sufrimiento

¿Por qué el dolor? ¿Cuál es el sentido del sufrimiento?

Pregunta:

Estimado Padre: Mi duda concreta es la siguiente: ¿deseo saber el por qué de la injusticia, del dolor, de la enfermedad? Entiendo que debemos ser pacientes y aceptar la voluntad de Dios, ya que Él es el único que tiene las respuestas, no obstante al ver la realidad que enfrentamos en la vida diaria ¿cómo no perder el camino? De antemano le agradezco el tiempo que se sirva dedicarme para aclarar estas dudas. ¡Que Dios lo Bendiga! Atentamente

 

Respuesta:

Estimado:

La respuesta definitiva al interrogante del hombre sobre el dolor viene solamente a través de Jesucristo. Y se encuentra en una frase en la que aparentemente no se hace referencia al dolor: Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3,16). Por eso se ha dicho con justeza: Jamás resolverás bien el problema del dolor si lo plantas mal; jamás plantearás bien el problema del dolor si prescindes de estos dos factores: amor de Dios al hombre y libertad humana.

Vemos algunas consideraciones sobre el dolor y su respuesta:

1º El mal y el dolor no pueden ser situados sólo en una dimensión temporal. Hay un mal y un sufrimiento que son temporales; pero también hay un mal y un sufrimiento que es definitivo: es la condenación y la separación definitiva de Dios. Entender, pues, el sufrimiento sólo del plano temporal es un error. Hay un dolor que es ‘mal’ en sentido absoluto y hay un dolor que no es ‘mal’ en sentido absoluto, sino relativo.

2º El origen del mal es el pecado, pero no el pecado personal de cada uno sino ‘principalmente’ el pecado de Adán: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte… Por el delito de uno solo murieron todos… Por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre… Así pues… el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación (Rom 5,12-15.18).

3º En Cristo, Dios Padre, en lugar de destruir el sufrimiento, el pecado que lo introdujo y la humanidad entera que quedó hecha pecadora, dejó el dolor y lo usó para hacer brillar su gloria: Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?. Respondió Jesús: Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios (Jn 9,1-3). Ante el pecado del mundo y el sufrimiento que éste ha introducido, Dios podía hacer tres cosas:

a) previendo que sus criaturas caerían, podría no haberlas creado;

b) podría, después que pecaron, haberlas borrado de un plumazo y empezar de nuevo;

c) podía, y fue lo que hizo, tomar la mala nota desafinada por Adán y sacar de ella una nueva sinfonía, mejor que la anterior. Así lo hizo. Y es mejor, pues es la sinfonía de la Redención.

Alguno podrá decir en su escepticismo: ‘la tercera no es la mejor de las tres opciones’. ‘¡Sí lo es!’, tengo que contestarle, pero basado sólo en que es la que eligió la Sabiduría infinita de Dios. Los demás argumentos no valen, o al menos no pueden convencer un corazón que se rebela contra la Inteligencia de Dios. Entenderlo en este mundo significa el final del ‘misterio’ de la existencia humana: todo sería claridad. Y no es así: mientras estamos aquí abajo caminamos en el claroscuro de la fe.

4º Jesucristo, pues, transfigura el dolor temporal transformándolo en instrumento de redención del dolor eterno (de la separación definitiva de Dios) y en gesto de amor con el que podemos pagar el amor con que Dios nos ha amado. Entendámonos: no es que el sufrimiento o el dolor deje de ser en sí un mal. Es un mal y por eso sigue siendo humano y legítimo luchar contra él (especialmente cuando afecta al prójimo), pero recibe un carácter que podemos calificar de ‘ambivalente’, es decir, puede convertirse en fuente de bien. En el orden natural, pues, debemos luchar contra él; pero en el orden sobrenatural -sin dejar de ser un mal- podemos servirnos de él y transformarlo en fuente de santificación. Por eso el dolor temporal se hace ‘salvífico’: redentor y caritativo; y por este motivo, capaz de madurar a las personas, de elevarlas, purificarlas y divinizarlas.

El hombre sin fe se condena a la desesperación porque no tiene vía de conocer esta división introducida por Cristo. Para él el dolor temporal no es más que preludio del eterno: la vida es sufrimiento que va a parar a la aniquilación o a la tierra de sombras. De ahí la rebelión -comprensible- ante el dolor. No le encuentra ‘sentido’, ‘dirección’. ‘¿De qué vale? ¿Para qué aprovecha?’: su pregunta queda sin respuesta.

No podemos, pues, leer y entender el sufrimiento desde coordenadas puramente temporales. Hay que mirar hacia arriba para entenderlo.

Los santos frente al sufrimiento han abierto sus brazos, como abrazando lo que el mismo Cristo abrazó en la Pasión para redimirnos. Así, por ejemplo, el padre Pío de Pietrelcina, estigmatizado, manifestaba en una de sus cartas cuánto le pedía a Dios que le quitase las llagas externas por las que era venerado de tantos, pero dejándole sus dolores. Dice maravillosamente: ‘Alzaré fuerte mi voz a Él [a Dios] y no desistiré de conjurarlo, para que por su misericordia retire de mí no el sufrimiento, no el dolor, porque esto lo veo imposible y siento que me quiero embriagar de dolor, sino estos signos externos que me son de una confusión y de una humillación indescriptible e insoportable'[1].

En síntesis: el dolor tiene su secreto, y es que sólo da a conocer su sentido a quien lo acepta y une a Cristo. Por eso dice el Papa: ‘Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta participación es… una llamada: Sígueme,Ventoma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. Por eso, ante el enigma del dolor, los cristianos podemos decir un decidido ‘hágase, Señor, tu voluntad’ y repetir con Jesús: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero sino como quieres Tú (Mt 26,39)'[2].

A todos los que nos preguntan: ‘¿Por qué; por qué sufrir? ¿Qué sentido tiene?’, no podemos darle otra respuesta que invitarlos a que abran sus corazones a la cruz de Cristo y que recibiéndola con paciencia la ‘escuchen’; junto a ella no hay sordo que no haya escuchado la respuesta, ni ciego que no la haya vislumbrado con toda claridad. A esta pregunta Dios quita toda palabra de los hombres y se reserva Él la respuesta última.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 


[1] Pío de Pietrelcina, Carta 1094, 22 de octubre de 1918.

[2] Juan Pablo II, Mensaje a los enfermos, México, 24 de enero de 1999.

libertad humana

¿Cómo conciliar la Libertad humana con la gracia de Dios? ¿Destruye la gracia divina la libertad del hombre?¿Es Dios el responsable de la condenación del hombre?

Pregunta:

Si, cómo dicen los teólogos, hasta el primer impulso hacia la conversión y el bien es obra de la gracia, ¿dónde quedan la libertad y la responsabilidad humanas? Si, como dicen los teólogos, todo lo bueno en nosotros lo pone Dios, ¿no somos meros sujetos pacientes de su gracia, unos poseídos, títeres en sus manos? Si, como dicen los teólogos, sólo por la gracia podemos ser buenos y salvarnos, ¿no sería Dios el único responsable de nuestra condenación?

Respuesta:

Estimado:

Todas las preguntas hacen referencia, en definitiva, al mismo tema: la dificultad de comprender el modo en el la acción divina influye sobre la actividad humana sin destruirla. Evidentemente, estamos ante el marco del misterio; tal vez de los misterios más difíciles de entender para el hombre.

Usted habla repetidamente de ‘los teólogos’; debe quedar en claro que ‘los teólogos’ deben reflexionar sobre el dato revelado. A partir de lo que dice la Revelación, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, la teología trata de ‘entender’ el sentido que pueden tener las afirmaciones divinas.

1. Naturaleza y gracia: el misterio

La Escritura, el Magisterio y la Tradición mencionan de manera clara ambos ‘polos’ del misterio:

1º Por un lado, la acción de Dios sobre el hombre como Causa Primera. Es de fe que en la obra de la conversión Dios es el que toma la iniciativa, Él es la causa total de la gracia sin que ésta dependa de mérito alguno en la creatura, y Él es el que da la perseverancia en la gracia.

Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae (Jn 15,5). De este modo, el mismo deseo de la conversión y la misma inquietud de la conversión deben ser atribuidas a la acción de Dios. El Magisterio, en el IIº Concilio Arausicano (Orange, año 529), condenó el semipelagianismo que pretendía atribuir al hombre los primeros movimientos hacia la fe (deseo de salir del pecado, nostalgia de Dios, petición de la ayuda divina, etc. ). Los semipelagianos, en efecto, no podían explicar cómo puede seguirse un efecto estrictamente sobrenatural (la conversión, justificación y salvación) de un acto en definitiva humano: entre una y otra hay una distancia infinitas. El Concilio Arausicano afirmó que la misma petición de la gracia proviene de la gracia y afirma que decir algo distinto a esto contradice cuanto dice el Profeta Isaías: He sido encontrado por los que no me buscaban; me aparecí a quienes no preguntaban por mí (Is 65,1)[1]. Asimismo, añade que ‘aun el querer ser limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del Espíritu Santo'[2]. Sigue diciendo que ‘si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia -es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad-, se muestra enemigo de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús (Fil 1,6)'[3]. También se lee en el mismo Concilio: ‘Si alguno dice que se nos confiere divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos, deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos, buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer, como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la humildad y obediencia humanas y no consiente en que es don de la gracia misma que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? (1 Cor 4,7); y: Por la gracia de Dios soy lo que soy (1 Cor 15,10)'[4].

2º En segundo lugar, también la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio hablan de una auténtica actividad por parte del hombre: Todo el que oye a mi Padre y recibe su enseñanza, viene a mí (Jn 6,45). El Concilio de Trento afirma: ‘…La justificación… no es sólo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación interior, por la voluntaria recepción de la gracia y de los dones…'[5]. Esto es lo que enseña San Agustín: ‘Quien te creó sin ti, no te justificará sin ti'[6]. El Catecismo, por su parte, resume la doctrina del Magisterio diciendo: ‘La justificación establece la colaboración entre la gracia de Dios y la libertad del hombre'[7]. Es más, tanto la Revelación cuanto la teología especifican cuáles son esos actos que debe realizar el hombre en proceso de la conversión: se trata de los actos de fe, caridad y arrepentimiento de los pecados[8].

Estos son los ‘polos’ del misterio. Están revelados ambos elementos. Nuestros conceptos quedan cortos al momento de intentar una explicación de tal coordinación. La teología tradicionalmente ha hablado de la ‘suavidad’ de la divina Providencia que provee a cada cosa según su modo propio y, por consiguiente, a las causas libres, las mueve respetando su libertad. Así dice Santo Tomás: ‘Dios mueve a todos los seres según el modo particular de cada uno de ellos, y así vemos que en las cosas naturales mueve de una manera a las cosas pesadas y de otra a las ligeras, debido a la diversa naturaleza de cada una. De aquí que mueve también a los hombres a la justicia conforme a la condición de su naturaleza. Ahora bien, el hombre es libre por su propia naturaleza. Por consiguiente, en aquel que tiene el uso de su libertad no se da la moción divina a la justicia sin un acto de libertad, sino que de tal manera infunde el don de la gracia justificante, que, al mismo tiempo que lo infunde, mueve la libertad a aceptar el don de la gracia en aquellos que son capaces de esta moción'[9].

Ya San Agustín, a quien ponía en tela de juicio la conciliación entre libertad y gracia, le demostraba con una larga serie de textos bíblicos que libertad y gracia pertenecen a la divina Revelación y que hay que defender firmemente ambas verdades[10]. Llegar a ver a fondo su conciliación es cuestión sumamente difícil, que pocos llegan a comprender[11] y que puede incluso crear angustia para muchos[12], porque al defender la libertad se puede dar la impresión de negar la gracia, y viceversa[13]. Pero es preciso creer en su conciliabilidad como en la conciliabilidad de dos prerrogativas esenciales de Cristo, de las que una y otra dependen respectivamente. Efectivamente, Cristo es al mismo tiempo salvador y juez. Pues bien, ‘si no existe la gracia, ¿cómo salva al mundo? Y si no existe el libre albedrío, ¿cómo juzga al mundo?'[14].

2. La responsabilidad de la condenación

Aplicando esto a la cuestión de nuestra responsabilidad en la condenación, lo expongo con dos principios deSanto Tomás en la Suma Contra Gentiles.

1º El primero es que ‘de modo razonable se imputa al hombre el no convertirse a Dios’ y no a Dios, aunque no pueda haber conversión sin la gracia.

Explica el Angélico: ‘Hay que tener en cuenta que, aunque uno no pueda merecer la gracia divina por impulso de su libre albedrío, puede, no obstante, impedirse a sí mismo de recibirla; pues en Job 21,14 se dice de algunos: Decía a Dios: Apártate de nosotros; no queremos conocer tus caminos. Y en Job 24,13: Fueron rebeldes a la luz. Y como quiera que está al alcance del libre albedrío el impedir o no impedir la recepción de la gracia, no sin razón se le imputa como culpa a quien obstaculiza la recepción de la gracia, pues Dios, en lo que de Él depende, está dispuesto a dar la gracia a todos, como se dice en 1 Tim 2,4: Quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Y sólo son privados de la gracia quienes ofrecen en sí mismos obstáculos a la gracia; tal como se culpa al que cierra los ojos, cuando el sol ilumina al mundo, si de cerrar los ojos se sigue algún mal, aunque él no pueda ver sin contar con la luz del sol'[15].

2º El segundo principio es que no puede pensarse en injusticia alguna si Dios libra a algunos del pecado y a otros abandona en él[16]. Lo explica en la Contra Gentiles: ‘Aunque el que peca ofrece un obstáculo a la gracia y, en cuanto lo exige el orden de las cosas, no debiera recibir la gracia, sin embargo, como Dios puede obrar fuera del orden aplicado a las cosas, del mismo modo que da vista al ciego o resucita al muerto, algunas veces, como exceso de su bondad, se les anticipa con su auxilio a quienes ofrecen impedimento a la gracia, desviándolos del mal y convirtiéndolos al bien. Y del mismo modo que no da vista a todos los ciegos ni cura a todos los enfermos, para que en los que cura aparezca el efecto de su poder y los otros se guarde el orden natural, así también no a todos los que resisten a la gracia los previene con su auxilio para que se desvíen del mal y se conviertan al bien, sino sólo a algunos, en los cuales quiere que aparezca su misericordia, así como en otros se manifiesta el orden de la justicia. De aquí que el Apóstol diga a los Romanos 9,22: Pues para mostrar Dios su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha longanimidad a los vasos de ira, maduros para la perdición, para hacer ostentación de la riqueza de su gloria sobre los vasos de su misericordia, que Él preparó para la gloria. Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente, no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad, del mismo modo que dependió de su voluntad el que, al hacer todas las cosas de la nada, unas fueran más excelentes que otras; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos. Con este motivo dice el Apóstol en la carta a los Romanos 9,21: ¿O es que no puede el alfarero hacer del mismo barro un vaso de honor y un vaso indecoroso?‘[17].

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Cf. Concilio II de Orange, canon 3; Dz 176.

[2] Ibid., canon 4; Dz 177.

[3] Ibid., canon 5; Dz 178.

[4] Ibid., canon 6; Dz 179. Siguen afirmaciones semejantes en los demás cánones.

[5] Dz 799.

[6] Sermón 169, 2, 13; ML 38, 923.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1993.

[8] Sobre la fe: Hb 11,6; Mc 16,16; Dz 798; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1993; Santo Tomás: I-II,114,4. Sobre la caridad: St 2,14; Dz 819; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1993; Santo Tomás: I-II, 113,4 ad 1. Sobre el arrepentimiento de los pecados: Sal 50,19; Ez 18, 21-23; Lc 18, 13-14; Act 2,38; Dz 798, 813; Santo Tomás: I-II,113,5.

[9] I-II, 113, 3.

[10] Cf. De gratia et lib. arb.; 2, 2-11, 23: PL 44, 882-895. Puede ver todos estos textos en la hermosa Carta Apostólica Agustinum Hipponensem, en el XVI centenario de la conversión de San Agustín, 28 de agosto de 1986.

[11] Cf. Ep., 214, 6: PL 33, 970.

[12] Cf. De pecc. mer. et rem., 2, 18, 28; PL 44, 124-125.

[13] Cf. De gratia Christi et de pecc. orig., 47, 52: PL 44, 383-384.

[14] Ep., 214, 2: PL 33, 969.

[15] CG, III, 159.

[16] Cf. I-II,106,3 ad 3.

[17]

¿Por qué tantos sacerdotes critican o se oponen al Papa?

Pregunta:

Muy queridos míos: No termino de comprender por qué una gran cantidad de sacerdotes en México y Latinoamérica se oponen tan radicalmente al Papa y lo critican tanto. Algunos argumentan que el Papa no está realmente en favor de los pobres, sino que defiende a los grandes capitalistas y, signo de ello, es que siempre está rodeado de personal del Opus Dei y de los Legionarios de Cristo. Yo he leído las encíclicas del Papa en materia social y me parece todo lo contrario; es decir, que el Papa se orienta hacia el pobre y crea conciencia sobre el destino universal de los bienes, entre otros consejos muy claramente comprometidos. ¿Me podrían aclarar el fondo de este conflicto o boicot contra el Papa? Dios los bendiga. J. O. T.K.

 

Respuesta:

Estimado:

Lamentablemente los sacerdotes que se oponen y critican al Papa son muchos, aunque no tantos como algunos exageradamente piensan. Son herederos de una mala formación teológica y de un flojo ‘sentir con la Iglesia’.

No entienden, en el fondo, que ‘allí donde está Pedro, allí está la Iglesia’ (San Ambrosio) y ‘Pedro habla por la boca de León’ (aclamación de los Padres conciliares de Calcedonia, en el 451, al concluirse la lectura de la carta de San León Magno, Papa). El Sucesor de Pedro ‘es principio y fundamento perpetuo y visible’ (Lumen gentium, 23) de la unidad de la Iglesia universal y de la unidad del Episcopado. De ahí que el ministerio petrino no es un servicio que alcanza a las Iglesias particulares ‘desde afuera’, sino ‘perteneciente ya a la esencia de cada Iglesia particular desde dentro’ (Juan Pablo II). El ministerio del Primado comporta una potestad episcopal, o sea, como Obispo universal y de la diócesis de Roma, no es una mera dignidad, de tal modo, que todo lo que un Obispo puede hacer en sus parroquias lo puede hacer el Papa en todas y cada una de las Iglesias particulares del mundo; es potestad suprema, ningún otro posee igual o mayor poder; es potestad plena, no sólo la parte principal; es inmediata, puede ejercerla sobre los Obispos y fieles; es universal, sobre todos sin excluir ninguno; es ordinaria, derivada directamente de Jesucristo; y ‘puede ejercerla siempre y libremente’ (Lumen gentium, 22).

La tarea primordial del Romano Pontífice para toda la Iglesia es la promoción de la unidad, que no repugna de la promoción de la diversificación propia de la comunión.

Todo cristiano debería hacer suya la enseñanza de San Ignacio de Loyola: ‘Debemos siempre tener para en todo acertar, que lo blanco que yo veo, creer que es negro, si la Iglesia Jerárquica así lo determina’ (Ejercicios Espirituales, 365). Por tanto, seguros de que esa es la voluntad de Jesucristo, digamos como Don Orione: ‘permanezcamos sordos cuando alguien nos hable prescindiendo del Papa, o no explícitamente en favor del Papa y de la sana y exacta doctrina de la Iglesia: los tales no son plantación del Padre Celestial, sino malignos retoños de herejías que producen fruto mortífero’. Recordemos siempre que, como dice también Don Orione, ‘al Papa se le debe amar en cruz; y quien no lo ama en cruz, no lo ama de veras. Estar en todo con el Papa quiere decir estar en todo con Dios; amar a Jesucristo y amar al Papa es el mismo amor’, ya que ‘… amar al Papa, amar a la Iglesia, es amar a Jesucristo’ (Don Orione).

Recemos, pues, para que el Papa sea realmente amado por todos los fieles, sacerdotes y laicos.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

seminarista

¿Qué pasa si un seminarista se enamora? ¿Se pueden casar los sacerdotes en el rito oriental?

Pregunta:

¿Qué pasa si un seminarista se enamora de alguien que le quiere, o por lo menos los dos sienten afecto? ¿Se debe romper de una vez? Se ha negado la posibilidad de amar a alguien. Otra, en América Latina, ¿existe el rito oriental? Donde, creo, perdone si me equivoco, que los curas se pueden casar.

Respuesta:

Estimado:

1. El celibato es obligatorio para los clérigos de rito latino: ‘Los clérigos están obligados a observar continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y por lo tanto quedan sujetos al celibato, que es un don peculiar de Dios, mediante el cual los ministros sagrados pueden adherir más fácilmente a Cristo con corazón indiviso y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres’ (Código de Derecho Canónico, c. 277 § 1).

Por tanto, si un seminarista no es capaz de dominar sus afectos reservándolos exclusivamente para Dios, es señal que no tiene idoneidad para la vida clerical. Por eso el Papa Pío XI indicaba como falta de idoneidad moral (‘no han sido hechos para el sacerdocio’)’quien especialmente está inclinado a la sensualidad, y a través de una larga experiencia no ha demostrado saberla vencer‘ (Ad Catholici Sacerdotii, 61). Y añade: ‘Piensen los superiores de los Seminarios, piensen los directores espirituales y los confesores la gravísima responsabilidad que asumen a los ojos de Dios, ante la Iglesia, ante los jóvenes mismos, si no han hecho por su parte lo posible para impedir este paso [la ordenación sacerdotal]’ (Ibid., 62). Y Pablo VI: ‘Los sujetos que se descubran física, psíquica o moralmente ineptos, deben ser inmediatamente apartados del camino del sacerdocio: sepan los educadores que éste es para ellos un gravísimo deber; no se abandonen a falaces esperanzas ni a peligrosas ilusiones y no permitan en modo alguno que le candidato las nutra, con resultados dañosos para él y para la Iglesia. Una vida tan total y delicadamente comprometida interna y externamente, como es la del sacerdocio célibe, excluye, de hecho, a los sujetos de insuficiente equilibrio psico-físico y moral, y no se debe pretender que la gracia supla en esto a la naturaleza‘ (Sacerdotalis coelibatus, 64).

2. En cuanto al las Iglesias de Rito Oriental, en América Latina hay fieles, como en muchas partes del mundo. Por una antigua tradición en las Iglesias Orientales hay clérigos celibatarios y clérigos casados (Código de Cánones de las Iglesias Orientales, c. 373). En cuanto a la admisión a las órdenes sagradas de los casados, lo establece el derecho particular de la propia Iglesia (c. 758, 3). Esto quiere decir que pueden ser ordenados, teniendo en cuenta el derecho propio de cada Iglesia Oriental, algunos casados. En cambio no pueden casarse los que ya se han ordenado como célibes (c. 804).

De todos modos, una persona al bautizarse queda adscripta a la Iglesia ‘sui iuris’ (como son las Orientales) a que pertenece su padre; o si su padre no es católico, a la de su madre. Y no se puede pasar a pertenecer a una Iglesia ‘sui iuris’ por libre elección; es cuestión de bautismo y sangre.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

dormición

¿Murió la Virgen María? ¿Qué queremos decir cuando recordamos su ‘dormición’?

Pregunta:

Reverendo Padre: la duda que tengo es acerca de la muerte de la Virgen María: ¿fue sólo una dormición?, ¿qué dice la doctrina de la Iglesia? Espero su respuesta. Gracias. S. R.

Respuesta:

Estimado:

Para responder a su pregunta hay que distinguir entre ‘muerte’ y ‘corrupción en el sepulcro’. La muerte es la separación del cuerpo y del alma; en cambio la corrupción del sepulcro es la resolución del cuerpo en polvo. Cristo murió, pero no conoció la corrupción del sepulcro, cumpliéndose lo del Salmo 15,10: ‘No permitirás que tu Santo vea la corrupción’.

¿Murió la Virgen? El primero que parece dudar de esto fue San Epifanio, aunque, como él mismo dice, no se atreve a decir ni que sí ni que no. Ya en el siglo IV existía la tradición según la cual la Virgen no murió sino que subió a los cielos sin morir. Esta tradición ha tenido seguidores en diversos momentos de la historia eclesiástica.

Sin embargo, según G. Alastruey (‘Tratado de la Virgen Santísima’, BAC, Madrid 1945, pp. 405 y siguientes), para sólo citar uno de los más relevantes mariólogos, la verdadera doctrina (que debe tenerse ‘como teológicamente ciertísima’) es que la Virgen María murió verdaderamente.

Esta es la sentencia más firme y que tiene el aval de una segura tradición tanto latina como griega, incluso con autores ortodoxos (San Agustín, San Juan Damasceno, San Andrés de Creta, San Juan de Tesalónica, Nicolás Cabasilas, etc.). En cuanto a San Epifanio, hay que tener en cuenta que no niega la muerte sino que solamente afirma que sobre esto nada dice la Escritura.

Lo mismo dice la tradición litúrgica. En el ‘Misal Romano’ se leía en la Misa de la Asunción: ‘ya que la Madre de Dios salió de este mundo conforme a la condición de la carne mortal’. En el Misal actual no se menciona la muerte sino sólo la inmunidad de la corrupción en el sepulcro.

La palabra ‘dormición’, que se usa principalmente en la Iglesia griega no debe llevarnos a confusión pues significa la muerte de la Virgen María.

Las razones teológicas que se dan al respecto son:

1) Convenía que María, para conformarse con su Hijo, padeciera la muerte, y así por la muerte pasara a la gloria, a fin de que no pareciera de mejor condición la Madre que el Hijo.

2) La verdad de la Encarnación se corrobora más por la muerte de María; pues si convenía que Cristo muriera para confirmar la fe de la Encarnación, y así no se dudara de que era hombre verdadero, igualmente convenía que muriera su madre, para que no se pensase que había nacido de mujer inmortal.

3) Además la Virgen fue constituida por Dios cooperadora en la obra de la Redención humana. Mas porque la obra de la redención del género humano se llevó a cabo por la muerte de Cristo, así convenía que la Virgen se asociara a su muerte.

4) Como dice San Pedro Canisio: para consuelo nuestro cuando nos toque el duro trance de la nuestra muerte.

¿De qué género de muerte murió la Virgen Santísima? La Virgen no murió ni por martirio ni por muerte violenta; tampoco de enfermedad o vejez. Los teólogos afirman comúnmente que la Virgen murió a causa del ardoroso amor de Dios y del vehemente deseo y contemplación intensísima de las cosas celestiales. Así sostuvieron San Jerónimo, el abad Guerrico, San Alberto Magno, Dionisio el Cartujano, Santo Tomás de Villanueva, Bossuet, etc.

En cambio, la Virgen María no estuvo sujeta a la corrupción del sepulcro. Esto es tradición unánime de la Iglesia. San Andrés de Creta dice: ‘Como no se corrompió el útero de la que dio a luz, así ni la carne de la que murió… El parto eludió la corrupción, y el sepulcro no admitió la extrema corrupción de la muerte’. Y Santo Tomás de Villanueva: ‘No es justo que sufra corrupción aquel cuerpo que no estuvo sujeto a ninguna concupiscencia’.

P. Miguel A. Fuentes, IVE