resucitado

¿Se apareció Jesús resucitado a su Madre?

Pregunta:

Estimado Padre: Cada vez que llega el tiempo pascual y escucho los relatos de las apariciones de Jesucristo resucitado me llama la atención que no se haga referencia a ninguna aparición a la Virgen Santísima. Entiendo, si no me equivoco, que no aparece en los Evangelios. ¿Cómo puede entenderse que Nuestro Señor no se haya aparecido a su madre?

Respuesta:

Efectivamente, los Evangelios no relatan ninguna aparición de Jesucristo a María Santísima, pero la omisión de tal referencia no indica que dicho acontecimiento no haya tenido lugar. Por el contrario, una antiquísima tradición conmemora dicha aparición como la primera de las apariciones de Cristo. El arte ha dejado plasmado esto en los inmortales versos del poeta cristiano Sedulio, quien en el siglo V, sostenía que Cristo se manifestó en el esplendor de la vida resucitada ante todo a su madre. En efecto, dice el poeta, ella, que en la Anunciación fue el camino de su ingreso en el mundo, estaba llamada a difundir la maravillosa noticia de la resurrección, para anunciar su gloriosa venida. Así inundada por la gloria del Resucitado, ella anticipa el “resplandor” de la Iglesia 1.

Haciéndose eco de esta tradición, San Ignacio, en la Cuarta Semana de sus Ejercicios Espirituales, sugiere la meditación de este paso con las siguientes palabras: “Primero: apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho, en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ‘¿También vosotros estáis sin entendimiento?’”.

“Se tiene por dicho” para quien tenga una sana psicología a la hora de leer los textos revelados. Sin embargo, esto no nos exime de buscar los motivos de esta sugestiva “omisión”. ¿Por qué razón los evangelistas no refieren esta aparición? Podemos conjeturar varios argumentos 2.

Ante todo, por la finalidad de los relatos de la resurrección. Todos los relatos son apologéticos; tienen como finalidad mostrar la veracidad de este acontecimiento central de nuestra fe (1Co 15,14: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe). Por eso dice el libro de los Hechos que la primerísima predicación se encomendó a testigos escogidos por Dios(Hch 10,41), es decir, a los Apóstoles, los cuales con gran poder (Hch 4, 33) dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús. Y cuando los Apóstoles se reunieron a elegir el reemplazante de Judas Iscariote, Pedro puso como cualidad esencial de los candidatos el ser capaces de dar testimonio personal y experimental de la verdad de la resurrección de Cristo: Conviene, pues, que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió  con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros  de su resurrección (Hch 1,21-22). Los relatos de las apariciones consignados en los Evangelios son, pues, relatos de la resurrección hechos por testigos fidedignos. En este sentido puede pensarse que “si los autores del Nuevo Testamento no hablan del encuentro de Jesús resucitado con su madre, tal vez se debe atribuir al hecho de que los que negaban la resurrección del Señor podrían haber considerado ese testimonio demasiado interesado y, por consiguiente, no digno de fe” 3. ¡El relato de la propia madre de Jesús podía ser juzgado como testimonio de quien es parte comprometida!

En segundo lugar, porque los Evangelios no intentan ser exhaustivos en sus relatos. De hecho, dejan de lado apariciones de Jesús mucho más espectaculares que las que encontramos en el texto transmitido. Así, por ejemplo, no se hace ninguna narración de la aparición que sólo mencionará más adelante San Pablo a más de quinientos hermanos a la vez (1Co 15,6). Del mismo modo, la aparición a Pedro (¡privilegiadísima!) sólo es mencionada al pasar (Lc 24,34: se ha aparecido a Simón).

Asimismo, nos inclina a pensar que Jesús se ha aparecido a su madre, ¡y en primer lugar!, la extraña ausencia de María Santísima entre el grupo de mujeres que se dirige al sepulcro para dar los últimos cuidados al cuerpo muerto del Señor (cf. Mc 16,1; Mt 28,1). ¿Por qué sólo parece estar ausente quien más motivo tenía para cumplir esos últimos gestos de piedad con el cadáver del hijo amado? Esto sólo es comprensible si se piensa que María no fue al sepulcro porque sabía que su Hijo no estaba allí. Más todavía si se tiene en cuenta que, por la misteriosa voluntad de Dios y probablemente en premio de su fidelidad en el Calvario, las mujeres serán las primeras encargadas de anunciar el misterio de la Resurrección; ¡pero la más fiel de esas mujeres —y la causa de que las demás tuviesen el valor de estar junto a la Cruz— fue su Madre! ¿Cómo ese anuncio no iba a comenzar por Ella?

Finalmente, esta aparición es postulada por un motivo teológico: la singular asociación de María Santísima a los misterios de su Hijo. La asociación única y especialísima de María a los misterios de la Encarnación, del Nacimiento y sobre todo de la Pasión y Muerte (Jan 19,25: junto a la cruz Jesús, estaba María su madre) exige que también en este misterio central de la Resurrección Ella ocupe un lugar privilegiado. La más cercana en la encarnación, la más cercana en el nacimiento, la más cercana en su muerte, ¿no iba a ser la más cercana en su resurrección?

“No sale tan hermoso el lucero de la mañana —dice fray Luis de Granada—, como resplandeció en los ojos de la Madre aquella cara llena de gracias y aquel espejo sin mancilla de la gloria divina. Ve el cuerpo del Hijo resucitado y glorioso, despedidas ya todas las fealdades pasadas, vuelta la gracia de aquellos ojos divinos y resucitada y acrecentada su primera hermosura. Las aberturas de las llagas, que eran para la Madre como cuchillos de dolor, verlas hechas fuentes de amor, al que vio penar entre ladrones, verle acompañado de ángeles y santos, al que la encomendaba desde la cruz al discípulo ve cómo ahora extiende sus amorosos brazos y le da dulce paz en el rostro, al que tuvo muerto en sus brazos, verle ahora resucitado ante sus ojos. Tiénele, no le deja, abrázale y pídele que no se le vaya, entonces, enmudecida de dolor, no sabía qué decir, ahora, enmudecida de alegría, no puede hablar” 4.

Por eso decía Juan Pablo II: “Los evangelios no nos hablan de una aparición de Jesús resucitado a María. De todos modos, como Ella estuvo de manera especialmente cercana a la cruz del Hijo, hubo de tener también una experiencia privilegiada de su resurrección”5.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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1 Cf. Sedulio, Carmen pascale, 5, 357-364: CSEL 10, 140 s.
2 Véase sobre esto la Catequesis de Juan Pablo II, María y la Resurrección de Cristo, 21 de mayo de 1997.
3 Juan Pablo II, ibidem, 1.
4 Fray Luis de Granada, Libro de la oración y meditación, 26, 4, 16.
5 Juan Pablo II, Discurso en el santuario de Nª Sª de la Alborada, Guayaquil, 31 de enero de 1985

cirio pascual

Uso del Cirio Pascual terminada la Vigilia

Pregunta:

Dice en el nuevo Misal Romano recientemente editado en Argentina, en la rúbrica n. 70 (p. 291), terminada la Vigilia pascual: «El Cirio Pascual se ha de encender en todas las celebraciones litúrgicas más solemnes del tiempo pascual». ¿Esto se aplica también a todas las vísperas solemnes de domingos, como los días de semana? Muchas gracias por su tiempo. P. Osvaldo (Chile).

 

Respuesta:

La rúbrica final de la Vigilia Pascual, a la que Ud. hace referencia, que dice: «El Cirio Pascual se ha de encender en todas las celebraciones litúrgicas más solemnes del tiempo pascual» (MR 2002, 291), sigue lo ya indicado en la Carta Circular de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Preparación y Celebración de las Fiestas Pascuales, n. 99 (16/01/1988): «El Cirio Pascual, que tiene su lugar propio junto al ambón o junto al altar, enciéndase al menos en todas las celebraciones litúrgicas de una cierta solemnidad en este tiempo, tanto en las Misas, como en Laudes y Vísperas, hasta el domingo de Pentecostés. Después ha de trasladarse al baptisterio y mantenerlo con todo honor, para encender en él el cirio de los nuevos bautizados. En las exequias, el Cirio Pascual se ha de colocar junto al féretro, para indicar que la muerte del cristiano es su propia Pascua. El Cirio Pascual, fuera del tiempo pascual, no ha de encenderse ni permanecer en el presbiterio».

 Con esto queda claro, que el Cirio Pascual debe encenderse «al menos» en las Misas y celebraciones de Laudes y Vísperas más solemnes. Ahora bien, ¿cuáles son dichas celebraciones más solemnes? A primera vista, la norma pareciera incluir solamente la Octava, los domingos de Pascua, y el Jueves de la Ascensión, sin embargo, nos parece, como es habitual, por otra parte, que deba encenderse en las misas feriales durante todo el tiempo de Pascua, dado que la Cincuentena es como un solo día de fiesta, como «un  único domingo» (S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam 8, 25; PL 15, 1863)  compuesto por una doble octava, esto es, siete días de semanas o siete días de siete días cada uno, más el día octavo, que los «fija» y los engloba a todos [7 x 7 = 49 + 1 = 50].

 Tal es así, que durante la Cincuentena no se ayunaba, ni se arrodillaban los fieles en la Misa, y eran restituidos el Alleluia y el beso de la paz. Y esta visión unitaria de todo el tiempo Pascual, no es sólo una nostálgica y hermosa concepción teológica de los Padres de la Iglesia, sino que ha sido «restaurada» en parte, por las reformas promovidas por el Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium, 106), y es recogida por las Normas Universales sobre el Año litúrgico y sobre el Calendario (1969, en particular, nn. 22-23): «Los cincuenta días que van desde el domingo de Resurrección hasta el domingo de Pentecostés han de ser celebrados con alegría y exultación como si se tratase de un solo y único día festivo, más aún, como «un gran domingo» (San Atanasio, Epist. festales, 1, 10; PG 26, 1366). Éstos son los días en los que principalmente se canta el Aleluya» (n. 22).

En efecto, la Cincuentena Pascual, fue la primera prolongación o desarrollo de la Pascua, tal vez por la tradición del Antiguo Testamento, que celebraba, inmediatamente después de los Ázimos o Pascua de los judíos, la fiesta de las Semanas o de la Cosecha -Cf. Ex 34, 22; Dt 16, 9-10-, en la cual se ofrecían las primicias de la recolección de los cereales, y que era conocida también como fiesta de «Pentecostés», pues duraba cincuenta días.  Los Padres asumieron la Cincuentena, de manera que «Pentecostés» no es tanto la solemnidad que se celebra al quincuagésimo día (en memoria de la Venida del Espíritu Santo sobre la Santísima Virgen y los Apóstoles), cuanto el conjunto de los cincuenta días pascuales, como su nombre lo indica. Precisamente, el Cirio encendido durante toda la Cincuentena, hace visible el que sea como un solo día de fiesta, como unlaetissimum spatium («gozosísimo espacio»), como gustaba resaltar Tertuliano, desafiando las fiestas paganas (Tertuliano, De Baptismo, 19, 2; CCL, 1, 293).

La tradición romana conoce asimismo, la bella práctica de apagar el Cirio  inmediatamente después de la proclamación del Evangelio de la Ascensión del Señor, para representar de manera más simbólica Su subida a los cielos, a los cuarenta días de la Resurrección. El Cirio vuelve a encenderse para los bautismos que se celebran en Pentecostés. La rúbrica del Misal Romano de 1962, prescribe: Dicto Evangelio exstinguitur Cereus paschalis, nec ulterius accenditur, nisi in Sabbato Pentecostes ad benedictionem Fontis. (MR 1962, In Ascensione Domini, 380; Cf. Catecismo Mayor de S. Pío X, 2091).

Cabe destacar, finalmente, la estrecha relación entre las Vísperas y el Cirio Pascual, cuyo origen, algunos estudiosos ponen en el antiguo rito del Lucernarium (cf. RIGHETTI, M., Manuale di Storia Liturgica, II, Ed. 2ª Anastatica, Ancora, Milano 2005, 257), en el cual, durante las vísperas de los domingos se encendía un Cirio para saludar (despedir) a la luz del día en el crepúsculo y dar la bienvenida a Cristo, Luz eterna e indeficiente. Según la Traditio Apostolica (n. 25), ya caído el sol, el diácono llevaba en medio de la asamblea el Cirio y el obispo pronunciaba sobre el mismo una acción de gracias: «Te damos gracias, Oh Señor, por tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, por medio del cual nos has iluminado revelándonos la luz incorruptible. Hemos vivido una jornada entera y llegamos al inicio de nuestra noche…. No nos falte la luz de la noche, por tu gracia; por lo cual te alabamos y te glorificamos por medio de tu Hijo…». Es decir, se pedía que cuando el sol natural se apagase, no se extinguiera, en cambio, la luz de la gracia, la luz de Cristo en las almas de los fieles.

Otra relación entre el Cirio Pascual y la celebración de las vísperas, la encontramos en el hecho de que los neófitos o recién bautizados, durante toda la Octava de Pascua debían asistir con sus cirios encendidos a las vísperas que se celebraban cada día de la misma. De ahí que, terminado el tiempo pascual, el Cirio haya de «trasladarse al baptisterio y mantenerlo con todo honor, para encender en él el cirio de los nuevos bautizados» (Preparación y Celebración de las Fiestas Pascuales, n. 99).

Concluyamos diciendo que, al menos, durante la Octava, los domingos de Pascua, y la Ascensión, debería encenderse el Cirio Pascual para la celebración de la Santa Misa y las Vísperas (y Laudes) solemnes, pero nada obsta que se encienda incluso en los días feriales de este tiempo, pues la norma dice «al menos», sobre todo en las comunidades religiosas o cuando participan los fieles; pero, además, si tenemos en cuenta que la Cincuentena es un único día festivo, el Cirio podría encenderse durante todo el tiempo pascual, al menos para la celebración de la Santa Misa, dado que, toda Misa es Pascua (en sentido completo, que incluye la muerte y la resurrección de Cristo, su paso de este mundo al Padre):

«La Cuaresma se hace una sola vez al año. La Pascua, en cambio, se celebra tres veces a la semana, y a veces también cuatro, o más bien, cada vez  que lo queramos. La Pascua, en efecto, no consiste en el ayuno, sino en la oblación y en el sacrificio que se realiza en cada sináxis [entiéndase, celebración de la Misa]. Que esto sea así, escucha a Pablo, que dice: Nuestra pascua, Cristo, ha sido inmolada (1 Cor 5, 7), y aún: Cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor (1 Cor 11, 26). Por eso, cada vez que te acerques con conciencia pura a la Eucaristía, tú celebras la Pascua. Pascua, en efecto, es anunciar la muerte del Señor» (San Juan Crisóstomo, Adv. Iudaeos, hom. III, 4; PG, 48, 867).

P. Jon M. de Arza, IVE.

Nuevo Adán

¿Por qué dice el Pregón Pascual: que el pecado de Adán fue necesario?

Pregunta:

Quería referirle una duda que me aqueja referida a la frase del Pregón Pascual: necesario fue el pecado de Adán. ¿Por qué dice que ese pecado fue necesario? ¿Acaso no fue un acto libre y por lo tanto contingente? Decir que el pecado de Adán fue necesario me sugiere como que Adán fue predestinado a pecar o algo así, cosa que se que no puede ser, justamente por ello me molesta la frase.
Gracias por su ayuda, saludos.

 

Respuesta:

Estimado:

La frase del pregón Pascual: “necesario fue el pecado de Adán” indica que en el plan providencial del Creador, de la desgracia y tragedia que fue el pecado de nuestros primeros padres, Dios sapientísimo supo sacar el bien más inmenso que jamás podría haber pensado criatura alguna: la obra de la Encarnación Redentora. Por esto el pecado, sin perder su intrínseca malicia y desorden, Dios lo permitió por el bien de la Redención. Esto es tan así que hay muchos santos (por ejemplo Santo Tomás de Aquino entre otros) que conjeturan que, en la hipótesis que el hombre no hubiese pecado, Dios nunca se habría encarnado. San León Magno habla en este mismo sentido cuando al referirse al pecado de Adán y Eva expresa: “ feliz culpa que nos mereció tan gran Redentor ”.

Atentamente.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Viernes santo - cruz

¿Por qué los cristianos adoran la cruz sin caer por eso en idolatría?

Pregunta:

¿Por qué los cristianos adoran la cruz sin caer por eso en idolatría?

 

Respuesta:

Estimado:

Si bien en cuanto a la materialidad, la cruz no merece culto alguno, en cambio considerada como símbolo por antonomasia de la pasión de Jesucristo, que en ella sufrió muerte para redimirnos del pecado, representa al mismo Jesucristo en el acto de su inmolación. Por eso debe ser adorada con un acto de adoración de latría relativa en cuanto imagen de Cristo y por razón del contacto que con El tuvo. Así explica la doctrina teológica siguiendo, entre otros, a Santo Tomás quien escribe al respecto en la Suma Teológica, Tercera Parte, cuestión 25, artículo 4.

Evidentemente el concepto clave es aquí la distinción dentro de la adoración de latría (que es la que se debe a una cosa entitativamente divina, en contraposición con la adoración o veneración de dulía, que es debida a las cosas creadas pero sobrenaturalizadas, como los santos) entre latría absoluta y latría relativa : latría absoluta es la que se da a una cosa en sí misma (por ejemplo, a Dios, a Jesucristo, etc.) ; latría relativa es la que se da a una cosa no por sí misma sino por orden a lo que es representado por ella (las imágenes).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

homosexualidad

¿Cómo debemos considerar el problema de la homosexualidad: como enfermedad sexual o como pecado?

Pregunta:

¿Cómo debemos considerar el problema de la homosexualidad: como enfermedad sexual o como pecado? Y ¿cuál es la manera correcta y cristiana de tratar a las personas homosexuales?

Respuesta:

1. Delimitación del tema.

La homosexualidad se ubica entre las llamadas ‘desviaciones sexuales’, para distinguirlas de otros ‘disturbios sexuales’, como son las perversiones y las disfunciones sexuales. De modo concreto, entre las perversiones sexuales se enumeran: la masturbación, el narcisismo, el exhibicionismo, el fetichismo, el sadismo, el masoquismo, la necrofilia, la incestuosidad, el bestialismo, la pedofilia, la efebofilia, la patofilia, la gerontofilia, etc.; entre las disfunciones: los disturbios del deseo (ausencia o de deseo e hipererotismo), o en la excitación (impotencia y coitofobia), o en el orgasmo (frigidez), etc. Finalmente, entre las desviaciones sexuales se colocan el transexualismo, el travestismo, la bisexualidad y la homosexualidad. La respuesta la debemos limitar esta última.

2. Definición y naturaleza del fenómeno.

Una definición más o menos adecuada de la homosexualidad es la que da Sgreccia: una anomalía que consiste en la desviación de la atracción afectivo-sexual, por la cual el sujeto prueba atracción, e incluso puede mantener relaciones, con personas de su mismo sexo.

Esta desviación puede responder a causas puramente morales (perversión moral) o causas morales y psicológicas. Los orígenes del fenómeno en las personas que se descubren ‘constitucionalmente’ homosexuales, no son del todo claros; hay varias hipótesis. La más plausible indica que si bien puede haber predisposiciones orgánicas y funcionales, el origen se remonta generalmente a una intrincada red de relaciones afectivas y sociales. Han sido estudiados los eventuales factores hereditarios, sociológicos, e incluso hormonales; pero de todos, parece ser el más influyente el clima educativo familiar, especialmente en el período que va de los 6 a los 12 años. El dinamismo original de la desviación homosexual parecería consistir en una fracasada identificación afectiva del niño o de la niña.

Hay que distinguir los homosexuales en:

Esenciales (también llamados primitivos, constitucionales, primarios); estos están sujetos a la compulsividad del instinto. A su vez se distinguen en: totales y exclusivos(aborrecen el sexo opuesto totalmente, y sienten impulso casi irresistible hacia el propio sexo) y los otros que pueden sentir también la atracción heterosexual (bisexuales).

Ocasionales (también llamados veleitarios, secundarios): buscan el propio sexo por motivaciones más superficiales como aventura, dinero o falta de pareja de otro sexo, pero conservan las tendencias heterosexuales.

En todos hay que distinguir la tendencia hacia el propio sexo, y el acto homosexual (ya sea el deseo o pensamiento consentidos, o el acto externo sexual).

3. Valoración moral.

Hay que hacer un juicio diverso sobre la tendencia y sobre el acto.

1) El acto homosexual. Por acto homosexual entendemos no sólo los actos sexuales externamente consumados sino también los actos de deseo y pensamiento plenamente consentidos. Estos son intrínsecamente desordenados, es decir, malos ‘ex obiecto’. Lo enseña la Sagrada Escritura, el Magisterio y la razón:

a) Sagrada Escritura. Numerosos son los textos. Basta algunos:
-Lev 18,22: «No te acostarás con varón como con mujer; es abominación».
-Lev 20,13: «Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos».
-Rom 1,27: «Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío».
-1 Cor 6,9-10: «¡No os engañéis! Ni los impuros… ni los afeminados, ni los homosexuales…heredarán el Reino de Dios».

b) Magisterio. Hay varios documentos que tienen especial importancia:

-La Declaración Persona humana «Según el orden moral ob­jetivo, las relaciones homosexuales son actos priva­dos de su regla esencial e indispensable. En la Sa­grada Escritura están condenados como graves de­pravaciones e incluso presentados como la triste con­secuencia de una repulsa de Dios (cf. Rom 1,24-27). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsa­bles, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínse­camente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso»[1].

-Catecismo de la Iglesia Católica: ‘La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso’[2].

-Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales: repite el texto de la declaración Persona humana[3].

-Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado[4].

-También tienen mucha importancia las intervenciones del Magisterio ante los errores sobre este punto de algunos moralistas. Así, por ejemplo, ante los errores de J.J, McNeill[5], Charles Curran[6], André Guindon[7].

c) La razón. La razón, tanto filosófica, como teológica muestra la ilicitud de estos actos, en cuanto:

-Están absolutamente desposeídos de la finalidad procreativa que es propia del acto sexual humano (y la cual no puede ser excluida voluntariamente[8].

-Niegan la complementariedad entre el varón y la mujer, la cual está inscrita en la misma naturaleza: no sólo porque el varón y la mujer son complementarios genitalmente sino porque lo son también germinalmente (sus células sexuales son complementarias: óvulo y espermatozoo) y psicológicamente.

-Niega la sabiduría creadora de Dios: pues al negar lo único que está explícitamente escrito en la naturaleza del hombre (la complementariedad entre el varón y la mujer), niega el plan de Dios en la creación.

-Niegan la autodonación que la razón última que legitima el uso del sexo. Ya que el acto homosexual es más una búsqueda de autocomplacencia que una autodonación.

-Es un acto antisocial: porque no contribuye con la generación de nuevos hijos a la sociedad. El sexo se ordena a la perpetuación de la especie. Si la práctica homosexual fuera lícita y todos la practicasen equivaldría al suicido social.

2) La tendencia homosexual. Sobre la tendencia homosexual, cuando responde a factores no voluntarios, se suele verificar muchos equívocos. Fundamentalmente hay que decir que mientras no sea consentida no constituye pecado alguno, pero al mismo tiempo, también hay que afirmar que ella misma, por tender como fin a un acto desordenado, es un desorden.

a) Puede no constituir pecado: ‘Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta constituye para la mayoría de ellos una auténtica prueba’[9].

b) Pero es objetivamente desordenada: ‘La particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada’[10].

c) Consecuentemente, estas personas están llamadas a vivir la castidad de modo total y unir el sufrimiento causado por su tendencia a la cruz de Cristo: ‘Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición. Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana[11].

Algunos, para sostener la inculpabilidad de estos actos en las personas homosexuales cuya tendencia no es voluntaria, han afirmado que no son libres. Como afirma la Carta a los Obispos, esto es una injuria a esas personas, porque afirmar que no son libres es despojarlos de su auténtica libertad: ‘Se debe evitar la presunción infundada y humillante de que el comportamiento homosexual de las personas homosexuales esté siempre y totalmente sujeto a coacción y por consiguiente sin culpa. En realidad también en las personas con tendencia homosexual se debe reconocer aquella libertad fundamental que caracteriza a la persona humana y le confiere su particular dignidad’[12].

4. Consecuencias sociales: las actitudes sociales con las personas homosexuales[13].

Uno de los puntos más controvertidos es el de las actitudes sociales que se pueden y que se deben tomar respecto de estas personas.

¿Discriminación sexual? Derechos y límites. Ante todo, a estas personas no se las debe discriminar pastoralmente: hay que tratar de convertir a las que practican la homosexualidad, y hay que asistir a quienes no la practican pero tienen tendencias homosexuales. Es un pecado la violencia contra unas y otras.

Estas personas, como toda persona humana, son sujetos de derechos fundamentales: derecho al trabajo, a la casa, etc. Con todo, esos derechos no son absolutos; pueden ser limitados legítimamente por la Autoridad a causa de comportamientos externos objetivamente desordenados que atenten contra el bien común o contra los más débiles (física o moralmente).

Esta reducción de los derechos no absolutos se practica en muchos casos: en determinadas enfermedades contagiosas, enfermos mentales, individuos socialmente peligrosos, etc. De este modo, existe una discriminación justa: ‘Existen ámbitos en los que no se da discriminación injusta cuando se tiene en cuenta la tendencia sexual: por ejemplo, en la adopción o custodia de niños, en la contratación de profesores o instructores de atletismo, y en el servicio militar’[14].

Además, la discriminación verdadera, es decir, la que afectaría a una persona con tendencias homosexuales que quiere vivir castamente, es casi nula, porque ‘por regla general, la mayoría de las personas con tendencia homosexual, que procura llevar una vida casta, no da a conocer públicamente su tendencia homosexual. En consecuencia el problema de la discriminación en términos de empleo, casa, etc., normalmente no se plantea’[15].

Por el contrario, ‘los homosexuales que declaran su homosexualidad son, casi siempre, personas que consideran su comportamiento o su estilo de vida homosexual como ‘indiferente o, sin más, bueno’, y por eso digno de aprobación pública[16]. Por tanto, con estas personas la pretendida ‘discriminación’ es, en realidad, una defensa social de los más débiles (los inocentes que pueden ser inducidos a tales comportamientos).

Estos normalmente usan el slogan de la ‘discriminación sexual’ como un arma política para manipular la sociedad y la misma Iglesia[17]. Y el objetivo último no apunta a encontrar un lugar en la sociedad, viviendo castamente, sino explícitamente a lograr la aprobación de sus comportamientos homosexuales como es el caso del reconocimiento jurídico-social y la equiparación de la cohabitación homosexual con el matrimonio heterosexual, e incluso la implantación de un ‘derecho’ a contraer ‘matrimonio’ entre personas del mismo sexo. A este respecto hay que decir con Juan Pablo II: ‘Lo que no es moralmente admisible es la aprobación jurídica de la práctica homosexual. Ser comprensivos con respecto a quien peca, a quien no es capaz de liberarse de esta tendencia, no equivale a disminuir las exigencias de la norma moral (VS,95). Cristo perdonó a la mujer adúltera, salvándola de la lapidación (Jn 8,1-11), pero, al mismo tiempo, le dijo: Ve y de ahora en adelante ya no peques más‘. Y refiriéndose a la resolución del Parlamento Europeo sobre este tema, añade: ‘El Parlamento ha conferido indebidamente un valor institucional a comportamientos desviados, no conformes al plan de Dios: existen las debilidades -lo sabemos-, pero el Parlamente al hacer esto ha secundado las debilidades del hombre[18].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 


[1] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Persona humana, nº 8.
[2] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2357.
[3] Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, nº 3.
[4] Pontificio Consejo para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado, Roma, 8 de diciembre de 1995, nº 104.
[5] Sobre McNeill: cf. Congregación para los religiosos y los institutos seculares, Roma, 2 gennaio 1987, Enchiridion Vaticanum, t. X, nº 1129ss.
[6] Sobre Charles Curran: cf. Sagrada Congregación para la doctrina de la fe, Curran sospeso dallinsegnamento della teologia, Roma 25 lulio 1986, Enchiridion Vaticanum, t. X, nº 724ss.
[7] Sobre Guindon, L’Osservatore Romano, 7 de febrero de 1992, p. 10.
[8] Cf. Humanae vitae, 14.
[9] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2358.
[10] Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, nº 3.
[11] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2358-2359.
[12] Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, nº 11.
[13] Cf. Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, Carta a los Obispos de la Iglesia Católica sobre la atención pastoral a las personas homosexuales, 1 de octubre de 1986;Algunas consideraciones acerca de la respuesta a ciertas propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, L’Osservatore Romano, 31 de julio de 1992, p. 7; Juan Pablo II, Ángelus del 20 de febrero de 1994.
[14] Algunas consideraciones acerca de la respuesta a ciertas propuestas de ley sobre la no discriminación de las personas homosexuales, L’Osservatore Romano, 31 de julio de 1992, p. 7, nº 11.
[15] Ibid., nº 14.
[16] Ibid., nº 14.
[17] Cf. Carta a los Obispos…, nº 9.
[18] Juan Pablo II, Ángelus del 20 de febrero de 1994.