rock

¿Qué implicaciones puede tener para un joven escuchar música rock (rock pesado)?

Pregunta:

Quisiera saber si ustedes me pueden dar alguna información sobre las implicaciones que la música rock puede tener en un joven. Me refiero a la música de rock pesado. Muchas gracias Luis A. P.

Respuesta:

Estimado:

Sobre su consulta puede leer con provecho el documentado libre de Jean-Paul Règimbal, ‘Le Rock’n’roll’ (Les Editions Saint Raphael, Québec, Canada), traducido a varios idiomas (puede encontrar una traducción al español en: www.cristiandad.org). Su estudio es muy importante porque no se trata solamente de un religioso (es trinitario) sino además es criminólogo, especializado en psiquiatría criminal.

Cuanto él dice puede resumirse en la frase con que empieza su trabajo: ‘Nadie puede decir que la influencia del rock sea sana y positiva’.

I. Desarrollo histórico del rock

Règimbal distingue cuatro fases históricas en el rock’n’roll. La primera, es su nacimiento (en torno a 1951-1952); Alan Freed inventa el nombre ‘rock’n’roll’, expresión que ‘describe los movimientos del cuerpo humano durante los jugueteos sexuales. Está tomado del argot popular de los ghetos americanos’. La segunda etapa es la evolución hacia el hard y el acid rock, con la integración del rock en el mundo de las drogas; tuvieron mucho que ver en esto los Beatles, los Rollings Stones y el grupo The Who. La tercera etapa es el rock satánico; esta fase es inaugurada por los Beatles en 1968 con la aparición del ‘Devil’s White Album’ conteniendo las dos piezas siguientes: Revolution Number One y Revolution Number Nine. Por primera vez en la industria del disco, se introducirán mensajes subliminales para transmitir ‘el evangelio de Satanás’. La fórmula tiene éxito y de allí en adelante la música rock tomará el vasto camino de la perversión diabólica; hay que mencionar en este campo a los Rolling Stones, The Who, Black Sabbath, Led Zeppelin y Styx. La cuarta fase, en los años 80, es el punk rock, cuyo fin y filosofía son llevar a los oyentes directamente al suicidio, a la violencia colectiva y a los crímenes sistemáticos. Entre los grupos más notorios, mencionamos a Kiss, Ted Nugent y los mutantes, Aphrodíte’s Child (album 666), Rob Zombie, cuyo Maestro fue Alice Cooper, y sobre todo Marylin Manson.

II. Aspectos subversivos del rock’n’roll

En estas diversas manifestaciones pseudo musicales pueden señalarse los siguientes aspectos pervertidos:

1. Los mensajes subliminares

Se trata de la transmisión de un mensaje destinado a alcanzar al oyente ‘justo por debajo del umbral de su conciencia’; semejante mensaje escapa al oído, a los ojos, a los sentidos externos y penetra en el subconsciente profundo del oyente, el cual está completamente sin defensa contra esta forma de agresión. El autor del mensaje subliminal es perfectamente consciente del objetivo que quiere alcanzar: una revolución en profundidad capaz de todas las subversiones.Por otra parte el oyente ignora por completo que sufre esta invasión de su conciencia y de su subconsciente profundo. Como su inteligencia consciente y su voluntad no están en estado de alerta ni en condiciones de ejercer discernimiento alguno, es el subconsciente el que capta el mensaje, lo decodifica, y lo reconstruye. El rock’n roll los mensajes transmitidos de una manera subliminal tienen un contenido muy variado:

a) la perversión sexual en todas sus formas;

b) el impulso a la rebelión contra el orden establecido;

c) la iniciación al suicidio;

d) la iniciación en la violencia y el homicidio;

e) la consagración a Satanás.

2. Los mensajes satánicos directos

Después de la primera ola de mensaje subliminales, los autores de rock empezaron a expresar abiertamente sus inspiraciones satánicas. Por ejemplo, la canción The God ofThunder del grupo Kiss: ‘Fui educado por un demonio, preparado para reinar como ‘el que es’.Soy el Señor del desierto. Un hombre de hierro de los tiempos modernos. Llamo a las tinieblas para agradarme y te ordeno arrodillarte delante del dios del trueno, dios del Rock’n roll’. O esta letra de The Dead Kennedy’s: ‘Dios me dijo que te despelleje vivo. Yo mato a los niños. Me gusta verlos morir. Mato a los niños. Hago llorar a sus madres. Los aplasto con mi coche. Quiero oírlos gritar; darles bombones envenenados y arruinar su halloween’.

3. La consagración a Satanás

Más de diez pruebas establecen claramente que las grandes estrellas del rock’n’roll han consagrado a Satanás libremente y por propia voluntad. Règimbal menciona tres casos irrefutables:el de Alice Cooper, cuyo verdadero nombre es Vincent Fournier (su testimonio es más que elocuente: ‘Hace algunos años fui a una sesión de espiritismo donde Norman Buekley suplicó que el espíritu se hiciera oír. El espíritu se manifestó por fin y me habló. Me prometió. mí y a mi grupo de música, la gloria, la dominación del mundo con la música rock y la riqueza en abundancia.Lo único que me pidió en cambio era entregarle mi cuerpo para que ese espíritu tomara posesión de mí. A cambio de la posesión de mi cuerpo, me hice célebre a través del mundo entero. Para hacer esto tomé el nombre con el cual ‘el’ se había identificado en la sesión. Así, pues soy reconocido mundialmente. Ustedes ya conocen ese nombre Alice Cooper’). El segundo caso es el de Mick Jagger de los Rollings Stones, quiense consagró a Satanás bajo la influencia de dos brujas: Marianne Faithfuil y de Anit Pallenberg. El tercer caso es el de Ozzy Cisburne del grupo Black Sabbath, quien ha confesado que nunca ha compuesto una canción sin estar en estado de trance.

Teniendo esto en cuenta no es asombroso que se deje sentir una influencia demoniaca entre el auditorio bajo las formas que siguen:

– La irritabilidad

– El espíritu de rebelión

– Un lenguaje obsceno

– Propuestas blasfemas

– Tendencias suicidas

III. Daños del rock

1. Daños físicos

Numerosos estudios han sido emprendidos para evaluar los diversos efectos de la música rock, además de graves traumatismos de oídos, vista, columna vertebral, sistema endocrino y sistema nervioso de los oyentes asiduos a este tipo de música. Bob Larson y un equipo médico de Cleveland han revelado varios síntomas convincentes en más de 200 pacientes.

Esta música puede tener efectos y consecuencias físicas asombrosas: cambios en el pulso y la respiración, secreción acrecentada de las glándulas endocrinas, en particular la glándula pituitaria que regula los procesos vitales en el organismo. Cuando aumenta la música la laringe se contrae, cuando baja se distiende.

El metabolismo de base y el porcentaje de azúcar en la sangre se modifica a lo largo de la audición. Se puede entonces pensar en ‘jugar’ con el organismo humano como se toca un instrumento musical y de hecho ciertos compositores de música se propusieron manipular el cerebro provocando un corto circuito en las facultades conscientes tal como hace la droga. El rito predominante del rock y del pop condiciona primero el cuerpo y luego estimula ciertas funciones hormonales del sistema endocrino.

Estos efectos aumentan con la intensidad de la música. Más allá de 80 decibeles el efecto es desagradable, a más de 90 se vuelve perjudicial.

Ahora bien, en los conciertos rock se ha medido de 106 a 108 decibeles en el centro de la sala y 120 cerca de la orquesta; los especialistas también descubren en los jóvenes problemas de audición propios de los adultos de más de 50 años, así como un aumento inquietante de enfermedades cardio vasculares o problemas de equilibrio.

En cuanto a la vista la necesidad de iluminación especial y la utilización de rayos láser han producido daños irreversibles en los ojos de algunos participantes. El profesor Paul Zenier, de la universidad de Purdue, explica: ‘ciertas discotecas están equipadas con efectos láser. Si el rayo penetra en el ojo puede producir una quemadura en la retina con formación de una mancha ciega y permanente. Además los rayos de luz animada que aparecen al ritmo de la música, producen vértigo, náuseas y fenómenos alucinantes’.

En el plano sexual, el equipo médico de Bob Larson afirma categóricamente: ‘Las vibraciones de baja frecuencia, debidas a la amplificación de la guitarra baja, a las cuales se les agrega en el efecto repetitivo del beat, producen un efecto considerable sobre el líquido cerebro espinal. A su vez, este líquido afecta directamente la glándula pituitaria que regula la secreción de hormonas. El resultado global es un desequilibrio de las hormonas sexuales y suprarrenales, así como de un cambio radical de la tasa de insulina en la sangre, de manera que las diversas funciones de control de las inhibiciones morales caen por debajo de lo tolerante o están por debajo de lo tolerante o están completamente neutralizados’.

2. Daños psicológicos

Si tan graves son los efectos fisiológicos, más aún los efectos psicológicos. No hay quien se someta impunemente durante un tiempo prolongado a la influencia despersonalizadora del rock que no sufra traumatismos psicológicos afectivos profundos. Nos basta con enumerar diez que se repiten casi siempre en los análisis médicos y psiquiatricos de los doctores Mc Raferty, Gramby Bline, Barnard Saibel, Walter Woight, así como Frank Garlock, Tom Allen y otros diversos trabajos:

1º Modificación de las reacciones emotivas que van de la frustración a la violencia incontrolable.

2º Pérdida del control, tanto consciente como reflejo, de las capacidades de concentración.

3º Disminución considerable del control de la voluntad sobre los impulsos subconscientes.

4º Sobreexcitación neuro-sensorial que produce euforia, sugestividad, histeria e incluso alucinación.

5º Trastornos serios de la memoria, de las funciones cerebrales y de la coordinación neuro-muscular.

6º Estado hipnótico o cataléptico que convierte a la persona en una especie de zombi o de robot.

7º Estado depresivo que va desde la neurosis hasta la psicosis, sobre todo cuando se combinan música y droga.

8º Tendencias suicidas en homicidas acrecentadas con la audición cotidiana y prolongada de la música rock.

9º Automutilación, autoinmolación y autocastigo, sobre todo en las grandes concentraciones.

10º Impulsos irresistibles de destrucción, de vandalismo y de levantamiento de descontentos, después de conciertos y de festivales de rock.

3. Daños morales del rock

La consecuencias de la audición de la música Rock se centra en cinco temas capitales: el sexo, la droga, la rebelión, la falsa religión y la influencia diabólica. La inteligencia, la voluntad, y la conciencia moral sufren tal ataque por todos los sentidos que sus capacidades de discernimiento y de resistencia disminuyen en gran medida, incluso a veces se neutralizan. En este estado de confusión moral y mental la vía queda completamente abierta a la liberación más violenta de los impulsos contenidos, tales como el odio, la ira, la envidia, la venganza y la sexualidad.

Además, las vedettes rock se convierten, no sólo en modelos a imitar, sino también en ídolos a adorar. Este hechizo de carácter idólatra tuvo consecuencias macabras, tales como el fenómeno de las groupies (las jóvenes que entregan totalmente a sus ídolos para satisfacer todos sus caprichos sexuales). Hubo suicidios provocados por la muerte de una vedette preferida y algunos asesinatos de los cuales es el más famoso el de John Lennon por su admirador Mark David Chapman.

A esto habría que añadir los daños sociales y otros que el rock produce. Todos pueden verse largamente expuestos en la obra de Règimbal.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

gracia

¿Cómo sabemos si estamos verdaderamente en gracia?¿Hay alguna forma de averiguarlo?

Pregunta:

Tengo una duda. Se supone que la fe se compone, o requiere, de la inteligencia, la voluntad y la gracia divina, y que cada quien responde a la gracia, mi pregunta es, ¿cómo nos damos cuenta de la gracia?, no será una especie de sugestión psicológica. Le agradeceré su respuesta. Saludos. R. M.

 

Respuesta:

Estimado:

Como explica Santo Tomás, el conocimiento del estado de gracia (es decir, de que nosotros poseemos la gracia santificante) puede darse de dos maneras diversas:

– O por revelación, lo cual, evidentemente, es un privile­gio particular dado a pocos.

– O por conjetura, es decir, a través de algunos signos. Y tal es el modo ordinario para alcanzar el cono­cimien­to de la gracia.

Dice el Catecismo: ‘La gracia, siendo de orden sobrenatural, escapa a nuestra experiencia y sólo puede ser conocida por la fe. Por tanto, no podemos fundarnos en nuestros sentimientos o nuestras obras para deducir de ellos que estamos justificados y salvados. Sin embargo, según las palabras del Señor: ‘Por sus frutos los conoceréis’ (Mt 7,20), la consideración de los beneficios de Dios en nuestra vida y en la vida de los santos nos ofrece una garantía de que la gracia está actuando en nosotros y nos incita a una fe cada vez mayor y a una actitud de pobreza llena de confianza’ (Catecismo, n. 2005)

En cuanto a los signos que nos permiten conjeturar el estado del alma, tres principales nos orientan sobre el estado de gracia:

a) El testimonio de la buena conciencia, que entra­ña: el no tener conciencia de pecado mortal; el dolor sincero de los pecados cometidos; el propósito de enmienda y el horror al pecado; el cumplimiento de los preceptos divinos; la victo­ria en las tentaciones; el amor a las virtudes y el esfuerzo por el evitar el pecado venial.

b) El deleite en las cosas divinas, es decir: el gusto por los libros santos y por la Palabra de Dios; la devoción a la Eucaristía y a la Virgen; la frecuencia de los sacramentos y la oración mental.

c) El desprecio de las cosas mundanas, que supone: no tener apego a las cosas de la tierra, el no sentir gusto en las vanidades del mundo; el huir de las ocasiones del pecado.

Sin embargo, estos signos no nos dan más que una conjetura, por eso, la Escritura nos exhorta a la vigilancia, a la perseverancia, a la oración y confianza en Dios y al esfuerzo continuo en la obra de la santificación:

Eccl 5,5Aun del pecado expiado no vivas sin temor, y no añadas pecados a pecados.

Prov 20,9¿Quién puede decir: He limpiado mi corazón, estoy limpio de pecado?

Sal 18.13¿Quién podrá conocer sus pecados? Absuélveme de los que se me oculta.

1 Cor 4,4Estoy cierto de que de nada me arguye la conciencia, mas no por eso me creo justificado; quien me juzga es el Señor.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

hipnotismo

¿Es lícito practicar o someterse a una práctica de Hipnotismo?

Pregunta:

Estimado hermano: ¿Podría informarme sobre el hipnotismo? ¿Hasta dónde es permitida o aceptada? Por favor hágame sus comentarios pertinentes. Bendiciones

 

Respuesta:

Estimada:

Dice el Padre Antonio Peinador, en su Moral Profesional, n. 613-614 (B.A.C., Madrid 1962), que en el hipnotismo se corre el peligro de que, repetido con demasiada frecuencia, se produzca una debilidad orgánica y mental con fatiga nerviosa e impotencia psicológica, que puede influir desfavorablemente en el orden de la moralidad de la conducta posterior. Además, el quedar el hipnotizado sometido a la voluntad del hipnotizador trae el inconveniente de posibles desafueros o tentativas de ellos, por parte del médico o de terceros desinteresados.

Esto supuesto, cabe concluir tocante al hipnotismo:

1. Es lícito emplearlo con fines terapéuticos, siempre que el hipnotizador sea persona versada en la psicología clínica.

2. También es lícito hipnotizar con fines experimentales y científicos, si se hace con consentimiento del hipnotizado, que no sea el mismo de manera habitual, y en las sesiones se evite todo cuanto pudiera escandalizar por parte del médico o de cualquier modo entrañara algún peligro de inmoralidad.

3. Por solo fin de lucro o de recreación, no deben tolerarse las prácticas hipnóticas, sea sobre una misma persona de manera habitual, sea sobre diversas. Lo que no significa que en todo caso haya de reprobarse como pecado grave; lo será cuando, no habiendo otro motivo que el de la pura curiosidad, junto con el afán de lucro, se den peligros serios de perjuicios notables en los hipnotizados o en los asistentes a la sesión hipnótica.

4. Aunque se trate de un reo, no es lícito el uso del sueño hipnótico con el fin de explorar los secretos del sujeto contra su voluntad. Lo sería, aun supuesta la negativa del sujeto a dejarse hipnotizar, si se intentase sólo averiguar el grado de sugestibilidad o de capacidad de ser hipnotizado, cuando afirmare haber cometido un delito en ese estado.

5. En la práctica procesal será lícito hipnotizar a los testigos con su consentimiento.

No está demás advertir que, según afirmación de los técnicos y a base de la experiencia, es poco probable que la persona sugestionada siga las órdenes del hipnotizador cuando ellas estuvieran en oposición con su conciencia moral. El conflicto psíquico que se establece en fuerza de la oposición entre el mandato y la conciencia del sujeto provoca el despertarse de la hipnosis.

Hasta aquí Peinador.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

vida

¿Qué diferencia hay entre el alma y la vida?

Pregunta:

Quisiera saber qué es el alma y cuál es la diferencia entre vida y alma, si es que la hay.

 

Respuesta:

El alma racional es la forma substancial del cuerpo. La palabra alma viene del latín anima, de la misma raíz que el griego ánemos, viento. Por alma, y con el mismo significado que spiritus (en griego psikhé, soplo, aliento, vida), se entiende por lo común el principio vital del cuerpo, o el principio inmaterial que se considera origen de la vida material, de la sensibilidad y del psiquismo del hombre. A veces se da este nombre a la mente humana, o también se la llama espíritu.

Aristóteles la define como ‘primera perfección de un cuerpo natural orgánico’ (De Anima, II,1); y también: ‘el principio por el que vivimos, sentimos, nos movemos y pensamos’ (II,2).

La vida es el fruto de la acción de un principio formal estructurador de la materia, es decir, del alma.

P. Miguel A. Fuentes, IVE

reality shows

¿Qué decir de los Reality shows? ¿Es lícito mirarlos y participar en ellos?

Pregunta:

¿Qué decir de los Reality shows? ¿Es lícito mirarlos y participar en ellos?

 

Respuesta:

Los Reality shows no necesitan presentación; son de todos conocidos. Nacieron en Europa, luego fueron transplantados a Estados Unidos y ya invadieron buena parte del mundo. Las reglas del presunto ‘juego’ son sumamente elementales: un grupo de personas encerradas juntas durante un tiempo relativamente largo y aisladas del resto del mundo, son observadas día y noche por todo aquel que quiera dedicar su tiempo a fisgonear por alguna de las innumerables cámaras que los espían[1]. Según relaciones de simpatía o antipatía, los telespectadores votan telefónicamente eliminando paulatinamente los participantes (y dejándose sacar su dinero con cada llamada). El último que permanece gana una codiciable suma de dinero. A contracambio de dedicar su tiempo en escudriñar la vida del grupo, los responsables del programa prometen mostrar todos los pormenores de su vida cotidiana, incluidas pasiones, intimidades, tentaciones, etc.

Sin entrar en la cuestión de la gran estafa que esto parece suponer para el público (porque prometen mostrar la vida espontánea de personajes simples y en realidad -según dicen los que conocen los entretelones del montaje- se trata de un libreto cuidadosamente estudiado[2]) la consulta que nos pregunta por los aspectos morales de este fenómeno (y por tanto vale igual si se trata de una realidad o de una ficción).

Y me apuro a responder diciendo que, a mi parecer, a los llamados ‘reality shows’ debemos hacer serias impugnaciones morales y psicológicas.

1. Un paso más en la degradación…

A esto hemos llegado por la necesidad de inventar nuevos ‘excitantes’. Estos espectáculos son, en el fondo, el reemplazo del teleteatro o telenovela o culebrón, que han perdido ya su capacidad de atraer la atención del público.

Se trata, ésta, de una ley muy conocida por los vendedores de pornografía, y denominada ‘ley de la novedad’. Se puede expresar diciendo: ‘para impresionar sensorial y psíquicamente hay que variar y renovar’. Aplicado al campo de la lujuria, la psicología humana sabe que, por su carácter repetitivo, la pornografía tiene el gran inconveniente de embotarse, caer y volverse ‘anodina’, en el sentido de perder su capacidad de excitación. Señalaba el eminente psiquiatra G. Zuanazzi: ‘estamos en un círculo vicioso: estímulo e inmunización; nuevo estímulo, mayor inmunización y más sutil búsqueda de emociones. Es un juego de bric-à-brac, en el que está en juego el desastre sexual y la infelicidad humana'[3]. Por eso, el productor de pornografía se ve exigido a buscar constantemente formas nuevas de sexualidad, todavía inexplotadas. Esta ley lleva, pues, a sondear nuevos campos de degeneración: de la heterosexualidad, habrá de pasar al campo de la homosexualidad, de aquí a la pedofilia, de ésta al sadismo, y así sucesivamente.

Sin llegar a tales extremos, los vendedores de dramones televisivos, aplican la misma ley al campo de los sentimientos y de las pasiones. Por eso han tenido que pasar, paulatinamente, de hacer enamorar a la sirvienta con el niño rico al adulterio, de aquí a los triángulos amorosos, de éstos al melodrama del incesto o al sacrilegio (en una época se puso de moda meter algún cura o alguna monja dentro de alguna truculenta tragedia sentimental) y de aquí a la homosexualidad… pero ni aún así han podido satisfacer la sed de novedad que se despierta en quien comienza a bajar la cuesta de la morbosidad. Y como la ficción ha dejado de excitar, se prueba ahora con la ‘realidad’ desnuda (o la apariencia de realidad, como es este caso).

2. Voyeurismo y exhibicionismo

Desde el punto de vista psicológico y moral, ¿ante qué deformación de la personalidad humana estamos? En el fondo, se manifiesta como una forma (atenuada o incipiente) de voyeurismo y de exhibicionismo. No quiero decir que se trate propiamente de las perturbaciones patológicas designadas con estos términos (el voyeurismo es una perversión por la cual se busca la excitación contemplando las partes íntimas del cuerpo humano; el exhibicionismo, en cambio, consiste en el impulso a mostrar los órganos genitales). Pero sin llegar a estas parafilias, este tipo de fenómenos nos ponen en la misma línea. De hecho el éxito de este tipo de ‘shows’ se fundamenta en la convergencia de dos tendencias moralmente deformadas del ser humano: por un lado, la ambición de ser mirado, y, por otra, el afán de fisgonear en las vidas ajenas.

1º El gusto por ‘ser mirados’, por exhibir públicamente la propia intimidad, es una degeneración moral (y podría terminar en una perversión psicológica). Se opone al pudor que es parte integrante de la templanza y tiene por función preservar la intimidad de la persona. El pudor ‘designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado’, dice el Catecismo[4]. Ordena las miradas y los gestos en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas; protege el misterio de las personas y de su amor; invita a la paciencia y a la moderación en la relación amorosa. El pudor es modestia. ‘Mantiene silencio o reserva donde se adivina el riesgo de una curiosidad malsana; se convierte en discreción'[5]. Dice también el Catecismo: ‘Existe un pudor de los sentimientos como también un pudor del cuerpo. Este pudor rechaza, por ejemplo, los exhibicionismos del cuerpo humano propios de cierta publicidad o las incitaciones de algunos medios de comunicación a hacer pública toda confidencia íntima. El pudor inspira una manera de vivir que permite resistir a las solicitaciones de la moda y a la presión de las ideologías dominantes'[6]. Sería erróneo restringir esto al campo de la castidad y de la pureza. En realidad toda la intimidad de la persona, del matrimonio y de la familia está protegida por la sombra bienhechora del pudor.

Hablando de los reality shows, un artículo ya citado dice: ‘el investigador y doctor en psicología, Roberto Follari, comenta que esto encuentra explicación en el sentimiento del ‘placer de mirar y ser mirado’, aunque sea por un rato. ‘No sólo tiene que ver con la posibilidad de ganar un premio sino con la gloria de ser mirado por diez minutos, por más que no sea’ (…) El investigador describió el perfil en el que, en general, se insertan la mayoría de los participantes. ‘Se trata de seres anónimos, en algunos casos frustrados o de clases populares, o sin otras posibilidades de destacarse que la de desnudar sus pasiones reales o ficticias en televisión’. ¿Si mienten o dicen la verdad?, ‘eso no importa, lo importante es que la gente los reconozca por la calle y sientan que pueden compartir la gloria de las grandes estrellas’, agregó. Por otro lado, para la socióloga Graciela Cousinet, el desnudar las pasiones por TV responde a la puesta en marcha de un proceso de ‘mercantilización’ de las relaciones sociales. Esto es, ‘cada vez son más las relaciones de este tipo que se compran y se venden. Ahora resulta que ir al baño vende y llama la atención»[7].

2º Esto se combina con la tendencia (no menos pervertida) a fisgonear la vida ajena, es decir, el voyeurismo (curiosidad exacerbada respecto de lo sexual y de la intimidad ajena). Hasta hace un tiempo este tipo de pervertido parecía caracterizarse como aquel individuo que contemplaba con unos binoculares o un telescopio la vida privada de la vecina del edificio de enfrente. Hoy en día tenemos el ‘reality show’, y en lugar de prismáticos hay un canal televisivo que cumple su misma función. Lo importante es que nos demos cuenta de que se trata de la misma cosa. Para que se verifique esta corrupción psicológica y moral da lo mismo que la persona observada se preste o no a ello. Algunos deben creer que su actitud no es inmoral porque las personas fisgoneadas se ofrecen voluntariamente. ¡Es falso! Lo esencial de este comportamiento es el gusto morboso que experimenta el fisgón en mirar por el ojo de la cerradura (aunque sea una cerradura virtual, como la que proporciona la camarita de televisión). Cuando una neurosis ‘fija’ esta tendencia (creada por este tipo de programas) podemos enfrentarnos a un verdadero caso de voyeurismo.

Es interesante (y trágico) el giro moral que va dando al respecto nuestra sociedad. Hasta hace poco tiempo ser tachados de mirones, entremetidos, curiosos, chismosos, hurones, etc., era un insulto, una identificación muy baja (en varias novelas costumbristas se describen personajes con estas características, resultando siempre aborrecibles al lector). Ahora ese mismo vicio pasa desapercibido, y las intimidades, pasiones, vicios, etc., del grupo de personas que prestan su intimidad por televisión, son la comidilla y la habladuría cotidiana en las oficinas, el colegio, los comercios, el colectivo o el taxi. ¿Será un efecto de la globalización? ¿No será que en vez de una ‘aldea global’ estamos construyendo un conventillo sin fronteras?

3. La sociedad que estamos construyendo

Hace poco, en una popular revista italiana, una jovencita defendió la versión italiana de uno de estos ‘reality show’; alguien se había atrevido a criticarlo diciendo que este programa ‘modificaba el modo de pensar de la gente’; ella sostenía que no. A pesar de su buena intención, las pocas líneas de su defensa eran una demostración de lo acertada que estaba la crítica: sus modos de pensar estaban moldeados por ese programa.

Estos programas, lo acepten o no lo acepten sus seguidores, producen gravísimas consecuencias en la sociedad. ‘Ni extremadamente críticos ni defensores del fenómeno, los sociólogos y psicólogos consultados aseguran que estos programas no son inofensivos para el espectador'[8].

Las ideas y actitudes que se ponen de manifiesto en estos shows son de orden inmoral. No hablemos aquí de las pasiones desordenadas que se muestran o se promete mostrar, al menos en algunas versiones de estos espectáculos (peleas, celos, obscenidades, sexo, impudor, ociocidad, etc.). Esto cae de maduro. Pero la misma mecánica del fenómeno contiene una inmoralidad: en efecto, se trata de un juego, pero ¿qué es lo que está en juego? El premio es el dinero y la fama; por contraposición, el castigo es la vuelta al anonimato. Los que premian y castigan son (al menos así se les hace creer) los televidentes que votan a quien mantener y a quien echar. El mecanismo de juego consiste, por tanto, en la astucia para serruchar el piso a los demás participantes (si no, ¿cómo se podría ganar?), pero mostrando una cara positiva, ‘buena onda’, espíritu de equipo, es decir, la simpatía necesaria para ganarse al público votante. Sin embargo, en esa pequeña sociedad de competidores, ‘nadie ayuda a nadie, por más que simule lo contrario'[9]. En el fondo esto es el reino de la hipocresía que disfraza la ‘rivalidad’ de camaradería. Por esto en algunos países como Francia y Grecia, algunos sectores de la sociedad han reaccionado con fuerza contra estos shows televisivos. El diario griego Kathimerini ha acusado a uno de estos programas de ‘hacer emerger las características más repugnantes de la naturaleza humana’.

La sociedad absorbe estas actitudes y estos mecanismos como esponja. Una demostración de esto es la manipulación que los productores de estos programas ejercen no sólo sobre los participantes sino también sobre la audiencia: los juicios que hace la gentes sobre cada uno de los participantes están manejados por los productores. ‘En los resúmenes que se emiten durante la semana, el encadenamiento de imágenes es arbitrario y constituye una herramienta esencial para manipular la opinión pública. La edición -lo han dicho los familiares hasta el cansancio, ustedes muestran lo peor de mi hijo, yo llamé a la producción para denunciarlo, me dijeron que iban a revisar los tapes, pero no pasó nada, en este país es siempre lo mismo- establece tendencia, va torciendo el pensamiento del público, va moldeando su humor'[10]. De la misma manera se van manipulando los juicios de valor, pues las relaciones de simpatía y antipatía (que son sentimentales y fácilmente manipulables) respecto de cada personaje van originando juicios de valor sobre sus comportamientos: tendemos a ‘justificar’ los actos de quienes amamos y a ‘condenar’ los comportamientos de quienes odiamos.

Por eso no es totalmente exacto (aunque sí en cierta medida) lo que se dice a menudo: que estos shows son un reflejo de la sociedad contemporánea. Es más cierto lo contrario, a saber: que, por la fuerza de los medios de comunicación (que son ‘creadores de opinión’, como a veces se dice) los programas televisivos van moldeando la sociedad, es decir, logran que la audiencia termine hablando, pensando y actuando como hablan, actúan y piensan los personajes que contempla. Muchos, viendo estos programas, tal vez se pregunten asombrados: ‘¿así somos nosotros?’. Y por no perder el tren de la sociedad (¡suprema vergüenza!) se subirán también ellos al último vagón de un tren fantasma.

En todo caso puede decirse que estos ‘reality shows’ son un reflejo de la sociedad en clave ‘futurista’. Es decir, como reflejo de la sociedad a la que tiende rápidamente nuestra mal encarada globalización. Un par de observaciones muy interesantes hace Víctor Hugo Ghitta en un artículo periodístico, evocando la novela de Georges Orwell ‘1984’, que es una metáfora de la opresión que ejerce el poder en los regímenes totalitarios, que se puede sintetizar en una especie de nuevo mandamiento: ‘no escaparás’. También recuerda el libro ‘Vigilar y castigar’, de Michel Foucault, escrito en los años 70: ‘En ese trabajo Foucault examina los sistemas de encarcelamiento contemporáneos, el modo en que denigran la condición humana y establecen una vigilancia jerárquica para desarrollar lo que denomina ‘la ortopedia social’. En ese volumen, Foucault incorpora un término que perdurará en el tiempo: el panoptismo. Dicho en dos palabras: el panóptico es una torre de observación desde la cual la autoridad puede vigilar los movimientos del prisionero. Su idea aparece, según lo registra Foucault, durante el estallido de una epidemia en el siglo XVII: los ciudadanos son aislados en sus hogares, no mantienen contacto con el prójimo; es decir, la autoridad controla sus relaciones, Regístrese un dato curioso: a comienzos de esa década, un grupo de intelectuales que integra Foucault publica un opúsculo titulado ‘Intolerables’. Se escribe allí: ‘Son intolerables: los tribunales, los hospitales, los manicomios, la escuela, el servicio militar, la prensa, la tele, el Estado»[11]. ¿No son los reality shows una nueva forma de totalitarismo intolerante (totalitarismo cibernético)? ¿No están (involuntariamente, por supuesto) predisponiendo la mentalidad del hombre moderno para dejarse manipular la vida por una nueva sociedad ‘panóptica’? Dejemos estos interrogantes para los sociólogos y los futurólogos.

* * *

Sintetizando el juicio moral que nos merecen los reality shows: son una injuria (y muy grave) a la dignidad de la persona humana; injuria que cometen tanto los productores, como los participantes, cuanto los espectadores. Así como no sólo es culpable del pecado la prostituta que comercia con su cuerpo sino también la sociedad de vividores y lujuriosos que la empuja a ganarse así la vida (sin demanda no hay oferta), del mismo modo son culpables de la degradación del ser humano tanto los que lucran vendiendo su intimidad o desnudando sus pasiones en público, cuanto los que los exponen y quienes los miran. Si la plebe romana, degradada y corrupta, no hubiera estado hambrienta de pan y circo a los tiranos del Imperio no se les habría ocurrido hacer correr tanta sangre en sus anfiteatros. ¿Quiénes eran las fieras salvajes: los animales o los espectadores? ¿Terminó el Imperio o hemos perpetuado lo peor que nos dejó en herencia?

P. Miguel A. Fuentes, IVE

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[1] ‘A grandes rasgos, muestran cómo individuos comunes se desenvuelven en situaciones de la vida real espiados por cámaras, en estas oportunidades, con su consentimiento’ (Lorena Villafañe, Reality shows al diván, Los Andes, 16/04/01).

[2] ‘En general, intentan entrar en lo más recóndito de la vida de los participantes y se atribuyen ser, como en el caso antes citado, ‘más que un programa de televisión, una experiencia de vida, un retrato de la sociedad’. Aunque, ¿es cierto que los participantes se muestran verdaderamente como son?, ¿se logra acceder a la intimidad de estas personas?, ¿se ve reflejada la realidad de los integrantes de los equipos o estos programas son tan ficticios como el resto de la programación?’ (Lorena Villafañe, Reality shows al diván, Los Andes, 16/04/01).

[3] G. Zuanazzi, Pornografía y progreso sexual, en AA.VV., La escalada del erotismo, Palabra, Madrid 1977, p. 116.

[4] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2521.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2522.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2523.

[7] Lorena Villafañe, Reality shows al diván, Los Andes, 16/04/01.

[8] Lorena Villafañe, Reality shows al diván, Los Andes, 16/04/01.

[9] José Luis Sáenz, Reality shows, ¿ficción o realidades crueles?, La Nación 8/05/01, p. 17.

[10] Víctor Hugo Ghitta, Hipocresía de los reality shows, La Nación 3/06/01 (sección espectáculos).

[11] Víctor Hugo Ghitta, Hipocresía de los reality shows, La Nación 3/06/01 (sección espectáculos).