celibato

¿Por qué los sacerdotes no se casan? ¿No solucionaríamos el problema de las vocaciones haciendo el celibato optativo?

Pregunta:

Participo en el equipo de liturgia de mi parroquia, yo estoy consciente de que los sacerdotes son hombres y tienen las mismas necesidades que nosotros los laicos, ¿cómo puedo explicar a algunas personas que me hacen comentarios espantados porque algunos de los sacerdotes de mi diócesis tienen mujer o hijos? ¿Cómo explicar todo esto teniendo en cuenta que hacen la promesa del celibato en su ordenación?¿Cómo defender verdaderamente esta postura de que los sacerdotes no tengan mujer? ¿Es teológica o mas bien es pastoral? Gracias.

 

Respuesta:

Estimado:

Cuando se pregunta por las razones del celibato, hay que cuidarse de dar respuestas fáciles, pero que en el fondo no responden adecuadamente al tema.

Históricamente sabemos que Jesucristo no lo impuso en el Nuevo Testamento, aunque lo recomendó, tanto con su propio ejemplo (fue virgen) ya sea de modo explícito como ideal de vida cristiana por el Reino de los Cielos (cf. Mt 19,12; 19,29). Lo mismo se diga de San Pablo (cf. 1 Cor 7,7 y siguientes). En la antigüedad cristiana, los Padres y los escritores eclesiásticos dan testimonio de la difusión, tanto en Occidente como en Oriente, de la práctica libre del celibato entre los sagrados ministros por su gran conveniencia con la total dedicación al servicio de Dios y de su Iglesia.

La Iglesia de Occidente, desde principios del siglo IV, corroboró, extendió y sancionó esta práctica. Incluso (y esto es de notar) en momentos de gran decadencia moral entre el clero (vio siempre en el celibato una gracia y un don que debía conservar). La obligación del celibato fue solemnemente sancionada por el Concilio de Trento[1] e incluida en el Código de Derecho Canónico: ‘Los clérigos están obligados a observar continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos, y por lo tanto quedan sujetos al celibato, que es un don peculiar de Dios, mediante el cual los ministros sagrados pueden adherir más fácilmente a Cristo con corazón indiviso y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres'[2].

Diversa sólo hasta cierto punto es la legislación de las Iglesias Orientales. El Concilio Trullano, en el año 692, sancionó la costumbre de exigir la continencia absoluta para los obispos, mientras que concedía permiso de contraer matrimonio para todos los clérigos inferiores antes de la ordenación; pero no después de la misma. Por lo tanto, en Oriente también hay tradición del celibato (para los obispos, que son quienes tienen la plenitud del sacerdocio, y para los sacerdotes que se han ordenado sin haberse casado antes)[3].

1. Razones de conveniencia del celibato

Como ha señalado el Concilio Vaticano II, el celibato ‘no se exige por la naturaleza misma del sacerdocio’ (de hecho en la Iglesia primitiva hubo una práctica común del sacerdocio célibe y del sacerdocio esposado, que también sigue en uso en la tradición de las Iglesias orientales), pero sin embargo ‘el celibato está en múltiple armonía con el sacerdocio'[4]. Notemos esta distinción: no se exige por naturaleza, pero hay una múltiple armonía con esta naturaleza. Esto significa que entre sacerdocio y celibato hay múltiples razones de conveniencia. ¿Cuáles son?

1) Conveniencia con la naturaleza misma del sacerdocio[5].

El sacerdocio ministerial es una configuración con Jesucristo, sacerdote único. El celibato radicaliza esta configuración.

En efecto, el sacerdote es otro Cristo sacramental, ontológicamente asimilado, en virtud de su ‘carácter’, al Verbo encarnado, a Cristo sacerdote inmolado sobre la cruz y a Cristo resucitado.

Ahora bien, la virginidad forma parte de la creación renovada por Cristo, el nuevo Adán. Él entró en el mundo y en la historia para fundar este nuevo orden de cosas que no fuera tributario de la carne y de la sangre, la economía del Espíritu Santo. Por eso, siendo sacerdote de una humanidad nueva, no debía nacer como los otros hombres sino del Espíritu Santo y de la Virgen María. San Ambrosio escribía: ‘Adán nació de la tierra virgen, Cristo de la Virgen'[6]. Siendo esto así, ¿no es conveniente que el sacerdote, configurado por la virtud de su carácter inamovible y en pertenencia perpetua a Cristo, mediador único, traduzca esta pertenencia por medio de su celibato que le hace vivir exclusivamente para su Maestro? Del hecho de que Jesús tenía que nacer de una Virgen, san Cirilo de Jerusalén deduce que ‘todo sacerdote que quiera servir al Hijo de Dios como conviene, ha de abstenerse de la mujer'[7].

Igualmente, Cristo, sacerdote de la humanidad, se hizo solidario con nosotros al asumir nuestra carne de pecado (cf. Rom 8,3). Pero esta carne de pecado fue por Él definitivamente inmolada sobre la cruz (cf. Rom 8,3; Ef 2,14-16). Cristo murió a la carne una vez para siempre; los cristianos unidos a Él, no están ya en la carne (cf. Rom 7,5; 8,9); están crucificados (cf. Gál 5,24) y desnudos por el bautismo (cf. Col 2,11). Andan en la carne, pero no están sujetos a ella (cf. 2Cor 10,3) sino que la dominan por su unión con Cristo en la fe (cf. Gál 2,20). Y entre los cristianos todos, los vírgenes dominan la carne hasta tal punto que están voluntariamente como desarraigados de la carne y tratan de vivir por encima de este mundo que pasa, como si las leyes de este mundo no tuvieran ya que ver con ellos. Es lógico que el sacerdote, configurado con Cristo inmolado y muerto a la carne, esté también, por su celibato, desarraigado de la esfera carnal, a fin de asemejarse lo más posible a Él.

2) Conveniencia psicológica del celibato: permite dedicarse a Cristo de modo exclusivo

En el plano psicológico, el celibato no es renunciamiento al amor; es antes bien amor y signo de amor. Ya Tertuliano lo proclamaba como una unión de esponsales divinos: ‘Cuantos vemos en las órdenes sagradas que han abrazado la continencia han preferido contraer nupcias con Dios, han restablecido el honor de su carne e, hijos del tiempo, se han consagrado a la eternidad, mortificando en sí mismos la concupiscencia del deseo y todo lo que está excluido del paraíso'[8].

Evidentemente, sin la caridad, como dice san Gregorio, ‘la castidad no es grande’; sólo vale por el amor que la inspira y por el más alto amor a que conduce[9].

Por esto, San Pablo, ve en el cristiano no ligado por los vínculos del matrimonio, a un hombre que se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor, mientras el hombre casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer y, por esta razón, está dividido (cf. 1Cor 7,29-34).

La castidad da al amor el rostro austero de la cruz, el signo mismo que Dios escogió para amarnos, porque su amor para con nosotros se expresó en el sacrifico de sí mismo para salvarnos.

3) Conveniencia social del celibato: concede un amor universal

La castidad sacerdotal concede al sacerdote amar con amor universal ofrecido a todos, con amor trascendente a la manera del amor paternal de Dios. El celibato del sacerdote une indivisiblemente al sacerdote a la comunidad y lo pone a servicio de ella por una paternidad más alta. Decía ya Orígenes (siglo III): ‘También en la Iglesia pueden los sacerdotes tener hijos, pero a la manera que se dijo: Hijos míos, por quienes estoy de nuevo sufriendo dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros (Gál 4,19)'[10].

San Efrén felicitaba a un obispo llamado Abraham diciéndole: ‘Haces honor a tu nombre, pues has venido a ser padre de muchos; y, sin embargo, tú no tienes esposa, como Abraham tenía a Sara. Tu esposa es tu grey'[11].

4) Dimensión escatológica del celibato: es un signo de la vida futura[12]

El Señor dijo a los saduceos: Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección (Lc 20,34-36).

Por el sacrificio del amor humano carnal, el sacerdote que, por oficio, debe orientar a los hombres hacia el mundo por venir, es ya una anticipación viva de esta humanidad nueva. Su castidad es una inmensa avanzada hacia el porvenir, tiene valor escatológico y saca al mundo actual hacia el futuro. Como dice San Pablo: Hermanos: el tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen…. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa (1 Cor 7,29.31).

2. Algunas objeciones más comunes contra el celibato

Recojamos ahora algunas de las principales objeciones que suelen escucharse contra el celibato.

1ª objeciónEl celibato (castidad perfecta) es simplemente imposible de cumplir.

Respuesta: Aunque no sean muchos los que ponen esta objeción tan frontal, hay que reconocer que todavía algunos la esgrimen; por eso hay que considerarla. La respuesta es un argumento muy elemental: hay personas (y muchas) que han vivido y viven (y con felicidad) la castidad perpetua, por tanto, la castidad es posible. Lo dice con hermosas palabras Pablo VI al recordar: ‘la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo… No podemos cerrar los ojos ante esta magnífica y sorprendente realidad; hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados -diáconos, presbíteros, obispos- que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de jóvenes y de hombres laicos, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad y también con relativa facilidad'[13].

2ª objeciónEl celibato no aparece exigido en el Nuevo Testamento a los sagrados ministros, sino que más bien es propuesto como una obediencia libre a una especial vocación o carisma (cf. Mt 19,11-12). El mismo Jesús no puso esta condición previa a sus Apóstoles, ni estos pusieron esta condición para nombrar a quienes ponían al frente de las primeras comunidades cristianas (cf. 1 Tim 3,2-5; Tit 1,5-6).

Respuesta: Es verdad. Pero también es cierto que dio a los Apóstoles y a sus legítimos sucesores la potestad de legislar sobre los sacramentos y sobre la vida de la Iglesia (todo lo que atareis en la tierra queda atado en el cielo y todo lo que desatareis en la tierra queda desatado en el cielo). Por otra parte, es claro que Jesús dio personalmente ejemplo de virginidad; y recomendó la virginidad (Mt 19,12: Porque… hay eunucos que se hicieron tales a sí mismos por el Reino de los Cielos. Quien pueda entender, que entienda; cf. también la invitación de Mt 19,29). Y el mismo ejemplo y consejo dio el Apóstol san Pablo (cf. 1 Cor 7,7). De aquí que, desde los primeros tiempos, muchos clérigos eligieran la virginidad consagrada. Teniendo esto en cuenta, con el tiempo, la Iglesia sancionó las dos tradiciones: en Oriente ya en el año 692 en el concilio de Trullo (en Constantinopla) se sancionó la costumbre actual para los católicos orientales (continencia absoluta para los obispos; y permiso de contraer matrimonio para todos los clérigos inferiores antes de la ordenación); en Occidente se determinó el celibato obligatorio para todos los sacerdotes en el Concilio de Elvira (entre los años 295-304)[14].

3ª objeciónLa relación que se estableció entre sacerdocio ministerial y sagrada virginidad se explica por una visión histórica inspirada en un excesivo pesimismo sobre la condición humana de la carne y de la sexualidad como indigna de entrar en contacto con las cosas sagradas.

Respuesta: No se puede negar que ha habido autores eclesiásticos que han dejado escritos sobre la sexualidad con tonos un tanto pesimistas; pero es un hecho evidente que el Magisterio de la Iglesia ha tenido siempre una alta consideración del matrimonio cristiano, como puede verse en tantos documentos dedicados a este sacramento; por esto no puede afirmarse con fundamento que haya sido una infravaloración del matrimonio o de la sexualidad la razón principal para promulgar la ley del celibato. Por el contrario, lo que fue preparando la ley escrita del celibato y lo que hizo posible su aceptación, desde el siglo III, fue la costumbre del celibato entre muchos clérigos y la difusión, tanto en Oriente como en Occidente, de la práctica libre entre los sagrados ministros. Testimonio de esto son muchos escritores eclesiásticos y Padres como Tertuliano, san Epifanio, san Efrén, Eusebio de Cesarea, san Cirilo de Jerusalén, san Ambrosio de Milán, san Agustín, san Jerónimo[15].

4ª objeciónEstrictamente hablando el carisma de vocación sacerdotal no coincide con el carisma de castidad perfecta (ejemplo de ello es el caso de los sacerdotes orientales casados); por eso no es justo alejar del sacerdocio a los que tienen vocación ministerial, pero no tienen vocación de célibes.

RespuestaResponde Pablo VI a esta objeción recordando que es cierto que ambos carismas no coinciden. Sin embargo, recuerda también que ‘la vocación sacerdotal, aunque divina en su inspiración, no viene a ser definitiva y operante sin la prueba y la aceptación de quien en la Iglesia tiene la potestad y la responsabilidad del ministerio para la comunidad eclesial; y, por consiguiente, toca a la autoridad de la Iglesia determinar, según los tiempos y los lugares, cuáles deben ser en concreto los hombres y cuáles sus requisitos, para que puedan considerarse idóneos para el servicio religioso y pastoral de la Iglesia misma'[16].

5ª objeciónEl celibato es una de las causas de escasez de clero (porque el peso de la obligación del celibato aleja a muchos). Si se quita se solucionaría el problema.

Respuesta: Ante todo, el error de esta objeción lo demuestran los hechos: las iglesias ortodoxas y evangélicas manifiestan que a pesar de la autorización del matrimonio no aumentan las vocación (y en algunos casos disminuyen hasta la extinción)[17]. Pablo VI escribió: ‘No se puede asentir fácilmente a la idea de que con la abolición del celibato eclesiástico, crecerían considerablemente por este mero hecho, las vocaciones sagradas; la experiencia contemporánea de las Iglesias y de las comunidades eclesiales que permiten el matrimonio a sus ministros, parece testificar lo contrario. La causa de la disminución de las vocaciones sacerdotales hay que buscarla en otra parte, principalmente, por ejemplo, en la pérdida del sentido de Dios y de lo sagrado en los individuos y en las familias y de la estima por la Iglesia como institución salvadora mediante la fe y los sacramentos'[18].

Además: ‘Nuestro Señor Jesucristo no vaciló en confiar a un puñado de hombres, que cualquiera hubiera juzgado insuficientes por número y calidad, la misión formidable de la evangelización del mundo entonces conocido; y a este pequeño rebaño le advirtió que no se desalentase (Lc 12,32), porque con Él y por Él, gracias a su constante asistencia (Mt 28,20), conseguiría la victoria sobre el mundo (Jn 16,33)… Los consejos y la prudencia de los hombres no pueden estar por encima de la misteriosa sabiduría de Aquel, que en la historia de la salvación ha desafiado la sabiduría y el poder de los hombres, con su locura y su debilidad (1 Cor 1,20-31)'[19].

6ª objeciónMuchos sacerdotes viven mal su celibato, llenando de dolor a la Iglesia y escandalizando a los fieles. Quitada la obligación del celibato, el problema se soluciona.

Respuesta: Esta es una falsa solución y es denigrante para los sacerdotes sólo pensar en ella. El celibato es un don y una gracia, para el sacerdote y para la Iglesia. En sí mismo realza al sacerdocio. Suprimirlo porque algunos sacerdotes no lo viven bien no es, pues, ninguna solución. La solución es que accedan las sacerdocio sólo los que acepten libremente vivirlo bien; y que una vez ordenados pongan los medios ordinarios para conservar la vocación y la castidad. Nadie está obligado a hacer la promesa de celibato; pero una vez hecha, está obligado a ser fiel a su palabra. De la misma manera que nadie está obligado a casarse, pero una vez casado está obligado a ser fiel a su cónyuge. ¿Obliga menos la promesa de guardar el celibato que la palabra dada en el matrimonio? Algunos esposos y esposas, y tal vez muchos, no son fieles a sus cónyuges; ¿deberíamos suprimir la monogamia o la fidelidad matrimonial para solucionar los problemas matrimoniales?

7ª objeciónEl sacerdote, en virtud del celibato, se encuentra en una situación física y psicológica antinatural y dañosa al equilibrio y a la maduración de su personalidad humana.

Respuesta: ‘La elección del celibato, si se la hace con humana y cristiana prudencia y responsabilidad propia de quienes siguen a Cristo, está presidida por la gracia, la cual no destruye la naturaleza, ni le hace violencia sino que la eleva y le da capacidad y vigor sobrenaturales. Dios, que ha creado al hombre y lo ha redimido sabe lo que le puede pedir y le da todo lo que su Creador y Redentor le pide. San Agustín, que había amplia y dolorosamente experimentado en sí mismo la naturaleza del hombre, exclamaba: ‘Da lo que mandas y manda lo que quieras»[20].

Por esto, ‘no es justo repetir todavía, después de lo que la ciencia ha demostrado ya, que el celibato es contra la naturaleza, por contrariar a exigencias físicas, psicológicas y afectivas legítimas, cuya realización sería necesaria para completar y madurar la personalidad humana. El hombre creado a imagen y semejanza de Dios no es solamente carne ni el instinto sexual lo es en él todo; el hombre es también, y sobre todo, inteligencia, voluntad, libertad; gracias a estas facultades es y debe tenerse como superior al universo; ellas lo hacen dominador de los propios apetitos físicos, psicológicos y afectivos'[21].

8ª objeción: El celibato sólo es obligatorio para la Iglesia latina y no para la oriental. Entonces ¿por qué no se deja la práctica del celibato optativo en todos los ritos católicos?

Respuesta: En la objeción no está bien expresado el lugar que ocupa el celibato en la Iglesia de rito oriental. Las Iglesias católicas de rito oriental tienen el celibato y también la tradición del sacerdocio desposado. Es notable el valor que los Padres orientales dieron siempre a la castidad sacerdotal. Por ejemplo San Gregorio Niseno decía que ‘la vida virginal es la imagen de la felicidad que nos espera en el mundo futuro'[22]; y san Juan Crisóstomo: ‘a quien se acerca al sacerdocio, le conviene ser puro como si estuviera en el cielo'[23].

Y el celibato es obligatorio para ciertos casos: sólo los célibes pueden ser obispos; y los mismos sacerdotes no pueden contraer matrimonio después de su ordenación sacerdotal. ‘Esto da a entender que también aquellas venerables Iglesias poseen en cierta medida el principio del sacerdocio célibe y el de cierta conveniencia entre el celibato y el sacerdocio cristiano, del cual los Obispos poseen el ápice y la plenitud'[24].

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Dezinger-Hünermann, n. 1809.

[2] Código de Derecho Canónico, c. 277 § 1.

[3] Cf. Pablo VI, Sacerdotalis coelibatus, nn. 35-41.

[4] Cf. Presbiterorum ordinis, n. 16; Pablo VI, Sacerdotalis coelibatus, nn. 17-18.

[5] Cf. Sacerdotalis coelibatus, 19-25; Dillenschneider, Clément, Teología y espiritualidad del sacerdote, Sígueme, Salamanca 1964, 368-375.

[6] San Ambrosio, Exp. Evang. Luc., 4,7; CSEL 32,142.

[7] San Cirilo de Jerusalén, Catech. XII, c. 25; MG 33, 657.

[8] Tertuliano, De exhortatione castitatis, c. 13; ML 2, 930.

[9] San Gregorio, Hom. 13 in Evang. Lucae, ML 76, 1124.

[10] Orígenes, In Levit. hom., 6, c. 6; MG 12, 474.

[11] San Efrén, Carm. Nisibea.

[12] Cf. Sacerdotalis coelibatus, n. 34.

[13] Sacerdotalis coelibatus, n. 13.

[14] Cf. Denzinger-Hünermann, n. 118-119.

[15] Todos citados con sus respectivas obras en la Enc. Sacerdotalis coelibatus, nota 20 (nota al n. 35).

[16] Sacerdotalis coelibatus, n. 15.

[17] Cf. Card. Höffner, Diez tesis sobre el celibato, IV; en: AA.VV., Sacerdocio y celibato, BAC, Madrid 1972, pp. 469-470.

[18] Sacerdotalis coelibatus, n. 49.

[19] Sacerdotalis coelibatus, n. 47.

[20] Sacerdotalis coelibatus, n. 51; la cita es de Confess., X, 29, 40; PL 32,796.

[21] Sacerdotalis coelibatus, n. 53.

[22] San Gregorio Niseno, De Virginitate, 13; PG 46, 381-382.

[23] San Juan Crisóstomo, De Sacerdotio, III,4; PG 48, 642.

[24] Sacerdotalis coelibatus, n. 40.

virgen

María, ¿fue siempre virgen o tuvo más hijos?

Pregunta:

Hola soy católica, pero tengo algunas dudas sobre: El porque se dice que la Virgen María no tuvo mas hijos? Por su atención y respuesta muchísimas gracias. Nota: son preguntas que muy seguido le hacen a uno los hermanos de otras iglesias y quisiera poder defenderme.

Respuesta:

Estimada:

Decimos que María no tuvo más hijos porque fue siempre virgen. La Escritura nos testimonia de una sola concepción virginal, el de Jesús. Por tanto, no habiendo más concepciones milagrosas, y no habiendo dejado de ser virgen, no tuvo más hijos.

La virginidad de Nuestra Señora está íntimamente relacionada con su sublime prerrogativa de Madre de Dios.

Decía San Bernardo que la maternidad de María es tan maravillosamente singular e incomparable precisamente porque es virginal[1].

Lejos de ser una prerrogativa pasajera, la virginidad de María es permanente.

Abarca todas las etapas de su vida, y en particular los momentos sagrados en que fue hecha Madre de Dios.

El dogma de la virginidad perpetua de María significa:

1º que concibió al Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad, virginalmente;

2º le dio a luz virginalmente;

3º permaneció virgen a lo largo de toda su vida terrena, y por consiguiente, ahora reina gloriosa como Virgen de las vírgenes.

La Iglesia expresa esto con una fórmula muy hermosa según la cual dice que María fue virgen ante partum, in partu et post partum.

Esta afirmación no es simplemente un cumplimiento piadoso; expresa la creencia universal y unánime de la Iglesia de Cristo; es una verdad revelada; está solemnemente definida como dogma.

El tercer concilio de Letrán, celebrado bajo el papa San Martín I, en el año 649, definió: ‘Si alguno no reconoce, siguiendo a los Santos Padres, que la Santa Madre de Dios y siempre virgen e inmaculada María, en la plenitud del tiempo y sin cooperación viril, concibió del Espíritu Santo al Verbo de Dios, que antes de todos los tiempos fue engendrado por Dios Padre, y que, sin pérdida de su integridad, le dio a luz, conservando indisoluble su virginidad después del parto, sea anatema’.

El testimonio de esta verdad lo encontramos en la misma Escritura.

Concretamente en el testimonio de San Mateo y San Lucas.

1) San Mateo (1,18-25): La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo… El Ángel del Señor se apareció [a José] en sueños y le dijo: ‘José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.’ Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: ‘Dios con nosotros.’ Despertado José del sueño, hizo como el Angel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.

San Mateo se presenta: 1) como testigo de la virginidad de María antes del nacimiento de Cristo; 2) su cita de Is 7,14, implica, por lo menos, el parto virginal; 3) si bien no dice nada sobre la virginidad de María posterior al parto, tampoco dice nada que lo niegue o lo ponga en duda.

2) San Lucas (1,26-38): Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.’ Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: ‘No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.’ María respondió al ángel: ‘¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?’ El ángel le respondió: ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, porque ninguna cosa es imposible para Dios.’ Dijo María: ‘He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.’ Y el ángel dejándola se fue.

San Lucas es testigo de:

-la virginidad de María antes de la anunciación (a una virgen…);

-la concepción virginal (la virtud del Altísimo te cubrirá);

-la intención de virginidad futura de María: pues no conozco varón… La expresión no se refiere al pasado, pues hubiera usado el aoristo (no he conocido varón); usa el presente absoluto (no conozco; en el sentido de no tengo intención de conocer varón). Es una referencia implícita al voto de virginidad.

Escribió Lebretón: ‘En este versículo la tradición católica ha reconocido el propósito firme de María de permanecer virgen, y esta interpretación es necesaria, porque, si hubiera tenido intención de consumar su matrimonio con José, no hubiera nunca hecho esta pregunta'[2].

Dice también Lagrange: ‘María quiso decir que, siendo virgen, como el ángel ya sabía, deseaba ella permanecer siéndolo, o, como traducen los teólogos su pregunta, que ella había hecho un voto de virginidad y pensaba guardarlo'[3].

San Ireneo defiende, por eso, el valor profético de Is 7,14 referido a la virginidad de María. Su argumento es el siguiente: Isaías señala claramente que ocurrirá ‘algo inesperado’ con respecto a la generación de Cristo; está aludiendo claramente a una señal. Pero ‘¿dónde está lo inesperado o qué señal se os daría en el hecho de que una mujer joven concibiera un hijo por obra de un varón? Esto es lo que ocurre normalmente a todas las madres. Lo cierto es que, con el poder de Dios, se iba a empezar una salvación excepcional para los hombres y, por tanto, se consumó también de una manera excepcional un nacimiento de una virgen. La señal fue dada por Dios; el efecto no fue humano'[4].

La creencia firme de Occidente en la virginidad corporal de María se resume en la expresión ‘Virgen María’ y se recoge en esta forma ya en el siglo II, en la forma romana del credo, como vemos, por ejemplo, en Hipólito: ‘Creo en Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo, Hijo de Dios, que nació de María virgen por obra del Espíritu Santo'[5].

Ireneo tiene una frase hermosa para referirse al parto virginal: Purus pure puram aperiens vulvam: el Puro [Verbo Puro] con pureza abrió el seno puro [de su madre][6].

Y él mismo compara el nacimiento de Cristo de María con la formación de Adán del suelo virgen y sin surcos[7].

San León dice que es la limpieza de Cristo la que mantuvo intacta la integridad de María[8].

Y San Zeón lo proclama: ‘¡Oh misterio maravilloso! María concibió siendo una virgen incorrupta; después de la concepción dio a luz como virgen, y así permaneció siempre después del parto'[9].

San Jerónimo resume la fe de la Iglesia escribiendo contra Joviniano: ‘Cristo es virgen, y la madre del virgen es virgen también para siempre; es virgen y madre. Aunque las puertas estaban cerradas, Jesús entró en el interior; en el sepulcro que fue María, nuevo, tallado en la más dura roca, donde no se había depositado a nadie ni antes ni después… Ella es la puerta oriental de la que habla Ezequiel, siempre cerrada y llena de luz, que, cerrada, hace salir de sí al Santo de los santos; por la cual el Sol de justicia entra y sale. Que ellos me digan cómo entró Jesús (en el cenáculo) estando las puertas cerradas… y yo les diré cómo María es, al mismo tiempo, virgen y madre: virgen después del parto y madre antes del matrimonio'[10].

Bajo su protección amorosa y eficaz pongamos, pues, nuestra castidad.

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Sermo. 4, de Assumptione n.5.

[2] Lebreton, La vie et l’enseignement de Jésus Christ, vol. 1, Paris 1938, p. 35.

[3] Lagrange, L’Evangile de Jésus Christ, Paris, 1928, p. 18.

[4] Adversus haereses, 3, 26,2.

[5] Hipólito, Traditio apostolica, n. 73.

[6] Adversus haereses, 4, 55,2.

[7] Ibid., 3,30.

[8] León, Serm 24,1; ML 54,204.

[9] Zenon, Tractatus, 2, 8,2; ML 11,414-415.

[10] Jerónimo, Ep. 49 (48), 21.CSEL 54,386.

cielo

¿Hay vida después de la muerte?

Pregunta:

¿Qué bases tiene la Iglesia para afirmar que hay vida después de la muerte?

 

Respuesta:

Estimado:

Como bases tiene:

a) Fundamentos filosóficos basados en la inmortalidad del alma (y esta inmortalidad se demuestra por la inmaterialidad y espiritualidad de la misma); esto es una verdad de orden filosófico y natural; por esta razón llegaron a descubrirla los filósofos paganos como Platón y Aristóteles. Puede ampliar este tema en los libros de historia de la filosofía y en los manuales de antropología filosófica.

b) En la historia de los pueblos y en la historia de las religiones: es sentir común y universal de todos (o casi todos) los pueblos y civilizaciones la creencia de la pervivencia del yo personal después de la muerte. Esta universalidad debe, pues, tener una base natural.

c) En la Revelación Bíblica. Es una verdad enseñada de modo constante en la Sagrada Escritura que después de esta vida la vida sigue. Mt 10,28: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma (psyché); temed más bien al que puede arruinar cuerpo y alma en la gehenna.

Por esto dice: ‘La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios -no es ‘producida’ por los padres-, y que es inmortal: no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final’ (Catecismo, n. 366).

Le recomiendo a este respecto, el documentado libro de Cándido Pozo, Teología del más allá (BAC, Madrid 1968), o Antonio Royo Marín, Teología de la Salvación (BAC, Madrid 1965).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

demonio

¿Qué opina usted de lo que dice el Padre Álvarez Valdés sobre el demonio y las posesiones diabólicas?

Pregunta:

Estimado Padre: Hace un tiempo atrás me dieron a leer un artículo escrito por el sacerdote Ariel Álvarez Valdés donde, según me pareció entender, la Iglesia ya no sostenía más la existencia del demonio y se decía que los casos de posesión diabólica que aparecen en los Evangelios no eran tales sino en realidad enfermedades psicológicas que, en los tiempos de Jesús, se pensaban causados por el diablo. Esto ha dejado tambaleando mis creencias al respecto. ¿Es así, en realidad? ¿Por qué, entonces, la Iglesia no lo dice públicamente para que no sigamos engañados?

Respuesta:

Estimado:

La existencia del demonio es una verdad de nuestra fe; y los casos que en los Evangelios son relatados como posesiones diabólicas y exorcismos realizados por Jesús, son realmente lo que dicen ser. No hay que dejarse llevar por cualquier viento de doctrina ni aceptar acríticamente las opiniones personales de cualquier aventurero teológico, por más títulos que ostente. Tenga en cuenta que la norma de fe es la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, no los teólogos ni los exégetas. Estos se equivocan cada vez que se apartan de la doctrina definida por la Iglesia.

Respecto al caso que usted menciona, el artículo en cuestión fue publicado en diciembre de 1995 bajo el título: ‘¿El diablo y el demonio son lo mismo?’. Las posiciones sostenidas allí por el autor han sido criticadas por la autoridad de la Iglesia y, en mérito del autor hay que indicar que públicamente se ha retractado de ellas. En efecto, según noticia de Aciprensa 11/09/2001, el P. Álvarez Valdés ha sintetizado sus posiciones erróneas en las siguientes:

Afirmaciones erróneas

1. ‘No es posible la posesión diabólica, en el sentido de que un ser personal se introduzca dentro de otra persona, lo posea y lo obligue a tender hacia el mal en contra de su voluntad’.

2. ‘Los casos de posesión diabólica siempre son enfermedades a las que la ciencia de aquel tiempo no encontraba respuesta natural’.

3. ‘Jesús vino a enseñar religión, no medicina. En este sentido Jesús permaneció dentro de los límites de la concepción judía de aquel tiempo. Los presuntamente poseídos eran en realidad enfermos, pero como la gente explicaba aquellos trastornos y su curación mediante el lenguaje de ‘posesión’ y ‘exorcismo’, Jesús no tenía porqué hablar con términos distintos de los que eran familiares en aquel tiempo’.

4. ‘A la altura de nuestros actuales conocimientos, tanto científicos como bíblicos, no es posible seguir creyendo en la existencia de los demonios’.

5. ‘(La Iglesia) lentamente ha ido abandonando su creencia en las posesiones’.

6. ‘En 1984 Juan Pablo II publicó el nuevo Ritual Romano en el que elimina definitivamente la ceremonia misma del exorcismo, de la Iglesia Católica’.

7. ‘En el siglo II la Iglesia preguntó a los científicos de la época por qué ciertas personas tenían comportamientos sumamente extraños y le contestaron: están endemoniados. Ante esto, creó la ceremonia del exorcismo. En el siglo XX la Iglesia vuelve a hacer la misma pregunta a los científicos, y ahora éstos contestan: tienen raras patologías, cuyas causas a medias ya se conocen. Entonces (la Iglesia) suprimió el exorcismo’.

De estas afirmaciones el Padre Álvarez Valdés ha dicho en una carta pública: ‘Por medio de la presente quiero retractarme de estas afirmaciones, y reconocer que eran erróneas y contrarias a las enseñanzas de la Iglesia Católica, a la que amo y deseo servir fielmente desde mi ministerio. Especialmente a la luz del nuevo Ritual del Exorcismo, recientemente aparecido… Asimismo quiero dejar en claro que me someto, como siempre procuré hacerlo, a todo lo que la Santa Madre Iglesia cree y enseña, y que deseo permanecer siempre unido a ella’.

Esperamos que el sacerdote cuestionado continúe con la revisión de sus enseñanzas en los demás temas que también sostiene de modo controvertido, como es la historicidad de muchos hechos bíblicos, en particular del Antiguo Testamento y de la infancia de Nuestro Señor, del pecado original, etc.

Sobre el tema del demonio de las posesiones diabólicas puede usted leer los artículos que se contienen en esta misma página web.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Mesías

¿Desde cuándo supone Jesucristo que Él era el Mesías y Dios?

Pregunta:

Estimado Padre: ¿Desde cuándo supo Jesucristo que El era el Mesías? Me dicen algunos que desde niño, otros que cuando fue bautizado en el Jordán por Juan, o desde antes de nacer, etc. Por favor, le agradecería que pusiera luz en este tema. Desde ya muy agradecido. Lo saludo en Cristo Jesús (Buenos Aires, Argentina).

Respuesta:

Estimado:

La tesis tradicional es que Jesucristo supo desde el primer instante de su concepción que Él era Dios; por fuerza también conoció su legación divina, o mesianismo.

Me refiero con esto no al conocimiento que Cristo poseyó en cuanto Dios sino al que poseyó en cuanto verdadero Hombre. Esta ciencia, por la cual conoció en su inteligencia humana su divinidad y mesianidad, es la llamada ‘ciencia beatífica’. La ciencia beatífica es aquel conocimiento que corresponde a los ángeles y bienaventurados que contemplan en el cielo la esencia divina. Esta doctrina es común y cierta en teología. Los argumentos que se aducen son:

a) En la Sagrada Escritura no se dice explícitamente (si así fuera, sería de fe) pero se insinúa al menos su ciencia beatífica. Así por ejemplo: ‘nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo’ (Jn 3,13). Esta afirmación es entendida en el sentido de que Cristo estaba en el cielo (por tanto era comprehensor como los bienaventurados y ángeles y tenía ciencia beatífica) mientras estaba en al tierra (siendo así también viador). También se entienden de la ciencia humana de Cristo los textos que dicen: ‘Yo hablo lo que he visto en el Padre’ (Jn 8,38) y ‘El que viene del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído’ (Jn 3,31-32). Aunque estos últimos textos podrían ser interpretados del conocimiento divino de Cristo.

Bíblicamente no podemos ir más allá.

b) El Magisterio no ha definido explícitamente el tema. Pero es importante tener en cuenta que el Santo Oficio, el 7 de junio de 1918, declaró que no podía enseñarse con seguridad que Cristo no haya poseído esta ciencia mientras vivió entre los hombres (cf. Dz 2183). Pero sobre todo es clarísimo el texto del Papa Pío XII en la encíclica Mystici corporis: ‘Aquel amorosísimo conocimiento que, desde el primer momento de su encarnación, tuvo de nosotros el Redentor divino, está por encima de todo el alcance escrutador de la mente humana, toda vez que, en virtud de aquella ciencia beatífica de que disfrutó apenas recibido en el seno de la Madre divina, tiene siempre y continuamente presentes a todos los miembros del Cuerpo místico y los abraza con su amor salvífico… En el pesebre, en la cruz, en la gloria eterna del Padre, Cristo ve ante sus ojos y tiene unidos a Sí a todos los miembros de la Iglesia con mucha más claridad y mucho más amor que una madre conoce y ama al hijo que lleva en su regazo, que cualquiera se conoce y ama a sí mismo’ (Mystici corporis, n. 34).

Se habla aquí: 1º) de ciencia beatífica; 2º) desde el primer instante de la encarnación; 3º) por la cual Cristo conoce su dignidad de cabeza del Cuerpo Místico. Por tanto, con mayor razón se diga que conoce su cualidad de Dios y de Mesías.

c) Desde el punto de vista teológico se debe argumentar por el lado de la unión hipostática. En efecto es este modo de unión que se da entre las dos naturalezas (divina y humana) en la sola Persona del Verbo el que plantea la necesidad de esta ciencia. Entre las dos naturalezas debe darse la máxima proporción posible; ahora bien, el máximo acercamiento del entendimiento humano a Dios se establece en la visión beatífica. Si de Cristo-hombre se puede y se debe decir ‘Es Dios’, con mayor razón debe decirse ‘Ve a Dios’ y ‘Conoce que es Dios’, pues es más ‘ser’ que ‘ver o conocer’ a Dios.

El Padre Francois Dreyfus en su libro ‘Jesús, ¿sabía que era Dios?’, explica cómo si bien no ha habido un pronunciamiento dogmático del Magisterio al respecto, debe ser considerada esta verdad como un elemento de la Revelación que el pueblo cristiano ha vivido siempre como una realidad en la que cree; la mayor parte de los cristianos siempre ha pensado: ‘Si Cristo es Dios, evidentemente lo sabe’.

En cuanto a que todo esto se dio desde el primer instante de su concepción ya hemos visto el texto de Pío XII. Santo Tomás dedica una cuestión al tema, titulada ‘Sobre la perfección de la prole concebida’ (Suma Teológica, III, c. 34). Allí sostiene que tratándose de la Encarnación de la Persona del Verbo divino, la naturaleza humana por Él asumida debió estar adornada de excelsas prerrogativas desde el primer instante de su concepción; en el artículo 2, al hablar de la perfección del libre albedrío desde la concepción afirma: ‘la perfección espiritual de la naturaleza humana que Cristo tomó no la fue adquiriendo por grados, sino que la poseyó por entero desde el principio’.

Del mismo modo, la tradición ha entendido de esta conciencia de Cristo el texto de Hebreos 10,5-7: ‘Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo – pues de mí está escrito en el rollo del libro – a hacer, oh Dios, tu voluntad!’. Puede leerse en este sentido, por ejemplo, el comentario de Santo Tomás (Lectura super Ad Hebraeos, X, I, nn. 485-492.)

P. Miguel A. Fuentes, IVE