bautismo

¿En qué lugar de la Biblia sale que se pueda o se deba bautizar a los niños?

Pregunta: 

Muchas sectas se oponen al bautismo de los niños, y suelen preguntar a los católicos en qué lugar de la Biblia sale que se pueda o se deba bautizar a los niños. A esto, muchos católicos no saben responder. Por ejemplo, una joven madre católica casada con un protestante me escribía:

Yo soy católica, y mi esposo es cristiano apostólico; él quiere que vea la verdad en su iglesia, y yo quiero que vea que la iglesia católica es la verdadera, pero no sé cómo demostrárselo. Él siempre se basa en la Biblia, y dice que nosotros no, yo asisto a su iglesia algunas veces y me doy cuenta que su doctrina está un poco equivocada, porque no creen en la Trinidad ni en santos, y menos en la Virgen. Tenemos un hijo de 8 meses, y yo lo quiero bautizar, pero él quiere que decida cuando sea grande; no sé qué hacer para demostrarle que debemos bautizar a los bebés.

 

Respuesta:

Ya hemos insistido mucho en que no todo tiene que estar en la Biblia, pues ésta es sólo una de las dos fuentes de la Revelación, junto con la Tradición que transmite, entre otras cosas, al mismo texto revelado (la Biblia). De todos modos, hay testimonios bíblicos, aunque no sean directos.

Digamos, ante todo, que efectivamente la Iglesia sostiene como de fe definida que “es válido y lícito el bautismo de los niños que no tienen uso de razón”. El magisterio tuvo que definir esto recién en el Concilio de Trento (siglo XVI), cuando una de las primeras sectas desprendidas de la reforma luterana, la de los anabaptistas (conocidos también como “rebautizantes”), introdujo la costumbre de repetir el bautismo cuando el individuo llegaba al uso de razón (por negar la validez del bautismo de los mismos mientras eran niños)[1]. (Antes de éstos, también habían negado la capacidad de los niños para recibir el bautismo, los valdenses y los petrobrusianos en el siglo XII; pero sin tanta repercusión). Los mismos reformadores conservaron el bautismo de los niños por influjo de la tradición cristiana, aunque tal bautismo fuese incompatible con su concepción de los sacramentos (que exige siempre de parte del que lo recibe un acto consciente). Lutero intentó resolver la dificultad suponiendo arbitrariamente que, en el momento del bautismo, Dios capacita a los párvulos de manera milagrosa para que realicen un acto de fe fiducial justificante. Algunos protestantes modernos, como K. Barth, han criticado esta práctica (por tanto, en contra de la misma práctica protestante), exigiendo que se corrija ese contrasentido que se verifica dentro del protestantismo y se sustituya el actual bautismo de los niños por otro aceptado con responsabilidad por parte del bautizando.

Para la doctrina católica, no hace falta el acto personal de fe del que se bautiza cuando éste es un niño, al igual que en un loco que no tiene y nunca tendrá uso de razón, porque Dios a cada uno le exige, para su salvación, los actos de los que es capaz por su naturaleza particular (por eso, un adulto que ha llegado al uso de razón sin bautizarse, no puede ser válidamente bautizado si no hace un acto libre y personal de fe; pero esto no sucede con el niño, pues éste, por su naturaleza –o sea, su edad– es incapaz de tal acto). No es que no haga falta un acto de fe, mas éste no es necesariamente un acto personal del niño que recibe el bautismo, sino que es el acto de fe de la Iglesia; por eso en el rito del bautismo de niños, se les pregunta a los padres y padrinos, en el momento antes de bautizar al párvulo (y después de haber sido todos –padres y padrinos y testigos– interrogados sobre la fe católica): “¿Queréis que N.N. sea bautizado en la fe de la Iglesia que juntos acabamos de profesar?”[2].

La Sagrada Escritura no nos permite probar con plena certeza, pero sí con suma probabilidad, el hecho del bautismo de los párvulos. Cuando San Pablo (cf. 1Co 1,16) y los Hechos de los Apóstoles (16,15.33; 18,8; cf. 11,14) nos hablan repetidas veces del bautismo de una “casa” (= familia) entera, debemos entender que en la palabra “casa”, están comprendidos también los hijos pequeños o, por lo menos, no lo podemos negar (¿dónde dice que en esa familia no hubiese niños pequeños o que ellos no fueron bautizados?).

Esto, además, se refuerza por cuanto el bautismo fue considerado por los primeros cristianos (incluso por los apóstoles) como la sustitución del rito de la circuncisión (San Pablo habla de la circuncisión de Cristo, por ejemplo en Col 2,11), la cual se practicaba con los niños a los pocos días de nacer; igualmente la iniciación de los prosélitos en el judaísmo tardío se practicaba también en los párvulos.

Según Hch 2,38s, el don del Espíritu Santo, que se recibe por el bautismo, no solamente se prometió a los oyentes de Pedro sino también a sus hijos. Por éstos se pueden entender, naturalmente, en un sentido amplio, todos los descendientes de aquellos que estaban oyendo al apóstol.

¿Cuál es la razón teológica para sostener que los niños sin uso de razón (párvulos), a pesar de no poder hacer un acto de fe personal, reciben válidamente el bautismo? Esto se funda en la eficacia objetiva de los sacramentos y se justifica por la universal voluntad salvífica de Dios (cf. 1Tim 2,4), que se extiende también sobre los niños que no han llegado al uso de razón (cf. Mt 19,14), y por la necesidad del bautismo para alcanzar la salvación (cf. Jn 3,59).

Algunos usan el texto de 1Co 7,14 como objeción contra el bautismo de los niños. Allí dice San Pablo: Pues el marido no creyente queda santificado por su mujer, y la mujer no creyente queda santificada por el marido creyente. De otro modo, vuestros hijos serían impuros, mas ahora son santos. Como aquí San Pablo llama “santos” a los hijos de matrimonios mixtos (entre cristiano/a y pagano/a), no permite concluir que esos niños no tengan necesidad de recibir el bautismo, del mismo modo que nadie entiende en el mismo versículo que el cónyuge pagano quede santificado de modo automático por casarse con un cónyuge cristiano, sin que necesite, por tanto, bautizarse en caso de reconocer que el cristianismo es la verdadera religión.

Si vamos a la tradición cristiana, vemos que hay testimonios del bautismo de niños desde los primeros tiempos. Por ejemplo, Policarpo, en las actas de su martirio (en torno al año 160) afirma: “hace ochenta y seis años que le sirvo (a Jesucristo)”, con lo que se deduce que Policarpo fue bautizado (a eso se refiere el santo obispo de Esmirna) hacia el año 70 en edad juvenil[3]. San Justino en su Primera Apología habla de muchos, hombres y mujeres, de sesenta y setenta años “que desde su infancia eran discípulos de Cristo”, o sea que fueron bautizados siendo niños en torno a los años 85 al 95 (cuando todavía estaba vivo el apóstol Juan)[4].

Según Hch 2,38s, el don del Espíritu Santo, que se recibe por el bautismo, no solamente se prometió a los oyentes de Pedro sino también a sus hijos. Por éstos se pueden entender, naturalmente, en un sentido amplio, todos los descendientes de aquellos que estaban oyendo al apóstol.

¿Cuál es la razón teológica para sostener que los niños sin uso de razón (párvulos), a pesar de no poder hacer un acto de fe personal, reciben válidamente el bautismo? Esto se funda en la eficacia objetiva de los sacramentos y se Otros testimonios directos de la práctica eclesiástica de bautizar a los niños, los encontramos en San Ireneo[5], Tertuliano[6], Hipólito de Roma[7], Orígenes[8] y San Cipriano[9], y en los epitafios paleocristianos del siglo III, algunos de los cuales se pueden leer en las catacumbas de Roma hasta el día de hoy. Orígenes funda la práctica de bautizar a los niños, en la universalidad del pecado original, y afirma que tal costumbre procede de los apóstoles. Un sínodo cartaginés presidido por Cipriano (entre el 251 al 253), desaprobó el que se dilatase el bautismo de los recién nacidos hasta ocho días después de su nacimiento, y dio como razón que “a ninguno de los nacidos se le puede negar la gracia y la misericordia de Dios”. Desde el siglo IV va apareciendo, sobre todo en Oriente, la costumbre de dilatar el bautismo hasta la edad madura o, incluso, hasta el fin de la vida. San Gregorio Nacianceno recomienda como regla general la edad de tres años[10]. Las controversias contra los pelagianos hicieron que se adquiriera un conocimiento más claro del pecado original y de la necesidad de recibir el bautismo para salvarse, lo cual sirvió para extender notablemente la práctica de bautizar a los niños pequeños.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Fuente: Miguel A. Fuentes, ¿En dónde dice la Biblia que…?, Respondiendo las principales objeciones de las sectas y de los protestantes, EDVE, San Rafael 2005, pp. 171-177.

 

Bibliografía:

Hamman, El bautismo y la confirmación, Barcelona 1970;

Torquebiau, Baptême en Occident, DDC, II, col. 110-174;

Herman, Baptême en Orient, DDC, II, col. 174-201;

Schmaus, Teología dogmática, tomo VI (Los sacramentos), Rialp, Madrid 1963;

C. Didier, Le baptême des enfants. Considérations théologiques, en: “L’Ami du Clergé” 76 (1966), pp. 157-159; 193-200; 497-516.

[1] Cf. DS 1626; también 1514.

[2] Cf. Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, 69, 8 ad 2.

[3] Se puede ver el texto en: Padres Apostólicos, BAC, Madrid, 1979, IX,3; p. 679.

[4] Este hermoso testimonio puede verse en: Justino, Apología I, 15,6; en: Padres apologetas griegos, dirigido por Daniel Ruiz Bueno, BAC, Madrid 1979, p. 196.

[5] Cf. Ireneo, Adversus haereses, II, 22,4.

[6] Cf. Tertuliano, De baptismo 18.

[7] Cf. Hipólito Romano, Traditio apostolica.

[8] Cf. Orígenes, In Lev. hom. 8, 3; Comm. in Rom 5, 9.

[9] Cf. Cipriano, Ep. 64,2.

[10] Cf. Gregorio Nacianceno, Oratio 40,28.

trasplantes

¿Son lícitos los trasplantes? ¿Qué se entiende por ‘criterio de muerte’?

Pregunta:

¿Cuál es el problema que se plantea con los trasplantes y especialmente sobre los criterios de muerte para el caso de algunos trasplantes?

 

Respuesta:

El tema de los trasplantes es un tema muy largo y arduo. Me limito a señalar algunos principios indicativos del Magisterio:

  1. La actitud del donante

      Es elogiable la disposición de donar sus órganos (siempre que se cumplan los parámetros que hace lícita esta acción): “Más allá de casos clamorosos, está el heroísmo cotidiano, hecho de pequeños o grandes gestos de solidaridad que alimentan una auténtica cultura de la vida. Entre ellos merece especial reconocimiento la donación de órganos, realizada según criterios éticamente aceptables, para ofrecer una posibilidad de curación e incluso de vida, a enfermos tal vez sin esperanzas”[1]. También: “Es preciso poner de relieve, como ya he afirmado en otra ocasión, que toda intervención de trasplante de un órgano tiene su origen generalmente en una decisión de gran valor ético: ‘la decisión de ofrecer, sin ninguna recompensa, una parte del propio cuerpo para la salud y el bienestar de otra persona’[2]. Precisamente en esto reside la nobleza del gesto, que es un auténtico acto de amor. No se trata de donar simplemente algo que nos pertenece, sino de donar algo de nosotros mismos, puesto que ‘en virtud de su unión sustancial con un alma espiritual, el cuerpo humano no puede ser reducido a un complejo de tejidos, órganos y funciones, (…) ya que es parte constitutiva de una persona, que a través de él se expresa y se manifiesta’[3][4].

  1. El consentimiento

         Sobre este punto señalo los siguientes criterios:

            1º “El trasplante de órganos no es moralmente aceptable si el donante o sus representantes no han dado su consentimiento consciente”[5]. “El consentimiento de los parientes tiene su validez ética cuando falta la decisión del donante”[6].

            2º “Naturalmente, deberán dar un consentimiento análogo quienes reciben los órganos donados”[7].

  1. Los peligros y riesgos

     “El trasplante de órganos es conforme a la ley moral y puede ser meritorio si los peligros y riesgos físicos o psíquicos sobrevenidos al donante son proporcionados al bien que se busca en el destinatario”[8].

  1. ¿Qué órganos se pueden donar y trasplantar?

    “No todos los órganos son éticamente donables. Para el transplante se excluyen el encéfalo y las gónadas, que dan la respectiva identidad personal y procreativa de la persona. Se trata de órganos en los cuales específicamente toma cuerpo la unicidad inconfundible de la persona, que la medicina está obligada a proteger”[9].

  1. Mutilación o muerte del donante

     “Es moralmente inadmisible provocar directamente para el ser humano bien la mutilación que le deja inválido o bien su muerte, aunque sea para retardar el fallecimiento de otras personas”[10].

  1. Trasplante de órganos vitales singulares

    Se entiende por órganos vitales singulares, aquellos órganos sin los cuales el ser humano no puede vivir (vital) y que además los posee no en número doble sino simple (singular); por ejemplo el corazón. Ha dicho el Papa Juan Pablo II: “Los órganos vitales singulares sólo pueden ser extraídos después de la muerte, es decir, del cuerpo de una persona ciertamente muerta. Esta exigencia es evidente a todas luces, ya que actuar de otra manera significaría causar intencionalmente la muerte del donante al extraerle sus órganos”[11].

  1. Transplantes y eutanasia encubierta

     Cuando no se respetan los criterios objetivos de muerte, bajo la excusa de los trasplantes se esconde en realidad una verdadera eutanasia: “No nos es lícito callar ante otras formas más engañosas, pero no menos graves o reales, de eutanasia. Estas podrían producirse cuando, por ejemplo, para aumentar la disponibilidad de órganos para trasplante, se procede a la extracción de los órganos sin respetar los criterios objetivos y adecuados que certifican la muerte del donante”[12].

  1. ¿Es válido el criterio de muerte encefálica?

     De todos los problemas que presenta el tema de los trasplantes, el más serio es, ciertamente, la constatación de la muerte del donante. El principio moral que debe regir es el siguiente: en el caso del trasplante de órgano único vital hecho ex cadavere se requiere la certeza de la muerte del mismo.

    Debemos decir que si el trasplante se realiza verdaderamente de un cadáver a un hombre vivo, teniendo en cuenta y respetando todas las normas éticas pertinentes, no parecen haber objeciones morales, y se trataría de un acto “perfectamente lícito”[13]. Ahora bien, tales “normas éticas” son determinadas por los principios que siguen a continuación.

            1º Mientras haya vida, aunque sólo sea vida vegetativa, ésta es inviolable. Como afirma Mons. Sgreccia: “No se puede introducir la distinción entre ‘vida biológica’ y ‘vida personal’ (vida de conciencia y relación): en el hombre, hay una vitalidad única y mientras que hay vida hay que retener que se trata de vida de la persona…”[14]. Por su parte el Papa Juan Pablo II ha dicho: “El respeto a la vida humana… no es para el hombre uno de los derechos, sino el derecho fundamental… Derecho a la vida significa derecho a venir a la luz y, luego, a perseverar en la existencia hasta su natural extinción: mientras vivo tengo derecho a vivir’”[15].

            2º Como consecuencia de lo anterior, no se puede proceder en la duda o basándose en la sola probabilidad sino siempre y solamente en la certeza de su muerte. Aquí se aplica en toda su extensión el principio que enuncia Juan Pablo II para el trato de los embriones humanos: “… desde el punto de vista de la obligación moral, bastaría la sola probabilidad de encontrarse ante una persona humana para justificar la más rotunda prohibición de cualquier intervención destinada a eliminar un embrión humano”[16].

        Teniendo esto en cuenta, ¿puede aceptarse el criterio de la muerte encefálica? Sobre este tema tan delicado, ha dicho el Papa Juan Pablo II: “Al respecto, conviene recordar que existe una sola ‘muerte de la persona’, que consiste en la total desintegración de ese conjunto unitario e integrado que es la persona misma, como consecuencia de la separación del principio vital, o alma, de la realidad corporal de la persona. La muerte de la persona, entendida en este sentido primario, es un acontecimiento que ninguna técnica científica o método empírico puede identificar directamente. Pero la experiencia humana enseña también que la muerte de una persona produce inevitablemente signos biológicos ciertos, que la medicina ha aprendido a reconocer cada vez con mayor precisión. En este sentido, los ‘criterios’ para certificar la muerte, que la medicina utiliza hoy, no se han de entender como la determinación técnico-científica del momento exacto de la muerte de una persona, sino como un modo seguro, brindado por la ciencia, para identificar los signos biológicos de que la persona ya ha muerto realmente. Es bien sabido que, desde hace tiempo, diversas motivaciones científicas para la certificación de la muerte han desplazado el acento de los tradicionales signos cardio-respiratorios al así llamado criterio ‘neurológico’, es decir, a la comprobación, según parámetros claramente determinados y compartidos por la comunidad científica internacional, de la cesación total e irreversible de toda actividad cerebral (en el cerebro, el cerebelo y el tronco encefálico). Esto se considera el signo de que se ha perdido la capacidad de integración del organismo individual como tal. Frente a los actuales parámetros de certificación de la muerte –sea los signos ‘encefálicos’ sea los más tradicionales signos cardio-respiratorios–, la Iglesia no hace opciones científicas. Se limita a cumplir su deber evangélico de confrontar los datos que brinda la ciencia médica con la concepción cristiana de la unidad de la persona, poniendo de relieve las semejanzas y los posibles conflictos, que podrían poner en peligro el respeto a la dignidad humana. Desde esta perspectiva, se puede afirmar que el reciente criterio de certificación de la muerte antes mencionado, es decir, la cesación total e irreversible de toda actividad cerebral, si se aplica escrupulosamente, no parece en conflicto con los elementos esenciales de una correcta concepción antropológica. En consecuencia, el agente sanitario que tenga la responsabilidad profesional de esa certificación puede basarse en ese criterio para llegar, en cada caso, a aquel grado de seguridad en el juicio ético que la doctrina moral califica con el término de ‘certeza moral’. Esta certeza moral es necesaria y suficiente para poder actuar de manera éticamente correcta. Así pues, sólo cuando exista esa certeza será moralmente legítimo iniciar los procedimientos técnicos necesarios para la extracción de los órganos para el trasplante, con el previo consentimiento informado del donante o de sus representantes legítimos”[17].

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

 

[1] Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 86.

[2] Juan Pablo II, Discurso a los participantes en un congreso sobre trasplantes de órganos, 20 de junio de 1991, n. 3: L’Osservatore Romano, 2 de agosto de 1991, p. 9.

[3] Congregación para la doctrina de la fe, Donum vitae, 3.

[4] Juan Pablo II, Discurso al Congreso Internacional, 29 de agosto de 2000.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2296.

[6] Juan Pablo II, Discurso al Congreso Internacional, 29 de agosto de 2000.

[7] Ibid.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2296.

[9] Pontificio Consejo para la Pastoral de los agentes de la salud, Carta a los agentes de la salud, n. 88.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2296.

[11] Juan Pablo II, Discurso al Congreso Internacional, 29 de agosto de 2000.

[12] Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 15.

[13] Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias, del 14 de diciembre de 1989, L’Osservatore Romano, 7 de enero de 1990, p.9, n. 6.

[14] Sgreccia, Manuale di Bioetica, op.cit., tomo I, p. 449.

[15] Juan Pablo II, Clausura de la IX Conferencia Internacional de agentes sanitarios; L’Osservatore Romano, 9 de diciembre de 1994, p. 7, n. 2.

[16] Juan Pablo II, Evangelium vitae, n. 60.

[17] Juan Pablo II, Discurso al Congreso Internacional, 29 de agosto de 2000.

Unción

¿Hay que dar la Unción a los enfermos moribundos?

Pregunta:

Hace unos días llamamos a un sacerdote para que atendiera a un pariente que se encontraba en estado grave. El sacerdote llegó cuando ya el enfermo había perdido la conciencia; me sorprendió que igualmente le diera la «unción de los enfermos». ¿Hizo bien? ¿No tendría que haber esperado a ver si recobraba la conciencia? ¿Qué valor tuvo el sacramento si el que lo recibió no fue consciente de ello?

Respuesta:

Estimado:

El sujeto de la unción de los enfermos es el bautizado que ha llegado al uso de razón. No es necesario que tenga perfecto uso de razón, ni que se haya confesado alguna vez ni que haya hecho su primera comunión; basta con que tenga el suficiente conocimiento para distinguir el bien y el mal y que pueda padecer tentaciones del demonio. En todo caso, el sacramento confortará su ánimo contra las molestias de la enfermedad. Tampoco se requiere el uso actual de razón; por eso pueden y deben ungirse los enfermos destituidos ya del uso de los sentidos. Tampoco se requiere el pecado actual, con tal de que el sujeto pueda pecar o ser confortado contra las tentaciones; por eso puede y debe ungirse al pagano adulto gravemente enfermo inmediatamente después de su bautismo (así lo declaró la Congregación de Propaganda Fide el 26 de setiembre de 1821)[1].

         El Papa Pío XII afirmó la exigencia y la validez de la unción –extremaunción en este caso– cuando la inutilidad de los tratamientos permiten retirar los aparatos respiratorios: «Si no se le ha administrado la extremaunción, se debe prolongar la respiración hasta que se pueda llevar a cabo. En cuanto a saber si la extremaunción es válida en el momento de la paralización definitiva de la circulación o aun después de esto, es imposible responder con un ‘sí’ o un ‘no’. Si esta paralización definitiva significa, según el parecer de los médicos, la separación cierta del alma y del cuerpo, aun cuando determinados órganos particulares continúen funcionando, la extremaunción será, ciertamente inválida, ya que el que la recibe ha dejado de ser un hombre, pues ésta es una condición indispensable para la recepción de los sacramentos. Si por el contrario, los médicos estiman que la separación del cuerpo y el alma es dudosa y que la duda no se puede resolver, la validez de la extremaunción es dudosa también. Pero aplicando sus reglas habituales: ‘Los sacramentos son para los hombres’ y ‘En caso de extrema necesidad se intentarán las medidas extremas’, la Iglesia permite administrar el sacramento, bajo condición siempre, por respeto al signo sacramental»[2].

         Por estas razones no pueden recibir la unción de los enfermos:

         –quienes aún no han sido bautizados;

         –los que no han llegado al uso de razón;

         –los locos de nacimiento.

         Sí, en cambio, los dementes perpetuos que durante su vida han tenido momentos de lucidez; en caso de duda se debe administrar bajo condición.

         Algunos principios que deben tenerse en cuenta[3]:

1º No puede reiterarse este sacramento durante la misma enfermedad, a no ser que el enfermo haya convalecido después de la unción y haya recaído en otro peligro de muerte[4]; la razón es que la eficacia se extiende a todo el tiempo en que persiste el peligro. Cuando se duda si se trata de una recaída, de un agravamiento o de la misma enfermedad, se puede reiterar.

2º Cuando se duda si el enfermo ha llegado ya al uso de razón, o si está realmente en peligro de muerte, o si ha muerto ya, debe administrársele[5]. En cambio, si al sacerdote le consta que ya ha muerto, «rece por él y pida a Dios que lo absuelva de sus pecados y lo admita misericordiosamente en su reino; pero no le administre la unción»[6].

3º A los enfermos que, cuando estaban en el uso de su razón, lo pidieron al menos implícitamente o verosímilmente lo habrían pedido, debe administrárseles en absoluto, aunque después hayan quedado privados de los sentidos o del uso de su razón[7].

         Es importante tener en cuenta que «aunque de por sí este sacramento no es necesario con necesidad de medio para la salvación, en circunstancias especiales puede ser el único medio de salvar el alma del enfermo. Tal ocurriría si, destituido ya del uso de los sentidos, no pudiera hacer ninguna manifestación externa del dolor de sus pecados ni la hubiera hecho antes de la pérdida de la razón. En este caso, la absolución sacramental es inválida (por falta de materia próxima, que son los actos del penitente rechazando sus pecados) y solamente puede ayudársele con la extremaunción, que no requiere aquella manifestación externa y puede producir accidentalmente la gracia (aunque se trata de un sacramento de vivos) al pecador que tenga, de hecho, atrición de sus pecados, aunque no pueda manifestarla externamente. Por eso, en los que están destituidos del uso de sus sentidos es siempre más seguro el efecto de la extremaunción que el de la absolución sacramental, si bien se les deben administrar siempre ambas cosas (sub conditione), comenzando por la absolución»[8].

 

Bibliografía para profundizar:

            Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1499-1532.

[1] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, op. cit., II, n. 400.

[2] Pío XII, A los miembros del Instituto Italiano de Genética Gregorio Mendel, 24/11/1957, en: Pío XII…, p. 311.

[3] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, op. cit., II, n. 400.

[4] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1004.

[5] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1005.

[6] Ordo unctionis infirmorum, n. 15.

[7] Cf. Código de Derecho Canónico, c. 1006.

[8] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, op. cit., II, n. 400.

Tentaciones

¿Por qué tengo que soportar tentaciones?

Pregunta:

Padre, creo estar perdiendo por completo la fe; después de tratar de vivir entregada a las cosas de Dios y de la Iglesia, he empezado a tener terribles tentaciones contra la castidad, y a veces incluso contra la fe. Las he tratado de combatir con razonamientos y con oraciones; es algo que me molesta y me quita la alegría. A veces creo que ya terminó, pero al poco tiempo la tentación vuelve  a presentarse. No entiendo por qué, si yo quiero dedicarme a Dios, tengo que sufrir este castigo. Si me puede dar algún consejo mejor.

 

Respuesta:

Estimada:

Muchas almas sufren y se quejan interiormente porque son tentadas. Esto sucede porque no conocen plenamente el sentido y la finalidad de las tentaciones en los designios de Dios. Tal vez olvidan –o nunca han leído– lo que dice el Eclesiástico: Hijo mío, si te das al servicio de Dios, prepara tu alma a la tentación (Eclo 2,1). La tentación es, ciertamente, una instigación al pecado; proviene del enemigo de nuestra naturaleza –el diablo– para destruir la obra de Dios. Pero tiene una importantísima misión en los planes de Dios, quien siempre da vuelta los planes del diablo, usando sus insidias para nuestro bien.

Para su tranquilidad, le recordaré los principios fundamentales de este misterio de la “tentación” en la vida del cristiano.

Dios no tienta a nadie

 La primera verdad que hay que sostener con fuerza es que Dios no tienta a nadie. Nadie diga en la tentación –dice Santiago–: Soy tentado por Dios. Porque Dios ni puede ser tentado al mal ni tentar a nadie (St 1,13). Pero si bien Dios no es autor de la tentación, puede, en cambio, permitirla por los frutos que de ella se siguen. Así la permitió en Cristo y en los santos. Por eso no es extraño que a veces se diga que Dios tienta; pero debe entenderse en el sentido de que Dios permite las tentaciones.

La tentación, como todas las demás cosas, es una “creatura”, en el sentido que le da San Ignacio. Y por eso vale también para ella, aquello del principio y fundamento: “Y todas las cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre y para que le ayuden a conseguir el fin para el que es criado”. Por eso es que Dios las permite para que alcancemos nuestro fin que es Dios mismo. De ahí que la Escritura llame bienaventurados a los que son tentados: Tened, hermanos míos, por sumo gozo veros rodeados por diversas tentaciones (St 1,2); y también: Bienaventurado el varón que soporta la tentación (St 1,12).

Los santos, iluminados con el don de sabiduría, ven cuán preciosa es la tentación, porque al asaltarnos ésta, Dios está junto a nosotros con sus gracias especiales, ya que durante las tentaciones Dios cuida de nosotros con especial amor y solicitud. Por eso los santos miran las tentaciones como especiales signos de la predilección divina.

Dios no abandona en la tentación

La segunda verdad es que Dios está en las tentaciones más cerca de nosotros de cuanto lo está en los momentos de consuelo. Siempre junto a la tentación está la gracia. Como dice San Pablo: Fiel es Dios que no permite que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas (1Co 10,13). El demonio, dice Santo Tomás, tienta en la medida que Dios le permite. Dios conoce las tentaciones y nuestras fuerzas. Por eso regula su violencia, calcula sus efectos y las permite en proporción de nuestras fuerzas. Cuanto más fuerte es la tentación mayor es el auxilio de Dios. Y no es infrecuente que un período de tentaciones extraordinarias lo sea también de gracias especiales.

El provecho de la tentación

            De aquí que las tentaciones bien llevadas nos reporten muchos bienes. Es más, podemos decir que con mucha frecuencia las tentaciones son uno de los caminos de perfección por donde Dios lleva a sus elegidos. ¿Qué bienes se sacan de ellas?

(1) Ante todo, nos prueban, por tanto, nos ayudan a conocernos. San Doroteo de Gaza citaba a un padre del desierto que decía: “el verdadero monje se da a conocer en las tentaciones”. Nos hacen conocernos porque nos hacen pulsar nuestra propia debilidad y miseria; nos hacen tomar el pulso a nuestros límites; y también nos hacen tantear la gracia divina. En las tentaciones, especialmente las muy fuertes, somos conscientes de que Dios actúa, porque de lo contrario ¿cómo seríamos capaces de vencer tales obstáculos?

(2) Son también útiles para inspirarnos tedio del mundo.

(3) Nos ayudan a expiar nuestras culpas, pues son indudablemente un sufrimiento y todo sufrimiento nos viene bien para purgar los pecados cometidos en nuestra vida.

(4) Además, acrecientan nuestros méritos, por lo que pueden ser consideradas, sin temor a equivocarnos, como la materia prima de la que se fabricará nuestra gloria futura en el cielo.

(5) Nos enseñan a ser humildes (así como los consuelos, mal llevados, pueden llevarnos a engreírnos).

(6) Arraigan más hondamente las virtudes que tenemos, porque en medio de las tentaciones los actos de las virtudes que nos vemos obligados a repetir una y otra vez se enraízan en el alma  e incluso toman un tinte heroico.

(7) Nos hacen ser más vigilantes porque la tentación no siempre avisa cuando va a venir, ni la fuerza que tendrá cuando arrecie.

(8) Nos ayudan a ser compasivos con los tentados. Dice San Juan de Ávila: “el que no es tentado no se puede doler ni compadecer del tentado… De aquí viene que, cuando alguno tentado va a ti, te espantas y le riñes y te muestras áspero, porque no sabes qué cosa es ser tentado, y el que lo es consuela y anima y esfuerza al que va a él, porque se duele y conoce la necesidad que de su consuelo tiene”[1].

Nuestra actitud ante la tentación

            Pero para que las tentaciones sean de provecho y no se vuelvan contra nosotros, no solamente no debemos consentir (eso es más que evidente) sino que debemos saber afrontarlas. En esto hay un texto muy hermoso de San Doroteo de Gaza: “Frecuentemente nos hacemos la siguiente pregunta: si en las adversidades el sufrimiento nos conduce a pecar, ¿cómo podremos decir que son para nuestro bien? Pues pecamos, en ese caso, cuando nos falta resignación y no queremos soportar lo más mínimo ni sufrir nada que nos contraríe. Porque en efecto, Dios no permite que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, tal como dice el Apóstol: Dios es fiel y no permite que seáis tentados más allá de lo que podáis soportar (1Co 10,13). Somos nosotros los que no tenemos paciencia, y no queremos sufrir un poco ni soportar lo que se nos manda con humildad. De esta manera las tentaciones nos quebrantan y cuanto más nos esforzamos por escapar de ellas, más nos abaten, nos descorazonan, sin por eso poder librarnos de las mismas.

            Los que nadan en el mar y conocen el arte de la natación, se sumergen cuando les llega la ola, y la pasan por debajo, hasta que se aleja. Después siguen nadando sin dificultad. Si quisieran enfrentar la ola, los chocaría y los llevaría a buena distancia. Al volver a nadar les viene otra ola y si se resisten nuevamente, otra vez serán llevados lejos y sólo lograrán fatigarse sin avanzar. En cambio si se sumergen bajo la ola, si se agachan por debajo de ella, la ola pasar sin arrastrarlos; podrán seguir nadando cuanto quieran y lograr la meta que quieren alcanzar. Lo mismo sucede con las tentaciones. Soportadas con humildad y paciencia, pasan sin hacer daño. Pero si insistimos en afligirnos, en alterarnos, en acusar a todo el mundo, sufrimos nosotros mismos, la tentación se transforma en insoportable, y finalmente no sólo no nos resulta de provecho, sino que nos hace daño.

            Las tentaciones son muy provechosas para quien las soporta sin atormentarse. Incluso si es una pasión la que nos aflige, no debemos perturbarnos por ello. Si nos perturbamos se debe a nuestra ignorancia y a nuestro orgullo, lo cual es debido al desconocimiento del estado de nuestra alma, y al querer huir del sufrimiento”[2].

San Juan de Ávila escribía a una monja estas admirables palabras: “¿Has visto a los alfareros encender algún horno? ¿Has visto aquel humo tan áspero y tan negro, aquel ardor de fuego y aquella semejanza de infierno que allí pasa? ¿Quién creyera que los vasos que allí dentro están no habían de salir hechos ceniza del fuego o, a lo menos, negros como noche del humo? Y pasada aquella furia, apagado el fuego, al tiempo que deshornan, verás sacar los vasos blancos de barro duros como piedra; y los que primero estaban negros, salen más blancos que la nieve y tan hermosos que se pueden poner en la mesa del rey. Vasos de barro nos llama San Pablo… Cocinarnos quiere, hermana; tenga paciencia; metida está en el horno de la tribulación… Procure no salir quebrada… Solamente se quiebran los que en el horno de la tribulación pierden la paciencia. No desmaye, por más que atice el demonio; confíe en Dios”[3].


[1] San Juan de Ávila, Sermón del Dom. I de Cuaresma.

[2] San Doroteo de Gaza, Conferencias, XIII Conferencia.

[3] San Juan de Ávila, Epístola 21.

agua bendita

¿Qué es el agua bendita y para qué sirve?

Pregunta:

¿Me puede usted informar algo sobre el agua bendita y su empleo?

Respuesta:

Estimada:

El empleo del agua bendita es antiquísimo, y hay testimonios de la costumbre de usarla ya entre los primeros cristianos. “La Iglesia recomienda su uso aun fuera de la liturgia como medio para alejar las insidias del diablo, para conjurar los peligros, para atraer las bendiciones celestiales sobre las casas, el campo, el trabajo, las personas. El deseo de los fieles de usar frecuentemente este sacramental hizo nacer la costumbre generalizada más tarde de poner a la entrada de la iglesia la llamada ‘pila del agua bendita’. En los siglos VIII a IX el agua bendita adquiere el largo empleo que todavía conserva en toda clase de bendiciones”[1].

            Santa Teresa de Jesús era particularmente devota y la usaba cuando tenía tentaciones y desconsuelos; dice ella: “Debe ser grande la virtud del agua bendita. Para mí es particular y muy conocida consolación que siente mi alma cuando la tomo”[2]. Una de las compañeras de la Santa, Ana de Jesús, cuenta en el proceso de beatificación: “Nunca quería que caminásemos sin ella (sin agua bendita). Y por la pena que le daba si alguna vez se nos olvidaba, llevábamos calabacillas de ella colgadas a la cinta, y siempre quería la pusiéramos una en la suya, diciéndonos: ‘no saben ellas el refrigerio que se siente teniendo agua bendita; que es un gran bien gozar tan fácilmente de la sangre de Cristo’. Y cuantas veces comenzábamos por el camino a rezar el Oficio Divino, nos la hacía tomar”[3].

            Y en una de sus cartas escribe a una persona que sentía mucho temor: “Este temor que dice, entiendo cierto debe ser que el espíritu entiende siente el mal espíritu, y aunque con los ojos corporales no lo vea, débele de ver el alma, o sentir. Tenga agua bendita junto a sí, que no hay cosa con que más huya. Esto me ha aprovechado muchas veces a mí. Algunas no paraba en solo miedo, que me atormentaba mucho; esto para sí solo. Mas, si no le acierta a dar el agua bendita, no huye, y así es menester echarla alrededor”[4].

[1] Cf. Cardenal Francesco Roberti, Diccionario de Teología Moral, Ed. Litúrgica Española, 1960, voz “agua”.

[2] Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, cap. 31.

[3] BMC, 18, p. 465.

[4] Santa Teresa, Cartas, 9.