desnudo en el arte

¿Qué dice la moral del desnudo en el arte?

Pregunta:

Estimados: Soy fotógrafo y tengo la duda de que si es posible (o moralmente adecuado) fotografiar a una persona desnuda, en una pose natural, o sea no provocativa, con fines puramente artísticos. Nunca he hecho tal tipo de fotografía pero quiero saber si podría estar con una conciencia tranquila en caso de llegar a hacerlo. Por favor sáqueme de dudas (si es posible).

Respuesta:

Estimado:

Esta es una consulta que exige una respuesta amplia para poder fundamentarse.

1. LA DESNUDEZ EN SÍ MISMA

La desnudez no es en sí una cosa inmoral: Dios, después de haber formado el cuerpo humano, lo juzgó muy bueno (Gn 1,31). ¿De dónde viene el posible desorden? Lo tenemos expresado en las dos actitudes sucesivas que leemos en el Génesis:

a) ‘Ambos estaban desnudos… sin avergonzarse de ello’ (Gn 2,25).

b) ‘Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos, cosieron una hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores’ (Gn 3,7). ‘Te he oído -dice Adán a Dios- en el jardín, y temeroso porque estaba desnudo, me escondí. ¿Y quién te ha hecho saber que estabas desnudo?’ (Gn 3,10-11).

La aparición de la vergüenza muestra un cambio de estado en el hombre y la mujer. Ese cambio viene por el pecado original que introduce un desorden en la actividad humana. Ese desorden que queda como secuela del pecado se denomina ‘concupiscencia’. La concupiscencia desordenada altera el orden y naturaleza de las cosas; en el plano de la sensualidad y sexualidad ordena el cuerpo al placer venéreo egoísta, alterando el fin de la sexualidad que es la mutua complementariedad esponsal (realizando la doble dimensión de la sexualidad: unitiva y procreativa). La concupiscencia, pues, hace que la tendencia sexual pase de ser ‘donación plena de amor’ (sólo posible en el contexto conyugal) a ‘posesión egoísta’, convirtiendo al otro (al cuerpo del otro) en objeto de uso en lugar de ser término de donación.

El problema del desnudo en el estado actual de la naturaleza humana (herida por el pecado) es que puede convertirse en ocasión de lo que se denomina ‘mirada concupiscente’: la mirada que se posa en el cuerpo como objeto de deseo, integrándolo en la concupiscencia desordenada del corazón. El doble mal que se sigue es, por un lado, el pecado de la persona que mira rebajando el cuerpo a objeto de placer; y la pérdida de la dignidad en la persona que se expone a ser mirada como objeto.

Dentro del matrimonio, en cambio, guarda su dimensión original. Allí el cuerpo desnudo, al manifestarse como es, es decir, mostrar visiblemente la complementariedad sexual, se convierte en palabra (todo gesto es una palabra). Mostrándose se dicen que se dan, que se complementan, que los dos no son más que uno, como sus cuerpos (dos mitades de un solo ser) lo muestran. En esta esfera, al haber sido sellada por el pacto matrimonial, esta dimensión guarda toda su verdad.

De aquí que el velar el cuerpo (la función del vestido) constituya un callar el tema de la sexualidad ante quien no se debe hablar u ofrecer la sexualidad.

2. LA MANIFESTACIÓN ARTÍSTICA DEL DESNUDO

Ha dicho Juan Pablo II en su Catequesis del 6 de mayo de 1981: ‘En el decurso de las distintas épocas, desde la antigüedad -y sobre todo, en la gran época del arte clásico griego- existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez; su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza -incluso aquella ‘supresensual’- de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En contacto con estas obras -que por su contenido no inducen al ‘mirar para desear’ tratado en el Sermón de la Montaña-, de alguna forma captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida de la ‘pureza del corazón’. Pero hay también producciones artísticas -y quizás más aún reproducciones- que repugnan a la sensibilidad personal del hombre, no por causa de su objeto -pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su dignidad inalienable- sino por causa de la cualidad o modo en que artísticamente se reproduce, se plasma, o se representa. Sobre ese modo y cualidad pueden decidir los diversos coeficientes de la obra o de la reproducción artística, como otras múltiples circunstancias, más de naturaleza técnica que artística. Es bien sabido que a través de estos elementos, en cierto sentido, se hace accesible al espectador, al oyente, o al lector, la misma intencionalidad fundamental de la obra de arte o del producto audiovisual. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con repugnancia y desaprobación, es porque estamos ante una obra o reproducción que, junto con la objetivación del hombre y de su cuerpo, la intencionalidad fundamental supone una reducción a rango de objeto, de objeto de ‘goce’, destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma. Esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden intencional del arte y la reproducción’.

Como puede verse, el problema no es en primera instancia el ‘objeto material’ representado porque el cuerpo en sí es algo bueno. Se trata de un problema que va al nivel del ‘objeto moral’. Ese objeto (el cuerpo desnudo o semidesnudo) está plasmado, o representado o reproducido (este término ‘reproducir’ es usado por Juan Pablo II para expresar el arte de la fotografía en contraposición con la pintura y la escultura que más bien representa, interpreta; como puede verse en la Catequesis del 15 de abril de 1981) con una intencionalidad que le infunde el ‘artista’ a través de las cualidades o modos en que la reproduce (posturas, enfoques, gestos, realismo, viveza, etcétera). ‘Al espectador, invitado por el artista a ver su obra, se le comunica no sólo la objetivación, y por tanto, la nueva ‘materialización’ del modelo o de la materia, sino que, al mismo tiempo, se le comunica la verdad del objeto que el autor, en su ‘creación’ artística, ha logrado expresar con sus propios medios’ (Catequesis del 6 de mayo de 1981).

De aquí que:

a) Cuando esa intencionalidad supone una reducción del cuerpo a rango de objeto de goce, destinado a la satisfacción de la concupiscencia, la imagen atenta contra la dignidad de la persona (de la que es representada y de la que mira) y se inserta en la ‘mirada concupiscente’, en la ‘pornovisión’ (Catequesis del 29 de abril de 1981) que Jesucristo equipara con el adulterio del corazón: ‘Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón’ (Mt 5,28).

b) Cuando la obra tiene ese elemento de ‘sublimación’ que incluye la cualidad de no inducir al ‘mirar para desear’, no parece ofrecer objeciones morales.

Ciertamente que hay una gran diferencia entre las artes que ‘representan’ (pintura, escultura) y las que ‘reproducen’ (fotografía, cine). Las primeras tienen la cualidad de poder ‘sublimar’, ‘transfigurar’ el cuerpo. De alguna manera pueden espiritualizarlo y hacer prevalecer en la representación (y por tanto, en la mirada del espectador) el aspecto estético, la belleza, la verdad del cuerpo humano. Las segundas ‘reproducen’ el cuerpo vivo y por tanto, están más inmediatamente ligadas a la experiencia del hombre (experiencia herida por la concupiscencia).

Recordemos también, que los problemas no radican sólo en la mayor desnudez de la obra sino en la capacidad de insinuar un mensaje sobre la imaginación.

Recuerdo, por último que la encíclica Humanae vitae (nº 22) de Pablo VI, subraya la necesidad de ‘crear un clima favorable a la educación de la castidad’.

3. ARTE Y MORAL

En estos límites que la moral pone a la representación artística, algunos ven una indebida invasión de la moral en el terreno propio del arte. Respecto de esto debo recordar que ‘lo bello y lo artístico, como obra humana y destinada al uso humano, entran de lleno en la órbita de las leyes morales. Estas no regulan tanto el arte en sí, como su uso; en otros términos alcanzan directa e inmediatamente al artista, y sólo indirecta o mediatamente, pero no menos urgentemente, también al arte. La independencia del arte no es, por tanto, autonomía absoluta de expresión externa y de divulgación. El arte es independiente en sí mismo, en sus principios y en sus normas o reglas artísticas y formales, pero no lo es en cuanto al uso del mismo'[1].

De aquí los principios morales para nuestro tema[2]:

1º ‘Es ilícito hacer o exponer una imagen objetivamente obscena’.

2º ‘Las imágenes no objetivamente obscenas no son por esto mismo siempre accesibles a todo el público; muchas personas, especialmente las más jóvenes, no tienen todavía el sentimiento artístico necesario para poder apreciar en su justo valor ideal las grandes obras de arte y serán arrastrados fácilmente por el desnudo hacia sentimientos más bajos’.

3º ‘En cuanto a las imágenes torpes: ‘el concepto de imagen torpe es un concepto objetivo, es decir, que no se ha de juzgar según las disposiciones subjetivas de los espectadores, sino según el contenido de la imagen misma… En la especie de imagen torpe se encuadran todas las imágenes (pinturas, esculturas, fotografías, etc.) que:

1) se ponen deliberadamente (ex fine operantis, por fin del que hace la obra) al servicio de la impureza, esto es, que han sido hechas por el autor con el fin objetivamente visible de provocar sentimientos deshonestos;

2) que visto su objeto y el modo de representarlo, causan ordinariamente sentimientos o sensaciones torpes en la generalidad de las personas normales. No son por lo tanto norma ni el autor ni otras personas excepcionalmente habituadas a esta materia, ni por otra parte tampoco personas jóvenes o inexpertas. A esta segunda categoría pertenecen: a) las imágenes que representan desnudos de modo provocativo, cuando por su ambiente, arte, color, estilo, etc., no consiguen alejar del pensamiento y del sentimiento las impresiones malas; b) imágenes que representan acciones obsenas’.

4º ‘Componer una imagen torpe, por ser objetivamente mala, es siempre pecado. En cambio, mirar una imagen torpe no es malo en sí, y es pecado solamente para aquellos que lo hacen con mala intención o que corren el peligro de sufrir sus consecuencias desordenadas’.

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Salvador Canals, El pecado en el cine, en: AA.VV., ‘Realidad del pecado’, Rialp, Madrid 1962, p.205.

[2] Cf. Cardenal Francesco Roberti, ‘Diccionario de Teología Moral’, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1960, voces: ‘desnudez’, ‘imagen torpe’.

¿Podría explicarme que es Hedonismo?

Pregunta:

¿Podría explicarme que es Hedonismo? y como lo ve la Iglesia Católica? Gracias, que Dios los bendiga.

 

Respuesta:

‘Bajo el término general de hedonismo se ha tendido a agrupar a diversos pensadores separados, en realidad, por notables diferencias.

En sentido estricto se define como hedonismo toda doctrina que considera el placer (hedoné en griego) como fin supremo de la vida. Sin embargo, la propia ambigüedad del concepto de placer hace que tal afirmación pueda realizarse desde muy distintas perspectivas.

Manifestaciones históricas. El primer pensador que formuló una tesis explícitamente hedonista fue probablemente Eudoxo de Cnido, que a principios del siglo IV a.C. consideró que el placer era el bien supremo de todos los seres. En similar línea se pronunció la escuela cirenaica, fundada en las mismas fechas por Aristipo de Cirene. Éste entendió por placer una cualidad positiva, una forma de goce tranquilo dominado por el sentido sensitivo. Juzgó, además, el placer como algo fugaz, y de ahí su máxima: aférrate al presente y gózalo, pues sólo el presente nos pertenece realmente.

El placer propuesto por Epicuro, algo posterior, era más moderado y descansaba tanto en el momento presente como en el recuerdo o en la esperanza. El placer más alto tendría naturaleza negativa y seria la ataraxía, es decir, la absoluta imperturbabilidad.

El hedonismo, como fundamento del comportamiento humano, estuvo siempre presente en la historia del pensamiento. Los empiristas británicos Thomas Hobbes, John Locke y David Hume lo integraron en su filosofía, aunque de forma matizada. Más radical fue su compatriota Jeremy Bentham, creador del utilitarismo. De cualquier forma, casi todos los grandes filósofos, como Platón, Aristóteles, Kant y Hegel, se opusieron frontalmente a las tesis hedonistas.

Tipos de hedonismo. Se distinguen básicamente dos formas de hedonismo, el ético y el psicológico. Una acertada definición del primero la ofreció Richard B. Brandt, uno de los filósofos modernos que mayor atención dedicaron a este tema, quien afirmó que ‘una cosa es intrínsecamente deseable (indeseable) si y sólo si y en la medida en que es placentera (no placentera)’.

Por lo que se refiere al hedonismo psicológico, son varias las doctrinas existentes según la determinación temporal del placer. La teoría del placer de los fines o ‘hedonismo psicológico del futuro’ sostiene que el placer personal es el único fin último de una persona. El ya citado Bentham, representante de este tipo de hedonismo, afirmó que todo hombre se siente inclinado a perseguir aquella línea de conducta que cree habrá de conducirle a su mayor felicidad. El denominado ‘hedonismo psicológico del presente’, basado en la motivación placentera por medio del pensamiento, considera que una persona se siente motivada a producir un determinado estado de hechos si el pensar en ellos le resulta placentero. Por último, el ‘hedonismo psicológico del pasado’ mantiene que la intensidad del interés actual de una persona sobre un tipo particular de acontecimiento es función de goces pasados’ (Hasta la Enciclopedia Hispánica).

Digamos, pues, que el hedonismo es la identificación del bien con el placer. Sócrates, Platón y Aristóteles criticaron el hedonismo de los filósofos morales anteriores a ellos. La ética de Aristóteles supera el hedonismo dado que su concepción de la felicidad como fin del hombre supone el acto virtuoso. El cristianismo comprehende la totalidad materio-espiritual del hombre y su felicidad terrenal unida a la eterna. Con su concepción positiva del dolor, a propósito de la participación en la Cruz de Jesucristo, tiene la más clara posición antihedonista. Con el Humanismo vuelve una cierta concepción hedonista de la vida. En la modernidad Kant (1724-1804) critica el placer de la misma manera que se opone a todo sentimiento, también al dolor presentando la postura opuesta al cristianismo. El hombre contemporáneo vuelve al hedonismo materialista con la negación de Dios.

El Papa Juan Pablo II lo indica entre las consecuencias del eclipse del sentido de Dios y del hombre: ‘El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí la perenne validez de lo que escribió el Apóstol: ‘Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene’ (Rm 1, 28)’ (Evangelium vitae, 23).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

antipatía

¿Es la antipatía pecado? ¿Qué debo hacer para luchar contra esto?

Pregunta:

Estimado Padre: Tengo un problema con una amiga, por la cual he tomado cierta antipatía y me cae mal todo cual hace. Por eso quería preguntarle si la antipatía es pecado y qué debo hacer para luchar contra esto. L. Gracias.

 

Respuesta:

Estimada L.:

La antipatía se define como una ‘instintiva aversión por alguno’.

Los movimientos indeliberados de aversión, no vigiados y corregidos por la razón guiada de la fe, conducen a menudo a pecados incluso graves contra la justicia y la caridad. Es cierto que los movimientos indeliberados (o sea, no voluntarios) de aversión no son pecaminosos, pero tenemos la obligación de reprimirlos si son desordenados por razón de su objeto o si crean peligro de pecar. El omitir esta represión es de suyo culpa venial, y puede ser pecado grave si el movimiento indeliberado ocasiona un peligro grave de pecar mortalmente. Consentir en un movimiento desordenado de aversión es un pecado cuyo grado de culpabilidad depende de la naturaleza de lo que es detestado (no es lo mismo sentir aversión o antipatía por una persona extraña que por un hermano o por nuestro padre); además le recuerdo que para que haya una culpa subjetivamente grave se requiere también el pleno conocimiento de lo que se está haciendo y una voluntad deliberada.

 Como remedio le recuerdo que quien experimenta antipatía por alguna persona debe tratar de ser amable con ella, hacerle favores y, sobre todo, rogar por esa persona; con el esfuerzo y la repetición de estos actos contrarios a la antipatía, se termina por debilitar y dominar la pasión desordenada. Conviene además abstenerse de observar con curiosidad la conducta del prójimo y de considerar los defectos ajenos cuando no se esta obligado a ello como educador o superior.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

la santidad a los enfermos mentales

¿Es posible la santidad a los enfermos mentales?

Pregunta:

Quisiera conocer la posición de Revista ‘Diálogo’ acerca de las afirmaciones del Pbro. Ennio Innocenti en Diálogo nº 11 que parecen reducir la santidad al estado de conciencia plena y depender enteramente de ella. Negar la posibilidad de la santidad a quien no tiene plena conciencia ¿no implicaría excluir de la santidad y de la Iglesia a un gran número de personas?[1] [2].

Respuesta:

1. El estado de la cuestión

Ante todo quisiera delimitar un concepto: cuando Ennio Innocenti (al igual que Leandro Ancona a quien aquél refuta) habla de ‘santidad’ se refiere no a la santidad que podíamos definir, con perdón de la inexactitud del término, como ‘pasiva’: es decir, la santidad que consiste en la inhabitación de la Trinidad por la gracia en el alma de quien aún no tiene uso de sus facultades, como el caso de los niños bautizados que aún no han llegado al uso de razón. Por el contrario, se refiere a la ‘santidad que pueda servir de ejemplo'[3]; la santidad en el adulto donde de conjugan la gracia y la libertad, y que por tanto sus obraspueden ser puestas como modelo de unión con Dios a los demás hombres; por eso la insistencia de Innocenti de que la santidad ‘es grandeza de conciencia y libertad en Dios'[4], que ‘el santo tiene conciencia de que su máxima libertad es divina en el mismo momento en que es suya, al punto de repetir con Cristo: lo que es mío es Suyo, mi vivir es Su vivir'[5], y que determinados enfermos ‘no gozan de ninguna santidad que pueda servir de ejemplo‘[6].

2. La doctrina católica

La doctrina católica sobre la santidad de los que son incapaces de actos propiamente humanos, es decir, libres (entre quienes podemos colocar a los niños antes del uso de razón y los amentes que pueden ser equiparados a ellos[7]) es que en ellos está presente la gracia santificante habitual, recibida en el bautismo. Pero no realizan ningún acto meritorio personal puesto que no tienen uso de sus facultades (inteligencia y voluntad). Es por este motivo que si estos llegan al uso de razón tienen que realizar un acto de fe actual al menos implícito. Para los que carecen del uso de razón basta la fe habitual y la gracia habitual para salvarse. A ellos se equiparan también los que han quedado enajenados de sus facultades siendo ya adultos si en el momento en que esto ocurrió se encontraban en gracia. Este caso no es contemplado ni considerado por Innocenti en su artículo porque tampoco se refiere a él L. Ancona.

En cambio, para los adultos es necesaria con necesidad de medio el acto de fe actual[8].

¿Qué pasa con los enfermos psicológicos adultos que no están totalmente desprovistos del uso de razón sino que o bien sufren una disminución del uso de sus potencias, o bien alteran momento de lucidez con momentos carentes de ella, o bien mezclan en su actividad facetas lúcidas con facetas alteradas? La sana psicología y la sana moral enseñan que, por lo general, estos enfermos no están privados totalmente de libertad y tienen, por tanto, cierta responsabilidad, más o menos atenuada según los casos. Sigue siendo siempre actual y vigente cuanto ha escrito al respecto H. Bless en su Pastoral Psiquiatrica[9]. Bless explica allí cómo los anormales son -por lo general- normales en todo lo que no se refiere a su anormalidad y cómo debe, por lo general partirse de la base de que gozan de una libertad al menos mínima. Si tales enfermos tienen un uso restringido de la libertad su santidad y su culpabilidad dependerán del uso que hagan de tal libertad. El mismo Bless dedica, por eso, un largo análisis de su libro a la ‘dirección espiritual de los neurópatas y psicópatas’, a la ‘observancia de las leyes divinas y eclesiásticas’ y a la ‘recepción de los sacramentos’ por parte de los mismos.

Por este motivo a tales enfermos se les exige las condiciones mínimas requeridas para que un adulto pueda recibir válidamente los sacramentos. En el nuevo Código de Derecho Canónico sólo figura explícitamente el caso del amente total (asimilable al niño sin uso de razón, como ya hemos dicho); los demás casos es de suponer que se equiparan a los adultos. El Código anterior daba, en cambio, algunas pautas que siguen siendo estimables desde el punto de vista pastoral[10]; decía éste de los ‘amentes y furiosos'[11]:

-Si tienen intervalos lúcidos sean bautizados, si ellos lo desean, como los párvulos.

-Deben ser bautizados en peligro inminente de muerte, si ellos antes de perder la razón, manifestaron deseos de recibir el bautismo.

-Debe bautizarse al aletargado o frenético, pero solamente estando despierto y queriéndolo él; mas si amenaza peligro de muerte vale lo dicho anteriormente.

Sobre la santidad de un enfermo sólo puede juzgar Dios; nuestros parámetros son muy precarios. Es evidente que teniendo un uso limitado y penoso de su libertad, un acto que para una persona normal representa un esfuerzo ordinario, para un enfermo puede implicar algo extraordinario, y en cuanto tal, altamente meritorio si es hecho en gracia de Dios. Quede en claro, sin embargo, que los actos de santidad de un enfermo no son sus actos patológicos directamente y en cuanto patológicos sino sus actos más o menos libres[12]. Podríamos decir, en cambio que pueden ser fuente de mérito indirectamente también sus actos enfermizos compulsivos e instintivos en la medida en que resista y no consienta -con su limitada libertad- a cuanto estos tengan de deformidad moral y que los sufra y ofrezca a Dios en lo que tienen de mecánico y de precedente a la libertad del sujeto. Hablando de los enfermos nerviosos decía Juan XXIII: ‘los creyentes saben que aceptado y ofrecido, su sufrimiento, unido al de Cristo Salvador, tiene un valor redentivo'[13].

3. La tesis de Ancona y la refutación de Innocenti

Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir podrá verse mejor la refutación que hace Innocenti de la insostenible posición de Ancona. Cuando éste último habla de la santidad del enfermo no intenta decir lo que nosotros hemos expuesto en el párrafo anterior sino precisamente lo contrario. Para él la santidad (y el caso concreto de los fenómenos místicos que analiza en Santa María Magdalena de Pazzi) consistirá propiamente en el mismo acto patológico; éste, en cuanto patológico, es una manifestación mística, es decir, del Espíritu Santo.

En efecto, según Ancona las manifestaciones patológicas, ‘tanto depresivas como obsesivas o histéricas…, aunque sean de origen instintivo, tanto libidinoso como agresivo…’ pueden ser consideradas como manifestaciones místicas en virtud de una acción del Espíritu Santo que transforma lo natural, instintivo y patológico, en algo superior. Por tanto, según él Santa María Magdalena de Pazzi no tenía manifestaciones místicas ‘sobrenaturales’, sino que éstas eran manifestaciones enfermizas instintivas (por tanto, no libres) que adquirían valor sobrenatural en virtud de lo que el autor llamasurlimazione, Esta surmilazione sería un concepto contrapuesto a la sublimación, y significa el acto por el cual el Espíritu Santo transforma lo patológico del hombre en santo.

En el artículo en cuestión me parece que las tesis de Innocenti contra Ancona pueden expresase como sigue:

Primero, que no puede excluirse a priori que la enfermedad mental (téngase en cuenta qué tipo de enfermedad es la que está en la mente de Ancona) sea en ciertos casos dependiente de actos pecaminosos (verdaderamente culpables) del sujeto enfermo. Muchas manifestaciones de depravaciones maníacas son fruto del consentimiento libre a actos pecaminosos y a la libre adquisición de hábitos viciosos, como es constatable en ciertos maníacos sexuales y homicidas[14].

Segundo, en los actos en que un adulto enfermo es esclavo de los instintos que tienen lugar en él independientemente y al márgen de su voluntad, sus actos no son libres, y por tanto, no son plenamente humanos ni santos, ni meritorios ni tampoco culpables. Son actos del hombre pero no propiamente humanos[15], procedentes de él, pero no santificadores ni pecaminosos. En contra de Ancona: ‘aunque sean de origen instintivo, tanto libidinoso como agresivo, encuentran una nueva calificación en una dinámica superior de la que goza toda la persona surlimada'[16].

Tercero, ciertamente tales actos instintivos no son manfestación de una acción del Espíritu Santo, puesto que son patológicos. ‘Si no nos equivocamos -dice Innocenti-, en virtud de esta surlimación, producto del Espíritu Santo, la patología se convierte en manifestación superior, constructiva y divina, aunque permaneciendo patológica‘[17]. De hecho para Ancona, fiel a sus principios, la santidad de Santa María Magdalena de Pazzi se insiere en el fenómeno de sado-masoquismo[18]. Tesis completamente aberrante. Un estudio recientemente publicado del P. Leonardo Castellani aborda parte de este mismo tema refutando tesis semejantes a las defendidas por el psiquiatra italiano[19].

Entendidas en este sentido coincidimos plenamente con las afirmaciones de Ennio Innocenti.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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[1] Apareció en Revista Diálogo nº 13.

[2] Respondemos por medio de esta sección a la amable carta que el Sr. Emilio G. F. Nazar digiera al Director de Diálogo solicitando aclaración sobre algunas afirmaciones del Pbro. Ennio Innocenti en su artículo ‘Freud y la religión’ (Diálogo 11), especialmente en págs. 108-120 donde éste refuta el libro de Leonardo Ancona Santa María Magdalena de Pazzi a la luz de la psicología. La carta completa del Sr. Nazar es publicada como ‘carta al lector’; nosotros hemos entresacado sólo el cuestionamiento principal de la misma. Agradecemos su colaboración así como la de todos aquellos lectores que nos envían consultas dando lugar a esta sección.

[3] Diálogo 11, p. 112.

[4] Diálogo 11, p. 112.

[5] Diálogo 11, p. 111.

[6] Diálogo 11, p. 112 (las negrillas son nuestras).

[7] Cf. CIC [Código de Derecho Canónico] 852,2: ‘por lo que se refiere al bautismo, el que no tiene uso de razón se asimila al infante’.

[8] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, tomo I, nº 283; Cf. CIC, 865.

[9] H. Bless, Pastoral Psiquiatrica, Ed. Razón y Fe, Madrid 1966.

[10] Así lo entiende por ejemplo J. Manzanarez, en Nuevo Derecho Parroquial, B.A.C., Madrid 1990, p. 140, quien explica lo que dice el Nuevo Código con los mismos términos que el Código de 1917.

[11] CIC ’17, 754,2-4.

[12] Menos todavía los que refiere Ancona en el trabajo refutado por Innocenti, que corresponde a lo que algunos llaman ‘aberraciones mentales’, como por ejemplo, el P. Leonardo Castellani, Psicología humana (Ed. Jauja, Mendoza 1995, p. 55) quien califica los grados de anormalidad en los siguientes: neurosis, aberraciones o degeneraciones, psicósis, perversión. Y luego entre las degeneraciones enumera: inversión, sadismo, masoquismo, voyerismo, exhibicionismo, etc. Como puede leerse en el artículo de Innocenti, Ancona explica el caso de Santa María Magdalena de Pazzi como un caso de sado-masoquismo.

[13] Juan XXIII, al Congreso Internacional de Neurología y Electroencefalografía, 16 de septiembre de 1961; AAS, 53 (1961), p. 616.

[14] Véase el juicio moral y psicólogico que hemos hecho sobre el fenómeno de la pornografía en Diálogo 12 (1995), pp. 151-155.

[15] Cf. Santo Tomás, I-II, 1, 1.

[16] Citado en Diálogo 11, p. 117.

[17] Diálogo 11, p. 117.

[18] Diálogo 11, p. 113.

[19] Op. cit. más arriba, cap. III.

Tolkien

Leer a Tolkien hoy, ¿supone algún peligro?

Pregunta:

¿Qué debemos pensar de la difusión y entusiasmo por las obras de Tolkien en ambientes católicos e incluso religiosos? ¿No es acaso una de las lecturas más elegidas por los seguidores de la New Age? ¿Es malo leerlo? ¿Hay que tener alguna precaución?

Respuesta [1]:

La obra literaria de J.R.R.Tolkien, quien era un convencido católico, es uno de los mayores logros de las Letras inglesas de este siglo y un ápice del ingenio humano.

Pero quiero restringirme al ‘problema’ que se ha perfilado en los últimos años en torno a esta obra[1]. Prescindo deliberadamente de las intenciones del autor que, en última instancia, sólo conoce Dios y me inclino a juzgar benignamente. Lo que llamo ‘el problema’ es el efecto que su lectura causa en ciertos ambientes ‘pro-tolkienianos’, no sólo ‘New Age’ sino ‘católicos'[2].

Tolkien se lee como un agradable y cautivante pasatiempo. Tiene un estilo brillante cuya aptitud para atrapar al lector subyace a pesar de las traducciones. Tiene la capacidad de despertar simpatía (en el sentido de ‘afecto, identificación de sentimientos’) entre el lector y sus personajes. Esto ocasiona que el lector tienda a emitir juicios indulgentes sobre elementos extraños a una mentalidad cristiana y que en otros contextos probablemente habría rechazado o mirado con sospecha; por ejemplo, el tema de ‘magos buenos’, ‘sortilegios buenos’, ‘poderes mentales bien usados’, ‘anillos de poder buenos y malos’, la temática de un viaje típicamente iniciatico, etc. Más perplejidad que el ‘Señor de los Anillos’ deja el ‘Silmarillion’ que se plantea como una completa ‘cosmogonía’ con cierto sabor -al menos cierto sabor- gnóstico. La mayoría de los elementos pueden ser bien interpretados, pero ¿vale la buena interpretación para todos los elementos de su obra?

‘Es una ficción literaria’, se me puede objetar. Por supuesto; es sólo ‘fantaciencia’; pero una fantaciencia que hay que poner en su lugar y no extralimitar bajo ningún pretexto, porque es una ficción literaria que tiene como argumento la explicación total de la realidad, y la gran inquietud del hombre es poder explicar toda la realidad, y la gran tentación del hombre es explicarla a su medida y racionalmente; eso fue lo que pasó en el Paraíso[3].

Vuelvo a indicar un presupuesto: no condeno a Tolkien ni lo defiendo; respecto de él y de su intento literario no quiero elaborar ningún juicio por el momento. Voy, pues, a su efecto sobre la psicología del lector católico que se obsesiona con su lectura.

1. Nuestra subyacente tentación gnóstica

Nuestra naturaleza está herida como consecuencia del pecado original; y este pecado fue un pecado de ‘gnosticismo'[4]. La inclinación al pecado que nos ha quedado luego del bautismo incluye, pues, una tendencia al gnosticismo que se manifiesta en el gusto morboso por lo fantastico, lo diabólico, el misterio del mal en sus raíces y -como ya he dicho- las explicaciones globales, racionales e incluso espúreas de la realidad. Esto no hay que olvidarlo pues la obra que analizamos exacerba esta tendencia que es una ‘herida’, una ‘desviación’ de nuestra naturaleza: el ‘fomes’ de nuestra inteligencia[5]. La obra de Tolkien ha tenido desde hace años una llamativa aceptación en los ambientes gnósticos de la New Age. ‘Ellos lo tergiversan’, se dice. Concedo; pero al menos hay que aceptar que tiene un lenguaje, una temática y muchos elementos que son del gusto de las tendencias New Age, y por eso dudo que sea un instrumento apto para dialogar con ellas. Me parece que en tal intento es más el riesgo de que se distorsione el pensamiento evangélico y no que se conviertan los gnósticos a la ortodoxia metafísica.

2. El problema psicológico

Tolkien es un genio. Ha hecho en la literatura algo que nadie ha logrado jamás. Ha creado una especie de ‘realidad virtual’ literaria. Porque su obra tiene todas las características de la realidad, salvo que ella misma -como un todo- es irreal. Pero el que no asienta este presupuesto va muerto.

El mito creado por Tolkien tiene todas las dimensiones de la realidad. Tiene pasado (posee una prehistoria celestial y terrena), un presente agónico y un futuro vislumbrable; es decir: tiene Génesis y Apocalipsis. Y ese pasado, presente y futuro, no se identifica en absoluto con el nuestro: es distinto y lleno de anacronismos que dan la sensación de encontrarse en otra dimensión. Tiene volúmen físico: posee una geografía minuciosa y propia, totalmente distinta de nuestro planeta, pero sin que falte en ella nada: ríos, bosques, montañas, llanuras, mares, y cada lugar con su historia, sus hechos, sus anécdotas; tiene un espacio estelar propio; tiene una fauna propia, sólo en parte coincidente con la nuestra; tiene especies racionales propias que van de los ángeles, semiángeles, hombres, semihombres, subhombres; y cada uno con su psicología propia, sus rasgos propios, su genealogía propia, su lengua propia (creada enteramente por el mismo Tolkien) en la cual hablan, cuentan sus raíces históricas, recitan, cantan, y lo hacen con belleza, con poesía. Tiene ángeles y demonios propios; tiene encarnaciones del bien y del mal propios… Tiene su Dios y sus demiúrgos; tiene su tentación y su caída original; tiene su Héroe y tiene su propio Redentor. Todo en esta creación es plausible. Todo cierra, como una esfera perfecta. Desde dentro uno no se plantea la duda de encontrarse en el mundo real o en una pesadilla o en un sueño.

Esto es lo genial y lo dramático. Porque el que entra en el mundo de Tolkien corre el riesgo de traspasar una puerta que lo conduce a otro universo donde todo cuadra, todo encaja, todo tiene lugar y razón de ser. No tiene puntos de referencia internos que exijan volver a nuestra realidad. Si el lector se encuentra a gusto allí, queda atrapado en una dimensión irreal que él cree real. Es una ‘realidad virtual’, como se dice hoy. Y dentro de ella puede llegar a fabricarse su propia personalidad virtual estructurada en base a las interacciones virtuales con sus personajes de fantasía y sus nuevos gustos (y si es religioso, esa personalidad virtual tendrá su propia oración virtual, su libertad virtual, su comunidad virtual, sus superiores virtuales, sus obligaciones y sus derechos virtuales). Puede caer así en una especie de paranoia de origen literario, como la que causa el uso de la realidad virtual en el mundo informático.

3. La vía hermenéutica

Para muchos esta fábula mítica se convierte en una vía hermenéutica de los misterios revelados; creen que ilumina la Encarnación y Redención, una especie de ‘Biblia comentada’ (sic) o al menos una alegoría explicativa de los misterios revelados. Sé de otros que llegan a ver, meditar y rezar los misterios cristianos ‘a la luz’ de Tolkien y los saborean más cuando Cristo es visto bajo la figura de Aragorn, de Gandalf o de Frodo que cuando es leído en la pureza -tal vez insípida para ellos- del relato evangélico.

Se llega incluso a aplicar algunas reglas de ‘tipología bíblica’ yendo ahora al revés: de la realidad para elaborar el mito literario y luego del mito para comprender mejor la realidad. ¿Es esto plausible? Me parece que es el punto más delicado de la distorsión mental a la que lleva esta moda.

Ante todo, porque constituye en realidad una ‘antitipología’. Cierto que uno puede crear una historia como sucedida en el pasado inventando personajes con las características y rasgos esenciales de seres reales posteriores a ella, y concretamente de Cristo. ¿Es lícito? Como intento literario nadie puede prohibirlo; pero con la condición de que muera en el intento literario, es decir, que no se le dé más importancia que esa. Porque la tipología verdadera, es decir, el que personas y acontencimientos del pasado hayan prefigurado a Cristo, a realidades futuras, sacras o celestiales, es sólo posible si Dios que es el autor de la historia así lo ha determinado. Y la única forma de saberlo es por Revelación del mismo Dios. Podemos ver a Cristo en la figura de Moisés, de Noé, de Jonás, de Job, del cordero pascual o del maná… porque sabemos por Revelación que lo ‘significaban’. Por el mismo motivo, nada impide que también lo hayan representado Alejandro Magno, Buda o Platón… pero es ocioso buscar en ellos algún rasgo de Cristo porque nos falta el dato que justifica la verdadera prefiguración: la intención del Autor Divino. Alguien puede, si quiere, servirse de alguno de esos personajes profanos para hablar de Cristo, pero no le debe dar ningún valor más que el retórico. Más ocioso es buscarlo en personajes ficticios creados por un autor posterior a Cristo.

Si alguno se autosugestiona pensando que con una historia de este tipo se iluminan más los rasgos evangélicos de Cristo, de su doctrina o de su moral, está invirtiendo los papeles: pasamos de la luz a la tiniebla, de la veritas a la figura, de la realidad a la sombra.

Por otro lado, así como el marxismo y la teología política intentó una ‘carnalización’ del Evangelio (leyendo los hechos del Nuevo Testamento a la luz del Antiguo; por ejemplo, la obra de Cristo como un nuevo Moisés que nos libra de la opresión capitalista), así esto parece representar una ‘gnostización’ del Evangelio: leerlo en clave pagana, gnóstica, mágica.

Repito una vez más: a Tolkien tal vez ni se le haya cruzado por la cabeza… pero ¿se podrá decir lo mismo de todos sus lectores?

4. ¿Por qué resulta tan ‘cautivante’ para la mente del cristiano actual un género como éste?

¿De dónde esa ‘necesidad’ del ‘mito’? ¿No es el cristianismo ‘de suyo’ una religión de misterios? Creo que en muchos puede provenir de (o por lo menos conducir a) un ‘desencanto’ del misterio verdadero, un desencanto de lo propiamente sagrado. En los primeros siglos ayudarse a comprender el misterio de la Encarnación y la Redención apoyándose en los ‘misterios de Mitra’ fue una de las tentaciones gnósticas: primero Mitra fue un ‘apoyo’, luego fue un sustituto de Cristo.

5. Embotamiento

Veo también en el uso extralimitado que se hace de esta literatura el peligro de ‘embotar’ el entendimiento de frente al misterio divino, y un entendimiento embotado es lo que la Escritura llama un ‘necio’ (Sal 92,7; Prov 10,21). Es lo contrario de la purificación de la inteligencia que los místicos cristianos han enseñado como única vía de acceso al conocimiento divino. Es, entonces, una antimística. La tradición cristiana ha planteado siempre el rechazo de todas las falsas místicas naturalistas y la afirmación de la única mística ortodoxa cuya enseñanza esencial es la necesidad de trascender las imágenes sensibles para llegar a Dios; es la vía de la negación, o de las noches, que comienza a ser subrayada en la Tradición con la doc­trina espiritual de San Gregorio de Nyssa. San Juan de la Cruz, que le da la máxima expresión, sostiene claramente que la unión con Dios se obtiene a través de la noche oscura del sentido: para llegar al co­nocimiento esencial de Dios hay que trascender todas las imágenes y conceptos que han servido de paso inicial en la vía de la afirmación (muchas veces a través de una devoción sensible), entrando así en la vía de la negación que es el camino de la fe (desapegándonos del soporte material de nuestros conceptos y afectos inadecuados para unirnos a Dios), para desembocar finalmente, como han hecho los grandes místi­cos, en la vía de la eminencia donde las imágenes vuelven al alma ya situada en lo esencial[6]. Aquí se transita muchas veces la vía inversa; o al menos se ancla la inteligencia en un mundo de imagen sensible y fantasiosa.

6. Superficialidad

Creo que cuando este tipo de literatura focaliza toda la -o simplemente ‘mucha’- atención del lector católico (sobre todo si es religioso o sacerdote, y en menor escala en el laico) es un síntoma que denota profunda superficialidad intelectual, o al menos una inclinación hacia ella. Porque se da un traspaso del gusto de lo ‘teológico’, que es riguroso y científico, a lo alegórico, figurativo y fabulesco. Entiéndase bien: esto puede cumplir una legítima función, y muchas veces lo hace; pero es una función introductoria. La fabula moral no es la moral, la alegoría dogmática no es el dogma. Aquello de San Pablo: ‘Os di a beber leche, no os di comida, porque aún no la admitíais. Y ni aún ahora la admitis’ (1 Cor 3,2). Volver a la alimentación infantil es un retroceso. El gusto excesivo por la ‘teología fabulística’ es signo no de madurez sino de ‘senilidad’ intelectual.

7. ¿Cultura?

El recurso al mito o a la imagen pagana para ‘interpretar’ el misterio cristiano puede llegar a ser una ‘desinculturación’. Los Santos Padres lucharon para cristianizar los valores rescatables del paganismo; no tenemos que ceder a la tentación de ‘paganizar’ los valores y las verdades cristianas. Lo que más entusiasma en este tipo de literatura es la plasmación de altos valores como la amistad, la lealtad, la nobleza, la simpatía, el heroísmo, la fortaleza, el sacrificio. Nadie puede negarlo. Pero hay que tener conciencia que esos valores no tienen la misma dimensión en el cristianismo y en el paganismo, ya sea porque en el cristianismo existe un organismo infuso de tales virtudes o al menos (para quienes no admiten la teoría de las virtudes morales infusas) porque están elevadas por la caridad. Presentarlas en un contexto ‘natural’ es rebajarlas, quitarles el espíritu de fe y caridad que le abren metas más altas y a veces distintas de las humanas. Además, ‘naturalizar’ lo sobrenatural es precisamente lo que hace el ‘espíritu del mundo’, por tanto, esto por el sólo hecho de ser ‘menos bueno’ que lo bueno a que nos hace aspirar la fe, es algo mundano; y, en gran parte, tal ha sido uno de los mayores empeños del progresismo.

8. Conclusión.

Prescindiendo de Tolkien, el uso exagerado que se hace de él en muchos ambientes católicos, ¿no es acaso uno de los síntomas de la necedad proverbial del mundo moderno? Quiero recordar algunos textos que sí tienen a Dios por Autor principal:

Ba 3,23: ‘Los autores de fábulas y los buscadores de inteligencia, no conocieron el camino de la sabiduría ni tuvieron memoria de sus senderos’.

1 Tm 4,7: ‘Rechaza, en cambio, las fábulas profanas y los cuentos de viejas. Ejercítate en la piedad’.

2 Tm 4,3-5: ‘Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio’.

Tt 1,13-14: ‘Por tanto repréndeles severamente, a fin de que conserven sana la fe, y no den oídos a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad’.

2 P 1,16: ‘Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad’.

Espero que de ninguno de los lectores de Tolkien deba decirse como de aquel hidalgo que ‘se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentos y disparates imposibles; y asentósele de tal modo la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo'[7].

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Esta respuesta fue publicada en la revista Diálogo 17, con el título «Leer a Tolkien en una sociedad gnóstica».

[1] Escribo esto con interés puramente sacerdotal: para dar respuesta a quienes en conciencia han puesto en mis manos su preocupación al respecto. No me mueve ningún prurito literario de discutir la validez de un gran autor como fue Tolkien, ni de un género literario cualquiera (ésa es tarea para especialistas).

[2] En escala mucho menor pero casi los mismos ambientes, el mismo fenómeno se repite con el uso de ‘Crónicas de Narnia’, de C.S.Lewis.

[3] Esta sensación de ‘explicación global’ se refuerza ante el sorprendente hecho de lo reiterativo del argumento de Tolkien. La mayor parte de sus obras guardan una gran unidad; el argumento de base se reitera en El Silmarillion, El Hobbit, El Señor de los Anillos, Cuentos Inconclusos, parte de su correspondencia (en muchas de sus cartas escribe, discute, reinterpreta personajes y hechos de sus obras incluso como si se tratasen de personajes o hechos históricos). Creo que debe ser un caso único en la historia de la literatura en que un Autor dependa tanto del mundo ficticio al que ha dado a luz en su creación literaria.

[4] Muy bien lo explica el P. ALBERTO GARCIA VIEYRA en: El Paraíso o el problema de lo sobrenatural, Ed. San Jerónimo, Santa Fe 1980.

[5] El mismo Tolkien caracterizaba a su obra de ‘mito’. Lewis, después de calificar la obra de su amigo como mito, explica este género contraponiéndolo con la ‘alegoría’: ‘…un buen mito (es decir una historia de la cual brotarán siempre significados diversos para diferentes lectores y diferentes edades) es algo más elevado que una alegoría (en la cual se ha puesto un solo significado). En una alegoría un hombre puede poner solamente aquello que ya conoce; en un mito pone lo que todavía no conoce y que no podría surgir por ningún otro camino’ (‘Letters of C.S.Lewis’, New York and London, Harcourt Brace Jovanivich, 1975 p. 271). Es precisamente esta capacidad de suscitar diversos significados en el lector lo que ha llevado a algunos a sostener los mayores disparates.

[6] Cf. especialmente lo que dice SAN JUAN DE LA CRUZ en: Subida del Monte Carmelo, L.2 c.6,1.

[7] Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, c.1.