Transfusiones de sangre y los Testigos de Jehová

Transfusiones de sangre y los Testigos de Jehová

Pregunta:

Entré a su pagina [sobre los Testigos de Jehová], y no entiendo algo. ¿Porqué se cita de Génesis y Levítico pero no se cita de Hechos 15:28, 29? Concilio año 49 E C. Le comento esto porque estoy estudiando con los Tj y el no poner la cita más importante que da origen a ese pensamiento me parece deshonesto. No con animo de discutir, pero quisiera que me lo explique así lo entiendo mejor.
Saludos.

Respuesta:

Estimado:

Si usted pretende decir que los Testigos de Jehová usan el texto de Hechos como argumento de la prohibición de las transfusiones de sangre, además de los otros textos citados por el Jordi Rivero, no cambia el argumento. El Autor del artículo (P. Jordi Rivero) no dice que los dos texto indicados sean los únicos en que se fundamentan los Testigos de Jehová. Deshonesto sería haber dicho precisamente que son los únicos textos.

De todos modos, el texto de Hechos no cambia nada lo indicado en el artículo. Ese texto dice: Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza. Haréis  bien en guardaros de estas cosas. Adiós». (Act 15, 28-29).

No puede fundamentar la prohibición de las transfusiones de sangre, porque el sentido bíblico de ‘abstenerse… de la sangre’ es muy puntual. Le transcribo lo que escriben los Comentadores de la Biblia, de Salamanca:

La parte más positiva y fundamental del decreto está en las palabras “no imponer ninguna otra carga..” (v.28). La frase es poco precisa; pero, dado el contexto, es lo suficientemente clara para que veamos en ella una rotunda afirmación de que los gentiles que se convierten no quedan obligados a la circuncisión ni, en general, a las prescripciones mosaicas. De eso era de lo que se trataba (cf. v.2.6), y a eso se habían venido refiriendo Pedro y Santiago en sus discursos (cf. v. 10.19); por tanto, en ese sentido ha de interpretarse la frase general: “no imponer ninguna otra carga.” Además, el hecho de que públicamente se alabe en el decreto a Pablo y Bernabé (cf. v.25-20) y se desautorice a los defensores de la obligatoriedad de la circuncisión (cf. v.24; cf.15:1), nos confirma en la misma idea. Añádase el testimonio explícito de Pablo en su carta a los Gálatas, quien sólo recoge esta parte más positiva y fundamental de la decisión apostólica: “ni Tito fue obligado a circuncidarse.., nada añadieron a mi evangelio.., nos dieron a mí y a Bernabé la mano en señal de comunión” (Gal 2:3-9).

En cuanto a la parte negativa o disciplinar del decreto (v.29), se recogen las cuatro prohibiciones que había aconsejado Santiago (cf. v.20). La única diferencia, aparte el cambio de orden respecto de la “fornicación,” es que Santiago habla de “contaminaciones de los ídolos,” y aquí se habla de “idolotitos”; en realidad se alude a la misma cosa, es decir, a las carnes sacrificadas a los ídolos, parte de las cuales, en el uso de entonces, quedaban reservadas para el dios y sus sacerdotes, pero otra parte era comida por los fieles, bien allí junto al templo o bien luego en casa, e incluso era llevada para venta pública en el mercado. Santiago, para designar estas carnes, emplea un término de sabor más judío, indicando ya en el nombre que se trataba de algo inmundo; comer de ellas era considerado como una apostasía de la obediencia y culto debidos a Yahvé, una especie de idolatría (cf. Ex 34:15; Núm 25:2).

También estaba prohibido en la Ley de Moisés, y los judíos lo consideraban como algo abominable, el uso de la sangre como alimento, pues, según la mentalidad semítica, la sangre era la sede del alma y pertenecía sólo a Dios (cf. Gen 9:4; Lev 3:17; 17:10; Dt 12:16; 1 Sam 14:32). Esta prohibición llevaba consigo otra, la de los animales “ahogados” y muertos sin previo desangramiento (cf. Lev 17:13; Dt 12:16). Era tanta la fidelidad judía a estas prescripciones y tanta su repugnancia a dispensarse de ellas, que todas tres (idolotitos, sangre, ahogados) se hallaban incluidas en los preceptos de los hijos de Noé o “preceptos noáquicos,” que, según la legislación rabínica, debían ser observados incluso por los no israelitas que habitasen en territorio de Israel.

Referente a la “fornicación” (πορνεία), última de las cuatro prescripciones del decreto apostólico (v.29), se ha discutido mucho sobre cuál sea el sentido en que deba interpretarse. Hay bastantes autores que entienden esa palabra en su sentido obvio de relación sexual entre hombre y mujer no casados. Pero arguyen otros: si tal fuese el sentido, ¿a qué vendría hablar aquí de la “fornicación”? Porque, en efecto, lo que se trata de resolver en esta reunión de Jerusalén es si los étnicos-cristianos habían de ser obligados a la observancia de la Ley mosaica, conforme exigían los judaizantes, o, por el contrario, debían ser declarados libres. Aunque la solución es que, de suyo, no están obligados (v. 10.19.28), entendemos perfectamente que se prohíban los idolotitos, sangre y ahogado, pues su uso era execrado por los judíos, incluso después que se habían hecho cristianos, y es natural que, por el bien de la paz, se impusiesen también esas prescripciones a los étnico-cristianos que habían de convivir con ellos. Ello no es otra cosa que la aplicación de aquella condescendencia caritativa, que tan maravillosamente para circunstancias parecidas expone San Pablo: “Si mi comida ha de escandalizar a mi hermano, no comeré carne jamás por no escandalizar a mi hermano” (1 Cor 8:13). Pero la prohibición de la fornicación pertenece al derecho natural, y aunque ciertamente era vicio muy extendido en el mundo pagano, no se ve motivo para que se hable aquí de ella no sólo en el decreto apostólico (v.29), sino incluso en el discurso de Santiago (v.20), de sabor totalmente judío. Por eso, muchos otros autores, y esto parece ser lo más probable, creen que en este contexto la palabra “fornicación” tiene el sentido particular de “uniones ilícitas según la Ley,” consideradas por los judíos como incestuosas (cf. Lev 18:6-18) y muy execradas por ellos, en cuyo caso esta prohibición está en perfecta armonía con las tres anteriores. Tanto más es aconsejable esta interpretación cuanto que en la Ley la prohibición de matrimonios entre consanguíneos (Lcv 18:6-18) viene a continuación de las prohibiciones de sacrificar a los ídolos (Lev 17:7-8) y de comer sangre y ahogado (Lev 17:10-16), y todas cuatro prescripciones son exigidas no sólo a los judíos, sino incluso a los gentiles que vivieran en territorio judío (cf. Lev 17:8. 10.13; 18:26). Santiago, y lo mismo luego el decreto apostólico, no harían sino imitar esta práctica legal judía, adaptándola a una situación similar de los cristianos gentiles que vivían en medio de comunidades judío-cristianas. Cierto que los étnico-cristianos a quienes iba dirigido el decreto, no era fácil que entendieran la palabra “fornicación” en ese sentido; pero para eso estaban los portadores de la carta, que eran quienes debían promulgar y explicar el decreto (cf. v.25-27).

El decreto, aunque dirigido a las comunidades de “Antioquía, Siria y Cilicia” (v.23), tiene alcance más universal, pues vemos que San Pablo lo aplica también en las comunidades de Licaonia (16:4) y Santiago lo considera como algo de carácter general (21:25). Claro es que donde las circunstancias sean distintas y no haya ya motivo de escándalo dicho decreto no tiene aplicación, y, de hecho, San Pablo parece que muy pocas veces lo aplicó en las comunidades por él fundadas. Con todo, dada la veneración suma con que se miraba el decreto apostólico, la observancia de las cuatro prohibiciones se mantuvo largo tiempo en muchas iglesias, aunque no hubiese ya motivo de escándalo, y así vemos que en el año 177 los mártires de Lyón declaran que ellos, como cristianos, no podían comer sangre (Cf. Eusebio, Hist. eccl 5:1:26).

Hasta aquí, los Comentadores de Salamanca. No se habla, pues, en ningún momento de la prohibición de la transfusión de sangre sino que lo que se dice es que se abstengan los cristianos provenientes del paganismo (para no escandalizar a los cristianos que provienen del judaísmo), de “comer sangre de animales”. Esta interpretación está avalada, precisamente, por lo que entendieron los cristianos de los primeros siglos, como los mártires de Lyon. En segundo lugar, se habla de la sangre de los animales. En la transfusión, ni se come sangre, ni se trata de sangre de animales (salvo que definamos al hombre por su género próximo y no por su diferencia específica). La parte fundamental del decreto está en “no imponer más cargas” que las mencionadas prohibiciones. El texto no dice en ningún lugar que se prohíben las transfusiones de sangre, por tanto, apelando a su honestidad, le pido que tenga en cuenta el texto completo que Usted mismo trae a colación. Transfundir la sangre significa, pasarla de un lugar a otro, fundirla en otro. No hay derramamiento de sangre, ni se priva al dador de la vida, muy por el contrario, se practica la caridad de modo exquisito, puesto que nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.  (Jn 15, 13), y esto es lo que hizo el mismo Jesús, que dio su sangre por nuestro rescate. San Pablo, enseñaba a los Gálatas, que no es la ley lo que justifica, y sus obras, sino la fe en Cristo Jesús. En efecto, dice: el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado. (Gal 2, 16)

P. Jon M. de Arza, IVE – P. Miguel A. Fuentes, IVE

secta

¿Qué es una secta y qué no es una secta?

Pregunta:

Estimado Padre:
En el lenguaje del periodismo se habla a veces de «secta» refiriéndose a cosas muy diversas, hasta se menciona como «secta» a instituciones como el Opus Dei, los Neocatecumenales, los Legionarios de Cristo o el Instituto del Verbo Encarnado, Sodalitium Christianae Vitae, etc. Supongo que usted estará al tanto de esto, pues no hace mucho tiempo el periodista Alfredo Silleta acusó de sectas a algunos de estos grupos 1. Esto me confunde, por eso quería pedirle que me envíe una caracterización de una secta, según la doctrina del Magisterio o al menos expuesta por serios autores.

Respuesta:

Estimado:
Hace bien en pedir una caracterización de lo que es una «secta» según la doctrina de serios autores. Hoy en día cualquiera se arroga el título de «sectólogo», porque escribir de las sectas «guitarreando» 2 es facilísimo y normalmente se puede hacer con total impunidad, porque en este tipo de personas no vale la pena gastar tinta; sus lecciones y acusaciones son paja que se lleva el viento (Salmo 1, 4). Escribir en serio sobre este fenómeno exige, en cambio, preparación y cultura religiosa e histórica; y, sobre todo, honestidad. Por eso no hay tantos.

La expresión «secta» admite, por lo menos, tres usos diversos. El primero en la línea de su sentido etimológico original (con dos aplicaciones relacionadas entre sí); el segundo es exclusivamente subjetivo y el tercero sería el uso más moderno y derivado.

Etimológicamente secta viene de sectare que en latín significa cortar, desgajar. De allí que, ante todo, se aplique tanto a personas o doctrinas que se han separado de una raíz o un cauce madre. Encontramos estas dos acepciones reconocidas por la Real Academia Española: «conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica» y «doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra». Todo cuanto se desgaja de algo (de un grupo de personas o de un conjunto doctrinal, es algo «sectario»). En tal sentido, la expresión «secta» no tiene un sentido necesariamente negativo, como no sería necesariamente positiva la realidad de la que se ha separado. Aristóteles se separa de las doctrinas de Platón, conservando algunas ideas del maestro pero desarrollándolas en otro sistema filosófico. En la Sagrada Escritura se habla, así, de «la secta de los saduceos» (Hch 5, 17), de «la secta de los fariseos» (Hch 15, 5), de «la secta de los nazoreos» (Hch 24, 5); el Apóstol Pablo, defendiéndose ante el procurador Félix, dice que pertenece al «Camino que ellos [sus enemigos] llaman secta» (Hch 24, 14); y así llamaban los judíos a los primeros cristianos (cf. Hch 28, 22).

Otro alcance de esta expresión corresponde a la tercera acepción de la Real Academia: «conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa». En este caso lo que define a una secta no es algo objetivo sino la calificación de tal que realiza «el hablante». En tal sentido secta puede convertirse en el adjetivo comodín con el que oportune et inoportune podemos designar a quien nos venga en gana descalificar. Así, por ejemplo pueden ser «sectarios» los musulmanes para los cristianos y viceversa, los capitalistas para los comunistas y recíprocamente, los rusos para los polacos e altretanto, e incluso los gallinas para los xeneises y éstos para aquéllos. Con esta seriedad deben leerse las definiciones de Silleta (a quien no llamaremos sectariosimplemente para no caer en sus mismas zonzeras).

Pero hay una tercera acepción del término «secta» que ha ido imponiéndose en las últimas décadas y que si bien se deriva de su sentido etimológico, implica, sin embargo, una restricción del mismo. Según este nuevo uso, el término «secta» designa puntual y exclusivamente, como dice Manuel Guerra Gómez, a «un grupo autónomo, no cristiano, fanáticamente proselitista, exaltador del esfuerzo personal, expectante de un inminente cambio maravilloso, ya colectivo (de la humanidad), ya individual (o del “hombre” en una especie de “superhombre”)» 3. Ésta es la idea de secta que subyace en varios documentos pontificios 4.
En este último sentido, que es el que debemos utilizar hoy en día para que nuestro lenguaje no navegue impunemente por las aguas de la ambigüedad, una secta es un grupo, generalmente pequeño 5 con cinco características:

1º Es autónomo: o sea, independiente, no integrado de manera vinculante en una realidad o institución más amplia, cuyas decisiones deba acatar. Puede estar vinculado a un grupo más amplio; en tal caso, será una secta siempre y cuando lo sea la institución a la que se vincula. Al decir «autónomo» entendemos que ejerce esa autonomía en todas las dimensiones de la vida de sus adeptos: en la doctrina, en las normas morales y en la organización. Es precisamente dicha autonomía total respecto de cualquier otra entidad, la que explica que la autoridad del líder sea, a menudo, incuestionable e incluso despótica, y que abunden los cambios de doctrina en materias importantes.

2º Es «no cristiano»: cuando hablamos del Cristianismo nos referimos principalmente a los católicos, ortodoxos, anglicanos y protestantes históricos (luteranos, calvinistas, etc.). Una secta en sentido estricto es, en cambio, un grupo «no cristiano», aunque muchas de ellas se presenten con una apariencia cristiana, sea porque hablan de Jesucristo o porque usan la Biblia. A una secta verdaderamente tal no podemos considerarla cristiana (protestante): a) porque no admite el mínimo dogmático requerido para ser cristiano protestante (por lo menos: la fe en la divinidad de Jesucristo, en el dogma de la Santísima Trinidad y el bautismo válidamente administrado); b) además porque, aún admitiendo y usando la Biblia (por ejemplo los Testigos de Jehová y los Mormones), también sostienen que la revelación sigue abierta al menos hasta la muerte de su fundador y no pocas hasta su director actual, o sea, indefinidamente; c) en fin, muchas de estas sectas o marginan la Biblia, que queda convertida en uno de tantos libros de índole religiosa, o, aunque le den un valor o autoridad especial, ésta es inferior al de los libros del fundador/a de la secta.

3º Es fanáticamente proselitista: El Papa Juan Pablo II ha explicado: «La palabra “proselitismo” tiene un sentido negativo cuando refleja un modo de ganar adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes se dirige una determinada propaganda religiosa» 6. Y tal es la característica de estos movimientos religiosos: «Entre las características más sobresalientes de tales movimientos y sectas merecen citarse el proselitismo y el fanatismo religioso» 7.

4º Es exaltador del esfuerzo personal: «En las sectas todo es obra del esfuerzo de los adeptos con la ayuda del grupo, pero sin la gracia divina. Prescindo de las excepciones (Soka Gakkai, iglesia cristiana palmariana, etc.) confirmatorias de la ley general, o sea, de las sectas en las que se cuenta con la ayuda divina, con la oración, etc.» 8.

5º Y espera un inminente cambio maravilloso, ya colectivo, ya individual: «Las sectas, dice Guerra Gómez, dan por supuesto que la humanidad de nuestro tiempo se halla en un período de decadencia, especie de Edad de Hierro de las mitologías de los pueblos indoeuropeos. El inminente cambio colectivo puede ser de naturaleza: a) apocalíptica: fin del mundo (Testigos de Jehová, Misión Rama, iglesia universal y triunfante, iglesia universal de Dios, etc.), catastrófica aunque sin fin del mundo (final de cada ciclo cósmico: harekrisnitas, etc., y demás sectas de origen hindú, también las budistas, etc.; guerra nuclear: mormonismo, etc.): b) utópica, bucólica o advenimiento de una nueva era, al modo de la mitológica Edad de Oro: Era Acuario (Nueva Era, Escuela arcana, Buena voluntad mundial, etc.), Nuevo Orden (masonería, etc.); el paso a un paraíso extraterrestre (sectas ufónicas: Misión Rama, Puerta del Cielo, etc.)». «El cambio maravilloso individual suele consistir en la transformación del “hombre” en una especie de “superhombre”. Es, de ordinario, la aspiración de las sectas “desacralizadas, esotéricas, etc.”, así como de los métodos llamados del potencial humano: Dianética (vinculada a la iglesia de la cienciología),  Meditación trascendental, Método Silva del control mental, Instituto Arica, I AM/YO SOY (Nueva Era), yoga (hinduismo y sus sectas), zen (budismo), etcétera. Lo peligroso de esta transformación psicológica radica en que cada uno debe actuar según su conciencia, aunque sea errónea. Y lógicamente el que se cree “superhombre” no puede no mirar con conmiseración a los simples “hombres”, a los cuales forzará a aceptar de grado o por fuerza sus deseos de superdotado» 9.

Como vemos el uso del término «secta» por parte de presuntos «sectólogos» no es otra cosa que un abuso verbal, fruto o de la malicia de sus labios o de la debilidad de sus neuronas. Y hacen, en definitiva, un flaco servicio a la auténtica prevención del fenómeno sectario, del que, con mayor tino e intención dijo Juan Pablo II: «Los avances proselitistas de las sectas y de los nuevos grupos religiosos en América no pueden contemplarse con indiferencia. Exigen de la Iglesia en este continente un profundo estudio, que se ha de realizar en cada nación y también a nivel internacional, para descubrir los motivos por los que no pocos católicos abandonan la Iglesia. A la luz de sus conclusiones será oportuno hacer una revisión de los métodos pastorales empleados, de modo que cada Iglesia particular ofrezca a los fieles una atención religiosa más personalizada, consolide las estructuras de comunión y misión, y use las posibilidades evangelizadoras que brinda una religiosidad popular purificada, a fin de hacer más viva la fe de todos los católicos en Jesucristo, por la oración y la meditación de la palabra de Dios» 10.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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1  Efectivamente, corroboro lo que dice el consultante, pues en el artículo de A. Silleta, «¿Secta católica en Argentina?» (del 13 de julio de 2006) se lee: «No todos estos movimientos que nacieron a partir de Concilio Vaticano II son positivos, muchos tienen características sectarias y manipuladoras hacia sus miembros, además de lideres carismáticos y megalómanos. Por ejemplo, Tradición, Familia y Propiedad, Camino Neocatecumenal, Instituto del Verbo Encarnado, Sodalitium Christianae Vitae, Los legionarios de Cristo o la Comunidad Jerusalén del padre Antelo son ejemplos claros de sectas católicas» (www.clubdelarazon.org/content/view/36/29/). En el 2007 ha vuelto a acusar algunos de estos grupos como sectarios.

2  «Guitarrear» es un término de la jerga argentina, que significa improvisar en un examen o en una exposición oral, cuando no se tienen conocimientos del tema. Es una de las notas características del chanta.

3  Cf. M. Guerra Gómez, Historia de las religiones, Madrid 1999; Idem, Diccionario enciclopédico de las Sectas, Madrid 1998.

4  Por ejemplo, Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para América. Encuentro con Cristo vivo, camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América. Instrumentum laboris, 1997, especialmente los nn. 45-46; también: Consejos Pontificios para la Cultura y para el Diálogo Interreligioso, Jesucristo portador del agua viva. Una reflexión cristiana sobre la «Nueva Era», 2003.

5  Aunque el número reducido de miembros no sea una nota definitoria (contra lo que opinan algunos), de todos modos, tiene importancia, pues facilita la acogida más cálida, el saberse querido, la pertenencia más personalizada y comprometida, etc.

6  Ecclesia in America, 73.

7  Sínodo de los Obispos, Asamblea especial para América, 45.

8  Cf. M. Guerra Gómez, Historia de las religiones, Madrid, (1999).

9  Cf. M. Guerra Gómez, Historia de las religiones, Madrid, (1999).

10  Juan Pablo II, Ecclesia in America, 73.

secta

¿Qué diferencia hay entre religión, culto y secta?

Pregunta:

Ante mi reciente actividad en esta area, desearía conocer que se considera: A.-Religion.- B.-Culto.- C.-Secta.  Gracias. José Luis 

Respuesta:

Estimado José Luis:

Santo Tomás de Aquino, dice en la Suma Teológica, II-II, 81, 1, que

a)«conforme escribe San Isidoro en el libro Etymol., llamamos religioso, palabra derivada, según dice Cicerón, de re-lección, a quien repasa y como que relee lo referente al culto divino. Así, pues, la palabra religión proviene, según parece, de releer lo concerniente al culto divino, por el hecho de que a estas materias hay que darles muchas vueltas en nuestro interior, según se nos manda en Prov 3,6: En todos tus caminos, piensa en El.

b)Aunque también pudiéramos suponer que se llama así a la religión por nuestraobligación de reelegir a Dios, a quien por negligencia hemos perdido, como dice San Agustín en el X De Civ. Dei .

c)O puede asimismo pensarse que la palabra religión se deriva de religar, y de ahí la frase de San Agustín en el libro De vera relig. : La religión nos religa al Dios único y omnipotente.

Ahora bien: sea que la religión se llame así por la repetida lectura, por la reelección de lo que por negligencia hemos perdido o por la religación, lo cierto es que propiamente importa orden a Dios. Pues a El es a quien principalmente debemos ligarnos como a principio indeficiente, a El debe tender sin cesar nuestra elección como a fin último, perdido por negligencia al pecar, y El es también a quien nosotros debemos recuperar creyendo y atestiguando nuestra fe». Santo Tomás añade que “La religión se acerca a Dios más que las otras virtudes morales, en cuanto que se ocupa de cosas que directa e inmediatamente están ordenadas al honor divino; y por lo mismo, la religión sobresale entre las otras virtudes morales”(II-II, 81, 6). Y dice también en qué consiste: “la religiónconsiste en el acto por el cual el hombre rinde culto a Dios, sometiéndose a Èl”.

El culto, por su parte, es la correcta relación del hombre con Dios. Deriva de colere, cultum, es decir, cultivo. Cultivar es una acción que implica una cierta frecuencia, un cuidado, una repetición, una “cultura”. El hombre cultiva su cuerpo, cultiva el oído, cultiva sus talentos, cultiva su inteligencia por el estudio, su voluntad por la repetición de actos buenos, sus relaciones con los demás (cultiva la amistad), y su relación con Dios (culto), es decir, cultiva su vida espiritual. El hombre, por ser espiritual y libre, es un ser “cultual” por naturaleza, inclinado a la adoración del Ser Supremo, de aquello que lo trasciende(“trans-scandere”). Cuando Dios creó al hombre, dice el Génesis, plantó un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había creado (Gn 2, 8), para que lo cultivase y lo cuidase (Gn 2, 15).

Etimológicamente, la palabra española «secta», en latín, era el femenino del participio del verbo «seco, secare»: «cortar, desprender». Designa la entidad separada de otra realidad mayor y más antigua como la rama desgajada de un árbol.
Realmente, por su definición descriptiva o sus rasgos definitorios, «secta es un grupo autónomo, no cristiano, fanáticamente proselitista, exaltador del esfuerzo personal y expectante de un inminente cambio maravilloso, ya colectivo, ya individual» (según Luis Moya, tomado de www.unav.es). Puede ver ese link para una ampliación del tema.

P. Jon M. Arza, IVE

amor a Dios

¿Cómo crecer en el amor de Dios?

Pregunta:

Estimado Padre: Yo se por la escritura que la ley de nuestro señor es Amar a Dios con toda nuestras fuerzas y con toda nuestra mente e inteligencia, así como al prójimo como a uno mismo. Con esta ley no se da cabida al pecado. Sin embargo, es fácil decir….amar con todas tus fuerzas…pero ¿hacerlo?…. ¿En que depende que en mi crezca más el amor, que puedo hacer para que el amor a Dios en mi sea cada vez mas grande….?……Quiero amar a Dios al máximo.

Respuesta:

Hay que distinguir entre los medios para adquirir la caridad hacia Dios y los medios para crecer en ella.

Disposiciones para ‘adquirir’ la caridad son fundamentalmente dos.

La primera es la escucha amante de la Palabra divina; porque, humanamente hablando, cuando escuchamos hablar bien de alguien nos encendemos en su amor. Y esto hacen las divinas Escrituras que nos hablan de Dios. Por eso dice el Salmo: La palabra de Dios lo inflamaba (Sal 104,19); y los discípulos de Emaús lo experimentaron de Cristo gran exegeta cuando dicen: ¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino abriéndonos de la Escrituras? (Lc 24,32).

A esto hay que añadir la continua meditación de los bienes divinos. Dice Santo Tomás: ‘si quieres conseguir el amor divino, medita sus bienes’. Pues muy duro sería quien meditando los dones y bienes que ha recibido de Dios, los peligros de los que ha sido librado por Dios, y la felicidad que Dios le ha prometido… no comienza a arder en el divino amor.

Otras son, en cambio, las disposiciones que nos hacen crecer en la caridad ya adquirida.

La primera de ellas es el desapego de las cosas terrenas, pues un corazón no puede tender perfectamente hacia cosas diversas. Por eso no se puede amar a Dios y al mundo. Por el contrario, el amor de uno crece según disminuye el amor al otro.

La segunda disposición es la paciencia en las adversidades. Cuanto más graves cosas soportamos por aquel a quien amamos, menos se destruye nuestro amor sino que, por el contrario, crece. Las muchas aguas (que podemos entender como tribulaciones) no pudieron apagar el amor, dice el Cantar de los Cantares (8,7). Así se puede entender místicamente las palabras del Génesis referidas al arca de Noé: aumentaron las aguas(las tribulaciones) y el arca (el alma y la Iglesia) se elevó a las alturas (Gn 7,17).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

existencia de Dios

La ciencia moderna. ¿niega o prueba la existencia de Dios?

Pregunta:

Estimado Padre: Soy universitario y estoy haciendo un trabajo sobre la ciencia y el cristianismo. Resulta que he leído varios artículos sobre lo que piensan los científicos sobre Dios y a pesar de que había creído que la ciencia (me refiero a la física y otras como la astronomía) no puede hablar de Dios (o sea no puede llegar a Dios), resulta que he leído dos artículos de buenos científicos que defienden que su ciencia puede probar la existencia de Dios. Al comentar mi perplejidad a mi profesor, éste me dijo que le presentara una exposición del tema. ¿En qué me puede orientar usted?

Respuesta:

Estimado Ramiro:

Te envío este artículo del Dr. Luis Fernández Cuervo (titulado ‘Sobre el Universo y Dios. Hablan ateos y creyentes’, publicado en www.arvo.net); creo que da una breve pero adecuada visión del tema.

Es frecuente en el mundo actual la gente que lleva su admiración por la Ciencia hasta el punto de creer que sólo allí se encierra toda la sabiduría y certeza posibles. Algunos, además, elevan su admiración hasta la idolatría, pensando que el avance de ella supone siempre un descrédito y derrota de la religión.

Eso equivale a anclar su mentalidad en lo peor de los ilustrados del Siglo XVIII. No hace mucho leí, en un artículo de otro diario, la chocante afirmación de que Pasteur, al demostrar que no existía la generación espontánea de seres vivos a partir de material inerte, había refutado con ello una idea religiosa.

Pero esa idea nunca fue una idea religiosa, sino una idea científica equivocada en la que creyeron los científicos, creyentes y no creyentes, hasta que en el Siglo XIX, el genial Louis Pasteur demostró lo contrario. ¡Pero resulta que Pasteur fue siempre un católico practicante! y, además, dijo que ‘un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia devuelve a él’.

Si revisamos la historia, podemos comprobar que muchos de los grandes avances científicos fueron hechos por gente que no tuvo ningún conflicto entre la ciencia que cultivaba y la religión en la que creía.

La lista de ellos es larga. Sin embargo, también es verdad que, hoy día, muchos científicos ilustres son agnósticos -no saben decir si Dios existe o no-, o son ateos que pretenden convencerse y convencernos de que su ciencia demuestra la no existencia de Dios.

Aparte de los que mencioné en mi artículo anterior, Watson y Crick, destacan hoy por su franco ateísmo Steven Weinberg y Peter Atkins.

Asegura Atkins que no es necesaria la existencia de un creador y que, mirado a fondo, ‘todo es caos’ y que ‘esta es la frialdad que hemos de aceptar cuando escrutamos profunda y desapasionadamente el corazón del universo’. En cuanto a Weinberg, Premio Nóbel de Física, para él todo el universo que conocemos, incluyendo la vida humana, sólo es el resultado accidental, por casualidad, de un cúmulo de coincidencias que pudieron no haberse dado. (¿Alabemos, entonces, a la diosa Casualidad?).

E insiste en que: ‘Cuanto más comprensible parece el Universo, tanto más sin sentido parece también’. Con eso no están de acuerdo muchos otros físicos, entre ellos Albert Einstein, que, sin practicar nunca ninguna religión, aseguraba que: ‘Cuanto más estudio la ciencia más creo en Dios’.

El error de esos agnósticos o ateos está en lo limitado de su ciencia y en lo desorbitado de su soberbia intelectual. Cuando hablan de caos habría que decirles que siempre parece sin sentido lo que conocemos mal o sólo en parte y que si acaso creen que ya lo saben todo sobre el Universo. Cuando al descifrar las etapas y estructuras del cosmos y de la vida observan, sin que se vea un agente externo que la produzca, cómo unas cosas son causas de otras y cómo se coordinan entre sí, llegan a la conclusión, como el viejo Laplace, que no hace falta Dios, que aquello se ha hecho solo. ¿Qué supone más sabiduría y más poder humanos? ¿Un reloj antiguo que había que darle cuerda o uno actual que no lo necesita? Escuchar un concierto transmitido en ese mismo momento por la radio supone más inteligencia y poder humanos que estar allí presentes en ese concierto.

La ciencia y el poder humanos han vencido el espacio. Y escuchar años más tarde ese mismo concierto en una casete, supone mayor inteligencia y poder humanos que los de aquella radio, pues ahora se ha vencido no sólo el espacio sino también el tiempo. Si ésa es nuestra experiencia sobre el poder creador del hombre, ¿por qué en cambio se lo niegan a Dios? Precisamente, cuanto más autónomo aparece algo, en su existencia y funcionamiento, más inteligente y poderosa tiene que ser la Causa que pudo producirla. Y también cuanto mayor complejidad y finura de estructuras y funcionamiento tiene. Hay mayor inteligencia y poder creador para hacer un moderno cronómetro que para hacer un reloj de arena.

Por eso, muchos físicos comprueban que los parámetros fundamentales que rigen la fuerza de la gravedad, la carga de los protones y la masa de los neutrones, la distancia de la tierra al sol, etc., parecen haber sido ajustados muy precisa e inteligentemente de modo que permitiesen surgir organismos conscientes.

De hecho, modificar en lo más mismo esos valores habrían hecho perder a los átomos su integridad, que las estrellas no brillasen, que ninguna galaxia hubiera podido albergar vida o que el colapso del universo sucediera segundos después del ‘Big Bang’. John Polkinghorne, físico de la Universidad de Cambridge, observa que ‘cuando uno se da cuenta de que las leyes de la naturaleza tienen que estar coordinadas con máxima precisión para que den como resultado el universo visible, es difícil resistirse a la idea de que el universo no es casual, sino que tiene que haber un propósito en él’. Y Jerzy A. Janik, físico nuclear y miembro de la Academia de Ciencias de Polonia y Noruega, concluye: ‘Tengo respeto al agnosticismo en los físicos. Pero cuando dicen que son agnósticos porque son científicos, hacen una extrapolación. Pueden serlo, pero no partiendo de la física.

Hay que ser ateos honestos. La física no da prueba negativa de Dios o de la realidad trascendente: no es su objeto. (…) Eso no es el resultado de la ciencia, depende de otros factores personales: el sufrimiento, la pobreza de un pueblo…’. Sí, y precisamente el sufrimiento es una piedra de escándalo que a algunos científicos puede apartarles de Dios -tal parece ser el caso de Weinberg- y a otros -como a Max Planck- la ocasión para encontrarle. Espero poder hablarles también de esto último.

(*) Luis Fernández Cuervo, Dr. en Medicina, columnista de El Diario de Hoy, colaborador de Arvo Net; artículo publicado en El Diario de Hoy, 23.6.2003; en Arvo Net, 23 de noviembre 2003.