estigmas

¿Son los estigmas verdaderos fenómenos sobrenaturales?

Pregunta:

He leído que el P. Pío era un estigmatizado y creo que eso significa que él tenía las mismas heridas de Cristo (¿estoy en lo cierto?), pero tengo una duda: ¿no podríamos pensar que esas eran simples llagas como las que se les forman a algunas personas en otras partes del cuerpo? ¿Por qué pensar que es algo milagroso? M. C. S.

 

Respuesta:

Estimado:

El fenómeno de la estigmatización consiste en una especie de impresión de las santas llagas del Señor en los pies, manos, costado y frente; aparecen espontáneamente, sin ser provocadas por herida alguna exterior y manan periódicamente sangre limpia. Del primero que se tenga noticia fue San Francisco de Asís. En la historia de la Iglesia hay unos 70 estigmatizados canonizados. El más reciente fue el Padre Pío de Pietrelcina de quien usted formula la consulta.

Este fenómeno va precedido por muy fuertes tormentos físicos y morales, que hacen al sujeto semejante a Jesús crucificado. La falta de estos padecimientos es una mala señal, porque los estigmas son el símbolo de la unión con el Crucificado y de la participación en sus tormentos. Si alguien aparece con estigmas pero sin previos tormentos espirituales y morales e incluso físicos (que pueden haber durado varios años antes de que aparezcan estos fenómenos) puede ser explicado o bien a una falsificación o a una neurosis histérica o un engaño diabólico.

Son señales de los verdaderos estigmas, según Tanquerey:

1. Están localizados en los mismos lugares del cuerpo que en Nuestro Señor.

2. En general aparecen los días o tiempos en que se trae a memoria la pasión de Cristo (esto puede no darse en todos).

3.Estas llagas no supuran jamás; la sangre que de ellas mana es pura y limpia; en cambio cualquier otra lesión del cuerpo del estigmatizado supura. No se curan nunca por más remedios ordinarios que se les apliquen y pueden durar años.

4. Producen abundantes hemorragias, a pesar de que parecen estar a flor de piel, lejos de los vasos sanguíneos.

5. Finalmente, y es lo más importante, los estigmas no se encuentran sino en personas que practican las virtudes más heroicas y tienen particular amor a la cruz.

En el caso del P. Pío de Pietrelcina, es indudable que éste es uno de los fenómenos más misteriosos de su vida. Respecto de la posibilidad que se trate de llagas comunes, resulta muy interesante la aclaración del doctor Nicola Silvestri, subdirector sanitario de la casa ‘Alivio del sufrimiento’ (‘Sollievo della Sofferenza’), hospital fundado por el mismo P. Pío en San Giovanni Rotondo (se trata de una conferencia durante el Congreso internacional sobre el Padre Pío, celebrado en el Ateneo Pontificio ‘Regina Apostolorum’ de Roma del 9 al 10 de abril de 2002; puede ver la noticia completa en Zenit: ZS02041204).

‘Desde el punto de vista médico –precisó el doctor Silvestri en su conferencia–, los estigmas no pueden considerarse como heridas o llagas, pues no tienden a cicatrizar ni siquiera cuando son curadas. No sufren procesos de infección ni de descomposición, no degeneran en necrosis, no emiten mal olor, sangran y permanecen estacionarias e inalteradas durante años, contra toda ley de la naturaleza’.

El científico explicó que ‘sobre estos fenómenos, la Iglesia es justamente severa y sólo tras rigurosos estudios y controles de médicos y teólogos, se ha pronunciado en un número bastante limitado de casos’. Para reconocerlos como válidos, siguió diciendo, la Iglesia exige ciertas condiciones que deben caracterizar a este fenómeno: deben aparecer todos al mismo tiempo; deben provocar una importante modificación de los tejidos; deben mantenerse inalterados a pesar de las terapias médicas; deben producir hemorragias; deben carecer de infecciones o supuración y de cicatrización instantánea y perfecta. La Iglesia reconoce el fenómeno pero no propone creer con sentencia dogmática o doctrinal en ellos.

Asimismo el doctor Silvestri explicó que existen también casos de falsos estigmas, sobre todo entre personas víctimas de histeria que se provocan ellas mismas las heridas.

Sobre la naturaleza de los estigmas, el doctor Silvestri indicó que ‘son múltiples las teorías propuestas por escuelas diversas que intentan negar el carácter sobrenatural de los estigmas’. ‘Ninguna de estas hipótesis sin embargo resiste la crítica objetiva y rigurosamente científica. Ni la medicina ni la psicología, y ni siquiera los positivistas intransigentes, como Jean-Baptiste Dumas han podido negar la realidad del fenómeno’. ‘Si los estigmas dependieran de fuerzas naturales –explicó–, habrían aparecido en todos los tiempos y se debería encontrar la descripción en la literatura médica, mientras que hasta el siglo XII, cuando aparecieron en el cuerpo de san Francisco, no se había hablado de estigmas’.

‘Los verdaderos estigmas hasta ahora estudiados se presentan por sus características internas y externas fuera de todas las leyes que regulan la fisiopatología y hay que considerarlos como fenómenos de tipo sobrenatural’, concluyó.

Si quiere ampliar el tema puede ver con fruto: Eugenio del Niño Jesús, OCD, ‘Quiero ver a Dios. Síntesis de espiritualidad a través de ‘Las moradas de Santa Teresa”, Ed. El Carmen, Vitoria, 1960, pp. 990-1013.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

la santidad a los enfermos mentales

¿Es posible la santidad a los enfermos mentales?

Pregunta:

Quisiera conocer la posición de Revista ‘Diálogo’ acerca de las afirmaciones del Pbro. Ennio Innocenti en Diálogo nº 11 que parecen reducir la santidad al estado de conciencia plena y depender enteramente de ella. Negar la posibilidad de la santidad a quien no tiene plena conciencia ¿no implicaría excluir de la santidad y de la Iglesia a un gran número de personas?[1] [2].

Respuesta:

1. El estado de la cuestión

Ante todo quisiera delimitar un concepto: cuando Ennio Innocenti (al igual que Leandro Ancona a quien aquél refuta) habla de ‘santidad’ se refiere no a la santidad que podíamos definir, con perdón de la inexactitud del término, como ‘pasiva’: es decir, la santidad que consiste en la inhabitación de la Trinidad por la gracia en el alma de quien aún no tiene uso de sus facultades, como el caso de los niños bautizados que aún no han llegado al uso de razón. Por el contrario, se refiere a la ‘santidad que pueda servir de ejemplo'[3]; la santidad en el adulto donde de conjugan la gracia y la libertad, y que por tanto sus obraspueden ser puestas como modelo de unión con Dios a los demás hombres; por eso la insistencia de Innocenti de que la santidad ‘es grandeza de conciencia y libertad en Dios'[4], que ‘el santo tiene conciencia de que su máxima libertad es divina en el mismo momento en que es suya, al punto de repetir con Cristo: lo que es mío es Suyo, mi vivir es Su vivir'[5], y que determinados enfermos ‘no gozan de ninguna santidad que pueda servir de ejemplo‘[6].

2. La doctrina católica

La doctrina católica sobre la santidad de los que son incapaces de actos propiamente humanos, es decir, libres (entre quienes podemos colocar a los niños antes del uso de razón y los amentes que pueden ser equiparados a ellos[7]) es que en ellos está presente la gracia santificante habitual, recibida en el bautismo. Pero no realizan ningún acto meritorio personal puesto que no tienen uso de sus facultades (inteligencia y voluntad). Es por este motivo que si estos llegan al uso de razón tienen que realizar un acto de fe actual al menos implícito. Para los que carecen del uso de razón basta la fe habitual y la gracia habitual para salvarse. A ellos se equiparan también los que han quedado enajenados de sus facultades siendo ya adultos si en el momento en que esto ocurrió se encontraban en gracia. Este caso no es contemplado ni considerado por Innocenti en su artículo porque tampoco se refiere a él L. Ancona.

En cambio, para los adultos es necesaria con necesidad de medio el acto de fe actual[8].

¿Qué pasa con los enfermos psicológicos adultos que no están totalmente desprovistos del uso de razón sino que o bien sufren una disminución del uso de sus potencias, o bien alteran momento de lucidez con momentos carentes de ella, o bien mezclan en su actividad facetas lúcidas con facetas alteradas? La sana psicología y la sana moral enseñan que, por lo general, estos enfermos no están privados totalmente de libertad y tienen, por tanto, cierta responsabilidad, más o menos atenuada según los casos. Sigue siendo siempre actual y vigente cuanto ha escrito al respecto H. Bless en su Pastoral Psiquiatrica[9]. Bless explica allí cómo los anormales son -por lo general- normales en todo lo que no se refiere a su anormalidad y cómo debe, por lo general partirse de la base de que gozan de una libertad al menos mínima. Si tales enfermos tienen un uso restringido de la libertad su santidad y su culpabilidad dependerán del uso que hagan de tal libertad. El mismo Bless dedica, por eso, un largo análisis de su libro a la ‘dirección espiritual de los neurópatas y psicópatas’, a la ‘observancia de las leyes divinas y eclesiásticas’ y a la ‘recepción de los sacramentos’ por parte de los mismos.

Por este motivo a tales enfermos se les exige las condiciones mínimas requeridas para que un adulto pueda recibir válidamente los sacramentos. En el nuevo Código de Derecho Canónico sólo figura explícitamente el caso del amente total (asimilable al niño sin uso de razón, como ya hemos dicho); los demás casos es de suponer que se equiparan a los adultos. El Código anterior daba, en cambio, algunas pautas que siguen siendo estimables desde el punto de vista pastoral[10]; decía éste de los ‘amentes y furiosos'[11]:

-Si tienen intervalos lúcidos sean bautizados, si ellos lo desean, como los párvulos.

-Deben ser bautizados en peligro inminente de muerte, si ellos antes de perder la razón, manifestaron deseos de recibir el bautismo.

-Debe bautizarse al aletargado o frenético, pero solamente estando despierto y queriéndolo él; mas si amenaza peligro de muerte vale lo dicho anteriormente.

Sobre la santidad de un enfermo sólo puede juzgar Dios; nuestros parámetros son muy precarios. Es evidente que teniendo un uso limitado y penoso de su libertad, un acto que para una persona normal representa un esfuerzo ordinario, para un enfermo puede implicar algo extraordinario, y en cuanto tal, altamente meritorio si es hecho en gracia de Dios. Quede en claro, sin embargo, que los actos de santidad de un enfermo no son sus actos patológicos directamente y en cuanto patológicos sino sus actos más o menos libres[12]. Podríamos decir, en cambio que pueden ser fuente de mérito indirectamente también sus actos enfermizos compulsivos e instintivos en la medida en que resista y no consienta -con su limitada libertad- a cuanto estos tengan de deformidad moral y que los sufra y ofrezca a Dios en lo que tienen de mecánico y de precedente a la libertad del sujeto. Hablando de los enfermos nerviosos decía Juan XXIII: ‘los creyentes saben que aceptado y ofrecido, su sufrimiento, unido al de Cristo Salvador, tiene un valor redentivo'[13].

3. La tesis de Ancona y la refutación de Innocenti

Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir podrá verse mejor la refutación que hace Innocenti de la insostenible posición de Ancona. Cuando éste último habla de la santidad del enfermo no intenta decir lo que nosotros hemos expuesto en el párrafo anterior sino precisamente lo contrario. Para él la santidad (y el caso concreto de los fenómenos místicos que analiza en Santa María Magdalena de Pazzi) consistirá propiamente en el mismo acto patológico; éste, en cuanto patológico, es una manifestación mística, es decir, del Espíritu Santo.

En efecto, según Ancona las manifestaciones patológicas, ‘tanto depresivas como obsesivas o histéricas…, aunque sean de origen instintivo, tanto libidinoso como agresivo…’ pueden ser consideradas como manifestaciones místicas en virtud de una acción del Espíritu Santo que transforma lo natural, instintivo y patológico, en algo superior. Por tanto, según él Santa María Magdalena de Pazzi no tenía manifestaciones místicas ‘sobrenaturales’, sino que éstas eran manifestaciones enfermizas instintivas (por tanto, no libres) que adquirían valor sobrenatural en virtud de lo que el autor llamasurlimazione, Esta surmilazione sería un concepto contrapuesto a la sublimación, y significa el acto por el cual el Espíritu Santo transforma lo patológico del hombre en santo.

En el artículo en cuestión me parece que las tesis de Innocenti contra Ancona pueden expresase como sigue:

Primero, que no puede excluirse a priori que la enfermedad mental (téngase en cuenta qué tipo de enfermedad es la que está en la mente de Ancona) sea en ciertos casos dependiente de actos pecaminosos (verdaderamente culpables) del sujeto enfermo. Muchas manifestaciones de depravaciones maníacas son fruto del consentimiento libre a actos pecaminosos y a la libre adquisición de hábitos viciosos, como es constatable en ciertos maníacos sexuales y homicidas[14].

Segundo, en los actos en que un adulto enfermo es esclavo de los instintos que tienen lugar en él independientemente y al márgen de su voluntad, sus actos no son libres, y por tanto, no son plenamente humanos ni santos, ni meritorios ni tampoco culpables. Son actos del hombre pero no propiamente humanos[15], procedentes de él, pero no santificadores ni pecaminosos. En contra de Ancona: ‘aunque sean de origen instintivo, tanto libidinoso como agresivo, encuentran una nueva calificación en una dinámica superior de la que goza toda la persona surlimada'[16].

Tercero, ciertamente tales actos instintivos no son manfestación de una acción del Espíritu Santo, puesto que son patológicos. ‘Si no nos equivocamos -dice Innocenti-, en virtud de esta surlimación, producto del Espíritu Santo, la patología se convierte en manifestación superior, constructiva y divina, aunque permaneciendo patológica‘[17]. De hecho para Ancona, fiel a sus principios, la santidad de Santa María Magdalena de Pazzi se insiere en el fenómeno de sado-masoquismo[18]. Tesis completamente aberrante. Un estudio recientemente publicado del P. Leonardo Castellani aborda parte de este mismo tema refutando tesis semejantes a las defendidas por el psiquiatra italiano[19].

Entendidas en este sentido coincidimos plenamente con las afirmaciones de Ennio Innocenti.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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[1] Apareció en Revista Diálogo nº 13.

[2] Respondemos por medio de esta sección a la amable carta que el Sr. Emilio G. F. Nazar digiera al Director de Diálogo solicitando aclaración sobre algunas afirmaciones del Pbro. Ennio Innocenti en su artículo ‘Freud y la religión’ (Diálogo 11), especialmente en págs. 108-120 donde éste refuta el libro de Leonardo Ancona Santa María Magdalena de Pazzi a la luz de la psicología. La carta completa del Sr. Nazar es publicada como ‘carta al lector’; nosotros hemos entresacado sólo el cuestionamiento principal de la misma. Agradecemos su colaboración así como la de todos aquellos lectores que nos envían consultas dando lugar a esta sección.

[3] Diálogo 11, p. 112.

[4] Diálogo 11, p. 112.

[5] Diálogo 11, p. 111.

[6] Diálogo 11, p. 112 (las negrillas son nuestras).

[7] Cf. CIC [Código de Derecho Canónico] 852,2: ‘por lo que se refiere al bautismo, el que no tiene uso de razón se asimila al infante’.

[8] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, tomo I, nº 283; Cf. CIC, 865.

[9] H. Bless, Pastoral Psiquiatrica, Ed. Razón y Fe, Madrid 1966.

[10] Así lo entiende por ejemplo J. Manzanarez, en Nuevo Derecho Parroquial, B.A.C., Madrid 1990, p. 140, quien explica lo que dice el Nuevo Código con los mismos términos que el Código de 1917.

[11] CIC ’17, 754,2-4.

[12] Menos todavía los que refiere Ancona en el trabajo refutado por Innocenti, que corresponde a lo que algunos llaman ‘aberraciones mentales’, como por ejemplo, el P. Leonardo Castellani, Psicología humana (Ed. Jauja, Mendoza 1995, p. 55) quien califica los grados de anormalidad en los siguientes: neurosis, aberraciones o degeneraciones, psicósis, perversión. Y luego entre las degeneraciones enumera: inversión, sadismo, masoquismo, voyerismo, exhibicionismo, etc. Como puede leerse en el artículo de Innocenti, Ancona explica el caso de Santa María Magdalena de Pazzi como un caso de sado-masoquismo.

[13] Juan XXIII, al Congreso Internacional de Neurología y Electroencefalografía, 16 de septiembre de 1961; AAS, 53 (1961), p. 616.

[14] Véase el juicio moral y psicólogico que hemos hecho sobre el fenómeno de la pornografía en Diálogo 12 (1995), pp. 151-155.

[15] Cf. Santo Tomás, I-II, 1, 1.

[16] Citado en Diálogo 11, p. 117.

[17] Diálogo 11, p. 117.

[18] Diálogo 11, p. 113.

[19] Op. cit. más arriba, cap. III.