Anselm grun

Anselm Grün y el modernismo teológico

ARTÍCULO PRIMERO

EL MODERNISMO (TEOLÓGICO) SE HA IMPUESTO COMO SENTIDO COMÚN

Anselm Grün es uno de sus representantes actuales

 El Modernismo afirmó que la revelación de Dios se da en la experiencia.
Hoy, en algunos ambientes, se oye hablar más de experiencias de Dios y de experiencias de oración que de fe y de creer. 
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Estimado visitante:
Un breve escrito mío apareció en Internet en el año 2007 para recordar el centenario de la Encíclica Pascendi de San Pío X. Fue retomado por varios sitios amigos de la red. Lo escribí y publiqué año y medio antes de inaugurar el Blog Toma y Lee, por lo cual me parece oportuno modificarlo y albergarlo ahora en el Blog.
Estoy convencido de que sigue siendo esclarecedor. Y de que es necesario seguir avisando que el modernismo es una herejía que exige permanente atención, porque está impuesta y se ha convertido en sentido común de muchos fieles y también, desgraciadamente, de muchos pastores.
Es como un olor ambiental al que nos hemos habituado y ya no lo percibimos.
El dibujo de E. J. Pace, que hemos tomado muestra, con elocuencia gráfica, cómo descienden los modernistas por la escalera de sus negaciones, desde la fe cristiana al ateísmo. Ellos niegan:

1) La divina inspiración e infalibilidad de las Sagradas Escrituras,
2) Que el hombre haya sido creado a imagen de Dios,
3) Que pueda haber milagros,
4) El nacimiento virginal de Cristo
5) La divinidad de Cristo,
6) El carácter expiatorio de su muerte,
7) Su resurrección histórica
De esa manera descienden hasta el agnosticismo y al ateísmo.
Y así recaen, dramáticamente, de la condición de hombre nuevo a la de «hombre viejo». Y descienden desde las luces de la fe a las tinieblas del ateísmo.
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El Modernismo afirmó que la revelación de Dios se da en la experiencia interior del hombre. Con esto restó importancia y hasta invalidó la revelación histórica. Pero además, tuvo un efecto incalculablemente grave: 
puso la vida religiosa del ser humano en mano de los psicólogos.

En una entrevista a la Nación, concedida a Silvana Premat, el benedictino alemán Anselm Grün dejó escapar, de pasada, la afirmación de que: «La experiencia de Dios se hace a través del cuerpo».

Los ecos de la afirmación han resonado y se siguen repitiendo ampliamente en la red, como podrá comprobar cualquiera usando un buscador. La expresión no llama la atención porque afirme que Dios sea experimentable, sino porque afirma que lo sea a través del cuerpo.
Pero la sola afirmación de la posibilidad de experimentar a Dios, que ya no resulta llamativa, se aparta de la doctrina de la fe católica, según la cual Dios no es experimentable.
A Dios solamente se tiene acceso desde y por la fe. La doctrina revelada y católica dice que «a Dios nadie lo vió jamás» y que fue Jesucristo quien nos lo reveló, de modo que no tenemos acceso a Él sino por la fe en Cristo. De la fe, pueden luego derivar experiencias. O también, la fe puede interpretar hechos que sin ella no sería inteligibles o perceptibles.
Pero, lo que entiende el modernismo, es que Dios se revela en la experiencia interior, psicológica del ser humano.

Ya me he referido en algunas de las primeras entradas de este Blog, al método de Anselm Grün en su interpretación acomodada de las Sagradas Escrituras [Ver las entradas publicadas el 26 y 27 de diciembre del 2008]. He señalado en ellas que ese método reduce el mensaje revelado de las Sagradas Escrituras primero porque lo interpreta en forma acomodada y segundo porque, mediante este sentido no bíblico, lo homologa con afirmaciones de orden psicológico, haciendo así del Evangelio un libro de autoayuda.

La afirmación de Anselm Grün en la entrevista antes citada, no ha llamado la atención de los pastores. Anselm Grün no es su creador. Es un modo de hablar de uso común en los medios eclesiales de hoy, hablar de experiencia de Dios. Es frecuente ver anuncios de retiros espirituales que se ponen como meta lograr una experiencia de Dios.

No es de admirar, además, que Anselm Grün use esa expresión, porque él no oculta su dependencia de la doctrina psicológica de Carl Jung, un representante de la visión modernista en psicología. Jung hace de Dios un arquetipo del inconsciente colectivo.

Dios en la experiencia moral. Emanuel Kant
Pero mucho antes de estos fenómenos actuales, el modernismo se mostró discípulo de Emanuel Kant, por la convicción kantiana de que Dios es objeto de la experiencia moral del ser humano. Para Kant la religión verdadera debía ser relegada, reducida a la moral, al encerrarla dentro de los límites de la pura razón. La revelación histórica no tiene, afirma Kant, fuerza de convicción universal como tiene la lógica y su fuerza racional. La revelación histórica, y el Dios que en ella se revela, no puede aspirar a ser una religión universalmente aceptada por todos.

De la apelación de Kant a la universalidad de la razón en asuntos de fe y moral, sobreviene más tarde el recurso de los autores modernistas a la «experiencia humana», universal o compartible, como fuente de la revelación o conocimiento de Dios. Sólo que de la conciencia moral, se pasa a explorar la experiencia religiosa en otros campos de la conciencia. De este modo se ofrecía una alternativa que se consideraba ventajosa frente a la fe, y que aconsejaba dejarla de lado, como algo que divide a los hombres y es causa de desacuerdo. Separa a los creyentes de los demás hombres y no puede ser fundamento de un acuerdo universal sobre la base de una experiencia humana universal.

De esta visión modernista de cuño y origen kantiano fueron derivando en estos cien años muchísimos frutos, efectos y consecuencias. Dado que se presentan en sus formas corrientes de «sentido común instalado» ya no se percibe cuáles son sus orígenes y hacia dónde conducen. Ni es fácil a veces percibir su incompatibilidad de fondo con la fe y la espiritualidad católica.

Sucede, que muchos de estos fenómenos del sentido común modernista, se han extendido también entre los católicos, sin que se advierta cuál es su origen y cuáles sus consecuencias. Tanto más cuanto que la inadvertencia acerca de su naturaleza modernista está extendida a menudo hasta en la misma academia teológica y universitaria católica; en la mente de las clases dirigentes intelectuales del catolicismo.

Esto explica que no se haya percibido la naturaleza modernista de las obras de Anselm Grün y que pastores de almas bien intencionados[1], hayan creído que se trataba de un ensayo valioso de conciliación de la «psicología moderna» con la «espiritualidad cristiana». Sorprendidos en su buena fe, se hicieron difusores del pensamiento de Anselm Grün. Algún sacerdote a quien aprecio mucho reaccionó muy fuertemente contra mí, cuando le comuniqué mis reparos frente a la obra de este autor. Según él, Anselm Grün está prestando un gran servicio al conciliar los conocimientos de la psicología actual con la tradición espiritual eclesial.

Esto muestra hasta qué punto, los principios modernistas, convertidos actualmente en sentido común de fieles y pastores, hacen difícilmente perceptible el carácter modernista de muchas afirmaciones hoy corrientes.

Cuando algo se convierte en cultura, sus principios ingresan en la profundidad de los implícitos y, más aún, en la condición de tabúes intocables y que ya no es posible poner en discusión, sin exponerse a aparecer como un cuestionador del sentido común, que es como decir: un loco.

A eso se agrega, que esos métodos se presentan a menudo con una cierta ambigüedad, que permite a la vez entenderlos de manera ortodoxa por unos y heterodoxa por otros. Precisamente porque los principios de los que derivan quedan implícitos y fuera de discusión.

Cuando el Pastor Bonhoeffer dice, por ejemplo «redimidos para lo humano», lo humano puede entenderlo el católico a su manera, a la luz de Cristo, verdadero hombre, y el marxista a la suya a la luz de la ideología del hombre nuevo socialista.

Cuando en catequesis se habla de partir del hecho de vida, se puede entender el método de manera correcta, si en la percepción del hecho de vida ya está implicada la mirada, el juicio y la acción de fe. Y si se ha admitido que el gran hecho de vida es la muerte redentora de Cristo en Cruz.

O puede entenderse de manera que se suponga que el anuncio evangélico y la fe que reclama como respuesta, son tan difíciles, que solamente pueden tener lugar si previamente se les ha preparado el terreno con la «revelación» que tiene lugar en la experiencia interior del hombre, para que lo humano haga aceptable lo revelado y propuesto a la fe.

De manera semejante, resulta ambiguo el método del «ver, juzgar y actuar» íntimamente relacionado con el método catequístico que propone algo dogmáticamente que se ha de partir del «hecho de vida», es decir «de la experiencia» humana común, (en cuya génesis puede suponerse sin problema que la fe todavía no interviene) para llegar, por fin a la fe, según algunos lo entienden, o para llegar a la «iluminación del hecho» por la Palabra, que muchas veces funciona como una iluminación de la Palabra por el hecho de vida.

Esto sucede por lo tanto muchas veces en el supuesto, al parecer, de que la fe no ha logrado previamente determinar el ver, de que no sería capaz de hacerlo, por lo que el ver tiene que terminar fundando la racionabilidad o aceptabilidad de la fe.

En ocasión de aproximarse la Conferencia de Aparecida, volvían a oírse voces partidarias de mantener y de volver al método del ver, juzgar y actuar. La Conferencia lo hizo, pero dejando bien claro en su número 19 que: «Este método implica contemplar a Dios con los ojos de la fe a través de su Palabra revelada y el contacto vivificante con los Sacramentos, a fin de que en la vida cotidiana, veamos la realidad que nos circunda a la luz de su providencia, la juzguemos según Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, y actuemos desde la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo y Sacramento Universal de Salvación, en la propagación del Reino de Dios, que se siembra en la tierra y que fructifica plenamente en el Cielo».Ya que, como afirmaba el Papa Benedicto XVI en su discurso inaugural de la Conferencia, el 13 de Mayo de 2007: «Quien excluye a Dios de su horizonte, falsifica el concepto de realidad«.

Nada impide pues emplear el método como enseñan a emplearlo el Papa y los obispos en Aparecida: purificado de ambigüedades dañosas, que pudieron hacerlo funcionar en la perspectiva modernista y no en la católica.

Esto quiere decir: interpretando y explicitando claramente el pleno acuerdo con el método, pero urgiendo que:

1) El ver del que se trata y se trate, sea el ver de la fe, y no un ver previo, que luego va a preguntarle a la fe, por su juicio y su acción, sino que ya desde que ve, ve con fe. El Vaticano primero ya ponía en guardia contra un poner de lado la fe provisoriamente por principio metódico (Denzinger 1815, Dz Schönmetzer: 3036)

2) Que el juicio sea el juicio creyente, de quien ha mirado con fe, sin ponerla de lado en el momento del ver, y por lo tanto entiende y juzga con fe y desde la fe, libre de complicidades con juicios mundanos o de contaminaciones con miras humanas

3) Que la acción sea la vida cristiana, la caridad y la misericordia, pero también la parresía cristiana dispuesta a la confesión, a la prisión y al martirio.

De lo contrario se llega, como muestra la experiencia pasada, por el camino del experiencialismo modernista, a una mirada o un ver, que es el ver de las ciencias humanas construidas a partir de una antropología ajena a la fe (una psicología, una sociología, una economía, una ciencia política, que ignoran el pecado original, que ignoran la existencia de la envidia, de la acedia, del impulso irracional de las pasiones); que juzga de acuerdo a esa mirada glaucomiosa sobre lo humano y que actúa en consecuencia y ¡con qué consecuencias!.

Nos encontramos así, al final de este recorrido desde la pretensión modernista de la revelación de Dios en el alma del hombre, en el drama que señala Benedicto XVI en su discurso en Ratisbona.

Quiero por fin, señalar, que la visión psicológica de Jung según la cual Dios se revela en el alma del hombre casi como una estructura (simplifico forzosamente pero por ahí va) es una concreción del principio modernista de la revelación interior. Es clara la impronta de este pensamiento en el de los discípulos de Jung, entre los que se encuentra Anselm Grün.

Sin embargo no se ha percibido en muchos medios católicos a qué conduce esta visión junguiana que se difunde a través de las obras de Anselm Grün.

Por eso me ha parecido urgente avisar que el hoy tan difundido magisterio espiritual del Benedictino alemán Anselm Grün, tributario de Jung y Drewermann, navega en la corriente modernista. Y cunde produciendo desviaciones muy dañinas, por lo parecidas al recto camino de la fe y la espiritualidad católica.

De hecho, como me decía un amigo obispo, Anselm Grün, siguiendo a Jung, termina leyendo el evangelio como un librito de auto ayuda.

Lejos de ser conciliables con la fe y la sana espiritualidad católica, como algunos suponen, desvían el alma de los fieles católicos por los trillos del modernismo y de una falsa ciencia psicológica, vulgarizados y convertidos en sentido común de la cultura dominante.

Me parece que es necesario seguir avisando que el modernismo es un tema que exige atención, porque está candente. Y cuáles son algunos de los más torrentosos canales por donde se derrama hoy en los medios católicos más ávidos de oración y espiritualidad.

P. Horacio Bojorges, Sj.

Publicado el 4 de mayo del 2009 por el autor en su blog Toma y lee.

[1] Me refiero al P. Javier Soteras, director de Radio María en Argentina, cuyo nombre no mencioné en el blog, pero sí agrego ahora en esta comunicación a la CD.

ideologia de genero

La ideología de género y la enseñanza en colegios católicos

Consulta:

Hola Padre, mi nombre es A.B. Soy de Buenos Aires. Le cuento que empecé a hacer una suplencia en un colegio regenteado por religiosos (no menciono por prudencia la Congregación). Allí una profesora le está enseñando a los alumnos la ideología de género y ha llevado, para eso, miembros de la LGTT (lesbianas, gays, travestis y transexuales), enseñando a sus alumnos que lo sexual es cuestión de construcción y elección. Al hablar con las autoridades, planteándoles la incompatibilidad de estas doctrinas con la confesión católica del Colegio, me respondieron que dentro de la Iglesia hay otras posturas y no solo la que yo planteo, y que en la misma Iglesia conviven y compatibilizan esta postura de la de identidad como construcción con otras más tradicionales. Por esto, me gustaría que me dijera si esto es así, lo cual creo que no, pero también me gustaría tener fuentes como para demostrarlo en la misma Institución. Muchas gracias.

Estimada A. B.:

De ninguna manera hay en la Iglesia diversas posturas sobre este tema. Lo que puede ser es que haya personas, incluso pastores, que sostengan errores. Esto es inevitable, y es lo que explica todas las herejías que ha habido a lo largo de la historia de la Iglesia.

El Papa Francisco se ha referido a este tema en la Exhortación «Amoris laetitia» n. 56, donde puedes leer lo siguiente:

“Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que «niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia. Esta ideología lleva a proyectos educativos y directrices legislativas que promueven una identidad personal y una intimidad afectiva radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer. La identidad humana viene determinada por una opción individualista, que también cambia con el tiempo» [Relación final del Sinodo 2015, 8]. Es inquietante que algunas ideologías de este tipo, que pretenden responder a ciertas aspiraciones a veces comprensibles, procuren imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños. No hay que ignorar que «el sexo biológico (sex) y el papel sociocultural del sexo (gender), se pueden distinguir pero no separar» [ibid, 58]. Por otra parte, «la revolución biotecnológica en el campo de la procreación humana ha introducido la posibilidad de manipular el acto generativo, convirtiéndolo en independiente de la relación sexual entre hombre y mujer. De este modo, la vida humana, así como la paternidad y la maternidad, se han convertido en realidades componibles y descomponibles, sujetas principalmente a los deseos de los individuos o de las parejas» [ibid. 33]. Una cosa es comprender la fragilidad humana o la complejidad de la vida, y otra cosa es aceptar ideologías que pretenden partir en dos los aspectos inseparables de la realidad. No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos creaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don. Al mismo tiempo, somos llamados a custodiar nuestra humanidad, y eso significa ante todo aceptarla y respetarla como ha sido creada”.

También te transcribo un párrafo de la conferencia del año 2009 del Cardenal Ennio Antonelli, presidente (en ese momento) del Consejo Pontificio para la Familia, dada a los nuevos obispos (los nombrados por el Papa, el año anterior a esta conferencia) sobre «El obispo y la pastoral familiar». Dice así en el párrafo dedicado al tema de “La teoría de género”:

«El desafío más peligroso viene de la ideología de género, nacida en los ambientes feministas y homosexuales anglosajones y ya difusa ampliamente en el mundo. Según dicha teoría, el sexo biológico no tiene ninguna importancia; no tiene mayor significado que el color de cabello. Lo que cuenta es el género, o sea la orientación sexual que cada uno elige libremente y construye según los propios impulsos, tendencias, deseos y preferencias. Se ha hecho célebre la frase de Simone de Beauvoir: “On ne naît pas femme; on le devient” (No se nace mujer se hace). Frase acuñada sobre el vestigio de una afirmación de Erasmo di Rotterdam a propósito de la educación de los niños “Homines non nascuntur, sed effinguntur”. El ser humano es, pues, no una realidad natural, sino cultural (constructivismo).

El valor supremo a tutelar es la libertad de elección. Cada uno debe tener la posibilidad de construir la orientación sexual propia y eventualmente cambiarla durante su vida. Mientras los sexos biológicos son dos solamente, las categorías de comportamiento sexual son numerosas: heterosexual masculina, heterosexual femenina, homosexual, lésbico, bisexual, transexual, travesti, voyeurismo, otras formas indiferenciadas y flexibles. Todas las prácticas son respetables y de legitimidad social. En el pasado la diferencia natural de los dos sexos servía para afirmar y mantener la supremacía y el dominio masculino en muchos ambientes: economía, instrucción, arte, filosofía, religión, política, convivencia civil. Según la concepción naturalista (véase por ejemplo Aristóteles) el hombre nace para ser activo en la producción, para trabajar fuera de casa, para operar en la sociedad, para dirigir; en cambio la mujer nace para ser pasiva en la producción, acoger la vida y cuidarla, educar a los hijos, trabajar en casa, obedecer. El naturalismo debe ser sustituido por el constructivismo, el valor falso del sexo por el valor del gender. Se necesita renovar la mentalidad y el modo de vivir, cambiando las normas sociales que rigen la sexualidad.

En nombre de la libertad de elección, de la igualdad y de la lucha contra la discriminación vienen reivindicados los llamados “nuevos derechos humanos” y en particular los “derechos sexuales y reproductivos”. Vuelven en esta categoría: la legitimación jurídica de las varias formas de convivencia, la familia en todas sus formas, el derecho al ejercicio estéril de la sexualidad (solución a la explosión demográfica), el matrimonio gay, la anticoncepción, la libertad de abortar, la libertad para todos de adoptar niños, la libertad de procrear artificialmente, la represión de la homofobia, la promoción de la libertad sexual de los adolescentes aún en contra de la voluntad de sus padres.

A las instancias políticas de los varios niveles se les pide de gobernar según la perspectiva de género. Desgraciadamente estas peticiones encuentran una escucha creciente: ONG, Agencias de la ONU para la población, salud y educación, conferencias del Cairo (1994) y de Pekín (1995), Parlamento Europeo de Estrasburgo. Hasta ONG de inspiración cristiana y asociaciones caritativas católicas se dejan tentar de palabras sacrosantas como dignidad, misericordia, respeto a la libertad, lucha contra la discriminación y la marginación».

El texto completo lo puedes encontrar en la página del Vaticano.

La doctrina católica sobre cada una de estas problemáticas (homosexualidad, lesbianismo, transexualidad….) es la que encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. nn. 2357-2359) y en los demás documentos magisteriales. Si alguien enseña lo contrario, simplemente enseña contra la Doctrina Católica, aunque se proclame católico, lo cual pasa a ser pura palabrería, sin ningún valor efectivo, porque lo que hace que alguien sea católico es que comparta la fe de la Iglesia, además de estar válidamente bautizado en ella; no el mero autoproclamarse.

En Cristo y María.

Con mi bendición.

P. Miguel A. Fuentes, IVE.

libertad

¿Hay una libertad verdadera y otra falsa?

Consulta:

Escuché a un sacerdote en un sermón decir que algunos creen que son libres pero no lo son; en realidad serían esclavos. ¿Cómo es eso? ¿Puede alguien ser esclavo sin saberlo o pensar que es libre y en realidad no ser libre?

Estimado:

Creo que el sacerdote a quien usted oyó dijo una gran verdad, y por cierto “evangélica”, pues es Jesús quien dijo: Si el Hijo os diere libertad, seréis realmente libres (Jn 8,36). El texto griego de San Juan usa el adverbio óntôs, trasladado al latín por vere: “verdaderamente libres”; y el Lexicon Graecum del Nuevo Testamento lo define: “por este vocablo se opone tácitamente una cosa verdadera a otra ficticia, falsa, aparente – una cosa absolutamente cierta a otra dudosa”[1]. Por tanto se afirma –implícitamente al menos– la existencia de una libertad que no es real.

De hecho por “libertad” podemos referirnos a cosas diversas.

Hay (primeramente) una libertad “perversa”: aquella en que uno abusa de su libertad para pecar; se trata, si podemos decirlo así, de “estar liberados –o alejados– de la santidad”.

Hay (en segundo lugar) otra libertad que debe ser llamada “vana” o “ilusoria”; es la libertad de los carnales; los que se creen libres porque no llevan pesadas cadenas de hierro; pero nada dice de las cadenas interiores y morales; es vana porque los hombres creen ser libres porque no ven barrotes o rejas en las ventanas de su habitación, olvidando los cepos y grilletes que esclavizan el corazón con el vicio y el pecado: quien obra el pecado es esclavo del pecado (Jn 8,34).

Finalmente existe una libertad espiritual y verdadera. Es la libertad que da la gracia por la que se carece de los negreros lazos del pecado. Y aún ésta conoce grados:

Puede encontrarse en un estado imperfecto; y tal es la que podemos alcanzar en esta vida; porque aquí, aun viviendo en gracia, la carne lucha contra el espíritu, sin permitirnos realizar todo el bien que queremos: Pues la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; como que estas cosas son contrarias entre sí; de manera que no hagáis lo que queréis (Gal 5,17).

Pero puede alcanzarse un estado pleno y perfecto: en la Gloria celestial. Allí se dará lo que dice San Pablo: La misma creación será liberada de la servidumbre (Ro 8,21). Porque allí no habrá ningún mal, nada que incline al mal, nada que oprima. Será la total libertad de la culpa y de la pena; libertad de todo miedo y preocupación.

Esta libertad solo el Hijo la puede dar, porque Él se rebajó anonadándose hasta tomar forma de esclavo (Fil 2,7). Es su esclavitud la que nos ha liberado.

P. Miguel A Fuentes, IVE

[1] Cf. Franciscus Zorell, Lexicon Graecum Novi Testamenti, Ed. Pontificio Istituto Biblico, Roma 1990, col. 920.

relativismo

¿Es todo relativo y no hay verdad?

Pregunta:

¿Podemos conocer la verdad? ¿O todo es relativo y en definitiva cada uno tiene su verdad?

Respuesta:

Probablemente una de las primeras cosas que haga tambalear tu edificio intelectual o tu fe sea el relativismo, es decir, la concepción que no admite principios absolutos en el campo del conocer y del actuar. Normalmente un joven llega a sus estudios con una serie de principios o verdades que él admite como absolutas, ya sean convicciones de orden natural o sobrenatural (las verdades de fe) o verdades de certeza popular; un mal centro educativo comenzará a bombardear precisamente el valor de tales verdades. La primera verdad que te robarán es la convicción de que hay verdad, y que puedes conocer la verdad.

         Para el relativismo cada uno tiene su verdad, cada uno alcanza las cosas con una visión propia y personal basada en sus gustos, su educación o sus intereses. No solamente se hace difícil, para quienes así piensan, lograr comprender adecuadamente lo que piensan los demás sino que es imposible lograr un acuerdo, puesto que no habría propiamente hablando una verdad objetiva válida y obligatoria para todos. Así se empiezan a demoler los principios religiosos, los criterios morales por los que nos regimos, y la víctima de este aplastante ataque se sumerge en una auténtica “depresión intelectual”.

         El relativismo es el cáncer fatal que carcome la cultura contemporánea. Y sin embargo es también la falacia más grande que puede pasar por la mente humana y no puede hacerse aceptar a menos de engañarnos por medio de sutiles sofismas. El relativismo, en el ámbito del conocimiento, niega la posibilidad de alcanzar verdades universales y objetivas. En el ámbito moral es la negación de poder llegar a conocer los valores y bienes objetivos y actuar en consecuencia (o sea niega que pueda afirmarse que un comportamiento es malo para todos o que otro es siempre bueno). En la vida cotidiana caen en este error todos los que no aceptan verdades absolutas; los que sostienen que “cada uno tiene su verdad”, los que tachan de “fundamentalismo” a todos aquellos que mantienen con firmeza la verdad de la fe. Una de sus consecuencias más notables en nuestro tiempo es que ha abierto el camino para la New Age, la religión del relativismo: “El terreno [para la aceptación de la New Age] ha sido preparado por el desarrollo y la difusión del relativismo”[1].

         El relativismo adopta varias formas[2]:

         1) El relativismo individualista es el que enseña que lo que determina la verdad de alguna afirmación es cada individuo, por tanto, habrá (o podría haber) tantas verdades cuantos hombres. Algo puede ser verdadero para Juan y no para José, y ambos tienen razón: “su razón”. En un importante periódico argentino leí (mayo de 2004) la siguiente afirmación comentando un partido de futbol: “el partido terminó con un justo empate; aunque también habría sido justo que ganara o uno o el otro”. ¡Tres casos de justicia en tres situaciones contradictorias! Sin embargo no fue el periodista del poco afortunado artículo quien inventó la barrabasada que se le ocurrió escribir, sino Protágoras de quien es la tesis de que “el hombre es la medida de todas las cosas”. Platón lo describe: “como decía Protágoras al afirmar que el hombre es la medida de todas las cosas; así, en consecuencia, como a mí me parece que son las cosas, tales son para mí; y, como a ti te parecen, tales son para ti”[3]. De aquí se sigue que no hay una verdad sino infinitas, es decir: tantas cuantas personas distintas. Es fácil darse cuenta de que esto está muy divulgado en nuestra sociedad; nosotros lo escuchamos bajo el título de “punto de vista”: cada uno tiene sus “puntos” de vista. Y así tiene más valor la opinión que la verdad. Y no solamente cada uno tiene su verdad, sino que cada uno tiene derecho a formarse su verdad aunque se trate de temas que desconoce en su casi totalidad; por eso a un deportista se le pregunta su opinión no solamente sobre su deporte sino sobre cuestiones de moral, sobre el Papa, la filosofía y la historia; de todos modos el valor de lo que diga es relativo, sólo valdrá para él. Desde este punto de vista (el más divulgado tal vez) el relativismo es el principio de aislamiento más grande entre los seres humanos: el ostracismo de las inteligencias que quedan desterradas a los límites de su dueño. Con la aceptación de la filosofía relativista no puede haber maestros, hay tan solo orientadores de opinión, o mejor todavía, cada uno ofrece su opinión por si a alguien le gustaría hacerla suya. Curiosamente esto vale para todo… menos para los que enseñan el relativismo, pues su enseñanza de que todo es relativo y de que no hay verdades objetivas, ¡es lo más objetivo y universal que pueda afirmarse!, y ¡cuidado con quien la ponga en duda o sugiera tímidamente lo contrario u opine que tal vez haya algo que sea absoluto! Inmediatamente se lo destruye como al más peligroso fanático: el fanático que piensa que hay una verdad y que se puede morir por ella. “No hay ninguna verdad objetiva”, ¡esa es la más objetiva de las verdades!, dice el relativista. A pesar del absurdo que estarás percibiendo al leer estos renglones, más habrá de sorprenderte el saber que esto lo afirmó  no un honesto pero rústico panadero sino un filósofo incensado como padre del relativismo, Augusto Comte, quien ya a los 19 años escribía: “todo es relativo, he aquí el único principio absoluto”. ¡Pobre Comte, de viejo decía las mismas tonterías!

         2) El relativismo cultural es el que hace depender la verdad de la cultura histórica. Fue defendido por Oswald Spengler en su conocida obra La decadencia de Occidente. Cada cultura –china, hindú, egipcia, babilónica, greco-romana, árabe, americana, occidental– realiza su propia valoración de lo real, tiene su modo de comprender el cosmos, distinta de las demás culturas e irreductible a cualquiera de ellas. Ninguna cultura puede aspirar a que su valoración sea absoluta, universalmente válida. No cambia mucho del relativismo individual solo que es menos radical y en lugar del individuo coloca como fuente de la verdad-opinión a cada cultura o pueblo.

         3) El relativismo sociológico fue creado y defendido por Émile Durkheim y hace depender lo que condiciona la verdad del juicio en los grupos sociales. “El grupo social presiona, según Durkheim, de modo irresistible e inconsciente sobre sus miembros, imponiéndoles normas de conducta y criterios de valoración. Esta coacción no se siente cuando el individuo acepta y cumple con las normas sociales y, por ello, cae en la ilusión de creer que es él mismo el que, espontánea y voluntariamente, se las impone. La fuerza de la presión social únicamente se pone de manifiesto al infringirse dichas normas… El individuo recibiría de la sociedad todo su mundo mental; el mundo ideológico del individuo sería el reflejo de la sociedad en que vive; lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, toda la gama axiológica, serían determinados en cuanto tales por el grupo social, y el individuo se limitaría a recibirlos pasivamente; se considera la sociedad como anterior al hombre y a la persona”[4]. Nuevamente el trasfondo es el mismo, cambia el factor que determina cuál es la verdad.

         4) El relativismo racista hace depender las verdades de la raza. Esta forma de relativismo fue defendida por el nazismo en general y de un modo particular por su teórico Alfred Rosenberg. “Toda manifestación cultural estaría determinada por la raza, que no hay que confundir con el grupo social, ya que una misma sociedad puede de hecho estar integrada por diversas razas. La filosofía, la ciencia, la moral, la religión, el arte serían la expresión de la raza, que en ellas plasma su fuerza vital. La raza sería el principio creador y el elemento condicionante de toda producción cultural, a la que habrá que valorar positivamente, si se trata de una raza superior, o negativamente, en los casos de las razas inferiores. Así, no habría nunca una verdad única, igual que no hay una raza única; habría sólo una verdad aria, otra eslava, otra judía, etc.”[5].

         5) El relativismo político es hoy en día una de las formas más extendidas en nuestra sociedad; este relativismo, como su nombre lo indica, hace depender la verdad de los compromisos políticos, ya sea de los votos de la mayoría o de los pactos entre los partidos políticos o de otros modos de lograr el común acuerdo (consenso). Así si todos estamos de acuerdo en que el aborto sea legal, el aborto será realmente legal y por tanto bueno; si todos estamos de acuerdo en permitir la prostitución, ésta ya no será ni delito ni siquiera pecado; si la mayoría ha votado que se enseñe un error, eso dejará de ser un error para ser una verdad. Este relativismo, metido hasta los huesos en nuestra cultura, produce gravísimos daños empezando por el descalabro de la misma libertad humana. Sobre él ha escrito Juan Pablo II: “Con esta concepción de la libertad, la convivencia social se deteriora profundamente. Si la promoción del propio yo se entiende en términos de autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del otro, considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los intereses análogos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida. Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente político o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una parte –aunque sea mayoritaria– de la población. Es el resultado nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible: el ‘derecho’ deja de ser tal porque no está ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental. El Estado deja de ser la ‘casa común’ donde todos pueden vivir según los principios de igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que presume de poder disponer de la vida de los más débiles e indefensos, desde el niño aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad pública que no es otra cosa, en realidad, que el interés de algunos”[6].

         ¿Cuál es la crítica fundamental al relativismo? O mejor, para formularlo con lo que más puede interesarnos: ¿es verdad que no hay verdad? Y no lo estoy formulando mal, puesto que no hace falta preguntarnos si hay “verdad objetiva” puesto que verdad y verdad objetiva son conceptos realmente equivalentes; la verdad es la adecuación de nuestra mente con las cosas, por tanto o hay verdad objetiva (adecuada con la realidad) y por tanto válida para todos los seres inteligentes, o simplemente no hay verdad sino opiniones, que son apreciaciones diversas sobre las cosas. ¿Hay pues una verdad objetiva? Ya hemos dicho que “la crítica más esencial que se puede formular al relativismo, además de otras de carácter extrínseco como sería la demostración de la existencia de una verdad absoluta, de evidencias universales, está en que todo relativismo implica una contradicción intrínseca. Al mantenerse que ningún juicio goza de la propiedad de ser verdadero en sentido absoluto y que toda verdad es relativa surge, como consecuencia ineludible, que el juicio “toda verdad es relativa” tampoco puede tener carácter de validez absoluta, lo que destruye, con sus propias armas, al relativismo Si, dado un cierto factor condicionante, se admite como verdad que toda verdad es relativa, puesto otro factor distinto habrá que admitir como verdadero que toda verdad es absoluta, lo que es una contradicción con la tesis fundamental del relativismo. Aparte de esta inconsistencia general del relativismo, la crítica del relativismo sería parecida a la del escepticismo y subjetivismo”[7].

         Más aún, la existencia de la verdad (de la verdad como algo objetivo y universal, invariable y superior a cualquier opinión humana) es una certeza de sentido común; tan de sentido común que basándonos en que hay verdades objetivas nos casamos, sembramos, nos subimos a un barco o a un avión, compramos y vendemos y nos dejamos matar defendiendo la patria o las personas que amamos. Porque no nos caben dudas que hay verdades objetivas repetimos refranes a modo de verdades objetivas cultivadas por la filosofía popular: “quien adelante no mira, atrás se queda”; “el que con lo ajeno se viste, en la calle los desvisten”; “las apariencias engañan”; “Dios le da pan al que no tiene dientes”; “una cosa es cacarear y otra poner huevos”; etc. ¿No supone esto que creemos en el valor objetivo de las cosas y de las verdades que las expresan? ¿Quien se casaría si aceptase que una cosa será la fidelidad para mí y otra para ti? ¿Quién se embarcaría si no estuviese seguro de principio por el cual un cuerpo sólido puede flotar en definidas condiciones o quien subiría a un avión basándose sólo en que el piloto opina que su avión es capaz de mantenerse en el aire?

         Pero no sólo tenemos una certeza popular de la existencia y valor objetivo de la verdad sino una certeza científica de la misma. La verdad existe y que no puede ser negada, pues, como dice entre otros Tomás de Aquino, “quien niega la existencia de la verdad afirma implícitamente que la verdad existe, pues si la verdad no existiese, sería verdad que ella no existiría; y si algo es verdadero, es necesario que exista la verdad”[8]. Parece un trabalenguas, pero es un silogismo… perfecto. Nuestra inteligencia es capaz de razonar y de alcanzar el ser de las cosas, la realidad. Conocemos el ser de las cosas, como nos enseña una sana filosofía y como reconocemos en la práctica, a pesar de que profesemos la más terca de las filosofías subjetivistas, pues el más craso negador de que podamos conocer la verdad absoluta de las cosas, es capaz de mover cielo y tierra para que le paguen su sueldo (¿cómo sabe que es suyo? ¿y si el patrón opina que no le tiene que pagar?), y cuidado con que le toquen su esposa o sus bienes, y en esto no valen opiniones ni el que cada uno tenga su verdad (también el ladrón dice tener su verdad, y esta es que le gusta más mi auto que el suyo y por eso decide apropiarse de él; ¿qué le responderé yo, miserable relativista? “Señor, si usted lo ve así, aquí tiene las llaves; disculpe si pensé mal de usted”.

         Un relativista puede enseñar el relativismo durante toda su vida con plena convicción (lo que sería contrario al relativismo); pero si llegase a ir a un restaurante “relativista” y pidiendo liebre le trajesen gato porque el dueño del restaurante desde su punto de vista sostiene que el gato es igual que la liebre, no sólo puede ver derrumbarse su sistema en pocos segundos sino pasar el resto “relativo” de su vida en prisión por intento de homicidio de un propietario de restaurante. Todo relativista es, necesariamente, inconsecuente en la vida real.

         Aún así a un relativista es difícil hacerle entender su error (no el demostrarle su error, sino conseguir que lo acepte) porque el relativismo es una forma de necedad, y la necedad suele ser no sólo un pecado sino el castigo en el que caen los que no tienen amor por la verdad. Se los puede, sin embargo, escarmentar del único modo que pueden entender: pidiéndoles que nos devuelvan nuestro dinero, pues para decirme que lo que me enseña sólo tiene valor para él y que es muy probable que yo tenga otra opinión, la cual él no piensa compartir pero tampoco refutar… mejor me devuelve mi dinero y me voy a casa, pues ¡eso lo puedo aprender solo!

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Publicado por el autor en Las verdades robadas, EDVE, San Rafael 2005.

Bibliografía para ampliar

–Jaime Balmes, El criterio, (hay numerosas ediciones), en: Obras completas, BAC, Madrid.

–J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

–A. Aliotta, Relativismo, en: Enciclopedia filosofica, V, 2 ed. Florencia, col. 638-648.

–R. Garrigou-Lagrange, El sentido común, Palabra, Madrid 1980.

–Antonio Orozco-Delclós, La libertad en el pensamiento, Ed. Rialp, Madrid 1977.

–Pieper, Josef, El ocio y la vida intelectual, Rialp, Madrid 1983.

__________, El descubrimiento de la realidad, Rialp, Madrid 1974.

__________, Defensa de la filosofía, Herder, Barcelona 1982.

–Jacques Maritain, Introducción a la filosofía, Club de lectores, Bs. As. 1950.

–Velazco, Miguel Angel, Los derechos de la verdad, MC, Madrid 1994.

–G. K. Chesterton, Ortodoxia, en: Obras completas, Plaza & Janés, Barcelona 1967 (hay ediciones con mejores traducciones).

[1] Pontificios de la Cultura y para el Diálogo Interreligioso, informe Jesucristo, portador del agua viva. Una reflexión cristiana sobre la Nueva Era, 1.3.; cf. 2.3.1.

[2] Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

[3] Platón, Cratilo, 3850.

[4] Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

[5] Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

[6] Juan Pablo II, Evangelium vitae, 20.

[7] Cf. J. Barrio Gutiérrez, Relativismo; I. Filosofía, Gran Enciclopedia Rialp, Madrid, 1991.

[8] Entre otros lugares lo enseña en la Suma Teológica, I, 2, 1 ad 3.

leer la biblia

¿Por qué leer la Biblia y cómo hacerlo?

Pregunta: 

Yo quiero saber por qué tengo que leer la Biblia (tengo una amiga que está todo el tiempo insistiéndome en esto). Y además, no sé cómo leerla, porque hay muchas cosas que no entiendo. Esta amiga estuvo participando en una iglesia evangélica y tiene miles de dudas, que después me las pasa a mí; quiero ayudarla pero sólo acepta que hablemos de la Biblia y de lo que está en ella.

Respuesta:

Esta pregunta resulta muy útil para plantear una cuestión de mucha importancia: hay que leer la Biblia, ciertamente, pero no de cualquier manera.

La Biblia es la Palabra de Dios; en esto están de acuerdo todos los cristianos. Y las palabras del Señor son palabras de vida eterna (Jn 6,68).

La Biblia o Sagrada Escritura ilumina nuestra inteligencia porque enseña la verdad. El mismo Cristo dijo: Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas (Jn 12,46). Por este motivo, no debemos silenciar la Palabra de Dios, lo cual sucede cuando vivimos con la cabeza y el corazón en las cosas del mundo; como dice el Señor: El que recibe la Palabra entre espinas, es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan y no pueden dar fruto. (Mt 13,22). Del mismo modo, la Palabra de Dios no debe traficarse, dice San Pablo: Pero nosotros no somos como muchos que trafican con la Palabra de Dios, sino que hablamos con sinceridad en nombre de Cristo, como enviados de Dios y en presencia del mismo Dios (2Co 2,17), ni falsificarse: …y nunca hemos callado nada por vergüenza, no hemos procedido con astucia o falsificación de la Palabra de Dios… (2Co 4,2).

La Palabra revelada por Dios, engendra la vida de Dios en el alma como semilla incorruptible: Las palabras que os he dicho son Espíritu y Vida (Jn 6,83). Nos alimenta, como dice Jesucristo: No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mt 4,4). Nos hace espiritualmente fecundos (Isaías dice: Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos, y no vuelven allá sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí vacía, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a lo que la envié: Is 55,10- 11). Y nos deleita: La Palabra de Dios es más dulce que la miel (Sal 19,11). Lo cual se puede ver en la experiencia que tuvieron los discípulos de Emaús, a quienes les ardía el corazón, luego que Cristo les abrió las Escrituras (Lc 24,32).

También se dice que la Palabra de Dios es capaz de conmover las piedras: ¿No es así mi palabra, como el Fuego, como un martillo golpea la peña? (Jr 23,29); de defendernos, pues es como escudo de acero, como espada filosa (Ef 6,16-19).

De ahí que rechazar la Palabra de Dios sea señal de muerte espiritual (como se deduce de lo que dice Jesús en Jn 5,24).

Las Sagradas Escrituras son el tesoro donde se hallan todos los bienes. De esta Palabra se han alimentado todos los santos, ya sean misioneros, doctores de la Iglesia, etc. La hierba se seca, la flor se marchita, mas la Palabra de nuestro Dios permanece por siempre (Is 40,8).

Pero al mismo tiempo, para que produzca esos frutos, la Biblia o Palabra de Dios debe ser leída como corresponde.

Cuando el diácono Felipe, como nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 8,26ss), encuentra al servidor de la reina de Candaces, el cual no era ningún ignorante (sino un hombre culto que sabía leer y ocupaba un puesto administrativo en la corte), con el libro del Profeta Isaías abierto y sin comprender, le pregunta: ¿Entiendes lo que lees? Y el ministro de la reina le responde: ¿Cómo voy a entender si nadie me lo explica? Felipe inmediatamente se pone a “abrirle” el sentido oculto de los pasajes que venía recitando en voz alta aquel pagano, y termina por bautizarlo.

¿Cómo debe ser nuestra lectura de la Biblia? Como ha sido para los grandes santos de la cristiandad. Señalemos algunas características:

a) Debe ser una lectura SOBRENATURAL: Su autor principal es el Espíritu Santo, por tanto debe el Espíritu Santo ayudarnos a comprenderla. Él nos ayuda en la medida en que nos acercamos a la Biblia como lo que es: Palabra de Dios; y por tanto, cuando lo hacemos con espíritu de oración, de respeto.

Debemos leerla a la luz del principio de la analogía de la fe, el cual es un principio que tiene dos aspectos. Uno negativo: ningún texto de la Biblia puede contradecir realmente otro texto de la Biblia. Por eso decía san Justino: “Si alguna vez se me objeta alguna Escritura que parezca contradictoria con otra y que pudiera dar pretexto a pensarlo, convencido estoy que ninguna puede ser contraria a otra; por mi parte, antes confesaré que no las entiendo”[1]. Otro positivo: Legere Bibliam biblice, es decir, confrontar los diversos pasajes para alcanzar una mejor comprensión: lo que se dice en un lugar oscuramente, en otros pasajes puede aparecer más claro.

Asimismo, la Biblia se explica por la vida de la Iglesia. Nada más extraño al sentido dado al principio apenas expuesto, que entenderlo como una especie de “sola Scriptura”; san Agustín explicaba ya en el siglo IV, que el sentido de la Sagrada Escritura se entiende a partir de los actos de los santos, es decir, en el modo de encarnar la Palabra de Dios en sus vidas; porque el mismo Espíritu por el cual han sido escritas las Sagradas Escrituras, induce a los santos a obrar[2].

Debe ser una lectura atenta a las enseñanzas del Magisterio. Es el mismo Jesucristo, como hemos visto en su lugar, el que ha confiado a los apóstoles y sus sucesores la custodia del depósito de la fe, es decir, la Sagrada Escritura y la Sagrada Tradición. La función del Magisterio no limita o restringe nuestra iniciativa; la guía para que no se extravíe. El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo mismo.

b) La lectura de la Biblia debe ser también INTEGRAL: Esto significa captar todos los sentidos que tiene un texto revelado, que pueden ser muchos. Además del sentido histórico y literal, hay sentidos espirituales, pues muchas de las verdades allí contenidas tienen aplicaciones (proféticas, morales y espirituales) para la vida de la Iglesia y de cada cristiano, que no se agotan en el sentido material de las palabras. Esto lo ha entendido muy bien la Tradición -con algunos casos de abuso de los sentidos espirituales o místicos, como ocurrió con los alegoristas-.

c) Debe ser una lectura VIVA: Es decir, debe tender a hacerse vida, a encarnarse en cada cristiano. Si no se transforma en la vida del cristiano queda como letra muerta. La verdadera lectura y meditación de la Biblia debe encender la caridad y santidad en cada corazón. Si no nos lleva a la práctica de las virtudes, la misma lectura de la Biblia nos condena, porque obramos contra la voluntad divina conociéndola claramente.

 

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 

[1] San Justino, Diálogo con el Judío Trifón, 65,2-3.

[2] Citado por Tomás de Aquino, en Comentario a los Romanos, I, V, Edición de Marietti n° 8o.