castración

¿Es lícita la castración en caso de violación?

Pregunta:

¿Es lícita la castración en caso de violación, al menos, la castración ‘química’ y para los violadores psicológicamente irrecuperables? ¿Y como defensa de los psicópatas sexualmente agresivos?

Respuesta:

Estimado:

            El debate se ha abierto en la actualidad a raíz de un estudio realizado en Francia por un grupo de expertos. Según ‘La Nación'[1], un grupo de 16 expertos conducidos por el psiquiatra Claude Balier, ha examinado el problema de los agresores sexuales recidivos. En sus condiciones ordinarias, la calle es para ellos una fuente de tentaciones. ¿Qué se debe hacer con ellos? ¿Mantenerlos en prisión indefinidamente, o someterlos a tratamiento de modo tal que puedan ser puestos en libertad sin que constituyan un peligro para la sociedad? No son los únicos casos que exigen una respuesta ética[2]

            El problema urge en muchos países, pues se habla en los últimos años de un ‘dispararse’ de la agresión sexual, especialmente infantil. Según el mismo artículo de la Nación los agresores sexuales pasaron de representar en 1973 sólo el 5% de la población carcelaria, al 12,5% en 1994.

          El informe elaborado por el grupo no está de acuerdo con la creación de institutos especializados donde puedan recluirse este tipo de personajes, como existe, por ejemplo el Instituto Pinel, de Montreal. Propone, en cambio, instaurar la obligación, una vez terminado de expiar la pena, para estas personas de presentarse periódicamente ante determinadas autoridades, incluso si no vuelve a reincidir en su delito. El motivo es continuar indefinidamente el tratamiento, es decir, de someterlos a un tratamiento de antiandrógenos, lo que es llamado ‘castración química’. Esto bloquea la libido aunque no de modo irreversible.

            Francia ya ha dado, si no de derecho al menos en los hechos, autoridad a sus tribunales para ejercer este tipo de imposición. De hecho, en junio de 1996 el tribunal correccional de Toulouse condenó a un culpable de pedofilia a 4 años de prisión, y una vez puesto en libertad, a la obligación de ‘asistencia’, lo cual, sin otra precisión, equivale al tratamiento médico mencionado.

            ¿Qué criterios morales hay para el caso?

        Entre los moralistas y teólogos el tema ha sido discutido desde hace siglos. Hay que distinguir dos planos: el de summo iure (o sea, el derecho absoluto) y el plano prudencial de la conveniencia de recurrir o prescindir de algunos derechos. A su vez yo distinguiría también tres posibles finalidades en la castración: punitiva, preventiva y terapeética.

1. Castración estrictamente punitiva.

            1) Aspecto teórico

            La mayoría de los teólogos y moralistas de casi todos los tiempos han reconocido la legitimidad teórica de usar la castración (así como otro tipo de mutilación) como castigo de determinados delitos. Establecían para legitimarla una analogía con el derecho a imponer la pena de muerte al culpable. Entre otros, por ejemplo, Santo Tomás[3]; también el Magisterio la reconoce como recurso lícito para el culpable[4].

            La condición es que se trate de un sujeto ciertamente culpable y que la pena determinada cumpla las condiciones para ser justa, es decir, que además de no haber otra pena más adecuada, reúna las condiciones de ser vindicativa (que tienda a la compensación), medicinal (que sirva de correctivo para el mismo criminal) y ejemplar(que sirva para que los demás se aparten de tales crímenes).

            No veo, en cambio, mucho sentido en encuadrar la mutilación ‘química’ como algo punitivo, pero si se encontrara alguna razón, podría entrar en los mismos argumentos.

            2) Razones de conveniencia prudencial

            Hoy en día, entre los moralistas, aún aceptando la legitimidad de summo iure, casi ninguno justifica su aplicación. En general, repugna al sentido humanitario, como afirma, por ejemplo Peinador[5]. Estos autores sostienen que en cuanto vindicativa hay otras penas más adecuadas (como la cárcel, multas económicas, etc.); como medicinal o terapéutica en los casos de los delincuentes patológicos (maníacos sexuales) la pone en duda H. Bless, teniendo en cuenta muchos casos en los que ha sido ocasión para mayores desenfrenos. Lo mismo se diga respecto de su ejemplaridad. Habría que agregar el agravante de nuestra sociedad puramente utilitarista que, sin dudas, recurriría a esto como menos ‘costoso’ que otro tipo de castigo (como la prisión).

            Tal vez menos dificultoso sería admitir la práctica punitiva de la ‘castración química’. Pero, ¿tiene sentido punitivo? El disminuir el incentivo de la libido ¿es un castigo? Sólo en el caso del agresor sexual que no sea un psicópata sino una persona normal, como ocurre, por ejemplo en las violaciones realizadas en tiempo de guerra y otros casos más. Pero, en tales casos (de delincuentes normales) ¿no hay otros castigos más adecuados?

2. Como preventivo social

            La sociedad no tiene sólo el derecho de castigar al culpable sino -con más razón- de defenderse legítimamente. Es evidente que la ‘prevención’ sólo podrá realizarla respecto de quien puede temerse razonablemente un potencial ataque -en este caso sexual- es decir, del psicópata sexual agresivo. Con aquellos que no pueden controlar sus instintos sexuales y agresivos, y en quienes esto ha sido constatado, ¿puede emplear (es decir, imponer) algún medio de defensa preventiva? Evidentemente que sí, pero ¿cuál?

            La mutilación orgánica no creo que pueda considerarse ni siquiera como último remedio extremo, porque tales personas son enfermos; no se trata aquí de punición; y si hay responsabilidad, como ocurre en muchos casos, ésta tiene sus atenuantes en los disturbios psíquicos. Entonces, ¿puede seguirse hablando de castigo proporcionado a la culpabilidad? Además, la mutilación orgánica normalmente sólo quita al sujeto la capacidad de procrear, pero no la de agredir ni realizar sus actos sexuales. Muchas veces esto sólo se presta a ulteriores y mayores desenfrenos. Por eso Bless se muestra contrario a admitir el derecho del Estado en esta materia, aún conociendo la opinión favorables de muchos otros autores[6].

            En cambio, parece más fácilmente justificable -al menos en algunas circunstancias- el uso de psicofármacos; aunque con sus condiciones. Escribe, por ejemplo Sgreccia: ‘El enfermo agresivo, que puede ocasionar molestias a los familiares y vecinos puede ser tratado con psicofármacos, en nombre del principio de legítima defensa, pero habrá que considerar: 1. los riesgos para su propia vida; 2. la existencia de otros remedios eventuales más inocuos; 3. la temporalidad limitada, es decir, que tenga el carácter de ‘farmaco-tapón’. En esta categoría entran también los sujetos sexualmente agresivos hasta el límite de lo patológico. No es mi tarea precisar cuales sean los efectos colaterales a breve o larga distancia y sobre el hecho que de muchos piscofármacos tal vez no se conocen bien sus efectos, por lo cual el uso debe ser regulado con más rigor y con el criterio de lo estrictamente necesario'[7].

3. Como terapia personal

            Finalmente puede considerarse la castración como medio de terapia para ciertos enfermos mentales, es decir, no sólo como defensa de terceros inocentes (que pueden ser potencialmente agredidos) sino como terapia para el mismo enfermo. La psiquiatría reconoce el problema de ciertas enfermedades mentales que presentan como síntomas la perversión de los instintos sexuales, la imposibilidad de dominio racional sobre los mismos; normalmente es causado por disfunsiones hormonales. En algunos de estos casos la castración orgánica era justificada apelando al principio de doble efecto. Bless nos ofrece los criterios principales en su ‘Pastoral psiquiatrica’:

            -Es lícita como ‘ultimum refugium’

            -Se encuadraría en el principio de doble efecto (porque se estaría actuando sobre algo enfermo cual es la libido exacerbada por problemas hormonales; hay proporción entre los beneficios para el paciente y los daños que sufre, etc.).

            -No debe aplicarse más que a los psicópatas sexuales que sufren seriamente con su necesidad morbosa y no pueden resistir con su sola voluntad.

            -Debe obrarse con consentimiento del enfermo (porque aquí no estamos ante algo punitivo ni para defensa de terceros).

            Lo dicho vale con mayor razón para el recurso a medios químicos, SIEMPRE Y CUANDO se conozcan sus posibles efectos colaterales y éstos -en caso de darse- no desequilibren los efectos buenos que se buscan con el tratamiento.

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] LA NACIÓN, 9 de agosto de 1996, p. 7.

[2] En DIARIO UNO (8 de abril de 1996) apareció la noticia de un Pederasta (Larry Don McQuay) quien a punto de salir de la prisión en Texas pedía ser ‘castrado’. Había confesado haber abusado de niños en más de 240 oportunidades. Si bien salía por buena conducta, no quería se libre ‘tal como es’, ‘para no volver a sentir la necesidad de perseguir niños’. El debate ético en los EEUU giraba en torno a si las autoridades públicas pueden o no acceder a sus deseos.

[3] ‘… Como todo hombre se ordena, como a su fin, a la sociedad entera, de la que es parte, … puede suceder que la mutilación de un miembro, aunque redunde en detrimento de todo el cuerpo, sirva, sin embargo, al bien de la sociedad, en cuanto se impone a alguno como castigo para escarmiento de los pecadores. Por consiguiente, así como el poder público puede lícitamente privar a uno totalmente de la vida por ciertas culpas mayores, así también puede privarle de un miembro por algunas culpas menores’ (Santo Tomás, Suma Teológica, II-II, 65, 1).

[4] Por ejemplo, Pío XI en la Casti Connubii la declara ilícita ‘cuando no existe culpa ni causa alguna de pena cruenta’.

[5] Peinador, Moral Profesional, BAC, Madrid 1962, nº 636.

[6] Cf. H. Bless, Pastoral Psiquiatrica, Ed. Razón y Fe, Madrid 1966, p. 282.

[7] E. Sgreccia, Manuale di Bioetica, Ed. Vita e Pensiero, Milano 1991, T. II, p. 73.

¿Puede separarse quirúrgicamente a dos mellizos siameses que comparten un mismo corazón y parte del hígado?

Pregunta:

¿Puede separarse quirúrgicamente a dos mellizos siameses que comparten un mismo corazón y parte del hígado?

 

Respuesta:

El caso en cuestión se plantea por las mellizas Amy y Angela Lakeberg, nacidos el 29 de junio de 1993 en el Centro Médico de la Universidad Loyola, cerca de Chicago. Fue analizado brevemente por Wm.B. Smith, en ‘Homiletic & Pastoral Review’, March 1994, pp. 68-69).

            Unidos desde el pecho hasta el ombligo, compartían un corazón malformado de seis cámaras. En tal estado tenían una esperanza de vida de 6 a 7 semanas. Los médicos del Hospital de Niños de Philadelphia ofrecieron operarlas: se trataba de separarlas teniendo por resultado la muerte de una de las mellizas y una posibilidad de sobrevida de la otra inferior al 1%.

            Se consultó a varios teólogos. Muchos de ellos afirmaron que se trataba de un caso extraordinario de principio de doble efecto. Lo que parecía, de todos modos, no justificar el recurso a este principio eran los gastos excesivos (más de 1 millón de dólares).

            ¿Qué decir?

            1) En el mejor de los casos, si se tratara de un caso de doble efecto, estaríamos: en un caso no obligatorio, entre otras cosas por los enormes gastos.

            2) Pero, todavía hipotizando que caiga bajo tal principio, se presenta la dificultad del mínimo éxito: la muerte segura de una de las niñas y la posibilidad de sobrevida del 1% de la otra. Con tal tipo de resultado ¿se trata de terapia o de experimentación?

            3) Pero, ¿estamos ante un caso de doble efecto? Esto parece ser lo más dudoso:

            a) Intención: no hay dificultad puesto que se trata de salvar alguna de las mellizas.

            b) Proporcionalidad: parece haber proporción entre el efecto bueno y el malo, puesto que se permite la muerte de uno buscando la vida de otro; o sea no es para alcanzar un bien económico sino una vida (sería semejante a cuando uno da la vida por otra persona: se justifica porque vale la pena dar la vida para que otro no la pierda).

            c) El problema parece ser el objeto moral del acto que se ha de poner. Éste no parece ser ni bueno ni tampoco neutral, porque se trata de asignar el corazón y los vasos conectores al que tiene más chance de sobrevivir; esto priva del derecho que tiene la otra niña al único corazón que comparten, por lo que el mismo acto produce la muerte. Esta muerte no será querida como un fin, pero es prevista e intentada como una condición necesaria para la esperanza de éxito de dar la otra vida.

            d) Por esta misma razón, habría que dudar si no hay un cierto nexo de causalidad entre los dos efectos, o sea, que la vida de una sea producida matando a la otra. Algunos consideran que esta condición (la de que no haya nexo de causalidad entre el efecto malo y el bueno, o sea que el bueno no sea causado por el malo) aquí no es el problema (por ejemplo Smith, el autor del artículo).

            La solución más razonable (si no es la única moralmente admisible) es, pues, la que expuso el dominico Albert Moraczweski: ‘moralmente es mejor, aún si no lo es desde el punto de vista sentimental, que ambas mellizas mueran por muerte natural, en este caso por el defectuoso corazón, que es inadecuado para soportar ambas vidas, y no que privar a una de la vida para dársela a la otra’ (Cf. ‘Ethics & Medics’, v.18, 11 [November 1993], p.2).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

transexualismo

¿Cuál es la moralidad sobre la cirugía de cambio de sexo?

Pregunta:

¿Cuál es la moralidad sobre la cirugía de cambio de sexo?

Respuesta:

Estimado:

El problema planteado gira en torno al llamado ‘transexualismo’. Al respecto no hay pronunciamientos explícitos del Magisterio; sólo pueden hacerse referencias a las enseñanzas generales sobre la sexualidad humana[1].

1. Elementos generales sobre sexualidad humana

Desde el punto de vista médico hay tener en cuenta lo que se denomina:

-Sexo cromosómico: es el resultado objetivo de la fecundación; todo individuo nace con un sexo determinado que sólo puede ser masculino (por la presencia de un cromosoma ‘Y’) o femenino (por la ausencia de un cromosoma ‘Y’). Está además objetivamente probado que es el sexo genético el que determina las demás componentes biológicas del sexo. Uno es hombre o mujer desde el momento de la concepción.

-Sexo gonádico: se basa sobre las características de las glandulas sexuales; el varón posee tejido testicular, la mujer tejido ovárico.

-Sexo de los conductos genitales: el conducto de Müller es propio de la mujer; el de Wolff es propio del hombre.

-Sexo fenotípico o genital: son las características aparentes que se dan a nivel de los genitales externos. Es en este nivel que se hace la atribución social del sexo de una persona: según las características que muestre al nacer

En la sexualidad física normal hay armonía y concordancia entre los predichos componentes. Existen anomalías que determina un cierto estado de ‘intersexualidad’ cuando hay discordancia entre los caracteres genéticos, gonádicos, ductales y fenotipicos del sexo. Las principales anomalías son:

-Pseudohermafroditismo: es la discordancia entre las caraterísticas genitales y las glandulares. Puede ser pseudohermafroditismo femenino (genitales masculinos y glandulas femeninas, es decir, ovarios) o masculino (genitales femeninos y glandulas masculinas, es decir, testiculares).

-Verdadero hermafroditismo: es muy raro y se caracteriza por la presencia contemporánea de tejidos ovaricos y testiculares. Se dan también varias hipótesis: que presente un fenotipo prevalentemente masculino, o bien femenino.

El ‘transexualismo’ es algo diverso: designa el conflicto entre el sexo físico en sus componentes arriba mencionados y la ‘tendencia psicológica’ que es ‘experimentada’ en sentido opuesto. En la casi totalidad se trata de sujetos de sexo físico masculino que psicológicamente se siente mujeres o tienden a identificarse con el sexo femenino. Más raros son los casos opuestos.

El transexualismo se presenta como un síndrome en el cual existe una pulsión psicológica, aparentemente primaria (o al menos surgida en tiempos remotos), de pertenecer al sexo opuesto al genético, endócrino, fenotípico; pulsión que es acompañada por un comportamiento psico-sexual de tipo netamente opuesto al previsto por el sexo anatómico y que se asocia al deseo obsesivo de ‘liberarse’ de los atributos genitales poseídos y adquirir los del sexo opuesto. Se distingue, por tanto, de la homosexualidad y del travestismo. En la homosexualidad no hay deseo de cambiar de sexo sino de tener relaciones sexuales con sujetos del mismo sexo; en el travestismo tampoco hay deseo de cambiar de sexo sino de vestirse con ropas propias del sexo opuesto como condición para alcanzar la exitación sexual (pero la relación sexual se busca con sujetos del sexo opuesto).

Volviendo al transexualismo, hay que decir que, desde el punto de vista científico la intervención medico-quirúrgica (hecha para adecuar las apariencias físicas externas a las tendencias psicológicas) no supera el conflicto ni recompone la armonía con el nuevo sexo, sino que parece agravar el sentido de frustración; la operación más perfecta no realiza jamás una verdadera y propia mutación de sexo.

2. Moralidad de la cirugía sobre el sexo

1) Los casos de ambigüedad sexual. En el caso de los sujetos que presentan alguna de las formas de anomalías en el plano físico, por la copresencia de elementos anatómicos de ambos sexos (hermafroditismo, pseudohermafroditismo), la intervención quirúrgica no ha suscitado nunca dudas morales. El problema, en este orden de cosas, se plantea sobre qué dirección debe tomar la cirugía (es decir: qué sexo hay que hacer prevalecer y cuál hay que hacer desaparecer). Hay que decir:

-Cuando la conformación externa es suficientemente definida y el paciente ignora la discordancia de su sexo genital con su sexo glandular y cromosómico (es el caso de que se da cuenta sólo el médico o el especialista, por ejemplo, al hacer una intervención quirúrgica de hernia): es moralmente obligatorio mantener oculta esta discordancia al paciente, porque es difícilmente corregible y no puede llevar a otra cosa que turbación en el sujeto.

-Cuando la ambigüedad es relevable también en los genitales externos y los padres (o el mismo interesado) piden una cirugía correctiva, habrá que tener en cuenta (para ver si se privilegian los caracteres femeninos o masculinos): a) qué intervención tiene, desde el punto de vista técnico, más posibilidades de éxito; b) cuál sexo alcanza la mayor armonía con los demás elementos del sexo físico (gonádico, cromosómico); c) las posibilidades futuras de realizar el acto conyugal (pues tal es la finalidad del sexo); d) la posibilidad de obtener también la fertilidad.

2) La adecuación del sexo genital con la tendencia sexual psíquica (transexualismo propiamente dicho). No es lícito nunca, ni siquiera cuando sea verdadero (como algunos defienden) la irreversibilidad del problema psíquico (cuando sea imposible tratar el problema psicológico de la persona que se ‘siente’ del otro sexo). No se trata de ningún tipo de ‘rectificación’ del sexo sino simplemente de una castración, esterilización, mutilización o privación de una verdadera función sexual que, de suyo, es totalmente sana; el problema es de orden psicológico. Además, no hay un ‘cambio de sexo’ propiamente dicho, pues no se cambia el sexo gonádico ni cromosómico; simplemente se introduce una nueva asintonía entre el sexo gonádico y cromosómico, por un lado, y, por otro, el psíquico y -ahora- el genital externo. No se puede considerar esta intervención como un acto terapéutico, pues se interviene sobre una parte físicamente no enferma.

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Me baso todo en Sgreccia, E., Manuale di Bioetica, Vita e Pensiero, Milano 1988, 373-398.

enfermo de sida

¿Me gustaría saber cuál es la posición de la Iglesia ante los enfermos de Sida?

Pregunta:

Me gustaría saber cuál es la posición de la Iglesia ante los enfermos de Sida

 

Respuesta:

Hay que distinguir entre la actitud que hay que tener hacia los enfermos de Sida y la que hay que tener hacia la enfermedad del Sida y sus causas.

  1) Ante los enfermos de Sida la Iglesia predica la misericordia y el trato caritativo que merece todo enfermo, no importa cuál sea su enfermedad ni el modo en que la haya contraído. Elocuente ejemplo de esto es el hecho de que la Iglesia haya abierto casas para atender a estos enfermos, como por ejemplo las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta que abrieron el primer local para ellos en Estados Unidos. Si es posible ayudarlos a sanar hay que hacer, y si no, al menos explicarles el sentido del dolor y de la muerte, darles una puerta cristiana hacia la esperanza.

  2) En cambio, distinta es la actitud hacia la enfermedad en sí misma y hacia las causas de su difusión. Ante esto hay que tener en cuenta de que se trata de una grave epidemia, pero capaz de ser controlada. Siendo las principales vías de expansión la promiscuidad sexual (especialmente en el ambiente homosexual) y la drogadicción, hay que apuntar a dos cosas: informar con veracidad sobre el problema y  educar las virtudes que impiden los comportamientos ‘de riesgo’. Por tanto, es a través de la educación del amor verdadero, de la castidad conyugal y de la fidelidad matrimonial, como se puede canalizar una auténtica lucha de prevención contra el Sida. En cambio es totalmente falsa y perniciosa la campaña mal llamada ‘del sexo seguro’, es decir, el uso del preservativo para evitar el contagio. El preservativo, por un lado, no es técnicamente seguro; y, por otro, es falsa expresión del amor y por tanto sólo contribuye a crear una mentalidad de falso amor y de promiscuidad sexual, la cual es la mentalidad propia en que se cultiva la epidemia del Sida.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Sida

¿Cómo debemos considerar el SIDA desde la moral católica?

Pregunta:

¿Cómo debemos considerar el SIDA desde la moral católica?

Respuesta:

Transcribo a continuación una conferencia que he dado en un congreso sobre el SIDA en San Rafael (27/04/95 ) .

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Quisiera comenzar con una historia, entre fábula y parábola. Hace varios siglos atrás en uno de los tantos minúsculos reinos orientales, el monarca llamó a sus tres principales consejeros, y les puso este problema: «Desde que mis soldados volvieron de conquistar las comarcas vecinas la peste se ha encarnizado en mi reino y cada vez se extiende más, ¿qué debo hacer?». Los tres pensaron un poco y luego, cada uno a su turno dieron su consejo al Rey.

El primero le dijo: «Conviene que llames a los mejores médicos de los reinos vecinos; construye grandes tiendas para albergar a los enfermos y pregunta a nuestros ancianos cuáles son las hierbas y las medicinas más adecuadas para curarlos».

El segundo le dijo: «Encierra a todos los que están enfermos en la isla que tienes al norte del reino, para que no contagien a nadie más; y a todos los que hayan estado en contacto con ellos obsérvalos: si se enferman mándalos también allí, si no que se queden, pero vigilados».

El tercero le dijo: «Haz lo que dice el primero; no hagas lo que te dice el segundo; pero por sobre todo cambia las costumbres morales de tu ejército, de lo contrario te fatigarás en vano, y a la postre también tú y nosotros moriremos apestados».

El Rey nombró al tercero como su único consejero y a los otros dos los mandó a cuidar enfermos.

Dejemos por ahora esta historia…

* * * * *

Si pretendemos hablar del SIDA hemos de tener en cuenta que estamos tratando de una epidemia, o mejor -debido a las dimensiones que ha tomado y que tomará según los más razonables cálculos- de una pandemia . Y como ante cualquier enfermedad de tal envergadura, las preocupaciones de toda persona sensata, con un mínimo de solidaridad, son dos: 1º que no se enfermen los sanos; 2º ayudar cuanto se pueda a los que están enfermos. Lo primero se dice «prevención», lo segundo «asistencia». Como me han pedido que hable de los problemas morales relacionados con el SIDA, me referiré brevemente a las cuestiones morales o éticas implicadas en uno y otro aspecto.

1. La prevención .

Prevenir significa anticiparse a una situación. Cuando se trata de prevenir algo que no deseamos que suceda, será el realizar cuanto sea necesario y verdaderamente eficaz para que tal situación no se dé. Todo ser racional sabe que para prevenir algo desagradable debe buscar aquellos medios que sean eficaces (nadie busca curar el cáncer con té de tilo) y que respeten la dignidad e integridad de la persona (para prevenir que se me encarne una uña podría cortarme todos los dedos, pero eso no respeta mi integridad ni mi dignidad).

Estas dos cosas (la eficacia y el respeto por la dignidad) son esenciales para establecer la moralidad o inmoralidad de todo cuanto se haga para prevenir la enfermedad de la que estamos tratando. Y para conseguir esto, es decir, que los sanos no se enfermen [y eventualmente que los enfermos no se enfermen más] hay sólo dos medios u objetivos que deben procurarse: una correcta información y una recta educación.

a) Los dos objetivos.

-La correcta información. Lo primero debe dirigirse a la inteligencia y es enseñar la verdad. Como dice el Papa: sin miedos infundados, pero también sin falsas esperanzas. Muchas de las causas por las que el SIDA crece en proporciones alarmantes provienen de una información falsa o parcializada sobre el mismo, sobre sus causas, los medios para combatirlo, los medios de prevenirlo.

-La recta educación . Este segundo aspecto se dirige a la voluntad. Para que alguien sea consecuente con lo que se le informa, es decir, para que lleve a la práctica, a su vida, lo que se la dicho (y no quede, por tanto, en puras palabras) tiene que tener fuerza de voluntad, tiene que tener las virtudes que le capaciten para vivir según lo que sabe.

b) Tres enfoques informativo-educativos actuales.

Pues bien, hoy día no todos proponen ni realizan la misma información y educación para prevenir el SIDA. Podemos decir que sobre esto hay tres posturas, tres tipos de información y educación diversos, que responden a tres concepciones diversas de la vida, de la moral, del hombre:

a. Ante todo, tenemos y muy difundida una concepción que algunos llaman ‘medico-epidemiológica’ ; es puramente positivista (apunta a lo que aparentemente tenga más éxito inmediato); esta concepción razona así: allí donde no se pueda obtener la abstinencia de la droga o de las relaciones sexuales riesgosas, se debe insistir en el uso de la jeringa personal y descartable y del preservativo. En consecuencia, ‘informan’ sobre ‘el sexo y la droga seguros’. Reconocen que esto no tiene total seguridad, pero insisten en que reduce en algo los riesgos. El único criterio son los porcentajes. El uso de estos elementos reduce el porcentaje de contagios…. es por tanto, bueno. Ahora bien, suponiendo que esto tiene alguna efectividad, ¿se puede decir que el fin justifica los medios? Desde el punto de vista moral esto es una postura inaceptable. En otro orden de cosas sería la misma concepción que justificó hace medio siglo las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki para poner fin a la guerra con Japón. ¿Por qué esa masacre de inocentes nos parece aberrante, mientras que la aplicación del mismo principio en nuestro caso no nos choca? Si los principios que usamos con tranquilidad de conciencia, cuando son aplicados a otro tema conducen a aberraciones, es señal que son erróneos y que debemos abandonarlos cuanto antes. Entonces, el problema aquí subyacente no es la mayor o menor efectividad, o bien que los fines no sean laudables, sino que el acto mismo que se realiza es inmoral y no puede ser justificado bajo ningún criterio moral.

Por otra parte, aun desde el punto de vista de la efectividad esta posición se caracteriza por una falsedad fundamental, a saber, la de la pretendida eficacia, ya que no es tan efectiva como pretende [1]; si a esto se suma el problema cultural del que luego hablaremos cabe dudar incluso del valor material de esta campaña.

b. En segundo lugar, tenemos la concepción ‘ideológica’ . Es la de los que promulgan la liberación sexual (homo-hetero y bisexual) y la liberación de la droga. Sus portavoces sostienen las campañas de ‘sexo-droga libre’. En general, como se ha visto en algunos lugares (Europa, EEUU), minimizan el peligro del SIDA, afirmando que de trata de un montaje alarmista manipulado por grupos culturales nostálgicos de una moral represiva. Acusan especialmente a la moral católica. No hacen falta palabras para refutarla; lo hacen los hechos y las estadísticas.

c. Por último, está la posición que parte, ante todo, de la visión integral de la persona humana, que busca evitar la infección y el contagio no aisladamente, sino con actos y dentro de un modelo de vida que promuevan el bien integral de la persona humana, y respeten su dignidad y la ley moral que la salvaguarda.

-Ante todo, ésta enseña que no puede intentar salvarse un aspecto humano (la salud o la vida) produciendo el detrimento de otro (como la vida espiritual o la vida psíquica) [2].

-En segundo lugar, parte de la visión integral y completa de la enfermedad que trata de evitar. Esta visión integral nos lleva a considerar, no sólo los efectos, sino también las causas de la enfermedad. Todo efecto tiene una causa, y si no queremos los efectos, debemos prevenir ante todo que no se verifiquen las causas: las goteras no se solucionan poniendo baldes sino arreglando el techo.

Hay que reconocer que muchos casos de transmisión del SIDA no están ligados a ningún comportamiento deshonesto; de hecho, muchos enfermos han contraído la enfermedad por una transfusión con sangre infectada, o en el período de gestación en el seno materno, o contagiados por el cónyuge legítimo ignorante tal vez de la enfermedad que llevaba, o bien -algún caso hay- atendiendo a los enfermos. Sin embargo, estos casos, aún siendo muchos, no son sino un pequeño porcentaje entre las demás causas de la difusión del mal del SIDA. La causa principal ha sido, y sigue siendo (como lo demuestra elocuentemente el estudio de los ambientes en que se difunde), la promiscuidad sexual y la drogadicción y, por consecuencia, el ambiente cultural en que estos dos males de nuestro tiempo se cultivan y que el Papa Juan Pablo II ha denominado «la cultura de muerte».

• En efecto, en muchos casos esta enfermedad se enmarca por un lado en la cultura hedonista que propone como ideal supremo el placer y singularmente el placer del sexo; y que por eso alienta y alimenta la promiscuidad sexual, la sexualidad prematrimonial, extramatrimonial, la homosexualidad, la bisexualidad, la degeneración sexual, la destrucción del ideal del matrimonio monogámico y fiel, y la destrucción de la familia.

• Por otro lado, se cultiva en la cultura cerrada a la vida e incluso antivida . ¿Cuántas de las manifestaciones más características de nuestro tiempo (y por las que nuestra época será tristemente recordada en la historia) no suponen acaso el desprecio y la conculcación de la vida? La sexualidad cerrada a la transmisión de la vida, el aborto, la eutanasia, la manipulación y destrucción de embriones, la guerra, la violencia, el suicidio. Y lo que es peor y el punto más elocuente de la gravedad de nuestra situación, a saber, que muchas de estas cosas que son signo de muerte, nuestra sociedad (nuestros científicos, nuestros literatos, nuestros medios de comunicación, nuestras leyes) no sólo las toleran sino que las justifican. Por eso dice el Papa en su última encíclica: «… Se va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y -podría decirse- aún más inicuo…: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual» [3]. Junto a esta justificación, el otro hecho gravísimo es la insensibilidad de nuestra conciencia: «… No menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma… le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana» [4]. Por eso decía el Papa que junto a la difusión del SIDA se ha ido también difundiendo una especie de inmunodeficiencia en el plano de los valores morales [5].

Desde este ángulo es fácil darse cuenta que es muy infantil pensar que la causa de la transmisión del SIDA podría ser el descuidado uso de las jeringas por parte de los drogadictos, o la práctica del sexo sin preservativo. No es eso, es, más profundamente, el fenómeno cultural de la drogadicción, el fenómeno de una falsa sexualidad, y la mentalidad que está detrás de uno y otro hecho.

De ahí que la campaña del preservativo o de la jeringa descartable no sean sino unclamoroso acto farisaico . Las campañas higiénicas contra el SIDA creen que protegen contra la epidemia repartiendo o aconsejando el uso de preservativos para que realicen ‘sin riesgo’ y libremente los actos sexuales y lo mismo se diga de la gratuita distribución de jeringas descartables. En realidad, con esto se va creando y promoviendo la mentalidad en la cual el SIDA se alimenta y expande. Como indica el actual secretario de la Pontificia Comisión para la Familia, Mons. Sgreccia, en las personas que practican la homosexualidad, la prostitución y la promiscuidad sexual, la ilusión o falsa seguridad del preservativo podría llevar a graves consecuencias en cuanto a la difusión del contagio.

Más aún. Con tales campañas se hacen dos actos más nefastos todavía: primero confunden las inteligencias de los incautos que creen que el sexo ‘seguro’ (?) es lícito sólo con la condición de que sea ‘seguro’. Segundo: con la excusa de ‘informar’ sobre este modo de prevenir el contagio despiertan la curiosidad y la malicia, haciendo perder la inocencia, la pureza, la castidad a muchísimos jóvenes y niños. ¿Cuántas veces, la ‘información’ para prevenir el SIDA no se ha convertido en un incentivo, en una incitación, en una invitación, en un estímulo para el pecado?

Por tanto, hay que atacar las causas, cambiar la mentalidad, cambiar los corazones y, sobre todo, educar en la virtud. Hoy en día, en muchos países se va tomando conciencia de que lo único verdaderamente seguro es la vida conyugal y familiar. Ella puede preservar de la tentación de recurrir a ambientes donde circule la droga y además porque la vida sexual intraconyugal es la única vía segura para evitar los peligros que vienen por el abuso de la sexualidad.

Esto está bien, pero no basta. El vivir de acuerdo con las leyes de la sana moral no es ni debe ser una especie de ‘profiláctico social’, es decir, que sólo hay que vivir moralmente bien para ‘no contagiarse’. No es así. Hay que vivir moralmente bien porque en ello está la perfección humana espiritual y sobrenatural, porque sólo así respetamos nuestra dignidad, sólo así maduramos, sólo así cumplimos la voluntad de nuestro Creador y sólo así alcanzamos el Fin para el que hemos sido creados.

La castidad (absoluta en quien no está casado y conyugal en quien lo está) es el mejor medio, el más seguro y eficaz, para evitar el SIDA, pero no sólo para eso. Se puede ser casto por miedo al SIDA, y eso no es virtud. Y cuando no hay virtud, seguirá latente el riesgo de que en algún momento se tire todo por la borda, especialmente cuando el único móvil es el temor a la infamia, a la enfermedad o a la muerte. Porque como nuestra sociedad va inyectando gérmenes de muerte en nuestro pensamiento, para aquéllos que no encuentran sentido a la vida, la muerte se convierte en un hecho que hay que afrontar tarde o temprano.

Por tanto, la única y la mejor prevención es el educar en las virtudes. La virtud de la fortaleza, de la caridad, de la esperanza, de la castidad… Mientras no trabajemos por este lado estaremos sembrando en un salitral.

2. La asistencia.

El segundo aspecto es la asistencia a los enfermos de SIDA. El enfermo de SIDA es un enfermo más, un ser que sufre. Cómo se contagió es algo que tiene que arreglar entre él y Dios. Moralmente estamos obligados a prestarle toda nuestra ayuda, espiritual, material, psicológica y moral se trate de quien se trate.

Es más, teniendo en cuenta que la gran mayoría de los enfermos provienen o viven en esa cultura que hemos señalado anteriormente, necesitan más que cualquier otro enfermo nuestra atención.

Ellos necesitan de nosotros:

-ante todo, todos nuestros esfuerzos materiales, médicos, económicos, para ayudarlo y tratar de sanarlos si fuese posible…
-que se les explique el sentido del sufrimiento, del dolor y de la muerte
-que se les enseñe que también por ellos murió Jesucristo en la Cruz
-que se les dé consuelo; no nos damos cuenta de cuántos son los que mueren abandonados, en la miseria de la soledad, rechazados y cuántos pueden morir desesperados por causa de nuestra indiferencia o de nuestro rechazo. Jesucristo no obró así; la Iglesia nunca obró así. Nosotros no podemos obrar así.

Si la caridad ha de ser nuestro distintivo, estos enfermos son nuestra oportunidad para vivirla y para que no nos limitemos a pronunciarla con los labios. A los enfermos no los ayudamos con Congresos sino con nuestra caridad operante. Moralmente ¿qué tenemos que hacer? Jesucristo lo dijo con palabras muy sencillas: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, dar posada al peregrino, visitar a los enfermos y a los presos.

* * * * *

Volviendo a la parábola con la que empezamos:

-el que aconsejó al rey perfeccionar sus servicios médicos, tenía buenas intenciones, pero una estrategia insuficiente e ineficaz: tal vez podría mejorar momentáneamente la situación, pero si siguen vivas las causas que lo desencadenaron, tarde o temprano lo volverán a desencadenar una vez más;

-el que aconsejó mandarlos a la isla es la figura del hombre cómodo y discriminador, el hombre sin corazón y sin misericordia;

-el tercero es el hombre prudente: curemos a los enfermos y tratemos que los sanos cambien sus costumbres para que el mal no sea sólo ‘contenido’ sino ‘vencido’.

Empecé con una parábola, termino con otra. Un hombre baja de Jerusalén a Jericó y unos ladrones le robaron lo que tenía, lo apalearon y lo dejaron desnudo, y malherido. Pasó por allí un hombre que tenía por oficio hacer misericordia y viéndole pasó de largo porque, creyéndolo enfermo, tuvo miedo de comprometerse, de contagiarse o de arriesgarse; pasó luego otro cuyo oficio era predicar sobre la amistad entre los hombres e hizo lo mismo: no tenía tiempo porque iba ocupado pensando su próximo discurso sobre el amor a los hombres. Pasó finalmente un hombre que todos consideraban enemigo y de trato indigno, pero éste viéndolo se conmovió, limpió y curó sus heridas, y cargándolo sobre su mula lo llevó a una posada y dándole todo su dinero al posadero se lo encargó diciendo: «cuida de él y no repares en gastos; cuando yo vuelva si gastaste algo de más te lo pagaré».

Jesucristo dijo que sólo este último se comportó como prójimo del desgraciado. Jesucristo se estaba describiendo a Sí mismo, y también a nosotros, puesto que poco más tarde diría «obrad según yo os he dado ejemplo».

P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] El Dr. Miroli, rector del programa nacional del lucha contra el sida, afirmó a un periodista, después de su ponencia en el Congreso de bioética de Rosario que ’82 de cada 100 preservativos en circulación, no sirven ni para bombitas de agua’ (Cf. Boletín de la Liga por la Decencia, Rosario, marzo de 1993, p.3).

[2] Cf. Donum vitae, Introducción, 3.

[3] Evangelium vitae, nº 4.

[4] Ibid.

[5] Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, 26/11/89, p. 6, nº 4.