exorcismos

¿Qué es el exorcismo para la Iglesia Católica?

Pregunta:

Hola! Mi nombre es E. C., de Guatemala, y necesito alguna ayuda de su parte. Desearía saber si el exorcismo tiene alguna conexión o relación con la moral o la ética.

Respuesta:

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma sobre el exorcismo: ‘Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (Mc 1,25ss), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar (Cf. Mc 3,15; 6,7.13; 16,17). En forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del Bautismo. El exorcismo solemne sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia. Muy distinto es el caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica. Por tanto, es importante asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de una presencia del Maligno y no de una enfermedad’ (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1673).

Por su parte el Código de Derecho Canónico establece: ‘Sin licencia peculiar y expresa del Ordinario del lugar, nadie puede realizar legítimamente exorcismos sobre los posesos. El ordinario del lugar concederá esta licencia solamente a un presbítero piadoso, docto, prudente y con integridad de vida’ (Código de Derecho Canónico, 1172).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

papa

Pedro y el papado: ¿cómo sabemos que Pedro fue el primer papa?

Pregunta:

Quisiera saber… acerca de la veracidad de que San Pedro estuvo en Roma y fue el primer papa y cómo podría yo decirles o demostrar que esto es cierto a quienes lo cuestionan.

 

Respuesta:

Estimada:

1. El Primado de Pedro

a) El dogma

Cristo constituyó al apóstol San Pedro cómo primero entre los apóstoles y como cabeza, visible de toda la Iglesia, confiriéndole inmediata y personalmente el primado de jurisdicción. Para los católicos esto es una verdad de fe.

El concilio Vaticano I definió (cf. Dz 1823) y lo repitió con fuerza el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, n.18).

La cabeza invisible de la Iglesia es Cristo glorioso. Pedro hace las veces de Cristo en el gobierno exterior de la Iglesia militante, y es, por tanto, vicario de Cristo en la tierra.

Se oponen a este dogma la Iglesia ortodoxa griega y las sectas orientales, algunos adversarios medievales del papado (Marsilio de Padua y Juan de Jandun, Wicleff y Hus), todos los protestantes, los galicanos y febronianos, los Viejos Católicos (Altkatholiken) y los modernistas. Según la doctrina de los galicanos (E. Richer) y de los febronianos (N. Hontheim), la plenitud del poder espiritual fue concedida por Cristo inmediatamente a toda la Iglesia, y por medio de ésta pasó a San Pedro, de suerte que éste fue el primer ministro de la Iglesia, designado por la Iglesia (‘caput ministeriale’). Según el modernismo, el primado no fue establecido por Cristo, sino que se ha ido formando por las circunstancias externas en la época postapostólica (Dz 2055 s).

b) Fundamento bíblico

Cristo distinguió desde un principio al apóstol San Pedro entre todos los demás apóstoles. Cuando le encontró por primera vez, le anunció que cambiaría su nombre de Simón por el de Cefas = roca: ‘Tú eres Simón, el hijo de Juan [según la Vulgata: de Jonás]; tú serás llamado Cefas (Jn 1,42; cf. Mc 3,16). El nombre de Cefas indica claramente el oficio para el cual le ha destinado el Señor (cf. Mt 16, 18). En todas las menciones de los apóstoles, siempre se cita en primer lugar a Pedro. En Mt se le llama expresamente ‘el primero’ (Mt 10,2). Como, según el tiempo de la elección, Andrés precedía a Pedro, el hecho de aparecer Pedro en primer lugar indica su oficio de primado. Pedro, juntamente con Santiago y Juan, pudo ser testigo de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 37), de la transfiguración (Mt 17, 1) y de la agonía del Huerto (Mt 26, 37). El Señor predica a la multitud desde la barquilla de Pedro (Lc 5, 3), paga por sí mismo y por él el tributo del templo (Mt 17, 27), le exhorta a que, después de su propia conversión, corrobore en la fe a sus hermanos (Lc 22, 32); después de la resurrección se le aparece a él solo antes que a los demás apóstoles (Lc 24, 34; 1 Cor 15, 5).

A San Pedro se le prometió el primado después que hubo confesado solemnemente, en Cesárea de Filipo, la mesianidad de Cristo. Díjole el Señor (Mt 16, 17-19): ‘Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado. sino mi Padre que está en las cielos. Y yo te digo a ti que tú eres Pedro [= Cefas], y sobre esta roca edificaré yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos’.

Estas palabras se dirigen inmediata y exclusivamente a San Pedro. Ponen ante su vista en tres imágenes la idea del poder supremo en la nueva sociedad que Cristo va a fundar. Pedro dará a esta sociedad la unidad y firmeza inquebrantable que da a una casa el estar asentada sobre roca viva; cf. St 7,24 y siguientes. Pedro ha de ser también el poseedor de las llaves, es decir, el administrador del reino de Dios en la tierra; cf. Is 22,22; Apoc 1,18; 3,7: las llaves son el símbolo del poder y la soberanía. A él le incumbe finalmente atar y desatar, es decir (según la terminología rabínica): lanzar la excomunión o levantarla, o también interpretar la ley en el sentido de que una cosa está permitida (desatada) o no (atada). De acuerdo con Mt 18,18, donde se concede a todos los apóstoles el poder de atar y desatar en el sentido de excomulgar o recibir en la comunidad a los fieles, y teniendo en cuenta la expresión universal (‘cuanto atares… cuanto desatares), no es lícito entender que el pleno poder concedido a San Pedro se limita al poder de enseñar, sino que resulta necesario extenderlo a todo el ámbito del poder de jurisdicción. Dios confirmará en los cielos todas las obligaciones que imponga o suprima San Pedro en la tierra.

Contra todos los intentos por declarar este pasaje (que aparece únicamente en San Mateo) como total o parcialmente interpolado en época posterior resalta su autenticidad de manera que no deja lugar a duda. Asta se halla garantizada, no sólo por la tradición unánime con que aparece en todos los códices y versiones antiguas, sino también por el colorido semítico del texto, que salta bien a la vista. No es posible negar con razones convincentes que estas palabras fueron pronunciadas por el Señor mismo. No es posible mostrar tampoco que se hallen en contradicción con otras enseñanzas y hechos referidos en el Evangelio.

El primado se lo concedió el Señor a Pedro cuando, después de la resurrección, le preguntó tres veces si le amaba y le hizo el siguiente encargo: ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ (Jn 21,15-17). Estas palabras, lo mismo que las de Mt 16,18s, se refieren inmediata y exclusivamente a San Pedro. Los ‘corderos’ y las ‘ovejas’ representan todo el rebaño de Cristo, es decir, toda la Iglesia; cf. Jn 10. ‘Apacentar’, referido a hombres, significa lo mismo que gobernar (cf. Act 20,28), según la terminología de la antigüedad profana y bíblica. Pedro, por este triple encargo de Cristo, no quedó restaurado en su oficio apostólico (pues no lo había perdido por su negación), sino que recibió el supremo poder gubernativo sobre toda la Iglesia.

Después de la ascensión a los cielos, Pedro ejerció su primado. Desde el primer momento ocupa en la comunidad primitiva un puesto preeminente: Dispone la elección de Matías (Act 1,15ss); es el primero en anunciar, el día de Pentecostés, el mensaje de Cristo, que es el Mesías muerto en la cruz y resucitado (2,14 ss); da testimonio del mensaje de Cristo delante del sanedrín (4,8 ss); recibe en la Iglesia al primer gentil: el centurión Cornelio (10,1 ss); es el primero en hablar en el concilio de los apóstoles (15,17 ss); San Pablo marcha a Jerusalén ‘para conocer a Cefas’ (Gal 1,18).

c) El testimonio de los padres de la Iglesia.

Los padres, de acuerdo con la promesa bíblica del primado, dan testimonio de que la Iglesia está edificada sobre Pedro y reconocen la primacía de éste sobre todos los demás apóstoles. TERTULIANO dice de la Iglesia: ‘Fue edificada sobre él’ (De monog. 8). SAN CIPRIANO dice, refiriéndose a Mt 16,18s: ‘Sobre uno edifica la Iglesia’ (De unit. eccl. 4). CLEMENTE DE ALEJANDRÍA llama a San Pedro ‘el elegido, el escogido, el primero entre los discípulos, el único por el cual, además de por sí mismo, pagó tributo el Señor’ (Quis dives salvetur 21,4). SAN CIRILO DE JERUSALÉN le llama ‘el sumo y príncipe de los apóstoles’ (Cat. 2, 19). Según SAN LEÓN MAGNO, ‘Pedro fue el único escogido entre todo el mundo para ser la cabeza de todos los pueblos llamados, de todos los apóstoles y de todos los padres de la Iglesia’ (Sermo 4,2).

En su lucha contra el arrianismo, muchos padres interpretan la roca sobre la cual el Señor edificó su Iglesia como la fe en la divinidad de Cristo, que San Pedro confesara, pero sin excluir por eso la relación de esa fe con la persona de Pedro, relación que se indica claramente en el texto sagrado. La fe de Pedro fue la razón de que Cristo le destinara para ser fundamento sobre el cual habría de edificar su Iglesia.

2. Pedro y Obispo de Roma y Primer Papa

Una antigua tradición basada en los anales de la Iglesia y de la Arqueología romana nos indica que Pedro muere en Roma, donde fue Obispo. Este es el origen de la Preeminencia del Obispo de Roma sobre los demás Obispos sucesores de los Apóstoles.

Tiene fundamento escriturístico en el texto de 1Pe 5,13: ‘La Iglesia que está en la Babilonia, elegida juntamente con vosotros, y Marcos mi hijo, os saludan’.

La expresión ‘Babilonia’ se refiere a Roma, como notan todos los exégetas: ‘casi todos los autores antiguos y la mayor parte de los modernos ven designada en esta expresión a la Iglesia de Roma… El nombre de Babilonia era de uso corriente entre los judíos cristianos para designar la Roma pagana. Así es llamada también en el Apocalipsis (14,8; 16,19; 17,15; 18,2.10), en los libros apócrifos y en la literatura rabínica. La Babilonia del Eúfrates, que en tiempo de San Pedro era un montón de ruinas, y la Babilonia de Egipto, pequeña estación militar, han de ser excluidas’ (José Salguero, O.P., Biblia Comentada, tomo VII, BAC, Madrid 1965, p. 145).

Esto lo reconocen incluso los autores protestantes serios. Por ejemplo, Keneth Scott Laturet, prestigioso historiador, escribe en su libro ‘Historia de la Iglesia’ (Tomo I, p. 112, Ed. Casa Bautista de Publicaciones) dice: ‘Pedro viajaba, porque sabemos estuvo en Antioquía, y lo que parece una tradición digna de confianza, sabemos que estuvo en Roma y allí murió’.

La Enciclopedia Británica, tomo IX, p. 123 da la referencia de todos los Obispos de Roma comenzando por San Pedro y terminando por Juan Pablo II, 264 Obispos en sucesión ininterrumpida.

La ‘New American Encyclopedia’ dice en su sección sobre los Papas ‘Cuando San Pedro dejó Jerusalén vivió por un tiempo en Antioquia antes de viajar a Roma donde ejerció como Primado’.

Muy fuerte es también el testimonio de la tradición que manifiesta la enorme importancia que tuvieron los primeros Obispos de Roma sobre la naciente Cristiandad, justamente por ser sucesores de Pedro. Así, por ejemplo, en el año 96, o sea 63 años después de la muerte de Cristo, ante un grave conflicto en la comunidad de Corintios, quien tomó cartas par poner orden fue el Obispo de Roma, el Papa Clemente, y esto a pesar de que en ese tiempo todavía vivía el Apóstol Juan en la cercana ciudad griega de Éfeso. Sin embargo fue una carta de Clemente la que solucionó el problema y aun doscientos años después de este hecho se leía esta carta en esa Iglesia. Esto solo es explicable por la autoridad del sucesor de Pedro en la primitiva Iglesia.

Ireneo, Obispo de Lyon, y Padre de la Iglesia de la segunda generación después de los Apóstoles escribía pocos años después: ‘Pudiera darles si hubiera habido espacio las listas de Obispos de todas las Iglesias, mas escojo solo la línea de la sucesión de los Obispos de Roma fundada sobre Pedro y Pablo hasta el duodécimo sucesor hoy’.

Según el primer historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesárea (año 312), esta sucesión es una señal y una seguridad de que el Evangelio ha sido conservado y transmitido por la Iglesia Católica.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

limbo

¿Que es el limbo para la teología católica?

Pregunta:

Estimado Padre, ¿podría hablarme sobre exactamente qué es para nosotros los cristianos el Limbo?

Respuesta:

El limbo es lo que en el Credo se designa como ‘infiernos’ cuando se afirma que ‘Jesucristo descendió a los infiernos’. Explica este artículo el Catecismo al enseñar: ‘La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el ‘seno de Abraham’. Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados ni para destruir el infierno de la condenación, sino para liberar a los justos que le habían precedido’. (nº 633)

Y más adelante (nº 635): ‘Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte para que los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan. Jesús, el Príncipe de la vida (Hch 3,15), aniquiló mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud (Hb 2,14-15). En adelante, Cristo resucitado tiene las llaves de la muerte y del Hades (Ap 1,18) y al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos(Flp 2,10)’.

El catecismo de Trento, promulgado después del Concilio de Trento, al explicar los lugares donde están detenidas después de la muerte las almas privadas de gloria, enseña que ‘hay una tercera clase de cavidad, en donde residían las almas de los Santos antes de la venida de Cristo Señor Nuestro, en donde, sin sentir dolor alguno, sostenidos con la esperanza dichosa de la redención, disfrutaban de pacífica morada. A estas almas piadosas que estaban esperando al Salvador en el seno de Abraham, libertó Cristo Nuestro Señor al bajar a los infiernos’ (Catecismo de Trento, parte 1, cap. 6, n. 3).

En la literatura más reciente se emplea esta palabra para indicar el lugar y la situación en que se encuentran los niños y quienes se les equiparan, que mueren sin haber recibido el sacramento del bautismo: ‘el limbo de los niños’. Este problema de quienes mueren sin haber llegado al uso de razón y sin haber sido bautizados ha dado lugar a diversas teorías:

-Sauras afirma que obtienen la gloria por el voto real del bautismo;

-Boudes también lo afirma, pero en razón de la solidaridad con Cristo;

-Héris y antiguamente Cayetano, creen que se salvan por la fe de los padres.

-Laurenge opina lo mismo pero en razón de una opción personal después de la muerte.

-García-Plaza supone una iluminación extraordinaria que les hace hacer un acto de caridad perfecta.

-Schell cree que se les computa la propia muerte como martirio, etc.

A falta de datos escriturísticos es necesario recurrir al pensamiento de los Santos Padres. Éstos han afirmado claramente la existencia del limbo (cf. por ejemplo, San Gregorio Nacianceno, PG 36,385-390; San Agustín, PL 40,275). En general los Padres y teólogos han afirmado la existencia del limbo como lugar y estado de aquellos que habiendo muerto antes de llegar al uso de razón y sin bautismo, y por tanto con pecado original pero sólo con él, son privados de la visión de Dios, que es don gratuito y personal, aunque no sean castigados con penas aflictivas, sino que pueden gozar de una felicidad natural.

El Magisterio no se ha expedido nunca sobre esta cuestión, aunque tenemos un par de datos debidos al magisterio de Juan Pablo II:

-el primero se refiere a los que mueren en razón del aborto; de ellos dice el Papa escribiendo a las madres que han realizado el aborto: ‘Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Podéis confiar con esperanza a vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia.’ (Evangelium vitae, 99);

-el segundo está en el Catecismo: ‘En cuanto a los niños muertos sin Bautismo, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis (Mc 10,14), nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo. Por esto es más apremiante aún la llamada de la Iglesia a no impedir que los niños pequeños vengan a Cristo por el don del santo Bautismo’ (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1261).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

valtorta

¿Qué debemos pensar de las revelaciones privadas o escritos de visionarias como María Valtorta o Ana Catalina Emerich?

Pregunta:

P. Miguel, he leído la obra de María Valtorta. San Juan nos dice que no todo fue escrito en la Biblia, y es una gran verdad, que nadie, absolutamente nadie puede refutar. Nosotros como católicos, sabemos que tenemos la palabra de Dios escrita, y también sabemos que tenemos la gran tradición de nuestra Iglesia católica. Ahora, apócrifo, no quiere decir que no sea verdad, sino que, simplemente nuestra Iglesia no lo reconoce como verdad , pero que puede ser verdad. En esta obra de María Valtorta, yo en lo personal he aprendido mucho sobre la Biblia. Me ha orientado demasiado… Todo esto padre Miguel, yo lo comento con los hermanos de los grupos en los cuales tengo mis apostolados. Pero ¿sabe qué? Se burlan de mí, y me dicen que eso no está escrito en la Biblia. Yo me enojo y les digo que parecen protestantes, ya que ellos nada más creen en la Biblia, y no creen también en la gran tradición de nuestra Iglesia católica. …Nuestro señor dijo: ‘ gracias padre por haberles dado la luz a los necios de este mundo para confundir a los sabios . Como usted sabe, padre, no se trata de saber, sino de practicar, y dar testimonio. Perdone lo largo de este e-mail. Gracias por leerlo. R.L. Mexico.

Respuesta:

Estimado:

Las revelaciones privadas son dadas (cuando son auténticas) para consuelo de los fieles. Por tanto, si en algo le sirven a usted los escritos de María Valtorta, puede aprovecharse legítimamente de ellos. Sin embargo, en honor a la Palabra de Dios debemos siempre saber distinguir el valor único de los escritos del Nuevo Testamento, en particular los Evangelios, de cualquier otro escrito. Los libros como los de Valtorta o Ana Catalina Emerich no deben ser utilizados ni para argumentar ni para predicar, porque aún cuando éstas hayan tenido visiones auténticas sobre la vida de Jesucristo, sin embargo no nos consta que hayan gozado del carisma de la profecía (sólo la Iglesia puede declarar a alguien profeta auténtico) y en este sentido les puede haber faltado el ‘lumen profeticum’ que es el carisma que les ayuda a discernir lo que verdaderamente Dios les está revelando de todo aquello que puede ser fruto de la propia imaginación y piedad.

Por otra parte, nadie está obligado a creer con fe sobrenatural las revelaciones privadas, por lo cual no podemos enojarnos con quienes se rehúsan a aceptarlas. Lo que Dios y la Iglesia no exige para la salvación tampoco podemos exigirlo nosotros.

Por tanto, consuélese si quiere usted con estos escritos en el plano privado, pero luego limítese a hablar, predicar y comentar sobre nuestra fe exclusivamente con lo que está revelado o cuanto dice el Magisterio y los Santos canonizados.

Dios lo bendiga.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

sufrimiento

¿Por qué el dolor? ¿Cuál es el sentido del sufrimiento?

Pregunta:

Estimado Padre: Mi duda concreta es la siguiente: ¿deseo saber el por qué de la injusticia, del dolor, de la enfermedad? Entiendo que debemos ser pacientes y aceptar la voluntad de Dios, ya que Él es el único que tiene las respuestas, no obstante al ver la realidad que enfrentamos en la vida diaria ¿cómo no perder el camino? De antemano le agradezco el tiempo que se sirva dedicarme para aclarar estas dudas. ¡Que Dios lo Bendiga! Atentamente

 

Respuesta:

Estimado:

La respuesta definitiva al interrogante del hombre sobre el dolor viene solamente a través de Jesucristo. Y se encuentra en una frase en la que aparentemente no se hace referencia al dolor: Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3,16). Por eso se ha dicho con justeza: Jamás resolverás bien el problema del dolor si lo plantas mal; jamás plantearás bien el problema del dolor si prescindes de estos dos factores: amor de Dios al hombre y libertad humana.

Vemos algunas consideraciones sobre el dolor y su respuesta:

1º El mal y el dolor no pueden ser situados sólo en una dimensión temporal. Hay un mal y un sufrimiento que son temporales; pero también hay un mal y un sufrimiento que es definitivo: es la condenación y la separación definitiva de Dios. Entender, pues, el sufrimiento sólo del plano temporal es un error. Hay un dolor que es ‘mal’ en sentido absoluto y hay un dolor que no es ‘mal’ en sentido absoluto, sino relativo.

2º El origen del mal es el pecado, pero no el pecado personal de cada uno sino ‘principalmente’ el pecado de Adán: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte… Por el delito de uno solo murieron todos… Por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre… Así pues… el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación (Rom 5,12-15.18).

3º En Cristo, Dios Padre, en lugar de destruir el sufrimiento, el pecado que lo introdujo y la humanidad entera que quedó hecha pecadora, dejó el dolor y lo usó para hacer brillar su gloria: Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?. Respondió Jesús: Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios (Jn 9,1-3). Ante el pecado del mundo y el sufrimiento que éste ha introducido, Dios podía hacer tres cosas:

a) previendo que sus criaturas caerían, podría no haberlas creado;

b) podría, después que pecaron, haberlas borrado de un plumazo y empezar de nuevo;

c) podía, y fue lo que hizo, tomar la mala nota desafinada por Adán y sacar de ella una nueva sinfonía, mejor que la anterior. Así lo hizo. Y es mejor, pues es la sinfonía de la Redención.

Alguno podrá decir en su escepticismo: ‘la tercera no es la mejor de las tres opciones’. ‘¡Sí lo es!’, tengo que contestarle, pero basado sólo en que es la que eligió la Sabiduría infinita de Dios. Los demás argumentos no valen, o al menos no pueden convencer un corazón que se rebela contra la Inteligencia de Dios. Entenderlo en este mundo significa el final del ‘misterio’ de la existencia humana: todo sería claridad. Y no es así: mientras estamos aquí abajo caminamos en el claroscuro de la fe.

4º Jesucristo, pues, transfigura el dolor temporal transformándolo en instrumento de redención del dolor eterno (de la separación definitiva de Dios) y en gesto de amor con el que podemos pagar el amor con que Dios nos ha amado. Entendámonos: no es que el sufrimiento o el dolor deje de ser en sí un mal. Es un mal y por eso sigue siendo humano y legítimo luchar contra él (especialmente cuando afecta al prójimo), pero recibe un carácter que podemos calificar de ‘ambivalente’, es decir, puede convertirse en fuente de bien. En el orden natural, pues, debemos luchar contra él; pero en el orden sobrenatural -sin dejar de ser un mal- podemos servirnos de él y transformarlo en fuente de santificación. Por eso el dolor temporal se hace ‘salvífico’: redentor y caritativo; y por este motivo, capaz de madurar a las personas, de elevarlas, purificarlas y divinizarlas.

El hombre sin fe se condena a la desesperación porque no tiene vía de conocer esta división introducida por Cristo. Para él el dolor temporal no es más que preludio del eterno: la vida es sufrimiento que va a parar a la aniquilación o a la tierra de sombras. De ahí la rebelión -comprensible- ante el dolor. No le encuentra ‘sentido’, ‘dirección’. ‘¿De qué vale? ¿Para qué aprovecha?’: su pregunta queda sin respuesta.

No podemos, pues, leer y entender el sufrimiento desde coordenadas puramente temporales. Hay que mirar hacia arriba para entenderlo.

Los santos frente al sufrimiento han abierto sus brazos, como abrazando lo que el mismo Cristo abrazó en la Pasión para redimirnos. Así, por ejemplo, el padre Pío de Pietrelcina, estigmatizado, manifestaba en una de sus cartas cuánto le pedía a Dios que le quitase las llagas externas por las que era venerado de tantos, pero dejándole sus dolores. Dice maravillosamente: ‘Alzaré fuerte mi voz a Él [a Dios] y no desistiré de conjurarlo, para que por su misericordia retire de mí no el sufrimiento, no el dolor, porque esto lo veo imposible y siento que me quiero embriagar de dolor, sino estos signos externos que me son de una confusión y de una humillación indescriptible e insoportable'[1].

En síntesis: el dolor tiene su secreto, y es que sólo da a conocer su sentido a quien lo acepta y une a Cristo. Por eso dice el Papa: ‘Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en partícipe de los sufrimientos de Cristo. La respuesta que llega mediante esta participación es… una llamada: Sígueme,Ventoma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. Por eso, ante el enigma del dolor, los cristianos podemos decir un decidido ‘hágase, Señor, tu voluntad’ y repetir con Jesús: Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero sino como quieres Tú (Mt 26,39)'[2].

A todos los que nos preguntan: ‘¿Por qué; por qué sufrir? ¿Qué sentido tiene?’, no podemos darle otra respuesta que invitarlos a que abran sus corazones a la cruz de Cristo y que recibiéndola con paciencia la ‘escuchen’; junto a ella no hay sordo que no haya escuchado la respuesta, ni ciego que no la haya vislumbrado con toda claridad. A esta pregunta Dios quita toda palabra de los hombres y se reserva Él la respuesta última.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

 


[1] Pío de Pietrelcina, Carta 1094, 22 de octubre de 1918.

[2] Juan Pablo II, Mensaje a los enfermos, México, 24 de enero de 1999.