concretamente, con respecto al himno de alabanza que nos ocupa, decía el P. Soler Canals: «el “Gloria” es un patrimonio venerable de la familia cristiana, un texto que forma parte de nuestra identidad colectiva, desde el punto de vista de contenido de fe y de alabanza» («El Gloria », en Cuadernos Phase 92 (1999), CPL, Barcelona, 15). Se trata  (junto con el «Te Deum») de uno de los primeros salmos «idióticos» o propios de la Iglesia, inspirados en la Sagrada Escritura, pero que no son propiamente textos bíblicos.

La Iglesia siempre ha cuidado hasta el detalle los textos que deben ser utilizados en la liturgia, por eso, las antífonas y cantos, las lecturas (que no pueden ser extra bíblicas), las aclamaciones y respuestas, y las mismas oraciones, son fruto de la tradición, de siglos de asidua meditación de las Escrituras y del misterio eucarístico, por parte de los Papas y de los hombres de Dios.

San Pío X, en el Motu Proprio Tra le sollecitudini (22/11/1903: AAS 36 (190) 329-339), establecía que: «Estando determinados para cada función litúrgica los textos que han de ponerse en música y el orden en que se deben cantar, no es lícito alterar este orden, ni cambiar los textos prescriptos por otros de elección privada, ni omitirlos enteramente o en parte…», y también: «El texto litúrgico ha de cantarse como está en los libros, sin alteraciones o posposiciones de palabras, sin repeticiones indebidas, sin separar sílabas, y siempre con tal claridad que puedan entenderlo los fieles».

La Instrucción Redemptionis Sacramentum,  de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (25/03/2004: AAS 96 (2004) 549-601), dice: «Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia». Ahora bien, el “Gloria”, el “Santo” y el “Cordero de Dios” son textos litúrgicos, pues se contienen en el Misal, que es un libro litúrgico. El “Kyrie”, el “Gloria”, el “Credo”, el “Sanctus/Benedictus” y el “Agnus Dei” conforman lo que se llama el “Ordinario de la Misa” (las partes invariables que se cantan en la Misa), en contraposición a los cantos de ingreso, ofertorio y comunión, cuyas antífonas varían según las diferentes celebraciones del calendario litúrgico.

Los textos de dichos cantos han sido cuidadosamente establecidos por la tradición de la Iglesia, y todos ellos tienen asiento en la Sagrada Escritura, es decir, en la misma Revelación. Los mismos nos vienen “literalmente” del Cielo, así el Gloria comienza con la alabanza de los ángeles (Lc 2, 14); lo mismo que el Sanctus, que es la aclamación de los serafines ante la presencia de la majestad divina (Is 6, 1-3), y que nosotros retomamos en la liturgia para unirnos a la celeste alabanza, por eso se pasa de la tercera persona: “Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios del universo”, a la segunda: “llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”. Luego, como un eco, tomamos la alabanza de los niños en el “Benedictus” (cf. Mt 21, 10), niños cuyos ángeles ven el rostro de Dios.

Para el caso del “Gloria”, se dice expresamente en la misma Ordenación General del Misal Romano (n. 53): “El texto de este himno no puede cambiarse por otro”.

El “Sanctus”, si bien no lo dice expresamente la OGMR, sin embargo, es parte integrante de la Plegaria Eucarística, que constituye la cumbre, el alma, el corazón de toda la celebración eucarística, y ésta no puede cambiarse bajo ningún concepto (Cf. RS, 51).

El “Cordero” (como el Kyrie) es una letanía, cantada alternadamente por el coro (“Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”) y el pueblo (“Ten piedad de nosotros”, o “Danos la paz”, la última vez”) (OGMR, n. 83), y es el cántico nuevo que entonan los elegidos en la Jerusalén Celestial (cf. Ap 5, 8-13).

P. Jon M. de Arza, IVE

silencio

Silencio durante la consagración

Pregunta:

Querido Padre: sin desmerecer el canto en la celebración eucarística, me asalta una duda, que quiero aclarar: ¿En el momento de la consagración, se puede cantar o tocar música de fondo? Espero su respuesta. Que Dios lo bendiga.

Respuesta:

Según la Ordenación General del Misal Romano (OGMR), «La naturaleza de las partes “presidenciales” exige que se pronuncien con voz clara y alta, y que todos las escuchen con atención [Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm. 14: A.A.S. 59 (1967) pág. 304] . Por consiguiente, mientras el sacerdote las dice, no se tengan cantos ni oraciones y callen el órgano y otros instrumentos musicales» (n. 32). La Plegaria Eucarística, -de la cual la consagración constituye el corazón y la esencia-, es considerada como la principal de las oraciones presidenciales (Cf. OGMR, 30), aunque la consagración no lo sea estrictamente (porque la dice el sacerdote In Persona Christi). Se trata de que nada quite la atención de todos a aquellas sublimes palabras. Una música de fondo, puede ser muy bonita, pero es ciertamente distractiva. Cuando se rezaba el Canon en voz baja, se entendía que sonara el órgano, sobre todo al momento de las elevaciones (había partituras compuestas especialmente para ese momento), pero ahora, al menos en la Forma Ordinaria del Rito Romano, no se justifica, y, además, está vedado.

Ahora bien, la norma expresa: «mientras el sacerdote las dice (las palabras)», por lo que distingue este momento de aquel en que guarda silencio (porque hace la genuflexión o eleva la Hostia, o el Cáliz), pero estamos siempre dentro de la consagración, que es doble. Por eso, es diferente el caso de las aclamaciones que se cantan luego de cada consagración, por ejemplo, en el rito bizantino, el «Amén» que cantan los fieles, o los hermosos cantos de adoración que se comenzaron a cantar hacia fines de la Edad Media (s. XIII), tales como Anima ChristiAdorote devoteAve VerumPie JesuO Salutaris, etc. Estos últimos constituyen una pausa de adoración contemplativa del Hijo (presente verdadera, real y sustancialmente en el Santísimo Sacramento) en medio de la Oración que se dirige al Padre. Luego fueron pasando al momento de la Comunión o a la Adoración Eucarística.

Como escribe el P. Jungmann, «los Sínodos de Augsburgo de los años 1548 y 1567 hablan ya de altissimum silentium (altísimo silencio) y de altum sanctumque silentium (alto y santo silencio), que no debía interrumpirse sin razón por cantos (…). También las disposiciones romanas permitían cantos durante la consagración. A la pregunta: “Si en la elevación del Smo. Sacramento en las Misas solemnes se puede cantar ‘Tantum Ergo’ etc, o alguna antífona propia del Sacramento”, se contestó el 14 de abril de 1763 afirmativamente (Decreta auth. SRC, n. 2424 ad 6). Una decisión posterior del 22 de mayo de 1894 permite tales cantos sólo peracta ultima elevatione (hecha la última elevación) y después de haberse cantado el Benedictus (Decreta auth. SCR, n. 3827 ad 3)» (J. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, nota 99, 888-889). A la sazón, al comenzar el Sanctus, el sacerdote empezaba a recitar el Canon en voz baja, y el momento de la consagración era en silencio. Luego de la segunda elevación, se proseguía con el Benedictus.

Las oraciones o jaculatorias de los fieles (tales como «Señor mío y Dios mío», recomendada por San Pío X, y otras) deben decirse, más bien, en el interior del corazón. La misma campanilla que suena a cada una de las elevaciones (con una función de aviso, pero que al mismo tiempo rinde homenaje a Jesús Sacramentado), interrumpe, de alguna manera, el altissimum silentium que, a nuestro juicio, debiera reinar en ese momento en que ante la grandeza inefable del mysterium fidei, toda lengua calla en admiración contemplativa, y toda la creación permanece como expectante.

P. Jon M. de Arza, IVE

padre nuestro

¿Corresponde alzar las manos en el Padre Nuestro durante la Misa?

Pregunta:

Quisiera saber si hay alguna disposición en la liturgia para el momento del Padre Nuestro en la Misa, hay gente que se toma de las manos y otras que las alzan igual que el sacerdote. ¿Corresponde o no? Porque según se, tomarse de las manos, duplica el gesto de la paz, pero más allá de eso no se prohíbe, es más algunos sacerdotes en mi Diócesis, lo incentivan. Pero con respecto a las manos alzadas, tengo dudas.
Espero su respuesta y desde ya muchas gracias. Un abrazo en Cristo. Nancy (Argentina).

Respuesta:

Su consulta está sustancialmente respondida en nuestra página, a propósito del momento de la consagración: Aquí

Los gestos que se realizan durante la celebración de la Santa Misa están fijados en la Ordenación General del Misal Romano, y pueden ser adaptados (por supuesto, respetándola naturaleza de cada momento de la Misa) por las diferentes Conferencias Episcopales con la posterior aprobación de la Santa Sede.

En Argentina no hay nada prescrito sobre este particular, por lo que, en principio, los fieles no deberían alzar las manos. Todavía no ha salido la nueva edición del Misal Romano, pero, según tenemos entendido, no habrá modificaciones en este punto,quedando tal como aparece en el Ordinario de la Misa (Cf. CEA, 84º Asamblea Plenaria, nov. 2002, Res. n. 7; Recon. CCDDS, Prot.n. 23/03/L, 28 jun 2003).

Según parece, no ha tenido eco la sugerencia del SENALI (Secretariado Nacional de Liturgia):«Nada excluye que la elevación de las manos sea también propuesta por la Conferencia de Obispos para que ese gesto sea adoptado también por los fieles a tenor de OGMR 43, pues es el gesto más propio para esta plegaria: el gesto del niño que pide a su padre. De hecho, hay una tendencia bastante general a imitar ese gesto, que expresa mucho más la naturaleza del momento orante que el “tomarse de las manos”, también bastante extendido, pero más impropio. En consecuencia se sugiere indicar la posibilidad, facultativa según la costumbre del lugar, de elevar las manos mientras se reza la Oración del Señor».

A nuestro modo de ver, conviene subrayar la distinción del sacerdocio ministerial y real (Cf. la anterior respuesta). El Padre nuestro está íntimamente ligado a la Plegaria Eucarística, de la que es continuación y en la que el sacerdote alza las manos en actitud de intercesión, cual Moisés contra Amalec (Cf. Ex 17,11). Por esta razón, el Padrenuestro ha sido siempre una oración netamente sacerdotal, por lo que el Misal revisado por el Beato Juan XXIII, lo pone en boca del sacerdote, adhiriendo los fieles con la última petición del Pater: “y líbranos del mal”. El Misal de Pablo VI ha dado a los fieles una importante participación al prescribir que la Oración del Señor sea rezada por el sacerdote y el pueblo fiel conjuntamente, ya que con esta Oración nos preparamos principalmente para la Comunión. Curiosamente,ya en la época de San Agustín, en la Iglesia Africana, el sacerdote se reservaba la recitación del Pater Noster, uniéndose los fieles ritualmente, pero no alzando las manos, sino mediante golpes de pecho a la petición: «perdona nuestras deudas…»(Cf. J. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1963, II.845).

P. Jon M. de Arza, IVE

Las Antífonas «O»

Pregunta:

Me gustaría saber qué son las Antífonas de la «O». Dios lo bendiga. Roberto (Argentina)

 

Respuesta:

Su pregunta es muy interesante y muy a propósito para este tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación para la Natividad del Señor. Las Antífonas «O», también llamadas antífonas «mayores», son aquellas que se rezan en las Vísperas de las ferias especiales del Adviento, es decir, aquellas que nos disponen inmediatamente para la celebración de la Navidad, para el recuerdo gozoso de la primera venida del Señor en la humildad de nuestra carne, esperado con tantas ansias por los justos del Pueblo de Israel.

Estas antífonas se entonan antes y después del Magnificat durante los días 17 al 23 de diciembre. Ya el Concilio de Zaragoza (380) asignaba una especial importancia a estos días que son como el núcleo del Adviento. Según Amalario de Metz (780-850), estas Antífonas (denominadas “O” por empezar con esta interjección), son de origen romano, y muy probablemente se remonten al tiempo de San Gregorio Magno (+604), es decir, a inicios del siglo VII°.

Al ser antífonas del Magnificat, remarcan de manera particular que el Salvador que esperamos vendrá por María Santísima. En el siglo XI°, era tanta la piedad popular, que numerosos fieles se presentaban cada día al oficio de Vísperas para esperar la venida del Salvador y honrar a su Madre, y la Antífona era repetida por un coro de niños luego de cada verso del cántico evangélico. Así es como el ingenio popular compuso luego un himno, el Veni Emmanuel, tomando como tema estas antífonas, tal vez en Francia.

Cada Antífona comienza con la interjección «Oh», seguida de un nombre o título mesiánico de Nuestro Señor, tomado de las Escrituras, para terminar con la súplica de su venida para salvarnos. Así:

17 de diciembre
O Sapientia, quae ex ore Altissimi prodiisti, attingens a fine usque ad finem fortiter, suaviterque disponens omnia: veni ad docendum nos viam prudentiae.

Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ¡ven y muéstranos el camino de la salvación!

18 de diciembre
O Adonai, et dux domus Israël, qui Moyse in igne flammae rubi apparuisti, et ei in Sina legem dedisti: veni ad redimendum nos in brachio extento.

Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ¡ven a librarnos con el poder de tu brazo!

19 de diciembre
O Radix Jesse, qui stas in signum populorum super quem continebunt reges os suum, quem gentes deprecabuntur: veni ad liberandum nos, jam noli tardare.

Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ¡ven a librarnos, no tardes más!

20 de diciembre
O Clavis David et sceptrum domus Israël, qui aperis et nemo claudit, claudis et nemo aperit: veni, et educ vinctum de domo carceris, sedentem in tenebris et umbra mortis.

Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ¡ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte!

21 de diciembre
O Oriens, splendor lucis aeternae et sol justitiae: veni et illumina sedentes in tenebris, et umbra mortis.

Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la Luz Eterna, Sol de justicia, ¡ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte!

22 de diciembre
O Rex Gentium et desideratus earum lapisque angularis, qui facis utraque unum: veni, et salva hominem quem de limo formasti.

Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ¡ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra!

23 de diciembre
O Emmanuel, Rex et legifer noster, expectatio gentium et Salvator earum: veni ad salvandum nos, Domine, Deus noster.

Oh Emmanuel, Rey y Legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ¡ven a salvarnos, Señor Dios nuestro!

Tomando todos los títulos aplicados a Jesucristo, subiendo desde el día 17 al 23, se forma un acróstico:

23 – Emmanuel
22 – Rex gentium
21 Oriens

20 – Clavis Davidica
19 – Radix Jesse
18 – Adonai
17- Sapientia

Así, luego de aclamar al Mesías e invocar su venida de este modo, al terminar el septenario, en la Vigilia, el día 24, el Salvador responde a los fieles con la frase que se forma leyendo las primeras letras: «ERO CRAS» («Yo seré mañana o vendré mañana»).

Estas antífonas han sido de inspiración para los músicos. Ya hemos apuntado cómo surgió el himno Veni Emmanuel, en Francia, el cual ha sido publicado en el PsalteriolumCantionum Catholicarum (Cologne 1710). En 1854, fue adaptado para ser cantado con acompañamiento por Thomas Helmore. En este himno de adviento, se inspiró el gran músico húngaro Zoltán Kodály (1882-1967), para su Adventi Ének, a tres voces mixtas (soprano, contralto, y tenores-bajos).

Kodály utiliza solo cinco de las siete antífonas del himno. Y va respetando siempre la melodía medieval para todas las estrofas. Parte del unísono a la octava y se abre armónicamente recién en el primer ¡Gaude! ¡Gaude!, manteniendo la melodía la soprano. El tema va pasando de cuerda en cuerda, modulando en distintas tonalidades. En la segunda estrofa (Veni, O Jesse Virgula), lo toman las voces masculinas (bajos-tenores); en la tercera (Veni, O Oriens), hacen lo propio las sopranos, y al final de la misma lo toman en octava los bajos-tenores y las contraltos, para el lúgubre «tenebras»-; luego, en la cuarta (Veni, O Clavis Davidica) toman la posta las contraltos, llegándose como a un climax en el agudo de la sopranos en el estribillo, ¡Gaude! (porque el Señor viene a abrirnos las puertas del cielo y a cerrar las del infierno); la última estrofa retoma el tono inicial y el unísono para la soprano y el bajo en un conmovedor pianísimo, mientras que la contralto hace un contra canto. La estrofa estalla en la majestad de la gloria del Sinaí. El Amén final, es un abanico de voces: soprano (que mantiene la misma nota hasta el final), contralto, tenor, barítono y bajo. Se destaca la escala descendente del barítono, que descansa en el grave final de los bajos. ¡Gózate Israel, gózate, oh, alma, que se goce la Iglesia toda, porque nacerá por nosotros el Emmanuel!
La obra puede escucharse en una excelente versión en http://www.youtube.com/watch?v=xRi1GDoaQu4 por L’Accorche-Choeur, Ensamble Coral Fribourg.
A continuación, en dos columnas, ofrecemos el texto con la traducción:

Veni, Veni, Emmanuel,
Captivum solve Israel,
Qui gemit in exilio,
privatus Dei Filio.

Gaude, Gaude, Emmanuel
nascetur pro te Israel.

Veni, O Jesse Virgula,
ex hostis tuos ungula,
de specu tuos tartari, 
educ et antro barathri.

Veni, Veni, O Oriens,
solare nos adveniens,
Noctis depele nebulas, 
Dirasque noctis tenebras.

Veni Clavis Davidica; 
Regna reclude caelica;
Fac iter tutum superum,
et claude vias inferum.

Veni, Veni Adonai, 
qui populo in Sinai,
Legem dedisti vertice,
in majestate gloriae. 
Amen.

Ven, Ven, Emmanuel,
libera al cautivo Israel,
que gime en el exilio,
privado del Hijo de Dios.

Gózate, gózate, Emmanuel
nacerá por ti, Israel

Ven, oh Vara de Jesé,
saca a los tuyos
de la garra del enemigo,
y de la cavidad del infierno.

Ven, Ven, oh Sol naciente,
consuélanos viniente;
aleja la oscuridad de la noche
y sus maldiciones tenebrosas.

Ven, Llave de David;
abre las puertas del Cielo;
Haz un camino seguro a lo alto,
y cierra los caminos del infierno.

Ven, Ven, Adonai,
que al pueblo en el Sinaí,
en su cima, diste la ley,
en la majestad de la gloria.
Amén.

P. Jon M. de Arza, IVE

hostia

La fracción del pan no es una acción teatral

Pregunta:

Mi pregunta esta relacionada a la actitud de los sacerdotes que inmediatamente antes de la consagración, en las palabras «tomó el pan, lo partió…», quiebran la hostia por la mitad y la separan. En mi modesto entender e información recibida en un seminario, se nos dijo que eso no era válido y que se le debe decir al sacerdote. Padre ¿podría responderme sobre el tema? Elisabet.

Respuesta:

La fracción del pan antes de la consagración constituye uno de los abusos litúrgicos que figuran como tales en la Instrucción de la SCCDS, Redemptionis Sacramentum (25/03/2004):

«55. En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia».

¿Cuáles son los motivos que fundamentan esta disposición?

En primer lugar, porque el rito manda que se haga la fractio después, luego del saludo de la paz y mientras se canta el Cordero de Dios (Cf. OGMR, n. 83). La fidelidad a las rúbricas ya sería motivo suficiente para no cometer este abuso. En la Ordenación General del Misal Romano se recuerda al sacerdote celebrante que «él se halla al servicio de la sagrada Liturgia y no le es lícito añadir, quitar ni cambiar nada según su propio gusto en la celebración de la Misa (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sobre la Sagrada Liturgia,Sacrosanctum Concilium, 22) (OGMR, n. 24).

Pero hay razones más teológicas, que así lo piden, y que tienen que ver con la estructura de la Misa, según los cuatro verbos que figuran en la narración de la institución de la Eucaristía: «tomó», «bendijo», «partió», y «dio», que se corresponden, respectivamente, con el ofertorio, la consagración, la fracción y la comunión. En la Misa no se hace una simple memoria de lo acontecido en la Última Cena, por eso cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, no lo hace como quien narra algo que hizo Jesús, sino como quien lo está haciendo (actualizando) en ese momento, por virtud de las palabras de Cristo, en cuya Persona actúa (se dice, in Persona Christi). Es decir, el sacerdote actualiza lo mismo que hizo Nuestro Señor en el Cenáculo, es decir, transubstancia el pan en Su Cuerpo y el vino en Su Sangre (con la diferencia que Jesús anticipó su Sacrificio redentor, y el sacerdote lo perpetúa). Por eso, ninguna liturgia antigua y actual ha pretendido repetir materialmente los gestos de Cristo en la Última Cena sino su contenido y esto, no en una celebración hebrea sino cristiana.

Al respecto, dice la OGMR, 72:
«72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y el banquete pascuales. Por estos misterios el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia, cuando el sacerdote, representando a Cristo Señor, realiza lo mismo que el Señor hizo y encomendó a sus discípulos que hicieran en memoria de Él. [Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 47; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núms. 3 a. b: A.A.S. 59 (1967) págs. 540-541] .

Cristo, pues, tomó el pan y el cáliz, dio gracias, partió el pan, y los dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. Por eso, la Iglesia ha ordenado toda la celebración de la Liturgia Eucarística con estas partes que responden a las palabras y a las acciones de Cristo, a saber:

1) En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con agua, es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.
2) En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del mismo Cristo».

Por lo tanto, al hacerse este gesto cuando se pronuncian las palabras «lo partió», se estaría trastocando el orden de las acciones de la Última Cena. «Partir la hostia durante la Plegaria Eucarística, al decir “lo partió y lo dio a sus discípulos” es comprimir en una dos acciones distintas de la Liturgia de la Eucaristía, y tratar de convertir la memoria litúrgica en representación dramática. Por otra parte, tal práctica ni siquiera es una adecuada representación dramática, puesto que, según toda teología, el pan no está realmente “bendecido” (es decir, consagrado) hasta después del momento en que algunos celebrantes lo parten (es decir, hasta que no pronuncian las palabras de la consagración –agregamos, para que quede claro-). Esta práctica, por tanto, en lugar de seguir más fielmente la Escritura, altera el orden que en ella se describe (es decir, bendecir-partir, se cambian en partir-bendecir» (D. C. SMOLARSKI, SJ, «Cómo no decir la Santa Misa», Dossiers CPL 41, Barcelona 21990, 58).
Además, si fuéramos consecuentes con una mera dramatización de la Última Cena, entonces, no sólo habría que tomar el pan y partirlo, sino también bendecirlo en ese momento y darlo, todo esto antes de la consagración. Pero la Misa no es una mera repetición de la Santa Cena, sino que es una actualización ritual y sacramental del mismo Sacrificio de la Cruz, y, por ende, de lo mismo que mandó hacer Nuestro Señor en la Última Cena, en la que se instituyó este Santísimo Sacramento.

El Dr. Ralph Keifer, lo dice mejor: «Partir la hostia durante el relato de la Institución es un abuso porque el relato es principalmente una proclamación de por qué celebramos la Eucaristía (…); no es una demostración de lo que hacemos nosotros en la Eucaristía. Si el relato fuera una demostración de lo que nosotros hacemos, lo propio sería no sólo partir el pan sino también compartirlo en ese momento y, una vez dichas las palabras sobre el cáliz, darlo también en ese momento. El relato de la Institución no está concebido como un relato litúrgico dramatizado. Está concebido para proclamar que celebramos la Eucaristía porque es el memorial del Señor» (citado por D. C. SMOLARSKI, Idem, 59).

Podría objetarse también que al realizar la fracción en ese momento, habría en la Misa dos fracciones (porque luego se hace la fracción y la inmixtión antes de la Comunión), con lo que se iría contra uno de los principios de la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II, a saber, la simplificación de los ritos, y la eliminación de toda duplicación innecesaria (Cf. Sacrosanctum Concilium, 21 y 34). Además, se elevaría la hostia consagrada para la adoración de los fieles, ya partida, lo cual corresponde hacer después, cuando se eleva la hostia antes de la Comunión (aunque muchos de los que parten la hostia antes de tiempo, la «reconstruyen» indebidamente para la ostensión antes de la Comunión, privando de sentido pleno a la misma fractio, que, entre otras cosas, representa al Cordero inmolado).

Cabría preguntarse, dado que no se trata de una dramatización o historización de la Cena del Señor, ¿por qué el sacerdote toma la hostia para consagrar?¿Por qué eleva los ojos al decir «elevando los ojos al cielo»? Y, en la Forma Extraordinaria del Rito Romano –según el Misal Romano de 1962-, ¿por qué el sacerdote bendice el pan con la señal de la cruz al decir «lo bendijo»? E incluso, entre los sirios occidentales y coptos se imita también elfregit, o sea, la fracción, partiendo la forma pero sin romperla (Cf. J. A. JUNGMANN, El sacrifico de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, 871). ¿No es esto una teatralización del relato de la Institución de la Eucaristía? ¿No parece contradecir todo lo que venimos diciendo?

La Iglesia tiene sus motivos para decidir cuáles gestos adoptar en el rito, de entre los observados por el Señor (conforme la tradición y los Evangelios), y cuáles descartar o preferir en otro momento de la celebración, como es el caso de la fractio.

Ciertamente, no es necesario que el sacerdote tome el pan con sus manos, siendo suficiente que tenga la intención de consagrarlo, como, de hecho, hacen los concelebrantes o, el mismo celebrante que preside con las demás formas que consagra. Ya hemos dicho que el «tomar» corresponde más bien al ofertorio, en el que se separa y prepara la materia para el sacrificio. Sin embargo, dado que las palabras de la consagración se aplican a la materia ya separada (tienen un orden con respecto a la materia presente), el hecho de tomar la hostia en ese momento hace más patente este concepto, desde el punto de vista del signo (ya que al decir: «esto es mi Cuerpo», el «esto» se refiere a lo que está cerca del que está hablando); pero, además, porque a la consagración sigue el rito de la ostensión de la Hostia, lo cual no podría hacerse, como es obvio, si no se tomara la misma).

Por su parte, el elevar los ojos al cielo y el dirigirse al Padre, no es cosa teatral, sino una acción cultual, e indica la idea del ofrecimiento de la materia que se va a sacrificar, y refuerza que toda la consagración y el relato de la institución forma parte de la oración que se dirige al Padre.

Para concluir, como principio, digamos que en el rito del relato de la Institución y la consagración, no se adoptan aquellas ceremonias y gestos que realizó nuestro Señor, y que no pueden imitarse manteniendo la actualidad de lo que se está haciendo. Esto sucede con el gesto de «partir» y el de «dar». Cristo dio su Cuerpo como comida, y no pan. ¿Qué orden observó Jesús en la Última Cena? ¿Qué es lo que nos mandó hacer en memoria suya? Según Santo Tomás de Aquino, «el orden tiene que haber sido así: Tomó el pan, lo bendijo diciendo: “Esto es mi Cuerpo”; después lo partió y lo dio a sus discípulos. Pero Santo Tomás aclara que “esto mismo vienen a indicar las palabras del Evangelio sin cambiarlas ya que el gerundio “diciendo” (en latín se utiliza el participio “dicens”), indica cierta concomitancia de las palabras que se pronuncian con las que anteceden. No obstante, no se debe entender sólo la concomitancia con las últimas palabras dichas, como si Cristo hubiera dicho estas palabras en el momento de dar el pan a sus discípulos, sino que deben entenderse con respecto a todo lo que precede, y el sentido sería éste: “Al bendecirlo, partirlo y darlo a sus discípulos dijo estas palabras:Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Lo mismo vale para el “diciendo” de la consagración del sanguis» (C. M. BUELA, Nuestra Misa, EDIVE, Washington-Arequipa-Dushambé-San Rafael-Segni 2002, 301-302).

Para poder observar el mismo orden de lo que hizo Jesús, en el rito de la Misa necesitamos anticipar algunas acciones (como el tomar) y posponer otras (como el partir y el dar). De paso, queda claro que la narratio institutionis o relato de la Institución se encuadra en el momento de la Misa que corresponde al «bendecir», esto es, a la consagración de las especies del pan y del vino, el momento culminante de toda la Misa, en el que el sacerdote no actúa como quien relata un hecho pasado, sino, como en realidad sucede, actualizando la transubstanciación.

P. Jon M. de Arza, IVE