macrobiótica

¿Qué es la macrobiótica?

Pregunta:

Padre: Por una enfermedad que vengo arrastrando hace varios años, me han recomendado la macrobiótica, pero me suena a algo New Age, aunque no estoy seguro. ¿Qué me puede decir al respecto?

 Respuesta:

Juan:

 Le respondo con un artículo aparecido a principio de 2016 en el Boletín de Info-RIES (nº 415 – 23 de febrero de 2016). Lo transcribo a continuación.

Como pasa con tantas otras costumbres “alternativas” y con relación a la salud que se ponen de moda, hay que hacer un lúcido discernimiento de si estamos practicando –o se nos está proponiendo– una dieta apropiada para nuestro organismo o si, aprovechando este loable propósito, se nos quiere introducir en una filosofía de vida propia de la New Age. Veamos los puntos principales.

Una dieta basada en Oriente

Si nos fijamos en el nombre, viene del griego “grande” (makrós) y “vida” (biós). Así, la etimología nos muestra el propósito de esta técnica: alargar la vida del hombre, hacerla mayor. Y se basa en algo que ya es muy popular entre nosotros: el Yin y el Yang. Por lo tanto, en la génesis de la macrobiótica está el taoísmo y el confucianismo, que comparten esta simbología.

En su libro El taoísmo, religión de la armonía, José Luis Vázquez Borau explica que “Yin y Yang son dos fundamentos, principios, de mutua complementariedad. Yang representa la luz, el calor, la actividad, la dureza o la sequedad. Mientras, Yin representa la oscuridad, la frialdad, la pasividad, la suavidad o la humedad. La intersección, es decir, la acción recíproca entre las dos partes fundamentales, produce los fenómenos de la naturaleza”.

Aplicando esto a la comida, se dice que hay alimentos Yin y alimentos Yang. Los primeros serían los más ligeros y los que contendrían más potasio; los otros, con más cantidad de sodio, serían los más pesados. La clave está en buscar el equilibrio, la armonía. Y por eso la macrobiótica se fija no tanto en el contenido nutricional de la comida, sino en su “energía” (Yin y Yang).

Se recomiendan, sobre todo, los alimentos frescos, los biológicos, los cereales integrales, verduras y legumbres. Se insiste en consumir los productos propios del medio en el que se vive y los de las estaciones en las que se está. Hay un rechazo taxativo de todo alimento envasado, procesado, modificado… También se propone eliminar el azúcar. Y la leche, cuanto menos, mejor. El café y las especias son lo más parecido al veneno, así que se indica la sustitución del café por sucedáneos como la cebada tostada.

Como es fácil de adivinar, “bajo ningún punto de vista resulta recomendable la carne animal”, según reza un manual de macrobiótica. Se prohíbe comer patatas, pimientos y tomates. Y sorprende otra de las normas: “ingerir la menor cantidad posible de líquidos”, que ya obtendría el organismo por el resto de la dieta. Se insiste en masticar bien y comer pequeñas raciones.

Su principal introductor en Occidente fue el japonés George Ohsawa (1893-1966). Los defensores de la macrobiótica pretenden que las personas pasen de comer sin ningún orden a hacerlo con un sentido muy determinado.

Cuando se va más allá

Como decía un artículo divulgativo sobre este tema que publicó un semanario español, en ocasiones sucede que “más que una dieta, la macrobiótica es una filosofía de vida”. Estamos dando un salto a la cosmovisión, a la espiritualidad, a algo que determina la vida entera de la persona. Es un salto muy sencillo porque, como hemos visto, el influjo oriental es notable, y en Oriente no se pueden separar las cosas tal como lo hacemos aquí.

Esto podemos comprobarlo en los manuales clásicos sobre el tema. En un tratado muy difundido desde los años 70, de Itoshi Tamura, podemos leer este reclamo en su portada: “la sabiduría de Oriente llega a nosotros revitalizada y con profundo significado aleccionador. La Macrobiótica es vehículo de esa corriente de pensamiento. Adoptarla es recrear la vida, asimilar lo sublime, reconstituir la fortaleza física y moral… De la Macrobiótica surge el máximo de potencia y belleza… por ella, el hombre es más hombre, y la mujer es más mujer”.

Leyendo cosas como esta parecería que nos encontramos ante el “bálsamo de Fierabrás”, esa poción mágica que curaría todas las enfermedades y que –procedente de una leyenda de la épica carolingia– popularizó El Quijote. O puede sonar también a la charlatanería que subyace a los crecepelos milagrosos y otros productos del mismo estilo. Más adelante, cuando veamos sus riesgos, irá por ahí.

Algunos han llegado a afirmar que la macrobiótica podría solucionar hasta 120 enfermedades. Dentro del libro descubrimos la afirmación de Tamura de que la macrobiótica significa “salud física, psíquica o espiritual”. Al final, ¿a dónde lleva la comida? A “liberación y felicidad”, que son “promesas valederas, respaldadas por la Macrobiótica”, y esta se constituiría así en “una disciplina engendradora de proceso constitucional integral”.

En la galaxia de la Nueva Era

Visto lo anterior, es fácil deducir que la macrobiótica es uno más de los ingredientes que se integran en la “ensalada espiritual” de la Nueva Era (New Age). Algo que no es una simple constatación doctrinal, sino que lo observan desde otras disciplinas. Por ejemplo, la antropóloga portuguesa Virgínia Henriques Calado ha escrito un interesante estudio sobre esta propuesta dietética en el marco de la “salud holística” que defiende la Nueva Era.

Henriques afirma que la macrobiótica “procura legitimarse a sí misma en un proceso que puede ser visto como de instrumentalización del conocimiento científico”. Utilizando los datos científicos que les interesan, los defensores de esta dieta dicen tener “la verdad” sobre los alimentos. Esto, mezclado con su espíritu “misionero” y con su intención de transformación del mundo, hace que la macrobiótica se convierta en una propuesta global de reconciliación del hombre con la naturaleza a través de la alimentación “correcta”.

La antropóloga constata que “la macrobiótica, en su afinidad con muchos de los términos de la New Age, que remiten a una concepción holística y espiritualizada del universo, presenta una forma de ver el mundo que, por el conjunto de principios, valores y significados que genera, puede ser identificada con una ideología”. En sus conversaciones con muchos de sus defensores, Virgínia Henriques comprobó una narrativa típica en la clave de “despertar la conciencia”, evolución, sintonización con el mundo, centralidad de la energía, etc.

Cabe señalar también la práctica de la dieta macrobiótica por parte de personalidades significativas del mundo del espectáculo. Como siempre, los famosos contribuyen a una difusión a gran escala de cualquier técnica, tenga la validez o la seriedad que tenga.

¿Tiene algún riesgo?

Volviendo al campo científico, aparte de que no hay evidencias científicas de que este sistema sea adecuado para adelgazar ni reporte especiales beneficios, muchos críticos destacan la insuficiencia de algunos elementos necesarios para el organismo en la dieta macrobiótica. Algunos señalan que su escasez de grasas no es necesariamente beneficiosa para el organismo. También se apunta a la gran insistencia en el consumo de cereales integrales, algo que aumenta el riesgo de desequilibrios nutricionales.

Además, se le pueden aplicar las objeciones que se ponen a la alimentación vegetariana: la ausencia excesiva de proteínas animales puede causar carencias importantes de algunos elementos necesarios como vitaminas y minerales. La nutricionista Irene Zamora alertaba recientemente de que “a medida que va avanzando, la dieta se va haciendo más estricta y va eliminando grupos de alimentos, pudiendo llegar incluso a una última etapa en la que únicamente se consumen granos de cereales triturados, incluso restringe drásticamente el consumo de agua, por lo que puede causar graves problemas”. No sólo eso, sino que se refería a ella como una “dieta milagro”.

Otro aspecto polémico es la fama que ha obtenido la macrobiótica en algunos ambientes con respecto al cáncer. Muchos enfermos –a pesar de que no hay estudios desde la oncología que avalen esta práctica– han recurrido a esta opción dietética buscando su curación o, al menos, su mejoría. Algunos médicos han apuntado que en el caso del creador de Apple, el célebre Steve Jobs, su muerte por cáncer habría llegado con más rapidez por dejar los tratamientos convencionales echándose en brazos de la macrobiótica como remedio.

Un testimonio concreto

Para terminar, un caso real. Una madrileña, Milagros Martín, contó hace tiempo su testimonio de vida. Su búsqueda de sentido al abandonar en la juventud la fe católica la llevó a una vida repleta de prácticas propias de la Nueva Era. Como ella misma reconoce, “todo está muy mezclado: lo esotérico, lo energético, lo psicológico, la búsqueda espiritual, lo trascendente, las terapias alternativas”.

Y aquí es cuando afirma: “yo me metí mucho con el tema de la macrobiótica. Me interesaba mucho saber cómo a través de la alimentación yo podía sanar mi cuerpo. Por algún sitio, la Nueva Era siempre se mete, toca todos los aspectos del ser humano y, además, tiene parte de verdad; es muy difícil discernir dónde está la verdad y dónde la mentira”.

En su experiencia personal comprobamos cómo la macrobiótica a veces se usa como algo más que una simple dieta, lo que puede tener consecuencias peligrosas: “me diagnosticaron una enfermedad en los ovarios y, a través de la alimentación y la macrobiótica yo quería resolver este problema, pero al final, tuve que pasar por quirófano”. Milagros también afirma que “la macrobiótica es muy estricta. Puedes crear un patrón en tu mente, que te hace más mal que bien”.

mandalas

Los “mandalas” y mi hijo pequeño

Pregunta:

Querido Padre: A mi hijo de 5 años le han mandado comprar en la escuela un “cuaderno de Mandalas”, que según dice la propaganda que puede ver, lo ayuda a combatir la fatiga y el aburrimiento y a fomentar la creatividad. Cuando le pregunté a la maestra, ésta me dijo que estimula la parte creativa, intuitiva y mágica del cerebro. Yo he escuchado cosas raras de estos “mandalas” que creo que provienen del Oriente no cristiano. ¿Me puede dar una orientación? (Mabel).

Respuesta:

Estimada Mabel:

Con mucho gusto. Realmente este tema se toma con mucha ligereza cuando debería preocuparnos mucho. Le transcribo a continuación, el artículo publicado por Vicente Jara, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES). Tomo el artículo del Boletín Info-RIES nº 429 (el artículo fue publicado en Aleteia) con el título “Los mandalas y su significado: ¿son inocuos?”

Los mandalas son figuras netamente del hinduismo y del budismo. Tienen un sentido espiritual ligado a estas tradiciones religiosas y por esta razón no hay que usarlas fuera de su contexto propio, siendo muy arriesgado su uso por otros creyentes, con la posibilidad de caer en el sincretismo o en el relativismo religioso. Así, no tiene sentido usarlas en el cristianismo, más cuando Jesucristo ha superado el sentido que encierran estas figuras.

¿Qué es un mandala?

Los mandalas son representaciones figurativas espirituales. Pertenecen especialmente a la tradición hinduista y budista. No son representaciones abstractas o simbólicas neutras, sino que tienen un fondo espiritual. Representan la totalidad de la realidad. Un mandala es un fragmento del microcosmos que quiere abarcar y mostrar la totalidad del macrocosmos, la realidad entera. Es una muestra del orden del universo, del orden cósmico.

Si bien su fuente es la tradición hinduista, también desde ahí pasó al budismo. Hay variaciones entre ambas religiones en cuanto a la configuración del mandala, siendo muy figurativos en ciertas ramas del budismo, como el tibetano.

Los mandalas son dibujos. Para trazarlos, en primer lugar se dibujan las formas lineales, de manera concéntrica, y luego hay que colorearlos o llenarlos de color. Estos dibujos o figuras tienen formas muy propias, presentando una fuerte simetría arriba-abajo y derecha-izquierda, generalmente de forma circular, círculo tras círculo, también desde esta forma la cuadrangular, con inscripción de ambos polígonos, si bien estas figuras han llevado a inscribir más formas geométricas y mezclas entre muchas diversas, complejizando la estructura base inicial.

Los mandalas también se particionan o subdividen y llevan a expresar aspectos figurativos y espirituales en diferentes lugares del mismo, a veces animales, figuras de Buda o dioses del hinduismo. El mandala no obstante mantiene siempre una coherencia geométrica que de manera desde dentro hacia afuera perpetúa el orden simétrico a pesar de los entrelazamientos de líneas y figuras. En definitiva, un mandala encierra en sí mismo el total de Todo. Es una representación del Mundo como totalidad.

Ciertamente que en multitud de culturas tenemos figuras con formas abarcantes, ya circulares (eso mismo significa “mandala”, círculo), o cuadrangulares, incluso dentro del cristianismo, con la famosa mandorla del Dios Padre, que es Creador de la realidad entera, si bien no podemos caer en la sincrética similitud entre todas las culturas y religiones.

Es claro que las figuras básicas de la geometría son conocidas en muchas culturas y se les ha dado un sentido diverso; y es normal que cualquier cultura mire al cielo y vea el círculo en el Sol o la Luna, para muchas culturas paganas representación de dioses, y de ahí que el círculo, o el cuadrado, como estructura básica, o el triángulo, los encontremos en todo tipo de templos o religiosidades y culturas, pero el sentido depende de la religiosidad o espiritualidad propia, de ahí que no podemos amalgamar o confundir las figuraciones, más cuando muchas de ellas presentan elementos de una corriente espiritual concreta.

Y los mandalas son religiosamente círculos, es decir, la rueda de las reencarnaciones que no para de girar, y es la vida y muerte sin fin de las reencarnaciones. Es la base del hinduismo y del budismo, y en sus elementos que ahora seguiremos profundizando, es netamente oriental. No es por lo tanto cristiano, no lo es. Cuidado con caer en sincretismos y mezclas relativistas.

¿Cómo se hace un mandala?

Vamos a explicarlo en su sentido profundo, un sentido espiritual hinduista y budista, para que nos quede claro qué hay en ellos y en su ejecución. El hacer mandalas y el colorearlos, ya en el suelo o en otro soporte como papel u otros, es disponer al candidato o discípulo que lo genera al sufrimiento de lo que supone tal tarea: aprender a ver el sufrimiento en la propia vida, clave del budismo, y también del hinduismo.

El creador del mandala usa colores, pinturas, o bien se sirve de piedrecitas o arenilla coloreada que coloca en el entrelazado de líneas, granitos pequeños de arena de colores, a veces usando hilos o pétalos de diferentes tonos y colores, y sufrirá realizando el mandala, que irá creciendo desde dentro hacia afuera. El poco iniciado en su ejecución no logrará el objetivo tan fácil como imaginaba y tendrá que someterse al pesado logro de alcanzar la meta. Un mandala complicado en sus líneas, subdivisiones de subdivisiones, colores diversos, simetrías y detalles lleva mucho tiempo. El discípulo aprende a ser paciente, a concentrarse, a ser pasivo ante el sufrimiento.

Su realización llevará a aprender por parte del seguidor hinduista o budista la pesada tarea de la vida, la conformación del universo como realidad ordenada, circular, de reencarnaciones y de muerte y vida continua, de fallar y empezar, más cuando en ocasiones el mandala se hace en una zona donde puede soplar el viento y debe empezar una y otra vez por el principio, al quedar todo desordenado y volarse el material de relleno o llover sobre la pintura, borrarse, o volarse la arenilla de colores en algunas zonas llegando incluso a estropear otras zonas del mandala con su arrastre.

El mandala lleva a sufrir y a aprender a sufrir. Es muy difícil acabarlo. Es la vida y el sufrimiento de la vida, el sufrimiento que intenta vencer el hinduista con la ascesis y la dureza de ánimo y concentración, o que el budista intenta aplacar no sintiendo, acallando sus sentidos, no padeciendo.

Si el mandala se consigue acabar no deberá enseñarse a nadie, no deberá publicitarse, alardear de él y mucho menos guardar recuerdo de él, al menos en las tradiciones más puristas; no deberá el discípulo budista mostrar regocijo, no deberá sentir, que es lo que debe acallar, sino que deberá en ese instante y tras por un instante en el que lo mirará, para acercarse al Todo, destruirlo.

Un simple manotazo valdrá, quizás con el pie, o soplando, con un golpe seco, como signo de la continua muerte y vida según la espiritualidad budista, y también hinduista. Y con ello, no sufrir porque nadie lo haya contemplado y nadie pueda alabarle por haberlo logrado. Acallar el sentir, dominar las pasiones. Eso es el mandala, y eso es la religiosidad base de Oriente en el hinduismo y el budismo. La ascesis de no tener malos pensamientos que producen karma y te ligan a reencarnarte sin fin. La gran ascesis hinduista de la muerte una y otra vez. Vivir la vida y la muerte de manera ascética y contemplativa.

Esto es Oriente. Esto es el mandala. No podemos traer elementos orientales al cristianismo como si tal cosa. No. Cuidado. En Oriente y sus religiones cada gesto, cada ritual, cada elemento, está impregnado de religiosidad. Eso en parte define a Oriente y su espiritualidad. Lo divino lo invade todo y nada hay neutro, des-religiosizado. Por eso en Occidente hay que tener cuidado, y especialmente cuidado los católicos, los cristianos, con tomar y coger cosas de Oriente. Y lo mismo pasa con el yoga, con prácticas de meditación orientales, tan de moda en las culturas cristianas.

Los mandalas enseñan al ejercitante a ordenar el propio caos interior de la persona que lo confecciona. Enseñan a ver el mundo: el mandala se destruye, el mundo se destruye, pero se vuelve a construir. Por eso en Oriente no existe el sentido de progreso que tenemos en la cultura cristiana, de avance, lineal, hacia Cristo y la Plenitud en Él de toda la Creación. Oriente ve la muerte como una fase normal y que dará lugar a nuevos renacimientos. Y de ahí morir de nuevo. Oriente gira y gira sin avance. No sale de su rueda de muerte y vida. Solo queda la ascesis para aguantar (hinduismo) o el no sentir para no sufrir (budismo).

Los mandalas son distintos entre sí, no se pretende copiar uno de otro. El mandala expresa así la diversidad del cosmos y la imposibilidad de contemplarse igual por dos mentes distintas. Cada persona ve un mandala o crea un mandala diferente, y en otro momento, uno mismo genera un mandala distinto, porque la realidad es cambiante y no se puede agarrar. Todo pasa, nada queda. Es el aforismo de la impermanencia. El ser no existe, es la nada. Nada merece la pena. El todo es la nada y la nada es el todo.

Hay una película de Martin Scorsese, Kundun, del año 1997, sobre el exilio del Dalai Lama por la invasión comunista de Tíbet. En ella se expresa muy bien lo que es un mandala.

Los mandalas dentro de los colegios

Un aspecto que hay que mencionar es que los mandalas están entrando en los colegios de los países de cultura cristiana, también en los colegios religiosos, sin saberlo los directores, los educadores, las congregaciones religiosas que los regentan, también los centros diocesanos, o de los diferentes carismas católicos que tienen colegios.

¿Cómo ha ocurrido esto? En el ámbito escolar ha entrado con cierta fuerza la venta de cuadernos para pintar los niños. Vendrían a sustituir a los anteriores cuadernos de figuras que había que pintar, a veces un pájaro colorido del Amazonas, un niño sobre un caballo, o un jardín y una niña dando unos trocitos de pan a unos patitos o unos pollitos. Son los cuadernos de pintar con los colores adecuados las figuras. Los cuadernos de pintar de toda la vida. O al menos los de hace unas generaciones. Hoy en las librerías y papelerías lo que se venden son figuras de mandalas, cuadernos de mandalas, para que los niños pinten y rellenen con colores cada sección y subdivisión.

Se venden como cuadernos creativos, relajantes, como un objeto para contemplar pintándolo, que sin embargo, como hemos dicho, encierran un fondo espiritual budista o hinduista, oriental. O incluso con tintes de Nueva Era y sincretista: que si terapias de colores, que si sanación espiritual, que si arquetipos, que si elementos medio mágicos de pseudo-curación con energías de los colores y las formas geométricas de la Nueva Era,…

¿Qué podemos decir desde el cristianismo?

Recordemos que los mandalas están impregnados de orientalismo. Y aunque entren sin referencias directas a estas religiones, como simples dibujos, el hecho de que los niños se acostumbren a ellos sin saberlo y sin la concesión y permiso de sus padres es una puerta para que en el futuro esos niños ya adultos al ver mandalas budistas e hinduistas y conozcan sus significados tomen conciencia de que eso es lo que en su infancia sin saberlo pintaron.

Es importante por ello conocer qué entra en centros cristianos. Y qué hacen los niños. Hay que respetar la fe de cada religión, y no caer en amalgamas. No sería sino una muy buena idea en los colegios religiosos cristianos volver a los cuadernos de antes, o bien a pintar postales navideñas o escenas católicas o bíblicas. Y que en centros budistas u orientales pinten mandalas. Por simple coherencia religiosa y educativa.

Por otro lado hay que decir que los mandalas no son malos en tanto figuras y colores, no alejan de Dios, sino que forman parte de la religión hinduista o budista, religiones que intentan llegar a Dios, desde sus medios y creencias. Explicitemos este aspecto citando el Vaticano II en su Declaración Nostra Aetate sobre las religiones no cristianas, como reflexión desde el cristianismo de estas espiritualidades de Oriente:

“En el Hinduismo los hombres investigan el misterio divino y lo expresan mediante la inagotable fecundidad de los mitos y con los penetrantes esfuerzos de la filosofía, y buscan la liberación de las angustias de nuestra condición mediante las modalidades de la vida ascética, a través de profunda meditación, o bien buscando refugio en Dios con amor y confianza. En el Budismo, según sus varias formas, se reconoce la insuficiencia radical de este mundo mudable y se enseña el camino por el que los hombres, con espíritu devoto y confiado pueden adquirir el estado de perfecta liberación o la suprema iluminación, por sus propios esfuerzos apoyados con el auxilio superior. […] La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, por más que discrepen en mucho de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres. Anuncia y tiene la obligación de anunciar constantemente a Cristo”.

144.000

¿Sólo se salvan 144.000?

Pregunta:

Padre, tengo problemas con algunas creencias de mi esposo, el cual asiste a las reuniones de los Testigos de Jehová. Entre otras cosas, él me insiste mucho en que nadie va al cielo fuera de 144.000 personas que Dios escogerá; incluso me enseñó eso en las Escrituras. Cuando me dijo eso no supe cómo comprobar en la Biblia lo que nosotros creemos. ¿Me puede dar una respuesta?

Respuesta:

Efectivamente es ésta una enseñanza de los Testigos de Jehová, como puede comprobarse en sus libros e incluso en su sitio web oficial. Allí, al hablar de las cosas que creen y su fundamento bíblico, dice: “Sólo un pequeño rebaño de 144.000 personas va al cielo para gobernar con Cristo” (y da como referencia: Lc 12,32; Ap 14,1, 3; 1Co 15,40-53; Ap 5, 9, 10); “Los 144.000 nacen de nuevo como hijos espirituales de Dios” (referencias: 1 Pe 1,23; Jn 3,3; Ap 7, 3, 4)[1].

En su libro “La verdad que lleva a la vida eterna”, se lee explícitamente: “Los que son llamados por Dios para participar en el servicio celestial, son pocos (…) Jesús dio a saber el número exacto en una visión dada al Apóstol Juan, quien escribió: ‘Vi, y, ¡miren! el cordero de pie sobre el monte Sión, y con él ciento cuarenta y cuatro mil… que han sido comprados de la tierra’ (Revelación 14,1-3) (…)

De modo que los 144.000 son personas que mueren en la tierra como hermanos y son resucitados a la vida celestial como criaturas espíritus, tal como le sucedió a Jesús (Ro 6,5). Cuando se les compara con los miles de millones de personas que viven en la tierra, son, verdaderamente, un rebaño pequeño”[2]. Es más, Charles Taze Russell dice que de esos 144.000, doce mil pertenecen a su grupo de Testigos de Jehová, y el resto pertenecieron a los siglos pasados: “En la tierra hoy día sólo sobrevive un resto de los 144.000 escogidos quienes son cristianos dedicados, bautizados, engendrados por el espíritu de Jehová Dios para ser coherederos con su Hijo Jesucristo en el reino celestial (Ro 8,14-17). Los informes muestran que ahora hay menos de 12.000 de estos sobrevivientes. No todos los ‘Testigos de Jehová’ esperan ir al cielo. Verdaderamente, sólo una porción pequeña esperan esto (Lc 12,32). El todopoderoso Dios, quien coloca a todos los miembros en su organización como a él le place, ha limitado a 144.000 el número del ‘Cuerpo de Cristo’, cuyos miembros reinarán con Cristo Jesús en el reino celestial de Dios”[3].

La doctrina bíblica no es ésa. San Pablo dice explícitamente que Dios quiere que todos se salven (1Tim 2,4-6) y cuando a Jesús le preguntan si son muchos los que se van a salvar, no responde con números (cf. Lc 13,23-30) sino exhortando a esforzarse todos por entrar por la puerta estrecha. En el libro del Apocalipsis se menciona dos veces el número de 144.000 salvados (Ap 7,4-10 y 4,1-13).

El número no debe ser tomado materialmente, pues pertenece al lenguaje apocalíptico, donde abunda la simbología, tanto numérica como de otros géneros (animales, colores, objetos, castigos, etc.).

El texto de Ap 7, 4-10 es más que elocuente: «Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel: de la tribu de Judá, doce mil marcados, de la tribu de Rubén, doce mil, de la tribu de Gad, doce mil, de la tribu de Aser, doce mil, de la tribu de Neftalí, doce mil, de la tribu de Manasés, doce mil, de la tribu de Simeón, doce mil, de la tribu de Leví, doce mil, de la tribu de Isacar, doce mil, de la tribu de Zabulón, doce mil; de la tribu de José, doce mil; de la tribu de Benjamín, doce mil marcados. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre innumerable de toda nación y raza, pueblo y lengua; estaban de pie ante el trono y ante el cordero, vestidos de blanco y con palmas en la mano; aclamaban a gritos: La victoria pertenece a nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero».

La simbología numérica bíblica es algo que debe entenderse bien si no quiere uno empantanarse en interpretaciones bíblicas disparatadas. Sobre este tema dicen Jean de Fraine y Pierre Grelot en su artículo “Números” del Vocabulario de Teología Bíblica[4], que de los números “redondos” o “aproximativos” se pasa fácilmente en la Biblia a los empleos convencionales, que sería un error entender al pie de la letra. El 2 puede significar “algunos” (cf. Núm 9,22), el doble puede significar una sobreabundancia (cf. Jer 16,18; Is 40,2); el 3 es una aproximación del número (cf. 1Re 7,23); el 4 indica la totalidad del horizonte geográfico (delante, detrás, la derecha, la izquierda): como los 4 vientos (Ez 37,9), los 4 ríos (Gn 2,10); el 5 tiene valor mnemotécnico (dedos de una mano); el 7 sugiere un número bastante considerable (Caín será vengado 7 veces: Gn 4,15; el justo cae 7 veces al día: Prov 24,16; Jesús lanza 7 demonios de la Magdalena: Lc 16,9); también el 10 tiene valor mnemotécnico (los dedos de las dos manos ayudan a recordar), de ahí el resumen de la ley en diez mandamientos, las diez plagas de Egipto, etc. El 12 es el número de las lunaciones del año y sugiere por tanto la idea de un ciclo anual completo: las 12 prefecturas de Salomón (1Re 4,7ss), se eligen 12 tribus de Israel, etc. Lo mismo se diga de otros números como 40 (los años convencionales de una generación: 40 años en el desierto, 40 años de tranquilidad –Jue 3,11.30–, 40 años de reinado de David –2Sa 5,4–; 40 días y 40 noches de diluvio; 40 días de viaje de Elías, etc.); se podrían multiplicar los ejemplos con los números 70, 80, 100 y 1000 (Dios hace misericordia por mil generaciones: Ex 20,6; para Él 1000 años son como un día: Sal 90,4); la miríada (10.000) designa una cantidad fabulosa (Lev 26,8).

También encontramos en la Biblia las gematrías, un procedimiento caro a los antiguos, según el cual una cifra dada designa un hombre o un objeto, porque el valor numérico de las letras que constituyen su nombre corresponde al número en cuestión; es claro en el famoso 666, nombre del Anticristo, del que ya hemos hablado.

De aquí que no siempre podamos dar a las cifras bíblicas un valor estrictamente material, sino, en muchos casos, simbólico, especialmente cuando el mismo contexto lo sugiere. Tal es el caso de los 144.000 salvados; doce mil de cada tribu de Israel (12 x 12 x 1000) que designa una inmensa multitud. Incluso los exegetas discuten de la interpretación de este grupo y de su identidad con los 144.000 de Ap 14,1-5. Dice por ejemplo Salguero: “¿A quiénes representan estos 144.000 sellados? Creemos que la opinión que tiene mayor probabilidad es la que ve en esta multitud de marcados a toda la Iglesia cristiana. Se identificaría con la ingente muchedumbre de que nos va a hablar San Juan en Ap 7,9-17. Pero San Juan presenta a esta inmensa multitud ya en el plano glorioso del cielo. Según Ap 3,9-10, las doce tribus de Israel designan a la Iglesia militante, en cuanto que los cristianos son considerados como formando el verdadero pueblo de Israel, que sucede al antiguo. Y los 144.000 vírgenes de Ap 14,1-5 que siguen al Cordero, pudieran también identificarse con la inmensa multitud de nuestro texto. Sin embargo, es más probable que revistan matices un tanto distintos esos dos grupos de 144.000: el grupo inmenso de sellados de Ap 7,4 representaría a la totalidad de los cristianos; mientras que los 144.000 vírgenes de Ap 14,4 designaría a la totalidad de los elegidos. Orígenes, Primasio, Beda, Beato de Liébana, y autores modernos, como Rénan, Swete y otros, ven en esta cifra, simbolizada la multitud de los fieles de Cristo, que serán liberados de los azotes en el día de la cólera de Dios contra los impíos. Otros escritores, siguiendo a Victorino Pettau y a Andrés de Cesarea, creen más bien que el número 144.000 representa a los cristianos convertidos del judaísmo, desde los días apostólicos hasta la entrada en masa de Israel en la Iglesia. Y, finalmente, ciertos autores, como, por ejemplo, el P. S. Bartina, identifican esa muchedumbre inmensa de 144.000 con un grupo escogido que habría de quedar excluido de las calamidades que se abatirán sobre la tierra, y que sería el que prolongase la Iglesia en la historia”[5].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Ugo Vanni, La struttura letteraria dell’Apocalisse, Herder, Roma 1971;

Alcañiz-Castellani, La Iglesia patrística y la Parusía, Paulinas, Buenos Aires 1962.

Tomado de nuestro libro ¿EN DONDE DICE LA BIBLIA QUE…?, donde respondemos a las principales objeciones de los protestantes.

NOTAS

Los cristianos no católicos no pueden fundamentar el uso que hacen de la Biblia

Las objeciones y dificultades que ponen los no católicos son numerosas, casi todas basadas en malas comprensiones de textos bíblicos o lecturas parciales de la Sagrada Escritura. Trataremos en los siguientes capítulos de responder católicamente a cada una de esas objeciones. Sin embargo, hay un problema fundamental que, para ser honestos, los cristianos no católicos deben resolver primero, y es el problema de los principios fundamentales de su fe cristiana. Ellos presentan muchas dificultades, todas a partir de su lectura personal de la Biblia; pero el hecho fundamental es que, para poder hacer esto, primero deben justificar por qué usan la Biblia y qué derecho tienen para hacerlo, y, segundo, deben justificar con qué derecho ellos se atribuyen el derecho de interpretar privadamente la Biblia. El recurso exclusivo a la Biblia y el derecho de interpretarla privadamente son los dos grandes principios que todo el cristianismo no católico ha heredado de los primeros reformadores. El gran problema del cristianismo no católico es que los dos principios son imposibles de fundamentar y llevan a un círculo vicioso y a un callejón sin salida.

Nota: el mundo del protestantismo abarca un espectro demasiado amplio de denominaciones e iglesias como para intentar una crítica pormenorizada de cada una de ellas; téngase en cuenta, por tanto, que al hablar de Protestantismo abarcamos tanto a las iglesias surgidas inmediatamente de la Reforma (luteranismo, calvinismo, anglicanismo, bautistas, etc.) llamadas a veces “denominaciones tradicionales”, como también a sectas “protestantes” (adventistas del Séptimo día, pentecostales, distintas divisiones del evangelismo, etc.; por extensión englobamos en esta categoría a los Testigos de Jehová y hasta cierto punto a los Mormones, porque también ellos hacen uso de la Biblia, aunque no son propiamente religiones “cristianas” pues no aceptan la divinidad de Jesucristo y el dogma de la Santísima Trinidad, fundamentos del cristianismo tanto católico como no católico). Por tanto, si bien hay diferencias esenciales entre estas denominaciones y sectas, tienen en común la aceptación de los principios fundamentales de la Reforma protestante y las principales objeciones que hacen al catolicismo. En cuanto a las objeciones que son exclusivas de algunas sectas (como los Testigos de Jehová o los Adventistas), lo aclararemos en los casos particulares. En cuanto a la belicosidad contra el Catolicismo, hay que distinguir entre las personas: hay miembros de algunas sectas que son muy respetuosos de las creencias ajenas y hay miembros de denominaciones tradicionales que tienen una gran beligerancia contra la Iglesia católica, como reconocen algunos protestantes convertidos al catolicismo (por ejemplo, ex calvinistas). Hay que reconocer, y éste es en gran medida el propósito de este libro, que muchas de estas personas no están animadas por mala voluntad, sino por una errónea comprensión de la fe católica, que hace comprensible su rechazo activo de nuestra Iglesia. Quisiera que estas páginas también les sirvieran a ellos para despejar algunos equívocos sobre lo que creemos los católicos.

[1] https://www.jw.org/es (sitio oficial de los TJ).

[2] La verdad que lleva a vida eterna, Watchtower Bible and Tract Society of New York, New York 1981, p. 77.

[3] T. Russell, Cosas en las cuales es imposible que Dios mienta, Watchtower Bible and Tract Society of New York, p. 337.

[4] Vocabulario de Teología Bíblica, dirigido por Xavier León Dufour, Herder, Barcelona 1978, pp. 559-602.

[5] Profesores de Salamanca, Biblia comentada, tomo VII, BAC, Madrid 1965, p. 388.

preocupado

¿Es pecado estar muy preocupado?

Pregunta:

Estimado Padre: Últimamente noto que estoy muy preocupado por mi situación y la de mi familia. No me refiero a una preocupación normal sino que a veces se vuelve desasosiego y pesadumbre, siempre pensando en que puedo perder el trabajo y las consecuencias que eso puede traerme. No es que esté particularmente en riesgo de que me suceda, sino que se me cruza por la cabeza y no puedo ni siquiera dormir. ¿Puede ser esto un pecado?

Respuesta

Estimado:

Efectivamente, puede llegar a ser pecado (no digo que lo sea de hecho, sino que puede llegar a ser pecado). Lo que usted experimenta se llama propiamente “inquietud por las cosas temporales”. Inquietud indebida, se entiende, porque hay una inquietud que es normal, buena y necesaria: aquella por la cual ponemos los medios para buscar lo que necesitamos nosotros, o necesitan las personas que tenemos a cargo, para vivir y perfeccionarnos.

Nuestro Señor habló explícitamente contra esta actitud al decirnos: No andéis solícitos diciendo: qué comeremos, qué beberemos o qué vestiremos (Mt 6,31)

Esta preocupación -llamada también solicitud- implica un empeño por conseguir alguna cosa que se ha vuelto ilícita por alguno de estos tres motivos: (a) o bien porque se busca algo temporal como fin último de la vida; (b) o bien porque es buscado con demasiado interés temporal, hasta el punto de apartarnos de lo espiritual (a esto se refiere Jesús en Mt 13,22 al decir: Los cuidados del mundo ahogan la palabra [de Dios]); (c) o bien, finalmente, por estar, dicha preocupación, acompañada de un temor exagerado: cuando se teme que falte lo necesario después de haber hecho lo que debemos hacer y lo que está de nuestra parte; esta es ya la ansiedad temporal en el sentido más estricto, y la que más a menudo nos puede afectar.

El vicio que está detrás de esta ansiedad es la desconfianza de Dios. La cual es pecado, dice Santo Tomás, porque implica ceguera ante las obras de Dios, ya que Dios a cada momento nos está asegurando que cuida de nosotros:

(1°) Dándonos beneficios mayores de las cosas necesarias de cada día, a saber, el cuerpo y el alma que nos han venido sin nuestra preocupación: el cuerpo y el alma lo recibimos de arriba; ¿nos va a faltar entonces un pedazo de pan?

(2°) Mostrándonos la protección y delicadeza que tiene respecto de los animales y de las plantas, sin trabajo del hombre. Como leemos en Mt 6,26-29: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?… Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Entonces, ¿va a ser menos con el hombre? Por eso añade (6,30): Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

(3°) Finalmente, permitiéndonos que alcancemos con nuestra misma razón la existencia de la Providencia divina, verdad de orden natural, por ignorancia de la cual los paganos se preocupaban de buscar los bienes temporales por encima de todo y vivieron amargados… como paganos, precisamente.

Hay que concluir, pues, que nuestra preocupación debe dirigirse, principalmente, a los bienes espirituales, con la esperanza de que también se nos darán -si ponemos de nuestra parte los medios- las cosas temporales necesarias. Lo dice hermosamente el Señor: Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura. Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal (Mt 6,32-34). E igualmente: No os inquietéis por el mañana (Mt 20,34). A cada día le basta su propio afán.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

  • Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, I-II, 55, art. 6-7;
  • Reginald Garrigou-Lagrange, La Providencia y la Confianza en Dios, Palabra, Madrid 1951;
  • De Caussade, Jean- Pierre, Tratado del Santo Abandono a la Divina Providencia, Apostolado de la Oración, Bs. As. 1983;
  • Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono, Patmos, Madrid 1977;
  • Paul de Jaegher, Confianza, El mensajero del Sagrado Corazón de Jesús, Bilbao 1956.
pecado

¿Por qué se dice que todos los pecados contra la castidad son mortales?

Pregunta:

Mi pregunta va orientada a moral sexual. ¿Cuál es el fundamento teológico de considerar “non parvitas materiae” en todos los pecados contra el 6° y 9° mandamientos? ¿Existe alguna definición magisterial al respecto? El teólogo Marciano Vidal dice en su “Moral de Actitudes” que esta categorización moral corresponde a un error en la antropología biológica, pues según él, Santo Tomás de Aquino considera que el esperma ya contiene “homúnculos”, o sea hombres en estado embrional y por tanto todo derrame seminal contendría hombres en estado embrionario. ¿Es real esta afirmación? ¿Cómo le respondería usted?

Respuesta:

Estimado,

Parvitas materiae”, quiere decir “parvedad (= pequeñez) de materia”; el principio que usted menciona: “que no hay parvedad de materia” quiere decir que, desde el aspecto material, cualquier acto realizado contra lo que se manda en esos “mandamientos” es suficiente para que haya pecado mortal.

Ha sido, indudablemente, una enseñanza tradicional el que en materia sexual todo desorden es algo objetivamente serio o grave y constituye, por tanto, materia suficiente para que haya pecado mortal. No se dice, sin más, que en cada caso concreto sea pecado mortal, pues para que haya efectivamente un pecado mortal no basta con que se verifique un desorden grave objetivo sino que además hace falta que sea conocido como tal por quien lo realiza y que lo haya querido o aceptado realizar libremente (podrían, pues, darse causas atenuantes como la ignorancia, violencia, falta de libertad o deliberación, etc.)[1].

En la segunda mitad del siglo XX muchos teólogos se apartaron de esta enseñanza afirmando que esta doctrina hacía una diferencia injustificada entre las cuestiones sexuales y las de otras virtudes (como las de la justicia social, por ejemplo, donde sí se habla de que puede haber parvedad de materia); en consecuencia exigían que se reinterpretara el principio (como Grundel, B. Haring y otros) o bien lo califican de insostenible (J. Ziegler, A. Valsecchi)[2]. Sin embargo, no es exacto decir que la doctrina de la “no parvedad de materia” sea algo que afecte tan solo al campo sexual; hay otros pecados en que tampoco se da parvedad de materia; así, por ejemplo dice el Catecismo: “Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio”[3]. Nótese que se indican actos en que se injuria a Dios, en que se atenta contra la vida del prójimo y -en tercer lugar- la sexualidad.

En los documentos del magisterio no aparece la expresión “no parvedad de materia”, pero sí lo esencial que este principio quiere indicar. Es muy claro a este propósito el párrafo de la Declaración Persona humana que critica el mal uso de la teoría de la opción fundamental (con la que muchos de estos autores negaban la no-parvedad de materia en cuestiones sexuales): “… Según la tradición cristiana y la doctrina de la Iglesia, y como también lo reconoce la recta razón, el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave”[4]. Al decir “toda violación directa… es objetivamente grave”, está enseñando precisamente lo que la tradición teológica anterior indicaba con el principio de “no-parvedad de materia”. “Toda violación” incluye no sólo los actos externos sino también los pensamientos y los deseos.

Más claro todavía se hace al ver que inmediatamente el texto de la Declaración distingue este juicio de gravedad objetiva, del juicio de la responsabilidad subjetiva: “Es verdad que en las faltas de orden sexual, vista su condición especial y sus causas, sucede más fácilmente que no se le dé un consentimiento plenamente libre; esto invita a proceder con cautela en todo juicio sobre el grado de responsabilidad subjetiva de las mismas”. Con esto se pone de manifiesto que la expresión “directa” (toda violación directa) no era una alusión a los elementos subjetivos del acto sino simplemente que hacía referencia a una “violación propia del orden sexual”.

Finalmente el documento une ambas esferas (la objetiva y la subjetiva) al señalar que si bien se deben tener en cuenta los elementos subjetivos (conocimiento y libertad de la persona, u otros condicionamientos) esto no debe llevar a sostener “que en materia sexual no se cometen pecados mortales”.

Si vamos al Catecismo de la Iglesia Católica veremos que al hablar de la lujuria en general no se afirma directamente la gravedad (entiendo gravedad en el sentido de mortalidad, es decir, “pecado mortal”) de todos los pecados en esta materia; tan solo la objetividad del desorden que ellos entrañan; en efecto, señala que “el placer sexual es moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo separado de las finalidades de procreación y de unión”[5].

Pero al pasar a hablar, a continuación, de cada una de las especies de lujuria, se usa una terminología equivalente a la que expresa la “no-parvedad de materia”. Así, por ejemplo de la masturbación afirma (apelando a dos fuentes: “el magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante” y “el sentido moral de los fieles”) como “un acto intrínseca y gravemente desordenado”[6]. Y se refiere al acto considerado en sí, objetivamente, o si se quiere: materialmente; es el acto considerado en su aspecto material, objetivamente, al margen del conocimiento y de la libertad del sujeto que lo realiza. Por eso, se añade a continuación los demás elementos del juicio concreto sobre la responsabilidad moral de los sujetos que lo cometen; para esto, dice, deberá tenerse en cuenta: “la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral”. Nótese, pues, que todos estos factores pueden atenuar o reducir la “culpabilidad moral”. Culpabilidad es la responsabilidad que a alguien le cabe por la ejecución de un acto desordenado. El acto es gravemente desordenado en sí, pero la culpabilidad o responsabilidad de uno puede estar atenuada por ignorancia o falta de libertad u otros factores. Lo que se ha afirmado, es, por tanto, la gravedad objetiva del desorden sexual en todo su género.

Los demás párrafos del Catecismo que hacen referencia a las otras “ofensas contra la castidad” mantienen el lenguaje de “gravedad” (es decir, pecado grave por su objeto o intrínsecamente grave) para el juicio objetivo: así al hablar de la fornicación se dice que es “gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana”[7]; la pornografía “atenta gravemente a la dignidad (…); es una falta grave”[8]; en la prostitución quien paga “peca gravemente”, y dedicarse a ella “es siempre gravemente pecaminoso” (y luego nuevamente indicará la posibilidad de atenuación de la imputabilidad en las víctimas de chantaje, presión, etc.)[9]; la violación “es siempre un acto intrínsecamente grave”[10]; los actos homosexuales “son intrínsecamente desordenados”[11]; al hablar de las uniones libres dice de modo universal: “el acto sexual debe tener lugar exclusivamente en el matrimonio; fuera de éste constituye siempre un pecado grave”[12], pero es evidente que el Catecismo no desconoce que algunas personas tienen una enorme ignorancia en estos temas, por tanto, está hablando de la gravedad material (y decir “siempre grave” equivale a decir “no admiten parvedad de materia”). Más adelante, en el resumen del capítulo, el mismo Catecismo llama a muchos de los actos que acabamos de mencionar: “pecados gravemente contrarios a la castidad”[13]; al hablar de la anticoncepción dice que es “intrínsecamente mala”[14]. Lo dicho debe extenderse también a los actos interiores pues varias veces se cita la expresión de Jesucristo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón (Mt 5,28)[15]; le cabe pues el mismo juicio que el adulterio, el cual está “absolutamente prohibido” y “denunciado en su gravedad por los profetas”[16]. Téngase en cuenta que los actos internos se califican moralmente del mismo modo que los actos externos que tienen el mismo objeto moral (así, por ejemplo, el acto interno de deseo o complacencia en una acción homosexual tiene la misma calificación que el acto externo, por tanto es propiamente hablando un acto homosexual aunque de deseo o pensamiento). Debe decirse, entonces, que comparten también la misma calificación teológica que tales actos: o sea, en este caso, son intrínsecamente graves por su objeto[17].

Se distingue siempre, por tanto, entre gravedad -o gravedad objetiva o gravedad intrínseca- que hace referencia a la materia, y responsabilidad, imputabilidad y culpabilidad, que es la atribución del delito o pecado a un sujeto en lo que juega un papel importante el conocimiento y la voluntariedad que se tenga en el momento de realizar el acto. Los primeros términos responden, en los textos arriba citados, a lo que la tradición teológica ha acuñado como “no-parvedad de materia”[18].

El motivo de este juicio objetivo no es el que se indica en la consulta, sino el que está indicado en algunos de los documentos que hemos señalado, especialmente en la Declaración Persona humana, al decir que “el orden moral de la sexualidad comporta para la vida humana valores tan elevados” que su transgresión es objetivamente grave; son cosas ordenadas de modo intrínseco -por su objeto- al fin último de la vida; por esta razón todo uso desordenado comporta una desviación del fin último de la vida al menos objetivamente; este es el juicio moral del magisterio y de Santo Tomás (y no el indicado por el consultante)[19]. Se trata, pues, de la grandeza de los valores implicados en la sexualidad, que está dada por varios capítulos: (a) por la relación que tiene el uso de la sexualidad con Dios: Dios ha concedido al uso de la sexualidad la dignidad de ser el vehículo por el cual el hombre se asocia al acto creador de los nuevos seres humanos (y por eso, llamamos a los padres pro-creadores); (b) por la relación que tiene el sexo con la existencia de la humanidad: de su recto uso depende la perpetuación de la especie humana (y digo de su recto uso, porque para que haya auténtica perpetuación debe haber generación y educación de la prole); (c) por la relación que tiene el sexo con el amor humano: es el acto de comunión más perfecto que puede darse entre dos seres humanos, el varón y la mujer, pues representa objetivamente la entrega total y sin restricciones de todo el ser de una persona a otra persona; es acto de donación personal (de la persona del amante a la persona del amado); todo uso del sexo fuera de este contexto implica el uso fraudulento de un lenguaje cuasi sagrado.

En cuanto a las tesis de Marciano Vidal carecen de autoridad pues con esos mismos principios el autor ha llegado a legitimar la masturbación para ciertos casos, las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad, etc., todo lo cual ha motivado una Notificación de la Congregación para la Doctrina de la Fe que obligó a este teólogo a retractarse de sus posiciones[20].

P. Miguel A. Fuentes, IVE

Bibliografía:

Se pueden leer los textos del Catecismo citados en las notas y también: Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, sobre algunas cuestiones de ética sexual; Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre algunos escritos del Rvdo. P. Marciano Vidal, C.Ss.R., 22 de febrero de 2001.

[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1857.

[2] Se puede ver: B. Haring, “Sexualidad”, en: Diccionario de Teología Moral, Paulinas 1978, p. 1014.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1756. Cf, también nn. 2148; 1856.

[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Persona humana, sobre algunas cuestiones de ética sexual, n.10.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2351.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2352.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2353

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2354

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2355.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2356

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2357.

[12] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2390.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2396.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2370.

[15] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1456 (en la nota); 2336; 2380 (en nota); 2513; 2528.

[16] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2380.

[17] Calificación o especie teológica quiere decir en moral la gravedad: mortal o venial. En cambio, especie moral de un acto significa qué clase de acto es: homosexualidad, fornicación, robo, venganza, etc.

[18] Por eso no tienen fuerza los argumentos con los que se intenta criticar esta doctrina; por ejemplo afirma López Azpitarte: “La malicia del acto radica en la renuncia a vivir los valores de la sexualidad, que en cada gesto concreto se eliminan. Si una conducta aislada no llegara a herir gravemente el sentido de aquella, se debería admitir, como en otros campos de la moral, la parvedad de materia” (López Azpitarte, E., Ética de la sexualidad y del matrimonio, Madrid, 1992, p. 173). No hace falta hablar de parvedad de materia porque “renunciar” o no a “vivir los valores de la sexualidad” se explica por los elementos subjetivos del acto: la plena o no plena voluntariedad del acto.

[19] El Catecismo en el n. 1856, cita el texto de Santo Tomás (Summa theologiae, I-II, 88, 2): “Cuando la voluntad se dirige a una cosa de suyo contraria a la caridad por la que estamos ordenados al fin último, el pecado, por su objeto mismo, tiene causa para ser mortal… sea contra el amor de Dios, como la blasfemia, el perjurio, etc., o contra el amor del prójimo, como el homicidio, el adulterio, etc… En cambio, cuando la voluntad del pecador se dirige a veces a una cosa que contiene en sí un desorden, pero que sin embargo no es contraria al amor de Dios y del prójimo, como una palabra ociosa, una risa superflua, etc., tales pecados son veniales”.

[20] Congregación para la Doctrina de la Fe, Notificación sobre algunos escritos del Rvdo. P. Marciano Vidal, C.Ss.R., 22 de febrero de 2001. En el preámbulo se habla de “los errores y de las ambigüedades encontrados” en las obras examinadas de Marciano Vidal (“La propuesta moral de Juan Pablo II. Comentario teológico-moral de la encíclica Veritatis Splendor” y “Moral de Actitudes”); al pasar a la Nota doctrinal, punto 2: “Cuestiones particulares”, se toca el tema que aquí hemos tratado indicando entre tales errores y ambigüedades: “El Autor sostiene que no se ha probado ‘la gravedad ex toto genere suo de la masturbación’. Ciertas condiciones personales son en realidad elementos objetivos de ese comportamiento, por lo ‘que no es correcto hacer abstracción objetiva de los condicionamientos personales y formar una valoración universalmente válida desde el punto de vista objetivo’. ‘No todo acto de masturbación es materia objetivamente grave’. Sería incorrecto el juicio de la doctrina moral católica de que los actos autoeróticos son objetivamente acciones intrínsecamente malas”.