¿Podría explicarme que es Hedonismo?

Pregunta:

¿Podría explicarme que es Hedonismo? y como lo ve la Iglesia Católica? Gracias, que Dios los bendiga.

 

Respuesta:

‘Bajo el término general de hedonismo se ha tendido a agrupar a diversos pensadores separados, en realidad, por notables diferencias.

En sentido estricto se define como hedonismo toda doctrina que considera el placer (hedoné en griego) como fin supremo de la vida. Sin embargo, la propia ambigüedad del concepto de placer hace que tal afirmación pueda realizarse desde muy distintas perspectivas.

Manifestaciones históricas. El primer pensador que formuló una tesis explícitamente hedonista fue probablemente Eudoxo de Cnido, que a principios del siglo IV a.C. consideró que el placer era el bien supremo de todos los seres. En similar línea se pronunció la escuela cirenaica, fundada en las mismas fechas por Aristipo de Cirene. Éste entendió por placer una cualidad positiva, una forma de goce tranquilo dominado por el sentido sensitivo. Juzgó, además, el placer como algo fugaz, y de ahí su máxima: aférrate al presente y gózalo, pues sólo el presente nos pertenece realmente.

El placer propuesto por Epicuro, algo posterior, era más moderado y descansaba tanto en el momento presente como en el recuerdo o en la esperanza. El placer más alto tendría naturaleza negativa y seria la ataraxía, es decir, la absoluta imperturbabilidad.

El hedonismo, como fundamento del comportamiento humano, estuvo siempre presente en la historia del pensamiento. Los empiristas británicos Thomas Hobbes, John Locke y David Hume lo integraron en su filosofía, aunque de forma matizada. Más radical fue su compatriota Jeremy Bentham, creador del utilitarismo. De cualquier forma, casi todos los grandes filósofos, como Platón, Aristóteles, Kant y Hegel, se opusieron frontalmente a las tesis hedonistas.

Tipos de hedonismo. Se distinguen básicamente dos formas de hedonismo, el ético y el psicológico. Una acertada definición del primero la ofreció Richard B. Brandt, uno de los filósofos modernos que mayor atención dedicaron a este tema, quien afirmó que ‘una cosa es intrínsecamente deseable (indeseable) si y sólo si y en la medida en que es placentera (no placentera)’.

Por lo que se refiere al hedonismo psicológico, son varias las doctrinas existentes según la determinación temporal del placer. La teoría del placer de los fines o ‘hedonismo psicológico del futuro’ sostiene que el placer personal es el único fin último de una persona. El ya citado Bentham, representante de este tipo de hedonismo, afirmó que todo hombre se siente inclinado a perseguir aquella línea de conducta que cree habrá de conducirle a su mayor felicidad. El denominado ‘hedonismo psicológico del presente’, basado en la motivación placentera por medio del pensamiento, considera que una persona se siente motivada a producir un determinado estado de hechos si el pensar en ellos le resulta placentero. Por último, el ‘hedonismo psicológico del pasado’ mantiene que la intensidad del interés actual de una persona sobre un tipo particular de acontecimiento es función de goces pasados’ (Hasta la Enciclopedia Hispánica).

Digamos, pues, que el hedonismo es la identificación del bien con el placer. Sócrates, Platón y Aristóteles criticaron el hedonismo de los filósofos morales anteriores a ellos. La ética de Aristóteles supera el hedonismo dado que su concepción de la felicidad como fin del hombre supone el acto virtuoso. El cristianismo comprehende la totalidad materio-espiritual del hombre y su felicidad terrenal unida a la eterna. Con su concepción positiva del dolor, a propósito de la participación en la Cruz de Jesucristo, tiene la más clara posición antihedonista. Con el Humanismo vuelve una cierta concepción hedonista de la vida. En la modernidad Kant (1724-1804) critica el placer de la misma manera que se opone a todo sentimiento, también al dolor presentando la postura opuesta al cristianismo. El hombre contemporáneo vuelve al hedonismo materialista con la negación de Dios.

El Papa Juan Pablo II lo indica entre las consecuencias del eclipse del sentido de Dios y del hombre: ‘El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. Se manifiesta también aquí la perenne validez de lo que escribió el Apóstol: ‘Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene’ (Rm 1, 28)’ (Evangelium vitae, 23).

P. Miguel A. Fuentes, IVE

antipatía

¿Es la antipatía pecado? ¿Qué debo hacer para luchar contra esto?

Pregunta:

Estimado Padre: Tengo un problema con una amiga, por la cual he tomado cierta antipatía y me cae mal todo cual hace. Por eso quería preguntarle si la antipatía es pecado y qué debo hacer para luchar contra esto. L. Gracias.

 

Respuesta:

Estimada L.:

La antipatía se define como una ‘instintiva aversión por alguno’.

Los movimientos indeliberados de aversión, no vigiados y corregidos por la razón guiada de la fe, conducen a menudo a pecados incluso graves contra la justicia y la caridad. Es cierto que los movimientos indeliberados (o sea, no voluntarios) de aversión no son pecaminosos, pero tenemos la obligación de reprimirlos si son desordenados por razón de su objeto o si crean peligro de pecar. El omitir esta represión es de suyo culpa venial, y puede ser pecado grave si el movimiento indeliberado ocasiona un peligro grave de pecar mortalmente. Consentir en un movimiento desordenado de aversión es un pecado cuyo grado de culpabilidad depende de la naturaleza de lo que es detestado (no es lo mismo sentir aversión o antipatía por una persona extraña que por un hermano o por nuestro padre); además le recuerdo que para que haya una culpa subjetivamente grave se requiere también el pleno conocimiento de lo que se está haciendo y una voluntad deliberada.

 Como remedio le recuerdo que quien experimenta antipatía por alguna persona debe tratar de ser amable con ella, hacerle favores y, sobre todo, rogar por esa persona; con el esfuerzo y la repetición de estos actos contrarios a la antipatía, se termina por debilitar y dominar la pasión desordenada. Conviene además abstenerse de observar con curiosidad la conducta del prójimo y de considerar los defectos ajenos cuando no se esta obligado a ello como educador o superior.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

la santidad a los enfermos mentales

¿Es posible la santidad a los enfermos mentales?

Pregunta:

Quisiera conocer la posición de Revista ‘Diálogo’ acerca de las afirmaciones del Pbro. Ennio Innocenti en Diálogo nº 11 que parecen reducir la santidad al estado de conciencia plena y depender enteramente de ella. Negar la posibilidad de la santidad a quien no tiene plena conciencia ¿no implicaría excluir de la santidad y de la Iglesia a un gran número de personas?[1] [2].

Respuesta:

1. El estado de la cuestión

Ante todo quisiera delimitar un concepto: cuando Ennio Innocenti (al igual que Leandro Ancona a quien aquél refuta) habla de ‘santidad’ se refiere no a la santidad que podíamos definir, con perdón de la inexactitud del término, como ‘pasiva’: es decir, la santidad que consiste en la inhabitación de la Trinidad por la gracia en el alma de quien aún no tiene uso de sus facultades, como el caso de los niños bautizados que aún no han llegado al uso de razón. Por el contrario, se refiere a la ‘santidad que pueda servir de ejemplo'[3]; la santidad en el adulto donde de conjugan la gracia y la libertad, y que por tanto sus obraspueden ser puestas como modelo de unión con Dios a los demás hombres; por eso la insistencia de Innocenti de que la santidad ‘es grandeza de conciencia y libertad en Dios'[4], que ‘el santo tiene conciencia de que su máxima libertad es divina en el mismo momento en que es suya, al punto de repetir con Cristo: lo que es mío es Suyo, mi vivir es Su vivir'[5], y que determinados enfermos ‘no gozan de ninguna santidad que pueda servir de ejemplo‘[6].

2. La doctrina católica

La doctrina católica sobre la santidad de los que son incapaces de actos propiamente humanos, es decir, libres (entre quienes podemos colocar a los niños antes del uso de razón y los amentes que pueden ser equiparados a ellos[7]) es que en ellos está presente la gracia santificante habitual, recibida en el bautismo. Pero no realizan ningún acto meritorio personal puesto que no tienen uso de sus facultades (inteligencia y voluntad). Es por este motivo que si estos llegan al uso de razón tienen que realizar un acto de fe actual al menos implícito. Para los que carecen del uso de razón basta la fe habitual y la gracia habitual para salvarse. A ellos se equiparan también los que han quedado enajenados de sus facultades siendo ya adultos si en el momento en que esto ocurrió se encontraban en gracia. Este caso no es contemplado ni considerado por Innocenti en su artículo porque tampoco se refiere a él L. Ancona.

En cambio, para los adultos es necesaria con necesidad de medio el acto de fe actual[8].

¿Qué pasa con los enfermos psicológicos adultos que no están totalmente desprovistos del uso de razón sino que o bien sufren una disminución del uso de sus potencias, o bien alteran momento de lucidez con momentos carentes de ella, o bien mezclan en su actividad facetas lúcidas con facetas alteradas? La sana psicología y la sana moral enseñan que, por lo general, estos enfermos no están privados totalmente de libertad y tienen, por tanto, cierta responsabilidad, más o menos atenuada según los casos. Sigue siendo siempre actual y vigente cuanto ha escrito al respecto H. Bless en su Pastoral Psiquiatrica[9]. Bless explica allí cómo los anormales son -por lo general- normales en todo lo que no se refiere a su anormalidad y cómo debe, por lo general partirse de la base de que gozan de una libertad al menos mínima. Si tales enfermos tienen un uso restringido de la libertad su santidad y su culpabilidad dependerán del uso que hagan de tal libertad. El mismo Bless dedica, por eso, un largo análisis de su libro a la ‘dirección espiritual de los neurópatas y psicópatas’, a la ‘observancia de las leyes divinas y eclesiásticas’ y a la ‘recepción de los sacramentos’ por parte de los mismos.

Por este motivo a tales enfermos se les exige las condiciones mínimas requeridas para que un adulto pueda recibir válidamente los sacramentos. En el nuevo Código de Derecho Canónico sólo figura explícitamente el caso del amente total (asimilable al niño sin uso de razón, como ya hemos dicho); los demás casos es de suponer que se equiparan a los adultos. El Código anterior daba, en cambio, algunas pautas que siguen siendo estimables desde el punto de vista pastoral[10]; decía éste de los ‘amentes y furiosos'[11]:

-Si tienen intervalos lúcidos sean bautizados, si ellos lo desean, como los párvulos.

-Deben ser bautizados en peligro inminente de muerte, si ellos antes de perder la razón, manifestaron deseos de recibir el bautismo.

-Debe bautizarse al aletargado o frenético, pero solamente estando despierto y queriéndolo él; mas si amenaza peligro de muerte vale lo dicho anteriormente.

Sobre la santidad de un enfermo sólo puede juzgar Dios; nuestros parámetros son muy precarios. Es evidente que teniendo un uso limitado y penoso de su libertad, un acto que para una persona normal representa un esfuerzo ordinario, para un enfermo puede implicar algo extraordinario, y en cuanto tal, altamente meritorio si es hecho en gracia de Dios. Quede en claro, sin embargo, que los actos de santidad de un enfermo no son sus actos patológicos directamente y en cuanto patológicos sino sus actos más o menos libres[12]. Podríamos decir, en cambio que pueden ser fuente de mérito indirectamente también sus actos enfermizos compulsivos e instintivos en la medida en que resista y no consienta -con su limitada libertad- a cuanto estos tengan de deformidad moral y que los sufra y ofrezca a Dios en lo que tienen de mecánico y de precedente a la libertad del sujeto. Hablando de los enfermos nerviosos decía Juan XXIII: ‘los creyentes saben que aceptado y ofrecido, su sufrimiento, unido al de Cristo Salvador, tiene un valor redentivo'[13].

3. La tesis de Ancona y la refutación de Innocenti

Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir podrá verse mejor la refutación que hace Innocenti de la insostenible posición de Ancona. Cuando éste último habla de la santidad del enfermo no intenta decir lo que nosotros hemos expuesto en el párrafo anterior sino precisamente lo contrario. Para él la santidad (y el caso concreto de los fenómenos místicos que analiza en Santa María Magdalena de Pazzi) consistirá propiamente en el mismo acto patológico; éste, en cuanto patológico, es una manifestación mística, es decir, del Espíritu Santo.

En efecto, según Ancona las manifestaciones patológicas, ‘tanto depresivas como obsesivas o histéricas…, aunque sean de origen instintivo, tanto libidinoso como agresivo…’ pueden ser consideradas como manifestaciones místicas en virtud de una acción del Espíritu Santo que transforma lo natural, instintivo y patológico, en algo superior. Por tanto, según él Santa María Magdalena de Pazzi no tenía manifestaciones místicas ‘sobrenaturales’, sino que éstas eran manifestaciones enfermizas instintivas (por tanto, no libres) que adquirían valor sobrenatural en virtud de lo que el autor llamasurlimazione, Esta surmilazione sería un concepto contrapuesto a la sublimación, y significa el acto por el cual el Espíritu Santo transforma lo patológico del hombre en santo.

En el artículo en cuestión me parece que las tesis de Innocenti contra Ancona pueden expresase como sigue:

Primero, que no puede excluirse a priori que la enfermedad mental (téngase en cuenta qué tipo de enfermedad es la que está en la mente de Ancona) sea en ciertos casos dependiente de actos pecaminosos (verdaderamente culpables) del sujeto enfermo. Muchas manifestaciones de depravaciones maníacas son fruto del consentimiento libre a actos pecaminosos y a la libre adquisición de hábitos viciosos, como es constatable en ciertos maníacos sexuales y homicidas[14].

Segundo, en los actos en que un adulto enfermo es esclavo de los instintos que tienen lugar en él independientemente y al márgen de su voluntad, sus actos no son libres, y por tanto, no son plenamente humanos ni santos, ni meritorios ni tampoco culpables. Son actos del hombre pero no propiamente humanos[15], procedentes de él, pero no santificadores ni pecaminosos. En contra de Ancona: ‘aunque sean de origen instintivo, tanto libidinoso como agresivo, encuentran una nueva calificación en una dinámica superior de la que goza toda la persona surlimada'[16].

Tercero, ciertamente tales actos instintivos no son manfestación de una acción del Espíritu Santo, puesto que son patológicos. ‘Si no nos equivocamos -dice Innocenti-, en virtud de esta surlimación, producto del Espíritu Santo, la patología se convierte en manifestación superior, constructiva y divina, aunque permaneciendo patológica‘[17]. De hecho para Ancona, fiel a sus principios, la santidad de Santa María Magdalena de Pazzi se insiere en el fenómeno de sado-masoquismo[18]. Tesis completamente aberrante. Un estudio recientemente publicado del P. Leonardo Castellani aborda parte de este mismo tema refutando tesis semejantes a las defendidas por el psiquiatra italiano[19].

Entendidas en este sentido coincidimos plenamente con las afirmaciones de Ennio Innocenti.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

_______________________________

[1] Apareció en Revista Diálogo nº 13.

[2] Respondemos por medio de esta sección a la amable carta que el Sr. Emilio G. F. Nazar digiera al Director de Diálogo solicitando aclaración sobre algunas afirmaciones del Pbro. Ennio Innocenti en su artículo ‘Freud y la religión’ (Diálogo 11), especialmente en págs. 108-120 donde éste refuta el libro de Leonardo Ancona Santa María Magdalena de Pazzi a la luz de la psicología. La carta completa del Sr. Nazar es publicada como ‘carta al lector’; nosotros hemos entresacado sólo el cuestionamiento principal de la misma. Agradecemos su colaboración así como la de todos aquellos lectores que nos envían consultas dando lugar a esta sección.

[3] Diálogo 11, p. 112.

[4] Diálogo 11, p. 112.

[5] Diálogo 11, p. 111.

[6] Diálogo 11, p. 112 (las negrillas son nuestras).

[7] Cf. CIC [Código de Derecho Canónico] 852,2: ‘por lo que se refiere al bautismo, el que no tiene uso de razón se asimila al infante’.

[8] Cf. Royo Marín, Teología Moral para Seglares, tomo I, nº 283; Cf. CIC, 865.

[9] H. Bless, Pastoral Psiquiatrica, Ed. Razón y Fe, Madrid 1966.

[10] Así lo entiende por ejemplo J. Manzanarez, en Nuevo Derecho Parroquial, B.A.C., Madrid 1990, p. 140, quien explica lo que dice el Nuevo Código con los mismos términos que el Código de 1917.

[11] CIC ’17, 754,2-4.

[12] Menos todavía los que refiere Ancona en el trabajo refutado por Innocenti, que corresponde a lo que algunos llaman ‘aberraciones mentales’, como por ejemplo, el P. Leonardo Castellani, Psicología humana (Ed. Jauja, Mendoza 1995, p. 55) quien califica los grados de anormalidad en los siguientes: neurosis, aberraciones o degeneraciones, psicósis, perversión. Y luego entre las degeneraciones enumera: inversión, sadismo, masoquismo, voyerismo, exhibicionismo, etc. Como puede leerse en el artículo de Innocenti, Ancona explica el caso de Santa María Magdalena de Pazzi como un caso de sado-masoquismo.

[13] Juan XXIII, al Congreso Internacional de Neurología y Electroencefalografía, 16 de septiembre de 1961; AAS, 53 (1961), p. 616.

[14] Véase el juicio moral y psicólogico que hemos hecho sobre el fenómeno de la pornografía en Diálogo 12 (1995), pp. 151-155.

[15] Cf. Santo Tomás, I-II, 1, 1.

[16] Citado en Diálogo 11, p. 117.

[17] Diálogo 11, p. 117.

[18] Diálogo 11, p. 113.

[19] Op. cit. más arriba, cap. III.

Tolkien

Leer a Tolkien hoy, ¿supone algún peligro?

Pregunta:

¿Qué debemos pensar de la difusión y entusiasmo por las obras de Tolkien en ambientes católicos e incluso religiosos? ¿No es acaso una de las lecturas más elegidas por los seguidores de la New Age? ¿Es malo leerlo? ¿Hay que tener alguna precaución?

Respuesta [1]:

La obra literaria de J.R.R.Tolkien, quien era un convencido católico, es uno de los mayores logros de las Letras inglesas de este siglo y un ápice del ingenio humano.

Pero quiero restringirme al ‘problema’ que se ha perfilado en los últimos años en torno a esta obra[1]. Prescindo deliberadamente de las intenciones del autor que, en última instancia, sólo conoce Dios y me inclino a juzgar benignamente. Lo que llamo ‘el problema’ es el efecto que su lectura causa en ciertos ambientes ‘pro-tolkienianos’, no sólo ‘New Age’ sino ‘católicos'[2].

Tolkien se lee como un agradable y cautivante pasatiempo. Tiene un estilo brillante cuya aptitud para atrapar al lector subyace a pesar de las traducciones. Tiene la capacidad de despertar simpatía (en el sentido de ‘afecto, identificación de sentimientos’) entre el lector y sus personajes. Esto ocasiona que el lector tienda a emitir juicios indulgentes sobre elementos extraños a una mentalidad cristiana y que en otros contextos probablemente habría rechazado o mirado con sospecha; por ejemplo, el tema de ‘magos buenos’, ‘sortilegios buenos’, ‘poderes mentales bien usados’, ‘anillos de poder buenos y malos’, la temática de un viaje típicamente iniciatico, etc. Más perplejidad que el ‘Señor de los Anillos’ deja el ‘Silmarillion’ que se plantea como una completa ‘cosmogonía’ con cierto sabor -al menos cierto sabor- gnóstico. La mayoría de los elementos pueden ser bien interpretados, pero ¿vale la buena interpretación para todos los elementos de su obra?

‘Es una ficción literaria’, se me puede objetar. Por supuesto; es sólo ‘fantaciencia’; pero una fantaciencia que hay que poner en su lugar y no extralimitar bajo ningún pretexto, porque es una ficción literaria que tiene como argumento la explicación total de la realidad, y la gran inquietud del hombre es poder explicar toda la realidad, y la gran tentación del hombre es explicarla a su medida y racionalmente; eso fue lo que pasó en el Paraíso[3].

Vuelvo a indicar un presupuesto: no condeno a Tolkien ni lo defiendo; respecto de él y de su intento literario no quiero elaborar ningún juicio por el momento. Voy, pues, a su efecto sobre la psicología del lector católico que se obsesiona con su lectura.

1. Nuestra subyacente tentación gnóstica

Nuestra naturaleza está herida como consecuencia del pecado original; y este pecado fue un pecado de ‘gnosticismo'[4]. La inclinación al pecado que nos ha quedado luego del bautismo incluye, pues, una tendencia al gnosticismo que se manifiesta en el gusto morboso por lo fantastico, lo diabólico, el misterio del mal en sus raíces y -como ya he dicho- las explicaciones globales, racionales e incluso espúreas de la realidad. Esto no hay que olvidarlo pues la obra que analizamos exacerba esta tendencia que es una ‘herida’, una ‘desviación’ de nuestra naturaleza: el ‘fomes’ de nuestra inteligencia[5]. La obra de Tolkien ha tenido desde hace años una llamativa aceptación en los ambientes gnósticos de la New Age. ‘Ellos lo tergiversan’, se dice. Concedo; pero al menos hay que aceptar que tiene un lenguaje, una temática y muchos elementos que son del gusto de las tendencias New Age, y por eso dudo que sea un instrumento apto para dialogar con ellas. Me parece que en tal intento es más el riesgo de que se distorsione el pensamiento evangélico y no que se conviertan los gnósticos a la ortodoxia metafísica.

2. El problema psicológico

Tolkien es un genio. Ha hecho en la literatura algo que nadie ha logrado jamás. Ha creado una especie de ‘realidad virtual’ literaria. Porque su obra tiene todas las características de la realidad, salvo que ella misma -como un todo- es irreal. Pero el que no asienta este presupuesto va muerto.

El mito creado por Tolkien tiene todas las dimensiones de la realidad. Tiene pasado (posee una prehistoria celestial y terrena), un presente agónico y un futuro vislumbrable; es decir: tiene Génesis y Apocalipsis. Y ese pasado, presente y futuro, no se identifica en absoluto con el nuestro: es distinto y lleno de anacronismos que dan la sensación de encontrarse en otra dimensión. Tiene volúmen físico: posee una geografía minuciosa y propia, totalmente distinta de nuestro planeta, pero sin que falte en ella nada: ríos, bosques, montañas, llanuras, mares, y cada lugar con su historia, sus hechos, sus anécdotas; tiene un espacio estelar propio; tiene una fauna propia, sólo en parte coincidente con la nuestra; tiene especies racionales propias que van de los ángeles, semiángeles, hombres, semihombres, subhombres; y cada uno con su psicología propia, sus rasgos propios, su genealogía propia, su lengua propia (creada enteramente por el mismo Tolkien) en la cual hablan, cuentan sus raíces históricas, recitan, cantan, y lo hacen con belleza, con poesía. Tiene ángeles y demonios propios; tiene encarnaciones del bien y del mal propios… Tiene su Dios y sus demiúrgos; tiene su tentación y su caída original; tiene su Héroe y tiene su propio Redentor. Todo en esta creación es plausible. Todo cierra, como una esfera perfecta. Desde dentro uno no se plantea la duda de encontrarse en el mundo real o en una pesadilla o en un sueño.

Esto es lo genial y lo dramático. Porque el que entra en el mundo de Tolkien corre el riesgo de traspasar una puerta que lo conduce a otro universo donde todo cuadra, todo encaja, todo tiene lugar y razón de ser. No tiene puntos de referencia internos que exijan volver a nuestra realidad. Si el lector se encuentra a gusto allí, queda atrapado en una dimensión irreal que él cree real. Es una ‘realidad virtual’, como se dice hoy. Y dentro de ella puede llegar a fabricarse su propia personalidad virtual estructurada en base a las interacciones virtuales con sus personajes de fantasía y sus nuevos gustos (y si es religioso, esa personalidad virtual tendrá su propia oración virtual, su libertad virtual, su comunidad virtual, sus superiores virtuales, sus obligaciones y sus derechos virtuales). Puede caer así en una especie de paranoia de origen literario, como la que causa el uso de la realidad virtual en el mundo informático.

3. La vía hermenéutica

Para muchos esta fábula mítica se convierte en una vía hermenéutica de los misterios revelados; creen que ilumina la Encarnación y Redención, una especie de ‘Biblia comentada’ (sic) o al menos una alegoría explicativa de los misterios revelados. Sé de otros que llegan a ver, meditar y rezar los misterios cristianos ‘a la luz’ de Tolkien y los saborean más cuando Cristo es visto bajo la figura de Aragorn, de Gandalf o de Frodo que cuando es leído en la pureza -tal vez insípida para ellos- del relato evangélico.

Se llega incluso a aplicar algunas reglas de ‘tipología bíblica’ yendo ahora al revés: de la realidad para elaborar el mito literario y luego del mito para comprender mejor la realidad. ¿Es esto plausible? Me parece que es el punto más delicado de la distorsión mental a la que lleva esta moda.

Ante todo, porque constituye en realidad una ‘antitipología’. Cierto que uno puede crear una historia como sucedida en el pasado inventando personajes con las características y rasgos esenciales de seres reales posteriores a ella, y concretamente de Cristo. ¿Es lícito? Como intento literario nadie puede prohibirlo; pero con la condición de que muera en el intento literario, es decir, que no se le dé más importancia que esa. Porque la tipología verdadera, es decir, el que personas y acontencimientos del pasado hayan prefigurado a Cristo, a realidades futuras, sacras o celestiales, es sólo posible si Dios que es el autor de la historia así lo ha determinado. Y la única forma de saberlo es por Revelación del mismo Dios. Podemos ver a Cristo en la figura de Moisés, de Noé, de Jonás, de Job, del cordero pascual o del maná… porque sabemos por Revelación que lo ‘significaban’. Por el mismo motivo, nada impide que también lo hayan representado Alejandro Magno, Buda o Platón… pero es ocioso buscar en ellos algún rasgo de Cristo porque nos falta el dato que justifica la verdadera prefiguración: la intención del Autor Divino. Alguien puede, si quiere, servirse de alguno de esos personajes profanos para hablar de Cristo, pero no le debe dar ningún valor más que el retórico. Más ocioso es buscarlo en personajes ficticios creados por un autor posterior a Cristo.

Si alguno se autosugestiona pensando que con una historia de este tipo se iluminan más los rasgos evangélicos de Cristo, de su doctrina o de su moral, está invirtiendo los papeles: pasamos de la luz a la tiniebla, de la veritas a la figura, de la realidad a la sombra.

Por otro lado, así como el marxismo y la teología política intentó una ‘carnalización’ del Evangelio (leyendo los hechos del Nuevo Testamento a la luz del Antiguo; por ejemplo, la obra de Cristo como un nuevo Moisés que nos libra de la opresión capitalista), así esto parece representar una ‘gnostización’ del Evangelio: leerlo en clave pagana, gnóstica, mágica.

Repito una vez más: a Tolkien tal vez ni se le haya cruzado por la cabeza… pero ¿se podrá decir lo mismo de todos sus lectores?

4. ¿Por qué resulta tan ‘cautivante’ para la mente del cristiano actual un género como éste?

¿De dónde esa ‘necesidad’ del ‘mito’? ¿No es el cristianismo ‘de suyo’ una religión de misterios? Creo que en muchos puede provenir de (o por lo menos conducir a) un ‘desencanto’ del misterio verdadero, un desencanto de lo propiamente sagrado. En los primeros siglos ayudarse a comprender el misterio de la Encarnación y la Redención apoyándose en los ‘misterios de Mitra’ fue una de las tentaciones gnósticas: primero Mitra fue un ‘apoyo’, luego fue un sustituto de Cristo.

5. Embotamiento

Veo también en el uso extralimitado que se hace de esta literatura el peligro de ‘embotar’ el entendimiento de frente al misterio divino, y un entendimiento embotado es lo que la Escritura llama un ‘necio’ (Sal 92,7; Prov 10,21). Es lo contrario de la purificación de la inteligencia que los místicos cristianos han enseñado como única vía de acceso al conocimiento divino. Es, entonces, una antimística. La tradición cristiana ha planteado siempre el rechazo de todas las falsas místicas naturalistas y la afirmación de la única mística ortodoxa cuya enseñanza esencial es la necesidad de trascender las imágenes sensibles para llegar a Dios; es la vía de la negación, o de las noches, que comienza a ser subrayada en la Tradición con la doc­trina espiritual de San Gregorio de Nyssa. San Juan de la Cruz, que le da la máxima expresión, sostiene claramente que la unión con Dios se obtiene a través de la noche oscura del sentido: para llegar al co­nocimiento esencial de Dios hay que trascender todas las imágenes y conceptos que han servido de paso inicial en la vía de la afirmación (muchas veces a través de una devoción sensible), entrando así en la vía de la negación que es el camino de la fe (desapegándonos del soporte material de nuestros conceptos y afectos inadecuados para unirnos a Dios), para desembocar finalmente, como han hecho los grandes místi­cos, en la vía de la eminencia donde las imágenes vuelven al alma ya situada en lo esencial[6]. Aquí se transita muchas veces la vía inversa; o al menos se ancla la inteligencia en un mundo de imagen sensible y fantasiosa.

6. Superficialidad

Creo que cuando este tipo de literatura focaliza toda la -o simplemente ‘mucha’- atención del lector católico (sobre todo si es religioso o sacerdote, y en menor escala en el laico) es un síntoma que denota profunda superficialidad intelectual, o al menos una inclinación hacia ella. Porque se da un traspaso del gusto de lo ‘teológico’, que es riguroso y científico, a lo alegórico, figurativo y fabulesco. Entiéndase bien: esto puede cumplir una legítima función, y muchas veces lo hace; pero es una función introductoria. La fabula moral no es la moral, la alegoría dogmática no es el dogma. Aquello de San Pablo: ‘Os di a beber leche, no os di comida, porque aún no la admitíais. Y ni aún ahora la admitis’ (1 Cor 3,2). Volver a la alimentación infantil es un retroceso. El gusto excesivo por la ‘teología fabulística’ es signo no de madurez sino de ‘senilidad’ intelectual.

7. ¿Cultura?

El recurso al mito o a la imagen pagana para ‘interpretar’ el misterio cristiano puede llegar a ser una ‘desinculturación’. Los Santos Padres lucharon para cristianizar los valores rescatables del paganismo; no tenemos que ceder a la tentación de ‘paganizar’ los valores y las verdades cristianas. Lo que más entusiasma en este tipo de literatura es la plasmación de altos valores como la amistad, la lealtad, la nobleza, la simpatía, el heroísmo, la fortaleza, el sacrificio. Nadie puede negarlo. Pero hay que tener conciencia que esos valores no tienen la misma dimensión en el cristianismo y en el paganismo, ya sea porque en el cristianismo existe un organismo infuso de tales virtudes o al menos (para quienes no admiten la teoría de las virtudes morales infusas) porque están elevadas por la caridad. Presentarlas en un contexto ‘natural’ es rebajarlas, quitarles el espíritu de fe y caridad que le abren metas más altas y a veces distintas de las humanas. Además, ‘naturalizar’ lo sobrenatural es precisamente lo que hace el ‘espíritu del mundo’, por tanto, esto por el sólo hecho de ser ‘menos bueno’ que lo bueno a que nos hace aspirar la fe, es algo mundano; y, en gran parte, tal ha sido uno de los mayores empeños del progresismo.

8. Conclusión.

Prescindiendo de Tolkien, el uso exagerado que se hace de él en muchos ambientes católicos, ¿no es acaso uno de los síntomas de la necedad proverbial del mundo moderno? Quiero recordar algunos textos que sí tienen a Dios por Autor principal:

Ba 3,23: ‘Los autores de fábulas y los buscadores de inteligencia, no conocieron el camino de la sabiduría ni tuvieron memoria de sus senderos’.

1 Tm 4,7: ‘Rechaza, en cambio, las fábulas profanas y los cuentos de viejas. Ejercítate en la piedad’.

2 Tm 4,3-5: ‘Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas. Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio’.

Tt 1,13-14: ‘Por tanto repréndeles severamente, a fin de que conserven sana la fe, y no den oídos a fábulas judaicas, ni a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad’.

2 P 1,16: ‘Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad’.

Espero que de ninguno de los lectores de Tolkien deba decirse como de aquel hidalgo que ‘se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentos y disparates imposibles; y asentósele de tal modo la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo'[7].

 P. Miguel A. Fuentes, IVE


[1] Esta respuesta fue publicada en la revista Diálogo 17, con el título «Leer a Tolkien en una sociedad gnóstica».

[1] Escribo esto con interés puramente sacerdotal: para dar respuesta a quienes en conciencia han puesto en mis manos su preocupación al respecto. No me mueve ningún prurito literario de discutir la validez de un gran autor como fue Tolkien, ni de un género literario cualquiera (ésa es tarea para especialistas).

[2] En escala mucho menor pero casi los mismos ambientes, el mismo fenómeno se repite con el uso de ‘Crónicas de Narnia’, de C.S.Lewis.

[3] Esta sensación de ‘explicación global’ se refuerza ante el sorprendente hecho de lo reiterativo del argumento de Tolkien. La mayor parte de sus obras guardan una gran unidad; el argumento de base se reitera en El Silmarillion, El Hobbit, El Señor de los Anillos, Cuentos Inconclusos, parte de su correspondencia (en muchas de sus cartas escribe, discute, reinterpreta personajes y hechos de sus obras incluso como si se tratasen de personajes o hechos históricos). Creo que debe ser un caso único en la historia de la literatura en que un Autor dependa tanto del mundo ficticio al que ha dado a luz en su creación literaria.

[4] Muy bien lo explica el P. ALBERTO GARCIA VIEYRA en: El Paraíso o el problema de lo sobrenatural, Ed. San Jerónimo, Santa Fe 1980.

[5] El mismo Tolkien caracterizaba a su obra de ‘mito’. Lewis, después de calificar la obra de su amigo como mito, explica este género contraponiéndolo con la ‘alegoría’: ‘…un buen mito (es decir una historia de la cual brotarán siempre significados diversos para diferentes lectores y diferentes edades) es algo más elevado que una alegoría (en la cual se ha puesto un solo significado). En una alegoría un hombre puede poner solamente aquello que ya conoce; en un mito pone lo que todavía no conoce y que no podría surgir por ningún otro camino’ (‘Letters of C.S.Lewis’, New York and London, Harcourt Brace Jovanivich, 1975 p. 271). Es precisamente esta capacidad de suscitar diversos significados en el lector lo que ha llevado a algunos a sostener los mayores disparates.

[6] Cf. especialmente lo que dice SAN JUAN DE LA CRUZ en: Subida del Monte Carmelo, L.2 c.6,1.

[7] Miguel de Cervantes, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, c.1.

violencia

¿Qué decir de los que producen películas violentas que pueden empujar a la gente a cometer crímenes?

Pregunta:

Estimado Padre: Una persona que ve películas o escenas de televisión violentas o pornográficas, ¿es empujado por lo que ve a cometer crímenes? Si es así, ¿no se deben catalogar de colaboradores con el crimen a quienes filman esas películas o a los gobiernos que no las prohíben?

Respuesta:
Estimado amigo:

Acaba de salir un artículo (‘Violencia y medios de comunicación: el debate continúa: Nuevas revelaciones y miedos ante una antigua preocupación’) que me exime de contestar a su pregunta. Le aconsejo leerlo y sacar sus propias consecuencias.


Han surgido nuevos miedos sobre los niveles de violencia en los medios. En Francia, un chico de 17 años fue arrestado tras ser identificado como responsable de una agresión por una muchacha moribunda, informaba el 6 de junio el periódico británico The Guardian. El caso tenía relación con ‘Scream’, la trilogía de películas de horror de Wes Craven.

Según se informaba, el joven admitió que estaba obsesionado con la película ‘Scream’, en la que un asesino ataca con un cuchillo a estudiantes en un campus norteamericano. ‘Dijo a los gendarmes que había visto el vídeo la noche del ataque y, tras él, había decidido matar a alguien’, establecía el informe de la fiscalía.

Era el tercer asesinato de un adolescente en Francia ligado a la influencia de la trilogía ‘Scream’, en los últimos dos años, hacía notar el británico Observer el 9 de junio. Y el caso eleva a nueve el número de asesinatos en el mundo ligados específicamente a la película de Craven. El periódico también informaba que, el año pasado, un estudio llevado a cabo por la Academia Estadounidense de Pediatría había descubierto que a los 18 años un joven ha visto de media 200.000 actos de violencia sólo en televisión.

En Alemania, ha aumentado la preocupación por las películas violentas tras el caso del joven de 19 años que asesinó a 16 profesores y estudiantes en una escuela de Erfurt, informaba el Times de Londres el 3 de mayo. Aunque los primeros informes no encontraron una relación directa entre los hábitos visionarios del joven y los asesinatos, los responsables de los medios de difusión de Alemania fueron convocados por el canciller Gerhard Schröder para estudiar la manera de reducir el nivel de violencia en la televisión.

Este encuentro, informaba el Times, podría llevar a un mayor autocontrol por parte de los responsables de los mismos, que estaban preocupados porque el gobierno, en medio de la vorágine de una campaña electoral, trate de endurecer las normas de visualización.

En Inglaterra, un estudio mostraba que la violencia en la televisión ha aumentado significativamente durante los últimos cuatro años, informó el Telegraph el 25 de abril. El estudio, llevado a cabo por los responsables de la regulación televisiva y por la BBC, reveló que, por primera vez desde que comenzó la monitorización en 1997, hay ahora más escenas violentas antes de la línea divisoria de las 9 p.m. que anteriormente. Y la violencia resulta cada vez más explícita.

El año pasado hubo una media de 5,2 escenas violentas por hora en la televisión, comparadas con las 4,7 de 1999 y las 4,1 de 1998 y 1997. No se ha hecho ningún seguimiento en el año 2000. El incremento más marcado tuvo lugar en los programas de niños, donde hubo 6,4 escenas por hora el año pasado, contra las 4,2 de 1999 y 1,3 de 1998.

En contraste, el informe de marzo \’Hollywood Cleans Up Its Act: Changing Rates of Sex and Violence in Entertainment Media\’, publicado por el Center for Media and Public Affairs, mostraba que están bajando los niveles de violencia en televisión en Estados Unidos.

El informe demostró que desde 1999 hasta el 2001, la cantidad de violencia dura en programas televisivos decayó en un 17%. Sin embargo, la cantidad de violencia en las películas más populares y de mayor difusión permaneció invariable.

En la primera parte del 2000-2001, las series televisivas tenían un promedio de 15 escenas violentas por hora, por debajo de las 18 escenas por hora de 1998-1999. Las reducciones más significativas por redes de difusión se dieron en la NBC (bajó en un 25% a partir de un promedio ya de por sí bajo) y la CBS (con un descenso del 19%).

 

¿Afectan al comportamiento los programas de televisión?

Muchos estudios han analizado los efectos de la violencia de los medios en los televidentes, especialmente en los niños. Uno de estos estudios demuestra que los adolescentes y jóvenes que ven más de una hora de televisión al día tienden a cometer crímenes violentos y a caer en otras formas de comportamiento agresivo posteriormente, informaba el 29 de marzo el New York Times.

El estudio, publicado en la revista Science, siguió a niños de 707 familias de dos condados de Nueva York durante 17 años. Tras haber ajustado factores como las diferencias de renta, la probabilidad de violencia, o comportamiento agresivo, la investigación concluía que la violencia entre los televidentes era entre el 16% y el 116% más alta que en su contraparte.

La investigación se diferencia de otros estudios por haber encontrado una unión entre la violencia y la visión de cualquier programa de televisión, no sólo los violentos. El estudio, que sigue realizándose todavía, comenzó cuando los niños tenían una edad de 1 a 10 años.

Los detalles del estudio publicados por Reuters el 28 de marzo mostraban que el 5,7% de los adolescentes que ven menos de una hora la televisión cometieron actos agresivos contra otras personas en los últimos años, en comparación con el 22,5% de aquellos que la ven entre una y tres horas al día.

Y un 28,8% de aquellos que ven la televisión tres o más horas al día han cometido actos agresivos. El porcentaje en el caso de los varones era de un 45%, en el caso de las mujeres de un 12,7%. Los actos violentos de los varones incluyen asaltos y enfrentamientos, mientras que el comportamiento violento de las mujeres incluye robos y amenazas.

En el reportaje del New York Times, Dale Kunkel, un profesor de ciencias de la comunicación en la Universidad de California en Santa Bárbara, decía que el nuevo estudio ‘es otra piedra más en la ya enorme pila de evidencias que documentan la relación entre la violencia en los medios y el mundo real de la violencia y la agresión’.

Pero otros han sido más cautelosos, observaba el periódico. El Dr. Steven Goodman, un experto en estadística en la escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, afirmaba que los estudios que buscan asociaciones se encuentran con obstáculos enormes. Puede resultar imposible saber si, además de ver la televisión, existen otros factores que hayan distinguido a los niños menos violentos de los demás, comentaba.

Pautas éticas

En junio de 2000, el Consejo Pontificio para las Comunicaciones Sociales publicó un documento titulado ‘Ética en las Comunicaciones Sociales’ iluminador a este respecto. En la sección sobre el contenido cultural de los medios, en el número 16, el consejo criticaba el recurso demasiado frecuente al sexo y a la violencia.

El documento pedía una mayor responsabilidad, observando: ‘No sirve de excusa afirmar que los medios de comunicación social reflejan las costumbres populares, dado que también ejercen una poderosa influencia sobre esas costumbres, y, por ello, tienen el grave deber de elevarlas y no degradarlas’.

El capítulo IV del documento ofrece algunos principios éticos referentes a los medios. Para comenzar, el Consejo explicaba que la comunicación debería servir ‘al desarrollo integral de las personas’.

En cuanto a la cuestión de restringir el contenido de los medios, el Consejo afirma que ‘hay que estar siempre a favor de la libertad de expresión’. Pero el documento clarifica este derecho: ‘Considerada desde una perspectiva ética, esta presunción no es una norma absoluta e irrevocable’.

La audiencia también tiene responsabilidades, dice el documento: ‘El primer deber de los usuarios de la comunicación social consiste en discernir y seleccionar’. La audiencia necesita que se la eduque en el uso de los medios para ‘formarse criterios de buen gusto y juicios morales verdaderos’.

A pesar del poder de los medios, el Consejo observaba que ‘los medios de comunicación social no hacen nada por sí mismos; son únicamente instrumentos, herramientas que la gente elige usar de uno u otro modo’. La elección es nuestra.

‘Los medios de comunicación no exigen una nueva ética; lo que exigen es la aplicación de principios ya establecidos a las nuevas circunstancias’, observaba el Consejo. Si un número suficiente de personas aplicara principios éticos al escoger los programas que ven, los medios captarían el mensaje de qué es lo que deben producir.

(Este artículo ha sido publicado por Zenit el 14 septiembre 2002: ZSI02091403).

P. Miguel A. Fuentes, IVE