sacerdote

¿Es necesario creer en los sacerdotes?

Pregunta:

Estimado Padre:

 Me parece que mi problema es el de muchos católicos: me cuesta creer en los sacerdotes. He tenido muchas malas experiencias conociendo sacerdotes muy poco dignos de su misión: poco preocupados de los fieles, o inquietos sólo por sus propios intereses, o simplemente «mundanos». Esto me ha producido el efecto de que no pueda mirarlos sin desconfianza. ¿Qué puedo hacer?

Respuesta:

Estimado:

 En las Memorias de Don Bosco se relata que él acostumbraba a decir a sus salesianos: «El sacerdote siempre es sacerdote y debe manifestarse así en todas sus palabras. Ser sacerdote quiere decir tener continuamente la obligación de mirar por los intereses de Dios y la salvación de las almas. Un sacerdote no ha de permitir nunca que quien se acerque a él se aleje, sin haber oído una palabra que manifieste el deseo de la salvación eterna de su alma»[1].

 Pero el mismo Don Bosco, cuando oía hablar de defecciones o de escándalos públicos de personas importantes o sacerdotes, también decía a sus discípulos: «No debéis sorprenderos de nada; donde hay hombres, hay miserias»[2].

 Me parece que en estas dos referencias se contiene el justo equilibrio para juzgar al sacerdote y para regular nuestra relación con el mismo.

 El sacerdote está llamado, por su vocación, a una gran santidad; pero sigue siendo un hombre, y en cuanto tal, frágil y rodeado de flaqueza. Entre los apóstoles del mismo Cristo, uno lo traicionó (Judas), otro lo negó (Pedro), y los demás lo abandonaron durante su Pasión. Pero esto no los hizo menos sacerdotes; y a ellos dio poder de consagrar su Cuerpo y su Sangre (Haced esto en memoria mía: Lc 22,19), y de perdonar los pecados en su nombre (cf. Jn 20,23).

 Debemos orar por nuestros sacerdotes, para que sean santos y para que sean fiel reflejo del Sumo y Eterno Sacerdote, que es Jesucristo. Pero debemos mirar al sacerdote como a un «sacramento» de Cristo; es decir, que mientras vemos a un hombre, con defectos y miserias, la fe nos debe hacer «descubrir» al mismo Cristo. Por eso preguntaba San Agustín: «¿Es Pedro el que bautiza? ¿Es Judas el que bautiza? Es Cristo quien bautiza». Es Cristo quien consagra para nosotros en el altar, y es Cristo quien nos perdona los pecados. La eficacia viene de Cristo; no del ministro. Las palabras de Cristo (Haced esto en memoria mía; A quienes perdonéis los pecados..) conservan siempre toda su lozanía y eficacia, a pesar de que el ministro que las pronuncia sea un pecador empedernido. Por eso Inocencio III condenó a quienes afirmaban que el sacerdote que administra los sacramentos en pecado mortal obraba inválidamente[3]; y lo mismo repitió el Concilio de Trento[4].

 A todo esto se suma algo que tal vez no sea el caso que Usted me plantea, pero que se da con cierta frecuencia, y es el hecho de que gran parte de los que dicen: yo no creo en los sacerdotes, o: yo no creo en los curas…, ocultan con esta acusación algún problema personal de fondo. Más que no creer su problema es que no quieren creer. Y no quieren porque no viven limpiamente su noviazgo, o su matrimonio, o sus negocios. Y el problema que tienen es que creer en los sacerdotes significa creer en el sacerdocio: en la necesidad del sacerdote como mediador entre Dios y los hombres; en la necesidad de recurrir a él para que nos perdone los pecados, en la necesidad de asistir a la Misa dominical, en la necesidad de cumplir los mandamientos. Creer en el sacerdocio implica aceptar todas estas cosas como una obligación personal, independientemente de si esos sacerdotes que celebran Misa y perdonan los pecados son o no son ellos mismos santos.

 Cuando los diez leprosos se acercaron a Jesús para pedirle curación, el Señor les dijo: Id y presentaros a los sacerdotes, como prescribía la ley (Lc 17,14), aunque sabía que aquellos sacerdotes dejaban mucho que desear, como lo demostró la oposición que los mismos hicieron a Cristo.

 Jesucristo nos pedirá cuenta a cada uno de nosotros, por lo que nosotros hayamos hecho, según los mandamientos que nos dio a cada uno de nosotros. No nos juzgará por los pecados de nuestros sacerdotes o la santidad de los mismos.

 Nos queda siempre la obligación de rezar por nuestros pastores, para que tengan un corazón como el del Divino Pastor.

P. Miguel A Fuentes, IVE

 

Bibliografía para profundizar:

 Buela, Carlos, Sacerdotes para siempre, Ed. del Verbo Encarnado, San Rafael 2000.

 Nicolau, Miguel, Ministros de Cristo. Sacerdocio y Sacramento del Orden, BAC, Madrid.

 Chevrier, Antonio, El sacerdote según el Evangelio, Desclée de Brouwer, Pamplona 1963.

[1] Memorias Biográficas, vol 3, p. 68 (edición española).

[2] Memorias Biográficas, vol 7, p. 158 (edición española).

[3] Cf. Denzinger-Hünermann, n. 793.

[4] Cf. ibid., n. 1612.

ordenación

Si un obispo ordena mujeres: ¿son válidas esas ordenaciones? ¿Son ilícitas pero válidas?

Pregunta:

Querido Padre: Con sorpresa de mi parte leí hace unos días que un obispo cismático ordenó algunas mujeres en Austria. Sé que la Iglesia prohíbe la ordenación de mujeres, pero mi duda es: ¿fueron válidas estas ordenaciones? ¿Son ilícitas pero válidas?

 

Respuesta:

Estimado:

Comprendo su perplejidad.

Usted se refiere al acto realizado el pasado 29 de junio de 2002 por Rómulo Antonio Braschi, fundador de una comunidad cismática, quien ha pretendido conferir la ordenación sacerdotal a algunas mujeres católicas.

Debo decirle al respecto que la Iglesia no sólo ha ‘prohibido’ la ordenación de mujeres sino que ha afirmado que ‘no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia’ (Carta Apostólica ‘Ordinatio sacerdotalis’ de Juan Pablo II, n. 4).

Por este motivo, la Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado un ‘Monitum’ (una advertencia canónica oficial) aclarando la situación. El documento dice así:

‘El pasado 29 de junio, Rómulo Antonio Braschi, fundador de una comunidad cismática, ha pretendido conferir la ordenación sacerdotal a las siguientes mujeres católicas: Christine Mayr-Lumetzberger, Adelinde Theresia Roitinger, Gisela Forster, Iris Müller, Ida Raming, Pia Brunner y Angela White. 

Con el objeto de orientar la conciencia de los fieles y disipar cualquier duda sobre la materia, la Congregación para la Doctrina de la Fe quiere recordar que, según la Carta Apostólica ‘Ordinatio sacerdotalis’ de Juan Pablo II, la Iglesia ‘no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia’ (n. 4).

La ‘ordenación sacerdotal’ realizada no es sino la simulación de un sacramento, y por ello resulta inválida y nula, y constituye un grave delito contra la constitución divina de la Iglesia. Ya que el obispo ‘ordenante’ pertenece a una comunidad cismática, se trata, además, de una grave ofensa contra la unidad de la Iglesia. Asimismo, lo sucedido, lejos de contribuir, perjudica a una auténtica promoción de la mujer, la cual ocupa un lugar peculiar, específico e insustituible en la Iglesia y en la sociedad.

Con la presente, teniendo en cuenta las declaraciones del Obispo de Linz y de la Conferencia Episcopal Austríaca al respecto, se amonesta formalmente, a norma del canon 1347 § 1 CIC, a las mujeres arriba mencionadas que incurrirán en excomunión reservada a la Santa Sede si, antes del 22 de julio de 2002, no 1°) reconocen la nulidad de las ‘órdenes’ recibidas de un obispo cismático y en contraste con la doctrina definitiva de la Iglesia, y 2°) se declaran arrepentidas y piden perdón por el escándalo causado entre los fieles.

Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 10 de julio de 2002.

Joseph Card. Ratzinger, Prefecto
Tarcisio Bertone, S.D.B.
Arzobispo emérito de Vercelli, Secretario

P. Miguel A. Fuentes, IVE