Defecto Dominante

¿Qué es el Defecto Dominante?

Pregunta:

Estimado Padre: He leído en un libro de espiritualidad que debemos luchar contra nuestro defecto dominante. No entiendo qué significa esto; ¿podría usted explicarme qué es el ‘defecto dominante’? Gracias.

 

Respuesta:

Estimado:

1. Naturaleza.

Con la palabra ‘defecto’ se designa entre otras cosas la propensión o proclividad a un determinado acto pecaminoso producida por la repetición frecuente del mismo acto. Todos nacemos con predisposiciones naturales a ciertos actos buenos y a otros malos. Si la voluntad no se opone desde el principio a estas predisposiciones connaturales al mal, éstas adquieren pronto mayor vigor y se convierten en verdaderos defectos. ‘Defecto dominante’ en el hombre es aquella proclividad cuyo impulso es más frecuente y más fuerte, aunque no siempre se observe.

2. Efectos.

El defecto dominante es un enemigo que llevamos siempre y en todas partes con nosotros y que a menudo nos lleva a cometer faltas o pecados. Este defecto es tanto más terrible cuanto que es un arma poderosa de la cual se sirve el demonio para inducirnos al pecado. Si el defecto dominante no es combatido enérgicamente irá cegando poco a poco la mente llevando al hombre a culpas cada vez más frecuentes y más graves.

3. Modos de combatirlo

Para combatir el defecto dominante es necesario ante todo conocerlo, lo cual no se consigue fácilmente; más aún, muchas veces parece que no hay cosa que nos repugne tanto o nos dé tanto miedo como conocernos a fondo. Para conocer nuestro defecto dominante hemos de orar y examinarnos acerca de las infidelidades que más fácilmente y a menudo cometemos, indagando la causa íntima de estas culpas; es también conveniente observar el objeto a que se dirigen nuestros pensamientos y deseos espontáneamente, así como lo que más nos desagrada en los demás, que con frecuencia suele ser lo que domina en nosotros. Otro medio de actuar es abrir sinceramente el corazón al confesor que de esta manera nos conocerá a fondo y podrá indicarnos nuestro defecto dominante. También debemos tener en cuenta las reprensiones que se nos hacen, pues frecuentemente nos pueden servir para conocer el estado de nuestra alma. Después de haber conocido nuestro defecto dominante es necesario trabajar sin tregua en extirparlo, especialmente con el ejercicio de las virtudes más directamente contrarias a él. Para conseguir nuestro intento habremos de orar mucho y examinarnos sobre los progresos que hacemos. San Ignacio y otros santos aconsejan que se anoten las veces que durante el día o durante la semana cae uno en el defecto dominante, para poder darse cuenta del adelanto o del posible retroceso. Para desarraigar el defecto dominante es un medio muy eficaz el excitarse internamente a dolor e imponerse una pequeña penitencia cada vez que se cae en tal defecto. A veces se requieren varios años de dura lucha para desarraigar un defecto, pero no debemos creer que estos esfuerzos son inútiles: con la gracia del Señor se pueden reformar las naturalezas más rebeldes. Tampoco nos hemos de creer vencedores hasta el punto de descuidar toda vigilancia durante el resto de nuestra vida.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

pereza

¿Es pecado la pereza?

Pregunta:

¿Qué gravedad tiene el pecado de pereza? Considero que soy perezoso en el cumplimiento de mis obligaciones, no obstante que me gradué de la universidad con muy buenas notas; no me he titulado y de esto hace ya más de un año y no he buscado trabajo aún todavía, aunque por mi posición económica no lo requiero de inmediato y no hay nadie que dependa de mí. Pero estoy perdiendo el tiempo. Me he tratado de enmendar y estoy avanzando en mi tesis, pero a ritmo muy lento y de una forma no muy diligente aunque me empeño en romper este vicio. Pero como no lo he vencido, me mantiene muy intranquilo. No se habla mucho sobre la pereza; ¿qué tipo de pecado es: mortal o venial? ¿cómo medir su gravedad? ¿Cómo tener un criterio cierto y no laxo ni escrupuloso para juzgarme? Espero su respuesta. Gracias y Dios les bendiga.

 

Respuesta:

La pereza es la tendencia a la ociosidad o por lo menos a la negli­gencia y al entorpecimiento en la acción. Se llama acedia cuando se refiere a la pereza respecto del procurar la amistad con Dios y los bienes espirituales, a causa de los esfuerzos exigidos para su conservación. En este caso se aproxima a la tibieza espiritual.

La gravedad se mide, por lo general, por la importancia de las obligaciones que ella hace descuidar. Puede, por tanto, ser leve o grave, según las omisiones o negligencias que suscite.

La acedia llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino. Se opone a la caridad porque hace que el hombre no encuentre placer en Dios y considere las cosas que se refieren a Dios como cosa triste, sombría y melancólica.

Cuando se trata de una simple tentación o estado involuntario de abatimiento y desgano no es pecado. Pero cuando se trata de una positiva y voluntaria resistencia a las cosas divinas constituye un pecado grave contra la caridad para con Dios.

En cuanto a los pecados que este vicio engendra, los autores espirituales lo consideran madre de todos los vicios.

Los remedios que deben prescribirse para vencerla serán:

1º Convencerse de la necesidad de producir fruto, de la gravedad de las omisiones que pueden resultar de la pereza; del peligro del hábito de pereza; de la gravedad que implica al ponernos en ocasión de todos los pecados.

2º Contemplar el ejemplo y las enseñanzas de Cristo y los santos.

3º Trabajar la voluntad y el carácter, habituándose a superarse en pequeños esfuerzos, hasta adquirir la firmeza y constancia en el obrar

P. Miguel A. Fuentes, IVE

cremación

¿Permite la Iglesia la cremación de los cadáveres?

Pregunta:

Mi nombre es…, vivo en Tijuana B.C., México. Quiero consultar si la Iglesia Católica permite la cremación de las personas cuando se mueren.

 

Respuesta:

Estimado:

La cremación o incineración consiste en reducir, mediante el fuego, el cadáver a cenizas. El Código de Derecho Canónico, en el canon 1176, establece lo siguiente sobre la sepultura de los muertos: ‘1. A los fieles difuntos se les han de dar exequias eclesiásticas, a tenor del derecho. 2. Las exequias eclesiásticas, mediante las cuales la Iglesia impetra para los difuntos la ayuda espiritual y honra sus cuerpos a la vez que proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza, se deben celebrar a tenor de las leyes litúrgicas. 3. La Iglesia recomienda encarecidamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar los cuerpos de los difuntos; sin embargo, no prohibe la cremación, a menos que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana’.

El cadáver, una vez privado del elemento espiritual que sustancialmente le daba forma, no puede considerarse ya una persona esencialmente inviolable en sus atributos, por lo que ningún motivo de carácter intrínseco podría evitar su incineración. Puede, pues, afirmarse que la cremación de suyo no es contraria a ningún precepto, ni de ley natural ni de ley divina positiva. En algunos casos, incluso, puede ser el modo conveniente de proceder (por ejemplo, en casos de epidemias, grandes mortandades, catástrofes, etc.). Sin embargo, se convierte en algo ilícito cuando es realizada como una afirmación de ateísmo, o como una forma de manifestar que no se cree en la inmortalidad del alma o en la resurrección de la carne. En estos casos, se hace ilícita por ser el modo de profesar públicamente una doctrina errónea y herética.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

ateo

Me interesaría que haga una distinción entre el ateo y el agnóstico

Pregunta:

Me interesaría que haga una distinción entre el ateo y el agnóstico.

Respuesta:

Estimado

Le transcribo cuanto dice al respecto la enciclopedia Hispánica.

Aun cuando pudiera parecer que la definición de ateísmo como toda postura teórica o vital que niega la existencia de Dios confiere a dicho término un significado preciso, lo cierto es que la propia diversidad de las concepciones humanas acerca de Dios otorga a su negación una necesaria ambigüedad.

A lo largo de la historia, de hecho, el calificativo ‘ateo’ se ha empleado a menudo de forma peyorativa contra personas o comunidades que en nada respondían al concepto moderno de ateísmo. Así, Sócrates, cuyas concepciones han influido decisivamente en el desarrollo de la espiritualidad occidental, fue acusado de ateo por no creer en las divinidades atenienses. Desde otra perspectiva, para el creyente de una fe monoteísta el hecho de que una persona no admita la existencia de un Dios único, libre y personal, pero sí afirme su creencia en alguna otra realidad trascendente, Dios o Ser Supremo, es muy posible que no suponga ninguna diferencia respecto a su convicción de que dicha persona es atea. Un acercamiento a la comprensión del ateísmo exige, pues, un análisis del significado histórico del término, de sus relaciones con aquellas otras posiciones, filosóficas o religiosas, a las que se ha identificado u opuesto, e, indisolublemente unido a lo anterior, de las diferentes formas de ateísmo.

Ateísmo en la filosofía occidental

Antigüedad. La dificultad de aplicar el concepto actual de ateísmo a pensadores de otras épocas resulta patente ya en el primer filósofo griego conocido, Tales de Mileto, quien identificaba el principio vital con el agua; según se ponga el énfasis en la noción de principio o en la del agua como entidad física, tal afirmación puede entenderse como trascendente o meramente materialista. Entre los sofistas, Critias denunció las religiones como invenciones de los políticos para poner freno a los pueblos, y en el siglo III a.C. Evémero apuntó una interpretación racionalista de la religión considerando a los dioses como antiguos héroes divinizados.

Para Platón, la peor forma de ateísmo es la de los malvados que creen poder propiciarse a la divinidad mediante donaciones y ofrendas para justificar sus injusticias. Entre los ateos materialistas de la antigüedad fueron particularmente radicales los griegos Demócrito y Epicuro, y el romano Lucrecio. De Epicuro es el célebre argumento: si Dios quiere suprimir el mal y no puede, es impotente; si puede y no quiere, es envidioso; si ni quiere ni puede, es envidioso e impotente; si quiere y puede, ¿por qué no lo hace? Para los estoicos, Dios, Razón, Hado y Naturaleza constituyen una misma cosa; pero su panteísmo fundamenta una cálida y profunda religiosidad.

Renacimiento y racionalismo. En la edad media se apuntaron indicios de algunas posiciones ateas, pero la organización política y social impidió su formulación explícita. Serían las nuevas concepciones del Renacimiento, con sus intereses antropocéntricos, su vuelta a calibrar todas las cosas según la medida del hombre, su paganismo cultural, su descubrimiento de la naturaleza y del método científico, las que diluyeron la concepción teológica medieval y orientaron a numerosos pensadores hacia el materialismo, el panteísmo o el deísmo, doctrinas estas dos que posteriormente se tratarán en su relación con el ateísmo.

Así, a caballo entre los siglos XV y XVI, el italiano Pietro Pomponazzi negó la inmortalidad del alma humana y, veladamente, la existencia de Dios. Su compatriota Maquiavelo independizó la política de la religión, y consideró ésta un instrumento del poder: más debe Roma a Numa, que le dio las primeras ordenanzas religiosas, que a su mismo fundador, Rómulo. Otro italiano, Giordano Bruno, fue quemado en la hoguera en el 1600, acusado de ateo por sus tesis panteístas, en las que identificaba a Dios con el uno infinito. En el siglo siguiente, el judío holandés Baruch de Spinoza fue acusado de ateísmo por asemejar Dios a la sustancia.

Ilustración. El movimiento cultural del siglo XVIII conocido como Ilustración se presentaba como continuación del Renacimiento en su racionalismo y antropocentrismo, aunque la medida humana ya no era la del sabio o el artista, sino la de todo ciudadano, al que se dirigía la Enciclopedia. Los ingleses adoptaron el deísmo -el Dios de la razón meramente humana-; David Hume, como empirista, rechazó toda metafísica y por tanto las pruebas racionales de la existencia de Dios, pero declaró aceptar como hombre la irracionalidad de la fe, nacida del miedo a lo desconocido. Los franceses siguieron dos corrientes distintas: la más radical, la del materialismo ateo, estaba representada por Denis Diderot, entre otros, y la corriente deísta fue significativamente expuesta por Voltaire, para quien Dios era el ‘Geómetra Eterno’. En Alemania, Kant negó la posibilidad de la prueba metafísica de la existencia de Dios, pero la estableció claramente en los postulados de la razón práctica. La religión de Hegel era pura intelectualidad, y ha sido interpretada como teísta, como panteísta y como atea.

Ateísmo moderno. Desde mediados del siglo XIX, el ateísmo se hizo más explícito e incluso militante. El alemán Ludwig Feuerbach dio la vuelta a la dialéctica hegeliana, concediendo la primacía a la sensación frente a la razón. Paralelamente invirtió la relación Dios-hombre. No es Dios quien ha creado al hombre a Su imagen y semejanza; es el hombre quien ha proyectado sus mejores cualidades sobre la pantalla del concepto de Dios.

Marx, en sus tesis sobre Feuerbach, criticó que la filosofía se hubiera limitado a interpretar el mundo en vez de tratar de cambiarlo. El estudio de la historia llevó a Marx a la conclusión de que las estructuras sociales se van construyendo como muros protectores para evitar el cambio de las relaciones de producción: la religión es el opio, el consuelo adormecedor del pueblo.

Nietzsche, desde una postura más existencialista, no proclamó la inexistencia de Dios, sino la muerte de Dios a manos de los hombres, provocando con ello un cambio de valores que prepara la llegada del superhombre.

Ya en el siglo XX, el ateísmo se expresaría de las más diversas formas. Para el psicoanalista austriaco Sigmund Freud, la religión es una proyección simbólica del subconsciente, en la que Dios ocupa la imagen paterna. Para el positivismo lógico del círculo de Viena, las proposiciones ‘Dios existe’ o ‘Dios no existe’ carecen de sentido, y sobre ellas no es posible emitir juicio alguno. Para Jean-Paul Sartre, el ateísmo es un presupuesto existencial, necesario a fin de salvar la libertad humana.

Concepto filosófico y religioso

Tipos de ateísmo. Muy concisamente puede decirse que el ateísmo está constituido por todas aquellas doctrinas o actitudes que niegan la existencia de Dios. Si se trata meramente de actitudes, resulta un ateísmo práctico. Si se prescinde totalmente de Dios al formar una teoría sobre el hombre y el universo, tendremos un ateísmo teórico negativo. Si se niega explícitamente su existencia, como hacen los materialistas, se tratará de un ateísmo teórico positivo. Esta última concepción, que niega no ya la existencia de Dios, sino la de cualquier realidad que no sea la meramente física, es la que generalmente se asocia al concepto de ateísmo, y por tanto constituye la mejor referencia para apuntar las diferencias entre ésta y otras doctrinas filosóficas.

Ateísmo y otras posturas filosóficas y religiosas. En primer lugar, es preciso distinguir el ateísmo de otras dos doctrinas que a menudo se solapan con él: agnosticismo y escepticismo. Algunos pensadores no niegan ni afirman la existencia de Dios, pero consideran que no es posible llegar a ninguna conclusión acerca de ello. Estos pensadores son denominados agnósticos, y entre ellos se puede contar a los positivistas, que sólo afirman lo que es objeto de la experiencia. Otros niegan la posibilidad de conocer cualquier verdad -son los escépticos- y por consiguiente niegan la posibilidad de conocer la existencia de Dios. Así pues, el ateo se diferencia del agnóstico en que no admite siquiera la mera posibilidad de la existencia de Dios, y del escéptico en que, aunque niegue a Dios, sí admite la posibilidad de conocimiento.

Por otra parte, las doctrinas que afirman la existencia de Dios han dado lugar a tres posturas básicas: el teísmo, característico de las religiones monoteístas, afirma la existencia de un Dios único, personal y trascendente; el panteísmo identifica a Dios con el todo; el deísmo cree en un Dios que ha creado el mundo y le ha dado sus leyes, pero que no interviene en el acontecer posterior a la creación y del que no es posible conocer nada. Panteístas y deístas, sin embargo, han sido frecuentemente acusados de ateísmo por los teístas.

Ateísmo y panteísmo, ciertamente, comparten la noción de la no existencia de un Dios trascendente. El panteísmo, sin embargo, en su variante más común, no tiende a definir la naturaleza del todo, ni considera que su naturaleza última haya de ser necesariamente material, sino que a menudo le atribuye un carácter espiritual. En este sentido, pues, el ateísmo y el panteísmo difieren, pero no es menos cierto que desde el punto de vista teísta resulta justificada su asimilación, pues ambos rechazan la noción de un Dios personal creador del mundo. Mucho menos lógico parece que puedan ser considerados como ateos los deístas, que admiten explícitamente la existencia de un Dios supremo conocido por la razón, aunque prescindan de cualquier elemento sobrenatural y nieguen su comunicación con los hombres.

Posibilidad de un ateísmo religioso. A raíz de la segunda guerra mundial surgió entre los protestantes un movimiento religioso denominado ‘teólogos de la muerte de Dios’ -o también, cristianos ateos- que intentó depurar la idea de Dios de lo que se consideraban adherencias culturales espurias, de los temores que enturbian la búsqueda del verdadero Dios. Para estos pensadores, como el suizo Karl Barth, el teísmo corre el riesgo de creer que ha aprehendido el infinito, que ha expresado lo inefable; es decir, apenas evita el convertir a Dios en un ídolo. Al precisar con inflexibilidad lógica su lenguaje sobre Dios, destruye su misterio, cosifica a Dios. Por el contrario, el ateísmo, al rechazar por incomprensible el concepto de infinito, le devuelve su carga de misterio. Así pues, resulta preciso destruir al Dios metafísico, para facilitar la busca del Dios vivo: las actitudes de auténtico amor -descubiertas por algunos de ellos en los campos de concentración- son mejor vehículo de comunicación que los conceptos.

El concepto de ateísmo, en suma, sólo adquiere significado cabal en cuanto opuesto a determinada doctrina y a un concepto específico de la divinidad. En último extremo, ante la imposibilidad de precisar un concepto de dios común a todas las religiones, suelen ser cuestiones no estrictamente relacionadas con la existencia o no de una realidad superior -como la no creencia en la inmortalidad personal- las que hacen que una persona sea considerada atea.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

desnudo en el arte

¿Qué dice la moral del desnudo en el arte?

Pregunta:

Estimados: Soy fotógrafo y tengo la duda de que si es posible (o moralmente adecuado) fotografiar a una persona desnuda, en una pose natural, o sea no provocativa, con fines puramente artísticos. Nunca he hecho tal tipo de fotografía pero quiero saber si podría estar con una conciencia tranquila en caso de llegar a hacerlo. Por favor sáqueme de dudas (si es posible).

Respuesta:

Estimado:

Esta es una consulta que exige una respuesta amplia para poder fundamentarse.

1. LA DESNUDEZ EN SÍ MISMA

La desnudez no es en sí una cosa inmoral: Dios, después de haber formado el cuerpo humano, lo juzgó muy bueno (Gn 1,31). ¿De dónde viene el posible desorden? Lo tenemos expresado en las dos actitudes sucesivas que leemos en el Génesis:

a) ‘Ambos estaban desnudos… sin avergonzarse de ello’ (Gn 2,25).

b) ‘Abriéronse los ojos de ambos, y viendo que estaban desnudos, cosieron una hojas de higuera y se hicieron unos ceñidores’ (Gn 3,7). ‘Te he oído -dice Adán a Dios- en el jardín, y temeroso porque estaba desnudo, me escondí. ¿Y quién te ha hecho saber que estabas desnudo?’ (Gn 3,10-11).

La aparición de la vergüenza muestra un cambio de estado en el hombre y la mujer. Ese cambio viene por el pecado original que introduce un desorden en la actividad humana. Ese desorden que queda como secuela del pecado se denomina ‘concupiscencia’. La concupiscencia desordenada altera el orden y naturaleza de las cosas; en el plano de la sensualidad y sexualidad ordena el cuerpo al placer venéreo egoísta, alterando el fin de la sexualidad que es la mutua complementariedad esponsal (realizando la doble dimensión de la sexualidad: unitiva y procreativa). La concupiscencia, pues, hace que la tendencia sexual pase de ser ‘donación plena de amor’ (sólo posible en el contexto conyugal) a ‘posesión egoísta’, convirtiendo al otro (al cuerpo del otro) en objeto de uso en lugar de ser término de donación.

El problema del desnudo en el estado actual de la naturaleza humana (herida por el pecado) es que puede convertirse en ocasión de lo que se denomina ‘mirada concupiscente’: la mirada que se posa en el cuerpo como objeto de deseo, integrándolo en la concupiscencia desordenada del corazón. El doble mal que se sigue es, por un lado, el pecado de la persona que mira rebajando el cuerpo a objeto de placer; y la pérdida de la dignidad en la persona que se expone a ser mirada como objeto.

Dentro del matrimonio, en cambio, guarda su dimensión original. Allí el cuerpo desnudo, al manifestarse como es, es decir, mostrar visiblemente la complementariedad sexual, se convierte en palabra (todo gesto es una palabra). Mostrándose se dicen que se dan, que se complementan, que los dos no son más que uno, como sus cuerpos (dos mitades de un solo ser) lo muestran. En esta esfera, al haber sido sellada por el pacto matrimonial, esta dimensión guarda toda su verdad.

De aquí que el velar el cuerpo (la función del vestido) constituya un callar el tema de la sexualidad ante quien no se debe hablar u ofrecer la sexualidad.

2. LA MANIFESTACIÓN ARTÍSTICA DEL DESNUDO

Ha dicho Juan Pablo II en su Catequesis del 6 de mayo de 1981: ‘En el decurso de las distintas épocas, desde la antigüedad -y sobre todo, en la gran época del arte clásico griego- existen obras de arte cuyo tema es el cuerpo humano en su desnudez; su contemplación nos permite centrarnos, en cierto modo, en la verdad total del hombre, en la dignidad y belleza -incluso aquella ‘supresensual’- de la masculinidad y feminidad. Estas obras tienen en sí, como escondido, un elemento de sublimación, que conduce al espectador, a través del cuerpo, a todo el misterio personal del hombre. En contacto con estas obras -que por su contenido no inducen al ‘mirar para desear’ tratado en el Sermón de la Montaña-, de alguna forma captamos el significado esponsal del cuerpo, que corresponde y es la medida de la ‘pureza del corazón’. Pero hay también producciones artísticas -y quizás más aún reproducciones- que repugnan a la sensibilidad personal del hombre, no por causa de su objeto -pues el cuerpo humano, en sí mismo, tiene siempre su dignidad inalienable- sino por causa de la cualidad o modo en que artísticamente se reproduce, se plasma, o se representa. Sobre ese modo y cualidad pueden decidir los diversos coeficientes de la obra o de la reproducción artística, como otras múltiples circunstancias, más de naturaleza técnica que artística. Es bien sabido que a través de estos elementos, en cierto sentido, se hace accesible al espectador, al oyente, o al lector, la misma intencionalidad fundamental de la obra de arte o del producto audiovisual. Si nuestra sensibilidad personal reacciona con repugnancia y desaprobación, es porque estamos ante una obra o reproducción que, junto con la objetivación del hombre y de su cuerpo, la intencionalidad fundamental supone una reducción a rango de objeto, de objeto de ‘goce’, destinado a la satisfacción de la concupiscencia misma. Esto colisiona con la dignidad del hombre, incluso en el orden intencional del arte y la reproducción’.

Como puede verse, el problema no es en primera instancia el ‘objeto material’ representado porque el cuerpo en sí es algo bueno. Se trata de un problema que va al nivel del ‘objeto moral’. Ese objeto (el cuerpo desnudo o semidesnudo) está plasmado, o representado o reproducido (este término ‘reproducir’ es usado por Juan Pablo II para expresar el arte de la fotografía en contraposición con la pintura y la escultura que más bien representa, interpreta; como puede verse en la Catequesis del 15 de abril de 1981) con una intencionalidad que le infunde el ‘artista’ a través de las cualidades o modos en que la reproduce (posturas, enfoques, gestos, realismo, viveza, etcétera). ‘Al espectador, invitado por el artista a ver su obra, se le comunica no sólo la objetivación, y por tanto, la nueva ‘materialización’ del modelo o de la materia, sino que, al mismo tiempo, se le comunica la verdad del objeto que el autor, en su ‘creación’ artística, ha logrado expresar con sus propios medios’ (Catequesis del 6 de mayo de 1981).

De aquí que:

a) Cuando esa intencionalidad supone una reducción del cuerpo a rango de objeto de goce, destinado a la satisfacción de la concupiscencia, la imagen atenta contra la dignidad de la persona (de la que es representada y de la que mira) y se inserta en la ‘mirada concupiscente’, en la ‘pornovisión’ (Catequesis del 29 de abril de 1981) que Jesucristo equipara con el adulterio del corazón: ‘Yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya adulteró con ella en su corazón’ (Mt 5,28).

b) Cuando la obra tiene ese elemento de ‘sublimación’ que incluye la cualidad de no inducir al ‘mirar para desear’, no parece ofrecer objeciones morales.

Ciertamente que hay una gran diferencia entre las artes que ‘representan’ (pintura, escultura) y las que ‘reproducen’ (fotografía, cine). Las primeras tienen la cualidad de poder ‘sublimar’, ‘transfigurar’ el cuerpo. De alguna manera pueden espiritualizarlo y hacer prevalecer en la representación (y por tanto, en la mirada del espectador) el aspecto estético, la belleza, la verdad del cuerpo humano. Las segundas ‘reproducen’ el cuerpo vivo y por tanto, están más inmediatamente ligadas a la experiencia del hombre (experiencia herida por la concupiscencia).

Recordemos también, que los problemas no radican sólo en la mayor desnudez de la obra sino en la capacidad de insinuar un mensaje sobre la imaginación.

Recuerdo, por último que la encíclica Humanae vitae (nº 22) de Pablo VI, subraya la necesidad de ‘crear un clima favorable a la educación de la castidad’.

3. ARTE Y MORAL

En estos límites que la moral pone a la representación artística, algunos ven una indebida invasión de la moral en el terreno propio del arte. Respecto de esto debo recordar que ‘lo bello y lo artístico, como obra humana y destinada al uso humano, entran de lleno en la órbita de las leyes morales. Estas no regulan tanto el arte en sí, como su uso; en otros términos alcanzan directa e inmediatamente al artista, y sólo indirecta o mediatamente, pero no menos urgentemente, también al arte. La independencia del arte no es, por tanto, autonomía absoluta de expresión externa y de divulgación. El arte es independiente en sí mismo, en sus principios y en sus normas o reglas artísticas y formales, pero no lo es en cuanto al uso del mismo'[1].

De aquí los principios morales para nuestro tema[2]:

1º ‘Es ilícito hacer o exponer una imagen objetivamente obscena’.

2º ‘Las imágenes no objetivamente obscenas no son por esto mismo siempre accesibles a todo el público; muchas personas, especialmente las más jóvenes, no tienen todavía el sentimiento artístico necesario para poder apreciar en su justo valor ideal las grandes obras de arte y serán arrastrados fácilmente por el desnudo hacia sentimientos más bajos’.

3º ‘En cuanto a las imágenes torpes: ‘el concepto de imagen torpe es un concepto objetivo, es decir, que no se ha de juzgar según las disposiciones subjetivas de los espectadores, sino según el contenido de la imagen misma… En la especie de imagen torpe se encuadran todas las imágenes (pinturas, esculturas, fotografías, etc.) que:

1) se ponen deliberadamente (ex fine operantis, por fin del que hace la obra) al servicio de la impureza, esto es, que han sido hechas por el autor con el fin objetivamente visible de provocar sentimientos deshonestos;

2) que visto su objeto y el modo de representarlo, causan ordinariamente sentimientos o sensaciones torpes en la generalidad de las personas normales. No son por lo tanto norma ni el autor ni otras personas excepcionalmente habituadas a esta materia, ni por otra parte tampoco personas jóvenes o inexpertas. A esta segunda categoría pertenecen: a) las imágenes que representan desnudos de modo provocativo, cuando por su ambiente, arte, color, estilo, etc., no consiguen alejar del pensamiento y del sentimiento las impresiones malas; b) imágenes que representan acciones obsenas’.

4º ‘Componer una imagen torpe, por ser objetivamente mala, es siempre pecado. En cambio, mirar una imagen torpe no es malo en sí, y es pecado solamente para aquellos que lo hacen con mala intención o que corren el peligro de sufrir sus consecuencias desordenadas’.

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Salvador Canals, El pecado en el cine, en: AA.VV., ‘Realidad del pecado’, Rialp, Madrid 1962, p.205.

[2] Cf. Cardenal Francesco Roberti, ‘Diccionario de Teología Moral’, Ed. Litúrgica Española, Barcelona 1960, voces: ‘desnudez’, ‘imagen torpe’.