oración

¿Escucha Dios nuestras oraciones?

Pregunta:

El Señor le bendiga. Desde hace más de siete años he pedido al Señor por una situación que existe en la familia, hasta la fecha no he recibido respuesta; me asalta la pregunta a qué se debe el no ser escuchada y no sólo eso sino varias peticiones y no soy escuchada. No soy perfecta, me falta mucho, pero procuro actuar como quiere el Señor, me gusta compartir lo que poseo, escudriño la Palabra de Dios, asisto a la Eucaristía, el Santo Rosario diario, con esto repito no quiero decir que sea buena, quisiera saber cuáles son mis fallas, sólo me pregunto para que será ,el tiempo pasa y no soy escuchada. A veces siento duda, se baja mi fe. Por favor oriénteme lo necesito.

Respuesta:

Estimada M. E.:

Le envío las hermosas reflexiones del Catecismo sobre lo que usted me pregunta (números 2735-2738):

1. Queja por la oración no escuchada

He aquí una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Estamos convencidos de que ‘nosotros no sabemos pedir como conviene’ (Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los ‘bienes convenientes’? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos, pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo.

‘No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones’ (St 4, 2-3).21 Si pedimos con un corazón dividido, ‘adúltero’ (St 4,4), Dios no puede escucharnos porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. ‘¿Pensáis que la Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros’ (St 4, 5)? Nuestro Dios está ‘celoso’ de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su Espíritu y seremos escuchados: ‘No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con él en oración’ (Evagrio Póntico). ‘Él quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos’ (San Agustín) .

2. La oración es eficaz

La revelación de la oración en la Economía de la salvación enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres.

En san Pablo, esta confianza es audaz, basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del Padre que nos ha dado a su Hijo único. La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición.

La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador?

Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre. Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

navidad

Acerca de la Fecha de la Navidad

Pregunta:

Padre ¿por qué celebramos la navidad en diciembre si Jesús no nació ese día? ¿Es cierto? Gracias por su respuesta.

 

Respuesta:

Estimado:

Ya en el año 336 hay noticias de que se celebraba en Roma una fiesta del nacimiento de Cristo el día 25 de diciembre. San Agustín testimonia más o menos en el mismo tiempo idéntica tradición en África; y en el mismo período se celebraba en Antioquía, según consta por algún sermón de San Juan Crisóstomo.

Algunos autores han tratado de justificar el día 25 de diciembre diciendo que se llegó a tal determinación a partir de conjeturas. Así L. Duchesne, Engberding, Fendt, Strobel y otros. Estas conjeturas se basan en una antigua creencia de que Cristo habría muerto el 25 de marzo, día del equinoccio de primavera y en el cual, según una idea muy extendida en la antigüedad, habría sido creado el mundo; y como Cristo habría vivido un número perfecto de años (los griegos consideraban a las fracciones como imperfectas) también se habría encarnado un 25 de marzo. De ser así, los nueve meses de gestación terminan en el 25 de diciembre. Como argumento algunos se apoyan en un escrito anónimo del siglo IV titulado ‘De solsticiis et aequinoctiis’. Sin embargo, muchos otros autores consideran que este escrito es un intento de justificar teológicamente la elección del día 25 de diciembre posterior al comienzo de la tradición que la ubica en ese día.

Por esto, la mayoría de los autores (por ejemplo, Jungmann) prefieren una segunda hipótesis según la cual la fiesta de la Navidad fue fijada el 25 de diciembre por influjo de una solemnidad pagana que celebraba ese día la fiesta del Sol naciente. De este modo se habría querido mostrar que Cristo es el verdadero Sol que nace de lo alto, como dice Zacarías en su cántico (cf. Lucas, cap. 1).

En cuanto al momento en que comenzó a celebrarse el 25 de diciembre no puede determinarse con exactitud; es ciertamente antes del año 336 en el cual, como dije antes, ya se conoce esta celebración.

Se puede consultar sobre esto: ‘Nuovo Dizionario di Liturgia’, Ed. Paoline, Milano 1988, voz ‘natale/epifania’, p. 919 y siguientes.

 P. Miguel A. Fuentes, IVE

Dios

¿Por qué Dios me abandona?

Pregunta:

Hola tengo 23 años. Soy una persona que en esto de la fe ha tenido unos baches bastante grandes, en parte, traídos del hecho de que perdí a mi padre cuando tenía 10 años de una manera a mi entender totalmente injusta para él. La cosa es que en esta etapa de mi vida me siento bastante triste. Como me suele pasar en estos casos recurre a rezar y a la Iglesia pidiendo ayuda porque me encuentro realmente sin ilusión en la vida desde que mi primer y único novio me dejara hace 5 meses. Siempre he tratado de ser buena gente y ayudar en cuanto se me pida y he tratado de vivir de la manera más honesta posible. Mi única ilusión en la vida es encontrar a alguien que me quiera y me cuide (y viceversa) y poder formar una gran familia. Sé que Dios me ha dado muchas cosas pero no me ha dado lo que yo más quiero que es el amor de una persona por mí, pido y pido y rezo y rezo porque me lo conceda pero… no lo veo posible y eso hace que dude de que realmente Dios me quiera y me cuide porque estoy sola y todo me sale al revés. ¿Por qué Dios no podría darme ese o que quiero y anhelo por una vez? creo que he sufrido tanto en mi vida que necesito que me dé por fin algo que me haga feliz por primera vez en mi vida. L.

 

Respuesta:

Estimada L.

No conocemos los tiempos de Dios ni cuando ha de darnos lo que le pedimos. Pero jamás podemos decir que Dios no cuida de nosotros o que Dios no nos quiera. Todo lo contrario: somos el fruto del amor de Dios. Si Dios no nos amara, simplemente no existiríamos. Y no debes olvidar que Jesucristo ha muerto en la Cruz por ti; ¿cómo puedes decir que no te ama quien ha dado por ti su propia vida? Lo que tú no serías capaz de hacer por un amigo (o tal vez sólo lo harías por un amigo, si eres realmente generosa) Él lo hizo por ti cuando eras su ‘enemiga’, como dice San Pablo (porque lo hizo para perdonarnos los pecados y por el pecado éramos enemigos de Dios).

Dios nunca nos abandona, incluso en medio de nuestro dolor.

Quiero que leas un hermoso testimonio escrito por un hombre joven, casado y padre de un hijo adoptado; enfermo de cáncer, sigue confiando en el inmenso amor y sabiduría de Dios. Éstas son sus palabras:

‘Me llamo Alfonso Cervantes Pavón y tengo 40 años de edad. Estoy casado con Isabel Oviedo y llevamos 14 años de matrimonio. Hace un año y medio adoptamos a un niño pequeño. Dios, en el vínculo matrimonial, no nos había concedido hasta ese momento ninguno. Ya está cercano a los tres años de edad (los cumple el 18 de julio). Se llama Ángel (ciertamente es un ángel para nosotros) y padece retraso psicomotor, como consecuencia de una encefalopatía prenatal. Quiero contar, a través de estas líneas, mi experiencia de cómo el Señor ha acontecido en mi vida. Lo conocí hace ya muchos años, cuando empecé este Camino de gestación en la fe que es el Camino Neocatecumenal. En la Iglesia, Él se ha revelado como un Padre que me cuida, guía mi vida y me ofrece diariamente la salvación y el perdón de mis pecados. En el entorno familiar, he tenido los problemas típicos de convivencia de todos los matrimonios, pero siempre con el perdón del Señor como respuesta a nuestras debilidades. En el aspecto laboral, he alternado tiempos de trabajo como albañil, tubero, operario en la construcción de barcos…, pasando también por momentos de desempleo.

Especialmente significativos, aquellos tiempos que vienen a mi memoria ahora de forma especial. Trabajaba por aquel entonces como operario en la construcción de un barco. Inesperadamente, y sin estar éste finalizado, sufrí un despido que, ciertamente, no esperaba. Aquellas fechas, mi parroquia, mi segunda casa necesitaba mano de obra para finalizar la fase de construcción de los salones de Catequesis. El complejo parroquial se ha terminado a base de donaciones y de personas que han trabajado sin recibir ninguna compensación material a cambio. En contra, espiritualmente, todos los que hemos echado alguna peonada hemos recibido bendiciones de Dios, el ciento por uno, porque Dios nos ha bendecido con la fe, algo que hoy se me revela más valioso que todo aquello que la sociedad me puede ofrecer, incluida la salud.

Nunca Dios me ha abandonado, y menos ahora. A principios de diciembre de 2001, acudí al médico por padecer un fuerte dolor pectoral. Con el paso de los días, observaba cómo el cuadro clínico se iba agravando, al aumentar el dolor y por la aparición de fiebre intermitente. En la tarde del día de Navidad, quedé ingresado en el Hospital Universitario Puerta del Mar de Cádiz. Querían realizarme algunas pruebas. Se pensó en la posibilidad de una hepatitis C, de una inflamación hepática, o alguna enfermedad parecida; al cabo de unos días y sin mejoría aparente, recibí el alta médica en espera de resultados de unas pruebas médicas. Fueron pasando los días y continuaba sin experimentar mejoría alguna. Una tarde del mes de febrero, tras recibir la visita del padre Emilio, el párroco de San José Artesano, y algunos miembros de mi Comunidad Neocatecumenal, mi mujer, en contra de la voluntad de los médicos, me reveló la verdad: ‘Tienes un cáncer de hígado’, me dijo entre lágrimas. Una enfermedad de mal pronóstico, e irreversible por lo avanzado de su estado. No había solución.

En aquel momento ocurrió algo sorprendente y trascendental: tras recibir la noticia de mi enfermedad, no me asusté. El Espíritu Santo, sin duda, nos asistió a mi mujer y a mí, y nos acompañó durante aquella tarde. Experimenté una paz interior que no se puede describir ni explicar.

Con esto quiero decir que Dios realmente asiste en los momentos trascendentales de la vida. Sin duda, el Señor me paraba los pies. Van pasando lentamente los días desde mi lecho. Ya apenas me levanto. He salido de casa algunos sábados para acudir a la Eucaristía en la parroquia. Solamente incorporarme del lecho me produce el mismo cansancio que a vosotros un día entero de trabajo. Pero, como dice el Salmo, ‘El Señor está conmigo todos los días’. Él me asiste en mis dolores. Hace un par de semanas me han reforzado el tratamiento contra el dolor, para tener una mejor calidad de vida. Pero realmente lo que me hace sufrir son aquellas personas cercanas a mi familia que de alguna forma se han separado de Dios, han abandonado la fe, buscan, sin duda, la felicidad en otras cosas… Ruego al Señor por ellas.

Tengo muy claro que no soy yo, es Dios quien lleva mi enfermedad. Esta situación me supera, y ha redimensionado mi vida. Personalmente, no tendría fuerzas para llevarla adelante sin su ayuda. La garantía de que Él existe es que esta fuerza que actúa en mí es espiritual. Esto no lo puede explicar ni la ciencia ni la sabiduría humana, porque esta fuerza viene de Dios.

Espero y le pido constantemente no dudar de su amor, para que no salga de mis labios la siguiente pregunta: ‘¿Por qué a mí?’; deseo con todo mi corazón resistir a las acechanzas del demonio, que quiere que yo juzgue a Dios. Para gloria de Dios, no lo ha conseguido. Me siento asistido por todos los que me rodean, no sólo con su presencia, sino sobre todo por medio de la oración.

Todos los días recibo a Jesucristo en la Comunión y esto me mantiene vivo, me da fuerzas para dar una palabra de ánimo a quien lo necesita. Es Dios quien viene a mí; me visita, de igual forma que visitó a la Virgen María. También siento la presencia de Ella, mi Madre del Cielo, que escondida, en lo oculto, también intercede por mí.

Sé que me muero, no sé exactamente cuándo Dios me querrá llevar, pero tengo la garantía de que la muerte es precisamente un nacer a la Vida Eterna. Es el paso necesario para llegar a la presencia del Padre. Sé que en esta vida que se acaba -y que aquellos que me visitan y no creen en Dios lamentan como si hubiera recaído sobre mí una maldición- es necesario pasar por este trance, dar el salto a lo mejor, a lo definitivo, a lo verdadero: la Vida Eterna, la presencia del Padre.

Alfonso Cervantes

(Tomado de: http://www.mercaba.org/FICHAS/AlfaOmega/309/ante_la_enfermedad.htm)

Lefebvristas

¿Es lícito asistir a las Misas de los Lefebvristas? ¿Cuál es su situación actual?

Pregunta:

¿Cuál es la situación actual del lefebvrismo y cuál es el estado de los fieles que asisten a celebraciones litúrgicas de los sacerdotes lefebvristas?

Respuesta:

‘Aclaración: este artículo fue escrito en 1997; ver al final la puesta al día después de las medidas del Santo Padre Benedicto XVI en 2009’

En varias oportunidades nos han llegado consultas sobre la situación actual del movimiento lefebvrista, sobre la validez de sus actos sacramentales y sobre la licitud o no de asistir a las Misas celebradas por los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X. Los mismos interrogantes se hacen fieles de distintas partes del mundo. A raíz de esto, Mons. Norbert Brunner, obispo de Sion (Suiza), diócesis donde se encuentra el Seminario de Econe, de la Iglesia cismática lefebvrista, consultó el pasado año de 1996 a la Sagrada Congregación para los Obispos sobre el actual estado canónico del movimiento. Aprovechando la respuesta de este dicasterio y otros documentos del Magisterio quisiera presentar un panorama de la situación.

1. Un poco de historia

Los problemas entre la Fraternidad San Pío X, fundada por Mons. Lefebvre y la Santa Sede datan de muchos años atrás. A raíz de estos problemas, la Santa Sede trató en varias oportunidades y por varios medios de encauzarlos y solucionarlos o, al menos de aclararlos. Los principales documentos sobre el tema son:

-6 de mayo de 1975: Carta de la Comisión Cardenalicia a Mons. M. Lefebvre[1].

-27 de octubre de 1975: Carta del Cardenal Jean Villot sobre la ‘Supresión canónica de la ‘Fraternidad San Pío X»[2].

-8 de abril de 1988: Carta de Juan Pablo II al Card. Ratzinger (‘Tradición: no progresismo ni conservadorismo’)[3].

-9 de junio de 1988: Carta de Juan Pablo II a Mons. Marcel Lefebvre[4].

-16 de junio de 1988: Nota informativa sobre el caso Lefebvre[5].

-1 de julio de 1988: Cardenal B. Gantin, Declaración de la excomunión de Mons. Lefebvre[6].

-2 de julio de 1988: Juan Pablo II, Carta Apostólica ‘Ecclesia Dei'[7].

-31 de octubre de 1996: Respuesta de la Sagrada Congregación para los Obispos a Mons. Norbert Brunner (con una carta adjunta del Consejo Pontificio para la interpretación de los textos legislativos)[8].

Los problemas con la Fraternidad San Pío X, erigida en 1970, giraron siempre en torno a su posición respecto del Concilio Vaticano II y de algunos actos específicos de gobierno del Santo Padre, primero de Pablo VI y luego de Juan Pablo II. Después de muchos avatares e intentos de acercamiento y en vistas a evitar un cisma, a fines de 1987, después de una visita canónica efectuada por el Cardenal Gagnon, el Papa expresó al Cardenal Ratzinger, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe (en carta del 8 de abril de 1988) que se hiciera todo lo posible para llegar a una solución, teniendo en cuenta las manifestaciones de disponibilidad que Mons. Lefebvre parecía demostrar en ese momento. Con este objeto tuvo lugar una serie de encuentros, entre el 12 y el 15 de abril de 1988, entre expertos teólogos y canonistas de la Sagrada Congregación para la Fe y de la referida Fraternidad. Se llegó a un acuerdo y el 5 de mayo fue firmado, por las dos partes, un protocolo. Este protocolo comprendía una declaración de orden doctrinal, el proyecto de un dispositivo jurídico y medidas destinadas a regular la situación canónica de la Fraternidad y de las personas relacionadas con ella.

En la primera parte del protocolo, Mons. Lefebvre declaraba en su nombre y en el de la Fraternidad San Pío X:

1) Prometer fidelidad a la Iglesia Católica y al Pontífice Romano, cabeza del cuerpo de los obispos;

2) aceptar la doctrina contenida en el nº 25 de la constitución dogmática ‘Lumen gentium’ del Concilio Vaticano II sobre el magisterio eclesiástico y la adhesión que le es debida;

3) empeñarse a una actitud de estudio y de comunicación con la sede apostólica, evitando toda polémica, a propósito de los puntos enseñados por el Vaticano II o de las reformas posteriores que les parecían difícilmente conciliables con la tradición;

4) reconocer la validez de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención requerida y según los ritos de las ediciones típicas, promulgadas por Pablo VI y Juan Pablo II;

5) prometer respetar la disciplina común de la Iglesia y las leyes eclesiásticas, especialmente aquellas contenidas en el Código de Derecho Canónico de 1983, restando salva la disciplina especial concedida a la Fraternidad por ley particular.

En la segunda parte del texto, además de la reconciliación canónica de las personas, se preveía esencialmente:

1) La Fraternidad sacerdotal San Pío X sería erigida como sociedad de vida apostólica de derecho pontificio con estatutos apropiados según las normas de los cánones 731-746, y además dotada de una cierta exención en cuanto al culto público, la cura de almas y las actividades apostólicas, según los cánones 679-683;

2) le sería concedida la facultad de utilizar los libros litúrgicos en uso hasta la reforma post-conciliar;

3) para coordinar las relaciones con los varios dicasterios de la curia romana y los obispos diocesanos, como también para resolver eventuales problemas y contenciosos, sería constituida por el Santo Padre una comisión romana que comprendería dos miembros de la fraternidad y provista de las facultades necesarias;

4) en fin, tenida cuenta de la situación peculiar de la Fraternidad, se sugería al Santo Padre nombrar un obispo elegido entre sus miembros, el cual, normalmente, no debería ser el superior general.

A pesar de este protocolo, el 6 de mayo de 1988, Mons. Lefebvre escribió al Cardenal Ratzinger, exigiendo que la ordenación episcopal de un miembro de la Fraternidad tuviese lugar el 30 de junio, añadiendo que, si la respuesta fuese negativa, él se vería en conciencia obligado a proceder igualmente a la consagración. El Cardenal Ratzinger le contestó invitándolo a reconsiderar esta decisión.

El 24 de mayo Mons. Lefebvre y el Cardenal Ratzinger se encontraron en Roma, y éste último comunicó a Mons. Lefebvre que el Papa estaba dispuesto a nombrar un obispo de la Fraternidad de modo tal que su ordenación tuviese lugar el 15 de agosto de 1988, como clausura del año mariano. En carta ulterior, Mons. Lefebvre volvió a insistir en la fecha del 30 de junio, amenazando con ordenar él mismo por su cuenta.

El Papa envió personalmente, el 9 de junio, una carta angustiosa a Mons. Lefebvre buscando impedir el acto cismático. En ella le decía: ‘no solamente lo invito a esto [a renunciar al proyecto de ordenar obispos sin mandato de la Sede Apostólica], más aún, se lo pido, por las llagas de Cristo Nuestro Redentor, en el nombre de Cristo quien, la vigilia de su Pasión, oró por sus discípulos ‘para que todos sean una sola cosa’ (Jn 17,20)’.

Sin hacer caso de este pedido, Mons. Lefebvre (asistiendo como obispo co-consagrante Mons. Antonio de Castro Mayer) ordenó cuatro obispos el 30 de junio de 1988, cumpliendo, de este modo, un acto formalmente cismático e incurriendo en excomunión ‘latae sententiae’. El 1 de julio de 1988, el Cardenal Bernardin Gantin, Prefecto de la Congregación para los Obispos, publicó el decreto ‘declarando’ la excomunión ‘latae sententiae’ reservada a la Sede Apostólica de los seis implicados: Mons. Lefebvre, Mons. Castro Mayer, y los neo ordenados Bernard Fellay, Bernard Tissier de Mallerais, Richard Williamson y Alfonso de Galarreta. Se advertía también a los sacerdotes y fieles que de adherir al cisma de Mons. Lefebvre, incurrirían ‘ipso facto’ en la pena de excomunión.

2. Estado actual canónico

Como ya hemos dicho, a raíz de la consulta de Mons. Brunner, obispo de Sion, sobre el estado canónico actual de la Fraternidad y de quienes asisten a sus Misas, la Sagrada Congregación para los Obispos respondió el 31 de octubre de 1996 adjuntando una puesta a punto del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos. Según esto hay que establecer lo siguiente:

1) Mons. Lefebvre (ya fallecido), Mons. De Castro Mayer (obispo co-consagrante) y los cuatro sacerdotes ordenados obispos el 30 de junio de 1988, incurrieron en pena de excomunión ‘latae sententiae’ (c. 1382); estas censuras pasaron a ser luego ‘declaradas’ por el decreto de la Congregación para los obispos (1 de julio de 1988). Los cuatro sacerdotes ordenados obispos, fueron ordenados válidamente, pero con un acto cismático.

2) Los presbíteros ilícitamente ordenados por Mons. Lefebvre no están excomulgados por este hecho sino suspendidos ‘a divinis’. Se les aplica el canon 265, y al ser presbíteros acéfalos, tienen prohibido cualquier oficio eclesiástico o el ejercicio del sacro ministerio, mientras no queden incardinados en alguna institución eclesiástica. Los sacramentos de Bautismo, Eucaristía y Unción de los enfermos administrados por estos presbíteros son válidos, pero ilícitos. Sin embargo, si adhieren formalmente al cisma de Mons. Lefebvre pasan a ser cismáticos y por tanto quedan excomulgados por este otro motivo (no por el hecho de haber sido ordenados). Para que se considere que hay ‘adhesión formal’ a un cisma deben darse dos condiciones:

-Una de naturaleza interior: aceptar libre y conscientemente lo esencial del cisma, es decir, optar por los discípulos de Mons. Lefebvre de tal modo que esta elección esté por encima de la obediencia al Papa (habitualmente, tal actitud está en la raíz de las tomas de posición contrarias al Magisterio de la Iglesia).

-Otra de naturaleza exterior: es la exteriorización de esta opción. El signo más evidente de esto es la participación exclusiva a las funciones eclesiásticas lefebvristas, sin tomar parte en las funciones de la Iglesia Católica.

Teniendo en cuenta estas condiciones, parece ser indudable que los presbíteros y diáconos lefebvristas cuya actividad se desarrolla dentro del movimiento cismático, dan prueba exterior de cumplir las dos condiciones y, por tanto, de estar excomulgados por adherirse formalmente al cisma.

3) La participación a las ceremonias oficiadas por estos presbíteros es objetivamente ilícita, porque no se realizan en comunión total con la Iglesia y son fuente de gran escándalo y división de la comunidad eclesial. Por tanto, la asistencia de los fieles no está autorizada más que en caso de verdadera necesidad. Por esta razón, los que participan ocasionalmente, sin intención de adherirse formalmente a las posiciones de la comunidad lefebvrista respecto del Santo Padre, no incurren en pena de excomunión. Para juzgar si un fiel incurre en excomunión por delito de cisma, habrá que ver si cumple las dos antedichas condiciones. Evidentemente, en contraposición con los presbíteros y diáconos que ofician los ritos cismáticos, no basta para juzgar como cismático a un fiel su sola asistencia ocasional a estas funciones; sobre todo teniendo en cuenta que puede estar legitimado por encontrarse en caso de ‘verdadera necesidad’ (si no tiene otra Misa, por ejemplo).

3. La raíz del problema

Difícilmente se encuentre un cisma que no tenga errores doctrinales de base. En el caso lefebvrista la raíz de acto cismático ‘es individuable en una incompleta y contradictoria noción de tradición'[9]:

-Incompleta: porque no tiene suficientemente en cuenta el carácter vivo de la tradición que toma su origen en los apóstoles y progresa en la Iglesia bajo la asistencia del Espíritu Santo.

-Contradictoria: porque es una noción de tradición que opone ésta al magisterio universal de la Iglesia, cuyo detentor es el Obispo de Roma y el cuerpo de los obispos. No se puede permanecer fiel a la tradición rompiendo el ligamen eclesial con aquél a quien Cristo mismo, en la persona del apóstol Pedro, confió el ministerio de la unidad en su Iglesia. Esta contradicción lleva a una actitud semejante a la que caracterizó algunas sectas de la antiguedad: ‘se remiten a los papas del pasado para sustraerse a la obediencia de los papas de hoy'[10].

El movimiento lefebvrista surgió como reacción a tendencias y actitudes ‘progresistas’ que abusivamente se quisieron amparar en la autoridad del Concilio Vaticano II. La concepción del progreso por parte de estos movimientos teológicos y autores singulares, lo concebía como una aspiración hacia el futuro ‘rompiendo’ con el pasado teológico, dogmático y moral, de la Iglesia. Incurrió en afirmaciones no sólo erróneas sino claramente heréticas en muchos casos. ‘La tendencia opuesta, sin embargo, definida como ‘conservadorismo’ o ‘integrismo’, se detiene en el pasado mismo, sin tener en cuenta la justa aspiración hacia el futuro como se manifiesta propiamente en la obra del Vaticano II… Ve lo justo solamente en aquello que es ‘antiguo’ reteniéndolo sinónimo de la tradición. Sin embargo, no es lo ‘antiguo’ en cuanto tal, ni lo ‘nuevo’ por sí mismo que corresponden al concepto justo de la tradición en la vida de la Iglesia. Tal concepto, en efecto, significa la fiel permanencia de la Iglesia en la verdad recibida de Dios, a través de las mutables vicisitudes de la historia. La Iglesia, como aquel patrón del Evangelio, extrae con sabiduría ‘de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas’, permaneciendo absolutamente obediente al Espíritu de verdad que Cristo ha dado a la Iglesia como guía divina. Y la Iglesia cumple esta delicada obra de discernimiento a través del magisterio auténtico'[11].

El movimiento lefebvrista no es, pues, tradicionalista sino ‘fixista’; y el ‘fixismo’ es, por definición, un antitradicionalismo. En definitiva, como -según suele decirse- todos los extremos se tocan, el cisma lefebvrista cae en el mismo ‘complejo antirromano’ con que Von Balthasar calificaba la actitud del progresismo.

PUESTA AL DÍA (2009):

1) La situación actual ha sido planteada por el Papa Benedicto en su Carta a todos los obispos, escrita en marzo de 2009 que indica sustancialmente los siguientes tres puntos:

a) Los 4 obispos lefebvristas no tienen la excomunión en que incurrieron al ser ordenados, pero no ejercen ningún oficio legítimo dentro de la Iglesia

b) El grupo de personas que se considera ligado al movimiento lefebvrista no tiene ningún estatus jurídico en la Iglesia católica mientras no se dé un acto de unión plena (que debe ser declarado tal por la autoridad del Papa, al igual que cuando entra al seno de la Iglesia una iglesia cismática)

c) La unión plena depende de cuestiones doctrinales y no tanto disciplinares, es decir, el problema no es la desobediencia sino un problema que afecta a la doctrina y a la fe: la aceptación íntegra del magisterio del Concilio Vaticano II y de los pontífices posteriores al Concilio hasta la actualidad.

2) De todos modos, aunque la Carta de Su Santidad no aluda a este punto, es obvio que el levantamiento de la censura a los cuatro obispos, realizado como un acto de delicada caridad por Su Santidad, no anula la ley canónica que pena con excomunión latae sententiae a cualquier persona que incurra en un cisma formal. Por tanto, lo que se dice más arriba en el artículo respecto del cisma sigue siendo válido: sería una actitud cismática el que una persona: a) adhiera a la posición lefebvrista optando por los discípulos de Mons. Lefebvre de tal modo que esta elección esté por encima de la obediencia al Papa; y b) exterioriza de esta opción, por ejemplo, participando exclusivamente a las funciones eclesiásticas lefebvristas, sin tomar parte en las  funciones de la Iglesia Católica (se entiende en celebraciones celebradas por sacerdotes que no se han reconciliado formalmente con el Papa, no si asiste a Misas celebradas según la forma extraordinaria por sacerdotes unidos al Papa)

Transcribo la Carta de Su Santidad.

CARTA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA
sobre la remisión de la excomunión de los cuatro Obispos consagrados por el Arzobispo Lefebvre

Queridos Hermanos en el ministerio episcopal

La remisión de la excomunión a los cuatro Obispos consagrados en el año 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha suscitado por múltiples razones dentro y fuera de la Iglesia católica una discusión de una vehemencia como no se había visto desde hace mucho tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy. A pesar de que muchos Obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin embargo la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes del Concilio. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento. Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos, una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.

Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia. Una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de separación, se transformó así en su contrario: un aparente volver atrás respecto a todos los pasos de reconciliación entre los cristianos y judíos que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teológico. Que esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así como también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos judíos que han ayudado a deshacer rápidamente el malentendido y a restablecer la atmósfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del Papa Juan Pablo II, también ha habido durante todo el período de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.

Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los límites de la iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación. La excomunión afecta a las personas, no a las instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía. La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su autoridad doctrinal y a la del Concilio. Con esto vuelvo a la distinción entre persona e institución. La remisión de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica: las personas venían liberadas del peso de conciencia provocado por la sanción eclesiástica más grave. Hay que distinguir este ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad non tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia.

A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión ‘Ecclesia Dei’, institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los Cardenales el miércoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la implicación de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de tomar. No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive.

Espero, queridos Hermanos, que con esto quede claro el significado positivo, como también sus límites, de la iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión: ¿Era necesaria tal iniciativa? ¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay cosas mucho más importantes? Ciertamente hay cosas más importantes y urgentes. Creo haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: ‘Tú… confirma a tus hermanos’ (Lc 22,32). El mismo Pedro formuló de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: ‘Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere’ (1 Pe 3,15). En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.

Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio común de fe de los cristianos –al ecumenismo- está incluido en la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia a Dios como Amor ‘hasta el extremo’ debe dar testimonio del amor. Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la Encíclica Deus caritas est.

Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que ‘tiene quejas contra ti’ (cf. Mt5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?

Ciertamente, desde hace mucho tiempo y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces? ¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado alguna salida de tono? A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa- también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas.

Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto deGa 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: ‘Amarás al prójimo como a ti mismo’. Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente». Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este ‘morder y devorar’ existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor? En el día en que hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará, incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus oraciones. Este agradecimiento sirve también para todos los fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la vía de la paz. Es un deseo que me brota espontáneo del corazón al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo litúrgico particularmente favorable a la purificación interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.

Con una especial Bendición Apostólica me confirmo
Vuestro en el Señor

Benedictus PP. XVI

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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[1] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (Omissa 1962-1987), nnº 562 ss.

[2] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (Omissa 1962-1987), nnº 585 ss.

[3] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume 11, Documenti della Santa Sede (1988-1989), nnº 535 ss.

[4] Cf. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, Libreria Editrice Vaticana, Unitelm, Padova 1996.

[5] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (1988-1989), nnº 765 ss.

[6] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (19881989), nº 1196.

[7] Cf. Enchiridion Vaticanum, Volume S1, Documenti della Santa Sede (1988-1989), nnº 1197 ss.

[8] El texto de ambos ha sido publicado en: ‘La documentation catholique’, nº 2163, 6 juillet 1997, pp. 621-623.

[9] Juan Pablo II, Carta Apostólica ‘Ecclesia Dei’, 4.

[10] Cf. Comisión Cardenalicia, ‘El caso lefebvre’, op. cit.

[11] Juan Pablo II, ‘Tradición: ni progresismo ni consevadorismo’, 8 de abril de 1988.

demonio

¿Existe el demonio? ¿No es un invento de nuestros miedos?

Pregunta:

Quisiera conocer la posición del magisterio de la Iglesia sobre la existencia del demonio.

 

Respuesta:

Estimado:

RESPONDO con el resumen del Catecismo de la Iglesia Católica nnº 391-395:

‘Detrás de la elección desobediente de nuestros primeros padres se halla una voz seductora, opuesta a Dios que, por envidia, los hace caer en la muerte. La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo. La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali (»El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos») [Concilio de Letrán IV].

La Escritura habla de un pecado de estos ángeles. Esta »caída» consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: »Seréis como dioses» (Gn 3,5). El diablo es »pecador desde el principio» (I Jn 3,8), »padre de la mentira’ (Jn 8,44).

Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. »No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte» [San Juan Damasceno].

La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama »homicida desde el principio» (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre. »El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo» (1 Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.

Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero sólo creatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños -de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física- en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero »nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8,28)’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE