sagrario

¿Desde cuándo se reserva el Santísimo Sacramento en el Sagrario?

Pregunta:

Hola,  quiero preguntar desde qué momento la Iglesia tiene la costumbre de mantener la presencia eucarística en el sagrario.

 

Respuesta:

Para responder a su consulta, me baso fundamentalmente en RIGHETTI, M., Storia Liturgica, I, Ed. Ancora, Milano, 2 da. edizione anastatica, 2005.

El canon 13 del I Concilio de Nicea (325), con el cual se establecía que los penitentes próximos a morir no debían, según una antigua y canónica disciplina, ser privados del viático eucarístico, nos permite concluir que el uso de conservar la Eucaristía en las iglesias debía remontarse a una edad bastante remota, sino apostólica. Esto se deduce de cuanto dice San Justino (I Apología, 67), que después de la celebración de la misa dominical, los diáconos estaban encargados de llevar el Pan consagrado a los ausentes, y de análogos testimonios de la época.

Los mismos fieles gozaban de la facultad de tener la Eucaristía en sus casas. Existen testimonios de Tertuliano y San Cipriano para África, y de San Hipólito para Roma, el cual advierte a un fiel de estar bien en guardia ut non infidelis gustet eucharistia, aut ne sorix aut animal aliud, aut ne quid cadat et pereat de ea. (Traditio Apostolica, c. 37, ed. Botte, 1964, 84). Tertuliano, advertía entre los inconvenientes del matrimonio de un fiel con un pagano, la dificultad para el cónyuge cristiano de comulgar en casa. (De uxore).

Sabemos, pues, que las especies eucarísticas se conservaban, pero, ¿dónde? Las primeras noticias son de las llamadas Constitutiones Apostolicas, las cuales amonestan a los diáconos a llevar el sobrante de las especies consagradas (ambas especies) durante la Misa, a un local a propósito, llamado Pastoforio (de “pastos” = tálamo, es decir, el tálamo o lecho nupcial preparado para el Esposo Jesucristo, como explica San Jerónimo), que en Oriente se ubicaba al costado sur del altar. En Occidente se denominó secretarium osacrarium, y tenían sus llaves los diáconos, a los que, desde los primeros tiempos de la Iglesia, competía la administración de la Eucaristía. En dichos locales, la Eucaristía, envuelta en un cofrecito o pequeña arca, o también en un blanco lino, estaba dentro de un armario (conditorium) y este fue el primer tabernáculo o sagrario, y por el local en donde se ubicaba dio origen al nombre de la «sacristía». De este modo lo reservaban también los fieles en sus casas.

Después del año 1000, se distinguen varios sistemas de custodia del Santísimo Sacramento:

a) La sacristia, a la que nos hemos referido.

b) El propitiatorium o cofrecito sobre la parte posterior del altar, y que contenía la píxide eucarística (precursor de los modernos sagrarios) cerrado con llave y bien seguro, que se impuso sobre todo en Milán, en tiempos de San Carlos Borromeo (s. XVI).

c) La paloma eucarística, que ya se usaba en los Bautisterios para guardar el Santo Crisma, pasó a utilizarse para la reserva del Santísimo. La paloma, apoyada en un plato mayor, colgaba de unas cadenillas sobre el altar. (Está en uso, aún hoy, en la catedral de Amiens).

d) El tabernáculo mural, es el más difundido, a partir del S. XIII, sobre todo en Italia y Alemania, por ser el más práctico y seguro. Se colocaba al lado del altar (cornu Evangeliio lado norte). Muchos de estos tabernáculos se han usado posteriormente para custodiar los óleos santos.

e) Las edícolas del Sacramento, o construcciones altas cercanas al altar, iluminadas, en las que se reservaba el Santísimo en un vaso transparente, resguardado por una reja metálica, y que respondía al deseo de los fieles de contemplar la Hostia, por lo que llegaron a ser una especie de exposición permanente del Santísimo Sacramento para la adoración de los fieles.

f) El tabernáculo altar, última fase antes del Concilio Vaticano II. A instancias del Obispo de Verona, Matteo Giberti (+1543) comenzó a colocarse el tabernáculo directamente sobre el altar.

Actualmente, se dispone que el Sagrario o tabernáculo se coloque en una parte de la iglesia que sea digna, insigne, bien visible, decorosamente adornada y apta para la oración (Cf. OGMR, 314). Dicho lugar, podría ser el presbiterio, aunque, en razón del signo, es más conveniente que no esté colocado sobre el mismo altar mayor, o bien, en una capilla apta para la adoración y oración privada de los fieles, siempre unida estructuralmente a la iglesia y bien visible (Cf. OGMR, 315).

Resumiendo, podríamos decir que siempre se tuvo la costumbre de reservar el Santísimo Sacramento, durante el primer milenio, más por motivo de distribuir la comunión a los enfermos. Durante el segundo milenio, en cambio, se desarrolló más la idea del tabernáculo como tienda sagrada, como lugar de la presencia permanente de Cristo en la Hostia consagrada, y por tanto, a la comunión de los enfermos, se agregó el motivo de la adoración.

«Que nadie diga ahora: la Eucaristía está para comerla y no para adorarla. No es, en absoluto, un «pan corriente», como destacan, una y otra vez, las tradiciones más antiguas. Comerla es-lo acabamos de decir- un proceso espiritual que abarca toda la realidad humana. «Comerlo» significa adorarle. «Comerlo» significa dejar que entre en mí de modo que mi yo sea transformado y se abra al gran nosotros, de manera que lleguemos a ser «uno sólo» con Él (Gal 3, 17). De esta forma, la adoración no se opone a la comunión, ni se sitúa paralelamente a ella: la comunión alcanza su profundidad sólo si es sostenida y comprendida por la adoración» (J. RATZINGER, El espíritu de la liturgia. Una introducción, Ed. Cristiandad, Madrid 32001, 112).

P. Jon M. de Arza, IVE

Misa es fiesta

¿Por qué la «Eucaristía» es una fiesta según los católicos?

Pregunta:

Me llamo Sara y soy ‘librepensadora’ es decir, no tengo una religión en específico, me gustaría saber, porque me llamó la atención, ¿por qué ustedes dicen que la misa o ‘eucaristía’ es una fiesta? Cuando yo fui a una misa no me pareció. Gracias.

Respuesta:

El Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica enseña que: «La Eucaristía es el sacrificio del mismo Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es signo de unidad, vínculo de caridad y banquete pascual, en el que se recibe a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da una prenda de la vida eterna» (n. 271).

La Eucaristía es, pues, una fiesta, pero una fiesta del todo particular. En primer lugar, porque Jesús la instituyó en el marco de las fiestas pascuales de los judíos, por las que hacían memoria (celebraban) la liberación de la esclavitud de Egipto. Lo que se festeja son las hazañas de Dios en su Pueblo, las magnalia Dei. La Pascua se festejaba mediante el sacrificio del Cordero Pascual y una Cena, que es comunión o participación de dicho sacrificio. En la Santa Misa están también estos dos aspectos, el de Sacrificio (el mismo de Cristo en la Cruz por el que nos liberó de la esclavitud del pecado) y el de Banquete, por eso comemos el Cuerpo de Cristo ofrecido en el altar. De manera que el altar es al mismo tiempo, ara del sacrificio, y mesa de la Cena Pascual católica. Seguramente a Usted no le habrá parecido fiesta, precisamente por el carácter de sacrificio, que perpetúa la muerte de Cristo, y esto es un muy buen signo de la adecuada celebración de la Santa Misa, del respeto de su esencia. La liturgia de la Misa (ya desde los inicios del cristianismo) no se redujo a una imitación crasa de la Cena del Señor –y, por tanto, a un banquete-, sino que mantuvo la forma de una comida, pero estilizada de tal modo, que ya no puede hablarse de una «comida normal», sino sólo «simbólica» (al modo sacramental), permaneciendo así abierta a un significado más profundo, que es el del mismo Sacrificio de la Cruz. Esto se pone de manifiesto en la postura de los fieles, que de estar sentados para la liturgia de la Palabra, se ponen de pie cuando comienza la liturgia de la Eucaristía, «lo cual ciertamente no puede significar el pasaje a una comida normal» (J. RATZINGER, La festa della fede, Jaca Book, Milano 2199046). La estilización hace que el pan pueda llamarse «hostia», la mesa transformarse en altar, el dueño de casa (que en las fiestas judías presidía el rito) ahora sea un sacerdote (puesto que se trata de un verdadero y propio sacrificio), los saludos se realicen con fórmulas solemnes, etc.

Sin embargo, al mismo tiempo celebramos la victoria de Cristo, es decir, su resurrección y su paso (que eso significa ‘pascua’) al Padre. Por eso, para los cristianos, el Domingo, Día del Señor, día en que resucitó Cristo, es «la fiesta primordial», y de este Misterio (el misterio pascual) deben nacer entre nosotros las fiestas, ya que la auténtica fiesta debe nacer del culto, es decir, en la alabanza tributada al Creador por la bondad de la existencia, ya que el séptimo día ‘Dios vio que todo era bueno….y descansó (Gn 1,31; 2, 2-3). San Agustín enseña que el culto tiene lugar mediante ‘el ofrecimiento de alabanza y acción de gracias’ (‘Eucaristía’ quiere decir eso, acción de gracias, o buena gracia), y siendo el acto principal de culto el sacrificio, se constituye así en el alma de la fiesta. Los cristianos nos adentramos mediante la Misa en la fiesta eterna, con la esperanza de ir, como decía San Atanasio, «de fiesta en fiesta hacia la Fiesta», esto es, de domingo a domingo, primer día de la semana, día de la Creación de la Luz, día de la nueva creación -resurrección- de Cristo, Luz del mundo, hacia el Domingo eterno, el octavo día, el día que no conoce ocaso.

De la resurrección del Señor y del Domingo, toma también participación toda otra fiesta, ya que el motivo de la fiesta es la alegría: «Fiesta es alegría y nada más», decía San Juan Crisóstomo. Pero la alegría supone un fundamento, algo de qué alegrarse: es la respuesta de un amante a quien ha caído en suerte aquello que ama. Alguien se alegra porque posee el bien que le es conveniente, o realmente, o en esperanza, o al menos en la memoria. Y sólo se alegra verdaderamente el que se alegra en el amor: «Donde se alegra la caridad, allí hay festividad», decía el mismo Crisóstomo. Por eso no hay motivo mayor de alegría que la Resurrección del Señor, porque su triunfo es nuestro triunfo, su victoria es nuestra victoria. Este es el fundamento objetivo por el que la liturgia cristiana es una fiesta, y se diferencia de todo otro culto, y de los «party» mundanos. «La fiesta presupone un autorización a la alegría; esta autorización es válida sólo si está en grado de hacer frente a la respuesta sobre la muerte (…); la resurrección de Cristo da la autorización a la alegría buscada en toda la historia y que ninguno estaba en grado de conferir. Por eso, la liturgia cristiana –Eucaristía- es, por naturaleza, fiesta de la resurrección, Mysterium Paschae» (J. RATZINGER, op. cit., 62-63).

En la Misa se muestran los matices de sacrificio (inmolación, muerte, ofrecimiento) y Resurrección (fiesta, alegría). Son matices; a veces se resalta más un aspecto, a veces otro, a veces hay un equilibrio. Pero de todos modos, hay que tener en cuenta que se trata de una fiesta sagrada, y por tanto no es como una fiesta de cumpleaños o un aniversario, sino que es una fiesta en la que el festejado es Dios, por la Creación y porque envió a su Hijo Único para salvarnos (re-creación), y el modo de entrar en unión con Él es a través de los misterios, es un modo sacramental. Por lo tanto, habrá fiesta y alegría, pero mesurada, contenida, o, mejor, sublimada en el espíritu; no habrá una fiesta en la que se produzca un éxtasis o exacerbación de los sentidos, al modo dionisíaco, o en el que hay una alienación del hombre (que busca evadirse en su desesperación por no poder dar respuesta a la realidad de la muerte), sino que el modo de festejar es «en espíritu y en verdad», lo que no quita que festejemos también con nuestra sensibilidad, más aún, el corazón y todos nuestros afectos, y todo nuestro cuerpo, se espiritualiza y se eleva a Dios, como se dice en la Misa: «sursum corda», «levantemos el corazón».

A quien le interese profundizar en el tema, le recomiendo la lectura de dos libros del Card. Ratzinger, actual Benedicto XVI: Un canto nuevo para el Señor. La fe en Jesucristo y la liturgia hoy, y, sobre todo el arriba citado, La fiesta de la fe. Se puede leer también con mucho provecho el libro de Joseph Pieper, Sobre una teoría de la fiesta; de Romano Guardini, Preparación para la celebración de la Santa Misa, y la estupenda Carta Apostólica de Juan Pablo II, Dies Domini, sobre la santificación del día domingo.

P. Jon M. de Arza, IVE

cantos

¿Se puede cambiar la letra del Gloria, del Sanctus y del Agnus Dei?

Pregunta:

Holá Padre!
Gostaria de saber sobre as seguintes perguntas: Sobre os seguintes cantos: Glória, Santo e Cordeiro, porque devem ser identicos a oração e qual documento a igreja exorta que deve ser assim? Aguardo respostas.

Respuesta:

El tema que Usted plantea va mucho más allá del cambio de un simple texto de un canto, sino que se circunscribe en la naturaleza de la liturgia, que es el culto público de la Iglesia. La liturgia no es el culto de un grupo, o de una pequeña comunidad parroquial, sino que cuando entramos en la liturgia, entramos en la alabanza del Cielo, y de la Iglesia dos veces milenaria, junto con todos los miembros del Cuerpo Místico de todos los tiempos. No podemos, pues, modificar a nuestro arbitrio algo que no hemos hecho nosotros, ni nos pertenece exclusivamente, no podemos «falsear» de ese modo la voz de la Esposa.

Más concretamente, con respecto al himno de alabanza que nos ocupa, decía el P. Soler Canals: «el “Gloria” es un patrimonio venerable de la familia cristiana, un texto que forma parte de nuestra identidad colectiva, desde el punto de vista de contenido de fe y de alabanza» («El Gloria », en Cuadernos Phase 92 (1999), CPL, Barcelona, 15). Se trata  (junto con el «Te Deum») de uno de los primeros salmos «idióticos» o propios de la Iglesia, inspirados en la Sagrada Escritura, pero que no son propiamente textos bíblicos.

La Iglesia siempre ha cuidado hasta el detalle los textos que deben ser utilizados en la liturgia, por eso, las antífonas y cantos, las lecturas (que no pueden ser extra bíblicas), las aclamaciones y respuestas, y las mismas oraciones, son fruto de la tradición, de siglos de asidua meditación de las Escrituras y del misterio eucarístico, por parte de los Papas y de los hombres de Dios.

San Pío X, en el Motu Proprio Tra le sollecitudini (22/11/1903: AAS 36 (190) 329-339), establecía que: «Estando determinados para cada función litúrgica los textos que han de ponerse en música y el orden en que se deben cantar, no es lícito alterar este orden, ni cambiar los textos prescriptos por otros de elección privada, ni omitirlos enteramente o en parte…», y también: «El texto litúrgico ha de cantarse como está en los libros, sin alteraciones o posposiciones de palabras, sin repeticiones indebidas, sin separar sílabas, y siempre con tal claridad que puedan entenderlo los fieles».

La Instrucción Redemptionis Sacramentum, de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (25/03/2004: AAS 96 (2004) 549-601), dice: «Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia». Ahora bien, el “Gloria”, el “Santo” y el “Cordero de Dios” son textos litúrgicos, pues se contienen en el Misal, que es un libro litúrgico. El “Kyrie”, el “Gloria”, el “Credo”, el “Sanctus/Benedictus” y el “Agnus Dei” conforman lo que se llama el “Ordinario de la Misa” (las partes invariables que se cantan en la Misa), en contraposición a los cantos de ingreso, ofertorio y comunión, cuyas antífonas varían según las diferentes celebraciones del calendario litúrgico.

Los textos de dichos cantos han sido cuidadosamente establecidos por la tradición de la Iglesia, y todos ellos tienen asiento en la Sagrada Escritura, es decir, en la misma Revelación. Los mismos nos vienen “literalmente” del Cielo, así el Gloria comienza con la alabanza de los ángeles (Lc 2, 14); lo mismo que el Sanctus, que es la aclamación de los serafines ante la presencia de la majestad divina (Is 6, 1-3), y que nosotros retomamos en la liturgia para unirnos a la celeste alabanza, por eso se pasa de la tercera persona: “Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios del universo”, a la segunda: “llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”. Luego, como un eco, tomamos la alabanza de los niños en el “Benedictus” (cf. Mt 21, 10), niños cuyos ángeles ven el rostro de Dios.

Para el caso del “Gloria”, se dice expresamente en la misma Ordenación General del Misal Romano (n. 53): “El texto de este himno no puede cambiarse por otro”.

El “Sanctus”, si bien no lo dice expresamente la OGMR, sin embargo, es parte integrante de la Plegaria Eucarística, que constituye la cumbre, el alma, el corazón de toda la celebración eucarística, y ésta no puede cambiarse bajo ningún concepto (Cf. RS, 51).

El “Cordero” (como el Kyrie) es una letanía, cantada alternadamente por el coro (“Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo”) y el pueblo (“Ten piedad de nosotros”, o “Danos la paz”, la última vez”) (OGMR, n. 83), y es el cántico nuevo que entonan los elegidos en la Jerusalén Celestial (cf. Ap 5, 8-13).

P. Jon M. de Arza, IVE

silencio

Silencio durante la consagración

Pregunta:

Querido Padre: sin desmerecer el canto en la celebración eucarística, me asalta una duda, que quiero aclarar: ¿En el momento de la consagración, se puede cantar o tocar música de fondo? Espero su respuesta. Que Dios lo bendiga.

Respuesta:

Según la Ordenación General del Misal Romano (OGMR), «La naturaleza de las partes “presidenciales” exige que se pronuncien con voz clara y alta, y que todos las escuchen con atención [Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm. 14: A.A.S. 59 (1967) pág. 304] . Por consiguiente, mientras el sacerdote las dice, no se tengan cantos ni oraciones y callen el órgano y otros instrumentos musicales» (n. 32). La Plegaria Eucarística, -de la cual la consagración constituye el corazón y la esencia-, es considerada como la principal de las oraciones presidenciales (Cf. OGMR, 30), aunque la consagración no lo sea estrictamente (porque la dice el sacerdote In Persona Christi). Se trata de que nada quite la atención de todos a aquellas sublimes palabras. Una música de fondo, puede ser muy bonita, pero es ciertamente distractiva. Cuando se rezaba el Canon en voz baja, se entendía que sonara el órgano, sobre todo al momento de las elevaciones (había partituras compuestas especialmente para ese momento), pero ahora, al menos en la Forma Ordinaria del Rito Romano, no se justifica, y, además, está vedado.

Ahora bien, la norma expresa: «mientras el sacerdote las dice (las palabras)», por lo que distingue este momento de aquel en que guarda silencio (porque hace la genuflexión o eleva la Hostia, o el Cáliz), pero estamos siempre dentro de la consagración, que es doble. Por eso, es diferente el caso de las aclamaciones que se cantan luego de cada consagración, por ejemplo, en el rito bizantino, el «Amén» que cantan los fieles, o los hermosos cantos de adoración que se comenzaron a cantar hacia fines de la Edad Media (s. XIII), tales como Anima ChristiAdorote devoteAve VerumPie JesuO Salutaris, etc. Estos últimos constituyen una pausa de adoración contemplativa del Hijo (presente verdadera, real y sustancialmente en el Santísimo Sacramento) en medio de la Oración que se dirige al Padre. Luego fueron pasando al momento de la Comunión o a la Adoración Eucarística.

Como escribe el P. Jungmann, «los Sínodos de Augsburgo de los años 1548 y 1567 hablan ya de altissimum silentium (altísimo silencio) y de altum sanctumque silentium (alto y santo silencio), que no debía interrumpirse sin razón por cantos (…). También las disposiciones romanas permitían cantos durante la consagración. A la pregunta: “Si en la elevación del Smo. Sacramento en las Misas solemnes se puede cantar ‘Tantum Ergo’ etc, o alguna antífona propia del Sacramento”, se contestó el 14 de abril de 1763 afirmativamente (Decreta auth. SRC, n. 2424 ad 6). Una decisión posterior del 22 de mayo de 1894 permite tales cantos sólo peracta ultima elevatione (hecha la última elevación) y después de haberse cantado el Benedictus (Decreta auth. SCR, n. 3827 ad 3)» (J. JUNGMANN, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, nota 99, 888-889). A la sazón, al comenzar el Sanctus, el sacerdote empezaba a recitar el Canon en voz baja, y el momento de la consagración era en silencio. Luego de la segunda elevación, se proseguía con el Benedictus.

Las oraciones o jaculatorias de los fieles (tales como «Señor mío y Dios mío», recomendada por San Pío X, y otras) deben decirse, más bien, en el interior del corazón. La misma campanilla que suena a cada una de las elevaciones (con una función de aviso, pero que al mismo tiempo rinde homenaje a Jesús Sacramentado), interrumpe, de alguna manera, el altissimum silentium que, a nuestro juicio, debiera reinar en ese momento en que ante la grandeza inefable del mysterium fidei, toda lengua calla en admiración contemplativa, y toda la creación permanece como expectante.

P. Jon M. de Arza, IVE

hostia

La fracción del pan no es una acción teatral

Pregunta:

Mi pregunta esta relacionada a la actitud de los sacerdotes que inmediatamente antes de la consagración, en las palabras «tomó el pan, lo partió…», quiebran la hostia por la mitad y la separan. En mi modesto entender e información recibida en un seminario, se nos dijo que eso no era válido y que se le debe decir al sacerdote. Padre ¿podría responderme sobre el tema? Elisabet.

Respuesta:

La fracción del pan antes de la consagración constituye uno de los abusos litúrgicos que figuran como tales en la Instrucción de la SCCDS, Redemptionis Sacramentum (25/03/2004):

«55. En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia».

¿Cuáles son los motivos que fundamentan esta disposición?

En primer lugar, porque el rito manda que se haga la fractio después, luego del saludo de la paz y mientras se canta el Cordero de Dios (Cf. OGMR, n. 83). La fidelidad a las rúbricas ya sería motivo suficiente para no cometer este abuso. En la Ordenación General del Misal Romano se recuerda al sacerdote celebrante que «él se halla al servicio de la sagrada Liturgia y no le es lícito añadir, quitar ni cambiar nada según su propio gusto en la celebración de la Misa (Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Sobre la Sagrada Liturgia,Sacrosanctum Concilium, 22) (OGMR, n. 24).

Pero hay razones más teológicas, que así lo piden, y que tienen que ver con la estructura de la Misa, según los cuatro verbos que figuran en la narración de la institución de la Eucaristía: «tomó», «bendijo», «partió», y «dio», que se corresponden, respectivamente, con el ofertorio, la consagración, la fracción y la comunión. En la Misa no se hace una simple memoria de lo acontecido en la Última Cena, por eso cuando el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, no lo hace como quien narra algo que hizo Jesús, sino como quien lo está haciendo (actualizando) en ese momento, por virtud de las palabras de Cristo, en cuya Persona actúa (se dice, in Persona Christi). Es decir, el sacerdote actualiza lo mismo que hizo Nuestro Señor en el Cenáculo, es decir, transubstancia el pan en Su Cuerpo y el vino en Su Sangre (con la diferencia que Jesús anticipó su Sacrificio redentor, y el sacerdote lo perpetúa). Por eso, ninguna liturgia antigua y actual ha pretendido repetir materialmente los gestos de Cristo en la Última Cena sino su contenido y esto, no en una celebración hebrea sino cristiana.

Al respecto, dice la OGMR, 72:
«72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y el banquete pascuales. Por estos misterios el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en la Iglesia, cuando el sacerdote, representando a Cristo Señor, realiza lo mismo que el Señor hizo y encomendó a sus discípulos que hicieran en memoria de Él. [Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 47; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núms. 3 a. b: A.A.S. 59 (1967) págs. 540-541] .

Cristo, pues, tomó el pan y el cáliz, dio gracias, partió el pan, y los dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. Por eso, la Iglesia ha ordenado toda la celebración de la Liturgia Eucarística con estas partes que responden a las palabras y a las acciones de Cristo, a saber:

1) En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con agua, es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.
2) En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del mismo Cristo».

Por lo tanto, al hacerse este gesto cuando se pronuncian las palabras «lo partió», se estaría trastocando el orden de las acciones de la Última Cena. «Partir la hostia durante la Plegaria Eucarística, al decir “lo partió y lo dio a sus discípulos” es comprimir en una dos acciones distintas de la Liturgia de la Eucaristía, y tratar de convertir la memoria litúrgica en representación dramática. Por otra parte, tal práctica ni siquiera es una adecuada representación dramática, puesto que, según toda teología, el pan no está realmente “bendecido” (es decir, consagrado) hasta después del momento en que algunos celebrantes lo parten (es decir, hasta que no pronuncian las palabras de la consagración –agregamos, para que quede claro-). Esta práctica, por tanto, en lugar de seguir más fielmente la Escritura, altera el orden que en ella se describe (es decir, bendecir-partir, se cambian en partir-bendecir» (D. C. SMOLARSKI, SJ, «Cómo no decir la Santa Misa», Dossiers CPL 41, Barcelona 21990, 58).
Además, si fuéramos consecuentes con una mera dramatización de la Última Cena, entonces, no sólo habría que tomar el pan y partirlo, sino también bendecirlo en ese momento y darlo, todo esto antes de la consagración. Pero la Misa no es una mera repetición de la Santa Cena, sino que es una actualización ritual y sacramental del mismo Sacrificio de la Cruz, y, por ende, de lo mismo que mandó hacer Nuestro Señor en la Última Cena, en la que se instituyó este Santísimo Sacramento.

El Dr. Ralph Keifer, lo dice mejor: «Partir la hostia durante el relato de la Institución es un abuso porque el relato es principalmente una proclamación de por qué celebramos la Eucaristía (…); no es una demostración de lo que hacemos nosotros en la Eucaristía. Si el relato fuera una demostración de lo que nosotros hacemos, lo propio sería no sólo partir el pan sino también compartirlo en ese momento y, una vez dichas las palabras sobre el cáliz, darlo también en ese momento. El relato de la Institución no está concebido como un relato litúrgico dramatizado. Está concebido para proclamar que celebramos la Eucaristía porque es el memorial del Señor» (citado por D. C. SMOLARSKI, Idem, 59).

Podría objetarse también que al realizar la fracción en ese momento, habría en la Misa dos fracciones (porque luego se hace la fracción y la inmixtión antes de la Comunión), con lo que se iría contra uno de los principios de la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II, a saber, la simplificación de los ritos, y la eliminación de toda duplicación innecesaria (Cf. Sacrosanctum Concilium, 21 y 34). Además, se elevaría la hostia consagrada para la adoración de los fieles, ya partida, lo cual corresponde hacer después, cuando se eleva la hostia antes de la Comunión (aunque muchos de los que parten la hostia antes de tiempo, la «reconstruyen» indebidamente para la ostensión antes de la Comunión, privando de sentido pleno a la misma fractio, que, entre otras cosas, representa al Cordero inmolado).

Cabría preguntarse, dado que no se trata de una dramatización o historización de la Cena del Señor, ¿por qué el sacerdote toma la hostia para consagrar?¿Por qué eleva los ojos al decir «elevando los ojos al cielo»? Y, en la Forma Extraordinaria del Rito Romano –según el Misal Romano de 1962-, ¿por qué el sacerdote bendice el pan con la señal de la cruz al decir «lo bendijo»? E incluso, entre los sirios occidentales y coptos se imita también elfregit, o sea, la fracción, partiendo la forma pero sin romperla (Cf. J. A. JUNGMANN, El sacrifico de la Misa, BAC, Madrid 1951, II, 871). ¿No es esto una teatralización del relato de la Institución de la Eucaristía? ¿No parece contradecir todo lo que venimos diciendo?

La Iglesia tiene sus motivos para decidir cuáles gestos adoptar en el rito, de entre los observados por el Señor (conforme la tradición y los Evangelios), y cuáles descartar o preferir en otro momento de la celebración, como es el caso de la fractio.

Ciertamente, no es necesario que el sacerdote tome el pan con sus manos, siendo suficiente que tenga la intención de consagrarlo, como, de hecho, hacen los concelebrantes o, el mismo celebrante que preside con las demás formas que consagra. Ya hemos dicho que el «tomar» corresponde más bien al ofertorio, en el que se separa y prepara la materia para el sacrificio. Sin embargo, dado que las palabras de la consagración se aplican a la materia ya separada (tienen un orden con respecto a la materia presente), el hecho de tomar la hostia en ese momento hace más patente este concepto, desde el punto de vista del signo (ya que al decir: «esto es mi Cuerpo», el «esto» se refiere a lo que está cerca del que está hablando); pero, además, porque a la consagración sigue el rito de la ostensión de la Hostia, lo cual no podría hacerse, como es obvio, si no se tomara la misma).

Por su parte, el elevar los ojos al cielo y el dirigirse al Padre, no es cosa teatral, sino una acción cultual, e indica la idea del ofrecimiento de la materia que se va a sacrificar, y refuerza que toda la consagración y el relato de la institución forma parte de la oración que se dirige al Padre.

Para concluir, como principio, digamos que en el rito del relato de la Institución y la consagración, no se adoptan aquellas ceremonias y gestos que realizó nuestro Señor, y que no pueden imitarse manteniendo la actualidad de lo que se está haciendo. Esto sucede con el gesto de «partir» y el de «dar». Cristo dio su Cuerpo como comida, y no pan. ¿Qué orden observó Jesús en la Última Cena? ¿Qué es lo que nos mandó hacer en memoria suya? Según Santo Tomás de Aquino, «el orden tiene que haber sido así: Tomó el pan, lo bendijo diciendo: “Esto es mi Cuerpo”; después lo partió y lo dio a sus discípulos. Pero Santo Tomás aclara que “esto mismo vienen a indicar las palabras del Evangelio sin cambiarlas ya que el gerundio “diciendo” (en latín se utiliza el participio “dicens”), indica cierta concomitancia de las palabras que se pronuncian con las que anteceden. No obstante, no se debe entender sólo la concomitancia con las últimas palabras dichas, como si Cristo hubiera dicho estas palabras en el momento de dar el pan a sus discípulos, sino que deben entenderse con respecto a todo lo que precede, y el sentido sería éste: “Al bendecirlo, partirlo y darlo a sus discípulos dijo estas palabras:Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo, que será entregado por vosotros”. Lo mismo vale para el “diciendo” de la consagración del sanguis» (C. M. BUELA, Nuestra Misa, EDIVE, Washington-Arequipa-Dushambé-San Rafael-Segni 2002, 301-302).

Para poder observar el mismo orden de lo que hizo Jesús, en el rito de la Misa necesitamos anticipar algunas acciones (como el tomar) y posponer otras (como el partir y el dar). De paso, queda claro que la narratio institutionis o relato de la Institución se encuadra en el momento de la Misa que corresponde al «bendecir», esto es, a la consagración de las especies del pan y del vino, el momento culminante de toda la Misa, en el que el sacerdote no actúa como quien relata un hecho pasado, sino, como en realidad sucede, actualizando la transubstanciación.

P. Jon M. de Arza, IVE