¿cuántos hijos se deben tener?

¿Cuántos hijos debe tener un matrimonio cristiano?

Pregunta:

Dios bendiga su labor; nos servirá de mucho la enseñanza que nos dará. Trabajamos en la enseñanza del método Billings y continuamente estamos buscando información sobre la teología moral de la Iglesia y los anticonceptivos. Agradeceremos que continúe desarrollando temas al respecto y relacionados con la familia, crianza, etc. Una pregunta que nos hacen mucho las parejas que atendemos es: ¿cuántos hijos se deben tener?

 

Respuesta:

Estimados:

Cada matrimonio debe tener tantos hijos cuantos en conciencia formada y delante de Dios vea que Dios quiere, siempre manteniéndose abiertos a la vida en cada uno de sus actos conyugales. Hoy en día, incluso desde el punto de vista demográfico, son cada vez más necesarias las familias numerosas, en contra de cuanto dice una falsa propaganda alarmista y tendenciosa. Es muy útil al respecto leer el documento preparado por el Consejo Pontificio para la Familia sobre ‘la disminución de la fecundidad en el mundo’, publicado en ‘L’Osservatore Romano’ (Cf. L’Osservatore Romano, 27 de marzo de 1998).

El Papa Pío XII decía de las familias numerosas que son ‘las más bendecidas por Dios, predilectas y estimadas por la Iglesia como preciosísimos tesoros… En los hogares donde hay siempre una cuna que se balancea florecen espontáneamente las virtudes… La familia numerosa bien ordenada es casi un santuario visible… son los planteles más espléndidos del jardín de la Iglesia en los cuales como en terreno favorable, florece la alegría y madura la santidad’ (Pío XII, alocución ‘Tra le visite’, del 20 de enero de 1958.). También el Concilio Vaticano II alaba a los esposos que son generosos en la transmisión de la vida: ‘Son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente’ (Gaudium et spes, 50).

Una descendencia numerosa es una bendición para los hijos mismos que son llamados a la vida y a la eternidad; para la Iglesia que crece con sus hijos bautizados y para la patria. Por eso es un dato de experiencia que una familia que reúne una numerosa descendencia y un auténtico espíritu cristiano es siempre un lugar donde reina la alegría, a pesar de las dificultades materiales que puedan pasar.

No está demás mencionar que muchas familias numerosas han sido cuna de santos, como las familias de San Francisco Javier (6 hermanos y él fue el último), San Bernardo (7 hermanos), Santa Teresita de Lisieux (9 hermanas y fue la última), Santa Teresa de Jesús (9 hermanos), San Luis Rey (10 hermanos), San Pío X (10 hermanos), San Roberto Belarmino (12 hermanos), San Ignacio de Loyola (13 hermanos), San Pablo de la Cruz (16 hermanos), Santa Catalina de Siena (25 hermanos y fue la penúltima).

La Iglesia, no obstante, reconoce que en algunas circunstancias es difícil en las circunstancias actuales llevar adelante una familia numerosa. Pero no hay que temer y la confianza puesta en Dios es, como dice San Pablo, una esperanza que no defrauda.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

matrimonio

¿Cuáles son las dificultades que se plantean en un matrimonio donde uno de los cónyuges es musulmán y el otro católico?

Pregunta:

¿Cuáles son los problemas mayores en un matrimonio donde uno de los cónyuges es musulmán, en particular el hombre? A. R. Fátima. Portugal

 

Respuesta:

Estimado:

Se distingue entre ‘matrimonio mixto’ estricto (matrimonio entre un católico y un cristiano no católico) y matrimonio ‘dispar’, a veces también llamado ‘mixto’ en sentido amplio (católico con un no-cristiano). El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 1634, señala que para el caso de los matrimonios mixtos, la ‘diferencia de confesión entre los cónyuges no constituye un obstáculo insuperable para el matrimonio, cuando llegan a poner en común lo que cada uno de ellos ha recibido en su comunidad, y a aprender el uno del otro el modo como cada uno vive su fidelidad a Cristo’. Pero al mismo tiempo indica que ‘las dificultades… no deben tampoco ser subestimadas’. ¿Cuáles son esas dificultades? Ante todo, ‘los esposos corren el peligro de vivir en el seno de su hogar el drama de la desunión de los cristianos’.

En el caso en que el matrimonio sea entre una parte católica y otra no cristiana (disparidad de culto), se ‘puede agravar aún más estas dificultades’. Es evidente porque aquí tenemos no sólo divergencias en algunos puntos de la doctrina cristiana, sino incluso divergencias ‘en la fe’ y ‘en la concepción misma del matrimonio’. Piense, tomando el caso que usted me consulta del matrimonio con un cónyuge musulmán, en la dificultad que implica el que la otra parte del matrimonio no acepte ni el matrimonio monógamo, ni indisoluble, ni la igualdad sustancial entre el hombre y la mujer, ni el derecho a la educación cristiana de los hijos, y ni siquiera (en algunos casos) se permita la práctica de la religión. Como indica muy bien el catecismo, ‘una tentación que puede presentarse entonces es la indiferencia religiosa’.

Por este motivo, la Iglesia con sabiduría exige la licencia del ordinario del lugar (obispo o quien hace las veces de él) para la licitud del matrimonio mixto y la dispensa de disparidad de culto para la validez del matrimonio dispar. El fundamento de este requisito radica en ‘el peligro para la parte católica de perder la fe y de que los hijos habidos en el matrimonio no sean educados conforme a las pautas doctrinales y morales de la religión católica’. A estos peligros se añade que la diversidad de religión constituye un obstáculo para establecer el ‘consorcio de toda la vida’ o ‘la íntima comunión de vida que es el matrimonio, dadas las diversas concepciones sobre el mismo que tienen el contrayente católico y los que profesan otras religiones cristianas o no cristianas’ (Manzanares, Mostaza, Santos, ‘Nuevo Derecho Parroquial’, B.A.C., Madrid 1990, p. 458).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

paternidad responsable

¿Qué quiere decir ‘paternidad responsable’?

Pregunta:

Estimado Padre: Somos un matrimonio católico con tres hermosos hijos y queremos tener más. Sin embargo, cuando comentamos esto con otros matrimonios amigos -católicos también ellos- nos dicen que eso no es paternidad responsable. Podría Usted aclararme este concepto. ¿Significa que debemos limitarnos al número de hijos que tenemos en la actualidad?

Respuesta:

Estimado:

El amor se ordena a dar la vida, a ser fecundo. Sin embargo, la fecundidad por la cual los esposos se convierten al mismo tiempo en padres y madres debe ser también una dimensión ‘humana’, es decir, guiada por la razón y por la virtud que la perfecciona en el plano del obrar: la prudencia. De aquí que el Magisterio hable de paternidad y maternidad responsables.

Lamentablemente este término, preñado de sentido, ha sido manipulado hasta hacerlo sinónimo del concepto opuesto: para muchos, en efecto, equivale a cerrarse a la paternidad y a la maternidad, incluso definitivamente.

¿Qué significa, en realidad, este concepto en la sana teología y en el auténtico Magisterio de la Iglesia?

Significa, en resumidas cuentas, que la transmisión de la vida, como todas la cosas humanas de gran monta, debe estar guiada por un juicio recto, por una decisión ponderada de llamar un hijo o nuevos hijos a la existencia, o también, llegado el caso, de no llamarlos por el momento. De modo muy preciso la definía Carlo Caffarra diciendo: la procreación responsable es el acto de la voluntad con el cual dos esposos deciden poner las condiciones de la concepción de una nueva persona humana, en un contexto en el cual prudentemente se presume que la persona del (posible) concebido será respetada en sus derechos fundamentales.

De este concepto derivan algunos corolarios.

El primero: la procreación responsable no es un concepto negativo, sino positivo. El mismo define desde el punto de vista ético cómo debe moverse la voluntad humana hacia esta bondad presente en el acto sexual. Sólo como consecuencia dice como no debe moverse: es decir, cuándo no procrear.

El segundo: la voluntad de un bien no tiene necesidad de ninguna justificación extrínseca al hecho puro y simple de que se trata de un bien lo que es querido. Es necesario justificar lo contrario: no querer un bien. Se deben tener razones para no procrear, no para procrear. Los esposos deben retener que son llamados a procrear, mientras no se demuestre lo contrario[1].

Ésta es precisamente la doctrina constante del Magisterio. Decía la Gaudium et spes que los cónyuges ‘con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión y, con dócil reverencia hacia Dios’. Y explica luego que esto quiere decir que: ‘De común acuerdo y común esfuerzo, se formarán un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida, tanto materiales como espirituales; y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia'[2].

Cuando se dice que los esposos han de practicar la paternidad responsable según un juicio recto, quiere decir que han de hacerlo con la conciencia formada y dócil a la verdad (natural, revelada por Dios y expresada en el Magisterio de la Iglesia)[3].

Podemos entender ahora que la paternidad y maternidad responsables no significa -como mal se lo entiende a veces- decidir (elegir con toda libertad) si tener o no tener más hijos, o hacerlo por el medio más bueno o cómodo a juicio de los propios cónyuges. Por eso el texto de la Gaudium et spes continúa: ‘En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, la cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esa ley a la luz del Evangelio'[4].

Por este motivo, el Papa Juan Pablo II afirma categóricamente: ‘Hay que excluir aquí que pueda ser calificada de ‘responsable’, desde el punto de vista ético, la procreación en la que se recurre a la anticoncepción para realizar la regulación de la natalidad. El verdadero concepto de ‘paternidad y maternidad responsables’, por el contrario, está unido a la regulación de la natalidad honesta desde el punto de vista ético'[5].

En la Humanae vitae la paternidad y maternidad responsables implica diversas cosas[6]:

1º Ante todo, el conocimiento y respeto de los procesos biológicos de la procreación, es decir, el descubrir con la inteligencia las leyes biológicas que forman parte de la persona y que se ordenan a dar la vida. Los esposos deben esforzarse por conocer su íntima naturaleza.

2º En segundo lugar, comporta el dominio de la inteligencia y de la voluntad sobre las pasiones y las tendencias del instinto en lo que tiene que ver con la vida sexual. Es decir, implica adquirir las virtudes morales (castidad, dominio de sí, etc.).

3º En tercer lugar, usando las palabras textuales de la Encíclica, ‘ya sea… la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea… la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto por la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido’. Sólo pues en último lugar se señala como ejercicio de la paternidad y maternidad responsables la decisión respecto del número de hijos o la regulación de la natalidad, y lo hace en términos que hay que ponderar:

a) Puede tratarse, ante todo, de una decisión ponderada y generosa de tener una familia numerosa; nada más absurdo de identificar ‘paternidad responsable’ con la simple decisión de ‘limitar’ la familia. Juan Pablo II decía: ‘en la concepción de la »paternidad responsable‘ está contenida la disposición no solamente a evitar ‘un nuevo nacimiento», sino también a hacer crecer la familia según los criterios de la prudencia'[7]. En cuanto al número de hijos decía Juan Pablo II: ‘Es preciso que se establezca este nivel justo teniendo en cuenta no sólo el bien de la propia familia y estado de salud y posibilidades de los mismos cónyuges, sino también el bien de la sociedad a que pertenecen, de la Iglesia y hasta de la humanidad entera. La Encíclica Humanae vitae presenta la »paternidad responsable» como expresión de un alto valor ético… supone también la disponibilidad a acoger una prole más numerosa'[8].

b) También puede tratarse de una decisión de evitar un nuevo nacimiento (durante algún tiempo o por tiempo indefinido); decisión que debe ser tomada: a) por graves motivos; b) y en el respeto de la ley moral; esto último es fundamental y por eso dice el Papa Juan Pablo II: ‘Bajo esta luz, desde la cual es necesario examinar y decidir la cuestión de la »paternidad responsable’, queda siempre como central »el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia’‘[9]. Y en otro lugar: ‘… La paternidad responsable, o sea… la regulación de la fertilidad moralmente recta, se trata de lo que es el bien verdadero de las personas humanas y de lo que corresponde a la verdadera dignidad de la persona'[10].

En conclusión: una decisión contra la ley moral de Dios objetivamente no es jamás un acto de paternidad y maternidad responsables.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía para profundizar:

Pablo VI, Enc. Humanae vitae.

Juan Pablo II, Exhortación ‘Familiaris consortio’.

Juan Pablo II, La paternidad y la maternidad responsables a la luz de la Gaudium et spes y de la Humanae vitae (Catequesis del 1/08/84; en: L’OR, 5/08/84, p. 3).

Juan Pablo II, Las enseñanzas de la Iglesia sobre la transmisión responsable de la vida humana, Discurso a los participantes en el Congreso Internacional (L’OR, 17/04/88, p. 11).

Juan Pablo II, Varón y Mujer. Teología del cuerpo, Palabra, Madrid 1996.

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2331-2400.

Caffarra, Carlo, Etica generale della sessualità, Ares, Milano 1992.

 

 


[1] Caffarra, Carlo, Etica generale della sessualità, Ares, Milano 1992, p. 53-54.

[2] Gaudium et spes, n. 50.

[3] Cf. Veritatis splendor, nn. 62 y 64.

[4] Gaudium et spes, n. 50.

[5] Juan Pablo II, L’OR, 2/09/84, p.3, n. 1.

[6] Cf. Humanae vitae, n. 10.

[7] Juan Pablo II, L’OR, 5/08/84, p. 3, n. 5.

[8] Juan Pablo II, L’OR, 9/09/84, p. 3, n. 3.

[9] Juan Pablo II, L’OR, 5/08/84, p. 3, n. 5.

[10] Juan Pablo II, L’OR, 9/09/84, p. 3, n. 2.

aborto

¿Es lícito callar ante el aborto?

Pregunta:

En mi país hay una campaña muy fuerte a favor del aborto; varias veces me he preguntado cuándo callar ante una campaña así puede ser pecado. ¿Puede usted orientarme?

Respuesta:

Estimado:

Le respondo con el sermón que prediqué en la Parroquia Nuestra Señora de los Dolores, de san Rafael, Argentina, el 6 de marzo de 2005 con ocasión de la campaña que la prensa argentina y parte del gobierno nacional ha llevado adelante contra Mons. Baseotto a raíz de su carta al Ministro de Salud Ginés González; creo que responde precisamente a lo que usted pregunta.

NO CALLAR EL CRIMEN DEL ABORTO

El 16 de marzo de 1998, la Santa Sede publicó un documento llamado “Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah”, dedicado a la terrible tragedia desatada durante la Segunda Guerra Mundial y la persecución del nazismo contra los judíos (que no fue sólo contra los judíos sino contra muchos más como los gitanos y contra muchos católicos y cristianos en general). En ella se leen estas palabras:

“En los territorios donde el nazismo practicó la deportación de masas, la brutalidad que acompañó esos movimientos forzados de gente inerme debería haber llevado a sospechar lo peor. ¿Ofrecieron los cristianos toda asistencia posible a los perseguidos, y en particular a los judíos?

Muchos lo hicieron, pero otros no. No se debe olvidar a los que ayudaron a salvar al mayor número de judíos que les fue posible, hasta el punto de poner en peligro su vida. Durante la guerra, y también después, comunidades y personalidades judías expresaron su gratitud por lo que habían hecho en favor de ellos, incluso por lo que había hecho el Papa Pío XII, personalmente o a través de sus representantes, para salvar la vida a cientos de miles de judíos. Por esa razón, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos fueron condecorados por el Estado de Israel.

A pesar de ello, como ha reconocido el Papa Juan Pablo II, al lado de esos valerosos hombres y mujeres, la resistencia espiritual y la acción concreta de otros cristianos no fueron las que se podía esperar de unos discípulos de Cristo. No podemos saber cuántos cristianos en países ocupados o gobernados por potencias nazis o por sus aliados constataron con horror la desaparición de sus vecinos judíos, pero no tuvieron la fuerza suficiente para elevar su voz de protesta . Para los cristianos este grave peso de conciencia de sus hermanos y hermanas durante la segunda guerra mundial debe ser una llamada al arrepentimiento. Deploramos profundamente los errores y las culpas de esos hijos e hijas de la Iglesia”.

Estas palabras escritas medio siglo después de aquellos acontecimientos nos recuerdan la mala actitud de muchos cristianos que “no tuvieron fuerza suficiente para elevar su voz de protesta”. Y el documento habla de “grave peso de conciencia” y de la necesidad del arrepentimiento.

¿Cuál es el pecado cometido por estos cristianos? El no elevar la voz de protesta frente a un crimen sólo puede ser pecado cuando hay obligación de protestar y de no callar. Y acusar a un cristiano por “no haber tenido fuerza suficiente” sólo es posible si no existe en verdad tal falta de fuerza, es decir, si en el fondo la razón no es otra que la tibieza, la desidia, la cobardía, el miedo o el desinterés por la vida ajena en peligro.

Hubo muchos cristianos, pastores, sacerdotes y obispos, que dieron la cara y arriesgaron la vida. El Papa ha declarado las virtudes heroicas de Mons. Clemens August von Galen, llamado el León de Münster, quien no tuvo reparo en predicar con valentía contra Hitler y su exterminio de discapacitados en las mismas narices del Führer. Hitler no lo tocó en aquel momento porque decidió asesinarlo cuando hubiera alcanzado la victoria definitiva.

En su primera carta pastoral diocesana de la Pascua de 1934, von Galen condena sin reservas la cosmovisión neopagana del nazismo poniendo claramente en evidencia el carácter religioso de esta ideología: «Una nueva y nefasta doctrina totalitaria que coloca a la raza por encima de la moralidad, coloca a la sangre por encima de la ley […] repudia la revelación, pretende destruir los fundamentos del cristianismo […]. Es un engaño religioso. A veces ocurre que este nuevo paganismo se esconde incluso bajo nombres cristianos […]. Este ataque anticristiano que estamos viviendo en nuestros días supera, en violencia destructiva, a todos los demás de los que tenemos conocimiento desde los tiempos más lejanos». La carta termina con una admonición a los fieles a no dejarse seducir por tal «veneno de las conciencias» e invita a los padres cristianos a vigilar a sus hijos. El mensaje pascual cayó como una bomba y tuvo un efecto liberador en el clero y en el pueblo, teniendo eco no sólo en Alemania, sino también en el extranjero.

El sábado 12 de julio de 1941 el obispo recibe la comunicación de que han sido ocupadas las casas de los jesuitas  de la Königstrasse y de Haus Sentmaring. Con el avance de la guerra los jefes supremos del partido intensificaron el secuestro de bienes de las confesiones cristianas, y precisamente en los días en que Münster sufría graves daños por los bombardeos, la Gestapo comenzó sistemáticamente a deportar a religiosos y a ocupar y confiscar los conventos. También fueron secuestrados los conventos de las monjas de clausura. Los religiosos y religiosas fueron insultados y expulsados. El obispo se puso en movimiento inmediatamente. Afrontó personalmente a los hombres de la Gestapo, diciéndoles que estaban realizando «un acto infame y vergonzoso», y los llamó con mucha claridad y franqueza «ladrones y bandoleros». Consideró que había llegado el momento de intervenir públicamente. Estaba listo para cargar con todo por Dios y por la Iglesia, aunque esto pudiera costarle la vida. El día siguiente, tras prepararse bien el sermón, subió al púlpito decidido a llamar a las cosas por su nombre. «Ninguno de nosotros está al seguro, ni siquiera el que en conciencia se considera el ciudadano más honesto, el que está seguro de que nunca llegará el día en que vengan a arrestarle a su propia casa, le quiten la libertad, le encierren en los campos de concentración de la policía secreta de Estado. Soy consciente de que esto puede sucederme hoy también a mí…» Y no duda en desenmascarar frente a todos las viles intenciones de la Gestapo, considerándola responsable de todas las violaciones de la más elemental justicia social: «El comportamiento de la Gestapo daña gravemente a amplísimos estratos de la población alemana… En nombre del pueblo germánico honesto, en nombre de la majestad de la justicia, en el interés de la paz… yo levanto mi voz como hombre alemán, como ciudadano honrado, como ministro de la religión católica, como obispo católico, yo grito: ¡exijamos justicia!».

Este es sólo un ejemplo, tal vez de los más hermosos que nos legó la historia. Junto al suyo, muchos otros cristianos se callaron la boca. Tuvieron miedo. O simplemente pensaron que no era problema de ellos; era una pelea que no les incumbía. ¿Es eso pecado? Sí, es uno de los dos pecados que cometió Caín. El primero fue el fratricidio. El segundo fue sostener una mentira gigantesca que destruye la base de toda sociedad: decir que no somos responsables ni guardianes de la sangre de nuestros hermanos. Este segundo pecado es el que cometen los que se callan cuando hay que hablar para salvar al inocente. Aunque no podamos salvarlo, aunque sólo podamos patalear para que no lo asesinen contando con nuestra mudez.

Queridos hermanos, el silencio, la pereza, la desidia o el miedo de estos cristianos dio por resultado la muerte de de menos diez millones de inocentes (judíos la mayoría, pero también un innumerable número de gitanos, discapacitados, sacerdotes, religiosas y religiosos, católicos, etc.). Esto pasó hace 50 años.

Dentro de 50 años o mucho menos tal vez también seamos juzgados nosotros por nuestra actitud ante el más grande genocidio que ha conocido la historia de la humanidad: el del aborto y la eutanasia que revive en nuestro tiempo la misma mentalidad pagana del nazismo y de los campos de exterminio comunistas. Cada año este crimen deja 60 millones de muertos (teniendo en cuenta sólo los abortos quirúrgicos que pueden llegar a cerca de 500 millones con los abortos provocados por píldoras abortivas y otros dispositivos); víctimas que tienen como característica el ser niños, inocentes, no haber cometido mal alguno, no tener capacidad de defenderse y ser el futuro de nuestro mundo. A esto se suma el creciente fenómeno del homicidio/suicidio llamado eutanasia.

Hay dos series de pecados que se pueden cometer relacionados con este crimen:

(1) Ante todo, todos los pecados que se relacionan directamente con este homicidio cualificado: el practicar un aborto, el ayudar a realizarlo, el pedirlo, el aconsejarlo, el votarlo o hacer campañas a favor del mismo, el presionar para que alguien lo realice. Muchos de estos casos incluso conllevan cuando se reúnen ciertas condiciones la pena de excomunión automática, además de encuadrarse como pecado gravísimo. Más grave que todos estos es el reclamar o simplemente postular que el aborto “es un derecho” de la mujer . En seguida diré algo más al respecto.

(2) El otro pecado es callarse ante este mal; no hacer nada para intentar detenerlo; pensar que no nos toca o que no es asunto nuestro; no apoyar a quienes dan la cara para frenar esta tragedia colectiva, o peor todavía considerar que quienes luchan contra el aborto y ponen la cara son imprudentes o fanáticos, o hacernos eco de la prensa que los despedaza, por estar ella involucrada con los que manejan las campañas abortistas. Ejemplo notable tenemos en la valiente carta de Mons. Baseotto contra el aborto dirigida al Ministro de Salud Gines González y todas las criticas que ha desatado por parte del Gobierno incluso pidiendo su destitución a la Santa Sede, incluso haciéndole decir cosas que no ha dicho y cambiándole el verdadero sentido a sus palabras. En un caso como este, guardar silencio puede ser pecado. No olvidemos que el pedido de perdón de la Iglesia por la mala actitud de algunos católicos ante la persecución nazista se debió a que se quedaron callados; ellos no asesinaron a nadie ni entregaron a nadie al perseguidor; simplemente miraron el espectáculo como si no fuese problema de ellos. A los que hablaron (como mons. von Galen) los persiguieron y algunos terminaron en la cárcel, como suele ocurrir en los tiempos difíciles.

Por tanto, es nuestro deber recordar las grandes verdades sobre este tema que podemos resumir en los siguientes puntos:

1º Matar al inocente es un pecado abominable.

2º Asesinar al inocente indefenso, siendo niño, enfermo, anciano o discapacitado es un pecado más abominable aún.

3º Cuando los que lo asesinan o piden su muerte son sus padres, sus hijos, sus parientes, éste se convierte en un pecado que no tiene nombre.

4º Cuando los que lo practican son los que se han comprometido a defender la vida, a curar, a aliviar el dolor, como son los médicos y enfermeros, conlleva además la traición de sus juramentos y horroriza al cielo.

5º Cuando los que trabajan por imponer una pena de muerte al inocente, como es este caso pues se condena a muerte por venir al mundo, por ser enfermo, por estar postrado o por ser deficiente, cuando los que hacen esto son los Gobernantes, entonces es probable que Dios entregue a esa Nación a su propia destrucción.

6º Y finalmente, cuando se defiende no sólo el aborto sino la existencia de un “derecho a abortar” o un “derecho a que se practique la eutanasia” se comete no sólo un pecado contra la vida y el quinto mandamiento de la ley divina, sino que además se incurre en una herejía porque está revelado como consta en la Tradición y el Magisterio de la Iglesia que no existe derecho a matar al inocente. Y en esto entramos en otro terreno, pues el que comete pecado de herejía destruye la fe en su alma, aunque por fuera se siga llamando católico. Observemos que no estoy hablando aquí del que hace o pide un aborto sabiendo que hace algo abominable ante Dios, sino del que defiende “la existencia de un derecho” a hacer el mal del aborto o de la eutanasia. Eso ya afecta a la fe.

Queridos hermanos, no todos tenemos las mismas posibilidades de decir estas cosas, pero ha llegado el momento en que debemos buscar el modo de que nuestras convicciones no queden guardadas en nuestro corazón. El que pueda proclamarlo desde el púlpito o desde la cátedra debe hacerlo; el comerciante que pueda decirlo o hacerlo leer a sus clientes debe hacerlo, aunque no sepa encontrar otro modo que empapelar las paredes y vidrieras de su negocio con estas verdades; la ama de casa que no tenga otro medio, al menos puede decirlo a sus vecinas y defender el más sagrado de los dones naturales que Dios nos ha dado. Cada uno verá el modo. Lo que no se puede es callar.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

compromiso

¿Como ayudar a un hijo de padres divorciados a superar su miedo al compromiso?

Pregunta:

Mi novio es hijo de padres divorciados desde que el tenia 3 años, hoy tiene 30, es una persona super alegre, trabajador, con una nobleza de corazón impresionante, solo que tiene terror al compromiso, ya que teme enmorarse, dice que me quiere mucho pero teme al fracaso. No se qué hacer, mi familia lo quiere mucho. Ayudeme a ayudarlo por favor. Muchas gracias. Laura

Respuesta:

Estimada Laura:

Es un miedo natural por la experiencia que ha debido sufrir, pero superable. Sería  muy bueno que hablaran con un sacerdote que los pueda orientar a ambos y que le haga ver la bondad del matrimonio, si es que esa es  su vocación, y que los riesgos siempre están pero tenemos medio suficientes, que Dios nos ha dado, para que se pueda llevar adelante un compromiso. Si bien sus padres se han divorciado,sin embargo son muchos los matrimonios que son felices a pesar de las cruces cotidianas que todos, casados, consagrados, solteros debemos llevar. Recuerdale que Nuestro Señor Jesucristo nos prometió su compañía y auxilio: no temáis yo estaré con vosotros, todos los días,hasta el fin de los tiempos. Que sepa que esos problemas no son hereditarios sino que se pueden evitar aprendiendo de la experiencia de los otros y haciendo lo que Dios pide.

Lleven un buen noviazgo, como Dios manda y verán que el matrimonio será como Dios manda,sepan amarse respetándose. Es muy linda la encíclica del Papa Benedicto XVI, Deus est caritas, donde habla del verdadero amor.

Frecuenten los sacramentos, recen juntos y ayúdense leyendo documentos de la Iglesia acerca del matrimonio, en las páginas web católicas podrán encontrar mucho material que les puede ayudar.

Que Dios los bendiga.

P. Miguel A. Fuentes, IVE