los Reyes Magos

¿Quiénes fueron los Reyes Magos?

Pregunta:

Abuso de su amabilidad y le consulto otra cosa, ¿Quienes eran los Reyes Magos, y de donde sacaron sus nombres (Melchor Gaspar y Bastazar) si en los Evangelios no figuran? Muchas Gracias por todo Saludos. J.M.R.

 

Respuesta:

Estimado:

El término ‘magos’ (magoi) que aparece en Mt 2,1 se refiere a lo que en la antigüedad se denominaba ‘sabios’; en este caso fueron hombres sabios que vinieron ‘del Este’ (Mt 2,1), lo cual puede ser una referencia a Arabia, Mesopotamia o algún lugar más al este de Palestina. El hecho de que fueran guiados por una estrella (2,2) sugiere que fueron instruidos en astrología o en la ciencia de la navegación y en el cálculo del tiempo por medio de las configuraciones estelares.

Esto se refuerza con las investigaciones hechas por G. Messina, según las cuales la palabra ‘mago’ parece derivarse de la forma persa ‘maga’, don, que es la revelación del Sabio del Señor (Magda) anunciada primeramente a Zoroastro. Y de aquí también el llamarse ‘magu’ y ‘mogu’: participadores del don. Mago, pues, viene a ser discípulo de Zoroastro.

Aparte de una tribu de Media llamada así, los magos aparecen, en su primera época, como una casta sacerdotal de Media y Persia. Además se dedicaban al estudio de la sabiduría. Estrabón dice que ellos eran ‘celosos observadores de la justicia y de la virtud’. Y Cicerón dice que son ‘la clase de sabios y doctores en Persia’.

Fue Orígenes quien por ver primera propuso que fueran tres magos en razón de los tres dones ofrecidos al niño (cf. Mt 2,11).

Antes del siglo VI ningún autor afirma expresamente que fueran reyes, salvo, quizá Tertuliano que sugirió que se trataba de ‘casi reyes’ (‘fere reges’: cf. Adv. Jud., 9 and Adv. Marc., III.13), y esto se hizo popular por interpretar así la referencia al Salmo 72,10 (los reyes de la tierra se postrarán y le ofrecerán sus dones) que parece estar implícita en el relato de San Mateo. El arte los presenta como reyes ya desde el siglo VIII, mientras que en las pinturas de las catacumbas de Santa Priscila, de comienzo del siglo II-IV, los representa solo como nobles persas.

El Nuevo Testamento calla sobre el número y su pretendida realeza. A partir del siglo VIII recibirán nombres, con algunas variaciones (los primeros fueron Bithisarea, Melchior y Gathaspa). Los hoy corrientes Gaspar, Melchor y Baltasar, se los da, en el siglo IX, el historiador Agnello, en su obra ‘Pontificalis Ecclesiae Ravennatis’. Ya en la Edad Media fueron incluso venerados como santos. Y también la escena de los magos adorando al Niño Jesús se convirtió en tema favorito en el arte de los bajorrelieves, miniaturas y vitrales.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

balamand

¿En qué consistió la declaración de Balamand?

Pregunta:

¿En qué consistió la declaración de Balamand?

 

Respuesta:

Estimado:

La declaración de Balamand es un documento fechado en Balamand, Líbano, el 23 de junio de 1993, al finalizar la VII sesión plenaria de la Comisión mixta internacional entre la Iglesia católica y la ortodoxa. Tiende a superar ‘el obstáculo que impulsó a algunas iglesias autocéfalas a suspender su participación en el diálogo ecuménico’. Puede ver un resumen de la noticia en L’Osservatore Romano del 16 de julio de 1993, edición española, p. 5. No tengo el texto de la declaración en español.

Puede ver el comunicado y el texto en la página del vaticano (en inglés).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Dios existe

¿Qué razones tenemos para creer en la existencia de Dios?

Pregunta:

¿Por qué creer? ¿Qué razones me podría dar usted para creer en la existencia de Dios? Al experimentar un vacío ‘espiritual’. ¿No será fantasía inventarme a Dios para explicar satisfactoriamente mi imposibilidad de realizarme como realmente quiero yo? ¿Qué es la felicidad? ¿Es posible ser feliz al margen de la idea o de la realidad de Dios? ¿Estudiar, investigar, documentarse acerca de las religiones, conocer las diferentes filosofías acerca de Dios me llevarían a conocerlo y creer en Él?

Respuesta:

Estimada:

Su consulta contiene preguntas relacionadas entre sí pero muy variadas. Y cada una de ellas exige una respuesta muy precisa.

Ante todo despejemos un equívoco: la ‘existencia’ de Dios no pertenece ‘necesariamente’ a la fe. A esta verdad puede acceder el hombre mediante su razón. Esto no quita que también esta verdad esté revelada (la encontramos en la Sagrada Escritura). Por este motivo, el Concilio Vaticano I (1869-1870), definió contra el fideísmo y el agnosticismo la posibilidad universal de conocer a Dios, por medio de la sola razón natural (de aquí que esta verdad sea enumerada entre los ‘preámbulos de la fe’). De todos modos, como no todos los hombres llegan a este conocimiento por su razón (a causa de la debilidad que ha dejado en nuestra inteligencia el pecado original) hay una ‘necesidad moral’ de que esta verdad sea revelada por Dios, para que lleguen a la misma todos los hombres, prontamente y sin mezcla de error.

Las pruebas más tradicionales para demostrar la existencia de Dios son ‘las cinco vías’expuestas de modo magistral por Santo Tomás de Aquino (‘Suma Teológica’, Prima pars, cuestión 2, artículo 3). Son éstas pruebas propiamente metafísicas. Estas vías son cinco argumentos a posteriori (a partir de las cosas más conocidas por el hombre) que demuestran la existencia de Dios; así, por ejemplo:

1) La primera es la vía del movimiento: la realidad del cambio o del movimiento (en sentido aristotélico) exige necesariamente la existencia de un primer motor inmóvil, porque no es posible fundarse en una serie infinita de iniciadores del movimiento.

2) La segunda es la vía de las causas eficientes: puesto que las causas eficientes forman una sucesión y nada es causa eficiente de sí mismo, hay que afirmar la existencia de una primera causa.

3) La tercera es la vía de la contingencia y del ser necesario: como es un hecho que hay seres que existen y que podrían no existir, esto es, que son contingentes, es forzoso que exista un ser necesario, ya que, de otra forma, lo posible no sería más que posible.

4) La cuarta es la vía de los grados de perfección: puesto que todas las cosas existen según grados (de bondad, verdad, etc.), debe también existir el ser que posee toda perfección en grado sumo, respecto del cual las demás se comparan y del cual participan.

5) La quinta es la vía teleológica o del orden y la finalidad: existe un diseño o un fin en el mundo, por lo que ha de existir un ser inteligente que haya pretendido la finalidad que se observa en todo el universo.

Existen otras vías a las que mejor corresponde llamar ‘argumentos complementarios’. Estas son:

1) La demostración por el consentimiento universal del género humano: todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan importante y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!

2) Por el deseo natural de la perfecta felicidad: consta con toda certeza que el corazón humano apetece la plena y perfecta felicidad con un deseo natural e innato; consta también con certeza que un deseo propiamente natural e innato no puede ser vano, o sea, no puede recaer sobre un objetivo o finalidad inexistente o de imposible adquisición; y consta, finalmente, que el corazón humano no puede encontrar su perfecta felicidad más que en la posesión de un Bien Infinito. Por tanto, existe el Bien Infinito al que llamamos Dios.

3) Por la existencia de la ley moral: existe una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que prescribe el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. Ahora bien, no puede haber ley sin legislador, como no puede haber efecto sin causa. Este legislador ha de ser, al igual que esa ley, absoluto, universal, inmutable, bueno y enemigo del mal. Esto es lo que denominamos Dios.

4) Por la existencia de los milagros: el milagro es, por definición, un hecho sorprendente que es realizado a pesar de las leyes de la naturaleza, ya sea suspendiéndolas o anulándolas en un momento dado. Ahora bien, es evidente que sólo aquel que domine y tenga poder absoluto sobre estas leyes puede suspenderlas o anularlas a su arbitrio. Por tanto, existe un Ser supremo que tiene ese poder soberano.

Es evidente que no he hecho más que exponer el núcleo central de todos estos argumentos. Para entenderlos bien y ver su fuerza probativa, es necesario estudiarlos en profundidad y con los textos completos. Estos textos puede Usted encontrarlos en:

-Santo Tomás, Suma Teológica, Primera parte, cuestión 2, artículo 3 (conviene leer también algún comentario; por ejemplo, R. Garrigou-Lagrange, ‘Dios, su existencia y su naturaleza’, Ed. Palabra, Madrid).

-Santo Tomás, Suma Contra Gentiles, libro I, capítulo 13.

-De modo resumido y muy claro para quien no tiene mucha formación filosófica puede encontrarlo en el libro clásico de Hillaire, ‘La religión demostrada’ (Barcelona 1955; hay numerosas ediciones); o:Antonio Royo Marín, ‘Dios y su obra’ (Ed. BAC, Madrid 1963).

Estos argumentos, sin embargo, sólo nos llevan a conocer la existencia de Dios. Pero la naturaleza misma de Dios, su misterio íntimo, sólo es alcanzado por revelación del mismo Dios. Jesucristo es el revelador del Padre, es decir, del misterio íntimo de la Santísima Trinidad. Y esto sólo se alcanza recibiendo la fe, la cual nos viene por medio de la Iglesia fundada por Cristo.

En cuanto a las últimas preguntas que me hace, le respondo que no es posible ser feliz al margen de Dios o al margen de la noción de Dios, porque nuestro apetito de felicidad es apetito o deseo de una felicidad infinita, que sólo Dios-infinito puede colmar.

En cuanto al estudio de las otras religiones y filosofías, si se hace por aumentar la cultura general, es muy útil. Si se hace dudando de la propia fe y ‘buscando’ en las distintas religiones una respuesta a las dudas sobre la fe, sólo puede aumentar la confusión de la que se parte. De todos modos, es evidente que es diverso el caso del católico que busca en otras religiones un conocimiento más profundo de Dios (lo que puede llevarlo a pecar contra la fe) y del no católico que no tiene, de suyo, el don de la fe.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

roma

¿Cuándo pasó la Iglesia de Jerusalén a Roma?

Pregunta:

R.P. Miguel Ángel Fuentes, V.E. Soy brasileño. Con frecuencia consulto la página en internet de la Catholic.net donde alimento mis conocimientos. Ahora, pues, necesito de informaciones respecto del traslado de la sede de la Iglesia (de Jerusalén?) para Roma: cuando y en que circunstancias ocurrieron. Gracias por la atención.

 

Respuesta:

Estimado:

Respecto del traslado de la sede de la Iglesia de Jerusalén a Roma, el libro de los Hechos de los Apóstoles termina su relato cerca de la actividad de Pedro en la iglesia madre de Jerusalén con la frase, enigmática, de que ‘se marchó a otro lugar'(Act 12, 17). No se ve ni el motivo de la marcha de Pedro, ni adonde se dirigió.

Nada puede afirmarse en concreto acerca de los puntos del camino que lo llevó a Roma, de la fecha de su llegada a la capital del imperio, ni sobre la duración de su estancia. Es, en cambio, seguro que tomó parte en el concilio de los apóstoles en Jerusalén, que ha de fecharse poco después de mediados de siglo, y que luego estuvo algún tiempo en Antioquía (Act 15, 7; Gal 2, 11-14).

El fundamento y sostén de la tradición romana petrina lo integran tres testimonios originales, muy próximos entre sí cronológicamente y que, tomados en conjunto, tienen una fuerza afirmativa que, prácticamente, se equipara a la certeza histórica. El primer testimonio es de origen romano, y se haya en la carta que Clemente, en nombre de la iglesia de Roma, envía a la de Corinto. Clemente viene a hablar, en el capítulo V, de casos recientes en que los cristianos, ‘por envidia’, sufrieron tormentos y hasta la muerte, De entre ellos descuellan Pedro y Pablo: ‘Pedro, que, por inicua emulación, hubo de soportar ni uno ni dos, sino mucho más trabajos y, después de dar así su testimonio, marchó al lugar de la gloria que le era debido'[1]. Con el sufrió el martirio una gran muchedumbre ‘de elegidos’, entre ellos mujeres cristianas, que fueron ejecutadas vestidas de Danaides y Dirces. Se trata de una alusión a la persecución bajo Nerón y ello nos permite relacionar la muerte de Pedro y situarla cronológicamente a mediados de los años sesenta. Clemente no da dato alguno sobre la forma y lugar de la ejecución, y su silencio sobre el pormenor supone evidentemente en sus lectores conocimientos de los acontecimientos; a él mismo, como pasados en el lugar de su residencia y en sus mismos días (en su generación), le eran sin duda personalmente familiares.

El fondo esencial de ese testimonio lo hallamos también en una carta que, unos veinte años más tarde, fue dirigida desde oriente a la iglesia de Roma. Ignacio de Antioquía, obispo de la iglesia de la gentilidad de más rica tradición, que podía como nadie estar informado sobre la vida y muerte de los apóstoles, ruega a los cristianos de Roma no le priven de sufrir el martirio intercediendo por ante las autoridades romanas. Ignacio aclara su ruego la frase respetuosa: ‘Yo no os mando como Pedro y Pablo'[2]. Luego éstos tuvieron un día con la Iglesia de Roma una relación que les dio una posición de autoridad, es decir, permanecieron allí como miembros activos de la comunidad, no pasajeramente, como visitantes casuales. El peso de este testimonio está en el hecho de que una afirmación venida del lejano oriente cristiano confirma inequívocamente lo que la iglesia romana sabe acerca de la estancia de Pedro en ella.

Próximo a la carta ignaciana a los romanos, se nos ofrece un tercer documento, como testimonio a favor de la estancia y martirio de Pedro en Roma: la Ascensio Isaiae (4,2s), cuya redacción cristiana data de hacia el año 100. Ésta habla en estilo de anuncio profético de que la plantación de los doce apóstoles será perseguida por Beliar, el asesino de su madre (Nerón), y uno de los doce será entregado en sus manos. Esta profecía se aclara por un fragmento del Apocalipsis de Pedro, que hay que atribuir igualmente a los comienzos del siglo II. Aquí se dice: ‘Mira, Pedro, a ti te lo he revelado y expuesto todo. Marcha, pues, a la ciudad de la prostitución, y bebe el cáliz que yo te he anunciado’. Este texto combinado, que demuestra conocer el martirio de Pedro en Roma bajo Nerón, confirma y subraya considerablemente la seguridad de la tradición romana. A estas tres afirmaciones fundamentales se añaden aún dos alusiones que redondean el cuadro de la tradición petrina. El autor del último capítulo del evangelio de Juan alude claramente a la muerte de Pedro por el martirio, y sabe evidentemente que fue ejecutado en la cruz (Jn 21,18s), si bien se calla respecto al lugar de martirio,. En cambio, en los versículos finales de la primera carta de Pedro se señala a Roma como su lugar de residencia, pues la carta se dice estar escrita en ‘Babilonia; ahora bien por ‘Babilonia’ hay que entender antes que nada a Roma, como lo sugiere la ecuación Roma-Babilonia del Apocalipsis de Juan (14, 8; 16ss) y de la literatura judía apocalíptica y rabínica.

La tradición romana petrina no se rompe en el curso del siglo II y es atestiguada ampliamente por testimonios de los más variados territorios por los que se ha propagado el cristianismo; así, en oriente, por el obispo Dionisio de Corinto; en occidente, por Ireneo de Lyon, y en África, por Tertuliano. Aún es más importante el hecho de que no haya iglesia cristiana que pretenda para sí esta tradición ni se levante una voz contemporánea que la combata o ponga en duda. Esta ausencia casi sorprendente de toda tradición concurrente ha de estimarse sin duda como un factor decisivo en el examen crítico de la tradición romana.

Puede ver al respecto: Hubert Jedin, ‘Manual de Historia de la Iglesia’, Herder, Barcelona 1980, tomo I, pp. 186-188. Hemos tomado la respuesta de manera prácticamente literal.

 P. Miguel A. Fuentes, IVE

 


[1] Cf. I Clem. 5, 1-4; 6, 1-2.

[2] Ignacio Ant., Rom. 4,3.

coronación

Sobre la Coronación de la Virgen

Pregunta:

Necesito saber el sentido teológico de la Coronación a la Santísima Virgen.

Respuesta:

Estimado:

La coronación de la Virgen tiene el significado de proclamar la realeza de Nuestra Señora.

En el acto de coronarla proclamamos:

1. Que la Virgen María es Reina del Universo no sólo en sentido metafórico, sino también en sentido estricto, literal y propio.

El fundamento principal de la realeza de María es su divina maternidad, que la eleva al orden hipostático y la une indisolublemente con su divino Hijo Rey universal.

2. Que María es también Reina del Universo también por derecho de conquista, como Corredentora de la humanidad.

3. Que la potestad regia de María, aunque muy propia y verdadera, no es total y absoluta como la de su Hijo, sino limitada y relativa, o sea recibida y participada de la de Jesucristo.

4. Que en sentido analógico y en plena dependencia y subordinación a la realeza de Jesucristo, corresponde también a María la triple potestad legislativa, judicial y en el reino de Cristo.

5. Que a semejanza y en perfecta dependencia de Jesucristo el reino de María no es un reino temporal y terreno, sino más bien un reino eterno y universal: reino de verdad y de vida, de santidad, de gracia, de justicia, de amor y de paz.

6. Que María empezó a ser reina en el momento mismo en que concibió por obra del Espíritu Santo a Jesucristo Rey; reafirmó su realeza por derecho de conquista con su compasión al pie de la cruz de Jesús; la ejerció sobre la Iglesia primitiva sobre los apóstoles y primeros discípulos del Señor, y sigue y seguirá ejerciéndola eternamente en el cielo sobre todos los seres creados.

Coronándola reina de una nación en particular, los fieles de ese pueblo proclaman el reinado de María en particular sobre los corazones de los hijos de esa tierra y su sumisión filial.

P. Miguel A. Fuentes, IVE