Estigmas

Estigmatizados ¿Quiénes han sido los principales estigmatizados y cómo sabemos que son auténticos?

Pregunta:

¿Quiénes han sido los principales estigmatizados y cómo sabemos que son auténticos?

Respuesta:

Estimado:

Al respecto de este tema le transcribo el artículo de AUG. POLAIN, publicado en The Catholic Encyclopedia. De todos modos, en cuanto a lo que dice sobre algunos estigmatizado me limito a transcribir las opiniones del autor; sobre la autenticidad de los estigmas en cada caso debemos esperar el juicio de la Iglesia (que en algunos casos no se ha pronunciado).

Para discernir los simples hechos, sin decidir si pueden o no ser explicados por causas sobrenaturales, la Historia nos cuenta que muchos estáticos (muchas personas que han tenidos experiencias místicas) llevan en sus manos, pies, costado y sienes las señales de la pasión de Cristo, con sus correspondientes intensos sufrimientos. Tales señales son llamadas estigmas visibles. Otros padecen únicamente los sufrimientos, sin mostrar señal externa alguna, y este fenómeno se denomina estigma invisible.

I. HECHOS

Su existencia está tan bien fundamentada históricamente que, por regla general, ya ni siquiera la cuestionan los no creyentes, quienes ahora solamente buscan darles una explicación natural. Así, ya el médico librepensador, Dr. Dumas, profesor de psicología religiosa en la Universidad de la Sorbona, claramente admite los hechos (Revue des Deux Mondes, 1 de mayo, 1907), del mismo modo como lo hace el Dr. Pierre Janet (Bulletin de l’Institut Psychologique International, Paris, Julio, 1901).

Santa Catalina de Siena comenzó teniendo estigmas visibles pero, por humildad, oró para que le fueran cambiadas por unas invisibles. Su oración fue escuchada. Lo mismo aconteció en el caso de Santa Catalina de Ricci, una monja dominica florentina del siglo XVI, y con varios otros estigmatizados. Se puede considerar que la parte esencial de los estigmas visibles consiste en el sufrimiento. Lo substancial de esta gracia es sentir piedad por Cristo, participar en sus sufrimientos, en sus aflicciones, y- con ello- en la expiación de los pecados que sin cesar se cometen en el mundo. Si el padecimiento estuviera ausente, las heridas se convertirían en un símbolo vacío, en una representación teatral, que sólo conducirían al orgullo. Si los estigmas verdaderamente vienen de Dios, sería impropio de su sabiduría tomar parte en esa mascarada, y hacerlo a través del uso de milagros.

Pero tal prueba dista mucho de ser la única que los santos deben soportar. ‘La vida de los estigmatizados’- dice el Dr. Imbert- ‘es una larga cadena de dolores que nacen de la divina enfermedad de los estigmas y que sólo concluyen con la muerte’: (op.cit. infra, II, x). Parece históricamente cierto que sólo los místicos padecen los estigmas. Pero no es lo único: también tienen visiones que corresponden a su papel como co-sufrientes, pudiendo observar en ocasiones las escenas sangrientas de la Pasión.

Estas apariciones eran periódicas en algunos casos, como el de Santa Catalina de Ricci, cuyos éxtasis empezaron cuando tenía veinte años (1542), y la Bula de su canonización afirma que se repitieron por doce años con puntual regularidad. Los éxtasis duraban exactamente veintiocho horas, desde el mediodía del jueves hasta las cuatro de la tarde del viernes, con una interrupción para que la santa pudiera recibir la Santa Comunión. Catalina conversaba en voz alta, como quien escenifica un drama. El drama estaba dividido en 17 escenas. Al volver del éxtasis, la santa aparecía con sus extremidades cubiertas de heridas causadas por látigos, cuerdas, etc.

El Dr. Inbert ha intentado llevar cuenta del número de estigmatizados, con los siguientes resultados:

1. No se tiene conocimiento de ninguno antes del siglo XIII. El primero de quien se tiene noticia es San Francisco de Asís, cuyos estigmas eran de una clase que no se ha vuelto a ver posteriormente: en las heridas de manos y pies se hallaban raspaduras de carne en forma de clavos. Los de un lado tenían cabezas redondas; los del otro tenían puntas largas, que se doblaban para arañar la piel. La humildad del santo no pudo impedir que muchos de sus hermanos hayan sido testigos, con sus propios ojos, tanto en vida del santo como después de su muerte, de la existencia de heridas tan maravillosas. Ese hecho ha sido atestiguado por varios historiadores contemporáneos, y la fiesta de los Estigmas de San Francisco se celebra el día 17 de septiembre.

2. El Dr. Imbert contabiliza 321 estigmatizados en los que se dan todas las razones posibles para pensar que se trata de una acción divina. Cree él, además, que se podrían encontrar más investigando en las bibliotecas de Alemania, España e Italia. En sus listas se hayan 41 varones.

3. Hay 62 santos o beatos, de ambos sexos, de los cuales los de más renombre (que suman 26) son:

  • San Francisco de Asís (1186-1226);

  • Santa Lugarda (1182-1246), una monja cisterciense;

  • Santa Margarita de Cortona (1247-97);

  • Santa Gertrudis (1256-1302), una benedictina;

  • Santa Clara de Montfalco (1286-1308), una agustina;

  • Santa Angela de Foligno (fallecida en 1309), una terciaria franciscana;

  • Santa Catalina de Siena (1347-80), una terciaria dominica;

  • Santa Liduvina (1380-1433);

  • Santa Francisca Romana (1384-1440);

  • Santa Coleta (1380-1447), franciscana;

  • Santa Rita de Casia (1386-1456), agustina;

  • Beata Osana de Mantua (1499-1505), terciaria dominica;

  • Santa Catalina de Génova (1447-1501), terciaria franciscana;

  • Beata Bautista Varani (1458-1524), clarisa Pobre;

  • Beata Lucía de Narni (1476-1547), terciaria dominica;

  • Beata Catalina de Racconigi (1486-1547), dominica;

  • San Juan de Dios (1495-1550), fundador de la Orden de la Caridad;

  • Santa Catalina de Ricci (1522-89), dominica;

  • Santa María Magdalena de Pazzi (1566-1607), carmelita;

  • Beata María de la Encarnación (1566-1618), carmelita;

  • Santa Mariana de Jesús (1557-1620), terciaria franciscana;

  • San Carlos de Sezze (f. En 1670), franciscano;

  • Santa Margarita María Alacoque (1647-90), visitandina (que únicamente tenía la corona de espinas);

  • Santa Verónica Giuliani  (1600-1727), capuchina;

  • Santa María Francisca de las Cinco Llagas (1715-91), terciaria franciscana;

4. Hubo 20 estigmatizados en el siglo XIX. Los más famosos fueron:

  • Catalina Emmerich (1774-1824), agustina;

  • Beata Isabel Canori Mora (1774-1825), terciaria trinitaria;

  • Anna María Taigi (1769-1837);

  • María Dominica Lazzari (1815-48);

  • María de Moerl (1812-68) y Luisa Lateau (1850-83), franciscanas.

De estas, María de Moerl pasó su vida en Kaltern, en el Tirol (1812-68). A la edad de veinte años comenzó a experimentar éxtasis y ellos fueron su condición habitual durante los siguientes treinta y cinco años de su vida. Ella únicamente se liberaba de esa situación ante las órdenes, en ocasiones simplemente mentales, del franciscano que fungía como su director espiritual, para volver a las labores hogareñas de su casa que albergaba a una gran familia. Su actitud ordinaria consistía en arrodillarse sobre su cama, con las manos cruzadas sobre el pecho, con una expresión tal en el rostro que impresionaba profundamente a los espectadores. A los veintidós años recibió los estigmas. Los jueves por la tarde y los viernes, los estigmas derramaban sangre muy clara, gota a gota, que permanecía seca los demás días. Miles de personas vieron a María de Moerl. Entre ellos figuraban Görres (quien describe su visita en su ‘Mystik’, II, xx), Wiseman y Lord Shrewsbury, quien escribió una apología de la visionaria en sus cartas publicadas en ‘The Morning Herald’ y ‘The Tablet’.(cf. Boré, op. cit. infra).

Luisa Lateau pasó su vida en el poblado de Bois d’Haine, en Bélgica (1850-83). Las gracias que recibió fueron cuestionadas incluso por algunos católicos, que generalmente se basaban en información incompleta o errónea, según ha podido dejar en claro el Canónigo Thiery (‘Examen de lo relativo a Bois d’Haine, Lovaina, 1907’). A los diecisiete años se dedicó a atender a los enfermos afectados de cólera en su parroquia, quienes habían sido abandonados por la mayoría de la población. Durante un mes ella los cuidó, los enterró y, en ocasiones, hasta los hubo de cargar al cementerio. A los dieciocho años empezaron los éxtasis y aparecieron los estigmas, lo cual no impidió que siguiera manteniendo a su familia con su trabajo como costurera. Numerosos médicos fueron testigos de sus dolorosos éxtasis de los viernes y dejaron testimonio del hecho que durante doce años ella no tomó ningún alimento, excepción hecha de su comunión semanal. Le bastaban tres o cuatro vasos de líquido a la semana. En vez de dormir, pasaba las noches en oración y contemplación, hincada a los pies de su cama.

5. Sin duda, el estigmatizado más sobresaliente del siglo XX ha sido:

  • San Pio de Pietrelcina (1887-1968), capuchino italiano.

II. EXPLICACIONES

Habiendo presentado los hechos, nos falta ahora dar a conocer las diversas explicaciones que se han dado. Algunos médicos, tanto católicos como librepensadores, han sostenido que las heridas pueden haber sido causadas de modo enteramente natural por la sola acción de la imaginación aunada a emociones muy vivas. En una persona profundamente impresionada por los sufrimientos del Salvador y penetrada por un gran amor, esta preocupación actuaría físicamente reproduciendo en ella o en él las llagas de Cristo. Ello no disminuiría en modo alguno el mérito que esas personas tienen por aceptar la prueba, pero su causa no sería sobrenatural.

No intentaremos nosotros resolver la cuestión. La ciencia médica no parece estar aún tan avanzada para admitir una solución definitiva. El autor de este artículo adopta una posición intermedia, que le parece inatacable, y que consiste en demostrar que los argumentos a favor de la explicación natural son ilusorios. Estos son a veces hipótesis arbitrarias, equivalentes a simples afirmaciones, basadas en hechos exagerados o mal interpretados. Aún si el progreso de las ciencias médicas y psicofísicas hubiese de presentar objeciones serias, se debe recordar que ni la religión ni el misticismo dependen de la solución de esas cuestiones, y que en los procesos de canonización los estigmas no cuentan como milagros indisputables.

Nunca nadie ha afirmado que la imaginación puede producir heridas en un sujeto normal. Es verdad, sí, que dicha facultad puede actuar ligeramente en el cuerpo. Como dijoBenedicto XIV, ella puede acelerar o retardar las corrientes nerviosas, pero no hay constancia de su acción sobre los tejidos. (De canoniz., III, xxxiii, n. 31). El asunto se torna aún más difícil en individuos en condición anormal, como es el éxtasis o la hipnosis, y a pesar de numerosos intentos, el hipnotismo no ha producido resultados claros. A lo mucho, y en casos extremadamente raros, ha inducido cierta exudación o un sudor más o menos coloreado, lo cual no constituye más que una muy imperfecta imitación. Aún más, no se ha ofrecido explicación alguna para tres factores presentes en los estigmas de los santos:

  • Los médicos no logran curar esas heridas con remedios.

  • A diferencia de las heridas naturales de cierta duración, las de los estigmatizados no emiten olores fétidos. Hay una sola excepción conocida: Santa Rita de Casia había recibido en su frente una herida causada por una espina arrancada de la corona del Crucificado. Aunque su olor era insoportable, la herida nunca supuró ni causó ninguna alteración mórbida de los tejidos.

  • A veces las heridas emitían aromas exquisitos, como en los casos de Juana de la Cruz, priora franciscana del convento de Toledo, y la Beata Lucía de Narni.

Para resumir, sólo hay un modo de probar científicamente que la imaginación, o sea la autosugestión, puede causar los estigmas: en vez de hipótesis deben producirse hechos análogos en el orden natural, o sea heridas no relacionadas con una idea religiosa. Nunca se ha hecho eso.

En lo tocante al flujo de sangre, se ha objetado que sí se han dado casos de sudor sanguíneo, pero el Dr. Lefebvre, profesor de medicina en Lovaina, ha respondido que tales casos, habiendo sido examinados por médicos, resultaron ser originados por enfermedades específicas y no por causas morales. Más aún, se ha probado a través del examen en el microscopio, que el líquido rojo que se exuda no es sangre. Su color se debe a una substancia particular y no procede de ninguna herida, sino que se debe, como el sudor, a una dilatación de los poros de la piel. Se puede argumentar que minimizamos indebidamente el poder de la imaginación, ya que ésta, unida a una emoción, puede producir sudor y, así como la simple idea de tener un caramelo en la boca produce abundante salivación, también los nervios, influenciados por la imaginación, pueden producir la emisión de un líquido y éste puede ser sangre. La respuesta a eso es que en las instancias mencionadas existen glándulas (sudorífera y salival) que en su estado normal segregan un líquido especial y es fácil comprender que la imaginación puede causar dicha secreción; pero los nervios adyacentes a la piel no terminan en glándulas que emitan sangre, y sin tal órgano no pueden producir el efecto en cuestión. Lo que se ha dicho de las heridas de los estigmas se aplica por igual a los sufrimientos. No hay prueba alguna experimental de que la imaginación pueda producirlos, especialmente en su forma violenta.

Otra explicación de tales fenómenos es que los pacientes se causan las heridas a si mismos, ya fraudulentamente, ya en estado de inconsciencia, durante ataques de sonambulismo. Sin embargo los médicos siempre han tomado las debidas precauciones para prevenir esas causas de error, procediendo muy estrictamente, sobre todo en los tiempos modernos. En ocasiones, el paciente ha sido observado día y noche; en otras, se le han cubierto las extremidades con vendas selladas. El Sr. Pierre Janet colocó el pie de un estigmatizado en un zapato de cobre que poseía una ventana a través de la cual se podía observar la herida sin permitir que nadie la tocara (op. cit. supra).

AUG. POLAIN
Transcrito por William G. Bilton, Ph.D.
Traducido por Javier Algara Cossío

Tomado de: The Catholic Encyclopedia, Volume I
http://www.aciprensa.com

muerto

¿En qué estado están los que ya han muerto antes de la resurrección final?

Pregunta:

Si uno cuando muere se queda en descanso hasta la venida del Señor, ¿se quedan todos en descanso, o algunos sí y otros no? La pregunta es por los santos que mueren y pasan a estar directamente con el Señor, ¿los que no son santos se quedan esperando la venida del Señor? Gracias anticipadas.

Respuesta:

Estimado José Oscar:

La doctrina de la Iglesia está resumida claramente en la Constitución Benedictus Deus, de 29 de enero de 1330, del Papa BENEDICTO XII, 1334-1342, sobre la visión beatífica de Dios y de los novísimos; especialmente en el párrafo que dice:

‘Por esta constitución que ha de valer para siempre, por autoridad apostólica definimos que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos que salieron de este mundo antes de la pasión de nuestro Señor Jesucristo, así como las de los santos Apóstoles, mártires, confesores, vírgenes, y de los otros fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente en lo futuro, o si entonces lo hubo o habrá luego algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieren purgado; y que las almas de los niños renacidos por el mismo bautismo de Cristo o de los que han de ser bautizados, cuando hubieren sido bautizados, que mueren antes del uso del libre albedrío, inmediatamente después de su muerte o de la dicha purgación los que necesitaren de ella, aun antes de la reasunción de sus cuerpos y del juicio universal, después de la ascensión del Salvador Señor nuestro Jesucristo al cielo, estuvieron, están y estarán en el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celeste con Cristo, agregadas a la compañía de los santos ángeles, y después de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara, sin mediación de criatura alguna que tenga razón de objeto visto, sino por mostrárseles la divina esencia de modo inmediato y desnudo, clara y patentemente, y que viéndola así gozan de la misma divina esencia y que, por tal visión y fruición, las almas de los que salieron de este mundo son verdaderamente bienaventuradas y tienen vida y descanso eterno, y también las de aquellos que después saldrán de este mundo, verán la misma divina esencia y gozarán de ella antes del juicio universal; y que esta visión de la divina esencia y la fruición de ella suprime en ellos los actos de fe y esperanza, en cuanto la fe y la esperanza son propias virtudes teológicas; y que una vez hubiere sido o será iniciada esta visión intuitiva y cara a cara y la fruición en ellos, la misma visión y fruición es continua sin intermisión alguna de dicha visión y fruición, y se continuará hasta el juicio final y desde entonces hasta la eternidad.

Definimos además que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales, y que no obstante en el día del juicio todos los hombres comparecerán con sus cuerpos ante el tribunal de Cristo, para dar cuenta de sus propios actos, a fin de que cada uno reciba lo propio de su cuerpo, tal como se portó, bien o mal [2 Cor. 5, 10]’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

alma

¿Es inmortal el alma? ¿Cómo se prueba?

Pregunta:

Querido padre: respecto del ‘alma’, que fue insuflada por Dios al hombre, se escucha casi siempre, decir que el alma es inmortal. Cuando estudié en la escuela de formación cristiana, hace algo más de 10 años, la profesora de religión que tuve, nos preguntó al respecto: ¿el alma, es inmortal? Nos quedamos unos instantes pensativos, y yo le respondí que no, que el alma nunca muere, porque el único inmortal, es Dios, ya que nos dijo que algo que nunca muere, no quiere decir que sea inmortal. Lo es, sólo por la voluntad del Creador. Quisiera que me disipara la cuasi-duda, si estoy en lo correcto, o no. (Decir que no es inmortal, sino que nunca muere, ya que la creó el Todopoderoso.)

Respuesta:

Estimado Francisco:

Sobre la inmortalidad del alma le envío las páginas realmente claras de Hillaire, en ‘La Religión demostrada’

La Inmortalidad del alma

1. El alma del hombre, ¿es inmortal?

Sí, el alma del hombre no dejará jamás de existir. Todo lo prueba de una manera evidente:

1º La naturaleza del alma.

2º Las aspiraciones y los deseos del hombre.

3º Las perfecciones de Dios.

4º La creencia de todos los pueblos.

5º Las consecuencias funestas que resultarían de la negación
de esta verdad fundamental.

2. ¿Cómo se prueba por la naturaleza del alma que es inmortal?

Un ser es naturalmente inmortal cuando es incorruptible y puede vivir y obrar independientemente de otro. Ahora bien, el alma es incorruptible, porque es simple, indivisible; puede vivir y obrar independientemente del cuerpo, porque es un espíritu; luego, es inmortal por naturaleza. Un espíritu no puede morir.

Si nuestra alma debiera perecer, sería:

1º o por encerrar en sí misma principios de corrupción;

2º o por tener otra razón de existir que dar la vida al cuerpo;

3º o, finalmente, por aniquilarla Dios. Pues bien, ninguna de estas tres hipótesis puede ser admitida.

1º Nuestra alma es incorruptible, es decir, que no encierra en sí ningún principio de disolución y de muerte. ¿Qué es la muerte? La muerte es la descomposición, la separación de las partes de un ser. Es así que el alma no tiene partes, pues es simple e indivisible; luego no puede descomponerse, disolverse o morir.

2º La vida del alma no depende de la vida del cuerpo, de donde se sigue que, en virtud de su propia naturaleza, nuestra alma sobrevive al cuerpo. La vida de los sentidos, única que poseen los animales, no puede ejercerse sino mediante el cuerpo: por eso el alma de los animales, muerto el cuerpo, es incapaz de ejercer función alguna; porque esta clase de alma, que es substancia imperfecta, en cuanto substancia, muere con el cuerpo.

Mas no acontece lo mismo con el alma del hombre. Hemos demostrado ya que es espiritual, es decir, que posee una vida, la vida de la inteligencia, que es completamente independiente de nuestros órganos corporales, en sus operaciones, y en su principio. Esta vida no cesa, pues en el momento de la muerte, en virtud de su naturaleza espiritual, nuestra alma sobrevive al cuerpo.
Por lo demás, las aspiraciones de nuestra alma hacia la plena posesión de la verdad, hacia la felicidad de la vida sin fin, cuya sombra solamente tenemos aquí, no podrían existir en ella, si no fuera por la naturaleza inmortal. Es lo que prueba la pregunta siguiente.

3º Ningún ser puede aniquilar el alma, excepto Dios; pero no lo hará, como lo probaremos Inmediatamente. Luego, el alma es inmortal, no por favor o privilegio, sino porque tiene en su naturaleza espiritual los principios de una vida inmutable.

3. Los deseos y las aspiraciones del alma, ¿prueban que es inmortal?

Sí, el deseo natural e irresistible que tenemos de una felicidad perfecta y de una vida sin fin prueba la inmortalidad del alma; porque este deseo no puede ser satisfecho en la vida presente y, por lo mismo, debe ser satisfecho en la vida futura; si no, Dios, autor de nuestra naturaleza, se habría burlado de nosotros, dándonos aspiraciones y deseos siempre defraudados, nunca satisfechos; lo que no puede ser.

Si el deseo de la felicidad no debiera ser satisfecho, Dios no lo hubiera puesto en nosotros.
1º Todo hombre que penetre en su corazón encontrará en él un inmenso deseo de felicidad. Este deseo no es un efecto de su imaginación, pues no es él quien se lo ha dado, y no está en su poder desecharlo. Este deseo no es una cosa individual, pues todos los hombres, en todos los climas y en todas las condiciones, lo han experimentado y lo experimentan diariamente. Esta aspiración brota, pues, del fondo de nuestro ser y se identifica con él. La felicidad es la meta señalada por Dios a la naturaleza humana.

Ahora bien, ¿es posible que Dios haya puesto en nosotros un deseo tan ardiente, que no podamos satisfacer? ¿Nos ha creado para la felicidad, y nos ha puesto en la imposibilidad de conseguirla? Evidentemente, no; que en ese caso Dios no sería el Dios de verdad. Dios no engaña el instinto de un insecto, ¿y engañaría el deseo que ha infundido en nuestra alma? Luego es necesario que, tarde o temprano, el hombre logre una felicidad perfecta, si él por propia culpa, no se opone a ello.

2º Pero esta felicidad perfecta no se halla en la tierra: nada en esta vida puede satisfacer nuestros deseos; todos los bienes finitos no pueden llenar el vacío de nuestro corazón: ciencia, fortuna, honor, satisfacciones de todas clases, caen en él, como en un abismo sin fondo, que se ensancha sin cesar. ¡Extraña cosa!, los animales, que no tienen idea de una felicidad superior a los bienes sensibles, se contentan con su suerte. Y los hombres, sólo el hombre, busca en vano la dicha, cuya imperiosa necesidad lleva en el alma. Nunca está contento, porque aspira a una bienaventuranza completa y sin fin. Puesto que no es feliz en este mundo, es necesario que halle la felicidad en la vida futura.

Este raciocinio aplícase también a nuestras aspiraciones intelectuales; el hombre tiene sed de verdad y de ciencia; quiere conocerlo todo; nunca puede llenar su deseo de saber. Ha sido creado, pues, para hallar en Dios toda verdad y toda ciencia. A la manera que el cuerpo tiende hacia la tierra, así el alma tiende hacia Dios y hacia la inmortalidad.

4. ¿No podría Dios aniquilar el alma?

Sí, absolutamente hablando, Dios podría aniquilarla en virtud de su omnipotencia; pero no lo hará, porque no la ha creado inmortal por naturaleza para destruirla después. Además de esto, sus atributos divinos, su sabiduría y su justicia a ello se oponen.

El alma no existe necesariamente; Dios la ha creado libremente, y, por lo tanto, podría destruirla con sólo suspender su acción conservadora que no es más que una creación prolongada. Sin embargo, este aniquilamiento requiere nada menos que la intervención de toda la omnipotencia divina. Aniquilar y crear son dos actos que piden igual poder y sólo Dios puede producirlos.

Ahora bien, la ciencia demuestra que nada se destruye en la naturaleza; nada se pierde, todo se transforma. El cuerpo es, evidentemente, menos perfecto que el alma; y el cuerpo no se aniquila, sino que sigue existiendo en sus átomos. ¿Por qué, pues, el alma, la porción más noble de nosotros mismos, sería aniquilada?… Tenemos pleno derecho para suponer que el alma del hombre no es de peor condición que un átomo de materia.

Dios es libre para no crear un ser, esto es indudable; pero una vez que lo ha creado, se debe a sí mismo el tratarlo de acuerdo con la naturaleza que le ha dado. Dios ha dado al alma una naturaleza espiritual y una constitución inmortal; luego El no abrogará esta disposición providencial: Dios se debe a sí mismo el no contradecirse. Además, conforme veremos inmediatamente, los atributos de Dios requieren que el alma sea inmortal.

5. La sabiduría de Dios, ¿demanda que nuestra alma sea inmortal?

Sí; la sabiduría de Dios pide que nuestra alma sea inmortal, porque un legislador sabio debe imponer una sanción a su ley, es decir, debe establecer premios para los que la observan y castigos para los que la violan. Esta sanción de la ley divina debe necesariamente hallarse en esta vida o en la futura.

Pero nosotros no vemos en la vida presente una sanción eficaz de la ley de Dios; por lo tanto es necesario que exista en la vida futura, so pena de decir que Dios es un legislador sin sabiduría.

Dios ha creado al hombre libre, pero no independiente. Todos los seres creados están regidos por leyes conformes a su naturaleza. Los seres inteligentes y libres han recibido de Dios la ley moral para que los dirija hacia su último fin. Esta ley, conocida y promulgada por la conciencia, se resume en dos palabras: hacer el bien y evitar el mal.

Un legislador sabio, cuando impone leyes, debe tomar los medios necesarios para que sean observadas. El único medio eficaz son los premios y los castigos: es lo que se llama sanción de una ley. En la vida presente no vemos una sanción eficaz para la ley de Dios.

¿Dónde estaría? ¿En los remordimientos o ¡en la alegría de la conciencia? Pero los malvados ahogan los remordimientos y la alegría de la conciencia bien poca cosa es comparada con los sufrimientos y las luchas que requiere la virtud.

¿Estaría en el desprecio público, en la estimación de los hombres? ¡Ah!, con demasiada frecuencia vemos que son precisamente los grandes culpables los que gozan de la estima de los hombres, mientras que los justos son el blanco de todas las burlas.

¿Estaría en la justicia humana? No; porque ella no alcanza hasta, los pensamientos y deseos, fuentes del mal; no tiene recompensas para la virtud; no puede descubrir todos los crímenes: ella puede ser burlada por la habilidad, comprada por el dinero, intimidada por el miedo; y si, a veces, vindica los derechos de los hombres, no vindica los derechos de Dios.

Fuera de eso, ¿cuál sería en este mundo la recompensa de aquel que muere en el acto mismo del sacrificio, como el soldado sobre el campo de batalla; o el castigo para el suicida?

Por consiguiente, la sanción eficaz de la ley de Dios no puede hallarse más que en los castigos o premios que nos esperan después de la muerte.

6. ¿También la justicia de Dios demanda que el alma sea mortal?

Sí, la justicia pide que Dios de a cada uno según sus méritos; que recompense a los buenos y castigue a los malos. Pero, es en esta vida que los buenos son premiado y los malos son castigados? No; en esta vida, los buenos, frecuentemente, se ven afligidos, perseguidos y oprimidos, mientras que los malos prosperan y triunfan. Luego la justicia de Dios pide que haya otra vida donde los buenos sean recompensados y los malos castigados; y si no, no habría justicia. Entonces se podría decir que no hay Dios, porque Dios no existe, sino es justo.

Es necesario que haya una justicia por lo mismo que hay Dios. Si Dios no es justo, no es infinitamente perfecto, no es Dios. Un Dios justo debe retribuir a cada uno según sus obras. Sería imposible que mirara de la misma manera al bueno y al malo, al parricida y al hijo obediente, al obrero honrado y al pérfido usurero.

Y, ¿qué sucede frecuentemente? Sucede que el malo triunfa, y el bueno sufre, que la virtud es ignorada o despreciada y el vicio honrado. Hay tribunales para los malhechores vulgares (¡y no todos ellos llegan!); pero no los hay para los canallas de primer orden. Nerón, corrompido, cruel, perjuro, sentado en el trono del mundo. Y en los calabozos de Nerón, San Pedro, San Pablo… Y la justicia de Dios, ¿dónde está?…

Por todas partes se ven tiranos adulados, coronados, viviendo entre delicias, mientras que los justos pon perseguidos, torturados, martirizados… ¿Dónde está la justicia de Dios?… ¡Cuántos despotismos, proscripciones, perjurios e iniquidades sobre la tierra! Pero, ¿qué se ha hecho la justicia de Dios? Yo os aseguro que ella no ha abdicado, que ella cuenta todas las gotas de sangre y todas las lágrimas que los malvados hacen derramar: tan cierto como que Dios es Dios, El retribuirá a cada uno según sus obras.

Y como ciertamente todo eso no se hace en esta vida, se hará en otra luego es necesario que el alma sobreviva al cuerpo, es necesario que ella sea inmortal.

Así, Dios permite los sufrimientos de los justos, porque hay otra vida donde restablecer el equilibrio. Los dolores de esta vida son pruebas qué santifican, son combates que llevan a la gloria, son avisos del cielo para que no dejemos el camino de la virtud. Pero estos sufrimientos nada son, comparados con la felicidad eterna que Dios tiene reservada al justo.

-¿Crees tú en el infierno?, preguntaron a un sacerdote, los jueces revolucionarios de Lyon.
-¡Y cómo podría yo dudar, viendo lo que está pasando! ¡Ah!, si yo hubiera sido incrédulo, hoy sería creyente.

Es el raciocinio del propio J. J. Rousseau: ‘Si no tuviera yo más prueba de la inmortalidad del alma que el triunfo del malvado y la opresión del justo, esta flagrante injusticia me obligaría a decir: No termina todo con la vida, todo vuelve al orden con la muerte’.

Los que volcáis, haciendo a Dios la guerra,

las aras de las leyes eternales,

malvados opresores de la tierra,

¡temblad! ¡sois inmortales!

Los que gemís desdichas pasajeras,

que vela Dios con ojos paternales,

peregrinos de un día a otras riberas,

¡calmad vuestro dolor! ¡sois inmortales!

Delille


7. Todos los pueblos de la tierra, ¿han admitido siempre la inmortalidad del alma?

Sí; es un hecho testificado por la historia antigua y moderna que los pueblos del mundo entero han admitido la inmortalidad del alma, como lo prueba el culto de los muertos, el respeto religioso de los hombres por las cenizas de sus padres y los monumentos que han erigido sobre sus sepulcros.

Esta creencia universal y constante no puede proceder sino o de la razón, que admite la necesidad de la vida futura, o de la revelación primitiva, hecha por Dios a nuestros primeros padres y transmitida por ellos a sus descendientes. Ahora bien, el testimonio, sea de la razón, sea de la revelación, no puede ser sino la expresión de la verdad; luego la creencia de los pueblos es una nueva prueba de la inmortalidad del alma.

Todos los pueblos han creído en la existencia de un lugar de delicias, donde los buenos eran recompensados, y de un lugar de tormentos, donde los malos eran castigados. ¿Quién no conoce los Campos Elíseos, y el negro Tártaro de los griegos y de los romanos?… Basta leer la historia de los pueblos.

¿Cómo explicar esta fe universal en la vida futura? Esta fe no es el resultado de la experiencia, porque toda la vida parece extinguirse con la muerte, y los muertos no vuelven para asegurarnos de la realidad de la otra vida.

No es una invención de los reyes o de los poderosos, porque muchos de aquellos a quienes los antiguos creían condenados a los castigos futuros eran precisamente reyes como Sísifo, Tántalo… No es tampoco, la enseñanza de una secta religiosa, porque la creencia en una vida futura es el fundamento de todas las religiones.

No se la puede atribuir a las pasiones humanas, porque es su castigo; ni a la ignorancia, porque existe también en los pueblos civilizados y, conforme a una ley de la historia, un pueblo es tanto más grande cuanto su fe en la inmortalidad es más firme y pura.
Este hecho no puede reconocer sino dos causas:

1º La revelación primitiva, infalible como Dios mismo.

2º El instinto irresistible de la razón humana, que por todas partes y siempre. por el simple buen sentido, está obligada a reconocer mismas verdades fundamentales. Según frase de Cicerón, aquello en que conviene la natural persuasión de todos los hombres, necesariamente ha de ser verdadero. Es un axioma de sentido común contra el cual en vano protestan algunos materialistas modernos.

8. ¿Qué debemos pensar de los que dicen: Una vez muertos se acabó todo?

Los que se atreven a decir que todo acaba con la muerte son insensatos que tienen el loco orgullo de contradecir a todo el género humano y de conculcar la razón y la conciencia.

Son criminales, y no desean el destino del bruto sino para poder vivir como él sin temor y sin remordimientos.

Son infelices, pues lejos de obtener lo que desean, no podrán escapar a la justicia divina, y aprenderán a sus propias expensas lo terrible que es caer en manos de un Dios vengador.

1º Si fuera cierto que con la muerte todo se acaba, habría que decir:

a) Que Dios se ha burlado de nosotros al darnos el deseo irresistible de la felicidad y de la inmortalidad.

b) Que todos los pueblos del mundo han vivido hasta ahora en el error, mientras que un puñado de libertinos son los únicos que tienen razón.

c) Que la suerte del asesino sería la misma que la de su víctima; que los justos que practican la virtud y los malvados que se entregan al crimen, serán tratados de la misma manera, etc. ¿No es esto inadmisible? ¿No es esto hacer del mundo una cueva de ladrones y de bestias feroces? Y, sin embargo, tal es la locura de los materialistas.

2º Los que niegan la inmortalidad del alma son los ateos, los materialistas, los positivistas, los librepensadores, todos aquellos que tienen interés en no creerse superiores a la bestias. Este dogma tiene los mismos adversarios que el de la existencia de Dios: son los hombres que, para acallar sus remordimientos o para no verse obligados a combatir sus pasiones, quisieran persuadirse de que no hay nada que temer, nada que esperar después de esta vida. Pero cuando un insensato cierra los ojos y declara que el sol no existe, se engaña a sí mismo y no impide al sol que alumbre.

3º Los que niegan la inmortalidad del alma son semejantes al hijo pródigo, que deseaba, sin conseguirlo, el sucio alimento de la piara de puercos que tenía a su cuidado. Estos hombres reclaman en vano la nada del bruto que les interesa conseguir; nadie se la dará; no serán aniquilados y el infierno les aguarda. ¡Cuán dignos son de lástima…!

9. ¿Cuáles son las consecuencias prácticas de la inmortalidad del alma?

Así como se conoce el árbol por sus frutos, se conocen los dogmas verdaderos por los bueno frutos que producen. La creencia en la inmortalidad del alma promete excelentes frutos: es para el hombre consuelo en la desventura, móvil de la virtud, fuente de los mayores heroísmos.

Por el contrario, la negación de la inmortalidad del alma produce frutos de muerte. Si el alma debe morir, no hay virtud, ni deber, ni religión, ni sociedad posible. Todo se desmorona. Juzgad, pues, el árbol por los frutos de muerte que produce.

1º El dogma de la inmortalidad del alma sostiene, anima, consuela al hombre virtuoso, puesto que le hace esperar una recompensa y una felicidad que no tendrán fin.

Si suprimimos la otra vida, la muerte no tendría consuelos ni esperanzas. ¿Qué puede decir un incrédulo junto a un féretro? ¡Son amigos que se separan con la certeza de no volverse a ver jamás!… Mirad a esa madre, loca de dolor, junto a una cuna, herida por la muerte; el impío sólo puede decirle: ‘Hay que ser razonable; esto les sucede también a otros, también nosotros moriremos’. En cambio, una Hermana de la Caridad dirá a esa pobre madre: ‘Hallaréis a vuestro hijito en el cielo; está con los ángeles y un día iréis a juntaros con él’. Una doctrina tan consoladora viene de Dios. Vosotros que lloráis vuestros muertos queridos, consoláos, los encontraréis en una vida mejor. No, no termina todo al cerrarse la fría losa de la tumba.

La creencia en la inmortalidad del alma es la única que puede formar hombres, llevarlos a la práctica de grandes virtudes, despertar en ellos nobles abnegaciones por Dios, por la sociedad, por la patria, puesto que esa creencia nos hace esperar alegrías tanto mayores cuanto más grandes hayan sido los sacrificios hechos por nosotros. Ella nos hace despreciar todo lo transitorio para no estimar sino lo que es eterno.

2º Decir, por el contrario, que cuando uno muere, todo muere con él, es suprimir toda virtud, todo deber, toda religión. Y en verdad, si no hay nada que esperar, nada que temer después de esta vida, ¿qué interés podemos tener en practicar el bien, el deber, la religión, a menudo tan penosos? ¿Qué digo? El bien y el mal, la virtud y el vicio no son más que vanas preocupaciones y odiosas mentiras…

La virtud cuesta grandes sacrificios, mientras que el vicio agrada a nuestra naturaleza caída. Ahora bien, si nuestra existencia se limita a esta tierra, si la virtud no producefrutos de felicidad eterna, si el vicio no acarrea dolores inconsolables para la vida futura, es una tontería sufrir tanto para predicar la virtud y preservarse del vicio. Entonces fallan por su base la virtud, la familia, la religión, la sociedad. Si fuera cierto que con la muerte todo muere, el mundo se vería inundado por un diluvio de crímenes. El robo, el homicidio, las más vergonzosas pasiones, no tendrían barreras, porque se tiene, con frecuencia, la facilidad de escapar de los gendarmes y de las prisiones.

‘Una sociedad que no cree en Dios, ni en el alma, ni en la vida futura, no respeta ni justicia ni moral. Verdaderamente, al todo se limita a la vida presente, ¿por qué se ha de consentir que la autoridad, la fortuna y los placeres sean para los poderosos? ¿Por qué la sumisión, la pobreza, la miseria y los sufrimientos han de estar reservados a las clases bajas?… Si la vida futura es un sueño, el hombre tiene sobrada razón para buscar en la vida presente su gozo, su felicidad. Si no los halla, le asiste toda la razón para conquistarlos con la fuerza, las armas y la revolución. Y si fracasa, nadie puede reprocharle el que se abandone a la desesperación y busque en el suicidio el único remedio posible que le queda.

‘Está visto: la ausencia de toda creencia en la vida futura es el camino cerrado a toda virtud, a todo heroísmo, a toda abnegación. Es el camino abierto a todas las pasiones, a todos los crímenes, a todas las revoluciones. El materialismo, propagado por la masonería ahí tenéis la causa de todas las desgracias, de las ruinas y de crímenes que desolan, en la hora presente a nuestra hermosa Francia’.

Narración. -‘Un obrero, que se ganaba la vida trabajando, estaba contento con su suerte. Su esposa tenía una afición desmedida al dinero, y aun al dinero ajeno. Una noche, este hombre regresa a su casa y dice misteriosamente a su mujer:

-¿Sabes? Un fulano ha venido a vernos al taller, y se ha, burlado de nosotros porque se le habló de la otra vida. Nos ha dicho que eso es un cuento inventado, por los curas. ¡Gracioso!, ¿verdad? Y, sin embargo, dicen que ese hombre es un sabio; y yo he visto una habitación de su casa de campo llena de libros…

-Pero, contestó la esposa, si eso es así, somos bien necios en sufrir tanto… ¿Quién nos impide matar y robar para hacernos ricos?

-¿Y la cárcel, y la guillotina?

-¡Qué cándido eres! insistió la esposa; si nos descubren nos matarán, pero todo habrá terminado, y no tendremos nada más que sufrir. Pero si no nos descubren, seremos ricos para toda la vida.

‘La mujer tenía razón. En su manera de pensar era perfectamente lógica. Sin la inmortalidad del alma no hay barreras para el crimen’…

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Dios

¿Qué quiere decir Dios?

Pregunta:

Estimado Padre: Siempre he tenido la curiosidad de saber por qué llamamos ‘Dios’ a ‘Dios’. ¿De dónde surgió esta palabra? ¿Cómo se empezó a llamar así a Dios? Gracias

Respuesta:

Estimado:

Dios, en anglosajón God; alemán Gott; similar al persa khoda; hindú khooda. Dios puede definirse de distintas maneras, como:

El nombre propio del Ser Supremo e Infinito, Creador y Regente del universo, a quien el hombre debe alabanza y obediencia;

El nombre común o genérico con el cual se denomina a los numerosos seres supuestos a quienes, en las religiones politeístas, les son adscritos atributos divinos y se les rinde adoración;

El nombre aplicado en algunas ocasiones a un ídolo, como la imagen o el habitáculo de un dios.

El significado de la raíz del nombre (derivada del gótico gheu; sánscrito hub o emu, ‘invocar, sacrificar a’) es o ‘el invocado’ o ‘a quien se sacrifica’. De dos diferentes raíces indo-germanas (div, ‘brillar’ o ‘alumbrar’; thes en thessathai, ‘implorar’) proceden las raíces indo-iraní deva, sánscrita dyaus o divas, latina deus, griega theos, irlandesa y gaélica dia, que son denominaciones genéricas; asimismo de estas raíces proceden algunos nombres propios de deidades paganas, como el griego Zeus, los latinos Júpiter (Jovpater), Juno (Janus) y Diana, el bajo teutón Tiu o Tiw (sobreviviente en Tuesday) y algunos otros. En las lenguas semíticas el nombre común más extendido es, en hebreo ‘el, en babilonio ‘ilu, en arábigo ‘ilah, etc.; y aunque los eruditos no concuerdan en este punto, el significado más probable es ‘el fuerte’ o ‘el poderoso’.

P.J. TONER
Transcrito por Tomas Hancil.
Traducido por Francisco Con.

diaconado

¿Qué es el diaconado?

Pregunta:

Estimado Sr.: Estoy buscando una información, para realizar un trabajo, a ver si podéis ayudarme, en encontrar alguna información sobre el diaconado, pues estoy intentando hacer un trabajo tipo investigación sobre la institución, y cómo lo vieron en la Iglesia. En qué se basaron los apóstoles y cómo floreció en la Iglesia, y cómo lo vieron los Santos Padres y la Iglesia primitiva. Gracias por todo. M. C.G.

Respuesta:

Estimado:

Le envío lo que escribe al respecto la Enciclopedia GER; al final tiene bibliografía para ampliar el tema:

DIÁCONO

En la triple jerarquía que constituye el sacramento del Orden (v.), el d. ocupa el grado inferior, y su oficio se remonta a los orígenes de la Iglesia.

1. Indicaciones bíblicas. Los Hechos de los Apóstoles relatan la institución de los siete primeros auxiliares helenistas, justificando este ministerio en la necesidad de una asistencia caritativa a los pobres mediante unos cuadros eficientes y organizados, sin detrimento de la función de los Apóstoles (v.), primordialmente orientada a la ‘oración y a la palabra de Dios’ (Act 6). La Tradición considera comúnmente a ese desdoblamiento de la plenitud apostólica como la institución del diaconado, siendo mencionados por primera vez los d. junto a los episcopos en la salutación de la epístola a los filipenses (1,1). En la primera epístola a Timoteo (3,8-14) se enumeran las cualidades exigidas a los d.; se desprende de ese texto que los d. ejercen una función de responsabilidad, de orientación en las comunidades cristianas, guardando un lugar subalterno con respecto a los jefes, a los episcopos.

Los datos del N. T., aunque sumarios, tendrán la mayor importancia en la historia de la Iglesia (v. IGLESIA I, 2); realzan un ideal de servicio, inspirado en el ejemplo de Jesucristo (cfr. Le 22,24-27); el ejercicio de la autoridad en la Iglesia es presentado como un servicio, una diaconía (2 Cor 3,3; Rom 11,13; cfr. Mt 20,25-27 y paralelos). El diaconado se presenta en la Iglesia apostólica como una manifestación de la caridad que debe distinguir a la Jerarquía eclesiástica. Por otro lado, la ‘fuerza del Espíritu’ que obra en los primeros d., especialmente en S. Esteban (v.), marcará siempre en la Liturgia y en la Tradición la figura del d., apuntando las fuentes de su vida espiritual. Se deja una total amplitud a la institución diaconal. Ésta asumirá, a través de los tiempos y según las necesidades, formas apropiadas para la vitalidad del culto, el anuncio de la palabra de Dios, la administración de los bienes eclesiásticos y la atención material de los necesitados.

2. Tradición patrística. El servicio de la Iglesia y su disponibilidad a las órdenes del obispo son el ideal evangélico que los d. son llamados a ejercer, exaltado con insistencia en la Iglesia posapostólica. Así se expresan, p. ej., Hipólito Romano, S. Ignacio de Antioquía, los Statuta Ecclesiae antiqua (v.) y el Concilio de Nicea (325). S. Ignacio de Antioquía afirma: ‘es preciso que los diáconos den gusto en todo a todos. Los diáconos son, en efecto, ministros de la Iglesia de Dios, y no distribuidores de comidas y bebidas’ (Ad Tallianos, II, 3). El ministerio de los d. conserva el carácter de universalidad y maleabilidad, siempre en dependencia de los obispos (v.) y, al menos en principio, de los presbíteros (v.) Los d. orientan las preces de los fieles, celan por el buen orden de la comunidad litúrgica, ocupando como un lugar intermedio entre el que celebra la Santa Misa y los fieles, sirviendo junto al altar y actuando según las necesidades de la asistencia. Semejante oficio comprenderá desde la proclamación del Evangelio, el ofrecimiento del Sacrificio al lado del obispo y el presbiterio, la distribución del pan y del vino eucarísticos, hasta una actitud de vigilancia y todas las iniciativas necesarias para que cada cristiano comprenda las enseñanzas y participe en los misterios litúrgicos. Esta actividad cultual se prolonga en una irradiación de carácter pastoral. Inicialmente el d. aparece como el brazo derecho de los obispos. En los s. tii y iv, con la multiplicación de las comunidades rurales, los d. asumen a veces como la dirección de lo que hoy podría llamarse una parroquia (v.), según el testimonio del Conc. de Elvira (can. 77).

Esta época patrística señala la edad de oro del diaconado, institución permanente y función en perfecta armonía con la vitalidad de las comunidades cristianas. Es difícil precisar la fisonomía del d. en este momento de florecimiento, por su extraordinaria variedad de funciones. Se mueve en el plano de la evangelización, de la catequesis, de la organización del culto, en la formación de los catecúmenos y neófitos. Se manifiesta igualmente una función caritativa, haciendo del d. mediador de la caridad entre los ricos y los pobres, y personificación de la generosidad cristiana, eficaz e institucionalizada. Según el prototipo de S. Esteban, el primer d. de Jerusalén, la tradición cristiana exaltará las figuras ejemplares de S. Lorenzo (v.), d. romano; de S. Efrén (v.), que ejerce la misma función con un brillo singular en Siria, y de S. Vicente Mártir (v.), que ilustra la iglesia de Zaragoza.

3. Vicisitudes históricas. Las profundas transformaciones que tienen lugar en el s. v (v. MEDIA, EDAD I, A, 1) repercuten en la organización y actividad de la Iglesia; si a ello se añaden los cambios que se producen en el interior de la misma (en especial la disminución del catecumenado -por aumento del bautismo de los niños-, etc.) se entiende que la importancia del diaconado vaya poco a poco disminuyendo. Éste pierde un tanto de su función específica y vital pasando a ser, sólo, un puesto de paso para acceder a las dignidades superiores del presbiterado y del episcopado. Más aún, son conocidas las invectivas de S. Jerónimo (v.) y del Ambrosiastro (v.) contra las pretensiones de los d., que compiten con los presbíteros y parecen aspirar más a la dominación que al servicio humilde y evangélico de sus orígenes (cfr. S. Jerónimo, Carta 146, n° 2). Parece que el ideal del diaconado encerraba una cierta ambigüedad, pues por un lado se trata de un grado jerárquico, de un servicio junto al altar, y por otro no posee las atribuciones propiamente sacerdotales. Conforme a la célebre sentencia de Hipólito de Roma, recogida por el Vaticano II, ‘el d. es ordenado no en vistas al sacerdocio, sino al servicio del Obispo’ (Disciplina ecclesiastica, 111,1,2; cit. en las Const. Apost. V111,14,2; cfr. Lumen gentium, 29).

En la Edad Media, esta polivalencia del diaconado se irá concretando, cada vez más, a las funciones litúrgicas. Desde el s. vit cristalizan las funciones diaconales en torno a tres elementos: el servicio solemne del altar, la administración del bautismo y la predicación, siendo ésta entendida como la proclamación del Evangelio o como una actividad supletoria si falta el sacerdote. Tal será la disciplina sustancialmente perpetuada en la Iglesia latina y confirmada por el CIC. Éste condensa el resultado de la evolución histórica que venimos esbozando, caracterizando al d., como a las demás órdenes sagradas, por la intención de recibir la ordenación sacerdotal (can. 973,1). La obligación del celibato (v.) está ya incluida en la recepción del subdiaconado (can. 132; 949). Anexionado el celibato al ministerio sacerdotal, la evolución histórica del diaconado hace que este grado jerárquico sea incluido dentro de la misma ley. Según la enseñanza del Conc. de Trento, la Jerarquía del Orden, instituida por Cristo, comprende los obispos, los presbíteros y ministros, término donde van incluidos los diáconos. La Const. Sacramentum Ordinis de Pío XII (30 nov. 1947: AAS 40, 1948, 5-7) determinó que el rito esencial de la ordenación diaconal (a semejanza del presbiterado) consiste solamente en la imposición de manos y en la invocación del Espíritu Santo en un prefacio consacratorio. Eliminando así ciertas dudas teológicas, el Magisterio de la Iglesia situaba el diaconado como parte del sacerdocio ministerial, comportando la gracia y el carácter conferidos por el sacramento del Orden.

4. Situación actual. A lo largo del s. xx se han dado una serie de intentos para restaurar esta institución. Se pueden distinguir tres etapas: la primera, desde el pontificado de Pío XII, se señala por un conjunto de estudios y reflexiones sobre la significación del diaconado y la oportunidad de su restauración como oficio permanente. La segunda está representada por la actitud y las enseñanzas conciliares. Y, finalmente, las determinaciones de Paulo VI. Discretamente insinuaba ya Pío XII en oct. 1957: ‘sabemos que se piensa actualmente en introducir una orden del diaconado como función eclesiástica independiente del presbiterado. La idea, por lo menos hoy, no está aún madura’ (Discurso al II Congr. Int. del Apostolado de los laicos). El Vaticano 11 marca una etapa de esa madurez abordando la cuestión del diaconado permanente en tres documentos: en la Const. Lumen gentium, n° 29, en el Decr. Ad gentes, n° 16, y en el Decr. Orientalium ecclesiarum, n° 17. En estos dos Decretos el Concilio se refiere al tema de la restauración del diaconado como estado de vida permanente, dejando el asunto al juicio de las Conferencias episcopales (v.).

Pero es, sobre todo, la Const. Lumen gentium el documento teológico privilegiado sobre el diaconado, definiéndolo según la expresión tradicional: los d. ‘reciben la imposición de las manos no en orden al sacerdocio, sino al ministerio’; lo que es explicado en estos términos: ‘fortificados por la gracia sacramental, ellos sirven al Pueblo de Dios, en unión con el obispo y su presbiterio, en el ministerio (diaconía) de la liturgia, de la palabra y de la caridad’. Esta diaconía, en el triple campo del culto, de la predicación y de la caridad, es pormenorizada con las siguientes funciones: ‘Es propio del d., según le fuere asignado por la autoridad competente, administrar solemnemente el Bautismo, conservar y distribuir la Eucaristía, asistir al matrimonio en nombre de la Iglesia y bendecirlo, llevar el Viático a los moribundos, leer a los fieles la S. E., instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y las preces de los fieles, administrar los sacramentales, presidir el rito de los funerales y sepultura. Dedicados a los oficios de caridad y de administración, recuerden los diáconos la exhortación de S. Policarpo: ‘misericordiosos, diligentes, procediendo según la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos’ (Ad Philipenses, 5,2)’ (Lum. gent. 29). El principio y conclusión del texto conciliar resaltan la identificación del diaconado con el ideal evangélico de servicio, distinguiéndolo, sin embargo, del sacerdocio. Semejante identificación es netamente tradicional, como tuvimos oportunidad de notar. No obstante, la antítesis servicio-sacerdocio no debe tomarse en sentido de oposición entre ambas, dado que la visión conciliar del sacerdocio jerárquico hace de éste un servicio, una misión en beneficio del Pueblo de Dios, además de una consagración; consagración y misión van unidas en el sacerdocio: el ministerio, la misión, sacerdotal se deriva de la consagración que supone el haber recibido el sacramento del Orden (v. PRESBÍTERO; SACERDOCIO V; CONSAGRACIÓN II). Teniendo en cuenta las vicisitudes históricas del diaconado, se podría proponer la siguiente paráfrasis del texto conciliar: el d. no se destina al sacerdocio, es decir, no está dotado de los poderes sagrados de celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y de perdonar los pecados, funciones propias del presbiterado y del episcopado. Pero participa, no obstante, del sacerdocio: no es un laico, está al servicio del. Pueblo de Dios en cuanto ocupa un grado de la jerarquía y desempeña oficios propios del sacramento del Orden (v.).

Después de haber caracterizado de este modo el diaconado, la Const. Lumen gentium afirma la posibilidad de restablecerlo ‘como grado propio y permanente de la Jerarquía’. El fundamento de esa posibilidad es que ‘estos oficios (del d.), necesarios en gran manera a la vida de la Iglesia, difícilmente pueden ser desempeñados en muchas regiones’. Se destacan, pues, las motivaciones pastorales, y se deja ‘a las distintas conferencias territoriales de Obispos, de acuerdo con el mismo Sumo Pontífice, decidir si es oportuno y en dónde el establecer estos diáconos para el cuidado de las almas’, añadiendo a continuación que ‘con el consentimiento del Romano Pontífice ese diaconado podrá ser confiado a varones de edad madura, aun casados, y también a jóvenes idóneos, para quienes debe mantenerse firme la ley del celibato’ (ib., 29). Las indicaciones conciliares provocaron interés en algunas regiones de la Iglesia, suscitando varios estudios de carácter doctrinal, así como iniciativas en vista a la preparación y formación de los futuros diáconos. En 1967, una comisión de estudios convocada por el propio Papa presentaba sugerencias y diferentes puntos de vista, susceptibles de esclarecer el restablecimiento del diaconado permanente. En el mismo año Paulo VI promulgó, el 18 junio, el Motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem (AAS 59, 1967, 697-704), dónde se determinan las oportunas normas canónicas sobre el diaconado permanente.

Este documento es el resultado del trabajo de una comisión especial desde 1965 en contacto con las Conferencias episcopales y los diferentes grupos interesados en el asunto. El Motu proprio, después de recordar en su introducción la doctrina tradicional y conciliar sobre el diaconado, establece los puntos siguientes: competencia de las Asambleas o Conferencias episcopales para decidir acerca de la oportunidad de tiempo y lugar para la restauración del diaconado, con la aprobación del Soberano Pontífice; una vez obtenida semejante aprobación corresponde a cada Ordinario probar y ordenar los candidatos en los límites de su propia jurisdicción. La formación de los jóvenes candidatos, que están obligados a observar la ley del celibato, se hará en institutos especiales, debiendo durar, por lo menos, tres años, con un programa de estudios sabiamente adaptados y acompañado de ejercicios prácticos convenientes. La admisión y formación de los candidatos de edad madura, solteros o casados, constituye la tercera parte del documento. La edad requerida es 35 años, como mínimo, y para los candidatos casados se exige que hayan vivido bastantes años en matrimonio y hayan sabido dirigir su hogar. El consentimiento de la esposa es requerido, así como sus cualidades cristianas y naturales, a fin de que no dificulten el ministerio de su marido. Los solteros, al recibir el diaconado, contraen la obligación del celibato. La subsistencia del d. debe ser prevista y garantizada según normas precisas, que serán establecidas por las Conferencias episcopales.

Las funciones diaconales son enumeradas en armonía con la Const. Lumen gentium, incluyéndose explicaciones, que manifiestan el papel dinámico del nuevo d. y su participación en la Jerarquía y en las comunidades. Así, se dice que el d. debe ‘ocuparse, en nombre de la jerarquía; en oficios de caridad y de administración, y en obras de ayuda social; dirigir legítimamente, en nombre del párroco y del obispo, las comunidades cristianas dispersas; promover y apoyar las actividades apostólicas de los laicos’ (n° 22,9-11). Es inculcada especialmente la comunión del d. con el obispo y su presbiterio, y, en cuanto sea posible, que participe en los Consejos Pastorales (n° 23-24). Son propuestas directrices de vida espiritual, inspiradas en una asidua lectura y meditación de la palabra de Dios, frecuencia de los sacramentos (la Eucaristía, así como la piadosa visita a la misma y el examen de conciencia, diariamente), dejándose al cuidado de las Conferencias episcopales el determinar las formas concretas, particularmente en lo referente a la recitación de al menos una parte del Oficio divino (n° 25-31). La Santa Sede podrá autorizar la institución del diaconado permanente entre los religiosos (n° 32-35). El Motu proprio indica de este modo, a grandes rasgos, la fisonomía que debe adquirir el diaconado permanente en la Iglesia; pero se observa que la responsabilidad del éxito y de la cualidad de esta renovación eclesiástica recaerá en las Conferencias episcopales, los obispos, las familias religiosas y en las iniciativas de las diferentes regiones. El 17 jun. 1968 la Const. ap. Pontificalis Romani Recognitio (AAS 60, 1968, 369-373) establecía el nuevo rito para conferir la sagrada orden del diaconado (también la del presbiterado y episcopado), definiendo a la vez la materia y forma de la misma ordenación. La Carta apostólica Ministeria quaedam, de 15 sept. 1972, establece, entre otras cosas, que la incorporación al estado clerical se difiere hasta el diaconado. Con esta misma fecha, Paulo VI ha promulgado nuevas normas sobre la figura del diaconado, concretamente: establecimiento de un rito de admisión para los candidatos al diaconado, ya sea permanente o transitorio, rito litúrgico de administración, obligación del celibato para los d. no casados, que constituye impedimento dirimente para contraer matrimonio, obligación de recitar una parte al menos de la Liturgia de las Horas, etc. (Carta Ad pascendum, 15 sept. 1972).

BIBL.: J. N. SEIDL, Der Diakonat in der katholischen Kirche, Ratisbona 1884; H. LECLERCQ, Diacres, en DACL IV,738-746; J. FORGET, Diacres, en DTC V1,703-731; J. VITEAu, L’institution des diacres et des veuves (Actes 6,1-10; 8,4-40; 21,8), ‘Rev. d’Histoire Ecclésiastique’ 22 (1926) 513-538; J. COLSON, La lonction diaconale aux origines de 1’Église, París 1960; M. RIGHETTI, Historia de la Liturgia, II, Madrid 1956, 947-951; S. SALAVILLE, G. NoWACK, Le róle du diacre dans la liturgie orientale, Atenas 1962; S. BIHEL, De septem diaeonis, ‘Antonianum’ 3 (1928) 129-150; J. TIXERONT, L’Ordine e le ordinazioni, Brescia 1939, 77-85; B. KURTSCHEID, Historia iuris canonici, I, Roma 1941, 53-56, 159-164, 257-261; A. KERVOORDE, Elementos para una Teología del Diaconado, en G. BARAÚNA (dir.), La Iglesia del Vaticano II, II, Barcelona 1968, 917-952; J. M. RISAS, La renovación del diaconado, ‘Ius Canonicum’ IX (1969) 239-258. Para los aspectos doctrinales y prácticos, relativos al carácter y funciones del clero y de los laicos en general, es fundamental: A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia, Pamplona 1969.