noviazgo

¿Qué consejos me puede dar para vivir bien mi noviazgo?

Pregunta:

Quiero tener un noviazgo santo, para un matrimonio santo. Tengo 24 años y mi novia 23, quisiera algunos consejos de su parte.

Respuesta:

         Para responderte, entresaco y resumo algunos pensamientos del libro Para Salvarte, del P. Jorge Loring[1]. Te recomiendo la lectura completa y atenta del mismo.

  1. La prudencia en la elección de la novia o del novio

         La elección de tu pareja es cosa tuya. Pero debes hacerla con mucha cautela. No te fíes de los flechazos, que son muy bonitos para novelas y películas, pero en la vida real poco útiles para hacer ellos solos, felices a los hogares.

         Tampoco te fíes sólo de tu vista, que ya sabemos que el amor ciega. Tu madre podría hacerte en esto un excelente servicio. Ella te conoce mejor que nadie; y ella, como nadie, desea tu felicidad; y su espíritu intuitivo verá si la pareja que le presentas podrá hacerte feliz. Si dudas del acierto de tu madre, consulta con una persona seria, competente y desinteresada.

         No olvides el proverbio ruso: «Antes de viajar por tierra, ora; si es por mar, ora dos veces; y si te vas a casar, ora tres».

         No se construye un hogar sobre la gracia de una sonrisa, sobre el atractivo de un rostro, sobre la ternura de un instante. Se construye un hogar sobre todo lo que es esencia misma del yo: los pensamientos, los deseos, los sueños, las decepciones, las penas, las esperanzas, las alegrías, las tristezas.

         Durante el estado de enamoramiento quedan notablemente alteradas las facultades perceptivas y deductivas en todo lo que se refiere a la persona amada. Los defectos que existan en dichas personas no se perciben, las cualidades se subliman… La mente ya no está equilibrada sino profundamente inclinada hacia el objeto del amor. El enamorado idealiza a la persona amada y la convierte en el centro de sus aspiraciones. La fascinación que ejerce en ti la persona idealizada puede ofuscarte y ocultarte la realidad. Podéis quedar totalmente ciegos para ver datos y circunstancias que desaconsejan totalmente seguir adelante. La fascinación puede ser engañosa. El amor de un hombre y una mujer es algo muy serio y tiene que construirse sobre cimientos muy sólidos.

         Lo que debes valorar ante todo es el valor personal del pretendiente. Después vienen las demás consideraciones: facha, rango, fortuna. Estos dones no son despreciables, pero no son esenciales.

         Primero que sea cristiano; cristiano convencido, práctico. Y si es piadoso, mejor. El matrimonio con un incrédulo suscitará conflictos de conciencia. Porque después planteará a los hijos el problema de la fe y las prácticas de piedad. No basta, pues, que esté bautizado. Bautizados, no practicantes, llenan las cárceles, y atormentan a sus esposas. Algunas chicas se han engañado en este aspecto esencial de su prometido y más tarde su esposo… Conscientes éstas de la irreligiosidad de su novio, han ido al matrimonio, con la ingenua idea de convertirlo. En la mayoría de los casos, el resultado ha sido nulo; cuando no, fuente de disgustos profundos para esa joven esposa.

         Jóvenes piadosas y buenas, que se unieron en matrimonio con hombres poco religiosos, o nada practicantes, han terminado por ser ellas igual.

         Después debes tener testimonio claro de la seriedad y sobriedad del muchacho. Ten cuidado con los calaveras; lo seguirán siendo, porque no te creo tan ingenua, que pienses, que así por las buenas, y por ti, va a dejar ese hombre ciertos hábitos que ha adquirido tal vez con larga experiencia: mujeriego, trasnochador, dado a la bebida, etc. El uso de las bebidas alcohólicas es uno de los factores más influyentes en los hogares desgraciados.

  1. Para ser realmente amada…

 

            1) No tienes que ser provocativa.

         La chica provocativa hace daño a los hombres, pero también a sí misma. La belleza física es, ciertamente, un factor importante y, por eso, debes cuidarla y realzarla con esmero y naturalidad, aunque sin exageraciones, extravagancias y descaros. El atractivo sexual atrae a una parte del hombre, pero vosotras queréis como esposo al hombre entero. No olvidéis que los hombres podrán buscar cierto tipo de mujer para divertirse; pero buscan otro muy distinto para casarse. La belleza femenina atrae a los varores, pero no es indispensable para casarse. Los hombres buscan, lo que da realce y valor a la mujer: sus encantos, su feminidad y sus virtudes.

 

            2) Ser elegante… pero principalmente virtuosa…

         Las muchachas deben ser elegantes en su modo de vestir y arreglarse, y ser distinguidas, alegres, discretas y dulces en todo su modo de ser. No descuides tu arreglo personal. Pero no quieras conquistar con sólo tu belleza física. Haz que se enamoren más bien de tus virtudes espirituales. De una mujer bella puede un marido cansarse; de una mujer virtuosa jamás se cansará.

 

            3)No ser pedante…

         Para hacerte elegir no es necesario parecer pedante ni sabia. Al hombre le gusta dominar, ser superior. Tiene miedo a una mujer que le aventaje. Ser culta sí, pero discretamente. Tampoco eligen los muchachos a las de carácter autoritario, a las dominantes, a las de tono dogmatizante, a las de gesto seco y rígido. Buscan el encanto, la dulzura, la amabilidad. Escúchale cuando él te esté diciendo algo de sí mismo y de sus cosas. Muéstrale atención e interés.

 

            4) No ser caprichosa…

         A un chico recto no le gustan las caprichosas, las mimadas, las que tienen su cabecita llena de fantasía, cuyo humor cambia a todo viento: hoy alegres, exuberantes; mañana, deprimidas, pesimistas, tristes…

 

            5) Prepararse para el hogar

         Tu atractivo personal sirve para despertar la inclinación y el amor hacia ti. Pero para que este amor sea perdurable hacen falta además otras cosas. El hombre se desespera con una mujer despilfarradora, que no sabe administrarse. Quiere una mujer que saque partido a lo que él gana con tanto esfuerzo. Le gusta la casa limpia, la ropa a punto, la comida buena y a tiempo, etc. Todo tu atractivo físico es incapaz de tener a tu marido contento si en estas cosas le defraudas. Por eso todas las muchachas deberían aprender a llevar una casa y tener los conocimientos propios de mujer: corte y confección, costura, cocina, repostería, medicina, economía casera y todo cuanto dice relación con el recto gobierno y administración del hogar. El arte de ser madre es difícil y complicado. Necesita largo aprendizaje.

 

            6) El pudor

         El pudor de la mujer es una de las cosas que más enamoran. Y el encanto del pudor inmuniza de otros atractivos. El pudor es un sentimiento íntimo por el cual una mujer dándose cuenta de la belleza de su cuerpo y del atractivo que ejerce, procura reservarlo para el día que pueda hacer don completo y total de sí misma. Por eso el pudor se refleja en el modo de vestir, en los modales y en todo. El pudor sabe encontrar el equilibrio entre el ir agradablemente vestida y elegante, y lo que resulta llamativo y provocativo. El pudor es la gran muralla que defiende la castidad.

  1. En cuanto al novio

 

            1) La pureza

         También la mujer tiene derecho a la pureza del hombre. Mira lo que escribía una muchacha que había guardado inmaculada su pureza: «Exigiré que mi futuro marido se haya guardado como yo misma para nuestro hogar». El mejor regalo de bodas que puede esperar una persona es la virginidad de la pareja con la que se va a casar.

 

            2) Respetar la pureza de su novia y elegir entre las castas…

         Hay que volver a la caballerosidad respetuosa con la mujer viendo en ella la futura madre de los hijos, digna de todo cariño, veneración y respeto, y no tratándola como un trapo viejo que se mancha y luego se tira.

         ¿Te gustaría que quien te ha de pertenecer para siempre, antes de conocerte, ya lo hubiera probado todo? ¿No, verdad? Acuérdate de tu madre. Tu novia ha de ser la madre de tus hijos. Acuérdate de tus hermanas y de tus futuras hijas…Trata a tu novia hoy como te gustaría que los demás las traten a ellas. No quieras tratar a tu novia como a una de esas desgraciadas que se venden en las casas lujuriosas. ¿Elegirías entre éstas a la madre de tus hijos? Un hombre, como Dios manda, se avergüenza de que su novia sea una prostituta. Y a una mujer decente la humilla y avergüenza el verse tratada como una tal. Lo que a ella le ilusiona es un amor muy superior: el que culmina en un hogar y en unos hijos. Respeta a tu novia como quieres que se respete a tu madre. Los sacrificios que por el bien de ella te impongas, son prueba de que tu amor es verdadero. Si quieres a tu novia de verdad, debes querer su bien antes que tu gusto. Eso es amarla. Un joven que quiere a una muchacha, en lugar de hundirla, rebajarla, profanarla, instrumentalizarla, denigrarla, mancharla con los deseos de su instinto, procura por encima de sus apetencias elevarla, dignificarla, sublimarla. Respeta a tu novia, aunque ella no sepa hacerse respetar, ni defender, con su pudor, el tesoro de su pureza.

         Busca una novia que te guste. Pero no te dejes encandilar por la fachada, que es pasajera; y si no está sostenida por las virtudes del espíritu, pronto te cansará y perderá para ti todo su atractivo. Aprende a enamorarte del carácter y de las virtudes del alma, que son estables y son realmente las que hacen digna de estima a una persona. Aprende a estimar más los dones del alma que los del cuerpo. Puedes casarte con una estrella de la pantalla y ser un desgraciado, como tantos divorciados del cine. En cambio, si te casas con una mujer amable, dócil, servicial, sacrificada, generosa, limpia, discreta, honrada, virtuosa, dulce, femenina, habilidosa, delicada, de buen corazón, que sepa llevar una casa y sea capaz de criar y educar los hijos y, sobre todo, muy cristiana, te profetizo un matrimonio feliz.

            3) Estudia a tu novia…

            Cuando salgas con tu novia aprovecha todas las ocasiones para estudiar su carácter y modo de ser. ¿Has examinado si le gustan los niños, si los acaricia, si goza con ellos; o por el contrario le ponen de mal humor? ¿Es trabajadora y sacrificada, o sólo piensa en divertirse? ¿Sabe cocinar y coser? ¿Sabe llevar una casa, o lo único que sabe es bailar mucho y coquetear con el primero que se le acerca? ¿Le gustan las labores de la casa, o sólo piensa en presumir por esas calles? Si no atiendes ahora a todas estas cosas, es muy posible que después de casado te lleves un gran desengaño. Que a tu novia le guste la casa. Si ella no se ocupa de la casa, prepárate a vivir en una pocilga. A no ser que tú te conviertas en ama de casa. Si quieres ayudar un poco a tu mujer, harás muy bien. Pero qué duda cabe que la encargada de la casa debe ser la mujer, que está especialmente dotada para ello. Los hombres, generalmente, hacemos estas cosas muy mal. Es muy importante que los novios se conozcan muy bien antes de casarse.

  1. Para los dos…

 

            1) Conocerse… pero no pecar…

            El tiempo del noviazgo es para conocerse mutuamente, para amarse rectamente. El noviazgo es querido por Dios, pues Dios ha hecho el matrimonio indisoluble, y esa persona a la que vas a unirte para toda la vida, debes conocerla bien antes de casarte con ella. Por lo tanto, es natural -y así lo quiere Dios- que durante cierto tiempo tengáis más confianza entre vosotros y un trato más íntimo para conoceros mejor. Pero debéis ser muy discretos en las manifestaciones de amor, si no queréis manchar vuestras relaciones. No podéis permitirle a vuestro cariño muchas de las cosas que él os pide con fuerza. Es necesario que aprendáis a llevar vuestro noviazgo con la austeridad que exige el Evangelio. Si sembráis de pecados el camino del matrimonio, ¿podréis esperar con confianza que Dios os bendiga después? ¡Cuántos matrimonios lloran los pecados que cometieron de solteros!

            2) Llegar «puros» al matrimonio.

         El mejor regalo de bodas que espera una persona es la virginidad de su pareja. Toma este precioso lema: «Fieles hasta la muerte y puros hasta el altar». Algunas veces las chicas ceden ante las exigencias inmorales del hombre a quien aman; no se atreven a resistirle. El muchacho te quiere pura, fragante como una flor. Si te marchitas pierdes tu atractivo. Mi experiencia sacerdotal me ha hecho conocer varios casos que se decidieron a elegir a una chica antes que a otra, atraídos precisamente por la intransigencia en la pureza que en ellas habían observado. Y es que los varones cuando buscan una «chica-plan» para divertirse y aprovecharse, la quieren fresca; pero cuando lo que buscan es una novia en serio, la quieren de una pureza intachable. A nadie le gusta comerse las sobras que otro dejó en el plato. Por eso la pureza es uno de los mayores tesoros de una muchacha. Un hombre, como Dios manda, se avergüenza de que su mujer haya sido una aventurera. Mira lo que decía un joven en una carta: «¿Cómo me gustaría mi futura esposa? Más bonita de alma que de cuerpo, aunque sin descuidar esto último. Más piadosa que rezadora. Con más cultura religiosa que de cualquier otro tipo, aunque no desdeñe la cultura general». No he añadido ni una palabra. Así piensan los jóvenes formales cuando hablan en serio. ¿Quieres en resumen unas cualidades femeninas que cautivan a los muchachos? La sencillez, el encanto, la sonrisa, la delicadeza, la amabilidad, la servicialidad, la dulzura, el candor, unidas todas a una sólida piedad y a una pureza intachable.

         Quien profanó tu cuerpo no tiene dificultad en profanar tu fama: ¡Lo que hizo contigo se lo contará a sus amigos! ¿Puedes imaginarte los comentarios que harán de ti? ¡Qué vergüenza! Esto ocurre con mucha frecuencia; créeme. El hombre que pide libertades impropias a una mujer antes de la boda, puede hacerlo porque la desea con violencia, con pasión desenfrenada, pero ten por cierto que no la ama bastante para protegerla contra el animal que hay en la propia naturaleza masculina. Si tu novio pretende de ti cosas que no admite tu conciencia, recházalo, y cuanto antes, mejor. No te hará feliz. Lo que tiene no es amor a ti, sino a sí mismo, a su concupiscencia y a su egoísmo. Si te amara a ti, buscaría tu bien por encima de sus apetencias. Y si prefiere sacrificar tu pureza, tu conciencia y tu alma a su apetito desordenado, ¿cómo vamos a creernos que te ama a ti? Quien te ame únicamente podrá cegarse en un momento de pasión, pero al chocar con tu rectitud intransigente, reconoce su falta, te pide perdón y se siente orgulloso de tu virtud.

         No lo olvides. Los pecados impuros con tu novio, te hunden a ti y le hunden a él. Por eso es mentira cuando te dice para que cedas: «es que no me quieres; parece que no te intereso; qué fría eres». Ataca tus sentimientos para rendirte. Pero esto es un truco muy viejo; si caes en la trampa, te arrepentirás. Y si él te quiere de verdad, también se arrepentirá de haberte hecho caer, pues, te repito, los varones no quieren casarse con las libertinas. Esto ocurre siempre entre los muchachos que valen. Y si algún muchacho prefiere casarse con una desvergonzada, porque es bonita o tiene buen tipo, ese muchacho es tonto. Creer que la belleza de su mujer le va a hacer feliz en el matrimonio por encima de otras cosas, es no tener cabeza. Y desgraciada la que se casa con un tonto. Pero en fin, tonto él y tonta ella: ¡Tal para cual!

         Si Dios pide pureza a las chicas, no es por capricho; sino porque es necesario para la felicidad de su matrimonio. No me digas que cedes por amor a él. Todo lo contrario. Si le amas, no puedes ceder; pues pecando le haces el peor de los daños: le condenas al infierno. Si le amas, sálvale. Aunque esto exija sacrificios. Dejarle pecar no es amarle, es matarle.

 

Bibliografía para profundizar:

            Loring, Jorge, Para salvarte, (hay varias ediciones), n. 68.

            Buela, Carlos, El noviazgo católico, Diálogo 4 (1992), 7-22.

[1] Loring, Jorge, Para Salvarte, n. 68.

vicios capitales

¿Qué son los vicios capitales?

Pregunta:

Hola, estoy en un grupo de la Iglesia y me toca exponer sobre los siete pecados capitales a jóvenes universitarios. ¿Me pueden ayudar?

Respuesta:

Estimada:

Se designa con el nombre de vicios o pecados capitales aquellos afectos desordenados que son como las fuentes de donde dimanan todos los demás pecados. No siempre los vicios capitales son más graves que sus pecados derivados. Algunos no pasan de simples pecados veniales, como ocurre la mayor parte de las veces con la vanidad, la envidia, la ira y la gula; pero siempre conservan la capitalidad en cuanto que son como la cabeza o fuente de donde proceden otros muchos pecados.

            Desde San Gregorio Magno se suelen enumerar siete vicios capitales: vanagloria, avaricia, lujuria, envidia, gula, ira y acidia o tedio de las cosas espirituales[1]. Santo Tomás de Aquino justifica este número explicando que la voluntad puede desordenarse de siete maneras principales: primero, deseando el bien desordenadamente, lo cual puede ocurrir buscando la propia alabanza (vanagloria), el placer en el comer y beber (gula), el placer venéreo (lujuria) o los bienes exteriores (avaricia); en segundo lugar, huyendo de un bien a causa de los males que le están unidos, en cuyo caso puede tratarse de las cosas espirituales por el esfuerzo que suponen (acidia o tedio espiritual), o del bien ajeno porque rebaja nuestra propia excelencia (envidia) o, finalmente, buscando la venganza desordenadamente (ira).

Veamos brevemente cada uno de estos vicios.

            La vanagloria es el apetito desordenado de la propia alabanza. Busca la propia fama sin méritos en que apoyarla o sin ordenarla a la gloria de Dios y al bien del prójimo. De ordinario no suele pasar de pecado venial, a no ser que se prefiera la propia alabanza al honor mismo de Dios o se quebrante gravemente la caridad para con el prójimo. Se derivan de este vicio otros pecados como la jactancia, al afán de novedades, la hipocresía, la pertinacia, la discordia, las disputas y la desobediencia. Los principales remedios para combatir la vanagloria son: el conocimiento íntimo y sincero de sí mismo; la consideración de la necedad del aplauso humano, y, sobre todo, el recuerdo de la humildad de Cristo.

            La avaricia es el apetito desordenado de los bienes exteriores. Cuando quebranta gravemente la justicia (llegando a robos, fraudes, etc.) es pecado mortal; pero si se opone a la generosidad, no suele pasar de pecado venial. Se derivan de este vicio: la dureza de corazón hacia los pobres; la solicitud desordenada por los bienes terrenos, la violencia, el engaño, el fraude, el perjurio y la traición. Para remediarlo es conveniente considerar la vanidad de los bienes terrenos, la vileza de este vicio y, sobre todo, los ejemplos de Cristo, pobre y desprendido.

            La lujuria es el apetito desordenado de los placeres sexuales. La lujuria es siempre pecado mortal, y solo puede darse en ella pecado venial por la imperfección del acto (falta de advertencia o consentimiento perfecto), pero no por parvedad de materia. Se derivan de este vicio: la ceguera espiritual, la precipitación, la inconsideración, la inconstancia, el amor desordenado de sí mismo, el odio a Dios, el apego a esta vida y el miedo a la futura. Se remedia con la oración frecuente y humilde, la frecuencia de sacramentos, la huida de las ocasiones y de la ociosidad, las mortificaciones voluntarias, y la devoción a la Santísima Virgen María.

            La envidia es la tristeza del bien ajeno en cuanto que rebaja nuestra gloria y excelencia. Objetivamente es pecado mortal, porque se opone directamente a la caridad para con el prójimo; pero suele ser sólo pecado venial por imperfección del acto o parvedad de materia. Son buenos remedios: la consideración de la vileza y de los males que acarrea, la práctica de la caridad fraterna y de la humildad, el recuerdo de los ejemplos de Cristo.

            La gula es el apetito desordenado de comer y beber. Puede ser pecado venial o mortal (especialmente si quebranta a sabiendas algún precepto grave de ayuno o abstinencia; si se infiere voluntariamente grave daño a la salud; si hace perder el uso de la razón –como en el caso de la embriaguez perfecta–, etc.). Produce torpeza o estupidez de entendimiento, locuacidad excesiva, chabacanería y ordinariez, lujuria, etc. Se puede remediar considerando los efectos que produce, mortificándose en el comer y beber, huyendo de las ocasiones de pecado.

            La acidia equivale a la pereza, pero haciendo referencia más bien al tedio o fastidio por las cosas espirituales por el trabajo y molestias que ocasiona. Inclina a omitir los actos de oración y piedad por desgano o falta de gusto.

            La ira es el apetito desordenado de venganza. Se derivan de ella la indignación, el rencor, el griterío, la blasfemia, la riña, etc. Para remediarlo es útil recordar la mansedumbre y dulzura de Cristo, luchar por alcanzar el dominio propio, prevenir las causas de la ira.

En cuanto al orgullo –que no aparece mencionado en esta lista– San Gregorio Magno lo consideraba como un super-vicio capital, pues de él se derivan todos los demás.

Bibliografía:

Royo Marín, Teología Moral para Seglares, BAC, Madrid 1986, tomo 1, n. 263-265;

Evagrio Póntico, Tratado de los ocho vicios capitales.

[1] La mayor parte de los moralistas, en vez de la vanagloria, señalan la soberbia como vicio capital. Pero, con mejor visión Santo Tomás de Aquino considera a la soberbia, no como simple pecado capital (uno de tantos), sino la raíz de donde proceden todos los demás vicios y pecados. En este sentido, la soberbia es más que pecado capital: es la fuente de donde brotan todos los demás vicios y pecados; incluso los capitales, ya que, en definitiva, todo pecado supone el culto idolátrico de sí mismo, anteponiendo los propios gustos y caprichos a la misma ley de Dios, lo cual es propio de la soberbia.

código da vinci

¿Qué piensa usted del “código da vinci”?

Pregunta:

Recientemente me prestaron un libro titulado “El Código Da Vinci”. La idea expuesta en dicho libro es que si bien Jesús existió (lo cual como católico no pongo en duda) fue distinto de como hemos escuchado; por ejemplo, tuvo descendencia a raíz de una relación marital con María Magdalena, y otras cosas más. Tengo inquietud de saber qué tanto de verdad hay en esto.

 

Respuesta:

Estimado:

Efectivamente “El Código Da Vinci”, de Dan Brown, es un libro que ha levantado mucha polémica, pero no merecería un artículo serio de no ser por el daño que está (y seguirá) causando en tantos incautos, incluso en personas de buena fe. Ya han sido publicados también buenos estudios poniendo de manifiesto las incontables falsedades contenidas en el libro. Para responderle haré referencia sólo a uno de estos libros, titulado “De Da Vinci Hoax”, “El fraude Da Vinci”, por Carl Olson y Sandra Miesel[1]. “La refutación definitiva”, lo califica Mons. Francis George, Cardenal de Chicago, en su Prólogo, con mucha razón[2].

Todo el mundo –o casi– ha sentido hablar ya de “El Código Da Vinci”; muchos están encantados con él, en gran medida llevados por la moda, que es la que indica hoy qué es interesante leer o creer, y no por el contenido o el valor literario. De hecho Peter Miller, critico del The Times de Londres afirmó que “este libro es, sin duda, el más tonto, inexacto, poco informado, estereotipado, desarreglado y populachero ejemplo de pulp fiction que he leído”; Francisco Casavella, de El País, de Madrid, lo calificó como “el bodrio más grande que este lector ha tenido entre manos desde las novelas de quiosco de los 60”. En el suplemento cultural del diario El Mundo, Fernando Sánchez Dragó escribió: “El éxito de este libro responde al infantilismo generalizado de los seres humanos, en línea con el mercantilismo de los charlatanes de la New Age, y la falsa espiritualidad de Paulo Coelho. Sus lectores se encuentran entre los aficionados al fútbol y los teleadictos más patéticos, gente que no ha crecido mentalmente”[3].

Estando así las cosas, escribir sobre “El Código Da Vinci” sólo se justifica por lo que señala James Hitchcock en su Introducción a “El fraude Da Vinci”, a saber, que si bien hay muchos libros serios escritos sobre los temas mencionados por Dan Brown, “la gente que no lee libros serios, están leyendo ‘El Código Da Vinci’, y para muchos es lo más cercano a un libro ‘real’ que ellos jamás encontrarán”. Y continúa: “Hay una extraña suposición, que se puede detectar incluso entre algunos que se profesan cristianos, según la cual el libro de Dan Brown no habría sido publicado, y no habría llegado a ser un best seller, si no fuera verdad”[4].

“El Código Da Vinci” representa el más sistemático ataque a los fundamentos históricos del cristianismo; debe su efectividad al hecho de no ser una presentación teórica y teológica, sino novelada. Es un problema “serio” no por su profundidad, erudición o información sino por la capacidad de daño moral que puede lograr.

            Dan Brown es un pintoresco caso de necedad: critica toda autoridad, especialmente a la Iglesia católica, pero él habla de todo, sin dudar jamás de sus propias afirmaciones y con una ignorancia (¿o malicia?) artística, histórica y teológica que pasma.

            ¿Cuáles son los problemas más serios de “El Código Da Vinci”? Los autores de “El fraude Da Vinci” los resumen en cinco: (1) Reclama ser históricamente preciso y basado en hechos, pero a menudo no lo es. Así la novela antepone una página titulada “Hechos” (Facts) que afirma: “Todas las descripciones de arte, arquitectura, documentos, y rituales secretos en esta novela son exactos (accurate)”. Es la primera mentira. (2) Repetidamente falsifica o desfigura personajes, lugares y eventos de la historia. (3) Promueve el feminismo radical del programa neo-gnóstico. (4) Desfigura incorrectamente e injustamente el Cristianismo y la fe tradicional cristiana sobre Dios, Jesús y la Biblia. (5) Propaga una actitud relativista e indiferente hacia la verdad y la religión[5].

Es, en realidad, una agresiva tergiversación de la verdad cristiana. Como dicen los autores de “El fraude Da Vinci” citando a Hitchcock: “El Código Da Vinci no es simplemente otra ‘revisión’ progresista. Es nada menos que el reclamo de que el Cristianismo ha sido un fraude deliberado casi desde el principio, de que la historia de Jesús fue suprimida, y de que sólo ahora estamos aprendiendo por fin la verdad de todo esto”[6].

La religión de “El Código Da Vinci”. “El Código Da Vinci” tiene una religión: el gnosticismo. En el libro podemos encontrar numerosos temas gnósticos: la sospecha de la tradición, desconfianza en la autoridad, disgusto por el dogma y por los juicios objetivos de la fe, el enfrentamiento del individuo contra lo institucional, así como la promesa del conocimiento secreto.

            El gnosticismo es hoy –como lo fue desde un comienzo– (para usar las palabras de Carl A. Raschke): “una religión de rebelión contra la religión convencional”[7]. Por “gnósticos” y “gnosticismo” los primeros Padres de la Iglesia no designaban tanto un sistema definido –de hecho entre los gnósticos de los primeros siglos hay notables discrepancias y contradicciones– cuanto el o los sistemas que se salen de las fronteras de la Ortodoxia (tomando por esta última la doctrina transmitida por los Apóstoles y sus ulteriores desarrollos homogéneos); el gnosticismo siempre se ha caracterizado por ser una ruptura en el desarrollo dogmático (como vemos en todas las herejías), o bien una incorporación de elementos espurios de la fe, o ambas cosas.

            “El Código Da Vinci” se hace eco –asumiéndolas plenamente– de afirmaciones gnósticas sobre la Iglesia, sobre Cristo, sobre la “sacralidad femenina”. Dan Brown a través de sus personajes sostiene con todo convencimiento que fue el emperador Constantino y sus sucesores quienes inventaron, por razones políticas, la “divinidad” de Cristo y quienes convirtieron el mundo del paganismo matriarcal al Cristianismo patriarcal empleando “una campaña de propaganda que demonizó la sacralidad femenina” destruyendo la adoración de las diosas y asegurándose que la religión moderna fuera de orientación masculina[8].

            En la visión de Dan Brown –como la de muchos gnósticos– la divinidad es un realidad androgina, o sea masculino-femenina, un “Poder bisexual”. En esto “El Código Da Vinci” coincide y depende de los libros de Margaret Starbird, “La mujer con el frasco de alabastro” (“The Woman with the Alabaster Jar”) y “Las diosas en los evangelios” (“The Goddess in the Gospels”), citados por el mismo Dan Brown. Eco de esto se puede ver en afirmaciones como, por ejemplo, que el retrato de la Mona Lisa (La Gioconda) no es ni varón ni mujer (Brown propone incluso que es Leonardo vestido de mujer), o de que Jesús al fundar (?) su religión lo hizo casándose con María Magdalena, etc.

            Sin embargo, en algunos puntos, el moderno gnosticismo es incoherente con el antiguo. El neo-gnosticismo tiene una de sus más fuertes manifestaciones en el “feminismo radical”, que busca reivindicar los antiguos escritos gnósticos (por ejemplo, los Evangelios gnósticos como el de Tomás, el de Juan, etc.) como si éstas fuesen las fuentes donde se conservó la “verdad” de Jesucristo que no alcanzó a ser tergiversada por obra de Constantino; según sus defensores, en tales escritos habría quedado sentado el “feminismo” del movimiento fundado por Jesús (quien habría pensado, según estos autores, en la Magdalena como la futura cabeza de su iglesia y no en Pedro, quien más tarde la habría desbancado fundando el mito petrino). Esta idea comenzó en realidad en 1896 con el escrito conocido como “Pistis Sophia” o “Los libros del Salvador”(The Books of the Savior), popularizándose con los descubrimientos de algunos textos gnósticos en Nag Hammadi, Egipto, en 1945. Sin embargo, el gnosticismo tradicional no fue pro-femenino sino que despreció lo femenino; por tanto, Dan Brown y sus fuentes toman del gnosticismo lo anticristiano pero cambiando la misoginia del gnosticismo tradicional por el feminismo radical moderno.

            Dos fuentes que aportan gran parte de la savia gnóstica de “El Código Da Vinci” son “La revelación templaria: Guardianes secretos de la verdadera identidad de Cristo”[9] y “Santa Sangre, Santo Grial”[10]. Estos libros y otros de análogo tenor han contribuido a poner –para muchos cristianos– los evangelios gnósticos al mismo nivel de los cuatro evangelios canónicos (o incluso a un nivel superior). No les importa que los evangelios gnósticos hayan sido escritos varias décadas e incluso algunos siglos más tarde que los canónicos, o que hayan surgido en ambientes heréticos y que hayan sido combatidos desde los primeros siglos por los Padres de la Iglesia; tampoco importa, para los cristianos superficiales, que el canon de los evangelios recibidos por la Iglesia esté ya reconocido por los primeros escritores eclesiásticos como Justino Mártir (en torno al 150), Tertuliano, Ireneo, etc. Ni importa que los evangelios canónicos hayan sido reconocidos como tales más de 150 años antes del Concilio de Nicea y de Constantino…; estos autores igualmente valoran cualquier hipótesis aventurera, tenga algún viso de veracidad o ninguno (como es nuestro caso); es una cuestión de ideología, no de ciencia histórica.

            Newman ha dejado escrito que “entrar profundamente en la historia equivale a abandonar el Protestantismo”. Con mayor razón puede aplicarse este juicio a otros errores más graves como los transmitidos por los escritos neo-gnósticos. El problema está en que para entrar profundamente en la Historia hay que tener amor por la verdad y gusto por la seriedad. Quienes pretendan formar sus mentes con una cultura “fast-food” esperando que los conocimientos no exijan más trabajo que el que lleva comprar y comer una hamburguesa y unas papas fritas, nunca abandonará sus errores, pero tampoco podrá pensar con otra cosa que no sea su estómago.

            El neo-gnosticismo también tiene otra característica y es el hecho de favorecer una de las vertientes dogmáticas del antiguo gnosticismo. Los primeros gnósticos –como puede leerse en el mismo Nuevo Testamento, especialmente en los escrito de San Juan– negaban los rasgos humanos de Jesucristo (docetismo), haciendo de éste un eón de la divinidad encarnado sólo de modo aparente; comienza de este modo la separación entre “el Cristo” y “Jesús”: Cristo sería el eón divino que sólo temporalmente habita en el Jesús humano (de hecho sin verdadera encarnación, pues para el gnosticismo la materia es mala) bajando a él durante su bautismo y abandonándolo en su Pasión (¡el escándalo de la Cruz!). Cristo, por tanto, es más que Jesús y no se reduce a él. Otra variante del gnosticismo hará de Cristo una criatura inferior al Padre aunque superior a los demás hombres (arrianismo). El neo-gnosticismo retoma ambas desviaciones: la más teológica enfatizando la distinción entre el Cristo y el Jesús histórico (Jesús es una manifestación más del Cristo junto a otras como Zaratustra, Mahoma, Buda etc.); y el más vulgar reduciendo a Jesús a un plano puramente humano. “El Código Da Vinci” se hace eco de esta desfiguración: para Dan Brown (a través de sus personajes) Jesús no solamente no es Dios sino que nunca pretendió serlo y los primeros cristianos jamás pensaron ni predicaron la divinidad de Cristo (lo cual estaría consignado, según él, en los escritos gnósticos). Es recién Constantino, y el Concilio de Nicea hábilmente manejado por él, quienes “deciden” por votación la divinidad de Cristo.

El mito de la Magdalena. El libro de Dan Brown (en su versión en inglés) dedica 25 páginas a hablar de María Magdalena[11]: su identidad, su supuesta relación con Jesús (estaría casada con él y habría tenido al menos un hijo), su rol en la iglesia primitiva, etc. Como muy bien apuntan los autores de “El fraude Da Vinci”, para muchos cristianos (incluso católicos) éste es el primer encuentro con María Magdalena, lo que hace comprensible su perplejidad.

            Las afirmaciones falsas sobre María Magdalena en “El Código Da Vinci” se pueden sintetizar en cuatro[12]: (1) María Magdalena sería el Santo Grial de las leyendas medievales; de ahí que la famosa búsqueda del Santo Grial no sea la búsqueda del Cáliz usado en la Última Cena de Jesús, sino de la tumba de María Magdalena. (2) La Iglesia católica lanzó una campaña sucia contra María Magdalena desde tiempos muy tempranos, calumniando su nombre, etiquetándola de prostituta en orden a borrar toda evidencia de su poder; esta campaña ha incluido asesinatos y violencias y sigue en nuestros días. (3) Jesús y María Magdalena estaban casados; este “hecho” según “El Código Da Vinci” ha sido examinado en detalle y explorado interminablemente por historiadores[13]. Por supuesto, no dice ni por quiénes, ni cuándo, ni dónde consta. Jesús y María Magdalena tuvieron hijos; después de la muerte de Jesús, María Magdalena huyó a Francia perseguida por la Iglesia Católica, o sea por Pedro. (4) María Magdalena fue el primer gran apóstol, habría sido de sangre real de la estirpe de Benjamín, etc.

            Según Dan Brown, Jesús habría sido el primer feminista, por eso pensó en María Magdalena como la cabeza de su Iglesia para después de su muerte y no en Pedro, continuando, de esta manera, las costumbres religiosas matriarcales y el culto a las divinidades femeninas del antiguo paganismo. Dan Brown se coloca así en la línea de los modernos escritos esotéricos que reivindican la “divinidad” (femenina) de María Magdalena, en particular las novelas de Margaret Starbird y los demás libros citados más arriba. Algunos medios de comunicación se han hecho eco de esta campaña pro-feminista radical que quiere poner como modelo de reivindicación a la Magdalena.

            No vamos a desgastarnos aquí ­–como sí lo hacen meritoriamente los autores de “El fraude Da Vinci”­– refutando escriturística e históricamente todas las falsedades sobre la Magdalena y sobre la falsa campaña que la Iglesia habría hecho contra ella (María Magdalena es, de hecho una de las santas más populares y queridas por la Iglesia y, en contra de lo que cree Dan Brown o pretende hacernos creer, en los evangelios se le asignan actuaciones notabilísimas como lo demuestra el hecho de ser uno de los primeros testigos y anunciadores de la resurrección, o el ser mencionada con más frecuencia que algunos de los apóstoles, como Judas Tadeo o Bartolomé). Estos autores desvarían mucho más de cuanto puede tolerarlo un estómago sano creando una María Magdalena gnóstica, feminista, pagana, símbolo del culto por la “sacralidad femenina” presente en la literatura gnóstico-moderna (que reivindica, entre otras cosas, los cultos idolátricos del paganismo y el rol de las hechiceras y de las prostitutas sagradas de la antigüedad pagana). De hecho la identificación de María Magdalena con el Santo Grial o Cáliz de la Última Cena responde a la idea esotérica de que el cáliz –como cavidad– es un símbolo sexual femenino, en contraposición al sexo masculino representado por algún elemento penetrante. En algunos ritos wiccas modernos se introduce un cuchillo en un cáliz como símbolo del acto sexual y de la divinidad masculino-femenina; pueden leerse en este sentido libros del estilo de “El Código Da Vinci” como “Cuando Dios era Mujer” (When God was a Woman) por Merlin Stone, o “El Cáliz y la Espada: nuestra historia, nuestro futuro” (The Chalice and the Blade: our history, our future) por Riane Eisler.

            Todo esto está presente en el interés moderno por la religión wicca, las prácticas de la New Age, el neo-paganismo y el feminismo radical, acompañados de gran animosidad contra la Iglesia católica –percibida como “patriarcal”. Con mucho fruto puede leerse al respecto el libro de Philip G. Davis: “Diosas desenmascaradas: el resurgir de la espiritualidad feminista neo-pagana”. Como dice este autor, no se trata de inocentes divagues o novelas: “los libros de diosas, deberían ser vistos como profesiones de fe, y sus autores como evangelistas neo-paganos”[14].

            Muchos de estos autores que son fuentes de “El Código Da Vinci” sostienen que el papel que asignan a María Magdalena está afirmado en los evangelios gnósticos. Además de que, como ya hemos dicho, se trata de escritos ideológicos refutados como tales ya en los primeros siglos de la Iglesia, tampoco es como afirman estos señores. En realidad no hay más que un par de antiguos textos gnósticos que deben ser leídos con los lentes del feminismo radical y sacados fuera del contexto del pensamiento gnóstico antiguo, para poder interpretarlos de esta manera. Recuérdese que el antiguo gnosticismo despreciaba lo material –incluido el sexo– espiritualizándolo de manera indebida. El neo-gnosticismo, por el contrario, carnaliza lo que el antiguo desencarnaba. De todos modos esto importa muy poco a nuestros autores, para quienes vale todo cuanto sirva a su ideología y se permiten reinterpretar lo que sea necesario para llevar agua a su molino. Así, por ejemplo, resulta curioso que el feminismo radical esté en contra del “matrimonio institucional” (predica el sexo libre) pero hablan del matrimonio de Cristo y de María Magdalena cuando esto les conviene para rebajar la figura de Jesús.

            Es también llamativo el disgusto que sienten hacia la Virgen María. “The Templar Revelation” la describe como “no-sexual y remota”; es percibida como débil, sumisa, dócil, como la encarnación de la subordinación. Así Mary Daly (lamentablemente una ex religiosa), feminista radical, describe a la Virgen María como una diosa “domesticada”, sexualmente violada (en su libro titulado sugestivamente “Gin-Ecología”: Gyn-Ecology[15]). Del mismo tenor Susan Haskins en “María Magdalena: mito y metáfora” (Mary Magdalen: Mith and Metaphor), pone a la Magdalena como el modelo “revisado” para la mujer actual.

            De todos modos, no se crea que estamos ante gente seria: son gente, en todo caso, con “problemas serios”. Los argumentos que manejan tienen a veces un toque de ridiculez, ya que la grosería en que están empapados no admite que los califiquemos de humorísticos. Margaret Starbird, en su libro “La mujer con el frasco de alabastro”, al elaborar sus blasfemas caricaturas del matrimonio entre María Magdalena y Jesucristo dice: “he obrado bajo la suposición de que donde hay humo tiene que haber fuego”[16], por tanto tiene que haber algo de verdad –razona– porque si no fuera así, ¿cómo podría entenderse que películas como Godspell, Jesucristo Superstar y la Última Tentación de Cristo, hablen de una íntima relación entre Jesús y María Magdalena?

            Podemos tolerar que a veces nos tomen el pelo, pero esta mujer parece querer arrancarnos los mechones a mordiscos.

El Jesucristo gnóstico del Código Da Vinci. Dan Brown afirma ser cristiano “aunque no tradicional”. Hay que ser muy caradura para afirmar esto. Su novela afirma que Jesucristo fue meramente un hombre o poco más que eso. Las principales afirmaciones sobre Jesucristo están resumidas por los autores de “El fraude Da Vinci” en las siguientes[17]: (1) La divinidad de Jesucristo fue establecida –por votación ganada por estrecho margen– en el Concilio de Nicea, el año 325. (2) Antes de esa fecha ningún seguidor de Jesús creía que él era más que un profeta mortal y un gran hombre. (3) El motivo por el que el Concilio de Nicea votó la divinidad de Cristo fue político –movido por Constantino (por lo cual, éste es el verdadero fundador del cristianismo)– con el propósito de solidificar el poder de la Iglesia católica (que Dan Brown llama “el Vaticano” creyendo que así era conocida en aquel entonces; debe pensar que es el nombre oficial y no el de la colina donde está edificada la basílica de San Pedro, dando nombre cuanto más a la curia vaticana). (4) De aquí se sigue que Jesucristo no es necesario para la salvación de nadie.

            Si esto quiere decir “ser cristiano de una manera no tradicional” entonces Dan Brown nos ha enseñado algo realmente nuevo; ni Jesucristo lo sabía.

            Dan Brown no puede ignorar de manera tan crasa la historia de Occidente (aunque manifiesta una gran ignorancia en muchos temas); lo suyo es tergiversación ideológica, hecha con mal gusto y pésima intención. Ni el Concilio de Nicea tuvo por objeto decidir sobre la divinidad de Cristo (aunque se condenó en él a Arrio que rebajaba a Cristo a una pura criatura humana), ni tuvo que ver Constantino en sus decisiones dogmáticas (de las que mucho no entendía; es más, hasta su muerte Constantino vaciló por las influencias arrianas de algunos de sus consejeros), ni es verdad que antes de Nicea los seguidores de Jesús no hubiesen sostenido su divinidad. Basta mirar los documentos antiguos: ahí están los escritos de Ignacio de Antioquia († 117), Justino († 165), Meliton de Sardes († 190), Ireneo († 200), Clemente de Alejandría († 215), etc., además de los escritos del Nuevo Testamento con toda la critica bíblica que avala su autenticidad e historicidad. Pero, ¿le interesa esto a Dan Brown?

            Como en otras cosas también en este tema Dan Brown ha comido la alfalfa amarga de las peores corrientes anticristianas y anticatólicas; respecto de Jesús sus grandes fuentes –además de las ya mencionadas– echan raíces en la corriente liberal del “Jesús Seminar”, fundada por Robert Funk junto a John Dominic Crossan y Marcus Borg quienes lanzaron la idea del Jesús mítico contra el Jesús histórico con la intención de “liberar” a Jesús de las garras de la Iglesia católica y del fundamentalismo protestante (es decir, de quienes creen que es Dios) con un método muy “científico”: evaluando la autenticidad de los dichos de Jesús, mediante votaciones democráticas, usando bolillas de colores (rojo, rosa, gris y negro) según el grado de probabilidad que tenga el dicho de Jesús en cuestión (seguro, probable, atribuible en el fondo, aunque no en la forma, no procedente de Jesús). Se analiza algo tan fundamental como la verdad sobre Jesucristo de la misma manera que se vota en un concurso de belleza o en una competición de toros en la rural. Sin embargo, las ideas de estos autores no son nuevas: 150 años antes de Nicea ya habían sido denunciados los gnósticos por tratar de corromper la fe de la Iglesia en estas materias; se puede leer las Cartas de Ignacio de Antioquia, el De praescriptione haereticorum de Tertuliano, o el  Adversus haereses de Ireneo de Lyon.

Otros temas… Podríamos seguir enunciando las mentiras de “El Código Da Vinci”. No los llamo errores pues habría que suponer demasiada buena fe en Dan Brown, sin que él nos dé la menor pista de tenerla. Ya dijimos que al comienzo de su libro aclara que contiene “hechos probados” y en sus repetidas entrevistas (que pueden leerse en “El fraude Da Vinci”) defiende que ha investigado cuidadosamente estos temas. O es un necio insobornable, o un mentiroso delirante, o una muy mala persona.

            Para ver su seriedad basta recorrer algunas de las afirmaciones del libro y podremos observar que esta plagado de falsedades sobre[18]: Constantino, las religiones paganas, los Templarios[19], el Priorato de Sion[20], arte (¡y él afirma haber hecho cursos en España y que su esposa es crítica de arte! ¡qué caradura!), la fe cristiana, la Iglesia católica (“el Vaticano”, como la llama), el Opus Dei, las Catedrales, la masonería, las olimpiadas griegas[21], las cartas del Tarot[22], la Inquisición, la caza de brujas[23], la New Age, los halos de los santos, la mitra de los Obispos, la fecha del nacimiento de Cristo, sobre Leonardo Da Vinci –tiene una supina ignorancia de su arte, carrera, trabajos[24], historia[25] (no le pega ni al nombre, pues usa Da Vinci como si fuera su apellido, siendo no más que su pueblo de nacimiento; como si dijéramos “El Código Yapeyú” escribiendo una novela sobre José de San Martín, pensando que Yapeyú es el nombre de su familia), etc.

            Admiro y quedo muy agradecido con Carl Olson y Sandra Miesel por haberse tomado el enervante trabajo de refutar la inmensa mayoría de estas mentiras; el sólo releerlas en su libro “El fraude Da Vinci” me ha significado varios dolores de cabeza y estómago; no puedo siquiera imaginar lo que habrán padecido ellos para dedicarse con paciencia a la insufrible lectura del libro original.

Permítaseme resumir lo dicho afirmando que sin hacer alardes de lucidez particular podemos sostener que Dan Brown es un necio. Como los sandios critica toda autoridad, especialmente la de la Iglesia católica, pero confía ciegamente (¡y nos pide que hagamos lo mismo!) en su autoridad personal. Brown se ha embarcado, con este libro (y algunos anteriores), en una anticruzada contra la Iglesia, la historia humana y el sentido común. El fondo de su argumento y la mayoría de sus juicios históricos o críticos representan una masa tan grande de gansadas que no le habríamos dedicado más de dos líneas si no fuera porque, como afirma acertadamente James Hitchcock, “él influirá sobre muchas personas que nunca leen libros serios”, y por eso las falsedades que “El Código Da Vinci” contiene, con la complicidad de los medios de comunicación que se han puesto a su servicio[26], sembrarán dudas, confusiones y apostasías.

Sé que hay muchas personas (incluso católicas) a quienes no les gusta que les digan lo que tienen o no tienen que leer, y que prefieren guiarse por sus propios juicios, o la moda, la curiosidad, la tentación o la superficialidad. Allá ellos. Cumplo con mi parte, y si la lectura de este libro envenena el alma de alguno, que recuerden que alguien avisó.

  1. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Olson y Sandra Miesel, De Da Vinci Hoax, Ignatius Press, San Francisco, California, 2004;

José Antonio Ullate Fabo, La verdad sobre el Código Da Vinci, Libros Libres, Madrid 2004;

Amy Welborn, Descodificando a Da Vinci, Ediciones Palabra, Madrid 2004;

Pablo J. Ginés Rodríguez, La Estafa del Código Da Vinci: Un best-seller mentiroso (se puede encontrar en varias páginas de Internet)

[1] Carl Olson y Sandra Miesel, The Da Vinci Hoax, 329 páginas, Ignatius Press, San Francisco, California, 2004; este libro no ha sido traducido al castellano todavía (ni sé si hay proyecto de hacerlo); por tanto si bien lo cito como “El fraude Da Vinci”, o “El fraude…”, téngase en cuenta que hago referencia a la edición en inglés. También las referencias al libro de Dan Brown, El Código Da Vinci, son de la versión americana (The Da Vinci Code, Doubleday, Random House, Inc., New York 2003).

[2] Carl Olson es autor de otros libros, ex editor de la revista Envoy y colaborador en varias publicaciones católicas de nivel (National Catholic RegisterFirst ThingsCrisis). Sandra Miesel es especialista en historia medieval por la Universidad de Illinois, y lleva veinte años escribiendo ensayos y artículos sobre historia, arte y hagiografía.

[3] Estas críticas pueden leerse en el artículo de Socorro Estrada, Dan Brown y el código del éxito, publicado en Clarín digital, el 23 del 09 de 2004.

[4] The Da Vinci Hoax, p. 14.

[5] Cf. The Da Vinci Hoax, pp. 33-38.

[6] The Da Vinci Hoax, p. 38.

[7] Citado en The Da Vinci Hoax, p. 47

[8] Cf. The Da Vinci Code, p.124

[9] Lynn Pincknett y Clive Prince, The Templar Revelation: Secret Guardians of the True Identity of Christ, New York, Simon and Schuster, 1998.

[10] Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, Holy Blood, Holy Grail, New York, Dell, 1983.

[11] Cf. The Da Vinci Code, pp. 236-261.

[12] Cf. The Da Vinci Hoax, p. 75; allí están indicadas los lugares precisos del libro de Brown.

[13] Cf. The Da Vinci Code, pp. 245, 249.

[14] Philip G. Davis, Goddess Unmasked: The rise of Neo-pagan Feminist Spirituality, Dallas, Tex.: Spence, 1998.

[15] Mary Daly, Gyn-Ecology: The Metaethics of Radical Feminism, Boston, Beacon Press, 1978, p.84.

[16] Cf. The Woman with the Alabaster Jar, p. XXI.

[17] Cf. The Da Vinci Hoax, p. 109; están en The Da Vinci Code, p. 233.

[18] Las siguientes notas pueden verse en el artículo de Pablo J. Ginés Rodríguez, “La Estafa del Código Da Vinci: Un best-seller mentiroso” ( http://www.mercaba.org/FICHAS/Persecucion/codigo_da_vinci.htm).

[19] Cree que fueron eliminados por el Papa Clemente V quien echó sus cenizas al Tíber; ni lo hizo este Papa (fue el rey francés, Felipe el Hermoso) ni pudo arrojar sus cenizas al Tíber porque este río está en Roma y Clemente V fue el primer papa que dirigió la Iglesia desde Avignon, en Francia, etc.

[20] Cree que el Priorato de Sión es una asociación secreta antigua que contó entre sus miembros a Leonardo Da Vinci, Isaac Newton, Victor Hugo; siendo que tal asociación realmente existe, es francesa, pero está registrada su existencia recién desde 1956, posiblemente originada tras la II Guerra Mundial.

[21] El novelista dice que los cinco anillos de las olimpiadas son un símbolo secreto de la diosa; la realidad es que cuando se diseñaron las primeras olimpiadas modernas el plan era empezar con uno e ir añadiendo un anillo en cada edición, pero se quedaron en cinco.

[22] Cree que las cartas del tarot enseñan doctrina de la diosa; pero en realidad se inventaron para juegos de azar en el s. XV y no adquirieron asociaciones esotéricas hasta finales del s. XVIII.

[23] Según los protagonistas de la novela, “durante trescientos años la Iglesia quemó en la estaca la asombrosa cifra de cinco millones de mujeres. Esta es una cifra repetida en la literatura neopagana, wicca, new age y feminista radical, aunque en otras webs y textos de brujería actual se habla de nueve millones. Los historiadores serios calculan, en cambio, que entre 1400 y 1800 se ejecutaron en Europa entre 30.000 y 80.000 personas por brujería. No todas fueron quemadas. No todas eran mujeres. Y la mayoría no murieron a manos de oficiales de la Iglesia, ni siquiera de católicos. La mayoría de víctimas fue en Alemania, coincidiendo con las guerras campesinas y protestantes del s. XVI y XVII. Cuando una región cambiaba de denominación, abundaban las acusaciones de brujería y la histeria colectiva.

24] Por ejemplo, cree que La Mona Lisa es un ser andrógino, que el cuadro “La Madonna de las Rocas” es un lienzo (el personaje Sophie lo aprieta tanto a su cuerpo que se dobla) siendo que es una pintura sobre madera, de dos metros de alto. Dan Brown cree que en la pintura La Última Cena de Leonardo no hay cáliz porque el cáliz es la Magdalena a quien identifica con quien en realidad es San Juan (no hay cáliz porque Leonardo pinta el relato de San Juan donde no se habla de la Eucaristía), etc.

[25] Cree que Leonardo fue un descarado homosexual. ¡Que se defienda el muerto!

[26] Por ejemplo, el Chicago Tribune se maravillaba de cómo el libro contiene “historia fascinante y documentada especulación que vale varios doctorados”; el New York Daily News ha dicho que “su investigación es impecable”; etc.

casado

¿Jesús fue casado o virgen?

Pregunta:

Quisiera saber si en algún lugar del Evangelio figura que Cristo no ha tenido mujer alguna. Muchas gracias.

Respuesta:

Estimado:

Jesucristo fue virgen. Se puede decir que esa verdad figura en los cuatro Evangelios donde, dando muchos detalles de la vida de Cristo (más de los que muchos suponen) jamás se menciona ni alude a que Jesucristo fuera casado.

De modo más explícito la tradición ha visto siempre una alusión a su estado de virginidad consagrada en Mt 19,10-12 donde Jesucristo habla de la virginidad por el Reino de los Cielos y afirma: quien sea capaz de tal doctrina, que la siga. En ningún lugar de los Evangelios Jesucristo propone algo a la libre voluntad de los hombres sin dar Él primero el ejemplo. Por eso dice San Pedro: nos ha dado ejemplo para que sigamos sus huellas (1Pe 2,21).

También está expresado en Apocalipsis 14,4, cuando dice que los que siguen al Cordero (Cristo) dondequiera que va son los que no se mancharon con mujeres, porque son vírgenes. Los que son vírgenes tienen especial mérito y pueden seguir al Cordero Virgen.

Es también enseñanza del Magisterio, no puesta en duda en ningún momento de la historia de la Iglesia. Curiosamente ninguna herejía ha afirmado hasta nuestro tiempo que Jesucristo fuera casado (hasta nuestro tiempo, donde aparece en las versiones neo-gnósticas y feministas radicales que inventan el mito de la Magdalena casada con Cristo; pero de esto hablamos en otro lugar[1]). Han negado algunos que fuera Dios (Arrio), que tuviera dos naturalezas (monofisistas), o que la Iglesia fundada por Él haya sido la Católica (reformadores), etc., pero ninguno negó su virginidad. ¡Tan evidente parece!

Por eso Juan Pablo II dice: “Cristo, aun aprobando y defendiendo la dignidad y la santidad de la vida matrimonial, asume la forma de vida virginal y revela así el valor sublime y la misteriosa fecundidad espiritual de la virginidad”[2].

Le transcribo dos textos magníficos.

            El primero es de Pío XII en la Encíclica “Sacra virginitas”: “De aquellos hombres que no se mancillaron con mujeres, porque son vírgenes (Ap 14,4), afirma el apóstol San Juan: éstos siguen al Cordero dondequiera que va (Ap 14,4). Pensemos en la exhortación que a todos estos dirige San Agustín: ‘Seguid al Cordero, porque es también virginal la carne del Cordero… Con razón lo seguís dondequiera que va con la virginidad de vuestra carne. Pues ¿qué significa seguir sino imitar? Porque Cristo padeció por nosotros dándonos ejemplo, como dice el apóstol San Pedro, para que sigamos sus pisadas’. Realmente todos estos discípulos y esposas de Cristo se han abrazado con la virginidad, según San Buenaventura, ‘para identificarse con su Esposo Jesucristo, al cual hace asemejarse la virginidad’. A su encendido amor a Cristo no podía bastar la unión de afecto; era de todo punto necesario que ese amor se echase también de ver en la imitación de sus virtudes, y, de manera particular, conformándose con su vida, que toda ella se empleó en el bien y salvación del género humano. Si, pues, los sacerdotes, los religiosos, si, en una palabra, todos los que de alguna manera se han consagrado al servicio divino, guardan castidad perfecta, es en definitiva porque su Divino Maestro fue virgen hasta el fin de su vida. Por eso exclama San Fulgencio: ‘Este es el Unigénito Hijo de Dios, hijo unigénito también de la Virgen, único Esposo de todas las vírgenes consagradas, fruto, gloria y premio de la santa virginidad, a quien la santa virginidad dio un cuerpo, con quien espiritualmente se une en desposorio la santa virginidad, de quien la santa virginidad recibe su fecundidad permaneciendo intacta, quien la adorna para que sea siempre hermosa, quien la corona para que reine en la gloria eternamente’”[3].

            El segundo texto es de Pablo VI en la “Sacerdotalis coelibatus”: “Cristo durante toda su vida permaneció en estado de virginidad; con lo cual se da a entender que él se consagró por entero al servicio de Dios y de los hombres… Prometió riquísimos premios a todos aquellos que por el reino de Dios dejasen casa, familia, mujer, hijos (cf. Lc 18,29-30). Más aún: sirviéndose de palabras misteriosas y que despiertan expectación, aconsejó un ideal mejor consistente en que alguien, movido por una gracia especial (cf. Mt 19,11), se consagre en virginidad al reino de los cielos. La causa de que alguien apetezca este don es el reino de los cielos (cf. Mt 19,12); igualmente este mismo reino, evangelio y nombre de Cristo (cf. Lc 19,29-30; Mc 10,29-30; Mt 19,29) hacen que Jesús invite al compromiso en los arduos trabajos apostólicos, unidos con tantas molestias, que han de ser soportadas de buena gana para participar más íntimamente en la suerte de él mismo. Así, pues, quienes han sido llamados de este modo por Jesús, se sienten impulsados a elegir la virginidad como cosa deseable y digna de ser escogida bien por el misterio de la novedad de Cristo o por el de todas aquellas cosas que manifiestan quién es él y cuál su inconmensurable valor… Y ellos hacen esto… para asumir el mismo género de vida de Jesús”[4].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

Bigliografía:

Pablo Buysse, Jesús ante la crítica, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1930;

de Grandmaison, Jesucristo, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1941 (hay edición actualizada de Edibesa, Madrid 2000);

M. Lagrange, Vida de Jesucristo, Edibesa, Madrid 2000;

Cl. Fillion, Vida de Nuestro Señor Jesucristo, Edibesa, Madrid 2000;

Ricciotti, Vida de Jesucristo, Edibesa, Madrid 2000.

[1] ¿Qué piensa del “Código Da Vinci”?

[2] Exh. Vita consecrata, n. 22.

[3] Sacra virginitas, 12.

[4] Sacerdotalis coelibatus, 20.23.

pecado original

¿Qué es el pecado original?

Pregunta:

Un conocido me preguntó sobre el pecado original y yo me referí al relato tal cual se encuentra en el libro del Génesis en la Sagrada Biblia, pero él me respondió que la interpretación no debía ser literal porque el pecado original habría sido que Adán y Eva tuvieron sexo y que además no era muy claro que ese pecado se transmitía a los hijos, y que esta enseñanza no la comparte ningún otro pueblo. Realmente no supe qué responder. Le agradeceré a su caridad si me podría explicar qué es lo que realmente es seguro sobre este tema en la Biblia y cómo debemos entender este misterio del pecado original los cristianos.

Respuesta:

Estimado:

Si hay algo que llama poderosamente la atención en la historia de los pueblos y de las religiones es precisamente el hecho de que casi todas las mitologías de los pueblos de la tierra presentan tres ideas fundamentales que se repiten constantemente: la idea de un estado feliz de la humanidad primitiva; la idea de una catástrofe originada en un pecado; y la idea de una subsiguiente degradación de toda la naturaleza humana. Esto se repite en relatos tan dispares culturalmente como los mitos helénicos de Prometeo, Pandora, Deucalión, Pirra, la rebelión de los Titanes y la Atlántida. Aparece también en la mítica historia japonesa de los semidioses Izanayi e Izanami, en los mitos fueguinos de la creación del mundo por “Peheipe”, el Gran Espíritu y los análogos de los pieles rojas californianos. El mismo substrato puede reencontrarse en las religiones pesimistas indias y chinas.

Esto junto con la nostalgia que todas las civilizaciones tienen respecto de un Paraíso Perdido (cuya búsqueda ha sido el motor de la humanidad, de sus revoluciones y utopías) y lo inexplicable del mal físico y moral, explican por qué es ésta una de las ideas más firmes y repetidas a lo largo de la historia de la humanidad. No sé de dónde saca su amigo que esto no se encuentra en otros pueblos.

En el libro del Génesis hay dos relatos complementarios; el primero está en Gen 2,8-17; el segundo en Gen 3,1-24. Es evidente que el autor sagrado usa aquí muchas imágenes, razón por la cual algunos teólogos han querido ver en todo este relato una simple imagen o figura y no el relato de un hecho verdadero. No hay que negar que el género propio de este pasaje bíblico ha ofrecido dificultades desde tiempos remotos. Filón no aceptaba su total historicidad, y lo siguieron algunos escritores católicos como Orígenes; San Agustín distinguía en su época varios modos diversos de interpretación. Sin embargo podemos establecer por lo menos lo siguiente[1]: (a) es una historia de un género especial, distinto por el ejemplo al del libro de los Reyes; esto se deduce de las mismas expre­siones sobre Dios, sobre la serpiente, sobre el árbol de la vida y sobre el árbol de la ciencia del bien y del mal; los antropo­morfismos que contiene respecto de Dios son evidentemente claros; (b) pero no se trata de una alegoría, sino del relato de un hecho real presentado  en algunos de sus aspectos bajo un género metafórico, a partir del cual se colige el hecho real. Su historicidad se deduce de la seriedad del carácter mismo del libro del Génesis que es una obra de historia reli­giosa y por tanto nada nos autoriza a pensar que su comienzo sea un simple cuento. Además, es evidente que para el Autor del Libro del Génesis, este relato es la clave que aclara el misterio de toda la historia humana siguiente.

El autor inspirado, en este relato persigue un fin muy preciso: tras haber explicado la creación del hombre, explica el porqué del estado actual a través de la caída moral de la primera pareja humana.

¿Cuáles son los elementos esenciales que encontramos en este relato?

(a) Estado de inocencia y de inmortalidad. El primer hombre y la primera mujer son presentados, según señala J.M. Lagran­ge, como niños en cuanto no han experimentado la concu­piscen­cia, y al mismo tiempo como sumamente maduros respecto de la seguridad de su inteligencia[2]. Para poder entender el misterio del pecado original haría falta entender la perfección de Adán. El Génesis indica su carácter con tres rasgos solamente, pero de un esplendor inconcebible: la inmortalidad corporal (si coméis de este fruto moriréis), el dominio soberano del instinto animal (estaban desnudos y no se sonrojaban) y una ciencia especial que daba imperio sobre el mismo reino animal (trajo Dios las bestias a Adán para que las denominara). El hombre paradisíaco era inmortal, y lo era en virtud de su íntima unión cognoscitiva con el Creador, es decir, en cuanto era un contemplativo de Dios. El relato pone también en relieve la familiaridad del hombre para con Dios, como la libertad que tiene el hijo con su padre. La felicidad de esta inocen­cia en la amistad de Dios estaba destinada a ser duradera, por cuanto el hecho de que la amenaza de muerte sea formulada (Gn 2,17), recordada (3,17) y sancionada (3,24) indican que el hombre estaba gratificado con el privilegio de la inmortali­dad. Pero este estado de inocencia e inmortalidad se encontraba condicionado por una prueba.

(b) La prueba. Al hombre se le puso una condición: someterse al precepto divino que prohibía el comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, con la consecuente renuncia a tal conocimiento. El pecado descrito por el texto no es un pecado de gula ni un pecado sexual. El relato es particularmente claro: y la mujer vio que el árbol era bueno para comer y un deleite para los ojos y apetecible para lograr sabiduría (3,6). El texto quiere decir más de lo que simplemente dice. No hay fruto que esté dotado de tal atributo que nos haga sabios. Esas dos expresiones: “árbol de la ciencia del bien y del mal” y su capacidad de “dar sabiduría”, nos muestran a las claras que el pecado de Adán y Eva es un pecado “gnóstico”, es decir, de conocimiento, de soberbia intelectual. Todo el diálogo de la tentación hace referencia al plano espiritual del hombre: Eva ve que el fruto era deseable para adquirir inteligencia. La promesa de la serpiente es el conocimiento: vuestros ojos se abrirán. El resultado del pecado es un cono­cimiento: conocieron que estaban desnudos. El hombre será tentado precisamente en su apetito de conocer, por la serpiente, el animal misterioso que se conduce como una potencia hostil al hombre y a Dios, consumada en el arte del engaño del que hace víctima a la mujer (3,2-5).

(c) Esencia de la tentación. Para entender la naturaleza de la tentación y del pecado de los primeros padres es necesario comprender el sentido de la “ciencia del bien y del mal” que les es prohibida por Dios y que ellos buscan adquirir incentivados por Satanás[3]. Ante todo, es un fenómeno del orden del conocimiento y no relacionado ni con la gula ni con la lujuria. Eva quiere en el fruto la sabiduría; la sabiduría suprema es la visión de Dios, la posesión de Dios por medio del conocimiento y del amor; Eva no busca un conocimiento natural, ya que sabía que todo conocimiento natural está reservado al ejercicio natural de la inteligencia humana; pretende entonces una sabiduría sobrenatural. Es lo que parece indicar la serpiente pues le dice que ese conocimiento los haría semejantes a Dios. Por tanto, lo que Eva y luego Adán buscan en ese fruto es la posesión mística de Dios pero a través de sus fuerzas naturales; no ya como don de Dios sino como adquisición personal. También asimilarse a la sabiduría creadora de Dios: creadora del bien y del mal; es decir, el poder de determinar lo que está bien y lo que está mal, de legislar y de crear la moral[4]. Por tanto, el pecado cometido, en cuanto a su materia implica la profanación de lo sagrado: del conocimiento sagrado y del derecho sagrado y del poder sagrado de Dios. Y por eso, el castigo es la muerte, que en la Escritura era el castigo propio de los profanadores. Hay que tener en cuenta también que el estado de perfección espiritual de Eva es puesto de manifiesto en su inocencia frente a lo que será el objeto de su tentación: ella no tiene inclinaciones desordenadas hacia ese objeto (el acto que le dará sabiduría) por eso debe ser movida desde afuera por una fuerza hostil a Dios. En este relato aparece tanto el carácter maléfico y personal de la serpiente –personificación del diablo– cuanto el hecho de que Eva (y Adán) son rectos por la gracia que ha perfeccionado su naturaleza.

(d) La caída y sus consecuencias. Fruto del pecado es la apertura de los ojos, pero no para un conocimiento superior fuente de nueva felicidad, como había prometido la serpiente, sino para hacerles experimentar el dolor de lo que han perdido. El darse cuenta de su desnudez, significa también  quedar desnudos respecto de la inocencia: están desnudos de un modo distinto a como lo estaban antes del pecado, porque la nueva desnudez, incluye una privación espi­ritual. Dios castiga a la mujer en su íntima cualidad de esposa (sujeción al marido, que aquí in­cluye un sentido degradante) y de madre (parir con dolor); el hombre es punido en su señorío sobre la creación, que le producirá fatiga y contra­riedad para domeñar; a ambos finalmente se los castiga con la muerte, que adquiere un carácter penal y con la pérdida del Paraíso como lugar propio.

De este relato se pueden sacar las siguientes conclusiones teológicas: (a) En el origen el hombre tenía una vida dichosa de inocencia y familiaridad con Dios, destinado a una vida inmortal; (b) Tentado por una potencia malvada, hostil al hombre y enemiga de Dios, aquel transgrede un precepto divino; (c) tras su caída se despierta un sentimiento de pudor, vergüenza, arre­pentimiento por la caída, y se origina una vida de sufrimien­to, dificultades y finalmente, de muerte; (d) la potencia tentadora seguirá acechando al hombre, pero Dios promete la victoria de la Descendencia de la mujer (Jesucristo, como aclara más tarde san Pablo) sobre el maligno (la serpiente).

Si bien hay que reconocer que no se menciona aquí el concepto de una culpabilidad original trasmitida a los descen­dientes de la primera pareja (explícitamente revelada en el Nuevo Testamento), sin embargo, es clara la idea de un cambio adquirido por la raza humana en su relación con Dios a partir de este momento. La expulsión del Paraíso pesa sobre todo el género humano y no solo sobre Adán y Eva.

Se trata asimismo de un verdadero pecado, que produce, por tanto, un detrimento en el hombre que lo comete. El hombre sabía distinguir entre el bien y el mal, de lo contrario no podría haber sido sometido a una prueba moral. En la tentación por tanto el hombre quiere adquirir un conocimiento a través de una especie de experiencia del bien y del mal moral. Pero conocer el mal experimentalmente es poseerlo en cierta forma en uno mismo. Por tanto, la prohibición divina era una prueba, pero una prueba para el bien del hombre.

Este pecado, o el acto prohibido, no fue un acto carnal, porque previo al pecado la amistad con Dios garan­tizaba el estado de inocencia. Se trata por tanto de un acto del espíritu: es un pecado de soberbia y al mismo tiempo de desobediencia a Dios.

Hay que reconocer que la revelación plena del pecado original (en cuanto pecado cometido por quien es principio de todo el género humano y que se transmite a su descendencia) se encuentra en el Nuevo Testamento, en particular en San Pablo (cf. Ro 5,12-21).

San Pablo, intentando demostrar que todos los hombres se encuentran en pecado, por tanto, todos necesitan ser salvados por Cristo, indica el motivo de esta universal pecaminosidad: todos han pecado en Adán, y de Adán el pecado se ha derivado a todos los hombres, incluso los que no han llegado al uso de razón (que es condición para pecar, o sea, para obrar humanamente).

El razonamiento de San Pablo puede resumirse en dos tesis: 1º Por un solo hombre, Adán, el pecado entró en el mundo y con el pecado la muerte, y tanto el pecado como la muerte infectaron a todos los hombres. ¿Por qué? Porque “todos pecaron”. ¿Cómo se prueba esto? A partir de la universalidad de la muerte y de la relación de la misma con el pecado. 2º Por un solo hombre, Cristo, viene también a todos los hombres la gracia y la vida (espiritual y eterna).

Una fuerza particular del argumento está en la relación que San Pablo establece entre el pecado y la muerte: por Adán entró el pecado y por el pecado la muerte. De aquí va a deducir dos consecuencias: allí donde se constate la presencia de la muerte hay que deducir que ha habido pecado; y además no puede tratarse de una relación solo respecto de los pecados hechos con uso de razón (pecados personales) ya que muchos son afectados por la muerte antes de llegar a este estado. Este modo de razonar supone, evidentemente, que la muerte no es algo natural al hombre o al menos que no es algo que, en el plan de Dios, hubiese debido afectar al hombre, sino que existe porque el hombre ha pecado[5].

A todos, pues, alcanzó la muerte “porque todos pecaron”. La universalidad de la muerte es un dato de experiencia: afecta a todos los hombres. Por tanto, de la universalidad del castigo ha de deducirse la universalidad de la culpa por la que el castigo es asignado.

Ahora bien, sigue san Pablo, todos pecaron, pero ¿de qué pecados hablamos? ¿De los pecados que cada uno realiza con plena conciencia? ¿De las transgresiones de la ley que cada uno comete a sabiendas? No puede ser, porque: (a) la muerte ha afectado a los que vivieron antes de que Dios promulgara la Ley (por medio de Moisés) que amenazaba precisamente con la muerte, por lo tanto los que pecaron anteriormente a Moisés se los castigaría con un castigo del cual no habían sido advertidos (lo cual sería injusto); (b) ha afectado y afecta a los que no llegan a realizar actos conscientes (niños). ¿De qué pecado se trata? El único pecado que, anteriormente a la ley de Moisés, fue amenazado con la muerte fue el pecado de Adán y Eva.

De algún modo misterioso este pecado pasa de Adán a todos los otros hombres. De modo contrario no podría explicarse que se encuentre en aquellos que no han “imitado” a Adán (niños y justos). Esta necesidad de que el pecado “pase” plantea al mismo tiempo la necesidad de la existencia de un nexo entre Adán y todos los demás hombres. Este nexo no es otra cosa que la “descendencia” que todos los hombres tienen respecto del primer hombre. Este pecado, por tanto, no se comete personalmente (salvo Adán), sino que se contrae. Por eso el Salmista dice: He aquí que en la culpa nací, en pecado me concibió mi madre (Salmo 50,10).

Y sin embargo, si bien este pecado es “recibido”, también en cierto modo es “nuestro”, ya que San Pablo afirma claramente que todos mueren (castigo del pecado original) porque todos pecaron. Será la teología la que tendrá que delimitar en qué sentido este pecado que recibimos en el momento de nuestra concepción es “nuestro”. Precisamente la teología ahondando estos datos explica que este pecado es un hábito entitativo que consiste formalmente en la privación de la justicia original (el estado de gracia y dones preternaturales en que Dios constituyó a nuestros primeros padres) y materialmente en la concupiscencia[6]. Podemos decirlo con las palabras de San Alberto Magno: “Lo material en el pecado original es la fealdad de la concupiscencia o corrupción del vicio…; lo formal en cambio es la carencia de la justicia debida. La naturaleza perdió la justicia, que le era propia y en la cual había sido creada, para todos aquellos en quienes se exige, como dice Anselmo; por tanto, según puede colegirse de las palabras de Anselmo, puede definirse así: el pecado original es ‘la inclinación a todo mal con la carencia de la justicia debida’. Esta definición pertenece a algunos antiguos Doctores, pero ha sido extraída de Anselmo. En cuanto dice: ‘inclinación a todo mal’, quiere decir inclinación a la conversión al bien conmutable y no conversión, porque lo que es original no tiene la conversión sino en potencia… La aversión, en cambio, la tiene en acto y esto se expresa al decir ‘carencia de la justicia’. Si se dijera que es ‘sólo carencia’ de la justicia, se estaría expresando sólo la pena de daño; pero en cuanto se añade ‘debida’, se indica la razón de la culpa…”[7].

Entre el pecado original de Adán y el nuestro existen, sin embargo, algunas diferencias. El pecado de Adán consistió en un acto y en un estado consecuente al mismo. En cambio el pecado original en nosotros no consiste en un acto, sino tan sólo en un estado: los descendientes de Adán “no se dice que pecasen en él como si realmente realizasen algún acto, sino en cuanto que pertenecen a su misma naturaleza que se corrompió con el pecado”[8]. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “El pecado original es llamado ‘pecado’ de manera análoga: es un pecado ‘contraído’, ‘no cometido’, un estado y no un acto”[9].

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

Bibliografía:

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 386 y ss.

A. Gaudel, Péché originel, Dictionaire de Théologie Catholique, XII, 1, col. 275-606 ;

H. Rondet, Le peché originel dans la tradition patristique et théologique, Fayard, Paris 1967 ;

Alberto García Vieyra, El paraíso o el problema de lo sobrenatural, Ed. San Jerónimo, Santa Fe, 1980.

[1] La Comisión Bíblica el 30 de junio de 1909, ante una consulta realizada sobre el carácter de los relatos contenidos en los tres primeros capítulos del Génesis aclaró (cf. DS 3512-3519): 1º Los tres primeros capítulos del Génesis contienen relatos sobre sucesos reales y no mitos ni puras alegorías o símbolos de verdades religiosas, ni leyendas. 2º Cuando se trata de hechos que atañen a los fundamentos de la religión cristiana, hay que aceptar el sentido literal e histórico. Así, por ejemplo, la creación de todas las cosas por Dios al principio de los tiempos y la creación especial del hombre. 3º No es necesario entender en sentido propio todas y cada una de las palabras y frases, especialmente aquellas que los Santos Padres y los teólogos han interpretado diversamente. 4º Hay que tener en cuenta que el hagiógrafo no pretendió exponer con rigor científico el orden en que fueron realizadas las cosas, sino que para esto se sirvió de un modo de expresión popular acomodado al lenguaje de su tiempo.

[2] J.M. Lagrange, L’innocence et le péché, en: Revue biblique, 1897.

[3] Cf. Alberto García Vieyra, El paraíso o el problema de lo sobrenatural, Ed. San Jerónimo, Santa Fe, 1980, pp. 42-45.

[4] Por eso Santo Tomás escribe: “El primer hombre pecó principalmente apeteciendo la semejanza de Dios en cuanto a la ciencia del bien y del mal, como la serpiente se lo sugirió, vale decir, que por la virtud de su propia naturaleza determinara qué es lo bueno y qué lo malo”  (II-II, 163, 2).

[5] Dijimos antes que así se presenta en el relato del Génesis: Dios “amenaza” con la muerte sólo si el hombre come del árbol prohibido; y luego al declarar la pena de Adán pone la muerte que sufrirán en relación con la transgresión cometida. Con más claridad aún lo dice el libro de la Sabiduría: Dios creó al hombre para la inmortalidad, y lo hizo imagen de su propia eternidad; pero, por envidia del diablo, la muerte entró en el mundo, y la experimentan los que son herencia del diablo (Sab 2, 23-24).

[6] Cf. S.Th., I-II, 82, 3. “Concupiscencia” no quiere decir aquí tendencia a un objeto ilícito, ni  a la delectación carnal, sino la tendencia de las potencias inferiores hacia su objeto pro­pio –que puede ser lícito y no necesariamente malo– pero de un modo desordenado (cf. S.Th., I-II, 82, 3 ad 1), o sea, actuando al margen de la voluntad y la razón.

[7] San Alberto Magno, II Sent., d. 30, art. 3.

[8] Santo Tomás, Suma Contra Gentiles, IV,52.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 404. El texto del Magisterio más importante es el Decreto del Concilio de Trento Sesión V, del 17 de junio de 1546. DS. 1510/787 a 1516/792. Lo resumió de modo admirable Pablo VI en el  Credo del Pueblo de Dios, Profesión de Fe pronunciada el 30 de junio de 1968.