Dios

¿Qué quiere decir Dios?

Pregunta:

Estimado Padre: Siempre he tenido la curiosidad de saber por qué llamamos ‘Dios’ a ‘Dios’. ¿De dónde surgió esta palabra? ¿Cómo se empezó a llamar así a Dios? Gracias

Respuesta:

Estimado:

Dios, en anglosajón God; alemán Gott; similar al persa khoda; hindú khooda. Dios puede definirse de distintas maneras, como:

El nombre propio del Ser Supremo e Infinito, Creador y Regente del universo, a quien el hombre debe alabanza y obediencia;

El nombre común o genérico con el cual se denomina a los numerosos seres supuestos a quienes, en las religiones politeístas, les son adscritos atributos divinos y se les rinde adoración;

El nombre aplicado en algunas ocasiones a un ídolo, como la imagen o el habitáculo de un dios.

El significado de la raíz del nombre (derivada del gótico gheu; sánscrito hub o emu, ‘invocar, sacrificar a’) es o ‘el invocado’ o ‘a quien se sacrifica’. De dos diferentes raíces indo-germanas (div, ‘brillar’ o ‘alumbrar’; thes en thessathai, ‘implorar’) proceden las raíces indo-iraní deva, sánscrita dyaus o divas, latina deus, griega theos, irlandesa y gaélica dia, que son denominaciones genéricas; asimismo de estas raíces proceden algunos nombres propios de deidades paganas, como el griego Zeus, los latinos Júpiter (Jovpater), Juno (Janus) y Diana, el bajo teutón Tiu o Tiw (sobreviviente en Tuesday) y algunos otros. En las lenguas semíticas el nombre común más extendido es, en hebreo ‘el, en babilonio ‘ilu, en arábigo ‘ilah, etc.; y aunque los eruditos no concuerdan en este punto, el significado más probable es ‘el fuerte’ o ‘el poderoso’.

P.J. TONER
Transcrito por Tomas Hancil.
Traducido por Francisco Con.

diaconado

¿Qué es el diaconado?

Pregunta:

Estimado Sr.: Estoy buscando una información, para realizar un trabajo, a ver si podéis ayudarme, en encontrar alguna información sobre el diaconado, pues estoy intentando hacer un trabajo tipo investigación sobre la institución, y cómo lo vieron en la Iglesia. En qué se basaron los apóstoles y cómo floreció en la Iglesia, y cómo lo vieron los Santos Padres y la Iglesia primitiva. Gracias por todo. M. C.G.

Respuesta:

Estimado:

Le envío lo que escribe al respecto la Enciclopedia GER; al final tiene bibliografía para ampliar el tema:

DIÁCONO

En la triple jerarquía que constituye el sacramento del Orden (v.), el d. ocupa el grado inferior, y su oficio se remonta a los orígenes de la Iglesia.

1. Indicaciones bíblicas. Los Hechos de los Apóstoles relatan la institución de los siete primeros auxiliares helenistas, justificando este ministerio en la necesidad de una asistencia caritativa a los pobres mediante unos cuadros eficientes y organizados, sin detrimento de la función de los Apóstoles (v.), primordialmente orientada a la ‘oración y a la palabra de Dios’ (Act 6). La Tradición considera comúnmente a ese desdoblamiento de la plenitud apostólica como la institución del diaconado, siendo mencionados por primera vez los d. junto a los episcopos en la salutación de la epístola a los filipenses (1,1). En la primera epístola a Timoteo (3,8-14) se enumeran las cualidades exigidas a los d.; se desprende de ese texto que los d. ejercen una función de responsabilidad, de orientación en las comunidades cristianas, guardando un lugar subalterno con respecto a los jefes, a los episcopos.

Los datos del N. T., aunque sumarios, tendrán la mayor importancia en la historia de la Iglesia (v. IGLESIA I, 2); realzan un ideal de servicio, inspirado en el ejemplo de Jesucristo (cfr. Le 22,24-27); el ejercicio de la autoridad en la Iglesia es presentado como un servicio, una diaconía (2 Cor 3,3; Rom 11,13; cfr. Mt 20,25-27 y paralelos). El diaconado se presenta en la Iglesia apostólica como una manifestación de la caridad que debe distinguir a la Jerarquía eclesiástica. Por otro lado, la ‘fuerza del Espíritu’ que obra en los primeros d., especialmente en S. Esteban (v.), marcará siempre en la Liturgia y en la Tradición la figura del d., apuntando las fuentes de su vida espiritual. Se deja una total amplitud a la institución diaconal. Ésta asumirá, a través de los tiempos y según las necesidades, formas apropiadas para la vitalidad del culto, el anuncio de la palabra de Dios, la administración de los bienes eclesiásticos y la atención material de los necesitados.

2. Tradición patrística. El servicio de la Iglesia y su disponibilidad a las órdenes del obispo son el ideal evangélico que los d. son llamados a ejercer, exaltado con insistencia en la Iglesia posapostólica. Así se expresan, p. ej., Hipólito Romano, S. Ignacio de Antioquía, los Statuta Ecclesiae antiqua (v.) y el Concilio de Nicea (325). S. Ignacio de Antioquía afirma: ‘es preciso que los diáconos den gusto en todo a todos. Los diáconos son, en efecto, ministros de la Iglesia de Dios, y no distribuidores de comidas y bebidas’ (Ad Tallianos, II, 3). El ministerio de los d. conserva el carácter de universalidad y maleabilidad, siempre en dependencia de los obispos (v.) y, al menos en principio, de los presbíteros (v.) Los d. orientan las preces de los fieles, celan por el buen orden de la comunidad litúrgica, ocupando como un lugar intermedio entre el que celebra la Santa Misa y los fieles, sirviendo junto al altar y actuando según las necesidades de la asistencia. Semejante oficio comprenderá desde la proclamación del Evangelio, el ofrecimiento del Sacrificio al lado del obispo y el presbiterio, la distribución del pan y del vino eucarísticos, hasta una actitud de vigilancia y todas las iniciativas necesarias para que cada cristiano comprenda las enseñanzas y participe en los misterios litúrgicos. Esta actividad cultual se prolonga en una irradiación de carácter pastoral. Inicialmente el d. aparece como el brazo derecho de los obispos. En los s. tii y iv, con la multiplicación de las comunidades rurales, los d. asumen a veces como la dirección de lo que hoy podría llamarse una parroquia (v.), según el testimonio del Conc. de Elvira (can. 77).

Esta época patrística señala la edad de oro del diaconado, institución permanente y función en perfecta armonía con la vitalidad de las comunidades cristianas. Es difícil precisar la fisonomía del d. en este momento de florecimiento, por su extraordinaria variedad de funciones. Se mueve en el plano de la evangelización, de la catequesis, de la organización del culto, en la formación de los catecúmenos y neófitos. Se manifiesta igualmente una función caritativa, haciendo del d. mediador de la caridad entre los ricos y los pobres, y personificación de la generosidad cristiana, eficaz e institucionalizada. Según el prototipo de S. Esteban, el primer d. de Jerusalén, la tradición cristiana exaltará las figuras ejemplares de S. Lorenzo (v.), d. romano; de S. Efrén (v.), que ejerce la misma función con un brillo singular en Siria, y de S. Vicente Mártir (v.), que ilustra la iglesia de Zaragoza.

3. Vicisitudes históricas. Las profundas transformaciones que tienen lugar en el s. v (v. MEDIA, EDAD I, A, 1) repercuten en la organización y actividad de la Iglesia; si a ello se añaden los cambios que se producen en el interior de la misma (en especial la disminución del catecumenado -por aumento del bautismo de los niños-, etc.) se entiende que la importancia del diaconado vaya poco a poco disminuyendo. Éste pierde un tanto de su función específica y vital pasando a ser, sólo, un puesto de paso para acceder a las dignidades superiores del presbiterado y del episcopado. Más aún, son conocidas las invectivas de S. Jerónimo (v.) y del Ambrosiastro (v.) contra las pretensiones de los d., que compiten con los presbíteros y parecen aspirar más a la dominación que al servicio humilde y evangélico de sus orígenes (cfr. S. Jerónimo, Carta 146, n° 2). Parece que el ideal del diaconado encerraba una cierta ambigüedad, pues por un lado se trata de un grado jerárquico, de un servicio junto al altar, y por otro no posee las atribuciones propiamente sacerdotales. Conforme a la célebre sentencia de Hipólito de Roma, recogida por el Vaticano II, ‘el d. es ordenado no en vistas al sacerdocio, sino al servicio del Obispo’ (Disciplina ecclesiastica, 111,1,2; cit. en las Const. Apost. V111,14,2; cfr. Lumen gentium, 29).

En la Edad Media, esta polivalencia del diaconado se irá concretando, cada vez más, a las funciones litúrgicas. Desde el s. vit cristalizan las funciones diaconales en torno a tres elementos: el servicio solemne del altar, la administración del bautismo y la predicación, siendo ésta entendida como la proclamación del Evangelio o como una actividad supletoria si falta el sacerdote. Tal será la disciplina sustancialmente perpetuada en la Iglesia latina y confirmada por el CIC. Éste condensa el resultado de la evolución histórica que venimos esbozando, caracterizando al d., como a las demás órdenes sagradas, por la intención de recibir la ordenación sacerdotal (can. 973,1). La obligación del celibato (v.) está ya incluida en la recepción del subdiaconado (can. 132; 949). Anexionado el celibato al ministerio sacerdotal, la evolución histórica del diaconado hace que este grado jerárquico sea incluido dentro de la misma ley. Según la enseñanza del Conc. de Trento, la Jerarquía del Orden, instituida por Cristo, comprende los obispos, los presbíteros y ministros, término donde van incluidos los diáconos. La Const. Sacramentum Ordinis de Pío XII (30 nov. 1947: AAS 40, 1948, 5-7) determinó que el rito esencial de la ordenación diaconal (a semejanza del presbiterado) consiste solamente en la imposición de manos y en la invocación del Espíritu Santo en un prefacio consacratorio. Eliminando así ciertas dudas teológicas, el Magisterio de la Iglesia situaba el diaconado como parte del sacerdocio ministerial, comportando la gracia y el carácter conferidos por el sacramento del Orden.

4. Situación actual. A lo largo del s. xx se han dado una serie de intentos para restaurar esta institución. Se pueden distinguir tres etapas: la primera, desde el pontificado de Pío XII, se señala por un conjunto de estudios y reflexiones sobre la significación del diaconado y la oportunidad de su restauración como oficio permanente. La segunda está representada por la actitud y las enseñanzas conciliares. Y, finalmente, las determinaciones de Paulo VI. Discretamente insinuaba ya Pío XII en oct. 1957: ‘sabemos que se piensa actualmente en introducir una orden del diaconado como función eclesiástica independiente del presbiterado. La idea, por lo menos hoy, no está aún madura’ (Discurso al II Congr. Int. del Apostolado de los laicos). El Vaticano 11 marca una etapa de esa madurez abordando la cuestión del diaconado permanente en tres documentos: en la Const. Lumen gentium, n° 29, en el Decr. Ad gentes, n° 16, y en el Decr. Orientalium ecclesiarum, n° 17. En estos dos Decretos el Concilio se refiere al tema de la restauración del diaconado como estado de vida permanente, dejando el asunto al juicio de las Conferencias episcopales (v.).

Pero es, sobre todo, la Const. Lumen gentium el documento teológico privilegiado sobre el diaconado, definiéndolo según la expresión tradicional: los d. ‘reciben la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino al ministerio’; lo que es explicado en estos términos: ‘fortificados por la gracia sacramental, ellos sirven al Pueblo de Dios, en unión con el obispo y su presbiterio, en el ministerio (diaconía) de la liturgia, de la palabra y de la caridad’. Esta diaconía, en el triple campo del culto, de la predicación y de la caridad, es pormenorizada con las siguientes funciones: ‘Es propio del d., según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el Bautismo, conservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio en nombre de la Iglesia y bendecirlo, llevar el Viático a los moribundos, leer a los fieles la S. E., instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y las preces de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura. Dedicados a los oficios de caridad y de administración, recuerden los diáconos la exhortación de S. Policarpo: ‘misericordiosos, diligentes, procediendo según la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos’ (Ad Philipenses, 5,2)’ (Lum. gent. 29). El principio y conclusión del texto conciliar resaltan la identificación del diaconado con el ideal evangélico de servicio, distinguiéndolo, sin embargo, del sacerdocio. Semejante identificación es netamente tradicional, como tuvimos oportunidad de notar. No obstante, la antítesis servicio-sacerdocio no debe tomarse en sentido de oposición entre ambas, dado que la visión conciliar del sacerdocio jerárquico hace de éste un servicio, una misión en beneficio del Pueblo de Dios, además de una consagración; consagración y misión van unidas en el sacerdocio: el ministerio, la misión, sacerdotal se deriva de la consagración que supone el haber recibido el sacramento del Orden (v. PRESBÍTERO; SACERDOCIO V; CONSAGRACIÓN II). Teniendo en cuenta las vicisitudes históricas del diaconado, se podría proponer la siguiente paráfrasis del texto conciliar: el d. no se destina al sacerdocio, es decir, no está dotado de los poderes sagrados de celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y de perdonar los pecados, funciones propias del presbiterado y del episcopado. Pero participa, no obstante, del sacerdocio: no es un laico, está al servicio del. Pueblo de Dios en cuanto ocupa un grado de la jerarquía y desempeña oficios propios del sacramento del Orden (v.).

Después de haber caracterizado de este modo el diaconado, la Const. Lumen gentium afirma la posibilidad de restablecerlo ‘como grado propio y permanente de la Jerarquía’. El fundamento de esa posibilidad es que ‘estos oficios (del d.), necesarios en gran manera a la vida de la Iglesia, difícilmente pueden ser desempeñados en muchas regiones’. Se destacan, pues, las motivaciones pastorales, y se deja ‘a las distintas conferencias territoriales de Obispos, de acuerdo con el mismo Sumo Pontífice, decidir si es oportuno y en dónde el establecer estos diáconos para el cuidado de las almas’, añadiendo a continuación que ‘con el consentimiento del Romano Pontífice ese diaconado podrá ser confiado a varones de edad madura, aun casados, y también a jóvenes idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato’ (ib., 29). Las indicaciones conciliares provocaron interés en algunas regiones de la Iglesia, suscitando varios estudios de carácter doctrinal, así como iniciativas en vista a la preparación y formación de los futuros diáconos. En 1967, una comisión de estudios convocada por el propio Papa presentaba sugerencias y diferentes puntos de vista, susceptibles de esclarecer el restablecimiento del diaconado permanente. En el mismo año Paulo VI promulgó, el 18 junio, el Motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem (AAS 59, 1967, 697-704), dónde se determinan las oportunas normas canónicas sobre el diaconado permanente.

Este documento es el resultado del trabajo de una comisión especial desde 1965 en contacto con las Conferencias episcopales y los diferentes grupos interesados en el asunto. El Motu proprio, después de recordar en su introducción la doctrina tradicional y conciliar sobre el diaconado, establece los puntos siguientes: competencia de las Asambleas o Conferencias episcopales para decidir acerca de la oportunidad de tiempo y lugar para la restauración del diaconado, con la aprobación del Soberano Pontífice; una vez obtenida semejante aprobación corresponde a cada Ordinario probar y ordenar los candidatos en los límites de su propia jurisdicción. La formación de los jóvenes candidatos, que están obligados a observar la ley del celibato, se hará en institutos especiales, debiendo durar, por lo menos, tres años, con un programa de estudios sabiamente adaptados y acompañado de ejercicios prácticos convenientes. La admisión y formación de los candidatos de edad madura, solteros o casados, constituye la tercera parte del documento. La edad requerida es 35 años, como mínimo, y para los candidatos casados se exige que hayan vivido bastantes años en matrimonio y hayan sabido dirigir su hogar. El consentimiento de la esposa es requerido, así como sus cualidades cristianas y naturales, a fin de que no dificulten el ministerio de su marido. Los solteros, al recibir el diaconado, contraen la obligación del celibato. La subsistencia del d. debe ser prevista y garantizada según normas precisas, que serán establecidas por las Conferencias episcopales.

Las funciones diaconales son enumeradas en armonía con la Const. Lumen gentium, incluyéndose explicaciones, que manifiestan el papel dinámico del nuevo d. y su participación en la Jerarquía y en las comunidades. Así, se dice que el d. debe ‘ocuparse, en nombre de la jerarquía; en oficios de caridad y de administración, y en obras de ayuda social; dirigir legítimamente, en nombre del párroco y del obispo, las comunidades cristianas dispersas; promover y apoyar las actividades apostólicas de los laicos’ (n° 22,9-11). Es inculcada especialmente la comunión del d. con el obispo y su presbiterio, y, en cuanto sea posible, que participe en los Consejos Pastorales (n° 23-24). Son propuestas directrices de vida espiritual, inspiradas en una asidua lectura y meditación de la palabra de Dios, frecuencia de los sacramentos (la Eucaristía, así como la piadosa visita a la misma y el examen de conciencia, diariamente), dejándose al cuidado de las Conferencias episcopales el determinar las formas concretas, particularmente en lo referente a la recitación de al menos una parte del Oficio divino (n° 25-31). La Santa Sede podrá autorizar la institución del diaconado permanente entre los religiosos (n° 32-35). El Motu proprio indica de este modo, a grandes rasgos, la fisonomía que debe adquirir el diaconado permanente en la Iglesia; pero se observa que la responsabilidad del éxito y de la cualidad de esta renovación eclesiástica recaerá en las Conferencias episcopales, los obispos, las familias religiosas y en las iniciativas de las diferentes regiones. El 17 jun. 1968 la Const. ap. Pontificalis Romani Recognitio (AAS 60, 1968, 369-373) establecía el nuevo rito para conferir la sagrada orden del diaconado (también la del presbiterado y episcopado), definiendo a la vez la materia y forma de la misma ordenación. La Carta apostólica Ministeria quaedam, de 15 sept. 1972, establece, entre otras cosas, que la incorporación al estado clerical se difiere hasta el diaconado. Con esta misma fecha, Paulo VI ha promulgado nuevas normas sobre la figura del diaconado, concretamente: establecimiento de un rito de admisión para los candidatos al diaconado, ya sea permanente o transitorio, rito litúrgico de administración, obligación del celibato para los d. no casados, que constituye impedimento dirimente para contraer matrimonio, obligación de recitar una parte al menos de la Liturgia de las Horas, etc. (Carta Ad pascendum, 15 sept. 1972).

BIBL.: J. N. SEIDL, Der Diakonat in der katholischen Kirche, Ratisbona 1884; H. LECLERCQ, Diacres, en DACL IV,738-746; J. FORGET, Diacres, en DTC V1,703-731; J. VITEAu, L’institution des diacres et des veuves (Actes 6,1-10; 8,4-40; 21,8), ‘Rev. d’Histoire Ecclésiastique’ 22 (1926) 513-538; J. COLSON, La lonction diaconale aux origines de 1’Église, París 1960; M. RIGHETTI, Historia de la Liturgia, II, Madrid 1956, 947-951; S. SALAVILLE, G. NoWACK, Le róle du diacre dans la liturgie orientale, Atenas 1962; S. BIHEL, De septem diaeonis, ‘Antonianum’ 3 (1928) 129-150; J. TIXERONT, L’Ordine e le ordinazioni, Brescia 1939, 77-85; B. KURTSCHEID, Historia iuris canonici, I, Roma 1941, 53-56, 159-164, 257-261; A. KERVOORDE, Elementos para una Teología del Diaconado, en G. BARAÚNA (dir.), La Iglesia del Vaticano II, II, Barcelona 1968, 917-952; J. M. RISAS, La renovación del diaconado, ‘Ius Canonicum’ IX (1969) 239-258. Para los aspectos doctrinales y prácticos, relativos al carácter y funciones del clero y de los laicos en general, es fundamental: A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia, Pamplona 1969.

cristo

¿He tenido una experiencia de Cristo o qué puede ser?

Pregunta:

Hola padre: Mi nombre es Adriana. Quisiera ver si podría explicarme una duda que tengo sobre una experiencia que tuve. Estaba en una Misa tipo carismática donde la gente empezó a hablar el don de lenguas. Yo en el banco de la iglesia comencé a rezar y rezar diciéndole a Nuestro Señor que le entregaba mi vida, que me guiara por el buen camino, que quería saber si me escuchaba, que lo necesitaba mucho… y entonces dijeron que la presencia del Señor estaba ahí. En ese momento mi corazón empezó a latir y latir con muchísima velocidad; empecé a perder el control sobre mí y me empecé a asustar; creí que algo me iba a pasar; no podía detener el latido de mi corazón y cada vez era más rápido. No era doloroso pero después empecé como a temblar y ahí me asusté mucho y traté de bloquear y respirar, hasta que salí de eso. No sé exactamente lo que pasé; me gustaría saber qué piensa usted de esto. ¿Fue un encuentro con Cristo? ¿Qué se debe hacer en caso de que me vuelva a suceder? ¿qué significa eso? No estoy segura si tuve alguna visión de algo blanco tomándome las dos manos… Agradecería mucho padre si pudiera explicarme. Saludos desde México; que Dios lo bendiga.

Respuesta:

Estimada Adriana:

Tal como usted me lo describe no se trata de ningún fenómeno sobrenatural. Dios es dueño del alma y, como dice San Ignacio de Loyola, entra y sale cuando quiere y sin hacer ruido. Cuando una persona se confiesa de sus pecados y pasa del estado de pecado al estado de gracia, Dios Uno y Trino, comienza a vivir en su alma, como enseña Jesucristo en el sermón de la última cena; pero física o psicológicamente esa persona no ‘siente’ nada. Asimismo, cuando una persona adulta se bautiza tiene una experiencia sobrenatural altísima: Dios lo hace hijo suyo y comienza a vivir en su corazón… y no ‘siente’ nada. Dios no necesita hacer ruido para entrar y salir del corazón. Más todavía: cuando comulgamos con devoción en la Santa Misa recibimos el mismo cuerpo de Jesús y cuando oímos Misa estamos ante el Sacrificio de Cristo en el Calvario… y ninguna sensación extraña en nuestro cuerpo experimentamos. ¡No puede haber actos espirituales más grandes (esencialmente hablando) que nuestra presencia a la Pasión y nuestra unión con el mismo Cuerpo y Alma y Sangre y Divinidad de Jesucristo, o tener la inhabitación de la Trinidad Santísima en nuestros corazones!

San Ignacio en sus reglas de discernimiento de espíritus (Ejercicios Espirituales) explica precisamente que es el mal espíritu quien hace ruido y turba y confunde al entrar en el corazón (por la tentación, la confusión), y muchas veces lo hace disfrazado de bien, pero justamente lo podemos descubrir por su ‘torpeza’ al actuar.

Por lo que usted me explica, me da la impresión de que usted ha sufrido un estado de sugestión colectiva, muy común en algunos grupos de oración carismáticos. Esto no es bueno, y es una pena que persona muy buenas (porque muchas lo son) se confundan sobre la naturaleza de la vida espiritual y de las experiencias espirituales.

Recuerde las palabras de Cristo en la última cena (que son muy serenas y aseguradoras): ‘al que me ama y cumple mis palabras (entiéndase ‘mandamientos’ o simplemente ‘voluntad de Dios’) mi Padre y Yo vendremos a él y haremos morada en él’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

bilocación

¿Qué es la bilocación?

Pregunta:

Leí en la biografía del Padre Pío que él se ‘bilocaba’, pero no entendí el sentido de la frase; ¿me podría usted explicar qué es la bilocación? Gracias.

 

Respuesta:

La bilocación es la presencia simultánea de una misma persona en dos lugares diferentes. 

Se han dado numerosos casos en la vida de los santos. Los más notables son: el Papa San Clemente, San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, Santa Ludwina, San Francisco Javier, San Martín de Porres, San José de Cupertino, San Alfonso de Ligorio, San Juan Bosco y, recientemente, el Beato Padre Pío de Pietrelcina.

No hay ningún otro fenómeno de la mística que cause tantas dificultades como éste para poder explicarlo satisfactoriamente. Se han formulado muchas teorías al respecto pero todavía, ninguna de ellas ha logrado producir una luz definitiva en torno a éste fenómeno.

Santo Tomás de Aquino enseña que la presencia de un mismo cuerpo en dos lugares diferentes al mismo tiempo es contradictoria porque la materia ocupa unas dimensiones específicas y no las puede ocupar en diferentes lugares simultáneamente.

Pero si puede ocurrir que mientras un cuerpo está en un lugar en otro lugar esté una representación o figura aparente del mismo. Esta representación puede darse ‘sobrenaturalmente’ (por intervención divina) o ‘preternaturalmente’ (por intervención diabólica). Esta explicación no ofrece ninguna dificultad y es una de las formas más aceptadas para explicar este fenómeno.

Bilocaciones Sobrenaturales: Los fenómenos de bilocación sobrenatural se dan por una representación sensible, hecha milagrosamente por Dios, en uno de los lugares de la bilocación.

La bilocación puede ser de dos maneras: o puramente en espíritu o bien en cuerpo y alma, es decir la persona completa.

Cuando se realiza únicamente en espíritu y va acompañada de aparición, la presencia de la persona es física en el punto de partida, y es puramente representativa en donde tiene lugar la aparición, o sea, donde el espíritu se representa visiblemente revestido de un cuerpo.

Cuando la bilocación se hace en cuerpo y alma, la presencia de la persona es física allí donde el cuerpo y el alma se presentan y aparecen de una manera visible, y es representativa en el sitio que la persona abandona.

En el primer caso, el cuerpo que el espíritu toma para hacerse visible a lo lejos representa a la persona que físicamente está en otra parte. En el segundo caso, el cuerpo que parece permanecer en el lugar de origen, y que las personas creen que no se ha movido para nada, no es más que una representación de la persona hecha por el ministerio de un ángel (o de otro modo desconocido por nosotros), mientras que la verdadera persona se ha trasladado en cuerpo y alma a la otra parte.

Esta doble presencia, representativa en un lado, y física, del otro, es esencial a la bilocación de cualquier manera que se verifique, ya sea en cuerpo y alma, o sea puramente en espíritu, pero de manera visible. También se debe insistir en que esta doble presencia de la que hablamos, la una física, la otra representativa, supone necesariamente, para constituir verdadera bilocación, la traslación, es decir, el paso de la persona de un lugar a otro, ya sea en cuerpo y alma, ya al menos en espíritu.

Bilocaciones Preternaturales: El fenómeno bilocativo puede tener a veces, sin duda ninguna, un origen preternatural o diabólico. El demonio puede perfectamente -permitiéndolo Dios- encargarse de realizar la representación de la persona ‘bilocada’ en uno de los lugares de la bilocación. ‘El contexto y las circunstancias que acompañan a esas bilocaciones será el criterio diferencial para distinguirlas de las sobrenaturales, de acuerdo con las normas y reglas del discernimiento de los espíritus.'(Cf. P. Serafín en su libro Principios de la Teología Mística p. 430.)

Un ejemplo de la bilocación sobrenatural fue lo sucedido a San José de Cupertino:

San José de Cupertino asistió a la muerte de su madre en su pueblo natal sin abandonar el convento de Asís donde residía. Estando ella a punto de expirar gritó con gran acento de dolor: ‘¡Oh Fray José, hijo mío, ya no te veré más!’ Al instante apareció una gran luz que iluminó la habitación, y la moribunda, viendo a su hijo, gritó de nuevo llena de júbilo: ‘¡Oh Fray José, hijo mío!’. Al mismo tiempo el bienaventurado se encontraba en Asís; salía llorando de su celda, encaminándose a la Iglesia a orar. El padre guardián le encontró y le preguntó la causa de su llanto. Su respuesta fue: ‘Mi pobre madre acaba de morir’. La carta que llegó muy pronto confirmó la noticia; pero también se supo que el Santo había asistido personalmente a su madre moribunda. Todos estos hechos constan en el proceso de beatificación.

Este don, como muchos otros dones extraordinarios, es un regalo de Dios que la Iglesia trata de entender y explicar pero que, ante el misterio de la acción de Dios, las palabras se hacen cortas e insuficientes. Nos basta el asentimiento de la fe, y el saber que para Dios no hay nada imposible.

Como todos los dones, la bilocación no es para beneficio del que lo experimenta sino más bien para el beneficio de las almas de los demás, ya que siempre cuando se manifiesta este don es para auxiliar a alguien que está en necesidad.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 


 

Bibliografía:

1. ‘Teología de la Perfección Cristiana’. Antonio Royo Marín O.P. Biblioteca de autores Cristianos (BAC).

2. ‘Mysteries, Marvels, Miracles in the Lives of the Saints’. By Joan Carroll Cruz. Tan Books and Publishers.

oración

¿Escucha Dios nuestras oraciones?

Pregunta:

El Señor le bendiga. Desde hace más de siete años he pedido al Señor por una situación que existe en la familia, hasta la fecha no he recibido respuesta; me asalta la pregunta a qué se debe el no ser escuchada y no sólo eso sino varias peticiones y no soy escuchada. No soy perfecta, me falta mucho, pero procuro actuar como quiere el Señor, me gusta compartir lo que poseo, escudriño la Palabra de Dios, asisto a la Eucaristía, el Santo Rosario diario, con esto repito no quiero decir que sea buena, quisiera saber cuáles son mis fallas, sólo me pregunto para que será ,el tiempo pasa y no soy escuchada. A veces siento duda, se baja mi fe. Por favor oriénteme lo necesito.

Respuesta:

Estimada M. E.:

Le envío las hermosas reflexiones del Catecismo sobre lo que usted me pregunta (números 2735-2738):

1. Queja por la oración no escuchada

He aquí una observación llamativa: cuando alabamos a Dios o le damos gracias por sus beneficios en general, no estamos preocupados por saber si esta oración le es agradable. Por el contrario, cuando pedimos, exigimos ver el resultado. ¿Cuál es entonces la imagen de Dios presente en este modo de orar: Dios como medio o Dios como el Padre de Nuestro Señor Jesucristo?

¿Estamos convencidos de que ‘nosotros no sabemos pedir como conviene’ (Rm 8, 26)? ¿Pedimos a Dios los ‘bienes convenientes’? Nuestro Padre sabe bien lo que nos hace falta antes de que nosotros se lo pidamos, pero espera nuestra petición porque la dignidad de sus hijos está en su libertad. Por tanto es necesario orar con su Espíritu de libertad, para poder conocer en verdad su deseo.

‘No tenéis porque no pedís. Pedís y no recibís porque pedís mal, con la intención de malgastarlo en vuestras pasiones’ (St 4, 2-3).21 Si pedimos con un corazón dividido, ‘adúltero’ (St 4,4), Dios no puede escucharnos porque Él quiere nuestro bien, nuestra vida. ‘¿Pensáis que la Escritura dice en vano: Tiene deseos ardientes el espíritu que él ha hecho habitar en nosotros’ (St 4, 5)? Nuestro Dios está ‘celoso’ de nosotros, lo que es señal de la verdad de su amor. Entremos en el deseo de su Espíritu y seremos escuchados: ‘No te aflijas si no recibes de Dios inmediatamente lo que pides: es él quien quiere hacerte más bien todavía mediante tu perseverancia en permanecer con él en oración’ (Evagrio Póntico). ‘Él quiere que nuestro deseo sea probado en la oración. Así nos dispone para recibir lo que él está dispuesto a darnos’ (San Agustín) .

2. La oración es eficaz

La revelación de la oración en la Economía de la salvación enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia. La confianza filial es suscitada por medio de su acción por excelencia: la Pasión y la Resurrección de su Hijo. La oración cristiana es cooperación con su Providencia y su designio de amor hacia los hombres.

En san Pablo, esta confianza es audaz, basada en la oración del Espíritu en nosotros y en el amor fiel del Padre que nos ha dado a su Hijo único. La transformación del corazón que ora es la primera respuesta a nuestra petición.

La oración de Jesús hace de la oración cristiana una petición eficaz. Él es su modelo. Él ora en nosotros y con nosotros. Puesto que el corazón del Hijo no busca más que lo que agrada al Padre, ¿cómo el de los hijos de adopción se apegaría más a los dones que al Dador?

Jesús ora también por nosotros, en nuestro lugar y en favor nuestro. Todas nuestras peticiones han sido recogidas una vez por todas en sus Palabras en la Cruz; y escuchadas por su Padre en la Resurrección: por eso no deja de interceder por nosotros ante el Padre. Si nuestra oración está resueltamente unida a la de Jesús, en la confianza y la audacia filial, obtenemos todo lo que pidamos en su Nombre, y aún más de lo que pedimos: recibimos al Espíritu Santo, que contiene todos los dones.

P. Miguel A. Fuentes, IVE