Misa es fiesta

¿Por qué la «Eucaristía» es una fiesta según los católicos?

Pregunta:

Me llamo Sara y soy ‘librepensadora’ es decir, no tengo una religión en específico, me gustaría saber, porque me llamó la atención, ¿por qué ustedes dicen que la misa o ‘eucaristía’ es una fiesta? Cuando yo fui a una misa no me pareció. Gracias.

Respuesta:

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica enseña que: «La Eucaristía es el sacrificio del mismo Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna» (n. 271).

La Eucaristía es, pues, una fiesta, pero una fiesta del todo particular. En primer lugar, porque Jesús la instituyó en el marco de las fiestas pascuales de los judíos, por las que hacían memoria (celebraban) la liberación de la esclavitud de Egipto. Lo que se festeja son las hazañas de Dios en su Pueblo, las magnalia Dei. La Pascua se festejaba mediante el sacrificio del Cordero Pascual y una Cena, que es comunión o participación de dicho sacrificio. En la Santa Misa están también estos dos aspectos, el de Sacrificio (el mismo de Cristo en la Cruz por el que nos liberó de la esclavitud del pecado) y el de Banquete, por eso comemos el Cuerpo de Cristo ofrecido en el altar. De manera que el altar es al mismo tiempo, ara del sacrificio, y mesa de la Cena Pascual católica. Seguramente a Usted no le habrá parecido fiesta, precisamente por el carácter de sacrificio, que perpetúa la muerte de Cristo, y esto es un muy buen signo de la adecuada celebración de la Santa Misa, del respeto de su esencia. La liturgia de la Misa (ya desde los inicios del cristianismo) no se redujo a una imitación crasa de la Cena del Señor –y, por tanto, a un banquete-, sino que mantuvo la forma de una comida, pero estilizada de tal modo, que ya no puede hablarse de una «comida normal», sino sólo «simbólica» (al modo sacramental), permaneciendo así abierta a un significado más profundo, que es el del mismo Sacrificio de la Cruz. Esto se pone de manifiesto en la postura de los fieles, que de estar sentados para la liturgia de la Palabra, se ponen de pie cuando comienza la liturgia de la Eucaristía, «lo cual ciertamente no puede significar el pasaje a una comida normal» (J. RATZINGER, La festa della fede, Jaca Book, Milano 2199046). La estilización hace que el pan pueda llamarse «hostia», la mesa transformarse en altar, el dueño de casa (que en las fiestas judías presidía el rito) ahora sea un sacerdote (puesto que se trata de un verdadero y propio sacrificio), los saludos se realicen con fórmulas solemnes, etc.

Sin embargo, al mismo tiempo celebramos la victoria de Cristo, es decir, su resurrección y su paso (que eso significa ‘pascua’) al Padre. Por eso, para los cristianos, el Domingo, Día del Señor, día en que resucitó Cristo, es «la fiesta primordial», y de este Misterio (el misterio pascual) deben nacer entre nosotros las fiestas, ya que la auténtica fiesta debe nacer del culto, es decir, en la alabanza tributada al Creador por la bondad de la existencia, ya que el séptimo día ‘Dios vio que todo era bueno….y descansó (Gn 1,31; 2, 2-3). San Agustín enseña que el culto tiene lugar mediante ‘el ofrecimiento de alabanza y acción de gracias’ (‘Eucaristía’ quiere decir eso, acción de gracias, o buena gracia), y siendo el acto principal de culto el sacrificio, se constituye así en el alma de la fiesta. Los cristianos nos adentramos mediante la Misa en la fiesta eterna, con la esperanza de ir, como decía San Atanasio, «de fiesta en fiesta hacia la Fiesta», esto es, de domingo a domingo, primer día de la semana, día de la Creación de la Luz, día de la nueva creación -resurrección- de Cristo, Luz del mundo, hacia el Domingo eterno, el octavo día, el día que no conoce ocaso.

De la resurrección del Señor y del Domingo, toma también participación toda otra fiesta, ya que el motivo de la fiesta es la alegría: «Fiesta es alegría y nada más», decía San Juan Crisóstomo. Pero la alegría supone un fundamento, algo de qué alegrarse: es la respuesta de un amante a quien ha caído en suerte aquello que ama. Alguien se alegra porque posee el bien que le es conveniente, o realmente, o en esperanza, o al menos en la memoria. Y sólo se alegra verdaderamente el que se alegra en el amor: «Donde se alegra la caridad, allí hay festividad», decía el mismo Crisóstomo. Por eso no hay motivo mayor de alegría que la Resurrección del Señor, porque su triunfo es nuestro triunfo, su victoria es nuestra victoria. Este es el fundamento objetivo por el que la liturgia cristiana es una fiesta, y se diferencia de todo otro culto, y de los «party» mundanos. «La fiesta presupone un autorización a la alegría; esta autorización es válida sólo si está en grado de hacer frente a la respuesta sobre la muerte (…); la resurrección de Cristo da la autorización a la alegría buscada en toda la historia y que ninguno estaba en grado de conferir. Por eso, la liturgia cristiana –Eucaristía- es, por naturaleza, fiesta de la resurrección, Mysterium Paschae» (J. RATZINGER, op. cit., 62-63).

En la Misa se muestran los matices de sacrificio (inmolación, muerte, ofrecimiento) y Resurrección (fiesta, alegría). Son matices; a veces se resalta más un aspecto, a veces otro, a veces hay un equilibrio. Pero de todos modos, hay que tener en cuenta que se trata de una fiesta sagrada, y por tanto no es como una fiesta de cumpleaños o un aniversario, sino que es una fiesta en la que el festejado es Dios, por la Creación y porque envió a su Hijo Único para salvarnos (re-creación), y el modo de entrar en unión con Él es a través de los misterios, es un modo sacramental. Por lo tanto, habrá fiesta y alegría, pero mesurada, contenida, o, mejor, sublimada en el espíritu; no habrá una fiesta en la que se produzca un éxtasis o exacerbación de los sentidos, al modo dionisíaco, o en el que hay una alienación del hombre (que busca evadirse en su desesperación por no poder dar respuesta a la realidad de la muerte), sino que el modo de festejar es «en espíritu y en verdad», lo que no quita que festejemos también con nuestra sensibilidad, más aún, el corazón y todos nuestros afectos, y todo nuestro cuerpo, se espiritualiza y se eleva a Dios, como se dice en la Misa: «sursum corda», «levantemos el corazón».

A quien le interese profundizar en el tema, le recomiendo la lectura de dos libros del Card. Ratzinger, actual Benedicto XVI: Un canto nuevo para el Señor. La fe en Jesucristo y la liturgia hoy, y, sobre todo el arriba citado, La fiesta de la fe. Se puede leer también con mucho provecho el libro de Joseph Pieper, Sobre una teoría de la fiesta; de Romano Guardini, Preparación para la celebración de la Santa Misa, y la estupenda Carta Apostólica de Juan Pablo II, Dies Domini, sobre la santificación del día domingo.

P. Jon M. de Arza, IVE

inmersión

¿Es posible hoy hacer el bautismo por inmersión en el rito latino?

Pregunta:

¿Es posible hoy hacer el bautismo por inmersión en el rito latino? ¿En qué casos? ¿Se requiere de licencia especial?

Respuesta:

Antiguamente era más común la forma de la inmersión, que ha dado nombre al mismo Bautismo. En efecto, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa “sumergir”, “introducir dentro del agua”; la “inmersión” en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El como “nueva criatura” (2 Co 5,17; Ga 6,15)»(n. 1214).Y, más adelante:«…El Bautismo es realizado de la manera más significativa mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser también conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato» (n.1239).

En El Código de Derecho Canónico, por su parte, se norma: «El bautismo se administra según el ritual prescrito en los libros litúrgicos aprobados…» (Can. 850). Y también: «El bautismo se ha de administrar por inmersión o por infusión, de acuerdo con las normas de la Conferencia Episcopal. Por tanto, hay que estar a lo que prescribe el Ritual de los Sacramentos, y las normas específicas de cada Conferencia Episcopal» (can. 854).

El Ritual de los Sacramentos, dice para el Bautismo de niños, en las Notas Preliminares: «2) Sigue la ablución de agua que puede hacerse por inmersión o infusión según las costumbras del lugar, e invocación de la Santísima Trinidad» (n. 18). Y las rúbricas del Ritual, dicen: «derrama agua sobre la cabeza del niño o lo sumerge por primera vez…» (n. 57), y, más abajo: «Si el Bautismo se celebra por inmersión, el niño es sacado de la fuente bautismal por las personas mencionadas»(es decir, los padres o los padrinos).

El OICA (Ordo initiationis christianae adultorum), por su parte, en los Praenotanda, establece: «La ablución significa la participación mística en la Muerte y Resurrección de Cristo, por la cual, los que creen en su nombre mueren al pecado y resucitan para la vida eterna. Por tanto, debe darse a este rito toda su importancia en la celebración del Bautismo, eligiéndose el rito de inmersión o de infusión, de manera que, conforme a las diversas tradiciones y circunstancias, se comprenda mejor que no es meramente un rito de purificación, sino un sacramento de unión con Cristo» (n. 32). El Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, por su parte, prescribe en la rúbrica: «Si el bautismo se hace por inmersión, ya sea de todo el cuerpo, ya sea de la cabeza solamente, se tendrán en cuenta las exigencias del pudor y del recato. El padrino o la madrina, o ambos, tocan al ahijado. El celebrante, tocando al electo, lo sumerge totalmente o sólo la cabeza, por tres veces, invocando una sola vez a la Santísima Trinidad» (n. 220 y n. 261 -rito simplificado-).

Debemos concluir, pues, que es posible -según el nuevo Ritual- el bautismo por inmersión en el rito latino, pero hay que tener en cuenta que la costumbre es la ablución por infusión, que era más bien reservada a los casos de enfermos, pero que se ha impuesto en el rito romano desde el siglo XI, y ha sido prescrita por el Ordo Baptismi del Ritual Romano del Concilio de Trento. La inmersión parece significar mejor la inserción en la Muerte y resurrección de Cristo, pero por otra parte, requiere de una fuente bautismal apta y el respeto de las normas de pudor y recato. No creo que haya que pedir una licencia especial, salvo disposición expresa de la Conferencia Episcopal del país. Esto es algo que sabrá decirle mejor su párroco, o el párroco del lugar en donde quiera hacer el bautismo.

P. Jon M. de Arza, IVE

bendición

La bendición, ¿con qué mano?

Pregunta:

¿Existe alguna norma o reglamento católico o tipo de instrumento bíblico que obligue a los sacerdotes a realizar las bendiciones con la mano derecha, o es indistinto realizarlas con cualquiera de las dos manos? ¿el significado es el mismo? (Guido)

 

Respuesta:

La mano, que entre los miembros del cuerpo expresa la actividad, el obrar, y que después del rostro es la parte que más manifiesta el alma, fue siempre tenida en el lenguaje religioso como signo de la potencia y de la fuerza. De aquí las expresiones bíblicas manus Dei o dextera Domini. Es decir, la «diestra del Señor» es símbolo del poder divino.

En la Biblia tenemos algunos elementos que pueden orientarnos. Así, en el Antiguo Testamento, por ejemplo, la bendición de Jacob a su hijo José y a los hijos de éste, nos manifiesta que la bendición podía hacerse tanto con la derecha como con la izquierda, pero era más importante la que se realizaba con la derecha: José los tomó a los dos, a Efraím con la derecha, a la izquierda de Israel, y a Manasés con la izquierda, a la derecha de Israel, y los acercó a éste. Israel extendió su diestra y la puso sobre la cabeza de Efraím, aunque era el menor, y su izquierda sobre la cabeza de Manasés: es decir que cruzó las manos, puesto que Manasés era el primogénito; y bendijo a José diciendo: «El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac(…)». Al ver José que su padre tenía la diestra puesta sobre la cabeza de Efraím, le pareció mal, y asió la mano de su padre para retirarla de sobre la cabeza de Efraím a la de Manasés. Y dijo José a su padre: «Así no, padre mío, que éste es el primogénito; pon tu diestra sobre su cabeza. Pero rehusó su padre, y dijo: «Lo sé, hijo mío, lo sé; también él será grande. Sin embargo, su hermano será más grande que él, y su descendencia se hará una muchedumbre de gentes (Gn 48, 13-19). Mons. Straubinger, comenta este pasaje en la Biblia traducida por él: “se consideraba la mano derecha como la que transmitía más las bendiciones del padre”.

Si bien se obra con ambas manos, se da la primacía a la mano derecha, por eso dijo Jesús: cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha (Mt, 6, 3). En el Nuevo Testamento, tenemos un ejemplo, entre muchos, de bendición mediante la imposición de las manos, que se usa aún hoy para la bendición de los fieles al finalizar la Santa Misa. Nuestro Señor, bendijo a los discípulos cuando iba a ascender a los cielos: Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo (Lc 24, 50). El libro del Apocalipsis tiene algunas referencias al uso de la mano derecha extendida. Por ejemplo, cuando el Hijo de Hombre (Cristo) posa su mano derecha sobre a Juan: Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. El puso su mano derecha sobre mí diciendo: «No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo… (Ap 1, 17).

Para impartir las bendiciones, santiguarse o persignarse, no existe en el Misal Romano (2002), una indicación precisa, pero se supone por la tradición litúrgica y bíblica (incluso por los testimonios del arte sacro), que las bendiciones se hacen con la mano derecha, o con ambas manos (imposición de manos, o manos extendidas hacia adelante).

El Missale Romanum (1962) lo manda expresamente en el Ordo Missae para el caso de la signación del Evangelio antes de su proclamación: «pollice dexterae manum signat librum…» (indicación que omite el MR 2002, pero que se incluye en el actual Caeremoniale Episcoporum, n. 141). Asimismo, en el respectivo Ritus Servandus in celebratione Missae(1962), se prescribe que las bendiciones se realizan con la mano derecha, teniendo la mano izquierda en el pecho o apoyada sobre el altar, según el caso:«…producens manu dextera a fronte ad pectus signum crucis…» (RS, 4) y, más adelante, la rúbrica establece: «Seipsum benedicens, vertit se palmam manus dexterae (…) Si vero alios, vel rem aliquas benedicit (…) ac benedicendo totam manum dexteram extendit» (RS, 5). Por otra parte, en el antebrazo izquierdo se viste el manipulum, que cae hacia abajo, lo cual entorpecería una bendición a las ofrendas, por ejemplo, con dicha mano. Esta norma sobre la posición de la mano derecha y la izquierda durante la bendición, ha sido recogida por elCaeremoniale Episcoporum (n. 108).

El actual Bendicional del Ritual Romano, menciona el signo de la cruz (y también la imposición de manos) como expresivo de las bendiciones, pero no da más detalles sobre con qué mano deben realizarse (Cf. De Benedictionibus, Praenotanda, 26, b).

El Ordo Paenitentiae, prescribe al sacerdote al impartir la absolución de los pecados, imponer ambas manos o bien la mano derecha sobre el penitente.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos emitió un Decreto sobre la señal de la cruz en las bendiciones (publicado en Acta Apostolicae Sedis 94 (2002) 684), en el que se dice: «Habiendo estado siempre en vigor la costumbre, nacida del uso habitual, de que en los ritos de la bendición se empleara la señal de la cruz, trazándola el celebrante con la mano derecha sobre las personas o las cosas por las que se impetra la misericordia…».

En principio, debería, pues, darse la bendición con la mano derecha, a no ser que medie algún impedimento. En ese caso nada obsta que se realice con la mano izquierda. De todos modos, el significado preciso de la señal de la cruz no tiene que ver con la mano con que se realice, sino más bien con la oración o rito al que acompaña. La mayoría de las veces será para bendecir, o para invocar a la Santísima Trinidad, pero también puede realizarse en una fórmula imprecativa de exorcismo.

P. Jon M. de Arza, IVE

cuarenta

Simbología bíblica y litúrgica del número cuarenta

Pregunta:

¿Qué significa el número 40 en los textos bíblicos? Por ejemplo, Moisés caminó 40 años en el desierto, estuvo 40 días/40 noches en el Sinaí. Agradeceré su respuesta.

Respuesta:

La rica simbología bíblica del número cuarenta puede deducirse de los diferentes hechos que encontramos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, en los que aparece dicho número 40, o sea, las diferentes “cuaresmas”, y su comparación tipológica, es decir, que unas son figuras o tipos de las otras.

Por ejemplo, Moisés estuvo cuarenta días en el desierto con el pueblo judío, el cual pasó por diversas tentaciones y luchas hasta llegar a la tierra prometida. Esto es figura de la lucha de Jesús en el desierto, en el que estuvo cuarenta días y cuarenta noches. En ambos casos, se trata de un camino de liberación hasta una tierra prometida teniendo como jefe a un Libertador. Jesús, comienza su vida pública luchando, no contra el Faraón, sino contra Satanás, y se constituye en el Jefe que vino a liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado, pasando, no el Mar Rojo, sino «de este mundo al Padre» para prepararnos un lugar en la tierra prometida mediante su muerte en la Cruz.

Esta simbología de Pascua (paso del Mar Rojo, paso de la Muerte a la Vida), fue tomada por la Iglesia en el tiempo de Cuaresma, como también la idea de un Camino o itinerario a recorrer para pasar del pecado a la vida de la gracia. En efecto, la Cuaresma es un camino de preparación para la Pascua. El paso del Mar Rojo es también figura del Bautismo, (así como los 40 días del diluvio), por el que los pecados quedan sepultados en el agua bautismal y se renace a una nueva vida.

Los cuarenta días están relacionados también con la penitencia, pues, además de Jesús y Moisés, también Elías ayunó cuarenta días, y Dios otorgó al pueblo de Nínive, por el profeta Jonás, un tiempo de 40 días para hacer penitencia por sus pecados. La Iglesia siempre tuvo interés en mantener el número 40 como tiempo de penitencia, marcado especialmente por el ayuno. La liturgia romana tiene 6 semanas de Cuaresma (hasta el Sábado Santo). Como los domingos no se ayuna (por ser día de resurrección y fiesta), el número cuarenta se obtiene multiplicando las 6 semanas por los restantes 6 días de la semana (6×6=36). Para llegar al número 40, se agregan cuatro días “de ceniza”, de miércoles a sábado (36+4=40). Como los orientales no ayunan ni sábado ni domingo, tienen 8 semanas de Cuaresma (8×5=40).

Finalmente, los 40 días que Jesús acompaña a los discípulos por medio de sus apariciones después de la Resurrección hasta la Ascensión, tienen el objeto de prepararlos para la vida del Espíritu, es decir, la vida de la Iglesia, que ya no tendrá a Jesús visiblemente, sino de modo sacramental.

P. Jon M. de Arza, IVE

cantos

¿Se puede cambiar la letra del Gloria, del Sanctus y del Agnus Dei?

Pregunta:

Holá Padre!
Gostaria de saber sobre as seguintes perguntas: Sobre os seguintes cantos: Glória, Santo e Cordeiro, porque devem ser identicos a oração e qual documento a igreja exorta que deve ser assim? Aguardo respostas.

Respuesta:

El tema que Usted plantea va mucho más allá del cambio de un simple texto de un canto, sino que se circunscribe en la naturaleza de la liturgia, que es el culto público de la Iglesia. La liturgia no es el culto de un grupo, o de una pequeña comunidad parroquial, sino que cuando entramos en la liturgia, entramos en la alabanza del Cielo, y de la Iglesia dos veces milenaria, junto con todos los miembros del Cuerpo Místico de todos los tiempos. No podemos, pues, modificar a nuestro arbitrio algo que no hemos hecho nosotros, ni nos pertenece exclusivamente, no podemos «falsear» de ese modo la voz de la Esposa.

Más concretamente, con respecto al himno de alabanza que nos ocupa, decía el P. Soler Canals: «el “Gloria” es un patrimonio venerable de la familia cristiana, un texto que forma parte de nuestra identidad colectiva, desde el punto de vista de contenido de fe y de alabanza» («El Gloria », en Cuadernos Phase 92 (1999), CPL, Barcelona, 15). Se trata  (junto con el «Te Deum») de uno de los primeros salmos «idióticos» o propios de la Iglesia, inspirados en la Sagrada Escritura, pero que no son propiamente textos bíblicos.

La Iglesia siempre ha cuidado hasta el detalle los textos que deben ser utilizados en la liturgia, por eso, las antífonas y cantos, las lecturas (que no pueden ser extra bíblicas), las aclamaciones y respuestas, y las mismas oraciones, son fruto de la tradición, de siglos de asidua meditación de las Escrituras y del misterio eucarístico, por parte de los Papas y de los hombres de Dios.

San Pío X, en el Motu Proprio Tra le sollecitudini (22/11/1903: AAS 36 (190) 329-339), establecía que: «Estando determinados para cada función litúrgica los textos que han de ponerse en música y el orden en que se deben cantar, no es lícito alterar este orden, ni cambiar los textos prescriptos por otros de elección privada, ni omitirlos enteramente o en parte…», y también: «El texto litúrgico ha de cantarse como está en los libros, sin alteraciones o posposiciones de palabras, sin repeticiones indebidas, sin separar sílabas, y siempre con tal claridad que puedan entenderlo los fieles».

La Instrucción Redemptionis Sacramentum,  de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (25/03/2004: AAS 96 (2004) 549-601), dice: «Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia». Ahora bien, el “Gloria”, el “Santo” y el “Cordero de Dios” son textos litúrgicos, pues se contienen en el Misal, que es un libro litúrgico. El “Kyrie”, el “Gloria”, el “Credo”, el “Sanctus/Benedictus” y el “Agnus Dei” conforman lo que se llama el “Ordinario de la Misa” (las partes invariables que se cantan en la Misa), en contraposición a los cantos de ingreso, ofertorio y comunión, cuyas antífonas varían según las diferentes celebraciones del calendario litúrgico.

Los textos de dichos cantos han sido cuidadosamente establecidos por la tradición de la Iglesia, y todos ellos tienen asiento en la Sagrada Escritura, es decir, en la misma Revelación. Los mismos nos vienen “literalmente” del Cielo, así el Gloria comienza con la alabanza de los ángeles (Lc 2, 14); lo mismo que el Sanctus, que es la aclamación de los serafines ante la presencia de la majestad divina (Is 6, 1-3), y que nosotros retomamos en la liturgia para unirnos a la celeste alabanza, por eso se pasa de la tercera persona: “Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios del universo”, a la segunda: “llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”. Luego, como un eco, tomamos la alabanza de los niños en el “Benedictus” (cf. Mt 21, 10), niños cuyos ángeles ven el rostro de Dios.

Para el caso del “Gloria”, se dice expresamente en la misma Ordenación General del Misal Romano (n. 53): “El texto de este himno no puede cambiarse por otro”.

El “Sanctus”, si bien no lo dice expresamente la OGMR, sin embargo, es parte integrante de la Plegaria Eucarística, que constituye la cumbre, el alma, el corazón de toda la celebración eucarística, y ésta no puede cambiarse bajo ningún concepto (Cf. RS, 51).

El “Cordero” (como el Kyrie) es una letanía, cantada alternadamente por el coro (“Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”) y el pueblo (“Ten piedad de nosotros”, o “Danos la paz”, la última vez”) (OGMR, n. 83), y es el cántico nuevo que entonan los elegidos en la Jerusalén Celestial (cf. Ap 5, 8-13).

P. Jon M. de Arza, IVE