humanae vitae

La norma moral de la Humanae vitae

Pregunta: 

¿En qué consiste la norma moral de la Humanae vitae?

Respuesta:

Varios años después de la publicación de la encíclica de Pablo VI, decía Juan Pablo II: “el principio de la moral con­yugal que la Iglesia enseña es el criterio de la fidelidad al plan divino”[1]. La Humanae vitae se limita, en tal sentido, a exponer el plan de Dios sobre el hombre y la conyugalidad; este plan revela en qué consiste el verdadero bien del hombre, es decir, el único itinerario posible hacia su perfección humana y de su felicidad terrena y eterna como individuo y como familia.

Ahora bien, ¿cuál es ese plan divino? Podemos resumirlo diciendo: Dios ha puesto una estructura fundamental en el acto conyugal (es decir, lo ha hecho con una determinada natura­leza) y quiere, por bien del mismo hombre, que la misma sea respetada.

Esa estructura consiste en dos aspectos (o dimensiones, o significados, o finalidades) del acto conyugal (a saber, el signifi­cado unitivo y el significado procreador) los cuales: 1° de modo natural se dan juntos, 2° se salvaguardan juntos y 3° se realizan plenamente mientras se mantengan juntos (precisamente uno a través del otro). De ahí que Pablo VI hable de una “insepara­ble conexión”: “la inseparable conexión que Dios ha querido, y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador” (HV, 12).

Éste es el principio fundamental del documento y mani­fiesta la dimensión positiva de la moral matrimonial propuesta por la Humanae vitae, y su dimensión normativa (o sea, el con­junto de normas u obligaciones morales).

  • La enseñanza positiva de la Humanae vitae

La doctrina positiva de la encíclica —es decir, su instruc­ción sobre la estructura íntima de la sexualidad conyugal— está expresada en la explicación que el papa da del texto anterior­mente trascripto, diciendo a continuación del mismo: “El acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamen­te a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental” (HV, 12).

Creo que este texto contiene el núcleo central de la doctri­na católica sobre la sexualidad conyugal. Detengámonos bre­vemente en él.

  • El texto supone que el acto conyugal es una realidad que tiene dos significados concurrentes (o sea, que deben ne­cesariamente acompañarse el uno al otro).

“Significar” quiere decir “hacer saber”, “declarar o mani­festar una cosa”, “expresar una idea o pensamiento a través de un signo”, etc. Esto implica que el acto conyugal expresa o revela una doble realidad: el amor mutuo de los cónyuges y su voluntad abierta a la vida. ¿Quién expresa esto (o sea, quién es el sujeto de esta expresión)? Y ¿a quién lo expresa (o sea, quién es su destinatario)? Ante todo, al tratarse de algo impreso en la naturaleza, es Dios quien expresa esta verdad al hombre: Él quiere hacer saber, al crear al ser humano con tal estructura sexual, qué finalidad y uso quiere que se dé a la actuación de la genitalidad y del amor sexual y en qué marco pretende que esto tenga lugar.

Además, al tratarse de un acto realizado entre el varón y la mujer unidos en matrimonio, este acto es, asimismo, la revelación que hace el cónyuge varón a la cónyuge mujer, y viceversa, de su voluntad profunda de amor (unión) y de apertura a la vida (procreación). Al decir “significado” se está indicando que el acto sexual no es un mero proceso biológico o instintivo; un proceso desatado por una reacción hormo­nal, que se realiza por una serie de movimientos y termina en una descarga física. Por el contrario, se observa que es una palabra, un acto de lenguaje. El lenguaje humano no se compone exclusivamente de palabras orales, sino, en una ele­vada proporción, de gestos: un apretón de manos, una cari­cia, un guiño, etc.; el baile cultural es un magnífico ejemplo de lenguaje corporal con el que, incluso, se cuentan historias y se transmiten valores. No todos los signos que usamos en nuestro lenguaje son convencionales; algunos son naturales, es decir, los impone la misma naturaleza del signo (por su proximidad con lo significado). Por eso, si bien podríamos cambiar ciertas señales que son puramente convencionales (por ejemplo, si nos ponemos de acuerdo, podríamos indicar la libertad de tránsito con el color rojo y la prohibición de la misma con el verde, al revés de como hacemos actualmente), no es posible hacerlo con otros signos; así, no podemos hacer que un beso o una tierna caricia manifiesten rechazo u odio en lugar de simpatía, cariño y benevolencia. De ahí que nos duela tanto que nos traicionen con un beso, porque no sólo nos traicionan a nosotros sino al mismo lenguaje del amor. Por eso, cuando cambiamos el contenido de estos signos, nos hacemos mentirosos.

  • Para hablar con propiedad más que atribuir dos sig­nificados al acto sexual, deberíamos decir que tiene un doble significado. Porque hablar de “dos significados” es equívoco si lo entendiéramos como dos posibles expresiones que pueden usarse separadamente, ya una o ya la otra. La palabra “mate” se usa para expresar la calabaza americana que da nombre a la tradicional infusión argentina, y también expresa algo sin brillo, amortiguado (un color mate, o un sonido mate); puedo usar esa palabra para uno de los significados sin que implique el otro: puedo decir que esa pared es mate (sin brillo) sin aludir para nada al mate-bebida. En cambio, al decir que tiene un doble significado queremos subrayar que los dos significados son si­multáneos e inseparables “por su misma naturaleza íntima”.
  • Más aún, cada uno de estos significados se expresa a través del otro, como ha dicho Juan Pablo II al comentar el texto de Pablo VI: en el acto conyugal uno de los aspectos “se realiza juntamente con el otro y, en cierto sentido, el uno a través del otro”[2]. Esto quiere decir que una persona con su acto sexual sólo puede decir “te amo” (es decir, “te doy todo lo que soy para llevarte a ti a la plenitud”) mientras su acto esté abierto a la vida; y sólo puede decir “quiero ser madre/padre junto a ti” mientras su acto sea un acto de amor (es decir, de total donación).
  • sólo manteniendo unidos los dos significados el acto conyugal conserva, dice el Papa, su “sentido íntegro”. De aquí que, al pretender independizar un aspecto del otro, ni siquiera el que se conserva se mantiene íntegro. Los esposos que piden una fecundación in vitro, en la que el acto sexual amoroso, íntimo, secreto, verdaderamente unitivo, no está presente o es una mera condición biológica para que luego se haga “lo im­portante” (que es, en realidad, el procedimiento técnico que dará origen al nuevo ser vivo), la misma procreación, deja de ser algo “acabado”, “pleno”[3]. Lo demuestra el hecho de que un hijo así concebido no es tanto un fruto del amor, sino un “lo­gro” científico, algo que se mide en intentos exitosos o fracasa­dos, y, a menudo, también un lucrativo negocio[4]. Testimonio elocuente son los bancos de embriones sobrantes, o reservados u olvidados: “el amor de sus padres” los ha destinado a estar allí, de repuesto, “por las dudas”, abandonados, destinados en el 90% de los casos a la muerte.
  • Y lo mismo ocurre con el acto sexual que pretende ser manifestación de amor pero se cierra a la procreación. No ne­gamos que en la intención de muchos pretenda ser un acto de amor, pero no puede ser un acto de amor íntegro. Amor es do­nación, es decir, entrega. El amor “total” exige la entrega “total”; si la entrega está recortada se trata de un amor recortado. De ahí que la sana doctrina insista una y otra vez con esta verdad fun­damental: el acto sexual, fuera del matrimonio, está desprovisto de su significado original y verdadero que es la donación total de la persona; y lo mismo sucede con este acto cuando, dentro del matrimonio, se lo priva de su carácter procreativo.
  • El cerrarse a la vida implica cerrarse a la donación, por eso el acto voluntariamente vuelto infecundo no sólo aten­ta contra la dimensión procreativa sino, a la postre, también termina dañando su valor unitivo y amoroso. Esto resulta di­fícil de entender para algunos; sin embargo, es llamativo que lo haya destacado un autor que escribe desde una perspectiva psicoanalista y marxista como Erich Fromm: “La culminación de la función sexual masculina radica en el acto de dar; el hombre se da a sí mismo, da su órgano sexual, a la mujer. En el momento del orgasmo, le da su semen. No puede dejar de darlo si es potente. Si no puede dar, es impotente. El proceso no es diferente en la mujer, si bien algo más complejo. Tam­bién ella se da; permite el acceso al núcleo de su feminidad; en el acto de recibir, ella da. Si es incapaz de ese dar, si sólo puede recibir, es frígida. En su caso, el acto de dar vuelve a producir­se, no en su función de amante, sino como madre. Ella se da al niño que crece en su interior, le da su leche cuando nace, le da el calor de su cuerpo. No dar le resultaría doloroso”[5]. ¡Llamativo testimonio!

  • El aspecto normativo de la Humanae vitae

La norma que se deriva de esta enseñanza es formulada por Pablo VI de dos maneras: una positiva (cómo debe ser el acto conyugal) y otra negativa (cómo no debe ser):

  • De modo positivo (HV, 11): “todo acto matrimonial debe permanecer por sí mismo destinado a procrear la vida humana” (“Quilibet matrimonii usus ad vitam humanam procreandam per se destinatus permaneat”), es decir, debe mantener su destinación natural.
  • De modo negativo (HV, 12): “No le es lícito al hombre romper por su propia iniciativa el nexo in­disoluble y establecido por Dios, entre el significa­do de la unidad y el significado de la procreación que se contienen conjuntamente en el acto conyu­gal” (“Non licet homini sua sponte infringere nexum indissolubilem et a Deo statutum, inter significationem unitatis et significationem procreationis quae ambae in actu coniugali insunt”).

¿Qué quiere decir esto? ¿Quizá que siempre que se realiza un acto sexual conyugal hay que buscar un hijo? No. significa simplemente que en cada acto sexual completo de los esposos deben (norma moral) estar presentes los dos aspectos:

  • El amor, la donación, la entrega al otro. Se atenta contra esta dimensión cuando se usa el cuerpo de la otra persona para procurarse a sí mismo el pla­cer, pero no para darse a la otra persona (es decir, para buscar principalmente hacer feliz al otro), como ocurre en el acto violento, o carente de respeto, o en lugar innatural, etc. También cuando se busca la pro­creación separadamente de la unión sexual, es decir, sin que la procreación sea buscada en el mismo acto de la unión (a través de él), aunque éste sea realizado como una condición previa (por ejemplo, para obte­ner alguno de los gametos para una posterior fecun­dación artificial).
  • El grado de procreatividad que la naturaleza huma­na posee —valga la redundancia— por naturaleza en ese momento. De hecho la naturaleza humana no posee siempre la misma capacidad procreativa. Dice Pablo VI: “Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos” (HV, 11). Hay diversos grados: (a) ante todo, existe una capaci­dad actual de procrear, como ocurre en los perío­dos fértiles de la mujer; (b) hay también una capa­cidad provisoriamente potencial, como sucede en los períodos infértiles de la mujer; (c) y hay una situación definitivamente potencial (cuando algún elemento falta definitivamente, como en la edad senil, o en las diversas situaciones de esterilidad natural, etc.). Se atenta contra esta dimensión de la sexualidad conyugal cuando, en lugar de respetar el grado de procreatividad que tiene la naturaleza en el momento del acto sexual, se lo altera artifi­cialmente sea con acciones previas (anticoncepción oral, esterilización), o durante el acto sexual (mé­todos de barrera) o con actos posteriores (píldoras postcoitales, aborto, etc.).
  • En consecuencia, no es lícito querer uno solo de estos aspectos, impidiendo de modo voluntario el otro.

[1] Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 12/10/ 1984, p. 3. Se refiere explícitamente a la doctrina del Concilio Vaticano II y a Pablo VI.

[2] Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 26/10/1984, p. 3, n. 6.

[3] Hablando de las técnicas de ayuda a la fertilidad dice la Instrucción Dignitas personae: “A la luz de este criterio hay que excluir todas las técnicas de fecundación artificial heteróloga [N.A.: aquellas en las que se utiliza algún gameto de alguien ajeno al matrimonio, sea semen u óvulos] y las técnicas de fecundación artificial homóloga [N.A.: aquellas en que los gametos pertenecen a los cónyuges legítimos] que sustituyen el acto conyugal. son en cambio admisibles las técnicas que se configuran como una ayuda al acto conyugal y a su fecundidad (…) Son cierta­mente lícitas las intervenciones que tienen por finalidad remover los obstáculos que impiden la fertilidad natural, como por ejemplo el tratamiento hormonal de la infertilidad de origen gonádico, el tratamiento quirúrgico de una endometriosis, la desobstrucción de las trompas o bien la restauración microquirúrgica de su perviedad. Todas estas técnicas pueden ser consideradas como auténticas terapias, en la medida en que, una vez superada la causa de la infertilidad, los esposos pueden realizar actos conyugales con un resultado procreador, sin que el médico tenga que interferir directamente en el acto conyugal. Ninguna de estas técnicas reemplaza el acto conyugal, que es el único digno de una procreación realmente responsa­ble” (Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Dignitas personae, 2008, n. 12-13). Y más adelante: “La Iglesia, además, considera que es éticamente in­aceptable la disociación de la procreación del contexto integralmente personal del acto conyugal: la procreación humana es un acto personal de la pareja hombre- mujer, que no admite ningún tipo de delegación sustitutiva” (Ibidem, n. 16). Sobre la noción de “delegación sustitutiva” y la diferencia entre “ayudar” y “sustituir” puede verse: Miguel A. Fuentes, Manual de Bioética, San Rafael (2006), 97-100.

[4] Decía mons. Caffarra advirtiendo sobre la mentalidad eficientista en que se mueven las técnicas reproductivas artificiales (y que despersonalizan la sexualidad hu­mana y el hijo concebido, haciendo del primero una mera condición para obtener los gametos y del segundo un producto técnico): “Más arriba he hablado de dos posibles modelos para realizar la fecundación in vitro. Precisamente algunos días atrás he pre­guntado a un importante científico —que ha realizado ya 30 FIV— si él sigue el prime­ro o el segundo. Me ha respondido que siempre pone en práctica el segundo, ya que el primero no es eficaz. Así sucede siempre. Por tanto, con la FIV la persona humana puede ser ‘hecha’, en el sentido estricto del término ‘hacer’” (Caffarra: La fecundación in vitro. Consideraciones antropológicas y éticas, Diálogo n. 8 [1994], 53).

[5] Fromm, E., El arte de amar, Buenos Aires (1977), 36.

humanae vitae

La Humanae Vitae ¿una encíclica profética?

Pregunta:

La encíclica Humanae vitae del Papa Pablo VI ¿predijo lo que hoy sufre la sociedad actual?

Respuesta:

La Humanae vitae es una encíclica profética por muchos motivos[1]. Es profética en sentido amplio, es decir, es un tes­timonio del Magisterio, de su compromiso con la verdad que no se casa con ninguna conveniencia política ni económica, ni aun cuando esto pueda acarrearle la oposición y la persecución del mundo. Los profetas, en su tiempo, fueron considerados aguafiestas.

Pero además es profética porque contiene profecías. O, si se prefiere, preanuncios. No son profecías por la oscuridad de las verdades anunciadas; al contrario, cualquier persona de mi­rada perspicaz habría sabido leer, como Pablo VI, los efectos en sus causas. Pero, de hecho, en tiempos de su publicación, estas afirmaciones fueron consideradas exageraciones y afirmacio­nes negativas, incluso por destacados teólogos.

Y sin embargo, se han cumplido como decía Pablo VI, en contra de sus detractores.

Las principales profecías están en el n. 17 de la encíclica: “Los hombres rectos podrán convencerse todavía más de la consistencia de la doctrina de la Iglesia en este campo si re­flexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regula­ción artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres, especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto, tienen necesidad de aliento para ser fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia. Podría también te­merse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, lle­gase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada. Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupa­das de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideran necesario, el método anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo, los hombres, queriendo evitar las dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más personal y más reservado de la intimidad con­yugal (…)”.

Se trata, como puede verse, de cuatro consecuencias preanunciadas por Pablo VI como fruto de la difusión de la mentalidad anticonceptiva. Las cuatro se han verificado ampliamente.

  • El camino de la infidelidad

“[Se abriría un] camino fácil y amplio… para la infideli­dad conyugal”. Para esta altura de los tiempos, la infidelidad matrimonial (es decir, el adulterio) hace rato que es uno de los dramas conyugales más alarmantes… que, lamentablemente ha dejado de inquietar a los hombres de bien como debería. El diario La Nación, en su edición del 19 de marzo de 1997, bajo el título “Adulterio: nuevo furor sobre un viejo pecado”, cita el estudio realizado por Shere Hite utilizando un cuestionario im­preso en “Penthouse y otras revistas para adultos” (téngase en cuenta que se trata de una encuesta realizada entre un público libertino y adúltero); según ese estudio el 66% de los hombres y el 54% de las mujeres consultadas en Estados Unidos afir­maban haber tenido al menos una aventura adulterina. Se cita también el sondeo —hecho con técnicas de muestreo más con­fiables— de NORC (año 1994, también en Estados Unidos); éste señalaba una praxis del adulterio en el 21,2% de los hom­bres y en el 11% de las mujeres[2].

Si bien todos los datos que nos llegan por los medios de difusión deben tomarse no ya con pinzas sino con tijeras de podar, de todos modos, no nos debería sorprender que estos números se aproximaran a la realidad, pues esto no es más que la lógica consecuencia del brete cultural en que nos encontra­mos. Entre muchas causas quiero destacar dos.

La primera es la mentalidad divorcista que ha sumergido la institución matrimonial en una crisis agudísima que amenaza con sofocarla. La experiencia del divorcio en la Argentina es elocuente: éste ha engendrado más divorcios y separaciones, menos matrimonios, más concubinatos, menos hijos por ma­trimonio, más hijos fuera del matrimonio (un estudio estable­cía que en 1995 el 45% de los argentinos nacieron fuera del matrimonio) y envejecimiento poblacional[3]. La situación de los divorciados vueltos a casar, aunque sea dolorosa y pasto­ralmente merezcan un cuidado singular por parte de la Igle­sia[4], es, sin embargo, una situación de adulterio; el hecho de que el fenómeno se extienda cada vez más debe preocuparnos seriamente.

La segunda causa es, precisamente, la incomprensión de la enseñanza de la Humanae vitae (cf. HV, 12) sobre la indisolubilidad de los dos significados o dimensiones del acto conyugal (unión sexual y apertura a la vida), que trataremos más adelante. Mantener la unidad de ambos aspectos es condición esencial para respetar la “totalidad” de la entrega matrimonial. El matrimonio es “uno con una para siempre”, para “dar en cada relación sexual la totalidad de sí mismo, es decir, incluso la capacidad procreativa”. Cuando este segun­do elemento se torna superfluo o se deja librado a la arbi­trariedad, a la postre deja de entenderse el valor del primero (la fidelidad). La anticoncepción (que voluntariamente des­poja al acto sexual de su valor procreador) lleva a entender la donación conyugal de forma mezquina, como un amor a medias, un regalo truncado. Quien se acostumbra a este modo (parcial) de darse, puede terminar preguntándose qué mal hay en reservarse también parte de sus sentimientos para compartirlos con alguien distinto de su legítimo cónyuge, al menos en alguna aventura pasajera sin afán de llegar a una separación definitiva.

  • La degradación moral

“(…) La degradación general de la moralidad”.

No hace falta ser muy sagaces para percibir el nivel de degradación que la moralidad ha alcanzado en nuestro tiempo. Ni tampoco el nexo de causalidad que esta situa­ción guarda con la anticoncepción. La revolución cultural que viene rondando desde 1968, y que se caracteriza, entre otras cosas, por una devaluación del sexo, no hubiera sido posible ni sostenible sin un fácil acceso a una anticoncepción eficaz.

El deseo sexual está hoy en día descontrolado, y ha lle­gado a un destape total sin pudor[5]. Más aún, vivimos ya bajo lo que se ha dado en llamar “Inquisición gay” que impone la ideología homosexualista hasta en la educación escolar pri­maria[6]. Ya no existe área cultural, ni edades que estén prote­gidas contra el desenfreno sexual. A punto tal que un diario liberal como “II Corriere della Sera”, llega a denunciar en su edición del 10 de diciembre de 2007, que “las adolescen­tes están cada vez más sometidas al hedonismo”. El artículo presenta el libro de la feminista Carol Platt Liebau que lleva por título Mojigatas. Cómo la cultura obsesionada por el sexo daña a las chicas. Ésa es la situación: obsesión y sometimiento por la tiranía sexual.

La plaga de la pornografía y el creciente fenómeno de la adicción al sexo y de los actos en que el sexo se relaciona con la violencia son testimonio elocuente de este drama. También el boom de las enfermedades sexuales que afecta, en EEUU, a una de cada cuatro chicas[7].

A su vez la anticoncepción ha abierto la puerta del aborto, llevando a la sexualidad desenfrenada a su último escalón de oprobio: el asesinato del fruto inocente del desorden de sus padres[8].

Es incontrovertible que la anticoncepción facilita las re­laciones sexuales y aun la clase de actitudes y de moral indivi­dual que más fácilmente conducen al aborto.

  • La pérdida de la dignidad de la mujer

“Podría también temerse que el hombre… acabase por perder el respeto a la mujer”. El Papa advirtió que la prácti­ca de la anticoncepción llevaría al varón a perder su respeto por la mujer y “ya [no se preocuparía] de su equilibrio físico y psicológico”, al punto tal que la consideraría “como simple instrumento de goce egoísta y no como su respetada y amada compañera”.

La anticoncepción, como vio con acierto Pablo VI, no ha liberado a la mujer sino que la ha convertido en instrumento del placer. En un aparejo al servicio del consumidor lujurioso a quien llega por innumerables canales. El dinero que se mueve con las imágenes sexualizadas de mujeres (que es la mayor parte de la industria pornográfica) oscila en la actualidad en los sesenta mil millones de dólares anuales. En Estados Unidos, el 40% de to­dos los usuarios de Internet al menos una vez al mes incursionan en este campo. En el resto del mundo no es muy diferente.

El exagerado feminismo también ha conspirado ac­tivamente hacia la deshumanización de la mujer. Helen Alvare, profesora de la “Universidad Católica de América” en Washington que ha sido portavoz de la Conferencia Epis­copal de Estados Unidos sobre cuestiones relativas a la vida humana, ha dicho durante el congreso vaticano sobre “Mujer y varón, la totalidad del humanum” (febrero de 2008) que “las mujeres han contribuido a fomentar el consumismo que las cosifica”; señalando como uno de los aspectos más pre­ocupantes de la actual situación “el grado en el que las mu­jeres, individualmente y a través de grupos organizados, han asumido su propia cosificación como artículos de consumo… Las mujeres se rebajan a sí mismas persiguiendo la creencia de que esto les llevará a la unión con un hombre”. No sólo se cumple plenamente la profecía divina del Génesis (“Tu deseo se dirigirá hacia tu marido y él te dominará”: Gn 3, 16), sino que se ha sobrepasado ampliamente desde que la mujer está hoy esclavizada no por su esposo sino por los anónimos con­sumidores de lujuria.

  • Política y demografía

“Se llegaría a poner un arma peligrosa en las manos de las autoridades públicas despreocupadas de las exigencias mo­rales”. Desde que estas palabras fueron escritas hasta nuestros días, las políticas del control de población se han convertido en pan cotidiano. Hay numerosos países del primer mundo que condicionan cualquier discusión sobre ayuda económica o téc­nica a la aceptación de sus políticas de control demográfico, a la exportación masiva de anticonceptivos y a la introducción del aborto y de la esterilización en las legislaciones locales (es­pecialmente en los países en desarrollo).

Se habla de “reingeniería social”, es decir, de la implan­tación forzosa (a través de leyes) de una cultura anticristiana especialmente en materia sexual. Pruebas de esto son las pre­siones para imponer la ideología de género[9], la cultura gay (o sea, pro-homosexual)[10], una educación sexual que excluye a los padres[11], la aceptación de una “Carta de la Tierra” que reemplazaría los Diez Mandamientos[12], etc.

Indudablemente, Pablo VI tenía razón.

Muy pocos son, en nuestros días, los que se animarían a recordar que esta doctrina de sentido común no sólo ha sido defendida por la Iglesia católica sino por infinidad de perso­nas, muchas de ellas ajenas al pensamiento católico, y algunas incluso opuestas en otros temas. Para muestra basten algunos botones de lujo[13]:

Theodore Roosevelt (1858-1919), presidente de los Estados Unidos (1901-1909), premio Nobel de la Paz en 1906, escribió: “El control de la natalidad es el único pecado que tiene como pena la muerte de la nación, la muerte de la raza; un pecado para el cual no hay reparación”.

Sigmund Freud —enemigo de toda religión, por conside­rarla una neurosis obsesiva— señaló en su conferencia La vida sexual de los seres humanos: “El abandono de la función de la reproducción es la característica común de todas las perversio­nes. Actualmente describimos una actividad sexual como per­versa si ésta ha renunciado al propósito de reproducir y si persi­gue la obtención del placer como un fin independiente de éste. Así pues, como se verá, la brecha y punto de inflexión en el de­sarrollo de la vida sexual yace en que ésta se subordine al propó­sito de reproducción. Todo lo que ocurra con anterioridad a este viraje de los eventos e igualmente todo lo que no lo considere y que apunte exclusivamente a la obtención del placer recibe el nombre poco halagüeño de ‘perverso’ y como tal es proscrito”[14].

Mahatma Ghandi, a pesar de haber sido enérgicamente presionado por Margaret Sanger[15], la fundadora de Paternidad Planificada, resumió las consecuencias perjudiciales de la an­ticoncepción artificial diciendo: “Los métodos artificiales (de anticoncepción) son como la coronación del vicio. Hacen a los hombres y mujeres imprudentes… La naturaleza es despiadada y tendrá su gran venganza por cada violación que se le infrinja a sus leyes. Los resultados morales pueden ser solamente pro­ducidos por la restricción moral. Todas las demás restricciones hacen fracasar los mismos propósitos para los cuales fueron planeadas. Si los métodos artificiales se convierten en el orden del día, el resultado no será otro más que la degradación moral. Una sociedad que ya se ha debilitado a través de una variedad de causas estará aún más debilitada a causa de la adopción de métodos (de control de nacimientos) artificiales… En este estado de cosas, el hombre ha degradado bastante a la mujer a causa de su lujuria, y los métodos artificiales, sin importar la buena intención de sus defensores, la degradarán aún más”.

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE, MATRIMONIO CRISTIANO, NATALIDAD Y ANTICONCEPCIÓN. A 40 años de la Humanae vitae. Un homenaje al amor conyugal, EDVE, San Rafael 2009, pp. 55-65.

 

[1] Al cumplirse los 30 años de la Humanae vitae, decía el Card. Alfonso López Trujillo, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia: “Hace ya tres décadas que el Santo Padre Pablo VI hizo pública esta encíclica que, con sobrada razón, es hoy cada vez más reconocida como profética. Así lo hizo el Sínodo de la familia (1980); así lo testimonian episcopados, movimientos apostólicos y estudiosos en diferentes partes del mundo” (A los treinta años de la «Humanae vitae» de S.S. Pablo VI). Y al cumplirse el 40° aniversario, los obispos canadienses han publicado un men­saje donde por tres veces se hace referencia al carácter profético del documen­to de Pablo VI (Message de la Conférence des évêques catholique du Canada á l’occasion du 40e anniversaire de l’encyclique Humanae vitae, 26/09 2008).

[2] Cf. La Nación, 19/03/1997; p. 17.

[3] Véase el estudio de Jorge Scala, Sociología de diez años de divorcio en Argentina, en: Jorge Scala y otros, Doce años de divorcio en Argentina, Bs. As. (1999); 119 ss.

[4] Cf. Juan Pablo II, Familiaris consortio, n. 84.

[5] Cf. Miguel A. Fuentes, Pornografía y sexualidad, Diálogo 12 (1995), 131-158.

[6] Los casos de intolerancia contra quienes están en desacuerdo con la edu­cación pro-homosexual, cada vez se multiplican con mayor velocidad. Sólo para citar algunos ejemplos de los primeros años del siglo XXI, David Parker, un padre de familia que vive en Lexington, Massachusetts (USA), fue arrestado y pasó un día en la cárcel por “pretender” impedir que su hijo de 5 años fuera pervertido en las sesiones de “orientación sexual” que se impartían en la escuela; su “cri­men” consistió en que, después de agotar todas las instancias legales, pretendió asistir a una de esas sesiones, enterarse de los contenidos y exponer al director del colegio sus objeciones sobre esos contenidos pro-homosexuales. El material estaba compuesto fundamentalmente por “gráficos y fotos”. Fue detenido por la policía y pasó la noche en la cárcel con delincuentes comunes. Esposado fue llevado al día siguiente ante el juez que le impuso 1.000 dólares de fianza y la prohibición de acercarse al colegio de su hijo. En la última nota que Parker y su esposa hicieron llegar a las autoridades del colegio y del sistema educativo de la ciudad afirmaban: “Queremos dejar claro lo dicho anteriormente: No damos permiso al sistema de escuelas públicas de Lexinton a tratar con nuestro hijo temas sobre homosexualidad (trans-gender/bisexuales/parejas gays). Esta es una decisión paterna, que no queda sujeta a interpretaciones o políticas administra­tivas”. Su reclamo fue rechazado. En Canadá algunos funcionarios han perdido su trabajo por no estar dispuestos a “celebrar matrimonios entre personas del mismo sexo”. En Quensel, Columbia Británica, Estado en que se han legalizado las uniones entre personas del mismo sexo, el Dr. Chris Kempling fue suspendido en su cargo, sin goce de sueldo, por haber escrito una carta de lectores en la que criticaba el proyecto de ley que pretende instituir el llamado “matrimonio entre homosexuales”. En la carta exponía la doctrina cristiana sobre la homo­sexualidad. En London, Ontario, la Asociación homosexual para la eliminación del odio, llevó a los tribunales a los concejales Ab Chahbar y Rob Alder, cuyo crimen fue participar en una marcha en contra del proyecto de ley de redefi­nición del matrimonio. El llamado “crimen de odio” es un recurso habitual de los activistas gays. En Rancho Cucamonga (California-USA), el Pacific Justice Institute, denunció que un estudiante había sido suspendido en su escuela por llevar una camiseta que decía “La verdad es la verdad. La homosexualidad está mal”. Seis ministros episcopalianos fueron cesados en sus cargos, “por romper la comunión con la iglesia, declarando que la homosexualidad repugna a la doctrina cristiana”. Los seis pastores se opusieron abiertamente a la “ordenación episcopal” del homosexual declarado Gene Robinson, como obispo episcopaliano de New Hampshire (Connecticut, USA). Los seis perdieron sus parroquias y por lo tanto sus medios de vida (cf. Juan Bacigaluppi, “La inquisición gay”, en: Noticias Globales, Año VIII. Número 589, 25/05. Gacetilla n. 712. Buenos Aires, 7/05/2005).

[7] Forum Libertas (www.forumlibertas.com) del 14/03/2008, titulaba un artículo: “Sigue el ‘boom’ de las enfermedades sexuales: en EEUU, una de cada cuatro chicas”. Y afirmaba: “Esterilidad y cáncer, dos posibles secuelas de las venéreas que ya afectan a más de tres millones de jóvenes de entre 14 y 19 años. El boom de las enfermedades de transmisión sexual (ETS) sigue su marcha ascendente en Occidente: Un estudio realizado en los Estados Unidos constata que una de cada cuatro chicas de entre 14 y 19 años está infectada por alguna de las enfermedades venéreas más comunes. Según el informe ela­borado por los Centros de Control y Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés), esta lacra afecta ya a unas 3,2 millones de adolescentes estadounidenses.

[8] La realidad del aborto es cada vez más escalofriante. Según el Instituto de Política Familiar de España, en ese país, en 2006 se ha llegado a cerca de 100.000 abortos, lo que supondría que “cada día en España han dejado de nacer 270 niños por causa del aborto. Esto supone que se produce un aborto cada 5.3 minutos” y que “se ha superado el millón cien mil abortos (1.119.000 abortos), desde que se legalizó en el año 1985”. (Aciprensa 3/01/2007).

[9] La ideología de género, reconociendo la diferencia de sexos, afirma, sin embargo, que las diferencias entre varón y mujer no corresponden a una naturaleza dada, sino que son meras construcciones culturales según los estereotipos en cada sociedad. Pretende instaurar una cultura en la que cada individuo pueda escoger libremente la orientación sexual por la que sienta inclinación, independientemente de sus características biológicas. Al respecto ha dicho Benedicto XVI: “Lo que con frecuencia se expresa y entiende con el término ‘gender’, se sintetiza en definitiva en la autoemancipación del hombre de la creación y del Creador. El hombre quiere hacerse por su cuenta, y decidir siempre y exclusivamente sólo sobre lo que le afecta. Pero de este modo vive contra la verdad, vive contra el Espíritu creador” (Benedicto XVI, Discorso alla Curia Romana in occasione della presentazione degli auguri natalizi, 22/12/2008).

[10] Muchos distinguen entre “gay” y “homosexual”; por ejemplo, Richard Cohén: “El gay, hombre o mujer, es alguien que ha aceptado los deseos homosexuales y declara sentirse a gusto con esos sentimientos. La persona homosexual no gay es aquélla que no acepta esos deseos y busca cambiar. Un bisexual es alguien que experimenta atracción hacia los dos géneros. Puede aceptar estos deseos o puede intentar cambiarlos”. Consecuentemente, Lobby gay son los grupos de poder, compuestos por personas gays que intentan imponer la ideología de género (es decir: que se nace gay, y que hay que aceptarse como tal, que la orientación sexual es una opción libre, etc.) Estos grupos cuentan con potentes medios e importantes colaboradores entre los que se incluyen políticos, profesionales, empresas multinacionales, universidades, estudios cinematográficos, etc. En la actualidad el Lobby gay es, según algunos, el segundo poder económico en EEUU. De ahí su influencia social, política y cultural.

[11] “La Conferencia Episcopal Argentina, a través de su Comisión Episcopal de Educación Católica, rechazó en 2008 los Lineamientos Curriculares para la Educación Sexual Integral en las escuelas, aprobados por el Consejo Federal de Educación, por considerar que su carácter obligatorio ‘no deja mayor margen de acción a los padres para objetar aquellos contenidos que pudiesen atentar contra sus convicciones religiosas y morales’” (Cf. Noticias Globales, Año XI, n. 778, 26/08. Gacetilla n. 901. Buenos Aires, 19 junio 2008: “Argentina: educación sexual totalitaria. Se excluye a los padres; se impone la ideología de género”; cf. AICA, 18-06-08; Noticias Globales nn. 591, 745, 773, 898).

[12] “La Carta es un instrumento de la ‘nueva ética planetaria’ o ‘nueva ética universal de vida sostenible’. Procura imponer el relativismo moral y al menos el igualitarismo cuando no el indiferentismo religioso; niega la trascendencia de los seres humanos, a los que no les reconoce su dignidad, sino que los equipara al resto de las criaturas: animales, plantas…Es uno de los instrumentos más dañinos de la reingeniería social anticristiana, sobre todo por parecer inocuo y hasta positivo a los poco alertados. Adopta la perversa interpretación de los ‘nuevos’ derechos humanos. La defensa de ‘toda vida’ que dice sostener no le impide justificar el aborto, la esterilización forzosa, la eutanasia, etc. Su indigenismo es cristofóbico y promueve la vuelta al paganismo, incluso rescribiendo la Biblia en clave panteísta” (Juan C. Sanahuja, Noticias Globales, Año X, n. 725, 37/07, Informe n. 848. Buenos Aires, 31/07/2007: “La Carta de la Tierra I”).

[13] Citados por Fagan, Patrick, La cultura de la sexualidad invertida, Diálogo 23 (1999), 105-106.

[14] Freud, Obras completas (1916-17), “Conferencias de introducción al psi­coanálisis, Parte III, Doctrina general de las neurosis”, “20a Conferencia: La vida sexual de los seres humanos”.

[15] Margaret Sanger, feminista norteamericana, fue quien, en 1921, acuñó el slogan “Control de la natalidad para crear una raza pura”.