indulgencia

¿Concede indulgencia plenaria rezar la oración «Oh mi amado y buen Jesús»?

Pregunta:

Quisiera me confirmase Padre si esta Oración da indulgencia plenaria rezándose después de la comunión en presencia de un crucifijo (acción de gracias) cumpliendo los requisitos de indulgencia plenaria que impone la iglesia claro esta. El sacerdote que me lo dijo me lo enseño del Misal Romano en oraciones de acción de gracias Me dijo que no es muy conocida y que en los misales modernos no viene. Es la siguiente:

Oración ante el Crucifijo

Miradme, Oh mi amado y buen Jesús,
Postrado ante Vuestra santísima presencia.
Os ruego con el mayor fervor, que imprimáis en mi corazón
vivos sentimientos de Fe, Esperanza y Caridad;
Verdadero dolor de mis pecados, y propósito firmísimo de enmendarme;
Mientras que yo, con todo el amor, y toda la compasión de mi alma,
Voy considerando Vuestras Cinco Llagas;
Teniendo presente aquello que dijo de Vos el santa profeta, David:
“Han taladrado Mis manos y Mis pies, y se pueden contar todos Mis huesos”.
(Salmo 21: 17-18)

En latín:
En ego, o bone et dulcíssime Iesu,
ante conspéctum tuum génibus me provólvo,
ac máximo ánimi ardóre te oro atque obtéstor,
ut meum in cor vívidos fídei, spei et caritátis sensus,
atque veram peccatórum meórum paeniténtiam,
eáque emendándi firmíssimam voluntátem velis imprímere;
dum magno ánimi afféctu et dolóre tua
quinque vúlnera mecum ipse consídero ac mente contémplor,
illud prae óculis habens, quod iam in ore ponébat tuo David prophéta de te, o bone Iesu:
‘Fodérunt manus meas et pedes meos: dinumeravérunt ómnia ossa mea.’

Le agradeceria me lo confirmase. Muchas gracias. J (de España).

Respuesta:

Estimado J.:

El Missale Romanum 2002, editio typica tertia, trae dicha oración en Apéndice, lo mismo que algunas ediciones en las lenguas vernáculas, integrando la “gratiarum actio post missam”, pero no se dice nada sobre las indulgencias. El Misal Romano de 1962, por otra parte, no ha perdido nunca su plena vigencia (Cf. BENEDICTO XVI, Motu Proprio Summorum Pontificum, del 07/07/07). Allí se dice, que puede rezarse la Oratio ad D.N.J.C. Crucifixum, con diez años de indulgencia, o indulgencia plenaria si se reza ante un crucifijo, luego de la Misa (Pius Pp. XI, 2 febrero, 1934).

Sin embargo, ateniéndonos al Enchiridion Indulgentiarum, cuya última edición (5ª) es del 16­VII­ 1999, dicha oración tendría indulgencia plenaria solamente los viernes de Cuaresma, si se recita luego de la Comunión ante un Crucifijo, y parcial, los demás días, y como se trata de un reordenamiento sobre la misma materia, se impone la ley posterior. No es que el Misal de San Pío V haya sido repuesto (en cuyo caso sería posterior la norma del Misal), sino que se ha reconocido o declarado como nunca derogado, por tanto, en lo que toca a nuestra oración, hay que estar a la lex posterior.

Transcribo las normas del Enchiridion Indulgentiarum que nos interesan:
§ 1. Se concede indugencia plenaria al fiel cristiano que
2° en cualquier viernes del tiempo cuaresmal después de la comunión recite piadosamente, ante la imagen de Jesucristo Crucificado la oración ‘Oh mi amado y buen Jesús…’;
§ 2.Se concede indulgencia parcial al fiel cristiano que pronuncie cualquier fórmula piadosa legítimamente aprobada:
2° en la acción de gracias después de la comunión (por ejemplo, Alma de Cristo, Oh mi amado y buen Jesús).

P. Jon M. de Arza, IVE

comunion

¿Es lo mismo recibir la comunión en la mano que en la boca?

Pregunta:

¿Es lo mismo recibir la comunión en la mano que en la boca?¿Por qué se está fomentando recibirla en la mano?

 

Respuesta:

En primer lugar, algunas normas. El primer documento de la Santa Sede que habla de la comunión en la mano es la Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino, 29 de mayo de 1969; más tarde, la Instrucción Immensae caritatis, 29 de enero de 1973; el Ritual de la sagrada comunión y del culto a la Eucaristía fuera de la misa, y una carta del 3 de abril de 1985, publicada por la Congregación para el Culto divino en la que se expresan las condiciones para dicha práctica.
Por su parte, la Institutio Generalis Missalis Romani, recogiendo las normas antedichas, regla lo siguiente:

«161. Si Communio sub specie tantum panis fit, sacerdos hostiam parum elevatam unicuique ostendit dicens: Corpus Christi. Communicandus respondet: Amen, et Sacramentum recipit, ore vel, ubi concessum sit, manu, pro libitu suo.Communicandus statim ac sacram hostiam recipit, eam ex integro consumit». Es decir, en principio, la Comunión se recibe en la boca, pero, donde sea concedido (por la Conferencia Episcopal), puede el fiel, a elección, comulgar recibiendo la hostia en la mano. En cambio, cuando la Comunión se recibe «por intinción» (esto es, bajo ambas especies, mojando la hostia en el Cáliz), obviamente, sólo puede recibirse en la boca (Cf.IGMR, 287).

La Instrucción Redemptionis sacramentum, de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (25/03/2004: AAS 96 (2004) 549-601), señala lo siguiente:

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

De aquí podemos deducir que el recibir la Comunión en la mano es una excepción allí “donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica”.

Por distintos motivos, creemos que es más conveniente recibirla en la boca, en primer lugar, porque el riesgo de profanación es mucho menor, por eso se dice que “si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano”; en segundo lugar, para impedir que queden partículas en la mano, lo cual se quiere evitar al máximo cuando se da en la boca, poniendo el uso de la bandeja; en tercer lugar, por reverencia al Sacramento. El sacerdote, aunque indigno, tiene sus manos consagradas con el crisma y es ministro ordinario de la Eucaristía, a quien compete por oficio “dar lo sagrado”.

Es cierto que antiguamente se recibía la Comunión en la mano, la cual debía presentarse como un trono que recibía a Cristo, y se comulgaba con mucha reverencia: «Cuando te acerques (a recibir el Cuerpo del Señor), no lo hagas con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu derecha, que ha de recibir al Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente (cavidad), recoge el cuerpo del Señor y di “Amén”. En seguida, santifica con todo cuidado tus ojos con el contacto del sagrado Cuerpo y súmele, pero ten cuidado que no se te caiga nada; pues lo que se te cayese, lo perderás como de los propios miembros. Dime: si alguno te hubiera dado polvos de oro, ¿no lo guardarías con todo esmero y tendrías cuidado de que no se te cayese ni perdiese nada? Y ¿no debes cuidar con mucho mayor esmero que no se te caiga ni una miga de lo que es más valioso que el oro y las perlas preciosas?» (SAN CIRILO DE JERUSALÉN, Catequesis Mystagogicas, V, 21ss).

Incluso, en las misas dominicales se llevaba el Santísimo para comulgar durante la semana, teniendo en cuenta que no había Misa todos los días (Cf. J. A. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid, 1961, vol II, 1066-1067), pero no por antigua, una práctica debe ser estimada como mejor y más conveniente para nuestros tiempos.

Mons. Ranjith, secretario de la Congregación para el Culto Divino, ha afirmado recientemente que «el Santo Padre habla a menudo de la necesidad de salvaguardar el sentido de la “alteridad” en cada expresión de la liturgia. El gesto de tomar la Sagrada Hostia y, en lugar de recibirla, ponerla en la boca nosotros mismos, reduce el profundo significado de la Comunión» (La Repubblica, 31/07/2008). La Eucaristía es un don, y esto se pone mejor de manifiesto cuando se la recibe directamente en la boca. Así se muestra la delicadeza con la que Dios (a través del sacerdote, como un padre que da de comer a sus hijos), nos alimenta con el mismo Pan de los ángeles.

P. Jon M. de Arza, IVE

padrino

¿Es posible hacer que una persona ya no sea más padrino de bautismo?

Pregunta:

Estimado Padre: Quisiera preguntarle si la Iglesia puede autorizar la desvinculación de un padrino/madrina de bautismo por conductas contrarias a sus responsabilidades como tal. 

 

Respuesta:

Estimado:

El Can. 872, del Código de Derecho Canónico, dice: «En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo». Si el padrino no cumple dichas obligaciones, no puede ser desvinculado.

Antiguamente, en el Código de 1917 el ser padrino o madrina de una persona era un impedimento para contraer matrimonio con la misma, dado que el padrinazgo-madrinazgo crea un parentesco religioso. Los padrinos hacen las veces de los padres, ayudan a la formación (iniciación) cristiana del ahijado, y lo presentan juntamente con los padres para su nacimiento espiritual por el sacramento.

Este es el motivo por el que no se puede desvincular del ahijado, una vez que contrajo su compromiso en el Bautismo. No cabe aquí, la analogía (y en sentido muy amplio) con la quita de la patria potestad que tipifica el derecho civil para los casos extremos en que los padres no cumplen adecuadamente con sus obligaciones de paternidad.

Por eso es tan importante la elección del padrino, sobre todo en función de sus cualidades morales y su compromiso de vida según la fe católica. Muchas veces sucede que, aún eligiendo bien, las personas cambian, pero esto no está en nuestras manos. Lo que siempre debemos hacer es rezar por nuestros padrinos, porque Dios también tiene dispuesto que por los ahijados, cambien de vida los padrinos, así como por los hijos, los padres descarriados.

P. Jon M. de Arza, IVE

guitarra

¿Hay algún documento sobre el uso de guitarras y aplausos en la Misa?

Pregunta:

Me gustaría saber si hay un documento que haga mención al uso de la guitarra dentro de la Misa y también sobre los aplausos.

Respuesta:

Para entrar en el tema del uso de los instrumentos en la liturgia, y en particular de la guitarra, no estaría de más recordar, como enseña el Card. Ratzinger, que «la liturgia cristiana se define por su relación con el Logos» (seguimos libremente, J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia. Una introducción, ed. Cristiandad, Madrid 2001, 171-179). Esto, en un triple sentido:

  1. En la música litúrgica, basada en la fe bíblica, hay una «clara primacía de la palabra». De aquí se sigue «el predominio del canto sobre la música instrumental (que de ningún modo ha de ser excluida)».
  2. El canto logra superar las palabras, que muchas veces no alcanzan para expresar la inefabilidad del misterio, pero no supera la Palabra (el Logos), por lo que se hace necesaria la música. Ahora bien, «la liturgia cristiana no está abierta a cualquier tipo de música». Una música que «arrastra al hombre a la ebriedad de los sentidos, pisotea la racionalidad y somete el espíritu a los sentidos», no eleva al hombre. Por eso la música litúrgica debe ser tal que, superando la sensualidad, eleve el corazón (sursum corda, “levantemos el corazón”).
  3. «La música humana es tanto más bella cuanto más se adapte a las leyes musicales del universo». La liturgia debe ser cósmica, es decir, abierta al canto de los ángeles «que rodean a Dios e iluminan el universo». «Nosotros, al celebrar la Santa Misa, nos incorporamos a esta liturgia que siempre nos precede. Nuestro canto es participación del canto y la oración de la gran liturgia que abarca toda la creación». Por tanto, en la liturgia, los cantos deberían ser tales que se puedan cantar en presencia de los ángeles. Los instrumentos son el coro de las criaturas que acompañan la voz del hombre en la alabanza divina.

Pues bien, sobre estos principios, reformulamos la pregunta: ¿puede utilizarse la guitarra en la liturgia? Creemos que no puede excluirse de plano, sino que su aceptación dependerá del tipo de música que se sirva de ella, y de su modo de ejecución.

En la música litúrgica judía, se utilizaban instrumentos de cuerda para «acompañar» (y subrayamos este verbo, «acompañar») el canto de los salmos. De hecho, «psalterio», viene del griego, «psallein» (traducción del hebreo «zamir», que significa «pulsar» (una cuerda) o «puntear», y salmodiar es cantar con acompañamiento de una cítara o un arpa, o un instrumento afín. De aquí se puede colegir la exclusión de la guitarra «rasgueada», que privilegia el ritmo, y se pone sobre la palabra y al nivel de los sentidos. En efecto, la guitarra así tocada, resuena en el corazón, pero no lo eleva.

Los Papas siempre se han preocupado de corregir los abusos en materia de música litúrgica, sobre todo para que la liturgia no se confunda con una teatralización de tipo operístico. Así, por ejemplo, Benedicto XIV, en la Encíclica Annus Qui, de 1749, delimitó el uso de los instrumentos musicales, admitiendo: «…el órgano, también violones, violoncelos, fagotes, violas y violines» y excluyendo «los timbales, los coros de caza, las trompetas, los oboes, las flautas, los flautines, los salterios modernos, las mandolinas e instrumentos similares, que sólo sirven para hacer la música más teatral». Aquí se circunscriben las guitarras. Sin embargo, la preocupación estaba dirigida no tanto a ciertos instrumentos sino a aquellos que representaban este tipo de música. «De forma semejante, Pío X intentó, entonces, alejar la música operística de la liturgia, declarando el canto gregoriano y la gran polifonía de la época de la renovación católica (con Palestrina como figura simbólica destacada) como criterio de la música litúrgica. Así, la música litúrgica se ha de distinguir claramente de la música religiosa en general…» (J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia…, 169).

Si tenemos en cuenta el uso actual de la guitarra, esto es, para el folclore o canto popular, el canto melódico, incluso, el rock (con la guitarra eléctrica), no parece que sea un instrumento adecuado para la liturgia, pero si se toca con arte y punteando, de manera que sirva de acompañamiento, creemos que podría usarse, como pueden usarse la cítara y el arpa. El problema, de todos modos, estaría en ¿para qué tipo de música que sea apta para la liturgia, puede ser utilizada la guitarra como instrumento de acompañamiento? ¿Y a qué textos velará con su sonido?

Tal vez su uso litúrgico, pues, se vea reducido al acompañamiento de los salmos en la liturgia de las horas, a modo de cítara o arpa. Esto no obsta a que se use este hermoso instrumento para otro tipo de cantos religiosos, pero extra-litúrgicos, así como por ejemplo, en algún tipo de reuniones y jornadas.

La Constitución sobre la Liturgia, Sacrosanctum Concilium, del Concilio Vaticano II, establece: «Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales.

En el culto divino se pueden admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, a tenor del artículo 22, Par. 2, 37 y 40, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles» (n. 120).

En cuanto a los aplausos en la liturgia, digamos, ante todo, que se oponen al decoro y la belleza propios de la liturgia. Se trata del culto de la Esposa de Cristo, en el que deben resplandecer el orden, la mesura, y las manifestaciones contenidas.

Hay manifestaciones artísticas que se introducen en la liturgia para hacerla más atractiva, como por ejemplo la inclusión de una danza antes del Evangelio, que generalmente terminan en aplausos espontáneos por parte de los fieles, «lo cual está justificado, -dice el Card. Ratzinger, si se tiene en cuenta, propiamente hablando, su talento artístico». Pero, -concluye el actual Pontífice-, «cuando se aplaude por la obra humana dentro de la liturgia, nos encontramos ante un signo claro de que se ha perdido totalmente la esencia de la liturgia…» (El espíritu de la liturgia. Una introducción, ed. Cristiandad, Madrid 2001, 223).

Cuando se aplaude, ¿a quién se aplaude? Si se aplaude a una persona por un discurso, o porque ha hecho sus votos religiosos, o se ha casado, o porque ha cantado muy bien, etc, estamos ante una desnaturalización de la liturgia, que es el culto que se tributa a Dios y no al hombre, aunque sea porque se quiera alabar en el hombre, las “maravillas” de Dios.
Por el contrario, si es a Dios a quien se aplaude, entonces hay que decir que la liturgia tiene sus modos de alabar a Dios y de expresar el júbilo, y es mediante las aclamaciones, esto es, el canto del Aleluya, del Amen, del Deo gratias, etc. Los aplausos están muy ligados al uso profano. Pongamos un ejemplo. Así como en la liturgia hay modos propios de saludar y no cabe un cotidiano y vulgar “¡Buenos días!”, sino un bíblico (aunque no menos sencillo), “¡El Señor esté con vosotros!”, acompañado de un extender y juntar los brazos por parte del que saluda (como un modo estilizado y litúrgico del abrazo humano), así tampoco caben los aplausos en señal de aprobación o confirmación, o bien como expresión de júbilo, pues estos sentimientos del alma tienen su modo estilizado en las aclamaciones.

P. Jon M. de Arza, IVE

ayuno comunión

¿Por qué tenemos que hacer una hora de ayuno antes de comulgar?

Pregunta:

Le escribo para saber por qué tenemos que hacer una hora de ayuno antes de comulgar. ¿Dónde está fundamentado esto?

 

Respuesta:

Desde los comienzos, la Iglesia consideró conveniente separar el ágape de la Eucaristía. El que nacieran juntos se debe a que el Señor instituyó la Eucaristía en el marco del ágape de la Pascua judía en la Última Cena, para señalar el paso del Antiguo al Nuevo Testamento, por lo que para realizar mejor el mandato de perpetuar el memorial del Sacrificio de Cristo, pronto se produjo la separación, dándose lugar al “ayuno eucarístico” (Cf. PÍO XII, Constitución Apostólica Christus Dominus, del 6 de enero de 1953).

El primer testimonio de esta práctica lo tenemos en Tertuliano, que pregunta a la esposa cristiana de un pagano, en relación a la Eucaristía: «¿No sabrá tu marido de qué te alimentas secretamente, antes de comer cualquier otro alimento?» (Ad Uxorem, II, 5, 2); y la Traditio Apostolica (atribuida a Hipólito de Roma, 215), sentencia: «Cada fiel antes de tomar alimento se apresure a recibir la Eucaristía» (n. 36). Algunos interpretan este texto en el sentido de que la Eucaristía se tomaba como una protección contra veneno, como una especie de praegustatio. De hecho, dice el sacerdote secretamente, antes de comulgar, que la comunión le «aproveche para defensa de alma y cuerpo…» (Cf. J. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, 1074, nota 34).

En el año 393 el Concilio de Hipona decretó (y cuatro años más tarde, confirmó el III Concilio de Cartago): «El Sacramento del Altar no sea celebrado sino por personas que estén en ayunas», de manera que San Agustín pudo afirmar hacia el 400: «La Santísima Eucaristía es recibida siempre por personas en ayunas, y tal uso es universal» (Ep. 54 ad Ian., 6, CSEL 34, 166s).

El Motu Proprio Sacram Communionem (19/03/1957), durante el Pontificado de Pío XII, extendió la reducción del ayuno (prescrita ya por la Christus Dominus para las misas vespertinas), a tres horas para los alimentos sólidos y una hora para las bebidas no alcohólicas para cualquier horario de misas, aunque alentó a que se continuara con la antigua práctica del ayuno desde la medianoche.

Actualmente, la disposición sobre el ayuno está prescrita en el Código de Derecho Canónico, Can. 919:

«§ 1. Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas.

§ 2. El sacerdote que celebra la santísima Eucaristía dos o tres veces el mismo día, puede tomar algo antes de la segunda o tercera Misa, aunque no medie el tiempo de una hora.

§ 3. Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior».

Por su parte, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1387: «Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia. Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped».

En cuanto a las razones del ayuno eucarístico, Santo Tomás de Aquino afirma en la Suma Teológica (III Parte, cuestión 80, art. 8):

« La Iglesia prohíbe recibir este sacramento después de haber comido o bebido por tres razones.

Primera, por respeto a este sacramento, según dice San Agustín, para que entre en la boca del hombre antes que ésta se contamine con la comida o la bebida.

Segunda, por su significado, dando a entender que Cristo, que es la realidad contenida en este sacramento, y su caridad deben fundamentarse en primer lugar en nuestros corazones, según aquello de Mt 6, 33: Buscad ante todo el reino de Dios.

Tercera, para evitar el peligro del vómito y de la embriaguez, cosas que a veces suceden por no comer los hombres con moderación, según la observación del Apóstol en 1 Cor 11, 21: Mientras que uno pasa hambre, el otro se emborracha.

Quedan exceptuados, sin embargo, de esta regla general los enfermos, a los que se ha de dar la comunión seguidamente, incluso después de la comida, cuando su vida corre peligro, para que no mueran sin la comunión, porque la necesidad no tiene leyes. De ahí que se diga en De Consecr. dist.II: Que el presbítero dé la comunión seguidamente al enfermo, para que no muera sin comulgar».

La Comunión, en efecto, es el sacramento de los moribundos, de los que parten de este mundo (exeuntes) a la Patria celestial; es el viático que los fortalecerá y custodiará hasta entrar en la vida eterna.

P. Jon M. de Arza, IVE