inmersión

¿Es posible hoy hacer el bautismo por inmersión en el rito latino?

Pregunta:

¿Es posible hoy hacer el bautismo por inmersión en el rito latino? ¿En qué casos? ¿Se requiere de licencia especial?

Respuesta:

Antiguamente era más común la forma de la inmersión, que ha dado nombre al mismo Bautismo. En efecto, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: «Este sacramento recibe el nombre de Bautismo en razón del carácter del rito central mediante el que se celebra: bautizar (baptizein en griego) significa “sumergir”, “introducir dentro del agua”; la “inmersión” en el agua simboliza el acto de sepultar al catecúmeno en la muerte de Cristo de donde sale por la resurrección con El como “nueva criatura” (2 Co 5,17; Ga 6,15)»(n. 1214).Y, más adelante:«…El Bautismo es realizado de la manera más significativa mediante la triple inmersión en el agua bautismal. Pero desde la antigüedad puede ser también conferido derramando tres veces agua sobre la cabeza del candidato» (n.1239).

En El Código de Derecho Canónico, por su parte, se norma: «El bautismo se administra según el ritual prescrito en los libros litúrgicos aprobados…» (Can. 850). Y también: «El bautismo se ha de administrar por inmersión o por infusión, de acuerdo con las normas de la Conferencia Episcopal. Por tanto, hay que estar a lo que prescribe el Ritual de los Sacramentos, y las normas específicas de cada Conferencia Episcopal» (can. 854).

El Ritual de los Sacramentos, dice para el Bautismo de niños, en las Notas Preliminares: «2) Sigue la ablución de agua que puede hacerse por inmersión o infusión según las costumbras del lugar, e invocación de la Santísima Trinidad» (n. 18). Y las rúbricas del Ritual, dicen: «derrama agua sobre la cabeza del niño o lo sumerge por primera vez…» (n. 57), y, más abajo: «Si el Bautismo se celebra por inmersión, el niño es sacado de la fuente bautismal por las personas mencionadas»(es decir, los padres o los padrinos).

El OICA (Ordo initiationis christianae adultorum), por su parte, en los Praenotanda, establece: «La ablución significa la participación mística en la Muerte y Resurrección de Cristo, por la cual, los que creen en su nombre mueren al pecado y resucitan para la vida eterna. Por tanto, debe darse a este rito toda su importancia en la celebración del Bautismo, eligiéndose el rito de inmersión o de infusión, de manera que, conforme a las diversas tradiciones y circunstancias, se comprenda mejor que no es meramente un rito de purificación, sino un sacramento de unión con Cristo» (n. 32). El Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos, por su parte, prescribe en la rúbrica: «Si el bautismo se hace por inmersión, ya sea de todo el cuerpo, ya sea de la cabeza solamente, se tendrán en cuenta las exigencias del pudor y del recato. El padrino o la madrina, o ambos, tocan al ahijado. El celebrante, tocando al electo, lo sumerge totalmente o sólo la cabeza, por tres veces, invocando una sola vez a la Santísima Trinidad» (n. 220 y n. 261 -rito simplificado-).

Debemos concluir, pues, que es posible -según el nuevo Ritual- el bautismo por inmersión en el rito latino, pero hay que tener en cuenta que la costumbre es la ablución por infusión, que era más bien reservada a los casos de enfermos, pero que se ha impuesto en el rito romano desde el siglo XI, y ha sido prescrita por el Ordo Baptismi del Ritual Romano del Concilio de Trento. La inmersión parece significar mejor la inserción en la Muerte y resurrección de Cristo, pero por otra parte, requiere de una fuente bautismal apta y el respeto de las normas de pudor y recato. No creo que haya que pedir una licencia especial, salvo disposición expresa de la Conferencia Episcopal del país. Esto es algo que sabrá decirle mejor su párroco, o el párroco del lugar en donde quiera hacer el bautismo.

P. Jon M. de Arza, IVE

bendición

La bendición, ¿con qué mano?

Pregunta:

¿Existe alguna norma o reglamento católico o tipo de instrumento bíblico que obligue a los sacerdotes a realizar las bendiciones con la mano derecha, o es indistinto realizarlas con cualquiera de las dos manos? ¿el significado es el mismo? (Guido)

 

Respuesta:

La mano, que entre los miembros del cuerpo expresa la actividad, el obrar, y que después del rostro es la parte que más manifiesta el alma, fue siempre tenida en el lenguaje religioso como signo de la potencia y de la fuerza. De aquí las expresiones bíblicas manus Dei o dextera Domini. Es decir, la «diestra del Señor» es símbolo del poder divino.

En la Biblia tenemos algunos elementos que pueden orientarnos. Así, en el Antiguo Testamento, por ejemplo, la bendición de Jacob a su hijo José y a los hijos de éste, nos manifiesta que la bendición podía hacerse tanto con la derecha como con la izquierda, pero era más importante la que se realizaba con la derecha: José los tomó a los dos, a Efraím con la derecha, a la izquierda de Israel, y a Manasés con la izquierda, a la derecha de Israel, y los acercó a éste. Israel extendió su diestra y la puso sobre la cabeza de Efraím, aunque era el menor, y su izquierda sobre la cabeza de Manasés: es decir que cruzó las manos, puesto que Manasés era el primogénito; y bendijo a José diciendo: «El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac(…)». Al ver José que su padre tenía la diestra puesta sobre la cabeza de Efraím, le pareció mal, y asió la mano de su padre para retirarla de sobre la cabeza de Efraím a la de Manasés. Y dijo José a su padre: «Así no, padre mío, que éste es el primogénito; pon tu diestra sobre su cabeza. Pero rehusó su padre, y dijo: «Lo sé, hijo mío, lo sé; también él será grande. Sin embargo, su hermano será más grande que él, y su descendencia se hará una muchedumbre de gentes (Gn 48, 13-19). Mons. Straubinger, comenta este pasaje en la Biblia traducida por él: “se consideraba la mano derecha como la que transmitía más las bendiciones del padre”.

Si bien se obra con ambas manos, se da la primacía a la mano derecha, por eso dijo Jesús: cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha (Mt, 6, 3). En el Nuevo Testamento, tenemos un ejemplo, entre muchos, de bendición mediante la imposición de las manos, que se usa aún hoy para la bendición de los fieles al finalizar la Santa Misa. Nuestro Señor, bendijo a los discípulos cuando iba a ascender a los cielos: Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo (Lc 24, 50). El libro del Apocalipsis tiene algunas referencias al uso de la mano derecha extendida. Por ejemplo, cuando el Hijo de Hombre (Cristo) posa su mano derecha sobre a Juan: Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. El puso su mano derecha sobre mí diciendo: «No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo… (Ap 1, 17).

Para impartir las bendiciones, santiguarse o persignarse, no existe en el Misal Romano (2002), una indicación precisa, pero se supone por la tradición litúrgica y bíblica (incluso por los testimonios del arte sacro), que las bendiciones se hacen con la mano derecha, o con ambas manos (imposición de manos, o manos extendidas hacia adelante).

El Missale Romanum (1962) lo manda expresamente en el Ordo Missae para el caso de la signación del Evangelio antes de su proclamación: «pollice dexterae manum signat librum…» (indicación que omite el MR 2002, pero que se incluye en el actual Caeremoniale Episcoporum, n. 141). Asimismo, en el respectivo Ritus Servandus in celebratione Missae(1962), se prescribe que las bendiciones se realizan con la mano derecha, teniendo la mano izquierda en el pecho o apoyada sobre el altar, según el caso:«…producens manu dextera a fronte ad pectus signum crucis…» (RS, 4) y, más adelante, la rúbrica establece: «Seipsum benedicens, vertit se palmam manus dexterae (…) Si vero alios, vel rem aliquas benedicit (…) ac benedicendo totam manum dexteram extendit» (RS, 5). Por otra parte, en el antebrazo izquierdo se viste el manipulum, que cae hacia abajo, lo cual entorpecería una bendición a las ofrendas, por ejemplo, con dicha mano. Esta norma sobre la posición de la mano derecha y la izquierda durante la bendición, ha sido recogida por elCaeremoniale Episcoporum (n. 108).

El actual Bendicional del Ritual Romano, menciona el signo de la cruz (y también la imposición de manos) como expresivo de las bendiciones, pero no da más detalles sobre con qué mano deben realizarse (Cf. De Benedictionibus, Praenotanda, 26, b).

El Ordo Paenitentiae, prescribe al sacerdote al impartir la absolución de los pecados, imponer ambas manos o bien la mano derecha sobre el penitente.

La Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos emitió un Decreto sobre la señal de la cruz en las bendiciones (publicado en Acta Apostolicae Sedis 94 (2002) 684), en el que se dice: «Habiendo estado siempre en vigor la costumbre, nacida del uso habitual, de que en los ritos de la bendición se empleara la señal de la cruz, trazándola el celebrante con la mano derecha sobre las personas o las cosas por las que se impetra la misericordia…».

En principio, debería, pues, darse la bendición con la mano derecha, a no ser que medie algún impedimento. En ese caso nada obsta que se realice con la mano izquierda. De todos modos, el significado preciso de la señal de la cruz no tiene que ver con la mano con que se realice, sino más bien con la oración o rito al que acompaña. La mayoría de las veces será para bendecir, o para invocar a la Santísima Trinidad, pero también puede realizarse en una fórmula imprecativa de exorcismo.

P. Jon M. de Arza, IVE

cuarenta

Simbología bíblica y litúrgica del número cuarenta

Pregunta:

¿Qué significa el número 40 en los textos bíblicos? Por ejemplo, Moisés caminó 40 años en el desierto, estuvo 40 días/40 noches en el Sinaí. Agradeceré su respuesta.

Respuesta:

La rica simbología bíblica del número cuarenta puede deducirse de los diferentes hechos que encontramos en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, en los que aparece dicho número 40, o sea, las diferentes “cuaresmas”, y su comparación tipológica, es decir, que unas son figuras o tipos de las otras.

Por ejemplo, Moisés estuvo cuarenta días en el desierto con el pueblo judío, el cual pasó por diversas tentaciones y luchas hasta llegar a la tierra prometida. Esto es figura de la lucha de Jesús en el desierto, en el que estuvo cuarenta días y cuarenta noches. En ambos casos, se trata de un camino de liberación hasta una tierra prometida teniendo como jefe a un Libertador. Jesús, comienza su vida pública luchando, no contra el Faraón, sino contra Satanás, y se constituye en el Jefe que vino a liberar a la humanidad de la esclavitud del pecado, pasando, no el Mar Rojo, sino «de este mundo al Padre» para prepararnos un lugar en la tierra prometida mediante su muerte en la Cruz.

Esta simbología de Pascua (paso del Mar Rojo, paso de la Muerte a la Vida), fue tomada por la Iglesia en el tiempo de Cuaresma, como también la idea de un Camino o itinerario a recorrer para pasar del pecado a la vida de la gracia. En efecto, la Cuaresma es un camino de preparación para la Pascua. El paso del Mar Rojo es también figura del Bautismo, (así como los 40 días del diluvio), por el que los pecados quedan sepultados en el agua bautismal y se renace a una nueva vida.

Los cuarenta días están relacionados también con la penitencia, pues, además de Jesús y Moisés, también Elías ayunó cuarenta días, y Dios otorgó al pueblo de Nínive, por el profeta Jonás, un tiempo de 40 días para hacer penitencia por sus pecados. La Iglesia siempre tuvo interés en mantener el número 40 como tiempo de penitencia, marcado especialmente por el ayuno. La liturgia romana tiene 6 semanas de Cuaresma (hasta el Sábado Santo). Como los domingos no se ayuna (por ser día de resurrección y fiesta), el número cuarenta se obtiene multiplicando las 6 semanas por los restantes 6 días de la semana (6×6=36). Para llegar al número 40, se agregan cuatro días “de ceniza”, de miércoles a sábado (36+4=40). Como los orientales no ayunan ni sábado ni domingo, tienen 8 semanas de Cuaresma (8×5=40).

Finalmente, los 40 días que Jesús acompaña a los discípulos por medio de sus apariciones después de la Resurrección hasta la Ascensión, tienen el objeto de prepararlos para la vida del Espíritu, es decir, la vida de la Iglesia, que ya no tendrá a Jesús visiblemente, sino de modo sacramental.

P. Jon M. de Arza, IVE

cantos

¿Se puede cambiar la letra del Gloria, del Sanctus y del Agnus Dei?

Pregunta:

Holá Padre!
Gostaria de saber sobre as seguintes perguntas: Sobre os seguintes cantos: Glória, Santo e Cordeiro, porque devem ser identicos a oração e qual documento a igreja exorta que deve ser assim? Aguardo respostas.

Respuesta:

El tema que Usted plantea va mucho más allá del cambio de un simple texto de un canto, sino que se circunscribe en la naturaleza de la liturgia, que es el culto público de la Iglesia. La liturgia no es el culto de un grupo, o de una pequeña comunidad parroquial, sino que cuando entramos en la liturgia, entramos en la alabanza del Cielo, y de la Iglesia dos veces milenaria, junto con todos los miembros del Cuerpo Místico de todos los tiempos. No podemos, pues, modificar a nuestro arbitrio algo que no hemos hecho nosotros, ni nos pertenece exclusivamente, no podemos «falsear» de ese modo la voz de la Esposa.

Más concretamente, con respecto al himno de alabanza que nos ocupa, decía el P. Soler Canals: «el “Gloria” es un patrimonio venerable de la familia cristiana, un texto que forma parte de nuestra identidad colectiva, desde el punto de vista de contenido de fe y de alabanza» («El Gloria », en Cuadernos Phase 92 (1999), CPL, Barcelona, 15). Se trata  (junto con el «Te Deum») de uno de los primeros salmos «idióticos» o propios de la Iglesia, inspirados en la Sagrada Escritura, pero que no son propiamente textos bíblicos.

La Iglesia siempre ha cuidado hasta el detalle los textos que deben ser utilizados en la liturgia, por eso, las antífonas y cantos, las lecturas (que no pueden ser extra bíblicas), las aclamaciones y respuestas, y las mismas oraciones, son fruto de la tradición, de siglos de asidua meditación de las Escrituras y del misterio eucarístico, por parte de los Papas y de los hombres de Dios.

San Pío X, en el Motu Proprio Tra le sollecitudini (22/11/1903: AAS 36 (190) 329-339), establecía que: «Estando determinados para cada función litúrgica los textos que han de ponerse en música y el orden en que se deben cantar, no es lícito alterar este orden, ni cambiar los textos prescriptos por otros de elección privada, ni omitirlos enteramente o en parte…», y también: «El texto litúrgico ha de cantarse como está en los libros, sin alteraciones o posposiciones de palabras, sin repeticiones indebidas, sin separar sílabas, y siempre con tal claridad que puedan entenderlo los fieles».

La Instrucción Redemptionis Sacramentum,  de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (25/03/2004: AAS 96 (2004) 549-601), dice: «Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia». Ahora bien, el “Gloria”, el “Santo” y el “Cordero de Dios” son textos litúrgicos, pues se contienen en el Misal, que es un libro litúrgico. El “Kyrie”, el “Gloria”, el “Credo”, el “Sanctus/Benedictus” y el “Agnus Dei” conforman lo que se llama el “Ordinario de la Misa” (las partes invariables que se cantan en la Misa), en contraposición a los cantos de ingreso, ofertorio y comunión, cuyas antífonas varían según las diferentes celebraciones del calendario litúrgico.

Los textos de dichos cantos han sido cuidadosamente establecidos por la tradición de la Iglesia, y todos ellos tienen asiento en la Sagrada Escritura, es decir, en la misma Revelación. Los mismos nos vienen “literalmente” del Cielo, así el Gloria comienza con la alabanza de los ángeles (Lc 2, 14); lo mismo que el Sanctus, que es la aclamación de los serafines ante la presencia de la majestad divina (Is 6, 1-3), y que nosotros retomamos en la liturgia para unirnos a la celeste alabanza, por eso se pasa de la tercera persona: “Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios del universo”, a la segunda: “llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”. Luego, como un eco, tomamos la alabanza de los niños en el “Benedictus” (cf. Mt 21, 10), niños cuyos ángeles ven el rostro de Dios.

Para el caso del “Gloria”, se dice expresamente en la misma Ordenación General del Misal Romano (n. 53): “El texto de este himno no puede cambiarse por otro”.

El “Sanctus”, si bien no lo dice expresamente la OGMR, sin embargo, es parte integrante de la Plegaria Eucarística, que constituye la cumbre, el alma, el corazón de toda la celebración eucarística, y ésta no puede cambiarse bajo ningún concepto (Cf. RS, 51).

El “Cordero” (como el Kyrie) es una letanía, cantada alternadamente por el coro (“Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”) y el pueblo (“Ten piedad de nosotros”, o “Danos la paz”, la última vez”) (OGMR, n. 83), y es el cántico nuevo que entonan los elegidos en la Jerusalén Celestial (cf. Ap 5, 8-13).

P. Jon M. de Arza, IVE

silencio

Silencio durante la consagración

Pregunta:

Querido Padre: sin desmerecer el canto en la celebración eucarística, me asalta una duda, que quiero aclarar: ¿En el momento de la consagración, se puede cantar o tocar música de fondo? Espero su respuesta. Que Dios lo bendiga.

Respuesta:

Según la Ordenación General del Misal Romano (OGMR), «La naturaleza de las partes “presidenciales” exige que se pronuncien con voz clara y alta, y que todos las escuchen con atención [Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm. 14: A.A.S. 59 (1967) pág. 304] . Por consiguiente, mientras el sacerdote las dice, no se tengan cantos ni oraciones y callen el órgano y otros instrumentos musicales» (n. 32). La Plegaria Eucarística, -de la cual la consagración constituye el corazón y la esencia-, es considerada como la principal de las oraciones presidenciales (Cf. OGMR, 30), aunque la consagración no lo sea estrictamente (porque la dice el sacerdote In Persona Christi). Se trata de que nada quite la atención de todos a aquellas sublimes palabras. Una música de fondo, puede ser muy bonita, pero es ciertamente distractiva. Cuando se rezaba el Canon en voz baja, se entendía que sonara el órgano, sobre todo al momento de las elevaciones (había partituras compuestas especialmente para ese momento), pero ahora, al menos en la Forma Ordinaria del Rito Romano, no se justifica, y, además, está vedado.

Ahora bien, la norma expresa: «mientras el sacerdote las dice (las palabras)», por lo que distingue este momento de aquel en que guarda silencio (porque hace la genuflexión o eleva la Hostia, o el Cáliz), pero estamos siempre dentro de la consagración, que es doble. Por eso, es diferente el caso de las aclamaciones que se cantan luego de cada consagración, por ejemplo, en el rito bizantino, el «Amén» que cantan los fieles, o los hermosos cantos de adoración que se comenzaron a cantar hacia fines de la Edad Media (s. XIII), tales como Anima ChristiAdorote devoteAve VerumPie JesuO Salutaris, etc. Estos últimos constituyen una pausa de adoración contemplativa del Hijo (presente verdadera, real y sustancialmente en el Santísimo Sacramento) en medio de la Oración que se dirige al Padre. Luego fueron pasando al momento de la Comunión o a la Adoración Eucarística.

Como escribe el P. Jungmann, «los Sínodos de Augsburgo de los años 1548 y 1567 hablan ya de altissimum silentium (altísimo silencio) y de altum sanctumque silentium (alto y santo silencio), que no debía interrumpirse sin razón por cantos (…). También las disposiciones romanas permitían cantos durante la consagración. A la pregunta: “Si en la elevación del Smo. Sacramento en las Misas solemnes se puede cantar ‘Tantum Ergo’ etc, o alguna antífona propia del Sacramento”, se contestó el 14 de abril de 1763 afirmativamente (Decreta auth. SRC, n. 2424 ad 6). Una decisión posterior del 22 de mayo de 1894 permite tales cantos sólo peracta ultima elevatione (hecha la última elevación) y después de haberse cantado el Benedictus (Decreta auth. SCR, n. 3827 ad 3)» (J. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, nota 99, 888-889). A la sazón, al comenzar el Sanctus, el sacerdote empezaba a recitar el Canon en voz baja, y el momento de la consagración era en silencio. Luego de la segunda elevación, se proseguía con el Benedictus.

Las oraciones o jaculatorias de los fieles (tales como «Señor mío y Dios mío», recomendada por San Pío X, y otras) deben decirse, más bien, en el interior del corazón. La misma campanilla que suena a cada una de las elevaciones (con una función de aviso, pero que al mismo tiempo rinde homenaje a Jesús Sacramentado), interrumpe, de alguna manera, el altissimum silentium que, a nuestro juicio, debiera reinar en ese momento en que ante la grandeza inefable del mysterium fidei, toda lengua calla en admiración contemplativa, y toda la creación permanece como expectante.

P. Jon M. de Arza, IVE